domingo, 3 de mayo de 2009

Cecilia

Caminé entre las mesas, entre los hombres y mujeres que almorzaban rápidamente antes de volver a sus oficinas. Vi a Cecilia en un extremo del salón, junto a la última ventana. Tenía el cabello corto, como cuando cursábamos el bachiller y empezamos a salir juntos. No habían transcurrido aún diez años, y desde entonces no nos habíamos visto más que dos veces.

Terminaba su café y leía el diario abierto sobre la mesa, con los restos de una ensalada y un pollo en el plato apartado a su derecha. El humo de los cigarrillos atenuaba un poco el olor a grasa desde la cocina. Un mozo, después de cobrarle la cuenta, le alcanzó las muletas.

Entonces me acordé de todo. A veces un solo objeto es suficiente para darnos el perfil completo de alguien conocido. La enfermedad de Cecilia no era parte de su persona, sino ella misma.

Al acercarme, me miró con sorpresa al principio. Luego, sonriendo, me dio un beso, y puso las muletas de nuevo contra la pared. Se veía delgada y pálida. Apoyó los codos sobre el mantel, preguntándome qué estaba haciendo por aquel lugar.

-Hace un tiempo largo que vendo repuestos y herramientas acá en el centro. Almuerzo cuando puedo en diferentes bares. ¿Y vos venís siempre?

Quiso decir que sí, estoy seguro, pero se arrepintió como si de pronto recordara que desde ese día ya no iba a hacerlo.

-Generalmente...salgo de la oficina a las doce y media, y entro a la una y media.- Miró hacia la calle, y parecía no querer hablarme de su trabajo.- ¿Está lloviendo, no?

-Un poco. ¿Siempre con la empresa de heladeras? Eras secretaria, creo...

Vi otra vez esa mirada esquiva e introvertida que me daba cada vez que escondía algo. Así había pasado diez años antes, al separarnos. Éramos novios, hasta me acuerdo haber ido a su casa para presentarme con sus viejos. Teníamos dieciocho años. Sé que salí con ella más por no quedarme sin pareja para la fiesta de graduación que por otro motivo. Me gustaba, pero nunca me sentí enamorado. Si ella lo estuvo, no lo sé. Antes que pudiera averiguarlo, cortó nuestra relación en apenas dos meses, justo antes de graduarnos. Esa noche en la fiesta me quedé solo, esperando verla para hacerle pasar vergüenza delante de sus amigas. Pero no fue. Tampoco quise bailar con alguien más, necesitaba comerme la bronca acumulada pensando en Cecilia.

-¿Y vos, qué tal están tus cosas?- le pregunté señalando las muletas.

Fue una crueldad, lo reconozco, pero cada vez que la encontraba le hacía la misma pregunta. Como si un pequeño resto de aquel adolescente rencoroso surgiera al verla.

-Aquí estoy, Leandro. Me sigo deteriorando de a poco.

Lo dijo con una sonrisa hermosa, tan patéticamente bella como sólo un rostro melancólico puede hacerlo. La misma expresión que puso el día de mi cumpleaños, en el patio de casa, mientras mis amigos nos miraban, al decirme que no quería salir más conmigo. Había intentado abrazarla, pero se apartó con brusquedad. Dijo que estaba enferma y no nos convenía seguir saliendo por temor a sus ataques. Quise saber más, pero se negó a contarme. Todo esto lo dijo delante de los otros, y me sentí como un niño castigado. Ella lo hacía sentir así a uno.

Al año siguiente me enteré que la habían internado pocos días antes de la fecha de la graduación. Ella había insistido en que no me lo dijeran. Yo empezaba a trabajar de cadete, y por casualidad, un compañero de la escuela al que me crucé un día, me lo contó. La imaginé sola en su cuarto de hospital, con sus padres silenciosos a su lado, y ya no pude dejar de recordarla con frecuencia.

“Me estoy deteriorando” resonó en mi cabeza, y hasta creí escucharlo en todo el salón del restaurante, y que la gente también lo había oído. No fue así, pero esas palabras eran demasiado duras para ser pronunciadas por una mujer de veintisiete años. Sus ojos ahora estaban turbios, algo empañados y distraídos.

-¿Qué hora es?

-La una- respondí mirando el reloj en mi muñeca.

Hizo un gesto exagerado de inquietud, e insistió en que en media hora tenía que irse al trabajo.

-¿Vos te casaste?- preguntó.

-No. Ya salgo muy poco con mujeres. Vuelvo de la calle y no tengo ganas de hablar con nadie. Pienso en ellas, esos sí.

-¿En quién pensás?

El mozo nos interrumpió para traernos la jarra de cerveza que yo había pedido. Cecilia sonrió sin repetirme la pregunta. No le conté que pensaba en ella desde la primera vez que nos encontramos después de separarnos.

Fue a la salida de un cine de Lavalle, en una función de trasnoche. Eran las tres de la madrugada, me parece. Salí soñoliento de ver una película mediocre, entonces la encontré en la pizzería de enfrente. Verla con aquel aspecto, el cabello largo, anteojos y un impermeable gastado, me resultó atrayente. Estaba más linda, lejana pero al mismo tiempo seductora. Dijo que escribía para una revista, y le gustaba ir al bar para sentirse tranquila.

-Mis padres se están poniendo viejos y me hacen la vida imposible.

Después me contó lo que le habían hecho en el hospital: le amputaron dos dedos del pie derecho. Le pedí que me perdonara, y me hizo callar con una voz tan dulce que podría haber hecho que la amara desde ese momento definitivamente.

Bebimos dos botellas de vino. Ya estaba algo ebria cuando sacó un paquete de cigarrillos, ofreciéndome algunos armados.

-Son de los buenos- murmuró al encenderlos.

Le acepté uno, y saboreé en la garganta el humo de la marihuana, pero traté de no aspirar para mantenerme lúcido. Sabía que ella se perdería, lo estaba viendo ya en sus ojos vidriosos, y desde el mostrador empezaron a mirarnos. Le dije a Cecilia que era tiempo de que nos fuéramos. Ella guardó la cajetilla en su cartera, junto a las ampollas de insulina. Eran las cinco de la mañana, nos despedimos en la vereda del bar e intercambiamos los números de teléfono.

No sé qué pasó después. La llamé, charlamos un rato, pero no pudimos hacer una cita. Ya no volvimos a hablarnos. Me reintegré al vértigo ciego de mi trabajo, esa inexplicable inercia que me empujó, a los veintidós años, a conseguir algo, no importaba lo que fuese.

-Pero ya no me caliento por la guita- le dije mientras el reloj marcaba la una y cuarto, esperando que ella olvidase su obligación y se quedara conmigo. Insistió en que era tarde, y cuando me levanté para alcanzarle las muletas, me gritó que no lo hiciera. La gente esta vez sí se dio vuelta para mirarnos. Cecilia se puso a llorar, y me pidió que me sentara otra vez.

-Te mentí. Me despidieron de la empresa hace una semana- murmuró entre lágrimas.

Tenía la misma expresión que el día en que nos encontramos luego de aquella noche en la pizzería, tres años más tarde. Estaba sentada en un banco del Parque Lezama, medio oculta entre los arbustos espesos, rodeada de hojas secas. Yo iba caminando solo, común en mí desde hacía algún tiempo. La verdad es que las mujeres me resultaban demasiado complicadas y confusas, extremadamente extenuantes. Me habían desilusionado cada una de ellas. Excepto Cecilia, y lo de ella no era amor, o por lo menos no lo que uno imagina que debe ser y en realidad tal vez ni siquiera exista.

Llevaba el mismo impermeable -por alguna razón, siempre nos vimos en otoño-, su cabello estaba desprolijo y los lentes eran un poco más gruesos. Esa fue la primera vez que la vi con muletas, apoyadas sobre el respaldo del asiento. Al verme, intentó levantarse, pero después hizo un gesto de transparente tristeza, de irremediable resignación.

-Hola.

Me invitó a sentarme a su lado, y hablamos mucho tiempo. Ya no trabajaba en la revista, me contó, la habían echado después de la internación.

Eran las seis de la tarde y estaba nublado, entonces ella me mostró su zapato ortopédico. Le habían quitado la mitad del pie. La enfermedad avanzaba muy rápido, y fui su testigo. El único hombre al que le hablaría de todo eso.

El reloj del restaurante marcaba las dos.

-Ahora me despidieron de nuevo, pero creéme que lo lamento sólo por el sueldo. Siempre quise hacer otras cosas. La empresa me salvó por un tiempo, pero era un aburrimiento...Si pudiera entrar otra vez a la editorial...Todavía tengo una carpeta de notas y apuntes inéditos. Si querés te muestro mis artículos, algunos son tan viejos...

Acepté, y cuando llamamos al mozo se puso nerviosa. Le acerqué las muletas, corrió la silla y el mantel se movió. De pronto, sentí que mis músculos se adormecían o insensibilizaban, como cuando uno está a punto de desmayarse. Porque hay cosas que asombran por más se las espere desde largo tiempo antes. Ver a Cecilia con una sola pierna fue algo que difícilmente pueda comparar con otro recuerdo de mi vida.

-Todavía no me entregaron la prótesis- dijo, y el labio inferior le temblaba.

Me quedé en silencio mientras la ayudaba a subir al taxi, y durante todo el viaje hasta su departamento en un edificio del barrio del Abasto. Ya no vivía con sus padres. El portero la saludó con sorpresa y a mí con desconfianza. Cuando llegamos al cuarto piso, entramos a ese único ambiente dividido por un armario. De un lado había una cocina y una mesa, del otro una cama y dos sillas.

-Me cambio mientras se hace el café, ¿sí?- Dejó sobre la mesa una pila de seis o siete carpetas encuadernadas.- Andá hojeándolas si querés.

Me puse a leer sus notas y artículos de diversos años. Eran opiniones y estudios acerca de todas las cosas del mundo, hechos o personajes conocidos o extraños e insignificantes. Cada imagen cotidiana parecía haberle arrancado algún pensamiento, y lo curioso era la fluidez de aquella vida intelectual, tan contrastante con su otra vida externa.

La impresión final de esos escritos me resultó abrumadora, porque llegaban a la misma conclusión una y otra vez. Para Cecilia, el hombre y su cuerpo eran eternos servidores uno del otro.

-Estoy convencida- me comentó cuando nos sentamos a tomar el café.- La ciencia y la filosofía de alguna manera también lo dicen con sus eternos fracasos. Es una esclavitud que se acaba en el momento de la muerte.

-¿Y el alma?- le pregunté.

-No lo sé. Este cuerpo me ha ocupado demasiado tiempo como para dedicarme a pensar en algo tan abstracto como el alma. Es hora de mi inyección.- Y se fue a buscar su cajita de primeros auxilios.

Mientras esperaba, encontré entre los papeles dos cuadernos con poesías, algunas largas como poemas épicos. Cómo podía una mujer como ella, me pregunté, emparentar su pobre vida con una epopeya. Como una reina que aleja a sus pretendientes apartándose en su propia y solitaria celda de castigo. Sin importarle lo que deja atrás, sin mirar a quien lastima. Porque quizá su dolor sea tan fuerte como el sonido del mar en una tormenta. Entonces sentí el sabor de la ira segregando en mi lengua. Tuve que levantarme de la silla.

-¿Nunca te casaste?

-No, Leandro. Viví con un hombre un poco mayor que yo por un tiempo, pero no resultó.

Hasta eso me había ocultado. Como si fuese un chico todavía, alguien no lo suficiente mente maduro como para tomarlo en serio.

Sobre el televisor había un hueso seco. Parecía la cabeza de un animal pequeño.

-¿Qué es este hueso?

-¿Ah, eso? Me lo regaló mi prima Leticia cuando éramos chicas. Es parte de la cabeza de un perro. Me gusta mirarla de vez en cuando. Me hace acordar lo fútiles que somos todos.

Del otro lado del armario, la escuché abrir la ducha. Me acerqué al mueble, y a través de las rendijas de las puertas, observé cómo se iba quitando la blusa, hasta quedarse con aquel corpiño negro que ocultaba sus senos blancos, apenas más grandes que mis puños. No tuve vergüenza de desear tocarla, de poseerla realmente por primera vez. Creo que al descubrir ese aspecto de irrefutable superioridad de su mente y la exquisita lucidez de su pensamiento, surgió en mí el escondido rencor adolescente. Y sé que en ese momento era yo un chico caprichoso que si no lograba obtener lo que quería, habría sido capaz de destruirlo.

Fui hasta el otro lado del cuarto, y la tomé de los hombros con una energía que no me atreví a disminuir por temor a arrepentirme. Le hablé al oído, oliendo su perfume extraño, ese aroma a colonia y medicamentos mezclados en la piel. Recuerdo la débil resistencia que me ofreció, y eso fue casi desilusionante, porque yo tenía la necesidad de tomarla de los brazos y sacudirla hasta hacerla mirarme a los ojos, que viese más allá de su cuerpo y sintiese la fuerza de alguien más que no fuese la mordida silenciosa y constante de su enfermedad.

Al despertar, la luz de la mañana entraba por una ventana cerca del techo del baño. Decidí levantarme para ir al trabajo, y pisé la aguja que ella había dejado caer la noche anterior. Di un grito al sentir el pinchazo, pero Cecilia no despertó.

La extraña quietud de su cuerpo me hizo sentir mal por un instante, y la sacudí de los hombros varias veces. Pero sus brazos se movieron fláccidos, inertes. Uno de ellos colgó como un péndulo del borde de la cama.

Sobre la mesita de luz había una fila interminable de remedios y ampollas. En las etiquetas se leía “insulina”, sin embargo estaban vacíos excepto por dos, llenas de un polvo blanco. Probé el contenido con la punta de la lengua, y entonces rompí el resto contra el piso, enfurecido. Pero sobre todo asustado. El polvo se esparció por el suelo, la sustancia que había sustituido a la otra en los frascos, esa otra alquimia superior, o tal vez menos execrable.

Separé las sábanas de su cuerpo, lleno de piquetazos y moretones que no había podido ver en la oscuridad de la habitación cerrada. Me puse a llorar como un chico sobre el cadáver de Cecilia.


Este relato forma parte de un tercer libro de cuentos todavía inédito, aunque es un viejo cuento, corregido, de los años '90. A veces un clima, una persona que uno ha conocido, un hecho que nos ha impresionado, colaboran todos para impulsar la creación de un texto literario, y sin embargo ninguno de estos factores influye completamente ni sobreviven como tales, ni siquiera en sus fragmentos mínimos. Se mezclan con los demás y se metamorfosean. Esto sucedió con este cuento. Un nombre y ciertas características de esta persona real, el ambiente urbano y su sensación agobiante de fracaso, la degradación que producen las enfermedades crónicas: todo esto se fue uniendo para confluir en el personaje y el clima, que a su vez se alimentan mutuamente. El resultado fue el intento de plasmar las sensaciones y la frustración que conlleva la imposibilidad de conocer realmente a alguien, todo aquello que nos esconde y el resentimiento que esto nos crea. El tema de la lucha con la enfermaedad, la dicotomía alma-cuerpo, apenas está esbozado, por eso el personaje de Cecilia ha crecido con el tiempo desde la confección de este relato. Ha exigido a su autor explicar más de su historia, aunque siempre en forma indirecta, a través de otros personajes y los papeles y poemas que ha dejado. Pero eso será tema de otros cuentos, que en su momento serán mostrados.

Este relato recibió una mención de honor en el concurso organizado por la Fundación Tres Pinos en 2008, con un jurado constituido por Vicente Battista, Gabriel Bellomo y Fernando Sorrentino.



viernes, 1 de mayo de 2009

Entrevistas

EL DIARIO DE MORÓN
MIE 30 JUL 2008 12:11

«Acá hay un gran movimiento cultural»

Por Pablo Daniel Ovin
por El Diario

Ricardo Curci es uno de los escritores más destacados de la zona oeste. Nació en 1968 en Morón, y publicó Los Casas, en 2004, y Los seres intermedios, en 2007. También ganó varios premios y reconocimientos a nivel local y nacional, uno de ellos, haber sido finalista en el Concurso Literario Leopoldo Marechal de Morón, lo que le valió la publicación de su cuento “El mar” en una antología que se dio a conocer recientemente por el Municipio de Morón.

–¿De qué trata el cuento?

–El cuento “El mar”, que aparece en la Antología, fue escrito en 2004, pero la idea original proviene de un viejo relato de casi diez años antes. Sucede que los temas, como el del mar, se repiten en mis cuentos, y aunque el texto original haya sido abandonado por ser producto de una época de aprendizaje, las ideas siguen rondando mi cabeza y las utilizo para nuevos textos.

–¿Qué representó para vos su publicación?

–El haber sido elegido para la antología significa una gran satisfacción, no sólo por la calidad de la antóloga, la escritora María Rosa Lojo, sino por el hecho de sentirme reconocido como representativo de la literatura de Morón.

–¿Es éste tu primer reconocimiento literario?

–Además de esta selección en la antología de Narradores de Morón, tengo un primer premio en cuento de la Fundación Ciudad de Arena de Literatura Fantástica en 2005, y un primer premio en poesía en el Concurso Nacional por el 150 aniversario de Esperanza, Santa Fe, en 2006. En estos días también recibí la noticia de que Casa de las Américas seleccionó un cuento mío para publicar en su revista anual.

–¿Cómo surgió la idea de publicar un libro?

–Eso se fue dando despacio. Recién cuando tuve el apoyo de la gente que conocía mi trabajo, y principalmente la propia satisfacción ante los cuentos, después de algunos años de maduración y repetidas correcciones.

–¿Qué pasó cuando finalmente viste tu primer libro en la calle?

–El publicar mi primer libro no me cambió la vida para nada. Simplemente fue, por un lado, la satisfacción personal de ver reunidos en libro una serie de relatos en los que había trabajado por mucho tiempo, y por el otro, constituyó una tarjeta de presentación para los demás, algo con lo que uno puede decir, quizá: “soy esto y así escribo”.

–Ese libro, Los Casas, tuvo muy buenas repercusiones en los ámbitos literarios.

–La repercusión siempre es limitada tratándose de ediciones de autor, pero los comentarios que me hicieron llegar fueron muy positivos. Sé que debe haber gente a quien no le agradó el libro o lo considera intrascendente, y me parece bien porque a mí tampoco me gustan todos los escritores, sería hipócrita decir que sí. Pero a veces el silencio es el crítico más discreto, me parece.

–¿Cómo lo definís vos?

–Los Casas es una serie de relatos que ocurren en un mismo barrio suburbano, donde los personajes reaparecen cada tanto como protagonistas o secundarios, en momentos o puntos de quiebre de sus vidas, a partir de los cuales ya no pueden volver atrás. En realidad los episodios fueron surgiendo desordenadamente, y casi puedo decir que cada personaje fue llamando a otros, sus vecinos, para contar sus historias, incluso el mismo ámbito y las características de los personajes me fue llevando de una historia a otra.

–¿Estás preparando un nuevo libro?

–Tengo una colección de cuentos terminada, que trata de abordar conflictos internos de hombres y mujeres y sus consecuencias trágicas. Me interesa la incomunicación y el aislamiento de cada alma, la forma en cómo los sentimientos se tergiversan cuando queremos expresarlos, pero a su vez el mantenerlos ocultos también los transforma en algo peor que monstruos.

–¿Cómo creés que se ha posicionado tu obra en el panorama literario?

–No tengo la suficiente distancia como para decir algo que no caiga en la pedantería, pero sí puedo decir que no suelo escribir lo que habitualmente está de moda o se vende. Es un gran punto en contra, pero así es como siento que debo ser.

–¿Cómo evaluás la literatura no comercial y en la zona?

–La literatura, y sobre todo en ámbitos municipales, no tiene gran salida de ventas, y el público, aunque numeroso para llenar salones de medidas moderadas, nunca es masivo como puede serlo la música popular. Por eso el apoyo gubernamental es limitado y casi otorgado a regañadientes. Me parece que en el oeste hay un gran movimiento cultural, pero sometido a mareas fluctuantes según las épocas. A veces predomina la actividad privada, otras la municipal. Pero me parece que la oferta es variada. En el caso de letras creo que aún está por debajo de la capacidad que podría demostrar, considerando la cantidad y la calidad de gente que integra la comunidad literaria de Morón.

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INSOMNIA
Nº 137 - MAYO 2009

El mundo de Ricardo Curci
La lectura como un
viaje hacia otras vidas

José María Marcos
Exclusivo para INSOMNIA

Nacido en 1968 en Morón (Buenos Aires), los trabajos de Curci han recibido importantes reconocimientos. El relato “El Desprendimiento” ganó el primer premio de la Fundación Ciudad de Arena de Literatura Fantástica (Buenos Aires, 2005), con un jurado compuesto por Pablo de Santis, Patricia Suárez y Carlos Gardini. Mereció el primer premio por la serie de poemas “Ciencia” en el concurso organizado por la conmemoración del 150º Aniversario de Esperanza (Santa Fe, 2006). “El Mar” fue elegido para la Antología de Narradores de Morón en 2006 y “El Rostro de los Monos” (que da nombre a su tercer libro en proceso de edición) fue seleccionado para su publicación por la Casa de las Américas (2008). Ganó el premio Avalón de Relato Fantástico, organizado por la Asociación Asturiana de Ciencia Ficción, por “Los Campos Ingleses” (2008). Ha sido alumno del escritor Alberto Ramponelli. Es médico y anatomista.

—¿Cuándo comenzó a escribir? ¿Qué estímulos recuerda esenciales para este comienzo?

—Empecé a escribir ficción en la adolescencia, no recuerdo la edad exacta, pero debió ser por los catorce, aproximadamente. Al principio eran melodramas inspirados en series de televisión. Me atraía sobre todo la evolución de los personajes a través de los años en programas como The High Chaparral, The Big Valley o Little House on the Prairie. Por el contrario, no veía mucha verosimilitud en series donde los personajes parecían no recordar lo que habían sufrido en el capítulo anterior. En ese sentido, me acerco más al naturalismo (Zola o Balzac me gustan mucho), pero al mismo tiempo debe haber una visión personal de la realidad, que puede ser imaginativa y fantástica, o nostálgica, trágica, cómica, etcétera. Esto es lo que el autor debe aportar: su punto de vista, a partir del cual nacerá su estilo. Volviendo a las influencias, desde lo literario aprendí mucho en la infancia leyendo los clásicos infantiles de la colección Robin Hood y Billiken (abreviados, pero entonces yo no lo sabía). Me fascinó David Copperfield, de Dickens. Más adelante leí completa la novela y me conmocionó nuevamente; incluso, me reencontré con mis propios sentimientos de cuando la leí por primera vez. Fue una identificación de sensibilidades, creo. Ese halo nostálgico, trágico y poético, de un humor muy cercano a la ingenuidad, pero siempre inteligente. No me cabe duda que Charlie Chaplin haya sido un admirador de Dickens. Las novelas de aventuras, tipo Salgari o Verne no me atrajeron especialmente; sí Jack London. En la adolescencia leí a Ray Bradbury y ahí me enamoré del género fantástico, porque en sus manos la tecnología era sólo un escenario para mostrar el alma de los hombres. Lo que empecé a escribir en ese entonces, a los dieciséis o diecisiete años, eran cuentos de ciencia ficción, llenos de lugares comunes, pero con la intención de seguir el ejemplo de Bradbury. Luego, cuando ya tenía veinte años, me fascinó Eduardo Mallea, y fue otra cuestión de identificación con su lenguaje y su temática. Ese apego al desborde y la fluidez estilística, que me llevó a conocer a Faulkner y fascinarme nuevamente con sus párrafos tan exquisitamente poéticos. Todos estos autores son trágicos, es verdad, y trabajan en una zona muy peligrosamente cercana al desborde, al abismo que solamente las leyendas y los mitos pueden expresar. Por supuesto, mi familia influyó mucho en mis lecturas. Sin la biblioteca de que disfrutaba en mi casa, no habría podido hojear tantos libros en mis ratos libres del colegio. En cuanto a escribir, ellos no imaginaban que yo llegaría a hacerlo, así que no hubo ni rechazo ni apoyo en particular al principio, especialmente porque es un trabajo solitario que uno no siempre está dispuesto a mostrar, ni siquiera a la familia.

—Como escritor, ¿por qué ha elegido la ciencia ficción, el terror y/o lo fantástico?

—En parte ya lo expliqué en la pregunta anterior. No hago exclusivamente género fantástico, aunque me inclino mucho a este género cuando escribo. A veces surge de la misma temática, sea porque se trata de un evento sobrenatural o no explicado, o porque el tema necesite un tratamiento más ambiguo, una exploración más profunda en busca de lo que hay de misterioso en todo. Cortázar hablaba del autor papamoscas, y pienso que no es aquel que piensa en la realidad exclusivamente, sino aquel que sin estar mirando nada en particular, ve lo que los demás no pueden. Allí donde hay solamente una silla, puede haber también un resto de quienes se sentaron en ella, un botón, un cabello, o quizá simplemente su sombra. Los tres géneros que mencionás se mezclan demasiado, pienso que no hay fantasía sin algo de horror en ella, por el simple hecho de que estamos en un ámbito desconocido, y el miedo siempre coexiste. La ciencia ficción es muy difícil, y me cuesta a veces encontrar verosimilitud, y muchos textos pecan de exceso de información. Por eso me gusta el estilo Bradbury, el estilo Ballard.

—¿Qué problemáticas aparecen con recurrencia en sus obras?

—Viendo mis textos en perspectiva, veo que ciertas cosas y ejes temáticos se han repetido, aunque en el momento de abordarlos no me di cuenta de eso. Veo que se repite cierta preocupación por el destino y las limitaciones del cuerpo, también la incomunicación entre los seres humanos, cierto regodeo con sentimientos trágicos que toman formas extrañas, a veces en acciones, otras en cosas o criaturas. La culpa es un sentimiento que me preocupa mucho; también, la dificultad de expresarse abiertamente.

—En Los Casas hay ciertos personajes, tópicos y una atmósfera que los unifica. ¿Planificó escribirlos de esta manera, o este mundo se fue imponiendo poco a poco?

—Los cuentos de Los Casas surgieron en forma arbitraria y desordenada. Fue un mundo que se fue armando de a poco, sin saber que se convertiría en una especie de ciudad, por lo menos de barrio. El primer cuento que escribí tenía un personaje casi secundario: el panadero Casas. Y alrededor de él se fue armando el resto. Casi como si cada personaje fuese llamando a los otros. Una historia necesitaba explicarse con otra historia previa o posterior, y a su vez los personajes secundarios aparecían en otros cuentos como protagonistas. Cuando esta idea se me hizo conciente, traté de seguir el modelo de autores que me gustaban, como Faulkner y Onetti.

—En Los Seres Intermedios intercala viejas leyendas y/o mitos. ¿Qué importancia tienen estas historias en su obra? ¿Son un punto de partida para sus relatos?

—Me interesan muchos los mitos y las leyendas, pero no soy partidario de utilizarlos como excusa para rellenar puntos fallidos en un cuento. Pavese acostumbraba a trasladar estos mitos en contextos contemporáneos, sus historias eran contemporáneas, y había que meditar en ellas para encontrar su fuente. Hay un libro de ensayos muy interesante de él sobre este tema. En los relatos de Los Seres Intermedios a veces surgió primero la historia, y recién me di cuenta que podía tener cierta relación con algún mito, y esto enriquecía el texto. Otras veces los personajes se comportan como en una tragedia griega, y me doy cuenta que no desentona con lo que actualmente sucede. Las pasiones son las mismas, los complejos psicológicos también. En otras ocasiones una época o un escenario me sugieren una historia, como en los cuentos mitológicos o los futuristas.

—En sus cuentos hay cierta obsesión por las enfermedades. ¿Esto lo llevó a elegir su profesión de médico, o es que su formación universitaria le dio una visión distinta de algunos aspectos de la vida?

—Ambas cosas se desarrollaron paralelamente. Siempre opté por dedicarle tiempo a la literatura por más que ésta no me ofreciese un medio de vida. Siempre fue una necesidad leer y escribir. Leer no es sólo una forma de evadirse o entretenerse, es una forma de vivir otras vidas y otros mundos. Uno sale siempre más rico de los buenos libros, aunque uno casi nunca sabe aprovechar este aprendizaje. Escribir en casi una pulsión, las ideas rondan la cabeza y se convierten en una obsesión. Hasta que uno no se siente a escribirlas irritan e incomodan. Por eso, creo que ambas cosas se alimentan mutuamente. Mi punto de vista al escribir se particulariza por mi visión como médico. No es mejor ni peor que las demás, sí diferente, y a esta peculiaridad de la profesión científica hay que sumarle aquello innato en uno, la herencia y el legado familiar, las influencias exteriores y la experiencia propia.

—Al final de Los Casas y Los Seres Intermedios, usted deja constancia de un período de escritura de 9 años en ambos casos. ¿Corrige mucho?

—Ambos libros fueron resultado del trabajo en los talleres, y por la década del 90 estudiaba medicina y escribía, sin preocuparme por publicar. Después del 2000 se dieron las circunstancias para hacerlo. Me interesa mucho quedar conforme con lo que publico, por eso trato de corregir mucho. Cada vez que releo encuentro algo diferente, a veces errores gramaticales, frases sin sentido, saltos temporales inconexos. Aprendí a ser más bien conservador en el estilo, por más que me guste experimentar con ciertos cambios estructurales, como el cambio del punto de vista, la utilización del espacio en blanco, los cambios en el tiempo verbal. Pero creo que si uno no domina lo convencional y lo clásico, difícilmente pueda tener resultados eficaces al romper las reglas.

—¿Qué autores lo han influenciado y a quienes admira?

—A los mencionados más arriba, se van agregando muchos a medida que los voy conociendo, pero como síntesis los anteriores son representativos.

—¿Qué libros lo marcaron?

—David Copperfield, de Dickens, en novela; El País de Octubre, de Bradbury, en cuentos; y los poemas de Alberto Girri. Luego le sigue una larga lista no menos importante.

—¿Qué cuentos le parecen “el ideal de cuento”?

—Tengo cuentos que me conmovieron, y ésa es la razón por la que los recuerdo como los mejores. Hay cuentos perfectos, que uno reconoce como tales, pero aquellos que rompen algo dentro de uno son los que quedan marcados en la memoria. Por ejemplo: Bartleby el Escribiente, de Melville; El Mensajero, de Bradbury; y La Capa, de Buzzatti.

—¿El cine está presente en su imaginario a la hora de escribir?

—Sin duda. Hace poco leí una entrevista a un escritor norteamericano que decía que no es lo mismo escribir en el siglo 19 que en el 20. El cine ha aportado todo un canon de imágenes, toda una serie de referencias que son inevitables a la hora de escribir y de leer. La forma de contar es diferente, ya no se necesita el detallismo para hacer “ver” al lector un ambiente o una acción. Hay objetos y cosas que todo el mundo conoce, y por eso la novela del siglo veinte ha desarrollado otros aspectos más interiores y psicológicos, además de las innovaciones en la estructura narrativa. En mi caso en particular, aprecio mucho el cine, un arte que alimenta a la literatura en cuanto a formas nuevas de contar, pero que también aprende de la literatura las buenas historias para contar. Las mejores películas se basan en novelas o en historias originales de directores que se han embebido de buena literatura. Como espectadores y lectores solamente, el que es buen lector aprende a elegir buenas películas.

—¿Podría explicar cómo es en su caso el proceso de creación de un relato?

—La fuente que originó la idea es muy variada, incluso a veces incierta. Puede surgir de un objeto, un recuerdo, una frase escuchada o leída, etcétera. Una vez que ha surgido, el proceso de escritura, en mi caso, consiste primero en darle un sentido y un objeto al texto. Es decir, debe haber cierta lógica interna por lo menos para mí. Me acostumbré a pensar en escenas cuyos pasos principales tengo más o menos claros y después me pongo a escribir. Lo que surge es diferente la mayoría de las veces, no en cuanto a la trama general, sino en cuanto al contexto. Van apareciendo cosas que no había planeado, personajes que de pronto toman relevancia, y suena repetido lo que voy a decir, pero es indudable para mí que a medida que el personaje va tomando forma hace su propio camino en la historia. Eso es porque ha ganado una personalidad, nosotros se la hemos dado, pero ya en posesión de ella, él hace lo que debe hacer, y por eso el autor no siempre conoce los detalles de su final.

—Usted se ha dado a conocer con dos libros de cuentos. Como autor, ¿los prefiere antes que a la novela?

—El haber publicado cuentos es en parte circunstancial. En los talleres literarios se suele escribir narrativa corta o poesía, o ambos géneros. Es por una cuestión práctica por las limitaciones de tiempo y distribución del material. Por eso los alumnos a veces se entrenan mejor en un género que en otro. Pero a la larga la tendencia natural se impone. En mi caso aprendí escribiendo cuentos porque siempre me gustó leerlos, incluso para mí es una buena forma de presentación para cualquier narrador. Prefiero empezar leyendo cuentos cuando entro en un autor que nunca leí antes. Pero la novela también me fascina. Yo creo, a diferencia de otros autores, que es más difícil la novela que el cuento. No por una cuestión de tiempo de escritura, hay cuentos que pueden tardar meses o años en escribirse hasta lograr el punto justo, sino en cuanto a complejidad. En el cuento valen los silencios, lo que no se dice participa tanto como lo que está escrito, y comparto la idea de que menos es más. Estos silencios le dan complejidad al cuento. Pero necesita lectores entrenados, que sepan leer entre líneas y apreciar el efecto de un buen final. La novela, en cambio me da la sensación de entrar en una ciudad enorme y que no conocemos, sin tener siquiera un plano de las calles. Hay múltiples factores a tener en cuenta, puntos de vista múltiples, situaciones varias que divergen y convergen muchas veces. Incluso al leer una novela uno sabe que deberá comprometerse con la trama aún más allá de la lectura diaria, pensando en los posibles siguientes pasos de los personajes. El cuento es contundente y misterioso a la vez. La novela es como una larga sinfonía a la que hay que escuchar atentamente para no perder su lógica.

—¿Cómo nació el sello Copperfield Books mediante el cual editó Los Seres Intermedios?

—La editorial que publicó el primer libro cerró, así que ante la dificultad de publicar en editoriales importantes, decidí tomar el mando de la publicación. Ya que debía pagar para editar, quería que saliera como yo quería. Hay errores, pero no puedo achacárselos a nadie más que a mí.

—¿Qué importancia tienen los concursos y los premios en su carrera?

—Me parecen importantes, pero no trascendentales. Es bueno presentar material a los concursos, por lo menos para tener experiencia en cuanto a su funcionamiento, virtudes y defectos. Si el resultado es favorable para uno y se obtiene un premio, perfecto. Los premios incentivan mucho, pero hay que ganárselos con el tiempo. Hay un tiempo de aprendizaje y escritura que no se compensa con nada. Puede durar cinco, diez o veinte años, pero ese período de madurez da frutos en el material escrito. A veces los premios coinciden con este desarrollo, otras veces no.

—Ha ganado un concurso con una serie de poemas. ¿Qué lugar tiene la poesía en su obra y en su vida? ¿Qué autores le gustan?

—Me gusta mucho la poesía. Disfruto leerla tanto como la narrativa. Me gustaría escribir más poesía, pero la disposición mental para dedicarse a ella es totalmente distinta. Por eso, mientras escribía poemas, no hacía narrativa, y extrañaba. En esas ocasiones me preguntaba si podría volver al cuento, porque uno cambio mucha la estructura formal de creación. Sin embargo es cuestión de tiempo, como todo. Ahora estoy trabajando narrativa, y aunque no tengo planes para poesía, me pregunto si podré ponerme a escribir algún poema nuevo. De más está decir que la poesía es un arte de vida completa. Quiero decir, respeto enormemente a quienes escriben sólo poesía, porque cada libro es un trazo más de un largo hilo evolutivo en el lenguaje poético. Los narradores escribimos poesía algo extraña, muy teñida de recursos narrativos. A veces son más poéticos nuestros párrafos de prosa que un poema escrito en el formato convencional. Hay excepciones, claro. Borges, por ejemplo. En poesía me gustan muchos, pero Alberto Girri podría ser el más representativo de mi gusto más personal.

—Usted también ha sido jurado de concursos. ¿Qué porcentaje de escritores se dedican a los géneros que usted cultiva?

—Si te referís al género fantástico, en los concursos en los que fui jurado he leído no más de un 10 por ciento de cuentos de este tipo. No es un género que se cultive mucho para escribir o leer. Habitualmente se escribe más sobre las experiencias personales, anécdotas curiosas o humorísticas, y los mejores cuentos generalmente no son los de género fantástico. No conozco la razón, quizá sea porque es difícil, y eso se ve en tantos malos textos que utilizan recursos trillados con resultados lamentables. También puede deberse a que hay un interés mayor en la ciencia o la tecnología que en la calidad del lenguaje literario, y yo soy de los que abogan en que la literatura, sea del género que sea, es un compromiso con el lenguaje, y después con la historia.

—¿Cree que la ciencia ficción, el terror y/o lo fantástico pueden llegar a tener un lugar en el mercado editorial argentino?

—Creo que sí. Dejando de lado la ciencia ficción y el terror, el género fantástico tiene más posibilidad de un lugar en el mercado, con Quiroga, Cortázar, Lugones, Levrero, Gardini, por ejemplo, abriendo camino para tanta gente nueva que escribe bien en este género. El problema, pienso yo, con la ciencia ficción y el terror es que no nos desprendemos de los maestros norteamericanos e ingleses. Utilizamos las mismas atmósferas y recursos, y no hay originalidad. Cuando hablo de originalidad no hablo de elementos localistas, porque entonces sí hay mayor contraste. Hablo de recursos originales donde la ciencia ficción suene natural y no parezca ciencia ficción, sino simplemente buena literatura. No conozco las respuestas. Tengo algunos cuentos de este tipo escritos en taller, pero hace años que no los toco y están esperando su turno para un proyecto de más adelante.

—¿Tiene previsto algún trabajo en lo inmediato? ¿Cuáles son sus proyectos?

—Tengo un libro de cuentos a publicar próximamente. Es un conjunto de cuentos donde casi no aparece lo fantástico, salvo en ciertos casos y con ambigüedad. Están relacionados con conflictos humanos más palpables, culpas, celos, remordimientos, locura, cierta dosis de crueldad, y sus consecuencias trágicas a través de personajes complicados. Se va llamar El Rostro de los Monos.

Su opinión sobre Stephen King

“Me gusta mucho King. No he leído más que una cuarta parte de toda su obra, pero lo considero uno de los mejores narradores norteamericanos. Coincido con quienes dicen que es muy desparejo, hay novelas suyas francamente pésimas e incluso fragmentos de sus mejores trabajos se ven perjudicados por el mal gusto y la inverosimilitud. Pero menciono lo que más me gustó: La Zona Muerta me parece una novela perfecta, una de las más prolijas y discretas de su obra; Cementerio de Animales es la que más movilizó mis miedos, tiene un lenguaje desbordante y situaciones extremas, pero su oficio sale del paso con resultados magistrales. Obviamente El Umbral de la Noche es su mejor colección de relatos, y Los Niños del Maíz tal vez el mejor de ellos. También me gustaron mucho El Juego de Gerald, con ese giro de estructura inesperado en el tercio final de la novela, y Cujo, excelente novela a pesar de que la escena de la pelea final entre la mujer y el perro no me resulta del todo lograda”.

Así escribe

“Papá y yo vimos la última bandada de palomas un día de verano de hace muchos años. No puedo olvidarlo porque en ese momento, lo sabría más tarde, se decidió su destino, si no es que el fin de cada uno no está escrito ya desde el principio del mundo. Fuimos con el auto a las afueras de la ciudad por la autopista del noroeste, hacia unos campos inundados la mayor parte del año, excepto en verano. Los caminos eran casi inservibles y sólo se pisaba lodo. Habíamos tratado de vender esos terrenos sin resultado, y ahora papá iba a intentarlo nuevamente.

Nos estacionamos a varios metros del bosque vecino, que esta vez nos pareció más frondoso e impenetrable; en el invierno anterior había llovido tanto como en los últimos cinco años. El camino de lodo continuaba hasta allí y detuvimos el auto. Clavamos el cartel de venta en la tierra blanda. Me puse a chapotear en los charcos, yo aún tenía diez años, y recuerdo la sonrisa de mi padre al mirarme. Cuando encendió el motor para irnos, vimos a las palomas salir espantadas desde el bosque, volando hasta perderse de vista hacia el norte.

—Ya quedan pocas —dijo él, y me comentó la innumerable cantidad que podía verse tan sólo diez años antes.

En ese momento debió nacer su idea, aunque creo que recién fue conciente de ella al leer el artículo en el diario un año después, donde anunciaban que el último centenar de palomas se había extinguido. Entonces nos miramos, y pensé que pocas veces algo une tanto a los hombres como los recuerdos comunes que llegan en el instante exacto”.

(Fragmento del cuento La Paloma Eléctrica, incluido en el libro Los Seres Intermedios).

El horror según Ricardo Curci

Si bien su obra se nutre de diversos géneros, Ricardo Curci ha publicado hasta el momento dos libros de cuentos donde está muy presente el horror ante la vastedad del universo tal como lo definió Howard Philips Lovecraft (1890-1937). En su célebre Supernatural Horror in Literature, el Maestro de Providence expresó que estas historias deben incluir “algo más que un misterioso asesinato, unos huesos ensangrentados o unos espectros agitando sus cadenas según las viejas normas. Debe respirarse en ellos una definida atmósfera de ansiedad e inexplicable temor ante lo ignoto y el más allá; ha de insinuarse la presencia de fuerzas desconocidas, y sugerir, con pinceladas concretas, ese concepto abrumador para la mente humana: la maligna violación o derrota de las leyes inmutables de la naturaleza, las cuales representan nuestra única salvaguardia contra la invasión del caos”.

En su primer libro, Los Casas, el autor presenta una serie de relatos interrelacionados por personajes al borde de la desesperación y de la locura. En medio de una brumosa realidad, dos mellizos profundizan su apego por el mal a medida que crecen, un arquitecto se siente Dios y se propone construir una casa como si fuera una catedral, un fabricante de “nuevos animales” mantiene en vilo a su comunidad, un farmacéutico lucha contra la muerte mediante fórmulas especiales y un hombre esconde un secreto en su armario, entre otros personajes de una larga galería de monstruosidades.

Los cuentos de Los Seres Intermedios comparten lo anormal como columna vertebral, profundizando en la evocación de mitos y leyendas y en cierta obsesión por las enfermedades y el paso del tiempo. Como muestrario de este segundo libro, bastaría conocer a las viejecillas funebreras de Las Ancianas, los personajes melancólicos de La Paloma Eléctrica, la voluntad malsana del profesor de Historia Antigua en Las Torres y los ahogados que salen del mar en La Playa, aunque, por supuesto, hay mucho más que vale la pena leer.

En contraposición de los monstruos tradicionales del género (Drácula, Frankestein, el gólem, la momia, etcétera), en estos cuentos de Curci afloran lo macabro, lo inasible y lo peligroso, en medio de una “definida atmósfera de ansiedad e inexplicable temor ante lo ignoto y el más allá”, a través de personajes que inquietan justamente por parecerse demasiado a reconocibles seres de carne y hueso.