lunes, 9 de julio de 2012

Ciencia


1

¿Conoce el hombre
el origen
el motivo de lo sin razón
en el sexo de los monos
baba de los perros
cerebro del cristo?

Sexo y músculos
crearon la idea
las manos
formaron el mundo.





2


Los ojos de la ciencia ven
un espacio vacío entre cuerpos celestes
blancas esferas
agua oscura
suciedad de almacenes abandonados.

Pero el sereno vigilante
en sueños de madrugadas frías
sólo piensa
en el vértigo
caída
espacio
que su cuerpo ocupará
la última noche.






3


En un punto
entre la tercera vértebra
y el cerebro
empieza el dolor del conocimiento.

La velocidad de la luz
rompe los muros del carbono.

Por eso los monos
tienen también
recuerdos de Dios.






4


Niños de cabezas grandes
como fondos de saco
no es el agua
lo que deforma los cráneos
ni la sangre del hondo
oscuro mar del no recuerdo.

Es el miedo.

Las neuronas crecen, se multiplican
se convierten
en pequeños monstruos
cuando abren los ojos
al día en que nacieron.






5


Un número para el tiempo
es arbitrario como una medida
en el espacio.
Medir los pensamientos por su duración
es igual que tomar puñados de aire
y pesarlos.

Una hoja de árbol
tiene kilómetros de días
toneladas de cuerpos muertos
miles de noches húmedas.

Tiempoespacio
la única, misma palabra
que alguien, hace mucho
separó.






6


El método empírico
enfrenta al sujeto con su objeto
ellos se anulan.

Como una silla frente a su mesa
se miran
estudian sus formas
sin tocarse ni entrar una en la otra.
Planos complementarios que encajan
por arbitrio de mentes
que miran sin comprender
el interior del objeto.

Hombres como cosas
inertes masas rodeadas de piel
más impenetrables
que la piedra.







7


Los entomólogos aseguran
las hormigas están formando
nidos en las vértebras.
Las han visto punzar la piel
y dejarse arrastrar por la sangre
con un pedacito de músculo como carga
hasta anidar en la última vértebra
luego ascienden, lentamente.

Algunos dicen sentir
un escozor en la espalda
un entumecimiento por la madrugada.

Cuando el escalpelo penetre la caja del cráneo
encontrarán a la reina
asentada en el atlas
rodeada de huevos.






8


Charles Darwin dijo
las especies no fueron lo que son
ni serán lo que parecen
el hombre es también un animal
que habla con pensamientos.
Nada mencionó sobre el alma.

Entonces lo atacaron
con esa inmensa idea llamada Dios
lo desgarraron para devorarlo.

Pero los animales guardaron
sus huesos en el bosque
y después de cubrirlos con hojas secas
empezaron a gemir
aullar
como hombres asustados.






9


En una constelación
alguien espera la llegada
del profeta
en una barca arrastrada
por alientos de volcanes muertos.

Estrellas
pasan por tubos cóncavos
imágenes convergen
en los ojos de las ratas
que escarban la cabeza del astrónomo.

Roedores
asomados a telescopios
ven en el cielo al creador
del cerebro que los alimenta.






10


La mano del simio toma la palanca
y el fuego escapa de la nave
Espacio por delante, piensa
el hombre detrás.

Luego corta los cables
bloquea toda comunicación.

Él es la Tierra
está solo y el orgullo lo exalta.
Los hombres se parecían tanto a mí.






11


La suma de los ángulos de un cuadrado
no es igual a cuatro rectos
al resultado deberemos sumar
la cifra
en la que Dios se ha obstinado en vivir
un sitio matemático
donde las parábolas son teoremas

Quizá Pitágoras sea el Bautista
Einstein el Mesías.
Sólo basta poner sus mentes
en el trayecto de una bala
obediente a la física de Newton
para revelar su sustancia.
Mundos teóricos tan frágiles
como el cerebro de Dios.






12


Negar no es claudicar.
Levanto muros
por encima de mi altura
con rocas caídas del cielo.

Digo sí digo no
según las caras lo toleren.

Dentro
el sol gira para mí
como yo lo hago sobre el sol.

Soy Galileo
y afirmo que el mundo
está hecho con fuego
los hombres
con leña seca.





13


Los tratados de anatomía
exploran el cuerpo
enterrado bajo la piel
por un dios celoso
de la belleza del hombre
y la inteligencia del simio.

En salas de disección
los teólogos estudian.

Las vísceras de Dios
despiden formol
pero ya no sufren.






14


El día de la muerte
estimula secreciones
multiplica la conexión neuronal.
La velocidad de la sangre se acelera
inversamente a la duración de la vida.

Y en el fondo más oscuro, vacío
del cerebro
donde una mano es aún una mano
el tallo de la angustia
sigue creciendo
más allá del lente que se utilice
para admirarla.






15


Argos ha muerto
anuncia Ulises a su hijo
luego destroza la balsa con el hacha
y construye un ataúd
para el cadáver del perro.

Un viejo sabio se acerca
mide el cuerpo
hace números en la arena
calcula el tamaño del alma.

Ulises no lo mira
arroja la caja al mar
la observa hundirse lentamente
el agua inunda la playa
y borra las cifras
su alma es el océano
dice.





16


¿Serán perdonados
los que rezan
con un billete de lotería
en la mano
comprendidos
absueltos
castigados?

Es sabio quien tiene
la inteligencia de Dios
entre sus dedos
pero Dios es mudo y sordo
ni siquiera se ve a sí mismo.

Serán perdonados
los ignorantes.

Sin los guantes de la razón
ellos ven y tocan
la cara de Dios.





17


La luz viene del sol
y lo sobrevive
con mensajes muertos.
Pero si la luz estuviese más allá del sol
qué la ha creado
punto lejano impensable
para el cerebro humano.

El tiempo
como un pasamanos
que se escapa a cada instante
en suelos que se filtran.

Y ese punto de luz sin origen
llama como el hambre
la desesperación.
Ojos puestos en la nada
manos extendidas hacia el vacío.

De los dedos nacen
los hombres y los viajes.






18


Punto de luz que se acerca
se aleja
vibra invisible en los dedos de los hombres
acaricia las caras de los niños
al mirar el cielo una noche
en la playa.
No es viento del mar
es deseo
fundir el cuerpo en la arena
ser con la noche un punto en las estrellas.

Niños remontando barriletes
hombres gritando para alcanzar
esa constelación con nuestra cara
que vemos una vez
un instante en toda la vida.

Ni siquiera la certeza de haberla visto
sólo la piedra de la duda.





19


Números
unidades del espacio tiempo.
No hay infinitud
sino desconocida cantidad de cifras
para la idea
pensamiento
sobre Dios.

Jaulas
-celdas-
células formando
el concepto
la máquina
dios universo.
Artificio que se rompe
cuando encerramos la memoria
en la madera que evita la dispersión
de nuestros huesos.



Cartas de Hamlet



1
Alguien dijo, tal vez el dios que nos creó
que hay más cosas en el cielo y en la tierra
de lo que imaginamos.
Morir, dormir, soñar incluso
son privilegios que la carne
no siempre puede recibir
ni mucho menos sabe utilizar.
Los gusanos del pensamiento
enturbian la mirada del que quiere ver
cuando el mar retrocede
y quedan los esqueletos de las palabras
a las que el poeta dios
no logra limpiar del dolor
ni siquiera de la pena.
Detrás de cada letra
vive un león con hambre insaciable
y no está loco
tiene la crueldad de la cordura.

2
Ella sabe que la amé
más que a mi madre, más aún que a mi padre.
Era mi hermana
mi mano izquierda
mi ojo derecho
los olivos sobre el río.
Debió entrar al convento el día que se lo pedí.
Ahora está rodeada de aguas que caen como voces vírgenes
para siempre perdida en mi pensamiento.
Porque ella se va.
Ofelia desaparece del recuerdo
-a pesar de que el tiempo aquí pasa tan lentamente-
y el amor ya no es lo que era
dolor y éxtasis.
Es veneno
primero dulce, después sin sabor
y sin belleza.

3
Todo muere.
Hasta la corona de mi padre
se va perdiendo en la tierra.
Pero es el mar y son las olas
que carcomen el metal precioso de su arquitectura
armazón de su alma.
Yo, su hijo Hamlet,
soy un gusano comiendo de su carne
así como él bebió la sangre de los invasores.
Soy la uña que perdió en la batalla
y el polvo en sus cabellos.
La mosca posada en su corona
al recorrer el campo de los muertos.
No le digas nada, Horacio,
padre sabe que lo extraño
como quien espera que su mano perdida
vuelva a nacer.
Tuve arañas en custodia
borregos tristes, perros que me mordieron
y ni siquiera supe conservar.
Sin hijos el amor del hombre se anula.
Un número cero fabricado con pajas.

4
Dile a Yorick
cuando mueras y lo veas en el cielo
-yo estoy en los infiernos con el nuevo rey-
que extraño su cara de maquillaje
su sonrisa extraviada
el día que tomó mi cuello con sus manos
y preguntó: ¿tienes miedo de morir?
Dile que ignore las palabras del sepulturero.
Su cráneo descansará frente al espejo de mi reina
para que ella vea cómo acabará
mientras se coloca polvos sobre polvos
y no reirá entonces.
Pero yo escucharé aún entre las voces de mi culpa
la hermosa, terrible risa
de Yorick el bufón
burlándose de la tragedia de la vida.

5
Los hijos somos tallos ciegos
de grandes muelles frente al mar.
Un día tendremos que beber la misma sal
y mirarnos en el espejo del padre.
Su cuerpo tiene también la estructura de los gusanos.
Si la voluntad a veces produce arañas
y es un líquido maloliente bajo cáscaras de piel,
entonces sentarse frente a las olas
para armar aquella que vendrá a buscarnos
es tal vez mejor que morir por una espada
sin saber qué es un hijo
ni cómo besar las mejillas de un muerto.

6
Matamos con diferentes significados.
Se perdonan las ofensas contra los viles
pero se condenan contra los fieles.
Enterramos la daga en la carne
olemos el aroma de los dientes del que muere
y no nos abandona hasta que juntos
exhalamos el aliento sobre el siguiente en la cadena.
Salir a pelear con gritos de furia
con graznidos de pájaros que se retuercen
no es lo mismo que la ira
carcomiendo el alma de los cobardes.
Sepultureros y muertos
se dividen el mundo.

7
Qué es un nombre.
Tengo el sonido de mi padre por emblema
pero no su cabeza y barba
los ojos celestes en la noble cara.
El último rey que nació sin penas
se casó con el ave que perturba los sueños.
Un nombre puede convertirse en carroña
cuando el sepulturero lo pronuncia
oler a heces si quien lo lleva lo ha robado
-un regalo deja de serlo cuando no se merece-
y es un cachorro de voluntad idiota.
El nombre se hace blanco de dardos de iniquidad
en las manos de la historia
y ya no vale siquiera
el pequeño dolor del esfuerzo por recordarlo.

8
Las olas son almas en pena
golpeando la costa
donde buscamos huesos
para explicar los cantos nocturnos.
Las olas estallan, se deshacen
pero las gotas en las piedras de las torres
se juntan y crean seres de carne.
Hablan, eso es lo peor.
Uno puede soportar la propia voz
pero no esa voz convertida en muertos
que regresan para darnos más trabajo.
El nuestro y el que ellos no pudieron hacer.

9
No te dedicaré una carta, madre
sólo un epitafio y el olvido
arrepentimiento y veneno
en copas que no supieron evitar
la muerte del reino.
Echa atrás el tiempo.
Revierte el silencio mortal de las espadas.
Tu boca
úlcera donde se hunden
los dedos pétreos de los hombres en tu lecho.
Sobrevuelas como ave de presa
dando consejos para matar el recuerdo de mi padre
pero hay cosas
que no puedes arrancar del cuerpo de un hombre.
Mota de polvo y mancha que no se borra.
Un último vestigio del orgullo.

10
Es curioso cómo uno hace víctimas
a quienes no desea convertir en tales,
quizá la pequeña sombra oculta
husmea el olor de los entrometidos.
No pediré perdón, querido Polonio, por tu muerte
mi remordimiento se paga
con la locura de la hermosa Ofelia.
Padres y madres
titiriteros escritores
de nuestros actos.
A veces me pregunto
si no sería mejor matarlos
apenas nacemos.
El dolor de su ausencia
sería más soportable que el rencor.

11
Rosencratz y Guilderstein ya no existen
los he entregado a la boca del mar
Decían ser mis amigos
pero eran huecos corrompidos en los huesos del reino.
Vi sus ojos cuando se acercaron
sus sonrisas diciendo
todo está bien no te preocupes
no hay dolor si son las manos de un amigo las que matan.
Quién pondrá las manos en el fuego por otro hombre
en este reino donde las barbas
son máscaras sobre caras muertas.
Mira a tus perros, Horacio,
te morderán si los lastimas
pero se arrojarán al fuego, si eso ordenas.

12
Los soldados batallan
yo esgrimo estrofas sobre fantasmas.
Hombres mueren entre espadas
yo hablo de amores que se pudren.
El fuego de la guerra estalla.
El mundo se deshace en tierra y lluvia.
Los cadáveres crecen como heces de perros viejos.
Yo simulo y juego en la locura
crío gusanos en mi alma
escarbo en los huesos de mi padre.
Algo huele a podredumbre.
Tal vez sea el cuerpo de Ofelia
servido en una mesa
al alcance de nuestros picos.
De lejos llegan las voces y el aroma
de los hombres que pelean en los campos
Ese aroma virgen de los árboles muertos.

13
Lo que mal empieza
no puede terminar bien, mi querido Horacio.
Sé que estas cartas pesan
y te he abrumado con mi dolor.
Déjame darte a cambio un abrazo y un beso en la mejilla.
Que tu pecho toque el mío
y las fanfarrias de tus rezos caigan
como perros salvajes sobre el olvido.
Eres el hombre que enlazará los tiempos con sus manos.
Las paredes caerán .
Los campos seguirán llenándose de muertos.
Pero la memoria
es más persistente que las ratas.

Estos poemas pertenecen al libro que lleva el título general de "Alimentar a las moscas". Esta sección es una serie inspirada obviamente por la obra de Shakespeare. No hablaré de su importancia, sí de la forma en que me cautivó desde su primera lectura. Tenía en mi casa paterna una vieja edición sin tapas de la obra de teatro, y aún cuando de adolescente intenté penetrar en texto, me resultó difícil pero fascinante al mismo tiempo. No creo haberla terminado de leer en esa época, pero los monólogos de Hamlet me atrajeron por esa cualidad musical y profunda al mismo tiempo, una mezcla de balada y recitación. No fue extraño escucharme a mí mismo recitar en voz alta el "ser o no ser", o "cuán débil carne es el hombre" o la escena del sepulturero. Más tarde, viendo películas basadas en ella, la fascinación fue completa. No hablemos de puestas en escena o adaptaciones, de actuaciones o dirección artística. Las palabras de Hamlet persisten en el tiempo, crecen de significado, se multiplican sus significaciones y se acrecienta su trascendencia. Porque ellas hablan del hombre y su primera y última condición, sobre el azar y el destino de la vida, sobre la muerte, la culpa, el remordimiento, el deseo y la lujuria, la pusilanimidad, los celos, la ambición desmedida, el crimen, la hipocresía, el amor, la locura. Cada personaje es un símbolo y ser de carne y hueso al mismo tiempo. Los fantasmas conviven con los seres humanos, lo fantástico es parte de lo no fantástico, las barreras entre cordura y locura son tan irreales como los límites entre la vida y la muerte o entre lo real y lo ficticio. Una obra de teatro dentro de otra obra de teatro pone en evidencia la realidad de un crimen escondido tras una fachada de ficción.
Estos poemas son un humilde homenaje, una inspiración que pretende recrear a través de mis propios medios expresivos, de mis propias preocupaciones y mi visión del mundo, lo que esta obra me inspiró, lo que su contenido y sus temas me han provocado a lo largo del tiempo. No es una copia de escenas, ni siquiera una reflexión sobre ellas, sino una apropiación de personajes. Pero ellos han cambiado, son los mismos nombres pero son otros, se han embebido de mi forma de pensar, de mi forma de ver las cosas, han buscado y encontrado factores que yo mismo no sabía que allí estaban. Esa es la función de los personajes que uno crea o recrea en la lectura, buscar por medios indirectos, como espías, como huéspedes curiosos y entrometidos, en los rincones de la casa que habitamos desde nuestro nacimiento. Rincones que desconocemos a pesar de to.dos estos años.
Aquí está, entonces, esa mirada, el mundo que hallaron, recreando y recreándose al explorarme.

sábado, 16 de junio de 2012

ALIMENTAR A LAS MOSCAS







Estos poemas fueron escritos entre 2002 y 2006. Una parte de los cuales fueron publicados en la Antología del Premio Literario por la Conmemoración por los 150 años de la Ciudad de Esperanza, Santa Fé, donde merecieron el Primer Premio. Todos los poemas que llevo escritos hasta la fecha están contenidos en este libro. Muchos de ellos surgieron en la presente década como correcciones prácticamente completas de viejos poemas de la década del noventa, mientras hacía taller literario y me dejé influir por la tendencia a la poesía que había allí por ese entonces. Aquellos poemas desaparecieron, pero como me sucede también en narrativa, hay ideas que sobreviven a las formas primarias en que fueron concebidas en un principio. Estos poemas son casi contemporáneos a una novela larga, y creo que representaron una forma de contrarrestar o contrabalancear el esfuerzo de trabajo y atención que me llevó aquel trabajo. El largo aliento de las frases de la novela, su clima denso y saturante, se veía aliviado por la escritura concisa y corta de los poemas. Aún no estoy seguro de la validez poética de este conjunto, y cada vez que los releo en ocasiones me satisfacen y en otras encuentro falencias que ya no tengo idea cómo subsanar sin modificar completamente los textos. Sé que son poemas conceptuales, donde la emoción tiende a fluir muy lentamente, casi con una frialdad quemante filtrada por el intelecto. El epígrafe con que decidí encabezarlo es de uno de mis poetas favoritos, quizá con el que más me he identificado, Alberto Girri. Esta elección estética no es casual, hay una intención clara de seguir la misma línea de poesía, aunque no así el estilo, por supuesto, determinado tanto por mis propios límites expresivos como por los ilimitados niveles a los que llegó Girri.
No sé si volveré a escribir poemas, es de esperar que sí lo haga porque ese es mi deseo. En el monento que escribo este comentario estoy dedicado a la narrativa, y es allí donde estoy volcando esos "conceptos" que antes ponía en poemas. Los párrafos son más largos en que mis dos libros de cuentos, la acción se va retardando por interposición de reflexiones que tienden a tener una musicalidad interna, intentando asemejarse a ese ritmo fluido y casi barroco de la prosa faulkneriana. Tal vez sea eso lo adecuado a mi estilo, no puedo decirlo con certeza. Faulkner decía que el género mayor es el de la poesía, pero los narradores como él indudablemente lograban un vuelo poético en su prosa mucho más eficazmente que muhcos poetas que escriben con el formato correspondiente a lo que se considera un poema.
La poesía es tan intensa tanto de leer como de escribir, y el trabajo de corrección es quizá más largo, agobiante insatisfactorio que el de narrativa. Es difícil congeniar ambos géneros, y pocos autores, salvo los más geniales, Borges a como mejor ejemplo, Octavio Paz, otro, fueron maestros en ambos planos. Los narradores tienden, a veces, a crear poemas más que nada visuales, narrativos y de escas música. Da la peculiaridad que Borges era maestro en el cuento y no escribió novelas. Paz era más que nada ensayista además de poeta. A su vez, los grandes poetas, cuando se atreven a la narrativa, suelen crear narraciones cortas de tintes alegóricos y netamente como prosas poéticas. No intento hacer generalidades, solo mencionar ejemplos que me vienen a la memoria, sin duda selectiva y arbitraria. Es que la estructura de la poesía, a mi entender y según mi escasa experiencia, requiere un planteamiento mental muy particular, que si bien no excluye, sí desarma transitoriamente los esquemas contundentes y bien afirmados de la narrativa. Para sentarse a escribir un poema hay que olvidarse de los recursos que son sólo válidos para el cuento o la novela, me refiero a esos armazones, planos y maquetas que los arquitectos utilizan para diseñar sus estructuras. Es algo también cercano a una superstición, o quizá al miedo a la enfermedad contagiosa. Mientras se escribe poesía, uno tiene miedo a leer narrativa, porque lo difícilmente logrado podría derrumbarse por acción de esos virus llamados "explicación" y "argumento" que tienden a tratar de dar claridad y razón a cuanto se escribe. Cuando se hace narrativa, el leer poesía no es invalidante ni hay temor alguno, pero si simultáneamente se pretende escribir poesía y narrativa, el esfuerzo mental para cambiar de ámbitos y climas es demasiado complicado, es más agotador que un esfuerzo físico, sólo comparable tal vez con los sinsabores de una enfermedad. El narrador tiene miedo a perder su poder de fluidez, su fuerza de un continuo y perpetuo fluir de la conciencia narrativa, si se pone a escribir poesía. Repito, estas son particularidades surgidas de mi criterio personal, que no excluyen contemplar tantas otras posibilidades y experiencias, así como las diversas formas narrativas y poéticas que no necesariamente se contraponen sino que se suman.
Todo depende, supongo, de los límites del talento personal, y a qué llamamos con este nombre. Cuáles son estos límites, tampoco estoy seguro. No hay más remedio que vivir, aún encerrados en una habitación, como dicen que lo hizo la gran Emily Dickinson, y ponerse a escribir lo que una ventana nos concede del mundo y permitir que surja todo lo que nuestra imaginación es capaz de fabricar con esa concesión.
Los poemas están agrupados en ejes temáticos por fragmentos que llevan los siguientes títulos:


1) Ciencia
2) Guerra
3) Cielo/Tierra
4) Hombre/Mujer
5) Lenguaje
6) Cartas de Hamlet
7) Minotauro
8) Impresiones sobre la pena de muerte
9) Copperfield
10) Kant o el laboratorio del pensamiento


miércoles, 17 de agosto de 2011

El flaco



La ruta estaba más transitada que lo habitual. Había coches con valijas y bicicletas sobre los portaequipajes. Pedro sabía que viajaban hacia la costa, coincidiendo con el comienzo del verano. Le agradaba verlos pasar. En ocasiones, hasta creía escuchar las voces de los niños desde los autos.
Siempre caminando, sin detenerse, se dijo que con mucha suerte llegaría a la ciudad antes del anochecer. Observó el campo a ambos lados del camino, interrumpido por algunas fábricas, las torres que sostenían los cables de alta tensión con la delicadeza de una araña, los puestos de frutas y las parrillas que iban cerrando a medida que oscurecía. Algunos talleres dejaban ver las caras de los mecánicos entre cámaras y llantas en desuso. Miró de costado el destacamento de la prefectura, pero sin fijar la mirada mucho tiempo ni darse vuelta. Los patrulleros descansaban tranquilos bajo el polvo y el sol de la tarde.
Una caravana de tres camiones levantó polvo a su alrededor. Se cubrió la cara con el cuello de la camisa sucia y tosió. El sol disminuía su calidez, ocultándose detrás de las luces de la ciudad aún lejana, empalideciendo frente a la enorme luna cuadrada de edificios y tubos fluorescentes. Con más atención que otras veces, observó a los perros muertos en las banquinas. Tenía la costumbre de contarlos para entretenerse mientras caminaba; a veces, poner la mente en blanco le era imposible, y los pensamientos repetidos llegaban a volverlo loco. Por eso comenzó a contarlos, incluso podía estimar los días que llevaban muertos. Era más fácil si conservaban cierta tibieza en la piel, si al acariciarlos se sentía aún la sedosa electricidad de los músculos.
Hacía frío y se puso la campera. El naranja del crepúsculo cedió espacio a la penumbra de la ruta, interrumpida por los faros de los coches. Estaba cansado, e hizo dedo para llegar más pronto a la ciudad. Un viejo Valiant se detuvo. Las puertas tenían manchas de diferentes talleres de chapistas.
-¿A dónde va?- preguntó el que manejaba. El aspecto del hombre le resultaba familiar, la tez oscura, el cabello lacio caído hacia un costado, y supuso que lo conocía de vista de algún pueblo cercano. Pedro abrió la puerta metiendo la mano por la ventanilla sin cristales, no había manija externa.
-Hasta General Lavalle...-contestó-… puede dejarme en el arco de la entrada, nomás...si es que el auto llega hasta ahí.
-No se preocupe, así como lo ve, este auto mató a una maestra en La Plata hace unos años, me dijeron. Me llamo Beto- y le ofreció la mano. Pedro le contestó estrechándola con ánimo.
Mantuvieron un breve silencio. Pero su compañero empezó a hablar y ya no dejó de hacerlo en todo el camino. En las pausas, Pedro pudo contarle sobre su trabajo y la familia, aunque en realidad no quería hablar. Pensaba en María, a la que necesitaba ver lo antes posible. Dos semanas eran demasiado para la ansiedad encerrada en sus pantalones. Con Dominga no intimaban desde hacía mucho tiempo. Había dejado de pensar en ella de ese modo, y después del cuarto hijo se rehusó a ceder. Esta noche, sin embargo, regresaría al cuerpo de María, que lo aguardaba. Sus manos empezaron a sudar cuando recobró el entusiasmo que nacía en él al recordarla. La voz del hombre a su lado le devolvió, de pronto, los recuerdos de su hermano.
-Me ayudaba mucho cuando me iba mal con alguna cosecha, siempre me hacía la gauchada con cualquier cosa...- Pedro se quedó pensativo, con la vista fija en los faros de los autos. Casi era capaz de palpar las luces, de tocar con sus dedos las blancas formas de la cara de su hermano dibujada en el cielo de mercurio.
-¿Qué pasa?- le decía el otro al verlo distraído.
-Es que se murió hace dos días. Si lo hubieras visto ahí tirado, con la cara tan tranquila que parecía haberse quedado dormido.
Desde ese momento sólo hicieron comentarios vanos, breves. Ya de noche, atravesaron el arco de la ciudad. No estaba seguro del todo, pero su compañero había mirado con desconfianza a los policías estacionados junto al mojón de la entrada. El labio inferior de Pedro también temblaba, pero quizá fuese solamente el frío nocturno. Observó las estaciones de servicio y los edificios a medio construir, los esqueletos ensombrecidos donde los pordioseros pasaban la noche. El auto se detuvo en una esquina.
-Aquí te dejo, porque tengo que girar.
-No te preocupés, estoy a unas cuadras nomás. Gracias, viejo, hasta luego.
-Hasta luego, entonces.
Esperó un rato mientras el auto, con esfuerzo, tomaba velocidad y se perdía entre otras luces iguales. Ya de noche, se encaminó enumerando las calles que lo separaban de María. De vez en cuando los vagabundos estiraban una mano desde las sombras, brazos delgados con mangas raídas, rojas algunas por el escozor de los piojos. La extensión del campo inundó de pronto sus ojos, sin aviso, tapándole la vista como un ladrón, un paño rojo que le cubría los ojos, y la serena soledad del cuerpo de su hermano le pareció inalcanzable.
Una vez había recorrido las mismas calles con Raúl, que pensaba llevar a esa gente al campo para trabajar en la siembra, pero él se había reído de esa insensatez.
-¡Mirálos!-le decía.- Están acabados, van a morirse como los perros de la ruta. Mañana se los van a llevar en un camión al cementerio.
Raúl entonces se puso a observarlo con los ojos entornados.
-No me mirés así, es la verdad- se defendió Pedro.- ¿Acaso tenemos plata para mantener a nuestras familias por lo menos?
Siguieron caminando, ofendidos uno con el otro, reconciliados más tarde en los mediodías al sol, cosechando, o en las reuniones junto al fuego y sus mujeres.

Llegó después de la cena. María no pudo ocultar su alegría al verlo, y le preparó un sitio limpio en la mesa. Pedro se puso a hojear el diario. Una noticia al pie de la página pareció llamar su atención, pero María lo distrajo al sentarse a su lado para contarle todo lo que había hecho en su ausencia.
Cuando se acostaron, Pedro se desnudó lentamente, hablándole de los planes que iban armando juntos desde algún tiempo antes. Boca arriba, fijó la mirada en las vigas del techo y los ladrillos sin revocar. Se dio vuelta para acariciar los pechos de María y besarla. Quería olvidar el derrumbamiento de aquellos planes. Ella lo rechazó con disimulo. Empezó a explicarle que le había conseguido un trabajo, y debían ir temprano a la fábrica. Sólo era cuestión de intentar, se dijeron, y apagaron la luz. Pedro se quedó pensando en los uniformes azules mientras él corría por el campo llano, hacia la ruta.
De a poco, acostado en la cama de María, sintió cómo sus músculos se iban relajando con extrema lentitud luego de la larga caminata, hasta quedarse dormido. Soñó, como otras veces, con el fuego. Una gran fogata que abarcaba toda la extensión de los edificios en construcción, quemando los cuerpos de los hombres débiles parecidos a ratas en sus cuevas de cemento. Llamas nacidas de un único y gran fogonazo de escopeta, repartiendo perdigones hacia todas partes. El disparo inicial que había dado vida al sol sobre los campos que él sembraba para alimentar a sus hijos.
Despertó sobresaltado por el timbrazo fuerte del despertador de María. Ella se estaba vistiendo y le recriminaba su pereza. Llegaron a la fábrica cuando el sol ya se había asomado detrás de las rejas del predio. Ella lo guió dentro del edificio, entre el ruido de las máquinas, y se puso a hablar con uno de los empleados, pero Pedro no entendió el diálogo, lo aturdía el rugido de los motores. Las voces de los hombres se iban haciendo semejantes una a la otra. Había tonos, palabras, sílabas que se parecían a la voz de Raúl. Intentó deshacerse de esa idea, y siguió a María hasta la oficina del jefe de personal.
El hombre era cordial. Le dijo que entraría como reemplazo hasta que sus papeles estuviesen listos. Pedro salió de la oficina pensando en el diario del día anterior que había visto apoyado sobre el escritorio, absorbiendo las manchas del café derramado.
-¿Cómo te fue?-le preguntó María, que lo esperaba sentada a un costado de la puerta.
-Empiezo hoy.-Pero al verla tan feliz, le molestó que ese ánimo contrastara tanto con el suyo. Se despidieron con rapidez cuando un empleado llegó para indicarle el puesto. Durante todo el resto del día creyó oír la voz de su hermano en el interior de la máquina. Lo escuchaba hablar de sus planes para la chacra.

-Contraté gente de la ciudad, Pedro. Un tipo va a venir esta tarde para ayudarme-le había dicho un día
Él lo miró entonces con resignación, cansado de recriminarle su estupidez.
-Te va joder, acordate lo que te digo, no me gusta la gente extraña…
Pero Raúl no le hizo caso. El tipo llegó y se puso a trabajar enseguida. Cavó las zanjas para los postes del alambrado nuevo, y luego ayudó Raúl a sembrar. En ese entonces todavía tenían el viejo tractor, y cada media hora paraban para que se enfriara. En la espera, se ponían a hablar de mujeres y de trabajo. Pedro, al pasar por el campo de su hermano todas las tardes, los hallaba trabajando o charlando amistosamente. Desde lejos los veía reír como si fuesen hermanos de sangre. Ellos lo saludaban agitando los gorros, y él les contestaba, pero una incierta bronca le crecía en el pecho sin comprenderla del todo.
-Ya terminé con el abono. ¿Querés que te ayude? -preguntó, secándose el sudor de la frente bajo el sol de una mañana de verano.
-No, Pedro, gracias, el “flaco” va a ayudarme.
Le llamaban así porque apenas tenía los músculos de un chico de quince años. Pero era alto, los hombros anchos compensaban la apariencia débil de sus brazos. Aquella rápida confianza con Raúl le había caído a Pedro como un baldazo de agua fría. Nunca se había llevado demasiado de acuerdo con su hermano mayor, pero siempre necesitó de su aprobación. Sólo Raúl podía darle la tranquilidad de un proyecto aceptado, de una idea compartida.
-Esta noche comemos en tu casa- dijo Pedro, sin esperar respuesta, como si deseara echarle en cara al extraño que los escuchaba, la confianza y el privilegio que éste aún no poseía del todo. Pero Raúl contestó:
-Bueno. El “flaco” va a hacer un asado de espectáculo.
Y ambos se rieron, sin mirar a Pedro.
-Pero...- empezó a decir él. Entonces se calló la boca.

Cuando el trabajo terminó, los hombres salieron de la fábrica como hormigas de un hormiguero aplastado, dejando atrás el zumbido de las máquinas. Las rejas se abrieron y los grupos se fueron dispersando hacia las paradas de los colectivos. A Pedro le pareció ver un rostro conocido. En la larga fila de espera, dos personas delante, estaba el tipo que lo había traído en el auto. No vestía el mameluco de la fábrica.
-Hola- dijo Pedro. -¿Te acordás de mí?
-¡Sí! ¿Qué me contás?
La luz del crepúsculo les llegaba como recortada por las rejas.
-Acá andamos, en mi primer día de trabajo. ¿Y tu auto?
El hombre salió de la fila y se le acercó para murmurarle algo al oído.
-No era mío…
Así que pasamos por destacamentos de la policía en un auto robado, pensó Pedro, y esa idea lo divirtió. Una sonrisa cómplice abarcó su rostro por primera vez en toda la tarde, que ya empezaba a terminar mientras el sol caía deshecho en jirones rojizos detrás de las chimeneas.
-Me alegro de ver a alguien conocido, te lo juro. Me estaba volviendo loco encerrado ahí dentro. Vamos a tomar algo.
Caminaron por el centro, buscando un bar.
-El más barato que tenga, jefe- pidió el Beto, cuando se sentaron a la mesa de un boliche con olor a humedad. Una aroma a orina llegaba desde el baño del fondo. La vidriera tenía la suciedad de por lo menos cinco años, según los almanaques que colgaban, amarillos, de la pared tras el mostrador. Un mozo les trajo un tinto del color de la sangre coagulada. Eso fue lo que pensó Pedro al levantar el vaso, deteniéndose para ver el líquido que bailaba bajo su nariz.

Con Raúl, a veces competían por quién tomaba más sin embriagarse, pero desde que se habían casado pocas ocasiones tuvieron de volver a hacerlo. Aquella noche que cenaron en su casa, el asado del “flaco” entusiasmó a todos a beber de más, incluso a sus mujeres.
-Ahora...a hablar de negocios-había anunciado Raúl golpeando la mesa con los puños. La Dominga trajo la damajuana y les sirvió.
-Escucháme, hermanito, el banco me pide garantías en terreno para el préstamo. Quiero expandirme y para eso necesito un tractor nuevo. Sabés lo que cuesta, y el flaco tuvo la idea de que me cedas la mitad de tus tierras, solamente en los papeles, con un escribano que él conoce.
Pedro miró al flaco, y con los ojos le decía que no iba a dejarlo salirse con la suya.
-¡Desgraciado hijo de mil putas!
Se tiró sobre el “flaco” dispuesto a matarlo. Su hermano lo separó con empujones y amenazas. Las mujeres intervinieron. La Dominga comenzó a recriminarle su falta de ambición. Raúl lo llamó cobarde por no animarse a algo tan fácil.
-¡No te das cuenta que quiere joderte, te va a sacar la guita!- insistió Pedro con los ojos llenos de furia. El vino derramado le había manchado la ropa. La mesa estaba volteada, y sus hijos lo miraban con miedo.
Regresaron caminando a oscuras bajo la luna en cuarto menguante. Sintió la mirada de su mujer que lo acusaba de cobarde y mal hermano y padre. Pero él pensaba en María, en su cuerpo bajo esa misma luna, en que podría haberla amado allí mismo sobre el pasto.

-¿Otra vez soñando, viejo?
La voz del Beto lo trajo de vuelta a la ciudad. El vino pasó finalmente por su garganta, no sin dificultad al principio. Bebieron vaso tras vaso, varias botellas, convenciendo al dueño de que les fiara. El viejo alzó los hombros con resignación.
El Beto se tambaleaba en la silla, mientras acompañaba la melodía de una propaganda de la radio que vendía un fijador para el pelo.
-Decime una cosa, si uno se pone eso... - preguntó señalándose la entrepierna.- ... se pone más dura, ¿no?
Los dos se rieron a carcajadas, y Pedro se acordó de pronto que María lo esperaba en casa. No tenía ganas de irse aún. Ni siquiera le quedaba la excusa de haberse emborrachado, porque a pesar de todo lo bebido, no había logrado embriagarse. Hasta eso era imposible sin su hermano. El Beto se levantó y dio vueltas por el local vacío, mientras el mozo ponía las sillas sobre las mesas y barría el piso. Las luces se apagaron hasta lo mínimo imprescindible, los faros de los colectivos al pasar alumbraban el interior por la puerta abierta.
Una voz en la radio anunciaba las noticias locales. Habían matado a un hombre cerca de allí. Pedro apretó los puños sobre la mesa, el mantel de hule se frunció con su fuerza. Creyó escuchar las sirenas, el llanto de Dominga perdiéndose en la distancia, y hasta vio de nuevo sus propias manos apoyadas sobre el pasto nocturno al tropezar.
-Voy a proponerte algo, viejo, ¡ ...y escúchame atento, boludo!- gritó, agarrando al Beto del brazo. -Tengo un campo bastante grande, y me da mucho laburo. Pero se está al sol y tenés tu propio horario. Te propongo venir conmigo para ayudarme. Si querés te doy un salario o un porcentaje de la cosecha, según lo que resulte. ¿Qué te parece?
No era él quien estaba hablando, no era su voz. Pero sí, allí estaba el mismo Pedro de siempre, en un bar de General Lavalle, a las once o doce de la noche, hablándole a un borracho. Era su cuerpo, su cara con una barba de tres días, sus manos callosas. Sin embargo, una sombra cruzó por delante de las bombillas que luchaban contra la viscosa oscuridad del lugar, un parpadeo con la forma de un cañón de escopeta.

Desde la discusión en el asado, la Dominga y él ya no se hablaban. La vio volver de la casa de su hermano varias veces, y supuso que se pasaban chismes con la cuñada. Pensó en los planes con María, en la casa de la ciudad que iba a protegerlo del mundo.
No había vuelto a ver a Raúl, salvo de lejos, trabajando en el campo. Le dolía no poder hablarle, acercarse a él por causa del orgullo. Al fin de cuentas era su hermano. Pero no iba a ceder, a dejar que un ratero de la ciudad los embaucara como a dos estúpidos.
El “flaco” lo seguía ayudando, y los veía compartir las tardes y las bromas, las botellas de agua y la comida, el calor del sol haciéndolos sudar por igual, como a un solo hombre. Pedro podría haber estado allí, ocupando el lugar del otro, era ése el derecho de su sangre.
Una mañana escuchó un motor muy fuerte, y toda la familia salió en pleno amanecer para ver el tractor nuevo de Raúl. Cómo hizo, se preguntó Pedro, descalzo y en calzoncillos, mirando el brillo relampagueante de la máquina. Su hermano estaba encima, domándola como el nuevo jefe de la zona, rodeado de la familia que lo vitoreaba como el héroe más grande de la llanura. Era Raúl quien brillaba, no el metal del tractor, sino sus ojos. Hombre y máquina era un solo y un único triunfo. Los niños se habían subido para tocarlo, Dominga lo abrazaba con el cabello suelto y una bata raída que dibujaba el perfil de sus senos.
No había siquiera nubes, ni una sola que pudiese cubrir por un instante la deslumbradora imagen de su hermano sobre el tractor. Raúl había logrado poseer ambas cosas: la admiración y la máquina. Y Pedro, casi desnudo en medio del polvo, parado junto a la pobreza de su casa, lo miraba, derribado en su orgullo, pero erguido por la ira.
-Viene a jactarse, después de todo viene a refregarme la mierda en la cara.
Era su voz más tenue y lúgubre la que hablaba, no porque temiera que su hermano lo escuchase, sino por temor del sol que nacía.
Se dio la vuelta y entró.
Al volver a salir, llevaba entre las manos la escopeta que el padre le había regalado a su otro hermano, Nicanor, y que éste dejó abandonada bajo la cama cuando se fue de casa. El arma, a pesar de la espesa capa de polvo, brilló con la luz que el sol parecía estarle dedicando especialmente. El cañón se elevó, firme, hasta la altura de sus ojos.
Los párpados de Pedro temblaron. Luego de unos segundos, logró cerrar uno y poner la vista en la mira. Buscó el cuerpo sobre el tractor, pero las formas de su mujer y sus hijos se interponían.
-¡Raúl!- gritó.
Todos se voltearon a mirar. Hubo un solo grito de niños, un solo grito de mujer, y la silueta pálida del hermano se dibujó clara y solitaria sobre la bella máquina de la tierra.
Pronto ya no existió más que una gran mancha de sangre en el cuerpo colgando boca abajo, con una bota enganchada en un pedal.

-Parecía dormido, te lo juro, sereno como si no se hubiera levantado esa mañana de la cama.- Pero el Beto estaba tan ebrio que no debía haber escuchado nada de lo que había contado.- ¿Así que vas a venir o no?
-¡Sí, hermano!-le contestó con su tonada de beodo.
Pedro sintió un sabor amargo en la garganta, pero no dijo nada. Ayudó al otro a levantarse y salieron del bar hasta la vereda húmeda de rocío. La puerta se cerró, y la figura del mozo se perdió en la oscuridad del interior. Se resignaron, entre hipadas y suspiros, a volver caminando, para que el aire fresco les despejara la cabeza. Su andar fue un zigzagueo en medio de la calle. Las pisadas se borraban del pavimento, pero otras detrás persistían dejando huellas en la humedad, formándose y muriendo al mismo ritmo que sus pasos. Como si una sombra familiar tomase cuerpo sobre la calle.
Pedro se sintió, de pronto, atrapado por dos hombres en medio de la calle abierta, uno que casi no conocía, y el otro al que presentía conocer demasiado. Sin embargo, no había nadie más que el Beto y él. Pero la voz del Beto lo lastimó entonces con una entonación que no le era propia, como si alguien con la suficiente fuerza para estar detrás y a su lado al mismo tiempo, hablara por su boca. Alguien que no quería abandonarlo.
-Si vamos a ser socios tenés que llamarme como mis amigos-le estaba diciendo.
-Está bien, compañero, ¿y cómo te llaman?-preguntó Pedro.
-Me dicen el “flaco”.


Hay cuentos que tienen una vida extraña. Este es uno de ellos. Su nacimiento es incierto, en cuanto a qué cómo fue inspirado. El ámbito campestre nunca fue mi fuerte, pero siempre me atrajo como clima en el cual puede encontrarse cierta peculiar característica de soledad y desolación. El misterio que encierra una habitación urbana es sin duda escalofriante, pero no menos lo es un campo desierto en plena tarde. La luz del día sobre un extenso campo puede esconder también monstruos, salvo que estos se disfrazan, se esconden tras sentimientos ambiguos, tras presentimientos e inquietudes. Los personajes, por lo tanto, concuerdan con tal paisaje. Son austeros, silenciosos, aparentemente serenos, pero hoscos y hasta brutales si se los observa con detenimiento, si sobre todo se los sigue en su trabajo, en su caminar por los campos, y si contemplamos sus facciones. Sólo sus ojos, tal vez, nos demuestren lo que están pensando o sintiendo. Este cuento, como decía, nació en una primera versión que fue publicada en la revista Las otras puertas, y era más bien un relato que tenía como tema los sentimientos de un hombre que abandona a su mujer del campo por su amante de la ciudad. Luego, en la nueva versión, se transformó en otro texto que desde el principio no logró convencerme del todo. Incluso al presentarlo en el taller literario no tuvo buena acogida. El final el desconcertante, hasta resultar descolgado o forzado, según me dijeron, y era lo mismo que yo intuía. Más tarde lo re-elaboré, intentando acentuar el clima opresivo y psicológico, aclarando ciertos aspectos de la escena final. El resultado me satisfice parcialmente, pero decidí ya no tocarlo más, porque a pesar de mis dudas, encontré en este texto y ingrediente ajeno tal vez al tema, pero que sin duda nace de textos como éste. Quizá el tema mismo, si no me equivoco, lo requiere. Porque a veces ni el mismo autor sabe quiénes son realmente sus personajes, qué piensan en realidad. Ellos nacen de uno mismo, son partes oscuras que se concretan en seres de ficción, pero que tienen un aspecto, un carácter definidos. Los hermanos Espinoza son diferentes, pero tienen la misma capacidad de silencio y de crueldad, factores en los cuales que el autor puede y debe reconocerse. La ambigüedad del relato no está en los hechos que se cuentan, sino en las motivaciones y los sentimientos. ¿Quién es "el flaco"?, nos preguntamos. Releyendo el cuento luego de varios años de ser escrito, siempre encuentro un factor fascinante en la explicación. No es jactancia, sino asombro de hallar nuevas respuestas a mis propias preguntas y dudas como autor del cuento, con respecto al mismo, por supuesto. ¿Es, tal vez, "el flaco" alguien que todos tenemos y nos sigue o nos persigue, como un ángel guardián o un diablo tentador? ¿Cuál es la verdadero relación entre Raúl y el flaco? ¿Envidia y ambición, mezquindad, competencia, amor-odio entre hermanos? ¿Homosexualidad reprimida? ¿O no es más que un cuento de connotaciones fantásticas, de fantasmas que buscan no ser olvidados? Los personajes tendrán oportunidad de explayarse y mostrarse en ocasión de otros textos posteriores, pero lo que valoriza o no a este cuento es precisamente la extrañeza que lo caracteriza. Espero que el lector no encuentre complicaciones sino complejidad en el relato. La diferencia es esencial, a mi criterio, y el mérito o el fracaso es únicamente de quien esto escribe.