domingo, 1 de septiembre de 2024

El sueño de un hombre ridículo (Fedor Dostoyevski)







Soy un hombre ridículo. Ahora ellos me llaman loco. Y eso podría haberme supuesto un ascenso de grado, sí no me siguieran considerando igual de ridículo que antes. Ahora no me enfado y todos me parecen simpáticos; incluso cuando se burlan de mí siguen de algún modo pareciéndome especialmente dulces. De buena gana me reiría con ellos –no ya de mí, sino por afecto hacia ellos– si no fuera por la tristeza que siento cuando los miro. Y me siento triste porque ellos desconocen la verdad, y yo sí la sé. ¡Oh, qué difícil le resulta a uno conocer la verdad! Pero ellos no lo entenderán. No, no lo entenderán.


Antes me angustiaba porque les parecía ridículo. Más que parecérselo, lo era. Siempre fui ridículo, y lo sé probablemente desde el día de mi nacimiento. Seguramente supe que era ridículo desde que tenía siete años. Después estudié en la escuela, más tarde en la universidad. Y ¿qué es lo que sucedió? Pues que cuanto más estudiaba, más me convencía de que era ridículo. De modo que toda mi ciencia universitaria, a medida que penetraba en ella, pareció a fin de cuentas haber existido para demostrarme y explicarme que yo era un hombre ridículo. Lo mismo que ocurrió con la ciencia, también sucedió en la vida real. A medida que pasaban los años se acrecentaba y afianzaba en mí la conciencia de mi ridículo aspecto, en todos los sentidos. Siempre se ha reído de mí todo el mundo, que si había un hombre sobre la faz de la tierra que tenía consciencia de que era ridículo, ese hombre era yo; esta era la cuestión que más me ofendía, cosa que ellos ignoran; pero de esto solo yo tengo la culpa: siempre he sido tan orgulloso que por nada del mundo habría de reconocérselo jamás a nadie. Ese orgullo crecía en mi interior a medida que pasaban los años, y si me hubiera permitido reconocerme como ridículo, ante cualquier persona, creo que al instante me habría volado la tapa de los sesos. ¡Oh, cómo sufría en mi adolescencia pensando que no aguantaría más y que en cualquier momento lo confesaría a mis compañeros! Pero desde que me hice joven, y a pesar de ir tomando lentamente conciencia de mi horrible cualidad, no sé por qué me sentí más aliviado. Y digo que no sé por qué, pues hasta hoy día no he encontrado la razón. Puede que fuera por aquello de que en mi alma crecía una terrible melancolía debido a un hecho que era infinitamente superior a mí; para ser más exactos, se había apoderado de mí la única convicción de que en el mundo todo daba igual. Lo venía presintiendo desde hacía ya tiempo, pero la convicción completa se me presentó de pronto el último año. De repente sentí que me daba igual que existiera el mundo o que no existiera en absoluto. Comencé a percibir con todo mi ser que nada existía a mi alrededor. Al principio creí que, a pesar de todo, en otros tiempos hubo muchas cosas, pero más tarde llegué a la conclusión de que tampoco antes las hubo, de que todo era una ilusión. Poco a poco me fui convenciendo de que jamás existiría nada. Entonces de pronto dejé de enfadarme con la gente, y apenas me percataba de ellos. La verdad es que eso afloraba incluso en las nimiedades más insignificantes; por ejemplo, iba por la calle y chocaba con la gente. Y no era porque fuera ensimismado y pensativo: no tenía nada en qué pensar; por aquel entonces dejé de pensar completamente: todo me daba igual. Si al menos hubiera resuelto algún problema; pero no resolví ninguno. ¡Y cuántos había! Pero todo me daba igual, y todos los problemas se apartaban de mí por sí solos.


Fue después cuando conocí la verdad. La conocí en noviembre del año pasado; concretamente, el tres de noviembre, y desde aquel momento recuerdo cada instante de mi vida. Ocurrió en un anochecer lúgubre, el más lóbrego que puede haber. Iba de regreso a casa, alrededor de las once de la noche, y recuerdo haber pensado exactamente que no podía hacer un tiempo más funesto. Incluso en el aspecto físico. Durante todo el día había estado lloviendo a cántaros una lluvia fría, siniestra y terrible; recuerdo que incluso resultaba hostil a la gente; y de pronto, a las once de la noche, dejó de llover y se empezó a sentir una humedad espantosa, más pegajosa y fría que cuando llovía, todo ello desprendía una especie de vapor que salía de todos los empedrados de la calle y los callejones cuando se mira en su interior desde una cierta distancia. Y de repente, se me figuró que, de haberse apagado todas las farolas de gas sería menos espeluznante, ya que con el gas alumbrando y proporcionando luz hacía que el corazón se sintiera más triste, porque alumbraba todo eso. Ese día apenas comí, y desde la primera hora de la tarde estuve en casa de un ingeniero, junto a otros dos compañeros suyos. Estuve completamente callado y creo que los aburrí. Hablaban sobre un tema apasionante, y en un momento incluso llegaron a acalorarse. Pero el tema les resultaba indiferente, yo ya me había percatado de ello, y se enzarzaron en vano. De pronto les dije: “Señores, si a ustedes les da igual todo”. Ellos no se ofendieron, pero se rieron de mí. Debe ser porque lo que dije fue sin intención alguna, sino únicamente porque a mí todo me daba igual. Se percataron de que a mí todo me daba igual, y eso les hizo gracia.


Cuando de regreso a casa, en la calle, pensé en las farolas de gas, miré hacia el cielo. Hacía una noche terriblemente oscura, pero en algunos trozos se podían distinguir con claridad las nubes despedazadas, y entre ellas unas insondables manchas negras, De golpe, en una de esas manchas, reparé una estrellita, y la miré fijamente. Sucedió porque la estrellita me había insinuado una idea: me había propuesto suicidarme aquella noche. Desde hacía dos meses me rondaba la cabeza aquella idea fija, y, a pesar de mi penosa situación económica, me compré un espléndido revólver y lo cargué aquel mismo día. Desde entonces ya habían transcurrido dos meses, y el revólver todavía permanecía en el cajón; y tanta era mi indiferencia que se me ocurrió posponerlo hasta encontrar el momento en que no todo me diera igual; no sé por qué razón. Y de ese modo, durante esos dos meses, cada noche cuando regresaba a casa pensaba que iba a suicidarme. No hacía más que esperar el momento oportuno. Y he aquí que esa estrellita me dio la idea, y me propuse que eso debía suceder irremisiblemente aquella noche. Sin embargo, ignoro la razón por la que la estrella me dio la idea.


Y justo cuando estaba mirando al cielo, de repente una niña me agarró por el codo. La calle estaba prácticamente desierta y apenas había transeúntes. A lo lejos, sobre el pescante, dormitaba un cochero. La niña tendría unos ocho años. Llevaba un pañuelo en la cabeza y un vestidito. Estaba completamente empapada, y se me quedaron especialmente grabadas sus botas mojadas y rotas, que aún recuerdo: me llamaron la atención especialmente. La niña comenzó a tirarme del codo y a llamarme. No lloraba, pronunciaba entrecortadamente algunas palabras, que no lograba articular bien, porque tiritaba y tenía escalofríos y convulsiones. Estaba horrorizada por algo y gritaba desesperadamente: “¡Mamita, mamita!”. Yo giré la cabeza hacia ella, y sin decirle palabra continué andando; pero la niña siguió corriendo detrás de mí tirándome del brazo. Su voz tenía el tono de desesperación de los niños cuando están muy asustados. Conozco ese tono. Y aunque no llegara a articular y terminar las palabras, comprendí que su madre se estaba muriendo en algún lugar, o que algo por el estilo estaría sucediendo para que la niña saliera corriendo a llamar a alguien, o encontrar algo, con tal de ayudar a su madre. Pero yo no fui tras ella; antes al contrario, de pronto se me pasó por la cabeza la idea de espantarla y echarla. Al principio le dije que buscara al guardia municipal. Pero ella juntó las manitas y, sollozando y ahogándose, continuó corriendo a mi lado sin apartarse de mí. Fue entonces cuando di una patada en el suelo y lancé un grito. La niña solo exclamó: “¡Señor, señor…!”; pero de repente me dejó, y al momento cruzó la calle: en la otra acera había un transeúnte, y al parecer la niña me había dejado para salir corriendo tras él.


Subí al quinto piso en el que vivo, en una habitación de alquiler. Es mísera y pequeña, con un ventanuco semicircular, de desván. Tengo un sofá cubierto con un hule, una mesa llena de libros, dos sillas y un sillón, viejo a más no poder; pero eso sí, de estilo volteriano. Me senté, encendí una vela y me puse a meditar. Al lado, en otra habitación, detrás del tabique, continuaba la juerga. Llevaban así ya tres días. Allí vivía un capitán retirado, que tenía invitados –unos seis troneras– que bebían vodka y jugaban a las cartas con unos viejos naipes. La noche anterior hubo pelea, y sé que dos de ellos se habían tirado de los pelos durante un buen rato. La casera quiso presentar una denuncia, pero le tiene mucho miedo al capitán. Aparte de nosotros, en otra habitación, vive de alquiler una señora muy bajita y delgada, mujer de un militar, que había venido a la pensión con tres niños que enfermaron allí. Tanto ella como los niños temían al capitán hasta más no poder, y se pasaban la noche tiritando y santiguándose; el más pequeño hasta tuvo una especie de ataque por el miedo que le daba el capitán. Sé que ese tal capitán para a la gente en la avenida Nevski para pedir limosna. No lo admiten para prestar servicio, pero es cosa extraña (y por eso lo cuento), pues durante todo el mes, desde que él se alojó aquí, no me contrarió en absoluto. Desde el principio rehuí cualquier contacto amistoso con él, y, además, desde el primer día él mismo se aburrió conmigo, y por más que puedan gritar al otro lado del tabique, y por más gente que pueda haber allí, a mí siempre me resulta indiferente. Permanezco toda la noche sentado, y la verdad es que ni los oigo, hasta tal punto me abstraigo y me olvido de que están allí. No me duerno en toda la noche hasta el amanecer; y así ha transcurrido ya un año. Durante la noche entera estoy sentado en el sillón, delante de la mesa sin hacer nada. Los libros los leo solo durante el día. Permanezco sentado y ni siquiera pienso, sino que dejo que algunas ideas me ronden, y yo las dejo vagar a su libertad. Durante la noche se gasta toda la vela.


Me senté despacio junto a la mesa, saqué el revólver y lo puse delante de mí. Cuando lo coloqué, recuerdo que me hice una pregunta a mí mismo: “¿Ha de ser así?”, y completamente convencido me dije: “Así ha de ser”. Es decir, me suicidaré. Sabía que probablemente me suicidaría aquella noche, pero ignoraba cuánto tiempo permanecería así sentado junto a la mesa. Y sin duda alguna me habría dado un tiro en la cabeza, de no ser por aquella niña.


II


Ya lo ven: aunque todo me daba igual, yo –por poner un ejemplo– sentía dolor. De haberme dado alguien un golpe, habría sentido dolor. Y lo mismo sucedía en el sentido moral: si hubiera ocurrido algo muy penoso, habría sentido la pena de igual modo que entonces, cuando todavía no todo en la vida me resultaba indiferente. Hacía un rato había sentido compasión: podía haber ayudado a la niña. ¿Y por qué no la ayudé? Pues por una idea que me asaltó: cuando ella me estaba tirando del brazo y me llamaba, se me planteó una cuestión que no pude resolver. La pregunta era ociosa, y eso me enfureció. Me enfadé porque si ya había tomado la decisión de acabar con mi vida aquella misma noche, entonces todo cuanto ahora me rodeara debía serme más indiferente que nunca. ¿Por qué razón sentí de pronto que no todo me resultaba indiferente, y que sentía compasión hacia aquella niña? Recuerdo que me provocó mucha lástima; incluso hasta producirme un dolor extraño, absolutamente inverosímil dada mi situación. Es cierto que no sé expresar aquel sentimiento mío pasajero, pero este continuó cuando me encontré ya en casa y me hube sentado a la mesa completamente alterado como hacía tiempo que no lo estaba. Una reflexión sucedía a otra. Se me presentaba con toda claridad que si yo era una persona, y aún no me había convertido en un cero, y hasta que ello sucediera, en tal caso estaba vivo, y por consiguiente era capaz de sufrir, enfadarme y experimentar vergüenza por mis actos. Que así fuera. Pero si me suicidaba, por ejemplo, al cabo de dos horas, ¿qué importancia tendrían para mí la niña, la vergüenza, y todo cuanto hubiera en el mundo? Si yo iba a convertirme en un cero, en un cero absoluto, ¿acaso la conciencia de que dejaría totalmente de existir, y de que, por consiguiente, tampoco nada existiría, no influiría mínimamente en el sentimiento de compasión hacia aquella niña, ni en el de vergüenza tras haber cometido aquel acto vil? Porque si le lancé aquel salvaje grito a esa infeliz criatura dando una patada al suelo, fue porque pensé que no solo no sentía lástima por ella, sino que si cometía aquella inhumana bajeza era porque podía hacerlo en aquel momento, ya que pasadas dos horas todo se acabaría. ¿Pueden creerme que por eso lancé el grito? Ahora estoy casi convencido de ello. Se me presentaba con claridad la idea de que la vida y el mundo parecían ahora depender de mí. Incluso podría decir que el mundo, en aquel momento, estaba hecho únicamente para mí: si me suicidaba, el mundo desaparecería, al menos para mí. Por no hablar de que en realidad era probable que ya nada existiera tras mi desaparición, y que cuando se apagara mi conciencia, se apagaría y desaparecería al instante todo el mundo, como si fuera una aparición de mi conciencia, pues tal vez todo ese mundo, y toda esa gente, no eran únicamente más que yo. Recuerdo cómo, cuando estaba sentado y reflexionando, les daba vueltas a todas estas nuevas interrogantes, que se apretujaban las unas contra las otras, orientándose incluso en otra dirección y ocurriéndoseme cosas completamente nuevas. Por ejemplo, se me figuró una idea extraña: si yo hubiera vivido antes en la Luna o en Marte, y hubiera cometido allí un acto de lo más atroz y deshonesto que el hombre pueda imaginar, y se me hubiera reprendido y deshonrado allí por él, de modo tal que solo pudiera sentirlo e imaginarlo en un sueño, viviendo el horror; y después, ya en la Tierra, continuara yo conservando la conciencia de lo que había cometido en el otro planeta, y al margen de ello supiera que ya jamás podría regresar a aquel lugar; en tal caso, si mirara la Luna desde la Tierra ¿me daría todo igual o no? ¿Habría sentido vergüenza, o no, por aquel acto? Las preguntas eran ociosas y estaban de más, puesto que el revólver yacía sobre la mesa frente a mí y yo estaba completamente convencido de que aquello ocurriría sin lugar a dudas, pero las preguntas no dejaban de acalorarme y me enfurecían. Parecía que no me podía morir ahora sin haber resuelto algo previamente. En una palabra, la niña me salvó, porque al hacerme todas esas preguntas aplacé la idea del disparo. Entre tanto, en la habitación del capitán también empezó a cesar el ruido; dejaron de jugar a las cartas, se disponían a irse a dormir, y mientras tanto gruñían y reñían entre sí perezosamente. Y he aquí que en aquel momento me quedé dormido, cosa que jamás me había ocurrido antes, sentado en el sillón. Me dormí sin haberme dado cuenta. Los sueños, como es bien sabido, son algo extraordinariamente extraños: algunas cosas se te presentan con una claridad pasmosa, con unos detalles minúsculos, similares a la orfebrería, y otras transcurren como si estuvieras sobrevolando el tiempo y el espacio, sin darte cuenta en absoluto. Parece que los sueños no los dirige la razón, sino el deseo; que no es la cabeza, sino el corazón, y mientras tanto, ¡qué cosas más astutas se le antojaban a mi razón durante el sueño! Además, durante el sueño suceden cosas absolutamente inconcebibles para la razón. Mi hermano, por ejemplo, había fallecido hacía cinco años. A veces lo veo en sueños: participa de mis cosas, tenemos intereses en común, y, mientras dura el sueño, yo sé perfectamente, y lo recuerdo, que mi hermano está muerto y enterrado. ¿Cómo es que no me resulta extraño que, a pesar de estar muerto, esté aquí, junto a mí, haciendo cosas? ¿Por qué mi razón permite que eso ocurra? Pero dejémoslo aquí. Voy a contar mi sueño. ¡Sí, entonces yo tuve un sueño, mi sueño del tres de noviembre! Ellos ahora se burlan de mí diciendo que solo se trataba de un sueño. Pero ¿acaso no da igual que fuera o no un sueño? ¡Si ese sueño me ha aportado la Verdad! Ya que una vez que has conocido y visto la verdad, es cuando reconoces que no hay otra, ni puede haberla, bien esté uno dormido o despierto. ¡Qué más da que sea un sueño, pues esta vida, que ustedes tanto ensalzan, quise apagarla yo con un suicidio! ¡Mientras que mi sueño, mi sueño! ¡Oh! ¡Me ha revelado una vida nueva, grandiosa, renovada y fuerte!


III


Ya he dicho que me dormí sin darme cuenta e incluso continué reflexionando sobre las mismas materias. Y soñé que cogía el revólver, y sentado lo dirigía directamente al corazón… al corazón, no a la cabeza; puesto que, cuando me lo propuse, tenía pensado dispararme precisamente en la sien derecha. Lo dirigí hacia el pecho, esperé un par de segundos, y tanto mi vela como la mesa y la pared de enfrente se movieron y se sacudieron de repente. Me disparé lo más aprisa que pude.


A veces, cuando uno sueña, cae desde una gran altura, o nos están dando un navajazo, o nos pegan, pero en ningún momento sentimos dolor, al margen, claro está, de que realmente nos demos un golpe desde la cama hasta despertarse a causa del dolor. Del mismo modo me sucedió a mí: yo no sentí dolor, pero se me figuró que con mi disparo todo en mi interior se sacudió; todo se había apagado y alrededor de mí oscureció terriblemente. Pareció que me había quedado ciego y mudo; y he aquí que permanezco tumbado sobre algo duro, completamente estirado y boca arriba, sin ver nada y sin poder moverme en absoluto. Alrededor de mí va y viene gente gritando; se oye tronar la voz de un capitán, grita la casera; y de pronto otra pausa, y ya me están llevando metido en un ataúd cerrado. Puedo sentir cómo se mueve el ataúd, pienso en ello, y, por primera vez, me impresiona la idea de estar muerto, de estar completamente muerto, de saber y no dudarlo; no veo y no me muevo, mientras que siento y pienso. Pero pronto me conformo con ello, y con normalidad, igual que en el sueño, acepto la realidad sin rechistar.


Y ya me están enterrando. Todos se van y me quedo solo, completamente solo. No me muevo. Antes, cuando me figuraba el día de mi entierro, imaginaba siempre que lo único que me relacionaría con la tumba sería la sensación de la humedad y el frío. El mismo frío que sentí también en ese momento, especialmente en la punta de los dedos de los pies; y nada más.


Estaba tumbado y, cosa extraña, ya nada esperaba, aceptando sin discusión alguna que un muerto nada podía esperar. Pero había humedad. No sé cuánto tiempo transcurrió, si una hora, si algunos días o si muchos. Sobre mi ojo izquierdo, que estaba cerrado, cayó una gota de agua que había calado la tapa del ataúd; a continuación de esta, otra; al cabo de un minuto, una tercera, y así sucesivamente, con el intervalo de un minuto. Una profunda indignación prendió de repente en mi corazón, y pude sentir dolor físico en su interior: “Es mi herida”, pensé, “es el tiro; ahí está depositada la bala…”. Mientras, la gota no cesaba de caer a cada minuto en mi ojo cerrado. De repente llamé, y no ya con la voz, puesto que estaba inmóvil, sino con todo mi ser, al artífice de todo cuanto me estaba sucediendo.


–Seas quien fueres, pero si existes y hay algo más racional que cuanto ahora me está sucediendo, en tal caso, permítele que también se persone aquí. Si, por el contrario, te estás vengando de mí por mi irracional suicido con el horror y el absurdo de una existencia ulterior, has de saber que ¡jamás me perseguirá sufrimiento comparable con el desprecio que sentiré en silencio, aunque mi martirio se prolongue millones de años…!


Imploré y me quedé callado. Un silencio profundo se prolongó durante casi un minuto, e incluso cayó otra gota más; pero estaba completa e irremisiblemente seguro de que ahora todo cambiaría inmediatamente. Y he aquí que mi tumba se removió. Es decir, no sé si fue abierta o desenterrada, pero fui tomado por un ser oscuro y desconocido, y ambos nos encontramos en el espacio. De golpe recuperé la vista: hacía una noche profunda, y yo jamás había visto una oscuridad igual. Nos trasladábamos por el espacio ya muy alejados de la Tierra. Yo no le hacía ninguna pregunta al que me transportaba; solo esperaba y estaba orgulloso. Me convencía a mí mismo de que no tenía miedo y me sentía petrificado al fascinarme con la idea de no tenerlo. No recuerdo cuánto tiempo estuvimos volando y no me lo imagino: todo transcurrió del mismo modo como sucede en los sueños, dando saltos, dejando atrás el tiempo, el espacio y las leyes de la existencia y la razón para detenerse únicamente sobre algunos puntos que anhela el corazón. Recuerdo que de pronto vi en la oscuridad una estrellita.


–¿Es Sirio? –pregunté yo, ya sin poderme contener, pues no quería preguntar nada.


–No, es la misma estrella que viste entre las nubes, cuando estabas de regreso a casa –me respondió aquel ser que me transportaba.


Yo sabía que él parecía tener un aspecto similar al humano. Cosa extraña, yo no quería a ese ser, e incluso sentía hacia él una profunda aversión. Esperaba una inexistencia absoluta, y con aquella idea me disparé al corazón. Y he aquí que estaba en manos de un ser, aunque no humano, pero que indudablemente existía: “¡Ah! ¡Debe ser que también hay vida de ultratumba!”, pensé, con la extraña ligereza del sueño; pero la esencia de mi corazón continuaba conmigo en su profundidad: “¡Y si he de vivir de nuevo…!”, pensé, “¡… hacerlo, otra vez, conforme a la ineludible voluntad de alguien! ¡En tal caso no quiero que me dobleguen y humillen!”.


–¿Sabes que te temo, y por eso me desprecias? –le dije a mi acompañante sideral, sin poderme contener la humillante pregunta, que incluía reconocimiento, y sintiendo a la vez, en mi humillado corazón, el pinchazo de un alfiler. Él no respondió a mi pregunta, pero percibí que no me despreciaba ni se burlaba de mí; que tampoco me compadecía, y que nuestro viaje tenía un sentido, desconocido y secreto, que solo me atañía a mí. El miedo crecía dentro de mi corazón. Algo sordo, pero torturador, me llegaba desde mi silencioso acompañante y parecía penetrarme. Nos trasladábamos por espacios oscuros y desconocidos. Llevaba ya un buen rato sin ver las estrellas que me eran conocidas. Sabía que existían estrellas de ese tipo en los espacios siderales y que sus haces de luz llegaban a la tierra al cabo de miles y millones de años. Puede que ya hubiéramos sobrevolado esos espacios. Estaba a la espera de algo terrible en el interior de mi angustiado corazón. Y, de repente, me estremeció un sentimiento familiar y sugestivo en grado sumo. ¡Acababa de ver nuestro sol! Yo sabía que eso no podía ser nuestro sol, el que habían dado a nuestra Tierra, y que estábamos a una infinita distancia de él, pero no sé por qué reconocí, con todo mi ser, que se trataba de un sol exactamente igual que el nuestro, su repetición y su doble. Un sentimiento dulce calmó con asombro mi interior: la fuerza familiar de la luz, la misma que me dio vida, resonó dentro de mi corazón, al que resucitó, y me sentí vivo, igual que antes y por vez primera después de ser enterrado.


-Pero si esto es el sol, si este es exactamente el mismo sol que el nuestro –exclamé-, entonces ¿dónde está la Tierra?


Mi acompañante me indicó la estrellita que brillaba en la oscuridad con un brillo de color verde esmeralda. Nos dirigíamos directamente hacia ella.


–¿Acaso son posibles repeticiones de este tipo en el universo? ¿Son así las leyes de la naturaleza…? Y si aquello de allí es una Tierra, ¿acaso es igual que la nuestra…?, ¿exactamente igual, infeliz, pobre, pero querida y eternamente amada, que engendra el mismo amor torturador incluso en sus hijos más desagradecidos, contenible y asombroso amor hacia aquella querida Tierra de antes que había abandonado. La imagen de la pobre niña que yo había ofendido pasó fugazmente delante de mí.


–Lo verás todo –respondió mi acompañante, y un tono triste resonó en aquellas palabras.


Pero enseguida nos aproximamos al planeta. Este crecía ante mi vista, podía ya diferenciar el océano, los contornos de Europa, cuando un sentimiento extraño, de enorme y sacro celo, prendió en mi corazón: “¿Cómo es posible una repetición así? ¿Y con qué finalidad? Yo amo, y todavía puedo amar, aquella Tierra que abandoné, sobre la que quedó salpicada mi sangre cuando el desagradecido de mí terminó con su vida de un disparo en el corazón. Pero jamás dejé de amar yo aquella Tierra, incluso durante aquella noche en que me despedí de ella; es posible que la amara de un modo más torturador que nunca. ¿Y en esta nueva Tierra existe el sufrimiento? ¡En la nuestra, amar de verdad es solo posible con el sufrimiento y a través de él! No sabemos amar de otro modo y desconocemos otro tipo de amor. Yo necesito el sufrimiento para amar. Deseo, ansío, en este instante, besar y regar de lágrimas solo aquella otra Tierra que abandoné; ¡y no quiero, no me haré a vivir en ninguna otra…”


Pero mi acompañante ya me había dejado. De pronto, sin darme cuenta, me encontré en esa otra Tierra sumergido en un día claro, tan maravilloso como el paraíso, bañado en la luz del sol. Creo que me encontré en una de esas islas que componen el archipiélago griego en nuestra Tierra, o en algún punto del litoral del continente cercano al archipiélago. ¡Oh! Todo era igual que en nuestra Tierra, pero por todas partes parecía irradiar festividad y la consecución finalmente alcanzada de un grandioso y santo triunfo. El plácido mar, de color esmeralda, salpicaba suavemente la orilla, la acariciaba cariñosa, visible y casi conscientemente. Los altos y maravillosos árboles crecían en todo el lujo y esplendor de la luz, y estoy convencido de que sus innumerables hojas me saludaban con su suave rumor acariciador que parecía pronunciar palabras de amor. La hierba ardía desprendiendo luz de aromáticas flores. Los pajarillos revoloteaban por el cielo en bandadas, y sin temor se posaban sobre mis hombros y mis manos, aleteando alegremente con sus tiernas y trémulas alitas. Finalmente vi y conocí a la gente que habitaba esta feliz Tierra. Se acercaron a mí. Me rodearon y empezaron a besarme. ¡Hijos del sol! ¡Eran los hijos de su sol! ¡Oh! ¡Qué maravillosos eran! Jamás había visto en nuestra Tierra hombres tan bellos. Quizás pudiera encontrarse algún reflejo de aquella belleza, aunque lejano y algo debilitado, entre nuestros sueños en su más tierna infancia. Los ojos de esta gente feliz brillaban con un esplendor claro. Sus rostros irradiaban raciocinio y algún grado de conciencia reconciliadora; pero a su vez las caras eran alegres; en las palabras y las voces de aquella gente se percibía una alegría infantil. ¡Oh! Al instante de ver aquellos rostros, lo comprendí todo. Era una Tierra que no estaba mancillada por el pecado original, y donde vivía gente que no había caído; vivían en el mismo paraíso en que, según la tradición, también habitaron nuestros procreadores, con la única diferencia de que toda la Tierra aquí era el mismo paraíso. Esas personas, sonriendo alegremente, se acercaban a mí y me acariciaban; me condujeron consigo, y cada uno de ellos deseaba tranquilizarme. ¡Oh! No me hacían ningún tipo de preguntas, pero parecían saberlo todo, o eso es lo que me parecía a mí; deseaban borrar cuanto antes el sufrimiento de mi rostro.


IV


Volvemos a lo mismo: ¡pues que ha sido solo un sueño! Pero el sentimiento de amor de aquellas inocentes y maravillosas personas se me quedó grabado para siempre, y aún ahora puedo sentir cómo, desde aquel lugar, se derrama amor sobre mi persona. Los vi con mis propios ojos; los conocí y me convencí de que los amaba, y después sufrí por ellos. ¡Oh! Ya entonces me di cuenta al instante de que en absoluto lograría comprenderlos en muchos aspectos; a mí, como ruso contemporáneo y progresista, como triste petersburgués¹, me parecía inconcebible, por ejemplo, que ellos, sabiendo tanto, no tuvieran nuestra ciencia. Pero enseguida comprendí que sus conocimientos se llenaban y alimentaban de pretensiones distintas de las que nosotros teníamos en la Tierra, y que sus aspiraciones también eran completamente diferentes. No deseaban nada y estaban tranquilos, no ansiaban conocer la vida como lo hacemos nosotros, porque sus vidas habían alcanzado toda la plenitud. Sin embargo, sus conocimientos eran más profundos y elevados que los de nuestra ciencia, pues esta busca explicar la vida, tendiendo a su vez a adquirir conciencia de ella con el fin de enseñar a vivir a otros; ellos, por el contrario, sabían cómo habían de vivir incluso sin la ciencia, y yo lo entendí, pero no conseguí comprender sus conocimientos. Me mostraban sus árboles, y yo no conseguía comprender el grado de amor con que los contemplaban: parecía enteramente que hablaban con seres semejantes. Y ¿saben?: probablemente no me equivocaría si dijera que hablaban con ellos. Sí, habían encontrado su idioma y estoy convencido de que los árboles nos entendían. Del mismo modo contemplaban toda la naturaleza: a los animales que vivían en armonía con ellos, sin atacarlos y amándolos, subyugados por su amor. Me indicaban las estrellas y me decían algo sobre ellas que no conseguía entender, pero estoy convencido de que, de alguna manera, estaban en contacto con aquellos cuerpos celestes, y ya no solo con la idea, sino de un modo vivo. ¡Oh! Aquella gente ni siquiera se esforzaba para que la entendiese, pues me amaban sin necesidad de ello; pero, a pesar de todo, yo sabía que ni siquiera ellos llegarían jamás a entenderme, y por eso apenas les hablaba de nuestra Tierra. Yo me limitaba a besar en su presencia la Tierra en que vivían y, sin decir palabra, los adoraba, y ellos lo percibían y se dejaban amar, pero intimidándose a su vez porque los adorara, ya que ellos mismos amaban mucho. No sufrían por mí cuando, empapado en lágrimas, a veces besada sus pies, reconociendo felizmente en mi corazón con qué gran amor me responderían. A veces me preguntaba con asombro: ¿cómo durante tanto tiempo podían no ofender a alguien como yo, ni suscitar una sola vez en mí el sentimiento de celos o envidia? Muchas veces me preguntaba cómo podía un ser tan petulante y mentiroso como yo no hablarles de mis conocimientos, que ellos, claro está, ignoraban, al igual que tampoco desear asombrarlos con ellos, aunque solo fuera por amor a ellos. Ellos eran tan veloces y alegres como los niños. Paseaban por sus maravillosos sotos y bosques cantando sus bellas canciones, se alimentaban de un modo frugal, con los frutos de los árboles, la miel de sus bosques y la leche de sus queridos animales. Le dedicaban muy poco tiempo a conseguir comida y confeccionar la ropa. Entre ellos había amor y nacían los niños, pero jamás observé entre ellos crueles arrebatos de la lujuria que se apodera de casi todo el mundo en nuestra Tierra, y que es la fuente de la mayoría de los pecados de nuestra humanidad. Se alegraban cuando nacían sus hijos por ser nuevos partícipes de su dicha. No había disputas entre ellos, ni celos, y ni siquiera comprendían lo que eso significaba. Sus hijos eran de todos, porque todos componían una familia. Apenas tenían enfermedades, aunque existía la muerte; sus ancianos morían despacio, como si se quedaran dormidos, rodeados de gente que se despedía de ellos, bendiciéndolos, y despidiéndose con alegres sonrisas. No se veían ni el dolor ni las lágrimas cuando esto sucedía, sino un amor que parecía multiplicado hasta el éxtasis, pero un éxtasis tranquilo, completo y contemplativo.


Hasta cabía pensar que se comunicaban con sus difuntos aun después de la muerte y que con la muerte no se interrumpía entre ellos la unión terrenal. Apenas me comprendían cuando les preguntaba acerca de la vida eterna, pero al parecer estaban tan convencidos de su existencia que eso no provocaba en ellos inquietud alguna. No tenían templos, pero sí un contacto vital e ininterrumpido con el Todo universal; no practicaban la religión, pero estaban firmemente convencidos de que, cuando su alegría alcanzase los límites naturales de la Tierra, llegaría para todos, los vivos y los muertos, una unión aún más estrecha con el Universo. Esperaban con alegría ese instante, pero sin prisas ni sufrimiento, como si ya lo presintieran en sus corazones, y se lo comunicaban los unos a los otros. Por las tardes, antes de dormir, les gustaba reunirse para cantar en cordiales y armoniosos coros. Con esas canciones comunicaban las sensaciones que les había deparado el día, que bendecían y del que se despedían. Alababan la naturaleza, la tierra, el mar, los bosques. Gustaban de componer canciones los unos de los otros halagándose, como los niños; eran canciones muy sencillas, pero fluían del corazón y lo penetraban. Y ya no solo en las canciones, sino que parecía que toda su vida se la pasaban ellos adorándose los unos a los otros. Era lo suyo una especie de enamoramiento mutuo, general y completo. Yo apenas entendía algunas de sus canciones triunfales y solemnes. Comprendiendo las palabras, jamás conseguí entender todo su significado. Permanecían inaccesibles a mi entendimiento y, sin embargo, parecían penetrar cada vez más en mi corazón. A menudo les decía que ya había presentido aquello antes, que todas aquellas alegrías y glorias las intuía yo cuando vivía en nuestra Tierra, pero en forma de evocadora melancolía, rayana, a veces, en un terrible dolor; que en los sueños de mi corazón y las ilusiones de mi inteligencia los presentía a todos ellos junto a su gloria; que estando en la Tierra, a menudo no podía mirar la puesta del sol sin que me brotaran lágrimas… Que mi odio hacia la gente de nuestra Tierra siempre conllevaba tristeza: ¿por qué no podía odiarlos sin amarlos? ¿Por qué no podía perdonarlos? ¿Por qué en mi amor hacia ellos siempre había angustia? ¿Por qué no podía amarlos sin dejar de odiarlos? Ellos me escuchaban, y yo veía que advertían que no podían imaginarse lo que les decía, pero no me arrepentía de decírselo: sabía que entendían el gran pesar que me producían aquellos a los que abandoné. Sí, cuando me miraban con sus maravillosos ojos repletos de amor, cuando sentía que, en su presencia, también mi corazón se tornaba igual de inocente y veraz que el de ellos, no sentía lástima por no comprenderlos. Al experimentar la totalidad de la vida me quedaba sin aliento, y en silencio rezaba por ellos.


¡Oh! Todos se ríen ahora mirándome a los ojos y me intentan persuadir de que durante el sueño es imposible los detalles que yo les transmito ahora; de que en mi sueño había visto o tenido solo una sensación, nacida de mi propio corazón delirante, y de que los detalles los había añadido yo mismo al despertarme. Y cuando les confesé que probablemente así es como sucedió en realidad…¡Dios mío, qué carcajadas soltaron así en mi cara! ¡Y cuánta gracia les hizo aquello! ¡Oh! Claro que únicamente yo estaba convencido del sentimiento de aquel sueño y de que tan solo había sobrevivido en mi profundamente herido corazón, es decir, aquellas que vi durante el tiempo que duró, estaban tan henchidas de armonía, y hasta tal punto eran fascinantes, maravillosas y verdaderas, que al despertarme no tuve fuerzas para encarnarlas en nuestras palabras, de modo que parecieron esfumarse de mi cabeza, y puede que realmente fuera así; que, inconscientemente, yo mismo me viera obligado después a inventar detalles, desfigurándolos, sobre todo teniendo en cuenta mi apasionado deseo de trasladarlos lo antes posible, aunque solo fuera algunos de ellos. Sin embargo, ¿cómo no voy a creer que todo ello fue realidad? ¿Puede que haya sido mil veces mejor, más claro y alegre de lo que yo haya contado? Que sea un sueño, pero aquello no pudo no haber sucedido. ¿Saben una cosa? Les confiaré un secreto: es posible que todo aquello no haya sido un sueño, puesto que sucedió algo tan terriblemente real que era imposible que se presentara en forma de sueño; vale que mi sueño fuera engendrado por mi corazón, pero ¿acaso mi corazón, solo, estaba en condiciones de engendrar aquella terrible verdad que me sucedió después? ¿Cómo podía inventarla yo solo? ¿Acaso mi pequeño y caprichoso corazón y mi insignificante inteligencia podían alzarse con semejante revelación de la verdad? Júzguenlo ustedes mismos: hasta hoy día lo he estado ocultando, pero ahora también declararé esta verdad. ¡La cuestión estriba en que yo… los pervertí a todos!


V


¡Sí, sí, la cosa terminó con que yo los pervertí a todos! Ignoro cómo pudo haber sucedido aquello, no lo sé, no lo recuerdo con claridad. El sueño sobrevoló milenios, dejando en mí únicamente la sensación de totalidad. Solo sé que la causa del pecado fui yo. Igual que la espantosa triquina, como el átomo de la peste que contagia a países enteros, del mismo modo también yo contagié aquella Tierra, feliz y sin pecado antes de mi llegada. Aprendieron a mentir y les gustó, hasta ver belleza en ello. ¡Oh! Eso puede que ocurriera de un modo inocente, como una broma, una coquetería o un juego amoroso; de veras, puede que se iniciara como un átomo, pero ese átomo de la mentira penetró en sus corazones y les gustó. A continuación nació rápidamente la lujuria, esta engendró los celos, y los celos la crueldad… ¡Oh! No lo sé, no lo recuerdo, pero pronto, muy pronto, brotaron las primeras gotas de sangre: ellos se asombraron y se horrorizaron y comenzaron a dispersarse y a separarse. Comenzaron a crearse las alianzas, pero ya de los unos en contra de los otros. Aparecieron los reproches, las recriminaciones. Conocieron la vergüenza y la convirtieron en virtud. Nació el conocimiento del honor, y en cada agrupación apareció su bandera. Empezaron a torturar a los animales y estos se alejaron de ellos penetrando en el bosque y se convirtieron en sus enemigos. Comenzó la lucha por la separación, el aislamiento, la individualidad, y la propiedad privada. Empezaron a hablar diferentes lenguas. Conocieron el dolor y lo amaron, ansiaron el sufrimiento. Fue entonces cuando surgió entre ellos la ciencia. Cuando se hicieron malvados, empezaron a hablar de la hermandad y la humanidad, y comprendieron esas ideas. Cuando se hicieron criminales, inventaron la justicia, prescribiéndose a sí mismos códigos enteros para custodiarla; y con el fin de salvaguardar su vigencia, impusieron la guillotina. Apenas se acordaban de lo que habían perdido y no querían creer que hubo un tiempo en que fueron inocentes y felices. Se reían incluso de la posibilidad de su felicidad pasada, denominándola sueño. No podían darle forma en su imaginación pero, cosa rara y curiosa: una vez perdida la fe en la felicidad pasada, a la que llamaron cuento, sintieron tantas ganas de ser nuevamente inocentes y felices que, como niños, cayeron ante el deseo de su corazón, lo divinizaron y construyeron templos y empezaron a rezar a su misma idea, a su mismos “deseos”, creyendo plenamente a su vez en la imposibilidad de su cumplimiento y su realización, pero adorándolo y venerándolo con lágrimas. Y, sin embargo, si se les hubiera dado la posibilidad de retornar a aquel estado de felicidad e inocencia que perdieron, y si alguien se lo hubiera mostrado de nuevo preguntándoles si deseaban regresar a ese estado, probablemente se habrían negado. Me respondieron: “Sabemos que somos falsos, malos e injustos, pero lo sabemos y lloramos por ello; nosotros mismos nos torturamos por ello, y probablemente nos castigamos más que aquel misericordioso juez que nos juzgará y cuyo nombre desconocemos. Pero tenemos la ciencia, y por medio de ella buscaremos nuevamente la verdad, aunque la acogeremos ya más conscientemente. El conocimiento está por encima del sentimiento, la conciencia de la vida está por encima de la vida misma. La ciencia nos proporcionará sabiduría, y esta nos descubrirá leyes, y el conocimiento de las leyes, la felicidad que está por encima de la felicidad”. Esto fue lo que dijeron y, después de esas palabras, empezaron a quererse más a sí mismos que a sus prójimos, y les resultó imposible obrar de otro modo. Todos empezaron a ser tan celosos de sus personas que procuraban, por todos los medios, humillar y menoscabar a los demás, convirtiendo esto en la finalidad de sus vidas. Surgió la esclavitud, incluso voluntaria: los débiles, de buena voluntad, se supeditaron a los más fuertes, con la finalidad de ayudarlos a oprimir a los más débiles que ellos mismos. Surgieron los defensores de la justicia que, con lágrimas en los ojos, venían a ver a esa gente y le hablaban de su orgullo, de la pérdida del equilibrio, la armonía y el pudor. La gente se reía de ellos o los apedreaba. A las puertas de los templos se derramaba sangre santa. Y, a pesar de todo, empezó a surgir gente que se planteó la forma de volver a unir a todos de nuevo, con el fin de que cada cual, sin dejar de amarse a sí mismo más que a sus prójimos, nos molestara a su vez a nadie, y se pudiera continuar viviendo de ese modo juntos, como si se tratara de una sociedad conforme consigo misma.


A causa de esta idea se desencadenaron guerras enteras. Todos cuantos luchaban creían fielmente que la ciencia, la sabiduría y el sentimiento de autoprotección obligarían finalmente al hombre a reunirse en una sociedad de concordia y racionalidad, y mientras tanto, para acelerar su llegada, los “más sabios”, ansiosos de ver triunfar sus ideas, aniquilaban a los “menos sabios” que no las entendían. Pero el sentimiento de autoprotección comenzó pronto a debilitarse; aparecieron los orgullosos y los voluptuosos que exigían directamente todo o nada. Para obtenerlo recurrían al crimen, y de no conseguirlo, al suicidio. Surgieron religiones de culto al no ser y a la destrucción, con el único placer de la eterna futilidad. Finalmente esa gente se cansó del absurdo esfuerzo, y en sus rostros se dibujó el sufrimiento, y proclamaron que el sufrimiento era la belleza, ya que únicamente este tenía sentido. Dedicaban canciones a sus sufrimientos.


Yo daba vueltas sin saber qué hacer, y lloraba por ellos, pero los amaba probablemente más que antes, cuando en sus rostros aún no había sufrimiento y eran tan inocentes y maravillosos. Llegué a amar su mancillada Tierra más que antes, cuando aún era paraíso, solo porque en ella había aparecido el dolor. ¡Ay! Siempre amé el dolor y la pena, pero única y exclusivamente para mí, mientras que ahora lloraba por ellos, y me compadecía de ellos. Les tendí las manos desesperado, culpándome, maldiciéndome y despreciándome a mí mismo. Les decía que todo aquello lo había hecho yo, y solo yo, que yo les había llevado la perversión, el contagio y la mentira. Les rogué que me crucificaran, les enseñé cómo se hacía la cruz. No podía ni tenía fuerzas para quitarme la vida yo mismo, pero deseaba cargar con sus penas, ansiaba las penas, ansiaba que sobre esas penas se derramara hasta la última gota de mi sangre. Pero ellos se limitaban a burlarse de mí y a tomarme por un chiflado. Me disculpaban, diciendo que recibieron aquello que ellos mismos habían deseado, y que todo cuanto entonces sucedía no podía no haber sucedido. Finalmente me hicieron saber que yo comenzaba a ser un peligro para ellos, y que si no me callaba me encerrarían en un hospital siquiátrico. Entonces el dolor penetró con tanta fuerza en mi alma que mi corazón se estremeció y me sentí morir; en ese instante… bueno, en ese instante me desperté.


Ya había amanecido o, mejor dicho, aún no había luz pero eran cerca de las seis. Me desperté sentando en el mismo sillón, mi vela se había consumido; en la habitación del capitán todos estaban durmiendo, y alrededor reinaba un silencio como en pocas ocasiones se daba en nuestra pensión. Lo primero que hice fue pegar un salto, extraordinariamente asombrado; jamás me había ocurrido nada semejante, ni siquiera en los detalles más absurdos e insignificantes: por ejemplo, jamás me había quedado dormido en el sillón, como me acababa de suceder. He aquí que, mientras permanecía de pie recobrando el sentido, de pronto centelleó ante mí el revólver, preparado y cargado; pero al instante lo aparté. ¡Oh! ¡Ahora solo quería vivir y vivir! Alcé las manos y clamé por la verdad eterna. No clamé, sino que lloré; el asombro, el incalculable asombro, elevaba mi ser. ¡Sí! ¡Quería vivir y predicar! Decidí dedicarme a la predicación en aquel mismo instante y, lógicamente, para el resto de mi vida. Quería predicar, lo quería. ¿Y qué iba a predicar! ¡Pues la verdad, ya que la había visto con mis propios ojos y había descubierto toda su gloria!


Y desde entonces predico. Aparte de ello, amo a todo el mundo, y más aún a los que se burlan de mí. Ignoro por qué sucedió de ese modo, no sé ni puedo explicarlo, pero que así sea. Ellos dicen que ahora me embrollo, es decir, que si ya ahora me embrollo, entonces ¿qué será más adelante? La verdad es inapelable: me confundo, y más adelante probablemente me confundiré aún más. Y claro que me confundiré hasta que encuentre el modo de hacer más. Y claro que me confundiré hasta que encuentre el modo de predicar mejor, es decir, hasta dar con las palabras adecuadas y los hechos que vaya a exponer, pues es sumamente difícil de llevar a cabo. Sí, todo ello lo estoy viendo ahora tan claro como el día, pero atiéndame: ¿quién no se embrolla? Y mientras tanto, todos tienen la misma finalidad, o al menos tienden hacia ello, desde el más sabio hasta el último bandido, solo que por distintos caminos. Esta es una verdad antigua, pero he aquí que hay algo nuevo en ella: no debo desviarme, puesto que yo vi la verdad; yo vi y sé que la gente puede ser maravillosa y feliz sin perder la cualidad de vivir en la Tierra. No quiero ni puedo creer que el mal sea una condición normal en las personas; sin embargo, ellos no paran de burlarse de esa fe mía. Pero ¿cómo podría no creer? Si yo vi la verdad; y no es que la haya inventado en mi cabeza, sino que la vi; la vi, y su viva imagen llenó mi alma para toda la eternidad. La vi con tanta plenitud e integridad que no puedo admitir que no exista entre los hombres. ¿Además, cómo voy a embrollarme? Claro que es posible que me confunda unas cuantas veces, pero seguiré hablando incluso con otras palabras, aunque no por mucho tiempo: la viva imagen de lo que vi siempre estará a mi lado y me corregirá y orientará. ¡Oh! Estoy optimista y lleno de lozanía, e iré siguiendo mi propósito aunque necesite mil años. ¿Saben una cosa? Al principio incluso quise ocultar que los había pervertido a todos, pero fue un error. ¡He aquí el primer error! Sin embargo, la verdad me susurró que estaba mintiendo, me protegió y me dirigió. Pero ignoro cómo se construye el paraíso, porque no sé transmitirlo con palabras. Después de mi sueño, perdí las palabras. O al menos los vocablos más importantes, los más necesarios. Que más da: yo marcharé y predicaré sin descanso, porque, a pesar de todo, lo vi con mis ojos aunque no sepa transmitirlo. Pero esto es algo que no entienden aquellos que se burlan de mí, que dicen: “¡Fue un sueño, un delirio, una alucinación!”. ¡Oh! ¿Acaso eso es de sabios? ¡Y están tan orgullosos! ¿El sueño? ¿Qué es el sueño? ¿Acaso nuestra vida no es un sueño? Diré algo más: ¡que sea cierto que nunca se cumpla y que no exista nuestro paraíso (eso ya lo entendí yo), pero, a pesar de todo, predicaré! No obstante, sería tan sencillo: en un día, en tan solo una hora, todo podría hacerse realidad. Lo más importante es que ames a tus semejantes como a ti mismo, y eso es lo fundamental; creo que no se necesita nada más: al instante encontrarías cómo ordenar tu existencia. ¡Además, solo se trata de una verdad antiquísima, leída y repetida billones de veces, pero que no terminó de arraigar! Porque “la conciencia de la vida está por encima de la vida misma, el conocimiento de las leyes de la felicidad excede a la propia felicidad”. ¡Contra eso es contra lo que hay que luchar! Y yo lo haré. Si todos lo desearan, las cosas cambiarían al instante. Por fin encontré aquella pequeña… ¡Y seguiré adelante, seguiré!




Ilustración: Viktor Oliva

La anunciación al traidor (Marco Denevi)






Desplegué todas las posibilidades del pecado, hasta agotarlas. Entonces toqué fondo, sentí náuseas. La vida oscila incesantemente entre la bestia y el ángel. Al tiempo de la carne sucede el tiempo del espíritu. Hay una hora para rezar, una hora para cantar, otra para reír y otra para comer y una última para llorar. Pero en el común de las criaturas esto ocurre alternada y sucesivamente: un eslabón fundido por el cielo, después un eslabón fundido por el infierno, y así hasta que la muerte rompe la cadena y ya no se sabe más. En tanto que en mí todo se dividió en dos mitades: durante la primera consumí mi parte demoníaca, de modo que en la segunda solo sobrevivió mi porción angélica. Antes me había consagrado a la exaltación del cuerpo. Con el mismo encarnizamiento me dediqué después a rechazarlo. Hubiese querido que todos se desprendieran de ese rabo sexual que nos iguala con los animales. Fue inútil. Se reían de mí o se encolerizaban. Me encontré solo. Entonces me entregué, en la soledad, a una extraña fantasía.


Me imaginaba a mí mismo muy hermoso. Mi belleza era de un género tal que instantáneamente suscitaba el amor, en los hombres tanto como en las mujeres. Pero yo lo buscaba sobre todo en los hombres, porque en ellos la señal de mi triunfo sobre el sexo era más patente. Pues mi amor, aunque le usurpaba al otro sus máscaras y sus disfraces, nada tenía que ver con la bestia de la carne.


Después mi sueño me pareció pobre y añadí violencia y terror. Me soñaba entrando como un rayo en el cubículo de mi enemigo. Las prostitutas caían de rodillas y se golpeaban el pecho. Los hieródulos me miraban, los ojos abiertos y las sienes frías, como pájaros hipnotizados. Los fornicarios y los adúlteros huían a esconderse en sus casas, donde de pronto se sentían enfermos y con los estigmas de un mal desconocido tatuándoles la piel.


Mi sueño cobraba nuevas formas, nuevos desarrollos. Ya no me satisfacía la aniquilación de los instintos. Ambicioné el exterminio de todo sentimiento que no fuese mi amor. Por mí el esposo debía olvidar a la esposa, el hijo a la madre, el amigo al amigo. Y a quien más me sacrificaba, más le prometía.


Hay una comarca donde todos los ardores, hasta los del espíritu, se apagan uno a uno, y su nombre es enfermedad, su nombre es muerte. Yo debía penetrar en ese país helado y sombrío y limpiarlo de los monstruos que lo infestan. Mediante prodigios sutilmente dosificados, debía mostrar que también la enfermedad y la muerte son males sujetos a remisión y que mis manos sabían administrarlos según los méritos de cada cual. Atacaría los puntos más sensibles. Unos pocos milagros, pero terribles. Haría caminar al paralítico, sanaría al leproso, le devolvería la vida a una jovencita. ¿Y quién, entonces, me disputaría la presa del amor?


En cuanto a mí, yo estaba libre de todas las miserias de la carne. Libre de necesidades, libre de apetitos. No podía rebajar la imagen de mí mismo a la de un hombre que tiene hambre, que eructa, que bosteza, que excreta humores nauseabundos. Yo vivía solo por el espíritu, solo para el espíritu. En suma: yo era un Dios.


Un día alguien me mataba, no por odio, sino por amor, por exceso y por celos de su amor. Todos me lloraban, mi asesino se suicidaba. Pero yo me despojaba de pronto de mi muerte como de un sudario y resucitaba con una sonrisa benévola, en medio del delirio de la multitud. Perdonaba a quien me había matado, lo devolvía también a él a la vida, nos abrazábamos en el éxtasis de la reconciliación. Otros, ahora celosos de él, copiaban su crimen, yo volvía a morir, volvía a resucitar, todo se repetía. Y así nuestro amor se avivaba en aquel juego de epifanías y recesos.


No sé cuánto tiempo me llevó perfeccionar ese sueño obsesivo. Sé que todos los días y todas las noches lo desenvolvía como un tapiz y me encerraba en él hasta que las voces y los ruidos del mundo enmudecían y la realidad se esfumaba. He vivido como un sonámbulo, ignorando lo que sucedía a mi alrededor.


Así fue hasta hace un momento. Ahora, repentinamente, todo ha cambiado. Un vecino acaba de traerme noticias de un tal Jesús, y su relato coincide con mi sueño. No lo he creído. De cualquier manera, iré a ver, y si todo es como lo soñé, llegado el caso pondré a prueba a ese hombre, lo mataré, para que resucite como en mi sueño, y después me suicidaré, para que también a mí me resucite como en mi sueño y luego nos abracemos en el júbilo de la reconciliación, como en mi sueño, y así sea yo, Judas Iscariote, el primero que testimonie por la divinidad de ese hombre.





Ilustración: Ilya Repin


La mortaja (Miguel Delibes)











El valle, en rigor, no era tal valle sino una polvorienta cuenca delimitada por unos tesos blancos e inhóspitos. El valle, en rigor no daba sino dos estaciones: invierno y verano y ambas eran extremosas, agrias, casi despiadadas. Al finalizar mayo comenzaba a descender de los cerros de greda un calor denso y enervante, como una lenta invasión de lava, que en pocas semanas absorbía las últimas humedades del invierno. El lecho de la cuenca, entonces, empezaba cuartearse por falta de agua y el río se encogía sobre sí mismo y su caudal pasaba en pocos días de una opacidad lora y espesa a una verdosidad de botella casi transparente. El trigo, fustigado por el sol, espigaba y maduraba apenas granado y a primeros de junio la cuenca únicamente conservaba dos notas verdes: la enmarañada fronda de las riberas del río y el emparrado que sombreaba la mayor de las tres edificaciones que se levantaban próximas a la corriente. El resto de la cuenca asumía una agónica amarillez de desierto. Era el calor y bajo él se hacía la siembra de los melonares, se segaba el trigo, y la codorniz, que había llegado con los últimos fríos de la Baja Extremadura, abandonaba los nidos y buscaba el frescor en las altas pajas de los ribazos. La cuenca parecía emanar un aliento fumoso, hecho de insignificantes partículas de greda y de polvillo de trigo. Y en invierno y verano la casa grande, flanqueada por el emparrado, emitía un «bom‑bom» acompasado, casi siniestro, que era como el latido de un enorme corazón.

El niño jugaba en el camino, junto a la casa blanca, bajo el sol, y sobre los trigales, a su derecha, el cernícalo aleteaba sin avanzar, como si flotase en el aire, cazando insectos. La tarde cubría la cuenca compasivamente y el hombre que venía de la falda de los cerros, con la vieja chaqueta desmayada sobre los hombros, pasó por su lado, sin mirarle, empujó con el pie la puerta de la casa y casi a ciegas se desnudó y se desplomó en el lecho sin abrirlo. Al momento, casi sin transición, empezó a roncar arrítmicamente.

El Senderines, el niño, le siguió con los ojos hasta perderle en el oscuro agujero de la puerta; al cabo reanudó sus juegos.

Hubo un tiempo en que al niño le descorazonaba que sus amigos dijeran de su padre que tenía nombre de mujer; le humillaba que dijeran eso de su padre, tan fornido y poderoso. Años antes, cuando sus relaciones no se habían enfriado del todo, el Senderines le preguntó si Trinidad era, en efecto, nombre de mujer. Su padre había respondido:

‑Las cosas son según las tomes. Trinidad son tres, dioses y no tres diosas, ¿comprendes? De todos modos mis amigos me llaman Trino para evitar confusiones.

El Senderines, el niño, se lo dijo así a Canor. Andaban entonces reparando la carretera y solían sentarse al caer la tarde sobre los bidones de alquitrán amontonados en las cunetas. Más tarde, Canor abandonó la Central y se marchó a vivir al pueblo a casa de unos parientes Sólo venía por la Central durante las Navidades.

Canor, en aquella ocasión, se las mantuvo tiesas e insistió que Trinidad era nombre de mujer corno todos los nombres que terminaban en «dad» y que no conocía un solo nombre que terminara en «dad» y fuera nombre de hombre, No transigió, sin embargo:

‑Bueno ‑dijo, apurando sus razones‑. No hay mujer que pese más de cien kilos, me parece a mí. Mi padre pesa más de cien kilos.

Todavía no se bañaban las tardes de verano en la gran balsa que formaba el río, junto ala central, porque ni uno ni otro sabía sostenerse sobre el agua. Ni osaban pasar sobre el muro de cemento al otro lado del río porque una vez que el Senderines lo intentó sus pies resbalaron en el verdín y sufrió una descalabradura. Tampoco el río encerraba por aquel tiempo alevines de carpa ni lucios porque aún no los  habían traído de Aranjuez, El río  no sólo daba por entonces barbos espinosos y alguna tenca, y Ovi, la mujer de Goyo, aseguraba que tenían un asqueroso gusto a cieno, A pesar de ello, Goyo dejaba pasar las horas sentado sobre la presa, con la caña muerta en los dedos, o buscando pacientemente ovas o gusanos para encarnar el anzuelo. Canor y el Senderines solían sentarse a su lado y le observaban en silencio. A veces el hilo se tensaba, la punta de la caña descendía hacia el río y entonces Goyo perdía el color e iniciaba una serie de movimientos precipitados y torpes. El barbo luchaba por su libertad pero Goyo tenía previstas alevosamente cada una de sus reacciones. Al fin el pez terminaba por reposar su fatiga sobre el muro y Canor y el Senderines le hurgaban cruelmente en los ojos y la boca con unos juncos hasta que le veían morir.

Más tarde los prohombres de la reproducción piscícola, aportaron al río alevines de carpa y pequeños lucios. Llegaron tres camiones de Aranjuez cargados de perolas con la recría, y allí la arrojaron a la corriente para que se multiplicasen. Ahora Goyo decía que los lucios eran voraces como tiburones y que a una lavandera de su pueblo uno de ellos le arrancó un brazo hasta el codo de una sola dentellada. El Senderines le había oído contar varias veces la misma historia y mentalmente decidió no volver a bañarse sobre la quieta balsa de la represa. Mas una tarde pensó que los camiones de Aranjuez volcaron su carga sobre la parte baja de la represa y bañándose en la balsa no habla por qué temer. Se lo dijo así a Goyo y Goyo abrió mucho los ojos y la boca, como los peces en la agonía, para explicarle que los lucios, durante la noche, daban brincos como títeres y podían salvar alturas de hasta más de siete metros. Dijo también que algunos de los lucios de Aranjuez estarían ya a más de veinte kilómetros río arriba porque eran peces muy viajeros. El Senderines pensó, entonces, que la situación era grave. Esa noche soñó que se despertaba y al asomarse a la ventana sobre el río, divisó un ejército de lucios que saltaban la presa contra corriente; sus cuerpos fosforescían con un lúgubre tono cárdeno, como de fuego fatuo, a la luz de la luna. Le dominó un oscuro temor. No le dijo nada a su padre, sin embargo. A Trinidad le irritaba que mostrase miedo hacia ninguna cosa.

Cuando muy chico solía decirle:

‑No vayas a ser como tu madre que tenía miedo de los truenos y las abejas. Los hombres no sienten miedo de nada.

Su madre acababa de morir entonces. El Senderines tenía una idea confusa de este accidente. Mentalmente le relacionaba con el piar frenético de los gorriones nuevos y el zumbido incesante de los tábanos en la tarde. Aún recordaba que el doctor le había dicho:

‑Tienes que comer, muchacho. A los niños flacos les ocurre lo que a tu madre.

El Senderines era flaco. Desde aquel día le poseyó la convicción de que estaba destinado a morir joven; le sucedería lo mismo que a su madre. En ocasiones, Trinidad le remangaba pacientemente las mangas de la blusita y le tanteaba el brazo, por abajo y por arriba:

‑íBah! ¡Bah! ‑decía, decepcionado.

Los bracitos del Senderines eran entecos y pálidos. Trino buscaba en ellos, en vano, el nacimiento de la fuerza. Desde entonces su padre empezó a despreciarle. Perdió por él la ardorosa debilidad de los primeros años. Regresaba de la Central malhumorado y apenas si le dirigía la palabra. Al comenzar el verano le dijo:

‑¿Es que no piensas bañarte más en la balsa, tú?

El Senderines frunció el ceño; se azoró:

‑Baja mucha porquería de la fábrica, padre ‑dijo.

Trino sonrió; antes que sonrisa era la suya una mueca displicente:

‑Los lucios se comen a los niños crudos ¿no es eso?

El Senderines humilló los ojos. Cada vez que su padre se dirigía a él y le miraba de frente le agarraba la sensación de que estaba descubriendo hasta sus pensamientos más recónditos,

La C.E.S.A, montó una fábrica río arriba años atrás. El Senderines sólo había ido allá una vez, la última primavera, y cuando observó cómo la máquina aquélla trituraba entre sus feroces mandíbulas troncos de hasta un metro de diámetro con la misma facilidad que si fuesen barquillos, pensó en los lucios y empezó a temblar. Luego, la C.E.S.A. soltaba los residuos de su digestión en la corriente, y se formaban en la superficie unos montoncitos de espuma blanquiazul semejantes a icebergs. A el Senderines no le repugnaban las espumas pero le recordaban la proximidad de los lucios y temía al río. Frecuentemente, el Senderines, atrapaba alguno de aquellos icebergs y hundía en ellos sus bracitos desnudos, desde la orilla. La espuma le producía cosquillas en las caras posteriores de los antebrazos y ello le hacia reír. La última Navidad, Canor y él orinaron sobre una de aquellas pellas y se deshizo como si fuese de nieve.

Pero su padre seguía conminándole con los ojos. A veces el Senderines pensaba que la mirada y la corpulencia de Dios serían semejantes a las de su padre.

‑La balsa está muy sucia, padre ‑repitió sin la menor intención de persuadir a Trinidad, sino para que cesase de mirarle.

‑Ya. Los lucios andan por debajo esperando atrapar la tierna piernecita de un niño. ¿A que es eso?

Ahora Trinidad acababa de llegar borracho como la mayor parte de los sábados y roncaba desnudo sobre las mantas. Hacía calor y las moscas se posaban sobre sus brazos, sobre su rostro, sobre su pecho reluciente de sudor, mas él no se inmutaba. En el camino, a pocos pasos de la casa, el Senderines manipulaba la arcilla e imprimía al barro las formas más diversas. Le atraía la plasticidad del barro. A el Senderines le atraía todo aquello cuya forma cambiase al menor accidente. La monotonía, la rigidez de las cosas le abrumaba. Le placían las nubes, la maleable ductilidad de la arcilla húmeda, los desperdicios blancos de la C.E.S.A., el trigo molido entre los dientes. Años atrás, llegaron los Reyes Magos desde el pueblo más próximo, montados en borricos, y le dejaron, por una vez, un juguete en la ventana. El Senderines lo destrozó en cuanto lo tuvo entre las manos; él hubiera deseado cambiarlo. Por eso le placía moldear el barro a su capricho, darle una forma e, inmediatamente, destruirla.

Cuando descubrió el yacimiento junto al chorro del abrevadero, Conrado regresaba al pueblo después de su servicio en la Central:

‑A tu padre no va a gustarle ese juego, ¿verdad que no? ‑dijo.

‑No lo sé ‑dijo el niño cándidamente.

‑Los rapaces siempre andáis inventando diabluras. Cualquier cosa antes que cumplir vuestra obligación.

Y se fue, empujando la bicicleta del sillín, camino arriba. Nunca la montaba hasta llegar a la carretera. El Senderines no le hizo caso. Conrado alimentaba unas ideas demasiado estrechas sobre los deberes de cada uno. A su padre le daba de lado que él se distrajese de esta o de otra manera. A Trino lo único que le irritaba era que él fuese débil y que sintiese miedo de lo oscuro, de los lucios y de la Central. Pero el Senderines no podía remediarlo.

Cinco años antes su padre le llevó con él para que viera por dentro la fábrica de luz. Hasta entonces él no había reparado en la mágica transformación. Consideraba la Central, con su fachada ceñida por la vieja parra, cono un elemento imprescindible de su vida. Tan sólo sabía de ella lo que Conrado le dijo en una ocasión:

‑El agua entra por esta reja y dentro la hacemos luz; es muy sencillo.

Él pensaba que dentro existirían unas enormes tinas y que Conrado, Goyo y su padre apalearían el agua incansablemente hasta que de ella no quedase más que el brillo. Luego se dedicarían a llenar bombillas con aquel brillo para que, llegada la noche, los hombres tuvieran luz. Por entonces el «bom‑born» de la Central le fascinaba. Él creía que aquel fragor sostenido lo producía su padre y sus compañeros al romper el agua para extraerle sus cristalinos brillantes. Pero no era así. Ni su padre, ni Conrado, ni Goyo, amasaban nada dentro de la fábrica. En puridad, ni su padre, ni Goyo, ni Conrado «trabajaban» allí‑, se limitaban a observar unas agujas, a oprimir unos botones, a mover unas palancas. El «bom‑bom» que acompañaba su vida no lo producía, pues, su padre al desentrañar el agua, ni al sacarla lustre; el agua entraba y luego salía tan sucia como entrara. Nadie la tocaba. En lugar de unas tinas rutilantes, el Senderines se encontró con unos torvos cilindros negros adornados de calaveras por todas partes y experimentó un imponente pavor y rompió a llorar. Posteriormente, Conrado le explicó que del agua sólo se aprovechaba la fuerza; que bastaba la fuerza del agua para fabricar la luz. El Senderines no lo comprendía; a él no le parecía que el agua tuviera ninguna fuerza. Si es caso aprovecharía la fuerza de los barbos y de las tencas y de las carpas, que eran los únicos que luchaban desesperadamente cuando Goyo pretendía atraparlos desde la presa. Más adelante, pensó que el negocio de su padre no era un mal negocio porque don Rafael tenía que comprar el trigo para molerlo en su fábrica y el agua del río, en cambio, no costaba dinero. Más adelante aún, se enteró de que el negocio no era de su padre, sino que su padre se limitaba a aprovechar la fuerza del río, mientras el dueño del negocio se limitaba a aprovechar la fuerza de su padre. La organización del mundo se modificaba a los ojos de el Senderines; se le ofrecía como una confusa maraña.

A partir de su visita, el «bom‑bom» de la Central cesó de agradarle. Durante la noche pensaba que eran las calaveras grabadas sobre los grandes cilindros negros, las que aullaban. Conrado le había dicho que los cilindros soltaban rayos como las nubes de verano y que las calaveras querían decir que quien tocase allí se moriría en un instante y su cuerpo se volvería negro como el carbón. A el Senderines, la vecindad de la Central comenzó a obsesionarle. Una tarde, el verano anterior, la fábrica se detuvo de pronto y entonces se dio cuenta el niño de que el silencio tenía voz, una voz opaca y misteriosa que no podía resistirla. Corrió junto a su padre y entonces advirtió que los hombres de la Central se habían habituado a hablar a gritos para entenderse; que Conrado, la Ovi, y su padre, y Goyo, voceaban ya aunque en torno se alzara el silencio y se sintiese incluso el murmullo del agua en los sauces de la ribera.

El sol rozó la línea del horizonte y el Senderines dejó el barro, se puso en pie, y se sacudió formalmente las posaderas. En la base del cerro que hendía al sol se alzaban las blancas casitas de los obreros de la C.E.S.A. y en torno a ellas se elevaba como una niebla de polvillo blanquecino. El niño contempló un instante el agua de la balsa, repentinamente oscurecida en contraste con los tesos de greda, aún deslumbrantes, en la ribera opuesta. Sobre la superficie del río flotaban los residuos de la fábrica como espumas de jabón, y los cínifes empezaban a desperezarse entre las frondas de la orilla. El Senderines permaneció unos segundos inmóvil al sentir el zumbido de uno de ellos junto a Sí. De pronto se disparó una palmada en la mejilla y al notar bajo la mano el minúsculo accidente comprendió que había hecho blanco y sonrió. Con los dedos índice y pulgar recogió los restos del insecto y los examinó cumplidamente; no había picado aún; no tenía sangre. La cabecera de la cama del niño constituía un muestrario de minúsculas manchas rojas. Durante el verano su primera manifestación de vida, cada mañana, consistía en ejecutar a los mosquitos que le habían atacado durante el sueño. Los despachurraba uno a uno, de un seco palmetazo y luego se recreaba contemplando la forma y la extensión de la mancha m la pared y su imaginación recreaba figuras de animales. Jamás le traicionó su fantasía. Del palmetazo siempre salía algo y era aquélla para él la más fascinante colección. Las noches húmedas sufría un desencanto. Los mosquitos no abandonaban la fronda del río y en consecuencia, el niño, al despertar paseaba su redonda mirada ávida, inútilmente, por los cuatro lienzos de pared mal encalada.

Se limpió los dedos al pantalón y entró en la casa. Sin una causa aparente, experimentó, de súbito, la misma impresión que el día que los cilindros de la fábrica dejaron repentinamente de funcionar. Presintió que algo fallaba en la penumbra aunque, de momento no acertara a precisar qué. Hizo un esfuerzo para constatar que la Central seguía en marcha y acto seguido se preguntó qué echaba de menos dentro del habitual orden de su mundo. Trinidad dormía sobre el lecho y a la declinante luz del crepúsculo el niño descubrió, una a una, las cosas y las sombras que le eran familiares. Sin embargo, en la estancia aleteaba una fugitiva sombra nueva que el niño no acertaba a identificar. Le pareció que Trinidad estaba despierto, dada su inmovilidad excesiva, y pensó que aguardaba a reconvenirle por algo y el niño, agobiado por la tensión, decidió afrontar directamente su mirada:

‑Buenas tardes, padre ‑dijo, aproximándose a la cabecera del lecho.

Permaneció clavado allí, inmóvil, esperando. Mas Trino no se enteró y el niño parpadeaba titubeante, poseído de una sumisa confusión. Apenas divisaba a su padre, de espaldas a la ventana; su rostro era un indescifrable juego de sombras. Precisaba, no obstante, su gran masa afirmando el peso sobre el jergón. Su desnudez no le turbaba. Trino le dijo dos veranos antes: «Todos los hombres somos iguales. » Y, por vez primera, se tumbó desnudo sobre el lecho y al Senderines no le deslumbró sino el oscuro misterio del vello. No dijo nada ni preguntó nada porque intuía que todo aquello, como la misma necesidad de trabajar, era una primaria cuestión de tiempo. Ahora esperaba, como entonces, y aun demoró unos instantes el dar la luz; y lo hizo cuando estuvo persuadido de que su padre no tenía nada que decirle. Pulsó el conmutador y al hacerse la claridad en la estancia bajó la noche a la ventana, Entonces se volvió y distinguió la mirada queda y mecánica del padre; sus ojos desorbitados y vidriosos. Estaba inmóvil como una fotografía. De la boca, crispada patéticamente, escurría un hilillo de baba, junto al que reposaban dos moscas. Otra inspeccionaba confiadamente los orificios de su nariz. El Senderines supo que su padre estaba muerto, porque no había estornudado. Torpe, mecánicamente fue reculando hasta sentir en el trasero el golpe de la puerta. Entonces volvió a la realidad. Permaneció inmóvil, indeciso, mirando sin pestañear el cadáver desnudo. A poco retornó lentamente sobre sus pasos, levantó la mano y espantó las moscas, poniendo cuidado en no tocar a su padre. Una de las moscas tornó sobre el cadáver y el niño la volvió a espantar. Percibía con agobiadora insistencia el latido de la Central y era como una paradoja aquel latido sobre un cuerpo muerto. Al Senderines le suponía un notable esfuerzo pensar; prácticamente se agotaba pensando en la perentoria necesidad de pensar. No quería sentir miedo, ni sorpresa. Permaneció unos minutos agarrado a los pies de hierro de la cama, escuchando su propia respiración. Trino siempre aborreció que él tuviese miedo y aun cuando en la vida jamás se esforzó el Senderines en complacerle, ahora lo deseaba porque era lo último que podía darle. Por primera vez en la vida, el niño o se sentía ante una responsabilidad y se esforzaba en ver en aquellos ojos enloquecidos, en la boca pavorosamente inmóvil, los rasgos familiares. De súbito, entre las pajas del borde del camino empezó a cantar un grillo cebollero y el niño se sobresaltó, aunque el canto de los cebolleros de ordinario le agradaba. Descubrió al pie del lecho las ropas del padre y con la visión le asaltó el deseo apremiante de vestirle. Le avergonzaba que la gente del pueblo pudiera descubrirle así a la mañana siguiente. Se agachó junto a la ropa y su calor le estremeció. Los calcetines estaban húmedos y agujereados, conservaban aún la huella de un pie vivo, pero el niño se aproximó al cadáver, con los ojos levemente espantados, y desmanotadamente se los puso. Ahora sentía en el pecho los duros golpes del corazón, lo mismo que cuando tenía calentura. El Senderines, evitaba pasar la mirada por el cuerpo desnudo. Acababa de descubrir que metiéndose de un golpe en el miedo, cerrando los ojos y apretando la boca, el miedo huía como un perro acobardado.

Vaciló entre ponerle o no los calzoncillos, cuya finalidad le parecía inútil, y al fin se decidió por prescindir de ellos porque nadie iba a advertirlo. Tomó los viejos y parcheados pantalones de dril e intentó levantar la pierna derecha de Trinidad, sin conseguirlo. Depositó, entonces, los pantalones al borde de la cama y tiró de la pierna muerta hacia arriba con las dos manos, mas cuando soltó una de ellas para aproximar aquellos, el peso le venció y la pierna se desplomó sobre el lecho, pesadamente. A la puerta de la casa, dominando el sordo bramido de la Central, cantaba enojosamente el grillo. De los trigales llegaba amortiguado el golpeteo casi mecánico de una codorniz. Eran los ruidos de cada noche y el Senderines, a pesar de su circunstancia, no podía darles una interpretación distinta. El niño empezó a sudar. Había olvidado el significado de sus movimientos y sólo reparaba en la resistencia física que se oponía a su quehacer. Se volvió de espaldas al cadáver, con la pierna del padre prendida por el tobillo y de un solo esfuerzo consiguió montarla sobre su hombro derecho. Entonces, cómodamente, introdujo el pie por la pernera y repitió la operación con la otra pierna. El Senderines sonreía ahora, a pesar de que el sudor empapaba su blusa y los rufos cabellos se le adherían obstinadamente a la frente. Ya no experimentaba temor alguno, si es caso el temor de tropezar con un obstáculo irreductible. Recordó súbitamente, cómo, de muy niño, apremiaba a su padre para que le explicase la razón de llamarle Senderines. Trino aún no había perdido su confianza en él. Le decía:

‑Siempre vas buscando las veredas como los conejos; eres lo mismo que un conejo.

Ahora que el Senderines intuía su abandono lamentó no haberle preguntado cuando aún era tiempo su verdadero nombre. Él no podría marchar por el mundo sin un nombre cristiano, aunque en realidad ignorase qué clase de mundo se abría tras el teso pelado que albergaba a los obreros de la C.E.S.A. La carretera se perdía allí y él había oído decir que la carretera conducía a la ciudad. Una vez le preguntó a Conrado qué había detrás del teso y Conrado dijo:

‑Mejor es que no lo sepas nunca. Detrás está el pecado.

El Senderines acudió a Canor durante las Navidades. Canor le dijo abriendo desmesuradamente los ojos:

‑Están las luces y los automóviles y más hombres que cañas en ese rastrojo.

Senderines no se dio por satisfecho:

‑¿Y qué es el pecado? ‑demandó con impaciencia.

Canor se santiguó. Agregó confidencialmente:

‑El maestro dice que el pecado son las mujeres.

El Senderines se imaginó a las mujeres de la ciudad vestidas de luto y con una calavera amarilla prendida sobre cada pecho. A partir de entonces, la proximidad de la Ovi, con sus brazos deformes y sus párpados rojos, le sobrecogía.

Había conseguido levantar los pantalones hasta los muslos velludos de Trino y ahí se detuvo. Jadeaba. Tenía los deditos horizontalmente cruzados delincas rojas, como los muslos cuando se sentaba demasiado tiempo sobre las costuras del pantalón. Su padre le parecía de pronto un extraño. Su padre se murió el día que le mostró la fábrica y él rompió a llorar al ver las turbinas negras y las calaveras. Pero esto era lo que quedaba de él y había que cubrirlo. Él debía a su padre la libertad, ya que todos los padres que él conocía habían truncado la libertad de sus hijos enviándolos al taller o a la escuela El suyo no le privó de su libertad y el Senderines no indagaba los motivos; agradecía a su padre el hecho en sí.

Intentó levantar el cadáver por la cintura, en vano. La codorniz cantaba ahora más cerca. El Senderines se limpió el sudor de la frente con la bocamanga. Hizo otro intento. «Cagüen» ‑murmuró‑, De súbito se sentía impotente; presentía que había alcanzado el tope de sus posibilidades. Jamás lograría colocar los pantalones en su sitio, Instintivamente posó la mirada en el rostro del ­padre y vio en sus ojos todo el espanto de la muerte. El niño, por primera vez en la noche, experimentó unos atropellados deseos de llorar. «Algo le hace daño en alguna parte», pensó. Pero no lloró por no aumentar su daño, aunque le empujaba a hacerlo la conciencia de que no podía aliviarlo. Levantó la cabeza y volvió los ojos atemorizados por la pieza. El Senderines reparó en la noche y en su soledad. Del cauce ascendía el rumor fragoroso de la Central acentuando el silencio y el niño se sintió desconcertado. Instintivamente se separó unos metros de la cama; durante largo rato permaneció en pie, impasible, con los escuálidos bracitos desmayados a lo largo del cuerpo. Necesitaba una voz y sin pensarlo más se acercó a la radio y la conectó. Cuando nació en la estancia y se fue agrandando una voz nasal ininteligible, el Senderines clavó sus ojos en los del muerto y todo su cuerpecillo se tensó. Apagó el receptor porque se le hacía que era su padre quien hablaba de esa extraña manera. Intuyó que iba a gritar y paso a paso fue reculando sin cesar de observar el cadáver.

Cuando notó en la espalda el contacto de la puerta suspiró y sin volverse buscó a tientas el pomo y abrió aquélla de par en par.

Salió corriendo a la noche. El cebollero dejó de cantar al sentir sus pisadas en el sendero. Del río ascendía una brisa tibia que enfriaba sus ropas húmedas. Al alcanzar el almorrón el niño se detuvo. Del otro lado del campo de trigo veía brillar la luz de la casa de Goyo. Respiró profundamente. Él le ayudaría y jamás descubriría a nadie que vio desnudo el cuerpo de Trino. El grillo reanudó tímidamente el cri‑cri a sus espaldas Según caminaba, el Senderines descubrió una lucecita entre los yerbajos de la vereda. Se detuvo, se arrodilló en el suelo y apartó las pajas. «Oh, una luciérnaga» ‑se dijo, con una alegría desproporcionada. La tomó delicadamente entre sus dedos y con la otra mano extrajo trabajosamente del bolsillo del pantalón una cajita de betún con la cubierta horadada. Levantó la cubierta con cuidado y la encerró allí. En la linde del trigal tropezó con un montón de piedras. Algunas, las más blancas, casi fosforescían en las tinieblas. Tomó dos y las hizo chocar con fuerza. Las chispas se desprendían con un gozoso y efímero resplandor. La llamada insolente de la codorniz, a sus pies, le sobresaltó. El Senderines continuó durante un rato frotando las piedras hasta que le dolieron los brazos de hacerlo; sólo entonces se llegó a la casa de Goyo y llamó con el pie.

La Ovi se sorprendió de verle.

‑¿Qué pintas tú aquí a estas horas? ‑dijo‑. Me has asustado.

El Senderines, en el umbral, con una piedra en cada mano, no sabía qué responder. Vio desplazarse a Goyo al fondo de la habitación, desenmarañando un sedal:

‑¿Ocurre algo? ‑voceó desde dentro.

A el Senderines le volvió inmediatamente la lucidez. Dijo:

‑¿Es que vas a pescar lucios mañana?

‑Bueno ‑gruñó Goyo aproximándose‑. No te habrá mandado tu padre a estas horas a preguntar si voy a pescar mañana o no, ¿verdad?

A el Senderines se le quebró la sonrisa en los labios Denegó con la cabeza, obstinadamente. Balbució al fin:

‑Mi padre ha muerto.

La Ovi, que sujetaba la puerta, se llevó ambas manos a los labios:

‑¡Ave María! ¿Qué dices? ‑dijo. Había palidecido.

Dijo Goyo:

‑Anda, pasa y no digas disparates. ¿Qué esperas ahí a la puerta con una piedra en cada mano? ¿Dónde llevas esas piedras? ¿Estás tonto?

El Senderines se volvió y arrojó los guijarros a lo oscuro, hacia la linde del trigal, donde la codorniz cantaba. Luego franqueó la puerta y contó lo que había pasado. Goyo estalló; hablaba a voces con su mujer, con la misma tranquilidad que si el Senderines no existiese.

‑Ha reventado, eso. ¿Para qué crees que tenemos la cabeza sobre los hombros? Bueno, pues a Trino le sobraba. Esta tarde disputó con Baudilio sobre quién de los dos comía más. Pagó Baudilio, claro. Y ¿sabes qué se comió el Trino? Dos docenas de huevos para empezar; luego se zampó un cochinillo y hasta royó los huesos y todo. Yo le decía: «Para ya.» Y ¿sabes qué me contestó? Me dice: «Tú a esconder, marrano.» Se había metido ya dos litros de vino y no sabía lo que se hacía. Y es lo que yo me digo, si no saben beber es mejor que no lo hagan. Le está bien empleado ¡eso es todo lo que se me ocurre!

Goyo tenía los ojos enloquecidos, y según hablaba, su voz adquiría unos trémolos extraños. Era distinto a cuando pescaba. En todo caso tenía cara de pez. De repente se volvió al niño, le tomó de la mano y tiró de él brutalmente hacia dentro de la casa. Luego empujó la puerta de un puntapié. Voceó, como si el Senderines fuera culpable de algo:

‑Luego me ha dado dos guantadas ¿sabes? Y eso no se lo perdono yo ni a mi padre, que gloria haya. Si no sabe beber que no beba. Al fin y al cabo yo no quería jugar y él me obligó a hacerlo. Y si le había ganado la apuesta a Baudilio, otras veces tendremos que perder, digo yo. La vida es así. Unas veces se gana y otras se pierde. Pero él, no. Y va y me dice: «¿Tienes triunfo?» Y yo le digo que sí, porque era cierto y el Baudilio terció entonces que la lengua en el culo y que para eso estaban las señas. Pero yo dije que sí y él echó una brisca y Baudilio sacudió el rey pero yo no tenía para matar al rey aunque tenía triunfo y ellos se llevaron la baza.

Goyo jadeaba. El sudor le escurría por la piel lo mismo que cuando luchaba con los barbos desde la presa. Le exaltaba una irritación creciente a causa de la conciencia de que Trino estaba muerto y no podía oírle. Por eso voceaba a el Senderines en la confianza de que algo le llegara al otro y el Senderines le miraba atónito, enervado por una dolorosa confusión. La Ovi permanecía muda, con las chatas manos levemente crispadas sobre el respaldo de una silla. Goyo vociferó:

‑Bueno, pues Trino, sin venir a cuento, se levanta y me planta dos guantadas. Así, sin más; va y me dice: «Toma y toma, por tu triunfo. » Pero yo sí tenía triunfo, lo juro por mi madre, aunque no pudiera montar al rey, y se lo enseñé a Baudilio y se puso a reír a lo bobo y yo le dije a Trino que era un mermado y él se puso a vocear que me iba a pisar los hígados. Y yo me digo que un hombre como él no tiene derecho a golpear a nadie que no pese cien kilos, porque es lo mismo que si pegase a una mujer. Pero estaba cargado y quería seguir golpeándome y entonces yo me despaché a mi gusto y me juré por éstas que no volvería a mirarle a la cara así se muriera. ¿Comprendes ahora?

Goyo montó los pulgares en cruz y se los mostró insistentemente a el Senderines, pero el Senderines no le comprendía.

‑Lo he jurado por éstas ‑agregó‑ y yo no puedo ir contigo ahora; ¿sabes? Me he jurado no dar un paso por él y esto es sagrado, ¿comprendes? Todo ha sido tal y como te lo digo.

Hubo un silencio. Al cabo, añadió Goyo, variando de tono:

‑Quédate con nosotros hasta que le den tierra mañana. Duerme aquí; por la mañana bajas al pueblo y avisas al cura.

El Senderines denegó con la cabeza:

‑Hay que vestirle ‑‑dijo‑. Está desnudo sobre la cama.

La Ovi volvió a llevarse las manos a la boca:

‑¡Ave María! ‑dijo.

Goyo reflexionaba. Dijo al fin, volviendo a poner en aspa los pulgares:

‑¡Tienes que comprenderme! He jurado por éstas no volver a mirarle a la cara y no dar un paso por él. Yo le estimaba, pero él me dio esta tarde dos guantadas sin motivo y ello no se lo perdono yo ni a mi padre. Ya está dicho.

Le volvió la espalda al niño y se dirigió al fondo de la habitación, El Senderines vaciló un momento: «Bueno», dijo. La Ovi salió detrás de él a lo oscuro. De pronto, el Senderines sentía frío. Había pasado mucho calor tratando de vestir a Trino y, sin embargo, ahora, le castañeteaban los dientes. La Ovi le agarró por un brazo; hablaba nerviosamente:

‑Escucha, hijo. Yo no quería dejarte solo esta noche, pero me asustan los muertos. Ésta es la pura verdad. Me dan miedo las manos, los pies de los muertos, Yo no sirvo para eso.

Miraba a un lado y a otro empavorecida. Agregó:

‑Cuando lo de mi madre tampoco estuve y ya ves, era mi madre y era en mí una obligación. Luego me alegré porque mi cuñada me dijo que al vestirla después de muerta todavía se quejaba. ¡Ya ves tú! ¿Tú crees, hijo, que es posible que se queje un muerto? Con mi tía también salieron luego con que si la gata estuvo hablando sola tendida a los pies de la difunta. Cuando hay muertos en las casas suceden cosas muy raras y a mí me da miedo y sólo pienso en que llegue la hora del entierro para descansar.

El resplandor de las estrellas caía sobre su rostro espantado y también ella parecía una difunta. El niño no respondió. Del ribazo llegó el golpeteo de la codorniz dominando el sordo estruendo de la Central.

‑¿Qué es eso? ‑dijo la mujer, electrizada.

‑Una codorniz ‑respondió el niño.

‑¿Hace así todas las noches?

‑Sí.

‑¿Estás seguro?

Ella contemplaba sobrecogida el leve oleaje del trigal.

‑Sí.

Sacudió la cabeza:

‑¡Ave María! Parece como si cantara aquí mismo; debajo de mi saya.

Y quiso reír, pero su garganta emitió un ronquido inarticulado. Luego se marchó.

El Senderines pensó en Conrado porque se le hacia cada vez más arduo regresar solo al lado de Trino. Vagamente temía que se quejase si él volvía a manipular con sus piernas o que el sarnoso gato de la Central, que miraba talmente como una persona, se hubiera acostado a los pies de la cama y estuviese hablando. Conrado trató de tranquilizarle. Le dijo:

Que los muertos, a veces, conservan aire en el cuerpo y al doblarles por la cintura chillan porque el aire se escapa por arriba o por abajo, pero que, bien mirado, no pueden hacer daño.

Que los gatos en determinadas ocasiones parece ciertamente que en lugar de «miau» dicen «mío», pero te vas a ver y no han dicho más que «miau» y eso sin intención.

Que la noticia le había dejado como sin sangre, ésta es la verdad, pero que estaba amarrado al servicio como un perro, puesto que de todo lo que ocurriese en su ausencia era él el único responsable.

Que volviera junto a su padre, se acostara y esperase allí, ya que a las seis de la mañana terminaba su turno y entonces, claro, iría a casa de Trino y le ayudaría.

Cuando el niño se vio de nuevo solo junto a la balsa se arrodilló en la orilla y sumergió sus bracitos desnudos en la corriente. Los residuos de la C.E.S.A. resaltaban en la oscuridad y el Senderines arrancó un junco y trató de atraer el más próximo. No lo consiguió y, entonces, arrojó el junco lejos y se sentó en el suelo contrariado. A su derecha, la reja de la Central absorbía ávidamente el agua, formando unos tumultuosos remolinos. El resto del río era una superficie bruñida, inmóvil, que reflejaba los agujeritos luminosos de las estrellas. Los chopos de las márgenes volcaban una sombra tenue y fantasmal sobre las aguas quietas. El cebollero y la codorniz apenas se oían ahora, eclipsadas sus voces por las gárgaras estruendosas de la Central. El Senderines pensó con pavor en los lucios y, luego, el la necesidad de vestir a su padre, pero los amigos de su padre o habían dejado de serlo, o estaban afanados, o sentían miedo de los muertos. El rostro del niño o se iluminó de pronto, extrajo la cajita de betún del bolsillo y la entreabrió. El gusano brillaba con un frío resplandor verdiamarillo que reverberaba en la cubierta plateada. El niño arrancó unas briznas de hierba y las metió en la caja. «Este bicho tiene que comer ‑pensó‑, si no se morirá también.» Luego tomó una pajita y la aproximó a la luz; la retiró inmediatamente y observó el extremo y no estaba chamuscado y él imaginó que aún era pronto y volvió a incrustarla en la blanda fosforescencia del animal. El gusano se retorcía impotente en su prisión. Súbitamente, el Senderines se incorporó y, a pasos rápidos, se encaminó a la casa. Sin mirar al lecho con el muerto, se deslizó hasta la mesilla de noche y una vez allí colocó la luciérnaga sobre el leve montoncito de yerbas, apagó la luz y se dirigió a la puerta para estudiar el efecto. La puntita del gusano rutilaba en las tinieblas y el niño entreabrió los labios en una semisonrisa. Se sentía más conforme. Luego pensó que debería cazar tres luciérnagas más para disponer una en cada esquina de la cama y se complació previendo el conjunto.

De pronto, oyó cantar abajo, en el río, y olvidó sus proyectos. No tenía noticias de que el Pernales hubiera llegado. El Pernales bajaba cada verano a la Cascajera a fabricar piedras para los trillos. No tenía otros útiles que un martillo rudimentario y un pulso matemático para golpear los guijarros del río. A su golpe éstos se abrían como rajas de sandía y los bordes de los fragmentos eran agudos como hojas de afeitar. Canor y él, antaño, gustaban de verle afanar, sin precipitaciones, con la colilla apagada fija en el labio inferior, el parcheado sombrero sobre los ojos, canturreando perezosamente. Las tórtolas cruzaban de vez en cuando sobre el río como ráfagas: y los peces se arrimaban hasta el borde del agua sin recelos porque sabían que el Pernales era inofensivo.

Durante el invierno, el Pernales desaparecía. Al concluir la recolección, cualquier mañana, el Pernales ascendía del cauce con un hatillo en la mano y se marchaba carretera adelante, hacia los tesos, canturreando. Una vez, Conrado dijo que le había visto vendiendo confituras en la ciudad, a la puerta de un cine. Pero Baudilio, el capataz de la C.E.S.A., afirmaba que el Pernales pasaba los meses fríos mendigando de puerta en puerta. No faltaba quien decía que el Pernales invernaba en el África como las golondrinas. Lo cierto es que al anunciarse el verano llegaba puntualmente a la Cascajera y reanudaba el oficio interrumpido ocho meses antes.

El Senderines escuchaba cantar desafinadamente más abajo de la presa, junto al puente; la voz del Pernales ahuyentaba las sombras y los temores y hacía solubles todos los problemas. Cerró la puerta y tomó  la vereda del río. Al doblar el recodo divisó la hoguera bajo el puente y al hombre inclinándose sobre el fuego sin cesar de cantar. Ya más próximo distinguió sus facciones rojizas, su barba de ocho días, su desastrada y elemental indumentaria. Sobre el pilar del puente, un cartelón de brea decía: «Se benden penales para trillos.»

El hombre volvió la cara al sentir los pasos del niño:

‑Hola ‑dijo‑, entra y siéntate. ¡Vaya como has crecido! Ya eres casi un hombre. ¿Quieres un trago?

El niño denegó con la cabeza.

El Pernales empujó el sombrero hacia la nuca y se rascó prolongadamente:

‑¿Quieres cantar conmigo? ‑preguntó-. Yo no canto bien, Pero cuando me da la agonía dentro del Pecho, me pongo a cantar y sale.

‑No ‑dijo el niño.

‑¿Qué quieres entonces? Tu padre el año pasado no necesitaba piedras. ¿Es que del año pasado a éste se ha hecho tu padre un rico terrateniente? Ji, ji, ji.

El niño adoptó una actitud de gravedad.

‑Mi padre ha muerto ‑dijo y permaneció a la expectativa.

El hombre no dijo nada; se quedó unos segundos perplejo, como hipnotizado por el fuego. El niño agregó:

‑Está desnudo y hay que vestirle antes de dar aviso.

‑¡Ahí va! ‑dijo, entonces, el hombre y volvió a rascarse obstinadamente la cabeza. Le miraba ahora el niño de refilón. Súbitamente dejó de rascarse y añadió:

‑La vida es eso. Unos viven para enterrar a los otros que se mueren. Lo malo será para el que muera el último.

Los brincos de las llamas alteraban a intervalos la expresión de su rostro, El Pernales se agachó para arrimar al fuego una brazada de pinocha. De reojo observaba al niño. Dijo:

‑El Pernales es un pobre diablo, ya lo sabemos todos. Pero eso no quita para que a cada paso la gente venga aquí y me diga: «Pernales, por favor, échame una mano», como si Pernales no tuviera más que hacer que echarle una mano al vecino. El negocio del Pernales no le importa a nadie; al Pernales, en cambio tienen que importarle los negocios de los demás. Así es la vida.

Sobre el fuego humeaba un puchero y junto al pilar del puente se amontonaban las esquirlas blancas, afiladas como cuchillos. A la derecha, había media docena de latas abolladas y una botella. El Senderines observaba todo esto sin demasiada atención y cuando vio al Pernales empinar el codo intuyó que las cosas terminarían por arreglarse:

‑¿Vendrás? ‑preguntó el niño, al cabo de una pausa, con la voz quebrada.

El Pernales se frotó una mano con la otra en lo alto de las llamas. Sus ojillos se avivaron:

‑¿Qué piensas hacer con la ropa de tu padre? ‑preguntó como sin interés‑. Eso ya no ha de servirle. La ropa les queda a los muertos demasiado holgada; no sé lo que pasa, pero siempre sucede así.

Dijo el Senderines:

‑Te daré el traje nuevo de mi padre si me ayudas.

‑Bueno, yo no dije tal ‑agregó el hombre‑. De todas formas si yo abandono mi negocio para ayudarte, justo es que me guardes una atención, hijo. ¿Y los zapatos? ¿Has pensado que los zapatos de tu padre no te sirven a ti ni para sombrero?

‑Sí ‑dijo el niño‑. Te los daré también.

Experimentaba, por primera vez, el raro placer de disponer de un resorte para mover a los hombres El Pernales podía hablar durante mucho tiempo sin que la colilla se desprendiera de sus labios.

‑Está bien ‑dijo. Tomó la botella y la introdujo en el abombado bolsillo de su chaqueta. Luego apagó el fuego con el pie:

‑Andando ‑agregó.

Al llegar al sendero, el viejo se volvió al niño:

‑Si invitaras a la boda de tu padre no estarías solo ‑dijo‑. Nunca comí yo tanto chocolate como en la boda de mi madre. Había allí más de cuatro docenas de invitados. Bueno, pues, luego se murió ella y allí nadie me conocía. ¿Sabes por qué, hijo? Pues porque no había chocolate.

El niño daba dos pasos por cada zancada del hombre, que andaba bamboleándose como un veterano contramaestre. Carraspeó, hizo como si masticase algo y por último escupió con fuerza. Seguidamente preguntó:

‑¿Sabes escupir por el colmillo, hijo?

‑No ‑dijo el niño

‑Has de aprenderlo. Un hombre que sabe escupir por el colmillo ya puede caminar solo por la vida.

El Pernales sonreía siempre. El niño le miraba atónito; se sentía fascinado por los huecos de la boca del otro.

‑¿Cómo se escupe por el colmillo? ‑preguntó, interesado. Comprendía que ahora que estaba solo en el mundo le convenía aprender la técnica del dominio y la sugestión.

El hombre se agachó y abrió la boca y el niño metió la nariz por ella, pero no veía nada y olía mal. El Pernales se irguió:

‑Está oscuro aquí, en casa te lo diré.

Mas en la casa dominaba la muda presencia de Trino, inmóvil, sobre la cama. Sus miembros se iban aplomando y su rostro, en tan breve tiempo, había adquirido una tonalidad cérea. El Pernales, al cruzar ante él, se descubrió e hizo un borroso ademán, como sí se santiguara.

‑¡Ahí va! ‑dijo‑. No parece él; está como más flaco.

Al niño, su padre muerto le parecía un gigante. El Pernales divisó la mancha que había junto al embozo.

‑Ha reventado ¿eh?

Dijo el Senderines:

‑Decía el doctor que sólo se mueren los flacos.

‑¡Vaya! ‑respondió el hombre‑. ¿Eso dijo el doctor?

‑Sí ‑prosiguió el niño.

‑Mira ‑agregó el Pernales‑.  Los hombres se mueren por no comer o por comer demasiado.

Intentó colocar los pantalones en la cintura del muerto sin conseguirlo. De repente reparó en el montoncito de yerbas con la luciérnaga:

‑¿Quién colocó esta porquería ahí? ‑ dijo

‑¡No lo toques!

‑¿Fuiste tú?

‑Sí.

‑¿Y qué pinta eso aquí?

‑¡Nada; no lo toques!

El hombre sonrió.

‑¡Echa una mano! ‑dijo‑. Tu padre pesa como un camión.

Concentró toda su fuerza en los brazos y por un instante levantó el cuerpo, pero el niño no acertó a coordinar sus movimientos con los del hombre:

‑Si estás pensando en tus juegos no adelantaremos nada ‑gruñó‑. Cuando yo levante, echa la ropa hacia arriba, si no no acabaremos nunca.

De pronto el Pernales reparó en el despertador en la repisa y se fue a él derechamente.

‑¡Dios! ‑exclamó‑. ¡Ya lo creo que es bonito el despertador! ¿Sabes, hijo, que yo siempre quise tener un despertador igualito a éste?

Le puso o a sonar y su sonrisa desdentada se distendía conforme el timbre elevaba su estridencia. Se rascó la cabeza.

‑Me gusta ‑dijo‑. Me gusta por vivir.

El niño se impacientaba. La desnudez del cuerpo de Trinidad, su palidez de cera, le provocaban el vómito. Dijo:

‑Te daré también el despertador si me ayudas a vestirle.

‑No se trata de eso ahora, hijo ‑se apresuró el Pernales‑. Claro que yo no voy a quitarte la voluntad si tienes el capricho de obsequiarme, pero yo no te he pedido nada, porque el Pernales si mueve una mano no extiende la otra para que le recompensen. Cuando el interés mueve a los hombres, el mundo marcha mal; es cosa sabida.

Sus ojillos despedían unas chispitas socarronas. Cantó la codorniz en el trigo y el Pernales se aquietó. Al concluir el ruido y reanudarse el monótono rumor de la Central, guiñó un ojo.

‑Este va a ser un buen año de codornices ‑dijo‑. ¿Sentiste con qué impaciencia llama la tía?

El niño asintió sin palabras y volvió los ojos al cadáver de su padre. Pero el Pernales no se dio por aludido.

‑¿Dónde está el traje y los zapatos que me vas a regalar? ‑preguntó‑. El Senderines le llevó al armario.

‑Mira ‑dijo.

El hombre palpaba la superficie de la tela con sensual delectación.

‑¡Vaya, si es un terno de una vez! ‑dijo‑. Listado y color chocolate como a mí me gustan. Con él puesto no me va a conocer ni mi madre.

Sonreía. Agregó:

‑La Paula, allá arriba, se va a quedar de una pieza cuando me vea, Es estirada como una marquesa, hijo. Yo la digo:

«Paula, muchacha, ¿dónde te pondremos que no te cague la mosca?» Y ella se enfada. Jí, ji, ji.

El Pernales se descalzó la vieja sandalia e introdujo su pie descalzo en uno de los zapatos.

‑Me bailan, hijo. Tú puedes comprobarlo. ‑Sus facciones, bajo la barba, adoptaron una actitud entre preocupada y perpleja‑‑: ¿Qué podemos hacer?

El niño reflexionó un momento.

‑Ahí tiene que haber unos calcetines de listas amarillas ‑dijo al cabo‑. Con ellos puestos te vendrán los zapatos más justos.

‑Probaremos ‑dijo el viejo.

Sacó los calcetines de listas amarillas del fondo de un cajón y se vistió uno. En la punta se le formaba una bolsa vacía.

‑Me están que ni pintados, hijo.

Sonreía. Se alzó el zapato y se lo abrochó; luego estiró la pierna y se contempló con una pícara expresión de complacencia. Parecía una estatua con un pedestal desproporcionado.

‑¿Crees tú que Paula querrá bailar conmigo, ahora, hijo?

A sus espaldas, Trino esperaba pacientemente, resignadamente, que cubriera su desnudez. A el Senderines empezaba a pesarle el sueño sobre las cejas. Se esforzaba en mantener los ojos abiertos y, a cada intento, experimentaba la sensación de que los globos oculares se dilataban y oprimían irresistiblemente los huecos de sus cuencas. Inmovilidad La inmovilidad de Trino, el zumbido de la Central, la voz del Pernales, el golpeteo de la codorniz, eran incitaciones casi invencibles al sueño. Mas él sabía que era preciso conservarse despierto, siquiera hasta que el cuerpo de su padre estuviera vestido.

El Pernales se había calzado el otro pie y se movía ahora con el equilibrio inestable de quien por primera vez calza zuecos. De vez en cuando, la confortabilidad inusitada de sus extremidades tiraba de sus pupilas y él entonces cedía, bajaba los ojos, y se recreaba en el milagro, con un asomo de vanidosa complacencia. Advirtió súbitamente la impaciencia del pequeño, se rascó la cabeza y dijo:

‑¡Vaaaya! A trabajar. No me distraigas hijo.

Se aproximó al cadáver e introdujo las dos manos bajo la cintura. Advirtió:

‑Estate atento y tira del pantalón hacia arriba cuando yo le levante.

Pero no lo logró hasta el tercer intento. El sudor le chorreaba por las sienes. Luego, cuando abotonaba el pantalón, dijo, como para sí:

‑Es la primera vez que hago esto con otro hombre.

El Senderines sonrió hondo. Oyó la voz del Pernales.

‑No querrás que le pongamos la camisa nueva, ¿verdad, hijo? Digo yo que de esa camisa te sacan dos para ti y aún te sobra tela para remendarla.

Regresó del armario con la camisa que Trino reservaba para los domingos. Agregó confidencialmente:

‑Por más que si te descuidas te cuesta más eso que si te las haces nuevas.

Superpuso la camisa a sus harapos y miró de frente‑ al niño. Le guiñó un ojo y sonrió.

‑Eh, ¿qué tal? ‑dijo.

El niño quería dormir, pero no quería quedarse solo con el muerto.

Añadió el Pernales:

‑Salgo yo a la calle con esta camisa y la gente se piensa que soy un ladrón. Sin embargo, me arriesgaría con gusto si supiera que la Paula va a aceptar un baile conmigo por razón de esta camisa. Y yo digo: ¿Para qué vas a malgastar en un muerto una ropa nueva cuando hay un vivo que la puede aprovechar?

‑Para ti ‑dijo el niño a quien la noche pesaba ya demasiado sobre las cejas.

‑Bueno, hijo, no te digo que no, porque este saco de poco te puede servir a ti, si no es para sacarle lustre a los zapatos.

Depositó la camisa flamante sobre una silla, tomó la vieja y sudada de la que Trino acababa de despojarse, introdujo su brazo bajo los sobacos del cadáver y le incorporó:

‑Así ‑dijo‑. Métele el brazo por esa manga…, eso es.

La falta de flexibilidad de los miembros de Trino exasperaba al niño. El esperaba algo que no se produjo:

‑No ha dicho nada ‑dijo, al concluir la operación, con cierto desencanto.

El Pernales volvió a él sus ojos asombrados:

‑¿Quién?

‑El padre.

‑¿Qué querías que dijese?

‑La Ovi dice que los muertos hablan y a veces hablan los gatos que están junto a los muertos.

‑¡Ah, ya! ‑dijo el Pernales.

Cuando concluyó de vestir al muerto‑ , destapó la botella y echó un largo trago. A continuación la guardó en un bolsillo, el despertador en el otro y colocó cuidadosamente el traje y la camisa en el antebrazo. Permaneció unos segundos a los pies de la cama, observando el cadáver.

‑Digo ‑dijo de pronto‑ que este hombre tiene los ojos y la boca tan abiertos como si hubiera visto al diablo. ¿No probaste de cerrárselos?

‑No ‑dijo el niño.

El Pernales vaciló y, finalmente, depositó las ropas sobre una silla y se acercó al cadáver. Mantuvo un instante los dedos sobre los párpados inmóviles y cuando los retiró, Trinidad descansaba. Seguidamente le anudó un pañuelo en la nuca, pasándosele bajo la barbilla. Dijo, al concluir:

‑Mañana, cuando bajes a dar aviso, se lo puedes quitar.

El Senderines se erizó.

‑¿Es que te marchas? ‑inquirió anhelante.

‑¡Qué hacer! Mi negocio está allá abajo, hijo, no lo olvides.

El niño se despabiló de pronto:

‑¿Qué hora es?

El Pernales extrajo el despertador del bolsillo.

‑Esto tiene las dos; puede que vaya adelantado.

‑Hasta las seis no subirá Conrado de la Central ‑exclamó el niño‑. ¿Es que no puedes aguardar conmigo hasta esa hora?

‑¡Las seis! Hijo, ¿qué piensas entonces que haga de lo mío?

El Senderines se sentía desolado. Recorrió con la mirada toda la pieza. Dijo, de súbito, desbordado:

‑Quédate y te daré… te daré ‑se dirigió al armario‑ esta corbata y estos calzoncillos y este chaleco y la pelliza, y… Y…

Arrojó todo al suelo, en informe amasijo. El miedo le atenazaba. Echó a correr hacia el rincón.

‑… Y el aparato de radio ‑exclamó.

Levantó hacia el Pernales sus pupilas humedecidas.

‑Pernales, si te quedas te daré también el aparato de radio ‑repitió triunfalmente.

El Pernales dio unos pasos ronceros por la habitación.

‑El caso es ‑dijo‑ que más pierdo yo por hacerte caso.

Mas cuando le vio sentado, el Senderines le dirigió una sonrisa agradecida. Ahora empezaban a marchar bien las cosas. Conrado llegaría a las seis y la luz del sol no se marcharía ya hasta catorce horas más tarde. Se sentó, a su vez, en un taburete, se acodó en el jergón y apoyó la barbilla en las palmas de las manos. Volvía a ganarle un enervamiento reconfortante. Permaneció unos minutos mirando al Pernales en silencio. El «bom‑bom» de la Central ascendía pesadamente del cauce del río.

Dijo el niño, de pronto:

‑Pernales, ¿cómo te las arreglas para escupir por el colmillo? Ésa es una cosa que yo quisiera aprender.

El Pernales sacó pausadamente la botella del bolsillo y bebió; bebió de largo como si no oyera al niño; como si el niño no existiese. Al concluir, la cerró con parsimonia y volvió a guardarla. Finalmente, dijo:

‑Yo aprendí a escupir por el colmillo, hijo, cuando me di cuenta que en el mundo hay mucha mala gente y que con la mala gente si te líras a trompazos te encierran y si escupes por el colmillo nadie te dice nada. Entonces yo me dije: «Pernales, has de aprender a escupir por el colmillo para poder decir a la mala gente lo que es sin que nadie te ponga la mano encima, ni te encierren.» Lo aprendí. Y es bien sencillo, hijo.

La cabecita del niño empezó a oscilar. Por un momento el niño trató de sobreponerse; abrió desmesuradamente los ojos y preguntó:

‑¿Cómo lo haces?

El Pernales abrió un palmo de boca y hablaba como si la tuviera llena de pasta. Con la negra uña de su dedo índice se señalaba los labios. Repitió:

‑Es bien sencillo, hijo. Combas la lengua y en ­hueco colocas el escupitajo…

El Senderines no podía con sus párpados. La codorniz aturdía ahora. El grillo hacía un cuarto de hora que había cesado de cantar.

‑… luego no haces sino presionar contra los dientes y…

El Senderines se dejaba arrullar. La conciencia de compañía había serenado sus nervios. Y también el hecho de que ahora su padre estuviera vestido sobre la cama. Todo lo demás quedaba muy lejos de él. Ni siquiera le preocupaba lo que pudiera encontrar mañana por detrás de los tesos.

‑… y el escupitajo escapa por el colmillo por que…

Aún intentó el niño imponerse a la descomedida atracción del sueño, pero terminó por reclinar suavemente la frente sobre el jergón, junto a la pierna del muerto y quedarse dormido. Sus labios dibujaban la iniciación de una sonrisa y en su tersa mejilla había aparecido un hoyuelo diminuto.

Despertó, pero no a los pocos minutos, como pensaba, porque la luz del nuevo día se adentraba ya por la ventana y las alondras cantaban en el camino y el Pernales no estaba allí, sino Conrado, Le descubrió como a través de una niebla, alto y grave, a los pies del lecho. El niño no tuvo que sonreír de nuevo, sino que aprovechó la esbozada sonrisa del sueño para recibir a Conrado.

‑Buenos días ‑dijo.

La luciérnaga ya no brillaba sobre la mesa de noche, ni el cebollero cantaba, ni cantaba la codorniz, pero el duro, incansable pulso de la Central, continuaba latiendo abajo, junto al río. Conrado se había abotonado la camisa blanca hasta arriba para entrar donde el muerto. El Senderines se Incorporó desplazando el taburete con el pie. Al constatar la muda presencia de Trino, pavorosamente blanco, pavorosamente petrificado, comprendió que para él no llegaba ya la nueva luz y cesó repentinamente de sonreír Dijo:

‑Voy a bajar a dar aviso.

Conrado asintió, se sentó en el taburete que el niño acababa de dejar, lo arrimó a la cama, sacó la petaca y se puso a liar un cigarrillo, aunque le temblaban ligeramente las manos.

‑No tardes ‑dijo.






Ilustracion: Chalres LeBrun

Papá querido (Aída Bortnik)

Una cama chica, antigua, barata, desvencijada, prolijamente tendida. Un ropero chico, antiguo y desvencijado. Un escritorio absurdo: por un ...