lunes, 1 de julio de 2024

¿A dónde van las almas de los niños?









1

 

Hay alguien aquí conmigo. Lo siento respirar con un aliento que no parece, sin embargo, ser el aliento de un ser humano. No quiero abrir los ojos todavía, y sé también que aunque quisiera no podría hacerlo. Prefiero adormecerme en la memoria que llega como olas embistiendo la playa sin dejarme avanzar. Como si las olas fueran piadosas advertencias, las últimas palabras antes del mar profundo. 

     Recuerdo haber estado escuchando la discusión de mamá y papá durante todo el día. Después del almuerzo ella comenzó a levantar los platos de la mesa, mientras recriminaba a mi padre las cosas hechas y las que nunca terminaba de hacer. Siempre era igual. Me despertaba con la voz de mamá hablando en la cocina mientras tomaban mate, y la voz de mi padre, parsimoniosa y sombría, contestando con monosílabos. Al principio creía que se trataba de sueños, porque la voz de ella tenía la virtud exasperante de la monotonía. Esa tensa cuerda del sonido que nos mantiene en el umbral de lo consciente, esa voz que no permite que vayamos a ningún lado hasta terminar de oírla, como el hilo de Ariadna pero con un nudo que ni los dioses podrían desatar.

     Papá aguantó toda la tarde. Luego protestó él también, levantó la voz varias veces e insultó a mamá otras tantas. Pero ella era fría como el hielo. Lloraba muy seguido, pero sólo logró lo que al pastor del viejo cuento infantil que daba avisos falsos sobre el lobo: cuando realmente sucedía, ya nadie le hacía caso. Salía de casa golpeando las puertas, y me hacía acompañarla como si yo fuese su escudo, incluso a veces me acostaba a su lado en la cama matrimonial para que papá no la molestara. Y en la oscuridad yo escuchaba sus protestas contra él como si intentase sembrar en mí la semilla de un odio que quizá ni ella sentía, pero que creería su deber cosechar en mi persona años después.

     Ayer domingo a la noche papá se fue de casa. No lo vi salir, sólo oí el motor del auto. Volvería poco después, pensé. No podía imaginar siquiera su ausencia por más de un día, no era posible según las reglas que habían gobernado mi vida hasta entonces, la familia y la casa, ambas formando un entramado tan estable en que no existían roturas o desgarrones que no pudiesen ser cosidos, aunque dejasen marcas o rugosidades, que al fin de cuentas también constituyen recuerdos. Esto lo puedo comprender muy bien. Porque tengo doce años, y miro atrás mi vida, que choca contra mí como si yo fuese un auto que ha frenado abrúptamente.

 

 

 

2

 

Ruiz levantó la vista del suelo. El sudor le caía por la frente y la cara, corría por el cuello y mojaba su camisa. Tenía el cuero de los mocasines manchados de sangre y las suelas llenas de barro. Le pesaban al despegarlas de la tierra irregular alrededor de las vías. Casi no había asfalto en cien metros cuadrados, sólo en el paso a nivel un pavimento de más de veinte años, maltrecho y roto por el tránsito incesante de camiones y colectivos. 

     El tren estaba detenido en el medio. La locomotora a más de doscientos metros, lo más cerca que había podido frenar, la cola al final de quizá otros diez o quince vagones. Ruiz escuchaba lo que sucedía del otro lado. Los autobombas, los patrulleros de la policía de la provincia, los autos que llegaban y eran desviados, los gritos de los familiares, las bocinas, el zumbido de las grúas que recién ahora arribaban.

     Habían estado dos horas buscando sobrevivientes. Él se hallaba a más de veinte metros del tren, y aún allí seguían encontrando ropa de niños, mocasines escolares, restos de guardapolvos. Pero lo que él buscaba eran cuerpos, y tenía la increíble, la virginal confianza de que encontraría alguno vivo. Para eso estaba, era médico y no funebrero. Y bajo el cielo encapotado por nubes de tormenta, el aire extático lleno de electricidad en esa hora catorce de un lunes de noviembre, fueron muchas las cosas que encontró en el barro, entre las vías y bajo la estructura del tren, pero fue al levantar el zapato de cordones todavía atados a un fragmento de pierna cuando se clavó una astilla de hueso en un dedo. No sintió dolor, únicamente un nudo en la garganta, tan duro como el cordón que intentó desatar, porque de tan mojado le fue imposible. Sus manos temblaban, sucias. Los demás no lo miraban. Quien mira al piso en busca del pasado, extravía el presente, se dijo él. Logró desatar el nudo al final, aflojó el cordón, sacó el zapato, deslizó la media con la marca Ciudadela estampada en la etiqueta, y liberó el pie. Un pie pequeño de un niño de diez años tal vez, cuya planta se conservaba limpia y con restos del talco que su madre misma debió ponerle luego del baño. Pero por encima del tobillo no había nada más que un hueso expuesto y quebrado como un tronco hachado.

     Dios es un leñador sin experiencia, pensó el doctor Ruiz.

 

 

3  

 

Mateo detuvo el auto frente al cordón policial.

     -Soy el forense-dijo al oficial que se acercó a su ventanilla.

     -¿Apellido?

     -Ibáñez-contestó, mirando al policía consultar la lista que le habrían preparado tal vez sólo diez minutos antes. Luego vio que éste le hacía la silenciosa señal de permiso, y avanzó. La cinta blanca con rayas rojas en espiral cayó bajo las ruedas del auto, y sólo entonces se dio cuenta de qué recuerdo le traían: las espirales luminosas frente a las peluquerías infantiles. Vio las sirenas de los patrulleros girar en silencio, ensombrecidas por el ruido de las orugas que movían los escombros de metal, esos restos del micro que habían quedado esparcidos a lo largo de doscientos metros, alejados de las vías o junto a las rejas que las separaban de la calle paralela, otros aplastados bajo los primeros vagones o consumidos por el fuego al estallar el tanque de nafta. El olor a quemado no era desagradable al principio, a Ibáñez le gustaba ese aroma que de algún modo representaba el punto cero después de un incendio, el blanco inherente bajo el negro de la combustión. Pero no le gustaba cuando el agua se entrometía en el proceso, ni siquiera la amenaza del agua como ahora ocurría. Pronto iba a llover, y la humedad insoportable estaba acelerando la descomposición de los cadáveres e impidiendo que los cuerpos chamuscados se secaran como la naturaleza lo considera correcto.

     No había visto a los muertos todavía, pero tras el caparazón de acero de su Fiat, con el aroma de su hijo recién nacido aún intacto en la nariz, y el recuerdo de su mujer durmiendo serenamente en la cama del hospital todavía fresco en su memoria, imaginaba la escena del accidente con más detalles de los que en realidad veía. Porque él hoy se sentía inmune a la muerte, como un capellán que con su mitra y agua bendita bendice a los soldados caídos.

     Después escuchó los gritos, más cercanos a medida que avanzaba hacia las vías. Su corazón sintió un sobresalto cuando vio las manos y la cara de una mujer sobre la ventanilla cerrada del costado derecho de su auto. Por un momento pensó que la había golpeado, pero después un hombre, quizá el esposo, la apartó agarrándola de la cintura, y casi levantándola en brazos se la llevó hacia una ambulancia. Ella vestía un impermeable verde musgo y tenía el cabello revuelto, pero Ibáñez la recordaría más tarde por su rostro y su expresión de completo terror.

     Ya no pudo seguir. Bajó del auto y lo recibió una llovizna tenue. Caminó hacia el tren sobre el barro que cubría el viejo pavimento. Evitó las esquirlas de metal y los vidrios esparcidos a todo lo largo y ancho del predio, fragmentos que podrían haber atravesado las suelas de sus botas. Lo habían llamado poco después del accidente, y se había vestido con cuidado para la escena, botas altas y negras de goma, un impermeable azul oscuro con capucha, pantalones anchos y una camisa blanca. Ibáñez se sentía joven y fuerte para su trabajo, como un guerrero con escudo y armadura, un casco bajo el brazo izquierdo listo a ser colocado, y una lanza o ballesta en la mano derecha.

     -¿Quién es usted?-le preguntó un policía. Tenía el uniforme roto en las mangas y los hombros, debía haber estado agachado tratando de retirar cadáveres entre los hierros. El policía se sacó los guantes, sus manos estaban llenas de ampollas.

     -Soy el forense-dijo Ibáñez.

     El policía ya no le hizo caso, ocupado en apretarse las manos doloridas contra el cuerpo. Ibáñez siguió caminando hacia un grupo alrededor de la locomotora, pero alguien lo llamó. Giró la vista sin descubrir quién.

     -¡Acá, del otro lado del tren!

     Mateo se arrodilló y miró por debajo. Un hombre le hacía señas para que diera la vuelta. Dio un largo rodeo alrededor de los restos del micro escolar. De la chapa color naranja no quedaban más que retorcidos hierros quemados. En algunos fragmentos podía verse alguna letra o leerse alguna sílaba del rótulo de los costados, pero lo demás eran pedazos de asientos, alfombras de goma y barras de metal. Allí había habido niños sentados, mirando por las ventanillas y sujetos a aquellas barras alguna vez firmes. Seguros de esos hierros que creían tan eternos como sus vidas.

     Vio al hombre a veinte metros saludándolo con un brazo en alto. Ese lado de las vías era diferente. No había vehículos de rescate ni gente interponiéndose en el camino, sólo unos pocos hombres mirando hacia el suelo, buscando lo que Mateo ya sabía. Pero su aspecto distaba de eso, más bien lucían como agotados campesinos escarbando la tierra en busca de alimañas. Los muertos no siempre son alimentos del suelo, se dijo Ibáñez, a veces los huesos lastiman los pies desnudos de los campesinos y provocan infecciones. A veces los muertos exigen compañía.

     Llegó hasta donde estaba el otro, que le extendió una mano sucia y con sangre seca. Pero Ibáñez evitó tocarlo cuando vio que con la otra mano arrojaba algo a la distancia, algo que parecía parte de un muñeco roto.

     -Soy el doctor Ruiz, doctor. Lo escuché presentarse con la policía hace un rato.

     -¿Desde allá lejos y con el ruido de las grúas?

     -Tengo muy buen oído, doctor. Soy músico aficionado y escucho notas que la gente pasa por alto.

     Ambos se miraron por un instante y luego giraron para observar el paisaje. A un costado del tren había una pequeña montaña de objetos cubiertos de barro y telas.

     -No encontramos sobrevivientes todavía, pero tengo la esperanza de hallar alguno dentro de lo que quedó más completo del micro-comentó Ruiz.

    Ibáñez lo miró, incrédulo. Cómo un médico que estaba allí, en medio del desastre, podía hablar aun de ese modo. De pronto, Ruiz se le apareció como una figura extraña con aquella sonrisa melancólica, el cuerpo esmirriado y la mirada pensativa. Pero descubrió que el otro también lo estaba mirando con curiosidad.

     -Si me permite que le pregunte, ¿qué hace acá, doctor?

     -Me avisaron del accidente. Quieren que haga la autopsia del chofer. Piensan que estaba enfermo o borracho, algo para que el seguro pueda evadirse. Decidí ver la escena yo mismo.

     -No es común esa preocupación en un médico de laboratorio, doctor.

     Ibáñez no pasó por alto la ofensa.

     -¿Llama laboratorio a la sala de disección? ¿Al escalpelo y la sierra? Yo lo llamaría taller, doctor Ruiz.

     Ibáñez le dio la espalda a Ruiz y se puso a caminar a lo largo de la vía. Luego regresó y preguntó:

    -¿Se sabe algo de la causa?

    -Oí decir que el micro se paró. Tal vez tuvo una avería. Algunos vecinos dicen que vieron al chofer forzar la palanca de cambios. Los chicos trataron de ayudarlo. La gente dice que escuchó los gritos desesperados de los chicos, pero el tren estaba tan cerca que…

    -Nadie pudo hacer nada, lo imagino.

     Ibáñez caminó hacia el montón junto al tren. Levantó las telas y las moscas salieron espantadas, pero otras regresaron a posarse sobre los cuerpos. Había torsos quemados, brazos completos, pies con zapatos, guardapolvos envolviendo formas de cabezas sueltas. El hedor era dulce, tan dulce que no parecía el olor de los muertos sino el perfume de los cementerios hastiados de flores.

     -Si el chofer hubiese revisado el motor antes de salir…-dijo Ibáñez-. ¿Era un vehículo viejo, no?

    -Un colectivo reformado para micro escolar, lo más barato que una escuela de clase media puede comprar. Pero si vamos a los si, doctor, no terminaríamos nunca de plantearnos hipótesis. Dios ya arrojó sus dados, y el conocer la causa es sabiduría bella pero inútil.

     Seguía lloviznando, y las grúas continuaban su trabajo. Habían despejado el lado norte de las vías, pero debían esperar el lento cavar de las palas y el retiro de los fragmentos. Ibáñez puso una mano sobre el hombro de Ruiz.

    -¿Usted cree en Dios, doctor? ¿Y si juega a los dados, en qué se diferencia de nosotros? Yo también puedo arrojarlos y llamarme Dios.

     -Creo en lo imperativo de los hechos.

     -Y si ahora mismo, junto a nosotros, las vías estuviesen libres y el tren hubiese seguido su camino, y el micro atravesado las vías y los chicos en sus casas…

     -Si no lloviera y hubiese sol… Esa es esperanza aferrada a la fantasía.

     -Yo llamo esperanza fantasiosa a su idea de encontrar a alguien vivo. Hablo de autodefensa, la forma de caminar por este sitio sin perder la razón.

    Ibáñez escuchó su nombre desde el otro lado. Se agachó y vio que un bombero lo reclamaba.

     -¡Encontramos el cuerpo del chofer, doctor!

     -¡Llévenlo a la ambulancia! Yo los sigo hasta la morgue en mi auto.

    Luego se irguió y extendió la mano a Ruiz, había olvidado que no había estrechado la que el otro le había ofrecido antes. Ruiz le volvió a mostrar sus palmas sucias.

     -No importa, doctor. Fue un honor llegar a conocerlo.-Y le estrechó la mano.

     -Si no hubiese sido por el accidente no nos habríamos conocido…-dijo Ruiz, pero no había cinismo en el tono, sino un torpe ofrecimiento de mutua confianza.

 

 

4    

 

Eran las nueve de la noche cuando mamá y yo nos quedamos solos. Como todos los domingos, me di el baño semanal. Esta vez ella no preguntó por qué había tardado tanto, yo salí con el pijama y encontré la mesa de la cena servida. Mamá se me acercó, se arrodilló y ajustó los botones de mi chaqueta. Había llorado, se notaban las ojeras, y la imaginé haciendo esas rápidas cenas dominicales que la rutina me había hecho odiar: huevos fritos y sándwiches de paleta y queso. Comida sin esmero ni preocupación, comida para despedir el fin de semana, hecha con las pocas ganas que la idea de una nueva jornada de trabajo ofrecía. Pero en casa se sumaba la tristeza del domingo luego de las discusiones habituales, la sombra tras el halo de luz de las tardes de verano.

     El sonido del televisor retumbaba en las paredes de la antecocina, con empapelado de rayas naranjas y blancas. La luz de la lámpara también era típica de domingo a la noche, intensa pero amarga, una luz amenazada permanentemente por la hora próxima del lunes, el reloj con la alarma puesta para las seis de la mañana, esperando sobre la mesa de luz del dormitorio, como un monstruo o una gran boca somnolienta sin dientes. El peligro no era la muerte sino la perdición, el completo extravío en el oscuro pasaje de los días laborales, al final de los cuales aguardaba el cadáver maltrecho y hediendo de otro domingo.

     Mamá se acercó y dijo:

     -Ahora sos el hombre de la casa y tenés que ayudarme.

     Fue esa la primera vez que me di cuenta de lo que ella había hecho. Yo siempre la defendía. Me repetía a mí mismo los argumentos que ella utilizaba: papá que llegaba tarde, que no hacía lo que debía hacer, que no ganaba suficiente plata, papá esto y papá aquello. Pero la voz de mamá era la única presente, siempre. Aún la música más amada puede ser odiada cuando suena a destiempo.

     -Se fue por tu culpa-le contesté.

     Entonces descargó su rabia contra mí. Fue hasta la mesa, recogió mi plato intacto y tiró el contenido a la basura. Sentí que las lágrimas iban a brotarme pronto, pero un nudo en la garganta me lo impidió. A mí nunca me gustó llorar delante de los otros, sólo lo había hecho silenciosamente en mi habitación.

     -Andáte a la cama-me dijo, pero siguió hablándome, yendo y viniendo desde la cocina a la puerta del dormitorio. Yo apagué la luz, me cubrí con las sábanas y traté de no escuchar. Sin embargo hay voces que dejan su sonido en la mente como campanillas. Continúan sonando en sueños y vigilias, en medio de una ruta desierta o en una multitud.

    Y yo no sentía culpa, sino mucha ira.

    Por eso, esta mañana en la escuela, me senté en el último banco y evité a mis compañeros.  Me ensimismé en la prueba de matemáticas, tratando de descifrar cálculos que me resultaron imposibles de realizar, raíces cuadradas, teoremas o fracciones. Números que flotaban en los ventanales que daban al patio de recreo. Allí donde el timbre lanzaba su desafío lacerante, el filo que acortaba el plazo de un examen para el que no tenía resolución. Dios mío, pensé, no sé qué va a hacer mamá cuando vea el cero en rojo encabezando la hoja de examen.

     Los chicos se fueron levantando uno a uno y entregando las pruebas en el escritorio de la maestra. Quedábamos pocos, sentados. Ella nos miraba con impaciencia, los demás jugaban en el patio, corriendo, mientras yo usaba el tiempo extra y perdía mi recreo. Finalmente me di por vencido. Creo que estaba pálido, pero me propuse no llorar. Entregue la hoja y vi la cara desaprobadora de la maestra. Eso es lo que yo veo en ellas todo el tiempo, la cara ofuscada de mamá.

     Me fui a un rincón del patio y me senté agarrándome la cabeza entre las manos. Pensé en papá, en si había vuelto a casa, en dónde había dormido, o si lo vería a la noche. Volví a clase y soporté las bromas de mis compañeros. Me robaron la comida que llevaba, pero no dije nada. Mancharon de tinta mi carpeta, y me quedé callado.

     La maestra se acercó y puso una mano en mi frente.

     -¿Te sentís bien? Estás ojeroso.

     Dije que sí con la cabeza y me aparté, tiré los libros al suelo, pero nadie notó en eso algo más que una torpeza innata. Los demás rieron, hasta la maestra.

     -Está bien, está bien, te dejo en paz…

     Y así fue que llegó el mediodía, y luego las doce y media y la hora final de la escuela. Salimos del aula y formamos. Bajamos la bandera del mástil con la rápida ceremonia habitual. Abrieron las puertas. Los que regresamos a casa en micro escolar debemos hacer otra cola a un costado, apretujados contra las paredes del vestíbulo mientras los chicos de otros grados salen o esperan que los vengan a buscar sus padres. Mi casa no está muy lejos, creo que son casi veinte cuadras después de las vías. Soy el último que sube a la mañana temprano y el primero que baja en el regreso. Creo que soy como un mojón en nuestro itinerario, cuando subo los chicos me miran con desagrado, pensando en qué poco falta para llegar al colegio, cuando bajo, no he tenido tiempo para conversar con ellos. Por eso casi siempre me siento al fondo del micro, junto a la ventanilla izquierda para ver pasar a las chicas mayores que salen de la escuela después que nosotros. Eso es lo que hago ahora, y me pregunto si ellas también serán algún día como mamá.

     Abro la ventanilla para que entre la brisa. Hace calor y está nublado. Espero la lluvia como espero a papá. Ojalá estuviera de regreso esta noche. Pero cómo pasar el día con esa duda. Miro a todos lados, sin embargo él no está esperándome en la calle. Esto por lo menos me daría la seguridad de que me extraña, de que quiere hablar conmigo. Pero si no vino es quizá porque vamos a vernos más tarde en casa. Sí, entonces es una buena señal que no esté aquí, me digo.

     El micro va a arrancar. El chofer ha cerrado la puerta, pero le cuesta encender el motor. Escucho las protestas de don Oscar. Su chomba gris tiene dos grandes manchas de transpiración en las axilas, y otra más grande en su espalda. Rollizo y casi calvo, su voz es gruesa como la de cantante de ópera. Pero su voz no conoce más que insultos, lo que le gana reprimendas de la directora. A nosotros no nos importa. Aprendemos de él lo que debe o no decirse en caso de furia. Y yo estoy atento a sus palabras. Muchas veces las he pensado en casa, otras tantas en la calle, y practico mentalmente las obscenidades.

     Nos sacudimos con un traqueteo y un rítmico sonido de válvulas gastadas. Una columna de humo que sale del caño de escape rodea la parte izquierda del micro al entrar en segunda. Pero pronto debemos dejar paso a los chicos que cruzan a mitad de cuadra y luego nos detenemos ante el semáforo en rojo. Algunos nos saludan, dos maestras dicen algo a don Oscar. Una de ellas es mi maestra, y me agacho para que no tenga oportunidad de recriminarme con la mirada. Cuando tenga el resultado del examen va a citar a mamá. Sé lo que va a suceder.

     Y sin pensarlo, doy un codazo a uno de mis compañeros. Me ha estado molestando toda la mañana y ahora se acerca a tirarme del guardapolvo, riendo como un retrasado mental. Me doy cuenta que he estado soportando sus empujones mientras yo pensaba en papá,  en las mujeres y en las maestras, mirando al mismo tiempo la espalda de don Oscar en sus esfuerzos por poner en marcha el micro.

     Pablo me mira con rabia, cubriéndose el mentón con una mano. Le rompí un diente, quizá. Se me tira encima y los demás vienen  a separarnos. Pero ya es tarde. Sus manos sucias me tiran del pelo y del guardapolvo, y siento su saliva en mi cara. Dice algo, pero su ortodoncia no le deja insultar con claridad. El micro sigue detenido, aún cuando se encendió la luz verde. Escucho las bocinas. Yo sólo estiro los brazos para protegerme. Pablo parece un cachorro que intenta rasguñar y morder. No es más grande que yo, y sus movimientos torpes. Entonces la voz y las manos de don Oscar interrumpen la pelea.

    -¡Pero dejen de hacer quilombo, la puta madre! ¡Hace una semana que no tengo celador ni una maestra que los cuide mientras manejo!

     Me mira un momento, pero enseguida levanta a mi compañero del brazo casi hasta su altura. Pablo llora y grita para que lo baje. Los demás lo observan como si estuviera a punto de arrancarle el brazo. Después lo suelta en el asiento y me agarra de la mano.

     -Vení para acá vos.

     Me lleva hasta el frente y dice:

     -Sentáte y dejá de provocar a los otros.

     Caigo en el primer asiento detrás del conductor. Lo miro por el espejo, y él me dirige un vistazo. No dice nada más, pero yo quisiera preguntarle qué hice, más que sentarme como siempre a mirar por la ventanilla. A veces pienso que el mundo es una gran ficción que todos actúan para mí. Que hay algo más grande que todos me esconden, algo que todos cuchichean para que yo no escuche. Así como detrás de las fachadas de las casas hay habitaciones que uno nunca imaginó, las caras de la gente me parecen mentiras creadas para mantenerme aislado. No soy lo suficientemente grande, me dirían si pudiesen confesarme la farsa, ni soy lo suficientemente listo para entender. Eso dice mamá, porque mis calificaciones distan de ser las mejores. Son apenas correctas, notas dignas del montón, números en una libreta de ejecuciones. Cada cosa fluye como el agua y desaparece como ella, y sin embargo todo duele más que el agua hirviente. Es igual al ácido que se usa para destapar las cañerías, tan fuerte que carcome la piel y nos dejaría ciegos con sólo percibir su vaho. Por eso cada palabra me hiere.

     En esto pienso cuando veo la espalda del chofer. Quisiera preguntarle qué hice para que me hable como lo hizo recién, yo que tanto quisiera parecerme a él, fuerte y seguro de sí mismo, un hombre que ya es un hombre a pesar de todos sus defectos. Pero me quedo callado, y miro las vías del ferrocarril a las que nos acercamos. Las barreras están bajas, tiemblan un poco con la lluvia, y las rayas amarillas y negras juegan un baile de espejos con la niebla y los charcos sobre el pavimento. Hay una luz roja en un costado, como las de las sirenas de ambulancias y policías. Pero esta muerta, apagada quiero decir. Me quedo mirándola mientras nos detenemos frente al paso a nivel, y sigo pensando en qué pasará en casa en estos momentos, tras estas vías que ahora me separan de ella.

 

 

5    

 

Dios es un hombre alto y fornido que camina por un sendero de grava. Viste pantalones de pana negra con bocamangas metidas en las botas. Tiene una chaqueta sin mangas ni cuello, de cuero marrón, desabotonada por delante. Camina con cierta torpeza porque la suela izquierda está rota y atada con una cuerda, las piedrecillas del camino se le meten entre los dedos y de vez en cuando debe detenerse para sacarlas. Su brazo izquierdo se balancea a un costado, salvo cuando tiene que ajustarse la suela. El brazo derecho está alzado por encima del hombro, sujetando el mango de un hacha cuya hoja brilla en esa tarde que acaba. El hombre tiene la cabeza gacha, como mirando su pecho de vello crespo, pero quién sabe lo que está mirando en realidad, porque sus ojos van entrecerrados, aunque adivinamos que son marrones como su barba corta y el cabello enrulado.

     A veces eleva la mirada hacia el frente, pero no parece ver más que la base de los troncos, ni siquiera dirige un vistazo hacia el verdor que se oculta en lo oscuro como lo hace el sol tras la línea de la tierra. El hombre no gastará miradas a lo inútil, sabe que de la oscuridad nada puede rescatarse. Sus pasos disminuyen el ritmo, luego reanudan su velocidad. Giran un poco hacia la derecha, hacia una fila de árboles que parecen haber sido plantados deliberadamente, porque han crecido en dos líneas paralelas. El leñador se detiene frente al primer tronco. Lo mira ahora con absurda atención. Sus ojos, nos damos cuenta recién entonces, son de idiota. Son los ojos de un niño grande que nada entiende, que sabe que el hacha está para cortar el tronco, pero tal vez olvide levantar la leña y llevarla luego a quemar en su hogar.

     Asienta firmemente las botas en el suelo, hundiéndose un poco en el barro entre las raíces que sobresalen de la tierra. Está frente a un árbol joven, el diámetro del tronco no es mayor al del cuerpo del leñador. Empuña el hacha, levanta los brazos y hace caer el filo sobre la corteza. Vuelve a hacerlo una y otra vez, pero no avanza mucho. Lastima la superficie con crueldad sin avanzar demasiado. En lugar de cambiar el ángulo de la hoja, da siempre el mismo hachazo con el lado que quizá tiene menos filo. Si un leñador veterano lo viese en estos momentos, le daría un golpe en la cabeza y lo apartaría, enojado y desilusionado de ese torpe aprendiz.

     Sin embargo, sabemos que no hay nadie más en este bosque. El leñador no es joven ni demasiado viejo. Es el dueño de estas tierras desde siempre, desde que él tiene memoria, aunque ésta es precaria y falla en ocasiones, confundiendo los tiempos, los senderos y los árboles que debe cortar.

     Ruiz escuchó el ruido del hacha que llegaba desde veinte metros, frente a él. Eran los bomberos que abrían los restos del micro, que todavía humeaban bajo la llovizna. Y entre los golpes oyó un bullicio que fue creciendo muy rápido entre el chapoteo sobre los charcos y el barro. La lluvia se detuvo, pero caía aún una cortina hiriente como agujas de sal.

     -¡Doctor Ruiz!-gritó alguien entre el gentío de alrededor.

     -¡Doctor Ruiz!-volvieron a reclamarlo varias voces.

     Él corrió hacia allí junto a otros rescatadores, policías y bomberos con impermeables, padres en mangas de camisa, con los cabellos pegados a la frente y la ropa empapada.

     El doctor Bernardo Ruiz se abrió paso entre ellos. Pisó fragmentos de hierro, tropezó con otros y se hizo un corte en la rodilla con una chapa. Los bomberos habían abierto una puerta en el techo del micro, como la tapa de una enorme lata volcada. Despejaron la abertura y le mostraron lo que habían encontrado.

     Había asientos de cuero quemado y resortes salidos. Había un olor insoportable a goma y a combustible. Entonces le pareció ver, bajo el volante que todavía se mantenía en el tablero, el cuerpo de un chico vestido con el guardapolvo. Y en la oscuridad, bajo lo que quedaba del tablero, descubrió dos luces. Pero era imposible que los indicadores siguiesen funcionando, y no era eso por lo que los otros lo habían llamado. Las pequeñas luces se apagaban por unos segundos y volvían a encenderse a ritmo irregular. No titilaban, sino que mostraban el brillo de unas lágrimas.

     Ruiz sintió temblar sus muslos, y pensó que iría a desmayarse allí mismo como un estudiante de medicina en su primer día. Pero se agarró la cabeza y detuvo su vértigo, avanzó a gachas, gateando entre los hierros y los bultos de goma blanda y caliente como brea.

     -Dios mío-dijo, y de atrás le respondieron gritos de alegría.

     -Tengan listo el oxígeno-pidió alzando la voz lo más que pudo. Después tocó un brazo del chico. Sintió el temblor, pero no lloraba ni gemía. Su respiración era muy lenta. Le agarró la mano y le tomó el pulso.

     -Te vas a poner bien-susurró a lo que todavía era una sombra para él.-Te vamos a sacar. Pero no te duermas, escucháme y no te duermas.

     Siguió hablando mientras intentaba sacar al niño, que estaba recostado sobre los pedales. Ruiz necesitaba que retiraran un poco más el asiento del conductor. Un bombero entró con un soplete y cortó lo que quedaba del asiento. Después agarraron al chico de las piernas y lo deslizaron lentamente. Aunque tuviera fracturas, pensó Ruiz, no eran nada comparadas con la asfixia. No había suficiente espacio para levantarlo en brazos.

     -¡La mascarilla!-pidió, mientras apoyaba la cabeza del chico en su regazo. Luego lo alzó un poco más para abrazarlo contra su costado como a un bebé.

     El bombero salió y un enfermero le alcanzó la máscara de oxígeno. De afuera llegaban las voces de la gente, pero Ruiz sólo tenía oídos atentos al rumor del aire corriendo por el interior del tubo. Colocó la mascarilla sobre la cara del niño.

     Debía tener doce años, quizá. Era delgado y de ojos claros. El pelo estaba ennegrecido por el humo y la cara llena de grasa y hollín. Ruiz vio cómo los dedos temblaban mientras los músculos lentamente se iban recuperando, como animales que en algún momento hubiesen estado muertos. Como cadáveres que recuperaban el rosa pálido de la piel, como bocas que se llenaban de aire y exhalaban gemidos luego del silencio. El calor tras el frío.

      Los brazos dejaron de moverse, descansaban. Las piernas entonces se contrajeron en convulsiones suaves. Empezó a toser. Ruiz le sacó la mascarilla y le acomodó la cabeza de costado por si llegaba a vomitar, pero no lo hizo. Volvió a darle oxígeno y ajustó el elástico de la máscara detrás de la cabeza.

     -Voy a salir-avisó. Escuchó los movimientos de la gente que se apartaba para que ampliaran un poco más la abertura. El aire allí dentro se estaba volviendo irrespirable para él también. A los olores anteriores se sumaba el del metal recién fundido por el soplete.

     Al fin el aroma de la lluvia entró como un vaho fresco. La humedad del exterior no lo molestó luego de diez minutos en aquel encierro. Era aire libre, agua caída del cielo para apagar  las cenizas y ahuyentar el hedor en aquel cementerio de metal.

 

 

 

6    

 

Ibáñez vio arrancar la ambulancia que llevaba el cadáver del chofer del micro, con las luces bajas encendidas pero sin la sirena. No sabía él en qué estado lo habían encontrado, ni si la autopsia sería difícil o no. En ese momento sólo pensaba en sacudirse el barro del calzado para no ensuciar el auto, luego subió y prendió el motor. No hizo veinte metros cuando volvió a aparecer a su costado la cara de la misma mujer que había visto al llegar, con las manos y los dedos contra el vidrio, como esos muñecos con manos de ventosa. Pero su mueca no era divertida, ni siquiera grotesca, sólo atrozmente dolorida, como si hubiese avanzado un paso en su ánimo desde la última vez que la había visto. Ya no era horror, sino el dolor de las llagas que no pueden verse a simple vista. Y otra vez las manos del hombre la tomaron por los hombros y la arrancaron con un sonido parecido al de una estructura que se quiebra. No vidrio ni madera, sino metal cuyo estruendo fuese un equivalente exacto del accidente, como si ella estuviese recreando el desastre con sus gritos, una reminiscencia que iría a repetirse una y otra vez en el mismo sitio, hubiera lo que hubiese en ese lugar después de hoy. Porque los recuerdos, piensa Ibáñez, son frutos maduros del tiempo, frutos que se independizan de los días y no se pudren nunca, y en sí mismos llevan las semillas de su reproducción.

    Detuvo el auto lo suficiente para que la pareja de padres se alejara. Sintió que su corazón se había acelerado y bajó la ventanilla que la mujer había ensuciado. Respiró profundo y recordó a su hijo en brazos de su esposa, allá lejos en el hospital. Un niño nacía mientras otros veinte morían. ¿Era posible esa paradoja? El tiempo y el espacio no siempre corren juntos. Las vías y los muertos eran lo único que podía verse allí. Entonces, ¿podía existir al mismo tiempo un lugar donde la vida floreciera más intensamente que un rosal al comienzo de la primavera? A veces Mateo Ibáñez pensaba que la realidad era una ilusión de los sentidos, un escenario proyectado por la mente. Sólo los recuerdos de otros lugares y tiempos nos rescatan de la locura, de ese estado de pérdida y extravío que es la locura verdadera.

     Miró adelante. La ambulancia había doblado la esquina y desaparecía en la avenida. Arrancó y siguió el mismo camino. Los policías lo saludaron, y echó un último vistazo a la silueta del tren bajo la llovizna, al reflejo de las luces rojas de los autobombas sobre el metal, a las columnas de humo que se desprendían de los restos torcidos del micro. Prendió la radio. Sonaba un be-bop que le pareció blasfemo para ese  momento, cambió el dial y lo dejó en una emisoria de música clásica. Dos minutos después reconoció el primer movimiento de la séptima sinfonía de Beethoven. En poco tiempo más comenzaría el segundo, una marcha fúnebre que siempre lo había fascinado, un tempo con el cual Beethoven lo había conquistado desde que era un niño y escuchaba los registros de las nueve sinfonías por Toscanini en los discos 78 que tenía su padre.

     Alcanzó a la ambulancia y se mantuvo detrás. Era media tarde y las calles lentamente iban borrando los recuerdos de lo que había visto en las vías. Los chicos corrían por las veredas o iban de las manos de sus madres. El agua caía del cielo con menos dolor, y un reflejo estridente se colaba por las nubes para dar al asfalto un tono deslumbrante pero opaco. Charcos aquí y allá deleitaban a los niños que jugaban después de clase y antes de empezar sus tareas cuando anocheciera. Antes de la merienda con café con leche o un vaso de cocoa, con galletitas dulces y mermelada, mirando los dibujos animados en la televisión. Ibáñez sentía que estaba allí afuera, mirándose a sí mismo pasar por la calle tras una ambulancia que hoy cumplía el rol de coche fúnebre, en su Fiat rural perlado de gotas de lluvia, de donde brotaba una marcha triste, demasiado para que algunos lograran comprenderla. Un ritmo cuya melancolía parecía nacer de raíces arraigadas a través del pavimento en la vieja tierra que alguna vez había visto el cielo con ojos de barro. La antigua tierra que habían cubierto con ropa de brea o adoquines, haciéndola muda, sorda y ciega, pero aún con manos suficientes para desgarrar en ocasiones el manto y atrapar cuerpos con qué alimentarse.

     Esas calles eran caminos, transitaban la ciudad, y como tales eran etapas solamente, transiciones. Le era más fácil imaginar a su hijo, ahora que la séptima sinfonía había capitulado su tristeza y llegado al final con una típica apoteosis beethoveniana. Pero el rigor del destino que la música había insistido en proclamar se parecía demasiado al rigor mortis, imposible de revertir y únicamente reemplazado por la podredumbre, el reblandecimiento del cuerpo y la emisión de excrecencias: una apoteosis también, quizá, que la música intentaba convertir en otra cosa más bella para nuestra consuelo. Las artes son piadosas, los médicos somos carniceros, se dijo Ibáñez.

     Llegaron a la morgue y la ambulancia descendió la rampa de la entrada subterránea como hundiéndose en una tumba. Pero Ibáñez dio la vuelta a la esquina y estacionó en el lote para el personal. Tras la puerta de entrada lo esperaba un vigilante de seguridad.

     -Buenas tardes, doctor.

     Él saludó y siguió de largo hasta el vestuario. Mientras se vestía con la ropa para el quirófano, preguntó si había llegado su ayudante.

     -Hoy empieza una enfermera nueva, doctor-le dijo el encargado-. Una chica muy bonita -agregó con una sonrisa.

     Ibáñez no le respondió, no estaba de humor para hablar de mujeres después de lo que había visto. Atravesó la puerta que daba directamente al quirófano. El cadáver ya estaba tendido desnudo sobre la mesa de mármol. Dos hombres de limpieza estaban pasando un trapo al piso, y el olor a desinfectante fue casi un alivio luego del hedor en el lugar del accidente.

     -Buenos días, doctor-le dijo la enfermera.

     Era joven, de cabello castaño recogido bajo la cofia, pero dos mechones se escapaban en la nuca. Tenía ojos claros e inteligentes.

     -Buenos días, señorita. ¿Cómo se llama?

     -Soledad, doctor.

     Ella se dio vuelta. Ibáñez no había logrado ver si le sonreía, tenía puesto el barbijo.

Se volvió a acercar para colocarle los guantes, y él sintió el perfume de la piel mezclado con el aroma del barro y el cabello quemado que brotaba del cuerpo junto a ellos. Entonces miró el cadáver por primera vez con la atención que su trabajo le exigía. Un hombre de casi cincuenta años, obeso y alto. Calvo excepto por finos cabellos negros en los costados y la nuca. Tenía una barba de dos días y un bigote desprolijo, manchado de nicotina. De pecho ancho y abdomen pronunciado, boca arriba la grasa abdominal parecía disimularse. El brazo derecho estaba fracturado en varias partes, con los huesos expuestos. La pierna izquierda tenía una herida que circundaba el muslo y descendía hasta la parte posterior de la rodilla. La pierna derecha estaba fracturada y los fragmentos del hueso sobresalían por delante. El pie derecho estaba rotado hacia fuera en más de noventa grados. En la cara había varios cortes profundos, hematomas en la frente, y la oreja izquierda había sido arrancada. Ibáñez dio la vuelta a la mesa buscando el brazo izquierdo, pero sólo encontró un muñón donde el hueso se asomaba con un extremo astillado. Apoyó las manos en el pecho  Sintió que las costillas crepitaban como si flotaran sobre un colchón de aire.

    -Fracturas costales múltiples con neumotórax masivo-dijo, mientras la enfermera tomaba nota-. Vamos a abrir, pero antes haremos una punción para tomar muestras.

    Mateo hundió la aguja entre las costillas. La jeringa se llenó de sangre rápidamente.

     -Hemotórax con probable ruptura aórtica.

     Luego usó la sierra para cortar el esternón y separó las costillas. La sangre fluyó hasta detenerse un minuto después, corriendo por las ranuras de la mesa y desapareciendo en el orifico central que drenaba en un balde de metal.

     Amplió la incisión hasta el abdomen. La grasa dificultaba agarrar las vísceras.

     -No parece haber daños. Pero…-Ibáñez siguió explorando a ciegas con sus manos.-Hay desgarro severo de la vejiga y fractura de pelvis.

    Volvió al tórax y sacó el corazón. Lo observó unos minutos.

     -Formas normales, sin alteraciones congénitas evidentes. Lo dejaremos para anatomía patológica.

     Soledad asintió y puso el órgano en una bolsa.

     Ibáñez se puso a revisar las fracturas expuestas. El brazo amputado no le interesó, tenía un corte evidentemente realizado por alguno de los hierros del micro. El brazo derecho estaba quebrado en cuatro partes. Limpió la sangre y encontró un apósito protector color piel en el dorso de la mano. Lo retiró con cuidado porque era casi el único sitio que se conservaba casi completo. Vio un corte pequeño y dos signos de mordedura. Pero no eran las que dejan los incisivos de un perro, como pensó primero, sino dos frontales. Era típicamente una mordedura humana.

     -A lo mejor el hombre se peleó con alguien-dijo la enfermera.

     -Pero debió ser esa misma mañana, mire la mancha de yodo, y además no hay cicatriz ni se desarrolló la infección todavía.

     Pidió bisturí y abrió más la herida. El tercer hueso metacarpiano estaba fracturado a la mitad.

     -Anote, Soledad. Herida reciente en mano derecha por mordedura humana en dorso, con fractura única de tercer metacarpiano. Probable agresión de no más de tres horas de evolución.

     Ibáñez se quedó pensando antes de comenzar a suturar.

     -Esto debió hacerle difícil manejar-decía, mientras aceptaba el hilo y la pinza de manos de la enfermera-. Tener que maniobrar o hacer los cambios de la palanca al piso con la mano fracturada es a veces casi imposible.

     -¿Cree que el seguro cubrirá esta causa, doctor?

     -Si el motivo es lo que hizo el chofer antes de empezar a trabajar, no lo creo. Incluso si se peleó con alguien, a lo mejor estaba ebrio también. Hay que esperar los resultados de la alcoholemia y el peritaje de los mecánicos, si es que encuentran algo entre esos restos.

     -Dios mío, todos esos pobres chicos…-dijo la enfermera.

     Ibáñez la miró por un instante. Si sólo una cosa hubiese sido distinta esa mañana, todos esos chicos estarían en sus casas, y el cadáver que ahora estaba en sus manos tal vez habría comenzado a cebar un mate para su mujer en algún barrio del conurbano en esos momentos. Tan seguro se sentía Ibáñez de eso como de que en la clínica su esposa y su hijo dormían mientras aguardaban que los llevara a casa. Qué era realidad y qué parte de una ilusión creada por la mente de un dios de humor cambiante. Tal vez todo fuese el resultado de un dios esquizofrénico o psicópata. Cuál diagnóstico sería el más correcto para esa entidad que jugaba con el azar y el destino arrojando los dados sobre un tapete de piel humana, cuyo número podía cambiar el color de ese tapete a un rojo sangre. Sangre que necesitaba salir alguna vez para conocer la arquitectura del mundo y así formar su trama interna.

 

 

7    

 

El chico respiraba a ritmo regular, pero había que llevarlo al hospital lo más pronto posible. Miró hacia fuera y unos destellos lo enceguecieron por un instante. No era el sol, ni siquiera el reflejo entre las nubes después de la lluvia, suficiente para lastimar unos ojos acostumbrados a la claustrofóbica oscuridad del micro reducido a la forma de una araña muerta. Eran los flashes de las cámaras fotográficas y las luces de las cámaras de televisión que los buscaban como a dos ratones a punto de salir de su escondite.

     Levantó al chico entre los brazos igual que lo habría hecho con un muñeco de papel crepé que él hubiese construido o por los menos reparado, y que el más mínimo roce podría estropear. Algo que él había rescatado de un rincón parecido al círculo negro por donde dicen que entran los muertos, y que ahora lentamente, trabajosamente había vuelto a respirar con un sonido crepitante que no le gustaba, pero que sin embargo era un sonido humano, y eso era suficiente a esa altura de los hechos: un signo de vida, porque el resto es siempre un eterno silencio que moldea, lima y frota la superficie de las cosas para hacerlas entrar en el enorme espacio de la nada.

     Sólo de eso Ruiz ha tenido miedo siempre. No de las alturas o los abismos, del encierro o la amplitud desmesurada, sino miedo a imaginar la nada como un vacío que ha saltado sin darse cuenta, o rozado como quien pasa sobre el borde de un precipicio a alta velocidad. Un espacio hueco que estará siempre allí delante y ni siquiera se puede ver.

     Por eso levantó al chico como la única joya construida con huesos que había rescatado viva del accidente, pasó agachado por la abertura que habían ampliado y se arrodilló junto a la tabla para inmovilizar el cuerpo. Se aseguró que la mascarilla estuviese ajustada y el tubo de oxígeno indicara la presión correcta. Ruiz parecía encargarse de todo, de controlar los signos vitales, de colocar las tiras de velcro en las piernas y el tórax y el collar de goma. Pidió el estetoscopio y escuchó los latidos. Controló el pulso y la tensión arterial. Iba a decir que estaba listo para subir a la ambulancia cuando auscultó una arritmia. La presión disminuía y el corazón se aceleraba a ritmo irregular. Dos enfermeros lo miraban sin saber qué hacer.    

     -¡Se nos va!-lo oyeron decir.

     Ruiz dejó el estetoscopio y apoyó el oído sobre el pecho del chico. Luego puso las palmas sobre el esternón y empujó una y otra vez. A cuántos había recuperado de esa manera, no lo recordaba. Quizá a ninguno en toda su carrera. Métodos ortodoxos que eran eficaces en escasas ocasiones. Rudimentos de la medicina frente a la fuerza centrípeta de un tornado que conducía hacia las aguas del río Estigia. Aguas turbulentas y enturbiadas por el fango.

     Sintió a su alrededor las luces de los flashes como relámpagos en una noche que se avecinaba tormentosa y fría. Los murmullos de la gente eran iguales a pequeñas olas rompiendo en la playa alrededor de las vías. Una playa de barro donde un gran animal de hierro yacía detenido como un rey que había atropellado a sus súbditos sin malicia ni intención, y que esperaba dormido a que separaran los restos para continuar su camino.

     Mientras empujaba el pecho del chico para hacer que el pequeño corazón volviera a hablar, él sabía que cada segundo se estaba llevando un puñado de posibilidades, y que sus gestos iban en camino de convertirse en una caricatura de médico de hospital pobre.

     Se detuvo un instante para descansar y desentumecer las manos. No supo cuánto tiempo, sólo recordaría después que levantó la mirada a los que lo rodeaban y vio una docena de caras que lo miraban a los ojos. Las cámaras aprovecharon la ocasión y lanzaron su vaho luminoso. Hasta pudo apreciar el calor de las luces, ensuciando el aire ya hastiado de humedad y sudor. Pero las caras eran tantas, que no habría podido encontrar la de los padres del chico, si es que estaban allí. Porque habría querido deshacerse del niño de una vez por todas. Dejar la responsabilidad que él mismo se había impuesto. Entregar el cuerpo junto con la cruz. No sabía por qué pensaba en esto, no era un hombre religioso. Sólo asociaba a la cruz con su significado pre-cristiano: cruz y castigo.

     Cruces de caminos, exactamente como aquel paso a nivel. Como así lo ilustran los carteles viales amarillos, ahora sucios de mugre y olvido, a los costados de la calle.

 

 

8

    

Sé que hay alguien más a mi lado. No es un hombre, estoy seguro de eso. Es una cosa imprecisa sin cuerpo ni mente, sólo fuerza sin dientes pero que aprieta con tanto filo como si los tuviese. Está cerca, pero aún prefiero no mirar. Doy vuelta la cara hacia los recuerdos, y pienso en la última vez que hablé con don Oscar. Lo miré durante un largo rato. Contemplé el triángulo de su espalda, su nuca ancha girando nerviosa y sin compás, sin un ritmo que identificara sus pensamientos. Me habría gustado preguntarle qué había hecho yo de malo para que me tratara así un rato antes, si al fin de cuentas Pablo me había provocado. Sentí que era más que injusto. Siempre me inquietó la falta de lógica en los actos de los adultos, aquellos razonamientos que podrían hacer más fáciles sus vidas. Llegué a imaginar las peleas de mis padres como las voces de dos pequeños cánceres que estuviesen creciendo en sus cerebros, obstruyendo la coherencia y la armonía de los hechos. Mi abuela había muerto de un derrame cerebral, y aunque entonces no entendía qué significaba, lo imaginé como un accidente de tránsito donde un camión se salía de la ruta y volcaba su contenido en la banquina.

     Entonces, como un líquido que se vuelca, no pude contenerme, y pregunté con toda la bronca que durante aquella mañana había acumulado:

     -Don Oscar, ¿por qué me dijo eso?

     El hombre me miró por el espejo retrovisor. Acabábamos de detenernos frente a las barreras del paso a nivel. El timbre sonaba pero la luz no se encendía. Algunos peatones cruzaban mirando a ambos lados. Teníamos una corta fila de tres coches y un camión detrás.

    -¿De qué estás hablando, pibe?

    -¿Por qué me retó si yo no hice nada?

     Él hizo un gesto de cansancio y furia a la vez. Se dio vuelta y me dijo:

     -Vení acá.

     Había algo que no me gustaba en su cara y su voz. No fue un grito ni una amenaza directa, pero yo sentí que esta vez sería diferente al simple estallido de hacía un rato. Me levanté y quedé parado a su lado, casi rozando con mi brazo izquierdo su hombro derecho. Mantuve la mirada baja, haciendo círculos con mi dedo índice sobre la palanca de cambios.

     -No te hagás el boludo que de eso no tenés nada-me dijo don Oscar.-Los pibes calladitos como vos son los peores, provocan a los demás con solamente estar delante. Son lepra, si sabés lo que es eso. Ustedes tienen llagas que les crecen en los intestinos y cagan algo peor que la mierda.

     Sé que todos los chicos lo escucharon porque oí el silencio que se formó en el micro. Afuera el timbre seguía sonando, el rumor de los motores y el repiqueteo del tren que salía de la estación. Alcé la vista para verme en el espejo. Tenía las mejillas coloradas pero sin signos de lágrimas. De algún modo sabía que no iba a llorar. Algo era más fuerte que el dolor, una barrera más alta y ancha que las del paso a nivel me había protegido de don Oscar. Un represa de cemento y hierro que levantó mis puños y los llevó contra el cuello del chofer. Me arrojé a él con los ojos cerrados, pero sentí que sus manos fuertes me separaban con facilidad mientras yo manoteaba en la oscuridad. Sólo logre golpearme con el tablero y el volante, y una vez con el parabrisas sin dañarlo.

     -¡La puta que te parió!-gritó don Oscar mientras me separaba.

     Yo abrí los ojos justo a tiempo para ver al tren pasar, por eso no escuché sino el eco de la última palabra y sólo vi los gestos de los chicos que se levantaban de los asientos sin atrever a acercarse. Y por eso tampoco escuché el sonido del cachetazo de don Oscar en mi cara. No solamente la mejilla izquierda, sino toda mi cara quedó marcada por el golpe de su palma de piel endurecida. Una mano que había tocado válvulas y bujías, cambiado neumáticos y engrasado motores. Una mano que debió haber tocado mujeres con cierta suavidad alguna vez.

     Tampoco lloré. Vi cómo se levantaban las barreras, pero don Oscar no miraba adelante, sino afuera, como si temiera que lo hubiesen visto. Se veía nervioso, y volvió a mirarme.

     -¡Andá a sentarte!-dijo, levantando otra vez la mano derecha, y pensé que iba a intentarlo de nuevo, y que ahora su mano me lastimaría definitivamente. Y sin saber cómo ni haberlo pensado antes, detuve su mano con las mías y la mordí.

     Don Oscar lanzó un grito sin insultos, hizo una mueca más que desagradable en su cara sin afeitar. Se agarró la mano con la otra y la apretó contra el cuerpo. Escuché su lamento de dolor contenido, como si el orgullo le apretara también la garganta. Retrocedí unos pasos, pero sabía que mis compañeros no iban a hacerme nada. Los chicos miraban boquiabiertos desde sus lugares y un par de chicas lloraban.

     Mi pelo estaba mojado de transpiración. El guardapolvo se me había pegado como una camisa de fuerza. No me moví. Observé la cara de don Oscar, a la vez sorprendida y llena de dolor. Cuando se miró la mano, vi la sangre que le brotaba de una vena del dorso y me asusté. Di otro paso atrás hasta ubicarme a la altura del primer asiento. Don Oscar se levantó para buscar algo en la guantera. Revolvió entre un montón de objetos viejos, pero no encontró lo que buscaba.

     -¡La reputísima madre que te parió! ¡Voy a buscar una venda en el kiosco, y que nadie baje!

     El tren ya había pasado y las barreras se elevaron. La fila de autos había aumentado. Los conductores tocaban bocina, se asomaban y gritaban obscenidades al chofer. Él se limitó a mirarlos con furia y dirigirse directamente al kiosco de la esquina. Algunos autos nos pasaban por el costado, pero pronto la barrera volvió a bajar. Hacía calor, y la situación era más que complicada, yo era conciente de eso. Pero no sentía miedo más que de mi madre.

      Pablo se me acercó de atrás. Me golpeó la cabeza y retrocedió riendo con su risa tonta.

     -¡Qué boludo, qué boludo!-no dejaba de repetir señalándome con el dedo.

     Dios, pensé, era hora de demostrar lo que yo escondía. Era hora de apartar la vergüenza. Avanzar sin piedad sobre los otros. Tal vez no existan métodos intermedios, ni justicia ni caballerosidad. A los doce años estaba completamente seguro de que sólo hay dos bandos en el mundo: los que avasallan y los que se dejan avasallar.

     Se tiró entonces sobre mí, y otros dos chicos se animaron a seguirlo. Yo caí en el asiento del chofer, pero logré escabullirme de a poco bajo el peso de los tres, que no podían sujetarme bien porque la palanca de cambios y el volante los entorpecía. Me metí entre los pedales, les golpeé las piernas y me deslicé hacia un costado. Usé la palanca para agarrarme, y sentí que algo se rompía. El motor había estado en marcha todo ese tiempo, don Oscar había olvidado apagarlo después de lo que sucedido. El micro dio un traqueteo y el motor se apagó. Los chicos se detuvieron al ver a don Oscar regresar por la vereda amenazándolos con el puño sano. Ya estaban en sus asientos cuando él subió.

     -¡Sentáte!-dijo casi sin mirarme.

     Me fui a mi asiento y todos hicimos silencio. Afuera los bocinazos continuaban, algunos se habían detenido a mirar y se reían de nosotros. Yo estaba agitado y con miedo, porque mi pensamiento estaba más allá de las vías. Cuando llegara a casa, mamá estaría tan ardientemente hostil como la humedad de aquel mediodía. Imaginaba a don Oscar bajar del micro agarrándome de una oreja hasta la puerta de mi casa, y a mi madre echándome miradas silenciosas de reproche mientras escuchaba al chofer.

     Más allá del río de acero estaba el campo de batalla. Era un río que de alguna manera no valía la pena cruzar. Pero el tiempo es su propio enemigo, como un hombre que llevase en su mano izquierda un puñado de semillas y en la derecha una pistola .45.

     Don Oscar giró la llave de encendido. El motor funcionó perfectamente. Las barreras se estaban levantando otra vez, pero el micro no respondió a la primera marcha. Otra vez los bocinazos sonaron exigentes, y un par de personas se acercaron a preguntar si necesitábamos ayuda. Don Oscar negó con la cabeza, estaba demasiado ofuscado y confundido. Pasaron varios minutos, pero  finalmente el micro avanzó y ascendió la leve loma en las vías. Estábamos en medio de ellas cuando algo se atascó en la palanca de cambios. Don Oscar hizo intentos por mover la palanca mientras apretaba el embrague. El motor se apagó varias veces y logró encenderlo otras tantas. Cuando quiso volver a la primera marcha el micro no respondió. Don Oscar aceleró pero el motor pareció ahogarse definitivamente.

     Yo veía que la mano le dolía y el apósito comenzaba a mancharse de sangre. Se estaba poniendo nervioso y ahogaba el dolor mirando a los costados. Habíamos perdido mucho tiempo, y las barreras empezaron a bajar delante y detrás de nosotros. Los autos retrocedieron y los conductores bajaron. Varios vecinos corrieron para ayudarnos. Entre todos comenzaron a empujar mientras otros nos decían que bajáramos. Don Oscar miró a la derecha y se quedó absorto unos segundos. El tren que se dirigía a la estación se acercaba con demasiada rapidez.

     Mis compañeros gritaron y corrieron por el pasillo, unos pocos lloraron en sus asientos. Varios hombres subieron al micro y comenzaron a bajarnos a uno por uno, pero éramos veintisiete chicos para salir por la única puerta estrecha de adelante.

     El tren seguía avanzando, y comenzó a tocar con insistencia la estridente bocina. Avisando lo que no necesitaba anunciarse, y no sé por qué justo en ese momento me acordé de una historieta del oeste donde el tren atropellaba a una chica atada a las vías y el conductor gritaba: ¡Fíjese por donde va!.

     La gente trató de empujar el micro, pero la caja de direcciones se había trabado. Lo incuestionable era que el micro se había atascado igual que una ballena moribunda en una playa, dispuesta a dejarse morir. Los esfuerzos de varias criaturas parecidas a hormigas no podrían apartarlo, sólo otras máquinas como ella lo harían, y no había tiempo para eso.

     El tren estaba a menos de una cuadra.

     Me paré junto a don Oscar, que no se había separado del asiento, tratando de recuperar el control de su vehículo. No pensé entonces si era porque únicamente le importaba salvar al micro, o porque no quería entregarse a la verdad inevitable. Podría habernos ayudado a bajar, un chico más a salvo era mejor que nada. Pero a mí no me importaba todo eso. Me abrazó de la cintura y se puso a llorar. Me miró por un segundo y entonces me empujó hacia abajo para ocultarme entre sus piernas.

 

 

9

    

Eran las ocho de la noche. Había dejado de llover y las nubes se estaban retirando hacia el sur, impulsadas por un viento de cuya verdadera fuerza sólo se daba una pequeña muestra en las calles de la ciudad. Una brisa fresca que parecía un regalo y un consuelo que un Dios pobre o avaro entregaba a sus criaturas luego de un desastre.

     Ibáñez contempló el arco iris, por lo menos una parte entre dos altos edificios. Caminó una cuadra y llegó a la plaza. Allí pudo ver casi el arco completo. Llevaba el impermeable doblado colgando de su antebrazo derecho. Prendió un cigarrillo y miró a un par de perros jugando y bebiendo en los charcos de agua. Se acercaron para olfatearle el pantalón y movieron las colas, pero enseguida se fueron al oír el llamado de una vieja que traía una bolsa. Los perros saltaron a su alrededor y ella lentamente se sentó en un banco y sacó dos huesos de espinazo, todavía con carne cruda y roja. Se pusieron a comer uno cada uno, sentados a cada lado del banco.

     Mateo Ibáñez entonces pensó en los niños de las vías.

     Dios mío, se dijo, maldita la profesión que me hace pensar así. Tenía un hijo recién nacido esperándolo. Se restregó la cara tensa de cansancio. Volvió al auto y condujo hacia la clínica. Ya había oscurecido cuando llegó, y las luces de la entrada eran como un pequeño paraíso para dormir. Luces blancas pero tenues, propias de los hospicios y los hospitales psiquiátricos.

     Cuando entró, las recepcionistas lo saludaron con una sonrisa sin dejar de atender los teléfonos. Había dos o tres personas esperando su turno en la sala de espera. Tomó el ascensor al tercer piso. La puerta se estaba cerrando cuando el doctor Cisneros entró.

     -¿Qué tal Ibáñez?

     -Bien, Alberto. ¡Pero qué digo, Dios mío! Muy bien. Hoy mi mujer dio a luz un varón.

    -¡Pero muchas felicidades!-dijo estrechándole una mano fuertemente.

     Cisneros llevaba el guardapolvo con el logo de la clínica bordado en el bolsillo superior izquierdo. Estaba peinado a la gomina, un bronceado le resaltaba sus ojos celestes.

     -Estoy un poco distraído. Tuve trabajo toda la tarde y vengo a ver a mi familia. Hubo un accidente en un paso a nivel…

     -Sí, oí las noticias en la televisión del cuarto del chico que estuve atendiendo. El oncólogo me llamó hace dos horas. Es un caso terminal, Mateo. La última semana estuvo gritando como un perro apaleado, pero pude sedarlo un poco. El padre está histérico y la madre es una zombi. Pero por lo menos el chico ya no grita y se despierta para hablar con ellos de a ratos.

     El ascensor se detuvo y bajaron a la planta del tercer piso. Ibáñez recordaba a ese chico, la última vez que lo vio le impresionó su aspecto. Mateo sintió que algo de pronto se asentaba en sus espaldas, como una carga de bolsas con huesos, o el peso del hierro tan parecido a la incontenible marcha del recuerdo. Pero por qué en aquel lugar, se preguntó, donde su hijo recién nacido lo esperaba, por qué allí donde la vida brotaba de las habitaciones con llanto vital. Sin embargo, el llanto es llanto, y quién podría distinguir de lejos y a simple oídas si es de alegría o dolor. Miró a Cisneros, que continuaba hablando, pero escuchó únicamente las últimas palabras.

     -…Martín murió esta tarde a las tres. Si lo hubieras visto, flaco y amarillo.

     Ibáñez se despidió prometiendo mantenerse en contacto. Caminó por el pasillo hacia la habitación 21. Golpeó y abrió la puerta. El cuarto estaba iluminado por la lámpara de mano junto a la cabecera de la cama, donde su mujer dormía. El cuerpo daba sombra el bebé que reposaba a su lado. Después de cerrar la puerta para evitar la luz del pasillo, Mateo se acercó en silencio. Tocó la cabeza de su hijo.

     El niño dormía. Sus bracitos se movieron en el sueño que Ibáñez imaginó plácido y celestial.

Pero pueden los bebés soñar con otras cosas, se preguntó. Le habría gustado interrogar a su hijo Blas sobre el destino de las almas de los niños. Sin embargo, por ahora se trataba de una posibilidad tan remota como la de combatir la muerte.

 

 

10    

 

-Tres minutos y medio-dijo el enfermero.

     Ruiz dejó de mirar la cara de los curiosos que rodeaban el lugar como uno de los círculos del infierno. El chico llevaba muerto tres minutos y medio. Ya era tiempo de dejar transcurrir el tiempo, se dijo. De nada valía retener los segundos cuando todo acostumbra a fluir con más facilidad que el áspero pensamiento humano, que como un tosco papel matamoscas, intenta convertir el mundo en un museo de insectos, en una morgue donde reina el formol y el silencio es roto únicamente por el zumbido de las nuevas y jóvenes moscas.

     Sus manos se detuvieron sobre el pecho del chico. Los flashes continuaban estallando como relámpagos retrasados de una inmensa cámara en mal funcionamiento. Ruiz recordó las luces blancas del hospital donde trabajaba, y ahora le parecieron tan semejantes a las que se utilizan en los frigoríficos, que un temblor le recorrió la espalda. Cerró los ojos. Qué era la morgue del hospital, sino, más que una cámara de enfriamiento. Una habitación soberbiamente iluminada por focos que jamás molestarán a los muertos.

     Se puso a palpar el cuerpo como si no creyera que estuviera entero, preguntándose por qué el desastre había respetado ese cuerpo sólo para matarlo por asfixia poco después. Pero de pronto vio que algo salía por la comisura de los labios del chico, deslizándose por la barbilla. Vio la lenta caída de la saliva y se dijo que aún los muertos eliminan secreciones por un tiempo. Y sin embargo, al sujetar la cabeza del niño creyó percibir un leve aliento sobre el dorso de la mano. Le abrió los párpados, iluminó los ojos con la linterna y encontró el reflejo intacto. El pecho se movía ahora a ritmo regular y firme.

     Volvió a colocar la mascarilla y aplicó dilatadores en la vía endovenosa. La gente que se había alejado regresó, y un murmullo extraño comenzó a crecer alrededor de Ruiz y los demás. Él no miró, así que no supo si se trataba de aprobación, sorpresa o quizá desilusión. Había sido testigo muchas veces de que la muerte era un asesino por encargo que no cobraba nada. Una aliada que se llevaba los molestos fardos de los cuerpos enfermos. Pero más molesto aún es verlos regresar. Si se fueron llevándose todo recuerdo y todo amor, o todo recuerdo y todo odio, que al volver no esperen que el mundo sea el mismo. El vacío de su partida es como un globo roto, no puede rellenarse de aire, no puede repararse ni reconstruirse. Sólo arrojarse en un baldío junto a otros desechos que están esperando desde quién sabe cuánto tiempo.

     Ruiz se quedó quieto un instante, como si su sangre aguardase que la mente se adaptara a lo que estaba viendo. El niño se había recuperado y respiraba casi normalmente, frunciendo la cara y llorando, emitiendo gemidos inarticulados que pretendían formar palabras, tal vez su nombre.  

     Un instante después abrió los ojos por unos segundos. Eran marrones, y miraron a Ruiz sin miedo ni dolor o agradecimiento, simplemente como quien observa un instrumento que ha sido de gran utilidad.

     Pero Ruiz no llegó a pensar en esto. Sólo dijo:

     -Cerrá los ojos y respirá tranquilo. Ya estás bien, hijo, ya estás bien del todo.

     Le acarició suavemente la cabeza de pelo duro y chamuscado, levantando la vista al cielo de la tarde que comenzaba a caer, la noche que avanzaba desde el horizonte como cientos de pájaros oscuros sobre las vías.    

 

 

11     

 

Hay alguien aquí, conmigo. No es el hombre que me ha levantado y coloca una mascarilla de plástico en mi cara, y que me hace respirar mejor. Mis pulmones se están liberando del humo estancado, como si el aire nuevo fuese un torrente de agua arrastrando el polvo y las cenizas de una devastación.

     Hay alguien que respira conmigo, ayudándome a controlar el ritmo. Conozco mi propio cuerpo, intento decirle, pero él me aconseja en silencio y con una sonrisa que adivino a pesar de mis ojos cerrados. Es el tono de su voz sin sonido lo que me consuela y me perturba a la vez. Se parece a esos insistentes vendedores ambulantes que pasan casa por casa, y sus palabras son tan abrumadoras que convencen no por cansancio, sino por la lenta transformación que ha ocurrido en nosotros, nos convertimos en arcilla moldeada por sus manos. Sospechamos, allí en el fondo mismo de la situación, que hay un interés subrepticio en sus palabras, y nos arrepentimos de haberles abierto la puerta.

     No sé cómo se llama todavía. No quiere decirme su nombre.

     Es un chico de mi edad, o apenas más grande, tal vez. Tiene ese engreimiento típico que nos hace actuar como mayores, pero cuyas palabras y giros revelan la ficción. Yo también he inventado novias ante mis compañeros, he relatado aventuras y anécdotas que nunca me han pasado, y mejoré la realidad para satisfacción de mi ego maltrecho.

     Eso es lo que él hace, me envuelve con palabras de aliento que se convierten lentamente en un resquebrajado tono de amenaza. Hay grietas en la superficie de su tersa mansedumbre, agujeros por los que sale una oscuridad más profunda que la que ahora conozco, la de los ojos cerrados. La penumbra de él tiene olor a tierra podrida, a esos campos junto a las rutas donde la gente arroja a los perros atropellados.

     El aire nuevo me ha ayudado mucho. Siento que avanzo hacia atrás. Las olas me llevan hacia la playa nuevamente. Abro los ojos por un instante, y veo los haces de luz que penetran por aberturas hechas en el hierro del micro. Todo está negro y chamuscado, todo yace invertido, excepto nosotros. El hombre que me tiene abrazado en su falda y yo. Sus manos me sujetan para que no me caiga, sus ojos miran hacia la luz y gritan algo que no entiendo. Los oídos me arden y zumban. Entonces me levanta un poco, arrastrándome por el estrecho espacio entre hierros torcidos.

     Cierro los ojos otra vez porque la luz intensa me lastima. Sé que he sobrevivido a lo que fuese que hemos pasado. Recuerdo el tren viniendo hacia nosotros, la cara de espanto de don Oscar, el líquido del miedo endurecido como mercurio congelado, formando las esferas de sus ojos.

     Por eso sé de qué se trata el miedo. No el trivial temor frente a un examen desaprobado, ni siquiera la incertidumbre que sentí frente a la separación de mis padres. Sólo se le parece lejanamente aquella inquietud que tuve una vez al ver el cadáver de mi abuelo en su ataúd. Mamá me había alzado un poco para despedirme de él, y vi que algo se lo estaba llevando. Algo que lo arrastraba con quejidos por el piso sin que nadie más lo viese, y ese arrastrar era tan lento y tan insoportable que cerré los ojos, me tapé los oídos y me puse a gritar.

      Tengo los párpados abiertos, pero los demás no se dan cuenta. Veo, sin embargo, tras el velo de las lágrimas opacas de hollín y suciedad, la luz triste de este día nublado, y centelleos esporádicos como relámpagos. Oigo voces, un murmullo creciente que se apaga apenas siento el dolor fuerte en mi pecho.

     “Dios mío, se nos va”, me parece haber escuchado. Me están pinchando los brazos, y las venas me arden. 

     El mar comienza a calmarse, ya no hay olas que me empujen de regreso. Levanto la cabeza y veo las nubes sobre el agua. Llueve y yo floto a la deriva. Tengo miedo, no pánico. Únicamente ese miedo cosechador de angustia y desolación. Nado un poco como un perro, pero mis brazos y piernas se están cansando. No tengo dolor, sólo una sensación de extrema pesadumbre, de irremediable pena. Todo lo mío ha quedado en la playa, lo que me ha pertenecido y lo que ya nunca tendré. Hasta la memoria de mi padre y el recuerdo de mi madre cuando era  más joven y más buena, se esfuman. Los días en la playa y los paseos en auto, las calles de camino a la escuela, los juguetes rotos y las imágenes vistas en un cine una tarde de domingo. Todo se hunde tras las olas ya tan lejanas, como si la playa fuese una estación de peaje que hemos pasado tras pagar el precio.

      Entonces veo una balsa, de color amarillo, más adelante. Es un punto de color en la penumbra del mar. Veo que alguien levanta la mano y me saluda. No logro verlo del todo, pero pronto se acerca y estira los brazos para alcanzarme.

    -¡Agarráte!-me dice, y reconozco su voz.

     Es él quien me ha estado acompañando desde hace rato.

     Intento avanzar hacia la balsa y finalmente llego a agarrarme del borde, pero me resbalo y él me sujeta de la mano. Con dificultad logro subirme mientras él me levanta de la ropa. Qué extraño, pienso, no me había dado cuenta que aún llevaba el guardapolvo de la escuela, y las ropas mojadas eran más pesadas que mi propio cuerpo. Me dejé caer al piso de la balsa, respiré profundo varias veces y luego me senté. Miré al otro chico con atención por primera vez. Estaba vestido con una camisola de hospital. Era extremadamente flaco y tenía la cara demacrada con ojeras profundas, el cabello ralo y con mechones desparejos, como si se le hubiese caído durante los últimos tiempos. Sin embargo su mirada desmiente el aspecto.

     -Me llamo Martín-me dice con una sonrisa parecida a la de una hiena, pero inmediatamente después su boca se tuerce en una mueca que me recuerda a un perro herido.

    -Gracias por ayudarme.

    Pero él no me contesta, se limita a levantarse la camisola con la mano izquierda y meter la derecha debajo. Saca una escopeta corta. Al principio se me ocurre que es de juguete, pero enseguida me doy cuenta que es de esas que venden en las armerías para los niños.

     -Me la regaló mi papá. Vamos juntos a cazar una vez por año a los bosques.

     -¿Sabés usarla?

     Él se ríe y levanta el arma, la pone en posición y me observa a través de la mirilla. Yo no entiendo su juego. La presencia del chico me había tranquilizado, pero ahora vuelvo a tener miedo. Por reflejo, levanto los brazos y pongo las manos delante como si con eso pudiese detener una bala. El chico se ríe todavía más.

     -Necesito tu cuerpo-dice sin dejar de apuntar.

     No comprendo a qué se refiere.

     -Tenemos que volver a la playa-insisto yo.

     -¿Todavía no te diste cuenta?

     Mueve la cabeza, como resignado ya a no tratar de explicarme nada.

     -¿Dónde estamos?-pregunto.

     -No sé, pero no nos queda mucho tiempo. Mientras más nos alejamos de la playa nuestros cuerpos se pierden. Es decir, tu cuerpo se está perdiendo. El mío ya es carne de cementerio.

     Yo miro la nada líquida y gris a nuestro alrededor, un escalofrío me recorre la espalda.

     -¿No tenés miedo?-digo temblando.

     -Vos sos el único que tiene miedo. Como un conejo en la trampa.

     Entonces baja el percutor y yo grito de pánico.

     -¡No, por favor, por favor!

     No sé por qué lo hago. Si he visto la masa inmensa del tren abalanzarse sobre el micro, y ni siquiera grité, por qué ahora tengo tanto miedo. Me siento desnudo a pesar de estar vestido con ropas empapadas, solo y desamparado en un lugar del que no hay posible rescate, y mi alma está expuesta como un hueso roto a través de la piel.

     Entonces me doy cuenta de todo, como cuando se descorre un vidrio esmerilado y vemos el claro paisaje de una guerra nuclear.

     Me pregunto si las almas de los niños siempre carecen de guías como me está sucediendo ahora, si deambulan perdidas en balsas endebles sobre el mar, caminan sin agua en los desiertos o descalzos y desnudos en medio de la selva. Tal vez las almas tampoco son inmortales, quizá deban pelear para sobrevivir. Las almas de los niños a lo mejor también sangran y se ahogan.

     El chico baja el arma, y su mirada implica que desde el principio no ha tenido intención de usarla. Se me acerca casi arrastrándose en el pequeño espacio del que disponemos, y me agarra de los hombros. Yo intento acurrucarme contra un extremo, temblando. Él debe tener apenas un año más que yo, y está débil. Pero la amenaza de su postura y su sonrisa desarman mis defensas. Me empuja sobre el borde. Intento agarrarme de la balsa, trato incluso de empujarlo en sentido contrario, y logro detener sus movimientos por unos instantes. Está más débil aún de lo que parece, y necesito aprovechar eso para salvarme. Pero entonces él hace algo inesperado.

     -¡Por favor, necesito tu cuerpo!-me grita con una voz desesperada, la cara contrahecha de dolor. Igual que las caras y las voces de los chicos del micro.

     Ya no puedo pelear, entonces. Debo reconocer que me ha vencido.

     Y quién me espera en casa, me pregunto. Quizá el llanto de mi padre y el amargo remordimiento de mi madre.

     El mundo parecido a lo que siempre ha sido.

     -Ya es tiempo-reflexiono en voz baja.

     No sé si él me escucha, pero renueva de pronto su fuerza y me golpea en el pecho. Caigo al agua, y el guardapolvo y los zapatos de la escuela se convierten en un ancla. Mis ojos lentamente abandonan la línea del mar, mientras observan cómo la balsa se aleja hacia la playa.

     He despertado, por fin. Miro la cara del médico que me observa con ojos en lágrimas, y el hermoso reflejo del sol entre las nubes después de la tormenta, limpiando las sombras sucias del desastre. Sé que mi cuerpo, aunque golpeado, está sano. Y sé también, aunque insistan en darme otro nombre, que me llamo Martín.                                                     


Ilustración: Honoré Daumier

En la perpendicular


 

 

1

 

Ibáñez se sacó los anteojos de marco plateado y fino, redondos y algo pequeños para su cara ancha y sonrosada, de barba encanecida que una vez fue pelirroja. Se frotó primero la base de la nariz, recta, mediana, luego las orejas, donde las patillas de los lentes ajustaban demasiado, pero eran los únicos anteojos que podía usar todo el día sin que se le cayeran al inclinar la cabeza sobre el escritorio o la mesa de la morgue.

     Encendió un cigarrillo. La llama del fósforo iluminó los bigotes levemente teñidos de amarillo por el tabaco, y ensombreció su rostro con las formas confusas de los dedos. Sus amigos lo vieron parpadear, pero fue inevitable que el brillo de los ojos se delatara con la luz de la llama. Ni siquiera el punto rojo del cigarrillo bailoteando frente a su cara logró distraerlos de aquella amargura que Ibáñez estaba expresando sin querer.

     -Por ser tu cumpleaños, te vamos a dejar fumar tus Benson -dijo Walter, haciendo un guiño a los demás.

     Ellos lo cargaban por fumar esa marca desde que era joven. Cigarrillos para mujeres, le decían. Pero él no se enojaba y reía con ellos. Esta vez, sin embargo, fue una excusa para romper el silencio que se había formado luego de la cena donde los cuatro, hombres casi viejos y costumbres moderadas, no habían hecho más que comer y beber muy poco.

     La araña del comedor de Ibáñez no tenía más que dos bombillas funcionando, y desde la calle entraba el parpadeo de las luces de neón de los negocios de enfrente. La ventana daba a la Avenida La Plata sobre un segundo piso, y la lluvia de ese viernes de invierno hacía garabatos casi obscenos en el vidrio.

     Mateo se acercó a la ventana, que no había dejado de mirar desde que comenzaron a tomar el  café. Suspiró profundo y su aliento formó un halo opaco en el vidrio. Dibujó algo con el dedo índice de la mano izquierda, con la que sostenía el cigarrillo. Su amigo Alberto le tocó la espalda y murmuró algo que Ibáñez interpretó como un ofrecimiento de coñac, o un aperitivo, tal vez.

     -No tengo ganas de tomar nada, gracias.

     -Sinceramente, viejo, este es el cumpleaños más triste que he visto -dijo Ruiz. -Debimos contratar algunas chicas.

     Los otros sonrieron pero no dijeron nada. Sabían que eso era solamente una broma. Quizá recordaran todavía las fiestas en la facultad, las noches largas bajo los tubos fluorescentes en las aulas y las salas de la morgue convertidas en cenáculos de placeres privados y compartidos con amigos íntimos, nunca menos que íntimos. Porque sólo ellos podían comprender que alguien brindara por la vida mientras los cadáveres esperaban en las piletas de formol, escuchando con oídos sordos el sonido perfecto de una voz de mujer llamando, exigiendo el sentido de la vida en esos hombres que llevaban libros en lugar de cabezas sobre sus hombros. Hasta que ya no fue necesario anunciar el cese definitivo de aquellas fiestas, y los números de las agencias de acompañantes se perdieron para siempre.

     Ahora Ibáñez cumplía cincuenta y siete años, y los demás no estaban demasiado lejos de esa edad. Walter Márquez, el arquitecto, el doctor Bernardo Ruiz y Alberto Cisneros, el anestesista. Sólo tres amigos quedaban, y eran suficientes para escuchar y ver la tristeza en su semblante. Esa marca que resurgía de tanto en tanto en la cara redonda y siempre impecable de Ibáñez. Y no era porque nunca hubiese sufrido, sino porque esta vez, la bella mensajera de ojos transparentes, esa a quien llaman melancolía, y que poco se diferencia de su hermana, la angustia, estaba mirándolo desde el fondo de esa ventana, e incluso imaginó verla caminar por la vereda frente al edificio, bajo la lluvia y sin importarle el tráfico escaso de la una de la mañana.

     -¿Querés que te acompañe a visitar a Blas?

     Mateo miró a Ruiz por un momento. Se frotó los párpados y volvió a colocarse los anteojos. Dio la espalda a la ventana, tosió, no a causa del tabaco sino como un gesto de desaire. Se sentó en el sofá de pana que había sido de sus padres. Allí él reinaba como un viejo y sabio médico, una imagen que le agradaba proyectar, aunque sabía que estaba lejos de la realidad. El humo casi llenaba la habitación y apagó el cigarrillo en el cenicero del apoyabrazos. Bajó la tapa cubierta de la misma tela del sofá, ocultando varias cerillas y cigarrillos a medio terminar. Tenía por costumbre dejarlos por la mitad, como si se cansara de un sabor que en un tiempo había encontrado placentero.

     -Tenés que ir alguna vez, aunque él no te reconozca.

     -Ya lo sé, pero no quiero verlo así. No estoy preparado.

     Walter se levantó de la silla junto a la mesa que estaba llena de platos y cubiertos, servilletas arrugadas y vasos que brillaban con destellos opacos bajo la araña.

     -Sos un boludo, si me permitís que lo diga. Es tu hijo, después de todo, y cosas más difíciles hiciste por él.

    Mateo levantó la vista y dijo:

     -Si no tenés hijos, no entendés.

    Walter se alejó y volvió a sentarse. Esta vez fue él quien encendió un Jokey Club que no ofreció a nadie más. Alberto eructó, dejó el vaso de coñac en la mesa y se rascó la barba espesa y negra a pesar de los años.

     -Sos un hijo de puta-fue lo único que dijo, sin mirar a nadie en particular, solamente al cielo raso y a esa araña que luchaba con la noche para que ellos no se extraviaran en las sombras de sus propios cuerpos. Porque él, Mateo Ibáñez, sabía que los cuerpos son menos que el agua que fluye de una canilla. El agua recorre cañerías y vuelve al río y luego al mar, pero los cuerpos se hacen sombra, y en ella el viento se encarga de arrastrar los restos, como esos vientos de invierno que se escuchan durante la noche, en la seguridad de nuestra cama, protegidos por mantas junto a una estufa. Pero en la mañana, algo en el paisaje del mundo ha cambiado, algo ya no está que ayer estaba, y se siente un vacío tan cortante como el contacto de los dedos congelados con un metal en una mañana escarchada.

     Lo que creía seguro, había desaparecido irreversiblemente. Su hijo Blas estaba extraviado en los umbrales de la locura, en un hospital de alienados. Y él sabía que de esos lugares nunca se vuelve; aunque el cuerpo regrese, la mente es otra, y es tan fácil confundir la mente con el alma, como hacían lo antiguos médicos, que la diferencia entre ser y estar se convierte más que en un abismo, en una distancia sólo comparable a la vida eterna. Paralelas que jamás se juntarán, por más que se miren una a la otra con extrañeza y desesperación, como se observa una parte del cuerpo cortada para siempre. Mateo Ibañez sabía todo eso, así como tenía la certeza de que los cuerpos sólo persisten un tiempo en el formol, convertidos ya no en cadáveres, sino en preparados anatómicos para vivir breves vidas eternas, modelos en miniatura de lo que Dios siempre ha prometido a costos demasiado altos.

     Los cuatro estaban en mangas de camisa. Sólo el arquitecto conservaba puesta la corbata sobre la camisa azul oscura, la barba bien cortada porque se había afeitado antes de ir al departamento de Ibáñez. Ruiz estaba arremangado hasta los codos, la camisa abierta hasta la mitad del pecho; era delgado y de pelo castaño, ojos marrones en una cara redonda y pequeña como su estatura. Alberto tenía dos grandes manchas de sudor bajo las axilas de camisa blanca, salida de los pantalones sucios de ceniza y manchas de vino. Ibáñez se había sacado la corbata recién ahora, abriendo los tres primeros botones de la camisa de seda que Blas le había regalado el último cumpleaños. Pero no pensó en esto sino hasta este instante, entonces se dejó caer en el sofá y metió la cabeza entre las manos, mientras una mosca sobrevolaba los restos de comida sobre la mesa.

      -Desde hace muchos años que no piso esos hospitales. Me recuerdan a una mujer que conocí cuando era muy joven. Fue uno de los primeros casos que tuve, y me cuesta, no soporto en realidad, relacionar a Blas con el recuerdo que tengo de ella. La creía enterrada para siempre, y cada vez que paso frente a esos sitios me parece ver la entrada de un cementerio.

     -¿Qué caso fue ese?-preguntó Walter.

     -Tenía veinticinco años, ni siquiera los había conocido a ustedes todavía. Me llamaron un día de la morgue para hacer la autopsia de un chico de quince años. Yo era un aprendiz, no había hecho más que dos autopsias en los últimos seis meses. Me dijeron que era de rutina, porque la forma de muerte era evidente: le habían dado dos puñaladas en el pecho.

     Ibáñez se apoyó en el respaldo y aspiró profundo. Sus lágrimas, si eso llegaron a ser, habían desaparecido. Volvió a encender un cigarrillo y arrojó el paquete sobre la mesa. Se veía ya no triste, sino enojado. Sus ojos celestes brillaban como dos lagos en el tapiz sonrosado de su cara.

     Dijo que pensó, en aquel tiempo, mientras viajaba en el colectivo hacia la morgue, que debía tratarse de una pelea callejera. Pero cuando vio el informe, se quedó sorprendido. Era un chico normal de clase media, y había sido su madre quien lo había matado con un cuchillo de cocina, después de apuñalar también al padre.

     -Un cuchillo de los grandes, para cortar el asado. Fui hasta la mesa de disección y lo vi allí desnudo, flaco como todo adolescente de su contextura, con dos orificios largos y transversales en el pecho, uno debajo del otro, a no más de cinco centímetros de distancia. Los bordes estaban desparejos, con astillas del esternón sobresaliendo de la piel. El cuchillo había entrado entre las costillas, por eso la posición transversal. Dios mío, pensé en ese momento, porque entonces no tenía experiencia y no imaginaba lo que llegaría a ver más adelante, esa impronta característica de los humanos, esa marca invisible que nos hace capaces de todo, absolutamente.

     -Demasiado pesimista para mi gusto, Mateo, ya lo discutimos muchas veces -dijo Walter. -Yo creo en un único absoluto, Dios, todo lo demás es relativo.

     -Yo hago correspondencias con lo que observo, nada más.

     -Tu ciencia se jacta de no ver con turbiedades, pero tiene un ojo bloqueado por el escepticismo.

     -Lo mismo que vos sos escéptico para aceptar lo que te incomoda. Si hay alguien en este mundo que mata a su hijo o a sus padres, vos y yo también somos capaces. No me desligo de esa posibilidad, y trato de no olvidarla cuando pateo una mesa por bronca en lugar de agarrar un arma.

     -Pero seguí contando-dijo Ruiz- creo que alguna vez leí del caso.

     -Hice la autopsia, y fue como les conté. El arma entró entre los espacios intercostales directo al corazón. Fueron dos golpes limpios, y ya con el primero el chico había muerto. El resto fue papelerío de rutina. Estampé mi firma y sello en el informe y nos fuimos a almorzar con dos colegas mayores que yo.

      Pero esa tarde, dijo Ibáñez levantándose y caminando alrededor de la mesa, volvió a la morgue porque había una enfermera que le gustaba y había decidido invitarla a salir. Habló con ella un rato, la invitó a tomar un té a las cinco y media en Harrod’s, pero ella tenía que ir a trabajar a un neurosiquiátrico.

     -Decidí acompañarla. Había terminado mi trabajo del día y planeaba pasar la noche con ella.

     -Estabas más caliente que de costumbre -dijo Ruiz con una sonrisa tan suave que excluía toda obscenidad.

     Los demás rieron, pero callaron al ver que Mateo tenía una expresión de angustia mezclada con ira.

     -Yo era virgen en ese entonces-dijo Ibáñez, sin mirar a los ojos a sus amigos.-Era un joven remilgado tal vez, demasiado tímido también, pero ahora que lo pienso, desde esa época ya sabía que el sexo es tan fugaz como los momentos que tardamos en realizarlo. Y la desilusión es mayor al placer cuando en los ojos del otro no están los restos de piedad y de dolor que sospechamos en los nuestros.

     Cuando llegaron al hospital, había algunos periodistas de La Nación esperando en la puerta. Habían llevado allí a la madre del chico para hacerle los exámenes pedidos por la fiscalía. Pasamos entre ellos, y la enfermera,- cuyo nombre él ya no recordaba-, lo agarró del brazo y lo guió hasta el segundo piso. Lo presentó a sus compañeras y le dijo que la esperara en el comedor, que le avisaría cuando terminara su turno. Ibáñez miró la hora en su reloj de muñeca: eran las tres de la tarde. Caminó por el pasillo, espiando sin querer el interior de los cuartos. Las puertas estaban abiertas porque hacían la limpieza. Las enfermas lo miraban sentadas desde sus camas, con ojos vidriosos que resaltaban a la luz opaca y lánguida de la siesta. Las ventanas eran grandes, pero enrejadas y con cortinas gruesas y viejas, húmedas. De los techos colgaban cáscaras de pintura desprendida, con grandes manchas alrededor de las lámparas. Una o dos mujeres lo saludaron, y lo llamaron doctor, aunque no tenía el guardapolvo ni nada que lo identificara. Pero vio a su costado, en la pared izquierda, un cartel con los horarios de visita. Recién empezaba a las cinco, así que el único hombre de traje que pasaba por los pasillos tenía que ser un médico, pensarían ellas.

     -Esta idea quedó flotando por encima de mi cabeza, supongo. Como esas briznas de otoño que se enganchan en el pelo y uno no se da cuenta hasta que alguien nos avisa. Pero al llegar al final del pasillo, vi a dos mujeres policía junto a una puerta. En ese momento salieron dos médicos y un hombre con traje, tal vez un abogado. Fue suficiente escucharlos hablar un poco para saber que allí estaba la mujer que había matado a su hijo. Me paré cerca de la escalera, simulando buscar algo en los bolsillos, y miré de reojo hacia la habitación abierta. Allí estaba ella, sentada en la cama, con las persianas a medio cerrar y las manos sobre la falda. Tenía las piernas cruzadas, y me pareció que jugaba con sus dedos, o quizá tamborileaba con ellos sobre la pollera. No parecía ansiosa ni triste, tampoco lloraba ni hacía escenas. Poco más logré ver antes de que se cerrara la puerta. Entonces, cuando los otros dejaron el piso al tomar el ascensor, me di vuelta hacia una de las guardianas y dije: “Perdón por llegar  tarde, soy el doctor Ibáñez, forense”.

     Ellas lo miraron sin expresión casi, y enseguida abrieron la puerta. Ibáñez vio a la mujer observándolo mientras entraba, quizá algo sorprendida por un segundo. Separó los labios para decir algo, aunque desistió.

     Él se presentó sin extender la mano ni acercarse a menos de cinco metros de ella. Ahora que estaba allí dentro, se preguntó por primera vez por qué había actuado tan impulsivamente. Si era descubierto pasaría vergüenza, se enterarían en su trabajo e incluso quizá mereciera dos renglones en una columna del diario matutino. Pero no se detuvo a meditar sobre esto, no tenía tiempo. Más adelante se diría que el miedo y la curiosidad lo llevaron a ese cuarto, actuando juntos y coordinadamente, porque no es cierto que uno previene al otro, sino que la curiosidad es la bisagra del miedo, el resquicio entre la puerta y el marco para ver la verdad. Más adelante también sabría que otra cosa lo había arrastrado hasta ese lugar, como manos gruesas nacidas del pasillo y que se parecían lejanamente a las de la mujer. Sin embargo, cuando presentimos el arrepentimiento, incipiente e inevitable, cuando quisiéramos largarnos a llorar como niños en espera de que alguien venga a rescatarnos y decirnos que todo ha pasado, ya es demasiado tarde.

     -La miré a los ojos, y pensé que ya no podía echarme atrás como cuando era un chico y salía corriendo cuando algo me avergonzaba demasiado como para enfrentarlo. Ella se levantó y caminó hasta la ventana. Era una habitación pequeña, con una cama y dos sillas. El blanco de las sábanas era lo único que contrastaba con su ropa negra. Llevaba una blusa de hilo y una pollera de seda. Cuando levantó los brazos para separar las cortinas, su figura se marcó frente a la ventana. La blusa se pegó a sus senos y pezones, la pollera dejó ver las rodillas y marcó la forma de las nalgas. Debía tener más de cuarenta años, pensé en ese momento, después habría de decirme que recién los había cumplido ese año. Era madura, y hermosa todavía. Tenía las caderas algo anchas, pero sólo lo suficiente para dejar demostrado que el tiempo no sólo le había dado experiencia, sino belleza. Su cabello, negro y levemente ondulado en las puntas que rozaba sus hombros. Lo llevaba suelto, y se sacudió al darse vuelta otra vez.

     Siéntese, doctor, le había dicho ella. Él acercó una de las sillas y ella trajo la otra y la puso enfrente. Se sentó suave, casi sensualmente, cruzando las piernas. Ibáñez miró el muslo que se asomaba, y ella lo sorprendió en ese instante. Él desvió los ojos hacia la ventana y tosió. Parecía un joven inexperto que se presentaba por primera vez con una prostituta. Pero ella ignoró esto con sutileza, y preguntó el motivo de la visita. Su tono no era afectado y no aparentaba estar fingiendo. Tampoco tenía esa mirada ausente de los esquizofrénicos o los psicópatas, que a pesar de su rigurosa lógica, en algún momento suelen traicionarse a sí mismos.

     “Soy Mateo Ibáñez, señora, y acabo de hacer la autopsia de su hijo.”

     Ella movió los ojos en un arco que abarcaba el techo y las paredes, frunció los labios y suspiró, como quien se dispone a repetir por enésima vez el mismo argumento.

     “Ya les dije a todos que no era mi hijo.”

      -No había el más mínimo rasgo de tristeza, no hubo quebrantamiento en su voz ni en sus ojos, hasta creo que brillaron, quizá excitados por la situación en la que estaba involucrada. Nunca me negó el asesinato, únicamente las identidades, las que todos, inclusive yo hasta ese momento, creíamos conocer sin equivocarnos.

 

 

2

 

La primera vez que ellas se encontraron fue una ocasión confusa para ambas. Ana viajaba en taxi hacia su casa después del trabajo. Eran las nueve de la noche y se sentía cansada. La primavera estaba terminando, y el atardecer se había postergado hasta pasadas las ocho. A medida que el auto iba dejando atrás la zona céntrica de edificios altos, pudo reconocer en el cielo los colores del crepúsculo que siempre le gustaron tanto. El viento suave entrando por la ventanilla le dio escalofríos.

     Miguel ya debe haber vuelto de la casa del padre, pensó. Entonces, en el intervalo entre dos parpadeos, vio aquella figura en el asiento contiguo. Cuando volvió a mirar, había desaparecido. Se sintió mareada por algunos segundos, pero estaba segura que el cansancio de sus ojos había provocado esa imagen transitoria. Olvidó el asunto mientras veía pasar las casas, cada vez más ensombrecidas. Cuando llegó, las luces de mercurio eran las nuevas dueñas de las calles. Cenó sola, mirando el reloj de vez en cuando, extrañando la cara de Miguel, que aunque ya casi no le hablaba, era una compañía. Luego se cambió y comenzó a quitarse el maquillaje, y frente al espejo recordó de pronto algo muy preciso de esa figura que creía haber visto fugazmente en el taxi: se trataba de una mujer de una edad cercana a la suya.

     Con el segundo encuentro comenzó su temor. Esta vez vio todo tan claramente que no pudo dudar de ello, aunque fuese absurdo concederle un segundo de certeza. Había terminado de cenar con su hijo, que a diferencia de otras veces estuvo hablando todo el tiempo del padre, y ella ya estaba cansada de escucharlo. Se había arrepentido muchas veces de permitir que lo visitara después de la separación, y ahora había llegado a una etapa en que no se animaba a prohibírselo por miedo a ponerlo en su contra.

     Miguel encendió el televisor después de la cena,  las voces estridentes desde el aparato la asustaron. Fue en ese instante, tal vez más extenso que la vez anterior, cuando vio de nuevo a esa figura. Sin saber cuánto tiempo había pasado mirándola, gritó. Miguel se dio vuelta, y ella intentó ocultar la inquietud que le había producido esa imagen tan semejante a sí misma, no en la pantalla del aparato, sino junto a él, a su hijo. La vio parada mirándolos a ambos, con la misma forma de su cuerpo, pero con otra cara que más tarde no pudo recordar con precisión. Ni siquiera estaba segura de qué tipo de rasgos la formaban, sólo que era fea, aunque no supo explicarse por qué. Tuvo incluso la sensación de que su propia voz había sonado diferente al gritar. Se levantó y pasó junto a Miguel sin mirarlo, hacia su habitación, escuchando las voces y la música que habían vuelto a absorber la atención de su hijo.

      Durante dos semanas nada parecido volvió a pasar. Casi había olvidado aquellos episodios. Una mañana decidió arreglarse un poco más, quería verse distinta de algún modo, por más que fuese pueril intentarlo. Iba a cambiarse el color del pelo y el peinado. Sabía, sin embargo, que a su hijo no iba a agradarle. No recordaba desde cuándo el chico había comenzado a hablar y decir las mismas cosas que su padre.

     Al volver de la peluquería él no estaba, y fue a acostarse. Mientras se desvestía frente al espejo del baño, pensó en las posibles críticas de Miguel, en la manera brusca que tenía para decir las cosas más inocentes, y era casi como continuar viviendo con su marido. Ellos se parecían tanto, que casi no era posible diferenciar sus voces por teléfono. Los gestos y ademanes que alguna vez la hicieron enamorarse de su esposo y que había llegado a odiar años después, ahora estaban también en su hijo. Se le ocurrió que si Miguel no hubiese nacido, su cuerpo no habría sufrido ni se hubiese deformado de esa manera, porque desde el embarazo no había podido recuperar la estrechez de su cintura ni la forma original de sus senos. Había entregado su juventud por su hijo, el cuerpo y la belleza que sabía eran el único consuelo frente a la insatisfacción del amor. Había dado años y llanto por el padre, y lo único que recibía eran críticas y soledad.

 

 

3

 

-Ella dejó de hablar, bajó la mirada, se arregló la blusa y se arremangó. Parecía incómoda con su propio cuerpo. No se veía acalorada, pero su frente estaba sudando. Se levantó y abrió un poco la ventana tras la cual las rejas eran el solo signo que marcaba el sitio donde estábamos.

     Ibáñez miró el reloj. Había pasado casi una hora sin darse cuenta, debía irse pronto. Dio un vistazo a la puerta, como esperando que fuese a abrirse de un momento a otro.

     “Tengo que irme, señora.”

     “Llámeme Moira”, dijo ella.

      Mateo no comprendió. Estaba seguro de que le habían dicho que se llamaba Ana, y ella misma pronunció ese nombre en el relato. De pronto sintió más vergüenza que al entrar, tenía que salir de allí antes que alguien se diese cuenta. Se dijo que tenía derecho a hacer esa visita siendo el forense de la víctima, pero él sabía que eran excusas, no motivos justificados. La verdad a medias es únicamente mentira, se dijo. Caminó hacia la puerta y tocó el picaporte, pensando que no había hecho la pregunta que hasta allí lo había arrastrado, el por qué, la razón, la causa y objetivo de matar a alguien, si ese alguien además ha sido engendrado por uno mismo. Salió pensando en quién estaría esperando en el pasillo, olvidando ya de saludar a la mujer que dejaba atrás. Volvía a ser el doctor Ibáñez, alto y de pelo castaño rojizo, de barba recortada y traje gris. Sólo quedaba una oficial en la puerta. Saludó y bajó las escaleras. Olvidó a la enfermera que quizá lo esperaba, y se encontró en la calle con la claridad cegadora que sin embargo siempre ocultaba la verdad. Pensó en el relato de la mujer, en las alucinaciones que tal vez fuesen el principio de todo aquel drama. Nunca volvería allí, no era su trabajo, insistió en convencerse mientras caminaba hacia su casa.

 

   

 4

   

-Pero me imagino que volviste a verla al otro día -dijo Ruiz.

     -Sí, y me pasé toda la noche pensando en ella. No pude dejar de imaginarla desnuda, porque el negro de su ropa no hacía más que mostrarla tal como era. Me sentí un desgraciado por pensar así cuando era yo quien había puesto las manos en el cuerpo del hijo que ella había matado a sangre fría. Traté de dormir, pero me fue imposible. No tuve más remedio que desahogarme contra las sábanas. Recién a la madrugada concilié el sueño. A la tarde siguiente, fui hasta el hospital. Me presenté con los psiquiatras que la trataban y me recibieron con cordialidad. Iban a tenerla internada una semana para estudiarla. Después me dejaron solo y caminé por los pasillos, haciendo tiempo hasta las tres de la tarde.

     A esa hora el hospital parecía muerto. El sol entraba como un sedante por las ventanas cuadriculadas de hierro. Un sol cortado en dosis exactas para cada enferma, cada médico y enfermera o personal de aquel lugar. Una luz que adormecía las paredes y cerraba los ojos dibujados en los revoques rotos y en las manchas del techo. Las camas eran una extensión del cuerpo, y la mente se hundía en los colchones para formar parte de la languidez de la tarde, donde hasta las bocinas de la calle y los ruidos del patio se convertían en senderos de plumas para transportar la conciencia hacia abajo, lentamente, y perderse en el olvido.

     -Era como si la nada se hiciera cargo del hospital a esa hora, y en tal anonimato llegué a la puerta de la habitación. La oficial estaba dormida en la silla. Abrí la puerta y entré. La mujer estaba acostada, con la misma ropa, sobre la cama aún sin hacer entre las sombras del cuarto. Iba a irme cuando noté que tenía los ojos abiertos. Doctor Ibáñez, siéntese, me dijo, dando golpecitos sobre la cama con la mano.

     Mateo se acercó y miró la ventana.

     “No abra, por favor, me duele la cabeza”. Ella le agarró una mano y lo hizo sentarse a un lado en el colchón. No se levantó, sólo un poco la cabeza para colocar otra almohada. Ibáñez  se estremeció al sentir su contacto.

     “Lo picó la curiosidad, ¿no es cierto, o es sólo profesionalismo? Es raro que un carnicero como usted se interese en las cosas de la mente”.

     Ibáñez se dio cuenta que aquello era cierto. Esa mujer, con sólo verlo, lo había comprendido mejor que él a ella con todo su relato de una hora. Él era eso, un carnicero curioso y excitado por la carne que se ponía a su disposición: carne muerta. Pero mejor era la carne viva que allí estaba tendida, capaz de provocarle escalofríos con solo tocarlo.

 

  

5    

 

Entonces la extraña figura apareció otra vez, no en el espejo sino a su lado. Se estaba viendo a sí misma, con asombro y perplejidad, sonriendo de la manera reconocible en que siempre lo había hecho. Le era tangible la sensación de que no habitaba su cuerpo, y sus sentidos recibían estímulos externos. Era como si formara parte de otro cuerpo. Pero lo más inquietante fue descubrir, saber en realidad como se sabe lo que conocemos desde antes de la memoria, que en ese momento ella se llamaba Moira, que no tenía hijos ni estaba casada. Una mujer que se creía fea y sin atractivos, y que pocos años antes había engordado sin motivo. Ana estaba en un cuerpo habitado por una especie de sabor amargo y de repulsión eléctrica. Moira tenía los miembros tensos e inquietos, no dejaba de mover cosas de un lugar a otro de una casa que Ana no reconoció, pobre y de mal gusto, donde la luz de la calle entraba cargada de humedad y smog. La habitación estaba llena de objetos y adornos de toda clase, puestos uno junto al otro sin armonía de tamaños o colores. Había muebles toscos y sin lustre, cubiertos de polvo. Creyó ver una alfombra y una puerta abierta que conducía a un baño, entrevió una toalla de dibujos obscenos. Pero algo la atraía, sin embargo, la certeza de que esa casa solo podía pertenecer a Moira, donde nadie más que ella decidiría quién iba a entrar ni con qué objetos debía adornarla.

     Pero todo se detuvo de pronto. Ana estaba nuevamente en su departamento, y una calidez extrema vino de sus cosas familiares. Ya no pudo pensar si era locura o algo más parecido a la muerte. Sintiéndose agotada, fue a su habitación y cayó en la cama sin sentido.

 

 

6   

 

 La mujer tocó el muslo de Ibáñez. Ella tenía ahora los párpados cerrados, como las persianas de ese cuarto, capaces de ocultar la luz del sol y los secretos tras los ojos. Por eso su voz sonaba hueca a veces, sin expresión, casi como una cronista y no una protagonista de su relato. Pero la mano sí temblaba, o simulaba un temblor que a Ibáñez le pareció verdadero. La mano subió hasta su entrepierna y él sintió el comienzo de una erección. Se levantó enseguida y retrocedió hasta la puerta, mirando el picaporte sin llaves. No, se dijo él, no puedo hacerlo, no debo.

     Ella abrió los ojos.

     -Estoy sola hace mucho tiempo-y su voz sonó quebrada entre las sombras.

     Algunos rayos del sol entraban por las rendijas de la persiana y formaban pecas amarillas sobre la ropa y las sábanas. Parecía la placa negativa de la foto de un tigre.

     -No puedo, señora.

     -Ya te dije que me llames Moira.

     -Disculpe, pero creo que ya no debo volver. Espero lo mejor para usted. Buenas tardes.

     Cuando salió al pasillo, no había nadie, pero vio que una de las policías subía la escalera con una taza de café humeante.

     -¿Listo por hoy, doctor?-le preguntó.

    -Sí-se limitó a decir Ibáñez, que esperaba no se notara el sudor en su frente y el brillo de sus ojos frente a la luz intensa del pasillo.

     Bajó las escaleras y caminó a su casa. Había olvidado completamente que tenía compromisos para esa tarde, un consultorio que ya no deseaba atender y dos visitas en el hospital.

 

 

7    

 

Mateo fue hasta la cocina y trajo una botella de vino fino. La descorchó y sus amigos lo miraron en silencio. Walter seguía fumando, los otros dos fueron a buscar algo de comer.

     Ruiz regresó y palmeó la espalda de Ibáñez.

     -Esta noche es la noche de las equivocaciones, amigo mío. Confesaremos nuestros errores hasta la madrugada. Es la única forma de conocer la causa del fracaso.

     -Pero el error es origen de la verdad. Nos equivocamos porque sólo queremos ver claramente aún con los lentes sucios.

     -A veces no hay paños limpios a mano, y casi siempre tenemos las manos sucias-dijo Alberto.

     -¿Entonces qué hacer? ¿Caerse continuamente en la oscuridad, quizá matar al que tenemos al lado, porque no lo vimos?

     Mateo sirvió las copas y levantó la suya. Ofreció otro brindis por su cumpleaños:

     -Cada tantos años enterramos a alguien ¿no es cierto? En ocasiones a nuestro yo anterior, que no volverá aunque lo llamemos a gritos, e incluso desaparece del recuerdo como un hijo ingrato.

     Se sentó en el sofá y eructó.

     -Voy a seguir contando antes de que esté demasiado borracho para hablar con coherencia. La noche después de mi segunda visita intenté distraer el insomnio, que veía venirme encima como una manada de elefantes. Quería leer cualquier cosa que no fuese sobre medicina. Estaba harto de los hospitales, a pesar de estar recién recibido, y me sentía confundido por mi pretensión ya no de curar, sino de entender siquiera el objeto de mis estudios. Pero a las doce de la noche saqué de un estante casi por azar, si debo llamar de alguna forma a los movimientos más triviales, hasta esos que nos hacen elegir el bien o el mal, un libro del que ya no recuerdo el nombre. Me puse a hojear las páginas, leyendo el comienzo de cada una para ver si me interesaba. La luz de la mesita junto a la cama alumbraba y calentaba el dorso de mi mano derecha. El techo continuaba negro como la noche de afuera. Los motores de los autos en la calle se fueron pareciendo a rugidos de animales que pelean. Entonces leí por primera vez en mi vida sobre las sefirot, esas cábalas que definen el destino del hombre, pero que cada uno es libre de tomar o dejar. Sin embargo, ¿ es posible elegir si la misma posibilidad de elección ya es algo convenido?

     Eran las tres de la mañana. Mateo había cerrado el libro y apagado la luz. Esta vez durmió, pero en su sueño aparecieron Moira y Ana. Las dos le hablaban al mismo tiempo, las dos le acariciaban el pelo y le besaban el pecho. Una lengua era suave, la otra áspera. Una lo mordía y otra lamía el vello de su cuerpo. Ibáñez no se despertó hasta las diez, cuando los pliegues de la sábana le lastimaban la piel y la garganta seca le pedía algo de beber. Tomó un café e hizo unas llamadas para cancelar citas. Estaba enfermo, con gripe, dio como excusa. Y la verdad era que se sentía así, afiebrado, quizá obnubilado por un halo de incongruencias y ensoñaciones. Si así iban a ser todas las mujeres por las que sentiría atracción, no iría a vivir mucho tiempo, pensó, mientras miraba por la ventana con la taza de café en una mano y el plato en la otra, el tráfico de colectivos y coches, tan inocentes e inofensivos comparados con la humanidad.

     Dejó pasar la mañana sin vestirse. Contempló desde la cocina la parte de su dormitorio que se veía por la puerta entreabierta. Las sábanas colgaban de los bordes de la cama, allí donde había dormido un hombre solo, la almohada y la frazada apiladas sobre el colchón, medias sueltas y  un calzoncillo olvidado en el piso. Entonces Mateo se sintió más solo que en toda su vida, tanto como nunca lo había estado antes, porque carecía de amigos íntimos, porque no tenía mujer, porque ni siquiera un perro lo acompañaba, ni la radio sonaba con la música de Beethoven o el pronóstico del tiempo. Únicamente la claridad metálica de la mañana, el ruido acolchonado de los motores y el silencio abrumador de su tristeza. Y se preguntó por qué recién hoy se daba cuenta.

     Aunque fuese una asesina, ella era una mujer al fin de cuentas, diferente a las otras, quizá destinada a él por motivos que no estaban a su alcance. No era amor, se dijo, tal vez obsesión, o la excitación que dura unos pocos días y necesita, imperiosamente, ser satisfecha. Ningún ritual solitario ni reemplazar el objeto deseado por otro equivaldría a lo mismo, no hasta que ella estuviese contra su cuerpo y sintiera sobre su piel las formas de ella anunciadas bajo la ropa.

     Dios mío, se dijo Ibáñez en voz alta, con sorpresa y desamparo al mismo tiempo. Alegría y desesperación  en la misma frase que clamaba por quien él no confiaba del todo, porque no sabía decir si no estaría hablándole al vacío, tan parecido al que habitaba ese cuarto.

     A las dos de la tarde se vistió y fue al hospital. Encontró la misma calma que solía haber en las tardes, pero cuando subió las escaleras, cuatro médicos salían de la habitación de Ana. Dos eran conocidos que lo saludaron mientras continuaban hablando. Desde adentro se escucharon un par de gritos, luego las guardias salieron y se pararon a cada lado de la puerta.

     Ibáñez recorrió el pasillo hasta asegurarse que los demás habían bajado. Regresó y vio que no eran las mismas vigilantes de la vez anterior.

     -Soy el doctor Ibáñez, y trato a la señora-dijo él. No fue su intención dar una interpretación distinta a sus palabras, pero las policías debieron entender que se trataba de un psiquiatra y lo dejaron pasar.

     Ana estaba llorando con la cara contra la almohada, mientras su espalda se movía con gemidos. Le habían sacado la ropa y tenía un camisón blanco de hospital. Él se acercó y la tocó, ella se dio vuelta sin brusquedad.

     -No sabés lo que me hicieron, me pusieron aparatos en las muñecas y en la cabeza, sentí como electricidad recorriéndome el cuerpo. ¡Fue horrible!

     Ella se abrazó a la cintura de Ibáñez, la cabeza contra su pelvis, las manos enlazadas en la espalda. Lloraba, y sus lágrimas mojaban la camisa y el pantalón. Ibáñez trató se separarla, pero no pudo o no quiso, entonces empezó a acariciarle la cabeza. Parecía tan vulnerable como una niña a la que han castigado excesivamente por motivos triviales. Su pelo despedía un olor a desinfectantes, a algodones con agua oxigenada. Era bello estar así, pensó Mateo, solo con una mujer que lo necesitaba tanto como necesitaba el aire, sentada a sus pies y abrazándolo como a un dios, en una habitación en penumbras y lejos del mundo que presentía allá fuera como algo prescindible.

     Pero ella entonces colocó la boca sobre su entrepierna. Mateo no se sorprendió, el contacto de su cara ya había comenzado a excitarlo. Miró la puerta, se separó de Ana y trabó una silla contra el picaporte. Volvió con ella y la abrazó. Ambos se tendieron sobre la cama, él levantándole el camisón, ella abriendo los botones de la camisa. No se desnudaron del todo, sólo se habían sacado lo necesario para sentir que el cuerpo de uno era el cuerpo del otro.

     Ella gemía con un susurro en sus oídos. Le lamía y mordía los lóbulos de las orejas, apretaba las uñas sobre la espalda de Mateo. Él la besaba con desesperación, como si toda la experiencia humana se hubiese filtrado a través de la intrincada trama de su conciencia para ayudarlo a disfrutar de lo que no volvería a repetirse.

     “Moira”, murmuró él. Y ella rió al escuchar que pronunciaba su verdadero nombre por primera vez. “Moira”, repitió varias veces hasta que su jadeo llegó adonde el corazón humano es capaz de soportar, y luego fue calmando lentamente el ritmo de sus latidos. Volvió a decir su nombre mientras seguía respirando sobre ella y sintiendo la humedad de los cuerpos que los unía como si estuviesen bajo el agua.

     -Dijiste mi nombre siete veces-dijo ella.

     Ibáñez se apartó, de pronto, cuando pensó en el libro que había leído la noche anterior. Era esa la tercera vez que la visitaba, y había dicho ese nombre siete veces. Números en los que él nunca había creído y que ahora se presentaban como cábalas. La miró de costado. De algún modo ella había rejuvenecido, o por lo menos así le pareció.

     -Hacía tanto tiempo que estaba sola. Ana tenía todo lo que yo quería. Belleza, un esposo y un hijo. Un gusto exquisito en la elección de su ropa y cosas para la casa. Hubo veces que pensé que yo también merecía tenerlas, después me resigné a que sólo podría conseguirlas robándoselas. Pero la barrera que nos separaba era casi imposible de romper. Y la ira que nació al darme cuenta, fue el cuchillo que desgarró la tela y abrió el espacio que me hizo ver la vida de Ana como en un microscopio, al alcance de mis manos. Pero las cosas que yo tocaba se rompían, entonces me dije: si no puedo tenerlas, ella tampoco.

 

 

8    

 

Habían pasado dos meses desde el último encuentro, y Ana terminó por aceptar que todo había sido una crisis pasajera. Pero cuando esa visión volvió a sorprenderla una mañana al despertar en su cama, como si toda su vida pasada hubiese sido nada más que un sueño, no se sintió demasiado sorprendida. Ahora habitaba el cuerpo de Moira, y supo que era una mujer llena de recuerdos trágicos, de resentimientos que le provocaban dolores en la espalda y la sensación de haber dormido con las manos y las piernas atadas. Aunque no pudo comprender al principio la estética extraña de ese mundo, era indudable el sentimiento desbordante de furor en el cuerpo de Moira.

     La nueva experiencia la atrapó en la confitería en la que almorzaba. Había aprendido a estar más atenta durante aquellos estados, y se dio cuenta de que Moira también estaba asustada. Ambas se miraban una en el cuerpo de la otra, como si estuviesen sentadas en mesas contiguas del mismo comedor. Ana miró el espejo a tres metros de distancia, que aparentaba ampliar el local al doble. Allí estaba Moira, obesa en las caderas, de cabello pelirrojo teñido y desprolijo, con mechones que colgaban de la nuca y la frente con equívoca intención de elegancia. Se había maquillado de manera excesiva, con rouge intenso, carmín en las mejillas y azul en los párpados. La cara era obtusa y de expresión furibunda, grotesca cada vez que abría los labios para comer  una porción de tarta y beber un vaso de vino barato. Entonces Ana sintió en la boca el agrio sabor del vino viejo. Miró su propio plato y vio la tarta, luego levantó la vista otra vez al espejo. Moira la estaba observando. Los ojos fijos de cada una en el rostro de la otra. Ana movió los labios para hablar, y Moira hizo lo mismo, exactamente, y ya no tuvo dudas al respecto, aunque un vértigo la amenazara con hacerla desmayar allí mismo, en medio de gente que parecía existir más en los espejos que en la realidad. Los mozos pasaban sin percibir la incongruencia, la tez pálida en la cara rubicunda, las manos temblorosas cuyas pulseras bailaban y sonaban sin llamar la atención de los demás. Ella se estaba mirando a sí misma, no a Ana, sino a Moira, pero ella seguía pensando como Ana, mientras el sentimiento de furia comenzaba a invadirla como desde un piso embarrado. Era algo parecido a un intercambio de espacios raramente entrelazados, se dijo. Un lazo intemporal tal vez, porque cuando ambas miraron el reloj de la pared, notaron que el tiempo no transcurría. Fue por eso que nadie a su alrededor descubrió las muecas grotescas y dolorosas que Moira hizo con el rostro de Ana, burlándose de ella desde el fondo del salón. Allí estaba su propio cuerpo, junto a la puerta del toilette, en una posición de mal gusto que ella nunca hubiese adoptado. Era grotesco verse a sí misma actuando como una borracha en un salón elegante, expuesta a las miradas reprobatorias de los otros. Nunca nadie había hablado mal de ella, nadie se había avergonzado de estar a su lado, excepto su marido y su hijo. La angustia de Ana se perfiló en el rostro de Moira. Le habría gustado lastimarla ahora que estaba en su cuerpo, y sin embargo, a la vez se dio cuenta que el cuerpo de Moira era un refugio y un disfraz, como el que utiliza quien quiere escapar sin ser reconocido, o está dispuesto a cumplir sus deseos no confesados con el nombre y la cara de otro.

     Cuando todo terminó, su propio cuerpo estaba dolorido y cansado, y Ana se dio cuenta de la vulnerabilidad que había expuesto. La otra estaba al tanto de su vida y de su familia, pero ella no había podido descubrir más que un estado de inabordable soledad y desesperación permanente en el cuerpo de Moira. Intentó recordar dónde había visto esa cara antes. Quizá en las calles del barrio, o el supermercado, pero era imposible saberlo. Tantas personas con las que uno apenas cruza una mirada o un roce de la ropa, pueden convertirse en pesadillas.

     En los siguientes encuentros establecieron una especie de lucha en la que cada una intentó dañar el cuerpo de la otra. Ana se sentía agotada después, y más irritable que de costumbre. Un día al regresar del trabajo, encontró a Miguel y al padre conversando en la cocina. Intentó evitar la discusión habitual con su marido, pero le fue imposible pasar por alto su carácter pasivo y sin ambiciones. Él siempre había insistido en ser diferente a lo que Ana quería, la escuchaba pero nunca le había hecho caso cuando ella hablaba de buscar la extrema calidad de vida que pensaba debía obtenerse. La idea invariable de mediocridad era la definición de su marido, con una serena y hasta raramente feliz falta de ambición, pero mediocridad al fin.

     Esa noche pelearon porque no le había avisado de su visita. Miguel se encerró en su cuarto, enojado, y su esposo se fue. Ana estaba resentida hacia el chico porque él no era capaz de ver la diferencia entre ellos. Miguel se había transformado en un hombre casi tan lamentable como su padre.

     Los encuentros con Moira continuaron para convertirse en una costumbre. Moira le hablaba despectivamente, insinuando que su esposo y su hijo estaban conspirando en su contra. Ana intentaba no escucharla, pero ya había agotado los escasos recursos que conocía para hacerla callar. Moira se burlaba de su debilidad.

     “Tu marido va a llevarse a Miguel para siempre”, le decía, llamándola estúpida.

     Ahora los encuentros sucedían en cualquier momento y lugar, duraban tanto como un vértigo y regresaba de ellos mareada y confundida, insegura de su nombre. Escuchaba voces, a veces el sonido de una radio distorsionada que transmitía la música estridente que a Moira le gustaba. Entonces iba en busca de un espejo o una ventana para asegurarse dónde estaba, no el lugar de su cuerpo en el espacio, sino en cuál cuerpo. 

     Una semana después, regresaba a casa y se miró al espejo junto a la puerta mientras cerraba. Por un momento creyó ver a Moira . Enseguida escuchó las voces de Miguel y su padre, que había regresado otra vez sin pedirle permiso. Ellos reían y sus voces sonaban felices por encima del sonido de la televisión. Pero Ana sintió pánico porque esta vez Moira se había aferrado a su cuerpo con más fuerza que la habitual. Hizo esfuerzos por hablarle, pero Moira no le hizo caso. Fue hacia la cocina  mirando el reloj, que esta vez no se había detenido. De alguna forma Moira había hallado la perpendicular en la que sus caminos iban a confluir tarde o temprano, como en una esquina de una ciudad muerta. Tan cerca siempre, que no había sabido verla. Ella debía haber planeado todo aquello para que sus vidas fuesen iguales: para anular la diferencia era necesario quitar.

     Llegó a la cocina y le pidió a Miguel que saliera.

     -¿Me hacés el favor de ir a pagarle al taxista, querido?

      Cuando estuvo sola con el marido de Ana, abrió un cajón de la cocina y sacó un cuchillo. Él seguía mirando la televisión, dispuesto como era habitual a callar para no discutir. Moira se acercó por detrás y lo apuñaló en la espalda.

      Ana creyó por un momento dominar de vuelta su propio cuerpo. Al ver los ojos de Miguel mirándola con el arma en la mano, supo que se había equivocado.

     Después ya no le resultó extraño el deseo de matar también al chico al verlo acorralado, gritando:

     -¡No, mamá, por favor!

      Pero ella le exigió llamarla con el nombre que todos deberían utilizar desde entonces.

     -¡Me llamo Moira!- dijo, clavándole el cuchillo en el pecho dos veces.  -¡Mi nombre es Moira!

 

 

9

     

Al terminar de escucharla, Ibáñez se levantó de la cama y se abrochó el pantalón y la camisa. Sus manos temblaban y confundían los botones. Miraba a Moira como si de un momento a otro fuese a atacarlo, porque ella seguía acostada boca arriba, desnuda, moviendo los brazos en vaivén como si tuviese un puñal en cada mano, golpeándose los muslos. Pero no gritaba, sólo murmuraba su nombre continuamente.

     “Dios mío” pensó él, “¿qué hice?” Se miró las manos y se restregó la cara. Escupió para quitarse el sabor y la saliva de Moira. Era un engendro de hombre, se dijo, un monstruo más horrible que el que estaba sobre la cama, que al fin de cuentas seguía siendo tan hermoso como todo lo terrible y lo definitivo.

   

 

10

 

Ibáñez estaba rodeado por sus tres amigos. Él sentado en el centro del comedor, ellos parados a poca distancia. Habían dejado sus vasos en la mesa, y lo escuchaban uno con las manos en los bolsillos, otro con los brazos cruzados, el tercero jugando con su barba.

      -Tuve ganas de matarla. Me tiré sobre ella y puse las manos en su cuello. Pero entonces me miró de una forma distinta. Esta vez había tristeza, y entonces comprendí que quien me miraba no era Moira. Pero tampoco era una mirada inocente, ni siquiera dulce, sino llena de espanto por lo que había pasado, quizá por lo que había permitido que pasara. El rencor y la furia abren caminos y desgarran los velos de las sombras ignorantes. A veces los deseos que esconde la virtud en la noche son tan deformes como los que grita la maldad a pleno día.

     -Pero Mateo, no me vas a decir que creés en las cábalas, que Gebura y Tifferet estaban en esas mujeres- dijo Ruiz.

     Ibáñez levantó la vista hacia su amigo. Tenía lágrimas que no intentó ocultar, y una expresión de reproche que Ruiz no olvidaría.

     -¿No entendiste nada de lo que dije? ¿Ninguno entendió una mierda de lo que acabo de decir? ¿No se dan cuenta de que no eran la buena y la mala, sino una sola? Ambas eran Gebura.

      Ninguno de los tres había visto a Mateo Ibáñez hablar de esa forma. Lo conocían desde hacía más de veinte años como un escéptico. Ibáñez siempre había dudado de todo, incluso de la sospechosa simplicidad de los hechos.

     -Pero Mateo -dijo Walter, poniendo una mano en su hombro-Nnca nos dijiste que creías en estas cosas.

     -No creo. Soy médico, como lo era en esa época, y les conté lo que vi así como escribo mis informes desde que tengo memoria, con total sinceridad.

     Se restregó la cara y miró el reloj de pared. Eran las tres y media. El aroma del vino volaba encerrado en el comedor. Fue a abrir una ventana y el aire fresco de la noche movió las cortinas. Las cenizas volaron pero las colillas resistieron en los ceniceros.

     -Creo que ya es tiempo de irse a dormir. Si quieren pasar la noche acá, les traigo unas frazadas y puede tirarse en la alfombra del living.

     Ellos asintieron. Mañana sería feriado y podrían levantarse más tarde. Ibáñez fue hasta su dormitorio y revolvió en la parte superior del armario. No sé por qué les conté todo eso, no me entendieron, pensó.  Cómo iban a comprender la forma en que lo peor de cada uno brota como el maíz en pleno campo y bajo el más espléndido sol del año. Que el mal puede recogerse como la mejor y más abundante cosecha de la vida, tanto que nuestras manos no dan abasto y las parvas nos ocultan la vista mientras recorremos el sendero hacia los silos. Y las semillas quedan en las uñas, y sembramos muerte en cada surco arado, hasta que el campo que contemplamos orgullosos es un sembradío de frutos verdes y sin sabor, de hojas anchas pero duras como el cuero, y son plantas que nunca mueren.

     Miró el retrato de Blas sobre su mesa de luz. Una foto de cuando era pequeño y había salido indemne del transplante. Su sonrisa era la misma de cuando el chico se había recibido de médico, posando junto al padre en una fotografía de tres años atrás. Pero ésta la había roto, porque no quería recordar que su hijo había dejado morir a un paciente. Mateo Ibáñez, eminencia forense, no perdonaba la negligencia. El doctor Ibáñez tenía el suficiente orgullo para no tolerar en su familia a los locos y asesinos.

      Volvió al comedor y tiró al suelo las frazadas que había cargado como fardos, como parvas de maíz.

     -Aquí tienen, muchachos. Si quieren usar el baño, no me lo dejen sucio, por favor. Buenas noches.

     -Mateo-dijo Alberto- ¿Qué pasó con la mujer?

     -Me dijeron que se mató en el hospital diez años después. Trataron su esquizofrenia pero nunca mostró mejoría.  Algunos la escucharon simular voces cuando estaba sola. Bueno, ya estoy cansado de hablar de esto. Además, mañana tengo que levantarme temprano para ir a lo de Blas.

    Ellos se miraron extrañados.

    -Sé lo que dije antes, pero ya no puedo sostenerlo después de esta noche.

     Se fue a su cuarto, abrió las ventanas y apagó las luces. El olor a cigarrillo y a vino inundó la almohada y las sábanas. Sabía que no lograría dormir, pero ya no quería seguir viendo las caras de compasión de sus amigos. Ese era también su carácter, el aislamiento ante lo que sabía de antemano un fracaso.

     Un mosquito se posó en su mano derecha sobre la almohada. La mano que exploraba y leía en los cuerpos, así como sus ojos hoy leían en la noche del barrio y sus oídos adivinaban el origen de los ruidos de la calle.  Las mismas manos que encontraban la verdad en los cuerpos muertos habían perdido su belleza y todo derecho de expiación una tarde de muchos, demasiados años antes. Porque no hay redención para quien después de tocar el cadáver virgen de un muchacho, toca el cuerpo de las sombras sin nombre.            




Ilustración: Zwintscher, Oskar - Dead Man by the Sea

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  Viernes 2 de Octubre de 2026