domingo, 15 de marzo de 2026

Un vagabundo toca con sordina (Knut Hamsun)





Se presenta un buen año de frutos silvestres: acerolas, uvas y zarzamoras. No es

que podamos vivir de ellos, pero son un encanto en medio de la tupida vegetación y

una alegría para los ojos.

Y muchas veces se anima uno al encontrarlos, cuando tiene sed y hambre.

En eso pensaba ayer tarde.

Ya sé que los tardíos frutos del otoño no madurarán antes de dos o tres meses.

Pero el campo da otras alegrías que los frutos. En primavera y en verano, los frutos

no son aún más que flores. Pero hay campánulas azules y tréboles puntiagudos,

bosques frondosos donde el viento no penetra, olor de árboles, calma. Desciende del

cielo un murmullo como de río lejano. Es el sonido más prolongado que existe para

medir el tiempo y la eternidad. A veces canta un zorzal. ¡Cómo se eleva su voz, Dios

mío! Al llegar a lo alto del agudo, hace de pronto un quiebro en su melodía, tan claro

y tan puro, que parece tallado en diamante.

A lo largo de las playas también existe la vida: el guillemote brincotea, y el

ostrero y la golondrina de mar. La aguzanieves va de caza y busca su alimento: con

el pico puntiagudo, distinguida y oscilante, se mueve a sacudidas; después se posa en

una rama, y también canta. Cuando el sol se ponga, acaso el somormujo entone sus

melancólicos hurras desde un apartado lago de la montaña. Es el final. Ya no queda

más que el grillo. No tiene ningún interés: se oculta a la vista y no sirve para nada.

Diríase que hace rechinar la resina.

Pensando en todo esto, saco en consecuencia que el verano tiene tantos encantos

para el vagabundo, que no hay razón para esperar el otoño.

Pero se me ocurre pensar que me refiero a estas cosas apacibles con palabras

serenas… como si nunca tuviera que llegar a sucesos violentos y peligrosos. Es una

habilidad que me enseñó un hombre en el hemisferio austral: Rug, el mexicano.

Alrededor de su inmenso sombrero refulgían diminutas lentejuelas de cobre.

Nunca lo olvidaré Pero lo que mejor recuerdo es la calma con que contó su primer

asesinato. «Tenía yo una buena amiga, llamada María —contaba Rug con aire

resignado—, y hay que decir, para que se comprenda mejor lo sucedido, que ella no

había cumplido aún los dieciséis años ni yo los diecinueve. Sus manitas eran tan

pequeñas que, cuando me tendía la diestra para saludarme o agradecerme algo, temía

se quedara deshecha entre mis dedos. Así era ella. El amo la recogió una noche en el

campo y la llevó a su casa para que le hiciera un zurcido. No había manera de

impedírselo. Por otra parte, apenas pasaba día sin que él la fuera a buscar al campo

para que cosiera en su casa. Así pasaron varias semanas; luego, todo se acabó. Siete

meses después murió María y la enterraron, y sus manitas chiquitinas también fueron

enterradas. Fui a encontrar a su hermano Inez, y le dije: “Mañana por la mañana, a las

seis, el amo parte para la ciudad a caballo y va solo”. “Lo sé —me contestó—;

podrías prestarme el rifle para matarle mañana”. “Lo utilizaré yo”, contesté. La

conversación giró en torno a otras cosas: a la cosecha y un gran pozo que acabábamos

de abrir. Al salir, descolgué el rifle y me lo llevé. Apenas había llegado al bosque,

Inez, que venía siguiéndome, me gritó que le esperase. Tras un rato de porfía, Inez

me quitó el rifle y volvió a su casa. Al día siguiente, por la mañana temprano yo

estaba en la barrera para abrir al amo. Inez también estaba allí, oculto entre la maleza.

Entonces le dije: “Empieza por largarte de aquí; no vayamos dos contra uno”. “Lleva

pistolas al cinto. Y tú ¿qué llevas?”, preguntó Inez. “¡Oh, nada! —contesté—. Una

plomada, que no hace ruido”. Inez contempló la plomada, reflexionó un instante, y

moviendo la cabeza, regresó a su casa. Entonces llegó el amo a caballo. Era canoso y

estaba muy envejecido: sesenta años, por lo menos. “¡Abre la barrera!”, ordenó. Pero

yo no abrí la barrera. Quizá creyendo que me había vuelto loco de repente. Me

descargó un latigazo. Fingí no darme por enterado y le obligué a echar pie a tierra y a

que abriese él mismo la barrera. Entonces le di el primer golpe que le alcanzó cerca

del ojo y le abrió un boquete. “¡Oh!”, exclamó, y se desplomó boca arriba. Le

descargué otros golpes hasta que lo rematé. Llevaba mucho dinero encima; tomé una

pequeña parte para las necesidades personales de mi viaje, monté a caballo y partí.

Inez estaba en pie junto a la puerta de su casa, cuando llegué. “En tres días y medio

estás en la frontera”, me dijo».

Así me contó Rug aquel suceso y, mientras lo contaba, me miraba a los ojos con

toda tranquilidad. No son asesinatos lo que propongo relatar, sino alegrías, y penas, y

amor. Y el amor es tan violento y peligroso como la pasión homicida. Esta mañana, al

vestirme, pensaba: «Ya verdean todos los bosques. Ya la nieve se funde en las

montañas; los rebaños encerrados en los establos quieren salir y en las casas de los

hombres las ventanas se abren de par en par». Entreabro yo mi camisa y dejo que el

viento acaricie mi piel y siento que el influjo de las estrellas y una turbulencia

desenfrenada se adueñan de mi alma. Es un momento como yo he vivido otros hace

muchos años, cuando era joven y más fogoso que hoy. Acaso exista en el Este o en el

Oeste, he pensado hoy, un bosque en que un viejo pueda sentirse tan feliz como un

joven. Hacia allí voy.

Alternan lluvia, sol y viento; he caminado ya durante muchos días; hace aún

demasiado frío para acostarse al aire libre durante la noche; pero encuentro

fácilmente refugio en las granjas. Alguien se asombra de que yo camine y camine sin

objeto; debe de tomarme por un personaje disfrazado que pretende ser original, como

Wergeland. Ese tal ignora mis proyectos, mi deseo de llegar a ciertos lugares

conocidos donde hay personas que quiero volver a ver. Pero no le falta sentido

común, y moviendo la cabeza, le doy a entender que no está del todo equivocado.

¡Una de las tonterías más corrientes en los hombres es la satisfacción de que alguien

nos tome por más de lo que somos! Pero la mujer y la hija salen en mi defensa y lo

acorralan con su charla cordial y vulgar: «No ha pedido limosna y ha pagado su

comida». Entonces me acobardo y apelo a la astucia: no contesto y dejo que el

hombre descargue contra mí nuevas acusaciones a las que tampoco replico. Y los tres,

almas sencillas, triunfamos del sentido común del hombre, que se ve obligado a

confesar que bromeaba. ¡Ya sabíamos que bromeaba! Permanecí en la granja un día y

una noche, engrasé mis zapatos con desusado esmero y repasé mi traje.

Pero el hombre concibió de pronto nuevas sospechas: «Al despedirte, darás a mi

hija una buena propina», dijo. Fingí que aquello no era cosa de mi incumbencia, y

pregunté riendo: «¿Usted cree?».

«Sí —me contestó—, y así nos convenceremos de que eres un personaje».

¡Qué antipático me era! Pero me hice el sordo a sus burlas y le pedí trabajo. «Me

gusta mucho el lugar —le dije—, y ya que me necesita, puede emplearme en lo que

quiera en esta época de trabajos penosos». «Lo que yo quiero es verte lejos —me

contestó—. Eres un loco».

Sin duda me había tomado ojeriza, y en aquel momento ninguna de las mujeres de

la granja estaba presente para defenderme. Lo miré de pies a cabeza, sin comprender

su conducta. Su mirada era firme, y tuve de pronto la impresión de no haber visto

jamás unos ojos tan inteligentes. Pero exageró su malquerencia, superándose a sí

mismo. «¿Cómo diremos que te llamas?», me preguntó. «No tienes por qué hablar de

mí», le contesté. «¿Un Eiber Sunt ambulante?», agregó él. Le seguí el humor y

contesté. «Sí, eso es». Pero el hombre se moría por sonsacarme algo y la lengua se le

desataba por momentos. «¡Qué lástima me da la señora Sunt!», exclamó. «Te

equivocas. No tengo señora». Y, sin más, me alejé; pero él, con una acometividad

afectada, gritó a mis espaldas:

«Eres tú quien se equivoca. Quise decir la madre que te echó al mundo».

Abajo, en la carretera, me volví y vi que el hombre era alcanzado y reconducido

por su mujer y por su hija.

Y pensé para mis adentros:

«No, no siempre camina sobre rosas el vagabundo».

En la granja vecina me dijeron que aquel hombre era un antiguo sargento furriel

que estuvo recluido algún tiempo en un manicomio, a causa de un pleito perdido ante

el Tribunal Supremo. En aquella primavera, la enfermedad volvió a apoderarse de él

y acaso mi llegada fue el último empujón que le hizo caer por la borda. ¡Pero, Dios

mío, qué muestras de lucidez, precisamente cuando la locura se cebaba en él! Lo

recuerdo de vez en cuando como una lección; es difícil conocer a los hombres y saber

quién está loco y quién está cuerdo.

¡Dios nos libre de ser adivinos!

Aquel día pasé por delante de una casa, en cuyo umbral se sentaba un joven

tocando la armónica. Nada tenía de músico; pero debía de ser un temperamento

alegre, puesto que tocaba para sí. Le saludé en silencio, llevándome la mano al gorro,

para no distraerle, y me detuve lejos. Sin hacerme el menor caso, siguió tocando la

armónica, y, cuando la apartó de sus labios para descansar, aproveché la ocasión para

toser.

—¿Eres tú, Ingeborg? —preguntó.

Creí que hablaba a una mujer que estaría detrás de él en la casa, y no contesté.

—¿Qué haces ahí parada?

Pregunté desconcertado:

—¿Yo? ¿No me ves, pues?

No contestó.

Hizo algunos movimientos tanteando a su alrededor, y comprendí que era ciego.

—Sigue tranquilamente sentado. No te asustes por mí —le dije.

Y me senté a su lado.

Hablamos de muchas cosas. Tenía dieciocho años, estaba ciego desde los catorce,

era corpulento y fuerte, y sombreaba su rostro una barba incipiente. «A Dios gracias

—dijo—, tenía buena salud». «Pero ¿y la vista? —le pregunté—. ¿Se acordaba aún

del aspecto que tenía el mundo?». «¡Oh, por aquella época!». En resumen, estaba

satisfecho y alegre. Aquella misma primavera iría a casa de un profesor de Cristianía

para que le operasen; recobraría la vista; en todo caso, lo necesario para poder andar.

Esto sería fácil. Sus facultades eran muy limitadas; debía de consumir mucho

alimento, a juzgar por su gordura y su vigor bestial. Pero diríase que había en él algo

de malsano, algo de idiota; la resignación con su suerte parecía demasiado absurda.

«Tal plenitud de esperanza presupone cierta tontería —pensaba yo—. Hay que ser

algo imbécil para estar siempre satisfecho de la vida y esperar por añadidura algo

bueno y nuevo».


Pero yo estaba dispuesto a aprender un poco de todo en mis peregrinaciones: aun

aquel desgraciado, sentado ante el umbral, me iluminó respecto de una particularidad

al parecer insignificante.

¿Cómo pudo confundirme con Ingeborg, la mujer a quien llamó? Debí de llegar

muy silenciosamente, me había olvidado de conducirme como lo que era, y además

mis zapatos eran demasiado ligeros.

Estaba echado a perder por las prácticas delicadas a que me había entregado

durante tantos años; tenía que ejercitarme en los trabajos duros si quería volver a ser

un campesino.

Faltaban tres días para llegar a donde mi curiosidad se había propuesto: a

Oevreboe, a casa del capitán Falkenberg. Era el momento oportuno para pedir

trabajo: se trataba de una gran propiedad y en tiempo de primavera no faltaban

trabajos que realizar.

Seis años hacía que estuve allí, y varias semanas que me dejaba crecer la barba

para que nadie me reconociese.

Estábamos a mitad de semana y quería llegar el sábado por la noche.

Así me permitiría el capitán pasar provisionalmente el domingo y reflexionar

sobre mi petición: el lunes me diría sí o no.

Lo curioso era que no experimentaba impaciencia alguna ante lo que me

esperaba. No, ninguna inquietud.

Iba paseando muy despacio, de granja en granja, entre bosques y prados. Pensaba

en mi interior: «¡Y, sin embargo, en ese mismo Oevreboe viví en otro tiempo algunas

semanas ricas de emociones; allí llegué a estar enamorado de la señora, de la señora

Luisa!». ¡Sí, lo estuve! Sus cabellos eran rubios y sus ojos de un gris oscuro; parecía

una muchacha. Hace seis años de esto, ¡cuánto tiempo! ¿Habrá cambiado mucho? A

mí el tiempo me ha consumido, me ha vuelto tonto, indolente e indiferente: ahora

miro a una mujer como si fuese literatura. Es el fin. Bueno, ¿y qué? Todo ha de tener

su fin. Al principio de esta frase, experimentaba el sentimiento de haber perdido algo;

como si me hubiera pasado rozando un carterista.

Y me puse a examinar si podría soportarme a mí mismo después de esto, si

realmente podía sostenerme.

¡Oh, sí! Ya no era como antes. Todo había pasado sin ruido, tranquila, pero

seguramente. Todo ha de tener su fin.

En la vejez, no se vive la vida; sólo nos mantenemos de pie por los recuerdos.

Somos como cartas que se han expedido: no estamos ya en circulación, hemos

llegado al destinatario. Queda por saber si nuestro contenido ha desencadenado

tempestades de alegrías y de penas o si no hemos dejado impresión alguna. ¡Gracias a

la existencia que se vivió alegremente!

La mujer es tal como la han descrito todos los sabios: infinitamente mediocre en

sus facultades, pero rica en irresponsabilidad, en vanidad, en ligereza.

Tiene mucho del niño, excepto la inocencia.

Me detengo cerca del poste donde se bifurca el camino para subir a Oevreboe. No

me agita ninguna emoción.

La claridad del día se extiende por prados y por bosques, acá y allá, en los

campos, se ara la tierra y se rastrilla; todo se hace suavemente, casi sin moverse; es

cerca del mediodía, y el sol quema.

Voy más allá del poste, para ganar algo de tiempo antes de llegar a la granja.

Cerca de una hora me entretengo por el bosque y vago un poco entre los arbustos en

flor y aspiro el perfume de las tiernas hojas verdes. Bandadas de zorzales persiguen

por el cielo a una corneja y hacen un ruido del demonio; es como una cencerrada

de castañuelas que tocasen a destiempo. Me tiendo boca arriba, con el saco bajo la

cabeza y me duermo.

Al cabo de un rato, me despierto y me dirijo al labrador más próximo: deseo

informarme un poco de los Falkenberg, en Oevreboe; si viven aún, si todo marcha

bien en la hacienda. Me encuentro ante un hombre que me da respuestas

circunspectas.

Allí está, lleno de astucia, con los ojos pequeños, y dice: «Falta saber si el capitán

está en casa». «¿Suele ausentarse?». «No, debe de estar en casa». «¿Ha hecho ya las

labores de primavera?». El hombre sonríe. «¡Oh, no! No debe de haberlas hecho».

«¿Tiene bastante gente?». «Esto sí que no lo sé. ¡Oh! Sin duda. Y las labores están

hechas. Por lo menos, el estiércol está acarreado. Sí, ya lo creo».

Después el hombre arrea los caballos dando un chasquido con la lengua y

continúa arando y yo le sigo. No puede sacarse de él gran partido. Apenas se paran

los caballos para respirar, le arranco hábilmente nuevas contradicciones sobre la

gente de Oevreboe: el capitán pasaba casi todos los veranos en el campo de

instrucción, y la señora se quedaba sola. ¡Oh! Tenía siempre forasteros en casa, claro;

pero el capitán estaba ausente.

Sin duda, se encontraba mejor en casa, desde luego; pero tenía la obligación de ir

al campo de instrucción. No, no tenían hijos todavía, y no parecía que ella hubiera de

tenerlos. «Pero ¿qué digo? Aún puede tener muchos hijos, un montón, ya lo creo.

¡Arre, caballo!».

Labramos y respiramos de nuevo. No quería llegar a Oevreboe como un

aguafiestas, y pregunté al hombre si había aquel día reunión de forasteros en casa del

capitán. Creía que no. Sin embargo, podría suceder que hubiese reunión. Y música, y

pianos, e invitados; en aquella época, siempre los había; pero… Los Capitanes eran

gente «chic», no tenían dificultades, les sobraban recursos, con la riqueza y el

esplendor que había en su casa.

Aquel labrador era un suplicio. Quise entonces saber algo referente al otro

Falkenberg, mi antiguo compañero en la tala de árboles, aquel que afinaba los pianos

en un periquete. Lars Falkenberg. Los informes fueron en este caso más precisos.

¿Lars?

Sí, estaba allí.

Podía creer que conocía a Lars.

Había dejado de servir en Oevreboe, pero el capitán le había cedido un pedazo de

tierra labrantía que le producía lo bastante para vivir; se había casado con Emma, la

criada, y tenía dos hijos. Era gente activa y laboriosa, que mantenía ya dos vacas en

su pequeña propiedad.

Al llegar aquí, acabó el surco y el hombre hizo dar la vuelta a sus caballos.

Entonces me despedí, y me alejé. En el patio de Oevreboe reconocí todas las

dependencias; pero la pintura estaba muy gastada.

El asta de la bandera que ayudé a levantar seis años antes, aún estaba en su

puesto; pero observé que no tenía cuerda y que la bola de arriba se había

resquebrajado.

Había llegado al punto de destino. Eran las cuatro de la tarde del 26 de abril.

Los viejos conservan el recuerdo de las fechas.




Ilustración: Guy Pene du Bois

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