sábado, 8 de junio de 2024

La guerra: Los guerreros alados I






 Elegían noches sin luna, cuando ésta era apenas una línea o acaso una esfera no mayor a cualquier otra de las estrellas, incluso más pálida. O cuando las nubes cubrían todo el cielo, y las noches se parecían entonces a la ceguera. Noches tan oscuras como los ojos de la Hechicera, afirmaban las mujeres.

     Ellas sabían que esos ojos eran ciegos, totalmente blancos, carentes del punto negro y el círculo claro que se alternaban las luces y sombras. Pero la vieja hechicera lo había visto todo con los ojos de los otros. Había bebido la luz a través de los demás, se había alimentado con su sangre y fortalecido con la carne. Los huesos de los otros apuntalaban sus piernas frágiles. Los que alguna vez llegaron a verla, decían que sus piernas eran como dos ramas secas a punto de quebrarse, sujetas por dos serpientes enlazadas. Las manos, dos puñados descarnados de falanges rotas acariciando las escamas de las víboras.

     A ella esperaban. Las más jóvenes agazapadas tras los arbustos. Las mayores, sin temor pero extasiadas de respeto, se habían ubicado alrededor de una fogata.

     Las llamas crecían. Iluminaban el claro en medio del bosque. Detrás de las mujeres paradas, que se habían tomado de las manos, estaban las ancianas. Tenían las cabezas gachas y la vista fija en la tierra. Se balanceaban de adelante hacia atrás, con un murmullo sordo y parejo que nacía de sus labios cerrados.

     Las jóvenes temblaban ocultas por los arbustos. Tenían frío, pero sus madres les habían asegurado que al final de esa noche serían mujeres. Cuando la Hechicera apareciese, los ojos de la anciana se alimentarían de ellas, y la juventud se perdería en el aire, condensada en la brisa detenida entre las hojas más altas de los árboles. Entonces ellas gritarían, para convertirse en mujeres sin edad. Elegidas. Experimentadas. Con el conocimiento del mundo en sus vientres.

     Tres ancianas alimentaban el fuego, pasándose una a otra ramas y especias. Los aromas invadían el bosque, imprecisos primero, incontables luego de la medianoche. El olor de la sangre se impregnó en las narices de las jóvenes. Después, el olor de la leche quemada lo reemplazó, hasta fundirse con la humedad de la tierra y de los troncos caídos.

     Las mujeres llevaban objetos al fuego, cosas que habían pertenecido a sus ancestros, y que ellas habían conservado toda su vida. Quizá fragmentos de algo más grande, arrancados antes de su final destrucción. Las mujeres los llevaban envueltos en telas limpias, ocultos bajos las faldas, luego de haberlos rescatado del abandono en un agujero de sus chozas. Los hombres se habían quedado mirándolas mientras ellas se alejaban en el crepúsculo hacia la reunión que todos sabían iba a realizarse esa noche.

     -Quédate y duerme. Ni siquiera sueñes-les ordenaron a sus hombres y a sus hijos.

     Ellos sintieron un escalofrío recorrerles el cuerpo, pero callaron y se encerraron en sus casas.

     Todas, ni una sola mujer que hubiese pasado la edad fértil, se negó a entregar sus pertenencias. Las tres viejas iban desde la fogata hasta el sitio donde se habían reunido las demás para dar sus ofrendas. Era una larga fila que no terminaba ni siquiera más allá de la oscuridad entre los troncos. Se ayudaron con antorchas para no perderse en los caminos que conducían al bosque, pero sabían que tendrían que apagarlas al llegar. Sólo las manos eran necesarias para encontrarse, palpar los rostros, los brazos que traían los regalos. Las viejas regresaban a la fogata, y la luz estallaba por algunos instantes con el nuevo alimento que arrojaban, pero ellas bajaban la vista al suelo.

     Un fuerte olor a leños se mezcló en el aroma del fango con heces. El olor de la tierra brotaba del fuego, de la madera que se había alimentado de esa tierra, y se deshacía en sus sustancias originales.

     Las jóvenes se asomaron desde atrás de las ramas, escondiendo su desnudez. Vieron cintas de cuero que caían como pequeños pájaros muertos. Muñecos con forma de hombres, cubiertos de polvo blanco. Ramas con hojas secas, teñidas de rojo. Algunas bolsas se abrían antes de caer al fuego, y los restos de niños no nacidos se esparcían entre la brazas. Úteros enteros eran arrojados al fuego, ofrecidos igual que corazones abiertos sobre las palmas de las viejas.

     Las que rezaban, elevaron su voz al crecer las llamas. Un casi imperceptible temblor se fue desplazando a través de las manos enlazadas. Las viejas también se estremecieron, y el suelo repercutió con el golpeteo de los pies descalzos.

     -Los fragmentos de la vida…-decían, pero la voz se perdía en el crepitar del fuego. Las llamas eran altas, las sombras de los árboles bailaban y amenazaban caer sobre ellas. Un viento frío comenzó a correr entre las ramas superiores, y el baile de los árboles y el fuego se animó frente a la estática mirada de las viejas.

     Las encargadas de las ofrendas iban y volvían con los brazos llenos de indefinidos elementos. Cosas que a veces daban la impresión de moverse solas entre sus manos, pero ninguno tenía un color preciso o un olor en especial. Estaban secas, como si la oscuridad les hubiese robado sus características antes de devolverlas al fuego. Y al quemarse, los objetos lloraban con el aroma que despedían, lágrimas con olores, igual que las mujeres ahora lloraban al entregarlas. El fuego parecía quemar sus caras, pero sólo las alumbraba con una nitidez implacable.

     La humedad de la noche había desaparecido. El calor de la hoguera cubrió todo con una seca y polvorienta capa de tierra resquebrajada. El barro se había secado, el sudor esfumado de las pieles de las jóvenes. Sus cuerpos desnudos eran parecidos a hojas de acacias en un mediodía de invierno. Opacas, porosas y sin edad. Ellas se sentían envejecer, pero no lloraban. Acurrucadas siempre, unas contra otras, detrás de los arbustos rastreros. Aguardando.

     Entonces sintieron que algo les manchaba el sexo. Luego llegó el viento. Tocaron la tierra donde estaban sentadas. Pasaron las manos por las sombras en las que habían intentado protegerse, y acercaron los dedos a sus narices. Olieron y gritaron. Habrían querido huir, pero la desnudez las retenía.

     -¡Sangre!-gritaban. Se abrazaron. Algunas llamaron a sus madres. Sus llantos se elevaron por encima del crepitar del fuego.

     El rezo de las viejas continuaba, indiferente. Las jóvenes se levantaron de la  tierra cubierta de pequeños charcos de sangre y orina. Sus cuerpos no les respondían. Sus cuerpos eran otros.

     Una de las ancianas del círculo giró la cabeza hacia su compañera. La otra asintió, y se separó de las demás. Las que quedaban cerraron la brecha abierta. La mensajera llevó una fuente hacia la fogata, y esperó que se calentase. Tranquila, sin mostrar impaciencia por los gritos, esperó. Tocó la madera, y conforme con la temperatura que había alcanzado, caminó de regreso al círculo, ofreciendo la fuente a  las mujeres adultas.

      A su turno, cada una bajó  la cabeza por un instante, y la fuente se fue llenando de saliva. Al cerrar la ronda, la mensajera escupió a su vez, y se dirigió hacia las jóvenes.

     Ellas la vieron acercarse, sin dejar de llorar  sus miradas cambiaron a una mueca de alivio. La mujer extendió una mano, y todas se apartaron, pero la vieja no iba a tocarlas. Se arrodilló en el barro con sangre que despedía olor a orina de vírgenes, y apoyó las palmas. Luego levantó dos puñados de barro, y dejó que resbalara de sus dedos hasta caer en la fuente.

     Cuando terminó de  llenarla, mezcló el contenido con su mano derecha, mientras con la otra se apoyaba en el suelo. Su cuerpo se movía con un leve balanceo, los ojos cerrados, como si cumpliese una rutinaria tarea. Pero bajo las gastadas ropas se veía el  movimiento pausado de los brazos, y una sombra de vello claro le daba matices casi blancos a su cuello y su cara. Los ojos brillaron cuando abrió los párpados.

     -Tranquilas, hijas, ya han hecho su labor-les dijo en voz muy baja, no le estaba  permitido consolarlas.

     Las jóvenes más cerca de ella  comprendieron, pero las otras seguían temblando ante el canto de las viejas.

     -Los fragmentos de la vida se ofrecen…-repetían éstas, sin terminar, no interrumpidas, sino creando la expectativa necesaria. Parecían obedecer órdenes de un plan recién creado  y no los procesos de un rito más antiguo de lo que podían, quizá, recordar.

     Un viento helado descendió desde las ramas altas hasta el fuego. El rubor de las jóvenes sufrió un alivio momentáneo, semejante a la palma fría de un hombre posada en sus mejillas. El viento se convirtió en gotas de rocío que caía de las hojas y de las piedras, deslizándose también  por las espaldas de las ancianas, que no dejaban de moverse en círculo. Habían aumentado el volumen de sus voces.

     -Los fragmentos de la vida se ofrecen a la tierra. La tierra los devuelve…

     De pronto, agacharon sus cabezas, sin separarse ni detenerse. Giraban más rápido. La altura de las llamas las sobrepasaba. Las tres cargadoras se habían detenido, con algunas ofrendas en sus manos. Las jóvenes callaron su murmullo, se tomaron de las manos y miraron la fogata.

     La mensajera se levantó lentamente con la fuente. Se veía el esfuerzo que hacía para cargar la vasija sobre sus hombros, pero nadie habría de ayudarla, ni ella lo esperaba. Era su tarea, y la había cumplido durante más de la mitad de su larga vida. Se puso de pie, derecha, suspirando. Luego, regresó hacia el interior del círculo. La brecha se abrió de nuevo sólo para ella. Las cargadoras se apartaron  a un lado, y se sentaron a esperar.

     -Los fragmentos de la vida…-decía el rezo, creciendo siempre-…se ofrecen a la tierra. La tierra los devuelve con la forma…- se interrumpían para comenzar una vez más. A veces, sus voces destempladas perdían sincronía, y cada una comenzaba con cualquier palabra de la oración, dando nuevos matices al cántico.

     La mensajera se acercó al fuego. Las llamas casi la rozaban. Levantó la mirada, dejando que el calor le entibiase la cara y la tiñera de rubor. Se complacía con aquel contacto, como si el sol estuviese frente a ella, dorando su piel. Después, levantó la fuente más arriba que la altura de su cabeza, y dejó caer el contenido en la hoguera.

     Los rasgueos de las brazas que se entrechocaban, de los maderos quebrados, precedió al humo que comenzó a brotar poco después. Primero sólo aquel sector de la hoguera brilló con más colores que los simples rojos y amarillos. Un morado, como el de los árboles enfermos o el de la piel de los muertos, empezó a dispersarse hasta abarcar todas las llamas. La fogata parecía una enorme flor de pétalos violetas. Una flor con muchos brazos que reptaban, algunos a ras del suelo, otros elevándose hacia los árboles.

     -La tierra devuelve la vida con vida, en nuevas formas. Las formas buscan nuevos cuerpos…

     El olor era intenso. Las jóvenes se tapaban la nariz y la boca con las manos, pero aún así era imposible evitarlo. El olor ahora formaba parte de sus memorias, y brotó  todavía más fuerte, como cadáveres cuya podredumbre se liberaba con el fuego.

     Las jóvenes lloraban otra vez, asustadas del humo que las rodeaba. Se apretujaron una contra otra, frotándose las caras, pero no hallaban un solo sitio de su piel en que aquel aroma no se hubiese impregnado. Y la forma del olor se hizo la forma del humo, y la forma del humo era la de una nube que se esparció por el bosque. Adhiriéndose a la superficie de las cosas, penetrando en ellas hasta ser las cosas humo y aroma. 

     Hojas con el olor de la muerte. Troncos inertes. Tierra  con músculos fláccidos. Piel de contextura rígida.

     Ser todos los seres del bosque.

     Ser el bosque.

     Un bosque sin vida, sosteniéndose por el humo de los muertos. Los que sostienen la tierra en la que los hombres caminan y las mujeres paren y rezan.

      Donde los hombres cazan.

     Los animales aparecieron.

     Nadie los había visto antes, pero quizá ya estuviesen allí desde el comienzo de la noche. Sus ojos brillaban con el color del fuego reflejado en ellos. Muy leves tonos de blanco se vislumbraban de tanto en tanto entre las llamas, y un rojizo pálido surgió por instantes, y las lenguas blancas se mezclaron con las otras. Luego, el rojo se hizo más fuerte, pero el olor no disminuía, ni tampoco el humo.

     Las mujeres continuaban su ronda, mientras a sus espaldas se formó un halo oscuro. Se dieron vuelta  para ver el brillo de los ojos que espiaban entre los árboles y las rocas. Eran pequeñas estrellas formando una constelación alrededor de las mujeres. E iban creciendo en número. Cada vez que miraban, las estrellas crecían, se acercaban, y diversos contornos se iban delineando detrás. El reflejo de un pelaje claro, el movimiento de una oreja, el rasguño de una pata sobre las piedras, un gemido, un aullido apenas esbozado, un graznido con vergüenza y con ira.

     El humo cubrió el cielo entre las ramas altas, y comenzó a descender otra vez. Era frío, a pesar de haber nacido de las llamas. Las mujeres lloraron, incluso las más viejas, cuando el humo las tocaba. Y penetró en sus ropas, rozó sus cuerpos con manos sin forma, dedos sin forma, pero fuertes y múltiples. Viajaba sin viento o brisa, ni siquiera los sonidos habituales del bosque le daban un sentido de ubicación o de tiempo.

     El silencio petrificó el transcurrir de la noche.

     El crepitar de la hoguera no era ahora un sonido, sino una figura más del humo.

     Los animales se acercaron, y a cada paso iban deshaciéndose del miedo. Sus perfiles se aclararon, sólidos como la tierra a sus pies. Pero la tierra temblaba. Un estremecimiento muy débil aún, desplazándose hacia la hoguera, con la misma intensidad desde todas partes, para confluir en el fuego. Entonces el aroma se hizo irrespirable. Algunas mujeres cayeron al suelo, las demás resistieron el vértigo de la tierra que desaparecía, como si las estuviese absorbiendo y ellas se dejaran llevar ya sin huesos ni carne, transmutadas en polvo.

     Los lobos se detuvieron detrás del círculo.

     Jaurías de lobos pardos.

     En grupos, fueron saliendo de la oscuridad, hasta quedarse otra vez quietos, con los lomos erizados, las colas erguidas, las orejas erectas, los hocicos mojados. Las caras resaltaban con la luminosidad de las llamas. El  pelambre rojizo parecía una corona alrededor de aquellas miradas que carecían de las señales del tiempo. Sensaciones y estímulos sin pasado, sólo reacción, reflejos.

     Entonces movieron sus patas hacia la hoguera, sin miedo de las mujeres que los observaban. Sus pisadas en la hojarasca, las ramas quebradas, el barro, eran signos de una lenta transición.  El humo penetraba por sus narices cada vez más excitadas y húmedas.

     Los lobos comenzaron a frotarse los cuerpos unos contra otros, sin apartar  la mirada del fuego. Las orejas se habían erguido ante el crepitar, pero parecían a la espera de algo más. Quizá de voces que vendrían de las llamas, de la tierra o el aire. Todo ya aparentaba ser un solo elemento, aunque convertido por instantes en diferentes formas, diversas manifestaciones de la misma fuerza brotada del suelo.

     Empezaron a verse  figuras indefinidas en la densa opacidad del humo. El olor había dejado de ser nauseabundo, y era ya casi dulce pero algo fétido todavía. Las mujeres lo sentían y saboreaban.

     El olor tomaba la forma de la garganta de los lobos. La saliva caía por la comisura de la boca y el cuello de los animales. Se lamieron uno al otro aquel aroma dulce del pelaje, y se restregaron en el barro. Necesitaban cubrirse con el olor de la antigua tierra.

     Las figuras del humo se fueron moldeando como hojas movidas por el viento. Las cabezas de los lobos seguían los movimientos de aquellas formas.

     El humo tenía los contornos de los hombres.

     Los brazos se elevaban, rodeando a las jóvenes, y ellas se estremecieron y lloraron. Las sombras retrocedieron y volvieron a unirse a la masa del humo, pero pronto aparecieron nuevamente.

     Esta vez eran cabezas que miraban hacia las caras de los lobos.

     Los animales habían comenzado a temblar. Algunos corrieron de un lado a otro, saltaban, se mordían, pero la mayoría de los machos fueron a estrecharse entre ellos junto a la hoguera. 

     Las mujeres habían vuelto a tomarse de las manos, con los ojos brillantes y asustados.

     El humo fue cambiando sus movimientos. Se concentraba alrededor de los lobos. Los animales retrocedieron y se apretaron un poco más. Trataron de huir, tropezaron con las viejas, pero ya no podrían escapar, ellos lo sabían. Se revolcaron en la tierra, gimieron y aullaron. Miraron, hacia los árboles, la oscuridad de la que habían llegado, y no querían regresar.

     Pero el olor de la carne de las ofrendas los atraía desde las llamas.

     Las ancianas reiniciaron su letanía al ver el miedo de las bestias.

     -La tierra devuelve a los muertos con las formas del aire y del viento. Se convierte en el aroma de los ancestros, en las semillas de sus almas conservadas en los cuerpos de los vivos. Ustedes cobijarán los espíritus de los desesperados, los exiliados de la tierra de los cuerpos. El cuerpo es la tierra del alma. El cuerpo es el alma de la tierra. Cada uno regresa al otro y se confunden. Serán refugios, hasta que el Bienhechor los libere.

     Los lobos prestaban atención a la voz de las mujeres. Habían dejado de temblar, sus lomos rojizos eran como las  brazas que se apagaban entre las cenizas. Luego se sentaron sobre las patas traseras, y el líder comenzó a aullar e hizo perder el miedo a los otros. Todos lo imitaron. Los aullidos se fueron uniendo discordantes en un lamento estridente, que poco a poco fue  tomando un tono triste y doloroso. Un canto tan apesadumbrado, que las figuras del humo se acercaron más a ellos, como si lo reconocieran.

     Las figuras se fueron adelgazando hasta la estrechez de una hebra, de una brizna de paja. Los lobos seguían aullando con las cabezas erguidas y los hocicos apuntando al cielo oscuro. Y el humo penetró por las narices de los lobos y sus bocas abiertas. Se mezcló con el aire que aspiraban para emitir su canto de pena, y ya no pudieron ser otra cosa más una sola sustancia, elementos confundidos por la naturaleza del aire convertido en líquido del cuerpo.

     Sangre.

     Pequeñas almas girando por el cuerpo de los lobos. Voces trastocadas en aullidos que se perderían en los huecos de la noche para volver a surgir cada noche en cada bosque.

     Los animales se agazaparon con los hocicos contra el suelo y entre las patas. Se fueron callando uno después del otro, y cuando el último aullido se apagó, una de las ancianas comenzó a hablar.

     -Vayan y den su mensaje a todos en los bosques. Los pájaros viajarán lejos y llevarán las fuentes de las almas. El pueblo del hombre vivirá entonces en el resto del mundo hasta que pueda regresar a su tierra.

     Las jóvenes miraron el sol que estaba surgiendo en el horizonte. La oscuridad se debilitaba y el frío crecía. Se dejaron caer al suelo, exhaustas. Las viejas les devolvieron las ropas que les había quitado en la medianoche. Sus cabellos estaban sucios, las caras demacradas, y la claridad del día delataba la blancura triste de la piel.

     Caminaron débilmente hacia la salida del bosque. Sabían que sus padres las esperaban con alimentos y abrigos. Estaban tristes, pero sólo era angustia provocada por el cansancio. Sabían que el cuerpo que ahora llevaban no era el mismo con el que habían partido de sus hogares.

     Las ancianas rompieron el círculo y arrojaron  tierra a los restos de la fogata. El humo que brotaba era gris, y  sin significado alguno. Una sustancia corriente, mero instrumentos del fuego y la madera.

     Los árboles fueron tomando la claridad  de la mañana en sus ramas altas, mientras la luz comenzaba a descender a la hojarasca. Todas las hojas de las ramas bajas estaban marchitas o quemadas.    

     Los lobos habían desaparecido. Nadie los vio huir o correr a esconderse de la luz del día.

     Ni siquiera quedaba el fétido aroma de los muertos.

     Sólo el olor de los lobos.


*


-Hay cosas que no son recuerdos, simplemente se saben. A veces me veo como la última capa de nieve sobre tantas otras que cubren la tierra del invierno. Escarbo en la memoria, encuentro vestigios de muchas vidas pasadas. Recuerdo hechos antiguos. Quizá sea sólo mi imaginación. ¿Pero es posible que yo sea más de lo que veo, que merezca el reverencial respeto, el temor en los ojos de todas ustedes, mujeres, compañeras del infortunio y del goce?

     Gerda tenía una mano entre las de la mujer arrodillada junto al camastro. A través de las manos, le transmitía calor, porque Gerda temblaba. Más que la fiebre que la había invadido desde tres noches antes, tan intensa como si el verano se hubiese escondido en su cabeza, temía por la vida de su hijo. Se miraba el vientre, agitado por escalofríos y las patadas del niño.

     -Calma- murmuraba, acariciándose la piel tensa, cubierta de sudor.  Le habían puesto trozos de hielo alrededor del cuerpo. Pero cada noche el calor volvía a acrecentarse, y de nada servía traer más nieve ni cubrirla de blanco.

     La mujer le frotó los brazos y las manos, luego la cara, el cuello, las piernas. Gerda se sentía mejor cuando le sacaban el hielo y comenzaban a frotarla como ahora lo hacían, igual que a una niña enferma.

     -Es extraño, pero no recuerdo mi niñez, solamente el día que rescaté a Sigur. Tengo tanta memoria de cosas, imágenes, dolores de gente que nunca conocí…

     Miró a la mujer que la escuchaba.

     - ¿Puede ser que el frío entorpezca mi inteligencia, como dice mi esposo? ¿Qué no sepa más de mí que estas dudas? Sé que soy otra. Tengo la certeza de la ignorancia. Pero hoy es el calor  del frío que borra todo, todo lo perturba.

     La mujer la estrechó entre sus brazos, contra su pecho. Tenía la edad para ser su madre, pero las delicadas maneras con que la trataba eran un signo más del temeroso respeto, de la distancia insalvable que había entre ambas.

     Habían mandado a buscar a las curanderas del pueblo dos días antes. Tal vez  tardaran cinco días o más en arribar. Los hombres estaban abriendo, mientras tanto, un sendero en la nieve desde el umbral de la cabaña. El ruido de las palas, los resoplidos de los hombres al agacharse y erguirse, eran el único acompañamiento verdadero para Gerda. Las mujeres que vivían cerca solían entrar a la choza de a una por vez, para no perturbarla. El silencio era opaco y sordo, encerrado por la nieve que caía y se acumulaba en el techo. Las ráfagas la helaban cuando se abría la puerta, pero no habría podido soportar los días sin esa corta vista del exterior. Veía la luz del invierno, la imperecedera blancura que viajaba en el viento. Unos puntos negros, en medio de la nieve, se movían como hormigas: los hombres trabajaban, alejándose, abriéndole un camino a las curanderas.

     -Nuestros hombres trabajan día y noche. Saben lo que tu esposo está haciendo por ellos, lo que tu hijo significa. Y por eso cavan y retiran la nieve. Un sendero para que el mal que te aqueja se aleje de tu cuerpo. Por allí regresará tu esposo, a consolarte, y saldrá tu hijo, a poblar el mundo.

     Gerda escuchaba estas palabras cada mañana, murmuradas a su oído por la vieja a quien le había tocado cuidar de ella la noche anterior. Era recién entonces cuando despertaba del todo y se sentía  lúcida, aunque agotada por los escalofríos nocturnos. Como no podía moverse, su cuerpo se había concentrado en los recuerdos.

     En las tardes, sus acompañantes dormitaban, y ella, levantando un poco la cabeza, observaba entre las rendijas de las tablas abombadas por el peso de la nieve. Delgados hilos de agua se colaban hasta el suelo, y grandes manchas de nieve derretida marcaban la madera. A veces oía el crujir del alero y del techo justo sobre ella.

     La nieve me ha sepultado, y la gente camina sin saber de mi presencia.

     La idea comenzó a inquietarla. Sacudió de un hombro a la mujer hasta hacerla despertar, y quiso obligarla a salir y mirar. La otra intentó calmarla, diciéndole que eran solamente unos pájaros que habían empezado a llegar el día anterior.

     -Cuando vine esta mañana, estaban en el techo. Eran cinco, me parece, cuando sólo ayer era uno. Los hombres me dijeron que están llegando desde todas direcciones, y se posan aquí arriba, sin volver a levantar vuelo.-Y la mujer miró al techo durante un rato, escuchando las pisadas.

     Gerda se limitó entonces a escuchar el aleteo continuo, los picotazos en la madera. Los imaginaba uno junto al otro, cubriendo el techo de la cabaña rodeada por la nieve. En ocasiones, oía el desplegar de las alas levantando vuelo, quizá en busca de alimento.

     -¿Cómo son?- preguntó una tarde. Aunque de algún modo ya lo sabía., en boca de otros el  indefinible recuerdo dejaría de ser sólo una extraña virtud de su imaginación.

     Las dos que la acompañaban se miraron, presentían lo inútil de la respuesta, pero contestaron dispuestas a gastar el tiempo de la espera.

     -Son negros. Tienen plumas negras que no devuelven la luz. Son parecidos a pozos profundos cuando dejan de aletear o moverse. Los hombres dicen que son buitres. Los sacerdotes dicen que son los pájaros que regresan cada cien inviernos. Nosotras nunca los hemos visto antes.

     Gerda siguió atenta a las pisadas, los graznidos y picotazos. Debía haber muchos, a juzgar por aquellos ruidos. Ni los gritos de los hombres o los golpes de las herramientas habían logrado espantarlos. Allí se quedaron y los días transcurrieron. La ansiedad de la espera fue creciendo con el número de pájaros.

     Ella seguía temiendo por la solidez de la construcción.

     - No sé si la madera soportará la nieve y las aves -les decía a las mujeres, apoyando la cabeza cansada sobre las mantas. La fiebre no la abandonaba, y sus ojos, casi rojos, parpadeaban con lágrimas que habían comenzado a lastimar su piel. Las viejas le secaban la cara y la consolaban.

     -La choza aguantará.

     -Pero mi hijo…-insistía ella, llorando sin saber contenerse y avergonzada de que las otras la viesen así, porque algo le decía que no era realmente ella quien lloraba.-….nacerá en pleno invierno, aislados como estamos, con su padre tan lejos, y el hogar se derrumbará…

     La desesperación había borrado la belleza de su rostro, y era igual al de tantas otras mujeres de la región. Al verla así, las viejas parecían mostrarse menos miedosas, la tocaban y le hablaban ya sin las reservas o esa distancia que habían creído necesario anteponer.

     Pasaron las noches, y el día del alumbramiento se acercaba. La fiebre cedió por unas cuantas jornadas, Gerda se sintió más fuerte. Los ruidos de las palas habían decrecido, y se escuchaban muy de tanto en tanto.

     -Dígales a los hombres que no dejen de cavar por ningún motivo.

     -No lo harán- le respondió la mujer mientras calentaba la comida.-No dejarán de hacerlo hasta que lleguen las curanderas. Pero ya estarás mejor…

     -No importa. En estos días he recordado que fui yo quien las llamé, no a las curanderas del pueblo, sino a otras, no sé cuándo, pero sé las palabras que pronuncié…- Se quedó pensando un rato.

     La fiebre, sin embargo, regresaba siempre, pero con intermitencias, y la hundía en pozos de los que despertaba más cansada y confundida. Su hijo también se movía en el vientre y la golpeaba.

     Una joven entró de pronto, dejando que el viento frío azotara el interior de la cabaña. La vieja se enfureció y sacudió a su nieta por los cabellos. El viento seguía helando la habitación.

     -¡Cierren!-ordenó Gerda, y su voz tan fuerte no parecía venir del cuerpo hinchado y débil. Las otras dos se quedaron mirándola por un momento, y en seguida fueron a cerrar la puerta. La más joven, aún agitada, pidió permiso para hablarle, mientras la abuela la miraba desconfiada. Los ojos de la nieta iban de un rostro al otro, buscando aprobación.

     -Habla-dijo Gerda.

     Cuando iba a comenzar, tosió y la vieja le palmeó la espalda, moviendo la cabeza con un reto en los labios.

     -Los hombres han visto a los pájaros en el camino, a medio día de aquí. Dicen que se han posado sobre la nieve. Ni los gritos, ni las piedras ni las amenazas con las palas los hicieron huir. Entonces siguieron trabajando. Las aves parecían vigilarlos. No tienen miedo de los pájaros, así dijeron ellos, pero yo creo que sí. Si las hubiera visto, aves más grandes que esto…-Y abrió los brazos tanto como pudo.

     -Sigue…

     -Los pájaros estuvieron ahí hasta el anochecer, sin moverse. Los hombres dejaron la labor y se fueron caminando con las herramientas sobre los hombros. Debieron temblar mientras se daban vuelta para observar a los pájaros, que los seguían con la mirada. Pero las aves se convertían en manchas grises en la penumbra sobre la nieve.

     La abuela se había sentado, sorprendida por la desconocida elocuencia de su nieta. Nunca la había oído hablar así. La torpeza de su llegada se había tornado en una casi madura fluidez de pensamiento.

     -Mi padre estaba entre ellos, y al volver a casa nos contó todo esto. Tenía la cara fría, no tanto por la escarcha, sino por el miedo. La mirada le brillaba, y no quitaba los ojos del camino. Después de un rato, nos dijo que había visto a las aves empezar a  moverse. No levantaron vuelo, sino que caminaron un poco más erguidas, más altas. Creyó haberlas visto bajar al sendero que ellos habían abierto. Pero…-. La joven se puso a llorar de repente, con la cara entre las manos y arrodillada frente al camastro. La abuela intentó separarla de Gerda, avergonzada otra vez de su nieta.

     -Deja que termine de hablar-dijo ella, y tomó las manos de la joven, frías y blancas.

     -Esta mañana, antes de que amaneciera, mis padres me mandaron a servirla junto a mi abuela. Salí. Mi hogar no dista demasiado del camino, así que poco tardé en llegar. Esperaba ver a las aves, pero no las encontré. Las huellas de sus patas aún no se han borrado.  Pero al asomarme por el muro de nieve que da al sendero, las vi. ¡Oh, Señora!

     -¿A las aves?-preguntó Gerda.

     -¡No! ¡A las mujeres, a las brujas!-La joven se tapó la cara una vez más. Su abuela se apartó de ella, y miró hacia la puerta azotada por el viento.

     -¡Eran tan horribles, tan horribles! ¡Y me miraron! ¡Les vi los ojos, y no eran ojos! ¡Estoy manchada, Señora!

     Gerda no tuvo tiempo de indicarle a la vieja que consolara a su nieta. La puerta se había abierto con la fuerza de una ráfaga, pero nada había en el largo sendero, recto, que desembocaba ante la choza desde el fondo indefinido del horizonte nevado. Nada más que el aullido del viento se escuchaba por encima del llanto de la joven. La anciana no se había movido de su lugar. Los aleteos de los pájaros en el techo habían cesado, pero podía sentirlos en el techo, como si fuesen ellos los que sostenían en alto la estructura.

     Entonces, apenas perceptible aún, comenzó a verse un punto oscuro al final del camino, que lentamente fue aumentando de tamaño. Tenía un movimiento acompasado, como el vaivén de una mujer meciendo a un niño. Eso fue lo primero que Gerda pensó.

     -Es una de las mujeres del pueblo…-dijo sonriendo a las dos que la acompañaban. Pero pronto su sonrisa se borró al distinguir que varias otras siluetas se iban diferenciando de la anterior, naciendo de ella quizá. Estaban lejos, pero las franjas blancas de la nieve podían verse separando los cuerpos de las que llegaban.

     -Al fin…-dijo esta vez, sabiendo que ellas dispondrían de todo mejor que las mujeres de la aldea. Sin embargo, el temor de la joven la tocó como una mano fría sobre el vientre entibiado por las mantas. No las conocía, por lo menos no las recordaba, y como tantas otras veces, tuvo el presentimiento de que le eran familiares. Pero entonces la sola idea de pensar en ellas comenzó también a resultarle grata, la hizo sentirse cobijada.

     Volvió a mirar con atención. Estaban ya a mitad de camino. Había seis mujeres que caminaban en dos filas. Cada una, a pesar de su extremo parecido en las ropas, iba adquiriendo individualidad a medida que se acercaban. Aún era difícil distinguir las caras detrás del viento sucio con hojas y nieve. Vio los vestidos negros que las cubrían, las mantas también oscuras sobre la cabeza, y los delgados puntos blancos de las manos se juntaban frente al cuello para evitar que el viento se las arrebatara.

     Poco después, escuchó el ruido de las suelas de cuero sobre la nieve apisonada frente a la entrada. Las dos primeras ocupaban todo el espacio del umbral. La luz a sus espaldas ensombrecía los rostros ocultos por las capuchas. Gerda no se animó a hablarles. Desde su camastro hizo una reverencia con su mano derecha.

     Una mano blanca y débil, cubierta de manchas marrones y de nudillos engrosados, salió de abajo del vestido de una de las recién llegadas, y saludó con una reverencia similar. Luego se apoyó en la pared para darse impulso, y se oyó el rozar de la madera con algo duro como uñas. Otra la imitó, y ambas dieron el primer paso que las ponía definitivamente lejos de la nieve, sobre las tablas cálidas del piso de la cabaña.

     Cuando las seis entraron, la última cerró la puerta, y el resto se ubicó a su alrededor. Las ropas estaban raídas, y de los bordes de las telas con que se tapaban la cabeza salían los cabellos blancos. En las manos frente al pecho, resaltaban los huesos bajo la piel. Las caras estaban resecas, cubiertas de surcos y pliegues. Las narices era largas y corvas, los labios muy delgados, tanto que casi parecían carecer de ellos. Los pómulos altos terminaban en un mentón afilado. Las cejas eran blancas, pero había oscuridad donde debían estar los ojos. Todo lo que Gerda pudo distinguir fue la ocre palidez de los párpados. Tal vez ellas nunca habían tenido ojos, y habían recorrido el camino a ciegas, se dijo.

     -¿Debo recordar?-preguntó.-. La fiebre me oculta cosas.

     No sabía si esperar respuesta. No consideraba posible que alguna voz pudiera nacer de las brujas. Pero una de ellas le contestó, apenas abriendo los labios. Las arrugas del cuello se movieron un poco mientras hablaba. La voz tenía el sonido de un rozar de escamas. Pero un olor a tierra vieja y estancada había nacido de la boca de la anciana.

     -No te asombres de no saber, porque más tarde recordarás.

     Bajo la vencida techumbre de la choza, resonó un eco breve, aunque sólo persistió aquel sonido de escamas rozadas. Después, otra de las brujas habló. Esta vez el ruido y el olor eran como plumas movidas por un viento frío, y los pájaros en el techo aletearon.

     -Ni te asombres de sufrir como mujer, porque darás vida al hijo de un hombre.

     La voz de la tercera era seca, cortante, despojada como una forma más del vacío sin quejidos.

     -Nosotras nos encargaremos-les dijo a las que habían estado cuidando a Gerda. Sacó la mano de abajo del vestido y comenzó a desprenderse de la capucha.

     La abuela y la nieta se taparon los ojos, luego se dieron vuelta y abrieron la puerta, huyendo de la cabaña, sin volverse a mirar.

     El cabello de la bruja se agitó un poco, pero estaba atado en la nuca en una trenza.  La parte posterior del cráneo era alargada, como si al nacer lo hubiesen comprimido por los lados. Las orejas estaban un poco más altas que la altura de los ojos, eran delgadas y casi transparentes. La frente ancha tenía un aspecto viscoso, cubierta de sudor. La bruja se pasó el dorso de una mano por la cara.

     -Sólo por usted, mi Señora, hemos venido desde nuestras tierras. Hace siglos que no nos encomiendan una tarea como esta.

     -Cuidarla, Señora de la Gran Sabiduría.

     -Tratarla como a una hija, a usted, nuestra Madre y Maestra de los hechizos que rigen al mundo.

     Las demás, excepto una que permaneció en silencio, continuaron la letanía. Se pusieron a distribuir las labores. Una volvió a cerrar la entrada, mientras otras alimentaban el fuego con leña. Derritieron hielo en una fuente para calentar agua. Ninguna, incluso la que se había quitado la capucha, abrió los párpados.

     Gerda comenzó a sentir el familiar contacto de los recuerdos llegados desde la oscura región de la memoria. Un olor a cotidianeidad la fue adormeciendo al verlas trabajar a ciegas. Se dejó tocar por la mano de la más anciana de las seis, mientras le cambiaba las ropas sucias que hedían a sudor y a nieve vieja. 

     Las brujas arrojaron al fuego las telas, vasijas y paños con aceites. Las llamas calentaron el aire helado que entraba por las rendijas. Una cargó leña desde un rincón oscuro en el que nunca parecían agotarse las reservas de maderos. Leño a leño, durante todo el resto de ese día y la noche, alimentó el fuego.

     Las que preparaban la fuente se habían dividido las tareas. Una traía fragmentos del hielo filtrado del techo, la otra revolvía el agua con el hielo recién echado. Recién se detuvieron cuando la anciana que consolaba a Gerda levantó una mano. Entonces sacaron las bolsas escondidas bajo las ropas, desataron los nudos, y vertieron el contenido en el agua. Una tras otra, incluso la mayor, pasaron junto a la fuente para volcar el polvo gris, que al caer dejaba un halo sucio flotando en el aire.

      Gerda sintió el olor de la ceniza y la irritación de la garganta con el polvo que giraba en el interior de la cabaña. Tosió, y los dolores del parto comenzaron. Espasmos que apenas le dieron tiempo para recuperarse antes del siguiente. Ya no eran pequeñas patadas, sino la sensación del cuerpo retorcido y estirado, una y otra vez. Algo que se rompía y desgarraba con cada espasmo.  Pero aún no alcanzaba a ver lo que había esperado que se le revelara. El dolor la hundía en un oscuro mundo donde los sentidos funcionaban precariamente. Sólo veía a las brujas, atentas a sus gritos. Sentía las manos de las viejas sujetándola de los brazos, olía el aroma de las cenizas en el agua con una fetidez que la ahogaba, como si en el agua se cociesen los cuerpos de los muertos, o el hielo volviese a formarse encerrando la ceniza. Una forma de la persistencia y la eternidad.

     -Los muertos sobreviven a su muerte-dijo una de las viejas.

     Gerda pensaba que los muertos venían a pedirle favores, a que los dejase utilizarla como instrumento de supervivencia.

     La anciana se había aferrado a su brazo derecho, y la frente apoyada en el camastro rezaba una nueva letanía.

     -Los muertos vienen, están en el agua y el hielo, en el fuego y la ceniza. Te buscan, Maestra.- Después levantó la vista hacia la hoguera, ordenando más hielo y fuego. Las otras se apresuraron a cumplir, y el agua se transformó en vapor y humo cuya ceniza volvía a descender.

     Gerda sintió que las gotas de vapor le caían en la piel y se convertían en manchas con el olor de la tierra. Se vio cubierta de pequeñas fosas abiertas en su piel. El humo ascendía, abandonaba las cenizas a su alrededor y regresaba afuera por los espacios entre las tablas del techo, para convertirse otra vez en nieve y luego en hielo arrancado por las manos incansables de las brujas.

     Pero a ella el dolor la preocupaba más que la tierra sobre su piel. Algo se rompió definitivamente dentro de ella, y el agua fluyó como si hubiese bebido todo aquel hielo que se fundía y volvía a formarse sin detenerse. El agua mojó el camastro y cayó al suelo, y en el charco también cayeron cenizas que se convirtieron en el fango donde las brujas sumergieron sus manos y se frotaron las caras desesperadamente.

     -¡El líquido del cuerpo vital que alimentó a tu hijo! El líquido filtrado de tu sangre. El agua que se embebe de la ceniza de los muertos-recitaban.

     Gerda no podía hablar. Estaba muy cansada, y su hijo todavía no había nacido. Pero ya no necesitaba decir nada, el olvido se había desgarrado y ella comenzó a ver lo que siempre había estado al alcance de sus manos.

     el nacimiento de mi estirpe en la creación del mundo, en un lugar de los cielos, la mansedumbre de quienes lo habitábamos, hasta que los seres sin forma llegaron a reclamar su preeminencia, ellos recordaban la vida, y extrañaban su dominio, no podían dejar de recordar, la memoria era alimento para la ira, decían que estaban antes que nosotras porque la nada comienza antes que la vida

    los muertos regresan de donde han venido, no de la vida, sino de la muerte antes de la vida, la nada existe en la nada del después, están antes que las brujas que los llaman, antes que los dioses que crean las cosas, porque los muertos son la nada con que los dioses crean el mundo, la tierra está hecha con los elementos de esa nada, la tierra es muerte, está formada por muertos, y cuando ellos regresan, la memoria de la nada se concreta en la angustia, la desesperación, el rencor que no se contiene porque no posee contornos fijos, la tierra no puede ser contenida, se apelmaza, se seca y flota con el viento que agita las sustancias, el polvo que viaja y crea los astros

     y los muertos no toleran la ausencia de las cosas, es su sustancia, pero no soportan esa tierra en sus gargantas henchidas de recuerdos, los ahoga, porque no puede la memoria deshacerse de sí misma, los muertos son esa nada tocada, golpeada, moldeada por un instante con ese algo que hace ver el color del sol en los ojos de los hombres, el cuerpo deja  una marca que no pueden olvidar, la carne es dolor, el hueso es dolor, y la pena que deja es amarga, pero cada uno sabe que es la señal de la individualidad, y el fracaso del cuerpo el común fondo de la humanidad

     la nada extraña el cuerpo, y el dolor del cuerpo no trae más que dolor transformado en ira, el conocimiento del cuerpo propio crea una memoria, y el recuerdo es carne también, es un hueso más en el esqueleto del mundo, fragmento, astilla, mota de polvo que duele y ahoga la memoria de los vivos

     dioses o brujas no existen más que a expensas de los muertos, y los seres que  protegen son enemigos de los cuerpos que quedan, no son muchos los huesos construidos, los formados por los elementos contados del mundo, algún día se acabarán, ellos lo saben, y los cuerpos deberán renovarse, entonces regresarán, pero habrá batallas por recuperar la posesión de esos cuerpos, esos mundos endebles de carne y huesos frágiles que hasta una hoja puede lastimar, cuerpos deseados como se extraña una mano que ya no está en nuestro brazo, triste miembro perdido que regresó a la tierra y espera su vuelta

     que seguiríamos su camino, y tarde o temprano también  nosotras seríamos ellos, reclamando en medio de la nada los dominios de los vivos, extrañar lo es todo, es ser y no existir, tomamos el lado de los buenos muertos, los que fueron privados de sus tierras primero y luego de sus cuerpos y los llevamos a habitar la carne de los animales, los protegemos, los muertos buenos son los que en lugar de furor sienten deseos de reivindicación, a ellos elegimos, los que desean venganza y miran con ojos secos a los muertos de la historia del mundo, tan cansados de su muerte, que ya no son más que seres con una forma indefinida, aunque semejante a los contornos del odio, los límites precisos que llevan a la oscuridad

     no ser es ser, y las batallas por retener las virtudes de la vida comenzaron, se desenterraron los misterios empolvados por el olvido en las mentes de las brujas, ellas, las que juegan con las virtudes de la muerte a expensas de los hombres, estos instrumentos de la vanidad de viejas mujeres que esconden su belleza tras los gestos y palabras que hablan de eternidad, para convertir el despojo de la tierra en algo más útil que la humillación, la lucha por vencer las formas de la muerte con otras tantas formas de la vida descendió hacia los dominios de los hombres, porque los hombres son niños que no recuerdan la nada y juegan con los huesos como si fuesen elementos que no tuviesen fin, y juegan con la carne como si nunca fuese capaz de convertirse en podredumbre, los hombres ríen cuando son niños, lloran cuando ven en el cielo el fin del tiempo y la lluvia de polvo sobre sus cabezas, contemplan azorados las grietas de la carne y la fragilidad de su cráneo frente a las uñas de los muertos

     y en ese momento cuando la lucha debe tomar fuerzas, los viejos saben que detrás está la muerte y el regreso a la no sensación, y eso los asusta, capitulan con los muertos que los visitan en las noches, se unen a sus fuerzas para reservarse un espacio en la lucha, porque cada guerrero recuperará un cuerpo, con la esperanza inevitable, la enorme fe que crece cada primavera en los alisios del no tiempo, como un árbol que crece en alto y ancho, abarcando el bosque, consumiendo la esperanza de los otros árboles por crecer, la fe que vive comiendo el deseo de los otros, la esperanza vital  de que el día que ellos triunfen, el cuerpo recuperado sea su antiguo y entrañable cuerpo

     -Los hombres mueren cuando crecen…-decía la anciana a nadie en especial, sólo recitando una ancestral plegaria-…se hacen fuertes, han dejado las almas en los vientres de sus madres, de sus jóvenes esposas, y cuando son hombres maduros, luchan con cuerpos sin almas, porque sólo cuerpos tienen para perder. Acaso no has visto cómo miran cada mañana su reflejo en el agua de un pozo, de un río, cómo se preparan y se visten para la lucha. Son cuerpos que los muertos reclaman, que miran desde el fondo esos pozos con envidia, y los hombres apenas ven unos puntos negros como piedras en el lecho del río. ¡Dominios de los muertos! Danzaremos todos en el baile circular de la vida. Ustedes, haciéndose oír por los hombres como si fuesen dioses. Nosotras, reclamando el regreso a la vida con hechizos y trampas. Eso nos han dejado. Apariencias. ¡Oh, ustedes! Las reales sombras de piedra, espíritus que golpean más duro que cien montañas, que hablan la lengua de la roca, más eterna que nuestros cabellos grises dóciles al viento, ese viento más eterno aún por inatrapable y devorador de rocas. En el círculo caeremos durante nuestras peleas, cien veces y luego miles de veces otras cien por el resto del tiempo. Un tiempo más duradero que el viento mismo, porque nace con la nada. En la danza celebraremos la vida por turnos, instantes que tal vez duren siglos, pero al final algo va a agotarse, sin remedio.

     La voz de la bruja se interrumpió con un grito agudo dominado por el llanto. Los pájaros en el techo graznaron en respuesta, los chillidos rodearon la cabaña y las aves aletearon. Algunas echaron a volar y regresaron a estrellarse contra las paredes. La estructura se estremeció. Una de las brujas miró entre las rendijas.

     -Está anocheciendo, y no hay luna-dijo.-Los pájaros volarán con nosotras y tu hijo.

     El olor de las plumas prevaleció por encima del aroma de las cenizas. El ruido de los aleteos ya no cesó. Gerda estaba mareada. Escuchaba a los pájaros volando alrededor de la cabaña, cada vez más rápido, y ella se hundía en un vértigo que la transportaba y la sostenía en el aire.

     Las brujas gritaron con un chillido igual al de los pájaros, excepto la sexta anciana, que nunca había hablado. Fue la única que se mantuvo serena. Se acercó a Gerda con los brazos extendidos y las manos abiertas. La tomó de los tobillos, y la hizo flexionar las piernas. Ordenó, con un movimiento de la mano, que trajesen agua. Después embebió un paño en el líquido espeso y tibio, que tenía ahora la suavidad de las plumas.

     Gerda miraba al techo, y sintió cómo la vieja la limpiaba, y comenzó a relajarse, hasta casi no sufrir mientras su sexo se iba dilatando.

     El hijo avanzaba hacia la luz.

     Ella veía lo que él veía: el círculo abierto al mundo de las brujas y la nieve.

     El mundo de maderos y de fuego, de pájaros creando un viento de plumas que atravesaban las paredes y hacían temblar las tablas. La nieve entraba, enturbiando el aire. El fuego se agitó, sin apagarse.

     La sexta bruja tomó la cabeza del niño entre sus manos.

     Las falanges formaron pequeños pozos en el cráneo. Fue moldeando sus manos a la silueta de la criatura, y lo arrastró hacia fuera.

     El niño comenzó a llorar, pero el llanto era más parecido al de un viejo hombre triste que al de un niño.

     Gerda dio un último grito de dolor, pero su hijo ya estaba fuera de ella para siempre, en los brazos de la bruja, que esta vez levantó la vista hacia Gerda, se sacó la capucha y abrió los párpados.

     Los ojos eran los suyos, su cara y sus cabellos.

     Las otras hicieron lo mismo, y la miraron. Todas tenían las formas de los rostros que ella alguna vez había tenido.

    Comenzaron a murmurar un canto que se confundió con el aleteo de los pájaros y sus graznidos.

    Las tablas del techo se vencieron y rompieron. Se abrió un gran hueco por donde entraron ráfagas heladas, sacudiendo las ropas de las mujeres y las mantas del camastro. Un remolino de plumas negras precedió la entrada de las aves.

     Gerda ya no era ella. Sus piernas se habían convertido en patas con uñas, los brazos en alas que se desplegaron. Su cara se había alargado y había nacido un pico corvo sobre la boca. Entonces comenzó a volar, y las otras brujas fueron tras ella a medida que sus cuerpos tomaban la forma de los buitres.

    Cientos de aves negras surcaron el cielo. El camino despejado por los hombres se había cubierto otra vez de nieve. Las paredes de la choza que se mantenían en pie, estaban llenas de rasguños, y ya no había techo.

     La gente de la aldea salió de sus casas para ver la columna de aves que nacía de la cabaña destrozada, y que continuó surgiendo aún cuando ya casi todo el cielo estaba cubierto de aves. Parecía haber un nido interminable en el fondo de la tierra bajo esa cabaña.

     Las mujeres se arrodillaron frente a la cabaña, algunas rezando, otras demasiado asustadas para siquiera moverse. Pero tres de ellas se animaron a entrar. Las últimas aves continuaban naciendo de las paredes y lo que quedaba de la estructura amenazaba con derrumbarse. Y encontraron al niño protegido entre las mantas.

     Las aldeanas se acercaron y lo cubrieron con sus cuerpos para resguardarlo del aleteo de los pájaros que nacían de abajo del camastro. Salieron antes de que las paredes cayeran definitivamente, pero ellas sólo tenían ojos para las largas filas de pájaros que volaban en dirección al Sur. Se cubrieron con las manos del extraño reflejo de la luna, que desaparecía y volvía a surgir entre las amplias alas de los pájaros.

     Los hombres rodearon a sus mujeres para ver al niño, y juntos tomaron el camino de la aldea, pero sin dejar de mirar hacia arriba de vez en cuando.

     Los pájaros continuaron surgiendo durante toda la noche y el día siguiente, hasta que el último se perdió de vista en la espesa niebla y las nubes negras de una tormenta que había comenzado a formarse, cubriendo el horizonte.


*

         

Era la tercera tormenta en treinta días, y el  último invierno había sido el más crudo de los cuatro que llevaban viajando. Había logrado reunir  casi mil personas desde que partió de la aldea, pero el invierno se había llevado más de cien entre mujeres y niños. Los hombres aún resistían, pero estaban agotados y muchos se habían quedado en los pueblos por donde pasaban.

      Una masa de nubes negras avanzaba desde el norte. Se formaban y deshacían con el viento, que también los obligaba a protegerse las caras y encorvar las espaldas para avanzar. Las nubes giraban y se desplazaban hacia ellos esa tarde, los relámpagos aparecían de tanto en tanto. Una densa neblina había comenzado a formarse a lo lejos, y la lluvia estaba cayendo fuerte y densa. Llegaría a más tardar al anochecer a la colina donde se habían asentado. Pero la neblina y la oscuridad seguían avanzando y las nubes de tormenta girando como sobre un eje.

     Sigur estaba preocupado. Nunca había visto algo así. Las tormentas del Norte no se anunciaban de esa forma.

     -Miren-les dijo a sus hombres, que conocían aquel país mejor que muchos otros en el grupo. Sigur los había organizado según la experiencia y habilidades que demostraron durante el viaje. Algunos eran relevados cuando las tierras ya les eran menos conocidas. Pero hacía mucho que no había logrado reemplazarlos.

     -¿Qué te parece, Tarkus?-preguntó.

     El hombre miró a sus compañeros, se rascó la barba gris, luego parpadeó por el reflejo plateado del sol a través de las nubes. Tenía la cara curtida, con ojos verdes que resaltaban con la cabellera agrisada.

     -Sabes que no le temo a nada, Sigur, pero a eso sí le debo respeto. Está a dos días de nosotros, y avanza directamente hacia aquí.-Se dio vuelta hacia la planicie, donde las caravanas y la gente descansaban.

     La columna central, donde viajaban los principales con sus familias, se había ubicado en el círculo interno para protegerse de posibles ataques. La columna derecha estaba terminando de acomodarse en un círculo periférico al anterior. Eran también los encargados de resguardar los alimentos y provisiones, y de cuidar a los niños que habían perdido a sus padres. La última columna recién había comenzado a asentarse, y tardarían casi todo el día en armar las vallas de protección. Los maderos eran  transportados por bueyes que necesitaban descansar y comer. Las mujeres se encargaban de levantar las tiendas, los hombres de preparar el fuego. Los gritos de los rezagados se entremezclaban con los latigazos y el polvo. Todavía quedaban cincuenta animales fuertes que llevaban maderos y tablas retumbando sobre el suelo pedregoso y los montículos de nieve. Los niños corrían entre el humo de las primeras fogatas y la tierra removida. El olor de las bestias se erguía como un vaho fresco en el viento que azotaba la planicie.

     Sigur y sus hombres observaban desde la colina el fluir confuso y continuo de la gente. La espiral se iba formando lenta, penosamente bajo la amenaza del cielo.

     -También tienen miedo-dijo uno.-Se ve en cómo se comportan, aunque no haya protestas.

     -Los animales han presentido la tormenta desde varios días antes, por eso cuesta controlarlos-dijo Motz el cazador, que Sigur había traído de su aldea.

     -No nos servirá de nada quedarnos aquí, la tormenta va a arrasarnos.- Tarkus no miró a su jefe al hablar, sino hacia el horizonte oscuro.

     Sigur contempló las regiones a su alrededor. La tormenta se extendía desde el norte, casi hasta tocar las fronteras del oeste y las montañas. Al oriente, la estepa se abría sin protección, quizá también sin alimentos ni agua. Los pocos que por allí habían ido, regresaron hablando de rocas filosas entre hierbas venenosas, de alimañas que salían de sus madrigueras para morder los pies de los que se atrevían a pasar. Pero sobre todo mucho frío, demasiado para ser soportado sin comida. Luego miró al sur, la meta que lo había guiado por cuatro inviernos, y de la cual aún no estaba seguro cuánta distancia lo separaba. Sin embargo, era el único camino que les quedaba.

     Señaló el altiplano en el sudoeste.

     -¿Ven ese reflejo en el cielo, claro como un lago después de la lluvia?

     Los otros miraron haciendo sombra con las manos en la frente. Murmuraron palabras de dudas.

     -¿Dónde?-preguntaban, pero ya Tarkus había visto lo que su jefe señalaba.

     -El mar.

     Sigur sonrió.

     -Así es. Lo he atravesado, y jamás podría olvidar cómo se ve. Está muy lejos, pero más cerca está la Aldea del Norte, un pueblo de pescadores y comerciantes prósperos.

     -¿A qué distancia?-preguntó otro, desilusionado ya de la posibilidad de huir, pero nadie respondió.

     Sigur sabía que no habría tiempo de llegar a la aldea antes de ser alcanzados por la tormenta. Se sentó en la nieve, cabizbajo. El viento le golpeaba la cara con sus propios cabellos largos y rojos, con copos de nieve sucia. Los hombres daban vueltas a su alrededor, las manos a la espalda. Unos pensando, otros con la mirada puesta en el pueblo que seguía asentándose.

      Uno de los que conducían la caravana estaba subiendo la colina. Cuando llegó a ellos, se detuvo a descansar y lo rodearon haciéndole preguntas. Él no les hizo caso y le habló a Sigur.

     -Señor, unos niños han visto hombres pintados de blanco, al  sur. Dicen que no los vieron llevar armas. Pienso que son vigías, Señor. Temo que pronto van a atacarnos.

     -Deben ser de la tribu que vencimos hace diez noches. Se propagan como hormigas, más rápido de lo que avanzamos-dijo otro de los hombres.

     -Debimos exterminarlos a todos, ahora siempre los tendremos adelante.

     Esperaban una respuesta de Sigur.

     -Tan cerca del mar, tan cerca, y nos sucede esto-dijo él, con pesadumbre. Fue un comentario hecho como si hubiese utilizado la voz del viento para decirlo. Hueco, áspero, y con su aire de indudable certeza, fue casi un corte de filo para los que escuchaban. Después, inspiró profundo y volvió a levantarse.

     -Dispongan una expedición . Por ahora nos defenderemos como podamos.-Hizo una pausa, mirando hacia las caravanas.-Vamos a quedarnos, es mejor que la tormenta nos encuentre afirmados en este terreno a que nos sorprenda en el camino.

     Los otros asintieron.

     -Si los dioses nos ayudan, quizá la tormenta cambie de rumbo-dijo Tarkus.-No sería la primera vez.

     Pero Sigur apoyó su muñón sobre el hombro de su amigo.

     -No esperes demasiado de los dioses. Nunca hemos visto que ellos nos eviten las tragedias.

     Bajaron la colina hacia la gran espiral que se asentaba sobre el valle cubierto de nieve. El viento había aumentado, y dificultaba la instalación de las vallas.

     Se oían órdenes y protestas arrastradas por ráfagas con olor a lluvia, a uno y otro lado de la caravana, que se iba desenrollando como una serpiente, mansa como un caracol. Los bufidos de las bestias, los gritos incitándolas a avanzar, el choque de los maderos y las voces de los que se pasaban cuerdas a lo largo de interminables filas de hombres cansados. El trabajo no decreció en todo el día. Sólo los niños se sentaron y cayeron dormidos en sus mantas separadas de la nieve por paja. Al llegar la noche, los pilares no habían aún terminado de colocarse.

     Sigur los observaba desde la tienda de la colina. El espiral de la caravana se iba formando con lentitud, pero al ritmo que llevaban podrían estar listos antes de que la tormenta los encontrase. El centro del caracol de madera ya casi estaba armado, pero no quiso ir todavía a revisar. Desde la colina le era más fácil ver a su gente, y sabía que ellos tendrían que darse cuenta finalmente que él no se escondía, sino que se hacía cargo de la responsabilidad del viaje.

     Un grupo iría a verlo esa noche, así le habían dicho. Estaban descontentos por la pérdida de vidas durante aquellos cuatro inviernos. El germen del desorden podía sentirse claramente cada vez que alguno lo miraba a los ojos. Nunca se habían atrevido, sin embargo, a negarse a una orden, ni siquiera a retrasarse en cumplirla. Tampoco hubo miradas de rencor, sólo una angustia dibujada en los gestos de los más jóvenes. Una especie de sumisa desconfianza que lo lastimaba más que una rebelión.

     Las fogatas demarcaban los contornos de la espiral en el valle. Algunas sombras se movían alrededor con rapidez, otros con parsimonia. Sigur no alcanzaba a verlos, pero sabía que eran los hombres cambiando de turnos para el trabajo. Las sombras que se levantaban iban de regreso a la periferia de la espiral, las que se sentaban dormirían para levantarse otra vez  antes del amanecer.

     Sigur vio las antorchas que subían la ladera en manos de cuatro o cinco hombres.  Ello jadeaban, y  el sudor brillaba a la distancia. Se adelantó a recibirlos. Bajaron la mirada al encontrarse con él, e hicieron una breve reverencia.

     -Acérquense al fuego.

     Obedecieron y dejaron sus antorchas junto a la fogata. Se sentaron alrededor, y Sigur los invitó a beber de una vasija que se pasaron de uno a otro, sin hablar. Parecían esperar que él lo hiciese primero. Uno de los ayudantes de Sigur quiso atenuar la tensa calma.

     -Estamos todos cansados- murmuró.-Deberían hablar ahora para descansar después.

     Los hombres del pueblo lo miraron como a un adulador. Luego, dirigieron la palabra a Sigur.

     -Lo hemos seguido todo este tiempo, a pesar de las tormentas y los ataques, a pesar de los seres amados que perdimos y enterramos, porque sabíamos que todo esto podría suceder cuando salimos de nuestros pueblos. No nos ha mentido, Señor, los sabemos, y le hemos sido fieles. Pero esta vez la desesperanza nos supera. El cielo del norte se acerca. La tierra y la nieve se han levantado y caerán sobre nosotros. Ya no importan los enemigos, los salvajes o los otros pueblos que podamos encontrar. Queremos saber si ahora somos libres.

     -¿Libres para escapar? ¿A dónde?-dijo Sigur.- Lo que hayan pensado, lo pensé yo antes. La solución no está en huir, porque no hay tiempo. Debemos quedarnos y ser como rocas, piedras con raíces hasta lo más profundo. Sólo así los vientos no nos arrastrarán.

     Se levantó, atizó la fogata, y observó el silencio en el rostro de los hombres.

     -¿Libres para qué?-repitió, sin enojo, pero sí con desilusión.- Están aquí por que han elegido. Miren el pueblo, sus mujeres los esperan. Ellas construyeron la espiral con ustedes porque así lo quisieron. Si yo les dijera que son libres, ¿a dónde irían?

     Sigur se adelantó hacia el que había hablado, lo hizo pararse y enfrentarlo.

     -¡¿Hombres, no se dan cuenta todavía?! Yo, sin ustedes, no puedo hacer nada. Pregúntense entonces, ¿quién es el que está libre?

     La luna era una opaca bola de nieve, pequeña, deformada por las nubes, asomada detrás de la colina, que en toda esa noche no ascendería más.

     El hombre apoyó una mano sobre el brazo izquierdo de Sigur. Los demás lo miraron con asombro por aquella confianza. Sigur no se movió ni retiró el brazo. El hombre se acercó luego a su cara, y dejó un  beso en la mejilla de su líder. Después se alejó, sin volver la mirada, y los demás lo siguieron.

     Los ayudantes rodearon a Sigur, y comentaron aquel atrevimiento. Él no los escuchaba, sólo  una palabra se repetía en su cabeza sin poder quitársela de encima. Algo le había dicho aquel hombre al acercase. Una palabra, solamente. Sin razón aparente. Pero Sigur se sintió atado nuevamente a un lazo humano. Moldeado por algo más que la compañía de otros seres marcados como él. Luego de mucho tiempo, por ese único instante, no necesitó pensar ni esforzarse por extender la mano que no tenía. Alguien más lo había traído de vuelta a la raza de los hombres comunes, a la edad de los niños y al estado de la paz.

     Y la voz se fue borrando en esa inquieta noche sin descanso, dominada por los golpes en los maderos, los llantos de los bebés que despertaban, y por el viento, cada vez más fuerte.



     Sigur no había hecho caso de las súplicas de sus ayudantes para que descansara. Los vio resignarse a no poder convencerlo, y fueron a acostarse. Estuvo toda la noche despierto. No tenía sueño.  Pensaba en su familia, y sus recuerdos se mezclaban con las familias que lo seguían. Tantas veces los había observado trabajar, alimentarse, convivir entre peleas y desgracias, entre caricias, que ya no sabía si sus propios recuerdos eran ciertos o sólo imaginación. Comenzó a angustiarse por la vida de los que lo seguían. Miró las primeras nubes de la tormenta que expandía los contornos del cielo, como una montaña deformada por el viento, siempre inmensa, pesada igual a una gran bestia nacida en los confines del mundo. Entonces se sorprendió al sentir que sus labios temblaban y sus ojos se llenaban de agua.

     La gente descansaba en la temprana hora de la mañana. Sólo los animales rumiaban, y los pilares de las vallas parecían dormir como los hombres que reposaban recostados en ellos. El viento seguía soplando lo mismo que todos esos últimos días, pero el pueblo continuaba durmiendo con el eco del viento en sus oídos, los cabellos mecidos, los rostros sumisos a las ráfagas heladas y el agua nieve.

     El viento corría a su alrededor, abarcando la forma de su cuerpo, y de algún modo también habitaba en él. Si el viento se hubiese detenido un solo instante, él se habría sentido perdido, y la sola idea de pensar en eso, lo angustiaba.

     Ya no se sentía fuerte. No era más que un madero arrancado de los bosques, moldeado y clavado en la colina, únicamente para resistir el viento. Y si no hubiese habido viento, entonces...

     Se resistiría a esa idea de todas las maneras posibles. Cualquier elemento del mundo podía desaparecer, excepto el viento.

     El sol no se había asomado todavía, pero su luz inundaba el valle, la espiral del pueblo despertando, el rumiar de las cabras, el ladrido de los perros, y las primeras voces de los hombres soñolientos. La franja negra de la tormenta y sus círculos de nubes que descendían como una flor al abrirse seguía lejos, a día y medio de distancia, tal vez.

     Sus hombres comenzaban a levantarse, pero él no se atrevió a moverse. Notarían su debilidad si les hablaba con esa voz de niño temeroso reflejando sus pensamientos de pánico. Sigur tenía la ropa mojada de un sudor frío, y comenzó a temblar. Sintió la espalda húmeda, un escalofrío le recorrió las piernas. Entonces se dio cuenta de que el viento había cesado, y por eso sudaba. Como si una pesada mole de calor lo comprimiese, o enormes manos cayeran del cielo para sacarle el líquido de la vida.

     Y él se quedaría vacío. Ya se estaba quedando vacío de pensamientos e ideas. Sólo el pavor era algo concreto, a lo que aún podía sujetar su cordura. Pero el pavor perdía sus formas y crecía, hasta abarcar el mundo sin límites, sin referencias a las cuales aferrarse. Una esfera de miedo impenetrable y sin salida. Adentro y afuera al mismo tiempo. Rodeándolo como un círculo de inconformidad definitiva.

     Sigur se cubrió la cara con las manos.

     -¡No!

     Los hombres se acercaron, pero él se levantó y los empujó para correr colina abajo. Algunos del pueblo lo señalaban sin saber quién era, otros se habían detenido en pleno ascenso para observar a ese hombre que bajaba corriendo. Los ayudantes corrían detrás de Sigur para evitar que llegara tan cerca de los otros que pudieran reconocerlo. Pero era tarde para eso.

     -El gran Señor ha enloquecido-fue el primer comentario que se repitió bajo la sombra de las tempranas nubes de tormenta, ahora quietas y expectantes sobre el valle. Los niños regresaron a la caravana y contaron lo que habían visto. Entonces los gestos de desesperación aparecieron en las caras de las mujeres y los viejos. Se reunieron en grupos y comentaron lo que estaba sucediendo. Los hombres corrieron hacia la colina.

     Habían alcanzado a detenerlo, pero Sigur gritaba con la mirada fija en el cielo, el rostro contrahecho por el furor y el desasosiego. Lo sujetaron de los brazos, pero se movía tanto y tanta era su fuerza, que cinco no fueron suficientes para calmarlo, ni siquiera para detener el impulso de sus piernas agitadas que lanzaban golpes a todo el que estaba cerca. El cabello rojo se veía oscuro y mojado, la barba hedía con olor a saliva y transpiración. Parecía estarse quemando por dentro.

     Tarkus tuvo que tomar el mando.

     -Vayan a buscar tres hombres más de confianza. Motz, llame a sus guardias para apartar a la gente. Dígales que Sigur está enfermo, pero que pronto curará.

     Entonces los otros empezaron a arrastrarlo de vuelta hacia la cima. Él luchaba por desprenderse. Se desgarró las telas, y el torso lleno de pecas, de pequeños motas de vello rojo, se sacudió entre los brazos de quienes ya no pudieron sujetarlo más. Sus gritos los aturdían. La ausencia del viento era ahora más evidente, como si la hubiesen visto hecha cuerpo en su líder, como una entidad que lo había invadido.

     El vacío del viento utilizaba las vísceras de Sigur, su piel y su voz para manifestarse nuevamente. El viento, que ya no podía ser viento, sino vacío, buscaba formas en donde refugiarse. Su cuerpo era un remolino arrasando sin tregua ni descanso al pueblo después de la desaforada calma, la extraña, vacía calma antes de la tormenta.

     Tarkus lo golpeó. La cabeza de Sigur siguió confusa durante un rato, balanceándose con los ojos cerrados. Murmuraba algo entre los labios con sangre. Los demás miraron a Tarkus, pero nada le dijeron. Sigur había cedido su resistencia, y lograron cargarlo hasta la tienda. Cuando lo acostaron, comenzó a temblar otra vez. Primero las piernas, luego los brazos. Los dientes chocaban, y el cuello se había crispado y tensado. Seguía sudando. Vieron que tenía ardores en todo el cuerpo y mandaron a llamar a unas mujeres del pueblo para preparar el baño de especias curativas.

     Tarkus y un viejo lo desnudaron. Mientras uno le frotaba la espalda y el pecho, el otro lo hacía con los muslos y piernas. Levantaron sus brazos por encima de la cabeza, porque decían que así la sangre volvería  al cuerpo con más rapidez.

     La cara de Sigur estaba pálida, los ojos entrecerrados, la boca abierta con gotas de saliva  cayéndole por el mentón. Lentamente, los temblores fueron disminuyendo. Las mujeres habían llegado y terminaban la preparación del baño en la tinaja. Eran dos viejas que ni siquiera miraron a Sigur mientras observaban los cambios del líquido a medida que arrojaban semillas y hojas. Un olor a castañas se esparció en el aire.

     -Está listo-dijo una de ellas.

     Era más del mediodía, pero el sol no alcanzaba a verse detrás de las espesas nubes grises. Un grupo de arrieros esperaba fuera de la tienda, tratando de escuchar noticias. El resto del pueblo seguía armando las empalizadas en el valle. La tormenta se acercaba en silencio, sin viento ni truenos. Sólo relámpagos y el aroma de la lluvia, que sin embargo aún no llegaba.

     -Atrás-dijo Tarkus a las mujeres.

     Levantaron a Sigur y lo dejaron en la tinaja. Los brazos le colgaban de los bordes, la cabeza se balanceaba. Tarkus volvió a frotarle los hombros y la cara con el paño embebido en el agua de especias.

     -Es el dolor del viento-dijo una de las viejas desde la entrada. -Durará todo un día. Mañana, él estará como si nada le hubiese pasado, o perderá la razón para siempre.-Luego salió junto con su compañera, inmunes ambas a las miradas de los hombres.

     -Es verdad-dijo el viejo cazador.-He oído hablar de este mal en la Aldea del Norte. La gente se vuelve loca, se arroja al mar desde las rocas, con tal de no sentir el vacío del viento. Eso decían, pero yo nunca lo creí.

     -Pero el viento es nada-dijo Tarkus, sin dejar de frotar la piel de Sigur.

     -El viento es todo mientras está, y la ausencia de todas las cosas cuando desparece. No se lo puede reemplazar, y deja la sensación de muchos dedos apretando la cara. Pronto la sensación se va perdiendo, y un calor la reemplaza.

     El viejo se sentó junto a Sigur, que ahora deliraba en un murmullo.

     -Dicen los pobladores que son como manos gigantes formadas por insectos que se aferran a todo lo que se interpone en su camino. El viento siempre es más fuerte y lo arranca todo a su paso. Cuando se detiene, las manos quedan adheridas a nosotros, y entonces empiezan a penetrar la piel. Son dedos muertos, son como el vacío en una garganta sin aire.

     Volvió a mirar a Sigur, y le acarició la cabeza como a un hijo.

     Sigur deliró toda esa tarde. Habían dejado a dos ayudantes para cuidarlo, porque Tarkus y los demás jefes tuvieron que reprimir una revuelta en el pueblo. Muchos mensajeros habían visto a hombres pintados de blanco entre la nieve, vigilándolos, y la gente temía un ataque.

     Volvieron a llamar a las dos mujeres antes de la noche, y ellas hicieron nuevos preparados para bañar la cabeza de Sigur cada vez que el ardor crecía. En la noche, la fiebre había cedido, y él dormía. Lo cubrieron con mantas hasta el cuello. El fuego crepitaba con estrépito, aislándolo de los gritos con que afuera, en el valle, los grupos se alistaban para partir de expedición.

    

     Tarkus había ordenado preparar las armas y escudos, y formó un pequeño ejército que esperaba sus órdenes.

     -Si no regresamos para mañana, quédense en el valle. No nos atacarán en la tormenta.

      Prepararon los trineos con pocas provisiones. Los perros ladraron durante un largo rato antes de partir. De vez en cuando volteaban la cabeza hacia la colina, y aullaban.

     Estaba tan oscuro, que el cielo parecía un pozo, con sólo la línea del horizonte hacia el sur como un halo blanco alumbrando esa parte de la tierra. Las nubes tenían contornos blanquecinos y morados, tonos color naranja que pronto se esfumaban y perdían sus formas, confundiéndose en una única masa de grises y negros hacia el norte. Un aire helado había aparecido sin que nada lo trajese, ni viento ni brisa.

     Los trineos avanzaron, alejándose con las lanzas a los costados, a manera de tridentes para posibles enemigos que apareciesen por los flancos. Toda la noche viajaron en la penumbra, guiados por la delgada línea blanca del sur. Los perros seguían silenciosos, sólo se escuchaba el rozar de las ligaduras de cuero y el jadeo. Los hombres no podían verse entre sí, a veces únicamente el brillo de los ojos en la oscuridad, pero siempre sobrepasado por los ojos de los perros.

     Tarkus quiso que los trineos viajasen separados por una distancia considerable. Si los atacaban, el resto podría llegar en su ayuda o volver para dar aviso y buscar refuerzos. Viajaban atentos al ruido de los pasos en la nieve, al rodar de los pedruscos o los gemidos de los animales. Silvó, y todos se detuvieron.

     -Escuchen-dijo.

      No se veían uno al otro, pero adivinaban la inquieta mirada de atención de su jefe. La oscuridad era como un monstruo que no querían observar, porque el silencio la hacía más temible. Pronto un sonido muy lejano y grave llegó desde una dirección imprecisa. Los perros estaban temblando. Uno de los hombres bajó a acariciarlos, pero los animales retrocedieron. No parecían enfurecidos, sino asustados.

     El ruido fue creciendo. Era un estruendo apagado que viajaba por debajo de la nieve, acercándose con mayor o menor rapidez por momentos. A veces aparentaba detenerse y disminuir, como si se alejara, pero luego continuaba acercándose. Los perros saltaban y tiraban  de sus riendas. El miedo venía del sur, pero no alcanzaban a ver todavía, y se voltearon a mirar hacia el norte.

     -No regresaremos-les dijo Torkus, adivinando su inteción.-Ya no hay tiempo de huir de la tormenta o de lo que sea que nos amenaza en el sur.

      Los hombres murmuraron, se escucharon corridas en la nieve, y luego golpes y jadeos. Después se detuvieron y su respirar cansado fue el único sonido familiar esa noche.

     Entre dos muertes posibles, eligieron la espera. No había líderes ni guías que los condujeran a lugares mejores. El único en el que confiaban a ciegas yacía enfermo y sin cordura. Aguardaron en la oscuridad. No encendieron una sola antorcha. Esperaron, como muñecos de nieve, o como simples maderos en la planicie fría, listos a ser arrastrados y dejarse llevar.

    

     El amanecer casi no se distinguió de la noche. Las viejas entraron a la tienda de Sigur. Él estaba boca arriba, y al sentir la ráfaga, abrió los ojos. Uno de sus hombres se le acercó, pero las

se habían adelantado y le hablaban con cariño.

     -Hijo-le dijeron.-¿Recuerdas cuál es tu nombre y el de tu madre?

     Sigur miró a alrededor. Se sentía descansado, como si esa fuese la primera mañana luego de muchas noches de llevar dormido.

     -No sé por qué me lo preguntan, pero voy a responder a estas ancianas. Mi nombre es Sigur, hijo de Tol y de Sila, y nieto de Zor el cazador.

     Las viejas no pudieron evitar lágrimas de gozo, y apretaron con sus dedos débiles un brazo del joven.

     -Lo hemos recuperado-le dijo una a la otra.

     Él quiso levantarse, pero los hombres le pidieron que siguiera descansando. Le contaron la situación del pueblo.

     -Las empalizadas están casi listas, pero la gente tiene miedo. Tarkus ha salido en busca de enemigos, ayer, y no ha regresado. Nos ordenó quedarnos y mantenernos unidos.

     -¿Y la tormenta?

     Las ancianas intervinieron.

     -Debes ver lo que sucede en el cielo, joven Señor, porque es algo que te concierne.

     Los hombres las miraron con enfado. Ellas se habían parado de espaldas a la luz que entraba a través de la tela agitada por el viento, parecían dos columnas de roca, indiferentes a toda severidad o reprimenda.

     Sigur no quiso obedecer a los recelos de sus ayudantes, y se levantó apoyándose en ellos. Apenas una tela sucia de sudor lo cubría de cintura para abajo. Las mujeres le dieron paso.

Ya no había gente esperándolo afuera. Todos estaban ocupados preparándose para la tormenta. Sólo unos pocos niños sin padres se habían sentado durante el día y la noche al pie de la colina para verlo salir.

     A pesar de la opaca luminosidad, tuvo que cerrar los párpados para no lastimar sus ojos. Se frotó la cara, siempre apoyado en los brazos de sus hombres. Al principio únicamente vio manchas deformando el paisaje. Luego, la vista se fue aclarando y vio lo que se extendía alrededor de la colina.

     La gran espiral de la caravana estaba casi completa, sólo la cola del círculo mayor conservaba los irregulares contornos de las vallas en construcción. Las fogatas despedían humo blanco, subiendo al cielo cubierto de nubes tan uniformes que parecían una sola gran masa  oscura, como si el cielo nocturno hubiese persistido hasta muy entrada la mañana, iluminado por algo que surgía de algún lugar indefinido. La nieve se depositaba sobre las otras capas de nieve, sucias por las bestias de carga que andaban libres sin que nadie les prestase atención. Los perros de los trineos y las cabras estaban atados y saltaban asustados. Algunos niños todavía jugaban entre los círculos de la espiral, y miraban al cielo cuando algún relámpago o trueno los interrumpía.

     Las viejas levantaron su mano derecha en la misma dirección que los niños: el cielo del norte.

     -Allá vienen, joven Sigur, te traen un mensaje.

     Él miró, esforzándose por distinguir esos pequeños puntos negros en el fondo gris del horizonte. Algo había cambiado en la luz. Era más clara, no mayor, sino simplemente más blanquecina, como si las nubes se estuviesen moviendo. Entonces se dio cuenta de que la tormenta había llegado. Eran esos círculos de viento que antes había visto muy lejos, y que ahora giraban arrastrando nubes desde todas direcciones. Los círculos embebían las nubes más altas, y se dispersaban sobre el valle para ascender nuevamente. El zumbido del viento se transformó en un estruendo.

      Los puntos negros avanzaron velozmente. Sus figuras se fueron definiendo con claridad. Eran aves, formadas en filas como un ejército, abarcando casi todo el cielo. Tenían amplias alas negras, picos grises y corvos, y emitían graznidos que se perdían con la distancia. Pero la tempestad no las afectaba aunque volaran por debajo de las nubes.

     Un olor a plumas llegaba desde todas partes. Algunas cayeron alrededor de Sigur y su gente, y las viejas las levantaron. Él tomó una y la acarició. Fue como estar tocando la piel de Gerda después de mucho tiempo. Sintió que su fuerza recién recobrada volvía a quebrarse.

     -Llore, mi Señor. No se avergüence-dijo una de las mujeres.

     Se apartó de ellas, sosteniéndose por sí mismo esta vez, y se secó la cara. Volvió a mirar el cielo. Los pájaros habían formado una techumbre sobre el valle y la colina, volando en círculos en dirección contraria a la espiral de la caravana. El viento parecía ser más fuerte que antes. Las nubes se desplazaban con una rapidez que nunca habían visto, y el ruido del viento era más que ensordecedor, producía escalofríos que penetraban los huesos. Las aves seguían girando, siempre girando en incontables vueltas cada vez más veloces, y el viento fue elevándose, pasando entre las alas y subiendo, hasta quedar sólo una brisa con aroma a tierra en la colina y sobre la gente.

     Los relámpagos continuaron, los truenos crecieron en intensidad. El pueblo podía sentir el olor y el ruido de la lluvia que se había detenido en la barrera que formaban los pájaros. Las plumas de las alas y la parte superior brillaban con el agua, reflejando la luz del sol en haces blancos sobre la tierra, pero la mayor parte de los rayos que pasaban entre las grietas del cielo tormentoso se perdían entre la masa negra de las aves.

     Algunos pájaros comenzaron a caer.

     Sigur caminó entre ellos. Tocó las plumas negras, acarició las cabezas, y cerró los párpados de las aves. Levantó una, le plegó las alas y la sujetó contra el pecho. Volvió junto a las viejas, y siguió mirando al cielo.

     Los pájaros giraban más rápido todavía. El viento que intentaba descender era expulsado hacia arriba con una fuerza que arrastraba también a las nubes y la lluvia de un lado a otro del cielo. Una nueva lluvia de plumas caía al valle, y los niños corrieron en su busca, saltando para atraparlas en el aire. Las madres querían detenerlos, porque tenían miedo de los presagios, pero no lograron impedir que ellos se cubriesen de plumas negras como pájaros sin alas.

     Los niños que lo habían esperado al pie de la colina también corrían detrás de las plumas, las juntaban en sus puños, mostrándose uno al otro esos ramilletes negros. Entonces uno de ellos se acercó a Sigur y le ofreció uno. Sigur se agachó, tomó el ramillete de plumas, y después de quedarse un rato con los ojos cerrados, como si estuviese escuchando algo, suspiró profundo.

     -Mi hijo ha nacido-dijo entonces, elevando la vista al cielo nuevamente.

     Las viejas se miraron, complacidas.

     Los hombres seguían perdidos en la contemplación de la tormenta.

     Sigur, de pie frente al valle, comenzó a acariciar al buitre muerto contra su torso desnudo, como una mancha negra sobre el vello rojo de su pecho.


*


Cabalgaban sobre los lomos de los tarpanes. Sujetos a las crines, sus cuerpos se balanceaban suavemente. Los cuellos cortos de los caballos estaban mudando el pelaje, y las barbas claras que les llegaba al hocico se mecían mientras trotaban.

     Poco soles antes de zarpar, le habían encargado a Tol averiguar el origen de las aves extrañas que llegaban del norte y anidaban en los muelles, las construcciones del puerto y el pueblo.  Las naves estaban preparadas, el cielo limpio, los hombres descansados. Todo listo para el viaje hacia la región del Droinne, y pensó en las armas. Tenían suficientes en las naves para matar a todo un pueblo.

     -Son para defendernos-había dicho a los jueces cuando se sorprendieron de la cantidad que subían a los barcos.

     -Las hiciste construir sin nuestro permiso-le reprocharon.

     -Son tierras nuevas para ustedes, pero que yo conozco. Los pueblos de allí son guerreros.

     Los jueces finalmente aceptaron dejarlo partir. Entonces continuaron cargando los instrumentos de guerra: lanzas de todas formas y tamaños, arcos y flechas, catapultas, cientos de puñales, escudos de cuero y madera, piedras modeladas como bolas, antorchas y enormes cantidades de paja, pero sobre todo fue el gran número de troncos lo que sorprendió a todos. Había inventado varios instrumentos que aún estaban a prueba, y Tol tenía la intención de armar  formaciones de más de treinta hombres escondidos en pesadas fortificaciones móviles. Incluso estaba dispuesto a destruir los barcos si la madera no alcanzaba, o si no podía disponer de bosques.

     De dónde habré creado todo esto. Yo, tan ignorante cuando huía del volcán, que no fui capaz de salvar a mi mujer y mis hijos. Y ahora tan diestro en los preparativos de una guerra. Es la edad, quizá.  Mi cuerpo envejece y mi mente abre los ojos de la experiencia. Triste inteligencia de la venganza, que sabe esperar con paciencia de tortuga, creando mundos nuevos para que las manos maten y se satisfagan. Pero una vez abiertas las manos, los ojos ya no pueden cerrarse, no pueden ver cosas de otro mundo que no sea ése. Triste tiranía del rencor, que ofrece algo de calma a sus siempre insatisfechas víctimas. Pero el rencor es una llaga más duradera aún que el remordimiento, y no lleva a la sumisión y al castigo, sino a la ira.

     Los pájaros empezaron a anidar en los techos de las cabañas, a asentarse sen los muelles, los árboles junto a los caminos de la aldea. Intentaron espantarlos o matarlos, pero siempre llegaban más cada mañana. No lastimaban a nadie ni comían de los restos que los pescadores dejaban en el puerto. Los jueces temieron que una gran tormenta de nieve y viento se estuviese acercando, y encargaron a Tol una expedición por tierra. Preparó los tarpanes y las provisiones, dispuesto a postergar la salida de los barcos. Pero antes volvió a pedir informes.

     -Hay gente más al norte-le dijo el jefe de vigías.-Hay huellas de trineos pesados, pero no creo que lleven muchas armas. Tenga cuidado, Señor.

     Tol agradeció la advertencia, y al día siguiente partieron. Después de un día de viaje, los veinte hombres cabalgaban sin que los inquietara la oscura tormenta que se avecinaba en el cielo del anochecer.

     -Se ha desatado ya a dos días de aquí. No creo que haya peligro para la aldea, mientras no dure demasiado.

     -Llegará débil, si lo hace. Sólo será una lluvia de tres días, a lo sumo.

     Así hablaban. Tol los escuchaba, pero ellos sólo notaron el movimiento afirmativo de su cabeza y el sonido de un balbuceo. Lo conocían desde hacía mucho antes, cuando él era uno más de ellos, aunque un poco mayor y más astuto en la caza, y con un pasado del que no le gustaba hablar.  Había escuchado a sus hombres contarse historias mientras viajaban, historias de luchas, guerras e injusticias, de las que su Tol había sido víctima y por las cuales ahora exigía venganza. Él hacía un gesto hosco con la cabeza, un ademán severo con los brazos o el grito rotundo de una orden para que se callaran. Los había elegido entre los mejores del pueblo para entrenar a los demás e incrementar el ejército, había vencido las críticas de la Asamblea durante largos veranos de reuniones y pedidos.

     Tol miró hacia delante, donde una sombra manchaba el fondo blanco de la nieve iluminada por la luz endeble del amanecer. Las nubes de la tormenta, aunque todavía lejos, se desplazaban como deformes restos de un cielo que se agrietaba lentamente.

     -Extraña tormenta, miren allá-dijo uno.

     En el norte, el cielo se estaba moviendo, convulsionado, como destruyéndose a sí mismo. Pero no caía, sólo una lluvia gris se batía sobre la tierra lejana. Algunas aves volaban por encima de ellos, graznando con gritos angustiantes. Tol siguió el vuelo de los pájaros, hasta que desaparecieron hacia el sur. Luego, volvió su atención a la mancha en la nieve.

     -Hay algo adelante, creo que son trineos.

     -Los animales sienten algo-dijo otro de los hombres, acariciando a su caballo, que resoplaba y agitaba la cabeza.

     Tol ya lo sabía. Su tarpán de pecho blanco y patas negras había estado inquieto desde mucho antes. Ahora la sombra agrisada tomaba tonos precisos y diferentes, moviéndose dentro de aquella indefinida masa en la niebla.

     Entonces los perros empezaron a ladrar.

     -Tenían razón los vigías. Son un pueblo organizado, y han mandado un grupo a explorar. ¿Pero por qué se han detenido?

     Tol no lograba comprenderlos. Si se habían detenido desde la mitad de la noche anterior, ellos ya los habrían alcanzado. Tal vez algo grave les hubiese ocurrido: hombres heridos, trineos rotos, perros enfermos. Ninguna de estas causas le parecía suficiente para detener a todo un grupo a la vez.

     -Los perros y los caballos tiemblan-dijo Tol, como si finalmente sus pensamientos hubiesen llegado a una conclusión.- Estoy seguro que esos hombres, allá adelante, nos tienen miedo.

     -Mejor así.

     Los hombres se habían puesto a hablar en medio de las sombras con sólo el resplandor opaco de la nieve contorneando las figuras de los jinetes y caballos.

     -Unos mercaderes contaron que la caravana reclutó gente de poblado en poblado durante los últimos cuatro inviernos. Los guía un hombre al que acompañan las aves negras.

     -Eso explica los pájaros-dijo otro.   

      -Pero todo eso son habladurías de viajeros y de mujeres-dijo Tol, que desdeñaba esas creencias y supersticiones de sus hombres.- Es imposible que los buitres vengan de esas regiones tan frías.

     Y sin embargo, la figura de un hombre caminando en la nieve, escoltado por pájaros que habrían podido matarlo pero lo protegían, no le resultaba del todo extraña. Como si alguna vez hubiese soñando con eso. Quizá fuese cuando pensó en el alma de su padre ascendiendo y agitando las ramas del bosque aquel lejano día, parecida al alma de un pájaro aliviado del peso de su cuerpo. No podía aún quitarse de las manos ese recuerdo: había sido como cargar a un pájaro muerto.

     El caballo se encabritó. Él había tirado de las crines con demasiada fuerza mientras recordaba. El sol se asomó sobre la estepa, dibujando alargadas figuras de hombres y caballos. Vio entonces, muy cerca, los trineos esparcidos y quietos, perros agazapados y hombres de pie, sosteniendo lanzas en alto. Casi hasta creía ver las marcas de las venas como arañas crecidas en las caras frías, que no parpadeaban, nítido el esfuerzo con que fruncían la frente para no temblar.

     Tol levantó su brazo en señal de paz, con la palma abierta.

     -Cúbranme, pero no ataquen-ordenó a sus hombres.

     Tol comenzó a cabalgar lentamente, hasta que los perros de los extraños le impidieron seguir. Los animales se habían acercado y ladraban al tarpán. El caballo relinchaba, meneaba la cabeza, agitaba las crines. Intentó corcovear varias veces, pero Tol lo retuvo apretando los talones.

    Los extraños lo miraban, sin hablarle. Tol desmontó, como prueba de confianza, y dijo lo que acostumbraba ante desconocidos.

     -Vengo de la Aldea del Norte. Somos hermanos de tierra y de paz.

     El otro dejó entonces la lanza en el trineo, mientras los demás, uno después del otro, clavaban las suyas en la nieve. Tol caminó hacia ellos. Los alientos blancos se mezclaron y fundieron en el aire de la mañana.

     -Mi nombre es Tarkus. Pertenezco a la gran caravana que viene del Norte-dijo con un acento que Tol ya había escuchado en otros viajeros que habían llegado de aquellas regiones.

     -Hemos escuchado de ustedes-contestó-pero nada sobre lo que buscan.

     -Vamos al Sur, más allá del Gran Mar.

     La piel de Tol, antes tan brillante por el reflejo del sol en la nieve, empalideció levemente. Puso una mano sobre un hombro de Torkus, y éste retrocedió.

     -No tengas miedo. Mira a mis hombres. Están atentos a nosotros. Si alguno de nosotros dos muere, no quedará estéril la venganza.

     Luego Tol lo invitó a sentarse al borde del trineo. El tarpán se acercó a su dueño, despacio,  mientras los perros ladraban. Tol le palmeó la sancas para que regresara con sus hombres. Volvió a sentarse junto a Tarkus.

     -Yo soy de esas tierras, y mi nombre es Tol.

     Su voz era clara y baja, como si estuviese hablándole al oído. Tarkus, que lo miraba con asombro, le dijo:

     -El padre de mi líder tenía tu nombre.

     Tol cerró los ojos y aspiró profundo antes de preguntar, tapándose con una mano la mitad de su cara, como si temiese que lo que iba a escuchar fuese más fuerte que una esperanza, o menos que un puñado de nieve derretido con el sol. En ambos casos, no sabía aún si toleraría la verdad.

     -¿Y cómo se llama él?

     Tarkus no había entendido.

     -¿Cómo se llama?-repitió, dejando que el otro viese sus ojos turbios entre sus dedos.

     Sin embargo, Torkus ahora desconfiaba.

     -¿Por qué quieres saberlo?

     -Tal vez lo conozca…-Pero la sola idea de que fuese cierto lo que presentía lo abrumaba más que todo aquel tiempo de incertidumbre durante el cual había imaginado toda clase de posibilidades.-Yo tenía dos hijos, y se llamaban Zaid, el mayor, y Sigur, el más pequeño.

     Tarkus miró al hombre frente a él como si estuviese viendo algo que nunca creyó podría existir más que en relatos o historias. El padre del gran hombre del Norte, liberador de tierras y cazador de osos. El protegido por las extrañas aves negras, cuya misión había atemorizado a los pueblos por los que habían pasado durante esos cuatro inviernos. Se arrodilló frente a Tol.

     -¡Señor! Nunca imaginé este privilegio, ser el primero en descubrir que el padre de nuestro líder está vivo.

     Había agarrado a Tol de las manos, y las besaba.

     -Hombre, no te humilles-le pidió Tol.-Tu gente te está mirando.

     -No me importa, ellos también lo harán.-Y se levantó haciendo gestos para que los otros se acercasen.

     Tol creyó necesario llamar a su gente.

     -¡Desmonten y dejen a los caballos lejos, los perros los asustarán!-gritó.

     Tarkus se había rodeado de varios hombres, a los que se iban uniendo otros de los últimos trineos. Los perros no dejaban de ladrar, pero ya nadie les hizo caso.

     -Hemos encontrado al padre de nuestro Jefe-les dijo Tarkus, e iba a pasar un brazo sobre los hombros de Tol, como si se tratase de un amigo recuperado, pero se dio cuenta de su atrevimiento. Y mientras cada uno de sus hombres se acercaba a saludar con una reverencia, murmuró a los oídos de Tol:

     -Señor, desearía ser el primero en anunciarle a su hijo estas noticias, pero me contentaré con llevarlo a su presencia. Esto, mi Señor, lo hará recuperarse del todo.

     Tol era ahora quien lo miraba con desconfianza.

     -Ha enfermado. Creo que el mal del viento lo afectó hace algunos días, y ha estado delirando.-Levantó las vista a las nubes de tormenta, que seguían calmas.-Tal vez no quede nada de la caravana en estos momentos.

     -No he esperado tanto para verlo morir cuando estoy tan cerca de él. Vayamos rápido, y será mejor que lo hayan cuidado como es debido.

     No había planeado ser severo con aquellos que lo reverenciaban, pero se sabía poseedor de un nuevo respeto difícil de quebrantar, que lo encumbraba no sólo por encima del común de los hombres de su aldea, sino también de aquellos extranjeros.

     Y sobre todo, la nueva imagen de su hijo lo enorgullecía. Las acciones de Sigur, fueran cuales fuesen, lo habían elevado también a él.


     El cielo seguía cubierto por un manto de nubes que descendían como niebla sobre el valle. Tarkus y los suyos precedieron a los hombres y caballos de Tol. Cuando vio el pueblo, gritó:

     -¡Se han salvado!

     Cuando pasaron las colinas escarpadas, vieron que la espiral de la caravana permanecía intacta. Oyeron la música de flautas y tambores. La gente era pequeña como hormigas moviéndose frenéticamente entre las empalizadas. Las fogatas eran puntos brillantes en la luz pálida de la tarde, humeando con el blanco color que las nubes ya habían perdido, y parecía subir para restaurar el cielo.

     Los hombres de la expedición saltaron de los trineos y se abrazaron. La gente de Tol los observaba, con una mano sobre los lomos de los caballos y la otra cubriéndose los ojos del reflejo lastimoso de la nieve. El corazón de Tol latía más rápido, la garganta se le había anudado con algo que subía del pecho cuando intentaba respirar.

     ¿Cómo será mi hijo? Un hombre, luego de veinte inviernos. ¿Se parecerá a mí, seguirá teniendo el color de los ojos de su madre?¿Me reconocerá?. ¿Me estimará a pesar de tanto tiempo? Si sólo era un pequeño cuando nos separamos.¿Cuánto conservará en la memoria sobre mí?

     Torkus comenzó a reparar su trineo, y Tol se le acercó. Estaban casi en la desembocadura del camino que llevaba a la colina de Sigur.

     -Unas ancianas lo han estado cuidando. No me he atrevido a contrariarlas. Es que su hijo posee algo que lo sigue y lo protege tomando formas especiales, de aves o de mujeres. A veces, al mirarlo con atención, su cuerpo no parece pertenecerle. Como si estuviese ahí y al mismo tiempo uno viera un cuerpo del pasado.-Torkus movió la cabeza, subestimando sus propias palabras.-No creas en todo lo que digo, son pareceres sobre lo que no entiendo, pero usted, que es su padre, lo comprenderá.

      Tol prestó toda la atención necesaria, pero sus pensamientos lo llevaban hacia la colina.

     Si no lo reconozco al verlo, amigo mío, no conozco a mi hijo en realidad. Él no me conoce, tampoco. Ya no somos aquellos que fuimos, esa es la verdad. Nadie es el de hace veinte inviernos. Nadie es el de ayer. Temo que la desilusión crezca en nosotros, nos aparte de nuestros caminos elegidos. El conocimiento y la ignorancia. Dónde se halla el punto intermedio de la felicidad. Lejos, más alto que el sitio más alto del cielo.

     -Él lo ha esperado siempre, no se preocupe-le dijo Tarkus.

     -Se va a desilusionar cuando me vea. Yo también sentí lo mismo al ver a mi padre viejo y débil.

     -Pero usted es todavía fuerte.

     Tol no respondió. La vida en las tierras del Droinne con Zor y su familia se le apareció vívida y clara, como si el sol del bosque volviese a rodearlo en este valle. Los recuerdos volvieron a tener un sentido real, cuando el regreso al pasado estaba ya tan cerca, en una colina a pocos pasos.

     Pero lo que fui y lo que soy no se unirán en la mente de mi hijo. El padre de la infancia es siempre más grande y voraz que el padre de la madurez. Tengo vergüenza de mi incipiente vejez, tan próxima, de mis arrugas y mis descreimientos. Soy más duro que antes con el mundo, y más endeble para con mi hijo. ¡Dioses de la incertidumbre, que por lo menos eso sea suficiente!

     Más tarde, continuaron camino en dos grupos. Uno bajó al valle. El resto, con Tol, Tarkus y cinco hombres, subieron el lecho del río seco que los separaba de la colina de Sigur. Pronto vieron la tienda de color negro, las hilachas del cuero batiéndose con el viento, las plumas de las aves levantándose y cayendo otra vez en pequeños remolinos. Dos guardias en la entrada reconocieron a Tarkus y se acercaron. Él les ordenó encargarse de los caballos.

    Las telas de la entrada se separaron, las manos de una vieja aparecieron en los bordes, tan duras y secas como el cuero que apartaban. La cara de la anciana miró con asombro a Tol, pero guardó silencio. Estaba oscuro. Tarkus caminó casi a ciegas hacia el camastro de Sigur. Tol se había quedado parado cerca de la entrada.

     -¿Por qué buscas en el lecho de un enfermo a quien está sano?-dijo una voz desde el fuego.

     Tarkus miró las débiles brazas de leños verdes. Sigur estaba parado junto a la fogata, con una manta negra y amplia que le caía desde los hombros. La manta estaba abierta por delante, y dejaba ver el vello rojo del pecho desnudo, y luego se cerraba hasta caer sobre los tobillos. Sus cabellos habían crecido en esos días de convalecencia, estaba largos y revueltos, mojados aún como si recién hubiese salido de un baño. Las manos estaban unidas delante del pecho, y parecían sostener algo que la sombra impedía ver.

     -Bienvenido, amigo Tarkus-dijo Sigur, y sus labios se movieron entre la barba colorada como el fuego.

     Tarkus se había acercado, pero recordando al que venía con él, se limitó a hacer una reverencia.

     -¿Amigo mío, no te alegras de verme bien?

     -Sigur, alguien te espera-contestó Tarkus, y señaló la entrada.

     Tol seguía de pie, conteniendo la respiración, aunque parecía sereno. Una ráfaga, y su casaca se batió con el viento. Luego el viento rodeó también a Sigur, cuya manta se movió un poco, entonces algo se agitó con violencia. Lo que sostenía en sus manos aleteó y emitió un graznido.

     -¿Quién eres?-preguntó Sigur.

     Tol se acercó. La luz daba en su espalda, y no permitía ver las formas de su cara. Se fue acercando. Estaba ya muy cerca cuando Sigur retrocedió con un temblor. Las llamas iluminaron el rostro de Tol, la misma cara del padre que había visto veinte inviernos antes por última vez.

     No pudo hablar, sólo un balbuceo creció sobre su llanto retenido. Entonces cayó a los pies de Tol y abrió los brazos. El buitre herido y ya recuperado salió volando de la tienda. El batir de las alas se perdió en la distancia, mientras las viejas lo seguían con la mirada.

     Tol se dio vuelta un instante, y volvió a mirar a Sigur, que se había abrazado a sus piernas. Unas lágrimas cayeron por su cara. Las piernas le temblaron, tomó la cabeza de su hijo entre las manos, y lo hizo levantarse.

     Sigur obedeció lentamente, pegándose al cuerpo de su padre, como si fuese el niño de cuatro años que acostumbraba a subirse a sus hombros.

     Eran ahora de la misma altura. Sigur lloró lo que no había llorado el día que se separaron. Tol lo sostenía con sus manos sudadas y temblorosas, pero fuertes.

     -Todavía tienes el color del cabello de cuando eras un niño-dijo Tol, acercándose a los labios de su hijo para besarlo. Después, se abrazaron por un largo rato.

     Tarkus los observaba, avergonzado, y salió. Echó una mirada hosca a las ancianas, pero ellas no necesitaban eso para saber que estaban de más, y se fueron.

     Padre e hijo se sentaron junto al fuego alimentado por nuevos leños, mirándose mutuamente sin decirse nada.

     -Tienes un nieto, padre-dijo Sigur, luego del silencio.-El ave que viste salir es un mensajero para mi hijo, que está en el Norte.

     Tol se había habituado a la idea de ser un hombre solitario. Y de pronto, era padre y abuelo, sin saber cómo cumplir esas tareas. Era abuelo como su padre lo había sido, y ocupaba el mismo lugar que su padre había ocupado alguna vez en la familia. Pero el honor de Zor había durado muy poco, y el suyo llegaba quizá demasiado tarde para disfrutarlo.

     -Mi hijo es la esperanza, padre. Ya te contaré todo.

     Afuera había anochecido. Seguían oyéndose el retumbar de los tambores y los ladridos de los perros que corrían y jugaban con los niños. Pero ellos dos se habían acostumbrado a la penumbra de la tienda, y dejaron correr el tiempo como si fuese una noche más larga que cualquier otra.

     Sigur hizo traer comida. Mientras les servían, ellos continuaban mirándose, a veces en silencio, otras hablando.

     -¿Me conoces, hijo? Sé que apenas me recuerdas, soy otro ahora.

     -Padre, te miro y veo al hombre que me cargó en su espalda ese día, corriendo, rodeados de rocas calientes, junto a mi madre.

     -Debo preguntar, aunque casi sé la respuesta…-murmuró Tol.

     -La mataron. Los hombres de Reynod la mataron….-Sigur miró el fuego que crecía.-Nunca lo dije en voz alta hasta hoy. ¿Podrías creerlo? No sé si te esperaba para hacerlo, pero sí que es el día correcto para sacarme esas palabras de encima. La mataron, padre. Yo los vi. Y la he vuelto a ver más tarde, en espíritu, revelándome el deshonor de nuestro pueblo.

     -Me contaron que viajas al sur-dijo Tol.- ¿Pero por qué? ¿Y esas aves extrañas que te siguen?

     Sigur extendió su brazo izquierdo para mostrarle el muñón. Tol se sobresaltó.

     -No te preocupes. Hace mucho tiempo que no duele. Mi mujer viene de sitios que no conozco, de la estirpe de las hechiceras. Ella y mi madre me encomendaron la tarea de recuperar las tierras del Droinne para el viejo pueblo que las habitaba, antes de la invasión y la masacre. Sólo sé que ellos van a regresar, los antiguos habitantes volverán de alguna forma.

     Tol no comprendía del todo, pero todo eso no se alejaba demasiado de sus propios objetivos.

     -Hace tiempo que preparo una expedición hacia allí. Iba a buscarlos a ustedes y a recuperar el buen nombre de mi padre. Si es que tu hermano ha sobrevivido.

     -No he vuelto a verlo nunca, padre. Pero volveremos juntos. Tus barcos y mis hombres.

     Se levantó, y le pidió que saliera con él. La noche estaba estrellada. Las nubes se estaban dispersando. Una brisa fría pero suave les rozó las caras acaloradas por las llamas. Una espiral enorme de fogatas se extendía por el valle.

     -Me quedan más de setecientos hombres, sin contar a sus familias, listos para pelear, animales de carga y provisiones. Tenemos armas y podemos construir más.

     Tol se puso a pensar. Era eso más de lo que había esperado siempre.

     -Llevaremos también a los caballos, y tus hombres aprenderán a montar. Barcos cargados con nuestros tarpanes. Los entrenaremos en las llanuras del este cuando lleguemos. Ellos nos darán ventaja sobre los hombres de Reynod. Deben tener todavía armas viejas. Cuando volvamos a la Aldea del Norte, te mostraré los instrumentos que inventé.

     Tol no pudo evitar reírse con fuerza al verse junto a su hijo recuperado, frente a aquella cantidad de hombres y animales que pronto formarían sus legiones. Pasó un brazo sobre los hombros de Sigur, mirando el caracol de fuego formado bajo las estrellas.

     Un silbido plácido anunciaba el viento, que pasaba muy por encima de sus cabezas.

     El aullido de unos perros, de tanto en tanto.

     El grito de un hombre obligando a su mujer a bailar al ritmo de una flauta.


*


Mientras la gente de Sigur se quedaba en las afueras, Tol y su hijo y los principales hombres de ambos grupos entraron a la Aldea del Norte. Habían pasado cinco días desde que postergaran la salida de los barcos, pero Tol tendría que hacer muchos cambios.

     -Iré a pedir audiencia con la Asamblea-dijo a Sigur, que miraba el pueblo con curiosidad.

     -Estuve aquí cuando era un niño, vine a cambiar pieles por alimentos. Ahora el pueblo es más grande, o por lo menos así me parece.

     -No te equivocas, hijo. Cuando llegué, era la mitad de extenso. No es todo mérito mío, pero cuando me hicieron jefe de su ejército, emprendimos expediciones y los impulsé a ser más fuertes con los otros pueblos.

     -Era una aldea pacífica en ese entonces-dijo Sigur, observando las peleas en la calle y en los puestos de los pescadores, a los hombres ebrios que caminaban perdidos por el muelle. Algunas mujeres clamaban sus mercancías con desgano, cerca de las construcciones que se habían multiplicado desde el puerto hasta mucho más allá de los límites originales de la aldea. Las carretas iban por las calles de barro apisonado, arrastradas por caballos que habían reemplazado a los alces que utilizaban hasta poco tiempo antes.

     Sigur cabalgaba en un tarpán, que montaba por primera vez en su vida. Apenas lo espoleaba, para no lastimarlo.

     -Bellos animales-dijo su padre.-Hemos traído algunos de la estepa, y los dejamos en la llanura de la costa para procrearse. Te llevaré a verlos mañana, cuando hayas descansado. Iremos en busca de muchos más para tus hombres.

     -Necesitaremos tiempo, padre. Entrenamiento…

     -No te preocupes, mis guerreros les enseñarán.

     El crepúsculo cubría de rojo las techumbres de paja y madera. Los grandes hornos de ladrillos de barro humeaban en oscuras columnas que se perdían en la masa incierta de la penumbra creciente. El bullicio del pueblo decrecía en las calles de los comercios, pero aumentaba en la periferia, con las carretas y caballos, con los grupos de hombres, mujeres y niños que regresaban a sus hogares. Los perros ladraban, correteando entre la gente o bajo las carretas. A través de las ventanas se veían las fogatas recién encendidas y se percibían los olores de la carne asada, mezclándose con el sudor y el polvo de las calles. Cerca del muelle, una enorme construcción, parecida a una gran caja de madera cuadrada con sólo una abertura al frente y otra al mar, dejaba salir el ruido constante de las mazas.

     -Ése es el astillero. Trabajé allí durante algunos inviernos, y en los veranos como pescador.

     Sigur se veía cansado. Tarkus avanzó con su caballo hasta él.

     -Señor, debemos descansar.

     -Tiene razón-dijo Tol.-Sigur irá a mi cabaña, ustedes dejen los caballos en el establo del pueblo. Mi gente les dará camastros y mantas.

     Sigur les dio permiso a sus hombres, y ambos se quedaron solos. Cabalgaron un poco más hasta la cabaña de madera, ladrillos de barro y techo cubierto de ramas de pino. Las ventanas estaban cerradas. La hierba crecía espesa alrededor, a pesar de la nieve. Unos niños se habían reunido junto a una fogata. Al ver a Tol, arrojaron nieve al fuego y huyeron corriendo.

      -Entra y ve a dormir- dijo Tol mientras desmontaban.-Guardaré los animales y te calentaré agua.

     Sigur obedeció. La puerta estaba rota La oscuridad del interior parecía más vasta que el tamaño de la cabaña, tanto que no alcanzaba a ver donde pisaba. Sintió el polvo bajo los pies, el ruido de unas ratas, el olor a comida rancia. Vio la opaca línea de una ventana y fue a abrirla. Entonces la luz escasa del atardecer entró para alumbrar la estancia amplia y sucia.

     Las brazas frías de la chimenea parecían haber sido apagadas mucho antes. A los lados, sobre unos estantes había bolsas de granos. De las paredes colgaban arcos, flechas, azadones y mazas. Un tonel estaba cubierto con una tela. En el centro, una mesa grande y dos bancos, llenos de polvo y telarañas.

     Una escalera llevaba a un piso donde estaba el camastro. Subió, palpando con cuidado los escalones que sabía iban a romperse si se apoyaba muy fuerte. Por las rendijas del techado caían pajillas de nidos de pájaros y astillas de madera, había telarañas con pequeños huevos de insectos, que la luz del crepúsculo daba el aspecto de collares de cuentas.

     Sigur se acostó envuelto en pieles de alce de pelo corto. Ni siquiera alcanzó a pensar en el hogar de sus padres que esa calidez le recordaba. Cerró los ojos y durmió.


     En la mañana, Tol se había levantado antes del amanecer y salido a caminar. Cuando regresó, Sigur aún dormía. Se asomó por la escalera y lo miró respirar tranquilo, todavía vestido, mientras el sol atravesando las rendijas lo cubría de líneas blancas. No se atrevió a despertarlo, y se quedó pensando cómo hubiese sido verlo crecer.

     Luego cargó cubos de agua desde el fuego hasta el tonel. Había preparado dos tazones con leche y dos trozos de carne de cerdo.

     Sigur debió sentir el olor, porque bajó y saludó a su padre.

     -El sol trabaja todos los días y no se retrasa al levantarse-dijo Tol, con una sonrisa.

     -Pero el sol  nunca ha estado enfermo, padre.

     -Tienes agua para el baño. Haré que traigan tus cosas.

     Sigur se sacó la túnica que llevaba desde que había estado convaleciente y las sandalias de cuero, y se metió en el agua. Suspiró profundo. Su cuerpo se relajaba. Tol miró las espaldas anchas y fuertes de su hijo, y el muñón de la mano izquierda.

     -Me habría gustado cuidarte esa mano-le dijo mientras le daba el tazón con leche.

     -Ya te dije que no me duele.

     -¿Cómo pasó?-preguntó, porque Tarkus no había querido contarle.

     -Lo hice yo mismo, padre, para sobrevivir.

     Pero no quiso hablar más de eso. Tol se quedó sentado junto a él. Su hijo bebía, paseando la mirada perdida por las paredes de la cabaña.

     -Una vez tuve un ayudante. Era un niño todavía. A veces, me recordaba a ustedes. Después creció y se fue. Nos sentimos como extraños cuando esto pasó. Lo había criado, pero al crecer se convirtió en un hombre como cualquier otro, y yo había dejado de ser a sus ojos lo que él había visto cuando era un niño. 

     -¿Qué ves en mí?-preguntó Sigur, que lo miraba con los codos sobre el borde del tonel y el tazón en su mano derecha.

     -No sé. Veo un hombre diferente a mi hijo, que sin embargo, sigue siendo mi hijo.

     -No quiero que seamos extraños, padre. Nuestro trabajo no permitirá la desunión.

     Tol decidió deshacerse de pensamientos perturbadores. Se levantó para servirse un trozo de carne, y trajo un poco para Sigur.

     -Esta mañana pedí audiencia. Debemos presentarnos en dos días. Mientras tanto, iremos a buscar caballos. Termina de comer y vestirte.

     Se levantó y fue hasta la entrada. Un grupo se acercaba.

     -Aquí llega Tarkus y otros hombres. Dos mujeres te traen ropa y flores.- Se volvió hacia Sigur, sonriendo otra vez.-Te adoran, hijo mío, y eso me enorgullece.

     La mañana era tan clara que enceguecía. Terminaba el invierno, y la calidez se asentaba lentamente en la estepa. Los hierbajos se abrían paso entre el hielo derretido en pequeños charcos que formaban arroyos, como hilos de redes sobre la llanura. La aldea amontonaba sus desperdicios en los alrededores, y se había levantado un olor a excrecencias removidas por el deshielo. Tol iría a la aldea esa mañana.

     -Volveré a buscarte.

     Tarkus se quedó a dar informes a Sigur, que lo escuchaba mientras las mujeres lo vestían, colocándole bálsamos y especias sobre el cuerpo. Arreglaron su cabello, lavaron sus pies con aceites, y le pusieron collares.

     -Cuiden la casa de mi padre-les ordenó cuando Tol volvió a buscarlo.

     Ellas los vieron cabalgar hacia la región de los tarpanes.


     Al salir de la aldea, los senderos de tierra apelmazada se fueron haciendo pedregosos. El cielo del este era rosado y gris como plumas de gansos.

     -Llegaremos esta noche-dijo Tol.

     Sigur miraba la planicie bajo esos colores. Casi no podía recordar otra tierra que la del blanco de la nieve. El trotar de los caballos lo adormecía. Cabalgó junto a su padre toda la mañana, pero la conversación fue cayendo en un silencio interrumpido sólo por las risas de los que hablaban detrás. Tol estaba pensativo, y tenía la mirada perdida en el horizonte. Sigur refrenó su caballo y se unió a  los hombres de su padre, que callaron al verlo acercarse. Él los acompañó sin hablar. Parecían incómodos, pero Sigur no demostró esperar ningún trato especial. Siguieron en silencio un largo rato, hasta que al darse cuenta que no se atrevían a hablar primero, les preguntó:

     -¿Hace cuánto tiempo están al servicio de mi padre?

     -Diez inviernos, Señor. Fueron batallas en el extranjero, pero nada que un buen grupo no haya hecho con facilidad. Es un gran líder, podría gobernar al pueblo completo si quisiera.

     -¿En dónde han estado?

     -En el este, donde están los hielos. Luego fuimos desde ahí hasta el sur. Hay bosques de tundra y animales extraños. Una vez, los salvajes nos atacaron de sorpresa, entre dos muros de piedra. Era una noche fría y nos refugiamos allí del viento. Pero Tol logró organizarnos después del primer ataque, y los vencimos.

     El hombre había comenzado a buscar algo bajo su casaca. Sacó un amuleto.

     -Esto perteneció a uno de esos hombres. Su padre Tol me la entregó por mi valentía.

     Sigur quiso ver de qué se trataba, y el otro extendió su brazo para mostrarle el amuleto. Con la luz dorada de la tarde vio un dedo seco, casi negro, con vello en el dorso. Cerró los ojos, pero el otro no se dio cuenta de la expresión en su cara. Luego abrió los párpados otra vez. Fue un dolor intenso y rápido, nada más. Sólo el dolor que se repite de vez en cuando con el recuerdo. Pero algo quedó: un esbozo de ira.

     Los hombres son distintos. Y algunos, quizá, deben morir en beneficio de los otros. Pero los cuerpos son iguales, ninguna mano es mejor que otra, ni más o menos digna de una caricia o de un beso. La mano de aquel salvaje es también mi mano.

     -¡Espera!-dijo enojado.

    Ellos lo miraron, preguntándose en qué pudieron haber ofendido al hijo de su jefe.

     Sigur desprendió la tela del muñón y lo extendió.

     -¡Mira y pregúntame si duele!

     El otro no contestó, pero en su cara se veía el esfuerzo por contener un insulto. El temor al castigo de Tol era mayor, sin embargo, que el desafío que el hijo les estaba haciendo. Los de adelante se detuvieron al oír la discusión. Tol dio la vuelta mientras Sigur comenzaba a envolver su brazo.

     -Creí que lo sabían, padre. Que lo que se ha dicho sobre mí, había llegado hasta ellos. Pero ni siquiera mi padre me conoce, y debo soportar la ofensa de tus hombres.

     -¡¿En qué te han ofendido, hijo, y los mataré?!

     Tol miró a los demás, que bajaron la vista.

     -Hablo de los amuletos que les das en recompensa. Pedazos de hombres. Fragmentos que podrían ser de tus hijos.-Y levantó el brazo izquierdo a medio cubrir aún, para recordarle de qué estaba hablando. Luego se acercó un poco, y murmuró a su oído.

     -Hoy nadie me ha ofendido más que mi propio padre.

     Se fue cabalgando, adelantándose a todos. Sus hombres lo siguieron, esperando apenas un gesto para atacar a la gente de Tol, pero él no dijo nada.

     -¡Vuelvan a su formación!-ordenó Tol- ¡Y usted...- le dijo al que había hablado con Sigur-...regresará al pueblo con un guardia! ¡Ya no pertenece a mi ejército!

     Estaba oscuro cuando se detuvieron. Nadie habló mientras comieron. Tres fogatas iluminaban el mudo masticar de los guerreros y las caras preocupadas.

     Tol y Sigur no habían vuelto a mirarse en todo el resto del día y de esa noche. Se acostaron luego de alimentar y cepillar a los caballos.


     Antes de que amaneciera, Sigur estaba de pie junto a su tarpán, cepillándolo. Tol sintió frío, se había acostado casi denudo por el calor del viaje, y tenía temblores recorriéndole el cuerpo. Se cubrió con las mantas y se frotó durante un rato, luego se levantó y fue en busca del agua que se calentaba en la fogata. Uno de sus hombres lo ayudó a colocarse la túnica de cuero de buey que las mujeres le habían hecho al ser nombrado jefe. El pelaje era grueso pero se amoldaba al cuerpo con comodidad. Un gorro le cubría la cabeza y parte de la cara, cerrado bajo el mentón. Se calzó las botas, y fue hasta donde estaba su hijo.

     Sigur se había sentado en la nieve con el cabello mojado y los codos apoyados en las rodillas, masticando un fragmento de grasa de venado.

     -Hay leche en las alforjas-dijo Tol.

     Su hijo lo miró, sin moverse, sin saludarlo. Amanecía, y el sol se levantaba detrás de la figura rígida, desolada, de Sigur. Manchas doradas y agujeros de sol naranja se habrían paso entre los rizos, que lentamente parecían desperezarse al moverse con la brisa de la mañana.

     -Debemos partir, Señor-dijo un ayudante trayendo el caballo.

     Tol asintió.

     -Vamos, hijo.

     Sigur arrojó los restos de la comida al suelo. Con prolijidad y parsimonia, como quien hace un trabajo por primera vez y deseo hacerlo bien, preparó la montura y subió. El caballo dio un respingo.

     -No te conviene ese animal, hijo. Es peligroso y desobediente.

     -No me des consejos, padre.-Y partió al trote hacia los veinte jinetes que los esperaban en la desembocadura del siguiente valle, donde estaban los caballos salvajes.

     Una polvareda en la planicie ocultaba todo lo que no fuese el cielo. Sólo se veían algunas aves y la masa del polvo girando en el aire. Los hombres se detuvieron, pero los caballos intentaron correr hacia aquella polvareda.

    -Unos por aquí-indicó Tol hacia la izquierda, después se dirigió a los de su derecha.-Ustedes avancen un poco más por  el otro flanco. Debemos atrapar tantos como se posible hoy.

     Pensaba en la Asamblea. Tenía que regresar al pueblo antes que el recuerdo de su última presentación se enfriara en la memoria de los ancianos. Debía convencerlos de emprender una guerra en la que ellos no veían objetivo, y que para él comenzaba a tener cada vez más sentido. Su mujer estaba muerta y uno de sus hijos quizá también, pero la reivindicación de la memoria de su padre, y la ira que aún conservaba en sus manos-la cara de Zor en sus palmas como una quemadura que nunca desparecía- eran el impulso que lo llevaba a sentir el ímpetu de la fuerza y de la batalla aunados en una misma confusión de fuerzas contrapuestas, la muerte y la sangre en sueños diurnos, como si estuviese viendo allí el cielo rojo del norte, tan parecido al cabello de su hijo.

     Veinte jinetes cabalgaron en formación, luego avanzó el siguiente grupo. Tol y Sigur se quedaron a esperar la reacción de los tarpanes. La polvareda se hizo más espesa, y el sonido de los cascos se apagó en la nieve. El caballo de Sigur se encabritó y se levantó en sus patas traseras. Trató de retenerlo de las riendas, pero el animal comenzó a correr hacia los otros. Tol los vio perderse en la nube de polvo, de la que continuamente brotaban caballos intentando huir de los lazos.

     -¡Aquí, ya lo tengo!-gritaban las voces.

     Relinchos y voces roncas, golpes de látigos y cascos al trote.. Tol penetró en la nube y alcanzó a ver a su hijo controlando con dificultad a su caballo. Se agarraba de las crines como si el animal fuese el manto extenso de la  tierra a conquistar.

     -¡Hijo!

     Pero Sigur no lo escuchaba. Se había sujetado con una rienda a la cintura y con la mano sana preparaba el lazo. El caballo seguía corcoveando, pero él lo retenía golpeando sus pantorrillas en los flancos.

     Los tarpanes corrían alrededor de los hombres. Los latigazos silbaban como un viento devastando la calma paz del mediodía que había existido hasta que ellos llegaron. Cuando atrapaban alguno, envolvían la cabeza con telas, y los animales se tranquilizaban y se dejaban llevar.

     Entonces apareció, con un brillo diferente, una flor bruta en medio de la nieve, el más bello tarpán que cualquier otro que Tol hubiese visto alguna vez. El polvo de nieve le caía sobre el lomo completamente rojo, sin vetas ni cambios de tonos en todo el pelaje. Era más semejante al fuego que a una flor salvaje, más semejante al sol del poniente que al conjunto de esas flores del campo en el verano. Brillaba resplandeciente, no reflejando la luz, sino resaltando frente a ella su figura esbelta, de cuello ancho y largas crines. Las gotas de sudor le daban reflejos púrpuras sobre la espesa línea de pelaje rizado y largo que nacía bajo el hocico y continuaba por el cuello, el pecho y el vientre. La cola era más amplia que la de cualquier otro tarpán, y al moverse parecía desplegarse como alas.

     Sigur no lo había visto aún, y se esmeraba en atrapar a otro. Tol miró a sus hombres, y ellos asintieron.

     -¡Es suyo, Señor!

     -¡Atrápelo!

     Sabía que poseer ese caballo lo honraría. Un signo más de su fuerza en contraste con la pálida sabiduría de los miembros de la Asamblea. Con ese trofeo, con el hijo recuperado y la leyenda que éste había traído consigo, nada podrían negarle. Ya lograba verse en viaje por mar hacia las tierras del Droinne. Pero escuchó la voz de Sigur espoleando a su caballo, y un tono distinto se había filtrado en esa voz.

     Casi era la voz de un niño.

     La nieve se levantaba y caía, incesante, como ceniza.

     La nieve es ceniza, la ceniza es nieve de fuego.

     Fue como verlo de vuelta veinte inviernos antes: corriendo de la mano de Sila, con la espalda herida. El pequeño Sigur perdido en la ceniza del volcán.

     Y supo que ya no había distancia, que el tiempo no era un obstáculo suficiente para borrar no sólo el sufrimiento de las pérdidas, sino también el poder que lo ligaba a las armas, incluso la gloria obtenida a expensas del pueblo que lo había salvado.

     -Nunca te di nada, hijo-murmuró, o pensó. Lo cierto era que nadie podía haberlo escuchado. Y cuando sus hombres esperaban que corriese hacia el caballo rojo, se quedó quieto. Simplemente señaló hacia allí, porque Sigur lo estaba mirando en este momento, y éste entendió. Su hijo se perdió de nuevo entre las sombras blancas, las siluetas de los tarpanes que galopaban desbocados, huyendo de los hombres. No pudo verlo más por un largo rato, y se quedó esperando, simulando controlar a los suyos.

     Sigur volvió a aparecer. Ahora corría a poca distancia del caballo rojo. Montaba con holgura, algo inclinado sobre el lomo, atado el brazo sin mano al cuello de su tarpán, y con la otra el látigo en alto. Espoleaba al animal y hacía girar el lazo en espiral. El látigo levantaba un torbellino, y la figura de Sigur se alzaba en el medio, surgiendo indemne. Más alto que los otros hombres, como el centro de una tormenta. Y el caballo rojo corría delante, con las largas crines moviéndose con el viento, desplazándose como pastizales en la primavera.

     Entonces Tol vio, cuando el animal pasó apenas a un brazo de distancia de él, que el animal lloraba. Había surcos de pelo apelmazado bajo los ojos, más oscuros que el resto, sin el brillo del sudor.

     Pero los caballos no lloran, está cansado, y los ojos irritados por el polvo.

     No podía dejar de observarlo mientras daba vueltas en el círculo al que su hijo lo había obligado a entrar. Sigur levantó el látigo, pero el caballo rojo tenía la cabeza inclinada. El lazo le golpeaba el cuello y lo hería, pero sin atraparlo. Sigur hizo intento tras intento. Finalmente el látigo se enlazó al cuello, y Sigur tiró, resistiendo la fuerza del animal que lo arrastraba. El caballo se detuvo, comenzó a dar vueltas alrededor de Sigur. Seguió resistiéndose, encabritándose de tanto en tanto, pero su fuerza se había apaciguado.

     Todos los hombres se detuvieron a mirar. Sigur observaa los movimientos del caballo sin soltarlo, dando también vueltas con el brazo por encima de su cabeza, vigilando cada resoplido, las gotas de sudor y la mucosidad en las fauces del animal. El tarpán ya no corría, sino que trotaba rápido y sin tropiezos a pesar del cansancio, siempre con la cabeza erguida.

     Sigur aflojó el látigo, hasta que el tarpán siguió el trote que él marcaba. El lazo no lo lastimaba ahora, pero de la marca en el cuello salía sangre. Después lo liberó, y el caballo dejó de trotar.  Continuó relinchando y coceando nervioso, parado en medio de la nieve como una rosada fogata hecha de leños verdes.

     -¡Quieto, quieto!-decía Sigur al palmearle el lomo. Sin desmontar, dejando que ambos animales se rozaran para olerse, acarició las crines, el cuello y la cabeza. El tarpán se dejó tocar. De vez en cuando se apartaba un poco, pero luego volvía a someterse.

     -¡Preparen a los animales!-ordenó Tol a su gente.

     Cada caballo atrapado tenía  ya su lazo al cuello, y los hombres los iban uniendo uno a otro. Si alguno quería escapar, la soga se tensaría en el cuello de los demás. Tol cabalgó hasta donde estaba su hijo. Sigur seguía agitado, con la ropa y el pelo mojados de transpiración y cubierto de polvo.

     -Te lo has ganado-le dijo apoyando una mano en el hombro de Sigur, pero su hijo lo miró con frialdad.

     -No vas a congraciarte conmigo ofreciéndome regalos-contestó.

     Tol apartó su mano. Ladeó la cabeza con desaprobación.

     -Creía que habías crecido, pero eres un niño todavía.

      Iba a darle la espalda cuando Sigur le habló.

     -Me habría gustado, padre, que no nos hubieses abandonado.

     -¿Qué edad tenías? Ocho o nueve inviernos, me parece. Tal vez me equivoqué al juzgarte. Tal vez no recuerdas exactamente lo que pasó.

     -Sí recuerdo.

     -¡No sabes nada!

     Tol estaba enojado, y la mirada de Sigur no lo ayudaba a calmarse. -Tuve que quedarme con tu abuelo, estaba herido y no podía dejarlo solo.

     -Me acuerdo de mi madre, que te llamaba y gritaba: ¡los niños!, y te quedaste atrás. Siento todavía la mano de ella apretándome la mano izquierda.

     Tol miró el muñón de su hijo, el dolor era sincero en la cara de Sigur. Suspiró con un quejido.

     Cómo vencer este enorme río que nos separa. Apenas te veo en la otra orilla, apenas te reconozco. Y ni siquiera me estás escuchando.

     -Era mi padre, y él no tenía a nadie más-dijo Tol.

     -Pero en todo este tiempo he pensado que podríamos habernos quedado juntos, nosotros y el abuelo.

     -Imposible. Había que escapar de la montaña y él no podía correr. Debíamos separarnos o morir juntos, y no era una decisión fácil para mí. Si pudieras preguntarle a tu madre, te diría lo mismo.

    Sigur se irguió en su montura, siempre con la mano sana sujetando el lazo que lo unía al caballo rojo.

     -Pero no puedo- contestó a su padre.

     Ese era un reproche más severo que todo lo que había escuchado antes de su hijo.

     -¿Me estás culpando de la muerte de tu madre?

     -¡Nos abandonaste!

     Las manos de Tol temblaban.

     -¡Maldito sea el día que naciste para reprochar a tu padre! No me hagas decir lo que no me atreví a contarle a nadie todavía.

     Nos abandonaste.

     Pero no era su hijo el que repetía eso, sino la voz de las auroras boreales, de las olas en los acantilados de la Aldea de Norte, del viento nocturno que golpeaba las rocas trayendo el sonido de su familia a través del mar.

     Saltó de la montura, se abalanzó sobre su hijo y cayeron al suelo. Los caballos huyeron y se detuvieron perdidos tras el polvo de nieve ocultando a los hombres que regresaban al pueblo. Tol había caído sobre el cuerpo de Sigur, pero éste no intentaba defenderse.

     -No me hagas decirlo…-murmuró Tol. Su voz era ronca, casi ininteligible por el llanto contenido, el entrecejo arrugado, las manos temblando. Se contuvo, mientras su voz se convertía en un agrio sonido de resentimiento y pena. Sus puños no se desprendieron de la casaca de Sigur. Estaban tan cerca, que podía sentir el sudor, palpar con su cara la barba de su hijo, y era como estar mirándose a sí mismo.

     -¡Lo maté! Lo sacrifiqué para que no lo mataran ellos. Lo culpaban por el estallido de la montaña…-Su voz se rompió por un instante.-Los cazadores del brujo iban a quemarlo vivo.

     Hundió la cara en el cuello de su hijo, y aflojó la fuerza de sus puños. Gemía con pequeños gritos contenidos. Sigur seguía sin mirarlo, observando el cielo del crepúsculo. A lo lejos, la manada se alejaba con los hombres envuelta en una nube de polvo de nieve.

     -Te necesitaba-dijo Sigur.-Tuve tanto miedo.

     Entonces pasó un brazo por la espalda de Tol, acostado junto él, parte del cuerpo sobre el suyo y la cabeza contra su cuello. Sentía su temblor, olía el mismo viejo aroma de cuando su padre lo alzaba en hombros, y entonces lo abrazó. Primero despacio. Después, al ver que la ancha espalda había perdido la fuerza de su juventud, cerró un poco más los brazos.

     Se miró la mano sana, luego la izquierda, la que no existía y sin embargo aún podía sentir. Y con el muñón acarició la cabeza entrecana y los cabellos largos de su padre.


*


La Asamblea se reunía una vez cada invierno en el mismo lugar donde se realizaban las competencias. Había diez días para presentar proyectos para la temporada siguiente. Era el tiempo de mayor movimiento en la aldea, además de los días de festivales, y podían verse largas filas todas las mañanas frente a los representantes de los jueces. Hombres de barbas entrecanas, con rollos de pergaminos de cuero bajo los brazos, tan cubiertos de abrigos que no llegaban a verse más que sus ojos pálidos entre la escarcha sobre sus cejas.

     Al comenzar la primera jornada de la Asamblea, ya no se aceptaban pedidos, sin embargo siempre había quien lo intentaba, tratando de escabullirse entre los grupos de expositores que esperaban en la entrada. Durante todo el día se producían desórdenes y peleas entre los guardias y los que deseaban entrar sin permiso. Algunos traían a sus hijos para que se mezclasen en el gentío, provocasen tumultos y distrajeran a los guardianes. Luego, como si el deshielo y los primeros cálidos vapores entre los que aparecía el verde oscuro del musgo bajo la escarcha los estuviese llamando, muchos desechaban pasar todo el día dentro de la calurosa estancia, siempre alimentada por la gran fogata que iluminaba los techos altos y las paredes de barro y troncos.

     A partir de la sexta jornada, sólo se permitía la entrada de las autoridades del pueblo, de las familias más antiguas, de los comerciantes y expedicionarios. Entonces, los mercaderes y sus mujeres desfilaban por la entrada, vestidos con pieles de alce y collares brillantes traídos de las regiones al oriente del Gran Mar. Los hombres, fuesen expedicionarios o comerciantes, pasaban con las cabezas erguidas, sin dignarse a mirar a los que los seguían con los ojos. Llevaban casacas sobre túnicas tejidas con crines y colas de buey. Los gorros marcaban su jerarquía, hechos con piel zorros colorados, o de alces blancos, que sólo se encontraban en las montañas del oeste. Algunos eran de plumas coloridas, vistosos pero sin la apariencia noble de los otros.

     El décimo día, en el que todo el pueblo tenía permiso para participar, era el turno de las fuerzas de defensa. Tol había logrado obtener aquella jornada especial durante las últimos cinco temporadas, y era un evento que lo había elevado por encima de toda consideración ordinaria que se otorgaba a los demás funcionarios de la aldea. Reconocieron las mejoras que él había propuesto, el entrenamiento de los hombres reclutados, el buen ánimo que éstos demostraban ante su jefe, las armas inventadas por Tol. Los barcos habían aumentado en número, construidos aún durante las largas noches del verano. Los viajes eran también más frecuentes, y ya no se esperaba a que regresaran los que habían partido para enviar nuevas expediciones a otros lugares. Él había dicho a sus hombres que no embarcaran extranjeros, que no trajeran mujeres ni niños. Pero a veces desobedecían, y Tol los expulsaba de sus fuerzas.

     La mañana del último día de reunión, la mayoría del pueblo pensaba en los festejos de la noche. Una ocasión en que las autoridades de la aldea se encargaban de los preparativos, porque esa noche el pueblo sería el objeto de los agasajos. Muchos se agolparon desde la tarde para aguardar la salida de Tol, que como cada temporada, iba a presentar sus proyectos. Pero esta vez se corrió la voz de que él había hallado a uno de sus hijos perdidos, del que habían oído hablar a los mensajeros que llegaban del norte. Esa reunión de grandes hombres, que eran además padre e hijo, los excitaba con ideas de esplendor, de familias que estaban más allá de los dolores y pesares cotidianos.

     Tol y Sigur llegaron en sus caballos, animados por los gritos de la gente que les abría paso y les arrojaba ramas de especias. Los guardias intentaron mantener el orden, pero les fue imposible calmar a quienes rodeaban al jefe de expediciones y a su hijo.

     La gran fogata iluminaba las tribunas, donde los jueces y sus ayudantes miraban la entrada de los expositores. Sentados a diferentes distancias, para no hablarse entre sí ni influir en el juicio de los otros, escuchaban las propuestas y votaban. Los ayudantes entonces cantaban los votos a favor o en contra, y un tronar de tambores cerraba la presentación.

     Tol hizo entrar a tres de sus hombres con pesados rollos en sus brazos. Hicieron reverencias, girando hacia los cuatro puntos del círculo de tribunas. Luego, se quedaron parados. Tol subió al entarimado central. Sigur dio un paso atrás.

     -Honorables jueces. Tengo hoy la alegría, antes de empezar mi exposición, de presentar a ustedes a uno de mis hijos, al que he recuperado luego de mucho tiempo.

     Sigur hizo una reverencia hacia las encorvadas figuras de los ancianos, ocultos por la sombra, que más allá de la luz del fuego, caía desde los techos. Encima, la plataforma donde había peleado Tol mucho tiempo antes, parecía mecerse sobre las cabezas de todos.

     -Él tiene una misión, Señores, y es regresar a las tierras de las que fuimos expulsados los hombres de mi pueblo original. Como su padre, me he visto en el extraño sinsabor de decidir entre mi deber con ustedes y mi deber con mi hijo. Pero llegué al dichoso hallazgo de ver que ambos podían conciliarse, para ser una potencia mayor y más eficaz.

     Hizo un ademán con la mano derecha, y sus hombres caminaron hacia las escaleras de las gradas. Desplegaron los rollos y los entregaron a los ayudantes. Los jueces miraron con paciente resignación aquellos esquemas, que ya habían visto antes.

     -Me he atrevido a  traer estos mapas modificados por nuevos planes. Nuestra expedición no se limitará a la costa Sur para avanzar hacia el oeste. Cambiaremos la dirección hacia el delta del río Droinne, hasta más allá de los Montes Perdidos.

     Los jueces estudiaron los cambios en silencio. Sus calvas relucían cuando bajaban las cabezas y las llamas penetraban la penumbra de las gradas. Las manos delgadas y pecosas destellaban aún en la sombra en la que apenas se movían. Tol dejó que el silencio fuese el tranquilo guía de los viejos a través de aquellas tierras que jamás visitarían.

     -¿Con qué objeto?- preguntó uno de ellos.

     -La anexión de tierras, Señor. Los usurpadores tomaron las amplias regiones, dominaron a mi pueblo y lo expulsaron durante más de doscientos inviernos. Él último de ellos ha estado en el poder por casi cuarenta inviernos, y ha degradado lo que queda de mi pueblo con ritos de sangre y sacrificios, los ha sublimado con el miedo a dioses de venganza que él dice escuchar. Los ha mantenido en la ignorancia y alejado de todo contacto con el resto de los pueblos. Tendremos nuevas tierras bajo nuestro dominio, y llevaremos los beneficios de esta cultura que ustedes, hombres sabios del Norte, han aportado a la sabiduría del mundo.

     El viejo que había hablado se puso de pie, y el rollo cayó de sus rodillas con un sonido quebrado.

     -Desde hace mucho nos has traído planes y proyectos que hemos aprobado con reticencias. Tus viajes, las nuevas modalidades del ejército, las naves, las armas, han creado una imperdonable postergación en otras necesidades. Los pueblos con que hemos comerciado ya no nos visitan, porque te temen. Los habitantes de la periferia entran a la aldea y la saquean por las noches porque ya no les conviene nuestro comercio. Los terrenos del astillero se expanden,  los talleres de instrumentos de guerra proliferan por todas partes, y no dejas que los mercaderes participen. Has convertido a nuestra aldea en un pueblo de guerreros, y la inconformidad crece.

     Los otros asintieron con un movimiento de cabezas. Otro de los jueces tomó la palabra.

     -Tu ejército ha provocado desmanes y herido a nuestros propios hombres, mientras ibas a atrapar  tarpanes con tu hijo. Están enojados porque creen que los has traicionado.

     Tol iba a hablar, pero el juez levantó una mano para detenerlo cuando un ayudante se le acercó para hablarle al oído.

      -He recibido informes de que tres mujeres fueron violadas y encontradas muertas anoche. Dos de tus hombres fueron detenidos esta mañana.

     Pero Tol estaba enojado.

     -¿Quién se atrevió a detenerlos? ¿Acaso no soy yo la fuerza del orden?

     Los jueces se miraron.

     -Hemos formado un grupo de control fiel a nuestros criterios-dijo uno de ellos, y volvió a sentarse, con las manos enlazadas sobre el pecho, la mirada recta y fija en Tol.

     Lo han planeado todo desde antes que yo entrara, y me hicieron hablar para humillarme delante de Sigur.

     Tol sintió que ese día todo se terminaba: el viaje que había planeado por veinte inviernos.

     Sólo si me someto, si  mi obediencia es mayor que el resto de mi persona.

     -Estos son mis requerimientos, Señores.-Comenzó a decir, y sin esperar permiso, para terminar formalmente lo que de la misma forma había empezado.-Necesito tres naves más de las ya preparadas para llevar  a los hombres de mi hijo y a los tarpanes. Pido también autorización para ausentarme por un tiempo que no puedo determinar con certeza. Dejo todo esto a consideración de la honrada lucidez de quienes me escuchan.

     Esperó la sentencia. Miró a sus hombres, y ellos asintieron.

     -¡Denegada!-Fue el grito del vocero de los jueces.

     Los tambores resonaron por las grietas del suelo de tierra seca, anunciando el fin de la Asamblea. Pero Tol siguió hablando a pesar  que le estaba prohibido después de la sentencia.

     -¡Ustedes me cuidaron, pero no son mi pueblo…!

     Los ayudantes llamaron a los guardias, pero Tol no dejó de hablar, apoyando un brazo sobre los hombros de su hijo.

     -¡Él es lo único que me queda del viejo pueblo! Los dioses, si existen, saben que nunca me detuve ante nada, ni de nada he dudado. ¡Hombres, al ataque!

     Su grito de guerra fue tal que nunca se había vuelto a escuchar desde la competencia que él había ganado en ese lugar. Sus hombres corrieron a la entrada y empujaron a los guardias que habían empezado a llegar, cerraron la puerta otra vez y montaron para dispersarse en dirección del astillero, las caballerizas y el puerto.

     Los gritos de la gente llegaban de afuera, pero no entendían si a favor o en contra de ellos. Tol enfrentó a los viejos.

     -¡No voy a lastimarlos si me obedecen!

     Otros diez hombres entraban después de abrirse paso entre la multitud y derribar a los guardias. Las botas resonaron en las tablas. Los jueces se sentaron, pero los ayudantes fueron golpeados y atados.

     -La rebelión no te llevará más que al crimen-dijo uno de los viejos.

     Tol miró a Sigur y comenzó a reír.

     -¿Oíste eso, hijo? Son sabios ancianos que no saben nada. Todos los hombres de este pueblo somos piedras que hablan, nada más. Hablamos y no sabemos más que lo que una piedra puede escuchar. No hay manera de conocernos uno al otro. Somos bestias en un bosque oscuro, animales que se cazan entre sí. Hoy soy yo el cazador.

      Hizo atar a los jueces también, y se unió a su hijo que hablaba con los jefes de su gente.

     -Los refuerzos ya deben estar llegando-dijo Tol, y pronto escucharon el trote de los caballos que se acercaban, confundidos ahora entre los gritos y el polvo que envolvía el lugar en una nube que no lograba asentarse.

     -No confío en nadie. Debemos esperar a los que vienen de regreso antes de hacer alguna proclama.-Tol se separó de los otros para meditar con las manos a la espalda, dando vueltas entre las tribunas.

     -Ven-le dijo a Sigur.-¿Qué piensas?

     -No necesitas mi aprobación, padre. Es el pueblo en el que has vivido.

     -Rebelarse significa demasiado, hijo mío. No quiero mostrarme débil con los otros, pero aún dudo…

     Sigur lo miraba con frialdad, como desconfiando de que esa duda fuese cierta.

     -No confías en tu padre, Sigur.

     -Confío en mi padre a mi respecto, pero estoy aprendiendo a conocerte. Hice de tu recuerdo algo distinto a lo que veo ahora.

     Llegaron los refuerzos. Las botas volvieron a resonar alrededor de la fogata, avivada con el viento de cuerpos que iban de un sitio a otro, controlando a los rehenes, peleando contra los guardias, deteniendo a los del pueblo que querían entrar.

     -¡Todos están con usted, Señor!

     -¡Quieren proclamarlo…!

     -En el pueblo están preparando las armas y mandaron mensajeros a las aldeas vecinas. ¡Los incitan a rebelarse también!

     Los hombres le hablaban casi todos juntos, jadeando después de haber cabalgado hasta él.

     -Conocen bien a su padre-dijo uno a Sigur. -Saben que es el hombre más fiel y preparado del pueblo.

     -Ha trabajado con nosotros, y ascendido por méritos propios desde su llegada como un vagabundo, eso es lo que se escucha en las calles.

     -Señor, los jueces no se han dignado nunca a hablar con la gente. Es el momento de reemplazarlos.

     -Podría convertirse en el rey de todo el Norte si logra el apoyo de las aldeas.

     Tol los escuchaba sin ansiedad. Le parecía correcto no exacerbar sus ánimos.

     -Nuestro objetivo es el viaje al Sur.- Miró a Sigur y se sintió satisfecho de haber dejado en claro aquello.-Pero mientras preparamos las naves, vamos a ser los nuevos jefes de este pueblo. Voy a salir a hablar con ellos.

     Entonces todos se apartaron para dejarlo pasar, y se llevaron a los jueces.

     -Usaremos este lugar para instalarnos. Traigan comida y provisiones. Manden venir a los trabajadores del astillero y a los hombres de los establos. Mi hijo irá a entrenar a su gente.

     Sigur abrazó a su padre y salieron juntos. Las puertas se abrieron y un estallido de euforia entró con la luz de la tarde. Gorros, ramas y  telas floridas se alzaron hacia el cielo. El sol refulgió en los ojos de los hombres. Dejaron las puertas abiertas, mientras Sigur caminaba entre las filas de guerreros que contenían a la multitud. Gritos de júbilo se alternaban con frases de muerte para los jueces.

     -Sólo un gesto se necesita, mi Señor, para que estén en sus manos.

     Tol escuchó a su segundo al mando, y asintió mientras veía alejarse a su hijo. La luz  en la que se movía el polvo levantado hizo brillar las semillas y hojas que flotaban con la brisa. La tensión de momentos antes se había relajado, dejando una sensación de incertidumbre, calma pero creciente.

     -Lo esperan desde hace mucho, mi Señor. Han visto cómo los otros pueblos guerreaban y conquistaban mientras nosotros avanzábamos lentamente como ancianos, pensando nada más que en los mapas y el comercio. En usted ven la fuerza, y le otorgan su apoyo.

     Aún antes de pasar el umbral, la calidez de la hoguera se fundió en el vaho de los alientos de la gente. Junto con la ola de vítores y aplausos, el aroma de la tierra fundido al aroma del sudor se levantó como un viento que absorbiese todo lo que encontraba en su camino. Tol se sintió atrapado por ese olor a tierra y hombres, y tuvo miedo de respirar profundamente, como quien teme penetrar en el origen del mundo, en el caos original, que sin la certeza de los dioses era más desolador que nunca.

     Había llegado al círculo que sus hombres despejaron para que hablara, pero la multitud tardó en calmarse. Las mujeres le lanzaban hojas y  tallos verdes que tejían y guardaban para quemar  en las fiestas, mantas perfumadas con aceites. Los hombres llevaban mazas, lanzas y puñales. Objetos que parecían haber hecho por ociosidad y que de pronto tomaban significación hoy al aprecer quien podía ser depositario de su confianza, de los secretos anhelos rumiados en las noches. Deseos que la pesada paz del pueblo no toleraba, la inquieta ira que no sabían de dónde llegaba, como si la paz necesitara morir para tener significado nuevamente, desaparecer por un tiempo bajo el polvo y el barro levantado por la guerra.

     Pendientes de mis gestos. Pendientes de mi seño. Un movimiento de mis labios podría causar la muerte de un hombre. Un movimiento descuidado, sin intención, de mi entrecejo, y cien hombres por cada pliegue de mi frente morirán mañana.

     Pendientes de mis manos. Miran mis palmas como si vieran el porvenir. Sus cara, ávidas, con una mueca de extraña voracidad, parecen ver lo contrario a la vida que han llevado. Se enrojecen, se muerden los labios. Ven batallas y guerras. Los gestos de una mano hacen sucumbir a los pueblos.

     El pensamiento de un solo hombre, que se ha repetido hasta el cansancio en cada acto. Oído en las olas de una playa y su golpe contra las rocas, en el viento que cruza el mar, visto en los colores del cielo, manchas, pedazos de sol que han estallado en el fondo de la noche. El pensamiento de un único hombre tiene el tamaño del deseo de cientos. No es necesario que concuerden, que se trate del mismo objeto de ansiedad. Solamente que unos quepan en el otro, se acoplen como amantes.

     Mi búsqueda no es la de ellos, y aquí estoy, sin embargo, siendo su antes reprimido deseo de rebelión. Al fin expulsado y expuesto a la vista de todos, sin vergüenza, creciendo siempre ante la unidad que cientos de hombres van formando al plegarse, al sumar su puñado de ira al grito de los otros.

    Y un gesto de mis manos, el movimiento de una ceja, hará que se levanten con las armas en alto, y maten.

    

     Los clamores a las palabras de esa tarde, continuaron para apagarse lentamente hasta muy entrado el final del día. Tol y sus hombres regresaron al edificio cerrando las puertas. La luz de adentro era mayor que la de afuera.

     Las estrellas brillaban pálidamente, cubriendo al pueblo como un manto de luciérnagas enfermas. La gente se había sentado a esperar las decisiones que esa noche iban a tomarse dentro del recinto. Tol les había hablado de un nuevo mandato, de reformas en el sistema de comercio, trueque y navegación. Pero él sabía que esas reformas harían enfurecer a los mercaderes, y por eso necesitaba el apoyo de fuerzas más numerosas: los marinos y los trabajadores del astillero.

     Tol se sentó en el centro de la plataforma donde esa misma tarde había empezado su última presentación. Los hombres arrancaron las tablas de las gradas y formaron un círculo a su alrededor. Las tribunas altas, vacías, rotas las más bajas, el desorden de maderas astilladas en el piso, los restos de alimentos, armas y ropas que habían dejado los hombres al entrar, le daba un aspecto de agradable familiaridad a ese lugar tan lleno de recuerdos solemnes.

     La hoguera iluminaba el círculo de los nuevos jefes. Las palabras parecían encenderse con chispazos muy breves al tocar el aire enmohecido por el aliento de los que habían estado allí durante la tarde. El techo y la plataforma pendían sobre ellos, igual que la noche sobre los que aguardaban afuera.

     -Señor, debemos decidir qué hacer con los jueces-dijo el que estaba a la derecha de Tol.

     -Consejo-pidió él.

     Cada uno, empezando la ronda el que había preguntado, dio su opinión.

     -Hay que ejecutarlos.

     -Es necesario, para afirmar nuestra fuerza.

     -No estaría de acuerdo con eso, mi Señor, si no fuera por los mercaderes. Si ven debilidad, juntarán fuerzas para vencernos.

     Todos asintieron con las cabezas y las voces alzadas. Luego, se formaron conversaciones en pequeños grupos. Tol sabía que tenían razón. Pero pensaba en su hijo, y la sola idea de lo que opinaría lo apesadumbraba. Temeroso de sentirse rechazado por él, quería mostrarse ante Sigur como un hombre piadoso.

     Realmente hemos crecido. Soy yo un viejo y él un hombre, me pregunto. Todavía estamos en el pasado que no vivimos juntos. Me comporto como un padre que debe realizar el trabajo duro para proteger a su hijo del inclemente mundo de los hombres

     Un clamor llegó de afuera, las puertas retumbaron y se abrieron, las llamas se agitaron. Sigur  estaba entrando con su guardia. Todos se levantaron y Tol fue a recibirlo.

     -¿Cómo está tu gente?-le preguntó.

     -Bien, padre, han sabido de la revuelta y nos apoyarán. Están preparados para el entrenamiento de mañana. ¿Cuánto tardaremos en empezar el viaje?

     -Espera-dijo a Sigur, mientras se llevaba aparte a uno de sus guerreros.

     -Aguarden mis órdenes para la ejecución-le murmuró al oído.

     -Pero, Señor…

     -No te lo diré otra vez.

     El otro guardó silencio, y ambos regresaron junto a los demás. El olor de la noche estaba impregnado del aliento a comida rancia y a vino.

     -Hay mucho que arreglar antes de partir, Sigur, pero lo haremos mientras tu gente se prepara y alistamos los barcos.

     Uno de los jefes de Tol se tocaba la barba mientras escuchaba.

     -Señor-dijo, interrumpiendo con  timidez- me han traído mensajes del puerto. Hay un representante de los pescadores esperando audiencia para mañana.

     -Acabo de verlo mientras llegaba con otros dos portando sus arpones-agregó Sigur.

     -Dicen que quieren aclarar la situación con usted. Esperan ventajas y beneficios mayores de los que obtuvieron hasta ahora.

     Tol sonrió con desdén.

     -Aparecerán los pedidos por todas partes, buscarán beneficiarse a expensas nuestras.

     -Por eso debemos mostrarnos fuertes-dijo el guerrero al que Tol había hablado aparte.

     -Lo sé, pero también el silencio sirve para debilitar a los enemigos. Si no saben qué haremos, no sabrán cómo actuar.

     El hombre miró a Tol sólo un momento, y luego a Sigur, con la expresión de quien no logra penetrar en una zona de conflicto, curioso y todavía más inquieto que antes, sabiendo que de allí partirían las decisiones que lo involucraban también a él.

    Tol presentía que sus propios hombres desconfiaban de los que venían del norte. La actitud precavida que había tomado, antes tan seguro de sí mismo, los preocupaba. Desde la llegada del hijo, algo se había roto en la fuerza con que su jefe mandaba.

     Ellos esperan un nuevo gobierno y Sigur aguarda su viaje. Qué es lo que yo quiero, me pregunto. Por veinte inviernos alimenté los deseos y los desvelos de mis noches, y sin embargo, ahora dudo. Viajar, luchar por recuerdos de cosas que ya no existen. Si mi hijo escuchara estos pensamientos, me llamaría traidor. Si mi otro yo, el de hace mucho tiempo, me escuchase, haría que esta mano clavara un puñal en mi cuerpo.

     Tol se miró la mano derecha, en silencio. Los hombres, después de hablar entre ellos, se retiraron murmurando.

     -Padre, pronto amanecerá. Vamos a descansar. Mañana nos espera mucho trabajo.

     Tol padre tenía los ojos brillosos. Con la mano que se había estado observando, acarició la cara de Sigur. Tocó la oreja de su hijo, los párpados y la frente. Se acercó a su oído, y murmuró:

     -No dejes que olvide quiénes somos. Dame un golpe o todos los que sean necesarios para despertar mi memoria. Mi voluntad decaerá con los hechos que nos esperan, pero te encargarás de levantarla.

     Se escucharon los pasos del cambio de guardia junto a los postigos de la entrada, y los que dormían en las gradas se despertaron y bajaron.

     -Necesito tu voz, hijo, el color de tu pelo en mi recuerdo.

     Sigur iba a decir algo, pero su padre le dio la espalda, casi avergonzado, y se acostó cerca del fuego. No durmió. Pensaba, con los ojos abiertos y fijos en las llamas. Desvelado no tanto por lo que lo aguardaba, sino por lo que había dicho.

     No volveré a mostrarme débil.


*


Cuando llegó el verano, los días cortos desaparecieron. La nieve era nada más que granizo cubriendo las cabañas, formando goterones que se deslizaban por los techos. Luego, durante toda la noche persistían en su intento por no desaparecer, pero la mañana los derretía.

      Unos perros que lamían los charcos corrieron espantados cuando los caballos pasaron al trote. Tol y Sigur salieron hacia el puerto antes del amanecer.

     Los pescadores habían insistido tanto, que ya no era posible ignorarlos. Querían acompañarlo en su viaje, pero él estaba decidido a desplazarlos cuando llegara el momento de zarpar. No iba a llevar gente que no pelearía su guerra.

     Unos grupos se apartaron al paso de los tarpanes y de los jinetes. Mirando a Tol, quizá pensaran que había sido siempre un hombre inflexible, y sin embargo permitía que sus enemigos se manifestaran y crecieran en número. Muchos de los que lo apoyaron el día de la Asamblea, se habían unido a los mercaderes, que veían peligrar su comercio de pieles y aceites. Los pueblos de la periferia ya no se proveían con ellos, y se abastecían por su cuenta desde que Tol había eliminado las leyes de los jueces.

    Tol pensaba también en ellos, mientras veía el humo de las chimeneas y sentía el olor de la leche caliente brotando y diseminándose por el cielo de la Aldea. Cerca estaba el mar, azul, casi gris según las nubes reflejaran sus formas en las olas. El aroma del mar lo llamaba con más intensidad cada día, y esperaba que los barcos estuvieran listos por fin. Habían estado trabajando arduamente en el astillero, la construcción avanzaba con firmeza. Su anhelo, al ver a Sigur a su lado, se hizo más grande todavía.

     Los pescadores lo estaban esperando. Dos de ellos se acercaron a Tol con reverencias. Las manos callosas, con cicatrices de cuchillas y anzuelos, estrecharon las manos de los hombres del nuevo gobierno. Los pescadores eran hombres de pocas palabras, más afirmados en sus hoscos gestos que en la virtud de su aparente sumisión. Insistieron, tranquilos y porfiados, en sus pedidos.

     Tol desconfiaba de esa humildad. Sabía que eran capaces de traicionarlo.   

     -No he olvidado sus peticiones-dijo al que había hablado.

     Algunas barcas estaban zarpando, y las velas se desplegaron junto a las gaviotas que se habían posado en los mástiles. El sol ya había nacido con su esfera completa, y los cegaba. Tol parpadeó y cambió de lugar. El otro hizo otra reverencia y adoptó un nuevo sitio frente a él. Tenía la expresión del que desconfía sin disimular, pensando que Tol estaba haciendo tiempo para postergar una vez más sus promesas.

     -Señor, hace mucho tiempo que esperamos. Sabemos que todos se beneficiarán con el gran viaje, y no queremos quedarnos atrás.

     Otro que estaba al lado, tomó la palabra.

     -La Asamblea siempre nos ató de manos. Los mercaderes se enriquecían y nosotros seguíamos pobres. Creímos que usted sería distinto. Pero ha estado trabajando para gente extraña venida del Norte.

     Un murmullo recorrió al grupo. Nadie se había atrevido a hablarle así a Tol.  

     Sigur puso una mano sobre el hombro de su padre, lo había visto llevar una mano al cinto donde descansaba el puñal. Tol entonces levantó otra vez la mano. Los caballos se habían agitado, como si sintieran la tensión en esa clara mañana sin nubes.

     -Veo que mi silencio y mi precaución han sido mal interpretados. Por eso les diré mis planes para que estén tranquilos. El nuestro es un viaje de guerra. No llevaremos gente que no pelee. Cuando conquistemos, las siguientes naves irán para comerciar.

     -Pero cómo estaremos seguros de que volverá-dijo el otro, echando un fugaz mirada a Sigur.

     El desafío del hombre terminó por exasperarlo, y Tol se dio vuelta para hablar con sus hombres. Entonces uno se acercó y golpeó al que había hablado último, mientras otros amenazaban al resto de los pescadores con las lanzas en alto. Pero la voz del que se había sido golpeado, logró alzarse por encima de los gritos.

     -¡Él no volverá!-Y ya no pudo hablar porque le salía sangre de la boca.

     Tol se colocó otra vez el gorro de piel, murmuró algo al oído de su hijo, y montaron. Cabalgaron a paso lento, seguidos por los ojos de los pescadores que se habían quedado quietos y temblando en la bruma tardía y espesa.

   

      A medida que se adentraban en la Aldea, el bullicio de las carretas, los perros ladrando junto a los bueyes, los gritos de las mujeres pregonando mercancías, fueron despejando la bruma, abriéndola como un cuchillo de sonidos. Pasaron entre grupos de hombres con palas al hombro que iban a despejar la nieve de los caminos. Todos se paraban al verlos, dejándoles el paso libre, pero sin levantar la vista. Había hombres dormidos en las calles. Sigur reconoció a algunos de los suyos, que venían por las noches a buscar mujeres. Los hombres del pueblo habían comenzado a hastiarse de los intrusos que no trabajaban, comían de sus alimentos y abusaban de sus esposas e hijas.

     Uno de los hombres de Tol se acercó. Los tarpanes cabalgaron juntos.

     -Hay que hacer algo con los opositores, Señor.

     -Lo sé. Pronto daré mis órdenes.

     -Dicen que usted ya no es lo que era, Señor, que se ha puesto débil a causa de su hijo.

     -Hay cosas que puedes pedirle a un hombre, pero no a un padre. El momento llegará, no te preocupes.

     Se alejaron de la aldea hacia los campos del este, donde los guerreros de Tol entrenaban a los hombres de Sigur. La bruma era allí una capa blanca que se levantaba despacio, como si estuviese suspendida y atada con sogas al cielo. Los caballos corrían, los jinetes peleaban con lanzas. Algunos caían, volvían a montar y continuaban practicando. La escarcha formaba charcos quebradizos en la tundra.

     Tol mandó llamar al encargado del entrenamiento. El mensajero regresó con el hombre.

     -¿Cómo va todo?

     -Muy bien, Señor. Hace días que están preparados. El joven Sigur podrá hablarles de la capacidad de sus hombres.

     -Así es, padre. Si tardamos más en partir, la espera podría alterar su paciencia y su fuerza.

     Tol se alejó hacia uno grupo de cincuenta hombres que daban la espalda al sol, practicando con arcos y flechas. Los demás lo siguieron y desmontaron. La escarcha se quebraba con sus pasos. Hacía mucho frío esa mañana, pero los guerreros sudaban y tenían los torsos desnudos y el cabello suelto sobre los hombros. Los brazos rígidos sujetaban los arcos, y de pronto las flechas volaron. La luz del sol doraba las puntas con destellos deslumbrantes. Una bandada de cuervos se dispersó ante la lluvia de flechas, y algunos pájaros cayeron muertos.    

     -Señor-le dijo el jefe de arqueros.-Necesitamos material.

     -Lo tendrán.

     Tol apoyó una mano sobre su hombro. Era uno de los pocos hombres en quienes confiaba. Lo había conocido poco después de ganar la competencia, y lo había tomado como maestro para aprender lo que muchos en la aldea consideraban un arte inútil: la alquimia de la guerra. El hombre le había hablado de la capacidad combustible de la tierra, los aceites y el material  de las rocas. Habían practicado juntos en las afueras del pueblo, y todo esto se fundía en estas nuevas prácticas que ya no eran un sueño. Eran hombres reales los que mezclaban con sus manos los materiales que él preparó especialmente a pedido de Tol.

     -Allí está lo que imaginamos, amigo mío. La fuerza de la tierra descubierta por tu destreza-le dijo Tol.

     El otro se avergonzó y miró hacia el sur, de donde llegaba un estruendo de maderas golpeadas, cubriendo el zumbido de las flechas lanzadas por filas de veinte a treinta hombres. Varias columnas de humo rodeaban el festejo de muchos otros que saltaban con puñales en alto.

     -Son los que manejas las catapultas-le dijeron.

     -Y el olor…veo que ha funcionado el cebo.

     El aroma de la grasa quemada se dispersaba en el humo. Otros hombres comenzaron a correr por la tundra, hasta un montículo de tierra que la nueva arma había arrancado. Cuando vieron venir a Tol junto a los otros jefes, comenzaron a corregir el desorden.

     -Señor, vea el pozo que hemos dejado-dijo uno al acercarse, servicial y entusiasmado por lo que habían logrado luego de pruebas y fracasos.

   La tierra había sido arrancada.  El olor era más intenso en el fondo del pozo, del tamaño y la altura de tres o cuatro hombres..

     -Hemos mezclado los aceites con grasa, y las bolas de cebo deben dejarse descansar más tiempo antes de quemarlas, pero tienen más duración.

     Había una construcción rectangular, sostenida por delante por dos columnas de troncos, y en el centro por dos ruedas más grandes que los de una carreta. Unida al armazón, una larga serie de ramas enlazadas por sogas terminaba en un extremo con forma de recipiente hueco, como una olla grande. Algunos hombres tiraban de otras sogas atadas a las ramas, con más fuerza a medida que aumentaba la resistencia, tensionándola hasta que parecía que iban a ser arrancadas del soporte.

     -¡No la suelten todavía!-les gritaban algunos, mientras otros más traían bolas de cebo y las ponían en el extremo. Siempre con las ramas tensas, casi a punto de quebrarse, acercaron las antorchas. Apenas se veían las llamas en la opaca luminosidad de la mañana, entre la humareda y la neblina ya menos densa.

     Una llamarada surgió del cebo, que pronto comenzó a consumirse.

     -¡Fuego!-gritaron varios a la vez.

     -¡Cuidado, Señor!-dijeron lo que rodeaban a Tol, pero él sabía que estaban fuera de su alcance.

     Las manos soltaron las cuerdas y las ramas se desplegaron como un brazo que se cerraba sobre sí mismo. El ruido de un latigazo cortó el aire, las ramas agitaron la armazón de madera, que tembló sobre sus ruedas. La bola de fuego salió despedida, cruzando el cielo como un sol que avanzara sin noción del día o de la noche, dejando una corta estela de humo negro al pasar, que casi imperceptiblemente se extinguía un rato después.

     Ellos la vieron pasar pos encima de sus cabezas, sintieron el calor que despedía. Pero antes de que desapareciera del todo, la contemplaron con el mismo éxtasis que una estrella fugaz, hasta que cayó lejos en campo abierto, donde los tarpanes corrían, pero no hoy, porque todo el sitio había sido liberado para las prácticas. El estruendo repercutió por el campo de entrenamiento.

     Tol y los otros no pudieron dejar de estremecerse por un instante y correr, aunque ya estuviesen fuera del peligro. Por más que lo hubiese esperado, él no había pensado que el impacto sería tan grande, y recordó el estallido del volcán. Pensó en sí mismo como un dios: era él quien ahora había creado el fuego y la destrucción.

     Entonces buscó la aprobación en los rostros de los otros, y halló entusiasmo y asombro en todos, excepto en la cara de Sigur. Su hijo parecía mirar aquel pozo con temor, luego dirigir la vista atrás, como si esperase venir nuevas bolas de fuego pasando por encima de él, rodeándolo.

     Tol se dio cuenta que las manos de su hijo temblaban, pero la fuerza por contenerlas endurecía su cuerpo, erizaba el vello del cuello y hacía correr sudor por sus brazos. Tol estaba casi seguro que su hijo hubiese estado solo, se habría cubierto la cabeza con las manos y arrodillado en la tierra para ponerse a llorar.

     Como los demás también lo estaban mirando, Tol quiso distraerlos mandándolos a medir el tamaño del pozo. Se acercó a Sigur y tomó la cara de su hijo entre sus manos. La mandíbula estaba tensa, los dientes apretados y los labios fríos.

     -Sé lo que todo esto te recuerda-le dijo-. Pero piensa que el volcán y el brujo nos separaron. Nosotros seremos el volcán ahora. Consuélate con esta idea: somos el volcán.

     -¡Señor!-gritaron, de lejos. Apenas se veía la figura del que se acercaba torpemente, corriendo y tropezando en la tierra llena de montículos. Nubes de humo lo ocultaban por  momentos, y su voz se oía detrás de los gritos de los que seguían entrenando. Una lluvia de flechas pasó muy alto por encima del hombre, mientras unos pájaros solitarios se dispersaban.

     -¡Señor!

     La voz era más perentoria, con un sesgo de tragedia en el tono. -¡Hay revuelta y traición! ¡Los mercaderes tomaron el astillero y van a quemarlo!

     Los hombres se habían reunido alrededor del mensajero y esperaron las órdenes de Tol. Él sólo pensaba en sus naves.

     -¿Y los barcos?

     -Los que están en el agua mantienen nuestras fuerzas, Señor.

     El mensajero jadeaba y le dieron de beber. Pronto se olvidaron de él, cuando Tol ordenó buscar los caballos.

     -Que un grupo tome el pueblo, las caballerizas y el resto del puerto. Otro que vaya al edificio de la Asamblea. Nosotros iremos al astillero.

     -Iré a buscar refuerzos con mi gente, padre.

     Tol estuvo de acuerdo.


     Cabalgaron de regreso a trote rápido por el mismo camino de esa mañana, pero lleno de gente que iba y venía, mirando los grupos de guerreros y caballos, y al ver a Tol se apartaron con un respeto demasiado oficioso para ser sincero.

     -Esperan a ver quién gana para lamer sus pies-dijo Tol a su compañero.

     El viento le secaba el sudor que le había provocado el aire enrarecido en el campo de entrenamiento.

     -¿Atacaremos, Señor?-preguntó el otro.

     -Esperaremos a que ataquen ellos primero. Iremos en paz. Da la vuelta a la aldea y refuerza la entrada posterior.

     Mientras sus hombres se alejaban, comenzó a distinguir los contornos del astillero entre las nubes de humo de las chimeneas. La alta techumbre se alzaba por encima de todas las demás construcciones, recortada contra el fondo revuelto del cielo nublado y el mar. La última construcción del pueblo, donde eran creadas y expulsadas las naves que recorrerían el mundo. El único lugar que Tol había deseado realmente desde su llegada. Ni el poder completo sobre aquel pueblo y toda la región, ni las tierras que habría podido conquistar, tenían tanta importancia como esos huesos de madera que nacían del astillero. Mástiles y esqueletos, velas semejantes a alas, el vaivén de las olas y del viento rozando las plumas de las aves en el puerto.

     Sintió otra vez la transpiración que le había corrido por el cuerpo frente al calor del fuego. Las bolas de piedra del volcán lastimando a sus hijos e hiriendo la espalda de Zor. En la cara de Sigur había visto la cara del pasado. No eran ellos dos hombres, sino un niño y un padre muy joven que también tenía miedo, tanto, que no había encontrado mejor manera de huir que avanzar y matar. Pero sobre todo debía proteger a su propio padre con otra muerte menos indigna: ya que el viejo no podía matarse a sí mismo, su hijo lo haría por él. Y la sangre en las manos con las huellas de la lanza, y su grito largo, roto en pedazos cuando llegaron los cazadores, diciendo no podrán matarlo, está fuera de sus manos, aún podía escucharlo por encima de los cascos de los tarpanes. Aún le dolía la garganta al recordar, y le temblaban las manos como un niño asustado que busca la protección de su padre, que también está en medio del fuego y al que debe salvar para que a su vez lo salve a él. Padre e hijo eran uno solo, como hoy, mirando la cara de Sigur cubierta de terror. Y con la furia que esa cara hacía brotar en él, podría hacer que los barcos terminaran de construirse para zarpar hacia el Sur.

     Tol sudaba, pero la desesperación apenas podía entreverse en sus ojos, y él no dejaría que sus hombres, tiesos y esperando órdenes, a su vez temerosos por el futuro, viesen su debilidad. Todos miraban, en la entrada del astillero, cómo algunos hombres con largas casacas negras y cintos envolviendo la cintura y el torso, a las órdenes de los mercaderes, sacaban los cadáveres de los constructores de barcos. Los amontonaban junto a la entrada, ya había tal vez más de veinte, y continuaban sumándose.

     -Traición-dijo Tol.-Y sé quién fue.

     Los demás recordaron al hombre que había enfrentado a Sigur días atrás. Pero fue lo último que pensaron antes de ver las flechas que llegaban desde el astillero, y se refugiaron detrás de los depósitos de maderas y granos.

     -Ve a la Asamblea y trae refuerzos-ordenó Tol a su segundo ayudante.-Manda avisar a mi hijo que necesitamos de todos los hombres disponibles.

     Cuando el mensajero iba a partir, llegaron tres de sus hombres con un prisionero. Tol reconoció a uno de los mercaderes, y comenzó a golpearlo. El hombre se contrajo en el suelo como un perro con espasmos, y apenas logró gritar suavemente antes de escupir sangre. Tol volvió a levantarlo de las ropas finas, como las que los hombres de su profesión acostumbraban a usar: una camisola blanca de seda de gusanos, sucia por los aceites del astillero y con goterones de sangre. Hacía el intento de hablar, pero no podía. Tol buscó él mismo un cubo de agua y mojó la cara del mercader, que escupió sangre y dientes. Entonces habló con voz gangosa.

     -Maldito seas, extranjero.

     Luego levantó un brazo, señalando detrás de Tol. Cuando se dieron vuelta, vieron la columna de humo que nacía de la cubierta de un barco recién terminado y anclado junto al astillero.

      ¡El tiempo que se quema con las naves! Veinte inviernos y veranos puestos en cada tabla, soga y tela de los barcos. Mi sudor en esos barcos. Mi alma en ellos. ¡Ardo y todos arderán conmigo!

      ¡Padre, qué dolor tienen mis manos! Veo la sangre. Un padre es padre cuando cría a los hijos. Un hombre es esposo si cuida a su mujer. Y el fútil y cobarde esfuerzo se va con el fuego y el humo. Más me valía haber tomado las armas y ser vencido hace veinte inviernos, que esperar el mismo tiempo y verme así burlado.

     Soy lo que hice de mí. Soy mi propio dios, que juega conmigo y se ríe, que se matará a sí mismo exactamente cuando yo muera.

     Sacó un puñal, y lo clavó en el cuerpo del hombre a sus pies.

     -¡Ya está! Así van a acabar los demás.-Miró a su gente y dijo:- Quiero que formen un camino seguro a través de la aldea hasta el puerto. Usen todo lo que encuentren, destruyan las casas si es necesario. Vayan a buscar caballos y súbanlos a los otros barcos.

     El ruido de los que cabalgaban en su ayuda llegó a ellos.

     -¡Allí viene su hijo!

     Sigur se acercaba con jinetes y hombres a pie, armados con lanzas, arcos y flechas, hachas y mazos. Eran quizá más de cien guerreros. Tol cabalgó a su encuentro.

     -¡Bien, hijo! Dividan sus fuerzas en dos, y ataquen sólo con la primera columna cuando yo les diga. No tengan en cuenta a los constructores, ya deben estar  todos muertos.

     Sigur miró la nave que se quemaba.

     -No te preocupes-le dijo Tol.- Podremos lograrlo con las que nos quedan. Zarparemos después de tomar el astillero. ¡Este pueblo estará muerto desde hoy!

     Sigur nunca había visto esa ira en los ojos de su padre. Tol y su gente partieron hacia el astillero.

     Llegaron muy cerca de la entrada, pero los hombres que sacaban los cadáveres habían ya cerrado los postigos. Desde las aberturas del techo en declive comenzaron a atacarlos con flechas, pero ellos se protegieron con los escudos en una formación que él les había enseñado, un círculo cerrado que avanzaba como el caparazón de una tortuga.

     Las fuerzas de los mercaderes parecían limitarse a la que mostraban, y la única amenaza verdadera era la destrucción de las naves. Las flechas sólo se detenían el tiempo necesario para volver a preparar los arcos, y recomenzaba. Tol y sus hombres seguían avanzando muy despacio, protegidos por la coraza de escudos que los cubría por arriba y los costados. Las flechas se rompían o se desviaban contra ella. Algunos tarpanes eran heridos en los flancos, pero no lo suficiente para detenerlos o sacarlos de las filas.

     Ellos no atacaron todavía, sólo se acercaron lentamente al edificio. Casi era mediodía cuando las flechas comenzaron a hacerse menos frecuentes. Entonces Tol se asomó por detrás del escudo. El sol le daba pleno sobre el rostro sereno, un poco pálido desde hacía un tiempo, de barca corta y entrecana. Levantó un brazo, y poco después se oyeron los pasos de los hombres que llegaban desde la gran playa abierta junto al puerto.

     Montículos de tablas, restos de paredes y cabañas ocupaban el enorme espacio en que sus hombres habían comenzado a hachar y destruir. Pero en medio se habían formado dos filas que cargaban un tronco de árbol en hombros, y se acercaban al astillero.

     Las flechas se detuvieron definitivamente. Las cabezas de algunos mercaderes se asomaron por las aberturas del techo, brillando los cabellos rubios con el sol intenso que sucede al despejarse las nubes, al acabarse la lluvia y levantarse la niebla.

     El caparazón de escudos se dividió en dos, sus formas se alteraron y volvieron a moldearse. Eran ahora dos tortugas más pequeñas.

     -¡Ataquen!-fue el grito de Tol.

     Los hombres que cargaban el tronco avanzaron más rápido, casi corrían cuando pasaron entre ellos. Un nuevo grito de júbilo se oyó de pronto, claro como un estallido de olas contra un muelle: el tronco había destruido las puertas del astillero, y una gran oscuridad salió de la boca de la entrada.

     Los fragmentos golpearon los escudos y asustaron a los tarpanes.  Los dos grupos rompieron su formación y se alinearon con las lanzas apuntando adelante y los escudos frente al pecho. Pero los guerreros transpiraban. El cuero seco y cubierto de pátinas de aceite endurecido se calentaba fácilmente bajo el sol, y los antebrazos parecían estar metidos en hogueras tras esos escudos.

     La sombra del interior se fue diluyendo, y vieron los esqueletos de los barcos. Por los andamios que colgaban de los mástiles, los mercaderes intentaron escapar hacia las salidas en el techo, pero las flechas de los que esperaban afuera los detuvieron. Y sus cuerpos cayeron uno a uno en un espacio abierto entre las plataformas, entre los hombres y los caballos de Tol.

     Los guerreros rebeldes huían por atrás. Cuando salieron tras ellos, los vieron arrojarse al mar y nadar, mientras las maderas en llamas del barco caían alrededor. Los vieron gritar, alzar los brazos entre el fuego que flotaba sobre las aguas, para luego desaparecer.

    

     -Ejecuten a los jueces-ordenó.

     Dejó un grupo cuidando el astillero, y fue a ver el camino que sus hombres construían a través de la ciudad.

     Desde el puerto se abría un ancho sendero protegido a los lados por  tablas clavadas como estacas, arrancadas de las cabañas de los alrededores. Los dueños se lamentaban de rodillas, llorando junto a los restos de sus casas, pero al ver a Tol se alejaban corriendo. Otros se atrevieron a seguirlo, agarrados a las crines del caballo y las ropas de Tol, rogando que no les hiciera daño. Él seguía avanzando y los ignoraba.

     -¡Saqueen las casas de los mercaderes!-dijo a sus hombres, y éstos cabalgaron al sector de los comercios, destruyeron almacenes y depósitos, y tomaron provisiones para los barcos.

     El largo camino, al final del día, era tan extenso que llegaba hasta los establos alejados del pueblo, atravesando incluso el edificio de la Asamblea. Los caballos habían escapado por las puertas abiertas por los saqueadores, entre las tablas de las gradas también arrancadas, y se unieron a los otros que llegaban desde los establos, y muchos más que venían de los campos.

     Los animales corrían en dirección al puerto. Pero pronto fueron tantos que se habían convertido en un viento fuerte y arrasador que levantaba polvo y arena y tierra atravesando el pueblo. El tronar de los cascos llamaba la atención de los que vivían más alejados y se acercaban a observar el paso de cientos de tarpanes corriendo hacia el puerto.

     Y cuando los últimos comenzaron a atravesar el centro de la aldea, rezagados, brillando su pelaje con el sudor y las motas de polvo y arena que volaban bajo el sol, apareció, detrás y a pie, denso y oscuro, el ejército de Sigur.

     Avanzaban lentamente, casi con aparente desgano, tal vez cansados pero con la mente renovada por la cercanía del mar, llevando sus pertenencias envueltas en mantas y pieles sobre las espaldas, o atados a los trineos que arrastraban sobre la tierra ya libre de nieve pero aún endurecida. Una multitud de perros los acompañaba, corriendo alrededor y precediéndolos con ladridos. Los niños saltaban excitados luego de la larga y quieta espera a la que habían sido obligados. Se adelantaban a sus padres que encabezaban la caravana, pero las madres iban a buscarlos para llevarlos atrás otra vez, porque veían o presentían el peligro allá adelante.

     Tol se había parado a la puerta de la Asamblea, desde donde miraba pasar a los caballos atentamente, como si pudiese distinguirlos uno por uno.

     -Algunas hembras están preñadas, no podremos llevarlas, sobre todo ahora que tenemos un barco menos. Y espero que seis naves sean suficientes, porque no dejaremos nada detrás.

     Su ayudante sabía que esas palabras significaban más de lo que decían.

     -No dejaremos nada en pie-repitió Tol, en voz un poco más baja, mirando al pueblo, como si hablase consigo mismo más que para los demás. Después, envolvió la punta de una lanza con telas encebadas en aceite de pescado robado de los almacenes del puerto, y la encendió con una antorcha.  Sin desmontar, la llevó lo más que pudo hacia arriba y atrás, y la arrojó con fuerza hacia el edificio.

     La lanza encendida entró por una de las ventanas, y al principio nada sucedió, pero pronto el humo y las llamas crecieron hasta salir por la puerta principal y el techo. Todos contemplaron cómo la construcción se iba convirtiendo en una sola hoguera de madera crepitante, deshaciéndose y derrumbándose. Anochecía, y la luz del fuego resaltaba bajo un cielo limpio, azul oscuro, más desolador aún que el fuego que se elevaba hacia él. Un estruendo marcó la caída del edificio, pero las llamas siguieron consumiendo los restos.

     -Lo mismo harán con la aldea-ordenó Tol, y se adelantó a cualquier posible resquemor, porque sabía que ellos habían nacido allí.-El que se niegue, se quedará, abandonado y entre las ruinas.

     Ninguno se atrevió a mirarlo a la cara. Recogieron las antorchas apagadas, las envolvieron en cebo, y pasaron, uno tras otro, en una larga fila, junto al fuego. Cuando todas estuvieron encendidas, se dispersaron por el pueblo.

     Tol los vio cabalgar hasta las puertas de las cabañas todavía en pie, derribar las puertas y arrojar las antorchas. Los habitantes salían gritando, y se quedaban parados lejos, viendo desaparecer sus casas entre el humo que subía al cielo oscurecido.

     La noche fue ocultando las movedizas sombras de los incendiarios. La noticia de lo que estaban haciendo corrió más rápido que ellos, y cuando la gente escuchaba los cascos de los caballos, huían de sus casas para refugiarse en el puerto y las playas cercanas. 

     -¡Fuego!-gritaban las mujeres.

      Los niños lloraban prendidos a sus faldas. Los hombres sacaban de sus casas todo lo que podían antes de que los hombres llegaran. Entonces el retumbar de los jinetes se aproximaba y los precedía antes de que pudieran verse tras el humo que llegaba del resto del pueblo. Llevaban el fuego en el extremo de sus brazos, y el mismo fuego parecía cabalgar sobre caballos briosos que sólo los guerreros podían domar.

     Muchos en la aldea habían contado la historia de cómo Tol se salvó de las llamas en un vieja competencia, y que la fogata, alimentada con el cuerpo de su contrincante,  había subido hasta él para luminar todo el interior de la Asamblea. Como si el fuego hubiese sido creado especialmente para él. Por eso ahora se decían que lo entregaba a sus hombres de mano en mano, para formar la fogata más grande que alguna vez hubiese visto esa región. Y la gente quería salvarse huyendo hacia el mar, donde Tol tenía sus barcos preparados. Irían a rogarle a ese dios del fuego que se apiadase de ellos y los llevase consigo.

     Tol y los suyos cabalgaron de regreso a la costa. En el puerto, tuvieron que abrirse paso apartando a golpes a la gente. El incendio de la aldea iluminaba la noche, sin casi distinguirse del día que lo había precedido. Un halo blanco, con destellos rojos, relampagueante, se elevaba por encima del pueblo como la mitad de una enorme esfera.

     El tarpán de Tol se asustó, y se puso a corcovear entre las sacudidas de la gente y de sus hombres, entre la confusión y las peleas por huir, por hablar con él, entre los llantos de las mujeres que se tiraban frente a los caballos con sus niños en brazos.  


     Debía ser medianoche. La guardia los esperaba junto a la gente de Sigur. Pero su hijo no estaba allí.

     Las estrellas lucían como pálidos puntos por encima de las llamas. El fuego se reflejaba en el agua, y hasta los barcos parecían quemarse con el reflejo del fuego sobre el mar.

     -¡Mojen las cubiertas y mantengan las velas arriadas!-ordenó, sin quitar la vista enfurecida de la nave perdida.

     Durante toda la noche vio arder la aldea. Los caballos habían empezado a subir a los barcos. Los hombres abordaban con las armas nuevas, troncos, catapultas, cientos de bolsas con cebo y vasijas de aceite, bolsas con polvos y granos, toneles de agua y comida. Subían cargados y regresaban en busca de más provisiones, tirando de cuerdas que arrastraban toneles y troncos.

     No hubo descanso para nadie en toda la noche. Y al amanecer, mientras el sol poco a poco se iba haciendo más fuerte que el fuego entre las cenizas del pueblo, algunos comenzaron a despertar del leve sueño en el que finalmente se habían sumido cerca de la madrugada.

     Él también se había adormecido un poco en la cubierta de uno de los barcos, pero se lavó la cara y ordenó a sus ayudantes que trajeran informes sobre el alistamiento.

     -¡Zarparemos esta mañana!-gritó desde cubierta a los hombres que se habían reunido a esperar órdenes.

     Entonces se distribuyeron por el puerto y la playa para abordar las otras naves, rechazando a la gente del pueblo que quería subir. Tol había ordenado que quien pasase la guardia, debía ser muerto, y no hubo manera de que alguien se acercase a él, ni los gritos de súplica, ni los rezos, fueron suficientes. Pero no podía dejar de ver la expresión de los que se quedaban, sus caras tristes, los gestos desesperados. Los miraba apoyado en la baranda, contemplando los intentos de la gente por vencer a los guardias y arrojarse al mar para nadar hasta los barcos.

     Un viento se levantó, de pronto, y él se frotó la cara para quitarse el olor que llegaba desde el puerto. Ese aroma que él había tenido en sus manos durante mucho tiempo. Podía ver a los pescadores con los puños en alto, dirigidos hacia él. Veía a las mujeres arrodilladas con las cabezas cubiertas y golpeando el suelo con ira.

     Pero Tol necesitaba estar en silencio. Porque la palabra equivalía al riesgo de deshacer todo  en un instante, las estructuras de madera que lo separaban del bullicio furibundo y lo transportaban al pasado que extrañaba. Hablar o pronunciar palabras de justificación era como apiadarse del mundo.

     Giró la cabeza a barlovento. Alineadas junto al suyo, estaban las otras naves, con la proa apuntando a mar abierto. Los cascos se balanceaban plácidamente. Las velas estaban siendo desplegadas, los remos preparados. Los hombres subían a los mástiles, atando cabos y sogas. Órdenes en gritos se escuchaban a lo largo de cubiertas, llevadas por  el viento que corría entre las velas y las combaba. Los relinchos de los tarpanes surgían desde los fondos bajo cubierta, con un olor a pelo húmedo que se mezclaba con el aroma  del mar. 

     Vio un movimiento de masas en la playa, un conjunto casi homogéneo en su diversidad de ropas y caras, que se iba desplazando hasta dejar un claro en el que entraban otros hombres desde las ruinas de la aldea, por el camino recién abierto. Sigur llegaba finalmente al final de su ejército y su gente, que seguía abordando con exasperada lentitud. Pero nadie de la aldea se acercaba a su hijo. Algunos se apartaban  tapándose la cara con  las manos, pero no por miedo, porque no temblaban. No era el temor que lo profesaban a Tol, sino un respeto que iba más allá del aspecto de ese hombre de cabello rojo, hombre de fuego que venía del Norte, sino de las historias que habían llegado con él. Pero también la vestimenta colaboraba, tan blanca como una mancha de nieve en medio del verano, una blanca luna grande y limpia en los cielos del equinoccio de primavera.

     Sigur se había vestido con la piel del oso, y caminaba llevando de las riendas al tarpán de pelo rojo.

     Mi hijo, una luna en plena mañana, y el sol que la sigue. La luna que se va lentamente, acongojada pero orgullosa de su triunfo. El sol que viene a serenar los espíritus del caos nocturno en que se sumen los instintos. Uno al otro se arrastran y empujan, se encrespan y se enlazan, cargando uno al otro, inseparables y siempre enemistados.

     Sigur había arribado al puente que conducía al barco. Desde lejos, la gente ya no intentaba abordar y se había quedado quieta y callada mientras lo veían subir. Los cascos del tarpán retumbaban en las tablas. Unos gritos airosos de mujeres se escucharon en el silencio que todos los hombres habían hecho. Tol estaba orgulloso de ser su padre, y sin embargo algo lo perturbaba. El fuego seguía llameando en algunas cabañas, pero eran más las columnas de humo surgiendo de las brazas. Sigur parecía haber surgido de las ruinas con ese hermoso caballo, sobreviviendo a la destrucción creada por su padre. Y eso era como recriminarle su acción.

     Su hijo estaba ahora frente a él, mirándolo con sus bellos ojos claros y el pelo sobresaliendo por debajo del gorro blanco. La piel de oso le cubría los hombros, pero por delante una serie de lazos le cruzaban el pecho, y en la cintura, un cinto de piel de cabra.

     -¿Cómo has dormido, padre?

     No esperaba la ironía de su hijo, apenas el rencor que ya había aceptado. Pero tras él estaba el paisaje de la desolación, y no podía negar que fuese obra suya. No iba a responderle, sin embargo.

     Sigur lo siguió mirando, insistiendo en una respuesta.

     Decir sí o no era recordar la noche y el desvelo, el derrumbe de las casas, era lo mismo que reconocer la impotencia del sueño frente al remordimiento que había intentado hacer callar escuchando el crepitar del fuego. Tol endureció la expresión de su cara. No iba a ceder, ni siquiera con su hijo, esta vez.

     Entonces oyó otra voz. Sigur le estaba hablando, lo veía mover los labios, pero no era la voz de su hijo. Llegaba de otra parte, muy lejana, porque era tenue y dulce, sobre todo desolada y triste.

     Los labios de su hijo dejaron de moverse, pero la voz continuaba. Era una especie de viento que hubiese atravesado una distancia más grande que el mundo conocido. Débil y agotada, quizá, pero cuya ternura no se había perdido tampoco con la aspereza del tiempo o la distancia.

     Una ráfaga cruzó la cubierta del barco y combó las velas. Los hombres dieron gritos de alerta. Luego, el viento se detuvo. Tol había visto agitarse los pelos de oso con ese viento, pero  continuaban balanceándose aún cuando ya había pasado y el aire estaba quieto, pesado y vacío. Un calor intenso había cubierto el barco y todo el puerto.

     Sigur miraba a su padre con la misma dócil y a la vez juzgadora expresión.  Algunos pájaros cruzaron el cielo. Las velas estaban inmóviles, como muertas.

     Tol escuchó otra vez la voz, más fuerte esta vez, que llegaba del cuerpo de Sigur. Y de pronto supo que se equivocaba. No venía del interior de su hijo, ni siquiera de la boca, sino de la piel de oso. Los pelos se mecían continuamente a pesar de la ausencia del viento. Su hijo no siquiera movía un dedo de la mano frente al pecho.

     Entonces Tol observó mejor, y vio que el movimiento del pelaje formaba figuras. Primero dos círculos, luego un tercero, más alargado, como una boca.

     Era una cara. Y le estaba hablando.

     La voz era un canto de mujer. Nacía de la piel que abrigaba a Sigur.

     Tol recordó la voz que creía haber olvidado después de tantos años.

     La voz de Sila cantaba, arrullando a su hijo. Mucho antes que el mundo y sus tragedias los arrastrase. Cuando Tol era aún joven y confiaba en la felicidad que la vida le traería.

     La voz de Sila era un arrullo que hacía dormir. La cálida, suave voz que lo había acariciado al casarse, la que besó su barba en el lecho en que durmieron por primera vez. El aliento condensándose en gotas sobre los labios abiertos.

     Ella le hablaba, y parecía obligarlo a dormirse. Pero él no deseaba el sueño ni sus pesadillas.

     -¡No hables!-dijo Tol, lo más bajo posible para que los demás no lo oyeran. Contuvo el dolor que de pronto le comprimió el pecho, y se sujetó a los brazos de Sigur, que lo miraba casi indiferente y frío.

     -Pero si no te estoy hablando, padre.

     Tol no lo escuchó. La voz de Sila crecía y agitaba las velas. Era ahora sí un viento que hizo volar los gorros y las sogas de los mástiles. Un viento que secó el sudor de la mañana en las espaldas de los hombres.

     El canto sin palabras se había hecho alto y agudo, casi un grito por instantes, y se estaba desbordando del barco hacia las aguas.

     -¡No hables más!-gritó Tol, y su cara se frunció dolorosa y con más pena que terror.

     Se sostenía del brazo de su hijo, mirando el mar. El eco de la voz se alejaba, dispersándose por  toda la costa de lo que quedaba de la Aldea del Norte. El canto de Sila, su estridente llanto, parecía un conjunto de mujeres en pena llorando desde antes del principio del tiempo, porque el tono de congoja era más pesado que lo que arrastra el tiempo, era inconsolable.

     Pero las voces llegaban también de la playa, y unas a otras se unían hasta comenzar a ascender hacia las nubes, separadas por aquel viento extraño que los sonidos producían.

     La luz de la mañana se había hecho blanca, brillaba y refulgía en la superficie de las velas y los cascos de los barcos, golpeados por las olas acrecidas por el viento.

     Las columnas de humo del pueblo se habían inclinado en dirección al mar, como pilares que se doblaban sin derrumbarse, sosteniendo el cielo que parecía estar cayendo sobre todos ellos.

     El canto de Sila dominaba tierra, mar y cielo, cubriendo las cosas del mundo como una sustancia penetrante que se petrificaba al secarse.

     Y entonces el canto se hizo tan intenso y rígido, que se hundió en el mar, como una inmensa piedra nacida en el aire.

         


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