Hay en la vida ciertos instantes que sería imposible olvidar, instantes que se enganchan en la carne y los nervios de uno cual minúsculas agujas, y se hunden tan profundamente en nuestra memoria, que ni el tiempo logra hacerlos desvanecerse. Son instantes silenciosos y modestos, pues tan sólo éstos logran penetrarnos tan hondamente. Los momentos sensacionales y ruidosos de nuestra vida, solemos evocarlos con demasiada frecuencia, coloreándolos y retocándolos de nuevo en cada ocasión; de esta manera desmayan poco a poco y agonizan lentamente en medio del humo de los cigarrillos que flota sobre las mesas de las tertulias. No son eternos más que aquellos instantes desnudos; se esconden, púdicos, en lo hondo del corazón y llevan allí su vida solitaria. También en mí tiembla aún el recuerdo de un instante de esta clase. El instante cuando vi a mi madre sentada en el umbral de nuestro viejo caserón. Justamente el de la puerta que daba acceso a la galería. ¿Recordaría aún todos los recovecos, todos los muebles de nuestra antigua casa? Al cerrar los ojos ahora, aquí, en la isla de Oahú, ¿sería aún capaz de mirar sin pestañear en la luz de petróleo de aquellos aposentos, contemplar las cortinas iluminadas por el sol, o la penumbra de las tardes de otoño? ¿Conseguiría evocar aún el lugar que ocupaba tal mesa o tal armario? Las habitaciones van cayendo en la oscuridad; cierta penumbra como de anochecer está ahogando en ellas la claridad de antaño. Pero en ese rincón, allí en el comedor… ¿qué había allí? Ya no lo sé, ya no lo veo. Traedme una lámpara; aquí hace falta una lámpara, encended la luz… pero en vano brilla, en vano penetra por la ventana el sol: en ese rincón del comedor voy tanteando completamente ciego. Los perfiles y las formas de tal o cual mueble se volatilizan de mi alma, como el murciélago escapa del techo, desapareciendo en la parda noche, sin voces ni ruidos.
Ilustración: Stuart Luke Gatherer

No hay comentarios:
Publicar un comentario