La Nurse I reinó por derecho divino. Francisca, que desde su nacimiento vió
cerca de su cuna aquel rostro amistoso y severo a la vez, lo creía tan viejo
como la tierra.
Satisfecha del mundo en que vivía, no experimentaba la necesidad de
imaginar otro donde unos seres fantásticos realizaran sus deseos, y la
felicidad, como suele hacer siempre, la distanciaba de lo maravilloso.
—¿Sabes? —decía al volver del Teatro de Marionetas—, hay niñas que le
tienen miedo al Cocodrilo, pero yo sé muy bien que no es más que un pedazo
de madera con un trapo verde cosido encima.
—Y al diablo, Francisca, ¿lo has visto?
—Sí, nada… total, una especie de salvaje.
A veces, una catástrofe imprevista pone fin a un régimen que creeríamos
eterno. La Nurse no fué destronada; abdicó para consagrarse al amor. Con
ella desaparecieron para Francisca una tradición y unas ceremonias, que
formaban la única armazón de su pequeña alma, tan delicada. Gobiernos
frágiles y sin méritos se sucedieron durante un año. La salvaje Leonie, la
burlona Angela, la débil Miss Patrick, aventureras coronadas, proclamaron
leyes efímeras.
¿Qué autoridad puede tener una Leonie que no respeta nada? Las dulces
horas del despertar, del baño, de la comida, Leonie, las ignora. Cuando se le
recuerdan, blasfema:
—¡Tu Nurse estaba loca!
Francisca, indignada primero, curiosa después, acaba aficionándose a
este derribo de ídolos.
Nacida en vísperas de la guerra, no ve en su padre, soldado, sino a un
conquistador brutal, aunque pasajero. Y ama a su madre más que a nada del
mundo. Pero la madre, a la vez inquieta y negligente, no puede vigilarla
siempre. Y, además, el amor sin disciplina no es buen fundamento de orden
para los corazones. Y este animalito que empezaba a respetar leyes severas y
justas, se convierte en fiera salvaje.
A esta vulgar Leonie, la pega, la araña, la persigue con sus maldiciones.
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—¡Qué horrible mujer! ¡Te detesto! Es una desgracia para mí que
existas. ¡Ojalá estuvieses ya muerta!
¿Cómo puede odiarla hasta tal punto? ¿En dónde habrá oído semejantes
palabras?
Leonie huye horrorizada, cediendo el paso a una dulce irlandesa,
linfática y temblorosa. «La diferencia entre ingleses e irlandeses estriba en
que estos últimos son espirituales» —dice Miss Patrick—. También decía:
«Mi padre iba a la montería ataviado con un traje color clavel y a mí no me
gustan los niños».
Francisca se formó muy pronto un juicio acerca de Miss Patrick, y como
no era hipócrita —una desgracia— no le ocultó su opinión.
Entretanto, cunde el desorden. De una niñita que todos creían modelar a
su antojo, surge un ser desconocido, aterrador. Todo son arrebatos de ira,
escenas y decisiones violentas y contradictorias. Una mañana, súbitamente,
Francisca se niega a asistir a clase y no va. Al día siguiente, pide que la
lleven al circo y luego, al final, declara que ha cambiado de parecer.
—¡Es absurdo, Francisca! ¡Si ya nos has hecho comprar las entradas!
—No iré.
—No irá —gime Miss Patrick, anonadada por la fatalidad.
—Basta —dice su padre—, es ridículo. Irás aunque deba arrastrarte y
vengas aullando.
Al oír estas palabras, Francisca lanza gritos en los que vibra una cólera
artificial. Entretanto, se hace demasiado tarde para ir al circo.
—Hay que castigarla. Es necesario hacerle comprender que los
compromisos se deben cumplir.
—Conforme —dice la madre, suspirando—. Se quedará sin postre.
Pero cuando, después de comer, sube Francisca, mimosa siempre, a sus
rodillas y murmura:
«Mamaíta, me darás un bombón, ¿verdad?», se siente triste y más
castigada que su hija. Mira a su marido, el cual —hombre inflexible— le está
suplicando con la mirada que sea fuerte. Desde luego, no se atreve a ceder,
pero, para aliviar la pena de su hijita, murmura esta fórmula deliciosa:
—No quedan de los que te gustan, ¡pobre vidita mía!…
Sin embargo, desde que nuestra pequeña salvaje se halla mezclada de
este modo a tristes conflictos, presiente de un modo intenso y confuso la
necesidad de una vida imaginaria. Dante ideó un infierno para alojar en él a
sus enemigos. Molière, desgraciado, transformó su infortunio en genialidad.
Francisca crea Meipe.
Meipe es el nombre de una ciudad, de un país, quizás de un universo, que
Francisca ha inventado. Allí se refugia cuando el mundo exterior le resulta
hostil.
—Esta noche vamos a salir, Francisca.
—Quiero ir con vosotros.
—Es imposible.
—¡Ah, sí! Pues peor para vosotros, yo me voy a cenar a Meipe.
En Meipe no llueve nunca. Se juega durante todo el día en unos grandes
jardines. «Todo el mundo se divierte». Los papás no leen de la mañana a la
noche, y no contestan: «Tengo que trabajar», cuando se les propone jugar al
«Enano amarillo». Por lo demás, son los niños quienes escogen a sus padres
en las tiendas. A las ocho se manda a las personas mayores a dormir y los
niños acompañan a las niñas al teatro.
Los días que a Francisca se la deja sin postre como castigo, los
pasteleros de Meipe, de pie, a la puerta de sus tiendas, distribuyen pasteles a
los transeúntes. Las noches en que Francisca ha llorado, Meipe, cuyas mil
luces brillan a través de las lágrimas, es más bello que nunca.
En Meipe, los taxis se estacionan en las aceras para dejar la calzada a
los niños. Cuando uno compra un libro con ilustraciones, da diez céntimos y
el vendedor le devuelve cien mil.
—Pero, Francisca, ¿para qué quieres libros si no sabes leer?
—Yo sé leer el idioma de Meipe.
—Y el mejor libro de Meipe, ¿cuál es?
—Todo el mundo sabe que son el Perque y el Floubert.
—¿El qué?
—Vosotros no podéis comprender. Es la lengua de Meipe.
—Pero, ¿en dónde está Meipe, Francisca? ¿En Francia?
—¡Oh, no!
—Entonces, ¿se halla muy lejos de aquí?
—¿Meipe? Ni a un metro de distancia.
Meipe está y no está en nuestro jardín; parece como si la casa estuviera
situada en el punto de intersección de Meipe con la tierra.
Es el privilegio de los artistas crear un mundo, tan necesario como el
verdadero para los que han llegado a conocerlo. Uno tras otro, nuestros
amigos descubren el misterioso reino de Francisca, y más de uno, al pensar
en la dicha, ya sólo confía encontrarla en Meipe.
Ilustración: Matteo Nannini

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