En representación de mi señor padre y demás empleados del Mu-
seo Nacional de Buenos Aires, y conmovido por mis propios senti-
mientos, deshojo las aromáticas, aunque humildes flores de nuestro
dolor, ante los restos mortales del doctor Florentino Ameghino.
Todos veíamos en nuestro ilustre Director un ser extraordinario,
ya comprendiendo y admirando al sabio grande y genial, ya haciendo
objeto del más respetuoso cariño al hombre sencillo, magnánimo y
justo.
Testigos fuimos, llenos de asombro y pasmo, de su gloriosa labor
científica, durante casi una década, luchador sin tregua, ajeno a toda
fatiga, eterno perseguidor de un ideal noblemente desinteresado, en
perpetuo olvido de sí mismo. Y en ese constante batallar, origen de
su grandeza y su victoria, se originó también el mal traidor que fué
causa de su desaparición prematura, motivo de tristeza y luto para
cuantos le quisimos y admiramos, y para la Patria, y para la Ciencia.
Nosotros, sus modestos colaboradores del Museo, encontramos, en su
labor constante y magnífica, una enseñanza inolvidable y un ejemplo
imperecedero; ejemplo y enseñanza que nos alentarán en el futuro
La sombra venerada del que fué nuestro ilustre Director se alzará siem-
pre en las salas del Museo, recordándonos que no hay satisfacción
que iguale a la que produce el sentimiento de una labor realizada, den-
tro de la propia esfera, con invencible constancia y noble altura. Y así
en esta hora solemne, deudores llenos de gratitud ante esa alma gran:
de que iluminó las nuestras con sus virtudes, al par del homenaje sen-
sible de estas sencillas palabras, depositamos en la última morada del
doctor Ameghino, dándole envuelto en lágrimas el adiós eterno, todas
las flores de nuestras almas conmovidas.
Ilustración: Georges Rochegrosse

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