jueves, 6 de agosto de 2026

Ameghino (Juan Gez)

 






Conferencia dada por el profesor don Juan W. 

Gez en la Escuela Normal Regional de Corrientes, 

el 19 de Septiembre de 1911 y editada por el Con- 

sejo Superior de Educación de dicha Provincia. 



 

Nos congregamos en el recinto de la escuela para tributar un modesto 



homenaje a la memoria del eminente sabio doctor Ameghino, cuyo 

reciente fallecimiento es una pérdida irreparable para la Patria y para 



la ciencia, a las cuales honró con sus virtudes y con su talento. 

Hijo de sus propios esfuerzos, maestro de sí mismo, trabajó durante 

largos años en la sombra y en el silencio, devorando infinitas amargu- 

ras; pero sostenido por el temple de su alma, su fe inquebrantable y la 

conciencia plena de su destino superior. 

Sereno e impertérrito siguió ascendiendo la áspera cuesta y llegó 

a la cumbre gloriosa para irradiar, como un nuevo astro, luz propia so- 

bre los complicados problemas de la paleontología, la geología y el mis- 

terioso origen del hombre, que habían ocupado por completo los cere- 

bros más poderosos de su siglo. 

Es así como su vasta obra ha iniciado una verdadera era en los estu- 



dios científicos, digna y debidamente apreciada por los sabios de ambos 



mundos que han proclamado su fama y su triunfo. Esta consagración es 

también un triunfo de la ciencia argentina que se incorpora con sus 

preciosas conquistas a las verdades ya cimentadas de la ciencia uni- 



versal. 

Considerando este éxito que nos llenaba de legítimo orgullo, dijo en 

ocasión solemne otro sabio compatriota, el doctor Holmberg: «Que el 



más gran problema del siglo xix puede expresarse con los nombres: Darwin, Heckel y Ameghino!» 



La vida de este ilustre argentino es un ejemplo y una enseñanza que 



puede ofrecerse a esa estudiosa juventud que se yergue con grandes idea- 

les en busca de luz y por eso está bien que su glorificación se haga en 

 el templo y en el taller de la escuela, donde comienza a modelarse la 



inteligencia y a perfilarse el carácter. 

Nació el año 1854 en la Villa de Luján, provincia de Buenos Aires. 


Parece que un secreto y providencial destino lo hubiera indicado para 

revelar el secreto de la vida en las primeras etapas de la creaciôn, tan 

luego allí, en la cuenca del río Luján, cuyo subsuelo es uno de los más 

ricos yacimientos fosilíferos. 


Como Cuvier, se entretenía desde niño, todo el tiempo que no a 

en la escuela, en recoger caracoles; luego su actividad mental encontró 

nuevos estímulos con el hallazgo de algunas osamentas raras que iba 

coleccionando y estudiando instintivamente, impulsado por una voca- 

ción irresistible. Entonces sintió la necesidad de adquirir conocimientos 

que lo habilitaran para sacar provecho de aquellas felices disposiciones 

de su espíritu y se vino a Buenos Aires, donde ingresó como alumno de 

la Escuela Normal. Sólo un año permaneció en sus aulas que abando- 

nata profundamente decepcionado, porque se estudiaban las ciencias 

naturales, como lo recuerda Mercante, en libros de papel, y no se co- 

leccionaban fósiles, cuando él ya había comenzado a estudiarlos en las 

cosas y en el gran libro de la naturaleza, abierto siempre a la inteligen- 

cia escudriñadora y ávida de luz. El joven discípulo se revelaba como 

Bacón contra el teorismo infecundo y dogmático de las escuelas y volvía 

al campo, con unos pocos libros, para reanudar su interrumpida labor 

en el estudio de los hechos, allí mismo donde el domínico Torres había _ 

descubierto los restos del Megatherium el pasado siglo y donde otro ilus- J 

tre compatriota, el doctor Francisco Javier Muñiz, se refugió durante la 1 

tiranía para escribir con sus hallazgos fósiles los preliminares de un. 

nuevo capítulo de la historia natural. 


Con aquel gscaso bagage fué el joven Ameghino a instalarse de nuevo 

en su modesto hogar, en las cercanías de su querido Luján que le había 

enseñado sus primeras lecciones de la. naturaleza con los restos que guar- 

daba en sus barrancas y en su lecho, cual si fuera el primer filón de una 

veta rica e inmensamente extendida que sólo esperaba el obrero tenaz 

y genial para entregarle sus tesoros. 


Pobre, sin relaciones ni amparo, hubo de optar al puesto de preceptor 

de la escuela municipal de Mercedes, rentado con 40 pesos, con los cua- 

les debía sostenerse y comprar libros costosos para adquirir la instruc- 

ción científica que tanto anhelaba. En las pocas horas libres que le de- 

jaban sus deberes de maestro se marchaba solo, con un pico y una bolsa 

al hombro, para ir a descubrir sus osamentas fósiles y regresaba ya en 

trada la noche cruzando las calles con su precioso cargamento entre la 

burla de la torpe gente que tomaba como una manía original aquel 

constante empeño y que llegó hasta exclamar al verlo así llegar, fatiga-  

do y sudoroso: ¡Allí viene el loco Ameghino! Y todo el mundo le tuvo 

por loco. Así es la muchedumbre versátil, intolerante, irrespetuosa y a 

cobarde con cualquier destello nuevo y genial. Y Ameghino no se quejó 

y sufrió en silencio la injuria como un filósofo estoico y tal vez recor-

dando que también Colón y Sarmiento habían sido declarados locos. 

¡Oh, locura sublime la de estos hombres excepcionales que se anti- 

 cipan a su época y que a pesar de todo tienen el valor moral de sobre- 

ponerse a los grandes obstáculos que oponen a su paso y a sus altas 

miras la ignorancia y la maldad de los incapacitados para comprender 

este afán incesante de los espíritus que traen a la vida un destino 

superior! 


El valeroso joven despreciaba todos los placeres y pasatiempos pro- 

pios de su edad para encerrarse en su casa, avaro del tiempo y de su 

tesoro, que arreglaba, completaba y estudiaba hasta altas horas de la 

noche a la oscilante luz de una mala vela de sebo o meditaba a solas, 

en el misterio de la sombra. Tres años consecutivos de esta ímproba 

labor lo habilitaron para comenzar a producir. Allí, en un periódico de 

Mercedes, publicó sus primeros ensayos sobre paleontología y arqueo- 

logía, trabajos por los cuales nadie se interesaba hasta que fueron co- 

 mentados y estudiados en otra parte y transcriptos en el «Boletín de la 



Academia de Ciencias». Al fin su nombre comenzaba a ser conocido y 

apreciada su labor fuera de la localidad, donde costóle vencer prejuicios, 

pues allí mismo no salían de su sorpresa al ver el rápido camino que 

hacía en el concepto de los hombres de verdadero saber. 


El entonces director del Museo Nacional doctor Burmeister, de re- 

putación universal, también se dignó fijar su olímpica mirada sobre sus 

trabajos; pero no sin cierta emulación por la novedad de sus observacio- 

nes y la audacia de sus conclusiones. Aquél maestrito de escuela co- 

menzaba a preocuparlo, pues se atrevía hasta discutir su ciencia. 


En vez de llamarlo para que colaborara en su vastísima obra y utili- 

zar aquel caudal de energías nuevas que ya revelaba, como hizo Geoffroy 

de Saint-Hilaire con Cuvier, a quien trajo desde un rincón de Nor- 

mandía para cederle un puesto a su lado en París, el iracundo maestro 

alemán tomó la pluma para desautorizarlo y anonadarlo de un solo 

golpe con el peso de su gran autoridad. 


Pero se equivocó, pues Ameghino encontraba la feliz ocasión de co- 

locarse frente al coloso y demostrarle que podía medirse con él en el 

terreno de la ciencia pura. Las dos escuelas científicas antagónicas vol- 

vían a chocar y a reproducirse los acalorados debates en torno de la 

teoría Lamarckista sobre el origen de las especies, vencida transitoria- 

Mente por el genio de Cuvier; pero recogida e impuesta al fin por 

Darwin y sus discípulos. 


Burmeister era partidario de la escuela que sostiene la inmutabilidad 

de las especies, y Ameghino sostenedor del transformismo, reconociendo 

que todos los animales y plantas derivan de un corto número de formas 

primitivas, tal vez de una sola y que las modificaciones sucesivas depen- 

den de una ley constante de transformación y de una regular selección 

de razas e individuos mejor adaptados a las circunstancias de tiempo 

y de lugar, lo que Darwin llamó selección natural. 


El darwinismo fué, pues, la aurora de una época nueva para la bio. ~ 

logía y es hasta hoy el criterio y el verdadero método para la solución 

de los problemas relacionados con la ciencia de la vida.  


Burmeister, con ser un sabio, estaba apegado a los viejos moldes; por 

eso fué que Ameghino triunfó con el progreso científico y con él la 

ciencia argentina. Las ciencias naturales dejaban de ser patrimonio 

exclusivo del saber extranjero para pasar entre nosotros a manos de dos 

ilustres compatriotas: Ameghino y Holmberg. 


A la temprana edad de veintiún años, Ameghino salía de la sombra y se. 

mostraba una personalidad hecha como perspicaz observador, como na- 

turalista y como erudito, haciendo alborear los futuros éxitos del sabio. 


Sus primeros trabajos aparecieron en 1875 en el «Journal de Zoologie» - 

de París, y otros fueron editados en Mercedes y versaban sobre los: 

Nuevos restos del hombre y de su industria mezclados con las osamen- 

tas de animales cuaternarios. Ensayos para servir de base a un estudio 

de la formación pampeana. Notas sobre algunos fósiles nuevos de la 

misma formación, aportando gran caudal de conocimientos, fundados

en hechos evidentes e indestructibles. Allí comenzaron sus descubri-  

mientos de nuevas especies y principió a leer la vida extinguida en las 

capas de la corteza terrestre. sut A 


Ya con sus colecciones bastante completas, se bares para Europa  

y fué a exhibirlas en la Exposición Universal realizada en Paris en 1878. 

Efectivamente sus colecciones paleontológicas, antropológidas y de 

antigúedades americanas llamaron mucho la atención y fueron estudia- 

das por notables especialistas, reconociéndose unánimemente su labor 

extraordinaria y sus sólidos conocimientos sobre la materia. 


Allí se sintió grandemente estimulado e inició la segunda etapa de 

su actividad mental, siendo solicitado para colaborar en autorizadas 

revistas, como la del antropólogo Broca; dió conferencias y iom6 parte 

activa en el Congreso de Antropología de París, disertando sobre «La  

antigüedad del hombre en el Río de la Plata» y llevó al Congreso de 

americanistas de Bruselas, su trabajo sobre inscripciones  

encontradas en la República Argentina. 


Finalmente sus valiosas colecciones fueron vendidas en 120. 000 fran- 

cos, y con estos recursos publicó su síntesis sobre el hombre platense 

y en colaboración con el hijo del ilustre Gervais su obra monumental: Los 

mamíferos fósiles de la América del Sud. 


En los últimos tiempos de su permanencia en París hizo varias excur- 

siones a las cercanas canteras de Chelles, cuyos resultados se traduje- 

ron en varios trabajos que vieron la luz pública en la «Revue d'Anthropo- 

logie» y en el «Bulletin de la Société Géologique de France». Esta era 

una prueba más de su preparación y de sus vastos conocimientos. Des- 

pués de una gira triunfante por el viejo mundo, regresó a la patria ent 

1881 consagrado con los prestigios del sabio euando sólo contaba veinti- 


ocho años. En cuanto llegó fué nombrado profesor de zoología y anatomía 

comparada en la Universidad de Córdoba. En cuatro años el maestro 


de escuela casi ignorado pasaba a ocupar los más altos puestos de la 


enseñanza universitaria, como un premio con que la Nación recompen- 

sata su saber y su extraordinaria labor. 


En su nuevo destino acabó de consolidar su reputación dictando un 

curso notable de estas ciencias, sin descuidar sus nuevas investigaciones 

que extendió a varias provincias y luego a la Patagonia, por intermedio 

de su noble hermano Carlos, el explorador más intrépido, su brazo de- 

"recho como él lo llamaba, que le aportó tantos elementos de estudio y 

 cuya colaboración inteligente y abnegada ha contribuído a tallar su gran 


figura científica. 


Carlos era más que su hermano y más que su brazo; era una pro- 


-longación curiosa de su propio ser, era su mismo espíritu espandiéndose 

hasta los senos más recónditos del suelo natal para escudriñar y pene- 


trar el secreto de las formaciones geológicas y de la vida de una rica 


fauna extinguida. 


Este hombre igualmente modesto y fuerte no ha hecho otra cosa du- 

rante veinte años sino recorrer la cordillera, explorar sus valles, la cuen- 

ca de sus lagos y de los ríos y perderse en los desiertos inhospitalarios de 

la Patagonia en busca de fosiles, pues cada descubrimiento exigia nuevos 


empeños para completar los eslabones perdidos de los seres hasta su 


última evolución. Y enviaba continuamente sus hallazgos, que su sabio 

hermano iba amontonando y estudiando en artículos, en monografías y en 

libros, cuyo interés científico también iba en aumento. En premio a su 

laboriosidad ejemplar, Carlos ha sido honrado e inmortalizado en las 

 Obras de su hermano y en sus clasificaciones como la de Carolo-ameghi- 


nia mater. 


Entre sus trabajos de gran trascendencia debo citar especialmente 

Filogenia, publicado en 1884. Principios de clasificación transformista 


basados sobre leyes naturales y proporciones matemáticas. Esta obra 


completa a Darwin por el vigor de las concepciones filosóficas sobre el 

mundo viviente. 


De Córdoba fué llamado a La Plata cuando el doctor Francisco P. 


Moreno fundó el Museo, encargándosele la organización de las seccio- 


nes de paleontología y antropología, tarea que realizó con éxito, como 

que son las secciones más valiosas del establecimiento, después de lo 

cual se retiró a su casa profundamente decepcionado para dedicarse con 

independencia a sus estudios predilectos. 


Vivió entonces del producido de su librería y alternaba la tarea de 

vender por centavos con la de escribir páginas de luz. Así elaboró su 

a Contribuciôn al conocimiento de los mamiferos fôsiles de la Repüblica 

Argentina, obra de gran aliento, con un atlas de dos mil grabados origi- 

nales, premiada con medalla de oro en la Exposición Universal de París 

de 1889. 

Después no es posible seguirlo en sus trabajos, tan numerosos como 

profundos, como no es posible seguir en su carrera a esos astros miste- 

riosos que se pierden en el infinito y cuya presencia sólo advertimos 

cuando aparecen en el horizonte sensible, irradiando su luz triunfadora 

en medio de los mundos que pueblan el firmamento. Sólo puedo, dentro 

de los límites de este trabajo, señalar la más altas cumbres de su cien- 

cia y dejar constancia de este hecho glorioso para el país: los grandes 

descubrimientos paleontológicos del doctor Ameghino han dado un vuel- 

co completo a la paleontología, particularmente en cuanto a vertebrados  

superiores. Antes de él el número de mamíferos fósiles de nuestro terri- 

torio llegaba apenas a medio ciento. Hoy se conocen aproximadamente 


1500 especies de mamíferos fósiles procedentes de nuestro suelo. Las  


pocas decenas del período anterior a la obra de Ameghino fueron des- 

cubiertas y descriptas por naturalistas extranjeros, entre los cuales han 



sobresalido Owen y Darwin; el resto se debe principalmente a i labor q 



extraordinaria de los Ameghino. 


En el catálogo de los mamíferos fósiles que se conocen en el mie 

entero, casi la tercera parte corresponden a la República Argentina. 

Vuelvo, pues, a repetir: no es fácil tarea seguir al genio a través de sus 

obras tan múltiples como profundas. 



Quiero detenerme sólo un instante para considerar su estudio sobre 



el hombre primitivo, habitante de nuestras llanuras. 


Hace años*que un célebre antropólogo europeo considerando los des- 

cubrimientos de Ameghino sobre el origen del hombre decía? «De allí 

nos vendrá la luz!» Efectivamente, nuestro sabio al estudiar los homun- 

culídeos, que tantos Caracteres comunes tienen con el hombre, llegó un 

día a preguntarse: «¿El hombre no habrá tenido su origen en Sud Amé- 

rica... quizá en nuestra pampa?» Contestan los hechos que a conti- 

nuación vamos a referir. : 


En los antiquísimos yacimientos oligocenos de la formación entrerria- 

na del Paraná, se han recogido los primeros indicios de precursores hu-. 

manos; después, en la formación araucana, y particularmente en los ho- 

rizontes de Monte Hermoso y Chapalmalán, se han encontrado, junta- 

mente con huesos tallados y quemados, objetos cada vez más perfectos 

y abundantes en todos los horizontes sucesivos hasta la época actual. 

Pero el acontecimiento de mayor trascendencia fué el feliz hallazgo de 

unos restos fósiles en Monte Hermoso, que indicaban la presencia de 

un precursor del hombre, de talla a lo sumo de un metro, al que dió el 

nombre de Tetraprothomo argentinus y a quien considera anterior al 

Diprothomo platensis de la formación pampeana de Buenos Aires y éste 

se ha transformado en el Homo pampaens, del cual se han recogido 

muchos vestigios. Con su tendencia a humanizarse van dejando huellas 

bien marcadas en los eslabones posteriores hasta haber dado origen a la 

población indígena americana. 


Los descendientes del Homo pampaeus pasaron a Norte América en 

la época del plioceno, por el istmo de Panamá, que acababa de surgir, 

siguiendo en su emigración a los grandes mamíferos, antes extraños a 

aquel suelo. Los colosos de la Pampa argentina perecieron y desapare- 

cieron para siempre; pero el hombre les sobrevivió y continuando su pe- 

regrinación se dividió en dos ramas: una siguió al norte, invadiendo el 

Asia, donde continuó su evolución hasta formar la raza mongólica; la 

otra al nordeste y pasó sobre la franja de tierra que al principio de la 

época cuaternaria unía el Canadá con Europa, donde se bestializaron 

hasta constituir el hombre de Néanderthal, que se extinguió; y otros, si- 

guiendo su evolución progresiva, se humanizaron cada vez más y se 

transformaron por lentas gradaciones en la hermosa raza caucásica. 


Volviendo al punto de partida de tan interesante cuestión, diremos 

que los hombrecitos de la Patagonia (Homunculus patagonicus) son los 

más humildes precursores de la humanidad. 


La profecía del sabio europeo de que de aquí iría la luz, se convertía 

en una bella realidad en el momento mismo que la luz fué hecha. Con 

estos hallazgos nuestro sabio compatriota constituía las líneas filogené- 

ticas del hombre, con la determinación de los correspondientes períodos 

geológicos. 



Dentro de la escuela del transformismo, Ameghino difiere totalmente 

de Darwin a quien corrige y completa en cuanto se relaciona con el ori- 

gen del hombre. Estudiando la principal característica de éste — el gran 

desarrollo del cerebro, y por consiguiente del cráneo — establece mate- 

máticamente el encadenamiento progresivo de los más lejanos antece- 

sores del hombre actual hacia la «humanización», así como del mismo 



remoto tronco hace derivar las líneas divergentes, hacia una mayor osi- 

ficación del cráneo y demás caracteres de un proceso evolutivo que él 

llama de «bestialización» y luego agrega: «De acuerdo con estas obser- 

vaciones y con los nuevos puntos de vista que ellos determinan, poniendo 

en paralelo al hombre con los simios del antiguo continente, no es el 

hombre que aparece como un mono perfeccionado, sino al contrario, son 

los monos que aparecen como hombres bestializados». Estas conclusiones 

dice, son evidentes sobre todo para los «antropomorfos». Tan categórica 

afirmación da un vuelco completo a todo lo que se sabía sobre el hom- 

bre y echa por tierra, parte de la teoría darwiniana. Sólo un genio ha po- 


dido corregir a ctro genio. 



Ameghino ha dignificado a la humanidad, cual si se hubiera propuesto 

probar científicamente la leyenda bíblica, haciéndola surgir del seno de 

la creación con formas aptas y típicas para una evolución progresiva 

hacia un destino superior. 

Y las fulguraciones de una presentida verdad comienzan a tener la 

sanción de la luz plena. 


Como digno coronamiento de su obra de sabio y de filésofo profundo, 

condensa sus doctrinas en su Credo, trabajo leido en la Sociedad Cien- 

tifica Argentina cuando esta corporación discerniéle el título de socio 



honorario. Haré un breve resumen de esas doctrinas, extractando las © 



principales ideas y conservando hasta su propia forma, para que se vea 

con claridad su pensamiento vigoroso y genial. 


Concibe el Universo como constituído por un infinito tangible, la ma- 

teria; y tres infinitos inmateriales: espacio, tiempo y movimiento. El 

espacio es una realidad porque es lo único inmóvil e inmutable, sir- 

viendo de receptáculo a la materia, que es indestructible, porque no pue- 

de ser sacada de su continente. 


Considera el tiempo como la sucesión infinita de la nada corriendo 

paralelamente a las sucesivas fases de la eterna transformación de la 

materia; y al movimiento como algo inseparable de la misma materia. 

Así, pues, fuerza, movimiento y energía son palabras distintas para 



designar una misma idea. Fuerza, luz, calor y electricidad se transforman 



unas en otras: son distintas formas del movimiento. 

La transformación y evolución de la materia obedece a dos movi- 

mientos opuestos de igual intensidad, uno concentrante o progresivo; el 



otro radiante o regresivo. De acuerdo con estos principios hay mundos en 



formación y mundos en disolución. 

Cuando la materia llega a su último grado de concentración, empieza 

el movimiento inverso de irradiación. 



La infinita variedad de aspectos bajo los cuales se presenta la mate-. 



ria, como todos los fenómenos físicos y químicos, se reducen al predo- 

minio localizado en el tiempo y en el espacio, de cualquiera de esos dos 

movimientos. 


Lo que llamamos leyes naturales, eternas e inmutables, con excepción 

de las muy pocas que rigen los infinitos, no tienen nada de eterno y muy 

poco de inmutable; se han constituído por sí solas, buscando el equili- 

brio y persisten tanto cuanto duran las condiciones de movimiento que las 

han creado. 


Sostiene que no hay diferencia de substancia entre los cuerpos orgä- 

nicos e inorgánicos y que la generación espontánea no existe, ni se dis- 

cute. 


Establece que hay un coeficiente que limita la cantidad de materia 

que puede tomar el estado viviente. Tan luego como un ser deja de vivir 

se descompone y el elemento organógeno es inmediatamente acaparado 

por los organismos vivos que se lo asimilan. Dice que la formación de la 

materia viva por lo mismo que hasta ahora los químicos no han podido 


obtenerla, es evidente que no es el resultado de una combinación simple 

de los elementos que la constituyen, sino de una larga serie de síntesis 

sucesivas, que espontáneamente ya no pueden efectuarse en la natura- 

leza, puesto que el elemento principal e indispensable a su formación — 

el nitrógeno — es inmediatamente acaparado por los organismos vivos. 

Cuando se constituyó la naturaleza viva todos los elementos organógenos 

que actualmente forman parte de la materia orgánica, estaban libres y 

pudieron combinarse fácilmente en agrupamientos sucesivos más tom- 

plicados, hasta llegar al basibio — la molécula viviente; los agrupamien- 

tos de éstas formaron los citobios y estos las móneras, los primeros se- 

res unicelulares, de los que derivan todos los demás organismos. Así la 

constitución espontánea de la materia en estado viviente es un fenómeno 

que se ha efectuado una sola vez y que no puede volver a producirse. 

La diversificación, complicación y perfeccionamientó de los organis- 

mos se efectúan por una adaptación constante al medio, el cual también 

constantemente evoluciona. 


El movimiento funcional hacia la adaptación, localizándolos en deter- 

minadas regiones del organismo, provoca la formación gradual de los ór- 

ganos destinados a desempeñar las nuevas funciones adaptativas. Estos, 

obedeciendo al movimiento concentrante, aparecen en las generaciones 

sucesivas en edad cada vez más temprana. Otro tanto sucede con los 

caracteres psíquicos: inteligencia, memoria, sentimientos, ideas, len- 

guaje, conocimientos, etc. En este último orden los caracteres involu- 

crados por las generaciones antecesoras llevan el nombre de «instinto». 

En virtud de un proceso evolutivo progresivo, el hombre de las edades — 

futuras llegará al escenario de la vida con todos nuestros conocimientos 

actuales involucrados bajo la forma potencial. Fundado en estas grandes 

verdades llega a concebir el hombre de los lejanos futuros con una exis- 

tencia casi inmortal, con órganos más perfeccionados, con una materia 

pensante infinitamente superior y entonces, agrega, le será posible re- 

solver los grandes problemas del Universo que se nos presentan todavía 

en forma de lejanas nebulosas, y sólo entonces se habrá cumplido lo que 

dice el profético versículo de la Biblia... que el hombre sea la imagen 

y semejanza de Dios! 

He aquí, señores, con qué sencillez y con qué profundidad de concep- 

tos se nos presenta el sabio. Este caudal de luz bastaría para justificar 

nuestra admiración y nuestro homenaje si aún no tuviera en su haber 

treinta y ocho años de estudios y de trabajos exteriorizados en centenares 

de monografías y en muchas obras fundamentales que forman la litera- 

tura científica más vasta de este continente y que a manera de altas cum- 

bres quedará marcando los grandes derroteros de la ciencia futura. 


Esta obra ha sido debidamente apreciada en todos los países civiliza- 

dos, sus trabajos han sido traducidos a todas las lenguas europeas, están 

en las bibliotecas de los hombres de estudio y de saber, y han enaltecido


en su nombre, el nombre de la Patria Argentina que surge cada día más 

respetable por el esfuerzo de sus hijos preclaros que dictan leyes al 

mundo con la ciencia política de Drago y que revelan el misterio de la 

naturaleza con el talento poderoso de Ameghino. 


Señores: Este apóstol de la verdad y de la ciencia, el hombre virtuoso 

y grande acaba de entregar sus despojos mortales a la tierra madre que 

los recoge en su seno como una reliquia sagrada; y su espíritu ha vuelto 

a las regiones de la eterna luz, de donde se desprendiera cual chispa di-. 

vina para animar su cerebro prodigioso. Pero a nosotros nos deja con el 

recuerdo de su vida fecunda, su obra, su obra inmensa e inmortal. 

Desde hoy en adelante su nombre quedará consagrado en la concien- 

cia universal y será honrado en la escuela a la que el maestro dedicó las 

energías y los entusiasmos de su juventud; su imagen presidirá nuestras 

tareas, alentará nuestros afanes por aprender y enseñar y será un ejem- 

plo para la juventud animada de la generosa pasión del estudio. | 

El nombre de Ameghino queda, pues, como un símbolo de los más 

nobles atributos humanos: ciencia y virtud. 




Ilustración: Hollis Dunlap



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