viernes, 21 de agosto de 2026

Misterio (José Alonso y Trelles - Américo Chiriff)






Era memoria linda,

la memoria del viejo

pa’ contar sucedidos

de quién sabe qué tiempo,

mientras corría el cimarrón la rueda

y se enredaba en el ombú el pampero.

Pero había que amañarlo

pa’rancarlo al silencio,

si le araba la frente

con sus rejas el ceño,

y en el oscuro espejo ‘e las pupilas

encendían su luz ciertos recuerdos.


Porque entonce en sus labios,

temblequiantes y secos,

beyaquiaba el rezongo

como potro mañero.

Y de un costao al otro de la boca

tranquiaba el pucho de tabaco negro.

A ocasiones él solo

comenzaba los cuentos

que el gauchaje del pago

recogía en silencio,

viendo resucitar, como a un conjuro,

la atormentada juventú del viejo.


Gurí en la guerra grande,

mozo cuando Quinteros,

soldao en la ‘el Quebracho,

y herido en la del Cerro,

ande un caudiyo levantaba el poncho,

ayí estaba él apeligrando el cuero.


Eran de ver sus ojos

medio acosáas del sueño

arder como las brasas

del tizón trasfoguero,

cuando echando a la nuca el “borsalino”

les contaba e peleas y entreveros.

Los gurises, al oirlo,

silenciosos y trémulos

sentían por las venas

correrles como un “juego”

la alborotada sangre de la raza,

y el fin pedían de la historia al viejo.


Pero caiban las chinas

curiosiando al respeto

con que los gauchos oian

las locuras del cuento

y, sin saber por qué, sobre los párpados

del viejo historiador se echaba el sueño.

Y sus labios, contraidos

por un gesto e despecho,

hablaban de una trenza

cortada rente al cuero,

y de un amor infortunao y triste,

y de un desdén inexplicable y terco.




Ilustración: Ken Currie


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