La señora Archer, viuda desde hacía mucho tiempo, vivía con su hijo y
con su hija en la calle Veintiocho Oeste. Uno de los pisos superiores estaba
dedicado a Newland mientras que las dos mujeres se apretaban en las
habitaciones, más pequeñas, del piso inferior. En una clara armonía de gustos
e intereses, ambas cultivaban helechos en terrarios, hacían macramé,
bordaban piezas de lino con lana, coleccionaban cerámica de la época de la
Guerra de la Independencia, estaban suscritas a Good Words y leían las
novelas de Ouida por el ambiente italiano en que se desarrollaban (preferían
las que trataban de la vida campesina por las descripciones de paisajes y la
bondad de los sentimientos que reflejaban, aunque en general les gustaban las
novelas con personajes de la alta sociedad porque sus motivos y costumbres
les resultaban más comprensibles, censuraban severamente a Dickens, que
«nunca había retratado a un caballero», y consideraban a Thackeray menos
versado en lo referente al gran mundo que Bulwer, a quien, sin embargo,
empezaba a considerarse anticuado).
La señora y la señorita Archer eran grandes amantes del paisaje. Era eso
lo que buscaban y admiraban especialmente en sus raros viajes al extranjero,
por considerar la arquitectura y la pintura temas apropiados para los hombres
y, especialmente, para personas cultas que leían a Ruskin. La señora Archer
era una Newland de nacimiento, y madre e hija, que se parecían como
hermanas, eran ambas, como todos decían, «auténticas Newlands», altas,
pálidas, con los hombros ligeramente caídos, de nariz larga, una sonrisa dulce
y una especie de distinción lánguida como la que aparece en algunos retratos
desvaídos de Reynolds. El parecido físico habría sido completo si el
sobrepeso que acompañaba a la edad en la señora Archer no tensara sus
vestidos de brocado negro, mientras que los vestidos de popelín marrones y
morados de la señorita Archer colgaban cada vez más flojos, conforme
pasaban los años, de su esqueleto virginal.
Mentalmente, la semejanza entre ambas mujeres, como Newland sabía
muy bien, era menos completa de lo que sus idénticos modales hacían pensar.
La larga convivencia en una intimidad basada en una mutua dependencia les
había proporcionado el mismo vocabulario y la misma costumbre de empezar
con la frase «mamá cree» o «Janey cree» cada vez que la una o la otra
deseaba dar a conocer una opinión, pero, en realidad, mientras que la serena
falta de imaginación de la señora Archer descansaba cómodamente en lo
admitido y familiar, Janey estaba sometida a los sobresaltos y las aberraciones
de una imaginación que surgía de un manantial de romanticismo reprimido.
Madre e hija se adoraban y ambas veneraban a su hijo y hermano, y
Archer las quería con una ternura que la admiración de las dos mujeres y la
secreta satisfacción que ésta le producía convertían en culpable y acrítica.
Después de todo creía que era bueno que la autoridad de un hombre fuera
respetada en su propia casa, aunque su sentido del humor le llevaba a veces a
cuestionarse la fuerza de su autoridad.
Ilustgración: Pentti Sammallahti

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