Ampliando la que dí en el Liceo Nacional de Señoritas de la Capital Federal, leí esta confe-
rencia en la Biblioteca Popular del Paraná, el 18 de Septiembre del año próximo pasado; y la
publico en el primer aniversario del fallecimiento del ilustre sabio argentino, como modesto tributo
a su memoria y a nuestro credo educacional, dedicándosela a las que tan gratos momentos me
proporcionaron con pruebas reveladoras de inteligencia, bondad y cultura.
Buenos Aires, Agosto 6 de 1912.
Excluidos sentimientos personales, tan variados como intensos,
he nacido en esta ciudad; en ella reside mi reliquia más apreciada, mi
anciana madre; pasé aquí los días felices de la infancia y de la adoles-
cencia; recibí los rudimentos del saber teniendo por maestros: a mi padre
que me enseñó, sentándome en sus rodillas y obsequiándome con besos
y masas, las primeras letras del alfabeto ¡ay! sólo las primeras, pues,
lo perdí cuando no tenía aún seis años de edad; a una robusta morena
«Na Rafaela» que manejaba, con igual maestría, el rebenque y la caña
de tacuara; a aquel hombre enérgico, de palmeta en mano, don Felipe
Méndez, de la lancasteriana «escuela de la patria» que dirigía el venera-
ble viejecito don Lucas Fernández, y, por fin, estudiante secundario ya,
a aquellos profesores competentes y cariñosos, Frankemberg y Parodié,
que fundaron, en 1868, el «Colegio Entre Ríos», y a mi honorable patrón
don Justo Comas, a quien, con el respeto por el trabajo, debo imborra-
bles lecciones de honestidad en la vida privada y en la pública, y ex-
cluído, también, el honor que me ha discernido mi distinguido condiscí-
pulo y amigo el doctor Antonio Medina, presidente y alma de esta her-
mosa y potente institución, la Biblioteca Popular del Paraná, la más im-
portante de su género en todo el país y a cuya sombra se desarrolla obra
tan amplia como educativa, propia de la clásica capital del normalismo
argentino, no superado por ninguno en nuestra América dos motivos
hubieran decidido la elección del tema que voy a tratar sucintamente:
cumplirse hoy un nuevo aniversario del nacimiento del ilustre sabio a
quien está destinada esta conferencia, y estar vinculado a su obra el
nombre de esta ciudad y el de un distinguido ex profesor de su Escuela
Normal, que fué colaborador suyo en el terreno de las exploraciones
prácticas y de las comprobaciones científicas, y, como él, un precursor
escolar.
El tema se imponía, además, no sólo porque no ha descripto aún su
extensa curva la onda formada en el alma nacional y humana por el
golpe inesperado, que, hiriendo la superficie social, penetró hasta la
profundidad donde se incuban el sentimiento y la admiración, sino por-
que están a él vinculados la educación, la patria y la ciencia, a todo lo
que se rinde tributo en este templo.
Con Florentino Ameghino, en efecto, se apaga la luz intelectual más
poderosa, desaparece la más potente manifestación de la voluntad en el
campo de la labor científica y pierde la Argentina su gran sabio, natu-
ralista y filósofo.
Breve es su biografía y llena de enseñanza su vida.
Nació en Luján el 18 de Septiembre de 1854; fué durante siete años,
alumno de la escuela elemental que existía en la villa natal y ayudante
de la misma apenas terminados sus estudios primarios; alumno, por dos.
años, de la Escuela Normal de profesores de la Capital Federal y maestro
y director de la escuela municipal de Mercedes, en la misma provincia
de Buenos Aires, desde 1871 hasta 1877. Desde el año siguiente hasta —
1882 estuvo en Europa, y a su vuelta ocupó una cátedra en la Universi-
dad de Córdoba, y otra, años después, en la de La Plata; ha sido subdi-
rector del Museo de esta última ciudad y, por fin, desde el fallecimiento
del doctor Carlos Berg, sucesor de Burmeister, director del Museo Na-
cional de Historia Natural. |
Humildes personas fueron sus padres; y aunque no era tal la pobreza
del hogar en que crecía, desde niño, sus servicios fueron requeridos para
contribuir al sustento diario. Pero, en el humilde niño bullía la sed
de lo grande y es por eso que, con la consiguiente extrañeza de los su-
yos, en vez de cumplir con el recado urgente o dedicarse a los juegos
y distracciones propias de la edad, veíasele, como un sonámbulo a orillas
del río cercano o trepando o escarbando en sus barrancas y llegar, fati-
gado, al hogar, cargado de piedras y de huesos originadores de severas
reprimendas, pero jalones seguros de una predisposición que había de
traducirse en obra grandiosa e imperecedera. ,
Maestro de escuela, para subvenir a sus necesidades materiales, como
fué más tarde, antes y después de ir a Europa y ocupar las cátedras a
que lo elevó su saber, librero al por menor en condiciones tales que
más de una de sus páginas — y éstas no son menos de 20.000, según
Mercante, uno de sus biógrafos y eminentes continuadores en su dupla
tarea de labor asidua e investigación científica —-ha sido escrita, como
él lo ha dicho, entre la venta de cinco centavos de plumas y otros tantos
de papel... su única vocación fué la ciencia, su sola aspiración descu-
brir o comprobar verdades mediante el estudio de la tierra y de la na-
turaleza.
El sonámbulo que recogía piedras, huesos y cacharros; el maestro pri-
mario que, consciente de su misión accidental y seguro dé que el saber
positivo proviene de la observación directa y el esfuerzo constante, iba
en desordenada caravana con sus alumnos a escarbar la tierra y escu-
driñar los secretos del río y de sus barrancas, estaban incubando al sabio
que, con la extrañeza y el desdén de la ciencia del día y la indiferencia
o la mofa de los que más directamente lo observaban, había de conver-
tirse en una notabilidad mundial. |
El ideal lo absorbe de tal modo que, así como se despreocupaba cuando
niño de los juegos infantiles, apartóse, cuando hombre, de todas las dis-
tracciones sociales que pudieran quitarle el tiempo que necesitaba para
dedicarse a sus investigaciones, al arreglo del ingente capital científico
que aglomeraba recogiéndolo de todos los ámbitos del país y a la pro:
ducción escrita a que aunadamente lo inducían aquél y las voces sólo
para él inteligibles que éste producía, para abrir nuevos rumbos y rec-
tificar errores evidentes. Por eso y por su pobreza, su nombre no figura
en los centros sociales, ni en los políticos; por eso y por su honradez; y
quizás hubiera vivido más ignorado aún de lo que realmente lo fuera
entre nosotros, si la ciencia oda no nos lo hubiese impuesto a la
propia consideración.
Esa iniciación que comienza en la niñez se convierte en pasión avasa-
lladora y excluyente, pues, a los veinte años, y a ella vincula la acción
cariñosa de su hermano Carlos, gemelo en la voluntad y en el trabajo,
ya que no en la concepción genial, y dos años más tarde, recogido enton-
ces un nutrido arsenal de los elementos que desde la niñez solicitaran su
atención, empieza su producción escrita, que es abundante, novedosa y
fundada de modo tal que, si el comprobante material no está a la vista
del que dude o niegue, está la fuerza de la inducción en que se basa el
razonamiento.
Va a Europa en busca de comprobaciones a sus atrevidas concepciones.
Escudriña allí museos y terrenos y se relaciona con los más eminentes
cultivadores de las ciencias naturales, cuyas oposiciones y dudas le
sirven de poderoso y estimulante acicate. Empieza, entonces, en reali-
dad, la ascensión. Ella trae aparejada la lucha, que ha de coronar el
triunfo.
Y la lucha es tenaz y es áspera de modo tal que si aquel aparente-
mente débil cuerpo no fuese sólo estuche de una esencia poderosa de la
voluntad, el desfallecimiento que embarga el ánimo de los mejores cuan-
do, a la oposición, se une la necesidad material impostergable, lo hubie-
se postrado. Pero, ahí está su voluntad, esta noble aptitud que la Peda-
gogía no utiliza, no estimula aún lo suficiente, subalternizada como
está esta ciencia al arte del decir, en vez de vigorizarse con el rumiar
del pensar y la persistencia del hacer.
A este respecto, el incipiente y accidental maestro primario, se nos
presenta, en este período de su iniciación y en el resto de su vida, como
un precursor, porque, sin más bagaje que el muy reducido de la escuela
primaria de entonces, sin cursar estudios secundarios ni superiores -=
formando, así, con Sarmiento y con Mitre, una trinidad que, con el ho-
nor de la patria exaltan el poder de la voluntad llega a la cima me-
diante el solo ejercicio de ésta. Puede asegurarse que sin ella, la natural
predisposición innegable en Ameghino, hubiera quedado sin manifes-
tarse, es decir, en la condición del brillante escondido, del sol sin brillo,
o cuando más en la del espasmo, de simula virilidades o es antifaz de
cobardías.
Es esta la enseñanza más fecunda de esta vida de solitario dedicada
al solo cultivo de su ideal, la verdad, con tanto más motivo cuanto que
alborea el día en que la voluntad y la inteligencia han de sobreponerse
a la imaginación y la memoria, que Re ser los fundamentos de
nuestra educación actual.
Cuando hubo que rasgar forzosamente el espeso velo de ignorancia
con que el absolutismo y la intolerancia habían cubierto el cerebro huma-
no; y a la humillación y a la oración, sucedió el libro, cuyo contenido y al-
cance multiplicó la escuela primaria, los representantes de estos prin-
cipios, tan rénidos con la naturaleza humana como con las conquistas
de la ciencia, encauzaron la educación en la vía del sentimiento y de la
imaginación por medio de la memoria, y la devoción que impusieran
la fuerza y el temor de antes, adornada con los conquistadores atavíos
de estos elementos mentales, apartó a la humanidad de la senda de la
acción que se fundamenta en la ciencia. Fué el triunfo del arte del decir
que produce esclavos per inde ac cadaver, parásitos, repetidores, pero
no hombres de ciencia ni de acción; buenos poetas y literatos quizás,
pero malos ciudadanos, malos políticos, y mujeres que sólo sirven para
la iglesia, para el salón y para lo más rudimentario del hogar, en vez de
ser copartícipes del hombre en la múltiple esfera de acción en que am-
bos deben desarrollar su actividad ego-altruísta.
La instrucción superior en nuestras repúblicas latinoamericanas, dice
Alberdi, que es de la misma talla física, moral, mental y profética de
Ameghino, no fué menos estéril e inadecuada a nuestras necesidades
que la enseñanza de la religión católica, cuyo único justificativo no está
tanto en que ella era la que profesaba la mayoría, cuanto en el absolu-
tismo e intolerancia de quien la impuso: España, «que no ha pecado nun-
ca por impía, pero no le ha bastado eso para escapar a la pobreza, la
corrupción y el despotismo».
¿Qué han sido nuestros institutos y universidades, agrega, sino fábri-
cas de charlatanismo, de ociosidad, de demagogia y de presunción titu-
lada? Y es indudable, y de ello tenemos prueba evidente ahora mismo
en Córdoba, de antigua y vetusta universidad y paupérrima escuela pri-
maria, que si ésta y la secundaria hubieran estado dirigidas por el ele-
mento retrógrado o doctoral, se hubiese perpetuado el régimen de su-
misión a lo desconocido en religión y de cacicazgo en política.
Felizmente, la catapulta de la escuela primaria, amplia (y amplia
porque, más que dar conocimientos, se propone desarrollar aptitudes y
hábitos, y porque no mezcla ningún prejuicio religioso en su plan edu-
cativo) que impuso Sarmiento con el maestro norteamericano y su suce-
sor el buen maestro argentino, hará imposible toda reacción hacia lo
que tienda a rebajar la personalidad humana. La ciencia será su guía,
la verdad su norte, la acción su ambiente.
Pero, de esta amplitud ha quedado privada, en parte, la instrucción
secundaria, casi limitada a preparatoria de la superior y que carece aún,
con el profesor especialmente preparado. para servirla, de varios de los
elementos que la harán práctica, experimental y útil, como a la univer-
sitaria, que empieza a salir recién del limbo de la teología y de la esco-
lástica, es decir de lo absurdo y de lo superficial.
«Los esfuerzos del hombre deben encaminarse siempre hacia el cono-
cimiento de la verdad, cuyo culto será la religión del porvenir», dijo
Ameghino en su notable credo de hombre de ciencia que no comulga con
nada sobrenatural, justificando a aquellos iluminados que entre el fragor
de la revolución francesa proclamaban único Dios a la razón y a los que
hemos dicho y sostenemos que la escuela es el templo de la humanidad
redimida por la educación y el trabajo.
Saquemos esta lección, pues, de la vida y de la acción de Ameghino:
hagamos de la verdad un culto y pongamos para ello en constante ejer-
cicio nuestra inteligencia y nuestra voluntad; propendamos a que en la
educación se acentúe cada día más la tendencia práctica, científica, ra-
cional y humana que debe caracterizarla para formar hombres y mujeres
- libres de prejuicios y que sean elementos sanos y eficientes de la socia-
bilidad en que actúen y de la humanidad a que pertenecen.
La patria en que nació el humilde niño que debía culminar en el cenit
de la labor científica alcanzado apenas el primer centenario de vida inde-
pendiente de aquélla y que, con la audacia y la persistencia del genio,
había de arrancar del seno de la ignota y prodigiosa Patagonia más de un
secreto destinado a descorrer el velo respecto de verdades que, en Euro-
pa, habían inmortalizado, entre otros, los nombres de Cuvier, Lamarck y
Darwin, imponía también este tema. La patria, con la ciencia, son las
directas herederas de la obra de Ameghino, que es gloria argentina y de
la humanidad y tanto más pura cuanto que ella emana de la inteligencia |
y de la voluntad y no se ha amasado con el barro de la lidia diaria,
ni ha hecho derramar una sola gota de sangre.
A este respecto, Ameghino comparte sólo con otro pensador argentino
este lote inmaculado, que coloca a ambos sobre el solio de la santidad
laica y hará de los humildes locales en que nacieron, santuarios de pe-
regrinación en que irán a buscar inspiraciones alumnos y educadores y
a rendir tributo de admiración conciudadanos y hombres de ciencia.
Me refiero a Juan Bautista Alberdi, cuyo centenario hemos conmemo-
rado recientemente y quien si bien esgrimió en su defensa, el látigo
despiadado de la crítica, no gozó de los honores que le correspondían ~
por su talento y dedicación constante al servicio de la patria por medio
de la propaganda escrita, y sufrió, en cambio, persecuciones y vilipendio
de que no fué víctima el primero. Estos héroes del trabajo mental han
de ocupar en breve el puesto que hasta ahora sólo se ha discernido a los:
hombres de guerra o de acción política, con quienes comparten el honor
del servicio público y deben compartir la justicia de la gloria póstuma.
Carezco de condiciones para estudiar a Ameghino como hombre de
ciencia y recomendando para un conocimiento más profundo la síntesis
de sus trabajos hecha por otro de sus más eminentes continuadores, el
profesor Rodolfo Senet, que ha dedicado una nutrida conferencia a 3
hombre cuya vida y obra conoce minuciosamente, voy a extractaros lo
que otro compatriota que tiene honda y fecundamente marcada su huella
de escritor, poeta, educador, ciudadano y cultor de las ciencias naturales,
mi distinguido amigo don Francisco Podestá, ex director de la Escuela
popular de Curuzú-Cuatía, en Corrientes, y profesor actual de la Escuela
normal de Rosario de Santa Fe, dijo en la conferencia que pronunció
en homenaje del eminente extinto, respecto de la afirmación de éste:
ubicar una de las cunas del género humano, sino la única, en aquella
que el mencionado Darwin llamara tierra de maldición y de bendicién la
profética voz de nuestro Alberdi. ¿Cuál? diréis. Asombraos: la Patago-
nia, patria del Homunculus, incubador del bípedo implume del filósofo
cínico, del hombre y de la mujer de ayer y de hoy, que se debaten aún
entre las escabrosidades de los espesos bosques, las áridas llanuras y las
abruptas montañas en que surgieran sus progenitores y entre las no me-
nos dolorosas que ha creado su ignorancia, su fantasía, su pasión y su
Interés: dioses, religiones, amor, gloria, que engendran guerras y dolo-
res y conducen por medio de una lucha incesante al progreso, que es
fruto de la ciencia, única fuente de verdad.
Ameghino, — dice Podestá, — había vislumbrado al precursor del
hombre, en la Patagonia, esa Patagonia austral, cuna de los mamíferos,
como el mismo sabio lo ha comprobado. Sus estudios y descubrimientos
posteriores le dieron la razón de su atrevida profecía: treinta años antes
había visto al través de la noche de los tiempos.
Darwin dijo que el hombre había descendido de un mono superior
del viejo mundo.
Era la ley del transformismo de Lamarck o selección de Darwin apli-
cada al origen del hombre.
Ameghino, transformista como aquél, y evolucionista como éste, avan-
z6 gran trecho sobre el resultado de los dos grandes maestros.
Así pudo afirmar nuestro sabio: el hombre no ha sido mono; el mono
es un hombre bestializado.
Los homunculídeos, vetustos pobladores de la Patagonia, son los que
reunen mayor suma de caracteres comunes con el hombre, y los que más
se aproximan al tronco primitivo de donde se separaron los monos ame-
ricanos (platirrinos), los antropomorfos (monos del antiguo continente),
y los hominídeos. El Pitheculites, que dió origen al homunculídeo, es del
eoceno, como éste.
En Patagonia, luego, es mucho más antigua la existencia del Homun-
culus que en otras secciones de la tierra.
En Norte América no hay fósiles simios en los períodos terciarios.
En Europa y Asia los fósiles simios se encontraron recién en el mioce-
no, formación más moderna que el eoceno. Y esos mismos fósiles no tie-
nen representantes ancestrales en los terrenos más antiguos de las mis-
mas regiones. Es decir, que aquellos fósiles miocenos no han podido des-
cender de otros antecesores eocenos que no existen.
Luego, entonces, el problema no es dudoso: en el viejo mundo no
está el precursor del hombre; en América del Norte tampoco. ¿Dónde
encontrarlo? Ameghino respondió con atrevimiento de iluminado: la
Patagonia es la cuna del género humano.
Pero, ¿cómo ha sucedido esto? Parece un absurdo que América resul-
te pobladora del mundo, cuando fué descubierta por Cristóbal Colón...
Pero la ciencia lo explica todo con satisfacción para la humanidad.
Por evolución salió del Homunculites la línea más avanzada de los
hominideos.
El hominideo siguió su marcha.
La América del Sud y Africa estaban unidas entonces por el Arque-
lenis (continente desaparecido). Una rama de los hominideos pasó
por Arquelenis y llegó al Africa a fines del eoceno. Allí encontró selvas
cuajadas de frutas y tuvo que subir a los árboles para darse la subsis-
tencia: se hizo cuadrumano y se bestializó, dando origen a los monos
del viejo mundo, de los cuales se encuentran los fósiles del Pithecantro-
pus erectus del cuaternario inferior de Java y Pseudohomo Hetdelber-
gensis, de Alemania y los actuales gorilas, chimpancés y orangutanes.
La otra rama de los hominídeos tuvo que vivir de otro modo, luchando
por la vida, con las fieras, cazando para nutrirse y mirando lejos los ho-
rizontes de la llanura; su vida fué de mayor actividad intelectual. Fué
así en progreso orgánicamente hasta evolucionar en Tetraprothomo
(cuarto antecesor del hombre) cuyos restos se encontraron en Monte
Hermoso. Su talla era la de un hombre de algo más de un metro.
El Tetraprothomo evoluciona hacia el Diprothomo, cuyos restos se han
encontrado en las capas pampeanas de la misma ciudad de Buenos Aires.
Este homiffideo, invadiendo América, encontró los últimos vestigios
del puente que aún unía la América con el Africa, tal vez a principios
del plioceno, formación más moderna que el mioceno.
En su continua evolución constituye el tipo del Homo ater que ha dado
origen a los hotentotes, bosquímanos, akas, negritos y demás negroides
y australoides.
A este grupo del Homo ater, Ameghino lo denomina grupo austral,
inferior al grupo septentrional, del que se originaron los cáucaso-mongo-
les, más evolucionados.
La parte de los hominídeos Diprothomo que siguió avanzando por las
regiones de América, evolucionó hacia el Homo pampaeus, y una vez
unidas por el istmo de Panamá ambas Américas, pasó a la del Norte, en
el plioceno, constituyendo las distintas razas americanas.
Pero no debía parar allí este ser destinado a perfeccionarse y triun-
far, que sobrevivió a toda la fauna pampeana de megaterios, milodon-
tes, toxodontes, gliptodontes que lo acompañara en este enorme y calo-
sal éxodo y que se extinguió en el futuro escenario de los yanauis pro-
digiosos.
Este hombre nacido en las pampas argentinas, avanzó en dos grupos:
Uno hacia el Noroeste, derramándose como una aurora desconocida
por el continente Asiático, diversificándose en este nuevo ambiente para
constituir la raza mongólica tan parecida antropológicamente con el
hombre americano. |
-El otro grupo avanzó al Nordeste, atravesando el puente postplioceno
o neocuaternario que por entonces unía el Canadá con Europa, y ahí
constituyó la raza de «Galley Hill».
Una parte de ese grupo se aisló, bestializándose, en Homo primige-
nius, Néanderthal, de Spy, extinguiéndose con Krapina. La otra parte del
grupo, más feliz, más plástica a la evolución, se dilató por toda la Euro-
pa, anunciando al mundo el génesis de una civilización que fincaría su
grandeza, su potencialidad dominadora en el protoplasma nervioso del
cerebro, capaz de producir, en honor de Psiquis, el fuego inmortal de las
ideas, y como dice el gran espíritu del sabio que lloramos, «fundó la
raza blanca, la más perfecta y a la que estaba reservado el dominio
completo de nuestro globo».
Basándonos en esta síntesis podemos afirmar, con el joven sabio sel
que la remota antigiiedad del hombre en el continente americano queda
definitivamente comprobada y que, de acuerdo también con el mismo
Autor «no habiendo alcanzado un resultado superior a lo mediocre en el
antiguo continente, las investigaciones realizadas para comprobar la
antigúedad del hombre por no ultrapasar éstas la del periodo cuaterna-
rio inferior, corresponde a Ameghino la gloria de su descubrimiento en
el período terciario y en la porción austral de nuestra patria».
Cuarenta años de labor constante en cincuenta y siete años de edad,
que contó siempre con la poderosa ayuda de su hermano Carlos, ver-
dadero Pílades de este Orestes de la ciencia, ofrendan, con esa
atrevida y novedosa concepción, arrancada tanto a la naturaleza muer-
ta que surge al contacto de la chispa intelectual, cuanto al poder
de ésta que, fundándose en aquélla y en los hechos constatados, re-
construye procesos y llega, por el razonamiento, a deducciones pre-
cisas, ofrendan, digo, además, una copiosa producción escrita en los
pocos trillados caminos de la paleontología, antropología y geología,
haciendo de Ameghino el más grande, el más genial de nuestros inves-
tigadores, el único sabio argentino en la primera centuria de la patria
libre.
La producción escrita de Ameghino se inicia en 1875, a los veintiún
años de edad, con una serie de artículos sobre los restos del hombre y de
su industria y sobre la formación pampeana; culmina con sus magistrales
obras La antigiiedad del hombre en el Plata (1880), Filogenia (1884),
Contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles de la República
Argentina (1889) y Mi Credo (1906), que extractaremos y analizaremos
brevemente; y termina, con una introducción, aún inédita, para la re-
producción en francés, de la segunda obra mencionada.
Dos de sus folletos y un libro publicados, respectivamente, en 1883
y 1885, tienen particular interés para esta ciudad por tratarse en ellos
de estudios de mamíferos fósiles encontrados en sus barrancas y de
- un hombre tan estrechamente vinculado a la justa fama de su Escuela
normal y al cariño y el respeto de los alumnos que la frecuentaron en
las dos décadas siguientes al año 1870: don Pedro Scalabrini, el distin-
guido profesor que enseñó a la juventud el positivismo comtista como
Frankemberg nos había iniciado en el liberalismo científico, la llevó,
como hacía éste, al terreno de la investigación práctica, y como éste
también, más que enseñarle fechas y nombres y hacerle repetir princi-
pios y teorías, le dió la facultad de dominar el conjunto y de guiarse por
su propio criterio, independizándola de la enseñanza mnemónica y meta-
física predominante entonces en el país, y siendo, en consecuencia, uno
de los precursores de la nueva era educacional y eficaz colaborador de
Ameghino. rare
Estudiada la vida del hombre, del precursor, del naturalista, engol-
fémonos en las profundidades de su pensamiento de filésofo. Ese pen-
samiento esta contenido en Mi Credo. :
Era imposible que Ameghino escapase a la atracción del abismo in-
sondable de lo incognoscible, único objeto de la metafísica, la que, sin-
tiéndose impotente, degeneró en mera teodicea que parte de un prin-
cipio indiscutible y de una providencia actuante e inutiliza, así, con el ra-
zonamiento, toda investigación científica.
Correspondiendo a la justificada distinción que le había hecho la So-
ciedad Científica Argentina, Ameghino leyó su Credo o sea una expo-
sición sintética de lo que es el Universo, tal cual él lo concebía. Y em-.
pieza así: «No se debe destruir por simple placer, sino en vista de una re-
construcción más perfecta.
«Los esfuerzos del hombre (cito de nuevo este profundo pos
que es la síntesis de su teoría y de su vida) deben encaminarse siempre
hacia el conocimiento de la verdad, cuyo culto será la religión del por-
venir. |
«Concibo el Universo como constituído por un infinito tangible: la ma-
teria; y tres infinitos inmateriales: espacio, tiempo y movimiento.
Macas y espacio tienen la relación de contenido y continente, El
espacio existe, es una realidad, puesto que en el Universo es lo único in-
móvil, perenne, inmutable, sirviendo de receptáculo a la materia. Con-
cebir algo que sea menos que el espacio o que se encuentre fuera
de él, es un imposible.
«La materia es la substancia palpable que llena el Universo y no po-
demos figurárnosla sino ocupando espacio; es evidente que la porción
del espacio ocupada por un átomo de materia no puede ser a la vez ocu-
pada por otro. La materia no tuvo principio ni tendrá fin. Que es indes-
tructible es evidente, puesto que no es concebible la PS de sa-
carla fuera del espacio. -
«Como inseparable del espacio tenemos el intangible infinito tiempo
que podemos definir como la sucesión infinita de la nada, corriendo para-
lelamente a las sucesivas fases de la eterna transformación de la ma-
teria.
«Como inseparable de la materia tenemos el infinito movimiento, que.
aunque inmaterial, a diferencia del infinito tiempo, es sensible y tan-
gible.
«Defino, pues, el Cosmos, como el conjunto de cuatro infinitos: el e
inmutable «infinito espacio», ocupado por el «infinito materia» en
«infinito movimiento» en la sucesión del «infinito tiempo».
Tal es el eje central de su razonamiento.
En la precisión del eno hay la firmeza de la convicción.
Rechazado todo lo sobrenatural, la verdad fluye llana y convincente,
de modo tal que hasta la paradoja que supera el optimismo de Metchni-
koff se coloca en el plano de lo que ya no se discute. Así, la consti-
tución espontánea de la materia en estado viviente o sea la generación
espontánea, es un fenómeno que se ha efectuado una sola vez y que
no puede volver a producirse; y la muerte, que se cree debe llegar fatal-
mente en determinada época de la vida, podrá ser retardada por el
hombre poco menos que indefinidamente.
«El término de la duración de la vida, dice, no es un pagaré con ven-
cimiento a plazo fijo, sino una cuenta corriente abierta que debemos
tratar de cerrar cuanto más tarde nos sea posible, pues no creo que la
muerte deba ser siempre una consecuencia inevitable y fatal de la vida».
Consolémonos, pues: si la ciencia nos quita la esperanza de una vida
futura, que ninguna religión ha excluido como consecuencia obligada
de la limitada y miserable que nos hemos forjado con nuestra ignoran-
cia, nos da, más que la esperanza, la posibilidad ya de aumentar el tér-
mino de la que poseemos, como nos ha dado la probabilidad de mejorarla
en beneficio propio y de los demás.
Insisto en esto: «de los demás», porque el altruismo no es una palabra
de convención: es una realidad que mana del concepto científico de la
vida y de los deberes que ella impone. La vida es una santidad, ha dicho
Ferri. Es decir, es lo respetable por excelencia, porque disgregado el
conjunto de las moléculas que la forman, éstas se incorporan, transfor-
mándose, al movimiento general que almacena todo cuanto existe y exis-
tira indefinidamente. Pero, perdida la forma ella no vuelve, y ¿cómo
suprimir lo que no puede crearse o rehacerse íntegramente? Y respe-
tar la vida es un precepto tanto más obligatorio cuanto que a mecida
que se avanza en el tiempo, se adquiere la certidumbre de que en res-
petarla y encaminarla debe consistir toda la verdad moral que emerge
de la verdad científica o corre paralelamente a ésta. Respetemos la vida
y eduquémonos de modo tal que ella sea lo más larga, lo más amplia, lo
más perfecta posible. Así la ciencia se convierte en la religión futura,
porque, como Ameghino lo ha dicho, el conocimiento de la verdad será
la religión del porvenir, cuyo templo, hemos agregado, es la escuela.
También, con su enseñanza, sentimos corroborada otra verdad en que
hemos insistido constantemente: la importancia primordial del factor
educación, que no debe ser considerado como un mero elemento del am-
biente, sino formar con éste y la herencia los tres en que se incuban el
hombre y la especie. Si la herencia es el elemento conservador, el am-
biente será el transformador y el impulsor la educación. Sí: educar es
impulsar, despertar, estimular, porque, tan luego como la inteligencia se
pone en movimiento, se excita el sentimiento o la pasión y ambos empu-
jan la voluntad. ¿Hacia dónde? Hacia adelante, hacia el bien, porque
si nada de lo que existe dejará de existir aunque se transforme y es ser
perfectible, especialmente, el hombre, habría un contrasentido .en creer
o asegurar que la tendencia fuese a retroceder o a desmejorar. El in-
dividuo que quiebra la regla sentada es como el accidente pasajero que
apenas deja huella sensible de su paso o estallido. Esa regla, que es la
verdad, es otra; y por eso Ameghino ha podido decir que «el hombre con
su saber podría encaminar la evolución, darle dirección y colocarse re-
sueltamente en el camino de la inmortalidad» así como que «a nuestros
lejanos descendientes dotados de una longevidad de miles de años, con
el saber innato de sus antecesores heredado bajo la forma del instinto,
con órganos de los sentidos mucho más perfectos que los del hombre
actual, con una materia pensante infinitamente superior, les será posi-
ble resolver los grandes problemas del Universo que se nos presentan —
todavía en forma de lejanas nebulosas».
El Credo de Ameghino debe ser nuestro mandato imperativo, ahora
más que nunca, en que una racha de oscurantismo pretende desconocer
conquistas constitucionales y legales que forman el orgullo de la nueva
sociabilidad argentina, hija del enciclopedismo del siglo xviii, de la
Revolución Francesa y del espíritu práctico anglosajón; y cuya mirada,
como la de sus ilustres hijos Rivadavia, Sarmiento, Alberdi y Ameghino,
y la de esos distinguidos profesores mencionados, Scalabrini y Frankem-
berg, penetra profundamente en el pasado para sacar de él las enseñan-
zas que la conduzcan a un porvenir mejor. Ese porvenir será hijo de la
voluntad, que conduce a la lucha y forma el carácter, porque la verdad
será su norte, la ciencia su guía, la acción su ambiente y cuando en él
estemos habráse realizado la sublime aspiración de Jesús, quien, entre
otros sabios, declaró hermanos a todos los hombres, lo que sucederá el
día en que vivamos bajo el régimen de Ju en que él soñó y en que
soñamos.
Ilustración. Adolph von Becker

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