domingo, 16 de agosto de 2026

Mis rincones oscuros (James Ellroy)








La encontraron unos niños.

Eran jugadores de la liga Babe Ruth que habían salido a lanzar unas cuantas bolas.

Tres entrenadores adultos caminaban detrás de ellos.

Los chavales vieron un bulto en la franja de hiedra justo al lado del bordillo. Los

hombres vieron unas perlas sueltas en la acera. Se produjo un ligero sobresalto

telepático.

Clyde Warner y Dick Ginnold hicieron que los niños se retiraran un poco para evitar

que mirasen desde demasiado cerca. Kendall Nungesser cruzó Tyler Avenue a la

carrera en dirección a una cabina de teléfonos que había junto a la lechería.

Llamó a la Oficina del Sheriff de Temple City y le contó al sargento de guardia que

había descubierto un cuerpo. Estaba allí mismo, en la carretera junto al campo de

entrenamiento de béisbol del instituto Arroyo. El sargento le dijo que se quedara allí

y que no tocase nada.

Se emitió el aviso por radio: 10.10 del domingo 22 de junio de 1958. Cadáver en King’s

Row con Tyler Avenue, El Monte.

Un coche patrulla del sheriff llegó al lugar en menos de cinco minutos. Segundos

después se presentó una unidad de la policía de El Monte.

El ayudante del sheriff Vic Cavallero reunió a los entrenadores y a los niños. El agente

Dave Wire inspeccionó el cuerpo.

Se trataba de una mujer de raza caucásica. Tenía la piel muy clara y era pelirroja.

Debía de rondar los cuarenta años. Se hallaba tendida boca arriba en un macizo de

hiedra a escasos centímetros del bordillo de King’s Row.

El brazo derecho estaba vuelto hacia arriba. La mano descansaba en el suelo, unos

pocos centímetros por encima de la cabeza. El brazo izquierdo estaba doblado por el

codo y cruzaba el cuerpo a la altura de la cintura. La mano se veía crispada; las

piernas, extendidas y abiertas.

Llevaba puesto un vestido azul marino ligero y de escote generoso, sin mangas. Un

gabán azul oscuro con forro a juego cubría la mitad inferior de su cuerpo.

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Los pies y los tobillos quedaban a la vista. El pie derecho estaba descalzo. En torno al

tobillo izquierdo tenía enrollada una media de nailon.

El vestido estaba ajado y tenía los brazos cubiertos de picaduras de insectos. La lengua

asomaba entre los labios y el rostro presentaba varias magulladuras. El sujetador

estaba desabrochado y subido por encima de los pechos. Alrededor del cuello tenía

una media de nailon y un cordel de algodón, ambos firmemente anudados.

Dave Wire habló por radio con el agente de guardia del Departamento de Policía de

El Monte. Vic Cavallero llamó a la oficina de Temple. Se dio la alerta para la recogida

del cuerpo:

Que venga el forense del condado de Los Ángeles. Que vengan los del Laboratorio de

Criminología de la Oficina del Sheriff y el fotógrafo. Llamad a la Brigada de

Homicidios y decidles que manden un equipo.

Cavallero se quedó de pie junto al cuerpo. Dave Wire se acercó a la lechería y pidió un

rollo de cuerda. Cavallero lo ayudó a extenderla para establecer un perímetro

protegido en torno a la escena del crimen.

Comentaron la extraña posición del cuerpo. Parecía caído al azar y, a la vez,

depositado con cuidado.

Empezaron a llegar curiosos. Cavallero los obligó a retirarse hasta la acera de Tyler

Avenue. Wire reparó en que había algunas perlas en la calzada y trazó un círculo de

tiza en torno a cada una de ellas.

Unos coches oficiales se detuvieron ante el cordón de seguridad. Varios agentes,

uniformados y de paisano, pasaron por debajo de la cuerda.

Del Departamento de Policía de El Monte: el jefe Orval Davis, el capitán Jim Bruton

y el sargento Virg Ervin. De la Oficina del Sheriff de Temple: el capitán Dick Brooks,

el teniente Don Mead y el sargento Don Clapp. Los ayudantes del sheriff de Temple

llamados para contener a los curiosos eran policías de servicio o fuera de él.

Dave Wire midió la ubicación exacta del cuerpo: veintiún metros al oeste de la primera

verja cerrada del recinto del instituto y medio metro al sur del bordillo de King’s Row.

Llegó el fotógrafo policial y tomó unas fotos en perspectiva de King’s Row y del campo

de deportes del instituto.

Era mediodía y el sol caía en un ángulo de noventa grados.

El fotógrafo tomó instantáneas del cuerpo desde arriba y desde los lados. Vic

Cavallero le aseguró que la gente que lo había encontrado no lo había tocado. Los

sargentos Ward Hallinen y Jack Lawton llegaron al lugar y se dirigieron de inmediato

hacia el jefe Davis.

Davis les dijo que se encargaran del asunto, en virtud del protocolo por el que todos

los asesinatos cometidos en la ciudad de El Monte eran competencia de la Brigada de

Homicidios de la Oficina del Sheriff de Los Ángeles.

Hallinen se acercó al cuerpo. Lawton dibujó un plano de la zona en su libreta de notas.

Tyler Avenue iba de norte a sur. King’s Row la cortaba en el extremo sur de los

terrenos escolares. King’s Row continuaba hacia el este unos ciento setenta y cinco

metros y desembocaba en Cedar Avenue, que marcaba el límite oriental de los terrenos

del instituto. No era más que una vía de acceso pavimentada.

El extremo de Cedar Avenue estaba cerrado por una verja. Otra valla interior

resguardaba unos bungalows cerca de los edificios principales del instituto. La única

manera de acceder a King’s Row era por Tyler Avenue.

King’s Row medía unos cinco metros de ancho. El campo de deportes se extendía a lo

largo del límite norte. Por detrás del bordillo de la acera sur había una valla de

alambre cubierta de maleza y una mata de hiedra de un metro de anchura. El cuerpo

estaba situado a setenta y cinco metros al este de la esquina de Tyler y King’s Row.

El pie izquierdo de la víctima quedaba a unos cincuenta centímetros del bordillo. El

peso del cuerpo había aplastado la hiedra.

Lawton y Hallinen contemplaron el cadáver. Empezaban a aparecer los primeros

síntomas del rigor mortis: la mano cerrada de la víctima había quedado rígida.

Hallinen observó un anillo con una perla falsa en el dedo corazón. Lawton comentó

que quizá los ayudase a identificarla.

El rostro había adquirido un ligero tono morado. Tenía toda la pinta del clásico cuerpo

tirado a altas horas de la noche.

Vic Cavallero dijo a los entrenadores y a los chavales del equipo de béisbol que se

fueran a casa. Dave Wire y Virg Ervin se mezclaron con los curiosos. Se presentó en

el lugar el sargento Harry Andre, un tipo de Homicidios impaciente por echar una

mano.

Llegaron los miembros de la prensa. Algunos agentes de Temple se acercaron en los

coches patrulla para echar un vistazo a la escena del crimen. La mitad de los veintiséis

hombres del Departamento de Policía de El Monte pasaron por allí. Las mujeres

blancas muertas eran como un imán.

Se presentó el ayudante del forense. El fotógrafo le dijo que podía examinar a la

víctima.

Hallinen y Lawton se abrieron paso hasta la primera fila para mirar. El ayudante del

forense levantó el gabán y dejó al descubierto la mitad inferior del cuerpo.

No llevaba bragas, liguero ni pantis. El vestido estaba subido por encima de las

caderas. Ni pantis ni zapatos. Esa media enrollada en torno al tobillo izquierdo.

Magulladuras y pequeñas laceraciones en la cara interna de los muslos. Unas marcas

en la cadera izquierda de haber sido arrastrada por el asfalto.

El ayudante del forense le dio la vuelta al cuerpo. El fotógrafo sacó algunas tomas de

la parte posterior de la víctima. La espalda estaba húmeda de rocío y mostraba señales

de lividez post mortem.

El ayudante del forense dijo que probablemente llevase muerta entre ocho y doce

horas. La habían tirado allí antes del amanecer; el rocío en la espalda era un claro

indicio de ello.

El fotógrafo tomó unas cuantas fotos más. El ayudante del forense y su colaborador

levantaron el cuerpo. Estaba flácido, todavía lejos del rigor mortis completo. Llevaron

a la víctima al furgón y la colocaron en una camilla.

Hallinen y Lawton investigaron el macizo de hiedra y el bordillo cercano.




Ilustración: Juárez Machado



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