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La conocí en un boliche del Once, sobre Jean Jaurés, a media cuadra de Rivadavia.
Ahí nomás estaban las vías del Sarmiento, corriendo entre altos paredones
unidos por puentes cortos y estrechos. Los autos iban y venían, y uno podía
detenerse en el sendero peatonal y mirar hacia abajo el paso de los trenes. Era
la primera vez que iba a ese boliche, fuera del ámbito habitual al que la
familia me aconsejaba, el tío Ángel sobre todo. Me tenían entre ceja y ceja,
así me dijo, y me estaban vigilando. Por eso yo me escabullía del barrio
recoleto donde estaban los bares, boliches y puteros en los que acostumbraban a
reunirse los milicos, y me zambullía en la multitud inexpresiva de los barrios
populares. Allí, en medio de la estación del Once, sembrada en los rincones por
mortíferas semillas de vagabundos y pordioseros, repletas las esquinas de
Cangallo y Pueyrredón por putas que se dispersaban hacia la plaza de Miserere y
hacia la zona semi abandonada, semi escondida, esas cuadras previas a la
estación donde el amplio pozo de las vías era imposible de cruzar más que por
los escasos puentes, obligando a largas caminatas o vueltas de colectivos.
Calles medio muertas desde las cinco de la tarde, sobre todo en invierno, y
muertas del todo por las noches, exceptuando, por supuesto, a las garrapatas
nocturnas y a los gatos que intentan evitarlas. Hablo, claro, de los indigentes
apoltronados en las veredas, a las prostitutas que deambulan cansadas,
travestis incluidos, y los trasnochadores que caminan con las manos en los bolsillos y un
cigarrillo entre los labios, la facies ojerosa, con un sobretodo viejo si es
invierno, o una remera con la marca de YPF que apesta a nafta, igual que el
aliento y las manos de esos hombres, que tal vez no son hombres, sino meros
remedos de esqueletos dominados por la ansiedad, rascándose la entrepierna de
puro excitados, tocándose el culo y oliéndose la mano para comprobar lo que ya
saben: la suciedad imperecedera de un calzoncillo que no se cambian porque la
cabeza no les da para eso. Y también están los curiosos, los que buscan uno o
dos veces las famosas pringosidades del suburbio cantadas por tangos viejos y
que ya no existen. Es que el olor queda, y la atracción del empedrado o el
asfalto, de la orina en las cunetas, de los gatos que cruzan la vereda raudos y
misteriosos, y por encima de todo eso, las paredes de las casas viejas, de los
portones con candados y de los zaguanes llenos de hojas y basura, donde no se
sabe si hay gente viva o muerta.
Pensando en todo esto, entré al boliche y
la música disco sonaba fuerte. Donna Summer, tal vez, que resultaba una parodia
en un local que no era más que un galpón o depósito reciclado. Eran tiempos de
falopa y dólares, los últimos, creo. Los Ansaldi somos previsores e
inteligentes, y aunque no fui yo quien precisamente pensaba en todo eso: la
patria, el porvenir y la política, mi familia sí era experta en sobrevivir de
la mejor manera. Pronto, con la guerra a cuestas, que todo el círculo familiar
consideraba el gran desastre, la inmensa boca negra que amenazaba con comerse
las virtudes del holocausto de todos los pasados años, la larga dictadura de
los idas y vueltas, de las falacias económicas, del mundial de fútbol, olímpico,
ancestral y divino, enorme y soporífero de las buenas costumbres, sobre todo de
la endeble conciencia humana. La guerra era la apoteosis con la que un general
esquivo a la política militar reinante, a las santas leyes proclamadas en el
Círculo Militar, asentadas sobre escritorios de noble madera y firmados con lapiceras
Parker, mientras el sonido del roce sobre el papel moría bajo la carraspera de
los viejos coroneles. El cáncer daba vueltas por esos claustros, también, las
próstatas moribundas que esparcían las células cancerosas como antes lo hacían
con su sustancia vital.
Pero el ya no tan joven general en el
ejercicio de la presidencia de la república no hizo caso alguno. Se aferró a su
delirante idea, tomar las islas que no eran argentinas más que el nombre, en el
quebradero de cabeza de los documentos históricos que ya nadie sabía ordenar
con precisión. El canto del cisne, pero la legendaria ave que el general
intentaba imitar, se tambaleaba de puro borracho, según decían, su largo cuello
inclinándose sobre el agua que debía creer eran las aguas del Atlántico Sur, y
su canto no era el sonido de un oboe, por supuesto, sino la tos agrietada del
hombre frustrado, de un hombre cualquiera, que por ser precisamente eso, hombre
y frustrado, bestial simbiosis, implacable destino, irremediable sentencia y
atroz huracán de males, derramó la catástrofe sobre el país. Y las ruinas
duraron y se esparcieron, creciendo durante muchos años.
¿Pero quién podría saber todo esto? Meras
conjeturas mías, fueron pensamientos que danzaban al ritmo de la música que se
interrumpía porque el disc jockey debía ser un chico medio drogado que
discutía, probablemente, con una mina que se regodeaba en hacerlo esperar, en
excitarlo más, hasta que ella, cediendo, lo dejaba hacer ahí nomás, en el
balcón donde estaban los equipos, a poca distancia del techo de chapa,
peligrosamente expuesto a los cortos circuitos de los enchufes sobrecargados. Y
mientras eso durara, la música continuaría su viaje: la genial Donna, o la
cumbia que recién comenzaba a hacer estragos. Nadie me conocía por ahí, había
decidido cambiar mis rumbos solitarios por un tiempo. A veces algunos boliches
de Flores, pero tan llenos de peruanos y bolivianos que me encontraba
desubicado y sentenciado a juzgar a pesar de mis débiles esfuerzos en
contrario. Entonces salía a la vereda, caminaba muchas cuadras hasta Villa Luro
y me metía en el cine condicionado hasta que cerraba. Los tipos se sentaban en
la batuca de al lado y estiraban la mano. A veces les hacía caso, otras no. El
hastío, finalmente, era el mismo.
Pero en este boliche del Once había
muchas mujeres de treinta, y eso era lo que me interesaba. No las adolescentes
que buscaban en mi un tipo de experiencia para contar a sus amigas, o alguien
que, a diferencia de los pibes de su edad, tuviera plata para bancarles lo más
o menos inocentes caprichos, una pollerita de moda, unas botas de gamuza, o
algún hotelito de por ahí cerca. Rubias o morenas, flaquitas o tetonas, lo
esencial era que no hablaran, porque de hacerlo, el artificio se venía abajo
con toda la estantería. Lo esencial, repito, era que utilizaran la boca en algo
más útil.
Sentado en la banqueta del bar, con un
porrón en la mano, husmeaba con la vista en los traseros difícilmente
virginales que se contoneaban con la música. Unos me rozaban al pasar, otros se
escabullían.
- ¿Encontraste
algo interesante?
Una mujer me hablaba acodada en el bar.
Castaña teñida, seguro, pero por lo menos no era el rubio que ya me dejaba
indiferente. Con el juego de luces yendo y viniendo por la cara, recorriéndole
el cuerpo, parecía a veces pelirroja, a veces trigueña, a veces del color del
almendro.
-Nada-contesté.
- ¡Qué lástima! Yo estoy igual que vos.
- ¿Y qué andás buscando? - le pregunté, mirándola
ahora de frente. Se había puesto a beber de mi cerveza.
-Nada especial, ya sabés. Pasar el rato.
-Pucha-le dije- para eso no vale la pena
levantarse de la cama y vestirse como vos, tan…
Tenía una remera de manga corta negra y
con unas estrellitas formando un arco en las tetas, que estaban bien bien, por
lo menos así parecían. Una minifalda de jean le dejaba ver las piernas, buenas,
aparentemente, en la dudosa luminosidad del lugar. Linda cara, nada del otro
mundo, pero una cara de cierta… ¿cómo decirlo? … inteligencia. Buscaba lo que
se busca en ese sitio y en esas noches, pero no se conformaba con cualquier
cosa.
-Terminá, ¿tan qué?
-Sexy-le dije, riéndome del lugar común,
sin darme cuenta de que en la Recoleta el dinero ni la educación exceptuaban
del mismo decálogo.
-Gracias, pero es la pilcha de siempre.
¿Vos es la primera vez que venís?
-Sí, ¿se me nota en la cara?
-¡Nooo!- dijo, tapándose la boca con una mano.
- En la ropa, nomás, tan endomingado como decimos en mi pueblo, porque yo soy
de Baradero, me vine hace años. - Me echó una mirada de pies a cabeza e hizo
una mueca rara. -Vaqueros caros, botas buenas, la chomba del pingüinito…
-¿Y con todo eso ya te hiciste una idea de
cómo soy?
-Bueno, ayuda mucho. ¿Acierto? Vos dirás.
Dejó el porrón en el bar y apoyó una mano
en el asiento de mi banqueta. Parecía olerme.
-Un perfume de lo más fino, nada de
Colbert u Old Spice.
Me reí, por supuesto. La mina iba rápido y
hablaba bien. No estaba mal para cambiar.
- ¿Cómo te llamás? - le pregunté.
-Claudia. Vos debés ser un Anchorena, y
pasaste más de la mitad de tu vida en Europa.
Se puso a dar paseos con sus dedos en la
palma de mi mano.
-Como adivina sos un fracaso - le dije. -Apenas
de La Plata, Claudia, y mi apellido, ¿quién lo conoce?
-Se me ocurre que sos una cana al aire, pero
bueno, de esos hay en todas las familias, no se necesita tener dinero para ser
un vago.
- ¿Así me ves? ¿Como uno de esos tipos que
andan buscando minas hasta los cincuenta y pico, o hasta cuando ya no pueden, y
después se mueren solos en la cama, de un infarto, y los encuentran días
después, ya medio podridos?
Me miró con ojos asustados.
-Como dicen en Baradero, “vos lo dijiste”.
¿Y ahora quién es el adivino de sí ¡mismo?
- ¿Vos no te conocés, acaso?
Miró alrededor, la gente bailando, parejas
apretándose en los rincones.
-Creo que me confundí, ¿o estoy en un
seminario de filosofía?
Pedimos más alcohol, vodka, creo, y ron
después, y un whisky que terminó volteándola. Se me tiró encima, estaba mareada
y hablaba con voz gangosa.
-Te llevo a tu casa, Claudia.
-No, no, déjame sentarme un rato que ya se
me pasa. No tengo costumbre, ¿sabés?
Abrió los ojos observándome como si
esperase verme reír de lo que había dicho. Podría haberlo hecho, claro, una
frase tan cursi denotaba ignorancia o falsedad. No era ninguna de las dos
cosas. Era su alma pueblerina que se libraba de Buenos Aires esa noche. La
llevé a una mesa y nos sentamos. Le acaricié los brazos, comencé a besarla.
Ella se sacó los zapatos de tacón y subió un pie por mi pierna, por mi muslo, y
se quedó en la entrepierna. Yo tenía ya los testículos duros, y ella, más que
insinuarse, me excitaba para que me la cogiera ahí mismo. La minifalda no era
nada, y la ropa interior un pedacito de trapo que descubrió con facilidad lo
realmente interesante.
Algunos nos miraron al pasar cerca, se
detuvieron unos segundos y siguieron de largo. Claudia, de pronto, me agarró
las manos con fuerza y dijo:
-Pará, pará un poco…
- ¿Qué pasa?
-No sé tu nombre.
Me reí en su cara, no pude evitarlo.
- ¿Y eso qué? ¿Es una condición?
La besé con fuerza, le murmuré
escabrosidades que tal vez no hubiese escuchado antes. Vi sus ojos asustados,
asombrados, excitados.
-Pero tu nombre, querido.
- ¿Y vos?
-Ya te dije, Claudia-. Jadeaba, pero no me
soltaba las manos. -Claudia Pereyra, de los más vulgar, ¿viste?
-No importa, los Pereyra, los
Pereyra…-pronuncié como en éxtasis una oración, mientras la besaba y le
manoseaba cualquier parte del cuerpo que encontraba bajo la mesa. Ella sudaba.
- ¿Y vos?
Y cuando estuve por pronunciar mi nombre,
sonó el estruendo.
Venían haciendo razias en los boliches
desde ¿cuándo? Siempre y en todas partes, pero sobre todo en las ciudades donde
se sabía que estaban los centros de estudiantes más politizados, y los comités
de izquierda. Córdoba, Rosario, La Plata, donde los descampados aledaños eran
el paraíso para los cadáveres. Y Buenos Aires era el epicentro. Las razias se
limitaban a los boliches de los barrios de clase media, porque ahí estaba el
centro de cultivo de las ideas revolucionarias. La clase media era la
medianamente educada, la que leía la mitad de un libro de Marx y eso era
suficiente para la conversión de por vida. Y el protestar primero, y hacer
revuelos de cosas públicas, y el tomar las armas.
En las razias pedían documentos, que casi
nadie llevaba encima. Los juntaban en dos o tres celulares y en las comisarías
correspondientes los encerraban por una noche o dos, con la excusa de averiguación
de antecedentes. Toda la noche era un desfile de chicos y chicas, en su mayoría
menores de edad, poniendo los dedos en la tinta de sello y estampando la huella
dactilar. A casi todos los soltaban en la mañana, pero a los que tenían caras
sospechosas, comportamientos, quizá, o simplemente no les había caído bien al
personal de turno, lo retenían varios días, hasta que algún pariente venía a
buscarlo. De esa forma, se encontraron muchos enemigos. A veces, se detenía a
doscientas personas para buscar, o nada más que justificar, la identificación y
detención de alguno al que se estaba persiguiendo con especial interés. Hubo
accidentes, balas perdidas, todos ellos desaparecían. Todos sabíamos los sitios
de detención, la Quinta Seré, por ejemplo, o los campos de Madariaga, donde kilómetros
y kilómetros de cuerpos desconocidos estaban bajo tierra.
El estruendo, entonces, fue a causa de los
portones de metal, tirados a bajo por el escuadrón que ahora entraba en el
boliche y disparaba al aire. Pedazos de mampostería y astillas de madera caían
del techo, la gente gritaba, corría o se tiraba al piso si es que había
escuchado las órdenes del cabo encargado.
Claudia y yo nos tiramos al piso. Ya sabía
lo que iba a pasar, y me di cuenta de que ella también. “Otra vez”, la oí
decir, con la boca contra el piso, y yo encima de ella, cubriéndola como si
quisiese protegerla. Estaba ebria, y se tomaba la situación medio a risa. Le
dije que se callara, que no los provocara, que, si no la llevaban a la
comisaría, que confiara en mí. Hipó, se rio, y dijo: “Sí, querido”.
Los milicos levantaban a la gente a
punta de fusil o los arrastraban hacia la salida. Algunos muchachos,
envalentonados por el alcohol, se resistían e intentaban dar puñetazos
inútiles. Terminaban con ellos con un culatazo y los tiraban en el interior del
celular.
Dos botas se nos detuvieron enfrente.
- ¡Arriba, carajo! -dijo el cabo.
-Ya estamos, oficial, ya estamos- dije.
-La señorita está bebida y no se puede tener en pie sin mi ayuda. Entonces, al
mirarlo a la cara, lo reconocí. Era el hijo menor del general Saravia, amigo de
mi familia, y especial compinche de tío Ángel.
- ¿Qué hacés acá, viejo?
- ¿Qué
querés? Para cambiar un poco…
-Y cambiar de conchas- dijo, mirando a
Claudia, que se restregaba los ojos. Si había escuchado, no se ofendió. Pero
enseguida me miró, otra vez asustada, o más bien intrigada.
-Sentáte acá, esperáme que te llevo a casa.
Con Saravia nos apartamos unos metros en
medio de las sillas caídas, casi a oscuras porque habían roto las luces con los
tiros, y hablamos.
-¿Sabés lo de mañana?
-Claro- le dije. -Todos los saben.
-Es un triunfo del general, ¿no es cierto?
El país vuelve a estar con nosotros. Están reuniendo gente para llevar a la
plaza.
-¿Para eso es esta razia?
-Claro, los metemos a todos en los
calabozos y los soltamos en la plaza, advertidos, por supuesto.
-Sí, por supuesto. -Repetí como un eco, sabía
que por lo menos a la mitad de todos los que hubiesen terminado de detener en
capital y provincia obedecerían sin chistar por más que no los amedrentaran. Ya
se venía revelando, desde hacía mucho, el número de muertos.
-Bueno, Tomás. Nos vemos mañana, viejo. Ya
sabés dónde estamos. Suerte con la víctima- me dijo, riéndose al manotearme la
entrepierna. La tenía ansiosa, todavía, y no iba a dejarme en paz hasta sacarse
el gusto.
Volví con Claudia.
- ¿No nos llevan? -preguntó, agarrándose
la cabeza, le dolía, y la resaca comenzaba. Pero la noche era joven, todavía.
La ayudé a levantarse, pero se durmió apenas se apoyó en mí. Tuve que llevarla
arrastrando los pies descalzos, los zapatos habían desaparecido en algún lugar
del boliche. La acosté en el asiento posterior del auto. El Ghía arrancó, pero
acababa de darme cuenta de que no sabía su dirección. Si la lleva a mi
departamento, el portero le diría a mi tío, y ya no quería más problemas. De
puertas afuera, me había dicho, cogéte a las que quieras, pero no las traigas.
Sí, tío, le dije, estoy en penitencia desde hace mucho. Y más te vale seguir,
Tomás. Tu viejo, querido, era mi hermano. Sí, tío, sí, vos me salvaste. Sin
vos, estaría en la cárcel. Sin vos, tío, mi vida no valdría nada. Sin vos, tío,
el país se vendría abajo.
Busqué en la cartera de Claudia algún
documento. Ahí estaba, por suerte. No por nada era una mujer adulta que no
salía sin su documento, aunque fuera escondido en la bombacha. No era el caso,
pero ahí estaba. Calle Sarmiento, cerca del Abasto. Muy cerca. Y las llaves en
la cartera, junto con el estuchecito de los cosméticos y la cajita de píldoras,
de varios colores, alguna de las cuales detendría al peligroso espermatozoide
que se infiltrara en la entidad de su departamento privado. La píldora anónima,
como todo buen asesino bienintencionado.
Era el tercer piso de un edificio viejo,
con ascensor de jaula que rechinaba en medio de la madrugada a las tres de la
mañana. Cruzamos el pasillo, ella murmurando entre sueños, yo buscando la llave
correcta. El felpudo de la entrada fue lanzado por sus pies hasta cerca de la
escalera, allí quedaría hasta la mañana. Desde las puertas de los vecinos, sin
duda algunas mirillas debían estar espiando sin contemplaciones.
Adentro, la dejé en la cama, le saqué la
ropa y fui al baño, antiguo como el edificio, de sanitarios con herrumbre, pero
de losa tan sana como ya no se fabricaban. El botiquín lleno de cachivaches de
mujer sola, lápiz de labios gastados, toallitas higiénicas, algodón usado,
papel higiénico en el piso, frascos de píldoras sin nombre, peines de
diferentes tamaños y fragmentos de espejitos rotos. En la bañera, corpiños y
bombachas colgando de los grifos y de la ducha. Me abrí paso entre esas
cortinas de ropa interior, me desnudé y me di una ducha. Volví al dormitorio.
Claudia me miraba.
- ¿Cómo estás?
-Con
ganas de vomitar, pero ya se me va a pasar.
Me
miraba con cierta ofuscación.
-
¿Qué pasa?
-Nada.
Ella
miraba a un hombre desnudo que estaba en su dormitorio, a quien había conocido
dos horas antes, que la había emborrachado, quizá, y que sin duda era un milico
más, a juzgar por la familiaridad con la que lo había visto actuar esa noche.
Pero nada de eso era del todo cierto. Nadie la había obligado a beber de más,
ni a conversar con ese hombre ni a manosearse con él. Era por eso por lo que
los vecinos la juzgaban. Nos habrían visto entran en plena noche y en pleno
escándalo de ascensor, pasos fuertes, risas inevitables y ruido de llaves. Pero
el mañana no llegaría hasta mañana.
Claudia se sentó en la cama, me agarró las
manos y las apoyó en sus pezones. Y ella puso su cabeza sobre mi pelvis,
simplemente apoyándose, y la sentí llorar un poco, sólo un poco. Luego, hicimos
el amor, si es que así puede denominarse. No había vuelto a preguntarme mi
nombre. Seguramente, ya no le importaba.
2
Mi
relación con las mujeres es ambigua, es inconstante, hasta podría decir que es
inexistente. Está la historia de mi madre para explorar el tema, pero eso
vendrá después. Primero debo hablar de Laura Casas.
Era hija del panadero del barrio en el que
vivíamos, en La Plata. Crecí viéndola crecer al mismo tiempo que yo, pero no
nos juntábamos. Iba a la escuela pública, mientras que a mí me mandaban a las
dependencias del Colegio Militar en La Tablada primero, luego en El Palomar
durante la secundaria. Papá me llevaba y me traía todos los días, porque para
ese entonces lo habían licenciado por hechos supuestamente violentos que él
nunca quiso explicarnos, hasta que lo vimos hacer lo mismo en casa. Pero claro,
esa es otra parte de la historia. La cuestión era que Laura se movía con toda
familiaridad entre los varones del barrio, que eran mayoría. Las otras chicas
no salían a jugar por las tardes, y aunque de Lidia Cortez se hablara mucho y
poco se supiera con certeza, se comportaba casi como una adulta.
Laura
creció entre juegos de calle en las veredas, entre perros vagabundos y los
chicos a los que yo miraba con envidia desde el auto en que mi viejo me llevaba
y traía de la escuela. Como el viaje era largo especialmente a la vuelta, ellos
ya estaban en la calle, corriendo, molestando a los perros de las Cortez, y
parados en la puerta de la panadería. ¿Si yo me había enamorado de ella?
Supongo que ya lo estaba en esa época, ¿cómo evitarlo viendo a la distancia el
pelo castaño claro y salvaje mientras corría y sudaba en el verano, o la forma
en que se ponía los guantes, lentamente, acomodando dedo por dedo, en el
invierno, orgullosa de esos guantes de lana que supe, más tarde, le había
tejido la madre?
Cuando Clara Palacios murió de cáncer, ella
salía únicamente en invierno a dar vueltas por la plaza. Fue entonces, cuando
ambos ya habíamos terminado la secundaria, y mientras trabajaba en el negocio
del padre despachando el pan y las facturas tras el mostrador, y cuando yo
había conseguido un puesto de oficinista en una empresa de heladeras en Devoto,
me decidí a enfrentarla.
No sé por qué motivo uso esta palabra tan
batalladora. Creo que veía a Laura como una presea a conquistar, abriéndome
paso primero entre los chicos del barrio, que se habían esfumado en sus propios
conflictos y la habían dejado sola, y luego en el interior de la panadería, tan
urbanamente aristocrática, tan llena de aromas que parecían nacer cada mañana,
morir con pausa de anís en las tardes, y renacer apenas amanecía al día
siguiente. Y por sobre todo, vencer la presencia de Oscar Méndez, ese muchacho
que tenía nuestra edad, que se había venido de Buenos Aires con cara sumisa y
un tartamudeo que siempre me pareció fingido. Trabajaba de cualquier cosa en el
negocio, pero la mayor parte del tiempo hacía de repartidor. Se levantaba muy
temprano, apenas un poco después que Casas, preparaba la bicicleta con canasto
como si fuese su Rolls Royce particular, y luego cargaba en la canasta de
mimbre los panes recién salidos de la hornada. Yo también madrugaba para tomar
el tren a Buenos Aires, y me lo cruzaba con un saludo casi mudo, él vigilándome
al alejarme, de reojo, enojado por mi silencio y mi pulcro traje, con el diario
bajo el brazo. Él, bajo, fornido, con boina, pelo corto y casi rubio, y ya
fumando.
Para no ser menos, yo sacaba mis Jockey
Club y seguía caminando en la oscuridad matinal del invierno hacia la estación.
Pensando, conjeturando en qué hacían Laura y Oscar en los ratos libres,
acodados en el mostrador cuando ya la hora de la merienda había pasado. En el
tren veía a los otros muchachos del barrio que se habían convertido en viajantes
de comercio, los escuchaba hablar de mujeres y sus palabras me excitaban. Me
tapaba el pantalón con las hojas abiertas de La Prensa mientras creía
que el corazón me delataba.
Fue entonces, repito, y una de esas
tardes de vuelta a casa a las seis y media de la tarde, bajando del colectivo,
cuando me decidí a hablarle a Laura. Pasé frente a la puerta del negocio, apoyé
la mano en el picaporte de la doble puerta de madera, alta y angosta, como si
entrara en una patisserie de Lyon. Y allí estaban ambos, riéndose,
porque fueron sus risas las que percibí antes de verlos acodados en el
mostrador, hablándose sin vergüenza, sin enconderse porque no había nada que
ocultar. Un chico y una chica apenas salidos de la adolescencia, conversando, riéndose,
probablemente, de pavadas. Eso era lo que yo no entendía y me aislaba: mi penumbra
exterior era un estigma. ¿De dónde había nacido? Desde que podía recordarlo,
siempre había estado ahí. De la mano de mi padre iba todas las mañanas a la panadería
cuando era un niño, conocía el lugar y todas sus escasas modificaciones a lo
largo del tiempo. Casas intentaba regalarme un caramelo que sacaba del botellón
de vidrio cuando veía mi cara asomándose apenas en la superficie del mostrador.
y siempre mi padre rechazaba el ofrecimiento, hasta que yo mismo aprendí a
hacerlo. Pero Casas no había cejado en su empeño.
La voz de Laura tenía las mismas
entonaciones del padre. Y me quedé en la puerta un segundo apenas, para
retroceder inmediatamente, y esperar, no sé qué, en la vereda, como hacía
Duque, mi perro, cuando nos acompañaba.
Al fin de cuentas, me dije, Duque me
esperaba en casa. Desde la mañana temprano en que yo salía apenas con un mate
en el estómago, dejándole preparados el agua y la comida para todo el día. Ya
estaba algo viejo, y a veces lo encontraba en la misma alfombra donde lo había
dejado acostado al irme. Se agitaba al recibirme, obligándose a levantarse con
esfuerzo, él, antes tan musculoso, tan intrépido siempre. Un dóberman que mi
padre me había regalado, apenas cachorro, de color casi rojo, que mi madre
calificó del color del óxido. ¿Me pregunto si ella vio algo diferente en Duque?
Como si ya viera la herrumbre y la vejez del alma de mi perro. Porque, aunque
inquieto como todo cachorro, tenía en la expresión de su mirada una especie de
pesadumbre a la que me sentí unido. Mucho después sabría que mi viejo lo había
traído del campamento de La Tablada, esperando que Duque fuese el perro de
vigilancia para cuidarnos. Nunca lo fue del todo, siempre había algo a lo que
Duque se resistía. Papá, sin saber cómo llamar a esa negativa, la calificó de
cobardía, de mariconadas en las que yo lo protegía. Ya grande, Duque se
acostaba en mi cama al dormirme y no se levantaba hasta que yo lo hacía. Muchas
veces, con los ojos cerrados, lo escuché gruñir. Tal vez fuese papá quien se
acercaba, o mi vieja, tal vez, para arroparme.
Crecí con Duque como con un hermano, o más
que eso. Me acompañaba a la estación a veces, seguía al auto cuando me iba al
colegio, recorría el barrio en mi ausencia. Pocos lo querían, y únicamente fue
Laura quien se agachaba a acariciarlo cuando se sentaba ante la puerta del
negocio. Los perros de las Cortez ladraban como las furias del infierno, pero
él, como si nada, sometía su cabeza a la caricia de Laura.
Esa tarde me fui a casa, acobardado,
intentando convencerme de que me había humillado a mí mismo con ese intento
frustrado, porque de esa forma me disfrazaba. Pero las palabras de mi viejo se
repitieron como una lluvia de piedras en mi camino, como si hubiese presenciado
aquella escena. Él estaba en todos mis actos, antes y después de hacerlos,
porque estaba en mi cabeza, en algún galpón repleto de armas, aceite y
cigarrillos, igual a los dormitorios de los conscriptos, de duchas sucias, de
paredes con inscripciones obscenas, de inodoros sucios. La promiscuidad de los
varones, había dicho mi madre, era lo que temía para mí. Por eso discutían con
mi viejo, por eso él había traído a Duque, como si el perro fuese a enseñarme,
pero lo que nunca sospechó fue que el alma de Duque era más noble que cualquier
adoctrinamiento militar, que tal vez sea una de las más estrechas formas de la
obsesión. La más rala, la más dura y severa, la más recalcitrante a cualquier
incursión del sentido común. Evadiendo la filosofía, se enclaustraba en los
cánones de la religión. Ambas, hermanas que se odian y que no pueden vivir una
sin la otra.
Cuando entré a casa, escuché el sonido del
tren a lo lejos, en su última salida a Buenos Aires, ya tarde. Esperé el
habitual aullido de Duque al silbido del tren, como dos largos cantos resonando
por las calles de La Plata.
Me recibió el silencio. El silencio era
un intruso a esas horas en mi casa, una bestia que se había introducido
aprovechando mi ausencia. ¿Y dónde estaba Duque para ahuyentarlo? Lo busqué en
la cocina, sus platos estaban todavía llenos. Lo busqué bajo la mesa del
comedor y en el patio trasero. El último lugar fue mi dormitorio, porque nunca
se acostaría antes de que yo llegara. Abrí la puerta, encendí la luz. Ahí
estaba, muerto en la cama.
Me senté, le acaricié el lomo, tieso.
Debía haber muerto durante la mañana. Y yo trabajando como si nada importante
sucediese en mi casa. Me habría llamado con un quejido suave, quizá, pero estoy
seguro de que ni siquiera eso se había permitido. Desde hacía varios años
convivía con la soledad, y cuando me recibía, era a su propia conciencia a la
que daba la bienvenida. Las horas del día eran de vigilancia alrededor del
armario que tapiaba la puerta condenada. Que nadie saliera ni entrara era su
consigna aprendida una noche de invierno, mientras resonaba el tren a lo lejos.
Levanté el cuerpo, lo envolví con las sábanas
que había ensuciado luego de morir, las viles, las traicioneras secreciones del
cuerpo que delatan la porquería de que estamos hechos, ellos y nosotros. Los
hombres y los perros.
Lo enterré en el patio, bajo la luna de esa
noche que ascendía sobre la ciudad. Ya no estaría su aullido para adorarla. Un
ladrido menos en el mundo como una voz irreparablemente perdida para siempre.
Estaba desolado, aunque suene sentimental
y trillado. Ahora, si bien lo pienso, mi discurso es poco emocional,
distanciado de las circunstancias. Eso lo ha aprendido mi alma a lo largo del
tiempo: tejerse un pullover con lana de acero. Aún veo las cosas del pasado y
sus olores, pero no puedo tocarlas. Únicamente ha persistido la tersura del
pelo de Duque en mis dedos al tocarlo aquel día de su muerte.
¿Puede una mujer enamorarse de un hombre
triste, apesadumbrado? ¿Incluso hosco y cerrado? Yo era todo eso, pero también
fui el hombre que a la tarde siguiente regresó al barrio, sabiéndose solo en una
casa habitada por fantasmas y cadáveres viviendo tras una puerta tapiada
escondida tras un armario. Llena de olores, por supuesto, a mugre, a orina, a
comida olvidada en platos coronados de moscas.
Una mujer, sin embargo, como Laura Casas,
se conmovió por mi pérdida.
Al
bajar del colectivo en la esquina, la vi a la distancia tras la vidriera.
Estaba sola, y me vio. Entonces supe que se había enterado, porque la vi
desabrocharse un botón de la blusa y se acodó en el mostrador, esperándome.
Entré, nos saludamos como siempre, compañeros de edad y de barrio. Sabíamos,
ambos, cómo era el otro cuando era chico. Nos habíamos visto crecer a la
distancia de una cuadra, pero como de dos mundos diferentes.
-Se murió Duque- le dije.
Ella me miró de una forma que nunca había
visto, porque mi vieja se había muerto hacía mucho tiempo. Era conmiseración, como
una cadena que la envolvió transitoriamente, hasta que sacudió su espíritu
primero, y luego su cuerpo. El cuerpo de Laura Casas, con manos a veces con
harina, a veces con el agrio olor de la levadura, otras con un perfume viejo y
delicado que debió haber pertenecido a su madre. El olor del anís, quizá.
Me acodé frente a ella. No lloraba, pero
tenía los ojos vidriosos. Yo, no Laura. Ella simplemente me agarró de las
manos, las acarició y las apretó.
-Me acuerdo cuando se sentaba ahí nomás,
cerca de la puerta, olisqueando el aire. Era un señor de otros tiempos,
apropiado para otros tiempos.
La miré, asombrado de la perspicacia de su
intuición, burdo nombre para algo más que yo no entendía.
- ¿Vos creés que él me realzaba, que me
hacía honorable? – Muchas veces había pensado tal cosa con esas palabras, pero
a nadie más que a Laura podía preguntarle sin que se riera de mi.
- ¿Pueden amar los perros? - me contestó.
-Qué sé yo. No están invadidos de discernimientos lógicos ni con los parámetros
de la educación. A pesar de la domesticidad, conservan la prioridad del
instinto, que es el todo o nada de la supervivencia. Nos quieren o nos detestan,
no hay término medio. Duque y vos fueron almas gemelas, a lo mejor. Dos
enamorados ajenos a las incertidumbres del sexo y de la especie.
Laura Casas, como un filósofo del siglo
XVIII, me llevó al terreno de las ideas en medio de una panadería que se estaba
muriendo ese día como se moría la tarde en la vereda. Entonces vi la sombra de
Duque, por primera vez, a mi lado. Mi cerebro la construía, es verdad. Pero no
su ladrido ni el olor de su pelo, que siempre estuvieron presentes desde
entonces. La voz de mi padre se eclipsaba cuando el ladrido de Duque aparecía
en ese mismo galpón de gendarmes de mi mente. Mi padre no lo esperaba,
tranquilo y acostumbrado a su presidio. No esperaba perros, y menos a Duque.
Pero cuando Duque se murió, pudo entrar, por fin, a la habitación, sin
necesidad de rascar el piso ni rasguñar la madera del armario.
Laura y yo estuvimos juntos desde entonces.
Dormía conmigo algunas noches de la semana. Tendía la cama, barría o cuidaba la
casa los domingos cuando no trabajaba. Pero siempre que salía del negocio, iba
a casa y me preparaba la cena. Conocí mi cuerpo cuando la conocí a Laura. Era
extraño que alguien como ella me quisiera de tal manera, mirándome mientras
estábamos en el patio escuchando el tren de la noche. Hablábamos de nuestros
padres, pero pronto la conversación se interrumpía en un quejido que ambos
escuchábamos y no sabíamos de dónde llegaba. La tumba del perro estaba cerca,
en lo que era el sendero para el auto que yo había vendido.
-Parece que se remueve…-dijo Laura,
sonriendo, bromeando.
-A lo mejor, al escuchar el tren, quiere
ver la luna y alcanzarla.
-Qué romántico-dijo ella, con sarcasmo. Yo
pensé que la frase heriría su femineidad, la supuesta delicadeza con esa imagen
siniestra. Con tales estupideces me defendía yo, mero espectro de un hombre.
Ella apenas empezaba mi adiestramiento.
-No quise burlame, Tom.
Así me llamaba. Ni Tomás, ambiguo
tratamiento de casi desconocidos, ni Tommy, trivial y trillado. ¿Como Tom
Sawyer, tal vez? La asociación estaba implícita en esa época apenas salidos de
la escuela. Yo no era el aventurero Huckleberry Finn, sino el más tímido Tom,
el que necesitaba el empuje de los demás, y ahí estaba Becky-Laura para
agarrarme de la mano y sacarme a la calle. Por supuesto, yo era un Tom Sawyer
psicópata, que veía fantasmas de perros muertos y tenía en la infancia una no
aclarada todavía historia de violencia.
Laura era un sube y baja de la realidad a
la fantasía, una montaña rusa de palpitaciones, de frustraciones y continuas
dudas. Y cuando la meseta de nuestras costumbres se fue asentando, a ella se le
ocurrió darme una sorpresa.
Fue una tarde de diciembre. Hacía casi
seis meses que Duque había muerto. Cuando regresé a casa encontré el pasillo
del armario obstruido por el mueble, que había sido corrido. La puerta tapiada
estaba abierta. Vi a Laura apenas traspasando el umbral, rodeada del olor
inconfundible. Y la vergüenza se me vino encima como si la inmensa luna de esa
noche estuviese derrumbándose sobre la casa. Un perro, un cachorro, ladraba con
furia hacia la cama. Entonces salí corriendo al patio, agarré la pala, y me
puse a cavar con desesperación. Necesitaba ocupar mis brazos enfurecidos,
recuperar al ser que me había defendido y era mi escudo, mi compañero, mi
simbiosis. Mi arma y mi alma.
Entonces sentí en la espalda las manos de
Laura, firmes y delicadas, acariciándome, y luego me rodeó el cuerpo y me
abrazó apoyando la cabeza en mi espalda. Tiré la pala al suelo y me puse a
llorar como ni un chico lo haría.
-Tanto tiempo, querido, y tan cerca que
estábamos. Nunca me dijiste nada, y yo siempre aguardando.
A Laura ya nada la asustaba. O si algo lo
hacía, ella destruía el miedo con los gérmenes de la despreocupación. Lo
irreparable para ella no era inservible, construía un pequeño mundo con los
escombros, aún con un vestido nuevo que se desgarraba y las uñas rotas.
Lo que vino inmediatamente después, fue la
prueba de fuego para ambos, pero sobre todo para Laura. Lo mío fue una cuestión
de varios días detenido, esperando que mi familia, es decir, toda la banda castrense
que formaba el círculo del que yo había intentado evadirme con mi personalidad
pusilánime, para algunos, y mi ostracismo, para otros, hiciera lo que tenía que
hacer. De esa manera, esquivé los recursos de la justicia, pero tuve que
someterme a la del tío Ángel, que como correspondía y a pesar de su nombre, era
un guardián más parecido a un Cancerbero. Tenía múltiples cabezas, tantas como
sus intereses, y de sus manos, ni hablar. Parecía estar en todo y en todas
partes. Manejaba la política castrense desde el despacho del Círculo Militar, merendaba
en el Jockey Club y se quedaba hasta la noche arreglando sus asuntos de
empresas. Las aguas del Río de la Plata cerca de la Costanera y alrededor del
Club solían ser un enjambre de lanchas que venían del Uruguay y del Brasil. Dos
veces por semana iba al Hotel Castelar y pasaba toda la tarde en el sauna,
haciendo negocios, por supuesto, pero sobre todo política, decía que allí se
relajaba y podía pensar mejor. Y los hombres en pelotas o cubiertos con una
toalla son más susceptibles a decir verdades que en una oficina vestidos con
trajes y corbatas. La corbata es el invento más atroz, solía decir. Con la
excusa de la elegancia o la uniformidad, es el disfraz más infalible inventado
por el hombre.
Pero lo que interesaba a Laura era su parentesco
con la prima Graciela Gonzaga, de Quilmes, que por ese entonces había muerto.
Decían que estaba loca, y para demostrarlo se había suicidado tirándose bajo un
tren. En fin, después de un tiempo, los Gonzaga alquilaron la casona inglesa y
Laura arregló un alquiler muy bajo, según me contó, pero creo que mi tío
influyó en el convenio. De esa manera, Laura había conseguido lo que esperaba,
no tanto darse alardes de aristocracia viviendo en esa casa, sino escarbando en
las pinturas de su prima, trayendo marchands para cotizarlas, y viendo posibles
compradores. Y yo me construí una vida nueva, más cercana a la red del tío
Ángel. Eso era lo conveniente para todos, pero ¿éramos felices? ¿Todo había
sido motivado por nuestro amor? Lo que nos unía era toda una infraestructura de
familias y negocios, algunos todavía por revelarse. Lo que nos unía, también,
era una especie de mezquindad del alma de cada uno. Ninguno necesitaba al otro
para sobrevivir al naufragio de sus emociones, simplemente nos habíamos elegido
como quien reencuentra una perdida y añorada pertenencia. Duraría tanto como
durara el entusiasmo, quizá.
Las
pinturas de Graciela tenían cierto valor, si no por un elevado talento, sí por
la originalidad de la temática, acorde con aquellos tiempos en que los
simbolismos personalizados en seres y ambientes oscuros sugerían atrocidades
escondidas. Aunque mal visto por la oficialidad reinante, ese arte crecía por
el underground porteño por donde deambulaban intermediarios y turistas. Yo
conocía muchos militares de alta cultura que no congeniaban con la dictadura, y
también quienes lo hacían por propio interés, pero sin participar en los
eventos políticos. Eran los mismos que comerciaban con las oportunidades, igual
que lo hacen las fábricas de armamentos y laboratorios químicos durante las guerras,
sean donde sean. Se hicieron eventos en la casona, y me sorprendió la facilidad
con que Laura se adaptaba a esa forma de vida peculiarmente diferente a la que
había llevado hasta entonces. Los Gonzaga le habían dado contactos: museos,
marchands y ciertos nombres de afuera. La casona se iluminó por unos cuantos
meses con discreción, por supuesto. Laura y yo éramos dos misterios ambulantes
para los vecinos. Nos respetaban porque se habían formado leyendas a
nuestro alrededor: la fábula de la bella provinciana que brilló apenas se pulió
su superficie con cultura y con dinero, y la siniestra e interesante historia
del hombre callado protagonista de un macabro episodio que nadie creía del
todo.
No teníamos perro. El cachorro que Laura
había llevado a mi casa se escapó con el revuelo que se armó mesa noche entre
policías y ambulancias. Yo tenía la compañía de Duque a mi lado, la sombra del
perro y sus ladridos. Bajaba conmigo los peldaños de la casona inglesa, su
espectro se dibujaba en los muros de las casas quintas, su ladrido acompasaba
el vaivén de mis pasos ante el sincopado ritmo del tránsito.
Y un día apareció Oscar Méndez. Lo encontré
conversando con Laura en la puerta. Bajo el cielo encapotado de nubes grises,
ensombrecido aún más por los árboles que flanqueaban la entrada, Oscar parecía
haber nacido en esa pequeña selva artificial. Mi miró llegar por la vereda con
esa sonrisa autosuficiente que yo había llegado a aborrecer.
- ¿Qué tal, Ansaldi? Gasto en verlo- dijo,
extendiendo la mano.
Saludé,
pero me traicionó la voz.
- ¿Qué hace por aquí Oscar?
-Papá lo echó-dijo Laura.
No me sorprendía. El pibe de los mandados
se había hecho un hombre difícil en los últimos tiempos. Fornido, demasiado
trigueño, barbudo y de ojos hoscos. Nadie confiaba en él porque mentía con
desparpajo, y si lo confrontaban, no se inmutaba.
-Viene a ver si consigue trabajo. Le dije
que pregunte en la construcción de a lado.
Estaban
construyendo un edificio de departamentos en el baldío adyacente, y aunque
desentonaba en el aspecto residencial del barrio, no se podía hacer nada. Laura
habían insistido en que hablara con mi tío. Lo único que conseguí fue un
encogimiento de hombros y un empujón en la espalda. Dueño de muchas cosas, ya
ni debía acordarse de esa perdida empresa de construcción.
- ¿Entonces pensás quedarte a vivir en
Quilmes? - le pregunté.
-No se asuste, Ansaldi-dijo, mirando a
Laura de reojo con esa complicidad de siempre. -Alquilé una piecita a pocas
cuadras. Mañana vuelvo temprano. Quién sabe, a lo mejor tendrán que tirarme un
sánguche por encima de la medianera al mediodía.
Desde el dúa siguiente trabajó en la
construcción. Sabía que veía a Laura de tanto en tanto, pero ignoraba que esos
encuentros eran en la casa, después de las tres de la tarde, cuando se suponía
que los albañiles no terminaban su turno sino hasta las cinco. Fue una tarde
que llegué temprano. Ambos estaban en el living que ya no tenía el aspecto de
cuando la prima Graciela vivía, llena de cachivaches, muebles y muñecos de
peluche. Ahora reinaba la austeridad y los colores apagados, y uno o dos
cuadros de Graciela con sus figuras de hombres cabizbajos. Estaban sentados uno
frente al otro, él con un codo en el apoyabrazos y fumando un cigarrillo, la
ceniza cayendo en el cenicero apoyado en el sillón. Ella seria, con las manos
entre los muslos y las piernas cruzadas, como si tuviese escalofríos. Los
encontré en silencio, igual que dos actores de teatro en una larga pausa
marcada por el autor. Escucharon mis pasos en la escalera, me dije.
-Buenas tardes, Tomás. Ya me iba…-Oscar se
levantó y me estrechó la mano.
- ¿Cómo? ¿Hoy no trabaja?
Se cruzaron una mirada con Laura.
-Paralizaron la obra, Tomás, por
irregularidades en los contratos. Lo de siempre, pero esta vez alguien deschavó
el asunto.
Cuando Oscar se fue, Laura me preguntó en
el dormitorio mientras nos desvestíamos para acostarnos:
- ¿No habremos sido nosotros y nuestra
queja?
Le
contesté con otra pregunta, que tampoco contestó.
- ¿Oscar viene muy seguido?
Días
después, el tío Ángel nos visitó para cenar. Había llamado esa misma tarde para
avisar. Laura lo conocía, pero estaba ansiosa por preparar las cosas.
Llegó a las nueve y pico de la noche, y
como había traído un par de pizzas grandes y dos botellas de cervezas de las
buenas, el pollo al horno se quedó esperando mientras se enfriaba lentamente. El
tío intentaba ser condescendiente y conversador, casi no reconocí esa faceta de
él, porque casi nunca la había presenciado, salvo alguna vez cuando nos
visitaba antes de la muerte de mamá. Yo era muy chico todavía, y lo único a lo
que prestaba atención era a mi cachorro. Los hermanos Ansaldi conversaban en la
sala, bajo la luz de una lámpara de pie ente los sillones en que cada una
estaba sentado, fumando, diciendo palabrotas de vez en cuando, carraspeando,
tomando whisky tras whisky. Organizaban el país, eso me había dicho mi madre la
noche que me descubrió espiándolos desde el pasillo.
Después de la cena, se negó a que Laura
levantara las cajas de cartón.
-Dejá, dejá nomás… Estaba pensando…ese
chico, Oscar, es un pibe muy despierto, ¿no es cierto? Ustedes que lo conocen
más, podrán decirme.
Nos miramos con Laura, con ironía, y el
tío pescó la idea.
-Bueno, la cuestión es que me llegaron
ideas que este pibe se encargó de difundir entre los obreros, y el capataz los
escuchó hablar, y claro, como todo buen empleado fue a informarme. Inteligente
el pibe, ¿no?
Esas maneras le gustaban al tío, las
escabrosidades indirectas, los laberintos que disimulaban las verdaderas
intenciones. Eso le había gustado de mí cuando descubrió lo que yo había
ocultado todos esos años en La Plata, aunque su propio hermano fuese la
víctima.
-Lo mandé llamar. Me explicó con total
desparpajo su idea. El edificio de al lado representaba muy poca ganancia
comparada con la utilización de la casona.
-Tenemos que irnos, entonces -dijo Laura.
-Sí, en necesario. Pero ustedes
administrarían el negocio desde donde quieran. Hasta pueden volver a La Plata y
manejar todo desde ahí. Algún que otro viaje una vez a la semana o cada quince
días, para ver cómo anda la cosa.
- ¿Y qué tipo de negocio sería?
El tío se ofuscó.
-Me extraña, Tomás. Realmente me
decepcionás, querido. La casa, el barrio, una casa de prestigio…
-Ya entiendo-dije.
Laura cayó un rato después.
- ¿Y los Gonzaga?
-Ya están en el asunto, por supuesto. No
tienen alternativas. Los campos se están empobreciendo, las rentas ya no se
mantienen. Los padres de Graciela están muertos, y el viejo general, que
todavía aguanta, vive en la idiotez de un mundo que ya no existe. Cuando me
mira, cree que soy su hijo. El pobre César era un debilucho, un cero a la
izquierda, un maricón que se casó para demostrarle al viejo que también podía
ser hombre cuando quería. Pero no le gustaba mucho, parece…
- ¿Y quién manejará los negocios desde acá,
entonces? -pregunté.
Laura se levantó y sacó las cajas de cartón
con restos de muzzarella y salsa de tomate. Una aceituna abandonada rodó por el
mantel y cayó al piso. La sombra de Duque se escabulló, creo, a buscarla.
- ¿Quién va a ser, imbécil? Oscar, por
supuesto.
Era la voz de Laura, pero era mi padre
quien hablaba. Se fue a la cocina. El tío dijo un par de trivialidades y se
despidió.
Después, en la cocina, me preguntó:
- ¿Vos querés esto?
-Estoy en sus manos por el resto de mi
vida.
-Pero no yo. No quiero vivir con las
ganancias de un putero.
-Uno de lujo, que ni siquiera lo parecerá
desde afuera.
-Pero la casa de mi prima, Tomás,
convertida en eso. Los dormitorios…Me da tanta vergüenza.
Lloraba, pero no había llanto. Tenía las
manos apoyadas en la mesada de la cocina y los hombros levantados. Un repasador
sobre el hombro, como en la cocina de la panadería. La abracé como ella lo
había hecho aquella noche, de espaldas. Le besé el cuello y la nuca. Le mordí
suavemente los lóbulos de las orejas. Le levanté la falda del vestido y le bajé
la bombacha. Así, sobre la mesada de la cocina, le demostré que no era
necesario ir al dormitorio para hacer lo que los hombres y las mujeres harían
en esa casa. Nos quedamos sentados en el piso. Un rato después, dijo:
-Tal
vez sea lo mejor. ¿De qué íbamos a vivir? ¿Del negocio de papá? ¿De tu trabajo
de oficina? Los cuadros, también, ya se han agotado.
La miré y supe que Laura Casas, la hija
del panadero, había desaparecido. Ahora se parecía a la madre, que según
decían, había sido amante del tío de Oscar antes de morirse.
Oscar volvió muchas veces como dueño de
casa. Entraba y salía a cualquier hora con hombres que se encargarían de las
modificaciones del interior. Nosotros preparamos nuestras cosas. Habíamos
decidido regresar a La Plata, a la vida cotidiana y a la expectativa de cómo
progresaba el proyecto. No sé si Laura imaginaba algo más tortuoso que un
simple prostíbulo de lujo en un barrio elegante, donde irían hombre de muchas
plata, y por supuesto gran parte de la Junta Militar pasaría por lo menos una
noche. Yo sabía, sin embargo, que tras la doble fachada de la casona elegante y
el putero de lujo, había otras realidades, muy frecuentemente. Las putas se
mueren, las putas se contagian y se enferman. Los cuerpos no duran mucho. Lo
único que persiste son los restos, la basura, los engendros que va a toda hora
no por sexo, que al fin de cuentas es tan efímero como una mariposa. El sexo
eclosiona y se muere, estalla y hay que esperar hasta la próxima vez. El sexo
no soporta mucho, y tiene su propio límite. Pero las drogas duran mucho más,
aguantan tanto que es increíble ver la capacidad del cuerpo de los hombres. Y
cuando el cuerpo no aguanta, ahí están los restos para alimentar la tierra de
la resurrección. No sé cómo explicarlo metafóricamente para que suene menos
cruento.
Los
restos.
Los
cuerpos de los muertos.
El
comercio.
Digo,
muchas veces sucede. No es necesario una carnicería ni un matadero, ni un campo
de concentración. Una casona victoriana con cielo rasos ornamentados es también
una jaula, un matadero, un frigorífico.
Laura se tomó el trabajo con
responsabilidad, aunque no la tuviera. Los resabios de la educación que le
inculcaron no concebían el vivir sin trabajar, y una vez velados y borrados los
prejuicios que implicaban su nueva actividad, el resto era lo mismo que
trabajar en la panadería. Ver los libros de gastos y ganancias, el cuidado de
la casa, hablar con las mujeres. Salía temprano y volvía antes de que
oscureciera. No le interesaba ver los estragos que hacía la noche con las
mujeres y sus clientes.
Cada vez fue más seguido. Al principio iba
una vez por semana, luego dos y a veces pasaba el fin de semana de Buenos
Aires. No se quedaba a dormir en la casa, dijo. Pero yo estaba seguro de que
veía a Oscar, que era el patrón, por supuesto. ¿Qué hacía tanto tiempo allá?,
le pregunté muchas veces. Organizando, me repetía. La cuestión es que la
repetición de la pregunta fue cimentando capas de separación entre nosotros. No
quería contestar porque no quería revelar lo que le pasaba en la casona, y yo
debía haber viajado con ella, o incluso sorprenderla llegando un día después.
Pero no fue necesario.
Laura era un alma práctica, como casi
todas las mujeres que llegué a conocer. Las que no lo son, no suelen
sobrevivir. Pero ella se fue abriendo paso en cada naufragio de su vida, igual
que la madre. Sólo las mataría una catástrofe natural o una grave enfermedad,
pero nunca el remordimiento. El sentido de la culpa era tan efímero para ellas
como una mariposa o esas semillas del diente de león que bailan con la brisa y
que llaman panaderos. No es casual la simbología, por supuesto, aunque
no se me hubiese ocurrido a mí, sino al mismo viento que arranca los elementos
de las circunstancias para construir el edificio del destino.
Un día se sentó en la cama, se quitó los
zapatos. Vivíamos en mi casa, en la casa de mis padres. El dormitorio
clausurado, ahora estaba vacío.
-Estoy embarazada- dijo.
Yo estaba sentado de espalda a ella. Así
hablábamos en esos últimos tiempos, hacia las paredes que teníamos enfrente. No
esperábamos respuestas.
- ¿Desde cuándo? - pregunté, pero ya
sabía que no habíamos hecho el amor desde hacía dos meses por lo menos.
Se fue al día siguiente a la casa de su
padre. Oscar volvió a La Plata esa semana y se casaron. Ambos siguieron
trabajando en la panadería, Oscar como socio. No pregunté qué había pasado con
el negocio de la casona.
Fue
una semana después del civil cuando salió en la televisión que habían matado a
una prostituta en un prostíbulo de Quilmes. Una casa elegante donde encontraron
hombres desnudos y una mujer descuartizada. La investigación estaba bajo la
ordenanza de los jueces designados por la Junta Militar.
Un día me crucé con Laura en la calle.
Tenía siete meses de embarazo, la cara flaca y ojerosa.
- ¿Cómo estás? -.me preguntó.
-Bien, ¿y vos?, por lo que veo, para dar a
luz antes de tiempo.
Rechazó mi malicia con desgano.
- ¿Y Oscar, che?
El
hombre era ahora un marido ejemplar, como el camaleón que se mimetiza para
pasar desapercibido mientras prepara el escenario de su próxima catástrofe. El
nombre de Oscar Méndez circuló por el Jockey Club, y en el sauna del Castelar,
y en todas partes a donde el tío me hacía acompañarlo ahora que yo había vuelto
a estar solo. Mejor así, pibe, me había dicho, así te puedo cuidar mejor. No le
importaba el fracaso del putero de Quilmes, ya habría otra oportunidad cuando
la noticia del crimen muriera bajo el peso de acontecimientos más importantes.
La
guerra, por ejemplo.
El
nombre de Oscar surgiría como autor de cada crimen, como testigo de cada orgía.
Fuese o no cierto, hoy era un futuro padre de familia. Su mujer debía quererlo,
supongo, por más que la viese caminar llevando el peso de su embarazo como un
estigma a la casa donde él la esperaba.
¿Qué le había hecho?, me pregunté.
Probablemente nada que ella no hubiese querido.
Ese es nuestro drama. Lo que deseamos nos
condena.
3
Me
desperté soñando con Laura. Era inevitable que así sucediera. Fuese con quien
estuviera y el lugar donde me tocara estar esa noche o ese día, el cuerpo de
una mujer que no fuese Laura me evocaba, sin embargo, su cuerpo. ¿Cómo puede que ser una mujer le hiciese eso
a un hombre? Tal vez porque fue la primera de las que me enamoré, o quizá
porque fue la única. ¿Cómo evadirme de su recuerdo en las veredas del barrio,
esquivando o acariciando perros, o llevar entre los brazos dos o tres paquetes
de facturas que su papá le había encargado para algún vecino? Escaparme de eso
sería evadirme de la pena, y eso es lo que no quiero. Y la angustia se alimenta
del recuerdo que se encarna en mis sueños.
Despertando en el departamento de Claudia
ya cerca del mediodía el sábado de la aglomeración en Plaza de Mayo, yo sentí
una opresión en el pecho. Cada mañana era como una obligación que no podía
cumplir, una asignatura pendiente. Cada mañana la maestra que me enseñaba a
vivir era distinta, y esta vez Claudia Pereyra ya se había levantado. Las
sábanas de su lado, arrugadas y en el medio una toallita higiénica medio sucia,
y en el piso, una bombacha. Dios, me dije, ya empezamos otra vez, porque el
roce de la sábana y el pensamiento de esa noche volvieron a excitarme. Me
levanté, desnudo, y me metí en baño. La luz que entraba por la ventanita
delataba el polvo y la mugre, sobre todo el óxido de los grifos. Ese color rojo
del que mi perro tanto se jactaba, como si hubiese nacido viejo. Eso era lo que
decía mi madre, y lo que le gustaba recordar a Laura. Cerré la puerta porque
estaba dispuesto a serenarme con agua fría o hacerme una buena paja de una vez
para sacarme las ganas. Lo intenté, pero me dije que tenía que reservar salvas
para el resto del día. Quizá podría pasar la tarde con Claudia y llevarla a la
plaza, presentársela a los muchachos, aunque ellos estuviesen de turno, pero
pronto empezaría el jolgorio, como quien dice, la joda para festejar la
recuperación de las islas.
Escuché su voz detrás de la puerta. Me dijo
algo de unas toallas, pero no le presté atención. Casi me delato y contesto:
Sí, Laura. Pero ella estaba lejos, en su casita de La Plata. Con su marido y
con su hijo. Después de un tiempo intentando vivir en el mismo barrio sin
agredirnos cada vez que nos veíamos, cruzando la calle para cambiar de veredas,
levantándonos de la silla de un bar o caminando hacia la siguiente parada del
colectivo para no esperar juntos y en silencio, me fui a vivir a Buenos Aires. Barrio
del Once, Almagro, Chacarita, y luego de vuelta a Once porque la zona del
Abasto era como universo gris, aunque hubiese sol, un barrio que vivía de noche
y se desnudada en la madrugada apenas salía el sol. El barrio era una
prostituta que trabajaba sin desnudarse del todo, pero que al ir a acostarse
apenas amanecía, se sacaba toda la ropa cuando ya no había nadie que la viese.
Su cuerpo hecho de sombras en las paredes desnudas era íntimo y exclusivamente
suyo. Por eso las ventanas de los edificios viejos que daban sobre Corrientes
permanecían con las persianas cerradas hasta bien entrada la mañana.
Yo caminaba las calles desde las once
hasta más allá de la medianoche, rumiando mi dolor como en un tango, y cómo me
gustaba hacerme la víctima, pensando en miles de formas de matarlos a ambos,
incluso al chico, y me llevaban preso y en la cárcel esperaba mi muerte.
Romanticismos
bohemios, por supuesto, pero las suelas gastadas fueron reales, y los polvos en
los baños de la zona también lo fueron, tanto como el olor a mierda y a lápiz
labial rancio que me quedó en la cara. Las mujeres, me dije, son sucias, y se
olvidan de lo que dejaron atrás. Los hombres llevamos la carga encima, y por
eso la obsesión del método y de la mecánica para que nada se nos caiga en el
camino. Y eso que se nos cayó, se convierte en un lamento de por vida.
El agua de la ducha, en fin, era tibia
por defecto. Me quedé parado bajo la lluvia irregular con los brazos cruzados,
contemplando las esponjas rotas, los frascos de champú, los jabones empezados,
los azulejos vetustamente viejos. Corrí la cortina, limpié el espejo empañado
del botiquín y me miré la cara. Me vi viejo, me vi otro. Abrí la puerta y
varios frascos de cremas se cayeron al lavabo. Cremas para la cara, para los
párpados, nocturnas, diurnas, matutinas, para las piernas, para los codos, para
las arrugas. Todas era iguales, pero no había espuma de afeitar, ni tampoco una
simple Gillette que usara Claudia para afeitarse las axilas, qué sé yo. Laura
lo hacía, y yo a veces, la ayudaba. Ella entonces me dejaba ocupar su cuerpo.
Una vez me había dicho que los hombres usurpan los cuerpos de las mujeres, por
más que ellas nos den su consentimiento, y que hasta lo deseen y lo busquen con
desesperación. No por eso deja de ser una usurpación.
Entonces escuché la radio. Claudia estaba
escuchando la transmisión desde la Plaza de Mayo. La marcha militar, las
diferentes bandas de la capital y la provincia. Escuché el atronador grito de
la multitud vitoreando al presidente que en el balcón de la Casa Rosada
proclamaba el hito en la historia argentina.
Salí cubierto sólo con la toalla. Claudia
estaba de espaldas preparando algo para el desayuno en la mesada. Me detuve
detrás, y de pronto el presidente dijo algo sobre los soldados. Claudia giró la
cabeza, y estaba llorando. ¿Por qué lloraba? Había visto la foto de un chico de
quizám cinco años en la mesita del dormitorio. Claudia era demasiado joven, no
podía tener un hijo en las islas.
Llora por los chicos de la guerra. Yo,
simplemente, pensaba en los cuerpos que volverían al continente, por lo menos
los que pudiesen ser rescatados. El resto serían fragmentos abandonados en la
tundra congelada de las islas. Frías como los congeladores de la fábrica en la
que seguí trabajando todos esos años. Yo era un empleado confiable porque no
tenía la elección de ser deshonesto. ¿Con qué parámetros puede medirse la
honestidad? ¿Con los del bien, la moral, los buenos principios, la incólume
verdad? ¿O con los principios unilaterales de algún interés en particular? A
veces los intereses son tantos, que se homogenizan bajo una misma fachada que
la costumbre hace pasar por normal, lo bien visto, o lo visto tantas veces que
ya no se ve, por más que esté formado por múltiples cadáveres.
El tío tenía muchos empleados de
confianza a los que yo debía someterme. Un trabajo de escritorio en una máquina
de escribir que se sumaba a otras y juntas sonaban como un regimiento a caballo
avanzando por el campo de batalla, o como atronadoras ametralladoras que
alimentaban su furia con su propia eufonía. Y cuando el tecleado iba
ralentizándose, tropezando, a veces sonaba como tiros aislados, y el grito de
un empleado que se hubiese enganchado un dedo entre las teclas, o una empelada
que se hubiese roto una uña, era casi como escuchar la parodia de un herido de
bala en el campo de batalla. Después de tantos años, los registros
mecanografiados de entradas y salidas de heladeras con nombres de hombres y
mujeres, dejaban de ser destinatarios para ser remitentes que se transportaban
a sí mismos. Yo era como un empleado de correo supervisando la correcta salida
de las encomiendas.
Ya se sabe del comercio que mi familia se
encargó casi de monopolizar durante esa década, aún antes, por supuesto, y que
continuaría de diversas formas después. En todas partes había gente que se
moría, y en muchas otras gentes que sobrevivía unos cuántos años más. ¿Quién
busca en los asilos fuera de los tiempos de elecciones, quién cuando no las
hay? Los viejos, los enfermos, los indigentes, los chicos que son como perros
mojados rondando por las calles.
Los que fueron a la guerra son otros
tantos.
Lo esencial es aprovechar la ocasión, y una
guerra luego de tanto tiempo, que exacerbara el patriotismo, que desempolvara
los ideales patrioteros, era el elemento que la psicología de masas,
rudimentaria y ya decadente para la época, no podía desaprovechar.
Pero yo no podía decirle todo esto a
Claudia.
Me limité a apoyarme contra su espalda,
sintiendo que la toalla se me había caído mientras me me frotaba contra su bata
y empezaba a levantarle la falda.
La marcha de San Lorenzo sonaba
estridente, metalizada y cacofónica, repitiéndose en mis oídos, y yo alabándola
en voz alta, hablando de su insobornable insistencia. Claudia se resistió poco
al principio, me dejaba hacer, porque tenía el pensamiento en los muchachos que
estaban sufriendo el frío y las heridas, con fusiles como tallos congelados en
las manos, y flores de hielo como acero en sus entrañas.
Yo tenía frío, por supuesto, en esa mañana
de un sábado de abril, desnudo en un departamento que no tenía siquiera una
estufa. Pero me apreté contra su cuerpo, pensando en esos espacios que había
conocido, para usurparlos nuevamente.
-Le
rompimos el culo a los ingleses, ¿no es cierto? - le dije, para sentirme
seguro, para que se dejara llevar por mi jactancia.
Y ese día tuve por primera vez la
asociación de pensamientos que yo sabía no iba a dejarme en paz hasta matarme,
porque hasta ese momento había estado oculta, acechando, pero lo
suficientemente piadosa para dejarme en paz un tiempo.
El olor del cuerpo de Claudia, por
supuesto, me llevaba a Laura, porque eso era lo que me excitaba de cada mujer
que conocí después de ella. Pero la marcha militar me llevó al campo de
batalla, a la Plaza de Mayo y a la fábrica.
Los cuerpos separados por la inmensidad
del océano se acumularon, y quisieron salir, porque mi mente era un caos, una
guerra contra los muros de mi cráneo. Los metales sonaban desafinados y los
tambores golpeaban los huesos desde adentro.
Claudia, entonces, se giró y me rechazó.
Intentó empujarme, pero no podía.
- ¿Qué te pasa, puta de mierda? - le dije.
¿Es absurdo que aclare que no quise decir
lo que dije? Por supuesto que lo es, Tomás Ansaldi. Sos uno más de la familia,
querido. Lo que no podés vencer, le pasás por encima, lo destruís si es
necesario.
La llevé a la cama, llena la mente de
voces, gritos y deseos que me tenían tenso como una cuerda de acero. La puse
boca abajo, apretándole la cabeza contra la sábana para no escuchar sus gemidos
llorosos. Le metí los dedos de la otra mano en la vagina y el culo, y cuando
estuvo suficientemente abierta, la penetré si olvidar a mirarme en el espejo
junto a la cama.
La marcha de San Lorenzo terminó, pero el
griterío de la gente en la plaza subió y subió hasta el balcón cerrado, porque
en la calle también había bocinazos y muchedumbre. La voz del periodista que
relataba se estremeció muchas veces hasta el punto de parecer estar llorando
con un nudo en la garganta.
Yo terminé.
Le
solté la cabeza, dijo algo que no entendí. Me puse los pantalones, me subí el
cierre, me puse la remera y tiré unos billetes en la mesa de luz.
Y
salí lo más rápido que pude, porque los amigos, en la plaza, me estaban
esperando.
4
No
pude avanzar mucho con el auto yendo por Corrientes, Pueyrredón ni por otras
calles de menor tránsito. Sábado al mediodía y con el revuelo sociopolítico que
se había armado, las calles estaban atestadas de tráfico. Estacioné a diez o
doce cuadras de la Plaza. Caminé, abriéndome paso entre grupos con pancartas.
La Avenida de Mayo estaba cortada desde la Nueve de Julio, lo mismo que
Rivadavia y las manzanas aledañas. Había grupos de izquierda que se pelaban con
las fuerzas de seguridad, fuesen policías o gendarmes Tanques con mangueras
antidisturbios era lo mínimo que se podía ver como fuerza de contención. Habría
mayores disturbios ahora que el discurso del presidente ya había terminado.
Pude escucharlo a trozos en el departamento de Claudia y en la radio del auto.
La voz de Galtieri era gangosa y distorsionada por los sistemas de
amplificación.
Imágenes de Claudia en la cama, boca abajo,
conteniendo el llanto, me llegaban como golpes en las ventanillas. Pero eran
simplemente las caras de las mujeres que eran empujadas por los grupos de
hombres que avanzaban con carteles, muchos enmascarados, otros con garrotes de
hierro. A simple vista, había más descontentos que satisfechos por la proeza
del presidente. Sin embargo, en la plaza, frente a la Casa Rosada, la
muchedumbre vitoreaba a la Junta Militar, que había salido en pleno a saludar
al balcón. Los periodistas encomiaban el valor de los muchachos en el Atlántico
Sur. Vencer a los ingleses, decían, no era moco de pavo.
Y yo pensé, con esas triviales
asociaciones con que nos traiciona la psiquis, en el llanto ahogado de Claudia
contra las sábanas, y en el semen que había dejado yo en la tela y dentro y
sobre su cuerpo, sin limpiarlo mientras me vestía, sintiendo las ganas todavía
de amordazarla para que mis oídos confundieran los gemidos lacrimosos con
gemidos de placer, pidiendo más. Pero Claudia no se movía más que con la
respiración entrecortada.
Vi la sangre en la sábana. Justo había
tenido una menstruación, me dije, pero lo más probable era que yo la hubiese
lastimado, sólo un poco, lo suficiente para confirmar que sin dolor no hay
verdadero éxtasis, y que la sangre es la evidencia.
¿Acaso los muchachos en el Sur así no lo
habían demostrado? ¿Qué más aliciente para el sacrificio vano de los que se
quedaron en las ciudades, fuera del peligro, para reconocer el extremo
sacrificio de ellos: los sacrificados? ¿O los crucificados, debería decir?
La Iglesia estaba representada, por
supuesto, en el balcón. Y el obispo de la ciudad de Buenos Aires era
entrevistado por los periodistas oficializados. La bendición a los muertos se multiplicaría
en los siguientes días, tal vez semanas. Los ataúdes llegarían a los
aeropuertos de Río Gallegos o Ezeiza. Las bases de Palomar y Morón tendrían un
movimiento inusitado. Los cuerpos encontrados, por supuesto. No aquellos que se
quedarían helados en la superficie de las islas.
Abril y el otoño no son simplemente
hipocresías de poeta, sino cristales de hielo que se clavan en los cuerpos de
los vivos y perturban la tranquilidad de los muertos. El frío otoño, con su
agua sucia, con su humedad anunciadora de climas fétidos, con su abrumadora
amenaza de muerte, enturbia el cielo y ciega la esperanza del sol. Convierte el
aire en niebla, y la niebla en rocío, y el rocío en lluvia, que siembra
pantanos donde los cuerpos se hunden a falta de cajones para enterrarlos en
tierra seca. La naturaleza es sabia, dicen, y lo corrobora con su encomiable
economía de recursos.
Llegué a la Plaza a codazos y exhibiendo mi
credencial, gastada y mugrienta, pero donde se podía leer todavía mi apellido,
el salvaguardia para todo lo que estuviese prohibido. Había perros entrenados,
muy parecidos a Duque. Cuando pasé frente a ellos, levantaron la mirada,
inquietos, y los soldados que los sujetaban de la correa me observaron. Pero
los animales miraban a mi lado, a la altura de mis piernas, como si mi perro me
acompañase. Encontré a Saravia a cargo de su pequeño pelotón de conscriptos asustados,
con cascos que les quedaban grandes en sus cabezas rapadas, apenas dejando ver
las caras barbilampiñas. Los fusiles parecían pesarles. Al verme me saludó
reglamentariamente, era joven y quería hacer méritos en su familia. Siendo el
menor, tenía que cumplir con los altos parámetros que habían marcado sus
hermanos mayores. Uno, el del medio, era teniente y estaba en las islas; el
mayor era capitán de un escuadrón especial, esos que llamaban Escuadrones de la
Muerte. ¿Por qué no lo habían mandado a él a las islas, como hubiese querido?
Porque ya había uno para cumplir con esa tarea, por más que todos los hombres
Saravia se jactaran de aguerridos. Estaban sólo dispuestos a entregar una parte
de su familia a los azares de la fatalidad. Desde el principio, me dije muchas
veces, todo estaba convenido y previsto. ¿La invasión fue el canto del cisne de
la dictadura, (quizá el último graznido del buitre), o el espontáneo capricho
de un loco? Sé que tanto los Saravia como los Ansaldi estaban en contra, pero
la Junta había obviado contar con ellos en los últimos tiempos. Las familias
estaban distanciadas, los beneficios que la dictadura había traído generaron
ganancias irregulares y mal distribuidas.
Un día tuve un breve cruce con Emanuel
Saravia por este motivo. La familia se había venido a menos en los últimos diez
años. El cierre de la clínica de la que eran dueños sobre la avenida Rivadavia,
el asesinato de uno de los primos cuando era un chico, apenas. Se habían
descubierto en la clínica lo que más tarde se descubriría como un factor común
en todas partes por esa época, pero cuando ya no podía hacerse nada más que
abrir los pozos y los hornos, cerrar los quirófanos clandestinos y los
frigoríficos para siempre clausurados, donde había restos de carne humana
mezclada con las reses. Yo le recriminé,
medio en broma y medio en serio, el quedarse en Buenos Aires, ¿tenía miedo de
la guerra? Me miró y dijo: ¿Y vos, che? Delincuente y todo, y te exceptúan.
Tengo treinta años, pibe, le dije. Entonces sos un incapacitado, che, perdóname.
No hablamos más sobre eso, pero justo le designaron en esos días el pelotón de
esmirriados que no podían mandar al sur, porque era lo mismo que mandarlos al
matadero sin escalas.
Miré a los chicos a sus espaldas, mientras
le estrechaba la mano. Estaba fría, y medio le temblaba. Tenía las mejillas
coloradas por el frío que el sol de la tarde sobre la plaza no lograba entibiar
porque el casco se lo impedía. De pronto, desde los altoparlantes, uno de los
cuales estaba atado a la esfinge de la Pirámide de Mayo, grande, inmenso, como
si esa señora astuta fuese la que hablara, pero el efecto resultaba cómico como
la marioneta de un ventrílocuo. La música militar sonaba bajo la orden de disolver
la muchedumbre, y que cada uno se fuera a su casa. El gobierno agradecía el
apoyo manifestado por el pueblo argentino. Pero algunos grupos no quisieron
irse, y se desmedraron en peleas inútiles que provocaron tiros y detenidos. El
pelotón de Saravia se quedó a la expectativa de las órdenes. Los chicos no
podían quedarse quietos, sin embargo. Sus dedos transpiraban sobre los fusiles,
los pies se movían dentro de las botas, y alguno que otro lloraba sin animarse
a secarse la cara con la manga.
Emanuel se dio cuenta.
- ¡Quietos,
carajo! Nenes de mamá, hijos de puta, quédense firmes si no quieren que los
castigue toda la semana.
Un
rato después, serían como las dos o tres de la tarde, recibió la orden de regreso
a los pabellones. Subieron al camión, Saravia habló con otro del mismo rango,
éste subió y se fueron rumbo al Palomar. Emanuel se me acercó a donde yo
esperaba fumando un faso que le había robado a Claudia.
-Vamos, tengo que pedirte un favor.
Caminamos por Avenida de Mayo una cuadra,
pero todo estaba tan caóticamente descompuesto y desordenado, que nos metimos
por Perú hasta Florida. Allí los negocios seguían abiertos, y entramos en
Harrods. Había vigilancia, pero a nosotros nos dejaron entrar. Ya había muchos
de las fuerzas, terminando de almorzar, y sus familias: mujeres y niños que se
reían y disfrutaban de la cocina inglesa. Los chicos mostraban los juguetes que
les habían comprado. Las mujeres compraban vestidos. Los hombres fumaban y
hablaban de la epopeya. Estaban en medio de un comercio inglés, como si lo
hubiesen usurpado. Era toda una hermosa ficción como lo fue en su momento el
mundial de fútbol. Los ingleses, dueños del mundo, lamiendo los pies de los
latinoamericanos.
- ¿Qué necesitás?
-Compañía, y tus manos, Tomás. No le
puedo pedirá a un compañero ni usar de los pibes esos, ya los viste. Vos está
afuera, pero también estás adentro.
Exacta
forma de definir lo que yo mismo no había comprendido después de tantos años.
-Marcela no puede tener chicos- me dijo.
-Ya tuvo cinco abortos, y esta deprimida. Se quiere separar si no puede darme
hijos, así la criaron, qué le vas a hacer. Familia católica con sus
contradicciones. Nada de divorcio pero sí separación, hijos naturales siempre,
y si no se puede, se buscan. Pero todo puertas adentro. Los trapitos sucios se
lavan en casa.
- ¿Y
qué piensan hacer, adoptar?
-Ni
loco. ¿Vos sabés lo que metés en tu casa adoptando un chico? No, Tomás. Si yo
no conozco a los padres, no transo. Estuve averiguando, che. Hay un pibe en
Pompeya que vive con la abuela, tiene cuatro o cinco años. Al padre lo mataron
en la primera incursión, hace unos días. ¿Vos querés creer qué mala leche el
pibe? Fue de los primeros que se alistaron, ¿qué me mirás con esa cara?, ¿qué
te voy a contar a vos? Lo reclutaron hace diez días en la fábrica, le pidieron
documentos, un pedazo de papel nomás en la billetera. Lo mandaron al camión con
los otros, de ahí a la ducha, el uniforme, el fusil y chau, si te he visto no
me acuerdo. Lo mataron el primer día.
-Los primeros héroes de la prensa…-agregué.
- ¿Y qué mejor puedo hacer por el hijo de
ese pibe que darle la mejor educación, como los Saravia estamos acostumbrados?
-Pero es un chico grande, ¿qué va a decir
la familia?
-Ya está hablado, Tomás. En esta época ya
todos saben y nadie pregunta. Las costumbres se adaptan a los tiempos.
- ¿Y yo qué hago?
-Ayudarme a ir a buscarlo.
-Pero…
Miró alrededor, a las mesas que se venían
vaciando. Las sirenas de la calle eran más frecuentes.
-La vieja no está enterada…
Entendía, claro.
- ¿Y para cuándo?
-En cuanto terminemos de tomar el té con
masitas.
Me apretó una mano sobre la mesa.
- ¿Y vos, tanto la querés a Marcela?
-Es nieta del viejo Gonzaga, ¿sabés todo lo
que tiene?
Claramente era un acto de bondad de su
parte, que beneficiaba a todos, me dije, mientras pedía la cuenta, pero el maitre
hizo un gesto de desdén, y arrugó el papel.
Fuimos en mi Peugeot 504. Como se ve,
intentaba evadirse de todo rastro que lo involucrara. Su Falcon ponía en
evidencia demasiadas cosas, dijo. Llegamos como a las siete de la tarde,
después de dar vueltas para hacer tiempo, y vigilar la casa. Era una chalecito común
y corriente, cerca de ladrillos, un patio delantero con plantas abandonadas,
una ventana al frente en medio de un paredón despintado y lleno de musgo y
humedad. Las tejas del alero estaban por venirse abajo en cualquier momento, y la
columna era lo único seguro con su estilo jónico de barrio pobre. Las calles
adoquinadas y las veredas anchas me hacían acordar a mi barrio, pero acá en
Buenos Aires todo estaba embarrado por la humedad y la cercanía del riachuelo.
Emanuel me habló de la rutina de la
vieja. Los sábados por la tarde salía a repartir la ropa que lavaba y planchaba
durante la segunda mitad de la semana. Los domingos a veces venía la madre del
pibe, una puta, según decían, pero tan de vez en cuando que el pibe apenas la
conocía.
Había chicos jugando a la pelota en un
baldío de la esquina. Nos sentamos a esperar cerca de ahí, mirando el partido,
riéndonos de los chicos que insultaban, se peleaban y seguían jugando. Los
perros corrían y de vez en cuando recibían una patada. Yo miré atrás, al
asiento trasero.
- ¿Qué buscás?
-Nada, quédate tranquilo. Es que a veces,
me parece oír a Duque.
- ¿A quién? Ah, tu famoso perro. ¿Sabés
que se habla de que estás loco, Tomás?
-Ya sé, ¿qué se va a decir, si no?
-Por eso me gustás, querido. Sos un
misterio ambulante, y por eso se te respeta. Incluso tu tío te tiene miedo.
Desdeñé el comentario.
-Tirria me tiene…
- ¿Y qué, si no? A veces el miedo se esconde
así…
- ¿Y vos, che? ¿Qué pensás?
-Ya te dije, me gustás por lo raro,
porque no sos chupamedias como todos. No les lamés las bolas ni las botas a los
otros, sino cuando no queda más remedio. Vas de frente, aunque no lo grites a
los cuatro vientos. De los puteros que te sacamos hace unos años, ¿te acordás?
Si te vi, flaco. A veces les decía a los pelotudos de mis compañeros: Mírenlo al
sobrino de Ansaldi, de bajo perfil, nomás, pero preparado para cualquier cosa.
Decime, che, ¿cómo hacés para que las minas hagan esas porongadas?
Me encogí de hombros.
-A lo mejor el secreto es no pedírselas.
Se rio y me abrazó, estaba medio
falopeado y yo temía que todo se fuera a la mierda. Otro quilombo con mi tío.
Entonces vimos a la vieja con sus atados
de ropa en cada mano caminando por la vereda delante del baldío. El chico
quedaba en casa, solo, porque era por un rato, nomás. Así dijo él, no tenía por
qué no creerle. Había hecho guardia, había preguntado. El pibe se quedaba
mirando televisión y masticando un pedazo de pan, lo había visto por la
ventana, a medio oscurecer de esas horas de la tarde, una ventana abierta, sin
cortinas, revelando el comedor empobrecido con una mesa, pocas sillas, muebles
viejos, y una lámpara de pocos voltios colgando del techo. Lo único moderno, lo
único ficticio, era la pantalla del televisor iluminando la cara del chico.
- ¿Y
las vecinas?
-Por
lo que sé, no la quieren a la vieja. Defiende a la hija, por supuesto. De tal
palo tal astilla, dicen. Así que ese es un favor más que le hago…
-Claro, claro-dije, palmeándole el pecho de
camisa abierta.
-
¿Qué te pasa, Tomasito? ¿Estás caliente?
Le conté de Claudia. Se me quedó mirando.
Eran necesarios diez minutos para despejarse de dudas. Yo iría a buscar al
chico, él se quedaría en el auto y tocaría bocina si había peligro.
-Y decime, ¿no convenía que te aseguraras
que no llamara a los canas?
Me encogí de hombros.
-La próxima llamáme, te debo una.
Miramos la hora en nuestros relojes,
simultáneamente. Bajé del auto. Los chicos del baldío ya se habían desbandado.
La luz de mercurio de la cuadra no funcionaba. Un colectivo iluminó la casa al
pasar, y luego sólo quedó la luz intermitente del televisor vislumbrando la
noche en la vereda. El cielo era un paño violeta que sudaba gotas de rocío
sobre el empedrado. Me detuve en la entrada, la puertita de reja estaba abierta
y oxidada. Entré a la casa. El chico no me vio, de espaldas. Y de pronto ladró
un perro, que salió del dormitorio. Un animal viejo que caminaba rengueando, y
cuyo ladrido era una tos que lo sacudía todo. Gordo, de pelo duro y manchado,
tenía una mirada como ciega.
El chico se dio vuelta y me vio.
Debía haberlo agarrado de inmediato, pero
me di cuenta de que yo lo conocía.
¿De dónde, si yo no conocía chicos de su
edad, si no era mi ambiente la vida familiar a esas alturas de mi vida? ¿De la
salida de alguna escuela, de algún negocio, de alguna esquina esperando el
colectivo con la vieja? Era de esos pibes que se le quedan mirando a uno, ni
miedosos ni desconfiados, sino nada, con ojos de perro, como dicen. Entonces el
animal, luego de intentar amenazarme con saltitos pobres de sus patas viejas,
se detuvo y se sentó.
El chico seguía masticando el pan,
arrodillado en el sillón y apoyado en el respaldo. Miró a mi lado, y preguntó:
- ¿Cómo se llama?
Era la primera vez desde su muerte en que
alguien lo veía. Ni siquiera yo, que la mayoría de las veces me limitaba a
sentir su presencia.
-Duque- contesté.
-Es grande- dijo, y se bajó del sillón,
caminó hacia mí y estiró la mano ofreciéndole pan.
- ¿No quiere? - me preguntó.
-No come
mucho. ¿Te gustaría tener uno?
Me
miró con una amplia sonrisa, y entonces me di cuenta de dónde lo había visto.
No personalmente, sino en una foto en el departamento de Claudia.
- ¿Me regala uno?
- ¿Y
para qué lo querés, si ya tenés?
-Pero es viejo, y no puede defenderme de los de afuera.
Miró
a la calle, donde los chicos iban y venían, riéndose cada vez que pasaban por
enfrente.
-Dame la mano.
La
puso en mi palma abierta, la apreté con fuerza, como lo hacía mi padre cuando
me llevaba a la panadería a recoger la primera horneada de la mañana. Duque nos
acompañaba, y esta vez hizo lo mismo. Pero esta noche caminamos por la vereda
oscura hacia el auto. El chico caminaba con la cabeza en alto, mirando
alrededor, buscando quien atestiguara el privilegio del que era objeto.
Un hombre educado y bien vestido lo
llevaba de la mano para regalarle un perro de raza, el mejor de su clase. Y se
vería respetado él y su abuela, desde entonces, por los habituales usurpadores
del barrio.
Se durmió en el asiento trasero. Emanuel
le tenía preparado un caramelo con una dosis de diazepam. Ya había averiguado
con sus primos o sus tíos, qué sé yo, que eran médicos y lo habían sido. Nos
había visto llegar al auto caminado como lo más panchos, me comentó después,
asustado y admirado de mi tacto.
-Sos un profesional-me dijo, mientras
manejaba hacia Belgrano, donde lo esperaba la mujer y la cuñada. La ropa nueva
ya comprada, las palabras acordes preparadas. El chico era tranquilo,
ensimismado, no haría escenas ni berrinches. ¿A quién extrañaría? Al padre no
lo conocía, sólo existía su nombre en el registro civil. La madre venía cada
muerte de obispo, pintada y vestida según se le antojaba a sus ganas o su
culpa, y el peinado cambiaba tanto que cada vez parecía una madre diferente.
Por eso se quedaba quieto al verla venir por la vereda, cuando la abuela y él
esperaban la llegada del colectivo que la traía. ¿Quién era esa señora?, le
preguntaba a la abuela cuando la madre se iba luego de la cena del domingo.
Todo eso yo lo imaginaba, pero era más
claro que el agua.
Mirando atrás, vi el rostro compungido y seco
del chico, tan parecido a la foto, tan semejante al padre, probablemente. Era
el hijo de Claudia, sin duda.
- ¿Dónde
te dejo? - preguntó Emanuel cuando paramos en un semáforo en la esquina de
Avenida La Plata.
-Dejáme
acá nomás, me voy caminando.
- ¿Qué vas a hacer?
Me encogí de hombros, como muchas veces
ese día. Al llegar, me apretó un muslo con fuerza, con agradecimiento, con
intimidad. Eso fue lo más cercano que llegué a ver sus sentimientos, que casi
siempre son nada más que construcciones falaces de nuestra psiquis.
Eran las nueve de la noche. Caminé con las
manos en los bolsillos de la campera, contemplando las luces de las calles, los
faros de los autos en esa noche de sábado que al fin de cuentas no era muy
diferente al resto a ese nivel de la cotidianeidad. Me detuve frente a la guardia
del hospital Ramos Mejía, y pensé en el día en que mi vieja se murió. Duque, a
mi lado, emitió un aullido que no despertó a nadie a pesar de estar tan cerca
de la entrada. Únicamente se asomó en la ventana del primer piso un hombre con
una venda en la cabeza. “Ya voy”, dijo. Luego Duque desapareció, acompañado de
su nueva alma.
5
Mamá
había entrado y salido muchas veces de hospitales y clínicas en La Plata. A
veces con los brazos amoratados, otras con ojos en compota. Alguna vez con un
corte en un muslo, que no recordaba cómo se había hecho. Las rodillas vivían
casi siempre violetas, se caía muy fácilmente. Los médicos le preguntaban cómo
se había hecho todo eso cada vez que iba, daba un motivo, una excusa, una
torpeza de su parte.
Le
hicieron tres yesos desde que tengo memoria, dos en un brazo y el último en la
otra muñeca, la derecha, de lo que más lamentó porque con esa mano hacía su
trabajo. Era profesora de inglés en una escuela secundaria, y yo la veía
sentada a la mesa de la cocina corrigiendo pruebas de los alumnos y programando
las clases con dificultad y dolor.
La
primera vez que yo recordaba, se había fracturado una clavícula, pero no la
enyesaron, sólo regresó con un cabestrillo y una inyección que le habían puesto
en el hospital. Papá le había preguntado qué les había dicho a los médicos. Que
me caí, contestó. Él la abrazó, sin darse cuenta de que su fuerza lastimaba más
a mi vieja.
Era verdad, se había caído, después de
que él la hubiera empujado. Como las otras veces antes y después. Los tres los
recordábamos, y también mi perro. Y las paredes de la casa, y las puertas de
madera a veces con astillas creadas por sus golpes.
Tantas veces me pregunté si se amaban, si
se habían amado alguna vez, o era simplemente una relación más dura que el
amor, que creaba lazos tan complejos que no podían ser entendidos por ninguno
de los dos. Mamá tenía su carácter, como dicen, pero sólo se daba con relación
a sus alumnos en la escuela. La habían visto dar clases alguna vez, y era firme
y estricta con ellos, todos varones, y la respetaban. Me pregunté si era su
naturaleza o descargaba en ellos la ira que reprimía en casa. No era una mujer
demasiado bella, era simplemente linda, con maneras delicadas, cabello castaño
muy enrulado y corto, piel clara y ojos de un azul profundo que resaltaban tras
los anteojos. Baja de estatura, nariz pequeña y hombros encorvados por su
profesión. Mi padre, en cambio, era alto y musculoso, consecuencia de su
entrenamiento militar y del gimnasio al que iba una vez por semana. En los
veranos en Pinamar, era de los pocos que usaba un short ajustado de natación Con
la piel bronceada, caminaba por la playa para meterse en el agua, y era objeto
de las miradas. Cuando mamá lo acompañaba, con su figura esmirriada y la malla
enteriza, y hasta a veces con los anteojos que se había olvidado de quitarse,
las mujeres en bikini les hablaban, y cuando se dirigían a ella la trababan
como si fuese una prima, o una tía, de ese hombre. Papá estaba acostumbrado y
no los hacía caso. Pasaba un brazo por los hombros de mi vieja, y entraban al
agua. Me hacía señas para que fuera a buscar los anteojos, entonces yo corría
con Duque y me quedaba parado en la orilla. Ambos reían en esas treguas
inesperadas.
“¿Es
tu papá?, me preguntaba alguna haciéndose visera con la mano al mirar el mar.
“Mi papá y mi mamá”, le decía, y ella se iba, confusa, asustada por mi perro
que la miraba con inquina.
Pienso
que se amaron, por supuesto, pero aquello que llamamos amor es una falacia que
desparece con el paso del tiempo. Lo que lo reemplaza puede ser algo más
realista, y entonces, quizá, todo salga relativamente bien. Pero lo que deviene
siempre es la desilusión, y no hay más que dos alternativas posibles: la
compasión o la ira. Mi madre no era lo que mi padre habría deseado que fuese,
no respondía como él lo esperaba, ni decía las palabras que lo hubieran
sosegado. No era el cuerpo que esperaba ver al regresar a casa ni la actitud
que lo sometiera a un deseo o un pensamiento por su mujer. Fueron los años o
las costumbres, pero creo que ese amor estaba condenado desde el principio.
Para que dos personas tan diferentes se sintiesen atraídas durante mucho
tiempo, ambas, en su fuero interno, debían tener lo que la otra mostraba en su exterior.
Pero en mi viejo nunca vi más que furia interna y descontento. La frustración
la canalizaba en su ira. Y mi vieja aparentaba fortaleza en sus clases para que
sus alumnos no le pasaran por encima, como hacíamos en mi clase con muchos otros
profesores, haciendo lío, tirando tizas al pizarrón, sin dejarles dar sus
clases. Me daba cuenta cuando ella regresaba a casa, dejaba las carpetas en la
mesa de la cocina y se largaba a llorar. Luego de secarse los ojos, me miraba
del otro lado de la mesa. “¿Me hacés un mate?”, me pedía, y empezaba a corregir
las tareas.
La noche del drama fue al final de un día
de verano especialmente caluroso. El termómetro en la pared de la cocina había
marcado los treinta y nueve grados en plena siesta, y antes de la cena seguía
en los treinta y cinco. Mamá había llegado tarde, habitualmente volvía a eso de
las tres de la tarde y se tomaba una siesta de media hora antes de ponerse a
hacer las cosas de la casa. Pero esta
vez llegó cerca de la seis. Estaba pálida y transpirada. No quiso perder tiempo
en ducharse, así que se puso a recoger las sábanas de la mañana y ponerlas en
el lavarropas, después salió a comprar cosas para la cena. No pedía ayuda, la
avergonzaba mostrarse débil o con fiaca frente a los hombres de su familia. Yo
tenía quince años entonces, y me estaba pareciendo a mi padre en cara y cuerpo.
No me daba cuenta, tampoco, que ciertos desdenes se me habían impregnado. La
enseñanza del viejo daba frutos.
Papá regresó más temprano. Escuchamos el
auto en la entrada y Duque salió ladrando y saltando. El viejo lo detuvo con un
chasquido, y Duque lo siguió, cabizbajo. Tenía la camisa empapada de
transpiración. Se la sacó y la tiró en una silla, se secó con una toalla que fue
a buscar al baño. Cuando volvió a la cocina, se apoyó en la mesada mirando a mi
vieja cortar la cebolla.
- ¿Qué te pasa?
- ¿No ves la cebolla?
- No me contestés así, ¿no sabés el día de
mierda que tuve hoy?
Ella lo miró con el cuchillo en la mano,
el filo sobre la tabla, pero él percibió algo que yo también había visto desde
la tarde.
- ¿Y
te pensás que yo me divertí en esa escuela de mierda, oliendo la transpiración
de todos esos chicos sucios?
El repiqueteo sobre la tabla continuó.
Papá no estaba acostumbrado a esas respuestas, así que se sentó mientras seguía
secándose el cuerpo. Me miró, en silencio, señalando a la vieja, me encogí de
hombros. Por un momento, lo vi desconcertado, como decidiendo qué hacer ante la
nueva estrategia de un enemigo.
Mamá dejó lo que hacía, secándose la cara
con el delantal, y sacó la ropa para tenderla en el patio. Volvió para
continuar con la cena a medio hacer. Papá estaba inquieto, leía el diario y las
noticias tampoco lo sosegaban. Protestaba contra la prensa que distorsionaba
todos los hechos. Si donde decía que los subversivos habían matado a cinco
militares, la verdad era que habían hecho estragos en una esquina de Nueva
Pompeya, y habían muerto veinte con las bombas. Él lo sabía porque había ido
con su pelotón a tirar abajo los comités clandestinos de ese barrio y de
Barraca al Sur. Los seguidores de Gloria Sanmarco eran peores que su caudillo,
que gracias a Dios había desparecido.
-Es la guerra- dijo mamá.
Él cerró el diario de golpe.
-Muy inteligente lo tuyo, Estercita. ¿Y
para cuándo la comida?
Se levantó y fue al baño, lo escuchamos
orinar con chorro fuerte porque no cerraba la puerta. Mamá se me acercó y me
dijo en voz baja:
-No me siento bien, hoy me desmayé en la
escuela y por eso llegué tarde.
-Decíle…
-No,
¿para qué?
Me levanté y fui al baño. Papá se estaba
cerrando el cierre del pantalón y abrió el grifo para lavarse las manos.
- ¿Qué mirás vos, maricón?
-Nada…-dije, ya no tenía ánimos para
contestarle. Por más que mi cuerpo demostraba parecerse a él, tenía, quizá, el
alma de mi madre.
En la cocina volvimos a esperar sentados.
Yo mirando la televisión. Él, dando vueltas las páginas del diario una y otra
vez, tomando el vino que debía haber guardado para la cena. Duque esperaba
junto a mamá algún regalo de comida. Terminó el noticiero y empezaba el
programa de Cacho Fontana y sus preguntas. Se había cansado de esperar la cena,
y gritó:
- ¿Será posible, che, que no puedas hacer
nada bien?
Fue un desprecio en un grito airado, más
hiriente que un insulto.
Ella tiró la fuente de carne que sacaba
del horno cuando lo oyó. Toda la carne a la criolla, con su aceite y su jugo
yacía en el suelo, mezclada con vidrios.
-
¡Pero la puta madre que te pario! Si saliste una inútil de mierda. ¿Sabés lo
que me cuesta mantenerlos a ustedes? ¡Y vos tirando la comida!
Duque aprovechaba la ocasión, pero tuve
que agarrarlo para que no se lastimara con los vidrios. Papá se levantó y apretó
a mamá contra la mesada, pero antes se había resbalado con el aceite del piso. Noté
ese resabio de vergüenza ante el tropezón que cualquier debilucho pudo haberse
dado, pero que en él fue una vergüenza. Y eso puso una gota más de acíbar a su
ira. ¿Qué le pasaba fuera de casa? Sé que sus colegas en la fuerza no confiaban
en él por sus arrebatos, y los jefes lo exceptuaban continuamente de los
ascensos. Pascual Ansaldi era resignado a los pelotones de guardia que nadie
quería hacer, porque eran peligrosos, pero él los pedía. Cuando regresaba al
cuartel, se metía en los vestuarios a felicitar a sus hombres de ducha en
ducha, abrazándolos, con una campechanía que todos festejaban, pero de la que
también ser reían y murmuraban. Decían que era un miembro imprescindible en el
proceso de reconstrucción nacional. Por eso el tío Ángel lo había designado
para colaborar con Gonzaga en los allanamientos de los Escuadrones. ¿Pero en
qué se gastaba toda la plata, el sueldo y los extras? Nuestra casa era apenas
de clase media, y nuestros veranos en Pinamar eran comunes y corrientes. Más
tarde, mucho después, escuché lo que se había dicho en esa época y ya no importaba.
Las farras de mi viejo en los puteros, mujeres y hombres, mucha bebida blanca y
droga. Por eso, tal vez. Volvía hastiado a casa. Ojalá esa noche hubiera vuelto
tarde. ¿Le habrían cancelado una cita? ¿El laburo en Barracas lo había agotado
y se volvió?
Mamá
le contestó, por última vez:
- ¿No ves que estoy cansada?
-Te veo, mierda, pero no te entiendo un sorete
de lo que sale de tu boca.
Y le golpeó la cabeza con fuerza contra
la alacena. Lo vi, y no hice nada. Ni yo ni Duque reaccionamos, porque
estábamos acostumbrados a no meternos, a no provocarlo, a convertirnos en
sombra. Ella se tambaleaba con la frente ensangrentada, luego él la tiró al
piso y le restregó la cara contra la carne y los vidrios.
- ¡Ahora te la vas a comer vos! - Y le
golpeó la cabeza una y otra vez contra el suelo.
Entonces yo solté a Duque y me tiré sobre
la espalda de mi viejo, que seguía encima de ella, agarrándola del pelo. Cuando
se dio cuenta, me empujó y me caí de espaldas. Él se levantó y se me tiró
encima, sujetándome los brazos y golpeándome los testículos con la rodilla. Duque,
se apareció enfurecido como nunca lo había visto y le mordió la cara con todo
el ancho de sus mandíbulas. Papá me soltó tratando de golpear al perro, pero
Duque lo había vuelto de espaldas y no soltaba sus dientes. Yo veía la sangre y
la carne. Hasta vi los ojos del viejo morir entre los dientes. Era extraño ver la
obsesión del perro como si le estuviese comiendo la cara, ese símbolo supremo de
las expresiones humanas, pero también el más insobornable disfraz jamás
creado.
Cuando lo soltó, la cara de mi padre era
una mezcla de sangre, huesos y carne rota. Se cubrió con las manos, pero
gritaba apenas se tocaba, y las manos entonces fueron por primera vez los
impotentes gestos de su ira. Lo mismo que su boca, porque sus gritos eran
guturales, y la lengua estaba tal vez muerta para siempre.
Me quedé en el piso, sin saber qué hacer.
Duque me lamía las manos y la cara con la sangre del viejo. Sentí su olor, y
fue como heredar su furia.
Me levanté. Mi vieja estaba quieta, como
muerta, en un charco de sangre que le salía por la cabeza. La envolví en
sábanas, la arrastré hasta el auto en la cochera. Volví a la casa. Cerré
puertas y ventanas. Le dije a Duque:
-Que no se mueva.
Cerré la puerta de calle, saqué el auto y
conduje hasta el hospitalito del barrio. Paré en la puerta de la guardia, donde
un médico estaba fumando. Cuando me vio todo manchado abriendo la puerta
trasera, debió pensar que era un asesino, sin embargo, me dijo:
-Entrá pibe, llamá a los camilleros o un
enfermero, yo la cuido. ¿Quién es?
-Mi vieja- dije, y me puse a llorar, y no
pude caminar más.
Todo fue niebla y furor en esos momentos.
Yo estaba sentado en una silla de la sala de espera. Pregunté a una enfermera
que pasaba lo que me había sucedido cuando llegué.
- ¿Cómo? Nada, pibe, estás sentado acá
desde que la entraron al quirófano. No te preocupes. ¿A quién podemos llamar
para que te acompañe?
Miré el reloj, eran las tres de la
mañana. Vi a dos policías llenando formularios, me pregunté si me
interrogarían. Intenté ponerme a la sombra, pero ya uno de ellos se me
acercaba. Se me sentó al lado.
-Llamamos a tu tío. Ordenó el traslado de
tu mamá al hospital militar. Te espera allá cuando lleguen.
- Pero no entiendo, ¿cómo saben?
-Está bien, pibe- me dijo, palmeándome la
espalda. -Ya nos contaste todo hace un rato, ¿no te acordás? No importa, flaco.
¿Querés algo, te traigo un café?
Me lo trajo y esperamos.
-Por ahora tu vieja está en buenas manos,
el doctor Blas Ibáñez es hijo de una eminencia. Es medio raro, pero no te
preocupes.
El doctor recorrió el pasillo con la cofia
aún puesta. Me apretó el brazo con cariño. Era el mismo que me había recibido
en la entrada.
-Está estable, pibe. No pude hacer mucho
más que darle los primeros auxilios.
- ¿Se va a morir? - pregunté.
-Perdió mucha sangre. Tiene el cráneo
fracturado. No te puedo asegurar nada.
El policía dijo:
-Doctor, tengo orden del juez de paz en la
causa para el traslado a Buenos Aires.
-No recomiendo para nada un traslado en
este estado, por lo menos hasta que se estabilicen los signos vitales.
El policía mostró la orden.
- ¿Así que sos un Ansaldi? - me dijo el
médico, devolviendo el papel. - Que Dios te proteja, pibe. - Se dio vuelta y se
fue por el pasillo.
-Ya te dije que era raro- murmuró el
cana.
Una hora después llegó la ambulancia y
cargaron la camilla con mamá. No me dejaron verla, me llevaron directamente al
patrullero que escoltó la ambulancia hasta el Hospital Militar. Eran las seis
de la mañana y el tío Ángel me estaba esperando en la guardia. Me abrazó
mientras se llevaban a mi vieja al quirófano.
No
sentamos en el comedor para desayunar algo. No había casi nadie a esa hora,
pasamos por el mostrador, nos sirvieron café con leche y dos medias lunas. Me
ofreció más cosas, pero yo no quería. No insistió. Después de un rato,
preguntó:
- ¿Qué pasó anoche? Algo me contaron los
canas. ¿Sabés adónde pudo haberse fugado? No es propio de él…
¿Eso les había contado? No me acordaba, pero
de a poco las piezas se fueron armando.
Entonces seguí el hilo que, inventado o
no, el tío me había tendido.
-No dijo nada, estaba tan asustado cuando
creyó que la había matado, que salió corriendo. No se llevó el auto, por
suerte.
-Sí, por suerte. Hiciste muy bien, pibe,
estoy muy orgulloso, querido. Tengo muchas esperanzas puestas en vos.
Me agarró de la nuca con cariño y me dio
un beso fuerte en la frente. Nos quedamos así un rato largo, él con su brazo
sobre mis hombros, raspándome la cara con la barba que no había tenido ocasión
de afeitarse esa mañana.
- ¿Qué le pasa a mi papá, tío? ¿Por qué
tiene tan furia?
- Cosas, pibe. Ya sos grande, y es tiempo
que sepas. ¿Tuviste sexo alguna vez?
-Sí-
dije.
-En un putero, me imagino.
-Sí,
hace un año. Me llevó papá.
-
¿Y? ¿Fue todo bien? ¿Te gustó?
Me quedé
callado un rato, pero sabía que no tendría otra ocasión de hablar de eso.
-Me empujó a la habitación, con la chica.
Debía tener mi edad o un poco mayor supongo. Se quedó con nosotros, y como me
veía tímido empezó a manosearme, ya sabés, hasta que se me paró. Y bueno, la
mina siguió después. Me olvidé del viejo por un rato, y no me di cuenta hasta
que terminé que se estaba masturbando mientras nos miraba. Terminamos juntos,
me dijo.
- ¡La pucha, con mi hermano! ¿Y a vos eso
te molestó?
-No sé. A lo mejor, no habría sabido cómo
hacerlo. Me protegió, me parece. Y me dijo que nada de eso estaba mal, y desde
entonces ya no tengo vergüenza. Cuando salimos me habló de la gente y sus
mentiras. A veces, había que aparentar.
-Tu viejo es un hombre que confía nada
más que en la fuerza y el sexo. Cuando conoció a tu madre, fue un oasis que no
duró mucho porque pronto la secó. Le chupó todo el amor que ella le tenía y la
dejó seca.
Comenzaron a llegar médicos que saludaron
a Ansaldi. El tío me presentó y todos me dieron la mano con respeto. Preguntó
por mamá, todavía nada, dijeron. Seguimos esperando.
- ¿Papá está loco? - pregunté así nomás,
a rajatablas. Necesitaba saber.
-No me hagás reír- me contestó, pidiendo otro
café para los dos. - ¿Quién no lo está en estos tiempos? Echále la culpa a tu abuelo, como hicimos
nosotros. Era igual a mi hermano. A los catorce nos llevó a un putero de lo más
bacán. Una casona hermosa que le habían quitado a unos franceses venidos a
menos, que se volvieron a su país. Mujeres hermosas, distinguidas, limpias, que
hacían lo que hacían como si todo fuese natural. La comida y la bebida, de lo
mejor. Nos acostumbramos, nuestro viejo nos acompañaba, tenía sus preferidas.
Pero unos meses después trajo a sus compinches a la habitación. Nos llamó a los
dos, porque no te dije que nos había acostumbrado a los tríos, también. Todo
eso duró años.
Me miró a los ojos.
-Sabés de lo que te estoy hablando, ¿no? A
lo mejor es mucho para una sola noche.
-No, tío. Seguí, esta es una noche de
aprendizaje.
Me revolvió los pelos de la cabeza.
-Vos sos un hombre, ya, querido. Como te
venía contando, en esos tiempos uno sabe, intuye lo que pasa. A Pascual
entraron a molestarlo, ya te imaginás. Se dejó hacer, y después se las agarraba
con las mujeres, porque tenía mucha energía. Terminaba tres o cuatro veces en
toda la noche, y cuando empezaron a desmadrarse las situaciones, golpes, malas
palabras, cosas rotas, lo echaron. Yo había dejado de ir con ellos, pero tu
viejo me contó. Mi padre le dio unas cuantas patadas en el culo a tu viejo , y
lo llevó de una oreja a la habitación, lo desnudó aunque ya tuviera dieciséis
años y lo hizo masturbarse hasta que se caía de cansancio. De esa manera quería
curarlo, purgándolo de semen. Porque esa era la diatriba de mi padre, la
energía del macho es el origen del mundo.
Lo
miré como si me estuviese contando una película.
-Todavía no caés, vos. Cuando lo pienses
mejor, te vas a dar cuenta.
No hubo cura, por supuesto. Pero yo, esa
mañana ya venía construyendo un nuevo tratamiento para mi viejo.
-Tengo que volver. Dejé a Duque solo.
- ¿Nadie puede pasar por la casa?
-Cerré con llave, por los ladrones.
-Dame para acá y mando a alguien.
-No,
tío, Duque ataca a cualquier extraño cuando no estamos nosotros. Ya lo conocés.
-Si,
está bien, ya me mordió una vez tu jodido perro. Pero dejá que uno de los míos
te lleve.
Acepté, pero antes tenía que esperar el
resultado de la operación. A la diez de la mañana apareció uno de los
cirujanos. Era viejo ya, pero el neurocirujano más respetado del país por ese
entonces.
-Alberto, este es mi sobrino.
-Un
gran gusto, muchacho. Tu mamá está estabilizada, en coma inducido, por
supuesto.
-
Palabras fáciles para los legos, por favor-dijo el tío.
Cisneros pidió disculpas y le costó un
rato hallar las palabras adecuadas.
-Tu madre ya no va a ser la misma, Tomás. Partes
de su cerebro han muerto, por los golpes, pero también por los coágulos. Los
huesos ya no sirven, habría que ponerle una prótesis.
-Palabras compasivas, Alberto, por favor…
El doctor Cisneros lo miró con encono.
-Ya es un chico grande, ¿no?
Así era, y había que esperar. No quise
perder tiempo y le pedí al tío que me dejara ir y me mantuviera al tanto de lo
que pasara. En cuanto arreglara que alguien cuidara a Duque me volvía a la
capital.
Llegué a casa. Le dije al oficial que me
trajo que se volviera a Buenos Aires, no lo necesitaba. Era parco, de los que
el tío se rodeaba como hombres de plena confianza. Pedro, se llamaba, parecía
lento de mollera.
-Mis órdenes son de esperarte, el coronel
me mata si sabe que te dejé solo.
-No te preocupés. Andá nomás a pasar la
tarde en la esquina de la 98 a dos cuadras. Vas gratis, decí que lo pongan en
la cuenta de los Ansaldi.
El
Falcon arrancó. Entré a casa. Duque apenas se distrajo de su vigilancia para
recibirme. Papá estaba en el mismo lugar donde lo había dejado, pero apoyando
la espalda en el horno que seguía encendido y le había quemado la espalda.
Tenía los brazos y las piernas llenas de heridas. Seguramente quiso levantarse,
pero Duque se había encargado de eso.
Lo arrastré por la cocina y el pasillo
hasta la habitación chica que usábamos cuando alguien se quedaba a dormir,
estaba al fondo de la casa con sólo una ventana que daba al patio trasero. Me
costó media hora, con descansos, llevarlo y subirlo a la cama. Tenía huesos
rotos en los brazos y las piernas por las mordeduras. La cara seguía cubierta
de sangre seca. A veces, protestaba con ese sonido gutural que nadie escucharía
en muchos años. Le lavé la cara, que tras las costras no era más que colgajos
de músculos, huesos de la nariz rotos, sin cejas ni labios. Parecía una
calavera. Lo desnudé y lo aseé un poco. Movió un brazo para agarrarme la mano.
No tenía fuerza. ¿Me escuchaba? Seguramente.
-Yo me encargo de vos, viejo. Estás en
las manos de tu hijo que tanto te quiere.
Se infectaría, por supuesto. Su dolor, en
cambio, no me importaba. No podía gritar, así que no me importaba. Pero si yo
pretendía cumplir el ambicioso plan que me había propuesto, que había surgido
como una revelación desde alguna parte escondida de mi mente, allí donde los
antiguos anatomistas han dicho que está el alma, no debía dejarlo morir. Lo
alimentaría todos los días, limpiaría su mierda, también, porque a diferencia
del abuelo, yo aplicaría la purga de otra manera. Esa sería mi vida desde
entonces.
Cubrí la ventana con ladrillos del lado
exterior. Duque me veía hacer, recordándome su comida. Le día agua, le hice una
gran cacerola de recompensa.
Volví a la habitación. El viejo se había
movido un poco, jadeaba de fiebre. Le inyecté antibióticos que me robé del
hospital. La primera dosis de muchas. Lo dejé desnudo en la cama. Su cuerpo era
una tragedia, una estrambótica caricatura de lo que había sido. Cerré la puerta
con llave. Corrí el armario.
Sonó el teléfono a las seis de la tarde.
Mamá había muerto hacía un rato. El tío se encargaría de todo, que durmiera en
casa y que Pedro me llevara en la mañana para las exequias en el panteón de los
Ansaldi en la Chacarita.
Tras la puerta tapiada, el silencio.
El pasillo oscuro era un estrecho umbral
donde la noche luchaba sus batallas contra los muros. Pero la única salida
había sido abolida.
6
Por
lo menos hasta la intromisión de Laura, la cual aborrecí y maldije hasta el
punto de que querer matarla con la pala que agarré para desenterrar la única
presencia real de mi vida. Pero las manos de Laura, al abrazarme, volvieron a
rescatarme por un tiempo. A mi viejo se lo llevaron en una ambulancia. Me
dijeron que se murió en cuanto la luz del día le iluminó el cuerpo lleno de
cicatrices y pústulas que nunca habían sanado. Ángel Ansaldi vio el cuerpo una
sola vez, antes de enterrarlo en el panteón junto a mi vieja. Me hizo la cruz
para siempre. Estaba sonado. No me libraría de su influencia y sus caprichos
por el resto de mi vida.
Seguí camino hacia el Abasto. Sin pensarlo
demasiado, mis pasos me llevaban de vuelta al departamento de Claudia. ¿Para
qué? ¿Anunciarle que su hijo iba a tener la mejor vida con los Saravia y los
Gonzaga, pero que no lo iba a volver a ver el resto de su vida? Se mataría,
probablemente. Yo lo haría, es decir, lo haría por ella.
Acaso el castigo que impuse a mi viejo
fue algo inútil, y sin embargo necesario. Pero hay cosas que son útiles para
algunos, pero no necesarias para la mayoría. Evitar el dolor de alguien no es
imprescindible, y sin embargo cuánto lo agradece el ser al que aliviamos del
dolor.
A veces me pregunto si los que
condenaron, clavaron y mataron a Cristo no fueron instrumentos de una inmensa
estrategia de salvación por el dolor y el remordimiento. Vivimos con la culpa a
cuestas, y de pronto nuestra alma apesadumbrada por el encierro de la carne, se
expande, se libera y ¿es feliz? ¿Eso es todo? ¿El cuerpo de carne y hueso es un
muro, una cáscara que nos separa de lo etéreo, del éter al que llamaba Aristóteles
la sustancia vital del universo?
Sólo sé que hay cosas que están bien, y
que no coinciden con lo que debe hacerse. El chico que ahora dormía en una casa
de Belgrano estaría mejor, sin duda, de lo que estaba antes. Era necesario. El
dolor encerrado en la habitación de mi casa, la putrefacción y la mugre que mi
viejo olía cada día, no estaba bien, por supuesto, pero era necesario. Cuando
él me abrazaba y me cuidaba en el burdel, era su forma de protección, era lo
que necesitaba hacer para que su pasado tuviese sentido. De otra forma se
habría suicidado, pero amaba demasiado los éxtasis que le ofrecía la vida para
privarse de ellos.
Lo fatalmente necesario es la ausencia del
remordimiento, esa plaga de garrapatas que chupa la sangre toda la vida hasta
dejarnos exhaustos. Sin esta barrera, el camino se ve más claro. Los errores
pierden vigor porque el dolor no impide su resarcimiento y las pérdidas se
compensan sin nostalgia. Cristo es un lujurioso monaguillo nacido del esperma
del cerebro humano.
Llegué a la puerta del edificio de
Sarmiento. La noche era igual que la víspera, y por un momento casi me convencí
de que no había pasado nada de lo que creía recordar. Los mismos faroles
encendidos en la puerta, las hojas de diario en el vestíbulo arremolinadas
junto a la entrada, el perro acurrucado como un ovillo de pelo duro sobre el
bordillo de la acera, la misma pizarra con las ofertas del kiosco de al lado
atada con cadena al poste del alumbrado, los mismos coches estacionados. Sin
embargo, lo que cambiaba todo era el recuerdo, ese monaguillo con ambiciones de
obispo que todo lo registra en las cuentas del debe y del haber, que no se
olvida de la más mínima impronta dejada en la piel y la carne de los corderos
de Cristo.
El portero eléctrico no funcionaba, decía
un cartelito pegado con cinta scotch. Y habían dejado la puerta sin llave. Me
di cuenta de que la noche del viernes había visto el mismo cartel, ya era
viejo. Todo confluía, me dije, en la noche. Los astros, que acaso ni Dios puede
controlar, se avecinaban para espiar nuestra conducta como en una casa de
muñecas. Pronto, sacarían el techo o las paredes de esa vieja escenografía y se
dispondrían a regocijarse con los diálogos no escritos de la fatalidad, una más
de las para ellos vitales contradicciones que renuevan su imperio.
La
luz del vestíbulo, titilante y opaca. El espejo frente a la ascensor, testigo
mudo y paciente de las bestias humanas que entraban en la jaula que parecía conducir
al cielo o al infierno. ¿Era, acaso, el espejo, la contaduría eterna de Dios?
Tantas veces me he preguntado quién me mira desde el espejo, quién esa criatura
que sonríe desde el fondo, tras mi imagen. ¿Quién no ha visto, mirando a
alguien observándose en un espejo, que algo o alguien sonríe tras los vanidosos
gestos de aquel otro que está contemplando su reflejo, su ropa, su maquillaje,
su postura? Siempre esa presencia que estropea todo regocijo. Por eso yo había
quitado el espejo del cuarto de mi viejo cuando lo encerré. No tanto porque
fuese a lastimarse al tropezar estando ciego, sino por esa presencia del espejo
que al no tener quien la observase, se enfadara y decidiese invadir la realidad
de la habitación.
No haría ruido ni me delataría. La
sorpresa debía ser el detonador para Claudia.
Sin embargo, en el rellano de la escalera
del segundo piso, me encontré a una vieja, que aparentemente me esperaba.
- ¿Usted viene a ver a la del tercero? -
me preguntó, señalando con el pulgar hacia el techo. Parecía media ciega, sino
del todo, y su presencia en el descanso de la escalera parecía ser tan natural
como el de una antigua ave mitológica encargada de cobrar el peaje a zonas
prohibidas. Ciega como la justicia, ciega como la muerte.
Asentí con la cabeza.
-Por
lo menos, se ve que no es lenta ni perezosa. Dígale que mañana paso a cobrarle
los meses que debe.
- ¿Usted es la dueña del departamento?
Se
rio.
-Me ocupo de cobrar para el doctor, que es
el propietario, nada más. Vivo en el cuarto.
Me dejó pasar. Ella se quedó, no sé hasta
cuándo.
Toqué el timbre del departamento de
Claudia. No creía que estuviese durmiendo, no eran más que las diez y media u
once de la noche, o tal vez más temprano. El día, sin embargo, parecía haber
concluido en ese lugar. El silencio era propicio para el tiempo y el espacio de
la madrugada.
Dos
timbrazos y unos golpes educados en la puerta, que en el palier sonaron con
estruendo de impaciencia. Sabía, porque había mirado por ella, que la mirilla
de la puerta estaba obnubilada y no servía.
- ¿Quién es? -.La voz de Claudias sonaba
tan diferente, como lo único que desentonaba con la noche anterior.
Le contesté, sabiendo de antemano su
reacción.
- ¡Andáte!
La voz era un chillido que apenas
traspasó la puerta.
-O llamo a la policía.
-Si no lo hiciste esta mañana, Claudia, no
lo vas a hacer ahora. O querés que te quiten a Diego.
El silencio fue la respuesta que yo esperaba,
la ingrata sorpresa sobre los desprevenidos.
- ¿Qué tenés que ver con Diego?
Su
voz, intentando serenarse, era como un auto antes de perder el control,
austeridad intentando negar el miedo.
-No te puedo decir si no me abrís.
-Me estás mintiendo-dijo, estirando un
salvavidas que ya estaba roto desde el principio de la conversación.
Por eso abrió la puerta, sin destrabar la
cadena que apenas dejaba un resquicio de diez centímetros para la mitad de su
rostro.
- ¿Qué tenés que ver vos, hijo de puta,
con mi hijo? - la amenaza se tornó en desgarro: - ¿Qué sabés? Decime….
-No hagamos escenas, Claudia, la vieja
del cuarto está en la escalera como un pájaro de mal agüero.
La vi tornar el ojo asomado hacia el
pasillo, oscurecido hacia el hueco de la escalera.
Cerró la puerta, descorrió la traba y me
dejó entrar.
Nos quedamos en ese simulacro de pasillo,
entre una pared muerta y otra en la que se abría la puerta de la cocina un par
de metros más allá. En la pared muerta, sin embargo, colgaba un espejo, apenas
iluminado por la luz que se escabullía desde la cocina. La sombra era la dueña
de la imagen reflejada: Claudia y yo como dos figuras sometidas a una vida de
esclavitud mutua.
Pero
ambos estábamos, por ahora y en esa noche de sábado, apartados por el vacío
donde el resquemor creaba grietas que se extendían y se agrandaban.
Y allí,- me di cuenta cuando vi la mirada
de Claudia hacia el piso-, estaba Duque.
- ¿Y ese perro?
Levantó la vista otra vez hacia mí, esta
vez enojada, sin temor.
-Sos de esos, ¿no es cierto?
- ¿Esos cuáles?
-De los de arriba, con perros y autos,
llevándose a todo el mundo.
No sabía si hablaba de realidad o
misticismos, su comentario era una alegoría tanto de la realidad sociopolítica como
de la sensación que yo tenía de mí mismo desde hacía mucho tiempo: un mensajero,
¿un sicario?
-No te preocupés por él, viene y se va
cuando quiere.
La llevé hasta el sillón frente al
televisor, encendido y sin volumen. La pantalla se reflejaba en el ventanal del
balcón, con la persiana levantada y las cortinas corridas. Podían escucharse
sirenas de la policía y verse los arcos de Abasto.
- ¿Viste el desfile por el balcón?
Se sentó despacio. Sí, le había hecho
daño esa mañana, la había desgarrado, probablemente. Pero eso no era nada con
lo de esta noche.
- ¿Qué querés? - me dijo, largándose a llorar, agarrándome una
mano, apretándola con fuerza como si quisiera lastimarme, pero ella imploraba.
- Decime de Diego, ¿cómo lo conocés?
-No me dijiste que el padre se había
muerto en las islas.
- ¿Y por qué tenía que decírtelo? No era
nada para mí. Me embarazó y desapareció. Yo crie a Diego sola…
Se
encogió de hombros, condescendiente consigo misma y su argumento. Miró a Duque,
sentado en el piso al lado del televisor. Nos observaba, y desde la pantalla se
repetían las imágenes de la aglomeración en la Plaza, una y otra vez.
-Diego
va a estar bien, Claudia, no tenés que preocuparte más por él.
- ¿Ustedes se van a encargar de él?
- ¿Nosotros? ¿Quiénes?
-Ustedes, los usurpadores.
Pensé en Laura, y fue como escucharla
luego de tanto tiempo.
Señalando la televisión, le dije:
-Los ingleses, Claudia, son los
usurpadores de las islas. Nosotros las recuperamos.
Recité la seguidilla de frases hechas que
intentaron en vano durante mucho tiempo de justificar los actos y convencer a
la mayoría, esa inexistente entidad de la que se vanaglorian en conocer los
necios.
- ¿Y para qué viniste, entonces?
Las sirenas se acercaban hacia el Once. No
eran siquiera las once de la noche. El número repetido: mi número favorito de
niño, la cábala impuesta por cumplir más de lo que me pedían. El diez de la
escuela en los cuadernos de clase era un azar, pero el once siempre estaba ahí,
imposible, pero siempre cierto. Mi viejo el número once, el del cuerpo fuerte
como el de un Atlas de gimnasio, el que me llevaba de la mano a conocer a las
mujeres, el que me enseñaba en el auto lo que debía y no debía hacerse,
estacionados bajo la sombra de algún viejo edificio. Ese cuerpo que emanaba
calor y protección, los puños que se abrían como una concesión
irremediablemente ansiada. Y la caricia en el pelo era un ademán de poder y
sumisión, la ambigüedad como norma, la dicotomía como éxtasis.
Le acaricié la cabeza a Claudia. Ella la
recostó sobre el respaldo del sillón, y se dejó tocar. ¿Qué había pasado
durante la tarde? ¿En qué habría pensado que ahora se abandonaba así, tan
sumisamente?
- ¿En qué pensás? - le pregunté al oído, rozando
su piel con los labios.
-En que todavía no sé, o no me acuerdo,
cómo te llamás.
Hablaba con los ojos cerrados, atenta a
las sirenas que se acercaban, muy lentamente, indecisas, intermitentes, desastrosamente
inadecuadas para otra cosa que no fuese el suplicio.
Entonces murmuré mi nombre junto a su
oído.
Me asenté sobre ella, como hacen los
buitres.
Le tapé la cara y la boca con mis manos.
Los minutos pasaron lentos y seguros. Las
sirenas se acallaron. El perro en la vereda empezó a ladrar. Duque había
desparecido.
No eran las doce de la noche. El sábado de
abril no había terminado.
Levanté su cuerpo, la llevé a la cama. Le
saqué la ropa y me desnudé con ella. Su silencio me defraudó, como el silencio
de mi vieja.
Me vestí, dejé billetes sobre los billetes
que aún permanecían intactos sobre la mesita de luz.
Tomé el ascensor, no quería ver a la vieja
en la escalera.
Mi descenso debía ser un viaje solitario y
sin regreso.
Ilustración: Robert Bubel

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