sábado, 8 de agosto de 2026

Los usurpadores

 









1

 

 

 


La conocí en un boliche del Once, sobre Jean Jaurés, a media cuadra de Rivadavia. Ahí nomás estaban las vías del Sarmiento, corriendo entre altos paredones unidos por puentes cortos y estrechos. Los autos iban y venían, y uno podía detenerse en el sendero peatonal y mirar hacia abajo el paso de los trenes. Era la primera vez que iba a ese boliche, fuera del ámbito habitual al que la familia me aconsejaba, el tío Ángel sobre todo. Me tenían entre ceja y ceja, así me dijo, y me estaban vigilando. Por eso yo me escabullía del barrio recoleto donde estaban los bares, boliches y puteros en los que acostumbraban a reunirse los milicos, y me zambullía en la multitud inexpresiva de los barrios populares. Allí, en medio de la estación del Once, sembrada en los rincones por mortíferas semillas de vagabundos y pordioseros, repletas las esquinas de Cangallo y Pueyrredón por putas que se dispersaban hacia la plaza de Miserere y hacia la zona semi abandonada, semi escondida, esas cuadras previas a la estación donde el amplio pozo de las vías era imposible de cruzar más que por los escasos puentes, obligando a largas caminatas o vueltas de colectivos. Calles medio muertas desde las cinco de la tarde, sobre todo en invierno, y muertas del todo por las noches, exceptuando, por supuesto, a las garrapatas nocturnas y a los gatos que intentan evitarlas. Hablo, claro, de los indigentes apoltronados en las veredas, a las prostitutas que deambulan cansadas, travestis incluidos, y los trasnochadores que caminan  con las manos en los bolsillos y un cigarrillo entre los labios, la facies ojerosa, con un sobretodo viejo si es invierno, o una remera con la marca de YPF que apesta a nafta, igual que el aliento y las manos de esos hombres, que tal vez no son hombres, sino meros remedos de esqueletos dominados por la ansiedad, rascándose la entrepierna de puro excitados, tocándose el culo y oliéndose la mano para comprobar lo que ya saben: la suciedad imperecedera de un calzoncillo que no se cambian porque la cabeza no les da para eso. Y también están los curiosos, los que buscan uno o dos veces las famosas pringosidades del suburbio cantadas por tangos viejos y que ya no existen. Es que el olor queda, y la atracción del empedrado o el asfalto, de la orina en las cunetas, de los gatos que cruzan la vereda raudos y misteriosos, y por encima de todo eso, las paredes de las casas viejas, de los portones con candados y de los zaguanes llenos de hojas y basura, donde no se sabe si hay gente viva o muerta.

      Pensando en todo esto, entré al boliche y la música disco sonaba fuerte. Donna Summer, tal vez, que resultaba una parodia en un local que no era más que un galpón o depósito reciclado. Eran tiempos de falopa y dólares, los últimos, creo. Los Ansaldi somos previsores e inteligentes, y aunque no fui yo quien precisamente pensaba en todo eso: la patria, el porvenir y la política, mi familia sí era experta en sobrevivir de la mejor manera. Pronto, con la guerra a cuestas, que todo el círculo familiar consideraba el gran desastre, la inmensa boca negra que amenazaba con comerse las virtudes del holocausto de todos los pasados años, la larga dictadura de los idas y vueltas, de las falacias económicas, del mundial de fútbol, olímpico, ancestral y divino, enorme y soporífero de las buenas costumbres, sobre todo de la endeble conciencia humana. La guerra era la apoteosis con la que un general esquivo a la política militar reinante, a las santas leyes proclamadas en el Círculo Militar, asentadas sobre escritorios de noble madera y firmados con lapiceras Parker, mientras el sonido del roce sobre el papel moría bajo la carraspera de los viejos coroneles. El cáncer daba vueltas por esos claustros, también, las próstatas moribundas que esparcían las células cancerosas como antes lo hacían con su sustancia vital.

     Pero el ya no tan joven general en el ejercicio de la presidencia de la república no hizo caso alguno. Se aferró a su delirante idea, tomar las islas que no eran argentinas más que el nombre, en el quebradero de cabeza de los documentos históricos que ya nadie sabía ordenar con precisión. El canto del cisne, pero la legendaria ave que el general intentaba imitar, se tambaleaba de puro borracho, según decían, su largo cuello inclinándose sobre el agua que debía creer eran las aguas del Atlántico Sur, y su canto no era el sonido de un oboe, por supuesto, sino la tos agrietada del hombre frustrado, de un hombre cualquiera, que por ser precisamente eso, hombre y frustrado, bestial simbiosis, implacable destino, irremediable sentencia y atroz huracán de males, derramó la catástrofe sobre el país. Y las ruinas duraron y se esparcieron, creciendo durante muchos años.

     ¿Pero quién podría saber todo esto? Meras conjeturas mías, fueron pensamientos que danzaban al ritmo de la música que se interrumpía porque el disc jockey debía ser un chico medio drogado que discutía, probablemente, con una mina que se regodeaba en hacerlo esperar, en excitarlo más, hasta que ella, cediendo, lo dejaba hacer ahí nomás, en el balcón donde estaban los equipos, a poca distancia del techo de chapa, peligrosamente expuesto a los cortos circuitos de los enchufes sobrecargados. Y mientras eso durara, la música continuaría su viaje: la genial Donna, o la cumbia que recién comenzaba a hacer estragos. Nadie me conocía por ahí, había decidido cambiar mis rumbos solitarios por un tiempo. A veces algunos boliches de Flores, pero tan llenos de peruanos y bolivianos que me encontraba desubicado y sentenciado a juzgar a pesar de mis débiles esfuerzos en contrario. Entonces salía a la vereda, caminaba muchas cuadras hasta Villa Luro y me metía en el cine condicionado hasta que cerraba. Los tipos se sentaban en la batuca de al lado y estiraban la mano. A veces les hacía caso, otras no. El hastío, finalmente, era el mismo.

      Pero en este boliche del Once había muchas mujeres de treinta, y eso era lo que me interesaba. No las adolescentes que buscaban en mi un tipo de experiencia para contar a sus amigas, o alguien que, a diferencia de los pibes de su edad, tuviera plata para bancarles lo más o menos inocentes caprichos, una pollerita de moda, unas botas de gamuza, o algún hotelito de por ahí cerca. Rubias o morenas, flaquitas o tetonas, lo esencial era que no hablaran, porque de hacerlo, el artificio se venía abajo con toda la estantería. Lo esencial, repito, era que utilizaran la boca en algo más útil.

     Sentado en la banqueta del bar, con un porrón en la mano, husmeaba con la vista en los traseros difícilmente virginales que se contoneaban con la música. Unos me rozaban al pasar, otros se escabullían.

     - ¿Encontraste algo interesante?

     Una mujer me hablaba acodada en el bar. Castaña teñida, seguro, pero por lo menos no era el rubio que ya me dejaba indiferente. Con el juego de luces yendo y viniendo por la cara, recorriéndole el cuerpo, parecía a veces pelirroja, a veces trigueña, a veces del color del almendro.

     -Nada-contesté.

     - ¡Qué lástima! Yo estoy igual que vos.

     - ¿Y qué andás buscando? - le pregunté, mirándola ahora de frente. Se había puesto a beber de mi cerveza.

     -Nada especial, ya sabés. Pasar el rato.

     -Pucha-le dije- para eso no vale la pena levantarse de la cama y vestirse como vos, tan…

     Tenía una remera de manga corta negra y con unas estrellitas formando un arco en las tetas, que estaban bien bien, por lo menos así parecían. Una minifalda de jean le dejaba ver las piernas, buenas, aparentemente, en la dudosa luminosidad del lugar. Linda cara, nada del otro mundo, pero una cara de cierta… ¿cómo decirlo? … inteligencia. Buscaba lo que se busca en ese sitio y en esas noches, pero no se conformaba con cualquier cosa.

     -Terminá, ¿tan qué?

     -Sexy-le dije, riéndome del lugar común, sin darme cuenta de que en la Recoleta el dinero ni la educación exceptuaban del mismo decálogo.

     -Gracias, pero es la pilcha de siempre. ¿Vos es la primera vez que venís?

     -Sí, ¿se me nota en la cara?

     -¡Nooo!- dijo, tapándose la boca con una mano. - En la ropa, nomás, tan endomingado como decimos en mi pueblo, porque yo soy de Baradero, me vine hace años. - Me echó una mirada de pies a cabeza e hizo una mueca rara. -Vaqueros caros, botas buenas, la chomba del pingüinito…

     -¿Y con todo eso ya te hiciste una idea de cómo soy?

     -Bueno, ayuda mucho. ¿Acierto? Vos dirás.

     Dejó el porrón en el bar y apoyó una mano en el asiento de mi banqueta. Parecía olerme.

     -Un perfume de lo más fino, nada de Colbert u Old Spice.

     Me reí, por supuesto. La mina iba rápido y hablaba bien. No estaba mal para cambiar.

     - ¿Cómo te llamás? - le pregunté.

     -Claudia. Vos debés ser un Anchorena, y pasaste más de la mitad de tu vida en Europa.

     Se puso a dar paseos con sus dedos en la palma de mi mano.

      -Como adivina sos un fracaso - le dije. -Apenas de La Plata, Claudia, y mi apellido, ¿quién lo conoce?

     -Se me ocurre que sos una cana al aire, pero bueno, de esos hay en todas las familias, no se necesita tener dinero para ser un vago.

     - ¿Así me ves? ¿Como uno de esos tipos que andan buscando minas hasta los cincuenta y pico, o hasta cuando ya no pueden, y después se mueren solos en la cama, de un infarto, y los encuentran días después, ya medio podridos?

     Me miró con ojos asustados.

     -Como dicen en Baradero, “vos lo dijiste”. ¿Y ahora quién es el adivino de sí ¡mismo?

     - ¿Vos no te conocés, acaso?

     Miró alrededor, la gente bailando, parejas apretándose en los rincones.

     -Creo que me confundí, ¿o estoy en un seminario de filosofía?

     Pedimos más alcohol, vodka, creo, y ron después, y un whisky que terminó volteándola. Se me tiró encima, estaba mareada y hablaba con voz gangosa.

     -Te llevo a tu casa, Claudia.

     -No, no, déjame sentarme un rato que ya se me pasa. No tengo costumbre, ¿sabés?

      Abrió los ojos observándome como si esperase verme reír de lo que había dicho. Podría haberlo hecho, claro, una frase tan cursi denotaba ignorancia o falsedad. No era ninguna de las dos cosas. Era su alma pueblerina que se libraba de Buenos Aires esa noche. La llevé a una mesa y nos sentamos. Le acaricié los brazos, comencé a besarla. Ella se sacó los zapatos de tacón y subió un pie por mi pierna, por mi muslo, y se quedó en la entrepierna. Yo tenía ya los testículos duros, y ella, más que insinuarse, me excitaba para que me la cogiera ahí mismo. La minifalda no era nada, y la ropa interior un pedacito de trapo que descubrió con facilidad lo realmente interesante.

     Algunos nos miraron al pasar cerca, se detuvieron unos segundos y siguieron de largo. Claudia, de pronto, me agarró las manos con fuerza y dijo:

     -Pará, pará un poco…

     - ¿Qué pasa?

     -No sé tu nombre.

     Me reí en su cara, no pude evitarlo.

     - ¿Y eso qué? ¿Es una condición?

     La besé con fuerza, le murmuré escabrosidades que tal vez no hubiese escuchado antes. Vi sus ojos asustados, asombrados, excitados.

     -Pero tu nombre, querido.

    - ¿Y vos?

    -Ya te dije, Claudia-. Jadeaba, pero no me soltaba las manos. -Claudia Pereyra, de los más vulgar, ¿viste?

     -No importa, los Pereyra, los Pereyra…-pronuncié como en éxtasis una oración, mientras la besaba y le manoseaba cualquier parte del cuerpo que encontraba bajo la mesa. Ella sudaba.

      - ¿Y vos?

     Y cuando estuve por pronunciar mi nombre, sonó el estruendo.

 

     Venían haciendo razias en los boliches desde ¿cuándo? Siempre y en todas partes, pero sobre todo en las ciudades donde se sabía que estaban los centros de estudiantes más politizados, y los comités de izquierda. Córdoba, Rosario, La Plata, donde los descampados aledaños eran el paraíso para los cadáveres. Y Buenos Aires era el epicentro. Las razias se limitaban a los boliches de los barrios de clase media, porque ahí estaba el centro de cultivo de las ideas revolucionarias. La clase media era la medianamente educada, la que leía la mitad de un libro de Marx y eso era suficiente para la conversión de por vida. Y el protestar primero, y hacer revuelos de cosas públicas, y el tomar las armas.

      En las razias pedían documentos, que casi nadie llevaba encima. Los juntaban en dos o tres celulares y en las comisarías correspondientes los encerraban por una noche o dos, con la excusa de averiguación de antecedentes. Toda la noche era un desfile de chicos y chicas, en su mayoría menores de edad, poniendo los dedos en la tinta de sello y estampando la huella dactilar. A casi todos los soltaban en la mañana, pero a los que tenían caras sospechosas, comportamientos, quizá, o simplemente no les había caído bien al personal de turno, lo retenían varios días, hasta que algún pariente venía a buscarlo. De esa forma, se encontraron muchos enemigos. A veces, se detenía a doscientas personas para buscar, o nada más que justificar, la identificación y detención de alguno al que se estaba persiguiendo con especial interés. Hubo accidentes, balas perdidas, todos ellos desaparecían. Todos sabíamos los sitios de detención, la Quinta Seré, por ejemplo, o los campos de Madariaga, donde kilómetros y kilómetros de cuerpos desconocidos estaban bajo tierra.

     El estruendo, entonces, fue a causa de los portones de metal, tirados a bajo por el escuadrón que ahora entraba en el boliche y disparaba al aire. Pedazos de mampostería y astillas de madera caían del techo, la gente gritaba, corría o se tiraba al piso si es que había escuchado las órdenes del cabo encargado.

     Claudia y yo nos tiramos al piso. Ya sabía lo que iba a pasar, y me di cuenta de que ella también. “Otra vez”, la oí decir, con la boca contra el piso, y yo encima de ella, cubriéndola como si quisiese protegerla. Estaba ebria, y se tomaba la situación medio a risa. Le dije que se callara, que no los provocara, que, si no la llevaban a la comisaría, que confiara en mí. Hipó, se rio, y dijo: “Sí, querido”.

       Los milicos levantaban a la gente a punta de fusil o los arrastraban hacia la salida. Algunos muchachos, envalentonados por el alcohol, se resistían e intentaban dar puñetazos inútiles. Terminaban con ellos con un culatazo y los tiraban en el interior del celular.

      Dos botas se nos detuvieron enfrente.

     - ¡Arriba, carajo! -dijo el cabo.

     -Ya estamos, oficial, ya estamos- dije. -La señorita está bebida y no se puede tener en pie sin mi ayuda. Entonces, al mirarlo a la cara, lo reconocí. Era el hijo menor del general Saravia, amigo de mi familia, y especial compinche de tío Ángel.

     - ¿Qué hacés acá, viejo?

     - ¿Qué querés? Para cambiar un poco…

     -Y cambiar de conchas- dijo, mirando a Claudia, que se restregaba los ojos. Si había escuchado, no se ofendió. Pero enseguida me miró, otra vez asustada, o más bien intrigada.

     -Sentáte acá, esperáme que te llevo a casa.

     Con Saravia nos apartamos unos metros en medio de las sillas caídas, casi a oscuras porque habían roto las luces con los tiros, y hablamos.

     -¿Sabés lo de mañana?

     -Claro- le dije. -Todos los saben.

     -Es un triunfo del general, ¿no es cierto? El país vuelve a estar con nosotros. Están reuniendo gente para llevar a la plaza.

     -¿Para eso es esta razia?

     -Claro, los metemos a todos en los calabozos y los soltamos en la plaza, advertidos, por supuesto.

     -Sí, por supuesto. -Repetí como un eco, sabía que por lo menos a la mitad de todos los que hubiesen terminado de detener en capital y provincia obedecerían sin chistar por más que no los amedrentaran. Ya se venía revelando, desde hacía mucho, el número de muertos.

     -Bueno, Tomás. Nos vemos mañana, viejo. Ya sabés dónde estamos. Suerte con la víctima- me dijo, riéndose al manotearme la entrepierna. La tenía ansiosa, todavía, y no iba a dejarme en paz hasta sacarse el gusto.

      Volví con Claudia.

      - ¿No nos llevan? -preguntó, agarrándose la cabeza, le dolía, y la resaca comenzaba. Pero la noche era joven, todavía. La ayudé a levantarse, pero se durmió apenas se apoyó en mí. Tuve que llevarla arrastrando los pies descalzos, los zapatos habían desaparecido en algún lugar del boliche. La acosté en el asiento posterior del auto. El Ghía arrancó, pero acababa de darme cuenta de que no sabía su dirección. Si la lleva a mi departamento, el portero le diría a mi tío, y ya no quería más problemas. De puertas afuera, me había dicho, cogéte a las que quieras, pero no las traigas. Sí, tío, le dije, estoy en penitencia desde hace mucho. Y más te vale seguir, Tomás. Tu viejo, querido, era mi hermano. Sí, tío, sí, vos me salvaste. Sin vos, estaría en la cárcel. Sin vos, tío, mi vida no valdría nada. Sin vos, tío, el país se vendría abajo.

     Busqué en la cartera de Claudia algún documento. Ahí estaba, por suerte. No por nada era una mujer adulta que no salía sin su documento, aunque fuera escondido en la bombacha. No era el caso, pero ahí estaba. Calle Sarmiento, cerca del Abasto. Muy cerca. Y las llaves en la cartera, junto con el estuchecito de los cosméticos y la cajita de píldoras, de varios colores, alguna de las cuales detendría al peligroso espermatozoide que se infiltrara en la entidad de su departamento privado. La píldora anónima, como todo buen asesino bienintencionado.

      Era el tercer piso de un edificio viejo, con ascensor de jaula que rechinaba en medio de la madrugada a las tres de la mañana. Cruzamos el pasillo, ella murmurando entre sueños, yo buscando la llave correcta. El felpudo de la entrada fue lanzado por sus pies hasta cerca de la escalera, allí quedaría hasta la mañana. Desde las puertas de los vecinos, sin duda algunas mirillas debían estar espiando sin contemplaciones.

     Adentro, la dejé en la cama, le saqué la ropa y fui al baño, antiguo como el edificio, de sanitarios con herrumbre, pero de losa tan sana como ya no se fabricaban. El botiquín lleno de cachivaches de mujer sola, lápiz de labios gastados, toallitas higiénicas, algodón usado, papel higiénico en el piso, frascos de píldoras sin nombre, peines de diferentes tamaños y fragmentos de espejitos rotos. En la bañera, corpiños y bombachas colgando de los grifos y de la ducha. Me abrí paso entre esas cortinas de ropa interior, me desnudé y me di una ducha. Volví al dormitorio. Claudia me miraba.

     - ¿Cómo estás?

     -Con ganas de vomitar, pero ya se me va a pasar.

     Me miraba con cierta ofuscación.

     - ¿Qué pasa?

     -Nada.

     Ella miraba a un hombre desnudo que estaba en su dormitorio, a quien había conocido dos horas antes, que la había emborrachado, quizá, y que sin duda era un milico más, a juzgar por la familiaridad con la que lo había visto actuar esa noche. Pero nada de eso era del todo cierto. Nadie la había obligado a beber de más, ni a conversar con ese hombre ni a manosearse con él. Era por eso por lo que los vecinos la juzgaban. Nos habrían visto entran en plena noche y en pleno escándalo de ascensor, pasos fuertes, risas inevitables y ruido de llaves. Pero el mañana no llegaría hasta mañana.

     Claudia se sentó en la cama, me agarró las manos y las apoyó en sus pezones. Y ella puso su cabeza sobre mi pelvis, simplemente apoyándose, y la sentí llorar un poco, sólo un poco. Luego, hicimos el amor, si es que así puede denominarse. No había vuelto a preguntarme mi nombre. Seguramente, ya no le importaba.

 

 

 

2

 

 

Mi relación con las mujeres es ambigua, es inconstante, hasta podría decir que es inexistente. Está la historia de mi madre para explorar el tema, pero eso vendrá después. Primero debo hablar de Laura Casas.

     Era hija del panadero del barrio en el que vivíamos, en La Plata. Crecí viéndola crecer al mismo tiempo que yo, pero no nos juntábamos. Iba a la escuela pública, mientras que a mí me mandaban a las dependencias del Colegio Militar en La Tablada primero, luego en El Palomar durante la secundaria. Papá me llevaba y me traía todos los días, porque para ese entonces lo habían licenciado por hechos supuestamente violentos que él nunca quiso explicarnos, hasta que lo vimos hacer lo mismo en casa. Pero claro, esa es otra parte de la historia. La cuestión era que Laura se movía con toda familiaridad entre los varones del barrio, que eran mayoría. Las otras chicas no salían a jugar por las tardes, y aunque de Lidia Cortez se hablara mucho y poco se supiera con certeza, se comportaba casi como una adulta.

     Laura creció entre juegos de calle en las veredas, entre perros vagabundos y los chicos a los que yo miraba con envidia desde el auto en que mi viejo me llevaba y traía de la escuela. Como el viaje era largo especialmente a la vuelta, ellos ya estaban en la calle, corriendo, molestando a los perros de las Cortez, y parados en la puerta de la panadería. ¿Si yo me había enamorado de ella? Supongo que ya lo estaba en esa época, ¿cómo evitarlo viendo a la distancia el pelo castaño claro y salvaje mientras corría y sudaba en el verano, o la forma en que se ponía los guantes, lentamente, acomodando dedo por dedo, en el invierno, orgullosa de esos guantes de lana que supe, más tarde, le había tejido la madre?

      Cuando Clara Palacios murió de cáncer, ella salía únicamente en invierno a dar vueltas por la plaza. Fue entonces, cuando ambos ya habíamos terminado la secundaria, y mientras trabajaba en el negocio del padre despachando el pan y las facturas tras el mostrador, y cuando yo había conseguido un puesto de oficinista en una empresa de heladeras en Devoto, me decidí a enfrentarla.

     No sé por qué motivo uso esta palabra tan batalladora. Creo que veía a Laura como una presea a conquistar, abriéndome paso primero entre los chicos del barrio, que se habían esfumado en sus propios conflictos y la habían dejado sola, y luego en el interior de la panadería, tan urbanamente aristocrática, tan llena de aromas que parecían nacer cada mañana, morir con pausa de anís en las tardes, y renacer apenas amanecía al día siguiente. Y por sobre todo, vencer la presencia de Oscar Méndez, ese muchacho que tenía nuestra edad, que se había venido de Buenos Aires con cara sumisa y un tartamudeo que siempre me pareció fingido. Trabajaba de cualquier cosa en el negocio, pero la mayor parte del tiempo hacía de repartidor. Se levantaba muy temprano, apenas un poco después que Casas, preparaba la bicicleta con canasto como si fuese su Rolls Royce particular, y luego cargaba en la canasta de mimbre los panes recién salidos de la hornada. Yo también madrugaba para tomar el tren a Buenos Aires, y me lo cruzaba con un saludo casi mudo, él vigilándome al alejarme, de reojo, enojado por mi silencio y mi pulcro traje, con el diario bajo el brazo. Él, bajo, fornido, con boina, pelo corto y casi rubio, y ya fumando.

      Para no ser menos, yo sacaba mis Jockey Club y seguía caminando en la oscuridad matinal del invierno hacia la estación. Pensando, conjeturando en qué hacían Laura y Oscar en los ratos libres, acodados en el mostrador cuando ya la hora de la merienda había pasado. En el tren veía a los otros muchachos del barrio que se habían convertido en viajantes de comercio, los escuchaba hablar de mujeres y sus palabras me excitaban. Me tapaba el pantalón con las hojas abiertas de La Prensa mientras creía que el corazón me delataba.

      Fue entonces, repito, y una de esas tardes de vuelta a casa a las seis y media de la tarde, bajando del colectivo, cuando me decidí a hablarle a Laura. Pasé frente a la puerta del negocio, apoyé la mano en el picaporte de la doble puerta de madera, alta y angosta, como si entrara en una patisserie de Lyon. Y allí estaban ambos, riéndose, porque fueron sus risas las que percibí antes de verlos acodados en el mostrador, hablándose sin vergüenza, sin enconderse porque no había nada que ocultar. Un chico y una chica apenas salidos de la adolescencia, conversando, riéndose, probablemente, de pavadas. Eso era lo que yo no entendía y me aislaba: mi penumbra exterior era un estigma. ¿De dónde había nacido? Desde que podía recordarlo, siempre había estado ahí. De la mano de mi padre iba todas las mañanas a la panadería cuando era un niño, conocía el lugar y todas sus escasas modificaciones a lo largo del tiempo. Casas intentaba regalarme un caramelo que sacaba del botellón de vidrio cuando veía mi cara asomándose apenas en la superficie del mostrador. y siempre mi padre rechazaba el ofrecimiento, hasta que yo mismo aprendí a hacerlo. Pero Casas no había cejado en su empeño.

     La voz de Laura tenía las mismas entonaciones del padre. Y me quedé en la puerta un segundo apenas, para retroceder inmediatamente, y esperar, no sé qué, en la vereda, como hacía Duque, mi perro, cuando nos acompañaba.

     Al fin de cuentas, me dije, Duque me esperaba en casa. Desde la mañana temprano en que yo salía apenas con un mate en el estómago, dejándole preparados el agua y la comida para todo el día. Ya estaba algo viejo, y a veces lo encontraba en la misma alfombra donde lo había dejado acostado al irme. Se agitaba al recibirme, obligándose a levantarse con esfuerzo, él, antes tan musculoso, tan intrépido siempre. Un dóberman que mi padre me había regalado, apenas cachorro, de color casi rojo, que mi madre calificó del color del óxido. ¿Me pregunto si ella vio algo diferente en Duque? Como si ya viera la herrumbre y la vejez del alma de mi perro. Porque, aunque inquieto como todo cachorro, tenía en la expresión de su mirada una especie de pesadumbre a la que me sentí unido. Mucho después sabría que mi viejo lo había traído del campamento de La Tablada, esperando que Duque fuese el perro de vigilancia para cuidarnos. Nunca lo fue del todo, siempre había algo a lo que Duque se resistía. Papá, sin saber cómo llamar a esa negativa, la calificó de cobardía, de mariconadas en las que yo lo protegía. Ya grande, Duque se acostaba en mi cama al dormirme y no se levantaba hasta que yo lo hacía. Muchas veces, con los ojos cerrados, lo escuché gruñir. Tal vez fuese papá quien se acercaba, o mi vieja, tal vez, para arroparme.

     Crecí con Duque como con un hermano, o más que eso. Me acompañaba a la estación a veces, seguía al auto cuando me iba al colegio, recorría el barrio en mi ausencia. Pocos lo querían, y únicamente fue Laura quien se agachaba a acariciarlo cuando se sentaba ante la puerta del negocio. Los perros de las Cortez ladraban como las furias del infierno, pero él, como si nada, sometía su cabeza a la caricia de Laura.

     Esa tarde me fui a casa, acobardado, intentando convencerme de que me había humillado a mí mismo con ese intento frustrado, porque de esa forma me disfrazaba. Pero las palabras de mi viejo se repitieron como una lluvia de piedras en mi camino, como si hubiese presenciado aquella escena. Él estaba en todos mis actos, antes y después de hacerlos, porque estaba en mi cabeza, en algún galpón repleto de armas, aceite y cigarrillos, igual a los dormitorios de los conscriptos, de duchas sucias, de paredes con inscripciones obscenas, de inodoros sucios. La promiscuidad de los varones, había dicho mi madre, era lo que temía para mí. Por eso discutían con mi viejo, por eso él había traído a Duque, como si el perro fuese a enseñarme, pero lo que nunca sospechó fue que el alma de Duque era más noble que cualquier adoctrinamiento militar, que tal vez sea una de las más estrechas formas de la obsesión. La más rala, la más dura y severa, la más recalcitrante a cualquier incursión del sentido común. Evadiendo la filosofía, se enclaustraba en los cánones de la religión. Ambas, hermanas que se odian y que no pueden vivir una sin la otra.

     Cuando entré a casa, escuché el sonido del tren a lo lejos, en su última salida a Buenos Aires, ya tarde. Esperé el habitual aullido de Duque al silbido del tren, como dos largos cantos resonando por las calles de La Plata.

      Me recibió el silencio. El silencio era un intruso a esas horas en mi casa, una bestia que se había introducido aprovechando mi ausencia. ¿Y dónde estaba Duque para ahuyentarlo? Lo busqué en la cocina, sus platos estaban todavía llenos. Lo busqué bajo la mesa del comedor y en el patio trasero. El último lugar fue mi dormitorio, porque nunca se acostaría antes de que yo llegara. Abrí la puerta, encendí la luz. Ahí estaba, muerto en la cama.

     Me senté, le acaricié el lomo, tieso. Debía haber muerto durante la mañana. Y yo trabajando como si nada importante sucediese en mi casa. Me habría llamado con un quejido suave, quizá, pero estoy seguro de que ni siquiera eso se había permitido. Desde hacía varios años convivía con la soledad, y cuando me recibía, era a su propia conciencia a la que daba la bienvenida. Las horas del día eran de vigilancia alrededor del armario que tapiaba la puerta condenada. Que nadie saliera ni entrara era su consigna aprendida una noche de invierno, mientras resonaba el tren a lo lejos.

     Levanté el cuerpo, lo envolví con las sábanas que había ensuciado luego de morir, las viles, las traicioneras secreciones del cuerpo que delatan la porquería de que estamos hechos, ellos y nosotros. Los hombres y los perros.

    Lo enterré en el patio, bajo la luna de esa noche que ascendía sobre la ciudad. Ya no estaría su aullido para adorarla. Un ladrido menos en el mundo como una voz irreparablemente perdida para siempre.

 

     Estaba desolado, aunque suene sentimental y trillado. Ahora, si bien lo pienso, mi discurso es poco emocional, distanciado de las circunstancias. Eso lo ha aprendido mi alma a lo largo del tiempo: tejerse un pullover con lana de acero. Aún veo las cosas del pasado y sus olores, pero no puedo tocarlas. Únicamente ha persistido la tersura del pelo de Duque en mis dedos al tocarlo aquel día de su muerte.

     ¿Puede una mujer enamorarse de un hombre triste, apesadumbrado? ¿Incluso hosco y cerrado? Yo era todo eso, pero también fui el hombre que a la tarde siguiente regresó al barrio, sabiéndose solo en una casa habitada por fantasmas y cadáveres viviendo tras una puerta tapiada escondida tras un armario. Llena de olores, por supuesto, a mugre, a orina, a comida olvidada en platos coronados de moscas.

     Una mujer, sin embargo, como Laura Casas, se conmovió por mi pérdida.

     Al bajar del colectivo en la esquina, la vi a la distancia tras la vidriera. Estaba sola, y me vio. Entonces supe que se había enterado, porque la vi desabrocharse un botón de la blusa y se acodó en el mostrador, esperándome. Entré, nos saludamos como siempre, compañeros de edad y de barrio. Sabíamos, ambos, cómo era el otro cuando era chico. Nos habíamos visto crecer a la distancia de una cuadra, pero como de dos mundos diferentes.

      -Se murió Duque- le dije.

     Ella me miró de una forma que nunca había visto, porque mi vieja se había muerto hacía mucho tiempo. Era conmiseración, como una cadena que la envolvió transitoriamente, hasta que sacudió su espíritu primero, y luego su cuerpo. El cuerpo de Laura Casas, con manos a veces con harina, a veces con el agrio olor de la levadura, otras con un perfume viejo y delicado que debió haber pertenecido a su madre. El olor del anís, quizá.

     Me acodé frente a ella. No lloraba, pero tenía los ojos vidriosos. Yo, no Laura. Ella simplemente me agarró de las manos, las acarició y las apretó.

     -Me acuerdo cuando se sentaba ahí nomás, cerca de la puerta, olisqueando el aire. Era un señor de otros tiempos, apropiado para otros tiempos.

     La miré, asombrado de la perspicacia de su intuición, burdo nombre para algo más que yo no entendía.

     - ¿Vos creés que él me realzaba, que me hacía honorable? – Muchas veces había pensado tal cosa con esas palabras, pero a nadie más que a Laura podía preguntarle sin que se riera de mi.

     - ¿Pueden amar los perros? - me contestó. -Qué sé yo. No están invadidos de discernimientos lógicos ni con los parámetros de la educación. A pesar de la domesticidad, conservan la prioridad del instinto, que es el todo o nada de la supervivencia. Nos quieren o nos detestan, no hay término medio. Duque y vos fueron almas gemelas, a lo mejor. Dos enamorados ajenos a las incertidumbres del sexo y de la especie.

     Laura Casas, como un filósofo del siglo XVIII, me llevó al terreno de las ideas en medio de una panadería que se estaba muriendo ese día como se moría la tarde en la vereda. Entonces vi la sombra de Duque, por primera vez, a mi lado. Mi cerebro la construía, es verdad. Pero no su ladrido ni el olor de su pelo, que siempre estuvieron presentes desde entonces. La voz de mi padre se eclipsaba cuando el ladrido de Duque aparecía en ese mismo galpón de gendarmes de mi mente. Mi padre no lo esperaba, tranquilo y acostumbrado a su presidio. No esperaba perros, y menos a Duque. Pero cuando Duque se murió, pudo entrar, por fin, a la habitación, sin necesidad de rascar el piso ni rasguñar la madera del armario.

      Laura y yo estuvimos juntos desde entonces. Dormía conmigo algunas noches de la semana. Tendía la cama, barría o cuidaba la casa los domingos cuando no trabajaba. Pero siempre que salía del negocio, iba a casa y me preparaba la cena. Conocí mi cuerpo cuando la conocí a Laura. Era extraño que alguien como ella me quisiera de tal manera, mirándome mientras estábamos en el patio escuchando el tren de la noche. Hablábamos de nuestros padres, pero pronto la conversación se interrumpía en un quejido que ambos escuchábamos y no sabíamos de dónde llegaba. La tumba del perro estaba cerca, en lo que era el sendero para el auto que yo había vendido.

     -Parece que se remueve…-dijo Laura, sonriendo, bromeando.

     -A lo mejor, al escuchar el tren, quiere ver la luna y alcanzarla.

     -Qué romántico-dijo ella, con sarcasmo. Yo pensé que la frase heriría su femineidad, la supuesta delicadeza con esa imagen siniestra. Con tales estupideces me defendía yo, mero espectro de un hombre. Ella apenas empezaba mi adiestramiento.

     -No quise burlame, Tom.

     Así me llamaba. Ni Tomás, ambiguo tratamiento de casi desconocidos, ni Tommy, trivial y trillado. ¿Como Tom Sawyer, tal vez? La asociación estaba implícita en esa época apenas salidos de la escuela. Yo no era el aventurero Huckleberry Finn, sino el más tímido Tom, el que necesitaba el empuje de los demás, y ahí estaba Becky-Laura para agarrarme de la mano y sacarme a la calle. Por supuesto, yo era un Tom Sawyer psicópata, que veía fantasmas de perros muertos y tenía en la infancia una no aclarada todavía historia de violencia.

     Laura era un sube y baja de la realidad a la fantasía, una montaña rusa de palpitaciones, de frustraciones y continuas dudas. Y cuando la meseta de nuestras costumbres se fue asentando, a ella se le ocurrió darme una sorpresa.

     Fue una tarde de diciembre. Hacía casi seis meses que Duque había muerto. Cuando regresé a casa encontré el pasillo del armario obstruido por el mueble, que había sido corrido. La puerta tapiada estaba abierta. Vi a Laura apenas traspasando el umbral, rodeada del olor inconfundible. Y la vergüenza se me vino encima como si la inmensa luna de esa noche estuviese derrumbándose sobre la casa. Un perro, un cachorro, ladraba con furia hacia la cama. Entonces salí corriendo al patio, agarré la pala, y me puse a cavar con desesperación. Necesitaba ocupar mis brazos enfurecidos, recuperar al ser que me había defendido y era mi escudo, mi compañero, mi simbiosis. Mi arma y mi alma.

      Entonces sentí en la espalda las manos de Laura, firmes y delicadas, acariciándome, y luego me rodeó el cuerpo y me abrazó apoyando la cabeza en mi espalda. Tiré la pala al suelo y me puse a llorar como ni un chico lo haría.

     -Tanto tiempo, querido, y tan cerca que estábamos. Nunca me dijiste nada, y yo siempre aguardando.

     A Laura ya nada la asustaba. O si algo lo hacía, ella destruía el miedo con los gérmenes de la despreocupación. Lo irreparable para ella no era inservible, construía un pequeño mundo con los escombros, aún con un vestido nuevo que se desgarraba y las uñas rotas.

 

     Lo que vino inmediatamente después, fue la prueba de fuego para ambos, pero sobre todo para Laura. Lo mío fue una cuestión de varios días detenido, esperando que mi familia, es decir, toda la banda castrense que formaba el círculo del que yo había intentado evadirme con mi personalidad pusilánime, para algunos, y mi ostracismo, para otros, hiciera lo que tenía que hacer. De esa manera, esquivé los recursos de la justicia, pero tuve que someterme a la del tío Ángel, que como correspondía y a pesar de su nombre, era un guardián más parecido a un Cancerbero. Tenía múltiples cabezas, tantas como sus intereses, y de sus manos, ni hablar. Parecía estar en todo y en todas partes. Manejaba la política castrense desde el despacho del Círculo Militar, merendaba en el Jockey Club y se quedaba hasta la noche arreglando sus asuntos de empresas. Las aguas del Río de la Plata cerca de la Costanera y alrededor del Club solían ser un enjambre de lanchas que venían del Uruguay y del Brasil. Dos veces por semana iba al Hotel Castelar y pasaba toda la tarde en el sauna, haciendo negocios, por supuesto, pero sobre todo política, decía que allí se relajaba y podía pensar mejor. Y los hombres en pelotas o cubiertos con una toalla son más susceptibles a decir verdades que en una oficina vestidos con trajes y corbatas. La corbata es el invento más atroz, solía decir. Con la excusa de la elegancia o la uniformidad, es el disfraz más infalible inventado por el hombre.

      Me ordenó que dejara la casa de La Plata, alguien se encargaría de cuidarla o la vendería. ¿Tenía novia? Se sorprendió un poco, preguntándose qué tipo de mina saldría conmigo. Se sorprendió aún más cuando supo de quién se trataba. No eran los Casas una familia de su interés más que como fachada de normalidad. Las Palacios y sus maridos entraban en el circuito de su mundo. Clara, la madre de Laura, ya estaba muerta. Estela era la esposa de César Gonzaga, nieto del viejo mentor de mi tío. Y la otra, la mayor de las tres, la oveja negra, como le decían, era la madre de los Espinoza, que unían el campo y la ciudad con sus rastros de sangre.

      Pero lo que interesaba a Laura era su parentesco con la prima Graciela Gonzaga, de Quilmes, que por ese entonces había muerto. Decían que estaba loca, y para demostrarlo se había suicidado tirándose bajo un tren. En fin, después de un tiempo, los Gonzaga alquilaron la casona inglesa y Laura arregló un alquiler muy bajo, según me contó, pero creo que mi tío influyó en el convenio. De esa manera, Laura había conseguido lo que esperaba, no tanto darse alardes de aristocracia viviendo en esa casa, sino escarbando en las pinturas de su prima, trayendo marchands para cotizarlas, y viendo posibles compradores. Y yo me construí una vida nueva, más cercana a la red del tío Ángel. Eso era lo conveniente para todos, pero ¿éramos felices? ¿Todo había sido motivado por nuestro amor? Lo que nos unía era toda una infraestructura de familias y negocios, algunos todavía por revelarse. Lo que nos unía, también, era una especie de mezquindad del alma de cada uno. Ninguno necesitaba al otro para sobrevivir al naufragio de sus emociones, simplemente nos habíamos elegido como quien reencuentra una perdida y añorada pertenencia. Duraría tanto como durara el entusiasmo, quizá.

      Las pinturas de Graciela tenían cierto valor, si no por un elevado talento, sí por la originalidad de la temática, acorde con aquellos tiempos en que los simbolismos personalizados en seres y ambientes oscuros sugerían atrocidades escondidas. Aunque mal visto por la oficialidad reinante, ese arte crecía por el underground porteño por donde deambulaban intermediarios y turistas. Yo conocía muchos militares de alta cultura que no congeniaban con la dictadura, y también quienes lo hacían por propio interés, pero sin participar en los eventos políticos. Eran los mismos que comerciaban con las oportunidades, igual que lo hacen las fábricas de armamentos y laboratorios químicos durante las guerras, sean donde sean. Se hicieron eventos en la casona, y me sorprendió la facilidad con que Laura se adaptaba a esa forma de vida peculiarmente diferente a la que había llevado hasta entonces. Los Gonzaga le habían dado contactos: museos, marchands y ciertos nombres de afuera. La casona se iluminó por unos cuantos meses con discreción, por supuesto. Laura y yo éramos dos misterios ambulantes para los vecinos. Nos respetaban porque se habían formado  leyendas a nuestro alrededor: la fábula de la bella provinciana que brilló apenas se pulió su superficie con cultura y con dinero, y la siniestra e interesante historia del hombre callado protagonista de un macabro episodio que nadie creía del todo.

     No teníamos perro. El cachorro que Laura había llevado a mi casa se escapó con el revuelo que se armó mesa noche entre policías y ambulancias. Yo tenía la compañía de Duque a mi lado, la sombra del perro y sus ladridos. Bajaba conmigo los peldaños de la casona inglesa, su espectro se dibujaba en los muros de las casas quintas, su ladrido acompasaba el vaivén de mis pasos ante el sincopado ritmo del tránsito.

     

    Y un día apareció Oscar Méndez. Lo encontré conversando con Laura en la puerta. Bajo el cielo encapotado de nubes grises, ensombrecido aún más por los árboles que flanqueaban la entrada, Oscar parecía haber nacido en esa pequeña selva artificial. Mi miró llegar por la vereda con esa sonrisa autosuficiente que yo había llegado a aborrecer.

     - ¿Qué tal, Ansaldi? Gasto en verlo- dijo, extendiendo la mano.

     Saludé, pero me traicionó la voz.

     - ¿Qué hace por aquí Oscar?

     -Papá lo echó-dijo Laura.

     No me sorprendía. El pibe de los mandados se había hecho un hombre difícil en los últimos tiempos. Fornido, demasiado trigueño, barbudo y de ojos hoscos. Nadie confiaba en él porque mentía con desparpajo, y si lo confrontaban, no se inmutaba.

     -Viene a ver si consigue trabajo. Le dije que pregunte en la construcción de a lado.

     Estaban construyendo un edificio de departamentos en el baldío adyacente, y aunque desentonaba en el aspecto residencial del barrio, no se podía hacer nada. Laura habían insistido en que hablara con mi tío. Lo único que conseguí fue un encogimiento de hombros y un empujón en la espalda. Dueño de muchas cosas, ya ni debía acordarse de esa perdida empresa de construcción.

      - ¿Entonces pensás quedarte a vivir en Quilmes? - le pregunté.

      -No se asuste, Ansaldi-dijo, mirando a Laura de reojo con esa complicidad de siempre. -Alquilé una piecita a pocas cuadras. Mañana vuelvo temprano. Quién sabe, a lo mejor tendrán que tirarme un sánguche por encima de la medianera al mediodía.

     Desde el dúa siguiente trabajó en la construcción. Sabía que veía a Laura de tanto en tanto, pero ignoraba que esos encuentros eran en la casa, después de las tres de la tarde, cuando se suponía que los albañiles no terminaban su turno sino hasta las cinco. Fue una tarde que llegué temprano. Ambos estaban en el living que ya no tenía el aspecto de cuando la prima Graciela vivía, llena de cachivaches, muebles y muñecos de peluche. Ahora reinaba la austeridad y los colores apagados, y uno o dos cuadros de Graciela con sus figuras de hombres cabizbajos. Estaban sentados uno frente al otro, él con un codo en el apoyabrazos y fumando un cigarrillo, la ceniza cayendo en el cenicero apoyado en el sillón. Ella seria, con las manos entre los muslos y las piernas cruzadas, como si tuviese escalofríos. Los encontré en silencio, igual que dos actores de teatro en una larga pausa marcada por el autor. Escucharon mis pasos en la escalera, me dije.

     -Buenas tardes, Tomás. Ya me iba…-Oscar se levantó y me estrechó la mano.

     - ¿Cómo? ¿Hoy no trabaja? 

     Se cruzaron una mirada con Laura.

     -Paralizaron la obra, Tomás, por irregularidades en los contratos. Lo de siempre, pero esta vez alguien deschavó el asunto.

     Cuando Oscar se fue, Laura me preguntó en el dormitorio mientras nos desvestíamos para acostarnos:

     - ¿No habremos sido nosotros y nuestra queja?

     Le contesté con otra pregunta, que tampoco contestó.

     - ¿Oscar viene muy seguido?

   

     Días después, el tío Ángel nos visitó para cenar. Había llamado esa misma tarde para avisar. Laura lo conocía, pero estaba ansiosa por preparar las cosas.

     Llegó a las nueve y pico de la noche, y como había traído un par de pizzas grandes y dos botellas de cervezas de las buenas, el pollo al horno se quedó esperando mientras se enfriaba lentamente. El tío intentaba ser condescendiente y conversador, casi no reconocí esa faceta de él, porque casi nunca la había presenciado, salvo alguna vez cuando nos visitaba antes de la muerte de mamá. Yo era muy chico todavía, y lo único a lo que prestaba atención era a mi cachorro. Los hermanos Ansaldi conversaban en la sala, bajo la luz de una lámpara de pie ente los sillones en que cada una estaba sentado, fumando, diciendo palabrotas de vez en cuando, carraspeando, tomando whisky tras whisky. Organizaban el país, eso me había dicho mi madre la noche que me descubrió espiándolos desde el pasillo.

     Después de la cena, se negó a que Laura levantara las cajas de cartón.

    -Dejá, dejá nomás… Estaba pensando…ese chico, Oscar, es un pibe muy despierto, ¿no es cierto? Ustedes que lo conocen más, podrán decirme.

     Nos miramos con Laura, con ironía, y el tío pescó la idea.

     -Bueno, la cuestión es que me llegaron ideas que este pibe se encargó de difundir entre los obreros, y el capataz los escuchó hablar, y claro, como todo buen empleado fue a informarme. Inteligente el pibe, ¿no?

     Esas maneras le gustaban al tío, las escabrosidades indirectas, los laberintos que disimulaban las verdaderas intenciones. Eso le había gustado de mí cuando descubrió lo que yo había ocultado todos esos años en La Plata, aunque su propio hermano fuese la víctima.

     -Lo mandé llamar. Me explicó con total desparpajo su idea. El edificio de al lado representaba muy poca ganancia comparada con la utilización de la casona.      

     -Tenemos que irnos, entonces -dijo Laura.

     -Sí, en necesario. Pero ustedes administrarían el negocio desde donde quieran. Hasta pueden volver a La Plata y manejar todo desde ahí. Algún que otro viaje una vez a la semana o cada quince días, para ver cómo anda la cosa.

     - ¿Y qué tipo de negocio sería?

     El tío se ofuscó.

     -Me extraña, Tomás. Realmente me decepcionás, querido. La casa, el barrio, una casa de prestigio…

    -Ya entiendo-dije.

    Laura cayó un rato después.

    - ¿Y los Gonzaga?

    -Ya están en el asunto, por supuesto. No tienen alternativas. Los campos se están empobreciendo, las rentas ya no se mantienen. Los padres de Graciela están muertos, y el viejo general, que todavía aguanta, vive en la idiotez de un mundo que ya no existe. Cuando me mira, cree que soy su hijo. El pobre César era un debilucho, un cero a la izquierda, un maricón que se casó para demostrarle al viejo que también podía ser hombre cuando quería. Pero no le gustaba mucho, parece…

     - ¿Y quién manejará los negocios desde acá, entonces? -pregunté.

    Laura se levantó y sacó las cajas de cartón con restos de muzzarella y salsa de tomate. Una aceituna abandonada rodó por el mantel y cayó al piso. La sombra de Duque se escabulló, creo, a buscarla.

      - ¿Quién va a ser, imbécil? Oscar, por supuesto.

      Era la voz de Laura, pero era mi padre quien hablaba. Se fue a la cocina. El tío dijo un par de trivialidades y se despidió.

       Después, en la cocina, me preguntó:

      - ¿Vos querés esto?

      -Estoy en sus manos por el resto de mi vida.

      -Pero no yo. No quiero vivir con las ganancias de un putero.

      -Uno de lujo, que ni siquiera lo parecerá desde afuera.

      -Pero la casa de mi prima, Tomás, convertida en eso. Los dormitorios…Me da tanta vergüenza.

       Lloraba, pero no había llanto. Tenía las manos apoyadas en la mesada de la cocina y los hombros levantados. Un repasador sobre el hombro, como en la cocina de la panadería. La abracé como ella lo había hecho aquella noche, de espaldas. Le besé el cuello y la nuca. Le mordí suavemente los lóbulos de las orejas. Le levanté la falda del vestido y le bajé la bombacha. Así, sobre la mesada de la cocina, le demostré que no era necesario ir al dormitorio para hacer lo que los hombres y las mujeres harían en esa casa. Nos quedamos sentados en el piso. Un rato después, dijo:

      -Tal vez sea lo mejor. ¿De qué íbamos a vivir? ¿Del negocio de papá? ¿De tu trabajo de oficina? Los cuadros, también, ya se han agotado.

      La miré y supe que Laura Casas, la hija del panadero, había desaparecido. Ahora se parecía a la madre, que según decían, había sido amante del tío de Oscar antes de morirse.

     

     Oscar volvió muchas veces como dueño de casa. Entraba y salía a cualquier hora con hombres que se encargarían de las modificaciones del interior. Nosotros preparamos nuestras cosas. Habíamos decidido regresar a La Plata, a la vida cotidiana y a la expectativa de cómo progresaba el proyecto. No sé si Laura imaginaba algo más tortuoso que un simple prostíbulo de lujo en un barrio elegante, donde irían hombre de muchas plata, y por supuesto gran parte de la Junta Militar pasaría por lo menos una noche. Yo sabía, sin embargo, que tras la doble fachada de la casona elegante y el putero de lujo, había otras realidades, muy frecuentemente. Las putas se mueren, las putas se contagian y se enferman. Los cuerpos no duran mucho. Lo único que persiste son los restos, la basura, los engendros que va a toda hora no por sexo, que al fin de cuentas es tan efímero como una mariposa. El sexo eclosiona y se muere, estalla y hay que esperar hasta la próxima vez. El sexo no soporta mucho, y tiene su propio límite. Pero las drogas duran mucho más, aguantan tanto que es increíble ver la capacidad del cuerpo de los hombres. Y cuando el cuerpo no aguanta, ahí están los restos para alimentar la tierra de la resurrección. No sé cómo explicarlo metafóricamente para que suene menos cruento.

     Los restos.  

     Los cuerpos de los muertos.

     El comercio.

     Digo, muchas veces sucede. No es necesario una carnicería ni un matadero, ni un campo de concentración. Una casona victoriana con cielo rasos ornamentados es también una jaula, un matadero, un frigorífico.

 

     Laura se tomó el trabajo con responsabilidad, aunque no la tuviera. Los resabios de la educación que le inculcaron no concebían el vivir sin trabajar, y una vez velados y borrados los prejuicios que implicaban su nueva actividad, el resto era lo mismo que trabajar en la panadería. Ver los libros de gastos y ganancias, el cuidado de la casa, hablar con las mujeres. Salía temprano y volvía antes de que oscureciera. No le interesaba ver los estragos que hacía la noche con las mujeres y sus clientes.

     Cada vez fue más seguido. Al principio iba una vez por semana, luego dos y a veces pasaba el fin de semana de Buenos Aires. No se quedaba a dormir en la casa, dijo. Pero yo estaba seguro de que veía a Oscar, que era el patrón, por supuesto. ¿Qué hacía tanto tiempo allá?, le pregunté muchas veces. Organizando, me repetía. La cuestión es que la repetición de la pregunta fue cimentando capas de separación entre nosotros. No quería contestar porque no quería revelar lo que le pasaba en la casona, y yo debía haber viajado con ella, o incluso sorprenderla llegando un día después. Pero no fue necesario.

      Laura era un alma práctica, como casi todas las mujeres que llegué a conocer. Las que no lo son, no suelen sobrevivir. Pero ella se fue abriendo paso en cada naufragio de su vida, igual que la madre. Sólo las mataría una catástrofe natural o una grave enfermedad, pero nunca el remordimiento. El sentido de la culpa era tan efímero para ellas como una mariposa o esas semillas del diente de león que bailan con la brisa y que llaman panaderos. No es casual la simbología, por supuesto, aunque no se me hubiese ocurrido a mí, sino al mismo viento que arranca los elementos de las circunstancias para construir el edificio del destino.

     Un día se sentó en la cama, se quitó los zapatos. Vivíamos en mi casa, en la casa de mis padres. El dormitorio clausurado, ahora estaba vacío.

      -Estoy embarazada- dijo.

      Yo estaba sentado de espalda a ella. Así hablábamos en esos últimos tiempos, hacia las paredes que teníamos enfrente. No esperábamos respuestas.

      - ¿Desde cuándo? - pregunté, pero ya sabía que no habíamos hecho el amor desde hacía dos meses por lo menos.

      Se fue al día siguiente a la casa de su padre. Oscar volvió a La Plata esa semana y se casaron. Ambos siguieron trabajando en la panadería, Oscar como socio. No pregunté qué había pasado con el negocio de la casona.

      Fue una semana después del civil cuando salió en la televisión que habían matado a una prostituta en un prostíbulo de Quilmes. Una casa elegante donde encontraron hombres desnudos y una mujer descuartizada. La investigación estaba bajo la ordenanza de los jueces designados por la Junta Militar.

     Un día me crucé con Laura en la calle. Tenía siete meses de embarazo, la cara flaca y ojerosa.

      - ¿Cómo estás? -.me preguntó.

     -Bien, ¿y vos?, por lo que veo, para dar a luz antes de tiempo.

     Rechazó mi malicia con desgano.

     - ¿Y Oscar, che?

     El hombre era ahora un marido ejemplar, como el camaleón que se mimetiza para pasar desapercibido mientras prepara el escenario de su próxima catástrofe. El nombre de Oscar Méndez circuló por el Jockey Club, y en el sauna del Castelar, y en todas partes a donde el tío me hacía acompañarlo ahora que yo había vuelto a estar solo. Mejor así, pibe, me había dicho, así te puedo cuidar mejor. No le importaba el fracaso del putero de Quilmes, ya habría otra oportunidad cuando la noticia del crimen muriera bajo el peso de acontecimientos más importantes.

     La guerra, por ejemplo.

     El nombre de Oscar surgiría como autor de cada crimen, como testigo de cada orgía. Fuese o no cierto, hoy era un futuro padre de familia. Su mujer debía quererlo, supongo, por más que la viese caminar llevando el peso de su embarazo como un estigma a la casa donde él la esperaba.

     ¿Qué le había hecho?, me pregunté. Probablemente nada que ella no hubiese querido.

     Ese es nuestro drama. Lo que deseamos nos condena.

 

 

 

3

 

 

Me desperté soñando con Laura. Era inevitable que así sucediera. Fuese con quien estuviera y el lugar donde me tocara estar esa noche o ese día, el cuerpo de una mujer que no fuese Laura me evocaba, sin embargo, su cuerpo.  ¿Cómo puede que ser una mujer le hiciese eso a un hombre? Tal vez porque fue la primera de las que me enamoré, o quizá porque fue la única. ¿Cómo evadirme de su recuerdo en las veredas del barrio, esquivando o acariciando perros, o llevar entre los brazos dos o tres paquetes de facturas que su papá le había encargado para algún vecino? Escaparme de eso sería evadirme de la pena, y eso es lo que no quiero. Y la angustia se alimenta del recuerdo que se encarna en mis sueños.

     Despertando en el departamento de Claudia ya cerca del mediodía el sábado de la aglomeración en Plaza de Mayo, yo sentí una opresión en el pecho. Cada mañana era como una obligación que no podía cumplir, una asignatura pendiente. Cada mañana la maestra que me enseñaba a vivir era distinta, y esta vez Claudia Pereyra ya se había levantado. Las sábanas de su lado, arrugadas y en el medio una toallita higiénica medio sucia, y en el piso, una bombacha. Dios, me dije, ya empezamos otra vez, porque el roce de la sábana y el pensamiento de esa noche volvieron a excitarme. Me levanté, desnudo, y me metí en baño. La luz que entraba por la ventanita delataba el polvo y la mugre, sobre todo el óxido de los grifos. Ese color rojo del que mi perro tanto se jactaba, como si hubiese nacido viejo. Eso era lo que decía mi madre, y lo que le gustaba recordar a Laura. Cerré la puerta porque estaba dispuesto a serenarme con agua fría o hacerme una buena paja de una vez para sacarme las ganas. Lo intenté, pero me dije que tenía que reservar salvas para el resto del día. Quizá podría pasar la tarde con Claudia y llevarla a la plaza, presentársela a los muchachos, aunque ellos estuviesen de turno, pero pronto empezaría el jolgorio, como quien dice, la joda para festejar la recuperación de las islas.

     Escuché su voz detrás de la puerta. Me dijo algo de unas toallas, pero no le presté atención. Casi me delato y contesto: Sí, Laura. Pero ella estaba lejos, en su casita de La Plata. Con su marido y con su hijo. Después de un tiempo intentando vivir en el mismo barrio sin agredirnos cada vez que nos veíamos, cruzando la calle para cambiar de veredas, levantándonos de la silla de un bar o caminando hacia la siguiente parada del colectivo para no esperar juntos y en silencio, me fui a vivir a Buenos Aires. Barrio del Once, Almagro, Chacarita, y luego de vuelta a Once porque la zona del Abasto era como universo gris, aunque hubiese sol, un barrio que vivía de noche y se desnudada en la madrugada apenas salía el sol. El barrio era una prostituta que trabajaba sin desnudarse del todo, pero que al ir a acostarse apenas amanecía, se sacaba toda la ropa cuando ya no había nadie que la viese. Su cuerpo hecho de sombras en las paredes desnudas era íntimo y exclusivamente suyo. Por eso las ventanas de los edificios viejos que daban sobre Corrientes permanecían con las persianas cerradas hasta bien entrada la mañana.

     Yo caminaba las calles desde las once hasta más allá de la medianoche, rumiando mi dolor como en un tango, y cómo me gustaba hacerme la víctima, pensando en miles de formas de matarlos a ambos, incluso al chico, y me llevaban preso y en la cárcel esperaba mi muerte.

Romanticismos bohemios, por supuesto, pero las suelas gastadas fueron reales, y los polvos en los baños de la zona también lo fueron, tanto como el olor a mierda y a lápiz labial rancio que me quedó en la cara. Las mujeres, me dije, son sucias, y se olvidan de lo que dejaron atrás. Los hombres llevamos la carga encima, y por eso la obsesión del método y de la mecánica para que nada se nos caiga en el camino. Y eso que se nos cayó, se convierte en un lamento de por vida.

      El agua de la ducha, en fin, era tibia por defecto. Me quedé parado bajo la lluvia irregular con los brazos cruzados, contemplando las esponjas rotas, los frascos de champú, los jabones empezados, los azulejos vetustamente viejos. Corrí la cortina, limpié el espejo empañado del botiquín y me miré la cara. Me vi viejo, me vi otro. Abrí la puerta y varios frascos de cremas se cayeron al lavabo. Cremas para la cara, para los párpados, nocturnas, diurnas, matutinas, para las piernas, para los codos, para las arrugas. Todas era iguales, pero no había espuma de afeitar, ni tampoco una simple Gillette que usara Claudia para afeitarse las axilas, qué sé yo. Laura lo hacía, y yo a veces, la ayudaba. Ella entonces me dejaba ocupar su cuerpo. Una vez me había dicho que los hombres usurpan los cuerpos de las mujeres, por más que ellas nos den su consentimiento, y que hasta lo deseen y lo busquen con desesperación. No por eso deja de ser una usurpación.

     Entonces escuché la radio. Claudia estaba escuchando la transmisión desde la Plaza de Mayo. La marcha militar, las diferentes bandas de la capital y la provincia. Escuché el atronador grito de la multitud vitoreando al presidente que en el balcón de la Casa Rosada proclamaba el hito en la historia argentina.

     Salí cubierto sólo con la toalla. Claudia estaba de espaldas preparando algo para el desayuno en la mesada. Me detuve detrás, y de pronto el presidente dijo algo sobre los soldados. Claudia giró la cabeza, y estaba llorando. ¿Por qué lloraba? Había visto la foto de un chico de quizám cinco años en la mesita del dormitorio. Claudia era demasiado joven, no podía tener un hijo en las islas.

     Llora por los chicos de la guerra. Yo, simplemente, pensaba en los cuerpos que volverían al continente, por lo menos los que pudiesen ser rescatados. El resto serían fragmentos abandonados en la tundra congelada de las islas. Frías como los congeladores de la fábrica en la que seguí trabajando todos esos años. Yo era un empleado confiable porque no tenía la elección de ser deshonesto. ¿Con qué parámetros puede medirse la honestidad? ¿Con los del bien, la moral, los buenos principios, la incólume verdad? ¿O con los principios unilaterales de algún interés en particular? A veces los intereses son tantos, que se homogenizan bajo una misma fachada que la costumbre hace pasar por normal, lo bien visto, o lo visto tantas veces que ya no se ve, por más que esté formado por múltiples cadáveres.

      El tío tenía muchos empleados de confianza a los que yo debía someterme. Un trabajo de escritorio en una máquina de escribir que se sumaba a otras y juntas sonaban como un regimiento a caballo avanzando por el campo de batalla, o como atronadoras ametralladoras que alimentaban su furia con su propia eufonía. Y cuando el tecleado iba ralentizándose, tropezando, a veces sonaba como tiros aislados, y el grito de un empleado que se hubiese enganchado un dedo entre las teclas, o una empelada que se hubiese roto una uña, era casi como escuchar la parodia de un herido de bala en el campo de batalla. Después de tantos años, los registros mecanografiados de entradas y salidas de heladeras con nombres de hombres y mujeres, dejaban de ser destinatarios para ser remitentes que se transportaban a sí mismos. Yo era como un empleado de correo supervisando la correcta salida de las encomiendas.

      Ya se sabe del comercio que mi familia se encargó casi de monopolizar durante esa década, aún antes, por supuesto, y que continuaría de diversas formas después. En todas partes había gente que se moría, y en muchas otras gentes que sobrevivía unos cuántos años más. ¿Quién busca en los asilos fuera de los tiempos de elecciones, quién cuando no las hay? Los viejos, los enfermos, los indigentes, los chicos que son como perros mojados rondando por las calles.

     Los que fueron a la guerra son otros tantos.

     Lo esencial es aprovechar la ocasión, y una guerra luego de tanto tiempo, que exacerbara el patriotismo, que desempolvara los ideales patrioteros, era el elemento que la psicología de masas, rudimentaria y ya decadente para la época, no podía desaprovechar.

     Pero yo no podía decirle todo esto a Claudia.

     Me limité a apoyarme contra su espalda, sintiendo que la toalla se me había caído mientras me me frotaba contra su bata y empezaba a levantarle la falda.

      La marcha de San Lorenzo sonaba estridente, metalizada y cacofónica, repitiéndose en mis oídos, y yo alabándola en voz alta, hablando de su insobornable insistencia. Claudia se resistió poco al principio, me dejaba hacer, porque tenía el pensamiento en los muchachos que estaban sufriendo el frío y las heridas, con fusiles como tallos congelados en las manos, y flores de hielo como acero en sus entrañas.

     Yo tenía frío, por supuesto, en esa mañana de un sábado de abril, desnudo en un departamento que no tenía siquiera una estufa. Pero me apreté contra su cuerpo, pensando en esos espacios que había conocido, para usurparlos nuevamente.

     -Le rompimos el culo a los ingleses, ¿no es cierto? - le dije, para sentirme seguro, para que se dejara llevar por mi jactancia.

     Y ese día tuve por primera vez la asociación de pensamientos que yo sabía no iba a dejarme en paz hasta matarme, porque hasta ese momento había estado oculta, acechando, pero lo suficientemente piadosa para dejarme en paz un tiempo.

     El olor del cuerpo de Claudia, por supuesto, me llevaba a Laura, porque eso era lo que me excitaba de cada mujer que conocí después de ella. Pero la marcha militar me llevó al campo de batalla, a la Plaza de Mayo y a la fábrica.

     Los cuerpos separados por la inmensidad del océano se acumularon, y quisieron salir, porque mi mente era un caos, una guerra contra los muros de mi cráneo. Los metales sonaban desafinados y los tambores golpeaban los huesos desde adentro.

     Claudia, entonces, se giró y me rechazó. Intentó empujarme, pero no podía.

    - ¿Qué te pasa, puta de mierda?  - le dije.

     ¿Es absurdo que aclare que no quise decir lo que dije? Por supuesto que lo es, Tomás Ansaldi. Sos uno más de la familia, querido. Lo que no podés vencer, le pasás por encima, lo destruís si es necesario.

     La llevé a la cama, llena la mente de voces, gritos y deseos que me tenían tenso como una cuerda de acero. La puse boca abajo, apretándole la cabeza contra la sábana para no escuchar sus gemidos llorosos. Le metí los dedos de la otra mano en la vagina y el culo, y cuando estuvo suficientemente abierta, la penetré si olvidar a mirarme en el espejo junto a la cama.

      La marcha de San Lorenzo terminó, pero el griterío de la gente en la plaza subió y subió hasta el balcón cerrado, porque en la calle también había bocinazos y muchedumbre. La voz del periodista que relataba se estremeció muchas veces hasta el punto de parecer estar llorando con un nudo en la garganta.

       Yo terminé.

      Le solté la cabeza, dijo algo que no entendí. Me puse los pantalones, me subí el cierre, me puse la remera y tiré unos billetes en la mesa de luz.

       Y salí lo más rápido que pude, porque los amigos, en la plaza, me estaban esperando.

 

 

 

4

 

 

No pude avanzar mucho con el auto yendo por Corrientes, Pueyrredón ni por otras calles de menor tránsito. Sábado al mediodía y con el revuelo sociopolítico que se había armado, las calles estaban atestadas de tráfico. Estacioné a diez o doce cuadras de la Plaza. Caminé, abriéndome paso entre grupos con pancartas. La Avenida de Mayo estaba cortada desde la Nueve de Julio, lo mismo que Rivadavia y las manzanas aledañas. Había grupos de izquierda que se pelaban con las fuerzas de seguridad, fuesen policías o gendarmes Tanques con mangueras antidisturbios era lo mínimo que se podía ver como fuerza de contención. Habría mayores disturbios ahora que el discurso del presidente ya había terminado. Pude escucharlo a trozos en el departamento de Claudia y en la radio del auto. La voz de Galtieri era gangosa y distorsionada por los sistemas de amplificación.

     Imágenes de Claudia en la cama, boca abajo, conteniendo el llanto, me llegaban como golpes en las ventanillas. Pero eran simplemente las caras de las mujeres que eran empujadas por los grupos de hombres que avanzaban con carteles, muchos enmascarados, otros con garrotes de hierro. A simple vista, había más descontentos que satisfechos por la proeza del presidente. Sin embargo, en la plaza, frente a la Casa Rosada, la muchedumbre vitoreaba a la Junta Militar, que había salido en pleno a saludar al balcón. Los periodistas encomiaban el valor de los muchachos en el Atlántico Sur. Vencer a los ingleses, decían, no era moco de pavo.

     Y yo pensé, con esas triviales asociaciones con que nos traiciona la psiquis, en el llanto ahogado de Claudia contra las sábanas, y en el semen que había dejado yo en la tela y dentro y sobre su cuerpo, sin limpiarlo mientras me vestía, sintiendo las ganas todavía de amordazarla para que mis oídos confundieran los gemidos lacrimosos con gemidos de placer, pidiendo más. Pero Claudia no se movía más que con la respiración entrecortada.

     Vi la sangre en la sábana. Justo había tenido una menstruación, me dije, pero lo más probable era que yo la hubiese lastimado, sólo un poco, lo suficiente para confirmar que sin dolor no hay verdadero éxtasis, y que la sangre es la evidencia.

     ¿Acaso los muchachos en el Sur así no lo habían demostrado? ¿Qué más aliciente para el sacrificio vano de los que se quedaron en las ciudades, fuera del peligro, para reconocer el extremo sacrificio de ellos: los sacrificados? ¿O los crucificados, debería decir?

    La Iglesia estaba representada, por supuesto, en el balcón. Y el obispo de la ciudad de Buenos Aires era entrevistado por los periodistas oficializados. La bendición a los muertos se multiplicaría en los siguientes días, tal vez semanas. Los ataúdes llegarían a los aeropuertos de Río Gallegos o Ezeiza. Las bases de Palomar y Morón tendrían un movimiento inusitado. Los cuerpos encontrados, por supuesto. No aquellos que se quedarían helados en la superficie de las islas.

     Abril y el otoño no son simplemente hipocresías de poeta, sino cristales de hielo que se clavan en los cuerpos de los vivos y perturban la tranquilidad de los muertos. El frío otoño, con su agua sucia, con su humedad anunciadora de climas fétidos, con su abrumadora amenaza de muerte, enturbia el cielo y ciega la esperanza del sol. Convierte el aire en niebla, y la niebla en rocío, y el rocío en lluvia, que siembra pantanos donde los cuerpos se hunden a falta de cajones para enterrarlos en tierra seca. La naturaleza es sabia, dicen, y lo corrobora con su encomiable economía de recursos.

      Llegué a la Plaza a codazos y exhibiendo mi credencial, gastada y mugrienta, pero donde se podía leer todavía mi apellido, el salvaguardia para todo lo que estuviese prohibido. Había perros entrenados, muy parecidos a Duque. Cuando pasé frente a ellos, levantaron la mirada, inquietos, y los soldados que los sujetaban de la correa me observaron. Pero los animales miraban a mi lado, a la altura de mis piernas, como si mi perro me acompañase. Encontré a Saravia a cargo de su pequeño pelotón de conscriptos asustados, con cascos que les quedaban grandes en sus cabezas rapadas, apenas dejando ver las caras barbilampiñas. Los fusiles parecían pesarles. Al verme me saludó reglamentariamente, era joven y quería hacer méritos en su familia. Siendo el menor, tenía que cumplir con los altos parámetros que habían marcado sus hermanos mayores. Uno, el del medio, era teniente y estaba en las islas; el mayor era capitán de un escuadrón especial, esos que llamaban Escuadrones de la Muerte. ¿Por qué no lo habían mandado a él a las islas, como hubiese querido? Porque ya había uno para cumplir con esa tarea, por más que todos los hombres Saravia se jactaran de aguerridos. Estaban sólo dispuestos a entregar una parte de su familia a los azares de la fatalidad. Desde el principio, me dije muchas veces, todo estaba convenido y previsto. ¿La invasión fue el canto del cisne de la dictadura, (quizá el último graznido del buitre), o el espontáneo capricho de un loco? Sé que tanto los Saravia como los Ansaldi estaban en contra, pero la Junta había obviado contar con ellos en los últimos tiempos. Las familias estaban distanciadas, los beneficios que la dictadura había traído generaron ganancias irregulares y mal distribuidas.

     Un día tuve un breve cruce con Emanuel Saravia por este motivo. La familia se había venido a menos en los últimos diez años. El cierre de la clínica de la que eran dueños sobre la avenida Rivadavia, el asesinato de uno de los primos cuando era un chico, apenas. Se habían descubierto en la clínica lo que más tarde se descubriría como un factor común en todas partes por esa época, pero cuando ya no podía hacerse nada más que abrir los pozos y los hornos, cerrar los quirófanos clandestinos y los frigoríficos para siempre clausurados, donde había restos de carne humana mezclada con las reses.  Yo le recriminé, medio en broma y medio en serio, el quedarse en Buenos Aires, ¿tenía miedo de la guerra? Me miró y dijo: ¿Y vos, che? Delincuente y todo, y te exceptúan. Tengo treinta años, pibe, le dije. Entonces sos un incapacitado, che, perdóname. No hablamos más sobre eso, pero justo le designaron en esos días el pelotón de esmirriados que no podían mandar al sur, porque era lo mismo que mandarlos al matadero sin escalas.

     Miré a los chicos a sus espaldas, mientras le estrechaba la mano. Estaba fría, y medio le temblaba. Tenía las mejillas coloradas por el frío que el sol de la tarde sobre la plaza no lograba entibiar porque el casco se lo impedía. De pronto, desde los altoparlantes, uno de los cuales estaba atado a la esfinge de la Pirámide de Mayo, grande, inmenso, como si esa señora astuta fuese la que hablara, pero el efecto resultaba cómico como la marioneta de un ventrílocuo. La música militar sonaba bajo la orden de disolver la muchedumbre, y que cada uno se fuera a su casa. El gobierno agradecía el apoyo manifestado por el pueblo argentino. Pero algunos grupos no quisieron irse, y se desmedraron en peleas inútiles que provocaron tiros y detenidos. El pelotón de Saravia se quedó a la expectativa de las órdenes. Los chicos no podían quedarse quietos, sin embargo. Sus dedos transpiraban sobre los fusiles, los pies se movían dentro de las botas, y alguno que otro lloraba sin animarse a secarse la cara con la manga.

     Emanuel se dio cuenta.

     - ¡Quietos, carajo! Nenes de mamá, hijos de puta, quédense firmes si no quieren que los castigue toda la semana.

     Un rato después, serían como las dos o tres de la tarde, recibió la orden de regreso a los pabellones. Subieron al camión, Saravia habló con otro del mismo rango, éste subió y se fueron rumbo al Palomar. Emanuel se me acercó a donde yo esperaba fumando un faso que le había robado a Claudia.

     -Vamos, tengo que pedirte un favor.

     Caminamos por Avenida de Mayo una cuadra, pero todo estaba tan caóticamente descompuesto y desordenado, que nos metimos por Perú hasta Florida. Allí los negocios seguían abiertos, y entramos en Harrods. Había vigilancia, pero a nosotros nos dejaron entrar. Ya había muchos de las fuerzas, terminando de almorzar, y sus familias: mujeres y niños que se reían y disfrutaban de la cocina inglesa. Los chicos mostraban los juguetes que les habían comprado. Las mujeres compraban vestidos. Los hombres fumaban y hablaban de la epopeya. Estaban en medio de un comercio inglés, como si lo hubiesen usurpado. Era toda una hermosa ficción como lo fue en su momento el mundial de fútbol. Los ingleses, dueños del mundo, lamiendo los pies de los latinoamericanos.

      - ¿Qué necesitás?

      -Compañía, y tus manos, Tomás. No le puedo pedirá a un compañero ni usar de los pibes esos, ya los viste. Vos está afuera, pero también estás adentro.

      Exacta forma de definir lo que yo mismo no había comprendido después de tantos años.

     -Marcela no puede tener chicos- me dijo. -Ya tuvo cinco abortos, y esta deprimida. Se quiere separar si no puede darme hijos, así la criaron, qué le vas a hacer. Familia católica con sus contradicciones. Nada de divorcio pero sí separación, hijos naturales siempre, y si no se puede, se buscan. Pero todo puertas adentro. Los trapitos sucios se lavan en casa.

     - ¿Y qué piensan hacer, adoptar?

     -Ni loco. ¿Vos sabés lo que metés en tu casa adoptando un chico? No, Tomás. Si yo no conozco a los padres, no transo. Estuve averiguando, che. Hay un pibe en Pompeya que vive con la abuela, tiene cuatro o cinco años. Al padre lo mataron en la primera incursión, hace unos días. ¿Vos querés creer qué mala leche el pibe? Fue de los primeros que se alistaron, ¿qué me mirás con esa cara?, ¿qué te voy a contar a vos? Lo reclutaron hace diez días en la fábrica, le pidieron documentos, un pedazo de papel nomás en la billetera. Lo mandaron al camión con los otros, de ahí a la ducha, el uniforme, el fusil y chau, si te he visto no me acuerdo. Lo mataron el primer día.

     -Los primeros héroes de la prensa…-agregué.

     - ¿Y qué mejor puedo hacer por el hijo de ese pibe que darle la mejor educación, como los Saravia estamos acostumbrados?

     -Pero es un chico grande, ¿qué va a decir la familia?

     -Ya está hablado, Tomás. En esta época ya todos saben y nadie pregunta. Las costumbres se adaptan a los tiempos.

     - ¿Y yo qué hago?

     -Ayudarme a ir a buscarlo.

     -Pero…

     Miró alrededor, a las mesas que se venían vaciando. Las sirenas de la calle eran más frecuentes.

      -La vieja no está enterada…

      Entendía, claro.

     - ¿Y para cuándo?

     -En cuanto terminemos de tomar el té con masitas.

     Me apretó una mano sobre la mesa.

    - ¿Y vos, tanto la querés a Marcela?

    -Es nieta del viejo Gonzaga, ¿sabés todo lo que tiene?

    Claramente era un acto de bondad de su parte, que beneficiaba a todos, me dije, mientras pedía la cuenta, pero el maitre hizo un gesto de desdén, y arrugó el papel.

 

     Fuimos en mi Peugeot 504. Como se ve, intentaba evadirse de todo rastro que lo involucrara. Su Falcon ponía en evidencia demasiadas cosas, dijo. Llegamos como a las siete de la tarde, después de dar vueltas para hacer tiempo, y vigilar la casa. Era una chalecito común y corriente, cerca de ladrillos, un patio delantero con plantas abandonadas, una ventana al frente en medio de un paredón despintado y lleno de musgo y humedad. Las tejas del alero estaban por venirse abajo en cualquier momento, y la columna era lo único seguro con su estilo jónico de barrio pobre. Las calles adoquinadas y las veredas anchas me hacían acordar a mi barrio, pero acá en Buenos Aires todo estaba embarrado por la humedad y la cercanía del riachuelo.

      Emanuel me habló de la rutina de la vieja. Los sábados por la tarde salía a repartir la ropa que lavaba y planchaba durante la segunda mitad de la semana. Los domingos a veces venía la madre del pibe, una puta, según decían, pero tan de vez en cuando que el pibe apenas la conocía.

      Había chicos jugando a la pelota en un baldío de la esquina. Nos sentamos a esperar cerca de ahí, mirando el partido, riéndonos de los chicos que insultaban, se peleaban y seguían jugando. Los perros corrían y de vez en cuando recibían una patada. Yo miré atrás, al asiento trasero.

      - ¿Qué buscás?

      -Nada, quédate tranquilo. Es que a veces, me parece oír a Duque.

      - ¿A quién? Ah, tu famoso perro. ¿Sabés que se habla de que estás loco, Tomás?

      -Ya sé, ¿qué se va a decir, si no?

      -Por eso me gustás, querido. Sos un misterio ambulante, y por eso se te respeta. Incluso tu tío te tiene miedo.

      Desdeñé el comentario.

      -Tirria me tiene…

      - ¿Y qué, si no? A veces el miedo se esconde así…

      - ¿Y vos, che? ¿Qué pensás?

      -Ya te dije, me gustás por lo raro, porque no sos chupamedias como todos. No les lamés las bolas ni las botas a los otros, sino cuando no queda más remedio. Vas de frente, aunque no lo grites a los cuatro vientos. De los puteros que te sacamos hace unos años, ¿te acordás? Si te vi, flaco. A veces les decía a los pelotudos de mis compañeros: Mírenlo al sobrino de Ansaldi, de bajo perfil, nomás, pero preparado para cualquier cosa. Decime, che, ¿cómo hacés para que las minas hagan esas porongadas?

      Me encogí de hombros.

      -A lo mejor el secreto es no pedírselas.

      Se rio y me abrazó, estaba medio falopeado y yo temía que todo se fuera a la mierda. Otro quilombo con mi tío.

      Entonces vimos a la vieja con sus atados de ropa en cada mano caminando por la vereda delante del baldío. El chico quedaba en casa, solo, porque era por un rato, nomás. Así dijo él, no tenía por qué no creerle. Había hecho guardia, había preguntado. El pibe se quedaba mirando televisión y masticando un pedazo de pan, lo había visto por la ventana, a medio oscurecer de esas horas de la tarde, una ventana abierta, sin cortinas, revelando el comedor empobrecido con una mesa, pocas sillas, muebles viejos, y una lámpara de pocos voltios colgando del techo. Lo único moderno, lo único ficticio, era la pantalla del televisor iluminando la cara del chico.

     - ¿Y las vecinas?

     -Por lo que sé, no la quieren a la vieja. Defiende a la hija, por supuesto. De tal palo tal astilla, dicen. Así que ese es un favor más que le hago…

     -Claro, claro-dije, palmeándole el pecho de camisa abierta.

     - ¿Qué te pasa, Tomasito? ¿Estás caliente?

     Le conté de Claudia. Se me quedó mirando. Eran necesarios diez minutos para despejarse de dudas. Yo iría a buscar al chico, él se quedaría en el auto y tocaría bocina si había peligro.

      -Y decime, ¿no convenía que te aseguraras que no llamara a los canas?

      Me encogí de hombros.

     -La próxima llamáme, te debo una.

     Miramos la hora en nuestros relojes, simultáneamente. Bajé del auto. Los chicos del baldío ya se habían desbandado. La luz de mercurio de la cuadra no funcionaba. Un colectivo iluminó la casa al pasar, y luego sólo quedó la luz intermitente del televisor vislumbrando la noche en la vereda. El cielo era un paño violeta que sudaba gotas de rocío sobre el empedrado. Me detuve en la entrada, la puertita de reja estaba abierta y oxidada. Entré a la casa. El chico no me vio, de espaldas. Y de pronto ladró un perro, que salió del dormitorio. Un animal viejo que caminaba rengueando, y cuyo ladrido era una tos que lo sacudía todo. Gordo, de pelo duro y manchado, tenía una mirada como ciega.

     El chico se dio vuelta y me vio.

     Debía haberlo agarrado de inmediato, pero me di cuenta de que yo lo conocía.

     ¿De dónde, si yo no conocía chicos de su edad, si no era mi ambiente la vida familiar a esas alturas de mi vida? ¿De la salida de alguna escuela, de algún negocio, de alguna esquina esperando el colectivo con la vieja? Era de esos pibes que se le quedan mirando a uno, ni miedosos ni desconfiados, sino nada, con ojos de perro, como dicen. Entonces el animal, luego de intentar amenazarme con saltitos pobres de sus patas viejas, se detuvo y se sentó.

      El chico seguía masticando el pan, arrodillado en el sillón y apoyado en el respaldo. Miró a mi lado, y preguntó:

      - ¿Cómo se llama?

      Era la primera vez desde su muerte en que alguien lo veía. Ni siquiera yo, que la mayoría de las veces me limitaba a sentir su presencia.

      -Duque- contesté.   

      -Es grande- dijo, y se bajó del sillón, caminó hacia mí y estiró la mano ofreciéndole pan.

     - ¿No quiere? - me preguntó.

     -No come mucho. ¿Te gustaría tener uno?

     Me miró con una amplia sonrisa, y entonces me di cuenta de dónde lo había visto. No personalmente, sino en una foto en el departamento de Claudia.

     - ¿Me regala uno?

     - ¿Y para qué lo querés, si ya tenés?

     -Pero es viejo, y no puede defenderme de los de afuera.

     Miró a la calle, donde los chicos iban y venían, riéndose cada vez que pasaban por enfrente.

      -Dame la mano.

     La puso en mi palma abierta, la apreté con fuerza, como lo hacía mi padre cuando me llevaba a la panadería a recoger la primera horneada de la mañana. Duque nos acompañaba, y esta vez hizo lo mismo. Pero esta noche caminamos por la vereda oscura hacia el auto. El chico caminaba con la cabeza en alto, mirando alrededor, buscando quien atestiguara el privilegio del que era objeto.

     Un hombre educado y bien vestido lo llevaba de la mano para regalarle un perro de raza, el mejor de su clase. Y se vería respetado él y su abuela, desde entonces, por los habituales usurpadores del barrio.

 

      Se durmió en el asiento trasero. Emanuel le tenía preparado un caramelo con una dosis de diazepam. Ya había averiguado con sus primos o sus tíos, qué sé yo, que eran médicos y lo habían sido. Nos había visto llegar al auto caminado como lo más panchos, me comentó después, asustado y admirado de mi tacto.

     -Sos un profesional-me dijo, mientras manejaba hacia Belgrano, donde lo esperaba la mujer y la cuñada. La ropa nueva ya comprada, las palabras acordes preparadas. El chico era tranquilo, ensimismado, no haría escenas ni berrinches. ¿A quién extrañaría? Al padre no lo conocía, sólo existía su nombre en el registro civil. La madre venía cada muerte de obispo, pintada y vestida según se le antojaba a sus ganas o su culpa, y el peinado cambiaba tanto que cada vez parecía una madre diferente. Por eso se quedaba quieto al verla venir por la vereda, cuando la abuela y él esperaban la llegada del colectivo que la traía. ¿Quién era esa señora?, le preguntaba a la abuela cuando la madre se iba luego de la cena del domingo.

     Todo eso yo lo imaginaba, pero era más claro que el agua.    

     Mirando atrás, vi el rostro compungido y seco del chico, tan parecido a la foto, tan semejante al padre, probablemente. Era el hijo de Claudia, sin duda.

     - ¿Dónde te dejo? - preguntó Emanuel cuando paramos en un semáforo en la esquina de Avenida La Plata.

     -Dejáme acá nomás, me voy caminando.

     - ¿Qué vas a hacer?

      Me encogí de hombros, como muchas veces ese día. Al llegar, me apretó un muslo con fuerza, con agradecimiento, con intimidad. Eso fue lo más cercano que llegué a ver sus sentimientos, que casi siempre son nada más que construcciones falaces de nuestra psiquis.

     Eran las nueve de la noche. Caminé con las manos en los bolsillos de la campera, contemplando las luces de las calles, los faros de los autos en esa noche de sábado que al fin de cuentas no era muy diferente al resto a ese nivel de la cotidianeidad. Me detuve frente a la guardia del hospital Ramos Mejía, y pensé en el día en que mi vieja se murió. Duque, a mi lado, emitió un aullido que no despertó a nadie a pesar de estar tan cerca de la entrada. Únicamente se asomó en la ventana del primer piso un hombre con una venda en la cabeza. “Ya voy”, dijo. Luego Duque desapareció, acompañado de su nueva alma.

 

 

 

5

 

 

Mamá había entrado y salido muchas veces de hospitales y clínicas en La Plata. A veces con los brazos amoratados, otras con ojos en compota. Alguna vez con un corte en un muslo, que no recordaba cómo se había hecho. Las rodillas vivían casi siempre violetas, se caía muy fácilmente. Los médicos le preguntaban cómo se había hecho todo eso cada vez que iba, daba un motivo, una excusa, una torpeza de su parte.

     Le hicieron tres yesos desde que tengo memoria, dos en un brazo y el último en la otra muñeca, la derecha, de lo que más lamentó porque con esa mano hacía su trabajo. Era profesora de inglés en una escuela secundaria, y yo la veía sentada a la mesa de la cocina corrigiendo pruebas de los alumnos y programando las clases con dificultad y dolor.

     La primera vez que yo recordaba, se había fracturado una clavícula, pero no la enyesaron, sólo regresó con un cabestrillo y una inyección que le habían puesto en el hospital. Papá le había preguntado qué les había dicho a los médicos. Que me caí, contestó. Él la abrazó, sin darse cuenta de que su fuerza lastimaba más a mi vieja.

      Era verdad, se había caído, después de que él la hubiera empujado. Como las otras veces antes y después. Los tres los recordábamos, y también mi perro. Y las paredes de la casa, y las puertas de madera a veces con astillas creadas por sus golpes.

      Tantas veces me pregunté si se amaban, si se habían amado alguna vez, o era simplemente una relación más dura que el amor, que creaba lazos tan complejos que no podían ser entendidos por ninguno de los dos. Mamá tenía su carácter, como dicen, pero sólo se daba con relación a sus alumnos en la escuela. La habían visto dar clases alguna vez, y era firme y estricta con ellos, todos varones, y la respetaban. Me pregunté si era su naturaleza o descargaba en ellos la ira que reprimía en casa. No era una mujer demasiado bella, era simplemente linda, con maneras delicadas, cabello castaño muy enrulado y corto, piel clara y ojos de un azul profundo que resaltaban tras los anteojos. Baja de estatura, nariz pequeña y hombros encorvados por su profesión. Mi padre, en cambio, era alto y musculoso, consecuencia de su entrenamiento militar y del gimnasio al que iba una vez por semana. En los veranos en Pinamar, era de los pocos que usaba un short ajustado de natación Con la piel bronceada, caminaba por la playa para meterse en el agua, y era objeto de las miradas. Cuando mamá lo acompañaba, con su figura esmirriada y la malla enteriza, y hasta a veces con los anteojos que se había olvidado de quitarse, las mujeres en bikini les hablaban, y cuando se dirigían a ella la trababan como si fuese una prima, o una tía, de ese hombre. Papá estaba acostumbrado y no los hacía caso. Pasaba un brazo por los hombros de mi vieja, y entraban al agua. Me hacía señas para que fuera a buscar los anteojos, entonces yo corría con Duque y me quedaba parado en la orilla. Ambos reían en esas treguas inesperadas.

     “¿Es tu papá?, me preguntaba alguna haciéndose visera con la mano al mirar el mar. “Mi papá y mi mamá”, le decía, y ella se iba, confusa, asustada por mi perro que la miraba con inquina.

      Pienso que se amaron, por supuesto, pero aquello que llamamos amor es una falacia que desparece con el paso del tiempo. Lo que lo reemplaza puede ser algo más realista, y entonces, quizá, todo salga relativamente bien. Pero lo que deviene siempre es la desilusión, y no hay más que dos alternativas posibles: la compasión o la ira. Mi madre no era lo que mi padre habría deseado que fuese, no respondía como él lo esperaba, ni decía las palabras que lo hubieran sosegado. No era el cuerpo que esperaba ver al regresar a casa ni la actitud que lo sometiera a un deseo o un pensamiento por su mujer. Fueron los años o las costumbres, pero creo que ese amor estaba condenado desde el principio. Para que dos personas tan diferentes se sintiesen atraídas durante mucho tiempo, ambas, en su fuero interno, debían tener lo que la otra mostraba en su exterior. Pero en mi viejo nunca vi más que furia interna y descontento. La frustración la canalizaba en su ira. Y mi vieja aparentaba fortaleza en sus clases para que sus alumnos no le pasaran por encima, como hacíamos en mi clase con muchos otros profesores, haciendo lío, tirando tizas al pizarrón, sin dejarles dar sus clases. Me daba cuenta cuando ella regresaba a casa, dejaba las carpetas en la mesa de la cocina y se largaba a llorar. Luego de secarse los ojos, me miraba del otro lado de la mesa. “¿Me hacés un mate?”, me pedía, y empezaba a corregir las tareas.

      La noche del drama fue al final de un día de verano especialmente caluroso. El termómetro en la pared de la cocina había marcado los treinta y nueve grados en plena siesta, y antes de la cena seguía en los treinta y cinco. Mamá había llegado tarde, habitualmente volvía a eso de las tres de la tarde y se tomaba una siesta de media hora antes de ponerse a hacer las cosas de la casa.  Pero esta vez llegó cerca de la seis. Estaba pálida y transpirada. No quiso perder tiempo en ducharse, así que se puso a recoger las sábanas de la mañana y ponerlas en el lavarropas, después salió a comprar cosas para la cena. No pedía ayuda, la avergonzaba mostrarse débil o con fiaca frente a los hombres de su familia. Yo tenía quince años entonces, y me estaba pareciendo a mi padre en cara y cuerpo. No me daba cuenta, tampoco, que ciertos desdenes se me habían impregnado. La enseñanza del viejo daba frutos.

      Papá regresó más temprano. Escuchamos el auto en la entrada y Duque salió ladrando y saltando. El viejo lo detuvo con un chasquido, y Duque lo siguió, cabizbajo. Tenía la camisa empapada de transpiración. Se la sacó y la tiró en una silla, se secó con una toalla que fue a buscar al baño. Cuando volvió a la cocina, se apoyó en la mesada mirando a mi vieja cortar la cebolla.

     - ¿Qué te pasa?

     - ¿No ves la cebolla?

     - No me contestés así, ¿no sabés el día de mierda que tuve hoy?

     Ella lo miró con el cuchillo en la mano, el filo sobre la tabla, pero él percibió algo que yo también había visto desde la tarde.

     - ¿Y te pensás que yo me divertí en esa escuela de mierda, oliendo la transpiración de todos esos chicos sucios?

      El repiqueteo sobre la tabla continuó. Papá no estaba acostumbrado a esas respuestas, así que se sentó mientras seguía secándose el cuerpo. Me miró, en silencio, señalando a la vieja, me encogí de hombros. Por un momento, lo vi desconcertado, como decidiendo qué hacer ante la nueva estrategia de un enemigo.

     Mamá dejó lo que hacía, secándose la cara con el delantal, y sacó la ropa para tenderla en el patio. Volvió para continuar con la cena a medio hacer. Papá estaba inquieto, leía el diario y las noticias tampoco lo sosegaban. Protestaba contra la prensa que distorsionaba todos los hechos. Si donde decía que los subversivos habían matado a cinco militares, la verdad era que habían hecho estragos en una esquina de Nueva Pompeya, y habían muerto veinte con las bombas. Él lo sabía porque había ido con su pelotón a tirar abajo los comités clandestinos de ese barrio y de Barraca al Sur. Los seguidores de Gloria Sanmarco eran peores que su caudillo, que gracias a Dios había desparecido.

      -Es la guerra- dijo mamá.

      Él cerró el diario de golpe.

      -Muy inteligente lo tuyo, Estercita. ¿Y para cuándo la comida?

      Se levantó y fue al baño, lo escuchamos orinar con chorro fuerte porque no cerraba la puerta. Mamá se me acercó y me dijo en voz baja:

      -No me siento bien, hoy me desmayé en la escuela y por eso llegué tarde.

    

      -Decíle…

    -No, ¿para qué?

     Me levanté y fui al baño. Papá se estaba cerrando el cierre del pantalón y abrió el grifo para lavarse las manos.

      - ¿Qué mirás vos, maricón?

      -Nada…-dije, ya no tenía ánimos para contestarle. Por más que mi cuerpo demostraba parecerse a él, tenía, quizá, el alma de mi madre.

      En la cocina volvimos a esperar sentados. Yo mirando la televisión. Él, dando vueltas las páginas del diario una y otra vez, tomando el vino que debía haber guardado para la cena. Duque esperaba junto a mamá algún regalo de comida. Terminó el noticiero y empezaba el programa de Cacho Fontana y sus preguntas. Se había cansado de esperar la cena, y gritó:

      - ¿Será posible, che, que no puedas hacer nada bien?

      Fue un desprecio en un grito airado, más hiriente que un insulto.

      Ella tiró la fuente de carne que sacaba del horno cuando lo oyó. Toda la carne a la criolla, con su aceite y su jugo yacía en el suelo, mezclada con vidrios.

      - ¡Pero la puta madre que te pario! Si saliste una inútil de mierda. ¿Sabés lo que me cuesta mantenerlos a ustedes? ¡Y vos tirando la comida!

      Duque aprovechaba la ocasión, pero tuve que agarrarlo para que no se lastimara con los vidrios. Papá se levantó y apretó a mamá contra la mesada, pero antes se había resbalado con el aceite del piso. Noté ese resabio de vergüenza ante el tropezón que cualquier debilucho pudo haberse dado, pero que en él fue una vergüenza. Y eso puso una gota más de acíbar a su ira. ¿Qué le pasaba fuera de casa? Sé que sus colegas en la fuerza no confiaban en él por sus arrebatos, y los jefes lo exceptuaban continuamente de los ascensos. Pascual Ansaldi era resignado a los pelotones de guardia que nadie quería hacer, porque eran peligrosos, pero él los pedía. Cuando regresaba al cuartel, se metía en los vestuarios a felicitar a sus hombres de ducha en ducha, abrazándolos, con una campechanía que todos festejaban, pero de la que también ser reían y murmuraban. Decían que era un miembro imprescindible en el proceso de reconstrucción nacional. Por eso el tío Ángel lo había designado para colaborar con Gonzaga en los allanamientos de los Escuadrones. ¿Pero en qué se gastaba toda la plata, el sueldo y los extras? Nuestra casa era apenas de clase media, y nuestros veranos en Pinamar eran comunes y corrientes. Más tarde, mucho después, escuché lo que se había dicho en esa época y ya no importaba. Las farras de mi viejo en los puteros, mujeres y hombres, mucha bebida blanca y droga. Por eso, tal vez. Volvía hastiado a casa. Ojalá esa noche hubiera vuelto tarde. ¿Le habrían cancelado una cita? ¿El laburo en Barracas lo había agotado y se volvió?

      Mamá le contestó, por última vez:

      - ¿No ves que estoy cansada?

      -Te veo, mierda, pero no te entiendo un sorete de lo que sale de tu boca.

      Y le golpeó la cabeza con fuerza contra la alacena. Lo vi, y no hice nada. Ni yo ni Duque reaccionamos, porque estábamos acostumbrados a no meternos, a no provocarlo, a convertirnos en sombra. Ella se tambaleaba con la frente ensangrentada, luego él la tiró al piso y le restregó la cara contra la carne y los vidrios.

     - ¡Ahora te la vas a comer vos! - Y le golpeó la cabeza una y otra vez contra el suelo.

    Entonces yo solté a Duque y me tiré sobre la espalda de mi viejo, que seguía encima de ella, agarrándola del pelo. Cuando se dio cuenta, me empujó y me caí de espaldas. Él se levantó y se me tiró encima, sujetándome los brazos y golpeándome los testículos con la rodilla. Duque, se apareció enfurecido como nunca lo había visto y le mordió la cara con todo el ancho de sus mandíbulas. Papá me soltó tratando de golpear al perro, pero Duque lo había vuelto de espaldas y no soltaba sus dientes. Yo veía la sangre y la carne. Hasta vi los ojos del viejo morir entre los dientes. Era extraño ver la obsesión del perro como si le estuviese comiendo la cara, ese símbolo supremo de las expresiones humanas, pero también el más insobornable disfraz jamás creado.     

      Cuando lo soltó, la cara de mi padre era una mezcla de sangre, huesos y carne rota. Se cubrió con las manos, pero gritaba apenas se tocaba, y las manos entonces fueron por primera vez los impotentes gestos de su ira. Lo mismo que su boca, porque sus gritos eran guturales, y la lengua estaba tal vez muerta para siempre.

     Me quedé en el piso, sin saber qué hacer. Duque me lamía las manos y la cara con la sangre del viejo. Sentí su olor, y fue como heredar su furia.

     Me levanté. Mi vieja estaba quieta, como muerta, en un charco de sangre que le salía por la cabeza. La envolví en sábanas, la arrastré hasta el auto en la cochera. Volví a la casa. Cerré puertas y ventanas. Le dije a Duque:

     -Que no se mueva.

     Cerré la puerta de calle, saqué el auto y conduje hasta el hospitalito del barrio. Paré en la puerta de la guardia, donde un médico estaba fumando. Cuando me vio todo manchado abriendo la puerta trasera, debió pensar que era un asesino, sin embargo, me dijo:

     -Entrá pibe, llamá a los camilleros o un enfermero, yo la cuido. ¿Quién es?

     -Mi vieja- dije, y me puse a llorar, y no pude caminar más.

     Todo fue niebla y furor en esos momentos. Yo estaba sentado en una silla de la sala de espera. Pregunté a una enfermera que pasaba lo que me había sucedido cuando llegué.

     - ¿Cómo? Nada, pibe, estás sentado acá desde que la entraron al quirófano. No te preocupes. ¿A quién podemos llamar para que te acompañe?

      Miré el reloj, eran las tres de la mañana. Vi a dos policías llenando formularios, me pregunté si me interrogarían. Intenté ponerme a la sombra, pero ya uno de ellos se me acercaba. Se me sentó al lado.

      -Llamamos a tu tío. Ordenó el traslado de tu mamá al hospital militar. Te espera allá cuando lleguen.

     - Pero no entiendo, ¿cómo saben?

     -Está bien, pibe- me dijo, palmeándome la espalda. -Ya nos contaste todo hace un rato, ¿no te acordás? No importa, flaco. ¿Querés algo, te traigo un café?

      Me lo trajo y esperamos.

     -Por ahora tu vieja está en buenas manos, el doctor Blas Ibáñez es hijo de una eminencia. Es medio raro, pero no te preocupes.

     El doctor recorrió el pasillo con la cofia aún puesta. Me apretó el brazo con cariño. Era el mismo que me había recibido en la entrada.

     -Está estable, pibe. No pude hacer mucho más que darle los primeros auxilios.

     - ¿Se va a morir? - pregunté.

     -Perdió mucha sangre. Tiene el cráneo fracturado. No te puedo asegurar nada.

     El policía dijo:

     -Doctor, tengo orden del juez de paz en la causa para el traslado a Buenos Aires.

     -No recomiendo para nada un traslado en este estado, por lo menos hasta que se estabilicen los signos vitales.

      El policía mostró la orden.

     - ¿Así que sos un Ansaldi? - me dijo el médico, devolviendo el papel. - Que Dios te proteja, pibe. - Se dio vuelta y se fue por el pasillo.

      -Ya te dije que era raro- murmuró el cana.

 

     Una hora después llegó la ambulancia y cargaron la camilla con mamá. No me dejaron verla, me llevaron directamente al patrullero que escoltó la ambulancia hasta el Hospital Militar. Eran las seis de la mañana y el tío Ángel me estaba esperando en la guardia. Me abrazó mientras se llevaban a mi vieja al quirófano.

     No sentamos en el comedor para desayunar algo. No había casi nadie a esa hora, pasamos por el mostrador, nos sirvieron café con leche y dos medias lunas. Me ofreció más cosas, pero yo no quería. No insistió. Después de un rato, preguntó:

      - ¿Qué pasó anoche? Algo me contaron los canas. ¿Sabés adónde pudo haberse fugado? No es propio de él…

      ¿Eso les había contado? No me acordaba, pero de a poco las piezas se fueron armando.

     Entonces seguí el hilo que, inventado o no, el tío me había tendido.

      -No dijo nada, estaba tan asustado cuando creyó que la había matado, que salió corriendo. No se llevó el auto, por suerte.

     -Sí, por suerte. Hiciste muy bien, pibe, estoy muy orgulloso, querido. Tengo muchas esperanzas puestas en vos.

     Me agarró de la nuca con cariño y me dio un beso fuerte en la frente. Nos quedamos así un rato largo, él con su brazo sobre mis hombros, raspándome la cara con la barba que no había tenido ocasión de afeitarse esa mañana.

     - ¿Qué le pasa a mi papá, tío? ¿Por qué tiene tan furia?

     - Cosas, pibe. Ya sos grande, y es tiempo que sepas. ¿Tuviste sexo alguna vez?

     -Sí- dije.

     -En un putero, me imagino.

     -Sí, hace un año. Me llevó papá.

     - ¿Y? ¿Fue todo bien? ¿Te gustó?

     Me quedé callado un rato, pero sabía que no tendría otra ocasión de hablar de eso.

     -Me empujó a la habitación, con la chica. Debía tener mi edad o un poco mayor supongo. Se quedó con nosotros, y como me veía tímido empezó a manosearme, ya sabés, hasta que se me paró. Y bueno, la mina siguió después. Me olvidé del viejo por un rato, y no me di cuenta hasta que terminé que se estaba masturbando mientras nos miraba. Terminamos juntos, me dijo.

     - ¡La pucha, con mi hermano! ¿Y a vos eso te molestó?

     -No sé. A lo mejor, no habría sabido cómo hacerlo. Me protegió, me parece. Y me dijo que nada de eso estaba mal, y desde entonces ya no tengo vergüenza. Cuando salimos me habló de la gente y sus mentiras. A veces, había que aparentar.

      -Tu viejo es un hombre que confía nada más que en la fuerza y el sexo. Cuando conoció a tu madre, fue un oasis que no duró mucho porque pronto la secó. Le chupó todo el amor que ella le tenía y la dejó seca.

      Comenzaron a llegar médicos que saludaron a Ansaldi. El tío me presentó y todos me dieron la mano con respeto. Preguntó por mamá, todavía nada, dijeron. Seguimos esperando.

      - ¿Papá está loco? - pregunté así nomás, a rajatablas. Necesitaba saber.

      -No me hagás reír- me contestó, pidiendo otro café para los dos. - ¿Quién no lo está en estos tiempos?  Echále la culpa a tu abuelo, como hicimos nosotros. Era igual a mi hermano. A los catorce nos llevó a un putero de lo más bacán. Una casona hermosa que le habían quitado a unos franceses venidos a menos, que se volvieron a su país. Mujeres hermosas, distinguidas, limpias, que hacían lo que hacían como si todo fuese natural. La comida y la bebida, de lo mejor. Nos acostumbramos, nuestro viejo nos acompañaba, tenía sus preferidas. Pero unos meses después trajo a sus compinches a la habitación. Nos llamó a los dos, porque no te dije que nos había acostumbrado a los tríos, también. Todo eso duró años.

     Me miró a los ojos.

     -Sabés de lo que te estoy hablando, ¿no? A lo mejor es mucho para una sola noche.

     -No, tío. Seguí, esta es una noche de aprendizaje.

     Me revolvió los pelos de la cabeza.

     -Vos sos un hombre, ya, querido. Como te venía contando, en esos tiempos uno sabe, intuye lo que pasa. A Pascual entraron a molestarlo, ya te imaginás. Se dejó hacer, y después se las agarraba con las mujeres, porque tenía mucha energía. Terminaba tres o cuatro veces en toda la noche, y cuando empezaron a desmadrarse las situaciones, golpes, malas palabras, cosas rotas, lo echaron. Yo había dejado de ir con ellos, pero tu viejo me contó. Mi padre le dio unas cuantas patadas en el culo a tu viejo , y lo llevó de una oreja a la habitación, lo desnudó aunque ya tuviera dieciséis años y lo hizo masturbarse hasta que se caía de cansancio. De esa manera quería curarlo, purgándolo de semen. Porque esa era la diatriba de mi padre, la energía del macho es el origen del mundo.

    Lo miré como si me estuviese contando una película.

    -Todavía no caés, vos. Cuando lo pienses mejor, te vas a dar cuenta.

    No hubo cura, por supuesto. Pero yo, esa mañana ya venía construyendo un nuevo tratamiento para mi viejo.

 

     -Tengo que volver. Dejé a Duque solo.

     - ¿Nadie puede pasar por la casa?

     -Cerré con llave, por los ladrones.

     -Dame para acá y mando a alguien.

     -No, tío, Duque ataca a cualquier extraño cuando no estamos nosotros. Ya lo conocés.

     -Si, está bien, ya me mordió una vez tu jodido perro. Pero dejá que uno de los míos te lleve.

    Acepté, pero antes tenía que esperar el resultado de la operación. A la diez de la mañana apareció uno de los cirujanos. Era viejo ya, pero el neurocirujano más respetado del país por ese entonces.

     -Alberto, este es mi sobrino.

     -Un gran gusto, muchacho. Tu mamá está estabilizada, en coma inducido, por supuesto.

     - Palabras fáciles para los legos, por favor-dijo el tío.

     Cisneros pidió disculpas y le costó un rato hallar las palabras adecuadas.

     -Tu madre ya no va a ser la misma, Tomás. Partes de su cerebro han muerto, por los golpes, pero también por los coágulos. Los huesos ya no sirven, habría que ponerle una prótesis.

     -Palabras compasivas, Alberto, por favor…

     El doctor Cisneros lo miró con encono.

     -Ya es un chico grande, ¿no?

     Así era, y había que esperar. No quise perder tiempo y le pedí al tío que me dejara ir y me mantuviera al tanto de lo que pasara. En cuanto arreglara que alguien cuidara a Duque me volvía a la capital.

      Llegué a casa. Le dije al oficial que me trajo que se volviera a Buenos Aires, no lo necesitaba. Era parco, de los que el tío se rodeaba como hombres de plena confianza. Pedro, se llamaba, parecía lento de mollera.

      -Mis órdenes son de esperarte, el coronel me mata si sabe que te dejé solo.

      -No te preocupés. Andá nomás a pasar la tarde en la esquina de la 98 a dos cuadras. Vas gratis, decí que lo pongan en la cuenta de los Ansaldi.

      El Falcon arrancó. Entré a casa. Duque apenas se distrajo de su vigilancia para recibirme. Papá estaba en el mismo lugar donde lo había dejado, pero apoyando la espalda en el horno que seguía encendido y le había quemado la espalda. Tenía los brazos y las piernas llenas de heridas. Seguramente quiso levantarse, pero Duque se había encargado de eso.

     Lo arrastré por la cocina y el pasillo hasta la habitación chica que usábamos cuando alguien se quedaba a dormir, estaba al fondo de la casa con sólo una ventana que daba al patio trasero. Me costó media hora, con descansos, llevarlo y subirlo a la cama. Tenía huesos rotos en los brazos y las piernas por las mordeduras. La cara seguía cubierta de sangre seca. A veces, protestaba con ese sonido gutural que nadie escucharía en muchos años. Le lavé la cara, que tras las costras no era más que colgajos de músculos, huesos de la nariz rotos, sin cejas ni labios. Parecía una calavera. Lo desnudé y lo aseé un poco. Movió un brazo para agarrarme la mano. No tenía fuerza. ¿Me escuchaba? Seguramente.

      -Yo me encargo de vos, viejo. Estás en las manos de tu hijo que tanto te quiere.

      Se infectaría, por supuesto. Su dolor, en cambio, no me importaba. No podía gritar, así que no me importaba. Pero si yo pretendía cumplir el ambicioso plan que me había propuesto, que había surgido como una revelación desde alguna parte escondida de mi mente, allí donde los antiguos anatomistas han dicho que está el alma, no debía dejarlo morir. Lo alimentaría todos los días, limpiaría su mierda, también, porque a diferencia del abuelo, yo aplicaría la purga de otra manera. Esa sería mi vida desde entonces.

     Cubrí la ventana con ladrillos del lado exterior. Duque me veía hacer, recordándome su comida. Le día agua, le hice una gran cacerola de recompensa.

     Volví a la habitación. El viejo se había movido un poco, jadeaba de fiebre. Le inyecté antibióticos que me robé del hospital. La primera dosis de muchas. Lo dejé desnudo en la cama. Su cuerpo era una tragedia, una estrambótica caricatura de lo que había sido. Cerré la puerta con llave. Corrí el armario.

     Sonó el teléfono a las seis de la tarde. Mamá había muerto hacía un rato. El tío se encargaría de todo, que durmiera en casa y que Pedro me llevara en la mañana para las exequias en el panteón de los Ansaldi en la Chacarita.

     Tras la puerta tapiada, el silencio.

     El pasillo oscuro era un estrecho umbral donde la noche luchaba sus batallas contra los muros. Pero la única salida había sido abolida.

 

 

 

6

 

 

Por lo menos hasta la intromisión de Laura, la cual aborrecí y maldije hasta el punto de que querer matarla con la pala que agarré para desenterrar la única presencia real de mi vida. Pero las manos de Laura, al abrazarme, volvieron a rescatarme por un tiempo. A mi viejo se lo llevaron en una ambulancia. Me dijeron que se murió en cuanto la luz del día le iluminó el cuerpo lleno de cicatrices y pústulas que nunca habían sanado. Ángel Ansaldi vio el cuerpo una sola vez, antes de enterrarlo en el panteón junto a mi vieja. Me hizo la cruz para siempre. Estaba sonado. No me libraría de su influencia y sus caprichos por el resto de mi vida.

     Seguí camino hacia el Abasto. Sin pensarlo demasiado, mis pasos me llevaban de vuelta al departamento de Claudia. ¿Para qué? ¿Anunciarle que su hijo iba a tener la mejor vida con los Saravia y los Gonzaga, pero que no lo iba a volver a ver el resto de su vida? Se mataría, probablemente. Yo lo haría, es decir, lo haría por ella.

      Acaso el castigo que impuse a mi viejo fue algo inútil, y sin embargo necesario. Pero hay cosas que son útiles para algunos, pero no necesarias para la mayoría. Evitar el dolor de alguien no es imprescindible, y sin embargo cuánto lo agradece el ser al que aliviamos del dolor.

      A veces me pregunto si los que condenaron, clavaron y mataron a Cristo no fueron instrumentos de una inmensa estrategia de salvación por el dolor y el remordimiento. Vivimos con la culpa a cuestas, y de pronto nuestra alma apesadumbrada por el encierro de la carne, se expande, se libera y ¿es feliz? ¿Eso es todo? ¿El cuerpo de carne y hueso es un muro, una cáscara que nos separa de lo etéreo, del éter al que llamaba Aristóteles la sustancia vital del universo?

      Sólo sé que hay cosas que están bien, y que no coinciden con lo que debe hacerse. El chico que ahora dormía en una casa de Belgrano estaría mejor, sin duda, de lo que estaba antes. Era necesario. El dolor encerrado en la habitación de mi casa, la putrefacción y la mugre que mi viejo olía cada día, no estaba bien, por supuesto, pero era necesario. Cuando él me abrazaba y me cuidaba en el burdel, era su forma de protección, era lo que necesitaba hacer para que su pasado tuviese sentido. De otra forma se habría suicidado, pero amaba demasiado los éxtasis que le ofrecía la vida para privarse de ellos.

     Lo fatalmente necesario es la ausencia del remordimiento, esa plaga de garrapatas que chupa la sangre toda la vida hasta dejarnos exhaustos. Sin esta barrera, el camino se ve más claro. Los errores pierden vigor porque el dolor no impide su resarcimiento y las pérdidas se compensan sin nostalgia. Cristo es un lujurioso monaguillo nacido del esperma del cerebro humano.    

    

     Llegué a la puerta del edificio de Sarmiento. La noche era igual que la víspera, y por un momento casi me convencí de que no había pasado nada de lo que creía recordar. Los mismos faroles encendidos en la puerta, las hojas de diario en el vestíbulo arremolinadas junto a la entrada, el perro acurrucado como un ovillo de pelo duro sobre el bordillo de la acera, la misma pizarra con las ofertas del kiosco de al lado atada con cadena al poste del alumbrado, los mismos coches estacionados. Sin embargo, lo que cambiaba todo era el recuerdo, ese monaguillo con ambiciones de obispo que todo lo registra en las cuentas del debe y del haber, que no se olvida de la más mínima impronta dejada en la piel y la carne de los corderos de Cristo.

      El portero eléctrico no funcionaba, decía un cartelito pegado con cinta scotch. Y habían dejado la puerta sin llave. Me di cuenta de que la noche del viernes había visto el mismo cartel, ya era viejo. Todo confluía, me dije, en la noche. Los astros, que acaso ni Dios puede controlar, se avecinaban para espiar nuestra conducta como en una casa de muñecas. Pronto, sacarían el techo o las paredes de esa vieja escenografía y se dispondrían a regocijarse con los diálogos no escritos de la fatalidad, una más de las para ellos vitales contradicciones que renuevan su imperio.

      La luz del vestíbulo, titilante y opaca. El espejo frente a la ascensor, testigo mudo y paciente de las bestias humanas que entraban en la jaula que parecía conducir al cielo o al infierno. ¿Era, acaso, el espejo, la contaduría eterna de Dios? Tantas veces me he preguntado quién me mira desde el espejo, quién esa criatura que sonríe desde el fondo, tras mi imagen. ¿Quién no ha visto, mirando a alguien observándose en un espejo, que algo o alguien sonríe tras los vanidosos gestos de aquel otro que está contemplando su reflejo, su ropa, su maquillaje, su postura? Siempre esa presencia que estropea todo regocijo. Por eso yo había quitado el espejo del cuarto de mi viejo cuando lo encerré. No tanto porque fuese a lastimarse al tropezar estando ciego, sino por esa presencia del espejo que al no tener quien la observase, se enfadara y decidiese invadir la realidad de la habitación.

     No haría ruido ni me delataría. La sorpresa debía ser el detonador para Claudia.

     Sin embargo, en el rellano de la escalera del segundo piso, me encontré a una vieja, que aparentemente me esperaba.

      - ¿Usted viene a ver a la del tercero? - me preguntó, señalando con el pulgar hacia el techo. Parecía media ciega, sino del todo, y su presencia en el descanso de la escalera parecía ser tan natural como el de una antigua ave mitológica encargada de cobrar el peaje a zonas prohibidas. Ciega como la justicia, ciega como la muerte.

       Asentí con la cabeza.

      -Por lo menos, se ve que no es lenta ni perezosa. Dígale que mañana paso a cobrarle los meses que debe.

      - ¿Usted es la dueña del departamento?

      Se rio.

     -Me ocupo de cobrar para el doctor, que es el propietario, nada más. Vivo en el cuarto.

     Me dejó pasar. Ella se quedó, no sé hasta cuándo.

     Toqué el timbre del departamento de Claudia. No creía que estuviese durmiendo, no eran más que las diez y media u once de la noche, o tal vez más temprano. El día, sin embargo, parecía haber concluido en ese lugar. El silencio era propicio para el tiempo y el espacio de la madrugada.

     Dos timbrazos y unos golpes educados en la puerta, que en el palier sonaron con estruendo de impaciencia. Sabía, porque había mirado por ella, que la mirilla de la puerta estaba obnubilada y no servía.

     - ¿Quién es? -.La voz de Claudias sonaba tan diferente, como lo único que desentonaba con la noche anterior.

      Le contesté, sabiendo de antemano su reacción.

      - ¡Andáte!

      La voz era un chillido que apenas traspasó la puerta.

     -O llamo a la policía.

     -Si no lo hiciste esta mañana, Claudia, no lo vas a hacer ahora. O querés que te quiten a Diego.

     El silencio fue la respuesta que yo esperaba, la ingrata sorpresa sobre los desprevenidos.

      - ¿Qué tenés que ver con Diego?

     Su voz, intentando serenarse, era como un auto antes de perder el control, austeridad intentando negar el miedo.

      -No te puedo decir si no me abrís.

      -Me estás mintiendo-dijo, estirando un salvavidas que ya estaba roto desde el principio de la conversación.

      Por eso abrió la puerta, sin destrabar la cadena que apenas dejaba un resquicio de diez centímetros para la mitad de su rostro.

     - ¿Qué tenés que ver vos, hijo de puta, con mi hijo? - la amenaza se tornó en desgarro: - ¿Qué sabés? Decime….

      -No hagamos escenas, Claudia, la vieja del cuarto está en la escalera como un pájaro de mal agüero.

     La vi tornar el ojo asomado hacia el pasillo, oscurecido hacia el hueco de la escalera.

     Cerró la puerta, descorrió la traba y me dejó entrar.

     Nos quedamos en ese simulacro de pasillo, entre una pared muerta y otra en la que se abría la puerta de la cocina un par de metros más allá. En la pared muerta, sin embargo, colgaba un espejo, apenas iluminado por la luz que se escabullía desde la cocina. La sombra era la dueña de la imagen reflejada: Claudia y yo como dos figuras sometidas a una vida de esclavitud mutua.

Pero ambos estábamos, por ahora y en esa noche de sábado, apartados por el vacío donde el resquemor creaba grietas que se extendían y se agrandaban.

     Y allí,- me di cuenta cuando vi la mirada de Claudia hacia el piso-, estaba Duque.

     - ¿Y ese perro?

     Levantó la vista otra vez hacia mí, esta vez enojada, sin temor.

     -Sos de esos, ¿no es cierto?

     - ¿Esos cuáles?

     -De los de arriba, con perros y autos, llevándose a todo el mundo.

     No sabía si hablaba de realidad o misticismos, su comentario era una alegoría tanto de la realidad sociopolítica como de la sensación que yo tenía de mí mismo desde hacía mucho tiempo: un mensajero, ¿un sicario?

      -No te preocupés por él, viene y se va cuando quiere.

     La llevé hasta el sillón frente al televisor, encendido y sin volumen. La pantalla se reflejaba en el ventanal del balcón, con la persiana levantada y las cortinas corridas. Podían escucharse sirenas de la policía y verse los arcos de Abasto.

      - ¿Viste el desfile por el balcón?

      Se sentó despacio. Sí, le había hecho daño esa mañana, la había desgarrado, probablemente. Pero eso no era nada con lo de esta noche.

      - ¿Qué querés? -  me dijo, largándose a llorar, agarrándome una mano, apretándola con fuerza como si quisiera lastimarme, pero ella imploraba. - Decime de Diego, ¿cómo lo conocés?

     -No me dijiste que el padre se había muerto en las islas.

     - ¿Y por qué tenía que decírtelo? No era nada para mí. Me embarazó y desapareció. Yo crie a Diego sola…

     Se encogió de hombros, condescendiente consigo misma y su argumento. Miró a Duque, sentado en el piso al lado del televisor. Nos observaba, y desde la pantalla se repetían las imágenes de la aglomeración en la Plaza, una y otra vez.

     -Diego va a estar bien, Claudia, no tenés que preocuparte más por él.

     - ¿Ustedes se van a encargar de él?

     - ¿Nosotros? ¿Quiénes?

     -Ustedes, los usurpadores.

     Pensé en Laura, y fue como escucharla luego de tanto tiempo.

     Señalando la televisión, le dije:

     -Los ingleses, Claudia, son los usurpadores de las islas. Nosotros las recuperamos.

      Recité la seguidilla de frases hechas que intentaron en vano durante mucho tiempo de justificar los actos y convencer a la mayoría, esa inexistente entidad de la que se vanaglorian en conocer los necios.

     - ¿Y para qué viniste, entonces?

     Las sirenas se acercaban hacia el Once. No eran siquiera las once de la noche. El número repetido: mi número favorito de niño, la cábala impuesta por cumplir más de lo que me pedían. El diez de la escuela en los cuadernos de clase era un azar, pero el once siempre estaba ahí, imposible, pero siempre cierto. Mi viejo el número once, el del cuerpo fuerte como el de un Atlas de gimnasio, el que me llevaba de la mano a conocer a las mujeres, el que me enseñaba en el auto lo que debía y no debía hacerse, estacionados bajo la sombra de algún viejo edificio. Ese cuerpo que emanaba calor y protección, los puños que se abrían como una concesión irremediablemente ansiada. Y la caricia en el pelo era un ademán de poder y sumisión, la ambigüedad como norma, la dicotomía como éxtasis.

      Le acaricié la cabeza a Claudia. Ella la recostó sobre el respaldo del sillón, y se dejó tocar. ¿Qué había pasado durante la tarde? ¿En qué habría pensado que ahora se abandonaba así, tan sumisamente?

     - ¿En qué pensás? - le pregunté al oído, rozando su piel con los labios.

     -En que todavía no sé, o no me acuerdo, cómo te llamás.

     Hablaba con los ojos cerrados, atenta a las sirenas que se acercaban, muy lentamente, indecisas, intermitentes, desastrosamente inadecuadas para otra cosa que no fuese el suplicio.

     Entonces murmuré mi nombre junto a su oído.

     Me asenté sobre ella, como hacen los buitres.

     Le tapé la cara y la boca con mis manos.

     Los minutos pasaron lentos y seguros. Las sirenas se acallaron. El perro en la vereda empezó a ladrar. Duque había desparecido.

     No eran las doce de la noche. El sábado de abril no había terminado.

     Levanté su cuerpo, la llevé a la cama. Le saqué la ropa y me desnudé con ella. Su silencio me defraudó, como el silencio de mi vieja.

     Me vestí, dejé billetes sobre los billetes que aún permanecían intactos sobre la mesita de luz.

     Tomé el ascensor, no quería ver a la vieja en la escalera.

     Mi descenso debía ser un viaje solitario y sin regreso.  





Ilustración: Robert Bubel

No hay comentarios:

Los usurpadores

  1       La conocí en un boliche del Once, sobre Jean Jaurés, a media cuadra de Rivadavia. Ahí nomás estaban la...