Un denso ambiente nos envuelve. La vieja
Europa se adormece en una atmósfera car-
gada y viciosa; un materialismo sin gran-
deza pesa sobre el pensamiento y estorba la acción
de los gobiernos y de los individuos; el mundo
muere de asfixia en su egoísmo prudente y vil, y
al morir nos ahoga. Abramos las ventanas para
que entre el aire puro; respiremos el aliento de
los héroes.
La vida es dura. Para los que no se resignan a
la mediocridad del alma es un combate diario,
triste las más de las veces, librado sin grandeza
ni fortuna en la soledad y en el silencio. Oprimi-
dos por la pobreza, por los ásperos deberes domés
ticos, por los trabajos abrumadores y estúpidos,
en los que inútilmente se pierden las fuerzas, la
mayor parte de los hombres están separados los
unos de los otros, sin una esperanza, sin un rayo
de alegría, sin tener siquiera el consuelo de tender
la mano a sus hermanos de infortunio, que nada
saben de ellos y de quienes ellos nada saben. Ca-
da uno cuenta sólo consigo mismo; y hay mo-
mentos en que los más fuertes flaquean bajo el
peso de su pena, y demandan socorro y amistad.
Para ayudarlos me propongo reunir, en torno
suyo, a los Amigos heroicos, a las grandes almas
que se sacrificaron por el bien. Estas Vidas de
Hombres Ilustres no se dirigen al orgullo de los
ambiciosos, sino que están consagradas a los des-
venturados. ¿Y quién, en el fondo, no lo es?
Ofrezcamos a quienes sufren el bálsamo del sa-
grado sufrimiento. No estamos solos en el com-
bate, pues alumbran la noche del mundo luces
divinas, y ahora mismo, cerca de nosotros, hemos
visto brillar dos de las más puras llamas, la de la
Justicia y la de la Libertad: el coronel Picquart
y el pueblo boer. Si estaos llamas no han logrado
abrasar las espesas tinieblas, nos han mostrado,
en un relámpago, el camino. Avancemos en pos
de estos hombres, en pos de todos los que como
ellos lucharon, aislados, esparcidos en todos los
países y en todos los tiempos. Acabemos con los
valladares de los siglos y resucitemos el pueblo
de los héroes.
No llamo héroes a los que triunfaron por el pen-
samiento o porda fuerza; llamo héroes sólo a aque-
llos que fueron grandes por el corazón. Como ha
dicho, entre ellos, uno de los más altos, aquel cuya
vida contamos en estas páginas: “no reconozco
otro signo de excelsitud que la bondad.” Cuando no
hay grandeza de carácter no hay grandes hombres
ni siquiera grandes artistas, ni grandes hom-
bres de acción; apenas habrá ídolos exaltados por
la multitud vil; pero los años destruyen ídolos y
multitud. Poco nos importa el éxito, ya que se
trata de ser grande y no de parecerlo.
La vida de aquellos cuya historia intentaremos
narrar en estas páginas fue casi siempre un mar-
tirio prolongado. Sea que un trágico destino haya
querido forjar sus almas en el yunque del dolor
físico y moral, de la enfermedad y de la miseria;
o bien que asolara sus vidas y desgarrara sus co-
razones el espectáculo de los sufrimientos y de las
vergüenzas sin nombre que torturaban a sus her-
manos, todos comieron el pan cotidiano de la prue-
ba, y fueron grandes por la energía, porque lo fue-
ron también por la desgracia. Que no se quejen,
demasiado quienes son desventurados, porque
los mejores de entre los hombres están con ellos.
Nutrámonos del valor de estos hombres, y, si so-
mos débiles, reposemos por un instante nuestra
cabeza sobre sus rodillas, que ellos nos consola-
rán. Mana de estas almas sagradas un torrente
de fuerza serena y de bondad omnipotente : no es
siquiera necesario interrogar sus obras, ni escu-
char sus palabras, para que leamos en sus ojos,
en la historia de su vida, que nunca la vida es más
grande, más fecunda — ni más dichosa — que en el
dolor.
Al frente de esta legión heroica, vemos, en pri-
mer lugar, al fuerte y puro Beethoven. El mismo
anhelaba, en medio de sus sufrimientos, que su
ejemplo pudiera ser un sostén para todos los des-
validos, y que el desventurado se consolase al en-
contrar otro desdichado como él, que, a pesar de todos
los obstáculos de la Naturaleza, había hecho cuan-
to de él dependía para llegar a ser un hombre dig-
no de este nombre. Triunfante de su pena, tras
años de luchas y de esfuerzos sobrehumanos, y
cumplida su misión, que era, como él decía, la de
infundir un poco de valor a la pobre humanidad,
este Prometeo vencedor respondía a un amigo
que invocaba a Dios: ¡Hombre, ayúdate a ti mis-
mo!
Inspirémonos en su valiente palabra. Reani-
memos, con su ejemplo, la fe del hombre en la
vida y en el hombre.
Ilustración: Andrew Wyeth

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