¿QUÉ VEN LOS OJOS DE LOS MURCIÉLAGOS?
10
Ya estaban
frente a Corrientes.
Las playas anchas, el cielo despejado y
tan amplio como las selvas que habían dejado su espacio para el crecimiento de
la ciudad. Las casas se alternaban con muelles cortos que se adentraban en el
río y parecían estar a punto de romperse con cada creciente. Pero resistían,
aunque no estaban preparados para recibir barcos como el “Juan Manuel”.
Se detuvieron luego de haber parado las
máquinas media hora antes, y aun así tuvieron que tirar las anclas antes de
pasarse de la altura de los muelles. Desde la costa, la gente se había parado a
observarlos.
Mendoza estaba apoyado en el barandal,
ayudando su vista con binoculares para buscar al jefe del puerto al que había
mandado telegramas.
-Márquez- le dijo al viejo a su lado-.
Prepare los botes.
El ingeniero ya tenía todo listo media
hora después. Descendieron los botes con hombres y mercaderías: atados de
cueros y lanas, incontables cajas de latas de conservas, cajas de cigarros y
pipas, bolsas de tabaco, bolsas de yerba, muebles de Buenos Aires. Todo servía
para recuperar tiempo y dinero. Vio que los botes atravesaban la distancia
hacia los muelles con lentitud y seguridad. Los hombres hablaban y se veían
contentos. El sol de abril era cálido aún en esas latitudes. Lo único molesto
eran los mosquitos que atacaban en pleno mediodía y cuando no había siquiera
indicios de futura lluvia. Los murciélagos muertos habían sido recogidos y la
cubierta lavada con esmero, pero siempre quedaba el olor de la sangre.
Entonces miró atrás, hacia la popa, donde
estaba el bote con los cadáveres cubiertos de cal y una lona de cuero que debía
protegerlos de los insectos, pero que ya era inútil. Valverde se había salido
con la suya, los había arrastrado hasta Corrientes. Y ahora Maximiliano Hurtado
de Mendoza se veía no como un capitán engalanado con el prestigio de su pasado,
sino como un mero capitán de río transportando contrabando.
Y
vio el bote que bajaba a pocos metros de donde él estaba, con Valverde y
Gonçalvez a bordo, hasta tocar agua, y remar hacia el bote de los muertos.
Desde la costa, la gente se arrimaba hasta cerca de la orilla. No necesitaba él
de binoculares para apreciar el gesto de las caras: burla, desprecio, pero
sobre todo una imperiosa curiosidad. Ya le habían contado que no era la primera
vez que Valverde hacía ese viaje, ni que su mercadería era la de siempre:
muertos, putas y drogas. Los grupos de la orilla, que iban adentrándose a los
muelles endebles, estaban formados por mujeres jóvenes, que tal vez querían
pedir trabajo a Valverde, por hombres que quizá iban a comprarle drogas. Pero
un grupo vestido de blanco se abrieron paso entre los otros, y esperaron.
Valverde desató la cuerda que unía el bote
al barco y la ató nuevamente al otro. Los dos comenzaron a remar con mucho
esfuerzo. Ninguno había querido descender a ayudarlos, aunque Valverde les
había ofrecido plata. Mendoza se los había prohibido: si ayudaban a Valverde,
no subirían más al “Juan Manuel”. Muchos lo pensaron y desistieron.
El
bote se fue acercando con lentitud hacia la costa. Les fue necesario más de
media hora, porque los muertos pesaban, y el aspecto que tenían, rodeados de un
olor nauseabundo y miles de moscas zumbando alrededor, no atraía la ayuda de
nadie. Observó con los binoculares el rostro de Valverde, acalorado, rodeado de
mosquitos, y disfrutó del pequeño desquite al verlo sufrir, pero él sabía que
todo eso no era más que mera circunstancia para Valverde, una simple media hora
tras la cual él obtendría lo que ansiaba. Gonçalvez, sin embargo, lucía como un
cadáver que se movía, pálido, sin sudor en la barba crecida, sólo la negritud
en la mirada, pareciendo dejarse llevar, y mirando el norte como quien mira la
frontera hacia una guerra.
Las putas que serían vendidas en
Corrientes habían bajado en otro bote en que remaban dos de sus hombres. Sólo
quedaban Mara y Carmen para cuidar a Altea. Las mujeres se reían de Valverde
cuando pasaron muy cerca, tapándose las narices. Él les un gesto que conocían:
una burla y una reprimenda. Supo siempre cómo mantenerlas amarradas a su
voluntad, él las necesitaba, pero ellas no sabían a ciencia cierta hasta qué
punto, y por eso se permitían amarlo y odiarlo a la vez, aborrecerlo y luego
desearlo. Él tenía el dinero y el extraño encanto, el poder de conducirlas y
aconsejarles. Les había salvado la vida muchas veces, como en la inundación, y
los golpes no eran más que una circunstancia fortuita, como la misma
inundación. Así como los designios de Dios no pueden ser contradichos ni
contrarrestados, los designios de Valverde eran inapelables. ¿No lo habían
visto sanar a muchos con sus mezclas? ¿No les habían contado que él prolongaba
la vida? ¿Y cuántas veces habían escuchado en los pueblos, de noche, en las
habitaciones de los puteríos, que él había hecho vivir a un muerto?
-Lindo día, capitán.
Mendoza dio un respingo. Mara estaba al
lado, acodada como él, mirando los botes que llegaban a los muelles.
-Usted siempre se aparece de improviso…
Mara se rio.
-Lamento el susto, capitán, no es mi
intención…
Mendoza lo dudaba, pero dijo:
-Pensé que se bajaría con su amigo.
-Ya conozco Corrientes y toda esta zona de
fronteras desde cuando trabajaba con el otro, con el que me vine de España.
Además, Valverde tiene sus negocios y yo los míos.
- ¿Y cuáles son los suyos?
-Ahora acompañar a mi hombre.
-Eso
no le atrae dinero, supongo…
-No
se preocupe capitán, Valverde tiene encargo de negociar en representación mía
con la gente de Corrientes. Nos traerá plata, y otras cosas.
Cuánta ansiedad sentía Mendoza por hacer que
todos esos abandonaran su barco, incluso Natacha, y quedarse solo, dueño del
pasado, y anclado en un espacio de tiempo interminable, una pausa sin límites.
Si el tiempo es infinito, como muchas veces había leído, entonces la pausa no
tenía razón de ser. ¿Pero acaso la naturaleza no muere, o simplemente se muda?
¿Es la vida de cada hombre como un segundo en el tiempo? ¿No sería más lógico
que si los cuerpos mueren, entonces el espacio y el tiempo coordinen su
ensamblaje? O todo es eterno o todo muere definitivamente. Soy un filósofo de
pacotilla, un maestro frustrado, un vagabundo obsesivo, un asesino irredimible,
se dijo. No me perdono, pero me justifico, me lamento y sin embargo exijo en
los demás lo que yo no puedo cumplir. Si estuviera sólo con dos o tres hombres
a los que nos les importe tampoco la soledad del tiempo. El río es un continuo
discurrir sin sentido, pero el mar es la plenitud del tiempo. Las olas marcan
la arritmia de los segundos intempestivos, el río es un continuo claudicar del
corazón. Siempre es igual, pero el mar es distinto porque miente. El río es
verdadero y se hace odiar por eso, se hace repulsivo a los cobardes. El mar
engaña como una mujer. El mar es una madre que de tanto acariciar, un día
golpea, y lo hace definitivamente. El río perdona, el río se escabulle en la
conciencia y nos mete en el tiempo como presos. El mar nos sacude, nos echa y
nos recibe, cambia perennemente. Los Hurtado de Mendoza siempre fuimos
capitanes de mar. Sólo yo, el último de mi estirpe se dejó enredar por esta
larga serpiente de agua.
*
Juan Valverde de
Amusco era ahora, como su ancestro del que tanto se jactaba, un anatomista que
no tenía remilgos en recoger los cadáveres del bote amarrado al muelle. Se
había sacado la camisa, el cuerpo estaba lleno de piquetes de mosquitos, y de
vez en cuando se rascaba con un dejo de desesperación que se esforzaba por
ocultar, aunque no siempre lo lograba. Estanislao Gonçalvez lo secundaba,
arrastrando los cuerpos hasta el comienzo del muelle, donde los empleados del
hospital los cargaban en la carreta.
En ese trabajo, varios fueron los cuerpos
que se cayeron al río, pero nadie iba a sacarlos. Eran más que suficientes las
víctimas de la inundación para que esta vez Valverde obtuviese una buena tajada
de dinero del estado. Porque en el hospital, por más que estuviese prohibido,
todos sacaban ventaja del comercio. Los médicos tenían cuerpos para estudiar, y
lo que no les servía se vendía a los indios o a los pobres. Nadie iba a
decirlo, por supuesto, pero todos sabían que cuando la carne se acababa, como
en la pasada guerra, algo había que comer. La carne abundaba, y no tenía
nombres. La carne se podía cocer y toda enfermedad desaparecía. Eso ero lo que
decían los que iban de un pueblo al otro.
Otros muchos se desmembraban cuando los
subían a la carreta, y Valverde miraba con pena y resignación la forma en que
los hombres tironeaban de los cadáveres. A pesar de estar acostumbrados, no
dejaba de darles asco su trabajo. O quizá fuese simplemente desidia. Sí, eso
era. La completa indiferencia de la vida hacia lo que ya no vive. Pero ellos no
sabían lo que quedaba en esos restos: huesos rodeados de una sustancia cuya
descomposición era el germen de una futura vida. Diferente, por supuesto, pero
nadie podía asegurar que la vida de un gusano no fuese tan importante como la
de un hombre. Ellos pueden sobrevivir a los venenos que matan a los hombres,
ellos han persistido durante siglos. Los mismos mosquitos que lo habían estado
devorando era más fuertes que él, pero le habían tenido piedad, y por eso él
había sufrido con paciencia.
Paciencia era lo que le faltaba a la
mayoría de los hombres que trataban con los muertos. El apuro es un asunto del
tiempo, y el tiempo es la sentencia de la vida. Si pudiera escuchar las
conversaciones de los muertos, se dijo Valverde muchas veces. Pero estamos
todos aferrados a la vida porque la confundimos con la conciencia. ¿Acaso no
vivimos mientras dormimos? La conciencia no garantiza más que la ficción: el
telón siempre levantado y todo a oscuras tras las bambalinas.
Ya quedaban pocos cuerpos en el bote. El
último fue arrastrado en espera de la carreta que debía regresar del cuarto
viaje de ida y vuelta al hospital. Era pasado el mediodía. Valverde se paró en
la punta del muelle, con las manos en la cintura y la vista fija en el médico,
agitado.
- ¿Tiene hambre, doctor?
El
médico se había sentado a descansar, a varios metros de él.
-Hambre,
sed y cansancio.
Valverde
se puso otra vez la camisa y se sentó a acompañarlo.
-Cuando lleguemos al hospital podremos
limpiarnos, comer y descansar. ¿Y en qué está pensando, lo veo acongojado?
Gonçalvez se sorprendió una vez más del
lenguaje rebuscado de Valverde.
-Todavía no entiendo cómo hizo para
mantener esos cuerpos. A estas alturas deberían tan podridos que se romperían
entre las manos, si es que alguien soportara el olor.
-Aprendí muchas cosas de los indios,
doctor. Del Brasil estoy hablando, pero ellos han recibido lecciones desde
generaciones antes, de miles de años. No le voy a hablar de la era geológicas,
por supuesto, usted es un hombre de ciencia, y sabe lo que nos relaciona con
África. He conversado con exploradores, doctor, y tienen menos prejuicios que
un cura de pueblo en hablar conmigo. No hay recetas, doctor, usted lo sabe
mejor que nadie, porque las fórmulas son meras coincidencias. El azar, si así
quiere llamarlo, rige el mundo, y el caos es el único dios que debería ser
adorado. Pero nadie está dispuesto a hacerlo, ¿sabe por qué? Es demasiado
incómodo adorar lo que está en todas partes y no puede verse, pero sobre todo
lo es sublimarnos a lo que está dentro nuestro. El alma es un caos que no
queremos reconocer, porque sucumbiríamos a la sinrazón. ¿Y quién dice que la
sinrazón no tiene su propia lógica? No las reglas de los formularios a los que
estamos acostumbrados. La mente humana es un cajón de sastre que
permanentemente intenta cumplir la ley de Perogrullo. Nos rompemos la cabeza y
nos volvemos locos, y seguimos intentando meter esa locura entre cuatro
paredes. Y mientras nada encaja, seguimos intentando. ¿Y esa es la razón que tanto
alabamos? ¿La que pretende mantenernos en pie sobre la tierra? ¿No es eso,
acaso, meter nuestros restos en un cajón alargado? Tiene cuatro paredes,
doctor, y un piso y un techo, porque hasta eso nos quitan: la posibilidad del
cielo o del infierno.
El médico se levantó cuando llegó la
carreta. Subió el cuerpo que restaba sin ayuda y se subió al pescante. El
hombre que conducía esperó a Valverde, que se subió atrás con el cadáver.
Retomaron el camino al hospital.
- ¿Pero no me va a decir cómo los
mantiene?
-Hay muchas maneras y varias sustancias.
Tengo todo un catálogo en la cabeza, y buena memoria visual. Conozco las
plantas y los polvos que he visto, y los nombres leídos. Mucho latín, doctor, y
me jacto de eso, no tenga dudas. Los indios que tanto nos hemos esforzado en
matar podrían habernos matado antes, pero lo que nosotros confundimos con
debilidad ellos lo llaman supervivencia. ¿Encuentra contradicción en eso? La
contradicción es el alma. ¿Usted es de los que piensan que alma se separa del
cuerpo al morir?
-Si existe el alma, sí.
- ¿Por qué doctor? Si el alma necesita un
cuerpo para manifestarse, muere también cuando no tiene un cuerpo, así como
nuestro cerebro muere cuando el corazón se detiene.
- ¿Quiere decir que alma tiene un
compartimiento corporal?
Valverde se rio a carcajadas, y su risa se
escuchó por las calles empedradas que llevaban al hospital. Faltaban no más de
tres cuadras, pero la carreta iba lentamente porque el caballo era viejo y
rengueaba. Pronto terminaría en el matadero. Algunos chicos los seguían,
curiosos, y algunos perros que olfateaban. Moscas y moscas por todas partes,
pero nadie las espantaba.
Eran las tres de
la tarde ya, y el silencio de la siesta provinciana era perturbado por el
traquetear de las ruedas, que, como el resto de la carreta y el caballo, pronto
sucumbirían a efecto del tiempo, como lo había hecho el cadáver que
cargaban. Lo inverosímil, como si la
verosimilitud tuviese que ver con el drama del mundo, era el contraste de
aquella escena con el paisaje. El ancho río representaba un fondo vital y
brillante con sus reflejos plateados y dorados bajo el sol mate del otoño, las
casas y edificios con cortinajes de colores chillones por todas partes, el
adoquinado gris de las calles y el polvo que se levantaba del resto, los
árboles altos o de copas frondosas junto al río o en las veredas, intensamente
verdes y floridos. Todavía no había ni señas del inminente invierno. El verano
se resistía a partir, mudándose lentamente, dejando sus pertenencias cálidas para
transportarlas en varios viajes. ¿Como la carreta y sus cadáveres?
Evidentemente había humor negro en esa similitud que desafiaba lo verosímil,
pero que constituía la sustancia más pura que amalgamaba los hechos y las
cosas. Eso era lo que seguramente estaba pensando Gonçalvez cuando, ya en
silencio, contemplaba el cielo límpido, acostado en la carreta boca arriba,
como el muerto a su lado, pero respirando y haciendo girar sus pulgares uno
sobre otro, con las manos unidas sobre su pecho, y una sonrisa de lo más rara
en la cara.
Las carcajadas habían terminado, pero
antes de callarse, había contestado a la última pregunta del doctor:
-Así
es, amigo. Ahora veo que será mi compañero adecuado en la tarea que nos hemos
puesto encima de los hombros. El chico ese va a nacer, se lo aseguro. Y
nosotros haremos que la madre viva lo suficiente para eso.
El hospital era amplio y viejo. Una
fachada que alguna vez había sido blanca estaba cubierta de hiedras y musgo.
Las ventanas tenían viejas rejas coloniales y de las tejas caían cenizas,
porque desde el parque posterior estaban quemando algo, tal vez ramas, tal vez
muertos.
-Parece que sobran-dijo Gonçalvez. - ¿Le
pagarán bien?
-No se preocupe, conozco al director.
Y en
ese momento salió al pasillo un hombre alto y de barba oscura, cabello
entrecano y rizado. Debía tener unos cuarenta y cinco años. Su alta estatura
tapó la luz que llegaba desde el ventanal al fondo del pasillo. Las paredes
estaban pintadas a la cal, con partes sin revocar. Las luces colgaban del
techo, y las puertas a lo largo del ancho pasillo no llevaban a habitaciones,
sino a oficinas. Las puertas abiertas dejaban ver escritorios y bibliotecas,
archivos y carros de curaciones desarmados. Ya habían llegado casi al último
tramo, y vieron a la derecha un depósito lleno de camas rotas, colchones,
camillas y artefactos de quirófano. Fue entonces, desde ese depósito, de donde
apareció el doctor Cisneros.
Valverde y él se dieron la mano, y
presentó a Gonçalvez.
- ¿No
nos conocemos de algún lado? -preguntó a su colega.
-No
lo creo.
Cisneros
puso una mano sobre la frente y cerró los ojos.
-Déjeme hacer memoria, yo lo conozco a
usted, doctor….
Chasqueó los dedos y dijo:
- ¡Ya me acuerdo! Nos conocimos en la facultad,
usted era una eminencia ya en esa época.
Parecía alegre y asombrado de
reencontrarlo.
-Fíjese usted, Valverde, si este amigo
conocía cada centímetro del cuerpo humano mejor que Testut. Lo llamábamos para
todo, incluso lo buscábamos en el anfiteatro durante las lecciones de anatomía
para que no pasara las respuestas. A veces las escribía, otras las dictaba
moviendo los labios.
Gonçalvez
sonreía, pero se mostraba avergonzado. Y más cuando el otro dijo:
- ¿Y qué hace acompañando a este sinvergüenza
de Valverde?
Los tres rieron, pero Gonçalvez no sabía cómo
contestar. Ya no era una eminencia, sólo un médico de pueblo pobre que
enterraba más de los que salvaba.
-Me ayuda en mis experimentos-dijo
Valverde.
- ¿Asistente de Frankenstein, entonces?
-Algo así. - Valverde palmeó la espalda de
Gonçalvez, animándolo. -Lo sacamos del pueblo donde estaba, y tal vez vuelva
con su familia en Minas Gerais.
-Sí,
ya me acuerdo de que eras de allá, con familia importante, de plata, digo. Aún
nos comunicamos con ellos, a veces, por la empresa, digo…Sobre todo con las
lluvias que tuvimos este verano, toda clase de pestes, cólera, dengue,
neumonías, muchos chicos muertos.
- ¿Hacemos negocios, doctor? En el barco
nos esperan para zarpar otra vez, el capitán quiere recuperar tiempo.
-Sí,
ya he visto el mastodonte en el que navegan.
Caminaron los tres hasta una escalera de
enormes baldosas gastadas, muchas rotas, y el dibujo que debían formar estaba
incompleto. Llegaron al primer piso y entraron a la oficina del director.
“Alberto Cisneros, neurólogo y neurocirujano”. Sobre una pared había una foto
durante la entrega de los diplomas, entonces recordó a Cisneros como uno de
esos compañeros que siempre sacan ventaja de los otros. No estudian casi nunca,
pero sacan mejores notas que los demás, porque saben convencer con su
personalidad. Tienen carisma y familias con dinero, tienen comodidades y la
facilidad que les falta a los otros. Los otros, como Gonçalvez, podían o no
tener dinero, pero estudiaban por vocación o ambición, y no por la inercia de
los hombres como Cisneros.
-Ya recuerdo, doctor- dijo al sentarse
frente al escritorio. -Creí que te dedicarías a la anestesiología.
Cisneros festejó el comentario con una
amplia sonrisa y amplios gestos de los brazos. Le gustaba gesticular
permanentemente.
-Así
es, amigo mío, pero se me murieron varios, y se me ocurrió cambiar de
especialidad. De todos modos, como sabes, no he salido del estudio del sistema
nervioso, así que ahora no mato a nadie, y como máximo mantengo a esta pobre
gente con menos dolor que el habitual,
- ¿Cómo es eso?
-Cisneros está colaborando
conmigo-intervino Valverde. -Aunque no lo parezca, sabe mucho de neurología, y
muchos de sus pacientes son nativos. Yo lo ayudo a interpretar el idioma y
ellos le sirven de conejillos de indias. ¿Me entiende?
Cisneros miró a Valverde con seriedad,
como preguntando si se podía confiar en el otro.
-Hable
con toda confianza, Alberto, Gonçalvez es de los nuestro. Mire, amigo, Cisneros
me aporta los materiales que yo necesito, y que solamente pueden conseguirse en
un hospital, o ser médico, por supuesto. Drogas, querido, de eso hablamos, pero
no solamente de las que ya conocemos, sino fármacos que están siendo
experimentados, o que ni siquiera el gobierno o quien fuera saben que existen.
La gente se cura, muchas veces, la gente vive mejor, en ocasiones, y en
contadas veces sobrevive largo tiempo.
-Hacemos investigaciones sobre las reacciones
del sistema nervioso central. Usted ya sabe que son muchos lo cuidados para
mantener los preparados anatómicos de cerebro y médula. Necesitamos cientos
para sacar provecho de diez, o menos. Pero obtuvimos buenos resultados. No son
para publicar en una revista científica, por supuesto. Pero usted y yo, doctor,
sabemos de qué se trata la medicina, y sobre todo de qué se trata lo que
llamamos academicismo. La hipocresía es el otro nombre de la ciencia.
-Y
la política la madre de todas…-dijo Valverde.
Se callaron. En las paredes había
reproducciones de Rembrandt intercaladas con diplomas y fotos. Cisneros
aparecía con guardapolvos en casi todas las fotografías, algunas en las
habitaciones del hospital con otros médicos, o sentado en una cama junto a un
paciente moribundo, otras en la calle, abrazando a una vieja que le regalaba
empanadas. Había muchos libros de ciencia y literatura tras el sillón donde
estaba sentado, en una gran biblioteca de madera de caoba, tal vez, importada
de Europa, lo mismo que el sillón lleno de polvo junto a otra pared.
Cisneros abrió el cajón del escritorio
con una llave que había sacado de su chaleco. Sacó una caja de habano, pero al
abrirla había billetes. Los entregó a Valverde, que los contó y los guardó en
el bolsillo del saco. Todo eso ocurrió en el más completo silencio de palabras,
porque desde el pasillo se escuchaban los pasos continuos de las enfermeras y
los médicos, de las ruedas chirriantes de las camillas, o el rodar de los tubos
de oxígeno.
De pronto, golpeó la puerta, que estaba
abierta, un enfermero bajo y fornido.
-Pase,
Pérez.
El tal Pérez traía una bolsa grande que dejó
en el piso junto a la silla de Valverde, y otra pequeña que apoyó sobre el
escritorio.
-Eso es lo más que puedo darle por este
semestre, amigo.
Valverde hizo un gesto de dar por
descontado la generosidad de Cisneros.
- ¿Tiene en vistas algún trabajo en especial?
-Algo muy importante, sí. Ojalá pudiera
contarle con detenimiento, pero se explicaré en una carta cuando terminemos,
desde Brasil probablemente.
- ¿Necesita ayudantes? Acá, Pérez, es un
estudiante avanzado de enfermería, y tal vez pudiera serle útil.
-No estamos en situación, Alberto. Hay
personas involucradas que no mirarían con beneplácito más gente extraña, me
refiero no perteneciente al círculo de conocidos. No se preocupe, lo mantendré
al tanto cuando todo termine.
-Y espero que la enferma se recupere-dijo
Cisneros, levantándose y estrechando las manos de ambos. -Me han llegado
noticias de lo que pasa en ese barco, no es posible viajar en ese mastodonte
sin ser rodeados de una camarilla de voceros inesperados.
Valverde y Gonçalvez salieron y bajaron la
escalera. Uno llevaba la bolsa pequeña, delicada y sin sonido alguno, salvo,
quizá, el del vidrio, a veces; el otro cargaba la grande, cuyo contenido sonaba
continuamente como metales entrechocados.
- ¿Pesada, Estanislao? -preguntó
Valverde.
-Así es, Juan- Y ahora que me acuerdo,
¿no es que iban a darnos comida y baño?
El otro se encogió de hombros, también
estaba cansado. Sin embargo, sólo llevaba la bolsa liviana colgada de un hombro
como una bandolera, y que despedía, al moverse, un aroma a especias, o un olor
a vieja farmacia.
-Están demasiado ocupados, ya los ves.
El pasillo por el que ahora salían estaba
lleno de gente esperando que los atendieran. Algunos chicos lloraban, otros
gateaban a lo largo del corredor. Había viejos con la espalda doblada, y
mujeres que gemían, y otras que hablaban con los brazos cruzados, como enojadas
mientras los veían pasar.
-Esas me conocen-dijo Valverde. -Les he
sacado varios muertos de adentro, peno no agradecen, ¿te das cuenta? Miran como
si yo tuviera la culpa de lo que ellas hacen. De los tipos que las preñaron no
se acuerdan, pero sí, y mal, del que les extirpo el cáncer que les crecía
dentro.
-Remordimientos, Juan, eso es lo que les
agria las caras.
-Eso es lo que yo digo. Las mujeres son
raras, Estanislao, por eso yo siempre he confiado sólo en las que están
muertas.
- ¿Y entonces por qué ese afán de
prolongar la vida?
La breve pausa de silencio sirvió para
que ambos llegaran a la calle y pidieran prestado la carreta nuevamente para
llegar al puerto. Debían ser las cinco o seis de la tarde. Mendoza les había
dicho que regresaran a más tardar antes de la noche, o se iría sin ellos. Una
simple amenaza con la que intentaba convencerse únicamente a sí mismo de seguir
manteniendo el control. Dejaron la bolsa pesada atrás, y subieron. El caballo
volvió a hacer el mismo y milenario camino entre el hospital y el puerto que había
estado haciendo tantos años. ¿No estaba muerto ese caballo? Tal vez fuese más
útil prolongar su vida útil que la de muchos hombres o mujeres.
-Porque ellas son las que dan a luz a los
hombres. Ellas dan el calor y el abrigo junto al odio y al remordimiento.
Habrás visto, Estanislao, que cuando dan de mamar a veces la leche está agria y
los chicos vomitan. Y la leche se forma con la sangre de ellas. Junto al amor,
irreversible e inevitable, el odio y el aborrecimiento, inclaudicables como
piedras enraizadas en el camino de cada uno. Los alumbramientos son tan
intensos, tan difíciles y dolorosos, ya lo habrás visto muchas veces, amigo
mío, que todas las mujeres tienen miedo. Lo han visto en sus madres y en sus
amigas, tías, o lo que fuese, y por eso piden que les den opio o morfina.
-Sí, y ya les dije muchas veces que esas
drogas le impedirán hacer fuerza para que el chico nazca. Y para que no se les
muera adentro, nosotros tenemos que meter las manos.
- ¿Acaso quieren que nazca el hijo? ¿No
esperan que la muerte detenga todo ese dolor? La vida es dolor, y la anestesia
es un largo sueño sin sueños. Nada hay más parecido a la muerte salvo la muerte
misma.
-Porque no se despierta.
- ¡No! No es por eso. La falsa muerte es un
doble engaño creado por el hombre. Un espejo doblemente invertido. No solamente
creemos que estamos creando un sueño al que pensamos poder recurrir en
cualquier momento (y ese es el primer engaño: la imagen invertida de la
izquierda y derecha), sino que cuando despertamos, seguimos siendo exactamente
los mismos: la misma enfermedad y dolor, en el exacto día de nuestra supuesta
partida hacia el sueño, pero con más peso aún, porque esa ausencia ha dejado
una nostalgia de la que no nos damos cuenta hasta después (y esa es el otro
engaño del espejo: la imagen invertida de la inversión).
-Lo que da la imagen original, sin
reflejos.
-Exacto. ¿Te has preguntado para qué nos
vemos en un espejo? Si con simplemente mirar nuestro cuerpo con nuestros propios
ojos ya vemos lo que somos, sin diferencia de izquierdas o derechas, y
obtenemos la imagen invertida final, del arriba y abajo, sin necesidad del
espejo mediador.
- ¿Cielo e infierno en lugares contrarios
a los que nos enseñaron?
-A veces el arriba y abajo son el adentro
y afuera. Los esquemas son solo caricaturas que únicamente los tontos aprenden
literalmente.
El caballo iba muy despacio, con la cabeza
gacha entre las orejeras. Debía estar ciego, además. A veces tropezaba sin
obstáculo alguno, y la carreta, ya desvencijada, se tambaleaba y hacía que ellos
se sujetaran para no caerse.
Un
perro los seguía. Gonçalvez lo miró con atención.
- ¿No
es el perro del capitán? -preguntó.
Valverde no le hizo caso, pero luego lo
miró,
-Ese perro sabe algo. Parece de casta, por
lo menos de una venida a menos. Como ese gran barco que parece un fantasma
napoleónico deambulando por el río, perdido en arrabales sudamericanos.
-Es usted un dramaturgo, Juan.
-Me halaga, Estanislao. La ciencia y el
arte tienen más lazos que los que la gente simple supone.
- ¿Acaso no son una misma y sola cosa?
Salvar a alguien que se muere es saber e inventar.
Valverde lo observó sin soltar las
riendas.
-No
deja de sorprenderme, amigo mío. Ya no tenía esperanza de encontrar
coincidencias en el ramo al que me dedico, me refiero a coincidencias de
pensamiento, o de alma, ¿por qué no?
Cuando llegaron al puerto, el caballo se
dejó caer primero sobre las patas delanteras, y luego sobre las traseras. La
carreta casi se voltea, pero bajaron y desarmaron el arnés.
-El pobre ya se muere-dijo el médico.
El animal estaba ahora caído de costado,
pero aún no se moría.
- ¿Qué hacemos? No tenemos armas.
Valverde volvió a la carreta y sacó un
azadón.
-Aléjese un poco, amigo…
Y clavó el azadón en el cuello del caballo,
justo en la carótida. La sangre salió en un chorro que se fue deteniendo
lentamente.
- ¿Quién sabe cuánto más habría sufrido
sin esto? -dijo Gonçalvez.
- ¿Pero él quería eso? ¿Sufría o era la
suya una muerte sin dolor? ¿Quién nos lo podría decir? Los juzgamos como nos
juzgamos. Si ni siquiera lo que pasa por tu cabeza de hombre, ¿cómo voy a
saberlo entonces de un animal? -se decía Valverde, en voz alta.
El perro estuvo todo el tiempo sentado a
varios metros, y de pronto aulló. Tenía sangre en el pelo.
-Tal vez sea la respuesta, Juan.
Ya era casi noche. La ciudad se iluminaba
con candiles y faroles. El río seguía a oscuras.
Valverde llamó al perro, y éste los
acompañó hasta el bote que aún seguía amarrado al muelle viejo. Subió con
ellos, y los tres regresaron al barco.
*
Entraron en el
cuarto donde había dejado el cuerpo de Carla. Gonçalvez dejó la bolsa en el
piso, a oscuras, mientras Valverde encendía unas lámparas. Entonces el cadáver
apareció nítido, iluminado claramente, la cara con la expresión detenida en una
angustia incierta, pálida pero no demasiado, el cuello corto y con leves
sombras del cabello tan rubio ahora que iba adquiriendo tonalidades de la
ceniza, los pechos aún firmes, ni demasiado grandes ni pequeños, exactos
simplemente a la altura y la talla de Carla, el abdomen y la pelvis, serenos ya
para siempre, y el pubis, esa sombra conocedora del placer que se metamorfosea
en su verdadera cara tarde o temprano: la desilusión primero, luego el vacío, y
por último la perenne angustia.
Gonçalvez la contempló, casi boquiabierto,
extasiado, recordando la noche que estuvo con ella.
-Calma, Estanislao-dijo, pasando un brazo
por sus hombros. -La encontraron muerta en los baños, a la madrugada. No, no
fuimos nosotros, sé que los hombres de la tripulación estuvieron con ella
después. Tiene golpes y desgarros, lo de siempre, ya sabe. Pero creo que su
corazón no resistió.
- ¿Para qué la trajo acá? ¿No avisó al
capitán?
- ¿El
capitán ya tiene suficientes problemas, ¿no te parece? Además, nosotros tenemos
nuestro trabajo.
Volvieron a apagar las luces, salieron y
cerraron. El barco volvía a moverse desde hace media hora, luego de que ellos
llegaron. Era más de medianoche. Fueron a la cocina y comieron en silencio lo
que encontraron. Se hicieron preparar agua caliento y bajaron a los baños. El
piso estaba manchado con sombras negras, pero era tarde para encender las luces
del techo. El viejo que se encargaba les trajo los cubos y llenó las tinajas. Estanislao
y Juan se desnudaron y se metieron.
-Nos merecemos este descanso-dijo
Valverde.
Gonçalvez miraba alrededor, como si viese
las escenas de aquella noche y necesitara explicar algo.
-Amigo, dejá de preocuparte. Tu problema
es que pensás demasiado en lo que no se puede resolver. ¿Tuvimos la culpa? No
hay certeza de eso. Y si la tuvimos, no nos dejemos engañar por los supuestos
deberes que dicen los curas. ¿La ley? Esa es otra versión más demoníaca
todavía, porque usa la razón para desestimar la razón. El hombre, Estanislao,
es un sentimental, pero más que eso, un hipócrita porque usa el sentimiento
para su exaltar o enfangar lo que quiera, según le convenga. La verdadera razón
ni siquiera es fría, como dicen, simplemente es pura. Tan pura como nunca lo
fue esa muerta que está allá encerrada. El conocimiento no se muere, amigo mío,
ni la razón, tan avasallante, tan asombrosa, que hasta debemos quitarnos de
encima la admiración por ella si queremos seguir siendo razonadores. El hombre
es tan débil, más que cualquier carnero de meses, que hace de cualquier cosa un
ídolo porque lo necesita. No es capaz de caminar recto en el vacío porque
confunde la arquitectura de la razón con los sermones de las ostias.
Se levantó y se acercó a Gonçalvez, que lo
miraba y comprendía. Nunca había visto Valverde tanta amargura en un rostro, y
que esa amargura surgiese de tanta sapiencia. Estanislao es más docto que yo,
se dijo. Yo simplemente soy un deductivo de mente amplia.
Se puso de cuclillas y apoyó los codos en
los bordes de la tina. Acarició la cabeza de Gonçalvez, que lo miraba con
desconsuelo. Luego se sentó en el borde e hizo, siempre en silencio, que
apoyara la cabeza en su muslo, y siguió acariciándolo. Gonçalvez lloraba, pero
quizá era el vapor del agua sobre su cara.
Luego de un rato, Gonçalvez se levantó y
se sentó en el borde. Valverde empezó a secarlo, pero como seguía viéndolo
angustiado, lo sacudió de los hombros.
-Vamos, viejo amigo, si me parece que te
conozco desde hace siglos, se te ve el alma como si fueras de vidrio.
- ¿Qué es lo que vamos a hacer?
-Eso precisamente, buscar el alma de Carla
y dársela a Altea.
- ¿Qué estás diciendo?
-Es una forma de definir las cosas, nada
más. ¿Qué es el alma? ¿Es el anima de
los griegos? ¿No es la psiquis? ¿Y dónde está la psiquis sino en el cerebro?
Ahí debemos buscarla. Es un corpúsculo, así lo dicen.
-Pero Carla ya está muerta…
- ¿Cuándo te vas a sacar de encima ese
escolasticismo absurdo? ¿Cuerpo y alma se separan en la muerte? Si el alma
necesita de un cuerpo para manifestarse mientras vive, ¿por qué debe sobrevivir
a la muerte? ¿No es la mente lo que llamamos conciencia, y no es la conciencia
lo que llamamos alma? ¿Lo que nos dice lo que está bien y lo que está mal? Las
inútiles sinrazones que nos hemos construido en base a los principios del alma
no son sino expresiones encubiertas de nuestro cuerpo. ¿Cuánto sabés de la
fisiología, doctor en medicina? No sabés más que el uno por ciento. El resto es
dejar hacer al cuerpo, es dejar pasar el tiempo y aprender de la experiencia.
-Oh, death! Come away!- murmuró Gonçalvez.
Valverde lo palmeó,
felicitándolo.
- ¡Qué fantástica esa aparente dicotomía del
verso del bardo! Sólo en inglés puede expresarse tanta complejidad en tan pocas
palabras.
Lo
abrazó con fuerza carente de toda la afectación que acostumbraba a demostrar.
Las mujeres calman y apasionan, pero son incomprensibles, se dijo Valverde. El
alma de Estanislao Gonçalvez, sin embargo, era antigua y permanecía indemne a
todo daño. Una pulida pieza esmaltada a la que solamente era necesario sacarle
el polvo de vez en cuando. Sus estudios de medicina no habían sido más que un
intento por escabullirse de una herencia que constituía su misma sustancia y
material, pero que no habían hecho más que llevarlo por un camino más duro
hacia el mismo sitio: el trabajo de su familia no era un negocio, -eso sólo era
una inevitable consecuencia de la vida diaria-, sino la función para la que
habían sido creados. ¿Cuál es la mía?, se había preguntado muchas veces
Valverde. La falta de una disciplina determinada lo había confundido y extraviado
muchas veces, hasta que dejó de preocuparse: todo lo que concerniese al hombre
y su humanidad, le concernía.
Gonçalvez había dejado de llorar. La barba
de varios días dura e hiriente, rozaba la cara y el hombro de Valverde. Los
cuerpos era dos pero la nocturnidad del barco los asimilaba. Eran ambos un
animal de ocho patas, tal vez una araña. Velluda, también. Quieta, aguardando
que algo se acercase para moverse, pero sin demostrar inquietud. Ellos veían en
la oscuridad el largo pasado de lo que no era historia. No era presentimiento y
reencarnación, tontas palabras para construir un ensamblaje de andamios
endebles. Era, tal vez, la transustanciación, si es que algo significaba esta
palabra. Ver quizá fuese el verbo más adecuado para definirlo. Ver no es
sentir sino comprobar: la ciencia vista con un ojo prolífico. Y a veces, los
ojos ciegos son los más lúcidos.
En la mañana, Gonçalvez hizo su visita
matutina a Altea. Nada había cambiado, más que la rutinaria y esperada desmejora.
Valverde pasó por la puerta del camarote, se detuvo a escuchar.
- ¿Hay alguna esperanza, doctor? -preguntó
Carmen.
El médico no contestó y se fue con
Valverde. Entraron al cuarto de Carla. Gonçalvez se arremangó la camisa y
empezó a vaciar la bolsa grande. Eran frascos del tamaño de los usados para
conservas, y los puso sobre la mesa angosta junto a una pared. Valverde empezó
a sacar de la bolsa pequeña otras bolsitas que debían contener drogas y polvos,
ampollas y frascos de farmacia: brumuros, alcaloides, belladona. Todo lo ponían
sobre la misma mesa. Luego, sacaron instrumentos de cirugía: pinzas, bisturíes,
tijeras, separadores, gubias, escoplos, hilos.
- ¿Esto es lo que creo? -preguntó
Gonçalvez mirando los frascos. Trataba de distraerse pensando en todo lo que no
fuese el cuerpo que los miraba desde atrás.
-Así es. Placentas. Me las manda Aurora
desde Entre Ríos. Es la única que sabe cómo mantenerlas. En el hospital las guardan,
pero no saben cómo usarlas sin mis indicaciones.
- ¿Quién es Aurora?
-Mi
prima hermana, o algo así. Es hija de mi tío y de mi tía paternos, aunque ellos
eran hermanastros por parte de padre. ¿Incesto? Podría decirse. Pero de eso
salió una de las mujeres más asombrosas de estas zonas. Ojalá la conocieras,
creo que le caerías bien, tu carácter ensimismado se acoplaría perfectamente
con el suyo, exuberante. Y sus mentes congeniarían, ambos saben tanto que su
convivencia sería un ir y venir de ideas y pensamientos. Y el sexo, querido,
sería estupendo, seguramente.
Valverde abrió los frascos. Algunas
placentas estaban casi enteras, otras eran fragmentos. El formaldehido embotó
sus olfatos por un momento, luego las agarraron con las pinzas. Las pusieron
sobre la mesa.
-Cuando se sequen, las machacaremos y haremos
polvo. Después lo ponemos en los frascos vacíos. -Y mostró los frascos pequeños
con tapón de caucho.
-Ahora nos dedicaremos a nuestra amiga.
Necesito tus conocimientos de anatomía, Estanislao. No puedo disecar porque
destruiría lo que quiero rescatar. Lo que busco está sobre la Silla Turca, en
la mitad izquierda. Hace años que estoy documentándome en la bibliografía sobre
esta parte de la base del cráneo, específicamente el escafoides. Disequé
muchos, pero la masa encefálica es tan delicada como gelatina. No busco el
hueso, sino un corpúsculo que según los anatomistas antiguos está justo ahí: en
el cuadrante posterior izquierdo.
- ¿El hipotálamo?
-No exactamente. Según algunos, lo que
busco es una dependencia, algo así como un apéndice del hipotálamo, otros lo
han visto completamente separado.
- ¿Y cómo lo llaman? No recuerdo haber
leído sobre eso.
-No tiene nombre porque nadie ha reparado
en él. Herófilo fue el primero en describirlo.
-Pero me estás hablando de hipótesis,
Juan. Más viejas que Matusalén.
Valverde rio.
-Ya lo sé…
Se miraron. Valverde lo haría sin él, si
era necesario.
-Tenemos todo el día, hasta que se sequen
las placentas.
Gonçalvez accedió.
Juan Valverde de Amusco, entonces, agarró
de la mesa una navaja y afeitó la cabeza de Carla. El pelo murió y cayó al
piso. Gonçalvez miraba, con una pesadumbre que iba extinguiéndose lentamente.
Afuera, resonaban los gritos de la tripulación. El sonido del río se mezclaba
con los chillidos de muchos pájaros desde la costa.
- ¿Puedo seguir yo?- preguntó.
Valverde sonrió:
-Será un honor, doctor-. Y le entregó el
bisturí.
Estanislao Gonçalvez hizo una larga la
incisión en el cuero cabelludo sobre el parietal izquierdo. Separó la piel del
cráneo. Valverde limpiaba la poca sangre que aún quedaba en parte líquida y en
parte coagulada. Luego le dio el punzón y el martillo. Gonçalvez hizo
perforaciones con golpes secos formando una ventana de diez por diez
centímetros más o menos. Serraron el hueso entre los puntos y levantaron la
tapa. Las meninges aún estaban húmedas y frescas. Eso era bueno, muy bueno. En
lo profundo, lo que Valverde buscaba todavía estaba vivo.
Entonces Gonçalvez tomó el trocar de manos
de Valverde y lo introdujo despacio en el cerebro. Se detuvo, miró hacia la
cara de Carla, tomó medidas con sus dedos desde la nariz, las órbitas, las
orejas. Calculaba y medía mentalmente. Sacaba números que pronunció en voz muy
baja. Valverde lo observaba, admirado. Lo suyo había sido siempre cortar y
partir en los cadáveres, explorar y encontrar los grandes fragmentos de un
bosque denso en los que no era posible ser meticuloso.
El trocar se fue hundiendo muy despacio,
milímetro por milímetro. En dos o tres ocasiones retrocedió apenas y volvió a
avanzar. Gonçalvez sudaba.
-Ya toqué el esfenoides-dijo. -Pero estoy
a ciegas con lo que debo punzar.
-Por ahora lo que encuentres alrededor,
sea glándula, sustancia gris o lo que sea. Sólo necesitamos unas células.
Gonálvez movió el trocar con el pulgar y
el índice de cada mano, con una palpaba las sensaciones de lo que el trocar
tocaba, la consistencia del material que exploraba, con la otra punzaba y
extraía. No había oportunidad más que para un solo experimento, el camino
seguido por el instrumento ya había dañado el resto del tejido, un segundo
intento era inútil.
Entonces extrajo el trocar, y en el tubo
hueco de la cánula extrajo tres milímetros de un tejido blando y gris, que no
se deshizo al colocarlo en el frasco que Valverde le acercó. Éste contemplaba
la pieza con regocijo.
- ¡Cuántos cuerpos tiré como inservibles
al intentar esto! Lo encontramos, querido, lo encontramos…
- ¿Qué cosa? - y Gonçalvez miraba el
cerebro muerto de Carla.
- ¿El alma? No sé, la verdad que no sé,
pero es hermoso.
-Siempre calificamos de bello a lo
anhelado. Pero el alma no siempre es bella - decía Gonçalvez mientras suturaba
y cubría el cráneo de Carla con una venda.
Ya había comprobado que hay muertes que no son
definitivas, pero si era el alma lo que le habían extraído, la mujer ahora
estaba definitivamente muerta.
Ya había anochecido y ellos seguían
encerrados en el cuarto. Escucharon varias veces durante la tarde que los
llamaban, a veces los marineros, otra el capitán o Mara. Nadie sabía que
Valverde había ocupado ese cuarto hasta entonces inútil de la segunda cubierta.
Una sola vez alguien intentó abrir, se escucharon voces en el pasillo, pero
nadie llamó pidiendo que abriesen.
-Mañana aplicaremos los remedios a Altea,
así que tenemos que preparar los frascos.
Las placentas ya estaban secas y se
habían reducido al tamaño de simples cáscaras combadas o planas, que se
resquebrajaban al tocarlas. Valverde las machacó en un mortero, y luego fue
recogiendo el polvo con una cuchara y poniéndolo en los frasquitos que
Gonçalvez le alcanzaba y al que luego ponía el tapón.
Pusieron cada frasco en cada casillero de
una caja que se cerraba con candado.
Volvieron a golpear la puerta, alguien
debió ver luces por la rendija.
- ¿Quién está ahí? -. Era la voz de
Márquez. - ¿Es usted, Valverde?
-Sí, mi amigo.
- ¿Qué está haciendo, y quién le autorizó
a ocupar este lugar?
-Descansando y leyendo, amigo. Encontré el
lugar vacío y sucio, no se me ocurrió que debía pedir permiso.
Márquez no respondió. Se escucharon sus
pasos alejándose por el pasillo. Seguramente informaría a capitán.
- ¿Qué hacemos con el cuerpo? -preguntó
Gonçalvez.
-Sólo dejaremos que, entre el capitán, y
le diremos la verdad. Él estuvo con nosotros esa noche, ¿no es cierto?
Diez minutos después escucharon pasos de
dos hombres.
- ¡Valverde, hijo de puta! ¡Abra enseguida
o tiro abajo!
-Le ruego, capitán, que entre usted solo.
Es muy importante.
- ¿Pero ¡qué está haciendo, imbécil de
mierda! ¡Está bien!
La puerta fue destrabada y apenas
entreabierta para que pasara Mendoza. El capitán miró a Valverde dispuesto a
golpearlo, pero vio al médico.
-Debí imaginarme que este loco lo
convenció, doctor. Ha descuidado sus deberes para con Altea…
-Capitán, si he faltado por una tarde ha
sido para poder compensarlo después…
Entonces Mendoza vio el cadáver. Se
agarró la cabeza con las manos y hundió la cara en ellas.
-La encontramos muerta, capitán, en la
madrugada.
-Pero usted dijo…
- ¿Qué quiere que dijera? ¿Qué un montón
de hombres, entre ellos nosotros, la violamos toda la noche y no lo resistió?
¿O que fueron las drogas y se cayó al piso tantas veces que justificaron los
moretones que tiene?
Mendoza había tenido que arreglar muchas
irregularidades desde su salida de Buenos Aires. Permisos de cabotaje, de
comercio, faltas en el barco, los contratos de trabajo en negro. Tenía
conocidos en cada dependencia a lo largo del Paraná, por él y por su familia.
No, no lo tocaban por todas esas cosas. Ni siquiera habían abordado el barco
cuando alguno fue a contar el disparo sobre Altea. Había gastado más en
sobornos que en la reparación. Pero si llegaban a saber sobre la muerte de esa
puta, ya no estaba seguro de librarse.
- ¿Y qué piensa hacer, Valverde? ¿Tenerla
acá hasta que se pudra?
-La sacaré esta noche, capitán.
Mendoza vio el instrumental médico sobre
la mesa, los trapos sucios y los frascos de medicinas.
-Todo es por la señora Altea y por el
chico, capitán-dijo Gonçalvez.
Y a él le creyó.
Salió cerrando la puerta. Lo escucharon
decir que no molestaran más en ese cuarto.
Esa noche no cenaron.
Gonçalvez salió con los frascos de polvo y
la muestra de tejido que había extraído de Carla. Valverde le dijo que fuera su
habitación y no saliera hasta la mañana, cuando él pasara a buscarlo. Valverde
sacó los frascos grandes que habían quedado. Se tapó la boca y la nariz con una
tela gruesa. Se puso guantes de cuero. Se puso antiparras. Destapó los frascos.
Podía sentir el vaho intenso a pesar de todo. Se miró las botas, por si el
líquido caía al piso. Y empezó a verter el ácido sobre el cuerpo. Pudo ver cómo
lo carcomía rápidamente, elevándose vaharadas de humo que pronto se disolvían
en el aire. El olor y el calor aumentaban. Vertió todos los frascos, pero el
cuerpo de esa mujer no era grande. Era casi una niña crecida.
Salió y cerró la puerta Se fue a su
camarote. No durmió. A las cuatro de la mañana volvió a la habitación, sin
olvidar equiparse como antes. Sobre la mesa había restos de huesos calcinados. Con
una pala los puso en una bolsa no muy grande. Salió al pasillo todavía oscuro,
se sacó la protección, excepto los guantes. Descendió dos escaleras, hasta la
caldera. El fogonero estaba tirado en el piso, como siempre, borracho y
semidesnudo. Valverde abrió la compuerta y arrojó la bolsa adentro.
El golpe de fuego al abrir y cerrar hizo
que el guarda se moviera en sus sueños. El cuerpo tiznado del negro sudaba a
mares el aguardiente. Pero no se despertó.
Valverde
volvió a su camarote, se desvistió y se acostó entre sábanas frescas.
*
A las seis de la
mañana ya estaba levantado, y mientras orinaba en la bacinilla golpearon a la
puerta del camarote. Lo llamaba el capitán a su despacho. Puteó en voz baja y
el chorro mojó el piso. Terminó de vestirse. No haría caso.
Salió y fue directamente hasta el cuarto de
Gonçalvez. Golpeó dos o tres veces, no tuvo respuesta, pero se veía aún una luz
de lámpara fluyendo por debajo de la puerta, empobrecida por la luz matinal
desde el ojo de buey. Abrió y vio al médico acostado y aún vestido. Debió haber
estado despierto hasta hacía poco y ahora estaba profundamente dormido. Le dio
pena despertarlo, pero no había más remedio. Se sentó en la cama y le tocó la
cara. La barba oscura y las facciones alargadas le recordaban a los hombres que
había conocido en su infancia en Brasil. Valverde era de familia portuguesa,
pero cuando sus abuelos se habían establecido en América ya no tenían fortuna.
Eran educados, eran cultos, y su religión era una mezcla de catolicismo en
donde se intercalaban elementos protestantes y de la reforma luterana. Y todo
eso devino en un ateísmo que se arraigó en el único sostén plausible para
hombres y mujeres librepensadores como ellos: la ciencia, cualquiera fuese.
Natural o sobrenatural, porque esos nombres no denotaban más que la transitoria
ignorancia, pronto abatida por el naciente conocimiento.
Los hombres del Brasil que había conocido
en la granja donde el padre criaba pollos y carneros, y cultivaba un café tan
raro que era difícil cosechar en abundancia, eran como Gonçalvez, altos y
delgados, de cuerpo velludo y esquelético, y con una mirada siempre fronteriza
con la angustia. Una vez había ido a vender una bolsa de café al pueblo. Fue a
caballo, ya tenía dieciséis años y su propia colección de hierbas y animales en
un galpón en un sitio apartado de la chacra. La bolsa olía esplendorosamente.
¿Cómo su padre había logrado ese aroma? Era muy chico cuando lo había visto
machacar las semillas de café en la mesa de la cocina a la vista de la madre.
Diferentes semillas que se hacía traer de diferentes sitios, del Brasil o del
Ecuador y Colombia cuando llegaban extranjeros, y de esa manera había hecho
muchas relaciones de comercio. A veces enviaba una o dos bolsas a los viejos
parientes de Lisboa. Pero el clima no ayudaba, el café que cosechaba era tan
delicado que si no tomaba las precauciones necesarias pronto se marchitaba.
Ese
día en el pueblo se encontró con un comprador que iba de camino a Buenos Aires.
Gaspar Santos se llamaba, y era un tratante de comercio que iba a instalarse
por allá. Se sentaron en el bar, el hombre saludó al chico y olió la bolsa. Se
lamentó que no hubiera más producción, porque haría a los Valverde recuperar la
fortuna que habían perdido en la vieja tierra. No, dijo Juan, su padre no sabía
cómo sacar más partido de ese café. Muchas veces era como un milagro, pero él
decía que los milagros no son más que la lucidez de un hombre un día
determinado, donde el todo no existía, y una única cosa prevalecía en un vacío.
Ese algo era el milagro, carente de ayuda u obstáculo, de energía externa o
como quisieran llamarla. Una concentración tal que el núcleo de ese algo
disponía de su real y total potencialidad, carente de toda distracción. Ese
milagro no necesitaba ser demostrado, allí estaba, y se desarrollaba solo. El
aroma de ese café era algo como eso.
Entonces se paró al lado un hombre viejo,
de traje raído y olor a sucio. Santos lo miró y se rio, pero Juan Valverde lo
observaba con ojos desconfiados. Le dijo que no se preocupara, que, así como lo
veía, como un vagabundo, era casi el dueño del mundo. Porque era Domingo
Gonçalvez, uno de los hombres más ricos del Brasil. Enterradores y funerarios,
con familia en todas partes de Sudamérica, y de alta aristocracia portuguesa.
El viejo no hizo caso del chico, y le habló al oído al comerciante. Está bien,
dijo éste, y le dio un abultado fajo de billetes. El viejo se fue.
El chico miraba con curiosidad. ¿Qué había
hecho el viejo para que Santos le pagara tal cantidad de dinero? Santos dijo
que no hiciera caso de tal transacción. Hace poco se murió mi esposa, comentó.
Gastos de velorio, funeral y entierro, toda una pompa que ella se merecía
porque era de alcurnia. Debía hacer todo eso para no acarrearse el disfavor de
su familia política. Se acercó al chico y le apretó el antebrazo izquierdo
apoyado en la mesa. Habló y habló, porque no podía contenerse. Dijo muchas
cosas entremezcladas y confusas. Su aliento olía a whisky.
Juan Valverde temía que, en ese estado, y
después de tanto dinero salido del bolsillo de Santos, ya no iría a pagarle la
bolsa de café. Y entonces todo el argumento caóticamente contado por Santos, se
armó de pronto. La mujer era de familia aristocrática, y él un simple
comerciante en paños. La había conocido un día que ella fue a comprar tela para
un vestido de su dama de compañía. No, ella no se vestía en lugares como ese,
sólo había recurrido a la tienda estrecha de Gaspar Santos por apuro. ¿Irían al
teatro, o tal vez a un salón? Lo que fuera, ese día la futura mujer de Santos
fue encantada por la sonrisa del comerciante. Atracción, tal vez, sexo más que
amor. Se escaparon, se casaron, y regresaron. La familia perdonó a la hija descarriada
y aceptó al plebeyo con la condición de tenerlo a prueba. Pero el comerciante
no tenía mucha inteligencia, pronto lo demostró. Pedía dinero a su esposa para
instalar un negocio tras otro, y todos fracasaban. Luego, pidió dinero para
vivir sin trabajar. Después, ya no hubo sexo, y más tarde las peleas fueron el
único intercambio entre los esposos.
Ella había muerto a los treinta y seis
años, un mes antes de esa tarde en el bar. ¿Cómo había muerto, quería saber el
chico? Se murió un día, nomás, en la cama. La encontró una mañana en que iba a
ver si tenía alguna joya que pudiese empeñar él, porque últimamente ella pasaba
algunas noches con su amante. Estaba acostada boca arriba, con un brazo
colgando de la cama y un hilo de sangre chorreando del labio inferior. La
familia llegó e hizo investigar. Los criados dijeron que escucharon gritos de
la señora, y la voz de un hombre que insultaba y golpeaba, pero era tan
diferente a la voz apagada de Santos, que no podían asegurar que fuese él.
Gaspar Santos, comerciante. Experto en
convencer a comprar a quienes no quieren comprar. Juan Valverde, ya a su corta
edad, había visto a muchos. Y la fuerza de la mano que le apretaba el antebrazo
era mucha, y los hombros del comerciante estaban acostumbrados a levantar los
pesados rollos de tela.
Ya era casi de noche. Juan se había dejado
convencer para beber más de lo que estaba acostumbrado. Estaba ebrio, pero
Santos aún más borracho. Repetía una y otra vez el mismo estribillo: yo no fui,
yo no fui, y hacía la venia como si tuviera delante a un oficial de la
justicia. Al fin se quedó dormido en la silla, con los brazos colgando y la
cabeza para atrás, la boca abierta, roncando con estridencia. Los parroquianos
se reían. Cuando ya no quedaba casi nadie, Juan Valverde se acercó, simuló
ayudarlo a acomodarse sobre la mesa, y revisó los bolsillos. Había más
billetes, y extrajo todos. Cuando salió a la calle, los contó, no eran muchos y
apenas pasaba del valor de la bolsa de café.
Volvió a tocar la cara del médico. Era
muy parecido al viejo que había conocido tantos años antes, pero el que estaba
a su lado se había esmerado en distinguirse de su familia, y sólo había logrado
enfangarse. ¿Pero cómo utilizar ese término? Enfangar era la profesión de la
familia, y con ello ganaban dinero. Lucrar con la muerte de los otros, ¿es
enfangarse? Estanislao así la había entendido, y estudió medicina para salvar a
los hombres antes que su familia los enterrara, y se apartó lo más que pudo.
Pero no había logrado dinero ni prestigio, ni siquiera satisfacción: la gente
moría y él mismo la sepultaba. Lentamente regresaría, cabizbajo y avergonzado,
al centro del que había huido. Eso estaba escrito en la angustia de su cara
mientras dormía. Hay hombres tan transparentes, se dijo Valverde, que son como
el agua: diluyen lo malsano y se contaminan irremediablemente.
Estanislao despertó y se tapó los ojos.
-Ya sé-dijo.
Se levantó y se lavó la cara. El agua de la
palangana estaba sucia y tibia. Se dio vuelta, mirando con ojos turbios y
semicerrados.
-Nos haremos servir bastante café cuando
lleguemos a la habitación.
Recogió el maletín de Gonçalvez donde
había puesto algunos instrumentos de cirugía y la caja con los frascos.
En el camarote de Altea estaba José
Iribarne, que había pasado la noche, y poco antes había entrado Natacha.
-Buenos días doctor-dijo ella. -Ayer lo
esperábamos por la tarde…
Iribarne se levantó de la silla, con un
desperezo que intentó disimular para no atenuar su cara de enojo.
-Doctor, Altea está muy mal y usted se
digna faltar a sus deberes.
Para Gonçalvez, que estaba cansado e
irritado, esto fue suficiente para despertarlo del todo. Los que lo conocían
tranquilo y sumiso, se sorprendieron.
-No tiene que contarme el estado de la
señora, querido señor, yo la he visto desde que enfermó, y ayer mismo en la
mañana la revisé. Estar sentado mirándola como usted hace no la va a mejorar.
Además, he estado ocupado, precisamente estudiando su caso.
Lsaexpresión era firme, su rostro serio.
José no le contestó.
-Ahora, si me permiten, les ruego que
salgan de la habitación. Con Valverde vamos a empezar un tratamiento más
cruento y definitivo.
Natacha
miró a cada uno, y se quedó callada.
-Señora-le dijo Gonçalvez. - ¿Sería tan
amable de pedir que nos traigan mucho café, y algo liviano para desayunar?
-Cómo no, doctor. -Y cuando salía encontró
a Máximo en la puerta, que no le hizo caso. Entraba rápido y enojado, casi
gritando.
- ¡Valverde! Le ordené que pasara por mi
despacho hace casi una hora.
-Lo
siento, capitán-dijo Gonçalvez-, pero no podemos postergar esto, necesito a
Valverde.
A
Valverde pocos lo respetaban, pero la voz del doctor, tan firme ahora,
acrecentaba la autoridad profesional que estaba implícita desde siempre.
-No le haga caso, doctor. Mi esposo da
esos gorgoritos de vez en cuando para no olvidarse de que es el capitán de este
barco viejo…-. Natacha sonreía con ironía, pero de pronto se puso seria,
mirando al fondo del cuarto. - Está bien, querido…- Su voz, entonces, sonó
triste.
Todos
la miraron, preguntándose a quién hablaba. José giró un dedo sobre la sien. Esa
mujer estaba loca, hizo entender a los demás. Ella no lo vio, bajó la cabeza y
le habló a Máximo como una esposa sumisa que pide disculpas. Alguien más,
quizá, a la que ella respetaba, la estaba observando:
-Vamos, Máximo, dejemos trabajar al doctor y
su ayudante. - Miró atrás, y su rostro se alivió al ver que una sonrisa o un
gesto amable se insinuaba en la sombra tras la cama.
José Iribarne no se había movido.
-José, por favor, déjenos solos.
-Valverde, le estoy muy agradecido por lo
que hizo por mí, pero no me muevo de aquí. Quiero ver lo que van a hacerle
Valverde iba a contestar cuando vio que
Mara llegaba para salvar la situación.
-Querido,
tienen que hacer su trabajo. Yo confío en ellos. Todos tenemos una misión que
cumplir, y es la misma. ¿No es cierto, Juan?
Iribarne hizo remilgos para resistirse un rato
más, y al fin cedió. Salieron y cerraron la puerta.
Mientras preparaban la caja de cirugía y los
frascos, Carmen llegó con el café. Miró los instrumentos de medicina, hizo la
señal de la cruz y salió. Valverde cerró con llave.
Sacó
a Altea la venda que le cubría la órbita izquierda y la cabeza. El pelo le
había crecido y diariamente lo lavaban. La cicatriz estaba seca, pero en lugar
de formase un tejido nuevo que ocupara la ausencia del ojo muerto, o los restos
de aquel, estaba vacía.
Gonzálvez
iluminó el fondo con su linterna de mano.
-Nada más que vacío, y al fondo el anillo de
Zinn, claro y limpio.
-La naturaleza es sabia-dijo Valverde,
riéndose. Pero el médico no se rio.
-O como si ella nos estuviera esperando.
Alumbró el ojo derecho luego de levantarle el
párpado.
-Ciego, como siempre. Pero le aseguro, Juan,
que cuando alumbraba el izquierdo sobre la venda, reaccionaba con algún acto
reflejo. Ahora ya no lo hace…
-Porque se está muriendo…tenemos que
inyectarla lo antes posible.
La
pusieron de costado y le desnudaron la espalda. Valverde la lavó mientras
Gonzálvez preparaba las jeringas. Luego palpó un espacio entre las vértebras
lumbares, punzó con la aguja y extrajo líquido cefalorraquídeo, lo puso en el
frasco y el polvo se disolvió. Volvió a llenar el émbolo y regresó al mismo
espacio intervertebral. Inyectó muy despacio.
- ¿Cuánto? -preguntó.
-No lo sé…toda la jeringa. Será una por
día, por lo menos, o lo iremos regulando según cómo evolucione.
Habían terminado esa fase. Voltearon otra
vez a Altea en su posición original. Respiraba con lentitud, estaba fría y
pálida. Gonçalvez auscultó el vientre. El feto seguía resistiendo.
-Parece estar más sano que ella-dijo.
Para el mediodía, golpearon a la puerta.
Era Mara.
-Estamos bien-contestó Valverde.
Se
oyeron cuchicheos tras la puerta. Iribarne debía estar preguntando algo a Mara,
o quizá fue el capitán.
- ¿Quién es el que realmente quiere a esta
mujer? -preguntó Gonçalvez.
-Deberías
preguntarte si alguien realmente la quiere. Iribarne es un fiasco, creo que
sólo le interesa su sobrino. Y el capitán, que sé yo, es un enigma… me enteré de
que fue su amante y que fue él quien le disparó por accidente. Debe ser la
culpa, seguramente, más fuerte que el amor.
Comieron algo mientras conversaban.
Volvieron al trabajo.
La pieza con la muestra de tejido
glandular o neuronal, - no podían asegura finalmente qué habían extraído porque
no tenían microscopio-, estaba en un frasco más chico que los otros. Valverde
lo sacó del casillero central. Los otros estaban distribuidos por día y por
cantidad. Desenvolvió la tela que lo protegía.
- ¿Listo?
Gonçalvez asintió. Tenía la caja de
cirugía abierta y las pinzas limpias, y la cara de Altea a veinte centímetros
de la suya. Estaba reclinada sobre varias almohadas, y la habían atado para que
no se balanceara o cayera.
Valverde
acercó el frasco. Gonçalvez metió la pinza y tomó la pieza. La introdujo en la
órbita con cuidado. Ya en el fondo, vio el tejido original destruido o
necrosado. Todo eso estaba muerto, ¿y qué era lo que estaba introduciendo? Más
tejido muerto. ¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo se había dejado embaucar por
Valverde? Todo eso parecía pura fantasía científica. Una utopía en un mundo
imaginario. Pero había visto cosas, pensaba, a las que nunca encontró
explicación. El hueso de un chico que se rompe y se recompone como si nunca se
hubiese roto. Una mujer que se despierta luego de cuatro meses de estar en
coma. Una pierna que un día está vital, y al siguiente debe ser amputada. La
medicina es más parecida a la magia que a una ciencia, se dijo. La ignorancia
es una diosa que no se deja vencer.
Los médicos somos constructores de
falacias.
Apoyó la pieza en la entrada al anillo de
Zinn, luego la empujó con un estilete de punta roma. En el espacio de la
abertura no había nervios ni vasos. La pieza la atravesó, y allí quedó. No se
movería, y si el cerebro de Altea no la rechazaba, formaría lazos de tejido
nuevo, tal vez anastomosis, y hasta, quizá, sinapsis. Se rio de su credulidad.
Valverde es Frankenstein, seguramente, pero yo soy Fausto.
- ¿Qué
es lo gracioso? -pregunto Valverde.
-Lo que estamos haciendo. Una comedia negra
que puede devenir en una novela de terror.
Valverde
festejó con hilaridad el sabio ingenio de su amigo.
-Yo me ocupo del resto.
Llenó la órbita vacía con algodón y volvió a
vendar. Sacó las almohadas y recostaron a Altea. Eran las cinco de la tarde y
ya todo estaba concluido. Sólo restaba esperar.
Abrieron
la puerta. En el pasillo estaba Iribarne, sentado en una silla. El capitán daba
vueltas por el fondo del pasillo, intentando pasar desapercibido, a pesar del
sonido de sus botas.
- ¿Y bien? -preguntó Iribarne. Mara
apareció un momento después, agarrándolo del brazo, dispuesta a detenerlo si
pasaba algo malo.
-La
operación resultó como deseábamos. Hay que darle inyecciones todos los días. Hay
que seguir esperando.
- ¿Va a mejorar? -preguntó Mendoza,
acercándose con timidez. Miraba a Valverde ya no con resentimiento sino con
respeto, pero se dirigía al doctor.
- ¿Si va a recuperarse? Creo que eso
siempre estuvo fuera de nuestras manos, capitán, el objetivo era que el niño
sobreviviera. Eso es lo que intentamos, y sigue sin haber garantías. Los
médicos no somos magos, aunque a veces parezca. Tenemos solamente dos manos y
un cerebro que funciona como un motor viejo.
Gonçalvez de pronto fue cambiando su tono, de
firme se hizo enclenque. Los ojos se enturbiaban y los labios temblaron. Mara
se dio cuenta y se acercó para tomarlo de las manos.
-Son manos hermosas, doctor. -Y las besó.
Gonçalvez
lloraba. Valverde pasó un brazo por sus hombros, y entre él y Mara lo llevaron
a su camarote.
Iribarne y el capitán se quedaron solos en el
pasillo, frente a la puerta cerrada. Ninguno se atrevió a entrar, ni a
hablarse. Se dieron vuelta, y cada uno se alejó en direcciones contrarias.
Cuando el ruido de las botas desapareció,
desde dentro del cuarto se escuchó algo muy tenue. Si alguien hubiese
permanecido allí para apoyar la oreja sobre la puerta, podría haber escuchado
un sonido que se parecía a una voz, pero que no lo era, o el ruido del viento
pasando por una garganta, tal vez. Pero en ocasiones los ruidos semejan
palabras, y la imaginación fácilmente puede pensar muchas cosas. Por ejemplo,
que alguien rezaba.
*
Pasaron los días
como pasaron los pueblos en ambas costas del Paraná. Habían dejado Paso de la Patria
cinco días antes y ya tenía a babor la costa paraguaya. Hicieron escala en
Itatí, donde Mendoza tenía muchos amigos en la guarnición. Estuvieron casi un
día, desde la tarde que arribaron hasta la mañana siguiente, cuando volvieron a
zarpar. El capitán había bajado a la ciudad con Iribarne y se quedaron toda lo
noche. En la madrugada subieron con caras de sueño. Mendoza mantenía su
uniforme pulcro, pero las botas estaban sucias y los botones de la casaca
rotos. Iribarne vestía con el descuido de siempre, el pantalón de hilo sujeto a
la cintura por una soga y la camisa abierta. Los que los vieron subir dijeron
que habían estado con putas, y se rieron cuando vieron a Mara acodada en la
baranda, mirando con ojos resentidos a quien ella llamaba su hombre. Pero nadie
escuchó los gritos acostumbrados. A ella le preocupaba, seguramente, alguna
otra cosa más importante que el simple desahogue de la calentura de Iribarne.
En cuanto a Mendoza, Natasha era la esposa sólo en los papeles, todo el mundo
lo sabía.
Cuando llegaron a Ituzaingó habían pasado
tres semanas entre escalas en puertos pequeños donde bajaron bultos, y Márquez
hizo un buen número de negocios. Mendoza estaba contento, o por lo menos un
poco aliviado de sus penurias económicas, pero sobre todo lo vieron distinto
cada que el doctor Gonçalvez salía del camarote de Altea y le anunciaba una
nueva mejoría. Todos estaban asombrados del cambio en la fisonomía de Altea. El
rostro anteriormente demacrado y de piel cetrina había empezado a tomar color y
a rellenarse los pómulos y el cuello. El cuerpo, a excepción del vientre del
embarazo, que parecía un tumor protuberante en un esqueleto esmirriado, fue
recuperando su forma normal.
El
doctor y Valverde iban una vez por día a aplicar las inyecciones en la médula
espinal de Altea. Luego de la tercer vez, Natacha le había pedido a Gonçalvez,
porque a Valverde casi no le hablaba, si podía quedarse a presenciar el
procedimiento. Además, podría ayudarlo o aprender a hacerlo ella misma cuando
él estuviese ocupado. El médico echó una mirada esquiva a Valverde, y respondió:
-Si
no la impresiona, señora, no creo que haya problema.
- ¿Impresionarme, doctor, después de lo
que visto sufrir a esta mujer? ¿Usted me toma por una estúpida?
-No fue mi intención, señora. Sólo quise
conservar las costumbres.
-Las que consideran débiles e idiotas a las
mujeres, cuando es a nosotras a las que se les desgarra el vientre cada vez que
tenemos hijos. Disculpe, doctor, no esperaba eso de usted, pero ya veo…-. Por
un instante todos pensaron que no lo diría, pero ella no iba a detener su
lengua una vez suelta. - A veces me olvido que es usted un médico de pueblo.
El médico de pueblo sacó las jeringas y
los frascos. Le dijo a Natacha que inclinara hacia un costado a Altea. Ella no
necesitó órdenes para limpiar la piel con agua y jabón y luego secarla
detenidamente. Entonces se paró junto al médico, con las manos inquietas unidas
sobre su pecho, mirando y siguiendo cada paso, dándose cuenta del pulso
exquisito que tenía Gonçalvez en sus dedos. Vio salir el líquido de la médula,
disolver el polvo del frasco y volver a inyectarlo. Cuando terminó, tapó a
Altea, la arropó y se sentó.
- ¿Qué es lo que hay en esos frascos, doctor?
- Cuando vio su expresión, levantó las manos y lo previno: -Y no me trate como
una ignorante, sé tanto como usted de todo esto, y unas cuántas cosas más.
Tenía en la cara la jactancia que se
decidió a no pronunciar, por magnanimidad al médico de pueblo, que al fin de
cuentas estaba salvando a Altea y al chico.
-Células placentarias, señora.
Natacha lo escuchó y de pronto su rostro
se hizo toda atención y respeto.
- ¿Las compró en el hospital?
-Digamos
que un canje, Valverde es el comerciante, ya lo sabe.
- Me imagino, y estoy ya segura de que
Altea va a recuperarse del todo. Todavía no abre el ojo derecho, no dice
palabra, pero estoy segura de que nos escucha. La veo inquietarse sobre todo
cuando ese señor tan desagradable, Iribarne, está acá. Ahora viene menos porque
la ve mejor, pero cuando llega, ella tiene el ceño fruncido y a veces mueve un
poco los dedos. Sé que está despierta, pero no puede comunicarse con nosotros.
-Así es, señora. El daño cerebral es
profundo y no sabemos cuántas de sus funciones se han perdido.
-Mire el ojo izquierdo, doctor.
Gonçalvez ya lo había hecho muchas veces, y
otras tantas le había aclarado que no había ojo sino un simple hueco.
-No hay nada.
-Pero
yo veo algo, doctor. Una sombra en el fondo. Como si ella nos viera...- Por un
instante Natacha se ofuscó consigo misma. Sacudió las manos como si ahuyentase
moscas o fantasmas, y dijo: - Perdón por estas fantasías mías, a veces me dejo
llevar. ¿Usted sabe que mi padre era un hombre muy culto? Fue él quien me enseñó
a valorar los libros, y desde entonces leo y retengo todo lo que llega a mis
manos. Lo extraño tanto, que a veces, sólo en ocasiones en que estoy cansada y
me pongo a hablar con Altea, creo que es él quien me mira. ¿Pero desde dónde,
me pregunto? Y me quedo mirando el ojo izquierdo, ¡oh, bueno!, el hueco que
usted dice. Pero en los huecos se esconden muchas cosas, doctor, que usted no
se imagina.
Entonces Natacha sonrió, y sólo Gonçalvez
pudo apreciar esa sonrisa que nadie más vio ni vería en el rostro de la esposa
del capitán. Era una sonrisa de nostalgia, como si estuviese contemplando desde
un largo lente un paraíso que no podría recuperar, y que sin embargo se asomaba
por el ojo izquierdo de Altea.
Al día siguiente, José Iribarne estuvo
toda la tarde en la habitación. Fue poco después de la visita en Itatí. Parecía
que su relación con Mara se había establecido en una paz en la que ambos
condescendían para no lastimarse. Él sabía que ella tenía otras cosas en mente,
por ejemplo, el chico y Altea. Algo tenía planeado, pero no iba a preguntarle.
Y José ahora creía haber dominado esa independencia hostil de la que ella se
jactaba. Estaba distinta, ya no bebía y se pasaba las tardes paseando por la
cubierta, bromeando con los hombres, a veces insinuándose, pero no cediendo
nunca. Porque en la mirada había otra cosa que José no podía definir, una
preocupación que la hacía levantar la cabeza hacia el cielo vespertino, como si
esperase ver algo. Y él creía que era la luna lo que ella ansiaba ver, porque
más de una noche la vio finalmente tranquila cuando el cielo nocturno estaba
despejado y la luz lunar alumbraba el río como un camino hacia El Dorado.
Esa tarde Natacha no estaba. Tenía dolor
de cabeza, dijo ella cuando él entró. Creyó haberla visto demasiado absorta con
la cabeza inclinada sobre la cara de Altea. Cuando la saludó al entrar, la vio
sorprenderse un poco y observar un signo de preocupación. Natacha, por unos
segundos, y sin tomar en cuenta que ese hombre que aborrecía la estaba mirando,
pasó la vista por la habitación, de igual forma que se sigue a alguien con la
vista, y luego detenerse otra vez en la cara de Altea.
- ¿Pasa algo, señora?
-Nada,
tengo los ojos cansados y me duele la cabeza.
-Vaya a descansar, yo me ocupo.
Ella salió a regañadientes y con
resignación, casi protegiéndose de la luz del día que ya iba apagándose. Dijo
algo que él no escuchó, pero estaba acostumbrado a oírla hablar sola. Era una
loca o una simple histérica, pobre Mendoza, se dijo. Y se sentó junto a la cama
de Altea.
Muchas veces durante sus vigilias había
contemplado el cuerpo desnudo de la enferma, tan distinto al que había conocido
aquella noche de los ritos, y sin embargo tan igual. El cuerpo que Manuel había
poseído, que él le había enseñado a poseer. Y su hermano estaba muerto.
¿Cómo había intentado retenerlo? Sabía que Manuel lo odiaba y lo amaba. Era el
acostumbrado lazo entre hermanos: la pelea constante, la envida casi eterna, y
sin embargo el vínculo de la carne que no podía ser roto sin un intenso dolor,
y sobre todo el vínculo de la mente: nudos de pensamientos en que uno estaba
atado al otro sin remedio. En todo pensamiento, en todo deseo, en todo momento
sabía que Manuel pensaba en él, porque era su hermano mayor, y José había
sabido crear esa necesidad, que era la suya: la necesidad de tenerlo, de
formarlo, de moldearlo. La vida de Manuel no era vida sin la vida de José.
Primero
Altea, como un intento frustrado, o como un insulto arrogante de rencor.
Luego
el chico, suyo, sabiendo los tres que era suyo.
Y
esa hermosa, exótica y regocijante revancha: la de darle un hijo a Manuel, un
hijo que era de ambos: de José, por supuesto, pero también de Manuel, por ser
ella su mujer.
Padre-tío-padrastro-madre-cuñada-esposa.
Un sexteto de personajes interpretados por
tres cantantes curtidos en el teatro de la tragedia y el absurdo.
Pero Manuel ya no estaba. No había tenido en
cuenta que su hermano podía morir, que su carne débil de adolescente también
podía podrirse. Toleraba la distancia porque añoraba pensar en él, pero no
concebía la definición de su muerte.
El chico estaba allí, creciendo.
¿Qué
nombre le pondría?
Tal
vez estuvo pensando en voz alta, sin darse cuenta, porque de pronto vio a Altea
moviendo los dedos de los pies bajo las sábanas. Luego, los labios, o más bien
sólo los frunció en un gesto de irritación, o quizá miedo.
-Tranquila, querida, que estoy aquí-le dijo
apretándole una mano.
Altea
temblaba, y entonces José se acercó a su cara. La olía, como aquella vez, y el
cuerpo de Altea recuperaba el aroma de las especias quemadas y el humo de las
fogatas.
Le dio un beso en la mejilla izquierda, y
entonces su mirada se hundió en el hueco de la órbita.
Manuel estaba en el fondo del pozo,
debatiéndose en un círculo que parecía estrecharse al final, pero al que nunca
llegaba. José vio la cara iluminada de Manuel por la luz de la habitación, sus
ojos de chico asustado, pero de barba crecida. Estaba sufriendo de dolor,
agarrándose la entrepierna, y con sangre que fluía entre los dedos. Y la sangre
manchaba las paredes de la órbita de Altea con un rojo oscuro como el del
crepúsculo de invierno.
El río se estaba dirigiendo al invierno
del trópico. La selva brasileña cuyo invierno consiste en un infierno de
humedad y mosquitos. Y los murciélagos chillando en sus vuelos rasantes.
José se levantó y salió del camarote,
tapándose los oídos como había visto a Natacha tapándose la cara.
Había
cosas extrañas que salían del hueco del ojo. Auroras boreales y truenos que se
condensaban y desaparecían en la habitación. Hielo en la superficie y fuego en
lo profundo.
Altea se quedó sola un largo rato,
tranquila y calmada.
La puerta había quedado abierta, y Máximo
venía a visitarla. Se extrañó de verla sola por primera vez desde la noche del
disparo. Entró y se sentó en la silla que había ocupado Iribarne. Nunca había
estado solo con ella desde esa noche (disparos, yacarés chapoteando en el agua,
muriéndose, sangre en la cubierta, botellas rotas, borrachera y disparos, el
frío del cañón del revólver en su cabeza, y el cuerpo de Altea, y su mano
fuerte que lo apartaba).
Tomó la mano izquierda. Estaba fría como
el rencor.
Le apartó el mechón de pelo que le tapaba
un poco la cara.
Él había hecho lo que veía: el bello
rostro deformado para siempre, por lo menos hasta que la muerte, esta vez más
piadosa que nunca, lo tomara entre sus manos para deshacerlo definitivamente, y
borrar de esa manera el origen y el fin de ese rostro. Todas sus formas
difuminadas en la nada, igual que lo sería todo su cuerpo. En algún momento,
durante el viaje por Santa Lucía, había pensado en que le agradaría que ese
chico fuese suyo. De alguna manera, tenía varios padres que habrían podido
pelear por él. Pero los tres eran demasiado cobardes, o más bien egoístas, que es
una forma más esmerada de la cobardía.
Recordó
a Aurora Valverde. ¿por qué se acordaba de ella ahora, después de todo ese
tiempo?
Era que la veía, claramente, en el ojo de
Altea.
Sí, él sabía que ella no se lo perdonaba. No
le bastaba tener una esposa, no le bastaba siquiera una amante, también quería
la posesión de una noche caprichosa. ¿Pero él le había explicado, siquiera?
¿Era necesario?
Aurora le hablaba sin sonido desde el
fondo de la órbita, exhalando círculos con letras de imprenta. Pero no entendía
el idioma, porque era una mezcla de muchos lenguajes, todos ellos extraídos de
los libros de la biblioteca de la casa de Santa Lucía. Y los libros se
confundían con los de la biblioteca del viejo Krakovsky.
Las mujeres y los libros.
Las mujeres que había amado, mujeres
llenas de letras cuyo cuerpo era un ensamblaje de combinaciones infinitas de
tipos de imprenta, y cuyo espíritu era una arquitectura de filosofías
contradictorias que pelaban y se mataban y volvían a levantarse para pelear.
Pero Altea no tenía esas costumbres. Le
gustaban los vestidos y la conversación. A veces era fría y distante, pero él
había sabido derribar la barrera de hielo que su ascendiente nórdico le
prodigaba como un estigma. Altea era a veces tan altiva, que se derrumbaba
fácilmente con su ingenuidad, que no provenía de la ignorancia sino de la
beatitud, que no es sino una sabia bondad que deja la desconfianza de lado
porque la considera vulgar, y terriblemente dañina.
La altura de Altea era un bastión
vulnerable. ¿O no lo era?
En su ojo vivía la bruja Aurara Valverde.
Altea la había moldeado con el material del resentimiento, tan firme y macabro,
que hasta pudo deshacer los fundamentos de su edificio. Altea había cedido
finalmente y caído en el barro que ocupaba el fondo de su ojo muerto. Del barro
salía Aurora, pura imagen sin espíritu, pura ingeniería de palabras. Y vio el
rifle que la madre de Aurora había usado para matar al padre.
El cañón del arma salía de los bordes de
la órbita de Altea.
Máximo Mendoza apartó la cara,
retrocedió en la habitación hasta tropezarse con la pata de la cama, con un
vestido sucio manchado en sangre y con una taza rota. Al llegar a la puerta,
siempre retrocediendo y sin apartar la mirada del arma que le apuntaba, se
agarró del marco, mordiéndose la lengua para no delatar su miedo.
Y se escapó, como siempre lo había hecho,
y que también siempre le sirvió de motivo para su eterno regodearse en la
lamentación y la impotencia.
La impotencia de su espíritu en miniatura,
rodeado de gigantes.
Un corazón pequeño como timón del barco
de guerra que había comprado.
El último día de abril dejaron Ituzaingó
y entraron en la cuenca grande del Paraná, que es como un gran lago, y casi un
mar porque, navegando por el centro, difícilmente se ven las costas a simple
vista. Gonçalvez estaba sentado en una silla de mimbre muy temprano en la
mañana. Tomaba mate, que sorbía muy descuidadamente. A veces lo llenaba con el
agua de la pava y lo mantenía en la mano sin sorberlo, extasiado por la
amplitud del río. Hacía calor, pero él siempre vestía su pantalón de sarga, las
botas y la camisa blanca de lino que se arremangaba cuando revisaba a los
pacientes. Últimamente se afeitaba muy de vez en cuando, pero esta mañana lo
había hecho son esmero, porque tuvo insomnio casi toda la noche y apenas vio
asomarse un poco de luz en el horizonte se levantó, se aseó y comenzó a
afeitarse. El espejo era amplio, casi de cuerpo entero, el capitán le había
dado uno de los mejores camarotes cuando Altea había empezado a mejorar. En realidad,
ese privilegio debía haber sido para Valverde, pero tenía que continuar con esa
ficción. ¿Pero era tal? se preguntó. Valverde sabía mucho, incluso de anatomía,
pero él sabía de los hombres vivos. Una operación no es una disección, aunque
se le parezca. El muerto seguirá muerto, por más delicadeza con la que se lo
trate.
La amplitud le preocupaba. Era como si
estuviese creciendo en su alma un gran vacío que necesitaría ser llenado, y
temía a lo que pudiese entrar, porque él no podría controlarlo. El río ancho
dorado por el sol de la mañana era una superficie pulcra, tanto que parecía de
mármol. Si no hubiese sido por las aves que de vez en cuando perturbaban la
eterna lisura del agua buscando alimento, o por los buenos días que les daban
los hombres del barco cuando pasaban a su lado, habría podido creerse en una
especie de limbo.
Eso es. Estanislao Gonçalvez, como
siempre, permanecía en una especie de cuarto intermedio del que temía ser
expulsado, y que sin embargo lo hacía sufrir. Las fuerzas extremas se peleaban
por él: la empresa familiar, que no era más que una gran ingeniería construida
sobre todos los cementerios del mundo, y la familia que había creado por sí
mismo, junto a la profesión en la que se había abierto paso, eso sí, con
demasiado esfuerzo, tanto, que nunca se había sentido demasiado cómodo.
Pensó en su mujer y en su hijo. ¿Qué
estarían haciendo ahora? ¿Qué pensaría ella de él luego de recibir esa rápida
esquela y de no saber nada más luego de casi dos meses? ¿Los había abandonado?
Por supuesto que no. ¿Estás seguro Estanislao? Desde que había subido a ese
barco que había pertenecido a dos nobles y grandes bestias muertas, era sin
duda conducido por Aqueronte, y el río, enorme e interminable, no parecía tener
fin sino en el Norte a la vez claustrofóbico y agorafóbico. Inmensos espacios
abiertos que a su vez eran representaciones de espacios cerrados: selvas
densas, calurosas y oscuras, donde cada sonido era la muerte siseando en los
oídos.
Se levantó y dejó el mate y la pava en
el suelo. Agarró el maletín y fue a la habitación de Altea. Carmen terminaba de
higienizarla.
-Buenos
días, doctor-dijo con alegría-. Ya la ve a la enfermita, gracias a usted se
está poniendo rebosante. Mírela cómo sonríe.
¿Era eso una sonrisa o la secuela de la cicatrices?
-Bueno, ya veremos.
Empezó a sacar del maletín las cosas para
la inyección. Valverde ya no aparecía casi nunca, le había dejado el papel
principal, pero permanecía en bambalinas, porque eso era lo que le gustaba:
observar el mundo y sólo intervenir muy de vez en cuando. Los demás entraban
una media hora, y generalmente preferían no estar solos con Altea. Así,
Natacha, Máximo y José se sentaban y conversaban, no siempre los tres juntos, a
veces era una pareja, a veces otra, y hablaban como si nunca hubiese habido
rencillas entre ellos. No querían estar en silencio, y casi no miraban a Altea
más que para arroparla o hacerle algún mimo sin fijar la mirada en su cara.
Carmen se quedó, ya estaba acostumbrada al
tratamiento. Se preguntaba qué era ese maravilloso remedio, y cuando bajó en
Ituzaingó les había contado todo eso a las mujeres que hacía mucho que no veía.
Carmen era simple y había trabajado de todo un poco, de sirvienta y enfermera,
de cosechadora y de puta. Su último puesto había sido en las filas de Valverde,
pero esperaba desasirse de él. Le agradaba cuidar de la gente, y había bajado a
la ciudad porque esperaba buscar trabajo. No encontró más que viejas putas que
ya no servían para nada más que limpiar letrinas en la casa del intendente.
Pero ellas hablaban, y pronto el rumor de lo que sucedía en el “Juan Manuel”
comenzaría a esparcirse a lo largo del río y por toda la provincia.
Cuando Gonçalvez terminó, Carmen acomodó otra
vez las almohadas y la cabeza de Altea se volteó hacia el médico, casi
rozándole la cara. No fue un gesto voluntario, seguramente, pero él vio el
hueco del ojo. Y de pronto imaginó un caleidoscopio. Era muy semejante esa sucesión
de imágenes que estaban pasando una tras otra sobre la delgada membrana de
lagañas que a veces se formaban durante la noche. Como una pantalla donde se proyectarán
fotos que venían de ¿dónde?
Fotos en movimiento.
Reconoció a su esposa con el bebé en brazos,
en la puerta de su casa, saludando a alguien. La vio dentro, cocinando. La vio
dormir junto al niño. La esquela sobre la mesa, rota. Después ella armando
valijas, y Aurelio lloraba, gateando por el piso. Ella se iba, ¿pero adónde, si
no tenía padres ni hermanos? El cura del pueblo apareció a un costado de la
imagen, y se habían quedado estáticos los tres, como si la proyección se
hubiese trabado. Hablaban, probablemente, en una larga conversación. Luego, el
cura levantó a Aurelio en brazos y le hizo el signo de la cruz sobre la frente.
Y después la oscuridad de la habitación de su casa se iluminó de repente, y ya
no era un espacio cerrado sino el gran mar, el inmenso mar en donde ella y
Aurelio viajaban. Y era España tan distinta que era como otro planeta. Las
imágenes fueron tantas y tan rápidas que él no llegó a comprenderlas una por
una. Había a veces una vieja arrugada que se parecía a su mujer, y a veces un
hombre joven que él no conocía. ¿La vieja sería un familiar lejano de su
esposa, quizá? ¿Ella se había vuelto a casar con ese hombre joven?
Se dio cuenta que los años pasaron como
las imágenes, más rápidas que la realidad a que nos tiene acostumbrados la
endeble percepción del hombre. Aurelio había crecido y era un joven alto y
todavía lampiño, de tez blanca como una sábana, y caminaba por una calle de
piedra, golpeando puertas y regresando a la calle triste y cabizbajo. Lo vio
golpear varias veces frente a una enorme puerta de madera, sobre la que nacía
la torre de un campanario. Allí le abrieron y desapareció en la sombra.
El hueco del ojo se hizo oscuro, pero no
lo llenaba el vacío sino la penumbra, que a veces es una lóbrega presencia
hecha de añicos. Y en la sombra Aurelio iba de un lado a otro, entre paredes y
altares, trabajando. Sembraba en un huerto negro, y cosechaba. Cavaba canales
en la tierra, y miraba al cielo oscuro del cielo conventual. Lloraba mucho, y
Estanislao recordó el llanto del pequeño que había conocido, tan igual, que era
como estar viéndolo en la cocina de su casa, señalando al techo como lo hacía
muchas veces, diciendo lo que no podía pronunciar porque no tenía palabras
todavía en su vocabulario para nombrar a aquel que lo llamaba.
Cristo se le apareció a Aurelio en el
convento.
Le enseñaba un vocabulario hecho de
pensamientos.
Vio el dolor, la desesperación construida con
grandes alas negras.
Escuchó que otro hombre-niño estaba a su
lado, también desesperado.
¿Se parecía a Altea? No.
¿Se parecía a los hermanos Iribarne,
quizá? Había ciertos rasgos en ese otro joven seminarista que recordaba la cara
alunada de José Menéndez Iribarne, el mentón prominente, la frente ancha, el
cabello abundante. Era bello, en cierta manera, era atractivo.
Aurelio era de una delicadeza tal que daba
miedo hablarle por temor a herirlo.
El otro estaba tan cómodo en su lugar,
como si hubiese viajado muy poco. ¿Era español? Su acento lo simulaba, pero
tenía la sombra de una barba como la de aquellos conquistadores de América. La
selva había intervenido en su procreación, se notaba en el calor y la
intrepidez, en la rápida ofuscación y en la destreza con la que había tomado la
pala que había estado utilizando para cavar en la misma tierra que Aurelio.
La última imagen se esfumó antes de que
Estanislao pudiese atraparla con los dedos y retenerla para siempre en la palma
de su mano, como un ojo que pudiese contemplar cada que abriese el puño.
La pala en la cabeza de Aurelio, y luego
el torrente del agua desbordada llevándose los residuos del tiempo.
Estanislao Gonçalvez se tapó la cara con
las manos y se inclinó apoyando los codos en las rodillas. Carmen le puso una
mano en la cabeza, acariciándolo.
-Llore, doctor, si quiere. Es muy hermoso lo
que usted ha hecho. En mi pueblo, allá en Bahía, dicen que Dios es el otro
nombre de un doctor.
*
Para cuando
llegaron a Posadas, el rumor de la mujer “resucitada” se había esparcido tanto,
que en el puerto los esperaba mucha gente del pueblo. Algunos saludaban y
agitaban las manos hacia el barco, otros llamaban al doctor Gonçalvez para que
bajara y los curara. Había gente con muletas y en sillas de ruedas, chicos con
piernas y brazos torcidos, y hombres en camillas de lona cargados por otros.
Cuando Máximo vio todo eso desde la borda,
se preguntó cómo manejaría ese fanatismo que no podrían satisfacer, porque el
doctor Gonçalvez era un simple médico y nada más. Luego, pensó, la fama no les
vendría mal. Necesitaban el dinero, y los comerciantes de Misiones estarían
dispuestos a hacer negocios con el barco más famoso del río Paraná.
Pero en el puerto también estaba la
policía, que intentaba disuadir a la gente para que dejara libre el puerto y
volviera a sus casas. Si la policía investigaba, si las autoridades revisaban
el barco, si se sabía de las armas y de Carla…Todo eso se preguntó Mendoza
mientras el barco detenía las máquinas en medio del río y contemplaba el
puerto. La ciudad se extendía detrás, con sus construcciones bajas, edificios
de barro de la época de los jesuitas, ranchos nuevos, almacenes y una escuela.
Márquez y algunos de los hombres se
acodaron a mirar, riéndose y señalando a la gente: a aquel rengo, o la
embarazada, o aquel chico jorobado. Valverde llegó y se reía de su éxito,
porque eso era. Gonçalvez se acercó con timidez, y aceptó las bromas y los
parabienes de los demás.
- ¡Tendrá mucho trabajo, doctor! - le dijo
uno de los hombres.
- ¡Cállese! -gritó el capitán. - Doctor,
usted no saldrá del barco. Se lo aseguro. Yo hablaré con las autoridades de
Posadas y arreglaré el asunto.
-Pero el pueblo lo reclama…-dijo
Valverde. La sorna calzaba bien en su figura.
-Entonces vaya usted-le dijo Máximo. -Y
cure a todos esos, si lo dejan vivo antes.
Bajaron dos botes. En uno iba Mendoza con
dos hombres, y en el otro, tres más, todos armados. Llegaron al puerto y la
gente se les vino encima. Los policías eran pocos y la gente se escabulló de
ellos, pero todos peleaban por recibir los botes. Mendoza se levantó y apuntó.
-Al que se acerca lo mato.
Los demás hicieron lo mismo. Seis rifles
apuntaban a la gente. Todos se callaron y retrocedieron.
-Sólo queremos al doctor…-dijo una mujer
con un chico en brazos.
-El doctor no bajará del barco, no es
ningún milagrero para que lo reclamen así…
- Pero dicen que resucitó a una mujer, a la
esposa del capitán…
-Yo soy el capitán, la mujer no es mi esposa,
sólo una pasajera, nunca murió así que no necesitaba que la revivieran.
Parecieron conformarse por ahora. La
mayoría se dio vuelta y comenzaron a dispersarse, no del todo convencidos,
porque miran atrás con ojos enojados. Murmuraban, pero no se les entendía.
Caminaron entre los policías, que los vigilaban.
Uno de los oficiales se acercó a la punta
del muelle.
-Ya pueden bajar, capitán.
Amarraron los botes y bajaron.
-Soy el cabo mayor Alejandro Domínguez, capitán.
-El oficial se cuadró reglamentariamente y luego extendió la mano. Máximo lo
saludó.
-Gracias, cabo.
-Gracias a usted, capitán. Nosotros no
sabríamos contenerlos, y menos atentar contra chicos, mujeres y viejos.
- ¿Me garantizaría que podremos
desembarcar mercaderías con tranquilidad? Y, sobre todo, pasar unas cuantas
horas en la ciudad. Tenemos negocios que atender.
-El gobernador está aquí, capitán. Ya nos llegaron
noticias de lo que estaba pasando, y la gente se vino aquí desde hace dos días.
El señor gobernador está preocupado por los desmanes.
Dicen que el
doctor es una eminencia que vendrá a curarlos a todos…
-Nada de eso, la gente siempre busca
agarrarse a supersticiones.
Caminaron hacia la casa municipal, donde el
gobernador Farías los esperaba. A un costado había un pequeño altar improvisado
con flores y la Virgen de Itatí. El cabo vio que la imagen le había llamado la
atención.
-Disculpe, capitán, pero también dicen que
la resucitada está embarazada, y dicen que el chico es un mesías…
Los hombres de Mendoza se rieron, pero al
capitán no le hizo gracia. No contestó y continuaron caminando hasta la
carreta.
El
gobernador los recibió en la oficina, que era a su vez despacho y comedor, en
una vieja casona en las afueras. Farías era primo o algo así del que había
perseguido y ejecutado a Ruiz. Se notaba que envidiaba el éxito político de su
pariente de Buenos Aires. Había hecho lo posible por adularlo con cartas y viajes,
pero no había conseguido más que ese puesto de gobernador, que sin duda no le
duraría mucho.
- ¡Es un gusto verlo de nuevo, capitán! La
última vez era un cadete todavía. ¿Y qué me cuenta de su padre el general?
-Con sus achaques de viejo, señor
gobernador, pero el clima de Madrid le sienta bien.
-Como
cualquiera que no esté por estos pagos. ¿Y su padrino el coronel Las Heras?
-Se murió hace unos meses…
- ¡La pucha! Me enteré de que estaba en las
malas, el gobierno como siempre descuida a los hombres que hicieron bien a la
patria, mírenos a nosotros - dijo, señalando a su alrededor. Había en el patio
un gran bracero donde se asaban dos reses y un puerco, y las mujeres cortaban
verduras y cebaban mate, los chicos correteaban alrededor del fogón jugando con
los perros, mientras los hombres cuidaban el asado, hablaban y bebían.
-El gobierno no nos manda recursos.
Tuvimos que cerrar el hospitalito que apenas funcionaba con un doctor y una
enfermera. Por eso la gente se ha entusiasmado tanto con el doctor Gonçalvez.
Acá sabemos de dónde viene, su familia es muy conocida. Y usted sabe, capitán,
como crecen los rumores.
-Sí, lo sé. Y por eso quiero que me ayude
a detenerlos. Ya he visto el altar, incluso.
El
gobernador se sentó tras el escritorio y ofreció unos mates.
-No
haga caso de eso, esas supersticiones se van tan rápido como vivieron.
-Pero
señor gobernador, me preocupa la seguridad de mi barco, y por supuesto proteger
al doctor. Le aseguré que no bajará al pueblo por ningún motivo.
-Capitán,
la gente se conformaría con unas cuantas consultas y los ánimos se calmarían.
El doctor es nada más que un hombre, ellos se darán cuenta y lo dejarán en paz
después de unos días.
-Pero también es un buen médico, y tal vez
lo convencieran de quedarse, y a usted, si me permite decirlo, le sería útil
para ayudarlo a obtener una segunda gobernación.
Farías se reía.
-Veo de quién es hijo y nieto, capitán.
No tiene pelos en la lengua, y eso me gusta. Pero como sabrá acá nosotros somos
directos y no damos vueltas como los porteños, o lo europeos que están entrando
sin desparpajo. Le diré que las malas lenguas sueltan de todo, y los oídos no
eligen lo que escuchan. A bordo del “Juan Manuel” hay gente que se busca por
contrabando, eso me han dicho-. Farías levantaba las manos como si nada de eso
le constara. -También que protegía a Ruiz, así me contó mi compadre. Hay una
mujer, también, que dicen que mató a un hombre de un sartenazo, encontraron el
cuerpo enterrado hace poco. Y la muerte de su hijo, que lamento mucho, ha sido
muy extraña. Sin hablar del accidente de la que llaman “la resucitada”. Y ya
que estamos en eso, de las putas que subieron a bordo con esa mala entraña de
Valverde al que nunca pudimos atrapar porque siempre se zafa con alguna
artimaña judicial, parece abogado además de boticario o médico o como mierda
guste decir que es. Y las putas, capitán, se protegen entre ellas. A una la
extrañan hace rato, y nadie la ha visto por estos pagos. No lo tome a mal, es
que unos cuantos amigos míos le tienen ganas todavía, ¡qué se le a hacer!
El viejo se reía. Dejó el mate sobre el
escritorio y se levantó para mirar por la ventana.
-Quédese
esta noche para el asado, capitán. Yo lo invito a usted y a sus hombres.
- ¡Cabo! -llamó Mendoza.
El
oficial llegó corriendo desde el patio.
-Vaya al muelle y pida que bajen Márquez y el
doctor.
-A la orden.
Farías se frotó las manos.
-Disfrutaremos
de una gran noche, capitán. Buena comida, buen vino, y mucha conversación.
Apoyó
las manos sobre los hombres de Mendoza.
-No me tenga resentimiento, amigo mío. Y para
demostrarle mis buenos sentimientos, le mostraré algo.
Lo
hizo acercarse a la puerta y le pasó un brazo sobre los hombros, señalando a una
de las mujeres del patio.
-Elija
esa, mi amigo. Usted es un hombre fuerte….
Le
palmeó el pecho como demostración de la más extremada amistad.
-Buen aguante, tiene…-dijo.
- ¡M’hija!-llamó. ¡Venga p’acá!
La chica se acercó corriendo.
- ¿Sí, tata?
En la mañana lo despertaron tres policías y
otros dos que creía recordar eran hombres de la chacra. Pero fue como despertar
después de una operación, según recordaba le había pasado cuando lo durmieron
con éter para sacarle una bala cuando tenía quince años. Esa vez habían sido
los cuatreros en la estancia del viejo Lamdrid, pero ahora ni siquiera recordaba
lo que había pasado esa noche. Sólo al ver a la hija del gobernador desnuda
boca abajo en medio de la cama a su lado, y a Gonçalvez del otro, se le
aparecieron imágenes sueltas de lo que pudo haberlo sucedido, o más bien de lo
que él había hecho y, por qué no, de lo que ella le había hecho.
Los tres estaban desnudos, y despertaron
sobresaltados, excepto ella, que giró la cabeza hacia los policías, que
mientras agarraban al capitán al doctor, no dejaban de echar ojeadas al culo de
la chica, que no debía tener más de quince o dieciséis años, o incluso menos.
¿Quién podía estar seguro con esas hembras que se criaban en el campo y con
padres como el suyo, si es que lo era? Ella se levantó, tapándose con la sábana
y salió de la habitación.
Los dejaron ponerse los calzones largos,
pero sin camisa los llevaron afuera, donde el personal de la estancia detuvo su
labor y comenzó a reírse sin disimulo. Farías estaba esperando sentado ante la
mesa donde dos sirvientas daban vueltas cebando mate y yendo y viniendo con
tortas fritas. Debían ser las siete de la mañana a juzgar por el sol sobre los
árboles.
- ¡Qué vergüenza, mi amigo! Violar entre
dos a la pobre m’hija, y eso sin mencionar la conducta de sus hombres.
Mendoza miró alrededor. Los cinco que lo
habían acompañado estaban igual que ellos, a medio vestir, atados de manos,
mientras una o dos las mujeres con las que habían estado lloraban, las otras
habían desaparecido. Entonces vio, junto a un árbol, un cuerpo tirado en el
piso, con las piernas torcidas, la cabeza rota y cubierta de sangre. Reconoció
la casaca de Márquez.
Farías se adelantó a la pregunta.
-Me extraña del viejo, sobre todo, que
parecía tan educado. Se puso tan en pedo que no sabía lo que hacía. Así me
avisaron los gendarmes en plena noche, cuando escuché los tiros. Supongo que
usted, mi amigo, no debe haber oído nada, tan entusiasmado que estaba, me
imagino, o ya se había dormido del agotamiento.
Farías
los miraba fumando una pipa que apenas se sacaba para hablar.
- ¿Por
qué lo mataron? -preguntó Mendoza, descalzo sobre el barro, las piernas algo
separadas por que le habían atado las manos sobre la entrepierna que intentaba
cubrirse. Estaba todo manchado con semen y orina.
-Parece que al viejo le gustaban los
hombres, según me dijeron. El alcohol lo deschavó, y se les insinuó, por no
decir más, a varios de los de la estancia. Se armó una trifulca y las mujeres
llamaron a la guardia. El viejo se defendió, parece, estaba como medio loco.
Amenazó con el revólver, y bueno, así le fue…
Apareció la hija del gobernador, con la
sabana encima. Farías la vio y le echó la bronca.
- ¡Raje
de acá, sin vergüenza! ¡Y vístase, carajo!
La
chica volvió a irse, sin mucho apuro, arrastrando la sábana por el barro,
mientras los hombres la seguían con la mirada.
- ¿Se da cuenta, capitán? Hombres como usted
relajan las costumbres, y qué le espera al país con esta generación.
- ¿Y
qué va a hacer, señor gobernador? -preguntó Mendoza, decidido a cubrirse de
orgullo ya que no podía deshacerse de la vergüenza.
- ¿Con
todos sus antecedentes, capitán? ¿Y con la violación de una menor? Mala leche
sería la mía si lo llevara a las autoridades. También soy hombre, y entiendo
nuestras necesidades, pero eso no me autoriza como hombre de estado a hacer la
vista gorda frente a la violación flagrante de las leyes.
Mendoza se preguntó de dónde había sacado
el gobernador ese léxico jurídico. Detrás de su campechanía, escondía una
escueta erudición de contrabando.
-Lo dejaré pasar, por esta vez, capitán, en
respeto a su familia. No me gustaría que los diarios mancharan su apellido.
Seguirá su viaje hacia el Brasil, y el doctor ayudará a nacer a la criatura de
esa santa. Y después volverá para compartir su sapiencia con nosotros.
Miraba a Gonçalvez, que seguía con la
cabeza gacha, con la vista clavada en el barro, como si buscase algo. La
memoria de lo que había hecho esa noche, probablemente, o de lo que venía
haciendo desde hacía un largo tiempo sin explicarse los motivos: los pacientes
enterrados y la familia abandonada.
El gobernador se acercó a Mendoza con la
pipa inclinada a un lado. El humo salía débil y taciturno, pero el aroma era
una mezcla de tabaco fuerte y anís quemado. Acercó la cara hasta muy cerca de
la del capitán, y le dijo:
-Usted seguirá su viaje y hará todos esos
negocios que Márquez contrató con la gente de la zona antes de ponerse en pedo.
Muchos compromisos de buena plata, parece, a juzgar por todas esas papeletas
que llenó, y que están ahí, al lado del cuerpo.
Entonces Farías metió una mano en la
entrepierna de Mendoza y le apretó los testículos.
-Después volverá, mi capitán. Lo estaremos
esperando fielmente a que regrese con las bolsas llenas.
Si
hubo lascivia en su gesto, se perdió en la mirada de satisfacción con que lo
observaba. Se sentía dueño de todo, de los hombres y mujeres de la estancia, y
hasta dueño de la provincia, probablemente.
*
No hubo exequias
para el ingeniero Emerindo Márquez. Mendoza y sus hombres terminaron de
vestirse en una habitación bajo la mirada de los guardias. El capitán miraba el
cuerpo junto al árbol, rodeado de moscas que se acumulaban sobre la sangre. Le
habían entregado los papeles con las notas que el viejo había tomado con los
datos de varios puertos y ciudades de Misiones y el Brasil, de comercios
particulares y pequeñas industrias, de dueños de ganado y algunas plantaciones.
¿Qué es lo que lo había pasado con el viejo? No creía en la versión de Farías.
No pensaba que el ingeniero no fuese capaz de emborracharse y portarse como
cualquier hombre en tal estado, pero no podía creer que una mentalidad como la
de Márquez, que minutos antes acordara y anotara concienzudamente tantos
posibles tratos de comercio en su preocupación constante por el barco y su
capitán, no menos de una hora después fuese otro completamente distinto. Otro
muerto, pensó Mendoza, a sus expensas. Debería avisar a sus hijos en Europa,
tal vez en los cajones de su camarote hubiese algún dato de la filiación de su
hijo Walter, el arquitecto, con el que sabía que se carteaba de vez en cuando,
pero nada decía del mayor, que se había metido en revueltas y política, y del
tercero renegaba y hasta negaba.
Los escoltaron hasta el muelle, esta vez
sin sogas que les ataran las manos. Los vecinos los miraban pasar,
cuchicheando. Cuando subieron a los botes, el cabo Domínguez subió también.
Mendoza lo observó con encono.
-Es una orden del señor gobernador,
capitán.
-Para asegurarse de que vuelva, ¿no?
El cabo, que estaba de civil y llevaba el
fusil en bandolera, se encogió de hombros. No era un hombre que podría
amedrentarlo ni presionarlo, y tal vez fuese esa la astucia de Farías, que cada
vez lo sorprendía con algo nuevo. Flaco, no muy alto, de brazos sólo lo
suficientemente fuertes como para sostener el arma y disparar, de piernas sólo
fuertes por haber caminado y corrido mucho en los montes de Misiones. Joven, no
debía tener más de veinticinco años, de poca barba, de pelo lacio y castaño que
llevaba más largo de lo reglamentario. Así como estaba, de civil, con ropa
vieja color caqui y la mirada pensativa, podría habérselo creído un labrador o
un estudiante. Del labrador tenía la sumisión, del estudiante el cuerpo y los
gestos. Pero llevaba un arma que sin duda sabía usar.
Regresaron en los mismos botes en los que
habían llegado, remando en absoluto silencio. Los hombres estaban avergonzados,
pero el capitán humillado. ¿Y qué era lo que sentía el doctor Gonçalvez? Tal
vez el fracaso como único índice constante de su vida.
El viaje continuó hacia el norte. Luego de
las labores de la mañana y el mediodía, Mendoza se enclaustraba en su despacho
y revisaba las notas de Márquez. El río tenía cauce estrecho en esa zona, y
desconfiaba del hombre que había puesto en lugar del ingeniero. Era uno de los
dos que habían quedado desde la salida de Buenos Aires. Aníbal Molina conocía
el barco desde su remodelación, y no tenía Mendoza otra alternativa que dejarlo
hacer. No por eso evitaba vigilarlo y estimularlo para que estuviese a la altura
de su cargo. Era, también, el único que se había negado a bajar a la ciudad.
Escribía cartas constantemente, lo sabía porque cada vez que llegaban a un
puerto iba él o mandaba a alguien al correo. Nunca le había preguntado a quién
escribía. Casi todos tenían a alguien en tierra, que los extrañaba. Y el que
no, estaba solo. Pero únicamente él, Mendoza, llevaba su carga de monstruos
encima, en su propia casona que se desplazaba sobre las aguas.
El río era estrecho, las costas
cercanas, el lecho no demasiado profundo. Sin embargo, el “Juan Manuel” seguía
cumpliendo tan maravillosamente como lo había hecho siempre. La alcurnia no se
demostraba en el lujo postrero de su interior, ni siquiera en el material de su
construcción. El espíritu de los dos grandes cabezas duras que lo habían
inspirado parecía seguir alimentando sus máquinas improvisadas y la estabilidad
de su estructura. Creado para el mar, expiaba sus culpas en el río con la mayor
dignidad de la que era capaz.
Llegaron a Puerto Iguazú. Mendoza no bajó
del barco. Desde la cubierta y con los papeles en mano, iba haciendo el
registro y el control de las mercaderías que subían y bajaban. Los hombres del
puerto lo miraban, y de vez en cuando alguno de traje salía de las oficinas y
lo saludaba con la mano en alto o con algún saludo campechano. Mendoza no
estaba dispuesto a ceder otra vez a sus impulsos. Había mantenido el silencio
más allá de lo necesario. El cabo Domínguez lo miraba desde su silla, donde
comía y pasaba todo el tiempo, a veces leyendo, a veces contemplando el río o
las costas. Era un joven curioso, su mirada era porfiada y esquiva como la de
un militar, pero sus gestos eran aún de un adolescente, tal vez excesivamente
curioso. No lo atraían, sin embargo, los juegos de naipes con los tripulantes
ni la bebida. Dormía poco. Lo veían hasta altas horas de la noche en su silla
sobre cubierta, fumando, y en la mañana ya lo encontraban en el mismo sitio. Él
mismo se preparaba las comidas. Natacha se había apegado un poco a él, tal vez
le recordara a Ariel, en cierto modo. Los libros que leía se los alcanzaba
ella, que se sentaba durante algunas horas de la tarde, y conversaban, del
libro, tal vez. Pero ella no lograba sacarle mucha conversación. Pronto
permanecían en silencio, y luego se iba pretextando que debía cuidar a la
enferma. Domínguez entonces apenas se levantaba para saludarla, y la observaba
irse, hablando sola. La primera vez, el cabo miró alrededor. Después, vio la
sombra que se hacía humo, que se hacía destello apagado, que se hacía ceniza
cuando caía la tarde.
El doctor y Natacha estaban solos en el
camarote de Altea. Habían acordado no hablar más que lo imprescindible, y
creían conformarse con las miradas. Altea movía las manos y los pies, movía los
labios y su garganta intentaba desesperadamente decir algo. Altea estaba
lúcida, lo sabían, y su cuerpo se había recuperado. Incluso su inteligencia
debía mantenerse casi incólume, aunque no sabían si con la totalidad de sus
recuerdos. ¿Seguía siendo ella, en ese caso, es decir, la mujer que los demás
habían conocido? Sólo el capitán podría corroborarlo, y en cuanto a su cuñado,
no conocían del todo la relación que habrían mantenido en el pasado.
Gonçalvez decidió hablarle.
-Señora, ahora que se encuentra mejor,
debemos practicar la cesárea.
Ella estaba ciega, pero él sabía que algo
veía. No se explicaba cómo, pero era evidente por la manera en que giraba la
cabeza y la facilidad con que a veces levantaba un brazo y agarraba la mano de
quien estuviese cerca. Gonçalvez sentía el aliento cálido de Altea, y el
perfume que Carmen le ponía en el cuello luego de lavarla. Ella levantó un
brazo y apoyó la palma de la mano en la mejilla del médico. Natacha se levantó
de la silla, Gonçalvez se quedó quieto.
-Altea, querida, si no le molesta voy a
pedirle que haga algo. Quiero que toque el dedo de mi mano que yo le indique.
Mantendré mi mano frente a usted, pero no debe palparme, si no tocar apenas la
yema del dedo que le mencione.
Ella asintió con la cabeza.
- ¿Cuál es mi dedo anular, Altea?
Ella tocó el dedo indicado.
-Ahora, el pulgar. - Gonçalvez cambió de
mano.
Altea
tocó el correcto.
-Ahora el dedo índice de mi mano derecha.
-Gonçalvez puso ambas manos frente a ella, pero invertidas.
Altea tocó el dedo correcto.
Natacha volvió a sentarse, mirando hacia
el rincón detrás de la cama. Sonreía, tal vez.
El médico se levantó, y dijo a Natacha:
-Esta
tarde a las seis, señora. Altea debe permanecer en completo ayuno.
Mandó entró a Carmen y le dio indicaciones
para preparar la higiene de la enferma.
Era
muy temprano todavía, quería terminar con todo eso de una vez por todas. Estaba
cansado del viaje, pero sobre todo temía a la frontera del Brasil. La otra
costa le parecía un muro de ojos que lo acechaban sin palabras, sólo con el
tronar del agua que iba acrecentándose a medida que se acercaban a las
cataratas. El ruido fue aumentando a medida que pasaba la mañana. Había visto a
Mendoza más inquieto de lo habitual. Recorría la cubierta revisando que todo
estuviese bien amarrado, insistiendo a los hombres que no descuidaran nada. En
el castillo de proa se encargaba a veces del timón, o se quedaba tras de Molina
mirándolo hacer o retándolo cada que creía verlo equivocarse. Al mediodía bajó
a revisar las máquinas y las calderas. Volvió a dar las mismas indicaciones y
los hombres se ponían a la tarea con esmero, porque escuchaban el tronar del
agua que caía a varios kilómetros río arriba.
Todos sabían que las cataratas eran un
bello espectáculo para quien las observaba de lejos, pero para los que estaban
en el agua, eran más peligrosas que una tormenta en el mar. Ellos sabían qué
esperar de una tormenta, pero no de los remolinos que se formaban en torno a
las enormes masas de agua que caían desde la altura, y las corrientes cambiaban
de un momento a otro, eran demasiado fuertes. Y la superficie del cauce que
cambiaba en igual medida, a veces profundo como pozos abismales, otros con
banco de barro y troncos arrastrados.
Gonçalvez pasó la tarde en su camarote,
fumando en la cama. Oyó que Valverde lo llamaba en dos ocasiones, pero no le
hizo caso. A las cinco y media agarró su maletín y salió. Vio al cabo en su
silla de siempre, estaba pálido. El vaivén del barco era intenso aún para ese
chico que se había criado junto al río. Fumaba para contener su ansiedad, y
sobre todo, las náuseas.
Entró al camarote de Altea. Carmen estaba
doblando sábanas sobre una mesa que había dispuesto cerca de la cama. Sobre
ella había también compresas que había hecho con algodón y gasa. Lo saludó muy
seria. Hacía perfectamente su papel de enfermera. Si su destino hubiese sido
diferente, pensaba él, qué buena enfermera habría sido, y qué diferente su
vida…pero entonces no sería su destino, sino el de otra persona.
Valverde entró justo detrás de él.
-Señora, por favor, sólo debe quedarse
Carmen- le dijo a Natacha.
Ella lo miró con orgullo herido.
- ¿Será posible…? - dijo, enroscando sus
manos con nerviosidad. -He visto muchas cosas, señor…
-No es por eso, señora, es para
protección de la madre y del niño. Mientras menos gente haya habrá menos
posibilidades de infecciones.
Natacha se fue sin olvidar golpear la puerta.
Entonces se pusieron a trabajar. Gonçalvez
agarró la mascarilla y la embebió con éter. La puso sobre la cara de altea.
Valverde controlaba su pulso, que fue bajando lentamente hasta estabilizarse.
Altea respiraba con normalidad. Levantaron un brazo y cayó pesadamente sobre la
cama. Mientras Carmen les alcanzaba las sábanas, ellos las disponían alrededor
de Altea y sobre ella, a excepción del vientre. Se lavaron las manos. Untaron
la piel con iodo.
Sobre la mesa, Valverde había distribuido
los materiales de cirugía. Algunos eran del médico, pero el resto le
pertenecían. Los había robado de hospitales, o comprado a cirujanos que ya no
ejercían porque no podían o no los dejaban. Y la caja de cirugía de mano, la que
guardaba celosamente para sus disecciones porque la había sacado del armario
del viejo doctor Amadeo Ibáñez de Buenos Aires el día que lo vio morir en su
departamento de San Telmo, estaba allí. Y mientras pasaba el bisturí a
Gonçalvez, recordaba las palabras del viejo doctor mientras deliraba. “Lléveme
al hospital, Juan…Que usen mi cuerpo, se los dono”. Valverde así se lo había
prometido. Cuando murió, el viejo Ibáñez tenía el cuerpo casi carcomido por el
cáncer. Sus huesos eran como tallos podridos, y las vísceras parecían bolsas de
excrementos. Eso fue lo que vio cuando lo abrió esa tarde, sin salir de la casa
hasta el día siguiente, cuando avisó a los hijos. El doctor vivía solo desde
que se había jubilado del Hospital Rivadavia cuando aún estaba en la calle
Esmeralda. Valverde estuvo sólo en la morgue durante todo el velorio. Sólo
llegó uno de los hijos, cuando ya estaban en el cementerio. “Perdón, doctor”,
le dijo a Valverde, a quien no conocía más que por el telegrama que le había
mandado. No había buena relación, seguramente, entre padre e hijos, ni tampoco
una herencia. La única constaba sólo de deudas. El hijo no pidió abrir el cajón
para despedirse, Valverde le dijo que el cáncer había hecho estragos. La casa
se vendió, pero debió hacerse una limpieza antes. Se pagaron deudas, no muchas,
con una parte. El resto no fue reclamado, así que Valverde lo puso en un sobre
y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta.
Altea sangraba con el bisturí. Valverde
secaba con las compresas, Carmen las reponía o de deshacía de las sucias. Gonçalvez
hacía la incisión con cuidado y rapidez. Debió haber hecho muchas en sus días
de médico de pueblo. Y sin anestesia, probablemente. Fue pidiendo un
instrumento tras otro, y Valverde, que había hecho todo eso y mucho más, pero
únicamente con los cadáveres, no dejaba de admirar la destreza de Gonçalvez.
Así debió trabajar el joven Amadeo Ibáñez en sus tiempos del hospital
Rivadavia, cuando todavía prevalecían las prácticas del antiguo hospital de
mujeres.
Partos, cesáreas, abortos.
Niños deformes. Fetos muertos.
Mujeres moribundas. Gritos como llantos
del infierno.
Silencio oscuro de respiraciones
interrumpidas.
Olor a mugre, a secreciones fétidas, a
gangrenas.
Y de vez en cuando el llanto vital de un
chico sonrosado y los moqueos de una madre hastiada.
Le alcanzó los separadores, y él ayudó
mientras las manos de Gonçalvez metían las tijeras y separaban tejidos. El
bisturí volvió a cortar el grueso músculo de la pared del útero.
Altea sangraba y ponían compresas. Carmen
no daba abasto para darles otras limpias y tirar las empapadas.
Los hombres se miraron por un momento.
Entonces Gonçalvez introdujo la mano
izquierda por el espacio abierto, y tocó el interior. Se escuchó un rumor, pero
era el ruido de las cataratas, cada vez más intenso.
El
movimiento del barco no ayudaba. La cama se inclinaba un poco, la sangre se
desparramaba en la cama.
Y el niño flotaba en el interior como en
un frasco de formol.
Entonces, se oyó un grito agudo, tanto que
era un chillido apenas audible al principio, y que luego se hizo tan estridente
que ocultó el ruido del agua.
El chico estaba entre las manos de Gonçalvez,
agitándose y llorando. Sucio y maloliente.
Carmen miraba y lloraba, y tuvieron que
gritarle para que reaccionara y los ayudara a tenerlo mientras Gonçalvez
cortaba el cordón umbilical. Sacó la placenta y comenzó a suturar.
Ya no había nueva sangre.
¿Altea respiraba? Valverde le tomó el
pulso. Estaba débil.
Gonçalvez terminó de suturar y cubrió la
herida con gasas y vendas.
Carmen se encargaba del niño, lo lavaba y
le daba pequeños golpecitos en la espalda para ayudarlo a respirar. Era un
chico flaco y poco peso. Gonçalvez se acercó a auscultarlo.
-Parece completamente sano…
-Gracias a usted, doctor-dijo Carmen.
-Todavía no sabemos si tendrá secuela. Fíjese
si la madre tiene leche para darle, si no, hay que conseguir un poco de las
cabras que tenemos a bordo.
Valverde revisaba los signos vitales de Altea.
Seguía dormida por efecto del éter. El pulso y la presión sanguínea eran muy
bajos.
Gonçalvez la auscultó.
- ¿Qué te parece, amigo mío?
-Que tenemos que esperar. Lo que hicimos
es lo que esperábamos. El resto es un regalo, me parece.
Golpearon a la puerta.
-Déjenme entrar, por favor.
Era la voz de Iribarne.
-Quiero ver al chico.
-Nada de eso, señor. Hay que esperar unas
horas. Tenga la bondad de esperar.
-Ustedes se creen dueños de la vida y de la
muerte, ¿no es cierto? Disponen quién debe morir o vivir. Ya estoy harto de
todos ustedes, matasanos.
-Si no se tranquiliza, menos derecho
tendrá a entrar.
Oyeron murmullos tras la puerta, y golpes
en las paredes después. Sabían que debían ser alrededor de las nueve de la
noche. El camarote estaba iluminado por tres lámparas y parecía absurdamente
alumbrado por un sol nocturno. Adivinaban, sin embargo, que afuera había
anochecido y estaba frío. El barco seguía sacudiéndose regularmente, y el
tronar de la cataratas era firme y constante. El capitán les había dicho que el
tránsito por esa zona debía ser lento a menos de provocar un naufragio, y que
tardarían por lo menos dos días en salir de la zona de corrientes peligrosas.
El sector argentino de las cataratas no era el más peligroso, sino el
brasileño, al que estaban entrando.
Luego escucharon gritos que llegaban del
pasillo y desde cubierta, quizá. Después, en el casco del barco. La claraboya
estaba clausurada, así que Valverde decidió salir para ver qué pasaba, y calmar
a los otros. Apenas salió, Gonçalvez volvió a cerrar con llave. Valverde se
encontró en el pasillo con Iribarne siendo sostenido por tres hombres, mientras
Mara observaba todo sin inquietud, pero con tristeza.
- ¿Qué la pasa?-preguntó Valverde.
El capitán estaba ahí, esperando como los
demás, noticias sobre Altea y el chico.
-Usted debería saberlo-dijo. ¿No le parece
epilepsia?
Valverde se acercó, pero lo que tenía
Iribarne era un ataque de ira, o quizá de desesperación.
-Nada de eso, el hombre está asustado. Y
tiene pánico.
- ¿A qué? -preguntó Mendoza.
- ¿No oyen? -dijo Mara.
- ¿Los murciélagos? -siempre vienen a esta
hora, cada tanto.
- ¿Y no saben por qué?
-Porque son así. Son del Brasil, vienen y
dejan sus crías por el litoral. Son más los que se mueran chocando con el barco
que el daño que causan. Ya estamos acostumbrados.
José se sacudía e intentaba golpear a los
que lo retenían. Logró desprenderse y empezó a correr hacia la cubierta. Mara corrió
detrás. Los demás los seguían, temían que el loco se tirara al río.
En la cubierta era de noche y no había
luna ni estrellas. La completa oscuridad era desgarrada por la espuma de las
cataratas, que a menos de doscientos metros caían provocando un torbellino
mayor que varios remolinos juntos, y un estruendo que no les dejaba hablar más
que por señas. El agua mojaba la cubierta con una lluvia torrencial que no era
lluvia, sino el vapor que se levantaba por las caídas del agua y volvía a
condensarse en lluvia. José corría bajo la lluvia. Los murciélagos, sin
embargo, volaban y revoloteaban a pesar de todo. Mendoza sabía que era muy
extraño, pero los murciélagos eran lo menos importante en ese momento. Debían
proteger al “Juan Manuel”.
Escucharon un disparo y el chispazo en la
oscuridad. El cabo Domínguez había disparado y vieron que Iribarne caía al
suelo. Los murciélagos comenzaron a detenerse encima, mientras él se sacudía
desesperadamente por espantarlos. No podía moverse porque tenía una pierna
herida, pero gritaba e insultaba. Decía incoherencias, cosas que no comprendían
más que como un deliro de desesperación del que no sabían la causa.
Lo
escucharon gritar el nombre de su hermano, y a veces señalaba a lo alto algún
murciélago que volaba lento. Lo oyeron llamar al chico, al recién nacido.
Vociferaba obscenidades, juraba matar y luego lloraba con un quejido
lamentable. A pesar del ruido de las aguas, el aleteo y la voz del hombre se
escuchaban claras, como si las oyesen en otro plano de la realidad. Como si ésta
se hubiese dividido en cuantos sentidos ellos poseían para captarla más
claramente.
Se reunieron alrededor de Iribarne. Mara
lo consolaba, arrodillada al lado. Valverde le curaba la herida. El capitán y
los otros aguardaban.
-Lo
lamento, capitán. Pero era la única forma…-dijo el cabo.
Mendoza
le puso una mano sobre el hombro.
-Hizo muy bien, cabo. -Pero algo le decía que
tal vez habría sido mejor que el mundo siguiera su curso sin intervenir.
Gonççalvez pasó toda la noche en el
camarote hasta asegurarse que el chico y la madre sobrevivirían. Mandó a Carmen
a descansar, y Natacha encontró la habitación sucia, pero sobre la cama estaban
Natacha, pulcramente cambiada con ropa blanca y seca, y el bebé a su lado. Ella
tenía el brazo que mejor movía abrazando al bebé para que no cayera de la cama.
Natacha miró al médico, cansado y ojeroso, pero no tuvo valor para recriminarle
otra vez haberla echado. Le sonrió, apenas un poco, y en seguida se puso a
ordenar todo. Sacó las bolsas con telas de sangre, ordenó las cajas de cirugía,
las limpió y las puso a un costado para que el doctor las encontrase listas
cuando quisiera. Le llevó toda la tarde, pero ni una sola vez miró a Altea.
Sabía que la estaba mirando, aún con esos ojos ciegos de los que ahora se
jactaba como de una máscara más eficaz que toda la ironía o la ingenuidad con
que la había combatido desde el día que se conocieron. La ceguera era un arma
que ella no comprendía, porque era un espacio oscuro que irradiaba luz. Ninguna
ciencia que hubiese leído lo explicaba, ni siquiera aquellas que estudiaban lo
sobrenatural. Ariel no era un fantasma: era una energía, tan intensa como la de
toda aquella agua que iba cayendo año tras año en el mismo río. Era más aún:
una energía condensada que formaba una imagen que cualquiera podría ver, pero
que sin embargo estaba únicamente conectada con la voluntad. La voluntad era un
motor calibrado en las mismas coordenadas de esa energía que era Ariel, con ese
ente que sólo era posible poner en evidencia en ciertas condiciones. ¿El
extremado frío? Tal vez el helio congelado alrededor suyo formara los contornos
de su hijo. Todo eso lo había leído, ¿pero para qué quería que los demás lo
viesen? Siendo de todos, lo habían matado. Siendo exclusivamente suyo, seguiría
viviendo.
Gonçalvez salió al pasillo y a la
cubierta. Los hombres lo vitorearon, excepto los que habían bajado en Misiones
y sabían lo que le esperaba. Se detuvo, de pronto, para mirar las cataratas.
Era plena mañana, la lluvia del río seguía empapando todo el barco, y los
hombres iban con impermeables algunos, y otros con el torso desnudo porque ya
no tenían ropa seca. La montaña de agua se alzaba a no más de doscientos
metros, de este a oeste y de norte a sur. Era imposible distinguir el principio
o fin, tanto era el vapor de agua que formaba nubes alzadas a varios metros de
altura, aún por encima de alto del barco. El estruendo igual de intenso, por
eso nadie hablaba y realizaban sus tareas en medio del ruidoso silencio. Había
restos de murciélagos muertos en la cubierta, le habían contado lo de anoche.
Algo malo estaba pasando, y coincidía con
la cada vez menor distancia de Brasil. Allí estaba su pesadumbre, en el norte,
y mirando al sur, encontraba un cementerio.
- ¿En qué piensa, Estanislao?
Miró a Valverde, tapado con un
impermeable de goma y con la cabeza por una capucha. Le traía otro impermeable
igual. Se lo puso, porque no tenía ganas de discutir. Se quedaron acodados en
la baranda, mirando extasiados el paisaje, que más que placer, les daba miedo.
Pero a veces era lindo contemplarlo de frente, a la distancia.
-No volveré-dijo Gonçalvez.
- ¿A dónde? ¿A Posadas?
-A
ningún lado.
- ¿Y a dónde va a ir, amigo? Mire que yo…
No hubo
tiempo para nada. Gonçalvez había saltado por la borda y Valverde apenas
alcanzó a agarrarlo de una mano. El agua peleaba por deshacer el nudo de sus
manos, y él ni siquiera podía gritar por ayuda porque nadie lo escucharía.
- ¡No te sueltes, no te vayas!
Gonçalvez
lo miraba desde abajo, colgando de la borda, con la mano absolutamente floja,
apretada por la mano de Valverde como si fuese una garra. Y Gonçalvez pensó,
probablemente, en el escalpelo que conservaba en el bolsillo. Lo había agarrado
no sabía bien para qué, aborrecía esas muertes de folletín romántico. Sin duda
no se cortaría las venas, aunque hubiese tenido la oportunidad. Pero a la
oportunidad la pintan como una vieja esmirriada que corre muy rápido y tiene un
solo pelo. Allí estaba el río, tan cerca y tan eficaz.
Pero Valverde se había interpuesto, y
observaba la desesperación en ese hombre tan cínico. La desesperación no era
propia de él. Se había desprendido de la máscara teatral y se mostraba como
era, quizá: un tipo absurdo, un pobre tipo que se esmeraba en ser lo que no era
y en buscar en los demás lo que abundaba en los subterráneos de su alma. La
sangre y los huesos de esa tristeza que ahora estaba colgando al borde del
abismo. Las aguas profundas donde dicen que están los huesos de Dios, con los
que los demonios construyen ciudades.
- ¡No te vayas! -decía Valverde, con el
ceño fruncido de dolor y la cara llorosa como la de un chico al que se le está
muriendo un padre.
Y Valverde sintió el puntazo del bisturí
en el dorso de su mano. Lo soltó.
Tuvo que soltarlo porque su carne era
como la carne de todos. Una sustancia tan frágil que se quejaba lo mismo de un
puñal que de una caricia. La estúpida carne que nos defiende del mundo, y nos
lo quita. La carne que cubrimos con perfumes y nos devuelve la carroña.
El cuerpo es una traición.

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