jueves, 22 de enero de 2026

El idioma de "Bomarzo" (Jorge Cruz)






En la celebración que la Academia Argentina de Letras dedica

al Día del Idioma, voy a recordar un libro argentino que marca

un punto alto en la trayectoria de la lengua literaria nacional. Me refiero a Bomarzo, de Manuel Mujica Láinez, a medio siglo de su aparición, en junio de 1962. Habían transcurrido cinco años desde la publicación de Invitados en "El Paraíso ", última parte de la serie que integran, además, Los ídolos, La casa y Los viajeros. Esta tetralogía fue

llamada "saga de la sociedad porteña", se publicó a lo largo de la

década del cincuenta y, en mi opinión, considerada en conjunto, es la

obra maestra de su autor. Culmina en ella la corriente porteña que predominó en sus libros anteriores, sobre todo en las biografías de Miguel

Cané (padre), Hilario Ascasubi y Estanislao del Campo. Dicha corriente se expande en el Canto a. Buenos Aires y en Estampas de Buenos Aires, y, con maestria narrativa, en los cuentos de Aquí vivieron y

Misteriosa Buenos Aires. Es verdad que el escenario de Aquí vivieron

es San Isidro, pero es sabido que en esa villa al borde de las barrancas

frente al Río de la Plata, solía veranear la gente acomodada de la ciudad, . de modo que podría decirse que San Isidro era la cara estival de

Buenos Aires. Ámbitos y personajes de esta fracción de la obra de

Mujica Laínez son expresiones de la nostalgia, afectuosa pero veraz,

con que el escritor vio el ocaso de una sociedad -la suya- que conocía

acabadamente y estaba ligada a entrañables memorias de la infancia.

El gran logro de Mujica Lainez fue transformarlas en excelente literatura. A qué obedece el paréntesis de cinco años transcurridos hasta la

aparici6n de Bomarzo? Por un lado, parecería que el autor admitió que

la veta porteña estaba, por el momento, agotada; por otro lado, en ese

lustro -sin olvidar, por cierto, las letras- ejerció la función pública,

convocado -como tantas figuras de la cultura incompatibles con el peronismo por el gobierno de la llamada Revolución Libertadora.

Aceptó el cargo de director general de Relaciones Culturales del Ministerio de 'Relaciones Exteriores. Emprendió viajes y, contemporáneamente, recibió premios y distinciones: fue elegido miembro de la

Academia Argentina de Letras, que no sesionaba desde 1952, cuando

se estableció, por ley, que el Poder Ejecutivo debía intervenir en la designación de los miembros de las academias nacionales. Obtuvo el

Gran Premio de Honor de la SADE, y, por La casa, el segundo Premio

Nacional de Literatura, acompañado por Jorge Luis Borges, que obtuvo el primero. En 1958 renunció a su cargo oficial, pues el gobierno

militar que 10 había designado fue remplazado por el gobierno democrático del Dr. Arturo Frondizi. El mismo año efectuó su primera

visita a Bomarzo, del cual tenía vagas noticias, y, dos años después, la

segunda.

La fascinación del pueblo de la provincia de Viterbo, al norte de

Roma; del castillo del duque jorobado, el romano Pier Francesco Orsini y, sobre todo, del "Parque de los Monstruos", fue acentuándose y

germinando en la mente y la fantasía del escritor. Algo había leído,

con anterioridad, y ante el insólito paisaje resolvió convertirlo en escenario de su próxima novela. Comenzó a leer minuciosamente sobre

el Renacimiento; fue reuniendo información aprovechable, acumulando datos y llenando las páginas de cuadernos que sentaron la base de

sustentación erudita de la naciente Bomarzo. Ninguna de las novelas

posteriores de cimiento histórico tuvo semejante soporte documental.

Su primera novela, Don Galaz de Buenos Aires, había surgido

impregnada de sensualidades modernistas, pero, en los libros siguientes, situados en la vertiente porteña, el lenguaje del autor adquirió el

sello personal característico de toda su obra: prosa cuidada, elaborada

con selecta intención artística, con escasas referencias a lo coloquial.

En el caso de Bomarzo, el narrador, en primera persona, impone el tono idiomático; ese narrador, en la novela, es un vástago de los Orsini,

y, al mismo tiempo, el propio Mujica Láinez, pues, nacido predestinado a la inmortalidad, el duque renacentista revive en el escritor porteño. Orsini Y el escritor .son, por cierto, muy cultos. De ahí que, en Bomarzo, las notas distintivas de su estilo se acrecienten, aplicadas a destacar las luces y las sombras de un período histórico que en Italia alcanzó sus manifestaciones más peculiares. Qué más atrayente para el

escritor de la lejana Argentina que esas opulencias tan diversas de los

modestos lujos criollos: qué más tentador para él que la riqueza pictórica de las cortes italianas, coincidente con su fundamental propensión

a las artes plásticas, a la exaltación de colores y formas, relieves y claroscuros.

Así como lo arquitectónico impone su predominio en la firme

construcción de la trama y en el manejo de sus personajes, el trabajo

de consumado orfebre se aprecia en el tejido idiomático, aunque lejos

ya de las sinestesias de los modernistas, que tanta materia dieron, hace

años, a los adeptos a la estilística. Este cuidado no extraña en un autor

para quien el idioma fue una preocupación temprana. Alguna vez,

adolescente y deslumbrado por las letras francesas, entrevió la posibilidad de ser un escritor de esa lengua, pero al regreso del viaje a Europa, centrado en París, matriz entonces de las artes y las letras, advirtió

que, si deseaba ser escritor, anhelo que se había revelado desde la niñez, debía hacerlo en su propio idioma. Leyó estudiosamente a los

clásicos españoles, escribió artículos sobre personajes de la historia y

la literatura de los Siglos de Oro y los reunió en un libro, el primero,

titulado Glosas castellanas. El autor tenía 26 años.

Mujica Láinez gozaba con los desafíos lingüísticos. En sus versos

de circunstancias, improvisados con facilidad, solía divertirse prodigando rimas insólitas. Pero en la prosa y el verso destinados al libro,

el idioma, siempre culto, siempre vigilado, fluye con armonía, guiado

por esa indefinible virtud que es el buen gusto. No es. la suya una prosa recargada, y, menos aún, proclive a los rebuscamientos. No abusa

de los sinónimos, pero, cuando lo exige la precisión, emplea los

términos exactos. En Bomarzo, los usa cuando se refiere a naves, armas y vestiduras. Veamos, en el Capítulo XI, la partida de las naves

que se aprestan a enfrentar a los musulmanes en Lepanto.

Una a una desfilaron las galeras, las galeazas, las fragatas. Las había

muy bellas, con áureas alegorías en las popas y en las proas, esculpidas como fachadas de palacios. En la de Juan Andrea Doria, servía de

fanal un gran mapamundi de cristal transparente, regalo de su mujer.

Ondulaban en la brisa las banderas que distinguirían las alas diversas

de la flota: para el cuerpo de batalla dirigido por Don Juan, las azules;

para la formación derecha, de Doria, las triangulares, de verde tafetán;

para las de la izquierda, del proveedor general, el veneciano Agostino

Barbarigo, las amarillas; las blancas, para la reserva del marqués de

Santa Cruz; pero en la Real y en las naves capitanas, como la mía, en

lugar de banderolas se izaron a los mástiles delgadas flámulas que

provocaban a los aires.

Entre los virtuosismos que Mujica Láinez exhibe, se destacan las

proposiciones largas, perfectamente articuladas. En las novelas anteriores se hallan muestras de estos primorosos artificios, tan ajenos a la

expresión corriente. Veamos una oración, tomada del Capítulo VIll de

Bomarzo, que se extiende en el libro a lo largo de veinticinco renglones. Aludiendo a las sutilezas y las eruditas citas de los huéspedes que

aloja en el castillo, comenta el duque narrador:

Esa acrobacia permanente me irritaba un poco porque era superior a

mí y a mis conocimientos, a pesar de que mis nuevos amigos invocaban a cada instante mis ensayos liricos, parangonándolos con los de

Petrarca, pero en el fondo la atmósfera de inteligencia y de respeto me

halagaba, y me parecía que con aquellas presencias doctas y petulantes

yo le tributaba a Bomarzo un homenaje que hasta entonces no había

recibido, pues ahora, por primera vez en su historia, quienes departían

en sus salas, en tomo de las rojas chimeneas, o se asomaban, friolentos, arropados con pieles que a veces debía prestarles, a otear el taciturno paisaje invernal que blanqueaba la nieve y azotaba la lluvia, no eran

unos soldados y unos cazadores, vehementes, brutales que golpeaban con

las dagas las mesas para llamar a los criados, y estremecían al castillo con

sus palabrotas, inquietos únicamente por despedazar al jabalí que se asaba

frente al fuego, o por averiguar si les convenía más luchar a las órdenes de

Venecia, de Milán, de Nápoles o del papa, sino unos hombres frágiles,

melindrosos, que se esmeraban por elaborar frases sutiles y complejas,

llenas de perspicacia maligna, y que se enseñaban los unos a los otros

unos papeles escritos con líneas desiguales, negros de borrones y raspaduras, así como los guerreros anteriores, en la época de mi padre y

de mi abuelo, se arremangaban violentamente y se abrían las bragas

para mostrarse los costurones y las huellas de los tajos. '

~ay que reconocer que los incisos insertados en el conjunto no

empanan la comprensión y que el escritor sale triunfador de la prueba.

Las fábulas de los cuentos de Aquí vivieron y los de Misteriosa

Buenos Aires se remontan a épocas pasadas, pero se circunscriben a un

territorio bien delimitado: Buenos Aires y San Isidro. Desde allí se narran hechos que abarcan el proceso histórico argentino desde los tiempos coloniales hasta los umbrales del siglo xx. Las novelas de base

histórica transcurren en tiempos y países lejanos, en épocas bien identificadas; la Edad Media, en Francia; el Renacimiento, en Italia; y los Siglos de Oro, en España y la América colonial. Son períodos de la historia que, de adolescente, aprendió a conocer y admirar, y que revivió al

contemplar sus vestigios en las andanzas por el Viejo y el Nuevo Continente. En Europa estaban los orígenes de la civilización occidental, con

la que se identificaba. En esa tradición buscó los personajes y los escenarios de su obra.

Mientras en las ficciones porteñas el idioma se adecua a la situación de personajes y hechos de trascendencia limitada -una colonia y

luego una nación distantes y casi despobladas-, en las novelas de base

histórica, el lenguaje se aplica a proyectar un mundo más esclarecido,

aunque complejo y abigarrado, con pronunciados claroscuros, heroico

y cruel. El escritor lo ve como un gran escenario o como un vasto friso, y su lenguaje calza no pocas veces el coturno que demandan las

circunstancias. Como el Duque de Bomarzo, también Mujica Láinez

no disimula su "prejuicio decorativo", patente en la prosa.

En tiempos en que el culto a lo popular, convertido a veces en

ideología, suele incurrir en el facilismo de calcar el habla de. un sector

mayoritario del pueblo, para trasladarlo tal cual a la narrativa y a ~a

poesía, es pertinente recordar que una función importe del auténtico escritor es depurar el idioma, enriquecerlo, seleccionarlo, cultivar

la precisión y embellecerlo. Mujica Láinez aspiró a este ideal y Bomarzo es prueba de su maestría. 

 

                                                  (Disertación en la  Academia Argentina de Letras, 2012)




Iluxtración: Lorenzo Lotto


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