sábado, 24 de enero de 2026

Las cárceles del alma (Lajos Zilahy)


  





Las angustias ·de aquellas sesiones de besos, que provocaban siempre tan dolorosos

latidos de corazón, quedaron suplantadas desde aquella noche por los tiempos del

noviazgo formal. Ya no era necesario temer que, de repente, se abriera la puerta, y Miett no

debía acudir continuamente al cuarto de baño, para borrar las huellas encarnadas de los

apasionados besos en torno de su boca. Podían vivir tranquilos y felices, dedicados

únicamente a su amor, y muy a menudo se quedaban a solas. Las tranquilas horas de la

soledad se llenaban con el ardor de los deseos amorosos, como los racimos que van

madurando y que dejan hervir bajo su tendida piel los misteriosos sabores de la madurez.

Cada músculo de su cuerpo, cada fibra nerviosa, iba llenándose de esta manera, poco a

poco, con la delicia impacientemente esperada de la boda. Estaban sentados juntos

durante horas y horas, sin proferir palabra. Al encontrarse en sociedad, solían mirarse en

secreto y en sus venas circulaba ya el deseo del amor como un dulce veneno.

     Entre tanto, pasaban los días; poco a poco se fundía la nieve en las calles y hacia el

mediodía, los cristales de las ventanas iban calentándose bajo los rayos del sol. En los

                                                                               [21]

portales de las iglesias, aparecían las vendedoras de la flor de nieve y los ramitos

minúsculos de las violetas. La primavera se acercaba a pasos agigantados.

     En un principio, sus jornadas estaban llenas de las visitas que debían hacer a los

parientes. Pedro comprobó sorprendido cuán extenso y elegante era el círculo de los

familiares y amistades de Miett.

     Luego tuvieron que ocuparse de toda clase de compras y de preparar el ajuar de la

muchacha. Con ello, pasó casi imperceptiblemente otro mes.

     Los dos estaban de acuerdo en que no alquilarían otro piso y que continuarían viviendo

con padre.

     Hubieran necesitado aún un armario y un escritorio no muy grande, para que el

mobiliario del cuarto de Pedro resultara completo. Se le asignó aquella habitación que se

encontraba al final del piso y que hasta entonces sólo servía para cuarto de invitados,

separada del cuarto de Miett únicamente por el cuarto de baño. Era el deseo de Miett que

tuvieran los dos dormitorios separados.

     Pedro ya incluso tenía escogidos en una tienda de muebles el armario y el escritorio,

pero la mujer de Varga, que se ocupaba muy atentamente de todos los asuntos de los

jóvenes revisándolo todo, les había propuesto que visitaran primero su casa veraniega en el

Monte de San Gerardo, donde se encontraban almacenados muchísimos muebles que ella

no necesitaba. Miett aceptó la idea de ir allí y ver con Pedro si hallaban algo de su gusto.

     —Tened cuidado, cerrad bien las puertas al salir —recomendoles la de Varga, al

entregarles las llaves de la torre.

     —Decid a la Hilka —les gritó, cuando ya habían salido— que, la semana que viene, yo

misma iré para hacer una pequeña inspección.

     La señora Hilka era la mujer del portero de la torre; el matrimonio vivía en los sótanos

de la casa durante todo el año.

     Hicieron el camino a pie, hasta la otra vertiente del Monte de San Gerardo. Miett

conocía perfectamente el camino que conducía a la villa, aislada en el lomo de la colina,

rodeada tan sólo por unos cuantos cerezos.

     Eran las cuatro de la tarde, y el sol brillaba con intensidad. Tan fuerte sol era casi

excepcional en el mes de marzo, y penetrando sus trajes llegaba hasta sus corazones. La

gleba amarilla era blanda bajo sus pasos, embebida de la luz ligera y cálida del sol. Por

doquier, a todo lo largo de las colinas, en la fresca verdura de la hierba, en los brotes que

iban abriéndose en las ramas de los árboles, la primavera se disponía a desplegar sus

mayores encantos. Arriba, en la cima, se veían unos cuantos manzanos y albaricoqueros en

flor; eran como si llevasen sendas pelucas de color blanco y rosa.

     Por las alturas, la brisa ligera arrastraba consigo el alegre y suave gorjeo de pájaros.

Desde lejos, se oía la trepidación de un tren que en este mismo momento pasó por el

puente de hierro del Danubio, y el ruido que armaba era como si arrastrasen una enorme

cadena. Por encima de Pest, en la parte inferior del horizonte, nadaban lentamente humos

morados.

     —¿Conoces la arveja silvestre? —preguntó Miett.

     Inclinose y su blanca mano desapareció en la verde hierba, en busca de una flor de

tomillo cuyo olor ardiente y fino exhalaba el hechizo más profundo de la primavera. Colocó

la flor en el ojal de Pedro y parecía una minúscula gota de sangre en la americana color

tabaco.

     Cogiéndose del brazo, proseguían el camino, a pasos tan lentos como si les pesara la

felicidad que llevaban en sus corazones.

     Detuviéronse en una curva del camino, dejando posar sus miradas por encima de las

colinas que aparecían pardas y desiertas, pero adornadas milagrosamente por los fulgores

de la tarde primaveral. El botón de cobre de la torre de una casa veraniega brillaba con tan

desbordante alegría como si despidiera largas y finas lanzas de oro en todas direcciones.

     Pasaron junto a una reja. A través de los barrotes pasaba la luz del sol que les cegaba.

Junto al camino, en un estercolero, un trozo de un vaso roto lanzaba reflejos blancos como

si aquel flujo de colores que parecía llenar todo el universo, quisiera salir no sólo del cielo

sino también de la tierra.

     Se cruzaron con un niño que estaba comiendo una naranja. El jugo de la fruta corría

por su mano sucia. El fuerte olor de la naranja abierta se apoderó del aire. Pocos pasos más

adelante, vino a su encuentro el perfume intenso de los jacintos en flor, de un viejo jardín.

En alguna parte debían pintar de bermejo las rejas del recinto, y un fragante olor de

trementina les sofocaba. Olores cálidos y fuertes llenaban el aire en torbellinos por doquier.

     Miett miró al sol, encogiendo sus párpados; luego fijó la mirada en algún punto

invisible del horizonte.

     —Sólo faltan ya diez días para que sea tu mujer —dijo en voz baja.

     Pedro no contestó. La palabra estaba en la punta de su lengua, quería decir algo, pero

Miett acababa de pronunciar aquella frase con tanta ternura como si hubiera hablado su

alma.

     Al subir por la vertiente, Miett inclinose ligeramente sobre un hombro de su novio y se

apoyó en él con todo su peso. Tan dulce carga le parecía ahora ligera a Pedro, y erguíanse

en su interior energías hasta ahora nunca experimentadas que enderezaron sus nervios y

músculos. Sentía su cuerpo ligero y elástico, y fue presa de un irresistible deseo de saltar

de un brinco por aquella alta valla a cuyo lado les conducía ahora su camino.

     Luego, quiso conocer el peso de una piedra grande como una cabeza humana, y tenía

la sensación de que en caso de poderla lanzar, aquella piedra volaría de una cima a otra.

     En el instante siguiente, antes de que Miett pudiera defenderse, la elevó en sus brazos

para llevarla cuesta arriba.

     —Cuidado, tonto, que alguien podría vernos… —susurró Miett, y en el primer instante

de susto, se abrazó fuertemente al cuello de Pedro.

     Mas, a esas horas, nadie pasaba por el lomo de la colina.

     La falda de Miett había subido hasta las rodillas, y sus finas y largas piernas cubiertas

con medias de seda gris, que desembocaban en unos hermosos zapatitos con cinta ancha,

colgaban libremente con sus líneas deliciosas y coquetas de los brazos del muchacho.

     —Suéltame, hombre… —dijo la joven en tono de súplica, mientras se agarraba aún

más, medrosa, a su cuello—. Suéltame, ¿no ves que mi falda se ha subido…? —dijo otra

vez, haciendo vanos esfuerzos para cubrir sus rodillas redondas que lucían con impúdica

osadía por debajo de la falda, dejando entrever, en el ancho de un dedo, la carne rosada de

los muslos.

     Pedro empezaba a jadear del esfuerzo; se detuvo, pues, y, con mucha precaución, puso

a la muchacha en el suelo.

     Miett, liberada de los brazos que la aprisionaban, corrió hacia adelante hasta la torre de

los Varga, y a través de la valla muy baja, gritó a la vieja que estaba trabajando la tierra con

el rastrillo ante la casa:

     —¡Tía Hilka, hemos venido a ver los muebles!

     Su voz tenía una cantinela infantil y melodiosa.

     La vieja dejó el rastrillo, les miró con ojos entreabiertos y abrió la puerta de la valla con

cara de desconfianza.

     —¡Ay, Dios mío, por poco no reconozco a la señorita! —exclamó alegremente al mirarle

la cara a Miett de más cerca.

     Luego, con un sonriente «Buenos días tenga usted», miró a Pedro de los pies a la

cabeza.

     Se detuvieron un minuto en el jardín donde acababan de excavar la tierra para

removerla. El olor tibio y fresco voló hacia ellos como el poderoso y mágico hálito de la

primavera. La tierra yacía en torno suyo en espesas glebas pardas, haciendo brillar sus

capas grasas y despidiendo un olor mojado que lo contenía todo: las hierbas en

germinación, las cebollas de las flores a punto de abrirse, los bosques con sus violetas, las

aguas hinchadas y con febriles torbellinos, las nubecillas que pasan por el cielo cual un

ganado de ovejas, y todo el perfume, la fuerza, la fiebre y la música del viento del mes de

marzo que parecía orquestar todo el firmamento abierto de par en par.

     —¿Han pensado en las llaves? —preguntó la anciana, echando nuevamente mano del

rastrillo y continuando su labor.

     —¡Las traemos! —exclamó Miett, haciéndoselas sonar en su mano—. La señora manda

decirle —volviose hacia Hilka, mientras subía con Pedro la escalera— que, a fines de

semana, ellos vendrán también…

     —Ya les espero con impaciencia —contestó la vieja, mientras su brazo y su talle iban

moviéndose al ritmo del rastrillo. La dulce luz del sol echó a sus pies una larga sombra

morada oscura.

     Al llegar arriba, Miett intentó abrir la puerta de la antesala, mas la llave no quiso dar

vuelta en la cerradura. Levantose sobre las puntas de los pies y apoyó sus hombros

arqueados contra la puerta. Pero tampoco así logró su propósito.

     Pedro la apartó con un gesto cariñoso y con un solo movimiento ligero de su mano dio

vuelta a la llave. Miró de reojo a Miett como quien dice: «¡Ya ves, mujer, esto se hace así!»

     Miett se reía a carcajadas.

     Atravesaron el recibimiento en donde no había nada que ver. Después, entraron en la

primera habitación. Miett se puso a abrir las persianas, como quien conoce bien la casa. La

luz del sol cayó por las ventanas como a través de unas vallas bruscamente rotas,

inundando de golpe la habitación que olía a naftalina y en la que habían dormido muchos

meses el invierno y la oscuridad.

     Los colores naranja y azul de un mantel bordado echaron llama de repente, y los

espejos reían en la luz primaveral.

     Miett dio un vistazo circular e investigador en torno suyo, en la habitación iluminada

por los rayos del sol. Su cara expresaba en estos momentos única y exclusivamente un vivo

interés por los contornos de los muebles amontonados en un rincón. Buscaba el mobiliario

que Elvira les había señalado y descrito.

     Desapareció súbitamente detrás de un armario y llamó desde allí a Pedro:

     —Ven un poco, para apartar este armario…

     Detrás del armario, encontraron, en efecto, la mesa escritorio buscada. Miett escribió

letras ceremoniosas con su dedo en el fino polvo que cubría la superficie barnizada de la

mesa, luego puso el polvo que se había pegado a la punta de su dedo, en la nariz del novio,

con un gesto rápido e inimitable.

     Pedro quiso cogerla por el talle, mas Miett, con un pequeño y alegre grito y un

movimiento ondulatorio del cuerpo, se le escurrió de entre las manos.

     —Ven, busquemos ahora el armario —conminó a Pedro desde la puerta de la

habitación.

    En el cuarto oscuro, flotaba en el aire, más allá del penetrante olor de la naftalina,

algún perfume suave y sensual. Por las ranuras de las persianas, el sol entraba en rayos

oblicuos y cegadores. Se podía oír el ruido minúsculo del barniz que caía de la madera

cálida de los marcos de la ventana que habían abierto sus poros enmohecidos a los rayos

del sol.

    Cerca de la ventana, había un enorme diván, cargado de cojines. Estos cojines oscuros

parecían moverse al verles entrar, cual misteriosos seres cavernícolas, estorbados en su

sueño.

    Sus ojos apenas podían acostumbrarse a estas pardas y cálidas tinieblas. Miett se

acercó a la ventana para abrir las persianas, mas Pedro lo impidió cogiéndole de la mano, y

la arrastró hacia sí.

    Miett nunca había sentido tan salvajes y ardorosos los besos de Pedro. También su

cuerpo quedó bañado de calor, y abrazó con toda su fuerza, con ambos brazos, el cuello del

muchacho. Se entregó a ese beso embriagada y con todas las fibras de sus nervios.

    Pero en el instante siguiente, quiso apartar ya, asustadísima, a Pedro.

    —¡Suéltame! —le dijo irritada, con la cara purpúrea, e intentando arrancarse de los

brazos de su novio.

    Mas Pedro la atrajo otra vez hacia sí y hundió su cara inflamada en el cuello de Miett.

    —¡Eres mía…! ¡Eres mía…! —balbució con voz ahogada, como si se hubiera vuelto loco.

Cada palabra salía de su pecho jadeante, convulsa.

    Miett, en la medida en que pudiera darse cuenta de la situación, experimentó más bien

compasión por Pedro, al verle presa de tan tremenda emoción, y le dijo al oído con dulzura,

como para apaciguarle, pero con un miedo angustioso en su voz, repitiendo

mecánicamente las palabras:

    —¡Pedro…, basta ya…! Basta ya, Pedro… Pedro…

    El susto y la desesperación le impedían casi proferir estas palabras:

    —Pedro, ¡suéltame…! Suéltame, ¿qué estás haciendo…? Por Dios, ¿te has vuelto loco?

    Apretó contra el cuello de Pedro su codo, y gracias a ese movimiento, consiguió zafarse

por un instante.

    Pedro hallábase de rodillas ante ella, en el suelo, e hizo como si se hubiera calmado. Su

voz era aparentemente tranquila, mas con ambas manos, tenía a Miett clavada sobre el

diván.

    Sus cuerpos se tendían hostilmente uno contra el otro.

    —Escúchame, Miett… Dentro de pocos días, serás mi mujer… Ya me perteneces… No

seas tonta, mi dulce pequeña Miett…

    Miett dejó de contestarle. Sus cejas se habían elevado en el arco de la ira, y fijó en el

muchacho una mirada ardiente de miedo.

    Los brazos de Pedro la tenían apresada como si fueran dos ardientes anillos de hierro.

Ya ahogaba su garganta el grito loco de la angustia y el asco, pero en el mismo instante,

cruzó su mente como un relámpago la seguridad de que en este caso, la vieja que estaba

trabajando en el jardín la oiría en seguida. Así, sólo soltó una vocecita maullante y

reprimida. Se daba cuenta de que estaba perdida. Hizo como si se rindiera, dejose caer

hacia atrás, pero en un segundo concentró toda su fuerza. Con un esfuerzo brusco de su

tronco y de sus vértebras, arrojó de sí a Pedro, el cual perdió el equilibrio y fue al suelo en

una caída cómica.

    En el mismo instante, Miett estaba de pie. Con un brinco, refugiose en el rincón

opuesto de la habitación, y buscó protección detrás de una mesa.

    Allí estaba jadeante, mirando de hito a hito a Pedro, inmóvil. Sus trenzas se habían

soltado en la lucha, y un ramo dorado de su cabellera colgaba medio deshecho sobre su

hombro blanco y desnudo. Con ambas manos, intentó sostener encima del pecho su traje

roto.

    Estaba allí, esperando, de pie, y en el silencio que cayó sobre ellos de golpe, se oía el

jadeo de su respiración.

    La habitación se llenaba de una fina polvareda dorada, como si se hubiera vuelto más

clara y diáfana en torno de los jóvenes.

    Pedro levantose lentamente del suelo y sin mirar a la muchacha, salió hacia la otra

habitación. Allí, con unos cuantos movimientos, se ordenó el pelo y la corbata, y bajó al

jardín para pasearse bajo los árboles frutales. Con una mano se agarró al tronco de un

manzano blanqueado con cal, y fijó su mirada en la lejanía en donde el sol declinaba con su

disco color de orín detrás de las nubes blandas e incandescentes.

    Una brisa ligera venía de alguna parte y como si de este viento suave todo hubiera

tomado un tono más oscuro. Poco· a poco, el cerebro de Pedro se descongestionaba, y el

temblor de sus rodillas se calmó. Se separó del manzano y quitó de su palma la cal seca

que se le había pegado. Con pasos lentos, atravesó el jardín y en el extremo del mismo,

sentose en un banco, donde unos cuantos escarabajos huyeron precipitadamente.

    Encendió un cigarrillo y aspiró profundamente el humo hasta los pulmones.

    No llegó a determinar siquiera lo que él mismo sentía en aquellos momentos. Al salir de

la habitación, tenía tanta rabia a Miett que no hubiera vacilado en pegarle. ¿Cómo podía

ser tan tonta?

    Pero una vez debajo de aquel manzano, se evaporó su cólera, y quedó substituida por

una profunda lástima hacia la muchacha.

    Pedro comprendió en qué terrible situación acababa de poner a su novia, y cuán

bestialmente brutal había sido con ella.

    Después, se enfadó consigo mismo. Estaba indeciblemente avergonzado ante Miett de

lo ocurrido y hubiera preferido poder empezar de nuevo toda esta tarde, a partir de aquel

momento en que franquearon la puerta de la torre.

    En alguna parte del valle pasó un tren y su agudo silbido rasgó el silencio. Este sonido

le hizo volver en sí, se estremeció y empezó en él de nuevo todo el circuito de la ira y de la

vergüenza, sin poder detenerse en una fase o en la otra.

    Se puso lentamente en camino hacia la casa. Su corazón latía con cierta inquietud, y

concluyó por no decir nada a Miett, al encontrarla. Entró por la puerta de la casa con un

resentimiento hostil, cuya causa le era desconocida. Adoptó una expresión severa y tomó la

decisión de no pedir perdón, si Miett le recibía groseramente o enfadada, pues con ello

reconocería a las claras que no obró como era debido.

    Miett estaba sentada cerca de la ventana en la primera habitación, en la que no había

luz y que se sumía en la parda oscuridad del atardecer. Dios sabe de dónde, sacó aguja e

hilo y cosía en su blanca blusa un botón que había caído durante la lucha con Pedro.

    Tenía el hilo en la boca, quiso romperlo con los dientes en el preciso instante en que

levantó su mirada hacia Pedro.

    Este movimiento de la boca escondió su sonrisa; movió la cabeza con aire de

desaprobación. Mas, bajo la mirada de Pedro no podía esconder su sonrisa, que en sus ojos

traviesos significaba la más clara revelación de su complicidad.

    Su expresión era pura y tierna, revelaba tal amor radiante que Pedro se acercó a ella, se

sentó a su lado sobre la alfombra calentada por el sol y puso su cabeza, aquella cabeza

cansada de tantos pensamientos caóticos, en el regazo de su novia. Este silencioso gesto

suyo lo expresaba todo: su cruel remordimiento, su arrepentimiento, y ahora no ya la

humillación, sino una humilde sumisión, pues en este momento no sentía hacia la

muchacha más que gratitud inefable y amor.

    Pensó cuán bueno era estar arrodillado así ante ella, vencido, e inclinando su cabeza en

su regazo, tan puro. De cuántas oscuras acusaciones hubiera hecho objeto más tarde a

Miett, de haberse dejado vencer la muchacha; cuántas dudas y cuántos escrúpulos le

hubieran atormentado, pues al fin ella no era más que una débil mujer que el torbellino de

los ardorosos instantes arrastra consigo fácilmente.

    Entretanto, Miett acabó de coser el botón. Con el dedal, golpeó cariñosamente la

cabeza de Pedro que yacía pesadamente en su regazo, como si durmiera:

    —¡Vamos, hombre! ¿No te parece que deberíamos marcharnos?

    Pedro levantó la cabeza y miró largamente a Miett. Ella le dio un pellizco amistoso en la

nariz.

    Cerraron la casa, se despidieron de Hilka y cogiéndose del brazo, se pusieron en camino

para bajar hacia la ciudad.

    Caminando, invadioles un absurdo buen humor. Iban saltando rítmicamente y cantaron

alguna canción alegre. Si veían venir a alguien en sentido opuesto, se interrumpían de

golpe y ponían cara seria, para volver a empezar de nuevo, con una irrefrenada alegría que

les arrastraba sin que pudieran explicarse cómo y por qué.

    El sol se había puesto ya y la noche zumbaba en torno suyo con una música admirable.

Allá abajo, en el valle, la noche primaveral azul pizarra estaba sembrada de las doradas

lucecitas que brillaban en las casas. Arriba, en las alturas, el viento de marzo pasaba

suavemente y murmurando.

    Al llegar, encontraron a padre ante la puerta. La primavera: había logrado sacarle

afuera incluso a él. Los jóvenes se detuvieron para observar al anciano desde lejos.

Conducía a Tomi por la correa, dando pasitos cortos y con cara muy seria explicaba algo al

perrito, como si hablara a un niño. Tomi hacía como si le escuchara, pero cada vez que

pasaba a su lado otro perro, promovía con la rapidez de un relámpago y a la manera de una

tempestad, una disputa canina.

    Aún permaneció en la calle para dar una vueltecita, mientras ellos dos subieron al piso.

    Se detuvieron en el salón oscuro.

    En el comedor, Mili ponía la mesa para la cena. La puerta estaba entreabierta y se oía el

ruido de los cubiertos.

    Pedro se sentó de lado en el brazo del diván, y atrajo hacia sí a Miett. Con gesto

enérgico, tomó su cara entre sus manos, y la apretó contra su pecho.





Ilustración: Lionello Balestrieri

No hay comentarios:

La dama del perrito (Anton Chejov)

Un nuevo personaje había aparecido en la localidad: una señora con un perrito. Dmitri Dmitrich Gurov, que por entonces pasaba una temporada ...