miércoles, 8 de abril de 2026

Consagración de la carne

 






1

 

 

El teléfono dio muchos timbrazos alrededor de las tres de la mañana. No contesté, estaba demasiado agotada, febril y dolorida como para levantarme de la cama e ir hasta la mesita del pasillo junto a la puerta del dormitorio. Desde que Bernardo se había ido, saqué el teléfono de la habitación, cansada de las llamadas que él recibía desde el hospital a cualquier hora.

     La segunda vez fue, quizá, media hora más tarde. Volvió a repiquetear como un animal obstinado, una y otra vez, pero yo, en mi duerme vela, dejaba que la campanilla obsesiva de pura malicia se convirtiese, en virtud de las pesadillas del plano intermedio de mi sueño, en gemidos de dinosaurios o en cantos que llegaban desde el abismo. ¿Qué abismo? El único que conocemos, o que desconocemos en realidad, el que reúne todos los miedos y se apodera de nuestra voluntad.

     Dejó de sonar, y los espantos desaparecieron. Hasta que mi pierna infectada volvió a agarrarme de la carne con los garfios del dolor y me hizo despertar a la realidad de la habitación del departamento sobre la calle Sarmiento, cerca del Abasto, en una Buenos Aires de enero, calurosa. Y el dolor fue incisivo como dientes clavados por los perros que las Furias volvían a enviarme luego de mucho tiempo. Las mordeduras fueron timbres del teléfono, una vez más, insistente e insobornable. ¿Cómo acallarlo? Descolgándolo, por supuesto. Pero luego vendrían los timbrazos en la puerta, y luego las voces de los hombres que se preocupaban por mí. Esa preocupación que pronto se va convirtiendo en un hastío que se metamorfosea en desprecio y luego en odio. Los caminos del amor, por supuesto, porque no siempre es una cómoda autopista de asfalto. Los baches son cánceres que roen la superficie, y pronto la ruta se convierte en un camino destrozado propio de una hecatombe.

     Eran las seis de la mañana en el reloj de alarma de la mesita de luz. El teléfono, claramente como la mañana, me llamaba. Me levanté, renqueando.

     -Hola-dije, sin reconocer mi voz.

     Era Renato. Su voz, siempre segura y tranquila, temblaba aferrándose a una duda como a un salvavidas inútil.

     -Creo que tu mamá está muerta…

     Me dijo que ella debió levantarse en plena noche para ir al baño. Senil como estaba por el Alzheimer, caminaba a tientas en la casa de Mataderos. Él también estaba cansado, y debía dormir en algún momento, aunque intentara vigilarla todo el tiempo, por eso se lamentaba y se recriminaba haberla descuidado cuando ocurría algún accidente doméstico. La jubilación del magisterio que ambos recibían era  insuficiente para contratar una enfermera, y encerrarla en un geriátrico era una opción que muchos le habían dado pero que él nunca se decidió a aceptar. Los períodos de lucidez de mamá, aunque cada vez más breves e infrecuentes, lo disuadían de tomar esa decisión.

    Yo no intervenía. Sabía lo necesario para darme cuenta de que tal vez fuese una determinación imprescindible, pero me abstuve no sólo de influir, sino que me fui apartando de mamá poco a poco, porque me sentía cada vez más incapaz de soportar las escenas de mal teleteatro en que se convertían mis visitas. Su caricia llorosa, su rostro acongojado en la que reconocía la lúcida, la tremenda inteligencia de mi madre encerrada en un cuerpo que era ahora su enemigo más encarnizado. Luego, el llanto y finalmente las palabrotas que me dirigía cuando en el camino de su enfermedad ya no me reconocía, tomándome como una enemiga. No era su hija, entonces, sino la muerte encarnada.

     Esa mañana, bajé la mirada a mi pierna enferma, y fue como verme como me veía mamá en esos tiempos. La muerte era una enredadera que crecía desde el suelo, fuese tierra, cemento o baldosas de un departamento en un tercer piso. Escuchando la explicación de Renato de lo que había sucedido esa noche, pedí disculpas por no haber respondido los llamados anteriores.

     Me largué a llorar, y colgué, diciendo que iría lo más pronto que pudiese.

     Pensé en mamá, caída en el piso del baño, y a Renato arrodillado a su lado, acariciándole la cabeza. Tuve que llamar a Bernardo y molestarlo en su trabajo. Para él es un deber ayudarme, todo a causa de esa culpa que lo habita desde siempre, y por eso los sentimientos encontrados, contradictorios, ambivalentes. El amor también puede transformarse en eso, dúctil y simbiótico como ningún otro sentimiento. El amor no tiene forma, es un monstruo que se metamorfosea según la ocasión.

      Me duché como pude, me puse las ampollas de insulina, me curé las llagas de la pierna y las cubrí con vendas. Tomé mis medicamentos y me inyecté una dosis muy corta de cocaína. La marihuana en un frasquito y la coca en un sobre en el cajón de mi mesita de luz. Ya no tenía que esconderlos, pero disimular un poco me hacía bien, como para mantener las apariencias ante mi propia iniquidad.

     Bernardo llegó con su guardapolvo bajo el brazo.

     -Perdonáme si ibas al trabajo…

     Me miró como siempre que yo me hacía la víctima. Puso el dorso de la mano en mi frente y luego me besó.

    -Vos tenés que internarte…

     -Mamá se murió…

     -Ya me dijiste…dejá que yo voy a lo de Renato y me encargo de todo…

     - ¡A vos te parece!

     No fue una pregunta. Bajó la mirada y se restregó los ojos.

    -Ya sé que te tengo cansado…

    -No discutamos, Ceci. Si querés ir, vamos. Después vemos…

    

      Llegamos a la casa de Mataderos. Como no pude ayudar más que mirando desde la endeble postura que me daban las muletas, contemplé cómo ellos dos levantaban el cuerpo de mamá del piso del baño y lo llevaban al dormitorio para colocarlo en la cama. Tenía la frente lastimada, debió estar sentada en el inodoro y luego caerse de frente al piso. Renato no había escuchado nada, desde hacía unos meses estaba medio sordo y eso lo hacía sentir culpable por no estar del todo atento a las necesidades de mamá. Bernardo lo abrazó y le dijo que no se preocupara, que eso iba a suceder de un momento a otro y por cualquier motivo. Me enorgulleció la cómplice intimidad entre ambos.

      Bernardo llamó al servicio fúnebre, al seguro y la obra social. Se sentó junto al teléfono que estaba en la mesa de comedor, donde alguna vez se había sentado Perón antes de que yo naciera. Renato estaba a su lado, revolviendo en los múltiples papeles que mamá tenía en un cajón de la cómoda del dormitorio. Sueltos, doblados, rasgados o envueltos en sobres de papel o celofán. Carnets, fotos, credenciales. Cosas viejas y descuidadas. Yo, sentada en la cama junto al cuerpo, miraba temblar las manos de Renato, porque ya estaba viejo. Se abstenía de llorar, pero vislumbraba sus ojos tristes y desesperados cuando Bernardo, al habla con algún funcionario del otro lado de la línea, le preguntaba algo y él, ofuscado por no entender del todo, se encolerizaba y sus manos pecosas se ponían a temblar aún más. Entonces Bernardo le agarraba una mano mientras con la otra seguía apretando el tubo contra la oreja, atento a la lenta evolución de la burocracia de los funebreros de estado.

     -Llamen a las viejas-dije. -Ellas simplifican todo el trámite. Al fin de cuentas, mamá era una Gonçalvez.

     Durante esa larga mañana, escuché varias veces el nombre completo de mi madre: Rosa Mística Gonçalvez. Ella odiaba su nombre, Rosa por lo simplón y lo sentimental, Mística por la vergonzosa superchería religiosa a la que su propia madre la había condenado. Siempre me contaba que sus padres eran tan contradictorios como lo habían sido ella y mi padre Benjamín Tejada. Mi abuela era una devota que adoraba a casi todo el santuario católico, pero tenía especial predilección por Santa Rosa de Lima. De algún modo, me dijo, prefería a esa santa que había demostrado una valentía especial en su autoflagelación. No era como otras, decía mamá, mosquitas muertas que se hacían las santitas con algún milagro dudoso y de pacotilla, o con alguna aparición todavía más dudosa entre la niebla de una mañana de campo o entre el humo y el smog de una capillita de ciudad. De todos modos, aborrecía de esa tradición a la que la abuela había desistido por atraerla cuando ya desde adolescente la descubrió leyendo a Marx y a los socialistas, y más cuando se unió a los grupos de izquierda. La abuela murió de cáncer cuando tenía treinta y cinco años, y mamá quince. Desde entonces, la influencia del abuelo Gustavo Gonçalvez fue inevitable, y la llevó a visitar a los parientes paternos por Buenos Aires y las provincias, casi hasta llegar al Brasil. En una de esas visitas, conoció en La Plata a un farmacéutico, llamado Valverde que se había casado con una sobrina del abuelo. Pero a esa prima, que llamaba Rosa, como mi madre, nunca la vio porque estaba encerrada en su cuarto de enferma. Tenía una mano infectada desde hacía tiempo; entonces, ese recuerdo se extrapoló a mi realidad.

     Me toqué la pierna que se estaba muriendo, y pensé en las Rosas, que a pesar de lo que entrañaba su nombre, también se marchitaban tomando el olor de todo lo que se pudre. La santa de Lima lo sabía muy bien, eso fue claro para mí, tan lúcida como estaba a pesar del dolor de mi alma y de mi pierna. Tal vez fuese efecto de las drogas, que a veces me hundían en una especie de éxtasis de suprema atención, donde todo lo que veía y escuchaba era una puntada que no podía evitar y comprender en toda la extensión de sus significados e implicancias. El pasado y el futuro eran uno solo en un largo y sintético detalle de cada cosa: color, dimensiones, palabras, gestos, sonidos. Todo repercutía en mi cuerpo y en mi espíritu, lo veía todo claro y no había razón para dudar ni para llorar. Lo inevitable no se llora.

     Me escucharon y asintieron. Mientras Bernardo llamaba a la empresa fúnebre, yo pensé en mamá en sus últimos tiempos. La razón que había dado para espaciar mis visitas era mi propia enfermedad, pero la verdad era que no soportaba salir de esa casa, donde había transcurrido mi infancia, sintiéndome una extraña, porque eso era lo que me hacían sentir mis visitas. Ya sabía de su demencia senil y a qué atenerme, por supuesto, pero mi ignorancia esperaba que, aunque no me reconociera cuando llegaba, con la conversación y la intimidad al fin de cada tarde terminaría por reconocerme por lo menos un poquito, y ese poquito me haría recuperar el sentido de pertenencia, o más bien, de identidad. Cuando yo llegaba la encontraba en su mecedora o su cama, con la mirada perdida en la ventana o el techo, y al verme entrar al dormitorio, me extendía las manos.  Fuese reconocimiento o no, esa bienvenida me reconfortaba, más cuando inmediatamente después me decía “hija” como con vergüenza, porque bien me daba cuenta de que hacía esfuerzos inútiles por recordar mi nombre. Sin embargo, no importaba ese detalle. Me llamara Cecilia o Violeta de los Alpes o qué sé yo, era su hija. Pero a medida que pasaba la tarde la conversación se hacía irrelevante, y los puntos muertos eran cada vez más grandes, y la fastidiaban. De pronto, me miraba con ira y me preguntaba quién era yo y a qué había venido. No había forma de volver a recuperarla a su anterior estado. Como no la conformaban mis explicaciones ni mis excusas, a veces inventadas como una manera de acoplarme a la fantasía que ella construía, se encolerizaba y se ponía tan nerviosa que yo optaba por irme como una intrusa.

     Otros días, sin embargo, ella deliraba con misticismos que siempre estuvieron tan alejados de su personalidad habitual, que me provocaban más pena que la misma furia con que me trataba. Entonces fue cuando recordé con frecuencia el nombre de Rosa Mística con el que la habían bautizado. Mamá miraba por la ventana en esas ocasiones, y apretaba las cuentas de un rosario que Renato tuvo que buscar y rebuscar entre los cajones y ropa vieja, que había pertenecido a la abuela. Mamá no sabía rezar, pero desde que la abatió la enfermedad, recitaba sus rezos sin interrupción y sin errores. Los inventara o no, no importaba, su lógica construía oraciones gramaticalmente adecuadas y llenas de un contenido místico que nunca podría haber leído en sus libros de política e historia. Las veces que lo hablé con Renato, me dijo que tal vez de chica había leído de religión y catequesis para complacer a la madre, y esas cosas quedaban latentes en algún sitio de la memoria, una habitación cerrada por la personalidad que domina toda la casa psíquica, y cuando ésta se enferma, los animales escondidos y encerrados pueden salir. Le pregunté a Renato cómo podía estar seguro de eso, entonces entró el doctor Cisneros, el neurólogo amigo de Bernardo que la trababa desde hacía casi un año.

      Estábamos en la habitación de mamá. Ella sentada en la cama, mirándonos uno a uno como cuando evaluaba con desconfianza las intenciones de los hombres de las reuniones de comité, pero en sus manos el largo del rosario iba pasando como por un engranaje bien engrasado. Cada cuenta del rosario era un rezo por cada uno de nosotros. Yo, la mujer entrometida que llegaba de tarde en tarde para molestarla, el esposo al que fastidiaba precisamente porque lo recordaba y no podía olvidarlo por más que quisiera, y el médico que la tocaba y la exploraba con preguntas e instrumentos que la entretenían. Alberto Cisneros era el único bienvenido en esa casa. Mamá no lo llamaba con su nombre ni le decía doctor, pero sonreía cuando él la auscultaba o le tomaba el pulso, o cuando acercaba su cara a la de ella para darle un beso.

    -Me alegro de que usted sea al único que quiere, doctor. A usted lo necesita-lo escuché repetir varias veces a Renato.

     -Nos necesita a todos-contestaba Cisneros.

     -No, doctor, nosotros la necesitamos a ella…Pero más vale así, por lo menos da la impresión de que no sufre. Sin memoria no hay sufrimiento…

     - ¿A usted le parece? El Alzheimer es como una gran batalla, los recuerdos se pelean constantemente. Rosa sufre por dentro, aunque no la veamos.

     - ¿Y esos misticismos, doctor? -pregunté una tarde de fines de diciembre, precisamente el 24, que nunca celebramos y que mamá quiso recordar por primera vez insistiendo en una cena que nunca se terminó de concretar.

     -Ya le dije, los habitantes de las habitaciones clausuradas de la mente. Véalo así, Cecilia. Los neurotransmisores son el tráfico que se traslada a lo largo de nuestras neuronas. Llevan mensajes positivos o negativos, son como empresas que la mayor parte de las veces compiten. La que llega antes a destino, se queda con el negocio, y se bloquea la entrada de la competencia. Cuando aparece la enfermedad, la economía se desquicia. La inflación y el déficit carcomen la mente, se producen piquetes en las autopistas, se cierran los comercios, y pronto se avecina la revolución.

    -El caos, querrá decir, doctor.  Y a ella, que le gustaban tanto esas situaciones. Era una rebelde por antonomasia, una inconformista que debía conceder a veces a callarse la boca para que la dejaran en paz.

     - ¿Por qué hablás de ella como si estuviera muerta? -le pregunté a Renato, esa tarde del mes pasado.

     Mamá se puso a rezar una oración que ninguno de nosotros sabía. Se levantó y empezó a caminar por la habitación sin soltar el rosario, pero entonces nos dimos cuenta de que su cara se había transfigurado con una expresión que no le conocíamos, tan extraña y beatífica que sentimos miedo. De pronto, se me acercó y se arrodilló a mis pies. Yo estaba sentada con las muletas apoyadas en el respaldo de la silla. Intenté que no se agachara por el tonto prejuicio de ver a una anciana hacer un esfuerzo perjudicial a su salud, pero ella me golpeó las manos con un reto cariñoso y acarició mi pierna enferma. Empezó entonces a desatar las vendas. Cisneros intentó levantarla, pero además de que ella lo rechazó, yo le dije que la dejara hacer. Cuando las úlceras estuvieron expuestas, mamá las tocó con sus manos, y sentí las cuentas del rosario rozando las llagas que ya casi no me dolían. Las besó, y sus labios se tiñeron con un poco de sangre.

     Renato lloraba, apoyado en la cómoda con un codo y limpiando sus anteojos con el pañuelo. Cisneros estaba parado tras ella, confundido. Mamá tenía, sin embargo, una mirada de beatitud con la que me observaba en un atisbo de final reconocimiento. ¿Estaba conciliando sus ideas del pasado de toda su vida con las más antiguas creencias de su madre? El dolor de la carne con que la santa se flagelaba como sacrificio a un Dios incierto, ¿era quizá también el dolor de la pobreza y el hambre de los hombres y mujeres desplazados y encerrados por las injusticias sociales? ¿Se daba cuenta ahora de que todas las muertes y todos los cuerpos con sus huesos y sus músculos sufrientes eran lo mismo que la carne y la sangre de los santos y del Cristo tan encomiado?

     Mamá, finalmente, cayó al piso y se puso a gritar con cólera. Era su mente la que luchaba con sí misma, no podía conciliar ambas cosas. Se rebelaba luego de la beatitud, porque la beatitud no era para ella. La Rosa Mística que corría por las calles alrededor del Congreso y de la Plaza de Mayo, la que había gritado discursos, la que había violentado puertas de oficinas gubernamentales, ¿era la misma Rosa que estaba llena de espinas al final de los fusiles con los que la encañonaron tantas veces a lo largo de tantos años?

      Detrás de su rostro había una guerra interminable.

      Esa noche del 24 de diciembre me quedé con ellos. Mamá dormía con los ojos abiertos. Renato estaba sentado en el sofá, escuchando un disco. Era una Misa de Mozart, tal vez la K 427, no lo recuerdo, pero sonaba el Credo en ese momento. Desde la habitación de mamá, yo escuchaba los quejidos de las voces que intentaban creer en lo que no creían. Y el texto, aunque en latín, parodiaba lo que ella había salmodiado esa tarde.

      La consagración de la carne y la vida perdurable.

 

      Aguanté todo lo que pude, que fue todo lo que duraron los lentos funerales organizados por los empleados de Gamaliel, la empresa que ya creo haber mencionado en alguno de mis papeles. Las aburridas, más que lacrimosas, ceremonias rescatades del olvido y acentuadas por la intención de remarcar la diferencia con la modernidad en la que hacían contraste. Caravanas lentas que parecían extensas, caminos que se hacían largos, aunque no lo fueran. El velatorio duró veinticuatro horas que se hicieron una tortura para mi cuerpo cansado. Renato y yo nos apoyábamos mutuamente, dispuestos a soportar todo ese trajín de una polvorienta aristocracia de clase media con tal de evitar los engorrosos trámites estatales. Pasaron por la casa muchos parientes que yo no conocía, todos o casi todos de la familia de mamá. De los Tejada, ninguno, de los Taboada, unos pocos parientes de Renato que yo desconocía y que se fueron apenas dieron el pésame, murmurando mientras observaban a los bichos raros de los Gonçalvez. Eso éramos nosotros, y yo uno de ellos. Una rubia demacrada, flaca y enfermiza, de la que se había hablado en los medios durante un tiempo a raíz de las manifestaciones y el cierre del diario. Un bicho raro que andaba en muletas y que pronto languidecería de una pierna. Un pajarraco que saltaría por los adoquines de las calles de Buenos Aires con una sola pata, y cuya aparición equivaldría a un mal augurio. ¿Me juzgaba excesivamente? ¿Esa autoflagelación psicológica no era más que teatro o una verdadera victimización que tampoco tenía razón de ser?

      Estaba entrando en la depresión, obviamente.

      Las exequias se cumplieron en el cementerio de Chacarita. Luego regresamos a Mataderos. Bernardo me obligó, bajo amenaza de abandonarme para siempre, a internarme al día siguiente en el Rivadavia. Vi en sus ojos algo que nunca había visto, y ya no era amor, por eso comprendí que la amenaza se cumpliría. ¿Qué me quedaba sin él? Abandonarme en la cama del departamento de Sarmiento esperando el tiempo, que iría trayendo, de a poco, el mobiliario de mi muerte.

       Fue así como desde la casa de mis padres fui llevada al hospital. Me hicieron los estudios de siempre, análisis de sangre, radiografías, electrocardiogramas. Fui paseada en silla de ruedas por los vetustos pasillos desde el laboratorio de amplias salas y largas filas de asientos a las duras camillas de rayos equis, rodeada de armatostes de se desplazaban por encima de mi cuerpo como viejos dinosaurios metalizados, o dragones que expulsaban fuego invisible, rayos que me penetraban explorando, sin descubrirla, la esencia de mi cuerpo. Luego, las salas de los cardíacos, y hasta creí escuchar el ritmo alterado de los taquicárdicos, de los arrítmicos, de las arterias viejas que se dilataban y contraían a ritmos de una música asonante. Acostada en la camilla y con los electrodos atándome las muñecas y los tobillos, adheridos a mi pecho con esas execrables ventosas parecidas a sanguijuelas, yo miraba a los semimuertos en las otras camillas a cada lado.

     Cuando me llevaron a la habitación me esperaban algunos amigos. Continuaron viniendo hasta antes del día de la cirugía. Braulio, por ejemplo, siempre fiel, algún uno que otro del diario, el doctor Ibáñez, que no dejaba de pasar porque era amigo de Bernardo, y sobre todo eterno amante de Soledad, la enfermera que era para mí más que una profesional. Me vi rodeada de hombres, y me di cuenta de que no tenía amigas mujeres. Yo no solidarizaba con mi sexo, es verdad, ni ellas se mostraron interesadas en ofrecerme lo que intuían que yo les pedía. Las mujeres no nos tenemos lástima, y la pena no es más que hipocresía.

     La operación se pospuso varias veces, unas porque mi azúcar en sangre estaba alterada, otra por una huelga de anestesistas, otra porque yo estaba tan deprimida que pedí, sin darme cuenta, una dosis de cocaína. Leonardo González estaba presente, y también Bernardo. Ambos me miraban de cada lado de la cama. Bernardo sabía de mi costumbre, que no sé si era una adicción o simplemente una necesidad. Ya estoy hablando estupideces, si es lo mismo. La frecuencia no hace la adicción, sino el motivo. Los piquetes en los brazos ya los había visto, pero tuvo el buen gusto de no mencionarlos hasta ese día.

     Leonardo me dijo al oído:

     -Tranquila, Ceci.

     Bernardo se le acercó y dijo algo que no escuché. Leonardo asintió y sambos salieron del cuarto. Entró Soledad, puso algo en el suero que me tranquilizó.

    - ¿Se están peleando? -le pregunté.

    Ella se rio.

    -No, Ceci. No te hagás malasangre.

    Al día siguiente la cirugía fue suspendida, pero el lunes 14 de febrero me llevaron al quirófano.

    Durante dos días estuve dormida, salvo por leves despertares llenos de ensoñaciones y figuras que pasaban por mi vista sin saber si eran reales o ficticias. Cuando me desperté ya más lúcida, eran como las seis o siete de la tarde. Acababa de salir la mucama dejando la bandeja con la cena en la mesita. Vi a Bernardo y a Renato, que se veía viejo y demacrado. Había flores en dos o tres jarras de agua. No sentía dolor y pregunté si habían suspendido otra vez la cirugía.

     -No, Ceci-me dijo Soledad, que apareció por la puerta justo en el momento adecuado para salvar a los hombres presentes.

     -Pero si…

     Era exactamente eso, el miembro fantasma de que tantas veces me habían advertido. Sin dolor, mi pierna deambulaba por la habitación como en un dibujo animado: los huesos sonrientes y la carne bailable al son de la Quinta sinfonía de Beethoven.

     ¿Retirar la sábana para ver la asimetría de mi cuerpo? ¿Para qué? Me puse a llorar como una idiota, lamentando una vez más lo inevitable, sin haber aprendido una lección mil veces escuchada. Pero si el cerebro es obstinado, ¿qué esperar de ese monstruo que nos crece en el pecho y que dice siempre lo mismo como un disco rayado? Hasta que alguien retira la púa y devuelve el silencio.

 

 

 

2

 

 

Tres semanas después, más o menos, me dieron el alta. Era principios de marzo, y escuchaba el bullicio de los chicos que pasaban por la vereda al mediodía o a la tarde. Bernardo entró con los papeles del alta hospitalaria y una sonrisa que no engañaba a nadie.

     -Bueno, Ceci-me dijo-Te llevo a la casa de Renato, ya tiene todo preparado.

     - ¿Para qué?

     -Para vivir con él.

     -Yo tengo mi departamento de Sarmiento, a menos que me lo hayas quitado.

     Fui dura, es verdad, pero no podía ser menos cuando ellos habían organizado mi futuro sin decirme nada.   

    -Pero no podés vivir sola…   

    - ¿Y por qué no? Ya me las arreglo bien con las muletas, y un pedazo menos de pierna no cambia mucho…

    -Pero la estabilidad no es la misma, ya sabés, las escaleras…

    -Para eso están los ascensores…

    -Pero…

    -Nada Bernie… Ya sé que si me caigo vos te sentís responsable, pero los huesos se curan.

    -Pero…

    -Otra vez… ¿te atragantaste con esa palabra? Lo que te preocupa en realidad es mi estabilidad emocional. Te prometo que si me mato dejaré una nota descargándote de toda responsabilidad.

    Me quedé mirándolo allí sentada en la cama, con una pierna colgando al costado, y la otra invisible porque todavía la sentía. Como siempre, el doctor hizo silencio y se metió en su caparazón.     

     En la puerta de la habitación, sin embargo, había otras personas recién llegadas que habían escuchado y sentido la angustia que rondaba el cuarto como un olor nauseabundo. Entraron, y Dora Cifuentes me abrazó con fuerza, la cara acongojada, pero sin lágrimas. A su lado había un hombre no muy alto, fornido, de hombros anchos y barba oscura, mal afeitada. La camisa a cuadros como la de un leñador y los vaqueros manchados de lo que parecía grasa de algún taller. Cuando Dora me soltó, me presentó a su marido.

    -Éste es Pedro, mi marido, ya te hablé de él en la redacción.

    El hombre me dio la mano, de piel gruesa y teñida con manchas indelebles también de grasa, probablemente.

     -Perdón, señorita, recién salgo del taller para traer a Dora.

     -No importa, Pedro-dije.

     - ¿Y cómo anda?

     Dora le dio un codazo en las costillas y dijo:

     -Disculpálo Ceci, es un tarambana…

     Pedro no sabía cómo disculparse, restregándose las manos y mirando a Bernardo con vergüenza. El señor doctor y el guardapolvo lo intimidaban. Luego sabría que no era miedo sino un respeto reverencial por los médicos.

      -Gracias por venir-le dije a Dora, sonriéndole, y me sentí libre por primera vez en todo ese tiempo por hacer y decir lo que yo quería, y no lo que Bernardo y Renato y todos los demás esperaban de mí. No tomamos de la mano durante unos pocos segundos que significaron más que esas tres semanas de cuidados. Hacía mucho que no veía a Dora, y por ser un rostro en el que no había pensado en largo tiempo fue una especie de oasis por la novedad. Me conocía, por supuesto, pero la distancia había atenuado los resquemores que crecían como yuyos a mi alrededor. Quienes me rodeaban me asfixiaban como un alto y denso muro de pastizales llenos de cardos.

     - ¿Y qué es de tu vida, Dora? ¿Qué estás haciendo?

     Ella se encogió de hombros.

     -Ahora soy ama de casa, nada más, cuido de los chicos. Soy la mujer a la que le dedicaba el suplemento, ¿te acordás? Pero ya te voy a contar después. ¿Te dieron el alta?

    Mirando a Bernardo, pidió permiso para acompañarme.

    -Mire, doctor. Yo lo entiendo a usted, pero no se preocupe, Pedro y yo cuidaremos a Cecilia.

    Empecé a negarme. Dora me tapó la boca con una mano y dijo:

   -No te voy a escuchar. Tengo toda la tarde libre después de llevar los chicos a la escuela.

    Vi que la expresión de Bernardo cambiaba a una de alivio que tuvo la virtud de relajar todo su cuerpo. El guardapolvo, de pronto pareció quedarle grande, y apoyó una mano en el hombro de Pedro. Agradecía con solo ese gesto, y preguntó:

     -Si puedo ayudarlos de cualquier modo.

     -No se moleste, doctor, por nada de eso, yo gano bien en la empresa de heladeras. Arreglo de todo, doctor, motores viejos, puertas y todo el sistema de refrigeración. Si usted me viera…

     Mientras le hablaba a Bernardo había girado la cabeza y le noté una cicatriz en el costado sobre la oreja, que abarcaba todo el hueso temporal y parte del parietal. No tenía pelo abundante, debía tener casi cuarenta años, pero el cabello, aunque escaso crecía y de pronto se interrumpía en esa larga línea de piel blanca.

     Me llevaron en silla de ruedas hasta el estacionamiento que salía a Las Heras. Era una camioneta Dodge vieja y muy bien cuidada. Bernardo y Pedro me ayudaron a subir, hablando entre ellos sobre el vehículo. Cuando nos despedíamos, le di un beso como cuando éramos pareja.

     -Gracias, Bernie. Perdonáme el mal humor…Decile a papá que me disculpe, esta noche lo llamo.

     Se puso a lagrimear y se secó con la manga del guardapolvo. Dora y Pedro, en los asientos delanteros, simulaban no darse cuenta de nada. Arrancamos y me di vuelta, despidiéndome del hospital, y sin saberlo en realidad con certeza, por última vez.  El tráfico excusó nuestro silencio. Pedro puso la radio donde Antonio Carrizo peroraba sobre la realidad nacional. La cultura, decía, iba a sobrevivir.

     - ¿A vos te parece? -me preguntó Dora. Yo tenía la vista fija en la cicatriz del marido. Debió haber sido una operación muy grande, muy grave. Era, o me parecía, medio lento de reacciones, bruto en el sentido de lo automáticamente aprendido, pero lerdo en las reacciones nuevas. Manejaba con cautela y cuidado entre el tráfico intenso del mediodía, tal vez con demasiada precaución para lo que se espera en general de un hombre como él: fornido, de mediana edad y curtido por la experiencia de la calle.

    Entonces me acordé de que Dora me había dicho que trabajaba en los talleres del diario, y que era analfabeto. Ese alto contraste intelectual me sorprendió gratamente.

    Me ayudaron a subir las escaleras porque no había luz desde temprano, nos dijo el portero.

    -Menos mal que no vino el doctor-dijo Dora, riéndose en complicidad conmigo. Pedro hacía casi toda la fuerza para ayudarme a subir, porque yo todavía tenía el fantasma de mi pierna estorbando mi propiocepción.

     Y adentro, me sentaron en el sillón y Dora empezó sus cuidados preparando el almuerzo para los tres. Pedro dijo, mirando el reloj de pulsera en el antebrazo derecho lleno de vello negro - ¿era zurdo? pero lo había visto hacer cosas predominantemente con la derecha- :

    -Tengo que irme, Dora, ya son casi las 2, y estoy atrasado…

    Dora dio un respingo de cansancio.

    -Como quieras. Pasá a buscar a los chicos. Hoy, por ser el primer día, me quedo hasta la noche.

     Negándose a escuchar mi protesta, le dio un beso y lo empujó cariñosamente hasta la puerta.

    -Hasta mañana, señorita-me gritó él.

    -Tiene que tutearme, Pedro.

     Asintió con la cabeza y se fue. Dora cerró la puerta y volvió a sentarse conmigo en el sillón. Puso sus manos entra las piernas y empezó a balancearse como una nena, mirando alrededor en silencio.

     De pronto, batió palmas, como dándose impulso, y dijo que se iba a la cocina.

     -Si necesitás ayuda para el baño, no seas tarada y avísame.

    Antes de levantarse, la retuve de un brazo y le pregunté:

     - ¿Qué le pasó a tu marido?

     Mirándome con sorna, contestó:

     -Te brota la curiosidad periodística por los poros a vos…

     -No me entendés, es solamente aprecio que les tengo ustedes…

     -No me equivoco, Ceci-dijo, volviéndose a sentar-. Los periodistas de alma, o los escritores, porque vos escribís muy bien, dan en el blanco cuando algo les llama la atención.

     -Vi la cicatriz, y me pareció que lo habían operado de gravedad. Una herida a lo mejor, no sé. Pero si no querés contarme, está bien.

     Dora se rio.

     -No hay problema, Ceci. Te cuento desde la cocina. Debés tener hambre y yo más.

     La escuché abrir y cerrar las puertas de las alacenas, luego ruido de ollas.

     -Pedro era policía, no sabías, ¿no? ¿Te sorprende? Claro que sí, lo ves medio tarado y te preguntás cómo un tipo como ese pudo tener permiso para portar un arma.

     Dora preguntaba y se contestaba en ese largo monólogo que duró la preparación de la tortilla de papas para el almuerzo, ambas sentadas a la mesa del comedor a media tarde, horario que se acercaba peligrosamente a la merienda. Pero los horarios estaban trastocados, y las obligaciones, de tan pesadas, se habían derrumbado por su propio peso.

     -Si lo hubieras visto en esa época, cuando lo conocí. Todo un galán con el uniforme, haciéndose el canchero con la porra de vigilante por la vereda del barrio. Nunca fue de muchas luces, por supuesto, pero era un buen policía, responsable y preocupado, y por eso yo tenía miedo de que me lo mataran. Pero no fue así como pasó todo, Ceci-. Obviamente, Dora me había adivinado el pensamiento-. Ya estábamos casados y el primer nene cuando estalló la revolución. Pedro trabajaba en la capital, en pleno centro, Avenida de Mayo, en la zona más pituca donde se reunían los diputados y todo el resto de esa laya de politicones y aprovechados. Los militares iban al Hotel Castelar y los restaurantes alrededor de las Galerías Pacífico y el Palacio Barolo. Mucho movimiento de gente, pero no muy peligroso porque no solían ir los negros, como dicen. Pero un día pasaba delante del Hotel y lo llamaron a gritos desde la puerta giratoria. ¡Venga, venga!, le gritaban el conserje y el botones y otros cuantos tipos. Mi Pedro entró y no le dieron tiempo a preguntar nada, lo tironearon atravesando el vestíbulo y luego escaleras abajo hasta los vestuarios del sauna. ¡Mataron al coronel!, dijo uno, abriendo la puerta del baño turco. Un vaho de vapor cegó los ojos de Pedro, pero pronto vio que había dos hombres tirados. Uno en los escalones y otro en el piso. El del piso tenía una pistola en la mano. Acababa de pegarse un tiro, después de disparar al otro. ¡Es el coronel Ansaldi!, gimoteaba el conserje, transpirando más por desesperación que por el calor. Pedro me contó que se acercó al cuerpo desnudo del coronel y se dio cuenta que respiraba a pesar de la herida a quemarropa que le abarcaba casi todo el pecho. Era rápido en ese entonces mi Pedro, sabía que no tenía sentido preguntar si habían llamado a la ambulancia, y que tampoco serviría de nada. Si no entraba en un hospital y en un quirófano en media hora como máximo, el tipo se moría seguro.

      Desde la cocina llegaba el olor de la tortilla, deliciosa. Me levanté tratando de no hacer ruido y evitar las quejas de Dora. Tenía que practicar con mis muletas, acostumbrarme a mi nuevo cuerpo, el mismo viejo cuerpo que estrenaba un nuevo diseño, más liviano, pero lamentablemente asimétrico. Empecé a preparar la mesa, mientras escuchaba.

      - ¿Sabés lo que hizo? - Había admiración en la voz y el tono de Dora. Aún sin verla la imaginé parada frente a la cocina, vigilando la tortilla, con las manos en la cintura, regocijándose con el recuerdo-. Levantó al coronel en brazos, subió las escaleras y atravesó el vestíbulo hacia la calle, tapando al tipo con una sábana, y se topó con la puerta giratoria. Puteó a todo los que pudieron escucharlo, hasta que abrieron la puerta principal y él salió a la vereda y corrió los veinte metros hasta el patrullero estacionado. Puso la sirena y fue directamente al Rivadavia.

      Me senté en una silla y apoyé las muletas en el respaldo. Me puse a doblar las servilletas, y supe la razón de la mirada de Pedro ante Bernardo y los médicos, pero eso era solamente el principio de tal admiración.

     -Ya está-escuché decir a Dora, y la vi aparecer con la impecable tortilla española, colocándola en la mesa y mirándome con ganas de retarme por haberme esforzado tanto recién salida de la internación.

    -Me siento bien, Dora. Y si no me entretengo en algo, sé que voy a terminar mal.

    Empezamos a comer.

    - ¿Y qué paso?

    - ¿Con el milico? Se salvó, claro, gracias a Pedro. Le costó varios meses de recuperación y una pensión vitalicia que no hizo más que aumentar su influencia en la política. Ya debiste haber oído hablar de él.

     Le conté entonces sobre Sebastiano. Me miró como si los planetas se hubiesen alineado o las constelaciones formaran el dibujo exacto para un evento trascendental: el día en que su relato y el mío coincidieron.

    - ¿Quién lo iba a creer? - dijo, moviendo la cabeza con incredulidad y mascando la tortilla con fruición. - ¿Pero vos crees que a Pedro lo condecoraron o algo así? Apenas lo ascendieron un rango, pero sirvió para que formara parte del plantel permanente de la custodia del coronel. Un año después nació nuestro segundo hijo. Pedro trabajaba todos los días, poque el milico ese iba a todas partes: Congreso, Casa de gobierno, Banco central, estudios de televisión, restaurantes y puteros de lujo, por supuesto. Mi Pedro esperaba en la puerta- Dora me miró y se rio-. Claro que siempre confié en él, esa es la ventaja de tener un marido guapo, pero algo lento. -Bueno, la cosa es que hubo otra revuelta, o varias, qué sé yo, no seguía tan de cerca la política hasta que entré en diario. Fue en Plaza de Mayo. Ansaldi figuraba como el orador principal para apoyar el derrocamiento de Cámpora y de Isabel, de eso sí me acuerdo. Yo lo quería a Perón, pero no a la puta esa que se creía una nueva Evita. La cuestión es que hubo disparos, no más de a los que estábamos acostumbrados en ese tiempo, y no sabemos si fue una bala perdida o un tiro que tenía como destino al coronel. Pero mi Pedro, tan cabeza dura como es, interpuso precisamente su cabeza en el camino de la bala. Sin premeditación, por supuesto, como no la hubo esa tarde haciendo su guardia de rutina frente al Hotel. La bala le perforó el cráneo y le mató casi un quinto del cerebro. El lóbulo parietal, dijeron los cirujanos, y una parte del temporal. Me mostraron las radiografías, y aunque yo no entendía nada, se me figuró ver una especie de volcán con el cráter recién abierto. Eso era lo que yo veía cuando me explicaron que el peñasco, la apófisis mastoides, más precisamente, había estallado dejando salir el pus de la infección, que fue el principal motivo de los meses que llevó internado en el Hospital Militar.

     Dora había dejado de comer, y hablaba con la mirada perdida en la pared frente a la mesa, los codos apoyados en el mantel y el cabello que alguna vez fue rojizo y ahora era entrecano moviéndose levemente por efecto del ventilador que había prendido un rato antes.

    -Hace calor, ¿no? ¿Cuándo vendrá el otoño? A mí me gusta, ¿y a vos?   

    La miré sin saber cómo consolarla ante ese dolor que la dominaba al recordar.

   -Pero Dora, Pedro sobrevivió.

   - ¿Vos creés? No es ni la mitad de lo que fue, Ceci, y a veces pienso que es otro completamente diferente.

     Se puso a tamborilear los dedos en la mesa. El repiqueteo acompañaba el trac-trac de las paletas del ventilador viejo, y afuera iban y venían los motores de los colectivos y de vez en cuando el estallido de un caño de escape. Miró la hora.

     -Los chicos deben estar saliendo de la escuela, espero que Pedro haya llegado a tiempo. Una vez los hizo esperar más de una hora. Las maestras hicieron un escándalo la última vez, pero ellas se impacientan porque quieren reunirse con los novios.

      Empezó a levantar las cosas de la mesa, encimando los platos y los cubiertos. Fue a la cocina, dejando la historia que venía contando sin terminar.

     -Disculpáme Dora, no quiero ser entrometida, pero ya que empezaste…

     Una risa me llegó desde la cocina, y ella asomó la cabeza apoyando las manos mojadas de detergente en el marco.

    -Pero claro, perdóname vos, Ceci.

    Sin dejar de lavar los platos, que en cinco minutos estuvieron en el fregadero y volviendo entonces al comedor, sentándose sin soltar el repasador, siguió diciendo:

     -Estuvo cinco meses internado. El primer mes en terapia intensiva, después en sala común, pero cada vez que lo volvían a operar pasaba unos días en terapia. Los cirujanos le reparaban despacio y parte por parte el cráneo roto. Le ponían unas placas de metal, pero antes tuvieron que limpiar el pus y los tejidos que eran los restos inútiles de su cerebro herido. La bala era de las peores, Ceci, de esas que estallan apenas entran. Todo ese tiempo iba y venía de casa al hospital, y me fui cansando, por los chicos, claro. Ellos preguntaban por el padre, y yo tenía que lidiar con todo: mantenerlos ajenos al drama lo más que podía, hacer lo trámites de la obra social y cobrar el seguro contra todos los obstáculos de los burócratas de turno. Me decían que estaba estable, en estado vegetativo o algo así. Los electroencefalogramas mostraban la actividad básica para mantenerlo vivo. Yo a veces deseaba que se muriera. ¿Sabés que hasta pensé en sacarle los tubos que tenía conectados cuando estaba sola con él en la habitación? ¿Pensás que soy una hija de puta, no es cierto?

     -No, Dora, cualquiera habría pensado igual en algún momento. La diferencia está en hacerlo…

     - ¿Y sabés lo más divertido del asunto? Que no lo hice porque había cámaras de vigilancia. Estaban tapadas, porque no se usaban como seguridad, sino como vigilancia precisamente. En un hospital militar podían llegar peces gordos…Sólo por eso me contuve esa única vez en que creí estar decidida.

     Suspiró profundo y se secó las lágrimas con el repasador.

     -Menos mal que está limpio-dijo, intentado recuperar el humor. - Pasaron dos meses más, y entonces Pedro empezó a reaccionar. Movía las manos y abría los ojos. Me seguía con la mirada y hasta sonreía. Los médicos me explicaban que la reparación de las neuronas en un adulto es prácticamente imposible, pero todo dependía de la zona lesionada. Yo lo único que quería saber era si tendría que llevármelo a casa así, como un tronco que había que mover, limpiar y alimentar. Ya sé que soy una hija de puta, pero pensaba en mis hijos y en mí. Pedro ya había desaparecido, no era un hombre sino un fardo. Para hacerla corta, se fue recuperando con el tratamiento del kinesiólogo y de los neurólogos. El pelo le fue creciendo y él se levantaba y caminaba solo por la habitación. Reconocía a toda la familia, por suerte. Pero no hablaba. Cuando le preguntábamos algo, respondía moviendo la cabeza. Le pedíamos que escribiera la respuesta en una libreta, pero cuando agarraba la birome no podía escribir nada. Le pedimos que dibujara algo, y sólo hizo líneas torcidas. Yo lo veía esforzarse en entender por qué razón no podía hacerlo, porque era evidente que recordaba que alguna vez lo había hecho. Obviamente tampoco podía leer. Se quedaba mirando los renglones y los seguía con la punta del dedo índice, frunciendo los párpados e intentando mover los labios para conformarnos a nosotros, pero la verdad era que no tenía idea. Pregunté a los médicos si iba a recuperarse. Me dijeron que se podría intentar enseñarle nuevamente como a un chico, pero lo más probable era que esa área del cerebro ya no existiera. A los cinco meses exactos, le dieron el alta. Fue en casa cuando empezó a hablar. Caminaba por el barrio, saludaba a todos los vecinos que lo felicitaban y le daban ánimos. La primera palabra que dijo fue en la vereda, y yo no la escuché, fue la vecina de enfrente y su marido los que me contaron. Pedro estaba paseando con los chicos y cuando bajo el cordón para cruzar la calle un auto frenó de pronto y reventó una goma. El ruido alteró tanto a Pedro, que se agachó y abrazó a los chicos protegiéndolos con el cuerpo. Los vecinos le decían que no era nada, que se tranquilizara, pero él no abrió los brazos ni los soltó hasta más de quince minutos después, y sin dejar de pronunciar la palabra ¡Fuego!  

     Dora lloraba ya sin poder contenerse. Le saqué el repasador y le di un pañuelo limpio y servilletas de papel. Para eso tuve que levantarme e ir a la cocina con las muletas, pero apenas me regañó cuando volví. La abracé.

     -Debería ser yo la que te consolara a vos-dijo.

     -No te preocupes. Lo importante es que Pedro está bien, la verdad es que es asombroso que se haya recuperado…

      -Sí, Ceci, pero para qué ¿me querés decir? ¿Para que se aprovechen de él?

     -No te entiendo.

     -En cierta forma ahora es un chico. Escucha muy mal de un oído, y se pierde muchas conversaciones, y a veces dice sí o no solamente para no pasar la vergüenza de reconocer que no oyó nada de lo que le dijeron. Y sobre el leer y escribir, ni te cuento. Maneja porque el coronel Ansaldi lo tomó bajo su protección cuando se enteró de lo que había pasado. Fue un día a hacerse los chequeos de rutina cuando se encontró con el coronel, que también debía ir a hacer los controles por el atentado de años antes. Pedro se quedó parado como un reverendo imbécil, mirándolo como a un dios. Ansaldi lo saludó con efusión y lo abrazó. “¡Cuánto tiempo sin verlo, querido, se me perdió de vista!” Los que lo acompañaban le contaron lo que le había pasado a Pedro esa tarde en Plaza de Mayo. Era uno más de la custodia en ese entonces, por más que le hubiera salvado la vida antes. Ansaldi aseguró que no le habían contado nada. “Tanto quilombo hubo en esos meses…”. “Es verdad, mi coronel, no se haga mala sangre”. Pedro hablaba lento y Ansaldi lo miró como quien observa a un hombre que ya no era policía ni podía sostener un arma, y con la mirada de un cordero. Vi la pena plasmada en el rostro de Ansaldi, recuperada de algún sótano de su alma, y a medida que la desempolvaba, le dijo a Pedro que se encargaría de su futuro desde ese momento. “Sería un desagradecido, querido, un real y grandísimo hijo de puta si no protegiera al hombre que me salvó la vida dos veces”. Lo abrazó palmeándole con fuerza.

     - ¿Y cumplió? - pregunté.

     - Si, Ceci, cumplió como cumple el diablo su palabra.

 

 

 

3

 

 

Dora se fue esa noche poco después de las diez. Me pidió permiso para llamar por teléfono a un taxi. No, que no me preocupara, no se tomaría ese lujo todos los días, sólo porque era el primer día y se había hecho tarde. Quiso verme acostada antes de irse. Le di el gusto, pero después me levanté y me senté en la cama, con mi única pierna colgando del borde, sin tocar el piso, y el muñón sobre el colchón, sin sobresalir. Tan corto era, tan insignificante como el cuerpo al que pertenecía.

     Comenzó a dolerme. Me habían sacado los puntos, pero la cicatriz seguía inflamada. Sonó el teléfono en la mesita de luz, que había regresado a su sitio durante mi ausencia gracias a la intervención de Bernardo que pensaba en todo, menos en la incomodidad que yo le provocaba. Era él, sin duda, o Renato. Sin deseos de contestar a ninguno de los dos, a ninguno de los dos tenía yo derecho a rechazar.

     -Estoy bien. Sí, un poco cansada. No, no tengo fiebre. Sí, tomé la medicación. No, no hace falta que vengas.

     La misma respuesta para ambos en dos conversaciones separadas por cinco minutos.

     Colgué el tubo y escuché del taxi que arrancaba llevándose a Dora. Me quedé en la oscuridad, allí sentada. Prendí la radio. A punto de apagarla estuve luego de las marchas militares, las intermitencias electroestáticas que sonaban como truenos en esa noche de verano, un chamamé reivindicativo, una balada de Julio Iglesias y la melosidad de ABBA. Pero en medio de los altibajos técnicos y la rudimentaria mediocridad de las radios estatales, surgió un tango demasiado melancólico y triste en la voz del Polaco. Levanté el volumen cuando escuché el repiqueteo de Garúa, y el viento en la calle que lo empujaba como me había empujado por la vereda el viento del verano. Mi pierna ausente era un fantasma que se iría pudriendo en la morque del hospital, o quizá algún estudiante de medicina llegara a disecarla, deconstruyendo mi anatomía. Afuera, la garúa del otoño que pronto empezaría, adentro las manos inquietas de un hombre explorando en busca de algo nuevo en lo siempre viejo.

     Y la esperanza inútil de ese estudiante solitario y reconcentrado que tal vez le agradasen los cadáveres porque son silenciosos y no interrogan, quizá fuese también la esperanza que escuché cuando Dora me contó lo que le había pasado a su marido luego del encuentro con el coronel.

      Ángel Ansaldi estaba retirado como militar, pero por supuesto conservaba su rango y todo el prestigio. Había incluso acrecentado su influencia y su poder tomando contacto con diferentes personalidades a las que antes no había podido acceder precisamente por su actividad militar. Políticos del Senado y de la Cámara de diputados, periodistas que hablaban a su nombre en los medios, demasiado fáciles de identificar, porque aún las más altas inteligencias sucumben y ni siquiera son capaces de disimular adecuadamente. Tal vez sea la culpa que los traiciona, o quizá lo contrario, el orgullo. Pero sobre todo había muchos hombres de negocios alrededor de Ansaldi, la mayoría demasiado potentados para saberse de ellos sus nombres y su paradero. Se decía que él era uno de los muchos socios de las multinacionales, empresas de bebidas y de alimentos. Las industrias textiles no le interesaban, aparentemente. Alguna vez se le escuchó decir, en entrevistas ahora perdidas o eliminadas, que los hombres pueden vivir desnudos, pero nunca sin comer, y sobre todo sin beber. Pero aún las imponderables cifras de las multinacionales que manejaban y explotaban las bebidas alcohólicas tampoco eran de su preferencia. En sus oficinas de la Avenida Liberador cerca del Retiro - a pocas cuadras del Puerto, del que tenía una vista privilegiada desde los altos edificios de las Catalinas, y la Aduana allí nomás, llena de respetuosos subordinados que cotejaban y clasificaban las entradas millonarias a su nombre, y yendo y viniendo del Kavanagh donde lo vieron entrar y salir con una actriz del teatro de revista a la que había comprado un piso completo justo a la mitad de la altura de esa reliquia algo descuidada pero todavía insigne- se verificaban reuniones con hombres de los laboratorios de medicamentos. Todos conocidos, por supuesto, porque no había nada más encomiable que invertir en las investigaciones de esas nobles empresas que trabajaban para la humanidad. ¿Los doctores dónde estaban? En sus laboratorios de Suiza y Alemania, y claro que en muchas ciudades de Estados Unidos: Boston, Los Ángeles o Oesterville. Un poco repartidos por todos lados, donde nadie pudiera señalarlos con precisión. Estudios sobre el cáncer, y la inacabable sarta de virus y bacterias conservadas en tubos no siempre protegidos por las inciertas medidas de seguridad, que, para bien llamarse así, cumplían con la famosa regla de la excepción, otorgando la bienvenida grieta.    

      Pedro Palacios, ése era el apellido del marido de Dora, remedando al poeta de los reos y la desgracia, fue contratado, por decirlo de alguna manera, ¿pero por qué dudar del correcto cumplimiento de las leyes de trabajo por parte del coronel si se trataba de un personaje por todos conocido? ¿Tal vez, por eso? La cuestión es que Palacios entró a trabajar en uno de los frigoríficos donde Ansaldi tenía acciones, pero no figuraba como dueño ni empresario. Una de sus tantas y divergentes inversiones, que llevaba el nombre de Frigidaire y se comercializaba a nivel nacional como una empresa de heladeras renombrada y reconocida por su calidad. Pocas casas de clase media había seguramente donde no pudiera encontrarse un producto de este nombre. La competencia más relevante en esa época era Siam, pero tenía su público sobre todo en los barrios obreros. Se decía que las manos de Ansaldi también se extendían hasta ellos, y por qué no si al fin de cuentas los hombres que confiaron en el hombre que reivindicó su clase era también de la misma profesión de Ansaldi. Los militares de alta graduación en tales tiempos eran bien vistos por su cultura, y el estremecedor silencio que sólo interrumpían mediante llamadas telefónicas, casi siempre anónimas, que precedían a los grandes arrebatos callejeros donde los pelotones de soldados lucían sus habilidades con armas, tanques y bombas.

      La sucursal de la empresa donde trabajaba Pedro estaba en Devoto. Era un obrero más para las nóminas de empleados regulares, y él cumplía con el horario establecido porque estaba acostumbrado a esos regímenes tradicionales de clase media. El despertador a las siete, la parada del colectivo, el fichaje de entrada y el de salida, y el de colectivo de vuelta a casa. Dora le preguntaba qué tareas hacía en los talleres, por lo menos al principio lo interrogaba porque Pedro regresaba a casa sin querer hablar de nada más que de los chicos y de las cuentas.

     -Yo me preocupaba por las deudas del almacén, la carnicería, el alquiler y los pediatras. Nunca nos faltó nada desde ese entonces, y el silencio de Pedro parecía ser una condición imprescindible – me había dicho.

     Después de mucho insistir, él largaba palabras sueltas: rebobinar, reparar y cosas parecidas. Pedro sabía mucho de motores, su padre había sido mecánico de tractores en el campo, pero él quiso entrar en la policía cuando terminó la escuela. Tenía facilidad para la mecánica y la electricidad, y nunca le había extrañado verlo reparar cualquier máquina más o menos complicada, fuese el motor de un auto, un televisor o el secador de pelo. Si hasta el tocadiscos de casa había arreglado, dijo Dora.

     Pero también empezó a ir a los talleres los fines de semana, sin horario fijo y por unas cuantas horas que ha a veces abarcaban toda la noche. Dora sospechó que la estuviera engañando con alguna empleada, pero pronto aparecieron noticias en la televisión sobre las amenazas de huelga en los sindicatos. Frigidaire no era nombrada, pero se sabía que todas las que estaban bajo el ala de los militares iban a ser boicoteadas por los sindicatos, no conformes con la tajada que sacaban.    

     Pedro se convirtió en una especie de vocero de Ansaldi. Los fines de semana que debía cumplir esa función, salía de casa después de saludar a los chicos y caminaba hasta la esquina donde pasaba a buscarlo un auto que contrastaba con los estacionados junto a los cordones de nuestro barrio. Ya todos los vecinos sabían de qué se trataba todo eso, y no le preguntaban más. Sabían, probablemente, más que Dora en ese momento. Ella, sin embargo, había sido periodista, y conocía gente que podía informarla. Me dijo que retomó contacto con Mario Marizza en reuniones que pretendían ser clandestinas en diversos bares del bajo. Así fue cómo supo de la tela de araña formada por los intereses de Ansaldi, que era uno más de los tantos que comerciaban en el exterior y traían mercaderías que hacía pasar en blanco: drogas que pasaban por legales, bultos que bajaban de los barcos en el Río de la Plata desde Paraguay y Brasil y partían a Europa. Y los que entraban, imposibles de precisar.

    Dora preguntó si mujeres. Marizza se encogió de hombros: lo de las mujeres se sabía y se toleraba como el efecto más nimio de un patrón mayor. ¿Pero cuál?, preguntaba Dora. Marizza contestaba que para eso estaba la imaginación.

    Según ella, Mario había querido asustarla. Yo estuve de acuerdo, lo conocía bien de nuestro trato en la redacción. Por un tiempo, ella intentó persuadir a Pedro de renunciar. Le dijo que ya se arreglarían, como siempre lo habían hecho. Pedro, sin embargo, se ponía inquieto y salía a dar una vuelta a la manzana. Eso simplemente era un no que no podía pronunciar sin traicionar a su mujer, pero la lealtad al coronel Ansaldi estaba por encima. Como si haberle salvado la vida dos veces lo obligara a estar unido a él por el resto de su vida. Yo le dije que no era nada raro. Cuando un hombre le salva la vida al otro, está más obligado con éste que éste con su salvador. Ya lo sé, me dijo Dora, pero Pedro no tenía eso en mente. Su lealtad era una convicción a la que no podía renunciar a menos de dejar de ser él mismo. Eso era casi lo único que había permanecido indemne luego del disparo y la atrocidad que había sufrido su cerebro. Cuando Dora me decía que Pedro era un hombre distinto después de su recuperación, no era tanto por sus costumbres, sus gustos o sus valores morales. Todo eso permanecía más o menos incólume. Lo que ella veía de distinto no alcanzaba a explicármelo porque no lo sabía, y a veces pensaba que su imaginación la estaba traicionando. Así como una vez había deseado que Pedro se muriera de una vez para dejarla tranquila, ahora deseaba verlo también diferente para tener la excusa de abandonarlo alguna vez. Pero también sabía que nunca lo haría porque en el fondo de todas esas teorías estaba el tejido que ellos habían compuesto cuando eran jóvenes y el amor era demasiado puro y de tanta calidad que la red, en el fondo del mar tempestuoso de esos tiempos, persistía.

     Desechando las dudas, Dora veía en la lealtad de Pedro hacia Ansaldi un bastión imbatible del que el coronel había sabido apropiarse antes que ella interpusiera su cuerpo para proteger a Pedro. La lealtad de Pedro era de granito puro, y pertrechado sobre todo por la estupidez. Estaba mal que juzgara así a su marido, me dijo, pero precisamente somos duros con los que nos importan, sea por amor o sea por odio. Los indiferentes no nos lastiman porque no penetran nuestro mundo. La idiota ingenuidad de Pedro fuese natural o adquirida luego de la enfermedad, era el factor que lo excusaba.

     ¿A vos te parece, Dora, que si no hay memoria no hay culpa?, le pregunté. ¿Y qué tiene que ver la memoria?, me contestó. La memoria es la cocina de los valores morales, le dije. El nene que mete el dedo en la olla donde se está cociendo el puchero, se quema. La madre no necesita retarlo, en su mirada él lee las reglas que lo condicionarán para siempre. En cada momento y en cada acto que emprenda, verá esa cara que es el rostro de la ley.

     -La ley es la memoria escrita, Dora. Al que no sabe leer, no lo excusa la ignorancia- insistí.

      Sé que la enfrentaba con lo que ya sabía, pero necesitaba pasar por alto para seguir viviendo con Pedro y en bien de sus hijos. Por eso me miró por primera vez desde que nos conocíamos como si no me entendiera, cuando dos días después, al ver llegar la camioneta desde el balcón, le grité a Pedro antes de ir al trabajo.

      - ¿Necesita algo, Cecilia? -me preguntó él.

      -Necesito trabajo, Pedro. ¿Usted sabe de algún puesto en la fábrica?

      Ese fue el momento en que Dora salió de la cocina y me miró de aquella forma. Después de lo que habíamos hablado, no comprendía que quisiera meterme en la boca del lobo. Así soy yo, habría querido decirle, mis necesidades más fútiles suelen esconder otras más severas y de objetivos más oscuros. Por encima de todo estaba mi necesidad económica, no podía seguir convaleciendo de la ayuda de Bernardo; luego, mi ánimo requería un apoyo, apuntalarse en una actividad que me distrajera de la depresión, y la curiosidad periodística representaba un acicate irreemplazable; y por fin, y muy en el fondo de todo, pero ganando terreno rápidamente, la necesidad de sentirme en situaciones que implicaran un cierto peligro, como si de esa manera acelerase el fin de mi vida sin el reproche constante de la conciencia. Había un obstáculo que yo misma alimentaba frente al camino que el deterioro de mi cuerpo marcaba indefectiblemente: era el miedo. Una forma de evitarlo era disfrazarlo, pero siempre estaba ahí, al final de cada noche de pensamientos que nadaban en la orfandad. Pero había otra forma de evitarlo, era desconcertarlo exponiéndome yo misma a los argumentos con los que creía aterrorizarme. Y de esa manera, destruirlo.

     Pedro miró a su mujer, como pidiendo permiso. Ella se encogió de hombros y volvió a la cocina.

     -Parece casualidad, ¿no? Justamente están buscando una empleada para la sección de reclamaciones.

     - ¿Y en qué consiste ese trabajo, Pedro?

     -Es de secretaria, Cecilia, un trabajo de oficina. Tengo entendido que ahí se reciben cartas de los usuarios y reclamaciones por garantías y desperfectos. Usted tendría que leerlas, clasificarlas y pasarlas a su jefe.

     - ¿Creés que me aceptarán así, digo, con mi incapacidad?

     -Venga conmigo y no habrá problema.

     Dora ya se había sentado y nos cebaba mate. Resignada a no comprender y aceptar, que era su metodología de vida.

     -Es un trabajo de escritorio-me dijo-. No hay nada que te convenga más, además estarías a tus anchas, leyendo.

     -Sí-le dije- Pavadas que tendría que desechar en un noventa por ciento.

     -Si el jefe la escuchara -dijo Pedro- ya estaría trabajando.

     Decidimos que lo acompañaría al día siguiente. Necesitaba no sólo prepararme anímicamente, sino arreglar un poco mi aspecto físico.

 

     La mañana que fuimos a la empresa era miércoles, día funesto para cualquier jefe de fábrica. A lo problemas heredados los lunes y que apenas parecían encausarse, se sumaban los de la media semana: proveedores, máquinas que se rompen, empleados que se lastiman, otros que protestan, órdenes de la comisión directiva imponiendo nuevas reglamentaciones cuando aún no habían sido comprendidas ni puestas en marcha las anteriores, y sobre todo la presión constante del alto rendimiento, que en esas épocas apenas era la necesidad de evitar que la empresa quebrara manteniendo los niveles mínimos de producción. Todo eso estaba implícito en el rostro abotargado del hombre en cuya oficina entramos.

      El edificio de Villa Devoto era enorme. Lejos del centro comercial, ocupaba toda una manzana triangular entre una avenida y dos calles. El tradicional aspecto residencial rodeaba el edificio de fachada vieja, construido tal vez por los años cuarenta, cuando Devoto era todavía un barrio de casas quintas y más bien desolado. Allí se había construido la primera sucursal de la empresa. La sede principal estaba en algún lugar del Paraguay o del Brasil. No había logrado que Pedro me explicara mucho mientras conducía, no llevaba un orden cuando hablaba, sólo era cuidadoso en la construcción de las frases hasta el punto de confundirlo, a quien no lo conociera, con una persona educada y culta. Era, por supuesto, lo primero, y me pregunté hasta qué punto era lo segundo. Una de las cosas que a Dora habían extrañado desde su enfermedad y luego de que entrara a trabajar en el taller, era la ambivalencia entre su carácter expansivo y la taciturnidad rayana en lo pensativo, como si estuviera rumiando cosas que no podía digerir, pero de las que no podía deshacerse. ¿Cómo entender esa dicotomía tan compleja? Tal vez yo, testigo imparcial, pudiese descifrarlo.

       El rostro de Pedro se llenó de orgullo cuando entramos en la oficina de Arnaldo Aranguren, un despacho de techo alto y un ventilador que daba vueltas muy lentamente. Un amplio ventanal tras el escritorio lleno de papeles que apenas dejaban ver la madera lustrada por los años. Los muebles con estantes repletos de folios y archivos eran vetustos e insípidos, las paredes desconchadas y con manchas de humedad formando dibujos extraños, como mapas. De pronto, me sentí entrar en un espacio de tiempo estancado, donde se me explicarían muchas cosas a fin de entender la tramoya de la ingeniería construida alrededor de la fábrica original. Una fábrica de heladeras que se había expandido con el tiempo hacia otros intereses, pero todo estaba relacionado con el frío.

     - ¿Le molesta el ventilador, señorita?

     Había visto que eché uno o dos vistazos hacia el techo.

     - ¿Tiene frío, acaso?

     ¿Era una recriminación? El hombre tenía poco más de sesenta años, alto y delgado, con un vientre apenas prominente que se notaba bajo la camisa y la corbata. Vestía como cualquier director de fábrica venida a menos de la época, un traje de tela común y corriente, el nudo de la corbata bien ajustado, el cabello canoso y engominado y con tonos de gris que le daban un aspecto ceremonioso pero campechano a la vez. A veces su rostro, aún sin sonreír, era afectuoso y familiar, como un tío al que se visita de vez en cuando, soltero, quizá, en su viejo departamento con olor a humedad.

      Le dije que no se preocupara, simplemente me llamaba la atención lo agradable de la oficina.

      -Le agradezco el cumplido, pero no hace falta ser condescendiente. Acá nuestro amigo Pedro me ha explicado un poco sobre usted y tengo la oportunidad de corroborar sus dichos.

     Pedro, entonces, que se había quedado parado junto a la puerta, bajó la mirada al piso.

     -Le agradecería que nos dejara solos, amigo mío. ¡Pero qué estúpido de mi parte, señorita Taboada! Por favor, tome asiento. Me ayudó con las muletas apoyándolas en la pared, volvió a sentarse tras el escritorio.

      - ¿Y cuáles son sus expectativas, señorita? Es mi deber decirle que estamos escasos de recursos en estos tiempos, y que si contratamos personal nuevo es porque la antigua encargada de la oficina de reclamaciones se acaba de jubilar, y por los descuidos habituales, pero no por eso menos reprensibles, nadie se encargó de buscar una reemplazante. Con esto quiero dejarle en claro que no espere un sueldo muy alto, lamentablemente.

     Mientras hablaba, yo había echado miradas esquivas a los cuadros en las paredes, en su mayoría retratos fotográficos de hombres de bigotes largos de otros tiempos. Los fundadores, quizá, y también de otros con uniformes militares. Reconocí a Roca, por ejemplo, y también al general Justo.

      -No es un problema para mí, por supuesto, señor Aranguren, mientras represente el mínimo acordado por las leyes.

     -Creo que usted está sobrevalorada para este trabajo, señorita.

     - ¿Eso es un no?

    Se rio, intentando desbaratar la mala impresión de su frase.

    -Nada de eso, sólo intentaba decirle que tal vez, y sólo tal vez, esperemos de usted más que sus tareas oficiales.

    - ¿Cómo qué, por ejemplo?

    Ya veía cómo mi espíritu se estaba revelando.

     -No me interprete mal, a veces pretendo ser directo y discreto al mismo tiempo, y ya a mis años debía darme cuenta de que es imposible. Lo que intento explicarle es que en la oficina de reclamaciones llegan muchos conflictos, la mayoría puras insensateces y trivialidades, pero algunos son reclamos justos que se solucionan tarde o temprano, otro no, y éstos son los que generan verdaderos dolores de cabeza. Cuando le digo que está sobrecalificada, me refiero a la simple tarea de leer y clasificar. Usted, sin embargo, por lo que me han dicho, es una persona inteligente y de alta discriminación. Necesitamos en esa oficina a alguien que no sólo discierna entre la realidad y la fantasía de la gente, incluso que se tome el tiempo de responderles como si ese cliente que ha comprado uno de nuestros productos fuese el más importante de todos. La mayoría de las personas solamente quieren que se las escuche, y con eso se conforman, pero para eso es necesario responderles con unas pocas palabras amables. En los nuevos tiempos, usted lo sabrá, nadie se toma ese tiempo, y el silencio en un cómplice malintencionado.

     ¿Era posible que todo ese discurso escondiera mensajes subliminales al proceso militar y la situación del gobierno? El silencio nos hace cómplices, incluso esa alusión indirecta a lo justo, cuando yo acababa de ver el retrato del general que había gobernado al país en lo que algunos dieron en llamar la década infame.

     El hombre que me hablaba me resultaba cada vez más extraño. No sabía aún sin me seducía intelectualmente, penetrando mi espíritu de esa manera. Era un psicólogo sin título ninguno, más que el que fabrica motores de refrigeración.

     -Entiendo, señor Aranguren. No me desagrada nada de eso.

     -Muy bien, señorita. Y como le venía diciendo, también tendrá la obligación de recibir los reclamos más ingratos. Gente obtusa y maleducada que intenta sacar ventajas. A esos usted también intentara convencerlos de buenos modos, pero con firmeza. Después están los problemas importantes, que usted deberá dejar en nuestras manos, por supuesto, ya que involucran factores legales. Usted distinguirá fácilmente algunos por ser tan directos, otros suministrarán amenazas veladas, y en eso deberá consistir su escrutinio. Para darse cuentas de ciertas sutilezas hay que ser un buen lector, y para eso usted nos será extremadamente útil.

     Era casi mediodía. El sol entraba con fuerza por el ventanal de cortinas descorridas. Fruncí los párpados y me tapé la cara cuando las nubes de esa mañana de pronto se despejaron y dejaron atravesar los reflejos intensos del sol antes escondido. El sol que parecía vengarse, poniéndome en situación desventajosa ante el hombre que me contrataría. Yo era un cuerpo esmirriado y asimétrico por más que me hubiese vestido bien y peinado como se supone debe verse una secretaria. Enfrente, y por efecto de la luz, veía tan solo la sombra oscura de un hombre cuya voz era tan dudosa como su discurso.

     Se levantó y cerró las cortinas, gruesas. La oficina se ensombreció, pero cuando mis ojos se fueron acostumbrando, la luz ahora era suficiente y cálida.

     -Usted disculpe, señorita. ¿Se siente bien? Tome agua-. Me alcanzó un vaso que rescató de entre las pilas de carpetas y agua de una jarra que sacó de una heladera baja disimulada en un rincón con el aspecto de un mueble de madera. Encima, había una bandeja de plástico y papeles arrugados.

      -Señor Aranguren, le agradezco sus encomios, pero usted ya sabrá sobre mis antecedentes periodísticos, y de algunas de mis opiniones.

     El asentía con la cabeza, moviendo las manos para quitar implicancias a lo que yo decía.      

    -No se preocupe por eso, señorita, el haber trabajado con el señor Beltrame es ya una garantía para nosotros, y en cuanto a sus ideas, ¿quiénes somos nosotros para quitarle sus principios o como quiera llamarlos, mientras usted cumpla su trabajo adecuadamente? La lealtad y la eficacia es lo único con lo que deberíamos cumplir todos en este país.

      Fin de la conversación, me dije. Ya había entrado de lleno en el conflicto. La arquitectura estaba proyectada, y la ingeniería de los sucesos había construido el edificio en el que yo estaba inmersa desde ese día.     

 

 

 

4

 

 

Empecé a trabajar a la semana siguiente después de presentar los consabidos papeles y el certificado médico que me dio Bernardo. Nuestra relación era tirante, aunque a veces nos relajábamos, como esa tarde que vino a verme después del hospital.

     - ¿Seguís viendo a González? - preguntó luego de poner el certificado en la mesita de luz junto a la cama. Eran celos, sí, un poco, pero también esa necesidad por preocuparse de la mujer de la que no podía deshacerse.

     -Desde la operación, no…

     -O desde que nos cruzamos en el hospital…

     -Nunca supe qué le dijiste- Me crucé de brazos y fruncí las cejas, mostrando enojo, un poco en broma y un poco en serio, al recordar esas cuestiones pendientes-. Nunca te metiste con mis amigos, pero con él…

     -El tipo no te hace bien, Ceci, me da mala entraña…

     Me reí de esa expresión tan poco profesional. Imaginé que debía estar yendo a su pueblo más seguido.

    

     En la fábrica me designaron la oficina de la empleada anterior. Todo había quedado tal como ella lo había dejado al jubilarse, pero ordenado en carpetas y fichas que indicaban con sus rótulos las tareas pendientes, los reclamos en vía de trámite o a iniciar, y una serie de recomendaciones escritas a máquina y corregidas al margen con agregados de una prolija letra de mujer con resabio de caligrafía aprendida en algún magisterio. Me hizo recordar a mamá. De pronto, me dio un vahído y tuve que sujetarme del escritorio, aunque estaba sentada. Fueron los recuerdos, probablemente, que llegaron en avalancha luego de haber quedado acumulados durante todo ese tiempo en que mi salud y la operación habían rezagado la memoria de mi madre a un casi segundo plano. Tomé la medicación, me sequé los ojos antes de que alguien entrara, y comencé mi trabajo.

     La habitación era angosta pero larga, y en las largas y altas paredes confrontadas había estantes repletos de folios y archivos. Al fondo, un ventanal que daba a la calle del Cabezón, así le decían los empleados. Entraba mucha luz todo el día, así que raramente necesitaba encender las luces, y eso lo agradecieron mucho mis ojos, sobre todo cuando después de las dos de la tarde y cuando el trabajo más urgente ya había sido hecho, me sentaba de espaldas a la ventana a leer las cartas que parecían de menos importancia.

      Me recibieron bien los empleados de la fábrica, el noventa por ciento hombres, por supuesto. Las mujeres eran del servicio de limpieza, con las que me encontraba al llegar en la mañana, repasando los pisos y sacudiendo el polvo de los anaqueles, o cuando pasaban al irme a almorzar. Sin embargo, cuando me quedaba a tomar simplemente un té o un café para terminar algo pendiente, alguna entraba sin golpear la puerta, primero sorprendida y luego ya habituada a mis costumbres, pedía disculpas y pasaba el trapo de piso a mi alrededor y bajo el escritorio, sin que yo interrumpiera mi trabajo en la Remington que mi antecesora había cuidado como una reliquia y funcionaba mejor que cualquiera de las modernas. Una vez, mientras una de las mujeres limpiaba, y viendo cómo me ensuciaba los dedos cambiando la cinta, me ofreció un trapo húmedo.

    -Gracias-le dije.

    -No hay por qué señorita-y vi que no pudo evitar echar una mirada de reojo a mi pierna cortada. Supe entonces el motivo de esas limpiezas que no correspondían a los horarios habituales. Algo me habían dicho antes, pero yo no conocía por esos días las costumbres. El entrar mientras yo trabajaba, limpiar bajo el escritorio a la vez que escribía, y sentir el escobillón o el trapo de piso rozándome mi único zapato. Ellas, y no los hombres, fueron las que me hicieron sentir diferente. ¿Se los debo agradecer? Tal vez, porque a pesar del poco tiempo que llevaba ahí, ya me estaba llegando a sentir bien, casi casi relajada y aceptada. Y casi, por instantes, feliz.

     En el comedor, grande y de techos altos, de aspecto algo conventual, desde las doce hasta la una y media de la tarde, el bullicio y el ruido eran atroces. Los obreros y los empleados administrativos, los jefes y los capataces, todos se mezclaban y se sentaban en lo que parecía un tapiz modernista, para quien viese el comedor a cierta distancia. Largas mesas viejas y fuertes, y sillas de cualquier tipo, algunas originales del mobiliario, otras compradas a la mueblería a dos cuadras, de cocina, otras de mimbre como de patio viejo y a las que adiviné traídas por los hombres desde sus casas, y otras desvencijadas, que provocaban la risa cuando el ocupante ocasional se caía al suelo de espaldas. Todos reían, todos hablaban fuerte, salvo lo que, como islas, hacían silencio mientras comían, solitarios. La primera vez que entré, me miraron, en su mayoría, siguiendo mis pasos de pie y muleta, con el sonido del taco bajo contrastando con la punta de goma de la muleta. Era un ruido impar, una especie de ritmo que molestaba a los oídos acostumbrados a la música armónica. Me quedé parada por unos segundos ante esas miradas y el silencio abrupto.

     -Lo lamento-dije. Casi se me salieron las lágrimas, aunque en mi alma sentí ira y furor, los dos luchando por imponerse y finalmente, cansados, dejaron pasar a la amargura.

      -No importa, señorita-dijo Pedro, al que no había visto entre tantos otros, vestido con el mameluco azul y lleno de grasa. Se acercó sin tocarme, apenas acompañándome para hacerme un lugar a su lado.

     Nadie se atrevió a decir nada inconveniente desde ese momento. Miraban a Pedro antes de hablarme, pero luego ya no fue necesario. Durante ese día y los que siguieron, no hubo silencio ni un respetuoso resquemor, sino una complicidad que me hizo bien porque no implicaba diferencias. De todos modos, alguna broma chabacana y de contenido sexual se filtraba, y rompía a veces la monótona rutina del respeto. Las otras pocas mujeres que trabajaban en administración y recepción, o las telefonistas, me hacían de lado, intentando llamar la atención que de repente creían haber perdido por parte de los hombres. Ellas buscaban la diferencia, la chabacanería a la que hacían remilgos pero que necesitaban para sentirse, tal vez, mujeres en ese mar de hombres. Porque nosotras no éramos nada con nuestro silencio autoimpuesto, y la coquetería apenas insinuada para no ser malentendida. Tres eran secretarias y oficinistas, tal vez eran solteras, o viudas o vivían con sus padres. Dos eran casadas y tenían hijos grandes, fueron las únicas que me hablaban en el baño de mujeres, un cuchitril improvisado luego de muchos años de reclamar.

     -Te quieren porque no te ven como a nosotras-me dijo una de ellas, mientras se miraba al espejo oxidado donde no entraba más que su cara gorda, intentando maquillarse.

     Yo me levantaba del inodoro, haciendo malabares por no caerme al subirme la bombacha y agarrar la muleta. Tal vez, me viera por el espejo, no lo sé. Luego entró otra , se sentó y me miró un rato.

     -Tendrías que reclamar que te pongan un soporte en la pared-. Sin mirarme más, se puso a fumar.

     La otra se rio y se dio vuelta.

     -Perdonáme, pero ésta no sabe lo que dice. Tardamos quince años en lograr que los jefes arreglaren este lugar para nosotras. Antes teníamos que ir al baño del bar de la avenida, o meternos en el de hombres, que ya estaban acostumbrado a vernos pasar a los cubículos mientras ellos orinaban en los mingitorios, o quien sabe lo que hacían.

     Se rieron, no les hice caso, pero antes de salir, me acordé lo que la otra había dicho al espejo. Fueron sus risas las que me provocaron.

    - ¿Qué quisiste decir antes, cuando dijiste que me quieren cuando no me ven como a ustedes?

    La otra, que se llamaba Cintia, creo, pensó un rato.

    -Ah, cierto, es por eso…querida-dijo, señalando la muleta con el lápiz de labios. -No te ven como una mujer, en el mal sentido por supuesto. Vos trabajás tranquila, a nosotras no nos dejan en paz.

    Escuché la risa desde el inodoro tras el humo del cigarrillo.

    -Eso quisieras, vieja.

    Cuando salí, escuché que discutían.

    Sí, los hombres me veían como uno de ellos porque yo no hablaba de maquillajes ni de chicos ni de vestidos o de artistas. Se corrió la voz de que escribía y de que era periodista, y las conversaciones en el comedor pasaron de las parrandas que habían tenido los sábados, de las novias y de las mujeres del putero del fin de semana anterior, a las charlas de política, que nunca estuvieron bien vistas en ese lugar. Los jefes, que no hacían diferencias de rango, salvo por Aranguren, por supuesto, que almorzaba en su despacho, pero que sin embargo recorría las mesas dos otres veces por semana y apretaba manos y hasta a veces de sentaba a charlar. Algo turbio se olía en el ambiente político de la empresa, que, a pesar de ser privada, tenía conexiones que la enredaban con los gobiernos de turno. Eso se sabía desde hacía muchos años, pero eran cosas que yo me habían dicho periodistas que intentaron ser independientes y luego fueron acallados sin saberse más de ellos. Los obreros, entonces, que tenían mucho que perder, contenían sus inquietudes, que al fin de cuentas no les costaba mucho cuando podían hablar de mujeres y de sexo, cosas que les llevaba mucho tiempo de charla y quebraderos de cabeza, porque eran las mujeres eran difíciles de entender.

    De esa manera me lo explicó Pedro un día que me llevaba de vuelta a casa. Habitualmente me tomaba el colectivo, salvo cuando coincidíamos en el horario de regreso. Llegué a darme cuenta de que era un hombre muy importante en la fábrica. Vestido como uno de los tantos anónimos, daba vueltas por todos los sectores cuando terminaba su turno: talleres, depósitos, garaje, oficinas. Me di cuenta de que sus manos estaban callosas y con crónicas manchas de grasa.

     - No salen más, ¿no es cierto? -le pregunté.

     -Si me hubiera visto, Ceci, hace unos cuantos años. Tenía manos pulcras y uñas limpias, porque en la Fuerza eso es un signo de distinción. Ahora ya no puedo sacármelas de encima. Es la grasa que usan, ¡qué sé yo!

      No sé por qué, pensé en Lady Macbeth.

      -Pedro, ¿pensás que los muchachos me ven diferente a las otras?

      Reaccionó con un chasquido de lengua, enojado.

     -Ya le estuvo hablando la hija de puta de Cintia, ¿no? No le haga caso y no se haga mala sangre.

     -En parte es cierto, me parece, Pedro. Soy una especie de marimacho.

     Otro chasquido.

     - ¿Usted se vio en el espejo, Cecilia? Los muchachos me hablan porque saben que yo la traje, la ven linda, con ese cabello castaño y esos ojos color avellana, pero no se le animan. En parte es por la operación, ¿qué se le va a hacer? Pero también es por lo que conversan con usted, las cosas que dice. Es diferente a las mujeres ordinarias con la que tienen trato todos los días.

      Soy un monstruo de pensamientos, me dije.

      -Me tienen miedo.

      -La respetan.

      - ¿No es a veces lo mismo?

     Se encogió de hombros.

     - ¿Qué sé yo? Pero le digo una cosa. Los hombres como nosotros no somos nada con las mujeres ordinarias. Mi Dora es inteligente, ella escribe y tiene un mundo interior tan asombroso que no llego a entender lo que me lee, pero cuando va al almacén habla como si nada con las otras de chicos, de pañales y de la casa. Sin ella me habría muerto de angustia, y no sabe usted cómo no puedo perdonarme haberla desilusionado.

     No esperaba ese giro en la conversación. Estábamos llegando al Once, la avenida repleta de autos.

     - ¿Por qué dice eso?

     Otro chasquido, una aspiración como tragándose los mocos, y otra sacudida de hombros. Noté que la cicatriz de cráneo latía apenas, o fue mi imaginación.

      Algo le pasaba a Pedro, algo que él mismo no podía saber si estaba bien o estaba mal, pero era lo único que estaba a su alcance hacer. Me dejó sin respuesta en la puerta del edificio, y no se la reclamé. Me dio un apretón de manos. Cuando agarré las llaves del departamento, vi que tenía la mano derecha sucia de algo que no era grasa. Al entrar me limpié, pero hasta la mañana siguiente en que me duché, continué sintiendo el olor.

 

       La carpeta con cartas de reclamaciones pendientes se había ido llenando después de la jubilación de la empleada anterior. Pensé, al mismo tiempo que ponía en marcha otra vez las que estaban en vías de trámite, en ponerme al día con las viejas, en las que tal vez hubiera algunas importantes. Ese fue el pedido de Aranguren al final de mi primera semana. Entró después de golpear la puerta y esperar mi permiso. Ya me estaba haciendo el encargo cuando me vio sentada con una carta de dos meses antes. Me rogó disculpas.

     -Veo que no tengo que indicarle nada…

     -Por favor, dígame todo lo que considere necesario.

     -Así será, pero por lo que veo no creo que llegue a molestarla demasiado. La empleada anterior era una vieja achacosa, le había diagnosticado el mal de Alzheimer.

     Otra vez el furor.

     - ¿Y eso es un mal, señor Aranguren?

     -En una enfermedad, señorita.

     -Ya lo sé, señor Aranguren. De eso se murió mi madre hace poco.

     ¿Se excusó? Lo necesario para demostrar que las buenas costumbres estaban al alcance de sus manos para cualquier eventualidad. Detrás de sus ojos con anteojos pequeños, noté la bronca. Disfruté verlo simular que no le dolía.

     La carta que había empezado a leer tenía fecha de hacía dos meses, en pleno verano. Era de una mujer de Paraná. Estuve a punto de arrojarla al tacho de papeles luego de leer dos renglones porque comenzaba hablando de hechos familiares que en nada parecían venir al caso de una reclamación a la empresa, pero a salto de vista vi la palabra Frigidaire en medio de la página y un borrón de agua sobre las palabras siguientes. Me levanté y me senté en la silla junto al ventanal, dispuesta a escudriñar en lo que más adelante se me haría un acostumbre: excavar en la vida de las personas que escribían.

     No era un reclamo propiamente dicho, ni una petición de arreglos ni un cambio de producto o una queja por garantía vencida ni una simple necesidad de quejarse porque la leche del bebé se les había cortado por el mal funcionamiento del artefacto. Era una explicación, tal vez, una exposición de hechos por parte de una mujer evidentemente loca, o por lo menos traumatizada por la situación por la que había pasado y la había dejado postrada por una depresión de la que salía únicamente para conducirse en base a delirios, y que sin embargo le permitían expresarse correctamente en el discurso escrito. La gramática, sin embargo, pecada de falencias garrafales en algunas ocasiones, discordante con el vocabulario y los giros que denotaban una cierta educación. Esto se me fue aclarando a medida que pasaban las páginas, que eran veinte o veinticinco de letra menuda y apretada a veces, otras grande y torcida como la de un chico.

     Se llamaba Dominga y vivía en Paraná, de sirvienta, pero cursaba por la noche curse de la escuela primaria y eso cuando se lo permitía el sueño y los remedios que le daban. El trabajo era inestable, y era su culpa, lo reconocía, ¿quién iba a contratar a una cualquiera que llegaba tarde o se quedaba dormida mientras fregaba la ropa en el patio? Pero mal que mal, allí se daba mañas porque tenía unas hermanas de cuya obligación de familia sabía sacar provecho cuanto podía. Se había venido de Buenos Aires luego de que el marido la echara del rancho cerca de General Lavalle. La había echado por puta, pero ella no había hecho más que tomarse unos cuantos tragos en el almacén del pueblo. Lo que había pasado después, no se acordaba, pero ella hubiese querido que fuese mejor de lo venía pasando desde tiempo antes con Nicanor, su marido, que desde hacía mucho no la tocaba, y ni ella estaba segura de querer. Ella conocía a los hombres, sobre todo a los hermanos Espinoza, con dos de ellos se había juntado. Primero con el hermano, que se rajó un día después de matar al mayor de los tres, después con Nicanor. Ambos habían resultado asesinos, uno por mano propia, el otro, por estúpido. Habían comprado una heladera, y el marido y el chico habían ido a buscarla al pueblo. Cuando volvían, el puente que cruzaba el río estaba cerrado. La corriente estaba crecida por en las lluvias del invierno, las mismas responsables de los campos inundados. Nicanor decidió cruzar con la camioneta, que era fuerte, se la había comprado hacía poco al último patrón para el que había trabajado, en la que iba de un lado a otro por los pueblos y las rutas de la provincia. Cargaba fardo y reses que daba gusto verlo. Pero ese día la camioneta se atascó. El hijo se puso al volante cuando Nicanor bajó a empujar. Y cuando estuvo desprendida de las rocas, la correntada se llevó la camioneta y al chico, y él, como un tarado se había quedado atascado con el pie en una roca del fondo. El padre vivo y el hijo muerto. Ella no había encontrado más maneras para recriminarlo de su estupidez, las había agotado todas a lo largo de varios meses. Y cuando ya no supo qué decir, no necesitó hacerlo más, porque se dio cuenta que había vaciado de orgullo el alma de su esposo, que ahora era un borracho, un par de manos que no servían más que para darle golpes luego de que ella se vaciaba de injurias. Dos veces se habían metido en la cama después de muerto el chico, y en ambas él le había desgarrado y sangrado a fuerza de golpes. Para ella no era posible abandonarlo, y no sabía por qué. Él era el chico que ahora ya no tenía, el adolescente en el que había visto el futuro cuerpo del padre. Finalmente, un día se dejó ver o se hizo ver por las comadres del pueblo, que le llevaron el chisme a Nicanor. La Dominga, borracha, sobándole la entrepierna a uno de los tantos camioneros que paraban por allí, detrás de una mesa en el almacén de Saverio. Entonces la echó a patadas, arrastrándola hasta la ruta donde ella esperó la llegada del colectivo. Después, fue un deambular de ciudad en ciudad.

      ¿Para qué había escrito esa carta? me pregunté. No podía ser posible que culpase a la empresa por la muerte de su hijo. Era un desvarío completo, pero encontré la lógica de tal desvarío en los sentimientos que ella no expresaba bien, pero que nacían de los espacios en blanco. Esa carta era una especie de liberación. ¿Quién sabe que como se sentiría esa mujer luego de haberla escrito y puesto en el buzón del correo? Tal vez estaba igual, o tal vez se hubiese suicidado. Ahora que ya lo había dicho todo, no había más que decir. Cuando ya no hay argumentos, ¿dónde hallar los motivos de vida?

      Lo que me hizo conservar esa carta no fue solamente la curiosidad o la morbosidad escondidas bajo los rótulos de sentimentalismo o sensibilidad social, sino que yo recordaba el caso de los hermanos Espinoza porque Beltrame había cubierto la noticia durante varias semanas, intentando seguir el rastro de Pedro, el hermano de Nicanor, que había matado al hermano mayor. Había huido con un tipo alto y flaco y nadie lo vio más.

     Pedro, se llamaba, y eso había pasado unos diez años antes.

     El esposo de Dora era policía en esa época, en Buenos Aires.

     Pedro, el de la cicatriz que marcaba el fallido de su memoria.

     Habíamos hablado con Beltrame muchas veces sobre casos como esos, y él se había obsesionado durante un tiempo por hallar una conclusión plausible al planteo de si la falta de memoria del crimen puede exculpar al asesino. Yo sé que hay actos que ocultan otros, como capas de concreto, algunas echadas deliberadamente, otras por las curiosas obsecuencias de las circunstancias. El tiempo no cura nada y todo lo tergiversa, por eso sobrevive. Bernardo me habló una vez sobre un paciente que había operado porque la mujer que mató lo había apuñalado antes de morir, y el tipo sobrevivió a la operación. Nada es confiable en manos de los hombres, me había dicho, porque están hechos de carne, y la carne es tiempo. La carne es un espacio, un volumen, un tamaño, una medida. Se toca porque es una masa, y esa masa no existe en el infinito ni en lo atemporal. El tiempo todo lo perturba. El tiempo es un traidor que siempre avisa antes, pero habla tan bajo, tan sumisamente bajo, que ni siquiera los que lo escuchan pueden esquivarlo. Detrás del tiempo está el tiempo, como detrás de cada hora está otra hora. Si no podés vencerlo, le dije a Bernardo esa vez, está bien traicionarlo. El tiempo es nuestro Dios, Ceci, me dijo, el dios de los médicos, quien otorga y quien quita, y no está bien traicionarlo.

      Pero yo sé que hay una forma.

 

    Todas estas conjeturas sobre Pedro se impusieron en mis pensamientos de una manera proverbial. Dejar fluir mi imaginación me parecía absurdo e infiel de mi parte a esa pareja que tanto me estaba ayudando. Dora, con su apoyo desde la época del diario y su ayuda incondicional al venir a casa todos los días luego de mi operación, y Pedro, al conseguirme trabajo. Pero cada vez que me lo cruzaba en la fábrica o me llevaba en su auto, yo veía un aspecto diferente, y no se trataba exclusivamente de las manías de mi imaginación, sino que reconocí luego de tanto tiempo esa intuición que me había llevado muchas veces durante mi trabajo de periodista a captar ciertas reservas de los entrevistados traducidos en signos, fuesen movimientos involuntarios de los ojos, arrugas de la frente o gestos de las manos. Pero casi siempre era lo que no decían lo que me revelaba lo que pensaban, casi como si pudiese leer sus labios cerrados. ¿Brujerías como la de mi prima Leticia? No, simplemente lo que damos en llamar intuición, que es nada más que la concatenación de asociaciones previamente comprobadas en variadas ocasiones anteriores. Los hombres y las mujeres somos animales de costumbres, somos más reflejos e instintos que pensamiento elaborado. Por eso la carne prevalece, con sus nervios y la sangre que los alimenta.

      Desde que yo no pasaba mucho tiempo en el departamento, Dora venía a ayudarme con las cosas de la casa algunas noches, una o dos horas, y a veces para conversar de cualquier cosa. Me preguntaba cómo me sentía. Si no fuese por mi pierna y la eterna lamentación de mi cuerpo, yo habría contestado que feliz. No había llamado a Leonardo González desde hacía un largo tiempo, y no necesitaba de morfina ni de otra droga. El trabajo ocupaba el tiempo de mis pensamientos, las cartas eran una especie de terapia donde veía pasar casos clínicos uno tras otro, y en cada uno intentaba hacer un diagnóstico. Estuve tentada varias veces de preguntarle a Dora sobre Pedro, cómo lo había conocido, si le había hablado alguna vez de su infancia o lo que había hecho antes de ser policía. La única vez que me animé, casi termino con nuestra amistad, y aunque no fue así, ya no fue la misma.

      Ella estaba cansada. Uno de los chicos se había caído de un tobogán de la plaza y se había golpeado la cabeza. Estuvo internado dos días en observación porque se había desmayado al caerse. Ya estaba bien, pero medio lento en sus reacciones. Tenía miedo, me dijo, que quedara tarado como Pedro. Entonces vi mi oportunidad.

     -No te preocupes, los chicos tienen un gran poder de recuperación, Bernardo me lo dice siempre. Y decime, ¿cómo conociste a Pedro?

     Estábamos en el sofá, con la televisión encendida, pero sin volumen, Roberto Maidana hablaba probablemente de fútbol o de la guerra fría, un jugador melenudo corría una pelota y al segundo siguiente aparecía Nikita Jrushchov.         

      -Trabajaba en el diario en ese entonces, en noticias generales. Todavía no estaba de moda el feminismo ni la reivindicación de la mujer, cuando aparecieron los suplementos dedicados a nosotras, que no hicieron más que encasillarnos todavía más en los lugares comunes. Yo cubría cualquier cosa y nadie me decía nada. Un día me pidieron que fuere a averiguar algo sobre la desaparición de una mujer en General Lavalle. La gente y los vecinos de la casita a medio construir donde la mujer había vivido no supieron decirme nada más que tenía un amante que la visitaba de vez en cuando, y cada vez que venía construía colocaba unos ladrillos y volvía a irse hasta un mes después, cuando ponía más ladrillos, pero seguramente se esforzaba más en poner otras cosas menos constructivas en la cama-. Ella se rio, yo no pude.

     -Algunos dijeron que el último domingo que la vieron por el barrio, el hombre fue con un amigo y pasaron todo el día adentro. El lunes, el hombre estaba solo y no vieron salir al amigo ni a la mujer. En la comisaría me dieron las evasivas de siempre.

     - ¿Y por qué le dieron tanta importancia, entonces, como para mandarte a averiguar?

     -Porque me dijo el director de prensa de ese entonces que el mismo tipo que había matado a un hermano por la misma zona había sido reconocido como el amante de María, así se llamaba la chica.

     - ¿Y cómo se llamaba él?

     -Pedro Espinoza. -Dora se rio, otra vez, incómoda. No le gustaba la coincidencia del nombre. -Como mi Pedro…y a él lo conocí en La Plata. Porque te digo, averiguando supe que habían visto a dos tipos parecidos en una camioneta en camino a La Plata. Era muy improbable que fueran los mismos. ¿Vos sabés cuántos hombres ven de pueblo en pueblo haciendo trabajos temporarios de cualquier cosa? Y casi todos son muy parecidos, pelo oscuro, flacos pero de cuerpos duros por el trabajo en el campo, con boinas y botas, y barbudos. Silenciosos la mayoría cuando no están borrachos, y aun así son poco comunicativos.

    Dora respiró profundo, pensando, recordando.

    -En La Plata fui a la comisaría donde un colega tenía un amigo que le pasaba datos para el diario. Me encontré con él, y resultó ser mi Pedro. Era joven, diez años menos, no demasiado, pero sí mucho para lo que pasó después. Recién se había incorporado a la policía, unos meses antes. Nos gustamos desde el principio. Al verlo con esa cara morena, el uniforme, el cuerpo esbelto y las manos velludas ya me estaba imaginando encamarme con él. Y él, ni te cuento. Nos citamos en un barcito cerca de la Catedral. Vino de civil, y estaba más apuesto todavía. Hablamos del caso. Me dijo que encontraron los restos quemados de la mujer y su amante en un pastizal en un baldío. ¿Y el otro hombre?, le pregunté. ¿Cuál otro? Me habían dicho que eran dos lo que estaban con ella ese último domingo. Pedro se rio, incómodo, no sabía cómo hablarme directamente, decía que yo era mujer, y le contesté que también era periodista, pero Pedro era entonces un hombre de campo todavía con resabios de un machismo a ultranza. Pensaba que los oídos de las mujeres decentes no están preparados para ciertos hechos. Bueno, pucha, me dijo. Los dos tipos la compartieron, ¿me entiende, Dora? parece que se pelearon. El amigo de la amante se fue a la noche, lo vieron un par de vecinas que se levantan a eso de las cuatro para empezar sus faenas, lo vieron correr como una sombra flaca y los perros le ladraron más que a cualquier otro hombre. Parecía la muerte, repitieron ellas. Las supersticiones del campo, Dora ¿qué se le va a hacer?

     -Entonces-le pregunté a Dora-. ¿María y Pedro fueron asesinados por ese hombre flaco? ¿Por venganza? ¿Puro crimen pasional? ¿Y nunca lo encontraron?

     -Pará, pará un poco. Una cosa a la vez. -Frunció la frente y me preguntó:

     - ¿Por qué tanta curiosidad?

     -Nada, simplemente… ¿qué sé yo? Gajes del oficio, como quien dice. Pero dale, contáme…

     -No se supo nada más, Ceci. Al supuesto asesino nunca lo encontraron, era flaco como la muerte fue el título de la columna que me concedieron en el espacio de la edición del sábado. Caso cerrado. Pero así conocí a Pedro.

     Dora se acomodó en el respaldo del sofá, con la vista puesta en la pantalla muda, como evadiéndome y espiándome al mismo tiempo.

     Tuve que preguntarle. No me era posible evitarlo, no pude tolerar la vista de esa mujer que deliberadamente se mentía a sí misma para mantener la ficción que la hacía feliz. Yo idolatraba la verdad, porque más que destruyera a medio mundo, a mí inclusive. Si mi cuerpo no tenía piedad de mi alma, si mi cuerpo era una confesión inquebrantable de cada dolor en cada minuto de mi vida, por qué los demás debían perpetrarse tras el frágil parapeto de las excusas, o del simbolismo de la maternidad. ¿Todo por proteger a los hijos? ¡De qué? La verdad se disfraza, pero siempre acecha.

     - ¿Vos sabés, Dora, cuál es el apellido de a madre de Pedro?

     Me miró con resentimiento.

    -Estuviste revolviendo en la basura…

    -Si así llamás a las bibliotecas y los viejos diarios de hojas medio pegadas por la humedad…

    -Palacios, se llamaba la madre. Era madre soltera- me dijo, atajando mi próxima pregunta. - El padre se rajó, me dijo Pedro.

     - ¿Y vos le creiste?

     -Le creí todo, Cecilia. Al final de ese mes que nos conocimos, yo ya estaba embarazada del nene que acaba de salir del hospital, y que tal vez se quede tarado para siempre.

     Desde entonces Dora hablaba conmigo por teléfono, cuando yo la llamaba, y no volvió a visitarme.

 

     Yo no dudaba de quién fuera realmente Pedro, pero había puntos débiles en mis sospechas ya demasiado fundamentadas. Sobre todo, me inquietaban los motivos, la aparenta sinrazón de sus actos. Y lo primero que debía dilucidar era si su afasia era verdadera. Para eso inventé un rudimentario plan que bien podía fallar y ser muy endeble en sus resultados ciertos, pero me daría pautas para guiarme.

      Uno de los tantos días que me llevó a casa luego del trabajo, le dije al bajar de la camioneta:

      -Pedro, necesito un favor.

      -Dígame, señorita.  

      -Pedí un préstamo en el banco, y necesitaría que me firme unos papeles como garante.

      -Pero ya sabe que no puedo escribir. ¿Quiere que le hable a Aranguren?

      -No, no quiero pedir favores a gente que apenas conozco. Yo pongo el nombre y usted hace un garabato.

       Cedió y subimos a departamento. Hablamos de los chicos mientras hacía un café y busqué uno formulario cualquiera en mis cajones.

       -Acá tiene, Pedro.

       Le di una birome y esperé. Si realmente no podía leer, haría el garabato sin mirar. Pero miró la hoja unos segundos, como quien lee rápido y salteado. No levantó los ojos para mirarme. ¿Fingía? Probablemente. Dora podía haberle prevenido de mis sospechas, o simplemente era demasiado inteligente para delatarse con una mirada. Firmó, haciendo una figura casi infantil. Me pregunté cuál era realmente su ficción: si sentía vergüenza por no saber leer y fingía intentar hacerlo, lo cual formaba parte de su personalidad entontecida y sumisa, o se había dado cuenta de mi trampa e intentaba seguirme la corriente.

     -Gracias, Pedro. Acá puse su nombre y apellido completo. Pedro Espinoza, ¿está bien?

     Entonces levantó la mirada y puso la taza de café sobre el plato, que se quebró.

     -Perdón-dijo.

     -Lamento haberlo sorprendido, Pedro, pero no tuve más alternativa que inventar esta estratagema. Llámelo, si quiere, trampas de periodista.

      Se levantó y dio vueltas alrededor del sofá, como un animal enjaulado. No dejaba de mirarme, y yo lo seguía con la vista, apretándome la pollera con las manos sudadas. Parándose detrás de mí, me dijo:

     - ¿Sabe que hay cosas que no me acuerdo, Cecilia?

     -Así me han dicho, Pedro.

     -Pero de las que quiero olvidarme, no puedo.

     -Suele pasar eso, lamentablemente.

     - ¿Y que esas cosas que no me olvido son un alimento amargo?

     -Seguramente, lo entiendo muy bien.

     -Mi corazón es amargo, Cecilia, pero es mi corazón, al fin de cuentas.

     -Sí, Pedro, ya lo sé. Y lo llevamos con nosotros siempre, y no nos deja olvidar. Es como un sabor amargo que siempre vuelve a la garganta, ¿no es cierto?

     Él volvió a sentarse.

     -Usted lo entiende muy bien. Cecilia. Dora perdona porque me ama, supongo…

     -O porque es demasiado realista para darse el lujo de que su corazón sea de otro material que de piedra.

     De algún modo, yo sabía que ese hombre no era un hombre, sino muchos.

     - ¿Quiere decirme quién es usted, Pedro?

     Miró la hora en el reloj pulsera. Lo golpeó suavemente con el índice como cuando las agujas se paraban.

     -Dora ya debe estar en casa con los chicos. ¿Quiere que me vaya?  

     -No estamos en condiciones de elegir, Pedro. ¿No le parece?

     Se reclinó en el respaldo del sofá, junto a mí. Puso los brazos sobre el borde, casi tocándome, y estiró y abrió las piernas como un marido cansado que se despatarra para descansar luego del trabajo.

     -Me junté con la Dominga ya antes de que mi viejo muriera. Era una puta, ya lo sabía, pero me gustaba demasiado para que no fuera mía. Tuvimos cuatro hijos en esos ocho años. Así la retendría en casa, me dije, y así fue durante un tiempo. El laburo del campo era demasiado duro, como siempre. Cosechas perdidas, hipotecas, enfermedades de los pibes. El más chiquito se murió, dijo el médico que nos habíamos olvidado de las vacunas. ¿Nos olvidamos? No me acuerdo. De eso se encargaba la Dominga. El día que lo enterramos nos peleamos. Me dijo que no era mío, después dijo lo mismo de los otros, pero se puso a llorar como una loca y se desmintió. Yo la agarré y empecé a abofetearla para que me dijera la verdad. Estaba enloquecido, ¿qué quiere? Ella decía que uno, después que el otro, hasta que ya no pude sacarle nada más que gritos y lloriqueos. Los pibes nos miraban. ¿De quién son, decime o te mato delante de ellos? ¡Del cura, ¿sabés?, del almacenero, y del doctor y del peón ese, ¡el flaco, que se me moría de ganas! Me desafiaba, por supuesto, pero ¿cómo podía negar que no fuera verdad? Me dijo que la cogían hasta hacerle ver el cielo y el paraíso y todas esas morondangas de puta redomada. Entonces la tiré al suelo, y como no podía matar la semilla de todos esos hombres, decidí matar a las flores.

     De eso nada se sabía, nada había salido en los diarios.

     -Los maté, y fue tan fácil como nunca había imaginado. Ella me miró envolverlos en la sábana y cargar el fardo en hombros hacia el campo. Me siguió, tropezando con los cardos, en plena noche, gritando sin que nadie le respondiera más que los perros. Los vecinos estaban acostumbrados a nuestras peleas, y además estaban lejos. Nosotros éramos dos monstruos que caminaban en un calvario por la oscuridad del campo. Los tiré al pozo ciego de una vieja cantera que se había derrumbado hacía tiempo, y que se seguía desmoronando en las grandes lluvias. Después, las inundaciones cubrieron todo. La Dominga se tiró al piso, llorando. Yo me incliné al lado un momento, arrancando cardos con raíces y todo, los deshice en mis manos y me lastimé hasta hacerme sangrar. Porque ellos no sangraron, Cecilia, mis manos estaban limpias, y eso no dejaba de preocuparme.

      Era demasiado, aun para mi mente avara de deseos retorcidos.

      -Pero no entiendo, ¿cuándo mató a su hermano Raúl?

      -Esa misma mañana me levanté con los gritos de mi hermano mayor, como si volviera de una guerra ganada en su tanque de guerra. No lo pude soportar. La Dominga estaba desnuda en la cama. La había arrastrado desde el campo y la ropa se le había roto con las piedras. Cuando llegamos al rancho le dije que ahora sí tendría hijos míos. Me la cogí toda, ¿sabe lo que eso, Cecilia? En la mañana, con el sol entrando a pleno por la puerta que habíamos dejado abierta, ella me seguía rogando que le diera hijos. Yo me reía, por supuesto, cansado ya de su cuerpo. Mientras me ponía los pantalones, vi a la distancia el tractor nuevo de mi hermano, y toda su familia feliz. Entonces saqué la escopeta de debajo de la cama, y salí.

      Eran las doce de la noche. Sonó el teléfono. Era Dora, que preguntaba si Pedro seguía conmigo.

      -Sí, acá está. Nada, Dora, se descompuso mientras manejaba así que se recostó en el sofá. Mañana avisa en el trabajo. Sí, ya sé que tenés que cuidar al nene, no está bien dejarlo solo. No te preocupes por tu marido, mañana temprano se toma un taxi o se va manejando si está bien. Por nada Dora. Sí, te lo cuido, no te preocupes.

      Pedro me miraba, mientras yo le devolvía la mirada.

      -Sé lo que está pensando Dora-me dijo-. Ella se aferra a eso para sobrevivir.

      -Hay muchas formas de hacerlo, Pedro.

      - ¿Va a llamar a la policía?

      - ¿Serviría de algo? ¿Acaso no está usted conmigo, oficial? Me ha dicho que nunca se deja de ser lo que se fue alguna vez. Los médicos, por ejemplo, siempre lo son, en cualquier momento y lugar. Y la mente que se ha habituado a sospechar, siempre lo hace. Y le es muy fácil aplicar los mismos recursos de los que sospechan. Como los médicos, por ejemplo, que pueden matar por lo mismo que pueden curar.

      -Ojalá la hubiera conocido antes, Cecilia.

      -Pero entonces no seríamos usted ni yo, o por lo menos uno de los dos no estaría aquí.

      -Sígame contando.

      -Estoy cansado y con hambre.

      Se levantó y fue a la cocina. Lo escuché abrir la heladera, abrir tarros, cortar algo y destapar una botella de vino que Bernardo guardaba para cuando venía.

      Trajo todo y lo puso en la mesa del comedor. Me ayudó a levantarme y sentarme en la silla, poniendo la muleta a un costado. Masticó los sándwiches con lentitud, la cicatriz se movía como un gusano adherido al cráneo.

     - ¿Quién era “el flaco”? -le pregunté.   

     -Se llamaba Norberto, nunca supe el apellido. Le decíamos Beto, o “el flaco” como le gustaba que le dijeran. Se metió entre Raúl y yo por el tema de las tierras y un montón de cosas más que mi hermano y yo teníamos pendientes. Éramos muy diferentes. Yo me parecía a mi padre en el carácter agrio y cerrado, pero él nunca mató a nadie, sólo quemaba tierras y condenaba a su familia a la pobreza. Raúl se le parecía en el físico, pero era inteligente y pensativo. El flaco sembró la discordia, y fue así como supe, de algún modo, qué era en realidad.    

     - ¿Cómo qué era?

     La una de la mañana. El camión de residuos pasó haciendo el ruido de siempre a metal y plástico. Luego, la sirena de una ambulancia.

      -La muerte, Cecilia, o un mensajero, a lo mejor. Usted no sabe, pero teníamos una hermana, y Raúl fue culpable de que se quemara toda. Se quedó muerta en vida. El flaco se encargó de Raúl, entonces, y yo fui su instrumento para hacerlo. Me usó, de alguna manera. Cuando lo encontré al flaco en el camino al escaparme esa mañana, me levantó en su auto y no lo supe reconocer porque siempre era tan parecido a sí mismo que descartaba cualquier posibilidad de que se tratara de la misma persona, ¿me entiende? Es como cuando vemos lo que buscamos delante de nuestros ojos, y no lo reconocemos. Es como una pérdida de la memoria, y recién cuando me dispararon llegué a comprenderlo. Sintiéndolo en otro aspecto más concreto de mis recuerdos, entendí la forma en que el flaco actuaba.

     Pedro ahora parecía un loco. ¿Volvía a fingir para excusar sus muertes?

     -El flaco y yo nos fuimos juntos. Iba buscar a María, y usted sabrá de ella, supongo. La llevaría a La Plata y empezaríamos una vida nueva. El flaco era un amigo, era un compinche. Me entendía. No poníamos en pedo y pasábamos delante de los destacamentos policiales como si fuésemos bebés recién nacidos. Llegamos y María nos recibió con un puchero. En la fábrica ella trabajaba desde la mañana, así que se levantaba temprano. Yo había empezado a laburar en la fábrica porque María me había recomendado, pero no era lo mío, y no sabía cuánto iba a aguantar. Tuve problemas, así que me cambiaron de sección. Me pusieron de sereno un sábado a la noche. Le pedí al flaco que me acompañara, tenía ginebra y vino, y nos dormiríamos hasta la mañana siguiente, total, nunca pasaba nada. No quiso, dijo que María le había pedido que no me hiciera caso, que tenía que mantener el laburo. El domingo a la mañana volví a la casa que yo había empezado a construir ladrillo por ladrillo. Los vi a los dos encamados, el flaco metiéndole la verga mientras ella estaba boca abajo, con la cabeza apretada contra la almohada por las manos del flaco. Entonces agarré la pala con la que hacía la mezcla de cemento y le di a meterle golpes en la cabeza al Beto. Se la destrocé, y no quedaron más que añicos de hueso y pedazos de cerebro en la cama. María también estaba muerta, le había cortado en la cara con la pala. Los envolví en la sábana y los cargué en el baúl del auto.

       - ¿Eso fue el domingo a la noche?

       -Veo que ha estado averiguando, Cecilia. ¿Me vieron salir?

      -Las vecinas dijeron que vieron salir a alguien flaco de la casa en plena noche.

       - ¿Ve lo que le digo? Yo no lo había matado al flaco, al fin de cuentas, sino una forma de su aspecto. Su alma flaca seguía libre, aun cuando yo creía tenerlo en el baúl del auto en camino a La Plata.

     - ¿Y por qué iba para allá?

     -Porque ahí vivía una prima mía, Clara Palacios, de la familia de mi vieja. Clara se había casado con Rodrigo Casas, un panadero que laburaba bien y progresaba. Me recibieron en su casa, pero dejé el auto a una cuadra. El Valiant viejo estaba lleno de moscas y necesitaba tiempo para deshacerme de los cuerpos. Cené con Rodrigo y Clara, y la nena que tenían, de ocho o nueve años. En la mañana empezaría a trabajar en la panadería. Rodrigo se fua a acostar. Yo vigilo el horno, le dije. El pibe que lo hacía habitualmente me agradeció y se fue a su casa. Fui al auto, lo llevé hasta la vereda de la panadería, bajé el fardo y lo metí en el horno. Eran la una y media de la mañana. Para las cuatro, cuando Rodrigo apareció, no quedaban más que huesos. Cuando abrió la puerta y sintió el vaho, me miró y dijo:

      - ¿Qué metiste, hijo de puta? Si me estropease el horno…

      Le expliqué. Se agarró la cabeza y se acodó en la mesada, lamentándose una y otra vez. Era mi cómplice, le dije, con toda la monserga de consecuencias y desastres. Al final accedió, las seis de la mañana, a amasar el pan como todos los días. Y a las siete y media sambos sacamos la primera hornada cocida con las brasas de los huesos. El primer cliente que entró fue un hombre que llevaba de la mano a un chico, y un perro se había quedado en la vereda, esperando.

     -Buenos días, Casas-dijo.

     Rodrigo, cabizbajo y sin deshacerse de su amargura, contestó:

     -Buenos días, coronel.

     Esa fue la primera vez que vi a Ángel Ansaldi.

      -Un kilo de la primera horneada, como siempre, Casas. ¿Pero qué le pasa hoy que tiene esa cara?

      -Nada, coronel-dijo, mientras yo ponía las hogazas en la balanza hasta llegar al kilo. - Las preocupaciones de siempre.

     -Ya veo, su mujer se va a poner bien, no se preocupe. ¿Y éste, un empleado nuevo?

     -Algo así- le dije, dándole la bolsa con el pan.

      Ansaldi cortó un pedazo y lo probó.

      -Algo diferente, ¿no? Parece pan con chicharrones, amigo.

     Casas sudaba, yo esperaba.

     -Creo haberlo visto en alguna parte, amigo- me dijo.

     El chico salió cuando el padre se lo indicó con un empujón severo. Mientras yo miraba al chico tímido jugar con el perro en la vereda que parecía querer más que a su padre, el coronel me decía:

     -Su fotografía está en la comisaría, amigo. Hasta ahora se escurrió muy bien.

     Seguía masticando tranquilamente.

     -Usted, Rodrigo, déjenos solos, y no se haga mala sangre.

     Una vieja golpeaba la puerta, Casas puso el cartel de cerrado. Ella se fue, protestando. Él se metió en la cocina.

     -Si es tan buen vigilante como panadero, puede serme útil, amigo-me dijo.

     “El flaco” había sabido cómo atraparme.

 

      ¿Cree el buen Pedro realmente en lo que dice? Hacer todo lo que hizo no puede ser exclusivamente una cuestión de supervivencia; tiene que estar convencido de que fue lo mejor que podía con las circunstancias que se le presentaron. No había rasgos de remordimiento ni sentimiento de culpa, simplemente una parsimonia acorde con lo que se considera necesario en cualquier momento, sea ir a comprar el vino para una cena o matar a alguien. Tan imprescindible uno como lo otro, sin importar el contenido moral de cada uno.

     ¿Era frialdad? No lo vi así, sólo austeridad de sentimientos y un implacable sentido de fatalidad. Pero sobre todo la flexibilidad de su memoria para amoldarse y remodelarse en base a las circunstancias, siempre atenuantes para cualquier acto, siempre exculpatorias. La memoria de Pedro se remodelaba luego de cada crisis, como un hueso que se fractura y se remodela anatómicamente hasta dejar indicios dudosos de la catástrofe. La flexibilidad del cartílago, tal vez, y la firmeza del hueso se alternaban en su mente hasta el punto de ser precisamente ella la que lo conducía por la vida. Sin recuerdos no hay remordimientos, sin éstos la culpa es simplemente una nube tenue que nos ronda toda la vida, blanca, apenas visible, y sólo esporádicamente turbia cuando se desgrana en una suave garúa molesta y transitoria.

     Los ojos de Pedro Espinoza me miraban ahora, desde el sofá, con esa turbiedad que, sin duda, lo estaba perturbando.

      - ¿Me va a denunciar, Cecilia?

     - ¿Cree, Pedro, que si yo pudiera hacerlo, usted me lo habría contado todo?

     -Usted piensa que le conté todo esto porque sé que no tiene pruebas y que nadie le creería. Usted se dice que estoy loco desde que me dispararon en la cabeza, y que como soy amigo del coronel Ansaldi, etc, etc. Pero yo no pienso mucho en lo que hago…lo hago y ya está.

      -Es una interesante norma de vida, Pedro. Me gustaría poder aplicarla, pero hay que nacer así, pienso.

      -Yo no siempre fui así. Quería a mi viejo, hasta que terminé odiándolo. Los golpes, la hambruna, el desarraigo, la tristeza, los gritos, los fracasos, y el olor del humo que nos rodeaba y nos seguía como si fuésemos ángeles del infierno. Mi vieja y el padre Macabeo así nos llamaban. Pobrecitos, decían, cada uno a su manera enfrentará la vida como pueda. Y yo soy el único que sigue vivo, ¿se da cuenta? ¿Puedo acaso renegar de eso?

     -Al contrario, Pedro. Debe sentirse orgulloso.

     Me miró con desconfianza, más bien contrariado y confundido, porque la confianza o su falta carecían de significados para él.

     - ¿Se está burlando de mí?

     -Para nada-le dije, encogiéndome en el sofá, apretándome la única pierna que me quedaba con los brazos y apoyando el mentón en la rodilla. Se me acercó. El olor de la grasa y de la nafta me hicieron claudicar, me parece. El olor de los talleres mecánicos siempre me envolvía en un halo de extraño, de perturbador abandono.

     -Usted es muy hermosa, Cecilia.

     -Debería irse, Pedro.

     - ¿Para dejarla sola para llamar a la policía? Yo la entiendo, es usted muy inteligente, y de algún modo a lo mejor logrará que le crean. Para mí serán momentos muy incómodos, y me gustaría evitarlos.

      - ¿Piensa matarme entonces?

      Se sonrió de un modo que habría calificado de cinismo si no considerase que su mente era demasiado simple para contemplar esos casi siempre inútiles rasgos de hipocresía y escabrosa educación.

      -La única forma que conozco de doblegar el espíritu es la laceración de la carne.

    ¿Podía ese hombre concebir tal idea, tal concepto abstracto casi rayano en una filosofía determinista y pesimista? ¿Heidegger y Nietzsche en un mismo hombre?

      Me levantó en sus brazos. Con uno me sostenía el cuerpo, con el otro la pierna, y una mano me acariciaba el muslo subiendo lentamente a medida que me llevaba al dormitorio. El reloj marcaba las tres de la mañana, a las seis y media sonaría el despertador para ir a la fábrica. No sabía si estaría viva para escucharlo, y sin embargo me preocupé por las escasas horas de sueño que me restaban. Vana y sutil preocupación que denotaba mi contradictorio espíritu, la ambivalencia que nunca pudo hacerme abominar de los monstruos.    

     Me acostó en la cama, me sacó la ropa, y contemplé la asimetría de mi cuerpo. El filo del bisturí me había lacerado varias veces, incluso con las manos de un hombre que me amaba. Ahora, en esa noche donde las cortinas del balcón con la brisa de la calle y las luces relampagueantes de los escasos faros, de la intermitente luz de mercurio, de los carteles luminosos a medio funcionar, en esa noche donde los altos arcos del Abasto eran el fondo de un cuadro pintado por un artista enfermo de tristeza, vi la sombra de Pedro, desnuda como la muerte, oliendo a sudor y goma quemada, a metal recalentado y cuero viejo. Escuché el rechinar de su cuerpo, como el de una máquina cuyas articulaciones se estuviesen engrasando a la vez que se recuperaban, hasta que se hizo el silencio y sonó, afuera, el motor del camión de basura.

     Sentí su barba en mi cara, los labios húmedos y cortados, el aliento del cigarrillo y del vino. Su cuerpo fue un ejército de metal, un fusil cuya evidente obscenidad no dejaba por eso de ser menos contundente. El orgullo de los fuertes es como el de los sabios. La seguridad se basa en la capacidad del instante. Por eso Pedro actuaba rápido y tan certeramente. Sabía que no iba a resistirme, que no iba a gritar ni dejarme lastimar más de lo que ya estaba.

      La laceración de la carne consistía en dividir el músculo en sus componentes esenciales: la carne y el nervio. Pedro a veces optaba por desgarrar la carne, que sucumbiría entonces en los dientes de los perros o se pudriría bajo la lluvia en un basural. Otras, optaba, quizá, por cortar el nervio, pero entonces la tarea era más delicada, como la de un vivisector, separando las fibras del músculo en busca de la esencia que iba a lacerar para interrumpir la vida.

     ¿Y qué podía hacer yo, si yo era mi cuerpo, si mi alma estaba impregnada de carne y se adhería a ella como medio de vida?

     Mi cuerpo, desde el principio, fue mi condena.

     En el cuerpo de Pedro sobre mí sentí el peso de la noche y la oscuridad de la muerte. Uno me aplastó hasta quitarme el aliento, y para cuando lo recuperé, ya mi espíritu estaba inválido como mi cuerpo. La otra me sumió en el extravío, y me condujo, como un perro viejo y ciego, por el atroz círculo de la desesperación.

 

 

 

5

 

 

Pedro se fue temprano, todavía no había amanecido. Me quedé despierta no sé cuánto tiempo, en la oscuridad, escuchando el despertar de la calle bajo el balcón. Miré el ventanal abierto como una salida que me llevaría a gente y lugares extraños, lo común y corriente pero desconocido para mí. Allí, la gente, sin conocerme, vería mi vulnerabilidad y mis impotencias, y sin preguntar primero ni juzgar después, me ayudaría. El Paraíso podría haber estado cubierto de asfalto ¿quién sabe? La tierra es más cruel, a veces, que el suelo construido por el hombre. La tierra asfixia, pero insiste en recordarnos la vida: agua, gusanos, semilla, y de vuelta el círculo que nos devuelve a la muerte. El asfalto no interroga ni contempla oportunidades, ni siquiera el pensamiento, lo que para mí es, de por sí, una especie de Paraíso recuperado.

      Pero no tenían fuerzas para levantarme ni ir hasta el balcón. Me dormí profundamente como hacía mucho que no me pasaba. Desperté después del mediodía, cuando ya el teléfono había sonado muchas veces inmiscuyéndose en mis sueños a veces como las bocinas de los autos, otras como los taladros de los obreros municipales en la vereda. Me levanté, como pude, a veces en cuatro patas, o en tres (perdón por los errores de la costumbre, la mente tarda en adaptarse a la realidad). Me metí en la bañera y estuve ahí una hora, tal vez, pensando en las diferentes formas de matarme. El agua tibia se enfrió y tuve escalofríos, y como dicen que el frío atenúa las exaltaciones del temperamento tanto como el descenso más profundo en las depresiones, de repente, sentí hambre. Y el teléfono volvió a sonar como la campanilla que llama a los internos de un hospital psiquiátrico a las comidas. El departamento de la calle Sarmiento volvió a su extenuante realidad, pero no por extenuante menos aliviadora de las penas como la trivial consolación de los santos. En algún lugar de mi biblioteca, Boecio me esperaba para consultarle. La calle Sarmiento, cerca del Abasto era una especie de paraíso privado donde la Caída en el pecado siempre tenía su lado bueno, poque mi imponderable Adán vestía de guardapolvo blanco cuando no estaba desnudo. Sí, el teléfono llamaba desde alguna parte y seguramente eran sus dedos lo que habían marcado el número.

     Salí de la bañera con cuidado, no sin caerme un par de veces. Las muletas las había dejado en la habitación. Me sequé sentada en el borde, me puse una colonia que Bernardo había dejado para después de afeitarse. Me desplacé por el baño hasta la cama moviendo el pie sano como una oruga y apoyándome en las paredes. Me puse una bata, y estiré la mano hacia el teléfono para llamar, y de pronto sonó.

     - ¡Bernie! -dije, sin dudarlo, y la garganta se me llenó de congoja.

     - ¿Señorita Taboada?

     Era Cintia, de la empresa, que hacía poco habían ascendido a secretaria de Aranguren, y lo celebraba haciéndome ese llamado de reconvención.

     - ¿No vino hoy?

     De pronto, me rebrotó el sarcasmo, y supe que me sentía mejor.

    -Si está hablando conmigo por teléfono, es obvio, a menos que tenga una doble allá y no la haya visto, Cintia.

    -No se pase de lista conmigo, Cecilia. Quiero saber por qué no vino a trabajar.

    -Tengo fiebre y escalofríos…

    -Sí, ya Pedro nos avisó temprano, pero no llegué a entender del todo cómo se enteró tan pronto, ¿a usted qué le parece? De todos modos, si no quiere que le descuenten el día, traiga un certificado médico. No le va a costar demasiado eso, tiene muchos amigos por lo que sé. Las cojas están de parabienes en estos tiempos.

     No alcanzó a escuchar el “hija de puta” con que la apostrofé, ya había colgado. La seguí insultando de pies a cabeza como si la tuviera enfrente, golpeé la almohada como si fuera ella, y volví a cansarme de tanta furia inútil, como siempre, a menos que trajera un cambio. Necesitaba serenarme, y la obligación de los remedios diarios me rebelaba por la absurda intrascendencia de sus efectos. Entonces revolví en el cajón de la mesita. Cajas, cápsulas y pastillas sueltas, ampollas de insulina, jeringas y agujas, gasas, alcohol. En el fondo, un poco de marihuana que ya no me hacía efecto, pero me faltaba cocaína. Era nueva para mí, por lo menos desde hacía un año o poco más que acostumbraba a utilizarla, pero, aunque sus efectos eran a veces contradictorios, tendían a rescatarme de un estado de abulia interna. Por fuera, seguía siendo un trapo de piso que deliraba, riendo y llorando esporádicamente, por dentro yo caminaba en un sublime éxtasis del cual pretendía rescatar la energía que me había faltado. Era una especie de larga estadía en una estación de servicio, cargando combustible para el viaje que me aguardaba en las rutas. Cuando los efectos se me pasaban, sus ecos persistían, aunque no eran tan ponderables como prometían serlo, y cada vez duraban menos tiempo. Por eso la resistencia que mi sentido común imponía a las sugestiones de Leonardo.

     Pensé en él, mi proveedor. No era un mal tipo, como decía Bernardo, era una especie de médico que sabía dosificar a quien vendía, o regalaba, como en mi caso. No eran un traficante, no necesitaba eso para vivir. De Brasil los Gonçalvez le enviaban dinero, pero era parte de su obligación mantenerlos al tanto de lo que pasaba de por esto lares cuando no escribía para el periodismo, actividad con la cual había intentado apartarse de de la herencia familiar, sin lograr otra cosa que involucrarse más profundamente, porque mientras más conocía la política y la sociedad de Latinoamérica, la idiosincrasia de los pueblos que la conforman, toda esa información le servía para prever, de algún modo, las próximas revuelta civiles, los inminentes descalabros perpetrados desde el exterior, fuese Norteamérica, Europa o Asia. Los norteamericanos, decía, tenían el invencible poder del dinero, Europa, las armas, los chinos, la conquista por la sumisión. Y todo eso que había llegado a aprender durante sus viajes y sus entrevistas, en lugar de explotarlo para desarrollar su carrera profesional, lo utilizó en beneficio del negocio de su familia, que indirectamente también era la mía. Se había dado cuenta de que todas las verdades que había llegado a ver eran contradictorias y tan complejas que no podían desenredarse sin que todo el edificio del continente se viniera abajo. Y para reconstruirlo ya estaban preparados los otros, los que habían traído las bombas envueltas en pliegos con nombres de contratos, primero, y luego de leyes.

     Sí, me dije, secándome las lágrimas con la almohada en donde Pedro había apoyado la cabeza. Llamaría a Leonardo, y hablaríamos de todo eso, y de paso, le pediría el favor de la inyección.

     Llegó a la noche. Mientras, me vestí, hablé con Bernardo, en cuya voz noté mayor preocupación por sus pacientes que por mí, y con Renato, al cual también percibí en la voz el vacío que la ausencia de mi madre producía en sus conversaciones. Leonardo llegó con su tez oscura, con el color de la ceniza oscura.

     - ¿Qué te pasa? - le pregunté al sentarnos en la cama. Los ojos le brillaban al mirarme, pero veían otra cosa.

     -Perdoná, Ceci, es que….

     Me di vuelta para mirar a la pared, blanca, medio sucia, y donde únicamente estaba el crucifijo que había quedado desde que los dueños anteriores se habían ido.

     -Debe ser muy valioso-dijo. Y a mi primera impresión de burlarme de él, me di cuenta de que hablaba con amargura.

     -No sé, estaba acá cuando vinimos con Bernardo. Nos pareció, yo qué sé, raro, y también nos dio una especie de inquietud quitarlo, sobre todo a él, que, a pesar de toda su ciencia, es a veces más supersticioso, religiosamente me refiero, que muchos ignorantes.

     -Ya sabés que de esas enseñanzas no se vuelve, como no se vuelve de un miembro amputado.

     Me lo dijo así nomás, como si me cortara otra parte del cuerpo. Si lloraba, no le importaría, él era tan cruel como el Dios que había matado a su Hijo, y al que ahora miraba con pena propia de los dioses, comprensible para los hombres únicamente con los parámetros de lo utilitario. Los que nos parece hipocresía o falsedad, tal vez sea algo más profundo que la verdadera pena, algo parecidamente lejano al dolor, por eso la carne nos ha sido otorgada para experimentar en cierto modo el dolor de Dios. ¿Quién ha dicho que Dios es etéreo porque está en todas partes? La carne está en todas partes. ¿Quién ha dicho que Dios no muere? La carne no muere como tal, sino que se transforma en tierra, fuego, agua y aire. Los elementos de la tabla periódica, los pocos que se conocen, son lo que llamamos carne. Son el dolor que nos recuerda la vida, y la muerte es una rememoración eterna de lo perdido. No se recupera la carne, se recupera el hueso sobre el que crecerá, sobre el que ejercerá la fuerza intempestiva y recalcitrante del hastío, la exigencia constante de lo maltrecho, y el eterno sinsabor de la frustración.

     -Es un Cristo deforme y retorcido- le dije a Leonardo-. A Bernie lo hace acordarse de los enfermos que debe curar, y a mí, a mí misma-. Me reí-. ¿Soy humilde no es cierto?

     No me contestó, siguió mirando el crucifijo.

     -Reconozco la hechura, es de unos indios del litoral, de Corrientes o de Entre Ríos porque no es muy antiguo, pero está hecho con detalles que estos indios tienen desde que vinieron del Brasil.

    - ¿Y por qué tenés esa cara, Leonardo?

    -Es que recién ahora veo al Cristo, no lo había visto antes. ¿Siempre estuvo colgado ahí?

    -Si, siempre.

    - ¿Y cómo es que no lo vi antes?

    Pensando, fue a la cocina, trajo dos vasos y sirvió la cerveza que había traído. Me miró y en sus ojos había un destello de descubrimiento.

     -Es esta maldita familia nuestra la que imprime estas sensaciones. Lo que para los otros son simples ensueños, para nosotros se convierten en obsesiones. Te habrá dicho el doctor que no existe la espontaneidad, que todo es resultado de un largo proceso. Los ensueños, como los sentimientos, son nada más que polvo, por decirlo de una manera, porque hasta para formar la sustancia del polvo se necesitan miles de años. Pero la realidad tal como la conocemos es producto de una múltiple serie de procesos y transformaciones, que también implican sus muertes y resurrecciones.

     -Pero vos no sos católico.

    -No seas ingenua, Ceci. El catolicismo como doctrina es un revoltijo de leyendas y mitos sacados de todas partes. Lo único envidiable de los curas es, o fue, su constancia en la lectura, y la casi sublime imaginación con la cual crearon sus espectros.

    -Los espectros dan miedo-dije.

    -De ahí, Cecilia, el poder.

    - ¿Y qué tiene que ver esto con la expresión de tu cara?

    Se frotó la barba de dos o tres días, y pareció despejarse.

    -Te conozco hace unos años, y a lo largo de ese tiempo no vi lo que te pasaba en realidad. Pero hoy, al verte así, quiero decir ya operada, cuando toda la arquitectura terminó de diseñarse.

     - ¿La arquitectura final de mi cuerpo?

     -Si así querés llamarla, o la construcción final con la que nos entierran.

     Me miró, otra vez acongojado.

     -Los Gonçalvez no somos simples recolectores de residuos, como a alguno de tus amigos le gusta llamarnos, ni simples enterradores. Vamos cuando ya sabemos que el caldo está listo.

     Solté una carcajada por esa expresión que rompía la solemnidad. Pero de pronto cedí, cuando pensé en el pus que me salía constantemente antes de la amputación, el caldo de cultivo donde se habían engendrado los gérmenes. Alguien, un dios menor, como los médicos, había venido a buscar mi pierna muerta. ¿Cuánto faltaría para el resto?

      -Todo esto parece delirio de un adicto.

      -Ya sé por qué me llamaste.   

      Y empezó a preparar la jeringa.

 

      Me metí en lo que él llamaba ensueños, inútiles en la construcción de la realidad, simples eslabones de elocuentes silencios en la música, pasajes en los duermevelas de las siestas o las mañanas. Ya casi no sentía los pinchazos luego de tantos y tantos que me hicieron en los hospitales, no para darme sustancias que podrían ofrecerme el paraíso sino para quitarme un poco más de la sangre que costó a mi cuerpo, o darme una droga que más que aliviarme el dolor, solía embutirme en un estado donde había una elemental conciencia de incipiente dolor, como una babosa que tuviera conciencia de la amenaza del escalpelo.

     Empezó a contarme de su vida. Leonardo había nacido en Bom Jesús, un pueblito al sur del Brasil, no demasiado lejos de la frontera con Misiones. Pueblo de estancias empobrecidas y de chabolas construidas a las veras de los caminos abiertos a fuerza de topadoras en la selva, no muchos años antes. Gente pobre en su mayoría, negros y mulatos, otros blancos de piel pero con sangre negra, mostrando en su conducta las reminiscencias de esclavos que difícilmente se borran, menos cuando el mundo a su alrededor sigue los mismos patrones de siglos antes, el paisaje suele cambiar más que las costumbres. Donde antes había árboles, ahora suele haber carreteras. Donde hubo un prejuicio, suele haber un dogma.

      Por eso la gente como él y los suyos, a falta de la educación formal de la que escuchaban hablar en la radio cuando iban al almacén del pueblo o en la camioneta de los que iban a vender cueros y carneados, o a los argentinos o paraguayos que los miraban con lástima mientras fumaban, preguntando si había escuelas en el pueblo. Nada de eso había, sino perros sarnosos que enseñaban cómo sobrevivir con huesos viejos y el agua de la lluvia en los lodazales, mujeres que iban y venían del arroyo a la casa con baldes y ropa, y zapas para cultivar verduras escuálidas, y hombres, muchos hombres en su mayoría silenciosos, pero de bocas abundantes en escupidas y fervientes de aguardiente, cuando había, sino para eso estaba el alcohol de quemar, que las mujeres sabían preparar con chicha y otros menjunjes. Ellas tenían el conocimiento para todo, ellos el cuerpo que lo soportaba casi todo. El trabajo en el campo, cuando las inundaciones lo permitían de vez en cuando, el desmalezado y el desbichado de todos los años, si algún tronco o una serpiente o un pantano no terminaba con ellos antes. También, las escopetas solían hacer de las suyas.

     Yo vi todo eso mientras Leonardo hablaba, con su voz de chico chico, de chico de nueve o diez años, desnudo y descalzo chapoteando por el barro entre las chabolas, seguido por el perro flaco y alto que era el único capaz de meter las patas en el lodo y poder sacarlas, hasta que un día se quedaba ahí atrapado hasta morirse. Leonardo se metía, entonces, por una abertura sin puerta, y entraba en una habitación de paredes y techo de chapa. En la mesa, platos, botellas y una cacerola con un cucharón. Él se sentaba, se servía de lo que fuera, y comía rápido y ansiosamente, vigilando si el padre, que tenía la cabeza apoyada en los brazos cruzados sobre la mesa, se despertaba de la borrachera. Podían pasar dos cosas: que lo mirara con furia y le pegara un bofetón fuerte, o que le metiera la cabeza en la cacerola y le diera golpes con el cucharón, riéndose. De una cosa o la otra, la furia o la diversión, nunca estuvo seguro cuál prefería el padre. El problema era que de la diversión no solía salvarlo la madre, que escuchaba y veía todo desde su lugar junto al horno de leña. Sólo intervenía cuando el padre le daba bofetadas hasta desmayarlo. Entonces ella se acercaba y le ponía al hombre una mano en la espalda, y él de pronto se detenía, perplejo, como si lo hubiesen quemado con hielo, quemaduras que recién le dolían al día siguiente cuando trabajaba bajo el sol, y todos, al mirar su espalda desnuda, se reían o se santiguaban, porque la mujer lo había marcado una vez más. ¿Cuántas vidas le quedaban por morir?, se preguntaban uno al otro, porque a él no se animaban.

     Yo pregunté, con voz gangosa y ojos cerrados, la cabeza en la almohada, rodeada de selva y espinos, de perros que me miraban, sentados, acostados, espulgándose o lamiéndose la sarna, observándome, esperando la comida. Pregunté, digo, cuántas vidas le quedaban. Leonardo contestó que tantas como ella quisiera.

     -Mamá quería al viejo. Había tenido otros hombres antes, pero ninguno le dio un hijo. El tipo que era mi padre se llamaba Eleuterio Gonçalvez, y no sirvió para nada más que engendrarme. Así me lo dijo ella cuando me curaba las magulladuras que él me hacía, porque las veces que a ella la había tocado, él aprendió, a las malas, a no volver a hacerlo. Le pregunté a mi vieja si yo podía aprender a hacer lo mismo, pero me dijo que para eso había que se mujer. Los testículos de ustedes, me dijo, son como dos cerebros que neutralizan al otro. Demasiada poronga y poco seso no sirven más que para procrear, y luego de vuelta a la tierra. Mi vieja era una Gonçalvez también, no sé de qué pueblo. Ellas son las que manejan todo, los hombres son los recolectores, los que van de un lado a otro que ellas designan. Por eso mi viejo tenía esos estigmas en la espalda. Cada uno era suficiente para destinarlo al basurero cuando ella quisiera, pero cada marca nueva abolía la anterior, y lo que ella creía una sentencia se fue convirtiendo en una condonación. Mi vieja un día se murió. Yo ya era grande, y un maestro argentino, un tipo amariconado que varias veces intentó llevarme a la cama, me llevó, sin embargo, a una escuela de Misiones y después a la universidad. ¿Si me acosté con él, querés saber? Sí, por supuesto, qué más da un hombre o una mujer si la calentura es la misma. El maestro era bueno y sabía un montón de cosas. Lo que no pudo hacer fue quitarme las manchas, que en realidad eran cánceres, de superstición. ¿Cómo explicarle, o más bien hacerle entender? Pero lo que él no podía comprender, lo dejaba pasar, como el río de Heráclito. Un día somos, al otro, chau, pibe, me decía con ese acento aporteñado. Márquez, se llamaba. Como te decía, un día mi vieja se murió como se tenía que morir, entre los rezos y los ritos de los Gonçalvez de pueblo pobre. Sin adornos, solamente unas cuantas manchas después de raparla, manchas que eran un mapa para que ella no perdiera el camino hacia la muerte. Podía perderse, a muchas les había pasado, y por eso andaban dando vueltas y molestando a los vivos. Mi viejo estaba ahí, parado a un costado de la puerta, flaco como siempre, de huesos y tendones marcados por el trabajo, fumaba y escupía. Todos lo miraban esperando que fuera a caerse muerto de un momento a otro con todas esas marcas en la espalda, que ya hacía mucho ella no le hacía porque yo ya era grande y no había vuelto a levantarme la mano. Me paré detrás de él, esperando el final del velorio. La luz del mediodía le iluminaba la espalda oscura, las manchas blancas que se notaban tanto, y que iban oscureciéndose a medida que pasaban los años. Pero la señal no se cumplía. Una tras otra, anulaban la anterior. ¿Pero la última, me preguntaba yo? Aunque siempre había querido preguntarle a la vieja, nunca me atreví. ¿Cuándo se muere, me dije tantas veces? No porque lo odiara, Ceci. No lo odiaba ni lo amaba, era simplemente aferrarme a la única fuente de seguridad que yo había aprendido en esa civilización a medio hacer, tan vieja y tan antigua como los primeros habitantes del Amazonas. Ninguno de los elementos que nos han enseñado en la escuelas o universidades, a vos, a mí y todos los que conocemos, tienen la más mínima seguridad de persistir: ¿el dinero?, me cago en el dinero; ¿la salud?, es una utopía; ¿la cultura?, lo más inestable que se haya inventado; ¿el sexo?, lo más ínfimo sobrevalorado; ¿el amor?, un clavo oxidado en el cerebro. Lo único cierto en esa chabola, como en tantas otras, era la concreción de las sentencias, la realidad de lo marcado. Pero mi viejo no se había muerto, a pesar de que el último estigma seguía blanco como una media luna invertida. ¿Entonces nada de todo lo que sabía era cierto? ¿Todo era una patraña, como había dicho mi maestro? Le puse una mano en la espalda a mi viejo, y se sobresaltó como cuando era ella quien lo hacía. Las viejas levantaron la cabeza de sus rezos cuando lo escucharon. Me miró con miedo, y entonces me abrazó. Fue la única vez en nuestra vida juntos. Éramos altos, éramos hombres negros, éramos fuertes. Al día siguiente enterramos también a mi padre. Supe entonces que no se había muerto antes porque mi vieja había decidido que estaba en mí condenarlo. Ella había sido algo así como la jueza, yo el verdugo.

     - ¿Y eso te molestó? -le pregunté, parada ante la tumba del viejo Eleuterio, apenas cavada en el barro, pronto a ser saqueada por los perros hambrientos.

     -Claro que sí, porque me hizo lamentar la pérdida de quien me pegaba, y terminar aborreciendo a la que amaba.

     - No es lindo que te conviertan en verdugo, ¿no? ¿Hasta qué punto somos responsables de lo he hacemos?

     - ¿No deberías preguntarte desde qué punto? Cuando terminan los otros, comenzamos nosotros.

     Me arrodillé en la tierra frente a la tumba. No había mujeres, a excepción mía, pero yo era nada más que una presencia del futuro, una entrometida que nunca estuvo, una falacia de la imaginación exaltada por la droga. Los perros, sin embargo, me miraban.

     -Nadie fue al entierro del viejo…

     -Nadie, Ceci, yo el cavé la tumba como pude.

     - ¿Y los perros de quién eran?

     - ¿Qué perros? Yo no vi ninguno.

 

     Dormí toda la tarde en un sueño lleno de selvas, agua y cielos cerrados. Escuchaba el agua del río correr incesantemente. Sé que me oriné encima, sentí el olor y se mezcló en mi sueño como si estuviera sumergida en charcos malolientes de los que no podía salir. Tenía piernas para levantarme, pero alrededor estaban los perros. Todos flacos y pelados, enfermos y hambrientos. No me gruñían ni me amenazaban, pero todos estaban parados, esperando impacientes. No movían la cola, sino que las tenían entre las patas, y si no hubiesen carecido de pelo, tal vez habría visto el lomo erizado. Me esperaban, pero me tenían miedo. ¿Cuánto más aguardarían antes de venir a buscarme?

     Desperté sacudida de un brazo, y escuché las voces airadas de Leonardo y Bernardo, discutiendo con furia, insultándose de una forma que empezó a provocarme risa. Estaba en la fase en que la droga me excitaba luego de haberme tranquilizado unas horas. Escuchaba a Bernardo acusarlo de asesino hipo de puta, de ser un delincuente que me estaba matando por dinero. Nada de eso era cierto, pero yo no podía hablar porque tenía la lengua pegada, como contraída, lo mismo les pasaba a los músculos de mis brazos y mi pierna. Leonardo no contestaba más que con gruñidos que parecían protestas en portugués. Ambos me sacaban la ropa mojada de orina y heces, luego las sábanas. Bernardo decía algo así como:

      - ¡Dejá, dejá, yo me encargo, ya hiciste bastante hijo de puta, si se salva de esta lo mínimo que te voy a hacer es aplastarte esa cara de negro de mierda que tenés!

      Fue él quien me levantó en brazos y me llevó al baño, mientras yo reía con los ojos abiertos porque no podía cerrarlos y con los brazos y los dedos extendidos como si quisiera señalarlos a ambos, o abrazarlos. Pero no me entendían.

      Bernardo me metió bajo la ducha.

      - ¡Llamá a la ambulancia!

      -No puedo-contestó Leonardo desde la puerta del baño.

      -Ya me imaginaba, le tenés miedo a la policía, pero más miedo me vas a tener a mí.

       A Bernardo se le quebró la voz, y lloraba con la cara contra mi cabeza mojada.

       - ¿No te diste cuenta, pedazo de mierda, de todo lo que toma? ¿No viste las cajas de remedios?

       Leonardo estaba casi blanco, y eso ya era mucho para representar su miedo.

      -Hay un modo, doc. Ya lo he visto muchas veces, tiene que creerme.

      -Ya lo sé, y todas esas veces zafaste como la mierda que sos, escondiéndote en los caños como un sorete que ni los perros quieren oler.

      No pude evitar reírme, las cuerdas vocales se me habían aflojado y yo reía llena de viento en los pulmones, pero de pronto el viento lo vació, y ya no entraba nada. Cuando se dieron cuenta de mi ahogo, Bernardo dijo que iba a hacerme una traqueotomía. Había dejado el maletín en el auto, dijo. Las manos le temblaban. De pronto, Leonardo le agarró las manos y le dijo:

      -Doc, confíe en mí, ya no hay tiempo.

      Bernie tenía en la cara ese amor que alguna vez me había tenido. Habría querido acariciarlo, pero mis manos eran duras como estacas.

      Leonardo entonces me levantó un poco, apoyándome la nuca sobre el borde de la bañera y se sacó de la boca un engrudo verde oscuro que había estado masticando toda esa tarde mientras me contaba de sus padres. Bernie hizo un último intento de evitarlo, pero cedió. Sentí que los ojos me explotaban porque no podía cerrarlos y que el engrudo se me pegaba al paladar para atorarme aún más la garganta. Esperé a que los perros se acercaran. Estaban en el baño, y muchos más seguramente en la habitación, y en el pasillo frente a la puerta. Y los que esperaban en la vereda, tal vez. Uno de ellos estaba sentado junto a Bernardo, y vi que él le acariciaba la cabeza sin dejar de observarnos a Leonardo y a mí.

     Entonces todo eso se acabó. Vino el viento con el olor de la menta fresca, y se llevó hombres y perros. Y me quedé sola en la bañera, respirando, por fin, el olor del almizcle.

 

      Me volví a despertar en la cama. Miré el reloj de la mesita, eran las tres de la mañana. Tiré el reloj al piso sin darme cuenta de que mis brazos estaban libres. Bernardo se despertó en la silla donde había estado durmiendo. Leonardo estaba del otro lado, despierto, y me sonreía.

     - ¿Qué me disté? -le pregunté. -Parecía almizcle.

     -Eso era, con otras yerbas, pero principalmente almizcle.

     -Es un afrodisíaco-le dije sin pensar.

     Bernardo, que se había cridado en el campo, que había escuchado tantas de esas cosas, que hasta su padre aceptaba cuando no podía resolver los acertijos de la ciencia de otro modo, volvió a enojarse. Sin mediar palabra, se levantó y le dio un puñetazo a Leonardo. Éste se defendió y se agarraron tirándose al piso, pateándose y golpeándose las costillas. Me senté en la cama, agarré una muleta y empecé a golpearlos, fuese quien fuese.

     - ¿Ya está bien, muchachos? Se sacaron las ganas de pelearse por una mujer. ¿Resabios de los viejos tiempos de caballeros? Hablaría mejor de ustedes si fuera un duelo a pistola con testigos y cirujanos al paso, y no como dos camorreros de mala leche. Pero ambos vienen del campo, qué se le va a hacer. Uno con tanta ciencia aprendida en los libros, otro con tanta filosofía social de cuña universitaria, y terminan en el piso revolcándose con la ignorancia. Dicen que es linda, que es voluptuosa, que es simple y se lo cree todo, que obedece y es sumisa a la más nimia indicación. Por eso les gusta a los hombres, con ella ustedes no necesitan pensar.

     Obviamente estaba en la fase de la verborragia, últimos resabios de la sobredosis. Los dos se habían detenido y me miraban.

     -Parecen dos gallos de riña. El doctor y el periodista peleándose por una mujer que se está muriendo. Si dan risa, ¿no me ven? Si no puedo parar…

 

     Bernardo me dio un sedante. En la mañana, Leonardo ya no estaba, lo mismo que el olor a almizcle. Sentí el aroma del café desde la cocina.

     -Bernie, ¿sos vos?

     - ¿Y quién va a ser? -me contestó su voz cansada. La resignación era su estampa, y lo había marcado de por vida.

     Cuando trajo el café en una bandeja, con medialunas calientes que había ido a comprar a la panadería de la esquina, le dije:

     -Nada te obliga a seguir aguantándome.

     Se acostó en la cama, como en los viejos tiempos, se había duchado y llevaba únicamente el calzoncillo. Me rozó la cara con el dorso de su mano.

      - ¿Vos todavía me querés? -le pregunté, por toda esa escena novelesca de celos de anoche.

      - ¿De qué te acordás?

     -De todo.

     - ¿También de que estuviste a punto de morirte?

     -De eso, sobre todo.

     - ¿Y de que no fui yo el que te salvó, sino el negro ese?

     -No seas despectivo.

     -No lo soy, creéme, que le diga negro es una realidad tanto como que en ese momento supo hacer lo que yo no. Conmigo te habrías muerto. ¿Sabés lo que dicen en el campo? Yo también sé de esas cosas, no todo es tecnología en estos tiempos. Si alguien te salva la vida, estás atado a esa persona para siempre, y si es un afrodisíaco como el que te dio, ya no vas a pensar más que en él. Aunque no fuera su intención primera, Ceci, era su ciencia escondida.

     -Son celos Bernie.

     -Sí, son celos. Pero algo conozco a los hombres.

     Me dio una medialuna para morder, él mordió la otra mitad. Me besó.

     No le conté de Pedro. Los olores habían desaparecido con el viento, junto con el hombre negro y los perros que lo habían acompañado.

     Me acarició todo el cuerpo, que tan bien conocía. Las manos del cirujano y las manos del amante a veces se parecen. Los hombres conocían tan bien mi cuerpo, que en ocasiones me desesperaba. Pero otras, como ahora, me deleitaba.

     Uno venía a limpiar los residuos del otro.

 

 

 

6

 

 

Aunque pude haberme reincorporado al trabajo antes, Bernardo quiso que esperase quince días al menos. No me preguntó por qué Dora ni Pedro habían vuelto. Renato se encargó entonces de venir a ayudarme en algunas cosas de la casa, o simplemente para acompañarme. Prometió, un día mientras hablábamos por teléfono, no entrometerse en mi vida, llamar siempre antes de venir y no presionarme. Reconocía en mí la terquedad de mi madre, virtud más que vicio cuando de ella se trataba, aunque no estoy segura de que pudiese aplicárseme. Casi siempre mi obstinación era motivada, sino por la ignorancia o la impotencia, por la inseguridad.

     Es peculiar mi falta de amigas, de esas que cualquier mujer de medio pelo suele tener, aunque no sea más que para hacerse confidencias que en realidad nada resuelven y lo único que hacen es producir un simulacro de compañía, pero suele satisfacer la necesidad de quienes creen que no es conveniente dejar a alguien enfermo con sus propios pensamientos. Después de tanto lidiar conmigo y mi temperamento, Bernardo había encontrado en ese recurso una especie de tabla salvavidas para su propia tranquilidad. Pero era difícil luchar contra esa costumbre de mi soledad, el cómodo aislamiento en mi propio reducto, ¿mi propio laberinto?, de pensamientos que se alimentaban de sí mismos. Lo reconozco, eso era lo curioso y lo enfermizo. Con el correr de los años, mi propia mente fue convirtiéndose en un ave de rapiña, y lo que es peor, se hizo autófoga, como mi cuerpo.

     No tengo amigas, no confío en las mujeres, y creo que la únicas con las que vale la pena relacionarse son aquellas con las que no se necesita hablar mucho para comunicarse. Y lo bestial de mi designio moral es que mi relación con los hombres no es amistosa, sino crucialmente hiriente. Yo soy quien les ofrece, y hasta en ocasiones los obliga a aceptar, el instrumento para lastimarme.

     Me miré al espejo antes de salir al trabajo, estaba flaca y tenía un leve rubor que hizo resaltar unas pecas que hace mucho tiempo no sobresalían en mis mejillas. El sol de las siestas de esos pocos días en el balcón lo habían provocado.

     Le entregué a Cintia el certificado médico, le echó una ojeada sin leerlo, sus ojos estaban fijos en un punto del papel, rumiando seguramente algún sarcasmo.

     -Espero que haya disfrutado sus vacaciones, Cecilia. En la oficina están los archivos pendientes.

     Era verdad. El escritorio estaba lleno de cajas de cartón con cartas de reclamaciones. No me asusté, sentí que ese lugar era mi sitio favorito, la entrada a un mundo repleto de hombres y mujeres abrumados por los números y las leyes que no sabían descifrar. Un cadete entró para sumar otra caja. Me miró con una sonrisa de disculpa.

    - ¿Dónde la dejo, señorita? -dijo, buscando con la mirada un sitio vacío.

    -En el piso, ¿y vos cómo te llamás? Sos nuevo, ¿no?

    -Andrés Giraldo, señorita.

     Es el apellido de Cintia, pensé, ya me puso un espía.

     -Gracias.

     -Si me necesita, chifle nomás.

     Parecía tener la sinceridad de un adolescente confundido, pero más me valía no confiar.

     Me puse a trabajar. Creí necesario empezar a ponerme al día con lo más reciente, las cartas pendientes ya estaban enfermas de tiempo y espera, y unos días más no cambiarían el diagnóstico. Durante toda la mañana leí rápido las reclamaciones que eran cortas y directas, fáciles de identificar por los sobres formales de algunas empresas, otros simples de casas de familia, pero que contenían una sola hoja de papel y de escritura escueta y lenguaje directo. No eran mis predilectas, pero fueron una especie de terapia alternativa para ir retomando el ritmo. Las contestaba con rapidez en la máquina de escribir, repitiendo la fórmula acostumbrada para tales trámites burocráticos, prometiendo la pronta resolución del inconveniente. Luego, cerca de las dos de la tarde, y con un sándwich de jamón y queso a medio comer en un plato junto a la máquina, ensobré treinta y cinco respuestas y me puse a escribir el remitente. Empresas Frigidaire, S.A.R.L. Entonces me di cuenta de algo en lo que no había prestado atención antes. Cuando firmaba al final de cada respuesta ponía el nombre del director: Arnaldo A. Aranguren. Él no las firmaba personalmente, por supuesto, sólo las que implicaban un conflicto serio o por tratarse de un destinatario de alguna importancia. Había un sello con su rúbrica, que fácilmente simulaba la firma con tinta azul muy. Yo estampaba el sello, doblaba la hoja y cerraba el sobre, apilándolos en un archivero que el cadete venía a buscar antes de la hora de cierre del correo.

      Las tres A del nombre del director me llamaron la atención. Me estaba dejando llevar por mi imaginación desconfiada y estrafalaria, que en todo le gustaba ver el germen de un complot. Pero los factores concomitantes no ayudaban a evitarlo. Los antecedentes políticos del señor Aranguren, evidentemente demostrados por la primera entrevista que había tenido con él, la supervivencia económica de la empresa en esos tiempos cruciales diría que desastrosamente conflictivos para cualquier emprendimiento o desarrollo, y la evidente relación con los círculos militares de los cuales recibía la ayuda necesaria. ¿Pero se trataba de ayuda para sostener la empresa que daba empleo a cientos de personas y colaboraba para mantener en pie la industria nacional? Los repuestos para las reparaciones venían del exterior, yo veía las cartas comerciales, y muchas de las reclamaciones que pasaban por mis manos no eran de consumidores, sino de empresas y negocios de nombres que me resultaban ficticios. Hombres y empresas de lugares que nunca había oído nombrar, con códigos postales que nunca encontré en las cartillas del correo o las Páginas Amarillas de Entel. Me limitaba a copiar los números escritos en los remitentes, contestar formulariamente y ensobrar.

      El relacionar al director con la Triple A simplemente por la coincidencia de sus iniciales era un absurdo, por supuesto. Pero ya mi madre me lo había advertido muchas veces, en esa organización había de todo. Bajo la supuesta lucha contra la izquierda y el peronismo se encubrían muy diversas orientaciones políticas y delictivas. Había hombres de derecha, había peronistas, había curas castrenses, también, y todo servía para ejecutar denuncias, exterminar opositores y derribar gobiernos. Pero todo eso era lo conocido, lo que no podía comprobarse era a veces tan cercano a lo que suele llamarse complots, negocios del mercado negro e intrigas internacionales que pronto eran subestimadas por la prensa oficial, que siempre tuvo gran eficacia en convencer al pueblo. Ese pueblo cada vez más enfermo de estupidez por la ignorancia y las drogas, sean éstas de cualquier tipo. Porque no solamente el alcohol o la marihuana y todas las otras de mayor o menor intensidad, sino las costumbres del hambre y de la pobreza también son drogas que producen dependencia. La ausencia de la educación es un vacío hecho por los creadores de masas: agujeros negros donde son atraídos los más pesados factores de la degradación. ¿Cuál es el gobierno que desarrollará la economía creciente? La utopía permanece porque es utopía. ¿La justicia social vendrá consecuentemente a tal desarrollo? Siempre hubo pobres, pero el número crece asombrosamente, como siempre hubo ignorantes, y el número se multiplica con alarma. Un maestro que sabe la mitad de lo que debe saber, es un delincuente, decía mamá. Ese es el parámetro, la vara con que medir a los otros. Quien tiene un arma en las manos, debería tener la bondad de un Dios. No entiendo, le dije cuando era chica, cuando me contaba eso mientras zurcía escuchando un discurso en la televisión.

      Ceci, me dijo entonces. ¿Entre dos males, uno mayor y otro menor, cuál elegirías? El menor, le contesté. ¿Y por qué? Porque es el que hará el menor daño. ¿Y quién te obligó elegir un mal, Ceci, sea mayor o menor? Nadie, le dije, vos me preguntaste. Entonces me reconvino: veo que yo también me equivoqué al educarte. Un ciudadano educado elige el gobierno adecuado, si yerra, no será exclusivamente su culpa, y su conciencia estará más o menos tranquila. La educación no está en elegir entre opciones sino en elegir lo mejor. La conformidad es mediocridad, la mediocracia, como quien dice. La democracia es el gobierno del pueblo, Ceci, no el gobierno de la ignorancia. Detrás de ella están los intereses. El poder o como quieras llamarlo, a veces esos nombres son ficciones para la fantasía novelesca de la gente, porque la imaginación no hace daño, querida, sino la inteligencia aplicada a esa imaginación. Y los inteligentes no son los ignorantes. La aristocracia no es oligarquía, sino su mal empleo, la aristocracia del poder debería ser la aristocracia del bien común. La educación no es una, sino la multiplicidad del pensamiento humano. Inabarcable, es verdad. Pero los hombres, contesté, cuando se quedó callada mirando la pantalla del televisor, chupándose la sangre del dedo que se había pinchado con la aguja, no pueden llevarse de acuerdo. ¿Y eso es tu excusa para no hacer nada, Ceci? La muerte tampoco puede ser evitada, y sin embargo vivimos como si fuésemos eternos. Las utopías existen cuando alguien las emprende.

     Mi madre, tan práctica, había sufrido esa filosófica transformación por la que suelen pasar muchos de los activistas de vieja cuña, aquellos de convicciones profundas, porque la realidad los ha mellado asidua e irreversiblemente, hasta sacarles toda la costra de protección, dejándolos desnudos, exponiendo el esqueleto de su utopía, lo único que persiste, a veces, si se lo conserva en un museo con el medio y las temperaturas adecuados, desempolvándolo de tanto en tanto. Pero muchos se han esmerado en enterrarlo, y ya se sabe lo que sucede. De los huesos de la utopía, nacen los gusanos de la ignominia.

 

     Por la tarde de ese y los siguientes días me dediqué a revisar las carpetas viejas, pero sobre todo decidida a deshacerme de los mamotretos y folios que se habían acumulado durante mi ausencia. Cintia los había hecho traer para hacerme la vida imposible, y usaba al chico de quince años, que era su hijo, para seguir sacando cajas y archivos viejos, aún de la mi predecesora en la oficina. Cuando vi las fechas ya medio borradas en las cajas, me pregunté la absurda lógica de su proceder. ¿No sabría ya que los descartaría apenas mirase la inscripción? Pero su objetivo era hacerme perder el tiempo, por supuesto. Conservé las cajas que según un memorándum de la dirección tenía que revisar en vistas a viejos litigios legales que todavía no habían prescripto. El formulismo de los abogados me hastiaba, pero cuando dejé de preocuparme por cada palabra y me di cuenta de que tras tanta retórica no había más que la mera superficialidad de las costumbres, fui descartando los reclamos viejos como si no hubiese hecho más que eso en toda mi vida.

     Creo que alrededor de un mes después, cuando las cajas ya habían desparecido luego de catalogadas y vueltas a cerrar, y el cadete venido a recogerlas, así como las había traído, encontré una de tamaño mediano, alargada como las de las galletitas embaladas antes de exponerse en las góndolas de los supermercados. Era una caja de La traviata, si no me equivoco. No tenía rótulos ni fecha, y estaba enmohecida. Distaba en aspecto de las demás, y me dije que tal vez Andrés la había apilado con las otras sin pensar más que en obedecer el pedido de su madre, que seguramente le había dicho (yo podía escuchar su voz en falsete intentando simular una intriga, o tal vez amenazando al chico, que al fin de cuentas no era más que de mediana inteligencia, diciéndole: llevále todo lo que encuentres, querido, a la señorita Cecilia, a ella le gustan los papeles. Claro que podía oírla con su sarcasmo y esa doble intención que el chico no entendería. Y él fue el instrumento que la delató.

     Pero no voy a adelantarme. Seguiré los pasos de todos aquellos días porque la trama requiere de cuidado y parsimonia. Las pistas son confusas y la red se teje de una manera que más parece una maraña.

      Abrí esa caja de galletitas donde sólo había cartas, todas con la misma letra manuscrita. La letra de un hombre. Los sobres tenían un destino internacional: Inglaterra, pero el sello era del correo a pocas cuadras de la empresa en Buenos Aires. El remitente decía: Adrián Giraldo, el barrio: Constitución, casi frente a las vías del tren.  Pensé un rato, y recordé las veces que Bernardo me había hablado de ese lugar. Los pacientes del Borda, me decía, me hacen bien, son, con sus locuras, un oasis de contradicción que me desvela de la rutina que me hunde en la locura lúcida de la angustia, para sacudirme y rescatarme, permitiendo que me asiente nuevamente en la tranquilidad de lo solvente: esa patraña de seguridad sin la cual todos terminaríamos en el suicidio. La vez que me dijo eso, lo miré asombrada de tal discurso alegórico, porque no me animé a llamarlo poético, preguntándome cuándo volvería a escuchar de él ese permiso que había fluir su pensamiento. Nunca más que elocuente silencio fue el resto de nuestra vida juntos.

      Me puse a leer las cartas un viernes a las cinco de la tarde. Ya los ruidos de los talleres habían muerto, y únicamente las puertas que se abrían y cerraban expulsando a los administrativos y los obreros a las calles. De vez en cuando, me llegaba el silbido de la sirena, más tradicional que reglamentaria para esos tiempos, y la voz de alguna radio que llegaba desde algún auto detenido junto al cordón, esperando a alguna de las secretarias. Era un discurso, y levanté la vista de la carta recién abierta. La voz de López Rega se alternaba con los gritos de la multitud en Plaza de Mayo, y luego la voz de Isabel Perón, trivial, redundante, sensiblera, remedando el recuerdo del General que había muerto no hacía mucho. La voz de ella formó su cuerpo y su traje asomada al balcón de la Casa Rosada.

     No entendí lo que decía, la voz de una mujer debe esmerarse para ser escuchada. La mayoría ve a la mujer y no el discurso, decía mamá. El caudillismo femenino no se diferencia del machismo más que en la gramática del género. Y esa música de ruidos fue el fondo intermitente de la voz de la carta. Un hombre, Adrián Giraldo, hablaba de su vida rutinaria junto a su esposa Cintia, de las peleas y las incomprensiones mutuas. ¿A quién están dirigidas las cartas? ¿A una amante que vive en Londres? ¿Una argentina expatriada? No me pareció. El destinatario suena impersonal, más bien parece una institución que una persona determinada. El tono de las cartas se va haciendo más intimista y personal con los meses. En algún momento hasta puedo verlo llorar y mis propias manos tiemblan sujetando el papel, como si ese hombre me transmitiese su inquietud a medida que escribe, que es la medida en que leo. El pasado reciente se hizo presente con una facilidad abrumadora, y no me di cuenta casi cuando la luz del ventanal había desparecido. Encendí la luz del techo y seguí leyendo. Un golpe en la puerta me interrumpió. Era el sereno.

     - ¿Todavía por acá, señorita?

     -Estoy poniéndome al día-le dije, señalando el ya habitual revoltijo de carpetas.

     -Avíseme cuando salga, así cierro.

     -No se preocupe. - El hombre viejo, sin embargo, no se iba. Señaló atrás de él con el pulgar.

     -Sí, ya sé, Pedro anda vigilando.

     Asintió en silencio y cerró.

     Pedro había evitado encontrarme en los pasillos, nos cruzábamos en el comedor o la entrada con una mirada que era como un escudo. Ni fría ni colérica, explícitamente amenazante.

     Las cartas se sucedían y yo no podía dejar de abrir una tras otras. Eran cincuenta, tal vez, era setenta y ocho cartas cuando terminé de contarlas, adelantándome al exquisito placer del argumento que tardé varios días en terminar. Peleas con Cintia y luego la desolación de su abandono, y entonces comenzaba el período más patético: el de la ensoñación. Porque ese hombre pensaba que una institución de Inglaterra lo llamaba para ofrecerle una especie de utopía: la vida en una pradera inglesa, de eternos e improbables pastos verdes, rocas bajas que se hundían en el mar cercano bajo el cielo azul manchado por nubes blancas como ovejas de un paisaje de Turner. La ensoñación bucólica era demasiado bella para ser cierta, pero precisamente en la fuerza de esa belleza se asentaba la verosimilitud que Adrián Giraldo le adjudicada. Y a medida que pasaba el tiempo, la necesidad fue haciéndose imperiosa como una adicción. Él soñaba con los campos de Inglaterra, y aprendió a traducir las cartas a las cuales las suyas eran respuestas. ¿Dónde estaban esas cartas? Las busqué en la misma caja y en las otras que habían quedado en la oficina, pero no las encontré. Eran las nueve de la noche cuando me quedé dormida, y desperté sobresaltada por el golpe en la puerta. Pedro se asomaba, preguntando:

     -Cecilia, ¿la llevo a casa?

     Vi su cara en la oscuridad. El sereno había cortado la electricidad como todos los fines de semana. La cara de Pedro era la misma de aquella noche en mi cama.

     - ¿Cecilia? -dijo.

     -Ya me voy en cinco minutos-contesté.

      Esperé a que cerrara la puerta. Guardé las cartas y escondí la caja bajo otras. Pedro esperaba en la oscuridad del pasillo.

      -Papá Renato viene a buscarme.

      En silencio, se fue hacia los talleres. No sé qué hacía a esas horas, y aunque siempre se quedaba hasta tarde, recién ahora me lo preguntaba. Revisaba el estado de las reparaciones, la limpieza de ellos talleres o los puntos muertos de la labor del día. Quizá memorizaba concienzudamente los errores no para corregirlos, sino para reprimirlos. Él era de aquellos hombres que saben que nada puede ser evitado, y ocultarlo si no puede ser destruido. Mientras salía, escuché las puertas de las heladeras viejas. Pedro estaba explorando en las máquinas, o estaba corroborando, ¿o tal vez buscando? ¿Qué se puede guardar en heladeras en desuso que no funcionan?

     En la parada y justo antes a la diez de la noche, cuando las luces del colectivo se acercaban por el empedrado de la calle del Cabezón, escuché el ruido de los motores, no de las maquinarias de la fábrica, sino el zumbido asfixiante de las heladeras. El motor del colectivo lo fue ocultando, como el olor del gasoil ocultó el tufo del gas con que solían cargarse los motores de refrigeración. Me senté en el casi vacío colectivo, mirando atrás mientras me alejaba. Los ojos de Pedro tal vez estaban pendientes de lo que sucedía en la vereda, corroborando la mentira sobre quién vendría a buscarme. No le importaría, en realidad, porque lo único que necesitaba era quedarse solo en los talleres. Lo imaginé en medio de todas esas máquinas de frío como el emperador de los helados del poema de Wallace Stevens rodeado de voces de chicos gritando.

 

     Durante la semana siguiente seguí leyendo el resto de las cartas durante las tardes, cuando todo el ajetreo y la vigilancia habían cedido. El cadete Andrés entraba y salía casi siempre con un buen día y unas buenas tardes, señorita, respetuosos, aunque nuestra diferencia de edades no superaba los diez años. El viernes, cuando los administrativos solían irse más temprano, me senté en la silla frente al ventanal dispuesta a terminar el último fajo de cartas cuidadosamente atadas por fechas. Antes de ponerme los anteojos, me serví una taza de café y me asomé a mirar la calle. Cintia estaba saliendo, pero se paró en la vereda y el chico salió también. Ella le arregló el pelo y le puso una mano en un hombro, luego le apretó una mejilla con brusquedad y le hizo una advertencia con el gesto de la mano. Se fue caminando apurada por la vereda, la cartera negra con hebillas plateadas, el vestido corto que dejaba ver las piernas y delataba la cola abultada en relación con el poco pecho que tenía, y se subió a un Falcon que la esperaba en la esquina. Siempre se iban juntos con el chico a tomar el colectivo. Hoy, sin embargo, estaba apurada y lo había dejado solo.

     Yo aprovecharía esa ocasión, sin duda, para hablar con Andrés.

      Eran las tres de la tarde. Para las cuatro ya había terminado las cartas inconclusas, porque la última ni siquiera tenía firma, como si Adrián Giraldo no pudiese hacerlo porque ya no estaba en ese sitio, escribiendo, sosteniendo una lapicera. Todo lo que mencionaba y decía en esa última carta sonaba tan volátil y etéreo como el paisaje de la campiña inglesa de la que había estado hablando, y cuya construcción había sido provocada por las sugerencias de las inexistentes cartas de Inglaterra. ¿Dónde estaba Guirlado? ¿Qué había sido de él, si es que aún vivía? ¿Estaría en Londres, tal vez, y toda mi preocupación no fuese más que conjeturas sin fundamento? Las dos Cintias se reducían a una sola, a la que yo conocía, por eso la razón de que las cartas estuvieran en las oficinas desde que habían sido escritas, tal vez. ¿Pero ella las había conservado y escondido por razones sentimentales? Lo dudaba. Conociéndola un poco, las habría destruido.

      Me puse a revisar los sellos de correo. Todas estaban dirigidas a una dirección en Londres, una institución de fines no lucrativos (según explicaba Giraldo) llamada Arbitrary knowdedge. Busqué en varios sitios de información telefónica, pero no encontré referencias. El remitente variaba, a veces era desde una dirección particular en La Boca, otra desde Constitución, y podía asegurar que desde el Hospital Borda. Los sellos de correo de destino eran siempre de la sucursal de a pocas cuadras de la fábrica. Como si algún empleado del correo las recogiera a medida que llegaban, las separara y las enviara a la empresa directamente. Adrián Giraldo escribía a Londres según su consciente delirio o lo que su psicosis le mandara imaginar. Su cuerpo, a medida que escribía y con el paso del tiempo, parecía irse deteriorando a expensas del crecimiento de su espíritu. Cuando hablo de espíritu lo hago a sabiendas de las múltiples y arbitrarias definiciones del término: psiquis, alma o como quiera llamársele. La cuestión era que su cuerpo físico parecía estar perdiendo consistencia, como transparentándose. La obsesión por los campos ingleses era tan nítidamente clara y lógica que perdía las connotaciones de obsesión para convertirse en lo que llamamos sueño o ideal de vida. ¿Le habían lavado el cerebro para estafarlo? Eso fue lo que imaginé en un principio. En la empresa había una o más personas encargadas de tal fraude, que sin duda no tenía a Adrián como única víctima. Elegirían a las propiciatorias, por supuesto. Si Giraldo hubiese estado en sus cabales, habría desechado las cartas, o simplemente tomado un avión en clase turista para visitar el país de sus sueños. ¿Pero quién era Adrián Giraldo?

    Como yo tenía acceso a viejos archivos de la empresa, busqué en las carpetas del personal que había trabajado alguna vez allí. No había nadie con ese nombre. Con excepción de Cintia Aranguren, de soltera como el jefe, y por eso laburaba en la fábrica, aunque no conociera el parentesco, y Giraldo de casada. Ya no tenía duda que Cintia era la esposa que lo había abandonado, exacerbando la psicosis de Adrián. Y Andrés, el cadete, debía ser su hijo.

      A las cuatro y media de la tarde los motores se apagaron, y las voces de los hombres crecieron en los vestuarios y en los pasillos. Los pasos y las risotadas, las puteadas me llegaban como un paraíso de cotidiana y efímera realidad sin peligros ni sospechas de segundas intenciones. Mi imaginación se burló de sí misma.

     Golpearon a la puerta.

     -Señorita-dijo el chico-. Si no me necesita, me voy.

     - ¿Te espera tu mamá?

     -No, señorita, ella tierne turno con el médico, me voy solo.

     Me pregunté qué médico vendría a buscar a su paciente al trabajo en un Falcon verde.

     -Quedáte media hora nomás, tenés que ayudarme a clasificar estas cartas.

     Sabía que lo que iba a hacer era poner el dedo en la llaga, pero confiaba en alterar aún más la inseguridad de ese adolescente, confundirlo en su vulnerabilidad y hacerlo hablar de todo lo que su madre le hubiese prohibido.

       e acercó, y no vi miedo sino la exaltación por un deseo largamente ocultado. Había llegado la oportunidad, leí en su expresión. Y cuando lo tuve parado junto a mi silla junto al escritorio, sentía el olor de su exaltación. No fue necesario seducirlo con este mi cuerpo informe. Sentada allí, mis piernas (mis no-piernas) no se veían, y él me contemplaba como siempre cuando apenas se asomaba por la puerta o entraba dejando las cajas, con esa especie de adoración por un ser que creemos ideal. Recordé lo que Pedro me había dicho una vez en la camioneta sobre mi pelo y mis ojos. Mi aspecto era turbio a mi propia mirada en los espejos, pero para ciertos hombres es un ideal de belleza etérea. Yo tenía es aspecto de una mujer intelectual, canonizada en las típicas imágenes de secretarias y escritoras, mujeres sin superfluidades, sin palabras forzadas y sin maquillaje que esconda lo que no existe. Esa clase de enamoramiento entra por el intelecto y exacerba el físico de muchos hombres, pero es necesario que los caminos de esos intelectos estén preparados y construidos de cierta manera. Los hombres como Adrián Giraldo, por ejemplo, que había hecho de Inglaterra una especie de extenso campo de cultivo para su propio cuerpo, un inmenso útero en donde él penetraría hasta desaparecer, para convertirlo en un elemento más de esa tierra.

     A los hombres enfermos de mente y espíritu yo los atraía. Y Andrés, hombre al fin por más que tuviese quince años y que su mente aún se estuviese formando, y que su cuerpo todavía estuviese adquiriendo las formas definitivas del adulto: el vello del pecho, los hombros anchos, las manos de dedos largos y venosos y la barba que anunciaba ser espesa y oscura.

      El chico me sonreía. Le pedí que se sentara para explicarle. Leyó algunas a sobrevuelo.

      - ¿Te gusta la literatura? -le pregunté.

     -Sí, señorita, pero…

     -Pero qué…

     -No tengo muchos libros, mamá no me da plata, pero con este trabajo me pude comprar uno.

     - ¿A ver, ¿cuál?

     -Un poeta norteamericano, señorita, Wallace Stevens.

     ¿Coincidencia? Me reía de los fantasmas que parecían anunciar, de repente, su presencia en la oficina.

     -Mirá vos qué interesante, a mí también me gusta mucho.

     Su complacencia se extendió por todo el cuarto, conciliándose con esas presencias que se me ocurrió no querían anunciarse en la recepción ni por teléfono.

     -Sé inglés, ¿sabe?

     - ¿Así? te felicito. ¿Vas a un curso particular?

     -No, mi mamá no me deja, dice que no hay plata. Aprendí con los diccionarios.

     En alguna de las cartas Adrián mencionaba que así había empezado.

     - ¿Y por qué el inglés?

     - Para leer a Stevens, señorita. Las traducciones me confunden, y me parecía que tenía que haber más cosas en sus poemas.

     Sí, pensé, se refería al emperador de los helados.

    ¿Qué sabía el chico de todo lo que estaba pasando en la fábrica? Lo que yo intuía, para él era una ignorancia completa, si así llamamos al conocimiento concreto de las causas y los hechos. Lo que él sabía era un producto de la intuición, tal vez herencia de su padre. La psicosis heredada, llamémosla así para unificar y simplificar criterios de por sí ya poco ortodoxos. Lo que él sabía era lo que su padre sabía: un estado ideal en el que habían depositado su mente. Pero mientras Adrián ya estaba perdido para siempre, Andrés aún conservaba las anclas en el fondo del mar encrespado de su mente.

     De repente, levantó la vista y me miró con pánico. Sostenía una de las cartas, pero las manos le temblaban.

     -Pero… ¿de dónde salió esto?   

     -Vos trajiste la caja, Andrés.

     Se agarró la cabeza y empezó a caminar por la oficina de una pared a otra, lamentándose.

     -Mamá me va a matar, mamá me va a matar-repetía una y otra vez.  

     -Venía acá, sentáte y tranquilizáte. No tiene por qué saberlo, yo no le voy a decir nada.

     Me miró angustiado, como si fuera su juez. Se sentó, cruzándose de brazos y balanceando el cuerpo hacia atrás y adelante.   

     -Me dijo que le trajera cualquier archivo viejo, que a usted le gustaba ese trabajo, la llamaba…

     -No te detengas… ¿cómo me llamaba?

     -Ratita de biblioteca. Pero esas cartas yo no sabía que estaban ahí.

     Probablemente ella también había olvidado donde las había puesto, me dije. Como la incumbían personalmente, mientras más quiso ocultarlas, más se expusieron a la luz, eso suele suceder. ¿Las había olvidado? Probablemente no, sólo el sitio exacto donde las había dejado. Tal vez ella misma les hubiera perdido el rastro luego de tantos años en medio de tantas otras cajas y papeles. ¿Quién revisa recibos viejos y facturas vencidas, órdenes de compra y cheques rechazados de varios años antes?

       Le separé los brazos y lo agarré de las manos.

      -Tranquilizáte un poco que no es para tanto, tomá-le dije, ofreciéndole servilletas de papel de mi escritorio. Se sonó la nariz.

     -Ahora decime. Este señor que escribió las cartas, ¿era tu papá?

    -Creo que sí. Nunca lo conocí, más que de bebé, y no me acuerdo. Mucho después mamá me dijo que papá estaba loco, y por eso me había mandado a vivir con mi tío Luis en San Telmo. Después, un día vino a buscarme y nos fuimos a la casa de La Boca donde yo nací y vivían ellos. Me dijo que papá se había muerto.

     - ¿Cuántos años tenías?

    -Creo que cinco años, según me dijo ella, pero sólo tengo recuerdos aislados de todo eso. Si me acuerdo de la casa del tío Luis es porque después fui muchas veces, me tenía cariño porque era su único sobrino y el hijo se le había muerto no sé cómo, pero de mi viejo no recuerdo nada. Nunca hablamos de eso con mamá porque se pone a llorar.

     -Sí, entiendfo-le dije, para evitar el conocido sarcasmo de las lágrimas de cocodrilo. ¿O estaba juzgando mal a Cintia?

     -Está bien, Andrés, no te hagás mala sangre. Solamente te lo dije para que estés prevenido por si ella se da cuenta, pero te prometo que no le voy a decir nada.

     - ¿Me las llevo de vuelta al depósito? Sí, mejor que haga eso ahora que ella no vuelve hasta el lunes.

     Pensé en Pedro y sus vueltas nocturnas. Eran las cinco de la tarde. El sereno vendría primero después de las seis.

     -Buena idea, Andrés. Yo te acompaño.

     Me miró, sorprendido, como preguntándose si estaba bien. Luego asintió, haciéndose el razonamiento que yo esperaba: si lo veían solo le preguntarían, conmigo en cambio se trataba de trabajo.

    Le propuse tomar una gaseosa antes. Salió y volvió con dos Cocas de la máquina expendedora.

    - ¿Y tu mamá no volvió a casarse?

    -No, pero tiene novio.

    - ¿Así? ¡Qué bien, che! ¿Es alguien de la empresa?

    -No, señorita. Es el coronel, viene a casa muy seguido. A veces salimos los tres a comer afuera, por San Telmo.

    - ¿Qué coronel, Andrés?

    -El coronel Ansaldi, señorita, ¿quién más?

    El chico tenía razón, Ansaldi era una ficha obligada en esta historia.

 

 

 

7

 

 

A las siete y siete de la tarde

     (los números haciendo de las suyas, debería preguntarle a Leticia sobre la numerología, pero no creo que quiera hablar de eso, pocas veces nos comunicamos desde que regresó a la costa, me han dicho que la llaman loca, que vive como una zaparrastrosa en la playa, que no habla más que con los perros, al principio nos escribíamos, pocas hablábamos por teléfono, no trabajaba y vivía de la renta que depositaba su familia en el banco, pero después que me envió el cráneo por correo ya no recibí noticias de ella, ¿qué cráneo?, el de un perro, envuelto en una toalla y dentro de una caja cerrada con cinta de embalar, la recibí un mañana en el departamento de Sarmiento cuando Bernardo no estaba, ¿puedo decir que me sorprendió encontrarme con esa calavera seca al abrir la caja?, sabiendo de quien venía, fue más una sensación de inquietud que se fue mitigando a medida que ganaba el sentimiento del orgullo, eso era precisamente, fui la única a quien ella dio un regalo que consideraba de los más valiosos: un hueso, el elemento más indisoluble de la anatomía macroscópica, y dentro del cual ella escarbaba descubriendo los arcanos del destino, era la calavera que usaba, la de un perro que había hallado muerto en la esquina de la quinta de Haedo, el galgo que habían matado de un tiro durante las protestas en la fábrica, y levantado por Méndez para llevárselo a Leticia y presentárselo así nomás, está muerto, Leti, le dijo, y ella, poco antes de la muerte de los padres en la playa, fue con ellos pensando en el esqueleto del perro depositado entre los canteros del vivero, al que todas las noches acudía para limpiarlo con las herramientas que encontró en el galpón, ¿qué buscaba?, el vacío donde había estado el alma del perro, y por más que levantara tejido tras tejido, músculo tras músculo hasta encontrar el hueso, no halló más que materia inerte rodeada de moscas, entonces me di cuenta, cuando recibí el cráneo, que ella ya no lo necesitaba porque no buscaba más ¿había finalizado la búsqueda con el hallazgo o se había dado por vencida?, ninguna de ellas: ahora buscaba en los cuerpos de los hombres la sustancia del alma, en los hombres vivos que veía en la playa o en el mar, en los hombres que reían como dioses, que acariciaban y besaban a sus mujeres con los cuerpos curtidos y casi desnudos, los brazos alzados levantando un hijo pequeño contra el sol, como desafiándolo a quitárselo, sin saber que el mundo no funciona de ninguna de las múltiples y sucesivas maneras que pensamos, su estrategia siempre corre un paso delante de nosotros, y la fatalidad no ataca por donde esperamos, sino desde adentro, la oscuridad que no sabíamos que estaba allí porque parecía tan blanca, tan austeramente inocente como la nada, y en ella se construye la arquitectura del azar, los poliedros cuya combinación es infinitesimalmente desproporcionada con toda posible imaginación, porque está más allá de ella, infinita como la oscuridad e inmensa como la nada, ¿de qué manera interpretar estas contradicciones con la endeble razón humana?, los que se dan por vencidos entran en el cálculo de las víctimas, Leticia, en cambio, había hallado, tal vez la fórmula, la ingeniería, y lo que quizá fuese sólo el esbozo definitivo, con su flagrante contradicción, de lo último y lo ancestral, el círculo de la serpiente que se muerde, y ahí en la playa, sentada en la arena y contemplando el mar, ella viese en los rizos de las olas los dedos de Dios jugando con el azar)

se asomó por la puerta el sereno, haciendo la misma pregunta del viernes anterior, con la misma expresión en la cara y en la voz, y la exacta posición del cuerpo entre la puerta y el marco, como una máquina que tenía incorporado el reloj del miedo. Fue un deja vu que me dejó confundida por un instante. Era viernes, la misma hora, pero estaba el chico para confirmar la diferencia, aunque en el momento en que el sereno apareció creí sentir una vuelta del círculo, como si el engranaje del tiempo se hubiese acomodado de pronto como esas piezas que encajan exactamente luego de haber intentado forzarlas. ¿Pero cuáles eran las piezas del rompecabezas que así lo hacían? ¿Puede un ciego armar un rompecabezas?

     El rostro de Andrés Giraldo, permanentemente compungido habitado por un inmenso pozo lleno inquietudes y preguntas, de dudas y afirmaciones que destrozaba a cada instante. Porque eso hacía cuando me preguntó qué pensaba de su padre y de su madre.

     - ¿Usted cree que mi papá estaba loco?

     -No lo sé. ¿Quién sabe qué le pasaba realmente? Por lo que deduzco, él estuvo en el Borda mucho o poco tiempo, tal vez por períodos más o menos largos. A lo mejor tu vieja te dijo que se había muerto para cortar de una vez por todas con su memoria. A veces la gente lidia con esas cosas de esa manera, cuando ya no hay vueltas que darle para que se acomoden a la forma racional en que todos concebimos la vida. Pero tu viejo, quién sabe, veía otras cosas en la realidad, y que también eran verdaderas. Yo no pienso, como muchos, que las únicas cosas que existen son las que perciben nuestros comunes sentidos. El tan encomiado “sentido común” suele ser tan mediocre, tan melosamente hipócrita que a veces yo preferiría la más cruda tragedia en su lugar.

     Andrés me miraba, pero no me veía.

    - ¿Cómo sabe usted esas cosas, señorita?

    - ¿Qué cosas?

    - ¿Usted también las ve?

    Estaba adivinando a lo que se refería.

   -No, sólo tengo una imaginación muy rebelde que come mucho y engorda cada más. Debe ser la compensación que elabora mi mente ante mi enfermedad. Si el cuerpo debe abstenerse, lo suplanta la imaginación.

    -Es que yo…a veces…no es que imagino, las veo, señorita.

    Este chico es digno hijo de su padre, me dije. Le agarré una mano que temblaba.

    -Le tengo miedo a mi madre, señorita. Quiere que entre al ejército, dice que el coronel ya me tiene asignado un puesto de privilegio, pero que antes tengo que pasar unos meses como conscripto. Dice que es necesario, que me hará bien para fortalecer mi personalidad.

     - ¿Ansaldi sugirió eso?

     -El coronel no me habla mucho. Me da la mano como a un hombre, me trata de usted cuando vamos en el auto.

     - ¿Te lleva en auto, a dónde?

    Se quedó pasmado durante unos segundos, esas palabras parecían haberle escapado.

    -Bueno-le dije- debe ser para hacer buenas migas con vos si quiere casarse con tu madre, supongo.

    -Sí, debe ser eso.

    Miró para otro lado y le vi los ojos brillantes, pero impidiéndose llorar.

    - ¿Tenés novia, acaso?

    Se encogió de hombros. Suspiró profundo y hundió la cara entra las manos, apoyados los codos en las rodillas.

     Ya era de noche y la única luz en la oficina era la del escritorio.

      - ¿A dónde van a pasear? - le pregunté.

    -A unos departamentos, por Corrientes, otras por Once.

    -Te lleva con mujeres, ya entiendo.

    El coronel se saciaba en lugares no muy caros, seguramente medio camuflado para que no lo reconocieran, y se aseguraba que quienes lo hiciesen fuese gente de poca monta, cortos de valor y de entendimiento.

     -Vamos y yo me quedo sentado en el sillón. Una chica me lleva al dormitorio, insiste…pero yo…en seguida veo a esa mujer. Cuando me pongo encima me digo que todo está bien, que ya soy un hombre, que el coronel y mi vieja van a estar orgullosos de mí. La chica en la cama va a contarle que me porté bien, que le gustó mucho, pero entonces, cuando…cuando…usted ya sabe…cuando estoy adentro de ella…veo que torturan a esa mujer.

      - ¿Qué mujer, Andrés?

      - ¡No sé! -gritó, mirándome con la cara que debió ser la de su padre, y casi estuve convencida de que el hombre que había escrito las cartas ahora estaba frente a mí.

      -Solamente veo que la tienen acostada en una mesa y los hombres se le suben encima como los perros, le meten cosas y la queman.

     ¿Picanas? ¿Dónde pudo haber visto eso? ¿O tal vez sería que no las había visto todavía?

      Era ya un hombre, sin duda, abrumado por la presencia del futuro.

     -Vamos- le dije- llevemos la caja de vuelta a donde la encontraste.

     Esa idea espantó su angustia, y volvió a ser un adolescente común y corriente, casi.

     Caminamos por pasillos que yo nunca había recorrido, bajamos dos tramos de escaleras hasta llegar al sótano que servía de depósito. Era enorme y parecía abarcar casi todo el predio de la fábrica. Andrés se movía como por su casa, encendía las luces a medida que caminábamos entre cajas y restos de heladeras viejas, poniendo la mano sobre la perilla de la pared en los sitios exactos, a veces escondidas tras estanterías oxidadas y vencidas.

     - ¿Acá guardan los archivos? -le pregunté, mientras lo seguía, prestando atención a no tropezar con las muletas.

     -Se guarda todo lo que no sirve.

     Vi heladeras que no eran tan viejas contra una pared, y a medida que las luces se encendían y se apagaban, porque él no daba resquicio a la posibilidad de que el sereno nos encontrara, descubrí la larga fila de aparatos que hacían un zumbido de motor en funcionamiento, bajo y sordo.

      - ¿Para qué son esas heladeras?

     -No sé, señorita, deben ser cosas viejas, tienen candado y a mí no me importa.

     Sí, a él le interesaban únicamente las carpetas y los archivos. Me di cuenta cuando llegamos al depósito donde había pilas de cajas arrumbadas y llenas de humedad. Sin rótulos ni carteles que indicaran fechas o contenido.

     - ¿De acá sacaste la caja?

     -Ya no me acuerdo, ya le dije que la agarré sin fijarme.

     -Pero vos conocés muy bien todo esto, y seguramente has leído muchos archivos, Andrés.

     Lo reconoció, encogiéndose de hombros. Ese chico sabía mucho más de lo que decía, y aunque intentara esconderlo, el coronel se había dado cuenta y lo estaba preparando para llevarlo a sus filas, sea para hacerlo callar o hacerlo un prosélito, aunque esto último me resultaba improbable. Si el chico tenía en su cabeza, como yo pensaba, el legado de su padre terminaría igual, de una u otra forma.

     ¿Por qué agarró esa caja? Las cartas estaban abiertas, pero sin signos de haber sino manoseadas en muchas ocasiones. Era improbable que Andrés las hubiese leído alguna vez. ¿Quién sabe qué arcanos impidieron que con tanto tiempo y tantas lecturas en ese sitio el azar evitara que las encontrara antes, y que sobre todo agarrara esa caja y la llevara a la oficina? Digo el azar porque pienso en Leticia y en sus estrafalarias teorías. Si vemos el futuro, me había dicho alguna vez, debemos reconocer el determinismo del mundo. El genoma humano era también una serie determinada de posibilidades, y, sin embargo, el azar intervenía disponiendo el resultado de otra manera a la planeada. Pero era simplemente una forma más del destino. El azar es una parte más de tal estructura, y de todos modos llamamos azar a aquello de lo cual no conocemos su funcionamiento. Las casualidades no existen, todo acto tiene un propósito, escondido en el barro de una cloaca, fluyendo lentamente por túneles bajo las calles de una ciudad. El inconsciente freudiano, tantas veces combatido, tantas descalificado, tal vez no sea más que el azar camuflado. ¿O algo camuflado de azar? ¿El círculo de la serpiente que se muerde, el número Pi? Lo que hastía al hombre, lo que lo supera no es la tragedia de la vida en sí misma, sino la repetición. Cada cicatriz engendra otra herida.

     Dejó la caja en la oscuridad. Le dije que se fuera. Pedro ya debía estar en la fábrica.

     - ¿Y usted?

     Me pregunté si podía confiar en él, ya era tarde para eso.

     -Me quedo a revolver un poco. No le digas nada si te ve. ¿Puedo confiar en vos?

     Apoyé la palma de mi mano sobre su pecho y con la otra le ordené un poco el pelo ensortijado. Artimañas, ya lo sé.

     -Sí, claro-me dijo, entusiasmado. Lo empujé con cariño y despareció en la oscuridad, con los destellos de las luces que finalmente se apagaron al pie de la escalera. Escuché la puerta al cerrarse. El sótano no tenía llaves ni alarmas, todo estaba abierto a quien quisiese explorar, y ese era el camuflaje más adecuado para esconder lo que no desea ser visto. Era eso, o la absoluta confianza en la total impunidad. Porque todo eso me resultaba tan oscuro que me daba pavor, y el hecho mismo de las heladeras representaba un simbolismo que acentuaba las connotaciones del miedo. Y lo peor era que yo estaba intuyendo que ese símbolo era una artimaña de mi mente, y que todo era tal y como empezaba a sospecharlo.

     Revolví en cajas más bajas. Deseché archivos, sin saber en realidad qué andaba buscando. Un nombre conocido debía ser mi anzuelo, y al fin lo encontré. El nombre de Cintia Arraiga. Era una carpeta de contabilidad registrando entradas y salidas de mercadería. La letra era espantosamente infantil, la gramática tan elemental que obviaba las conjunciones y los puntos. ¿O todo eso era a propósito? Me resultó tan ilegible que decidí dejarlo de lado. Seguí buscando, pero todos eran archivos de balances viejos, hasta que hallé las fechas de diez años antes. La letra de Cintia era más clara, y era una especie de libro de actas de temas tratados en reuniones. Me pregunté por cuántos puestos había pasado esa mujer, de mayor o menor responsabilidad. ¿Quién era en realidad? El apellido Arriaga me resultaba conocido, lo había escuchado nombrar en el pueblo de Bernardo, relacionado siempre con esa manía de los funerales y los funebreros. Bernie me había contado que las Arriaga eran una especie de matriarcado, las mujeres eran quien llevaban los pantalones. Los hombres eran como zánganos, y a veces tenía el mismo destino, ¿O tal vez sería como el del macho de las mantis religiosas? Todo lo que me había contado coordinaba con esa imagen: la religión de la muerte, por llamarla de alguna manera, las mujeres encargadas del cortejo y los hombres como peones del rito.

     Esos cuadernos debían ser de la época en que Adrián Giraldo aún vivía. Lo mencionaba, por supuesto. En medio de las anotaciones de negocios, ella había escrito cosas personales, como si mientras escuchaba en las reuniones las conversaciones de negocios, su mente estuviese dividida en dos actos simultáneamente fuertes, tanto que cuando uno cedía por un instante, se interponía el otro. Si hasta la letra parecía cambiar: infantil la de la secretaria, clara la personal. Y en esos intervalos, ella, tal vez sin darse cuenta, se confesaba. Adrián la tenía harta, cuándo se moriría, cuándo la dejaría en paz. Era un continuo lamentarse que se iba acrecentando a lo largo de los años. Confrontándolas con lo que recordaba de las cartas del marido, era evidente que mientras su furor se acentuaba, las palabras de Giraldo se iban tornando etéreas como quien se adentra en los territorios de la locura.

     Volví a los cuadernos de registros. La letra estúpida de Cintia fue haciéndose más clara a medida que comprendía los signos, las puntuaciones incorrectas, las grafías deformadas. Hablaba de heladeras, por supuesto, y de varios productos que la fábrica producía en esa época, heladoras portátiles, máquinas para heladerías, etc. Aquí también se producían los mismos lapsus que en los libros de actas: había sectores donde ella hacía reflexiones sobre el desprecio que le inspiraba su marido, y a veces había insultos y obscenidades enmarcadas por signos de admiración o en letras mayúsculas. Lo cuadernos eran muchos, había más en las otras cajas que simplemente estaban cerradas con cinta de embalar.

     Escuché los motores en los talleres. No eran tan fuertes como durante el día, pero era de suponer que el sereno debía cortar la electricidad como todos los fines de semana. Yo sabía que no era así. Oficialmente se cortaba, paro había grupos electrógenos que mantenían en funcionamiento máquinas de congelación que, según me había explicado Pedro al principio, eran necesarias para que el interior de las máquinas no se estropeara. Había mucha mercadería sin vender, y eso mantenía los motores en buen estado, y sobre todo el interior de los congeladores. Cuando me explicó todo eso, me llevó a mostrarme las heladeras vacías y las paredes blancas y perfectas de los aparatos. Y yo pensé en mi papá Tejada, en la carne que se podría en el matadero y que no duraba ni un día en el verano sin que el olor no surgiera como un vaho incandescente invadiendo el aire. Vi, también, cómo los hombres cargaban las reses en ese estado sobre sus espaldas, con las bocas y narices tapadas con un trapo sucio, rodeados de moscas, y las llevaban a los camiones refrigeradores. La carne entonces se helaría correctamente, las moscas sucumbirían, y las carnicerías, probablemente, se arreglarían como pudieran.

     Ahora los motores, a baja intensidad, continuaban su labor. Pedro debía estar supervisándolas, ya que era esa su verdadera labor, ahora estaba segura. Era la conciencia nocturna del coronel Ansaldi, según Pedro mismo debía satisfacerse en imaginar, como si ese orgullo fuese una especie de orgasmo.

      Los cuadernos de Cintia continuaban su trabajo, también, sin interrumpirse. Había fechas de entrada de mercaderías a las dos o tres de la madrugada. Hice las cuentas. Esas fechas coincidían con fines de semana o con feriados, raramente con días hábiles. Y precisamente en esos ingresos nocturnos ella se explayaba más abiertamente en sus asuntos personales. Se preguntaba qué hacer con Giraldo. Parecía dudar, como si resabios de una clara piedad le impidiesen tomar la decisión por la que ya se había decidido. Hablaba de las visitas al Borda, de los delirios de Adrián, de la necesidad de alejarlo de su hijo, de terminar con ese período de su vida. Pero Giraldo siempre volvía a casa cuando le daban el alta. No podían mantenerlo in ternado porque tenía períodos de lucidez tan extrema que terminaría por recaer en contacto con los otros enfermos. Los médicos buscaban en la familia de Adrián lo que no existía: los utópicos remedios de la paz y el amor.

     ¿Estaba realmente enfermo? ¿Era, acaso, hereditario?

      Miré el reloj, eran las tres de la mañana. Esperé a que los motores se callaran y vi el vislumbre del amanecer por las ventanillas de ventilación cera del techo. Agarré tres cuadernos, más no podía llevarme. Uno de ellos, sin embargo, me era imprescindible. Estaba lleno de dibujos geométricos, era casi un antiguo tratado de geometría euclidiana escrito con letra caligráfica y que el paso del tiempo había teñido con esa pátina de los libros antiguos. Lo había escrito Cintia Arriaga, la prosaica secretaria que mascaba chicles y decía obscenidades. Era la misma, y era otra.

 

      

 

8

 

 

Me escabullí como un ladrón que deja muchos rastros y hace mucho ruido, pero a esa hora de la mañana del sábado había un tercio del tránsito habitual. Me tomé un taxi, segura de que nadie me había visto, pero cuando ya respiré tranquila en el asiento de atrás, creí ver la cara de Pedro saludándome con sarcasmo desde el portón de la fábrica. ¿Fue una alucinación? El cansancio se me confundió con la fiebre y la hiperglucemia, probablemente, aunque no tuvieran nada que ver una con la otra. La imaginación siempre me había jugado malas pasadas, pero nunca me traicionó. Tal vez fuese tiempo de que lo hiciera, disfrazando la realidad con patrones de falsedad, me hundía en la depresión y bajaba mis defensas.

     Todo el fin de semana me dediqué a leer y descifrar la letra y los códigos de Cintia. Fui de la cama al sillón, al mediodía, cuando me levanté después de dormir inquieta unas pocas horas. Me duché a regañadientes, intranquila por perder el tiempo en esas necedades de la cotidianeidad. Rechacé las llamadas de Renato, evité la visita de Bernardo, y me adentré en las páginas de un aparentemente inocente registro de entradas y salidas de una fábrica de heladeras.

     Sentada en el sillón con dos almohadones en la espalda y uno bajo el codo del brazo con el que hacía anotaciones e iba sacando conjeturas sobre las evidentes contradicciones de Cintia. Los números no coincidían, pero no era eso lo que me preocupaba. Los fraudes contables eran tan estúpidos que ya eran comunes y corrientes, vulgares formas de la vida cotidiana. Lo que me molestaba era la manera de designar la mercadería, o más bien las órdenes de compra. Más o menos abultadas, eran de dos o tres productos a la vez. Había números que corresponderían, supuse, al modelo de heladera. Me levanté y fui a la cocina. Miré tras la heladera Siam que compramos con Bernie. El número era largo y no coincidía para nada con el tipo de denominación numérica habitual, por más que se tratara de otra marca. Volví al sillón, esta vez con un sándwich de mortadela que saqué de la heladera. Después de una hora de dar vueltas esas cifras en todas las formas que se me ocurrieron, decidí descansar volviendo al chismerío personal que se filtraba constantemente entre los números. ¿Era posible que Cintia no se hubiese dado cuenta? ¿O lo hacía como quien escribe un diario íntimo? Era eso, probablemente, pero un diario de esa clase está expuesto a que cualquiera lo vea, porque la tentación de inmiscuirse esta implícita desde la tapa. Pero en un registro contable, ¿quién busca tales cosas?

      El sábado a la noche llegué a una conclusión que no me sorprendió. Cintia había decidido deshacerse del marido. Lo decía expresamente, pero ¿cómo lo haría?

      Regresé a los números. Una ráfaga de viento frío entró por el ventanal del balcón. Escuché un chirrido de frenos en la calle y unos gritos. Fui a mirar. Un auto había atropellado a un perro y el dueño del animal y el conductor se estaban peleando. Había una mujer en el auto, y me estaba mirando.

    Eran Cintia y Ansaldi.

    ¿Su paseo de sábado a la noche incluía la zona del Abasto y la calle Sarmiento, y la cuadra donde yo vivía?  El perro, probablemente, no estaba en sus planes y había arruinado la extraña vigilancia.

     Yo estaba paranoica, es verdad, pero no lo di a conocer. Cintia no dio señal de reconocerme. El coronel Ansaldi sacó la billetera, le dio un fajo al dueño del perro, que se ofendió, pero la ofensa echó marcha atrás cuando el coronel le mostró un papel, una credencial o qué sé yo. O quizá el arma que llevaba en una faltriquera atada al tórax bajo el cárdigan. El Falcon siguió de largo. El dueño del perro lo envolvió en una bolsa de residuos que los vecinos le alcanzaron. Levantó el cuerpo y lo tiró en un container junto a la vereda de una construcción cerca de la esquina. Lo vi pararse un rato, contando el dinero y se lo guardó en el bolsillo del pantalón. Se fue caminando hacia el Abasto.

      Las casualidades no casuales eran la especialidad de Leticia. Ella decía que todos formamos farte de un entramado tan grande que, como simples piezas del tamaño de células, tal vez de átomos, de iones quizá, hasta encontrar la mínima posibilidad de la subdivisión, no podemos imaginar. Somos un número, una unidad. Pero la gran pregunta, me dije, volviendo al sillón, picoteando las migas que habían quedado en el plato, es si la unidad contempla el infinito o la contradice. Busqué en un par de libros de la biblioteca. La matemática euclidiana negaba la posibilidad del infinito porque el número, por definición designa una cantidad formada de unidades. La unidad es el número uno y el número uno es la unidad. El infinito no existe, por lo tanto, las posibilidades que la imaginación crea no son más que insinuaciones del espíritu.  Pero la otra teoría se pregunta cuál son los parámetros para definir, o medir, esa unidad. Un elefante no es lo mismo que un grano de arena, pero ambos son uno en su sustancia. Ambos, pueden ser partidos: el elefante en huesos, carne, sangre; el grano de arena en más diminutos granos.  Siempre hay una mitad de cada mitad, ¿cuál es el límite? ¿Y cuál es el límite para la suma de las unidades? Tal vez en número de elefantes sea limitado, (pero ¿quién puede negar que haya algún planeta donde los elefantes son los reyes de la creación?), sin embargo, nos es más factible imaginar el inmenso número de granos de arena en la playa. Primero, entonces, lo infinito se define como lo incontable. Luego, la teoría demuestra que nada detiene la suma y la división, por lo tanto, lo infinito existe.

     Con este conglomerado de hipótesis, volví a los números.

     Retomé las sumas, y a nada me llevaron más que a cifras siderales que no tenían sentido. Resté, dividí y multipliqué las posibilidades de los números de orden. Pasé a las palabras.

     El nombre de Arbitrary knowledge era el de la empresa que había hecho la mayor parte de las compras en el exterior. Hice unos llamados que incluyeron a mis conocidos de la redacción, nadie la conocía. Por último, pensé en Mario. Del otro lado del teléfono hubo unos largos segundos de silencio. ¿Le resultaba mal que lo llamara después de medianoche para preguntarle una pavada?

     - ¿De dónde sacaste eso, Ceci?

     - ¡Qué te importa! -le dije en broma, pero no le gustó. Entonces, sin responderme, me dio la respuesta que esperaba.

     - Olvidáte, ¿querés?

     Se trataba de ellos, sin duda. Del coronel Ansaldi, dueño de las empresas en las que estaba incluida la fábrica, y Aranguren. No es que ellos fueran también los compradores del exterior, sino que el nombre escondía un grupo de comisionistas, quizá de intermediarios o de representantes de grupos foráneos. El régimen, sin duda, así se mantenía en gran parte, las armas costaban plata, y se las robaban los guerrilleros y los de la izquierda y los subversivos, como ellos los llamaban. Pero mantener el régimen durante tanto tiempo, con revoluciones sucesivas hasta conseguir el poder, era costoso.

    ¿Pero qué vendían? No eran heladeras, obviamente.

    El secreto no estaba únicamente en los números.

    Abrí el cuaderno lleno de gráficos. Apenas había tenido tiempo de verlo la noche anterior. La letra no era de Cintia, sino la de un hombre, probablemente. Las páginas estaban llenas de figuras geométricas, poliedros en su mayoría, con tanta cantidad de caras que me era imposible definirlos. Había círculos concéntricos que unían los vértices de los poliedros tanto hacia afuera como hacia adentro. De pronto, pensé el infinito número de esas proyecciones, sólo limitadas ahora por el tamaño de la página y el calibre del lápiz que los dibujaba.

     Cansada y todo, no podía perder el rastro encontrado. Mezclé café y ron, lo único que me mantenía despierta sin perder la lucidez. El silencio en la calle era grande como el aullido de los perros que se habían agrupado alrededor del container. Habían salido de los recovecos de la construcción cuando sintieron el olor del cadáver.

      Di vuelta las páginas, resignada a no entender más que los elementales parámetros aprendidos en la escuela, radios, diámetros y perímetros relacionados con fórmulas escritas alrededor y al margen, como resultados y comprobación aritmética de los esquemas.

     Llegué a la última página, y no había nada más que el abismo incomprensible de la página en blanco. Jugué con el cuaderno, de hojas medio onduladas por la humedad del depósito. Pensando, volví las hojas una y otra vez, hasta encontrar que varias estaban pegadas. Busqué las puntas para separarlas, pero no eran hojas pegadas, sino dobles, que se desplegaban. Y cuando lo hice, vi el diagrama, donde los poliedros ahora estaban dispuestos como muebles. Cada uno tenía un número, largo, con letras interpuestas en mayúscula o minúscula.

     Abrí el libro de órdenes de compra. Cotejé los números de ambos cuadernos en cada uno de los meses y años consignados. Coincidían casi exactamente, y eso era suficiente para mí.

     Estaba exaltada de haber llegado a ese resultado, pero lo único que me decían era la ubicación de las heladeras que iban a salir de depósito. ¿Pero era necesario eso cuando había simplemente números de orden para cotejar? Las heladeras no eran poliédricas, sino simples cuadrados o rectángulos, si era necesario dibujarlas.

     Volví a esmerarme en entender los diagramas. Había varias páginas dobles, cada una designaba un sitio del taller de la fábrica. Repetí los esquemas en otra hoja grande sobre la mesa de la cocina. Entonces vi que cada esquema de poliedros formaba el vértice de otro poliedro más grande. Era un mapa, una disposición que se repetía a lo largo de todos esos meses y años, y probablemente seguía sirviendo de reparo y referencia para las ventas actuales. Las máquinas que Pedro ponía en funcionamiento los fines de semana eran para mantener el contenido intacto hasta su venta. Si yo pudiese ver los registros actuales, sabría cuáles y a quiénes se venderían. Pero no había nombres.

     ¿Y las letras?

     Separé las letras de los códigos viejos. Fui llenando dos, tres hojas completas con ellas, agrupándolas según el código, el esquema y la disposición en el diagrama. El número de letras coincidía con el número de vértices del poliedro, y la disposición en el diagrama coincidía con un orden alfabético de izquierda a derecha y de arriba abajo. Era tan fácil, tan evidente, que me pregunté el motivo de tantas vueltas. Era como esconder un elefante, otra vez el mismo ejemplo, tras la figura de un grano de arena. Pero los granos de arena son tantos, que tapan al elefante.

    ¿Quién había tenido la inteligencia, o tal vez el ingenio para idear tales recovecos de ilusiones superpuestas, donde las mentes llanas sólo hallarían arena de una playa sin gente?

     ¿Dónde estaba la gente? En esos nombres que se formaban reconstruyendo los poliedros, uniéndolos uno al otro como en fórmulas químicas.

     Múltiples nombres, infinitos, tal vez.    

     ¿Y dónde estaban los dueños de esos nombres?   

 

     Demasiadas preguntas que se quedaron sin respuestas, y hasta las conjeturas fueron abortadas por el sueño que finalmente me venció. Cuando desperté el domingo a la una de la tarde, tenía la cara contra la funda del sillón que tantos olores viejos tenía como recuerdo de vicios y tragedias domésticas, el viejo sillón de la casa de Barracas. Me costó abrir los ojos, legañosos, las mejillas pegoteadas por el ron que se había volcado del vaso, porque ya a última hora el café se había dado por vencido, o se había acabado para bien del atroz paraíso del alcohol. Me costó, también, levantarme. Las muletas estaban en el suelo, a metros de distancia sobre el piso de la sala. Para mí, eran kilómetros. Fue esa una de las ocasiones en que lamenté la soledad.

     (¡Dios mío!, por qué esta estúpida y genial capacidad de asociar palabras que tiene mi mente, este don de lenguas que me posee como una especie de maldición: el pensamiento abstracto, la potencia imaginativa, la múltiple memoria que es sólo una muestra de la que sufría Funes, el personaje de Borges, que nada podía olvidar).

     De pronto, la cara de Soledad, la amante del doctor Ibáñez surgió con todo lo que sabía de ella, igual que se abre un archivo gubernamental de una vieja oficina porteña. Ella había trabajado en el Borda, podría, indudablemente, decirme algo, la más pequeña nimiedad, sobre ese enigma que seguía siendo para mí Adrián Giraldo.

      La ansiedad fue mi acicate. Caminé en cuatro patas por el piso, (es un decir, por supuesto) como un perro rengo. Tomé fuerzas de mi debilidad, me levanté y fui al baño. Me metí en la bañera con agua fría y sonó el timbre. Un instante después, el teléfono. Me reí de las paradojas, dones de Dios a la inteligencia humana para soportar con parsimonia las idioteces de la vida.

     - ¡¿Quién es?!

     -Señorita Cecilia- dijo el portero. - Vengo a cobrar las expensas, se vencieron hace una semana.

     Me agarré la cabeza.

     -Si, sí, no me olvido. El martes cobro, Mariano, le prometo para ese día.

     -Está bien, señorita. Si fuera por mí, pero ya sabe, el consorcio se queja.

     Sí, me dije, el Consorcio. ¿El Olimpo, el Cielo, los Jueces, Dios? ¿Quiénes eran y dónde estaban? ¿Eran una entidad creada por la mente del hombre para torturarse a sí mismo?     

      El teléfono volvió a sonar, traté de ignorarlo. Me sequé, caminé ya más firme con una sola muleta hacia el dormitorio. Me miré al espejo, estaba demacrada y transparente. ¿Cómo? Mi carne era una especie de mortaja. Pensé en papá Tejada. Me aguardaba en algún lugar de ese sitio indeterminado. ¿El Consorcio? Tal vez ése el nombre de la Asociación de los Muertos. El edificio es un gran cementerio vertical lleno de nichos, algunos con balcón al río Estigia, otros con una estrecha vista al Pozo de Aire del Abismo. Y del puerto Estigia, viene Caronte a cobrar las expensas, el aduanero inquebrantable y de paciencia infinita. ¿Y el teléfono qué era? Quizá la llamada desde el otro lado, la voz y la mano de una espiritista.

     La posible novela con todos esos elementos quedó en los cajones donde se guardan los abortos.

     En el centésimo timbrazo, contesté. Era Bernardo. Sí, sí, estoy bien, Bernie, me quedé dormida, mucho trajo el viernes y me traje carpetas a casa. Me quedé leyendo hasta tarde. Las verdades parciales son un lujo, y encajan tan bien en toda ocasión. Se quedó conforme. Llamé a Renato para tranquilizarlo. No, papá, no vengas hoy, estoy con el departamento lleno de archivos de la fábrica. Ya sabés, para mí es un placer moverme entre papeles. Otro golpe bajo dado en el blanco: Renato sucumbiría al recuerdo de mi madre y se quedaría en casa.

      Y estaba libre para llamar a Soledad, la que me haría compañía por un rato, pero sobre todo la que llenaría el vacío de mis ignorancias. Eso es estar solo, pienso, el no saber rellenar los pozos de aire con certezas, que, aunque falaces, son los ladrillos de mi edificio, las escaleras al piso siguiente, la esperanza que, por negada, sigue siendo esperanza que se alimenta de la nada, y en ella sucumbe y yace, finalmente tranquila. O, quién sabe, rodeada de púas y por eso no puede moverse ni salir. El dominio de la carne sobre el alma.

     Marqué el número. Me aborrecería por molestarla un domingo a la tarde luego de toda una semana de trabajo arduo en el hospital, sobre todo cuando recurría a ella sólo por necesidad. Ella, que venía a cuidarme cuando estaba internada, y de cuyo afecto siempre dudé porque no sabía si su dedicación era simplemente por la amistad entre Mateo y Bernardo.

      -Hola, Sole, soy Cecilia.

      - ¡Que sorpresa, Ceci! ¿Pasa algo?

     Me reí con la confirmación de la desconfianza que yo misma había sembrado.

     -No pasa nada. Ya sé que te llamo cuando te necesito, pero…

     -No te hagás problema, me agarraste justo que iba a salir al hospital.

     - ¿Trabajás hoy? Perdonáme, lo dejamos para otro día.

     -No, no. Es que Blas, el hijo de Mateo, está otra vez internado en el Ramos Mejía. Si querés paso a visitarse cuando salga, me queda cerca. ¿Necesitás algo?

      -Sólo una pregunta de periodista, no puedo sacarme el vicio de encima, ya sabés.

     -No hay problema, aunque no me imagino en qué puedo ayudarte en ese sentido.

     -Sobre tu trabajo en el Borda.

     - ¡Ah! Tiempos prehistóricos, Ceci. En fin, tengo que irme, Mateo me espera en el auto.

     Me preparé algo para comer que acompañara mis medicamentos, tomados fuera de hora, por supuesto. Si pudiese evitar que los hombres de mi vida me viesen en este estado hasta el momento exacto en que fuese inevitable… El deterioro de mi cuerpo era compatible con el éxtasis de algún modo ignominioso de mi intelecto, porque crecía en ego a sus expensas. Pero tampoco puedo llamar así a esta entidad en mi cabeza, es algo más: el alma metafísica, el estado intermedio del conocimiento entre la superstición y la ciencia. Entre el estado teológico y el positivista. La zona acomodaticia donde todo encaja a medias, el barrio suburbano donde conviven el obrero y el médico, cruzándose, saludándose, sin conocerse.

     Y ese espacio me encadenaba a seguir persistiendo en mi drama, asistiendo como espectador a la gran ópera que se desarrollaba en el escenario y me tenía como protagonista. No quería salir del teatro, pero la obra llegaría a su fin.

     Revisé el libro de esbozos y diagramas, el libro geométrico, como lo llamé. Era el producto de un hombre, sin duda, de una mente masculina acostumbrada a lo concreto, a las armazones que sólo pueden crearse con la destreza de una memoria visual entrenada, pero sobre todo por la capacidad de los hombres de separar abruptamente el cuerpo del alma. La intensidad de esa separación es lo que provoca la intensidad de su locura. La de las mujeres es diferente, su intelectualidad está llena de matices sometidos al sentimiento: éste las salva y las hunde. Somos mujeres que matan sin remordimiento, los hombres sucumben al suicido porque no hallan en el asesinato la paz anhelada.

     A las siete llegó Soledad. Se anunció desde la calle con un bocinazo. Salí al balcón y vi el Falcon, por un instante temí la metralla y toda la utilería de la guerra. Pero no era el coronel, sino el Falcon de Ibáñez. Soledad bajaba del auto y me saludó. Mateo se fue y ella entró al edificio. Dos minutos después escuché el ascensor en el piso, pero yo ya tenía abierta la puerta del departamento. No abrazamos, me acompañó hasta el sillón, y nos miramos un momento en silencio. Era bella, por supuesto, con su cabello castaño que le caía en ondas naturales sobre la frente. Tenía diez años más, pero yo era una vieja decrépita.

     - ¿Cómo estás, Ceci?

     -Ya me ves, me voy deteriorando.

     - ¡Ya basta con esa mierda! Ya me dijo Bernardo que repetís ese latiguillo cada vez que podés. Sos una insoportable…

      Bajé la mirada y ella se disculpó.

      -No te hagás problema, ya sé que lo hago para victimizarme.

      -Y ahora estás haciendo lo mismo, pero bueno…por lo menos tenés trabajo para distraerte de todos esos pensamientos.

    Miró las carpetas y los papeles esparcidos sobre el sillón y el escritorio.

    - ¿Qué querías preguntarme?

    -Después, primero quería saber cómo está el hijo de Ibáñez.

    -Más o menos como siempre. Nació enfermo, por la hemofilia, y no sé cómo vive todavía. Tiene quince años y quiere ser médico como el padre. Podría ser un buen médico, de los que escuchan y acompañan al paciente hasta la puerta del consultorio, pero no sé si es realmente lo que le gusta. No lo dice, pero creo que adora tanto al padre que quiere compensarlo de alguna manera por todos los trastornos que le ha traído.

     -Sí, eso es. Los enfermos provocamos trastornos a los sanos.

     Soledad me miró, ofuscada.

     - ¿Para eso me llamaste? Si querés te recomiendo un psicólogo, querida, yo no tengo tiempo, y no trabajo los domingos.

     Se levantó y fue a la cocina. La imaginé apoyar las manos en la mesada y suspirar profundo y lento.     

     -Perdóname, no sé lo que me pasa-le dije. Estoy mucho tiempo sola, y cuando viene alguien me deshago en lamentaciones que no sabía estaban ahí, en la punta de la lengua.

     Volvió luego de encender la hornalla para hacer café.

     -Disculpáme vos. Quiero a Blas como si fuera mi hijo.

     Pensé en Andrés, de la misma edad. Chicos raros, ambos.

     - ¿Blas tiene amigos?

     -Claro que no, los compañeros de la escuela lo evitan, y además falta la mitad del año a clases por sus internaciones o el reposo en casa.

     -Conozco a un cadete de la fábrica de la misma edad. Huérfano de padre y con una madre…posesiva es lo menos que puedo decir…

    -Ya sé, hija de puta, más bien. Entiendo. Pero no creo que la relación funcione, lo más probable es que la identificación de sus pesares no haga más que acentuar el pesimismo de ambos.

    No le mencioné el psicologismo que estaba aplicando en contra de lo que había dicho antes, pero se dio cuenta.

    -Ya sé, ya sé, mierda. Pero no puedo evitarlo. Ahora contáme en qué estás, porque me imagino que todo esto es una investigación periodística. 

    ¿Lo era?

     - ¿Te acordás de un paciente en el Borda que se llamaba Adrián Giraldo?

     Pensó un poco, luego me miró con susto. 

     - ¿En qué te metiste?

     - ¿Por qué?

     -Mirá, Ceci. No lo conocí en realidad, sólo en la sala de autopsias. A Mateo lo llamaron del ministerio para determinar la causa de muerte, yo lo ayudé en el quirófano. Encontraron el cuerpo en las afueras de Londres. Tenía las vísceras extirpadas y habían rellenado el cuerpo con tierra. Era un caso evidente de tráfico de órganos. Los internos psiquiátricos y los asilos de huérfanos son las fuentes principales, también están los que pagan por gente más sana, común y corriente, pero ese es otro mercado paralelo y más caro. Pero nos preguntamos por qué se habían tomado todo ese trabajo con Giraldo, simplemente para simular el rito de alguna secta o qué sé yo. No era lo común y no había necesidad. Durante la autopsia no sabíamos nada del muerto, después, cuando el ministro Farías prácticamente amedrentó a Mateo a callarse la boca y hacer el informe de la autopsia según la versión oficial, tuvimos acceso a la historia clínica. Ya sabés cómo son los ministerios, y más hace diez años. Los militares volvían a organizarse, y todavía no tenían el dominio de todo, menos tratándose de viejas carpetas de locos crónicos.

      - ¿Y qué decía la historia clínica?

      -Que Giraldo era esquizofrénico, parece que de familia. Pero cada vez que le daban el alta y volvía al trabajo recaía. Había transcripciones del relato de la mujer. Decía que el marido se enfermaba cuando iba a trabajar, que no le convenía volver y tenían que echarlo o jubilarlo por discapacidad. La empresa optó por jubilarlo, lo cual estaba bien, pero cuando lo internaron empezó a recuperarse. Le dieron el alta y volvió con su mujer y su hijo. Después de eso pasó lo de la aparición en Inglaterra. Todo eso es policial, y yo de eso ya no sé nada.

     - ¿Y en dónde trabajaba, a qué se dedicaba?

     -Creo que era ingeniero electrónico, y trabajaba para una empresa de refrigeración, según me dijo Mateo.

     Apoyó una mano en mi hombro.

     - ¿Pero vos no estás trabajando en Frigidaire? Ahora entiendo, ¿¡qué te pasa, Ceci?!

     Me había mareado, por supuesto. No como una tarada de telenovela por la noticia recibida, sino por la hipoglucemia. Soledad, la de Barracas, como en el tango, donde ella había nacido y yo había vivido, se quedó a cuidarme no como una enfermera, sino como una amiga. La única que tuve y a la que rechacé cuando ya me sentí bien. No necesitaba amigas para hacer lo que tenía que hacer. Me interne en el sueño del domingo a la noche, con la mente por primera vez clara en mucho tiempo, acicateada por la ira.

      Antes de irse, le mostré los cuadernos a Soledad. Ella reconoció la letra de Cintia, era la misma de las cartas que había recibido Giraldo y que estaban en la historia clínica del Borda. No podía olvidarla porque en ese entonces se había preguntado cómo alguien podía tener semejante brutalidad en la escritura de un inglés tan rudimentario, que Giraldo había tomado por cierto.

     A menos que fuese deliberadamente. Confundir a un trastornado no es difícil, sólo basta mezclar la verdad y la mentira como en los juegos de azar donde se esconde un dado en tres cubiletes que se hacen girar y girar. Y se desafía al elegido, a escoger. El resultado es una trampa, porque la trampa es el juego.

 

 

 

9

 

 

Era ya tarde ese domingo, demasiado para que cualquier persona normal no hiciese otra cosa más meterse en la cama y dormir. Yo no soy una de ellas, y por eso seguí rumiando la rabia contra la mujer que se había desecho del marido de esa forma, porque no me cabía duda de que Cintia era la que escribía y recibía las cartas desde su oficina en la fábrica. Me preguntaba qué mal le había hecho él para que ella llegara a planear tal venganza, a menos que no se tratara solamente de su sentimiento, sino de la influencia de alguien más. Entonces pensé en Ansaldi, que muy probablemente ya era su amante, y en lo que Giraldo sabía de la fábrica. Todos esos gráficos diseñados por él formaban la estructura tras la fachada comercial.

     ¿Pero qué es lo que había detrás?

     Si Cintia había hecho caer a su marido en la misma trampa que él había diseñado, era porque estaban metidos en el tráfico de órganos. Ya Mario me había comentado algo varios años antes, entre cuchicheos bisbiseados en el ascensor de la redacción, y el flaco Scarfione, que bien se callaba, bien había escrito un largo artículo que nadie más que Beltrame llegó a leer, y creo que destruyó.

      Eran las doce de la noche. Pedro debía estar en los talleres. Tal vez ya se estuviese yendo a casa luego de apagar el equipo electrógeno y sin dejar rastros para la mañana del lunes. De todos modos, yo no tenía opción. En realidad, no estaba dispuesta a darme otra oportunidad. Ese trabajo en la fábrica fue desde el principio una especie de regalía a mi vida. Debí haberme muerto antes, pero siempre encontraba aspectos del mundo que me interesaban tanto como a un artista la belleza de un paisaje o de una persona. Necesitaba plasmarlos lo más fielmente posible, sabiendo que la verdad es más arbitraria que la mentira, que se disfraza y miente ella misma como un adicto, que se escabulle, se esconde y finge locuras, insanias y lucideces extremas con tal de permanecer siempre como un misterio. Porque la verdad conocida pierde su aristocracia y su belleza y se hace vulgar como una sirvienta de villa miseria.

     Pero yo he visto la manera en que esa verdad renace igual que un Fénix en el corazón de esa sirvienta, y como no le gusta lo que ve, se transforma como el insecto de Kafka. La verdad sufre también de enfermedades mentales, sobre todo la temida esquizofrenia. Y ella se alimenta a sí misma en ese ciclo de salud y enfermedad, hasta que los períodos de ésta se van haciendo más largos que los de la otra. Finalmente, muere a causa de su propio dolor. Y lo que para la vida es la muerte, la mentira lo es para ella.

      Sabiendo de antemano el fracaso, la esperanza no se presentó, ni los buenos augurios cantaron canciones optimistas. Sin expectativas, salí tranquila del departamento. Antes llamé un remise que me esperó frente a la puerta del edificio. Los arcos del Abasto lucían oscuros como los de una abadía abandonada. Pensé en Dios por un instante, en las oraciones que papá Tejada había intentado enseñarme a pesar de los retos de mamá. No recordé ninguna, en su lugar di una dirección al chofer, una palabra y una cifra frías como una ecuación matemática que determinara un espacio, un lugar, un sitio: tal vez el Paraíso, quizá el Infierno. Milton y el Dante los habían recorrido, ninguno de ellos salió ileso.

     La literatura es más verídica que la realidad.

     Llegamos a la entrada de los talleres sobre la calle Cabezón. Sólo había una luz de mercurio en la intersección con la avenida, donde los semáforos cambiaban de luces ante un tráfico inexistente. Era la una de la madrugada.

     - ¿Adónde va a estas horas, señorita? - me preguntó el chofer, un hombre de casi cuarenta años, mal afeitado, pero con ojos de chico.

     - Me parece que no le importa- le dije.

     -Perdone usted que me entrometa, pero usted no es de la calle, y esta zona es peligrosa.

     - ¿Por qué lo dice?

     Se encogió de hombros y volvió a mirar hacia adelante, pero me habló observándome por el espejo retrovisor.

     -La zona tiene mala fama desde que subieron los milicos. Le hablo con toda confianza porque usted no parece tener esas ideas.

     Me sonreí en la sombra del asiento trasero. El auto tenía las luces y el motor apagados. Empecé a dudar de las intenciones de ese hombre, pero, en fin, algo sabe, me dije, y no perdería la oportunidad.

     - ¿Así que juzga a la gente por su aspecto? ¿Por qué estoy medio incapacitada me cree inocente?

     -No se enoje, pero qué quiere que le diga. Los que tiene problemas con su cuerpo, graves problemas, quiero decir, suelen dedicarle mucho tiempo como para estar pensando en hacer mal a otros.

     - ¿Y usted cómo sabe que yo he pensado eso mismo muchas veces, casi con las mismas palabras?

     -Porque también soy un hombre común y corriente, y conozco ciertas clases de maldad, señorita, algunas inexplicables, aunque en el trajín de la vida uno no tiene más remedio que adjudicarlas a las propias culpas.

     Hizo una pausa para toser y encender un cigarrillo. Me convidó.

     -Yo también conozco, señor, a la gente. Y usted me está verseando quizá para violarme y matarme.

     Se rio.

     -Puede pensar lo que quiera, pero no creo que lo sienta realmente. Usted ha tenido tiempo para pensar mucho sobre la naturaleza de los hombres. En una cama de hospital o en su casa mientras espera que se le curen las heridas. Sabe, de laguna manera, que los hombres que hacen esas cosas no suelen manejar un remise por cuatro pesos en plena noche por zonas más que dudosas. Ellos esperan en sus casas y piensan en las mujeres débiles.

     -Yo soy una de ellas, si no se dio cuenta.

     - ¿Porque usa muletas? No lo creo. Esas muletas pueden ser armas de doble filo, pero no le hablo de eso, sino de su fortaleza. Un hombre cualquiera, por ejemplo, yo, se habría matado en su lugar.

     -Bueno, si así lo plantea, tampoco creo que usted sea de esos. Dígame…

     -Santiago, señorita. Chávez, para más datos.

     -Dígame, Santiago, ¿ese chico de la foto es su hijo?

     Sobre el espejo retrovisor había una fotografía de un niño de muy pocos años, y un osito de peluche muy pequeño balanceándose de una cuerda como un ahorcado. La agarró con la mano derecha y me la alcanzó.

      -Lo era, señorita. Se llamaba Genaro. Lo maté un mes después de esa foto.

      -No diga eso, Santiago, no le creo.

      Dio dos pitadas y el humo ocultó el rostro abrumado del chofer.

      -Como quiera, le digo cómo son las cosas, no como quisiera que sean. Hay una diferencia entre morirse y ser asesinado.

    -Pero…un accidente, debió haber sido eso, ¿no?

    - ¿Cómo se llama eso…? ¡La puta, que no me sale! Usted perdone… ¡Ya está! Eufemismo.

    -Entiendo-. Le devolví la foto-. ¿Cuánto le debo?

    - Diez pesos con cincuenta, señorita. ¿Quiere que la espere?

    -No, le agradezco, Santiago. ¿Puedo hacerle una pregunta personal, o más bien otra?

    -A sus órdenes.

    - ¿Cómo fue?

    Suspiró, exhaló una bocanada de humo, y dijo:

    -Lo atropellé con la camioneta. Pero se desangró en el asiento cuando traté de llevarlo al hospital. Los chicos son débiles, señorita, sus cuerpecitos son como los de este osito de peluche, ¿me entiende? Uno puede destrozarlos así nomás. ¿No es una lástima?

     Me bajé y caminé por la vereda unos metros. El auto retomó la marcha hacia la avenida.

     Tenía las llaves, claro, casi desde que empecé a trabajar disponía de las llaves del portón principal y de los talleres, muchas veces tuve que ir a cotejar los números de modelos que eran objeto de reclamos. Volví a preguntarme una vez más si todo este entramado de intrigas no era producto de mi imaginación, porque todo en la empresa era accesible y carente de cualquier indicio de ocultamiento. Pero precisamente la imaginación me jugaba una trampa en sentido contrario: lo que uno espera es exactamente eso, los sitios escondidos y las puertas trabadas, que son casi siempre influencias de las novelas, el cine o la televisión. La realidad suele ser más simple en sus procedimientos, porque la mayoría de las veces la mirada del hombre pasa por alto tantas y tantas cosas, que lo que estuvo años junto a nosotros, cuando lo vemos es como si lo viésemos por primera vez. Lo que no está escondido, no se busca, y lo que no suele encontrado.

      Entré a los talleres en la oscuridad. No había ningún ruido, los motores apagados y las ratas durmiendo, probablemente. Encendí la linterna que tuve la precaución de traer. La oscuridad reducía los espacios tan amplios que había visto durante el día. Había armazones y carcazas de heladeras desarmadas, viejas y oxidadas en un costado. Toda la sala estaba dividida en sectores sin paredes de separación, sólo por los grupos de trabajo que se dedicaban a diferentes tareas. Los aparatos inservibles estaban al costado izquierdo, donde no había ventanales. En la pared contraria estaban las máquinas de armado, en el centro, un grupo de poleas y cintas que transportaban los repuestos de puesto en puesto, donde los obreros ensamblaban las piezas. En otro sector, más al fondo, estaban las grúas que levantaban las heladeras y los refrigeradores para ser probados. Caminé entre las máquinas como abriéndome paso entre esculturas futurísticas, porque eso eran en la oscuridad y la quietud, habitantes de un planeta abandonado de alguna novela de Bradbury.

      Había números que designaban las estaciones de trabajo, y recordé los gráficos de Giraldo. Estando en el centro y al mismo plano, no tenía la perspectiva para visualizar o ubicarme en el lugar. Tanto estudiar esos esbozos, habían quedado impregnados en mi memoria, pero la realidad era distinta. Caminé dando vueltas entre las máquinas, buscando los números, intentando armar nuevamente el plano según la ubicación actual. Me detenía a escribir en la libreta, retomaba el camino y volvía a detenerme. Era un proceso lento el caminar con las muletas, apoyarlas en el piso, poner la linterna de modo que me alumbrara y escribir, luego hacer el proceso contrario.

      Entre descansos y labor, me llevó más de una hora darme cuenta de que no había recorrido ni siquiera un tercio del lugar. Al fondo había más máquinas y más espacios en blanco. A las cuatro y media llegaría el sereno, ¿y cómo le explicaría mi presencia? Pero no podía irme ahora, el trabajo estaba a medio hacer, y la siguiente vez la disposición tal vez fuese diferente, y todo sería una vuelta a empezar.

     ¿Pero qué buscaba? Uno de los poliedros del libro coincidía con el segundo grupo que había encontrado. Era las máquinas más viejas, probablemente del tiempo de Giraldo. Eso me dio ánimos para seguir, y sobre todo confirmar que la disposición de las máquinas no correspondía exactamente a la distribución de los aparatos terminados. Los poliedros de las páginas representaban las máquinas de fabricación, pero los que estaban en las páginas dobles correspondían a las heladeras, fuese el tipo que fuese.

     Entonces abandoné la tarea minuciosa de ver y escribir, y caminé directamente hacia el fondo. Escuché ruidos. Eran las ratas, esta vez. O se habían despertado, o en ese lugar había algo que les interesaba. No había gatos, según me habían dicho los hombres. Gato que entraba, gato que se moría pocos meses después. Uno o muchos, no duraban.

      El haz de la linterna espantó muchos grupos de ratas. Yo no les tenía miedo, estaba acostumbrada a verlas en el matadero y por todo el barrio durante mi infancia. Las que no huían, se quedaban al pie de los aparatos. Hice una prueba: apagando la luz, ellas recomenzaban la tarea de roer. Encendiéndola abruptamente, las sorprendía en su tarea. Habían hecho muescas y mellado el metal en gran proporción, sin lograr atravesarlo. Era una tarea que debían intentar desde mucho tiempo a juzgar por el estado de los aparatos, semihundidos, despintados, oxidados.

      Mientras ellas me olían el pie sano o intentando mascar la goma del taco de las muletas, las dejé hacerlo para que entretuvieran mientras me disponía a abrir las heladeras. El motor estaba tibio, como si no más de una o dos horas antes hubiesen estado en funcionamiento. Algunas eran heladeras comunes de cocina, otras bajas como las de los negocios o freezers. Elegí una de éstas. No había candados, pero estaban cerradas con una manija tipo palanca a presión. Tuve que hacer fuerza con ambas manos, así que no tuve luz al principio. Levanté la tapa y recibí un vaho de intenso frío que me golpeó la cara. Pero cuando levanté la linterna del piso, empecé a sentir el olor. Luego, la luz me mostró lo que la memoria me había revelado antes: las vísceras envueltas en bolsas transparentes, una al lado de la otra, unas sobre otras, en varias pilas. Parecían corazones, creo.

     Cerré la tapa. Fui a otro aparato. Hice lo mismo: ¿hígados?, posiblemente.

     Fui de aparato en aparato, siguiendo los perímetros del poliedro: riñones, corazones, hígados, córneas en bolsas planas, incontables, huesos, fémures, tibias, húmeros, maxilares. Todo lo que pudiera ser trasplantado por los cirujanos en cualquier lugar del mundo.

     Seguí buscando. Más heladeras en más poliedros. Las ratas me seguían, tal vez les gustaba la goma de las muletas que casi habían roído del todo. Seguí abriendo las tapas, accesibles a quien quisiera ver el interior, a cualquier hombre o mujer de la calle que apenas sospechase, quizá incluso la madre o el padre o amigo de quienes alguna vez había poseído las vísceras que estaban congeladas. ¿Cuánto podían durar? ¿Qué era lo que decía la ciencia médica? ¿Acaso importaba?

     Llegué a las heladeras comunes y corrientes. Las de las cocinas de las casas y departamentos de cualquier hijo de vecino que guardan la carne para el asado del domingo. Dentro, había pedazos de cuerpos, cortados, algunos, tal vez enteros otrois, pero no me paré a diferenciarlos. Parados, apretados por las paredes de la heladera, unos con los cráneos llenos de carne, otros con la piel morada, muchos con los ojos aun abiertos, mirándome al abrir la puerta.

     Las ratas entraron, sí. Ese fue mi descuido. Pedro debía tener mucho cuidado en evitarlo.

     Pedro, el guardián del cementerio.

     El emperador de los helados.

    

 

 

10

 

 

- ¿Qué hace acá, Cecilia?

     La voz, a mis espaldas, fue el eco de mi memoria procreándose y expandiéndose por los talleres hasta llegar a los techos y hablarme desde ahí. La voz que está en todas partes y en ninguna. La voz de Pedro se había convertido en la voz de mi conciencia, y entonces supe, de una vez por todas, que pasara lo que pasase, yo ya estaba sentenciada como todos los que habíamos participado, de una manera u otra, de este holocausto.

      Me di vuelta para enfrentarlo. Estaba parado con la expresión fabricada en el taller de la estulticia con la que había embaucado a Dora, y seguramente a sí mismo muchas veces al mirarse al espejo. Pero al extremo de su brazo derecho, la mano sujetaba el nudo de una bolsa de arpillera, grande y abultada, apoyada en el piso.

      -Investigando un poco, Pedro, ya se habrá dado cuenta. ¿Para qué pregunta? Déjese ya de hipocresías conmigo.

     -Somos pocos y nos conocemos mucho, ¿no es cierto? Así decían en mi pueblo.

     - ¿Así? Lo dicen en todas partes, que yo sepa. ¿Y qué trae en la bolsa, si puede saberse?

     -El sarcasmo también es una especie de hipocresía, Cecilia, o de eufemismo, si usted quiere.

     (¿Quién había pronunciado esa palabra esa misma noche? ¡Ah!, el chofer)

     -Es verdad. Entonces haga lo que tenga que hacer, he visto muchas cosas peores por acá.

     -Es usted una mujer con mucha fortaleza.

     (Otra vez los términos, las frases similares)

     Levantó la bolsa con mucho esfuerzo sobre el hombro derecho, se agachó un poco y la apoyó sobre la espalda. Creí estar viendo a uno de los viejos compañeros de mi padre, o a mi padre mismo llevando las reses por los patios del matadero. La dejó caer junto a una de las heladeras que habían visto vacías. Cortó la tela con una navaja y rasgó el resto hasta dejar al descubierto tres cuerpos.

     Me caí al suelo, de cola al piso. Las piernas no me sostuvieron porque había perdido la conciencia del espacio, que era todo vacío, una especie de agujero negro que me absorbía como un torbellino de viento huracanado. La cabeza me daba vueltas, mientras intentaba concentrar la vista en un punto fijo, lo único que no se movía ni se movería más por cuenta propia, los cadáveres de Dora y sus hijos.

     Grité tapándome la boca con las manos, así que no salió más que un gemido, una especie de mugido de vaca estúpida que se lamentara por la muerte de sus terneros en el matadero de mi padre. Y esa comparación involuntaria pero tal vez largamente encerrada en las paredes de mi cráneo me hicieron sentir culpable. El resentimiento que le guardaba a papá Tejado por haberme abandonado, por haberse muerto dejándome al azar del mundo con la herencia de su legado, lo ponía al lado de Pedro Espinoza. Ambos hombres cargando cadáveres sobre la espalda. Y eso, lo sabía, no era justo.

     Pedro se me acercó, se puso de rodillas junto a mí, me agarró la cabeza entre las manos y la apoyó sobre su pecho, como lo hacía mi padre. Ese hombre encarnaba a muchos, era uno y otro sucesivamente. Era ninguno, y era todos.

     - ¡¿Por qué?!- pregunté, llorando.

     -El coronel…-empezó a decir.

     -Pero usted le salvó la vida dos veces, no le debe nada. Él le debe a usted…

     -Sin embargo, le debo la libertad. 

     - ¿La libertad para matar?

     -Dora quería llevárselos, me lo dijo esta mañana, cuando tomábamos mate en el patio, y lo chicos seguían durmiendo. Cecilia tenía razón, me dijo. Usted hizo germinar la semilla que pensé muerta. Usted sabe que hay semillas que esperan mucho tiempo para germinar, uno las cree secas y, de repente, un día germinan, y soportan las más grandes inclemencias. Yo las he visto en los campos quemados por mi viejo. En medio de la quemazón y varios meses después, se ve una plantita verde que se asoma de la tierra. Eso es lo que me dijo Dora, una plantita humilde pero demasiado dura como para combatir. No había más que arrancarla de raíz. Y los chicos, pobres, ahora ya no van a sufrir más el castigo del cuerpo. Eso usted lo entiende bien, ¿no? Yo puedo hablarle del castigo de la mente. Cuando me dispararon, había perdido más de la mitad de mis recuerdos. Todo lo que tenía era nada más que campo, fuego y golpes. El desgarro de la tierra en nuestras continuas mudanzas, los tiros de los comisarios con los cuales creían amedrentar a mi viejo, y durante su encarcelamiento, las visitas del cura que se encamaba con mi madre. Y un día, en el campo, se vino conmigo, charlando de cosas de hombres, como dijo que yo necesitaba hablar, y me mostró cómo se hacía, y desde entonces todos esos meses me llevaba al río o al maizal y frotaba su cuerpo desnudo contra el mío, y me cogía. Así nomás, se lo digo. Se ve que tenía mucha savia que ofrecer, mi vieja, yo, las indias del pueblo y las putas del prostíbulo. Después ofrecía todo ese trabajo a Dios, arrodillándose ante el altar de la capilla. Yo lo vi muchas veces desde la puerta. Hasta pensé en agarrar el cáliz de plata que el obispo había traído el día de nuestro Santo Patrono, y machacarle la cabeza.

     Si pensaba conmoverme, no lo hizo. Las cintas magnéticas de mi memoria grababan.

     -Con esa media memoria viví mucho tiempo, más fuerte que nunca porque no tenía el peso de lo que vino después. Me acicateaba por las noches y se me aparecía en pleno día, y yo no podía hablar, no me salían las palabras. Pero todos esos recuerdos germinaron juntos muchos años después, y las plantas fueron espinosas como mi apellido, duras e hirientes. Yo era eso, eso soy. No sabía qué hacer con todo esto, hasta que conocí al coronel.

     -Ya mató a los otros, y a éstos ahora, ¿cuáles siguen?

     - ¿Por qué no tuvo hijos, Cecilia? No que diga que, por su enfermedad, el cuerpo es una sorpresa constante.

     Me aparté de él. Hacía dos meses que no tenía mi período, pero era tan habitual mi irregularidad que no me había llamado la atención. Todo el peso del mundo se me vino encima, los techos del taller se derrumbaron y todas las máquinas con sus cuerpos encerrados. Me desmayé, creo, pero aun así sentí que me levantaba en los brazos, luego el motor de un auto. Cuando abrí los ojos, estaba amaneciendo y estaba en la camioneta de Pedro. Tenía la cara contra el respaldo y sentí olor a sangre. Hice el esfuerzo de abrir la puerta.

      -No se preocupe, Cecilia, no es su sangre. Es un manchón que está en el asiento desde que compré la camioneta, de vez en cuando se licúa. Debe ser el clima o qué sé yo, o nada más que el milagro de San Genaro.

      (De nuevo, el chofer del remise y su hijo, y la misma camioneta, obviamente. Los nombres se congregaban y se unían por lazos en común, los poliedros, y luego los círculos que los armonizaban)

      Me miró, condescendiente, con media sonrisa que no era sarcasmo sino otra cosa tan desconocida que no me atreví a volver a mirarlo. ¿A dónde me llevaba? A las afueras de la ciudad, a matarme en pleno campo. Pero podría haberlo hecho en la fábrica.  En cambio, descubrí el recorrido que hacíamos cuando me llevaba a casa. Estacionó, me cargó en brazos y me subió al departamento, dejándome en cama.

      ¿Por qué insistía en dejarme viva? Yo era un perro, testigo de todo, y que no podía hablar. Seguramente él nunca había matado a un perro, el hecho de contarlos a lo largo de las rutas, como me había dicho que lo hacía, mostraba su preocupación por ellos.

 

 

 

11

 

 

Pero podía escribir.

     Si de mi padre había heredado el dolor y la enfermedad, de mi madre había recibido la catarsis de la palabra.

     Fui al hospital, al Ramos Mejía, que no sólo me quedaba cerca sino donde tampoco Bernardo tenía conocidos que yo supiera. Me acordé de que estaba internado el hijo de Ibáñez y que tal vez me cruzara con Mateo. No tenía ánimos para dar más vueltas, así que fui, expliqué al médico de guardia y me sacaron sangre para los análisis. Dispuesta a regresar a casa y retardar las noticias hasta el día siguiente, pensé en Blas. Pregunté en la recepción el número de cuarto. Subí al piso en el ascensor atestado de gente y una camilla con una mujer recién salida del quirófano. En silencio, la mirábamos y ella nos miraba, avergonzada. Mis ojos, sin embargo, estaban habitados de cuerpos congelados.

     Recorrí el pasillo hasta la puerta de la habitación. Me asomé un poco y no había nadie más que el chico en la cama, pálido y con dos vías alimentándolo con suero y sangre en cada brazo.

     -Hola- dije.

     Me miró con desgano.

     -Se equivocó de habitación.

     -Sos Blas Ibáñez, ¿no es cierto? Me llamo Cecilia, soy amiga de tu papá y de Soledad.

      Entré y me senté en la silla junto a la cama. Era flaco como Andrés, pero más delgado y enfermizo. Sin embargo, tenían la misma expresión de confusión y pesimismo.

      -Pasaba nomás, y me dije ¿por qué no pasar a visitarlo? A esta hora tu viejo debe estar trabajando y debés pasar las mañanas solo.

     -Sí, viene por la tarde o la noche, cuando se desocupa de sus pacientes. Gracias…-me dijo, con vergüenza.

     -Por nada. ¿Así que querés se médico vos también? Ya son muchos en la familia…

     Me salió el sarcasmo, no podía evitarlo, pero no creo que el chico lo comprendiera.

     -Bueno, sí, creo que sí. Mi papá es muy bueno, todos lo respetan, y yo quiero ser como él.

     Pensé en Andrés Giraldo. Era la asimetría de Blas en la relación con sus padres. Sabía que la madre había muerto poco después de que naciera. En uno, el padre maravilla, en otro, la madre villana. Ambos sin el contrapeso que equilibrara la inestable balanza de la adolescencia.

     -Conozco a un muchacho que trabaja de cadete en mi oficina, se me ocurrió que pueden llevarse bien. Ambos parecen solos entre muchos adultos.

     -No me llevo bien con los chicos de mi edad.

      -Eso depende de la persona con la que intentes hacer amistad. La mayoría no vale la pena el esfuerzo, pero de vez en cuando hay excepciones.

     -Como quiera, señorita.

     Se rascó el brazo con la vía de suero, estaba hinchado y con sarpullido.

     -Tomá, te dejo el teléfono anotado sobre la mesita. Cuando vuelvas a casa, si querés, llamálo. Ahora te dejo en paz. Que te mejores pronto, Blas. Vas a ser un gran médico, mejor que tu papá.   

      Vi su sonrisa, y fue un bálsamo que me inundó hasta llegar a casa.

      Me puse a escribir. Hojas y hojas que se fueron acumulando en la carpeta que contiene todos estos escritos. Las horas de la tarde pasaron y llegó la noche, y la máquina de escribir se detuvo. Seguí escribiendo a mano después de descansar, mis vecinos, tan amables siempre, se quejaban a veces del molesto tecleo por las noches, que se escuchaba no a través de los muros anchos del edificio viejo, sino por el pasillo cuyo eco era como la acústica de un teatro.

     Cuando terminé, a las tres de la mañana, me acosté.

     Al día siguiente, regresé al hospital. Me entregaron el sobre con los resultados. Esquivé miradas, me concentré en mí misma, con la vista puesta en las paredes descascaradas y los techos con humedad, como si aminara por pasillos vacíos que se convertían en túneles, donde la pintura blanca se iba deshaciendo de a poco dejando ver las viejas pinturas años antes desaparecidas sobre otras tantas. Y a medida que se iban cayendo, reaparecían las viejas manchas parecidas a cánceres de piel formando mapas de continentes extinguidos. Y esos mundos inexplorados eran tan fascinantes, que necesitaba ir hacia ellos.

     

     Una semana después, recibí el llamado de Leandro. Hacía tanto tiempo que no lo veía, que me llené de ganas de charlar con él. No hizo más que mirarme y tenerme lástima, y yo repetí mi latiguillo lastimoso y autocompasivo del constante deterioro. Disfruté de las miradas compasivas de la gente del bar donde nos encontramos. Disfruté, también, de la ficción de hablar de la empresa de heladeras como si continuase trabajando, hasta que finalmente le confesé que me habían despedido.

     Fuimos a mi departamento. Hojeó algunos de mis escritos, mientas yo me cambiaba en el dormitorio y preparaba las ampollas. Esa noche dormimos juntos por primera vez desde que nos habíamos conocido en la secundaria.

     Desperté. No, me equivoco. No alcancé a dormirme del todo. Me senté en la cama, asegurándome que él seguía dormido, soñando en sus mundos escritos que yo tanto admiraba. Rompí las ampollas, llené la jeringa. Ajusté el lazo de goma en mi brazo izquierdo, esperé que la vena se hinchara y se convirtiera en un río caudaloso en la accidentada cartografía de mi cuerpo.

     Me inyecté la sustancia que me arrastraría donde el dolor no es más que una sarcástica utopía inventada por la mente de Dios, para compensar su inquebrantable vacío.

 





Ilustración: Nik Alm

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