¿Copia la Naturaleza al Arte, como afirmaba el “dandy” inglés? ¿Puede creerse que la estatuaria griega no reprodujese bellos modelos vivos, sino que fuera el pueblo heleno el que llegase a ser supremamente hermoso en fuerza de contemplar bellas estatuas? ¿Resulta verosímil que las damas inglesas no fueran ni rubias, ni esbeltas, ni rosadas, ni manifestaran predilección por los trajes azules hasta que determinada escuela pictórica comenzó a mostrarlas así?... Si la peregrina teoría wildteana necesitase argumentos en que apoyarse, en el caso de las románticas los hallaría bien sólidos. (Verdad que a las cosas sutiles nada les perjudica como la solidez...) Porque en los primeros tiempos románticos, autores y autoras tomaron caprichosamente entre sus manos y bajo sus plumas un soñado muñeco femenino, le infundieron un alma estrictamente literaria, sin importárseles un comino de la realidad; lo ataviaron con galas extranjeras o ropajes exóticos o trapos anticuados, cayeron en el anacronismo de colocar en plena época moderna damas de perfil medieval, y en el corazón de la traviesa Francia rubias pálidas y melancólicas heroínas norteñas..., y a poco se encontraron con que los arbitrarios muñecos femeninos tomaban vida, cuerpo, realidad, y formaban corro parlanchín, exaltado y agradecido, en torno a sus magnánimos creadores; y la vieja sociedad femenina, cuyas notas más destacadas eran la dama frívola y egoísta, o la “calcetera” impía y sanguinaria, se convertía—así en los más altos como en los más bajos escalones—al más ensalzado y absoluto sentimentalismo.
El literario “mal del siglo” sustituyó en las mujeres a la clásica jaqueca, y en lugar de correr tras el rastro de la inconsciente Manon o divertirse en el frívolo juego del desdén con el desdén, las románticas pasearon por los parques, entre sauces y cipreses, llamando a Rodolfo bajo la pálida luz de la luna... Los autores románticos no se sorprendieron gran cosa ante el prodigio. Ellos desconocían, ¡ claro !, la teoría de Wilde; pero reconocíanse con poder, con aliento para lograr aquello y mucho más.
En un principio, las heroínas—los modelos—llegaron, a Francia de fuera, de lejos. Fundíanse entonces en una sola figura femenina, que era ideal supremo: la desdichada “novia de Lamermoor”, la triste Ofelia, y lo mejor de nuestra sin par Dulcinea (sólo la dama de los altos pensamientos, sin la contrafigura real de la rústica Aldonza). Algunos componentes nacionales entraban, naturalmente, en aquel primer modelo romántico francés: la sensiblería de la Nueva Eloísa y el exotismo de Virginia, la encantadora enamorada de Pablo, la doncellita de la isla Mauricio,, trágica y románticamente muerta antes de ver su amor logrado.
Todas las románticas reales, las románticas lectoras, soñaron con el imposible de encarnar a la impalpable Dulcinea, de amar, como Ofelia, a un príncipe nórdico, rubio y neurasténico, y, como Virginia, recorrer los bosques, en inocencia y en amor, de la mano del inocente amado.
Rápidamente, el femenino ideal romántico (todo el romanticismo) se amplifica y concreta, al tiempo que, cada vez más, se idealiza, se remonta. Es Atala oponiendo a la pasión exaltada de Chactas y a la propia exaltada pasión la barrera de la fe, la honestidad y el ideal cristiano, no menos exaltado; son Delfina y Corina, a cuyas románticas vidas su misma creadora—madame de Stael—acomodó la propia vida, en atormentadora y constante rebusca de la gloria y el dolor... Son las verdaderas románticas fantasmas creadores de realidades.
Lánguidas, candorosas, sentimentales y un tanto tímidas—como todo ser trasplantado—al llegar desde tierras del Norte, al saltar desde tiempos pretéritos; exaltadas, ardientes, ampulosas, al fundirse en el crisol latino, francés; al pasar por la llama, aún viva, del paroxismo de la postrevolución. Arrogantes, retadoras, un poco feministas y un mucho socialistas en Jorge Sand'”; vagas, y más que nunca retóricas, en Víctor Hugo...
Más tarde—mucho más tarde—, el ideal femenino romántico se humaniza, se acerca a las gentes del mundo, de la calle... No es ya privilegio de las altas damas eruditas la admiración por el seductor Vizconde Renato y la en su tiempo innovadora madame de Stael... El romanticismo, escuela literaria—digámoslo otra vez: nunca será bastante; trasciende a las costumbres, al modo de pensar y vivir de las gentes. Se viste, se habla, se ama en romántico. Las mujeres—las románticas— son, en el hogar y en la vida social, las sacerdotisas que mantienen vivo el fuego sagrado. El culto popular a los poetas afirma la tendencia. Lamartine, Víctor Hugo y, sobre todo, Beranger, son ídolos del pueblo. Las mujeres declaman sus versos “par coeu-r” (porque en el corazón, que no en la memoria, los han albergado). En las grandes batallas reñidas entre los jóvenes románticos y los viejos clasicistas, en la romántica revolución de 1830—-¡jamás un motivo espiritual, estético, encendió, como el estreno de Hernani, fogatas de pasión !—las mujeres, con sus sonrisas, con su aprobación, con su aplauso, estaban al lado de los innovadores, de los exaltadores del sentimiento- Verdad que los corazones femeninos y los femeninos favores se -reservaban para los galanes “pálidos, lívidos, verdosos, un tanto cadavéricos, de aspecto byroniano, dominados por las pasiones y los remordimientos”. Esta fué una de -las principalísimas causas de que tuviera tantos adeptos el romanticismo.
Después..., el romanticismo ya no es camino, sino “estado”. Las heroínas de la literatura persisten en ser románticas; Margarita Gautier, la tan traída y llevada “Dama de las Camelias”, es ejemplo justo de una romántica contra la voluntad dle su propio creador. Descendiente directa de Marión Delorme, elevada sobre su condición por un gran amor y un gran sacrificio, pálida, enfermiza, sentimental, muerta en plena juventud y en pleno dolor, es prototipo de ese romanticismo que hemos señalado como más humano, más cercano a las gentes... Lo mismo puede, acaso, decirse de Mimí en la Vida de Bohemia... Ya no hay en ellas ningún componente forastero, ni exótico, ni arcaico. Son hijas de su tiempo y de su ciudad—París—; pero son esencialmente, totalmente románticas, y constituyen los femeninos modelos de última hora. Durante largos años, las chicas alegres de Francia sueñan en redimirse como Margarita Gautier y las muchachitas que tosen, trabajan y pasan necesidad y frío se consuelan ante la romántica idea de que su fin puede parecerse al de Mimí.
Es el culto a las heroínas, la fidelidad a los modelos. Aún hoy...
Aún hoy, dígase lo que se diga, las modistillas de París prefieren a la seca crudeza de La garçonne la vena apasionada de Alfredo de Musset.
Ilustración. Max Svabinsky

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