¿QUÉ VEN LOS OJOS DE LOS MURCIELAGOS?
13
¿Qué le quedaba?, se preguntó Hurtado de
Mendoza mientras iba sentado en el extremo posterior de la carreta, con las
piernas balanceándose al ritmo irregular con que las ruedas saltaban los
guijarros del camino, y todos: hombres, mujer y niños supeditados a las escasas
fuerzas de un jamelgo, que como todos los que había visto en los últimos
tiempos, era utilizado hasta que se cayera muerto. Y si no lo enterraban con
las mismas viejas riendas que llevaba desde veinte o veinticinco años antes,
porque habían penetrado entre las crines y la piel del animal - arrancárselas
antes habría sido provocarle un dolor inútil, y después, ¿para qué? - lo dejarían en medio del camino hasta
convertirse en un esqueleto como del que él, Máximo Hurtado de Mendoza, no podía
apartar la vista.
El “Juan Manuel de Rosas” no era más que
un esqueleto de madera y hierro que sobresalía de las aguas del río, todavía
humeante a pesar de las horas transcurridas desde el comienzo del cañoneo. La
popa aún podía verse casi indemne, y estaba seguro que la proa se había clavado
en el fondo, sin permitir que el resto se sumergiera hasta que la madera
terminara de quebrarse por su propio peso, y las corrientes del río, lentas,
obstinadamente lentas como una manada de viejos elefantes enfermos, decidiera llevarse
los restos del barco en pedazos, hacia el sur, hacia el Paraná, que ya no
tendría memoria del gran barco que había remontado sus aguas, y que no
reconocería en los exangües fragmentos que llevaría.
Los huesos son todos iguales, grandes o
pequeños, no tienen nombre. A los barcos, cuando se mueren, les sucede lo
mismo. Son pedazos de madera, fragmentos de hierros retorcidos, calderas que se
hunden y se oxidan. Y si alguna letra de su nombre llega a pronunciarse alguna
vez, cuando alguien encuentra una tabla con esa letra, o con suerte, una
sílaba, nadie podría identificarlo.
¿Quién era él, ahora? ¿Y qué le quedaba?
Se miró las piernas, cansadas y llenas de várices. Las manos, callosas e
insensibles. El uniforme había sido destrozado, y sólo vestía un pantalón de
lana, las eternas botas de casi toda la vida, y una camisa sin botones que
intentaba anudar sin lograr cubrir el vello del pecho. Se tocó la barba, sucia,
enredada por su costumbre de hacerse nudos en los mechones cuando estaba
nervioso, y últimamente había sido un estado constante. El pelo largo a los
costados, y una incipiente calvicie en la coronilla.
Le quedaba una mujer que no quería, pero
que ahora, como muchos años atrás, volvía a ver desprotegida como en los
tiempos de Polonia. Pero esta vez no se engañó, la máscara de Natacha era una
construcción que ella misma no sabía evitar.
Los hombres de su tripulación se habían
salvado, casi por milagro, porque el cañoneo había sido incesante. Los botes
fueron pocos, pero suficientes, porque el barco se fue hundiendo lentamente y
había dado tiempo a todos para hacer dos o tres viajes hasta la costa. Luego,
los botes se partieron cuando el último hombre estuvo a salvo en la costa
brasileña.
Había
muertos de la batalla en la playa, y algunos soldados republicanos aparecieron
para apresar a los sobrevivientes del barco. Domínguez habló por toda la
tripulación y los pasajeros del “Juan Manuel”. Presentó papeles que llevaba en
las carpetas de cuero que había rescatado del naufragio. Las mismas carpetas en
las que escribía y tomaba notas de los libros que Natacha le prestaba. ¿No era
un espía argentino a favor del Imperio, acaso? Pero a Mendoza no le sorprendió
descubrir un nuevo pliegue en la personalidad del cabo. Fuese como fuese, los
soldados los dejaron en paz. Hicieron la venia a Domínguez y al capitán, dieron
esmirriadas disculpas que apenas se entendieron en su idioma, y se fueron.
Eran ya entrada la noche. Hicieron
fogatas. Natacha temblaba de frío y le dolía mucho el brazo roto. El bebé
estaba cubierto con una manta, e Iribarne no lo soltaba de sus brazos,
meciéndolo. Debían pasar la noche ahí, dijo Domínguez. El puesto de frontera
más cercano estaba en Bom Jesús, y tardarían varias horas en traerles comida y
abrigo.
Las fogatas dejaban ver los muertos que
no habían sido recogidos. Los hombres de Mendoza daban vueltas, y sabía que la
mitad de ellos se había fugado, metiéndose en la selva o siguiendo la costa del
río. En Brasil nadie los buscaría, ni la ley ni las mujeres que habían dejado
atrás. Ojalá él hubiese podido hacer lo mismo. En medio de la noche, viendo que
casi todos dormían, agotados, sintiendo el peso del cuerpo de Natacha sobre su
hombro, gimiendo dolorosamente aún en sueños, se dijo que podría levantarse con
sigilo, apoyar la cabeza de ella sobre la manta que la abrigaba, y huir.
Miró hacia el río, donde las aguas seguían
gorgoteando alrededor de la estructura muerta del barco. Como si algún monstruo
de agua dulce se lo estuviese comiendo. Pensó en las tantas leyendas que
Natacha lo había obligado a escuchar, porque a ella le agradaba hablar de lo
que la fascinaba, esa suma de conocimientos que había comenzado a adquirir en
la biblioteca de su padre, y que él oía como la lluvia de invierno; monótona,
insistente y siempre amenazadora. Bajo las aguas, decía ella, viven los dioses
exiliados, y construyen ciudades muertas con los restos del mundo. Le había
hablado de Dios en una terminología ósea tan extraña que lo hizo preguntarse
muchas veces, antes de que los últimos tiempos se lo confirmaran, si su mujer
no solamente estaba loca, sino tal vez poseída por un delirio místico que la
tía Clotilde había alimentado. Y ella había nutrido con todo eso la mente y el
alma de Ariel.
Natacha abrió los ojos. Lo estaba mirando
mientras él hacía sigilosos movimientos por levantarse.
- ¿A dónde vas?- Tenía el acento polaco
que hacía mucho no usaba.
No había enojo, sino tristeza en la voz.
Los ojos de Natacha, esos ojos polacos que
eran un calco de los ojos de Krakovsky. El viejo le hablaba a través suyo,
quizá. No podía abandonarla. Ella estaba perdida sin un hombre.
Oyó una canción de cuna que Iribarne
entonaba con su voz áspera y entrecortada. Qué distinto era ahora ese hombre.
No era bueno, no era amable ni sincero. Era simplemente una faceta más de esa
conflictiva simbiosis que todos ellos eran.
Miró la luna, amplia, iluminando el
naufragio y sembrando de luz tenue el cementerio del río.
- ¿A dónde podría ir? -contestó, pasando un
brazo sobre los hombros de Natacha y aproximándola. Ella cerró los ojos y se
abandonó al gesto de su marido.
Le habló de la casa de Santa Fe.
Volverían allí. Reducida la propiedad al predio de la estancia, porque todo el
resto había sido vendido. Ella escuchó las voces criollas con que él intentó
amenizar el rigor de los próximos tiempos, mientras ella contestaba con
monosílabos de voces cerradas en polaco, y de lejos se escuchaba la canción de
cuna andaluza que Iribarne cantaba con acento tan español que era como estar a
orillas del Guadalquivir. Y como sonido de fondo, unos cantos que llegaban
desde el interior, tal vez desde la selva por donde habían aparecido y desaparecido
los brasileños que peleaban, hombres y armas. Un canto en portugués donde la
música no era un arte sino una secreción de la selva. Brotaba desde los árboles
inmersos en la oscuridad, iluminados en la cima por la luna, como un manto
verde oscuro, y nacía de la playa de arena tan blanca como los huesos de los
muertos recientes, que esperaban.
¿Qué?
La expiación de sus almas, tal vez, en el
canto de los hombres de su tierra, o quizá en la canción de cuna que un hombre
-lleno de culpas, hecha su alma una costra de remordimientos e insatisfacción-
entonaba como un rito de penitencia y pedido de perdón.
*
Bom Jesús era un
pueblito de múltiples ranchos amontonados en todo lo extenso de un árido
pajonal que estaba curiosamente rodeado de aguas, varios lagos no muy grandes y
los riachos que los unían. Todos ellos drenaban en el Paranaiba, de aguas casi
quietas, ese cementerio de donde nacían las larvas que creaban, como una
alegría, el futuro y torrentoso Paraná.
Si a orillas del río hacía calor, aún era
mayor en el pueblo. El polvo se levantaba por cualquier motivo: las pisadas del
bayo que arrastraba la carreta, las ruedas desvencijadas, por supuesto, y luego
las corridas de los perros que llegaron desde los ranchos cuando los vieron
llegar.
Salieron las mujeres y los chicos, como
enjambres de aquellos panales rotos que eran los ranchos, a veces encimados
unos sobre otros. Se veía a los chicos bajar por los tablones de madera,
algunos deslizándose como por toboganes. Los hombres que trabajaban en las
calles detuvieron sus tareas, cavando surcos de agua algunos, levantando
paredes otros.
La carreta se detuvo y la rodearon los
perros. Eran tantos, flacos y sarnosos en su mayoría, que Natacha temió que
fueran a morderlos. Se agarró a un brazo de Máximo, temblando. Algunos se
habían empecinado en ladrarles a no más de uno o dos metros. Domínguez se
encargó de espantarlos disparando al aire, pero la mayoría continuó ladrándoles
a la distancia.
Las mujeres se acercaron secándose las
manos con trapos sucios, o sujetaban a sus hijos. Un hombre con una azada al
hombro preguntó quiénes eran.
El soldado que conducía le explicó en
portugués. El hombre habló con las mujeres y ellas se fueron llevándose a los
chicos que quisieron obedecerlas. Al rato llegó una vieja alta y obesa. Salvo
por el vestido y los pechos gruesos, tenía la contextura de un hombre robusto,
e incluso el vello de la cara parecía una barba.
El republicano le habló en portugués. Él,
un poco más bajo que ella, se explicaba como si estuviera disculpándose. Ella
lo miraba con el ceño fruncido y las manos a horcajadas en la cintura, y
entonces se rio. Pero nadie sabía bien de qué, si de las desventuras de los
náufragos o de la estupidez de los soldados.
Sin decirles nada, hizo la señal de que
la siguieran. Entonces fueron tras ella y caminaron por el polvo durante más de
doscientos metros hasta un rancho de adobe y techo de madera recubierto de
paja. Adentro estaba fresco. Había
varias camas bajas.
-Este lugar les sirve de reunión para
todo-dijo el soldado. -A veces de hospital, a veces para bailar. Me dijo la
vieja que dormirán acá hasta que puedan irse.
- ¿Quién es ella? - preguntó Natacha.
-La jefa de la tribu que fundó este
pueblo, pero quedan pocos de los indios verdaderos, casi todos son mestizos o
son de afuera.
- ¿Nos traerán provisiones? -preguntó
Iribarne.
-Ya se los he pedido.
- ¿Y cuándo podremos irnos? - Natacha
estaba cansada, su voz sonó irritada y exigente.
El soldado no era brasileño, tal vez de
Misiones, porque había hablado mucho con Domínguez durante el viaje al pueblo.
La miró con desprecio.
-Señora-contestó. - No somos sus
sirvientes. Pregúntele a su capitán por qué motivo no llevaba identificación.
Entraron en territorio revolucionario y en estado de guerra. Primero se ataca y
después se pregunta, esa es la consigna.
El cabo intentó apaciguarlo. Los
escucharon hablar en portugués en voz baja. Domínguez agarraba al otro de un
codo, con campechanía y confianza. El otro hablaba y hablaba, hasta que pareció
serenarse y salió del rancho.
-Cabo-dijo Mendoza. -Ya sé que no podemos
pedir lo que corresponde, que sería una indemnización, ¿pero ¿qué ha podido
conseguir por nosotros?
-Capitán, comprenda que estamos alejados
de la mano del gobierno en Río. Estos hombres harán lo que la conciencia de
cada uno les diga. Si se sabe lo que pasó, podrían exponerlos a Consejo de
guerra. Sería un conflicto diplomático y una probable nueva guerra con el
Brasil. Nadie quiere eso. Me dijeron que los llevarán hasta donde ustedes
quieran, con provisiones y todo lo necesario.
Durante el resto del día y hasta la tarde
siguiente descansaron y comieron. Varias mujeres negras les trajeron comida y
agua para beber y lavarse. Vino una comadrona y sin preguntar agarró al bebé y
se lo puso al pecho. Iribarne la dejó hacer, sentado en un tronco tronchado, fumando.
- ¿Qual é nome do menino? -preguntó ella.
-Maximiliano- contestó José.
El capitán y Natacha levantaron la vista
cuando escucharon.
-No sabía que ya lo había bautizado. - Mendoza
intentó ser irónico, pero no le salía bien.
-No es por usted, capitán, no es el
ombligo del mundo, aunque lo crea. Lo llamé así por el perro que lo salvó. Pero
la historia de ese nombre es más vieja….
Mendoza recordó cuando Altea le había
puesto nombre al perro, y le había contado la leyenda de Maximilian y la reina.
- ¿Altea le contó alguna vez esa historia?
- ¿Qué historia?
-La del perro Maximilian que mató a una reina,
o algo así… Altea dijo que Max le había hecho recordar esa leyenda.
-No sé de qué habla. Yo nombré a mi chico de
esa manera por puro sentimentalismo, y eso que me jacto de esa debilidad. No
sé, se me ocurrió, nomás. Haga las asociaciones que quiera, capitán, si eso lo
tranquiliza.
La cara de Iribarne estaba oculta tras el
humo de la pipa, pero Mendoza veía que con un ojo observaba a la comadrona
alimentando al chico, y con el otro lo miraba a él con sarcasmo.
En la mañana siguiente entraron a
avisarles que la carreta estaba preparada para llevar al capitán y a su esposa
a la costa. Los esperaba una barcaza brasileña.
-Que tengan buen viaje-les dijo el cabo.
Bernardo se había subido a la carreta y
llevaba un atado con sus cosas colgando del hombro. Mendoza no sabía qué hacer
con él. Irían a Santa Fe, y quién sabe cómo sería el estado de abandono de lo
que quedaba de la estancia. Y recordó lo que le había pedido el doctor Ruiz.
-Cabo…fíjese bien lo que le voy a pedir. Sé
que no es su deber tomar esta responsabilidad, pero necesito que, así como
Farías fue su protector, usted lo sea de Bernardo. Lléveselo a Buenos Aires, y
si puede hágalo ir a la escuela y después estudiar medicina. Ya algo sabrá
usted de su historia. Y hágale respetar la memoria de su padre, que tal vez en
unos años la inquina de la política cambie de opinión y se la agarre con algún otro.
Domínguez no atinó más que a hacer bajar
al chico y agarrarlo de la mano.
-Haré lo posible, capitán, por ser más que
su protector, su mentor. Pero no le prometo nada de los rumbos políticos.
Se dieron la mano, y cabo y niño se
alejaron hacia el caballo que tenía preparado para partir hacia algún encargo
que aún, quizá, le quedara por terminar. Subió al chico y luego él. Bernardo se
sujetó del cinturón del cabo, y el caballo partió a ritmo lento, levantado
polvo con las patas.
Iribarne corrió hacia la carreta, y dijo,
jadeando:
- ¿Se van si despedirse?
Mendoza había ayudado a subir a Natacha y
se dio vuelta. Dijo, a regañadientes:
-No creí que fuera necesario, Iribarne.
Creo que no debe haber nada más entre nosotros si queremos conservar la paz.
Iribarne
se rio, obsequioso. Se veía que estaba feliz, y la posesión de Maximiliano era
la causa. Algo, sin embargo, parecía ensombrecer la alegría de su cara, pero
eso ya no era más de la incumbencia de Máximo Hurtado de Mendoza. El capitán
sólo sería, de ahora en más, un viejo que conduciría, tal vez, una barcaza para
llevar mercadería, negros y putas de un pueblo a otro por el litoral.
-Fue un gusto conocerlo-dijo Iribarne,
extendiendo la mano, que Mendoza estrechó sin ganas.
-Fue un placer, señora-le dijo a Natacha,
acercándose para besar su mano. Ella la extendió, con finura, recuperando la
distinción que sabía siempre los había separado. Y dijo algo en polaco.
Mendoza no pudo evitar reírse, pero no
tanto por lo que ella dijo, sino por la expresión de Iribarne al escucharla. No
la había entendido, por supuesto, pero era evidente que había comprendido el
sentido por el tono y la expresión. No se dignó mirarlo más, pero siguió
sonriendo, sin poder evitar que se le escaparan débiles carcajadas mientras la
carreta se alejaba del camino del pueblo donde había quedado Iribarne, allí
parado con la pipa en una mano, pensando en lo que esa señora polaca, loca tal
vez, extraña sin duda, le había dicho, escondida tras un idioma que ella sabía
que él no conocía.
- ¡Vaya
con el descaro de la condesa! -dijo en voz alta.
Pero cuando se dio vuelta para regresar al
rancho, se dijo que únicamente de él era la culpa si no conocía el polaco. Su
hijo sabría todo cuando creciera, pensó, satisfecho. Dejaría de preocuparse por
las patrañas y los caprichos de las mujeres, y se dedicaría a enseñar a
Maximiliano que el mundo es como un país en estado de sitio.
*
-O menino está
doente-le dijo la vieja cuando regresó al rancho.
Ya sabía que algo le pasaba, por eso lo
había mantenido lejos de los otros y no les dijo nada, no fuera que fueran a
quitárselo. Pero algo había visto el día anterior. El chico estaba irritado, se
rascaba y tenía la piel algo enrojecida en ciertas partes, con manchas rosadas.
José lo agarró de los brazos de la vieja.
Maximiliano lloraba con un llanto muy quedo y bajo, y tal vez por eso los demás
no se habían dado cuenta. Como si el chico supiera que debía mantener el
secreto para continuar con su padre. Esa idea lo satisfizo, era evidente que
Dios o la fatalidad los había reunido, y que eso mismo evitaría que el mal que
lo afectaba fuese importante. Se detuvo un momento, asombrado de sus propias
disquisiciones: estaba hablando como Manuel el cura, o como Mara la bruja.
Ambos habían sido lo que no habían podido ser, pero ese algo se filtraba y
salía a relucir en sus formas de pensar o hablar. Sólo él, José Menéndez
Iribarne, siempre fue lo que creyó ser, por dentro y por fuera, un descreído
que sólo confiaba en lo que veía: el cuerpo y el deseo. Y ahora, sin embargo,
surgían en su mente disquisiciones supersticiosas que no tenían ningún
fundamento.
- ¿Y qué tiene? -le preguntó a la vieja
Ágata, esa vieja marimacho que le dedicaba tiempo al chico por alguna razón que
no llegaba a comprender. Entre tanta gente que la necesitaba en el pueblo, se
quedaba varias horas a cuidarlo. José la había dejado hacer, porque sabía que
era necesario, pero también porque apartaba la atención y atenuaba la
preocupación de los otros. Pero ahora que se habían ido, Maximiliano era
únicamente suyo, y la vieja una molestia necesaria.
Ágata tenía una mezcla de ascendencias
imprecisas. Se jactaba de ser la última descendiente de una aristocracia
indígena, pero tenía rasgos mestizos o mulatos en el color de la piel, y José
reconoció en la forma de los pómulos quebrados un parecido con los hombres de
Aragón. El acento que usaba era confuso y a veces no se le entendía, además de
que solía murmurar para sí misma o hablar entre dientes. ¿Rezos?, así lo había
creído al principio. ¿Conjuros?, no eran de descartar.
-A mae sufreu muito-dijo ella.
José asintió.
-Ele tambén sofrerá.
-No sea pájaro de mal agüero, vieja. El
chico está enfermo solamente, ¿no es común a esta edad? Y con todo lo que pasó…
Lo abrigó con la manta de lana de colores
que la vieja le había traído, pero Maximiliano sudaba. Tenía fiebre, y José
sabía que estaba peor que el día anterior, y que podía morir.
- ¿Hay algún médico en el pueblo?
La vieja se acercó.
- ¡No lo toque más! -le dijo él. No
quería seguir el camino que Mara y Valverde lo habían hecho seguir en los
últimos tiempos. No confiaba ya en los caminos oscuros donde los significados
eran dobles y las cosas que veía eran diferentes a lo que aparentaban.
Los murciélagos sí lo eran. Siempre
estuvieron, siempre los vio con sus alas negras y los escuchó con sus aleteos
semejantes a la desesperación.
La vieja se quedó parada con el brazo a
medio extender, ahora quieto en el aire, como si estuviese deteniendo algo
invisible, o dando una bendición. Siempre esas dos condiciones que no podían
separar, se dijo. La ambivalencia era una maldición.
Ella habló entonces con una voz profunda
que era masculina, y los rasgos de la cara parecieron ensombrecerse en el vello
que la hacía asemejarse a un negro esclavo recién traído en un barco desde
África.
- ¿Estava nas áquas, nao é verdade?
-Sí, ¿qué pasa con eso?
-A agua está sofrendo. Ele se lembra.
José
no entendía.
¿El
agua que sufre, o sufre en el agua? ¿Qué recuerda? ¿Y qué tiene que ver el agua
si ese pueblo era más árido que un desierto? ¿Tal vez por eso? ¿El desierto
recuerda el agua del río tan cercano y lejano?
Insensateces
de una vieja que se creía más de lo que era, jactándose del pasado que no era
más que un producto de aguas insalubres y estancadas como ese río que por allí
comenzaba. ¿Y qué era ella, o él, quizá? Una simbiosis de razas y géneros
indeterminados. ¿O tal vez por eso, precisamente, constituía lo que solía
llamarse el Todo?
- ¿Hay algún médico, vieja de mierda?
Ágata sembró el aire del rancho con un
hálito preñado de insultos. Finalmente dijo:
-O francés.
Y salió, dejando abierto el pedazo de
cuero que colgaba del marco de la entrada, y a la luz él vio cómo Ágata
caminaba con su pollera raída que parecía una membrana a veces plegada sobre sí
misma, como dos alas que en cualquier momento podrían abrirse. Pero no sucedió,
o no quiso ver. Apartó los ojos de esa visión, y los puso sobre el chico,
afiebrado.
Salió en busca del que llamaban el
francés. Preguntó a todos los que veía alrededor del rancho, y luego recorrió
las que parecían calles del pueblo y no eran más que espacios inciertos entre
los ranchos y chabolas. Algunos no le contestaron, otros no lo conocían, y los
que sí no supieron dónde vivía. Se encontró con una especie de pulpería, que no
era más que una sala de cuatro mesas, unas pocas sillas, y un mostrador con
botellas., tras el cual una mujer estaba apoyada con los codos. Cuando lo vio
entrar con el chico en brazos, dijo:
-Olha o cavalheiro…
José se acordó que Mara lo había llamado
de una forma parecida cuando se conocieron.
- ¿Procure o francés?
- ¿Es que todos son brujos en este pueblo?
-Algo assim-le contestó.
- ¿Y viven del aire?
-Algo assim, o Gonçalvez, eles sabem.
La mujer, desgreñada y con las manos
sucias, le sirvió un trago.
- ¿Me cherche? -dijo alguien tras él.
Era un hombre rubio, de cabello lacio y
largo, con una barba a medio crecer, y ojos celestes tan intensos que
contrastaban con la semioscuridad del rancherío. Era el francés, por supuesto.
-Sí, señor.
El otro le estrechó la mano.
-Comment puis-je vou servir? Pardon,
pero cuando veo a alguien diferente a estos negros creo estar con alguien
civilizado y mi cabeza habla francés.
Le gustaba esa jactancia, esa dignidad que no
era más que vanidad, pero hacía mucho tiempo que no se encontraba con esa
especie de noble orgullo.
-Mi chico está enfermo, tiene fiebre.
El francés miró la cara del bebé
apartando un poco la manta.
-Sein, pardon, pero usted s’est trompé.
Je suis vétérinaire.
Se preguntó si todos en ese pueblo se estaban
burlando de él.
-Lo invito un trago, Monsieur José.
Sentémonos a esa mesa del rincón, si vous plais.
-No tengo tiempo que perder con un
curasano de mostrencos…
Cuando ya se iba, el francés lo agarró de
un brazo.
-Pensez, sein. Je suis lo único más
parecido a un médico en veinte leguas. Y este infant, ca va mourir.
La cara de José fue un estrago de
desesperación, y el francés lo notó. Salieron juntos hacia el rancho. Caminaron
bajo el sol que nunca estaba desde que había llegado al pueblo, porque las
nubes eran constantes, pero se hacía sentir con el calor y las moscas.
Lo primero que hizo el veterinario
cuando llegaron fue cerrar las ventanas y prender un habano que sacó del
bolsillo de su saco. Vestía con un cárdigan viejo, tan largo que parecía una
casaca, y el pantalón era una especie de vaquero con las botamangas metidas en
dos botas altas. Encendió el habano, pero no lo fumó, sino que lo dejó sobre la
mesa, y pronto el humo espantó a las moscas.
-Es una pena malgastarlos, pero lo que
para nosotros es placer a ellas las espanta. Por eso vienen cuando ya no
podemos defendernos. - Luego llevó al bebé a la cuna que la vieja había
improvisado. -Ya veo que Ágata estuvo metiendo mano por acá, espero que no la
haya dejado hacer sus gualichos.
-No sé lo que hizo porque ni siquiera sé
qué es…
El francés se rio.
-Entre nous, Monsieur, la vieja de joven
era un jefe muy atractivo, tuvo muchos hijos y sus nietos andan por aquí,
cualquiera de los que ha visto puede ser alguno.
-Quiere decir que…
-J’a dit. Pero es de familia de brujos, o
curanderos, como los llamen…Los motivos no los conozco, aunque podemos
imaginarlos. Estas tribus eran matriarcales, y al hombre lo criaron entre
mujeres. Qué sé yo, se dice que varios de sus hermanos son sus hijos también, y
todas las combinaciones que a usted le gusten… Y hasta dicen…
El francés desnudó al chico y comenzó a
revisarlo. Sacó un aparato con la forma de un cono de madera y apoyó un extremo
sobre el pecho de Maximiliano, y acercó su oído al otro extremo. Luego de un
rato, dijo:
-Está agitado, por supuesto, es la
fiebre, quién sabe desde cuando su corazón está así. ¿Nació de cesárea? ¿La
madre estuvo enferma? Algo me han contado…
-El chico estuvo muy cuidado durante el
embarazo, la madre estaba en una especie de coma. Pero nació normal, el doctor
Gonçalvez dijo…
-Ya conozco a esos enterradores, son los
dueños de muchos pueblos en el Brasil.
-No, el que le digo era médico…
-A eso me refiero, Monsieur. ¿Y después?
- ¿Después qué? Nos atacaron, el chico
casi se ahoga…
- ¿Estuvo en aguas contaminadas?
-Supongo que sí, las del río, pero todos
lo estuvimos, ¿Quiere decir que…?
-Así
es, los niños de esta edad no tienen defensas. Su propia sangre las genera
cuando se exponen a una infección, pero no todos pasan por lo que él ha pasado.
- ¿Qué se puede hacer…? No sé su nombre…
El francés le extendió otra vez la mano,
presentándose.
-Renaud Dergan, veterinario de los
Establos Reales de su majestad.
Vio el desagrado en la cara de José.
-No se asuste, los caballos y los perros
tenían mejor atención que la gente del pueblo, se lo aseguro. Me vine hace unos
meses después de la revolución del ’85. Perdí el favor del rey cuando se
restauró la monarquía. Me desagradaban tantos cambios, y mire usted, acá ocurre
otro tanto…
Miró alrededor y encendió una lámpara de
aceite. La acercó a la mesa y sacó una lupa del bolsillo. Observó los ojos del
chico, que ahora estaba tranquilo, casi dormido. Y eso era lo preocupante. Pasó
de un ojo al otro, y volvió a explorar el izquierdo.
- ¿Qué pasa?
-Monsieur José. Tiene una infección por
las aguas, entró por las mucosas de la boca y la nariz. Las manchas de la piel
son locales, pero no ayudan, digamos que agravan… y además hay algo que no
entiendo…
José esperó. El francés se rascaba la
barba rubia con el mango de la lupa.
-Creo que la infección se ha extendido a
las meninges. Mire, los recién nacidos tiene las membranas inmaduras e incluso
hay orificios que permanecen abiertos hasta luego de varios años. Les meninges,
Monsieur…-Se dio cuenta que José no entendía. -Meningitis.
-Sea claro, Dergan. ¿Se va a morir?
-Si no se muere puede quedar inválido,
monsieur José. O ciego, tal vez.
José se sentó.
-Sálvelo-dijo. - No permitiré que el
chico sea menos que lo que merece ser. Es un Menéndez Iribarne…
-Monsieur, entiendo su pena, pero si
quiere un brujo, vaya con Ágata-dijo, agarrando el habano que aún seguía
encendido y se lo llevó a la boca. Se acercó a la puerta, apoyándose en el
marco y mirando afuera mientras fumaba. De pronto se rio.
- ¿De qué se ríe, doctor? - la última
palabra fue un insulto.
-Dicen que Ágata tuvo hijos…
-Ya me contó.
- ¿Pero cuando ya era hembra, comprend?
Quedó embarazada varias veces. Varios le nacieron muertos, pero unos cuantos
andan por ahí. Unos en sillas de ruedas, otros atados a la cama. Son como
monstruos, los he visto, Monsieur. No me consta que sean hijos suyos, por
supuesto, las teratogenias acá son muy comunes.
-Por eso confían en usted, doctor, son
como animales, ¿no?
-Je t’accorde la victorie, mensieur.
*
Desde ese día,
el Renaud se quedó en el rancho. Vinieron a buscarlo varias veces para curar a
algún animal, pero como él se negaba el rumor de lo que hacía allí debió
esparcirse por el pueblo y ya no volvieron.
José preparaba comida en el hornito de
hierro que se había hecho traer desde la pulpería. La mujer se llamaba Lucía
Santos y le había tomado confianza desde que lo vio entrar con un bebé en
brazos. No era común ver a un hombre así. Así que cada vez que iba a comprar
algo, se quedaban charlando y ella le daba tragos sin cobrarle nada. Una noche
se metieron en el cuarto al que llevaba la puerta que estaba detrás del
mostrador. Él había pensado que era el baño, y también servía como tal porque
apenas un par de tablas separaba la cama de la letrina que estaba al lado.
Cuando ella se desnudó, él se dio cuenta que era más vieja de lo que pensaba.
- ¿Cuántos años tenés, Lucía? -le preguntó
ya después de hacer el amor. No había sábanas ni mantas. Ambos desnudos sobre
el colchón viejo.
-Eu acho que vocé era um cavalheiro.
-Mierda, soy un hombre…
Ella se le subió encima y le dijo
sonriendo:
-Percebi.
Luego le empezó a contar su vida, como lo
había hecho Mara. Se resignó a escuchar mientras porque mientras hablaba ella
frotaba su cuerpo contra el suyo. Tenía cuarenta años, y había tenido un hijo a
los trece años. Pero Gaspar, como el padre, era un tarambana. Esa fue la
expresión que usó. A José le pareció muy liviana, para lo que después supo,
pero era típico de una mujer como ella. Capaz de no depender de un hombre para
mantenerse, pero incapaz de vivir sin uno. Todavía visitaba al hombre que la embarazó
a los trece años, de vez en cuando iba a la cárcel donde lo habían encerrado
con perpetua.
- ¿Y a quién mató?
-Muito…
Cuando
el hijo se hizo hombre la ayudó en la pulpería, pero no era trabajo para él.
Quería buscar mujeres con plata, así que se fue a Bahía, a Sao Pablo, a Río. Y
enganchó a una de buena familia. Nunca le dijo qué le había pasado. La mujer se
murió, a lo mejor de un aborto, o Gaspar la había matado. La cuestión es que su
hijo se fue a la Argentina. Desde entonces no sabía nada de él.
José se vistió y vio el horno en la
habitación, destartalado.
- ¿Me prestás eso?
Ella se encogió de hombros y le preguntó
cuándo volvía. Él hizo el mismo gesto.
- ¿Vocé gusta da minha buceta?
La besó en la vagina, vieja, pero que no
había sido demasiado usada, y por eso le gustaba. Agarró el hornito y
salió. Sentía en la lengua el sabor de
su propio semen luego de besarla.
Por
las noches preparaba algo para el francés y para él, y calentaba la leche que
le traían para Maximiliano. Se la daban a beber en cucharitas tibias,
exactamente diez cucharitas cada cuatro horas. Era el único remedio que el
francés había recetado. Se sentaba junto a la cuna que era simplemente un cajón,
con la cabeza apoyada en un brazo y el codo en el borde. Pensaba, y a veces
dormitaba. José iba y venía por la habitación, tratando de calmar sus nervios
haciendo cosas: cocinar algo, asear las sábanas y mantas del chico, ir a la
pulpería a buscar algo, y encargarse de los que seguía preguntando por el
veterinario. La vieja Ágata había vuelto dos o tres veces. Se metía sin llamar
y se aparecía al lado de la cuna. Cruzaba algunas frases en portugués con Dergan.
Ella se comportaba como ofendida, decía algo con suavidad, sin embargo, y luego
se iba.
- ¿Qué dijo? -preguntaba José cuando no
podía vencer la curiosidad.
-Algún consejo homeopático. Se interesa
por los niños, dicen que fue uno de los motivos de su transformismo. No se
conformaba con engendrar, quería concebir.
-Macanas-dijo Iribarne. - ¿Cómo ve a
Maximiliano?
Habían pasado varios días. La fiebre había
cedido, pero las piernas y los brazos del chico estaban fláccidos. Y los ojos
estaban ciegos.
-No creo que sobreviva-contestó Dergan. -
Le recomiendo rezar, ya que ustedes los españoles son tan creyentes. Por lo de
la Inquisición y todo eso, digo.
No reparó en el sarcasmo, sólo en el
consejo. Pensó en Manuel, el hijo destinado al sacerdocio. Recordó la ira del
padre y la desilusión de la madre cuando les contó que se casaba con Altea, una
extranjera. ¿Por qué lo hizo?, se preguntó cuando le escribieron los padres
contándoles la decisión de su hermano. ¿De qué huía? Porque no había otra
palabra para definir esa decisión. Si para cualquiera tomar los hábitos era
huir del mundo, para los Menéndez Iribarne destinados a la Iglesia era lo
contrario: aceptar la realidad. Manuel, sin embargo, se había refugiado en el
matrimonio. Amaba tanto a Altea como creía amarla. La verdad de ese sentimiento
estaba en el razonamiento utilizado para explicarlo.
La pasión de Manuel era Cristo. Natacha
había insinuado eso cuando hablaron mientras cuidaban a Altea. José sabía que
Manuel lo había adorado como hombre y como Dios. Era su hermano mayor, como
José. Era la protección, como José. Era quien no le pedía nada a cambio, sólo
lo que él quisiera darle, ¿como José? Manuel sentía que debía darlo todo a
cambio de todo eso: la responsabilidad adquirida lo exigía.
El deber se había convertido en deseo.
Esa noche, mientras Dergan dormía en el
jergón que habían armado, José se arrodilló junto a la cuna. Apoyó las manos
con los dedos entrelazados sobre la sábana. Sintió la humedad del sudor de la
orina del chico, de la leche que se le había derramado por la comisura de los
labios.
Rezó, pero no le hablaba a Cristo sino a
Manuel. Su hermano se obstinaba en abandonarlo, primero el casamiento, luego la
huida a América, después su muerte, y ahora esta segunda muerte. Lo que Dios
creaba debía morir porque su inmortalidad superaba cualquier de sus creaciones:
si hasta a su propio Hijo le había sucedido. Pero lo que el hombre creaba era
inmortal porque nunca vería, o debería ver, la muerte de sus criaturas. Para el
padre los hijos son inmortales. Y eso era Maximiliano: su creación. El Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo. Los roles intercambiados como en una obra de
teatro para que los actores no se cansasen jamás de sus personajes.
La
cruz.
Se
tocó la cruz que llevaba colgada sobre el pecho. Se la sacó y se la puso a
Maximiliano. Le quedaba grande, tanto que ocupaba todo el pecho del chico hasta
su panza.
Tal era su rezo.
Una cruz robada.
Ágata volvió a entrar en la madrugada.
Traía una caja de madera. Dentro de ella se escuchaban ruidos de vidrios al
dejarla sobre la mesa. Sacudió al francés, que dormía ovillado en el jergón. Dergan
abrió los ojos, se levantó, salió a orinar, regresó y se lavó la cara. Vio la
caja que ella le señalaba, asintió, le agarró una mano y se la besó como en los
viejos tiempos de la corte.
José observaba todo esto desde la silla
junto a la cuna. Tenía la espalda dolorida, pero escudriñando, simulando
dormitar con los párpados semicerrados. Vio a la vieja hacer una reverencia, y
casi se delató cuando no pudo evitar una sonrisa. Tan ridícula parecía ella,
con su ropa de puta vieja haciendo esa reverencia. Ambos eran residuos de un
imperio, engendros, monstruos de dinastías acabadas. Sin embargo, la ridícula
ingenuidad con que desarrollaban esa pantomima era sólo una fachada, porque
detrás había un significado de simbolismo, y éste era serio, y hasta verdadero.
Dergan abrió la caja y fue sacando los
frascos que dispuso sobre la mesa. Era toda una farmacopea que la vieja iba
aclarando en cuchicheos al oído del francés. Él levantaba un frasco y atisbaba
el color y la densidad del contenido. Ella se acercaba y miraban juntos, a
trasluz. Era tan alta como él, pero sus movimientos femeninos contrastaban con
su cara con vello. Luego de un largo rato, él eligió tres frascos, y tardó en
decidirse por el tercero. Discutieron un poco, en voz muy baja, mirando hacia
donde estaba José de vez en cuando. Hablaban en portugués, y a Iribarne le
costaba la comprensión más de este idioma que del francés. Sin embargo, la
pantomima de hospital hacía comprensible toda significación. Luego ella salió,
otra vez erguida y sin hacer reverencias. Ya no era la dama de la corte
interesada en estudios de química que debía ocultar a los ojos de los pacatos
intereses de una sociedad cerrada, sino la bruja de un pueblo originario del
Brasil, un desierto rodeado de selvas. Al salir, se escucharon los gritos de
los chicos que la rodearon.
Ya había amanecido. El francés calentó
agua en el fuego y esperó acuclillado, mirando los frascos en sus manos.
- ¿Qué tiene ahí? -lo sorprendió
Iribarne, que le hablaba desde el rincón donde orinaba. Luego, se acercó
abrochándose el pantalón y luego se desperezó con un bostezo largo. Se llevó
las manos a la cintura e intentó estirarse.
-Le daré algo para eso-dijo el francés. Le
trajo un polvo que disolvió en el café que había terminado de preparar.
- ¿Qué son esos frascos? - volvió a
preguntarle.
-Algo para combatir la infección. ¿Cómo
pasó la noche el chico?
-Dormido, y tan quieto que a veces creí
que se había muerto.
Se acercaron a la cuna. Dergan lo
asucultó y le tomó la temperatura. Tenía en la cara una expresión sombría.
-Está peor, ¿no?
-Oui. Prepararé la medicina.
Tardó dos horas en mezclar las dosis
adecuadas del contenido de los frascos. Utilizó un gotero para medir, pero en
varias ocasiones debió desecharlo y volver a empezar. José lo veía hacer
mientras cubría a Maximiliano con paños para bajar la fiebre, pero únicamente
reaccionaba al sentir el frío y luego volvía a dormirse. No lloraba, casi no se
movía. Cuando abría los ojos, eran grises como dos ventanas a un cielo de
invierno.
Después del mediodía, el francés se acercó con
una jeringa sin aguja, y colocó el extremo entre los labios del chico. Fue
liberando el preparado lentamente. Casi siempre se derramaba por la comisura de
los labios, pero algo llegó a deglutir.
- ¿Qué es lo que le dio? - De pronto, se
dio cuenta que en su pregunta resonaba un resabio de desconfianza. Agarró al
francés de la ropa y le dijo:
- ¿Qué están tramando usted y el viejo
vestido de mujer?
Dergan no pudo evitar reírse, y su
aliento inundó la cara de José.
- ¿De qué se ríe?
-De usted, amigo mío, y de la ignorancia
tras la que se obstina en ocultarse.
Entonces José lo soltó y fue a ver la
caja. Los tres frascos estaban vacíos sobre la mesa. La abrió la caja y vio el
resto, pero lo que no había visto antes era que el interior estaba revestido
con cuero, ¿o piel? Y que en algunos frascos no había líquido, sino pedazos o
astillas de huesos, y en otros pequeños corpúsculos que le hicieron pensar en
embriones.
Se dio vuelta para mirar a Dergan, que
estaba a su espalda con las manos apoyadas en los hombros de José. Esa
intimidad le agradaba, porque de pronto ambos compartían algo que no necesitaba
decirse: la choza fría en el desierto verde, el chico que cuidaban, el olor de
los medicamentos y la mujer que iba y venía con su simbiosis de sexos
intercambiados.
José Iribarne había comprendido. No hay
dioses, quizá, con la forma y concepción en que él y Manuel habían sido
enseñados. Esas eran las maneras de la Iglesia, civilizadas y bien educadas, lo
que no significaba nada más que formas y maneras. Bajo la iglesia están los
cementerios, y con su contenido se desarrollaba la alquimia de la vida y de la
muerte.
Fetos, pedazos de niños muertos, de
nonatos, de abortos, de los sacrificados en el río, de amputaciones
sacrificiales, de restos de hogueras, de músculos cortados, de úteros
extirpados, de coágulos de sangre, trozos de intestinos, huesos rotos, cráneos
partidos, y la férrea masa del cerebro, con su contenido de tiempo y espacio
infinitos, hecha una masa homogénea, maleable y sumisa a la fuerza de los dedos
de hombre-mujer-hombre que se transformaba a su albedrío: como un Dios salido
de la tierra, engendrado con agua y savia, formado el esqueleto con astillas de
antiguos huesos, adheridas una a una con saliva y afirmados con la hiedra que
lentamente se iba transformando en tegumentos: piel, uñas, pelo.
El hombre-mujer-hombre carne, la
mujer-hombre- mujer vegetal.
La simbiosis construida con alquimia y
con instrumentos quirúrgicos.
¿Qué era lo que el francés le estaba
mostrando ahora?
Dergan sacó de la caja una varilla corta,
de metal plateado, de poco mayor espesor que una aguja.
- ¿Es uno de sus instrumentos de matanza?
-preguntó José.
Dergan sonrió, ya no le molestaba el
sarcasmo de Iribarne, lo apreciaba por eso y por todo el tiempo que habían
pasado juntos: esas pocas noches de vigilia junto a la cuna. Y por la tarea que
se habían asignado. Ya no hablaba en francés, a excepción de su acento, ni
parecía esforzarse en el castellano. Las apariencias se estaban apartando,
avergonzadas de su inutilidad. Pasó un brazo sobre los hombros de José y lo
llevó hasta la cuna.
-Mire-dijo, agachándose sobre Maximiliano y
abriéndole los párpados. - Está ciego.
-Como su madre. Gonçalvez decía que, aun
así, ella veía.
-Esos sepultureros saben de la vida porque
saben de la muerte. Hay muchas formas de ceguera, como muchas formas de la
muerte. De algunas se vuelve.
- ¿Y usted qué piensa?
-Esperaremos hasta la noche. Si no baja la
fiebre, lo operaré.
Durante la tarde se sentaron uno a cada
lado de la cuna, a veces con los brazos cruzados, o los codos en las rodillas y
la cabeza apoyada en las manos, o cruzando una pierna sobre otra. Siempre
mirándose de tanto en tanto. El pensamiento del francés tan claro y luminoso
podía leerse en los ojos verdes de Dergan. El pensamiento enrevesado y trágico
del español brotaba y se escabullía por senderos escabrosos.
Cuando uno salía a caminar bajo el sol
rodeado de nubes, rodeado del reflejo perlado de todos los días en ese pueblo
de Bom Jesús, el otro permanecía dentro, dando vueltas de una pared a otra,
dándole vuelta a los pensamientos, como si explorase en la faz interna de un
cráneo la cartografía de la especie: los surcos de los ríos-venas, los valles
de la sangre, los montes de tejidos muertos, las llanuras de la depresión, las
selvas densas de lo inexplorado: lo oculto en lodazales y pantanos: la región de
la que no se vuelve más que en forma de fantásticas alucinaciones: lo
inconsciente como una arquitectura barroca hecha de huesos enterrados en arena.
Llegó la noche y los encontró juntos y
en silencio. Uno parado, esterilizando en agua hirviendo la varilla de metal.
El otro, lavando el cuerpo desnudo de Maximiliano con agua tibia y jabón.
Las manos del francés, envueltas en guantes de
tela fina preparaban la caja de cirugía. Las de Iribarne acariciaban la piel
mientras lo rodeaba de telas limpias luego de cortarle el cabello fino y dejar
su cabeza blanca y calva. José le sonreía al chico mientras le hablaba en un
murmullo incomprensible. Se dio cuenta de que hablaba en latín: las bendiciones
que solían dar en su casa de Cádiz cada día y cada noche. Los ritos del
suplicio eran los mismos que de la bendición.
Afuera estaba oscuro, y se escuchaba el
murmullo de muchas voces hechas un solo y armonioso coro de inquietudes, como
una letanía. La choza estaba iluminada por las doce lámparas que Ágata había
traído en la tarde, encendiéndolas y disponiéndolas alrededor de la mesa sobre
la que habían puesto a Maximiliano.
Iribarne no sabía exactamente lo que iba
a hacer el francés. Se lo había explicado minuciosamente durante la tarde,
haciéndole esquemas anatómicos con una exactitud que invalidaba su condición de
simple veterinario de pueblo chico.
-Los recién nacidos tienen huesos
blandos-le había dicho. Tenía el rostro iluminado de un profesor de la Sorbona
enseñando filosofía, pero era más que eso, porque explicaba las condiciones de
la carne. -Especialmente los del cráneo. Como están en un crecimiento rápido,
las suturas que los unen están abiertas para que se deslicen casi como las
masas de los continentes sobre la lava del mundo.
La voz del francés lo extasiaba como un
vino de buena calidad bebido lentamente durante toda una noche. Bajo su voz, la
anatomía no era papel y lápiz, sino el recorrido por los pasillos de hospitales
y morgues, a veces luminosos, otras en penumbras, rodeados de fríos vahos de
medicinas y formol, con ecos de voces que en ocasiones eran las risas de las
enfermeras y el vocerío de los médicos, otras los quejidos de los enfermos. Y
también los ruidos de los pasillos: ruedas chirriantes de camillas, cosas que
se caen, taconeos trastabillantes, motores que se encienden y apagan sin ritmo,
y en el silencio de la mitad de la noche, el silbido de los tubos de oxígeno
que se escapa y que huye cuando puede para evitar que los hombres respiren,
como si fuese una mala costumbre que el ser humano debería desterrar de su
cuerpo para siempre.
-Hay dos orificios, mon cherie. Se llaman
fontanelas, una anterior y otra posterior. Por una de ellas entraremos.
Aunque sólo él lo haría, en esa clase
improvisada le hablaba a un auditorio que era más grande que su único escucha
dentro del ámbito en que estaban. José adivinaba que Ágata estaba tras la
puerta, seguramente, oyendo, y tras ella todo un pueblo que admiraba la
elocuencia.
Maximiliano ya no se movía. Parecía un
cadáver, excepto por el color sonrosado de la piel y el flagrante sudor que lo
extenuaba.
- ¿Qué tengo que hacer? -preguntó José.
Las manos vellosas le temblaban un poco.
-Alcánceme el instrumento que le pida,
séqueme la traspiración de la cara de vez en cuando, y tenga firme al chico,
por si se mueve.
- ¿Lee va a doler?
-Está comatoso, por supuesto que no. De
todos modos, sólo podría molestarle la incisión en la piel, pero una vez dentro
del cráneo no sentirá nada.
Dergan se lavó las manos concienzudamente
durante diez minutos, y le dijo que hiciera lo mismo. Fueron diez minutos de
silencio y miradas evasivas. Luego se pusieron guantes y Dergan agarró un
bisturí. Punzó apenas la piel del cráneo sobre la frente, en la intersección
del hueso frontal y los parietales. Fluyó sangre y la limpió. Dejó el bisturí
en la caja y tomó la varilla de metal, que tenía un extremo romo y otro
puntiagudo. Introdujo éste en la incisión, lentamente, observando la cara del
chico.
José miraba, parado del otro lado para
sujetarlo si se movía, pero era como tener un muñeco de trapo entre las manos.
Renaud Dergan seguía su labor de
precisión, avanzando en profundidad tan lentamente que era como si avanzase a
milésima de milímetro cada vez. Una gota de sudor cayó sobre la cara del chico,
y Dergan miró a José con enfado. Iribarne secó la frente del francés. Ya no se
descuidaría ni interrumpiría la concentración de ese hombre que se estaba
metiendo en el cerebro de un recién nacido. ¿Qué futuro estaría destruyendo,
qué muertes estaría evitando, y menoscabando qué talentos? ¿Debería cargar con
un inválido por el resto de sus días? ¿Ciego, sordo y mudo, y del todo
inmovilizado? ¿Un cadáver viviente como una cruz sobre su espalda?
Y de pronto pensó en Manuel, en la cruz
de su alma ausente en la iglesia de Cádiz. Cargaría la cruz de su hermano sobre
sus propios hombros, aunque el aleteo de los murciélagos invisibles lo
ensordeciera para hacerlo perder el rumbo. Sabía que el camino del Calvario era
siempre el mismo, y el Vía Crucis tenía siempre el mismo largo. El problema era
el tiempo, tan exquisitamente variable que podía llevar a la locura.
Eso era lo que estaba pasando ahora. La
noche afuera, llena de murmullos de niños que parecían a veces grillos, a veces
búhos, a veces sapos. Adentro, la luz de las doce lámparas rodeadas por
múltiples polillas que provocaban sombras agigantadas en las paredes. Y esas
sombras pasaban por encima de la mesa donde estaba Maximiliano. Como aleteos de
murciélagos.
El francés habló. Dijo algo en su idioma,
un insulto, tal vez. Pero en su cara había regocijo.
Del orificio de la incisión empezó a
salir un líquido transparente que resbalaba y caía en la mesa. Luego se fue
tornando rosado y después rojo.
Dergan
movió un poco el estilete hacia la izquierda. Según le había dicho, debía
llegar al techo de la órbita, donde según creía se había cumulado la infección.
Pasaron minutos, o tal vez segundos, ya no
tenía idea del tiempo. El estilete había entrado más de la mitad, y de pronto
Maximiliano abrió los ojos. Seguían ciegos, con la mirada perdida, pero por un
instante creyó que se fijaban en él. Tan ensimismado estaba en esa extraña
expresión que ya tarde vio que por el orificio salía pus. Olía suavemente
dulce, y Dergan dejó que el líquido fluyera hasta extenuarse.
Fluía y resbalaba por el cráneo, detrás
de las orejas y hacia la nuca. José quiso limpiar, Dergan dijo que no. Quería
hacer algo para ocultar el temblor de sus manos. Había matado y hecho trizas
cuerpos y almas en su vida, pero el cuerpo Maximiliano era diferente a todo lo
que hubiese conocido. No era un ángel, por supuesto, ni tampoco una cría de animal.
Era un simple objeto que estaba más allá de la comprensión de sus dedos. Había
intentado entenderlo con su tacto porque no había podido penetrar con su
mirada, pero ni en uno ni en otro sentido pudo comprenderlo. Ni el llanto lo
explicaba, y el olor que despedían las secreciones del chico eran simples
muestras de animalidad. Sólo una vez, llevando sus labios a la frente de
Maximiliano para percibir su fiebre, su lengua tocó la piel del chico, y creyó
ver algo que después empezó a comprender, y recién muchos años más tarde,
quizá, entendería del todo como quien ve una ciudad completamete construida:
los cimientos y los pináculos de edificios tan hermosos como torres de acero y
cristal. Pero por más que lo intentara, no podía vislumbrar nada por los
cristales de las ventanas espejadas.
El líquido se detuvo. El francés limpió
y tapó el orificio. Vendó la cabeza de Maximiliano, y dijo:
-J’ai fini.
El chico había vuelto a cerrar los ojos,
pero el izquierdo estaba levemente entrecerrado.
Dergan se sacó los guantes y se lavó las
manos. Se veía preocupado.
- ¿Qué pasa?
-Lo que esperaba, que el esfenoides
ofreció resistencia.
-No entiendo…
-A veces, para sanear un hueso, hay que
romperlo.
Durante los días siguientes Maximiliano
despertaba y se movía en diferentes estados de excitación. Lloraba durante
horas y se agitaba como con convulsiones, pero que según Dergan se trataba de
una sobreexcitación del sistema nervioso que era normal. Tres veces por día lo
revisaba y evaluaba los reflejos. A veces el chico se quedaba quieto otra vez
durante todo un día, y Dergan comprobaba el reflejo del ojo izquierdo. Se
rascaba la cabeza, como si algo no encajara en su rompecabezas anatómico.
-La visión está muy bien. Vea, mo
cherie, cómo sigue la dirección del haz de luz. - Con la linterna de mano iba
de un lado a otro, y los ojos de Maximiliano las seguían fielmente.
- ¿Entonces qué lo preocupa?
-Que debería tener secuelas, es decir,
alguna señal de su enfermedad. No digo que debería quedar inválido de alguna
manera, pero estos cambios tan largos y variados en su sistema nervioso, no
coinciden con la falta completa de signos. Todo me muestra que está bien, pero
su sistema fluye de un estado a otro sin razón. Como si su cuerpo no estuviera
conforme con ningún estado, ni la quietud ni la excitación. No encuentra el
equilibrio. Y todo eso, me parece…- El francés se rascaba la barba con fuerza,
escarbando en busca de respuestas. -…tiene que ver con el sistema vestibular
del lado izquierdo. A lo mejor la infección se extendió al parietal y yo me
conforéó con drenar la región supraorbitaria.
Hizo ruidos fuertes junto a cada oído de
Maximiliano, tapando sucesivamente el contrario. Ambos tenían las respuestas
adecuadas.
-No hay signos de sordera.
Lo levantó y lo mantuvo sentado en la
cuna. Maximiliano miraba a uno y a otro, girando la cabeza, y llegó a sonreír
por un momento. Pero si lo soltaba apenas un poco, caía hacia la izquierda.
Dos semanas completas duró tal estado. La
sobrexcitación ocurría cada ocho o diez horas, y luego dormía el resto del
tiempo. Después los lapsos se hicieron más cortos y por eso más frecuentes, sin
embargo, los sobresaltos eran menos intensos y menos profundo el sueño. Estaba
muy flaco y como bebía y comía tan poco, porque no podían hacerlo tragar ni
deglutir, temían que muriera de desnutrición. No había fiebre y sus sentidos
respondían plenamente.
Un día, casi un mes después, Maximiliano
estaba sentado en la cuna mientras José lo sostenía. Dergan le indicó que lo
soltara. El chico se mantuvo erguido, pero levantó un brazo y señaló hacia
adelante en un punto impreciso de la choza. Ambos miraron, pero no vieron nada.
Maximiliano ahora gritaba con enojo y miedo, señalando la pared. Pero la pared
estaba ensombrecida por el techo y la sombra de la puerta.
José se quedó intrigado, y fue a ver
llevando una lámpara. Entonces vio la cruz de Altea que había colgado en la
pared. Ninguno de ellos podía verla desde la distancia en que estaba.. Dergan
revisó otra vez los ojos del chico. Hizo pruebas poniendo cerca o lejos
diversos objetos, pero Maximiliano sólo respondía a la cruz.
Al día siguiente el francés le habló a la
vieja Ágata sobre eso. Ella puso una mano sobre la cara del chico, y cerró los
ojos.
-Eu
vejo o que ele ve.
-Quès que c’est?
-Todos.
Y entonces lo levantó en brazos y comenzó a
mecerlo. Ella lloraba y lo abrazaba contra su cuello.
Para fines julio Maximiliano había crecido y
los lapsos se habían normalizado. Dormía mucho, pero sus estados de vigilia
eran tranquilos y únicamente lloraba si tenía hambre. Hicieron pruebas sobre
sus ojos, pero ya no obtuvieron más que respuestas normales. Sin embargo,
cuando tenía la vista fija hacia adelante, era como si buscase algo que había
perdido. Giraba la cabeza de un lado a otro. Al principio parecía generarle
angustia, y se dormía intranquilo, luego parecía haberse olvidado de todo eso.
El francés, luego de revisarlo un día,
dijo:
-Hay una mancha en la retina del ojo
izquierdo.
- ¿Y qué con eso? - preguntó Iribarne, que
recién regresaba de hablar con uno de los hombres de la pulpería. Había estado
buscando a alguien que lo llevara Río, y lo había encontrado.
-Es una señal de ciertas secuelas de
infecciones o fracturas. Cicatrices internas, ¿comprend?
- ¿Entonces ya no ve lo que veía?
-Ve lo que vemos todos, mon cherie.
*
Un día de
invierno, en la primera semana de agosto, llovía y la tierra era una masa de
fango en la que se hundían las carretas, los perros viejos se quedaban atascados
y morían a pedradas de los chicos, y hasta la hoz de la muerte parecía estar
dibujada como un arco iris negro en el cielo.
Ese día eligió José Menéndez Iribarne para
partir. Había organizado un largo itinerario que no sabría si podría cumplir,
pero lo intentaría salvando los inconvenientes. Primero el tipo de la pulpería
lo llevaría en carreta hasta la ciudad más cercana donde pudiese encontrar
alguna estación de ferrocarril. Después de dejar la última estación, otro viaje
en barco por los ríos transitables, y luego otra vez ferrocarril y carreta.
Donde no pudiera, compraría un caballo y cabalgaría toda la distancia necesaria
hasta Río de Janeiro.
Ese día, muy temprano, armó una valija
liviana y puso a Maximiliano en un arnés con mochila que le había dado Lucía.
Así había cargado a su hijo Gaspar y aún la conservaba. José la arregló y la
reforzó. Maximiliano se quedó tranquilo mientras miraba hacia el cielo
encapotado.
-Mal día para viajar, querido-le dijo Lucía,
que había ido a despedirlo.
El
francés lo miraba desde la puerta del rancho, con las manos en los bolsillos y
la pipa en los labios.
-No te preocupes- dijo, y le dio un beso. La
vio alejarse con los brazos bruzados sobre un chal de lana mojado.
El francés se acercó.
- ¿Por qué no espera mejor tiempo?
-Porque el invierno en España es más crudo
que acá, y espero llegar antes que empiece. Además, no tengo nada que hacer por
estos lares. He tenido suficiente de América por un largo tiempo. Extraño
España, y no quiero que el chico crezca allá.
Se abrazaron, y el francés le dio dos
besos según su costumbre, uno en cada mejilla.
-Voy voyage, mon cherie. Extrañaré su mal
humor. - Le dio una palmada en el trasero cuando José se dio vuelta.
-Adiós, matasanos y cura bestias. Que te
muerdan los perros y te mueras de rabia.
La risa del francés no se detuvo hasta que lo
vio la carreta alejarse y perderse bajo la llovizna y la niebla.
José miró atrás varias veces, hasta perder
de vista el rancho y la gente que estaba en la puerta, el francés, y un poco
más lejos, la vieja Ágata, rodeada de chicos en tan gran cantidad, que a medida que se alejaba, parecían crecer como
un gran lago de cabezas negras nacidas del barro.
El
viaje fue demasiado largo.
Por Minas Gerais encontró el apellido de
los Gonçalvez en casi cada pueblo, y no había quien no los nombrara. Abusando
del nombre de Estanislao, le dieron albergue cuando de otro modo se lo habrían
rehusado, o le prestaron dinero en los pocos bancos para seguir el viaje.
Varios tramos del ferrocarril estaban en
mal estado, y la locomotora se detenía cada quince minutos en lo que debía ser
un viaje de cinco horas, prologándose a casi un día. Luego el transbordo para
cruzar varios ríos. Se cruzó con muchos mineros que iban a trabajar antes del
amanecer y regresaban apenas anochecía. Eran hombres silenciosos que lo
acompañaban mientras él cabalgaba con la mochila y el chico. Lo miraban con
curiosidad, porque no era común ver un hombre de la distinción de Iribarne
cargando a un recién nacido, solo y sin mujer. Con ellos iban los hijos, con la
piel tiznada y encorvados. Escuchaban la conversación de sus padres, y de vez
en cuando echaban una mirada al bebé.
Más de veinte días después llegaron a Río
de Janeiro. Entraron sobre una mula que le vendieron cien leguas antes, y que
se moría de vieja. Vio la vegetación junto a la bahía, y los enormes peñascos
que eran con dos enormes jorobas en la espalda del Brasil. Pero la cara de la
bahía miraba hacia el océano.
Recorrió las calles hasta el puerto,
caminando, porque dejó la mula sin atar para que alguien la encontrara muerta.
Caminó con una valija en una mano, y la otra apoyada sobre la espalda de
Maximiliano.
Había muchos barcos anclados, otros que
zarpaban para la pesca nocturna y otros que volvían y bajaban las redes. Pero
no vio ningún buque.
Preguntó en las ventanillas de uno de los
edificios del puerto, alto y estilo imperial, los techos trabajados con cupidos
y cariátides sosteniendo las columnas. Se dirigió a una de las ventanillas con
enrejado colonial, y un viejo que contaba boletos en el escritorio. Levantó la
vista una sola vez cuando lo vio acercarse, luego siguió contando, y de vez en
cuando se mojaba el dedo con la lengua para ayudarse a pasar los boletos.
-Disculpe, quería saber cuándo zarpa el
próximo buque a Cádiz.
El viejo contestó sin mirarlo.
-Acaba de zarpar uno ayer...-Dejó lo que
hacía, sacó un libro de registros enorme y pesado del estante tras el
escritorio y consultó página tras página durante un rato.
-El próximo llega en quince días, más o
menos, desde la España, zarpa una semana después de regreso.
- ¿A qué puerto?
- ¿Se está burlando? ¿No me dijo Cádiz?
Hace treinta años que los veo ir y venir…hay cada uno-dijo después en voz baja
y guardando el libro.
-Disculpé, es que hace tanto que me vine
de allá, y he pasado por tanto…
-No soy su paño de lágrimas, señor, váyase
a llorar a una iglesia y no me haga perder el tiempo.
Retomó su trabajo de contar: dedo, lengua,
papel, en ese orden y sin altibajos.
José se quedó parado. Parecía un
provinciano perdido en medio de la gran ciudad. Pero pronto regresaría a España
y volvería a ser quien había sido.
-Disculpe otra vez, no quiero molestarlo,
pero quisiera sacar un pasaje para ese buque…
El viejo dejó la pila de boletos, resopló
con fastidio y empezó a anotar en un libro abierto a su derecha.
-Nombre
-José Menéndez Iribarne.
-De toda la familia…
-Solo mi sobrino y yo. Tiene tres meses, se
llama Maximiliano Menéndez Iribarne.
Le extendió los boletos con letra grande y
clara. Le dijo el precio. José pagó.
-El equipaje debe traerlo seis horas antes…
-Tengo nada más que una valija…
-No me interesa lo que tenga, no le
pregunté eso…El niño no debe salir del camarote, esa son lar reglas…
-Está bien-dijo José. El carácter del viejo
le recordaba a alguien, pero no recordaba. ¿No sería a él mismo, quizá, cuando
fuera viejo? El recio hombre joven se había perdido en una aparente debilidad
de carácter que lo preocupaba, pero el viejo le daba la esperanza de recuperar
pronto la seguridad de la insidia.
Guardó los boletos y cuando se dio vuelta
olvidó preguntar cuál era el nombre del buque. Temía encolerizar otra vez al
viejo, sin embargo, cuando regresó a la ventanilla, vio que lo estaba esperando
con una expresión de sorna.
-Lamento molestarlo nuevamente, pero
olvidé preguntarle el nombre el buque.
- ¿No sabe leer? Está escrito en los
boletos.
José se disculpó por su torpeza, se apartó
de la ventanilla y tropezó con una mujer que lo miró enojada. Pidió disculpas y
decidió sentarse y serenarse. ¿Qué era lo que le pasaba? Parecía un estúpido
principiante, como si fuese a viajar por primera vez. Él, que había sido
capitán de buques mercantes, que había casi recorrido el mundo, y había vendido
armas en todas partes.
Se dijo que la
culpa la tenía América, el clima insoportable del litoral, el ambiente
insalubre del río, la inundación y los mosquitos, los golpes que le habían dado
las mujeres, y el disparo de un carabinero de mierda.
Levantó la vista al cielo de la noche que
se acercaba. Volvía a llover suavemente una vez más, pero la suavidad se
convertía en rispidez con su incesante repetición. Sacó los boletos para leer
el nombre del barco. Al principio no pudo creer lo que leía.
“José
Manuel De Goyena, sábado 11 de septiembre, 9 horas”
Se empezó a reír, moviendo a Maximiliano y
despertándolo del ensueño en que se había sumido sobre su pecho.
-Regresamos-le dijo al chico. -Regresamos
a España. Ya vas a ver la vida que vamos a tener, querido. Si hasta viajaremos
en nuestro barco, querido, o como si fuera nuestro porque lleva nuestros
nombres. ¿Nunca te contó mamá que Goyena fue pariente nuestro? Así decía ella,
la pobre, cuando papá no estaba en casa para hostigarla.
Había recuperado la confianza. Se
levantó, agarró la valija y buscó un hotel. Caminó muchas calles hasta
encontrar el que creía adecuado para ellos. Estaba a dos cuadras del peñasco
que llamaban Pan de Azúcar.
-Una habitación…
El conserje, atildado y serio, miraba su
ropa sucia y la barba sin afeitar.
- ¿El chico es suyo?
José sintió que renacía la arrogancia.
- ¡Por supuesto! ¿Sabe a quién le habla?
Capitán de fragata de la Armada Española, José Menéndez Iribarne-. Y presentó
los papeles que estaban en un pliegue de la valija desde hacía tanto tiempo,
tanto como el que estaba en América.
Le dieron una habitación con vista
espléndida a la bahía. En la mañana abrió la ventana y dejó que el paisaje del
mar y los cerros de la península entrara con la luz del primer día despejado en
mucho tiempo. Se desperezó con fuerza y ganas. Vistió a Maximiliano, que había
dormido junto a él en la cama, y bajaron a desayunar.
Ordenó con jactancia, porque eso también
había recuperado. Comió y bebió en abundancia, le dio el biberón a Maximiliano,
consciente de que las mujeres de las otras mesas lo observaban con curiosidad,
y sentía cómo iba creciendo su orgullo. Los hombres se sonreían,
despreciativos, pero ellas no dejaban de mirarlo.
Luego se levantó, puso al chico en su arnés y
comenzó a caminar por la calle hacia el cerro. Preguntó si podía subir, y le
dijeron que lo llevarían. Pagó, subió al carro que arrastraban dos negritos, y
fue viendo cómo el mundo iba ampliándose a su alrededor a medida que ascendía.
En la cima se paró a mirar. A un lado la
tierra y la selva, y mucho más allá el río y toda la vieja América. Del otro el
mar, inmenso, interminable, y hasta imaginó llegar a ver la costa de España. Se
rio de sí mismo, y vio que Maximiliano también miraba hacia el mar, y se reía.
Tenía la cruz en el bolsillo, el único
signo que se llevaría de esa tierra que tanto mal le había hecho, y a la que le
había ganado lo más inapreciable. España los esperaba para recibirlos con un
abrazo tan fuerte como la muerte.
Ilustración: Franz Von Stuck

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