jueves, 9 de abril de 2026

Los murciélagos del Brasil (Capítulo 13)

 





¿QUÉ VEN LOS OJOS DE LOS MURCIELAGOS?




13

 

 


 ¿Qué le quedaba?, se preguntó Hurtado de Mendoza mientras iba sentado en el extremo posterior de la carreta, con las piernas balanceándose al ritmo irregular con que las ruedas saltaban los guijarros del camino, y todos: hombres, mujer y niños supeditados a las escasas fuerzas de un jamelgo, que como todos los que había visto en los últimos tiempos, era utilizado hasta que se cayera muerto. Y si no lo enterraban con las mismas viejas riendas que llevaba desde veinte o veinticinco años antes, porque habían penetrado entre las crines y la piel del animal - arrancárselas antes habría sido provocarle un dolor inútil, y después, ¿para qué? -  lo dejarían en medio del camino hasta convertirse en un esqueleto como del que él, Máximo Hurtado de Mendoza, no podía apartar la vista.

       El “Juan Manuel de Rosas” no era más que un esqueleto de madera y hierro que sobresalía de las aguas del río, todavía humeante a pesar de las horas transcurridas desde el comienzo del cañoneo. La popa aún podía verse casi indemne, y estaba seguro que la proa se había clavado en el fondo, sin permitir que el resto se sumergiera hasta que la madera terminara de quebrarse por su propio peso, y las corrientes del río, lentas, obstinadamente lentas como una manada de viejos elefantes enfermos, decidiera llevarse los restos del barco en pedazos, hacia el sur, hacia el Paraná, que ya no tendría memoria del gran barco que había remontado sus aguas, y que no reconocería en los exangües fragmentos que llevaría.

      Los huesos son todos iguales, grandes o pequeños, no tienen nombre. A los barcos, cuando se mueren, les sucede lo mismo. Son pedazos de madera, fragmentos de hierros retorcidos, calderas que se hunden y se oxidan. Y si alguna letra de su nombre llega a pronunciarse alguna vez, cuando alguien encuentra una tabla con esa letra, o con suerte, una sílaba, nadie podría identificarlo.

      ¿Quién era él, ahora? ¿Y qué le quedaba? Se miró las piernas, cansadas y llenas de várices. Las manos, callosas e insensibles. El uniforme había sido destrozado, y sólo vestía un pantalón de lana, las eternas botas de casi toda la vida, y una camisa sin botones que intentaba anudar sin lograr cubrir el vello del pecho. Se tocó la barba, sucia, enredada por su costumbre de hacerse nudos en los mechones cuando estaba nervioso, y últimamente había sido un estado constante. El pelo largo a los costados, y una incipiente calvicie en la coronilla.

     Le quedaba una mujer que no quería, pero que ahora, como muchos años atrás, volvía a ver desprotegida como en los tiempos de Polonia. Pero esta vez no se engañó, la máscara de Natacha era una construcción que ella misma no sabía evitar.

      Los hombres de su tripulación se habían salvado, casi por milagro, porque el cañoneo había sido incesante. Los botes fueron pocos, pero suficientes, porque el barco se fue hundiendo lentamente y había dado tiempo a todos para hacer dos o tres viajes hasta la costa. Luego, los botes se partieron cuando el último hombre estuvo a salvo en la costa brasileña.

      Había muertos de la batalla en la playa, y algunos soldados republicanos aparecieron para apresar a los sobrevivientes del barco. Domínguez habló por toda la tripulación y los pasajeros del “Juan Manuel”. Presentó papeles que llevaba en las carpetas de cuero que había rescatado del naufragio. Las mismas carpetas en las que escribía y tomaba notas de los libros que Natacha le prestaba. ¿No era un espía argentino a favor del Imperio, acaso? Pero a Mendoza no le sorprendió descubrir un nuevo pliegue en la personalidad del cabo. Fuese como fuese, los soldados los dejaron en paz. Hicieron la venia a Domínguez y al capitán, dieron esmirriadas disculpas que apenas se entendieron en su idioma, y se fueron.

      Eran ya entrada la noche. Hicieron fogatas. Natacha temblaba de frío y le dolía mucho el brazo roto. El bebé estaba cubierto con una manta, e Iribarne no lo soltaba de sus brazos, meciéndolo. Debían pasar la noche ahí, dijo Domínguez. El puesto de frontera más cercano estaba en Bom Jesús, y tardarían varias horas en traerles comida y abrigo.

      Las fogatas dejaban ver los muertos que no habían sido recogidos. Los hombres de Mendoza daban vueltas, y sabía que la mitad de ellos se había fugado, metiéndose en la selva o siguiendo la costa del río. En Brasil nadie los buscaría, ni la ley ni las mujeres que habían dejado atrás. Ojalá él hubiese podido hacer lo mismo. En medio de la noche, viendo que casi todos dormían, agotados, sintiendo el peso del cuerpo de Natacha sobre su hombro, gimiendo dolorosamente aún en sueños, se dijo que podría levantarse con sigilo, apoyar la cabeza de ella sobre la manta que la abrigaba, y huir.

     Miró hacia el río, donde las aguas seguían gorgoteando alrededor de la estructura muerta del barco. Como si algún monstruo de agua dulce se lo estuviese comiendo. Pensó en las tantas leyendas que Natacha lo había obligado a escuchar, porque a ella le agradaba hablar de lo que la fascinaba, esa suma de conocimientos que había comenzado a adquirir en la biblioteca de su padre, y que él oía como la lluvia de invierno; monótona, insistente y siempre amenazadora. Bajo las aguas, decía ella, viven los dioses exiliados, y construyen ciudades muertas con los restos del mundo. Le había hablado de Dios en una terminología ósea tan extraña que lo hizo preguntarse muchas veces, antes de que los últimos tiempos se lo confirmaran, si su mujer no solamente estaba loca, sino tal vez poseída por un delirio místico que la tía Clotilde había alimentado. Y ella había nutrido con todo eso la mente y el alma de Ariel.

      Natacha abrió los ojos. Lo estaba mirando mientras él hacía sigilosos movimientos por levantarse.

     - ¿A dónde vas?- Tenía el acento polaco que hacía mucho no usaba.

     No había enojo, sino tristeza en la voz.

     Los ojos de Natacha, esos ojos polacos que eran un calco de los ojos de Krakovsky. El viejo le hablaba a través suyo, quizá. No podía abandonarla. Ella estaba perdida sin un hombre.

      Oyó una canción de cuna que Iribarne entonaba con su voz áspera y entrecortada. Qué distinto era ahora ese hombre. No era bueno, no era amable ni sincero. Era simplemente una faceta más de esa conflictiva simbiosis que todos ellos eran.

      Miró la luna, amplia, iluminando el naufragio y sembrando de luz tenue el cementerio del río.

      ­- ¿A dónde podría ir? -contestó, pasando un brazo sobre los hombros de Natacha y aproximándola. Ella cerró los ojos y se abandonó al gesto de su marido.

      Le habló de la casa de Santa Fe. Volverían allí. Reducida la propiedad al predio de la estancia, porque todo el resto había sido vendido. Ella escuchó las voces criollas con que él intentó amenizar el rigor de los próximos tiempos, mientras ella contestaba con monosílabos de voces cerradas en polaco, y de lejos se escuchaba la canción de cuna andaluza que Iribarne cantaba con acento tan español que era como estar a orillas del Guadalquivir. Y como sonido de fondo, unos cantos que llegaban desde el interior, tal vez desde la selva por donde habían aparecido y desaparecido los brasileños que peleaban, hombres y armas. Un canto en portugués donde la música no era un arte sino una secreción de la selva. Brotaba desde los árboles inmersos en la oscuridad, iluminados en la cima por la luna, como un manto verde oscuro, y nacía de la playa de arena tan blanca como los huesos de los muertos recientes, que esperaban.        

     ¿Qué?

     La expiación de sus almas, tal vez, en el canto de los hombres de su tierra, o quizá en la canción de cuna que un hombre -lleno de culpas, hecha su alma una costra de remordimientos e insatisfacción- entonaba como un rito de penitencia y pedido de perdón.

 

 

 

 

*

 

 

 

Bom Jesús era un pueblito de múltiples ranchos amontonados en todo lo extenso de un árido pajonal que estaba curiosamente rodeado de aguas, varios lagos no muy grandes y los riachos que los unían. Todos ellos drenaban en el Paranaiba, de aguas casi quietas, ese cementerio de donde nacían las larvas que creaban, como una alegría, el futuro y torrentoso Paraná.

      Si a orillas del río hacía calor, aún era mayor en el pueblo. El polvo se levantaba por cualquier motivo: las pisadas del bayo que arrastraba la carreta, las ruedas desvencijadas, por supuesto, y luego las corridas de los perros que llegaron desde los ranchos cuando los vieron llegar.

      Salieron las mujeres y los chicos, como enjambres de aquellos panales rotos que eran los ranchos, a veces encimados unos sobre otros. Se veía a los chicos bajar por los tablones de madera, algunos deslizándose como por toboganes. Los hombres que trabajaban en las calles detuvieron sus tareas, cavando surcos de agua algunos, levantando paredes otros.

      La carreta se detuvo y la rodearon los perros. Eran tantos, flacos y sarnosos en su mayoría, que Natacha temió que fueran a morderlos. Se agarró a un brazo de Máximo, temblando. Algunos se habían empecinado en ladrarles a no más de uno o dos metros. Domínguez se encargó de espantarlos disparando al aire, pero la mayoría continuó ladrándoles a la distancia.

      Las mujeres se acercaron secándose las manos con trapos sucios, o sujetaban a sus hijos. Un hombre con una azada al hombro preguntó quiénes eran.

      El soldado que conducía le explicó en portugués. El hombre habló con las mujeres y ellas se fueron llevándose a los chicos que quisieron obedecerlas. Al rato llegó una vieja alta y obesa. Salvo por el vestido y los pechos gruesos, tenía la contextura de un hombre robusto, e incluso el vello de la cara parecía una barba.

      El republicano le habló en portugués. Él, un poco más bajo que ella, se explicaba como si estuviera disculpándose. Ella lo miraba con el ceño fruncido y las manos a horcajadas en la cintura, y entonces se rio. Pero nadie sabía bien de qué, si de las desventuras de los náufragos o de la estupidez de los soldados.

      Sin decirles nada, hizo la señal de que la siguieran. Entonces fueron tras ella y caminaron por el polvo durante más de doscientos metros hasta un rancho de adobe y techo de madera recubierto de paja.  Adentro estaba fresco. Había varias camas bajas.

      -Este lugar les sirve de reunión para todo-dijo el soldado. -A veces de hospital, a veces para bailar. Me dijo la vieja que dormirán acá hasta que puedan irse.

     - ¿Quién es ella? - preguntó Natacha.

     -La jefa de la tribu que fundó este pueblo, pero quedan pocos de los indios verdaderos, casi todos son mestizos o son de afuera.

      - ¿Nos traerán provisiones? -preguntó Iribarne.

     -Ya se los he pedido.

     - ¿Y cuándo podremos irnos? - Natacha estaba cansada, su voz sonó irritada y exigente.

     El soldado no era brasileño, tal vez de Misiones, porque había hablado mucho con Domínguez durante el viaje al pueblo. La miró con desprecio.

      -Señora-contestó. - No somos sus sirvientes. Pregúntele a su capitán por qué motivo no llevaba identificación. Entraron en territorio revolucionario y en estado de guerra. Primero se ataca y después se pregunta, esa es la consigna.

      El cabo intentó apaciguarlo. Los escucharon hablar en portugués en voz baja. Domínguez agarraba al otro de un codo, con campechanía y confianza. El otro hablaba y hablaba, hasta que pareció serenarse y salió del rancho.

      -Cabo-dijo Mendoza. -Ya sé que no podemos pedir lo que corresponde, que sería una indemnización, ¿pero ¿qué ha podido conseguir por nosotros?

      -Capitán, comprenda que estamos alejados de la mano del gobierno en Río. Estos hombres harán lo que la conciencia de cada uno les diga. Si se sabe lo que pasó, podrían exponerlos a Consejo de guerra. Sería un conflicto diplomático y una probable nueva guerra con el Brasil. Nadie quiere eso. Me dijeron que los llevarán hasta donde ustedes quieran, con provisiones y todo lo necesario.

      Durante el resto del día y hasta la tarde siguiente descansaron y comieron. Varias mujeres negras les trajeron comida y agua para beber y lavarse. Vino una comadrona y sin preguntar agarró al bebé y se lo puso al pecho. Iribarne la dejó hacer, sentado en un tronco tronchado, fumando.

     - ¿Qual é nome do menino? -preguntó ella.

     -Maximiliano- contestó José.

     El capitán y Natacha levantaron la vista cuando escucharon.

     -No sabía que ya lo había bautizado. - Mendoza intentó ser irónico, pero no le salía bien.

     -No es por usted, capitán, no es el ombligo del mundo, aunque lo crea. Lo llamé así por el perro que lo salvó. Pero la historia de ese nombre es más vieja….

      Mendoza recordó cuando Altea le había puesto nombre al perro, y le había contado la leyenda de Maximilian y la reina.

     - ¿Altea le contó alguna vez esa historia?

     - ¿Qué historia?

     -La del perro Maximilian que mató a una reina, o algo así… Altea dijo que Max le había hecho recordar esa leyenda.

     -No sé de qué habla. Yo nombré a mi chico de esa manera por puro sentimentalismo, y eso que me jacto de esa debilidad. No sé, se me ocurrió, nomás. Haga las asociaciones que quiera, capitán, si eso lo tranquiliza.

      La cara de Iribarne estaba oculta tras el humo de la pipa, pero Mendoza veía que con un ojo observaba a la comadrona alimentando al chico, y con el otro lo miraba a él con sarcasmo.

      En la mañana siguiente entraron a avisarles que la carreta estaba preparada para llevar al capitán y a su esposa a la costa. Los esperaba una barcaza brasileña.

      -Que tengan buen viaje-les dijo el cabo.

      Bernardo se había subido a la carreta y llevaba un atado con sus cosas colgando del hombro. Mendoza no sabía qué hacer con él. Irían a Santa Fe, y quién sabe cómo sería el estado de abandono de lo que quedaba de la estancia. Y recordó lo que le había pedido el doctor Ruiz.

      -Cabo…fíjese bien lo que le voy a pedir. Sé que no es su deber tomar esta responsabilidad, pero necesito que, así como Farías fue su protector, usted lo sea de Bernardo. Lléveselo a Buenos Aires, y si puede hágalo ir a la escuela y después estudiar medicina. Ya algo sabrá usted de su historia. Y hágale respetar la memoria de su padre, que tal vez en unos años la inquina de la política cambie de opinión y se la agarre con algún otro.

     Domínguez no atinó más que a hacer bajar al chico y agarrarlo de la mano.

     -Haré lo posible, capitán, por ser más que su protector, su mentor. Pero no le prometo nada de los rumbos políticos.

     Se dieron la mano, y cabo y niño se alejaron hacia el caballo que tenía preparado para partir hacia algún encargo que aún, quizá, le quedara por terminar. Subió al chico y luego él. Bernardo se sujetó del cinturón del cabo, y el caballo partió a ritmo lento, levantado polvo con las patas.

     Iribarne corrió hacia la carreta, y dijo, jadeando:

     - ¿Se van si despedirse?

     Mendoza había ayudado a subir a Natacha y se dio vuelta. Dijo, a regañadientes:

     -No creí que fuera necesario, Iribarne. Creo que no debe haber nada más entre nosotros si queremos conservar la paz.

      Iribarne se rio, obsequioso. Se veía que estaba feliz, y la posesión de Maximiliano era la causa. Algo, sin embargo, parecía ensombrecer la alegría de su cara, pero eso ya no era más de la incumbencia de Máximo Hurtado de Mendoza. El capitán sólo sería, de ahora en más, un viejo que conduciría, tal vez, una barcaza para llevar mercadería, negros y putas de un pueblo a otro por el litoral.

     -Fue un gusto conocerlo-dijo Iribarne, extendiendo la mano, que Mendoza estrechó sin ganas.

     -Fue un placer, señora-le dijo a Natacha, acercándose para besar su mano. Ella la extendió, con finura, recuperando la distinción que sabía siempre los había separado. Y dijo algo en polaco.

     Mendoza no pudo evitar reírse, pero no tanto por lo que ella dijo, sino por la expresión de Iribarne al escucharla. No la había entendido, por supuesto, pero era evidente que había comprendido el sentido por el tono y la expresión. No se dignó mirarlo más, pero siguió sonriendo, sin poder evitar que se le escaparan débiles carcajadas mientras la carreta se alejaba del camino del pueblo donde había quedado Iribarne, allí parado con la pipa en una mano, pensando en lo que esa señora polaca, loca tal vez, extraña sin duda, le había dicho, escondida tras un idioma que ella sabía que él no conocía.

     - ¡Vaya con el descaro de la condesa! -dijo en voz alta.

     Pero cuando se dio vuelta para regresar al rancho, se dijo que únicamente de él era la culpa si no conocía el polaco. Su hijo sabría todo cuando creciera, pensó, satisfecho. Dejaría de preocuparse por las patrañas y los caprichos de las mujeres, y se dedicaría a enseñar a Maximiliano que el mundo es como un país en estado de sitio.

 

 

 

*

 

 

 

-O menino está doente-le dijo la vieja cuando regresó al rancho.

     Ya sabía que algo le pasaba, por eso lo había mantenido lejos de los otros y no les dijo nada, no fuera que fueran a quitárselo. Pero algo había visto el día anterior. El chico estaba irritado, se rascaba y tenía la piel algo enrojecida en ciertas partes, con manchas rosadas.

      José lo agarró de los brazos de la vieja. Maximiliano lloraba con un llanto muy quedo y bajo, y tal vez por eso los demás no se habían dado cuenta. Como si el chico supiera que debía mantener el secreto para continuar con su padre. Esa idea lo satisfizo, era evidente que Dios o la fatalidad los había reunido, y que eso mismo evitaría que el mal que lo afectaba fuese importante. Se detuvo un momento, asombrado de sus propias disquisiciones: estaba hablando como Manuel el cura, o como Mara la bruja. Ambos habían sido lo que no habían podido ser, pero ese algo se filtraba y salía a relucir en sus formas de pensar o hablar. Sólo él, José Menéndez Iribarne, siempre fue lo que creyó ser, por dentro y por fuera, un descreído que sólo confiaba en lo que veía: el cuerpo y el deseo. Y ahora, sin embargo, surgían en su mente disquisiciones supersticiosas que no tenían ningún fundamento.

      - ¿Y qué tiene? -le preguntó a la vieja Ágata, esa vieja marimacho que le dedicaba tiempo al chico por alguna razón que no llegaba a comprender. Entre tanta gente que la necesitaba en el pueblo, se quedaba varias horas a cuidarlo. José la había dejado hacer, porque sabía que era necesario, pero también porque apartaba la atención y atenuaba la preocupación de los otros. Pero ahora que se habían ido, Maximiliano era únicamente suyo, y la vieja una molestia necesaria.

      Ágata tenía una mezcla de ascendencias imprecisas. Se jactaba de ser la última descendiente de una aristocracia indígena, pero tenía rasgos mestizos o mulatos en el color de la piel, y José reconoció en la forma de los pómulos quebrados un parecido con los hombres de Aragón. El acento que usaba era confuso y a veces no se le entendía, además de que solía murmurar para sí misma o hablar entre dientes. ¿Rezos?, así lo había creído al principio. ¿Conjuros?, no eran de descartar.

     -A mae sufreu muito-dijo ella.

     José asintió.

     -Ele tambén sofrerá.

     -No sea pájaro de mal agüero, vieja. El chico está enfermo solamente, ¿no es común a esta edad? Y con todo lo que pasó…

      Lo abrigó con la manta de lana de colores que la vieja le había traído, pero Maximiliano sudaba. Tenía fiebre, y José sabía que estaba peor que el día anterior, y que podía morir.

      - ¿Hay algún médico en el pueblo?

      La vieja se acercó.

      - ¡No lo toque más! -le dijo él. No quería seguir el camino que Mara y Valverde lo habían hecho seguir en los últimos tiempos. No confiaba ya en los caminos oscuros donde los significados eran dobles y las cosas que veía eran diferentes a lo que aparentaban.

     Los murciélagos sí lo eran. Siempre estuvieron, siempre los vio con sus alas negras y los escuchó con sus aleteos semejantes a la desesperación.

     La vieja se quedó parada con el brazo a medio extender, ahora quieto en el aire, como si estuviese deteniendo algo invisible, o dando una bendición. Siempre esas dos condiciones que no podían separar, se dijo. La ambivalencia era una maldición.

     Ella habló entonces con una voz profunda que era masculina, y los rasgos de la cara parecieron ensombrecerse en el vello que la hacía asemejarse a un negro esclavo recién traído en un barco desde África.

      - ¿Estava nas áquas, nao é verdade?

      -Sí, ¿qué pasa con eso?

      -A agua está sofrendo. Ele se lembra.

      José no entendía.

      ¿El agua que sufre, o sufre en el agua? ¿Qué recuerda? ¿Y qué tiene que ver el agua si ese pueblo era más árido que un desierto? ¿Tal vez por eso? ¿El desierto recuerda el agua del río tan cercano y lejano?

      Insensateces de una vieja que se creía más de lo que era, jactándose del pasado que no era más que un producto de aguas insalubres y estancadas como ese río que por allí comenzaba. ¿Y qué era ella, o él, quizá? Una simbiosis de razas y géneros indeterminados. ¿O tal vez por eso, precisamente, constituía lo que solía llamarse el Todo?

      - ¿Hay algún médico, vieja de mierda?

      Ágata sembró el aire del rancho con un hálito preñado de insultos. Finalmente dijo:

      -O francés.

      Y salió, dejando abierto el pedazo de cuero que colgaba del marco de la entrada, y a la luz él vio cómo Ágata caminaba con su pollera raída que parecía una membrana a veces plegada sobre sí misma, como dos alas que en cualquier momento podrían abrirse. Pero no sucedió, o no quiso ver. Apartó los ojos de esa visión, y los puso sobre el chico, afiebrado.

     Salió en busca del que llamaban el francés. Preguntó a todos los que veía alrededor del rancho, y luego recorrió las que parecían calles del pueblo y no eran más que espacios inciertos entre los ranchos y chabolas. Algunos no le contestaron, otros no lo conocían, y los que sí no supieron dónde vivía. Se encontró con una especie de pulpería, que no era más que una sala de cuatro mesas, unas pocas sillas, y un mostrador con botellas., tras el cual una mujer estaba apoyada con los codos. Cuando lo vio entrar con el chico en brazos, dijo:

       -Olha o cavalheiro…

      José se acordó que Mara lo había llamado de una forma parecida cuando se conocieron.

      - ¿Procure o francés?

      - ¿Es que todos son brujos en este pueblo?

      -Algo assim-le contestó.

      - ¿Y viven del aire?

      -Algo assim, o Gonçalvez, eles sabem.

      La mujer, desgreñada y con las manos sucias, le sirvió un trago.

      - ¿Me cherche? -dijo alguien tras él.

      Era un hombre rubio, de cabello lacio y largo, con una barba a medio crecer, y ojos celestes tan intensos que contrastaban con la semioscuridad del rancherío. Era el francés, por supuesto.

      -Sí, señor.

      El otro le estrechó la mano.

      -Comment puis-je vou servir? Pardon, pero cuando veo a alguien diferente a estos negros creo estar con alguien civilizado y mi cabeza habla francés.

       Le gustaba esa jactancia, esa dignidad que no era más que vanidad, pero hacía mucho tiempo que no se encontraba con esa especie de noble orgullo.

       -Mi chico está enfermo, tiene fiebre.

       El francés miró la cara del bebé apartando un poco la manta.

       -Sein, pardon, pero usted s’est trompé. Je suis vétérinaire.

       Se preguntó si todos en ese pueblo se estaban burlando de él.

      -Lo invito un trago, Monsieur José. Sentémonos a esa mesa del rincón, si vous plais.

      -No tengo tiempo que perder con un curasano de mostrencos…

      Cuando ya se iba, el francés lo agarró de un brazo.

      -Pensez, sein. Je suis lo único más parecido a un médico en veinte leguas. Y este infant, ca va mourir.

       La cara de José fue un estrago de desesperación, y el francés lo notó. Salieron juntos hacia el rancho. Caminaron bajo el sol que nunca estaba desde que había llegado al pueblo, porque las nubes eran constantes, pero se hacía sentir con el calor y las moscas.

       Lo primero que hizo el veterinario cuando llegaron fue cerrar las ventanas y prender un habano que sacó del bolsillo de su saco. Vestía con un cárdigan viejo, tan largo que parecía una casaca, y el pantalón era una especie de vaquero con las botamangas metidas en dos botas altas. Encendió el habano, pero no lo fumó, sino que lo dejó sobre la mesa, y pronto el humo espantó a las moscas.

     -Es una pena malgastarlos, pero lo que para nosotros es placer a ellas las espanta. Por eso vienen cuando ya no podemos defendernos. - Luego llevó al bebé a la cuna que la vieja había improvisado. -Ya veo que Ágata estuvo metiendo mano por acá, espero que no la haya dejado hacer sus gualichos.

     -No sé lo que hizo porque ni siquiera sé qué es…

     El francés se rio.

     -Entre nous, Monsieur, la vieja de joven era un jefe muy atractivo, tuvo muchos hijos y sus nietos andan por aquí, cualquiera de los que ha visto puede ser alguno.

     -Quiere decir que…

     -J’a dit. Pero es de familia de brujos, o curanderos, como los llamen…Los motivos no los conozco, aunque podemos imaginarlos. Estas tribus eran matriarcales, y al hombre lo criaron entre mujeres. Qué sé yo, se dice que varios de sus hermanos son sus hijos también, y todas las combinaciones que a usted le gusten… Y hasta dicen…

      El francés desnudó al chico y comenzó a revisarlo. Sacó un aparato con la forma de un cono de madera y apoyó un extremo sobre el pecho de Maximiliano, y acercó su oído al otro extremo. Luego de un rato, dijo:

      -Está agitado, por supuesto, es la fiebre, quién sabe desde cuando su corazón está así. ¿Nació de cesárea? ¿La madre estuvo enferma? Algo me han contado…

      -El chico estuvo muy cuidado durante el embarazo, la madre estaba en una especie de coma. Pero nació normal, el doctor Gonçalvez dijo…

     -Ya conozco a esos enterradores, son los dueños de muchos pueblos en el Brasil.

     -No, el que le digo era médico…

     -A eso me refiero, Monsieur. ¿Y después?

     - ¿Después qué? Nos atacaron, el chico casi se ahoga…

     - ¿Estuvo en aguas contaminadas?

     -Supongo que sí, las del río, pero todos lo estuvimos, ¿Quiere decir que…?

     -Así es, los niños de esta edad no tienen defensas. Su propia sangre las genera cuando se exponen a una infección, pero no todos pasan por lo que él ha pasado.

     - ¿Qué se puede hacer…? No sé su nombre…

     El francés le extendió otra vez la mano, presentándose.

     -Renaud Dergan, veterinario de los Establos Reales de su majestad.

     Vio el desagrado en la cara de José.

     -No se asuste, los caballos y los perros tenían mejor atención que la gente del pueblo, se lo aseguro. Me vine hace unos meses después de la revolución del ’85. Perdí el favor del rey cuando se restauró la monarquía. Me desagradaban tantos cambios, y mire usted, acá ocurre otro tanto…

     Miró alrededor y encendió una lámpara de aceite. La acercó a la mesa y sacó una lupa del bolsillo. Observó los ojos del chico, que ahora estaba tranquilo, casi dormido. Y eso era lo preocupante. Pasó de un ojo al otro, y volvió a explorar el izquierdo.

      - ¿Qué pasa?

      -Monsieur José. Tiene una infección por las aguas, entró por las mucosas de la boca y la nariz. Las manchas de la piel son locales, pero no ayudan, digamos que agravan… y además hay algo que no entiendo…

      José esperó. El francés se rascaba la barba rubia con el mango de la lupa.

      -Creo que la infección se ha extendido a las meninges. Mire, los recién nacidos tiene las membranas inmaduras e incluso hay orificios que permanecen abiertos hasta luego de varios años. Les meninges, Monsieur…-Se dio cuenta que José no entendía. -Meningitis.

      -Sea claro, Dergan. ¿Se va a morir?

      -Si no se muere puede quedar inválido, monsieur José. O ciego, tal vez.

       José se sentó.

      -Sálvelo-dijo. - No permitiré que el chico sea menos que lo que merece ser. Es un Menéndez Iribarne…

      -Monsieur, entiendo su pena, pero si quiere un brujo, vaya con Ágata-dijo, agarrando el habano que aún seguía encendido y se lo llevó a la boca. Se acercó a la puerta, apoyándose en el marco y mirando afuera mientras fumaba. De pronto se rio.

     - ¿De qué se ríe, doctor? - la última palabra fue un insulto.

     -Dicen que Ágata tuvo hijos…

     -Ya me contó.

     - ¿Pero cuando ya era hembra, comprend? Quedó embarazada varias veces. Varios le nacieron muertos, pero unos cuantos andan por ahí. Unos en sillas de ruedas, otros atados a la cama. Son como monstruos, los he visto, Monsieur. No me consta que sean hijos suyos, por supuesto, las teratogenias acá son muy comunes.

      -Por eso confían en usted, doctor, son como animales, ¿no?

      -Je t’accorde la victorie, mensieur.

 

 

 

*

     

    

 

Desde ese día, el Renaud se quedó en el rancho. Vinieron a buscarlo varias veces para curar a algún animal, pero como él se negaba el rumor de lo que hacía allí debió esparcirse por el pueblo y ya no volvieron.

      José preparaba comida en el hornito de hierro que se había hecho traer desde la pulpería. La mujer se llamaba Lucía Santos y le había tomado confianza desde que lo vio entrar con un bebé en brazos. No era común ver a un hombre así. Así que cada vez que iba a comprar algo, se quedaban charlando y ella le daba tragos sin cobrarle nada. Una noche se metieron en el cuarto al que llevaba la puerta que estaba detrás del mostrador. Él había pensado que era el baño, y también servía como tal porque apenas un par de tablas separaba la cama de la letrina que estaba al lado. Cuando ella se desnudó, él se dio cuenta que era más vieja de lo que pensaba.

     - ¿Cuántos años tenés, Lucía? -le preguntó ya después de hacer el amor. No había sábanas ni mantas. Ambos desnudos sobre el colchón viejo.

     -Eu acho que vocé era um cavalheiro.

     -Mierda, soy un hombre…

     Ella se le subió encima y le dijo sonriendo:

     -Percebi.

     Luego le empezó a contar su vida, como lo había hecho Mara. Se resignó a escuchar mientras porque mientras hablaba ella frotaba su cuerpo contra el suyo. Tenía cuarenta años, y había tenido un hijo a los trece años. Pero Gaspar, como el padre, era un tarambana. Esa fue la expresión que usó. A José le pareció muy liviana, para lo que después supo, pero era típico de una mujer como ella. Capaz de no depender de un hombre para mantenerse, pero incapaz de vivir sin uno. Todavía visitaba al hombre que la embarazó a los trece años, de vez en cuando iba a la cárcel donde lo habían encerrado con perpetua.

      - ¿Y a quién mató?

      -Muito…

      Cuando el hijo se hizo hombre la ayudó en la pulpería, pero no era trabajo para él. Quería buscar mujeres con plata, así que se fue a Bahía, a Sao Pablo, a Río. Y enganchó a una de buena familia. Nunca le dijo qué le había pasado. La mujer se murió, a lo mejor de un aborto, o Gaspar la había matado. La cuestión es que su hijo se fue a la Argentina. Desde entonces no sabía nada de él.

      José se vistió y vio el horno en la habitación, destartalado.

      - ¿Me prestás eso?

      Ella se encogió de hombros y le preguntó cuándo volvía. Él hizo el mismo gesto.

      - ¿Vocé gusta da minha buceta?

      La besó en la vagina, vieja, pero que no había sido demasiado usada, y por eso le gustaba. Agarró el hornito y salió.  Sentía en la lengua el sabor de su propio semen luego de besarla.

 

      Por las noches preparaba algo para el francés y para él, y calentaba la leche que le traían para Maximiliano. Se la daban a beber en cucharitas tibias, exactamente diez cucharitas cada cuatro horas. Era el único remedio que el francés había recetado. Se sentaba junto a la cuna que era simplemente un cajón, con la cabeza apoyada en un brazo y el codo en el borde. Pensaba, y a veces dormitaba. José iba y venía por la habitación, tratando de calmar sus nervios haciendo cosas: cocinar algo, asear las sábanas y mantas del chico, ir a la pulpería a buscar algo, y encargarse de los que seguía preguntando por el veterinario. La vieja Ágata había vuelto dos o tres veces. Se metía sin llamar y se aparecía al lado de la cuna. Cruzaba algunas frases en portugués con Dergan. Ella se comportaba como ofendida, decía algo con suavidad, sin embargo, y luego se iba.

     - ¿Qué dijo? -preguntaba José cuando no podía vencer la curiosidad.

     -Algún consejo homeopático. Se interesa por los niños, dicen que fue uno de los motivos de su transformismo. No se conformaba con engendrar, quería concebir.

     -Macanas-dijo Iribarne. - ¿Cómo ve a Maximiliano?

     Habían pasado varios días. La fiebre había cedido, pero las piernas y los brazos del chico estaban fláccidos. Y los ojos estaban ciegos.

     -No creo que sobreviva-contestó Dergan. - Le recomiendo rezar, ya que ustedes los españoles son tan creyentes. Por lo de la Inquisición y todo eso, digo.

     No reparó en el sarcasmo, sólo en el consejo. Pensó en Manuel, el hijo destinado al sacerdocio. Recordó la ira del padre y la desilusión de la madre cuando les contó que se casaba con Altea, una extranjera. ¿Por qué lo hizo?, se preguntó cuando le escribieron los padres contándoles la decisión de su hermano. ¿De qué huía? Porque no había otra palabra para definir esa decisión. Si para cualquiera tomar los hábitos era huir del mundo, para los Menéndez Iribarne destinados a la Iglesia era lo contrario: aceptar la realidad. Manuel, sin embargo, se había refugiado en el matrimonio. Amaba tanto a Altea como creía amarla. La verdad de ese sentimiento estaba en el razonamiento utilizado para explicarlo.

     La pasión de Manuel era Cristo. Natacha había insinuado eso cuando hablaron mientras cuidaban a Altea. José sabía que Manuel lo había adorado como hombre y como Dios. Era su hermano mayor, como José. Era la protección, como José. Era quien no le pedía nada a cambio, sólo lo que él quisiera darle, ¿como José? Manuel sentía que debía darlo todo a cambio de todo eso: la responsabilidad adquirida lo exigía.

      El deber se había convertido en deseo.

      Esa noche, mientras Dergan dormía en el jergón que habían armado, José se arrodilló junto a la cuna. Apoyó las manos con los dedos entrelazados sobre la sábana. Sintió la humedad del sudor de la orina del chico, de la leche que se le había derramado por la comisura de los labios.

      Rezó, pero no le hablaba a Cristo sino a Manuel. Su hermano se obstinaba en abandonarlo, primero el casamiento, luego la huida a América, después su muerte, y ahora esta segunda muerte. Lo que Dios creaba debía morir porque su inmortalidad superaba cualquier de sus creaciones: si hasta a su propio Hijo le había sucedido. Pero lo que el hombre creaba era inmortal porque nunca vería, o debería ver, la muerte de sus criaturas. Para el padre los hijos son inmortales. Y eso era Maximiliano: su creación. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Los roles intercambiados como en una obra de teatro para que los actores no se cansasen jamás de sus personajes.

     La cruz.

     Se tocó la cruz que llevaba colgada sobre el pecho. Se la sacó y se la puso a Maximiliano. Le quedaba grande, tanto que ocupaba todo el pecho del chico hasta su panza.

     Tal era su rezo.

     Una cruz robada.

  

     Ágata volvió a entrar en la madrugada. Traía una caja de madera. Dentro de ella se escuchaban ruidos de vidrios al dejarla sobre la mesa. Sacudió al francés, que dormía ovillado en el jergón. Dergan abrió los ojos, se levantó, salió a orinar, regresó y se lavó la cara. Vio la caja que ella le señalaba, asintió, le agarró una mano y se la besó como en los viejos tiempos de la corte.

     José observaba todo esto desde la silla junto a la cuna. Tenía la espalda dolorida, pero escudriñando, simulando dormitar con los párpados semicerrados. Vio a la vieja hacer una reverencia, y casi se delató cuando no pudo evitar una sonrisa. Tan ridícula parecía ella, con su ropa de puta vieja haciendo esa reverencia. Ambos eran residuos de un imperio, engendros, monstruos de dinastías acabadas. Sin embargo, la ridícula ingenuidad con que desarrollaban esa pantomima era sólo una fachada, porque detrás había un significado de simbolismo, y éste era serio, y hasta verdadero.

      Dergan abrió la caja y fue sacando los frascos que dispuso sobre la mesa. Era toda una farmacopea que la vieja iba aclarando en cuchicheos al oído del francés. Él levantaba un frasco y atisbaba el color y la densidad del contenido. Ella se acercaba y miraban juntos, a trasluz. Era tan alta como él, pero sus movimientos femeninos contrastaban con su cara con vello. Luego de un largo rato, él eligió tres frascos, y tardó en decidirse por el tercero. Discutieron un poco, en voz muy baja, mirando hacia donde estaba José de vez en cuando. Hablaban en portugués, y a Iribarne le costaba la comprensión más de este idioma que del francés. Sin embargo, la pantomima de hospital hacía comprensible toda significación. Luego ella salió, otra vez erguida y sin hacer reverencias. Ya no era la dama de la corte interesada en estudios de química que debía ocultar a los ojos de los pacatos intereses de una sociedad cerrada, sino la bruja de un pueblo originario del Brasil, un desierto rodeado de selvas. Al salir, se escucharon los gritos de los chicos que la rodearon.

      Ya había amanecido. El francés calentó agua en el fuego y esperó acuclillado, mirando los frascos en sus manos.

      - ¿Qué tiene ahí? -lo sorprendió Iribarne, que le hablaba desde el rincón donde orinaba. Luego, se acercó abrochándose el pantalón y luego se desperezó con un bostezo largo. Se llevó las manos a la cintura e intentó estirarse.

     -Le daré algo para eso-dijo el francés. Le trajo un polvo que disolvió en el café que había terminado de preparar.

      - ¿Qué son esos frascos? - volvió a preguntarle.

      -Algo para combatir la infección. ¿Cómo pasó la noche el chico?

      -Dormido, y tan quieto que a veces creí que se había muerto.

      Se acercaron a la cuna. Dergan lo asucultó y le tomó la temperatura. Tenía en la cara una expresión sombría.

      -Está peor, ¿no?

      -Oui. Prepararé la medicina.

      Tardó dos horas en mezclar las dosis adecuadas del contenido de los frascos. Utilizó un gotero para medir, pero en varias ocasiones debió desecharlo y volver a empezar. José lo veía hacer mientras cubría a Maximiliano con paños para bajar la fiebre, pero únicamente reaccionaba al sentir el frío y luego volvía a dormirse. No lloraba, casi no se movía. Cuando abría los ojos, eran grises como dos ventanas a un cielo de invierno.

      Después del mediodía, el francés se acercó con una jeringa sin aguja, y colocó el extremo entre los labios del chico. Fue liberando el preparado lentamente. Casi siempre se derramaba por la comisura de los labios, pero algo llegó a deglutir.

      - ¿Qué es lo que le dio? - De pronto, se dio cuenta que en su pregunta resonaba un resabio de desconfianza. Agarró al francés de la ropa y le dijo:

      - ¿Qué están tramando usted y el viejo vestido de mujer?

      Dergan no pudo evitar reírse, y su aliento inundó la cara de José.

      - ¿De qué se ríe?

      -De usted, amigo mío, y de la ignorancia tras la que se obstina en ocultarse.

      Entonces José lo soltó y fue a ver la caja. Los tres frascos estaban vacíos sobre la mesa. La abrió la caja y vio el resto, pero lo que no había visto antes era que el interior estaba revestido con cuero, ¿o piel? Y que en algunos frascos no había líquido, sino pedazos o astillas de huesos, y en otros pequeños corpúsculos que le hicieron pensar en embriones.

     Se dio vuelta para mirar a Dergan, que estaba a su espalda con las manos apoyadas en los hombros de José. Esa intimidad le agradaba, porque de pronto ambos compartían algo que no necesitaba decirse: la choza fría en el desierto verde, el chico que cuidaban, el olor de los medicamentos y la mujer que iba y venía con su simbiosis de sexos intercambiados.

      José Iribarne había comprendido. No hay dioses, quizá, con la forma y concepción en que él y Manuel habían sido enseñados. Esas eran las maneras de la Iglesia, civilizadas y bien educadas, lo que no significaba nada más que formas y maneras. Bajo la iglesia están los cementerios, y con su contenido se desarrollaba la alquimia de la vida y de la muerte.

      Fetos, pedazos de niños muertos, de nonatos, de abortos, de los sacrificados en el río, de amputaciones sacrificiales, de restos de hogueras, de músculos cortados, de úteros extirpados, de coágulos de sangre, trozos de intestinos, huesos rotos, cráneos partidos, y la férrea masa del cerebro, con su contenido de tiempo y espacio infinitos, hecha una masa homogénea, maleable y sumisa a la fuerza de los dedos de hombre-mujer-hombre que se transformaba a su albedrío: como un Dios salido de la tierra, engendrado con agua y savia, formado el esqueleto con astillas de antiguos huesos, adheridas una a una con saliva y afirmados con la hiedra que lentamente se iba transformando en tegumentos: piel, uñas, pelo.

      El hombre-mujer-hombre carne, la mujer-hombre- mujer vegetal.

      La simbiosis construida con alquimia y con instrumentos quirúrgicos.

     ¿Qué era lo que el francés le estaba mostrando ahora?

     Dergan sacó de la caja una varilla corta, de metal plateado, de poco mayor espesor que una aguja.

      - ¿Es uno de sus instrumentos de matanza? -preguntó José.

      Dergan sonrió, ya no le molestaba el sarcasmo de Iribarne, lo apreciaba por eso y por todo el tiempo que habían pasado juntos: esas pocas noches de vigilia junto a la cuna. Y por la tarea que se habían asignado. Ya no hablaba en francés, a excepción de su acento, ni parecía esforzarse en el castellano. Las apariencias se estaban apartando, avergonzadas de su inutilidad. Pasó un brazo sobre los hombros de José y lo llevó hasta la cuna.

    -Mire-dijo, agachándose sobre Maximiliano y abriéndole los párpados. - Está ciego.

    -Como su madre. Gonçalvez decía que, aun así, ella veía.

    -Esos sepultureros saben de la vida porque saben de la muerte. Hay muchas formas de ceguera, como muchas formas de la muerte. De algunas se vuelve.

     - ¿Y usted qué piensa?

     -Esperaremos hasta la noche. Si no baja la fiebre, lo operaré.

    

     Durante la tarde se sentaron uno a cada lado de la cuna, a veces con los brazos cruzados, o los codos en las rodillas y la cabeza apoyada en las manos, o cruzando una pierna sobre otra. Siempre mirándose de tanto en tanto. El pensamiento del francés tan claro y luminoso podía leerse en los ojos verdes de Dergan. El pensamiento enrevesado y trágico del español brotaba y se escabullía por senderos escabrosos.

      Cuando uno salía a caminar bajo el sol rodeado de nubes, rodeado del reflejo perlado de todos los días en ese pueblo de Bom Jesús, el otro permanecía dentro, dando vueltas de una pared a otra, dándole vuelta a los pensamientos, como si explorase en la faz interna de un cráneo la cartografía de la especie: los surcos de los ríos-venas, los valles de la sangre, los montes de tejidos muertos, las llanuras de la depresión, las selvas densas de lo inexplorado: lo oculto en lodazales y pantanos: la región de la que no se vuelve más que en forma de fantásticas alucinaciones: lo inconsciente como una arquitectura barroca hecha de huesos enterrados en arena.

        Llegó la noche y los encontró juntos y en silencio. Uno parado, esterilizando en agua hirviendo la varilla de metal. El otro, lavando el cuerpo desnudo de Maximiliano con agua tibia y jabón.

     Las manos del francés, envueltas en guantes de tela fina preparaban la caja de cirugía. Las de Iribarne acariciaban la piel mientras lo rodeaba de telas limpias luego de cortarle el cabello fino y dejar su cabeza blanca y calva. José le sonreía al chico mientras le hablaba en un murmullo incomprensible. Se dio cuenta de que hablaba en latín: las bendiciones que solían dar en su casa de Cádiz cada día y cada noche. Los ritos del suplicio eran los mismos que de la bendición.

      Afuera estaba oscuro, y se escuchaba el murmullo de muchas voces hechas un solo y armonioso coro de inquietudes, como una letanía. La choza estaba iluminada por las doce lámparas que Ágata había traído en la tarde, encendiéndolas y disponiéndolas alrededor de la mesa sobre la que habían puesto a Maximiliano.

      Iribarne no sabía exactamente lo que iba a hacer el francés. Se lo había explicado minuciosamente durante la tarde, haciéndole esquemas anatómicos con una exactitud que invalidaba su condición de simple veterinario de pueblo chico.

      -Los recién nacidos tienen huesos blandos-le había dicho. Tenía el rostro iluminado de un profesor de la Sorbona enseñando filosofía, pero era más que eso, porque explicaba las condiciones de la carne. -Especialmente los del cráneo. Como están en un crecimiento rápido, las suturas que los unen están abiertas para que se deslicen casi como las masas de los continentes sobre la lava del mundo.

      La voz del francés lo extasiaba como un vino de buena calidad bebido lentamente durante toda una noche. Bajo su voz, la anatomía no era papel y lápiz, sino el recorrido por los pasillos de hospitales y morgues, a veces luminosos, otras en penumbras, rodeados de fríos vahos de medicinas y formol, con ecos de voces que en ocasiones eran las risas de las enfermeras y el vocerío de los médicos, otras los quejidos de los enfermos. Y también los ruidos de los pasillos: ruedas chirriantes de camillas, cosas que se caen, taconeos trastabillantes, motores que se encienden y apagan sin ritmo, y en el silencio de la mitad de la noche, el silbido de los tubos de oxígeno que se escapa y que huye cuando puede para evitar que los hombres respiren, como si fuese una mala costumbre que el ser humano debería desterrar de su cuerpo para siempre.

      -Hay dos orificios, mon cherie. Se llaman fontanelas, una anterior y otra posterior. Por una de ellas entraremos.

      Aunque sólo él lo haría, en esa clase improvisada le hablaba a un auditorio que era más grande que su único escucha dentro del ámbito en que estaban. José adivinaba que Ágata estaba tras la puerta, seguramente, oyendo, y tras ella todo un pueblo que admiraba la elocuencia.

      Maximiliano ya no se movía. Parecía un cadáver, excepto por el color sonrosado de la piel y el flagrante sudor que lo extenuaba.

      - ¿Qué tengo que hacer? -preguntó José. Las manos vellosas le temblaban un poco.

     -Alcánceme el instrumento que le pida, séqueme la traspiración de la cara de vez en cuando, y tenga firme al chico, por si se mueve.

      - ¿Lee va a doler?

      -Está comatoso, por supuesto que no. De todos modos, sólo podría molestarle la incisión en la piel, pero una vez dentro del cráneo no sentirá nada.

      Dergan se lavó las manos concienzudamente durante diez minutos, y le dijo que hiciera lo mismo. Fueron diez minutos de silencio y miradas evasivas. Luego se pusieron guantes y Dergan agarró un bisturí. Punzó apenas la piel del cráneo sobre la frente, en la intersección del hueso frontal y los parietales. Fluyó sangre y la limpió. Dejó el bisturí en la caja y tomó la varilla de metal, que tenía un extremo romo y otro puntiagudo. Introdujo éste en la incisión, lentamente, observando la cara del chico.

      José miraba, parado del otro lado para sujetarlo si se movía, pero era como tener un muñeco de trapo entre las manos.

      Renaud Dergan seguía su labor de precisión, avanzando en profundidad tan lentamente que era como si avanzase a milésima de milímetro cada vez. Una gota de sudor cayó sobre la cara del chico, y Dergan miró a José con enfado. Iribarne secó la frente del francés. Ya no se descuidaría ni interrumpiría la concentración de ese hombre que se estaba metiendo en el cerebro de un recién nacido. ¿Qué futuro estaría destruyendo, qué muertes estaría evitando, y menoscabando qué talentos? ¿Debería cargar con un inválido por el resto de sus días? ¿Ciego, sordo y mudo, y del todo inmovilizado? ¿Un cadáver viviente como una cruz sobre su espalda?

      Y de pronto pensó en Manuel, en la cruz de su alma ausente en la iglesia de Cádiz. Cargaría la cruz de su hermano sobre sus propios hombros, aunque el aleteo de los murciélagos invisibles lo ensordeciera para hacerlo perder el rumbo. Sabía que el camino del Calvario era siempre el mismo, y el Vía Crucis tenía siempre el mismo largo. El problema era el tiempo, tan exquisitamente variable que podía llevar a la locura.

     Eso era lo que estaba pasando ahora. La noche afuera, llena de murmullos de niños que parecían a veces grillos, a veces búhos, a veces sapos. Adentro, la luz de las doce lámparas rodeadas por múltiples polillas que provocaban sombras agigantadas en las paredes. Y esas sombras pasaban por encima de la mesa donde estaba Maximiliano. Como aleteos de murciélagos.

      El francés habló. Dijo algo en su idioma, un insulto, tal vez. Pero en su cara había regocijo.

      Del orificio de la incisión empezó a salir un líquido transparente que resbalaba y caía en la mesa. Luego se fue tornando rosado y después rojo.

      Dergan movió un poco el estilete hacia la izquierda. Según le había dicho, debía llegar al techo de la órbita, donde según creía se había cumulado la infección.

      Pasaron minutos, o tal vez segundos, ya no tenía idea del tiempo. El estilete había entrado más de la mitad, y de pronto Maximiliano abrió los ojos. Seguían ciegos, con la mirada perdida, pero por un instante creyó que se fijaban en él. Tan ensimismado estaba en esa extraña expresión que ya tarde vio que por el orificio salía pus. Olía suavemente dulce, y Dergan dejó que el líquido fluyera hasta extenuarse.

      Fluía y resbalaba por el cráneo, detrás de las orejas y hacia la nuca. José quiso limpiar, Dergan dijo que no. Quería hacer algo para ocultar el temblor de sus manos. Había matado y hecho trizas cuerpos y almas en su vida, pero el cuerpo Maximiliano era diferente a todo lo que hubiese conocido. No era un ángel, por supuesto, ni tampoco una cría de animal. Era un simple objeto que estaba más allá de la comprensión de sus dedos. Había intentado entenderlo con su tacto porque no había podido penetrar con su mirada, pero ni en uno ni en otro sentido pudo comprenderlo. Ni el llanto lo explicaba, y el olor que despedían las secreciones del chico eran simples muestras de animalidad. Sólo una vez, llevando sus labios a la frente de Maximiliano para percibir su fiebre, su lengua tocó la piel del chico, y creyó ver algo que después empezó a comprender, y recién muchos años más tarde, quizá, entendería del todo como quien ve una ciudad completamete construida: los cimientos y los pináculos de edificios tan hermosos como torres de acero y cristal. Pero por más que lo intentara, no podía vislumbrar nada por los cristales de las ventanas espejadas.

       El líquido se detuvo. El francés limpió y tapó el orificio. Vendó la cabeza de Maximiliano, y dijo:

      -J’ai fini.

      El chico había vuelto a cerrar los ojos, pero el izquierdo estaba levemente entrecerrado.

      Dergan se sacó los guantes y se lavó las manos. Se veía preocupado.

     - ¿Qué pasa?

     -Lo que esperaba, que el esfenoides ofreció resistencia.

     -No entiendo…

     -A veces, para sanear un hueso, hay que romperlo.

   

     Durante los días siguientes Maximiliano despertaba y se movía en diferentes estados de excitación. Lloraba durante horas y se agitaba como con convulsiones, pero que según Dergan se trataba de una sobreexcitación del sistema nervioso que era normal. Tres veces por día lo revisaba y evaluaba los reflejos. A veces el chico se quedaba quieto otra vez durante todo un día, y Dergan comprobaba el reflejo del ojo izquierdo. Se rascaba la cabeza, como si algo no encajara en su rompecabezas anatómico.

       -La visión está muy bien. Vea, mo cherie, cómo sigue la dirección del haz de luz. - Con la linterna de mano iba de un lado a otro, y los ojos de Maximiliano las seguían fielmente.

      - ¿Entonces qué lo preocupa?

      -Que debería tener secuelas, es decir, alguna señal de su enfermedad. No digo que debería quedar inválido de alguna manera, pero estos cambios tan largos y variados en su sistema nervioso, no coinciden con la falta completa de signos. Todo me muestra que está bien, pero su sistema fluye de un estado a otro sin razón. Como si su cuerpo no estuviera conforme con ningún estado, ni la quietud ni la excitación. No encuentra el equilibrio. Y todo eso, me parece…- El francés se rascaba la barba con fuerza, escarbando en busca de respuestas. -…tiene que ver con el sistema vestibular del lado izquierdo. A lo mejor la infección se extendió al parietal y yo me conforéó con drenar la región supraorbitaria.

      Hizo ruidos fuertes junto a cada oído de Maximiliano, tapando sucesivamente el contrario. Ambos tenían las respuestas adecuadas.

      -No hay signos de sordera.

      Lo levantó y lo mantuvo sentado en la cuna. Maximiliano miraba a uno y a otro, girando la cabeza, y llegó a sonreír por un momento. Pero si lo soltaba apenas un poco, caía hacia la izquierda.

     

     Dos semanas completas duró tal estado. La sobrexcitación ocurría cada ocho o diez horas, y luego dormía el resto del tiempo. Después los lapsos se hicieron más cortos y por eso más frecuentes, sin embargo, los sobresaltos eran menos intensos y menos profundo el sueño. Estaba muy flaco y como bebía y comía tan poco, porque no podían hacerlo tragar ni deglutir, temían que muriera de desnutrición. No había fiebre y sus sentidos respondían plenamente.

      Un día, casi un mes después, Maximiliano estaba sentado en la cuna mientras José lo sostenía. Dergan le indicó que lo soltara. El chico se mantuvo erguido, pero levantó un brazo y señaló hacia adelante en un punto impreciso de la choza. Ambos miraron, pero no vieron nada. Maximiliano ahora gritaba con enojo y miedo, señalando la pared. Pero la pared estaba ensombrecida por el techo y la sombra de la puerta.

     José se quedó intrigado, y fue a ver llevando una lámpara. Entonces vio la cruz de Altea que había colgado en la pared. Ninguno de ellos podía verla desde la distancia en que estaba.. Dergan revisó otra vez los ojos del chico. Hizo pruebas poniendo cerca o lejos diversos objetos, pero Maximiliano sólo respondía a la cruz.

      Al día siguiente el francés le habló a la vieja Ágata sobre eso. Ella puso una mano sobre la cara del chico, y cerró los ojos.

     -Eu vejo o que ele ve.

     -Quès que c’est?

    -Todos.

     Y entonces lo levantó en brazos y comenzó a mecerlo. Ella lloraba y lo abrazaba contra su cuello.

     Para fines julio Maximiliano había crecido y los lapsos se habían normalizado. Dormía mucho, pero sus estados de vigilia eran tranquilos y únicamente lloraba si tenía hambre. Hicieron pruebas sobre sus ojos, pero ya no obtuvieron más que respuestas normales. Sin embargo, cuando tenía la vista fija hacia adelante, era como si buscase algo que había perdido. Giraba la cabeza de un lado a otro. Al principio parecía generarle angustia, y se dormía intranquilo, luego parecía haberse olvidado de todo eso.

     El francés, luego de revisarlo un día, dijo:

     -Hay una mancha en la retina del ojo izquierdo.

     - ¿Y qué con eso? - preguntó Iribarne, que recién regresaba de hablar con uno de los hombres de la pulpería. Había estado buscando a alguien que lo llevara Río, y lo había encontrado.

     -Es una señal de ciertas secuelas de infecciones o fracturas. Cicatrices internas, ¿comprend?

     - ¿Entonces ya no ve lo que veía?   

     -Ve lo que vemos todos, mon cherie.

 

 

 

*

 

 

 

 

Un día de invierno, en la primera semana de agosto, llovía y la tierra era una masa de fango en la que se hundían las carretas, los perros viejos se quedaban atascados y morían a pedradas de los chicos, y hasta la hoz de la muerte parecía estar dibujada como un arco iris negro en el cielo.

     Ese día eligió José Menéndez Iribarne para partir. Había organizado un largo itinerario que no sabría si podría cumplir, pero lo intentaría salvando los inconvenientes. Primero el tipo de la pulpería lo llevaría en carreta hasta la ciudad más cercana donde pudiese encontrar alguna estación de ferrocarril. Después de dejar la última estación, otro viaje en barco por los ríos transitables, y luego otra vez ferrocarril y carreta. Donde no pudiera, compraría un caballo y cabalgaría toda la distancia necesaria hasta Río de Janeiro.

      Ese día, muy temprano, armó una valija liviana y puso a Maximiliano en un arnés con mochila que le había dado Lucía. Así había cargado a su hijo Gaspar y aún la conservaba. José la arregló y la reforzó. Maximiliano se quedó tranquilo mientras miraba hacia el cielo encapotado.

      -Mal día para viajar, querido-le dijo Lucía, que había ido a despedirlo.

      El francés lo miraba desde la puerta del rancho, con las manos en los bolsillos y la pipa en los labios.

      -No te preocupes- dijo, y le dio un beso. La vio alejarse con los brazos bruzados sobre un chal de lana mojado.

      El francés se acercó.

     - ¿Por qué no espera mejor tiempo?

     -Porque el invierno en España es más crudo que acá, y espero llegar antes que empiece. Además, no tengo nada que hacer por estos lares. He tenido suficiente de América por un largo tiempo. Extraño España, y no quiero que el chico crezca allá.

     Se abrazaron, y el francés le dio dos besos según su costumbre, uno en cada mejilla.

     -Voy voyage, mon cherie. Extrañaré su mal humor. - Le dio una palmada en el trasero cuando José se dio vuelta.

     -Adiós, matasanos y cura bestias. Que te muerdan los perros y te mueras de rabia.

     La risa del francés no se detuvo hasta que lo vio la carreta alejarse y perderse bajo la llovizna y la niebla.

     José miró atrás varias veces, hasta perder de vista el rancho y la gente que estaba en la puerta, el francés, y un poco más lejos, la vieja Ágata, rodeada de chicos en tan gran cantidad, que  a medida que se alejaba, parecían crecer como un gran lago de cabezas negras nacidas del barro.

     El viaje fue demasiado largo.

     Por Minas Gerais encontró el apellido de los Gonçalvez en casi cada pueblo, y no había quien no los nombrara. Abusando del nombre de Estanislao, le dieron albergue cuando de otro modo se lo habrían rehusado, o le prestaron dinero en los pocos bancos para seguir el viaje.

     Varios tramos del ferrocarril estaban en mal estado, y la locomotora se detenía cada quince minutos en lo que debía ser un viaje de cinco horas, prologándose a casi un día. Luego el transbordo para cruzar varios ríos. Se cruzó con muchos mineros que iban a trabajar antes del amanecer y regresaban apenas anochecía. Eran hombres silenciosos que lo acompañaban mientras él cabalgaba con la mochila y el chico. Lo miraban con curiosidad, porque no era común ver un hombre de la distinción de Iribarne cargando a un recién nacido, solo y sin mujer. Con ellos iban los hijos, con la piel tiznada y encorvados. Escuchaban la conversación de sus padres, y de vez en cuando echaban una mirada al bebé.

      Más de veinte días después llegaron a Río de Janeiro. Entraron sobre una mula que le vendieron cien leguas antes, y que se moría de vieja. Vio la vegetación junto a la bahía, y los enormes peñascos que eran con dos enormes jorobas en la espalda del Brasil. Pero la cara de la bahía miraba hacia el océano.

     Recorrió las calles hasta el puerto, caminando, porque dejó la mula sin atar para que alguien la encontrara muerta. Caminó con una valija en una mano, y la otra apoyada sobre la espalda de Maximiliano.

     Había muchos barcos anclados, otros que zarpaban para la pesca nocturna y otros que volvían y bajaban las redes. Pero no vio ningún buque.

     Preguntó en las ventanillas de uno de los edificios del puerto, alto y estilo imperial, los techos trabajados con cupidos y cariátides sosteniendo las columnas. Se dirigió a una de las ventanillas con enrejado colonial, y un viejo que contaba boletos en el escritorio. Levantó la vista una sola vez cuando lo vio acercarse, luego siguió contando, y de vez en cuando se mojaba el dedo con la lengua para ayudarse a pasar los boletos.

     -Disculpe, quería saber cuándo zarpa el próximo buque a Cádiz.

     El viejo contestó sin mirarlo.

     -Acaba de zarpar uno ayer...-Dejó lo que hacía, sacó un libro de registros enorme y pesado del estante tras el escritorio y consultó página tras página durante un rato.

     -El próximo llega en quince días, más o menos, desde la España, zarpa una semana después de regreso.

     - ¿A qué puerto?

     - ¿Se está burlando? ¿No me dijo Cádiz? Hace treinta años que los veo ir y venir…hay cada uno-dijo después en voz baja y guardando el libro.

     -Disculpé, es que hace tanto que me vine de allá, y he pasado por tanto…

     -No soy su paño de lágrimas, señor, váyase a llorar a una iglesia y no me haga perder el tiempo.

    Retomó su trabajo de contar: dedo, lengua, papel, en ese orden y sin altibajos.

     José se quedó parado. Parecía un provinciano perdido en medio de la gran ciudad. Pero pronto regresaría a España y volvería a ser quien había sido.

     -Disculpe otra vez, no quiero molestarlo, pero quisiera sacar un pasaje para ese buque…

      El viejo dejó la pila de boletos, resopló con fastidio y empezó a anotar en un libro abierto a su derecha.

     -Nombre

    -José Menéndez Iribarne.

    -De toda la familia…

    -Solo mi sobrino y yo. Tiene tres meses, se llama Maximiliano Menéndez Iribarne.

    Le extendió los boletos con letra grande y clara. Le dijo el precio. José pagó.

    -El equipaje debe traerlo seis horas antes…

    -Tengo nada más que una valija…

    -No me interesa lo que tenga, no le pregunté eso…El niño no debe salir del camarote, esa son lar reglas…

    -Está bien-dijo José. El carácter del viejo le recordaba a alguien, pero no recordaba. ¿No sería a él mismo, quizá, cuando fuera viejo? El recio hombre joven se había perdido en una aparente debilidad de carácter que lo preocupaba, pero el viejo le daba la esperanza de recuperar pronto la seguridad de la insidia.

     Guardó los boletos y cuando se dio vuelta olvidó preguntar cuál era el nombre del buque. Temía encolerizar otra vez al viejo, sin embargo, cuando regresó a la ventanilla, vio que lo estaba esperando con una expresión de sorna.

     -Lamento molestarlo nuevamente, pero olvidé preguntarle el nombre el buque.

     - ¿No sabe leer? Está escrito en los boletos.

     José se disculpó por su torpeza, se apartó de la ventanilla y tropezó con una mujer que lo miró enojada. Pidió disculpas y decidió sentarse y serenarse. ¿Qué era lo que le pasaba? Parecía un estúpido principiante, como si fuese a viajar por primera vez. Él, que había sido capitán de buques mercantes, que había casi recorrido el mundo, y había vendido armas en todas partes.

Se dijo que la culpa la tenía América, el clima insoportable del litoral, el ambiente insalubre del río, la inundación y los mosquitos, los golpes que le habían dado las mujeres, y el disparo de un carabinero de mierda.

     Levantó la vista al cielo de la noche que se acercaba. Volvía a llover suavemente una vez más, pero la suavidad se convertía en rispidez con su incesante repetición. Sacó los boletos para leer el nombre del barco. Al principio no pudo creer lo que leía.

     “José Manuel De Goyena, sábado 11 de septiembre, 9 horas”

    Se empezó a reír, moviendo a Maximiliano y despertándolo del ensueño en que se había sumido sobre su pecho.

     -Regresamos-le dijo al chico. -Regresamos a España. Ya vas a ver la vida que vamos a tener, querido. Si hasta viajaremos en nuestro barco, querido, o como si fuera nuestro porque lleva nuestros nombres. ¿Nunca te contó mamá que Goyena fue pariente nuestro? Así decía ella, la pobre, cuando papá no estaba en casa para hostigarla.

      Había recuperado la confianza. Se levantó, agarró la valija y buscó un hotel. Caminó muchas calles hasta encontrar el que creía adecuado para ellos. Estaba a dos cuadras del peñasco que llamaban Pan de Azúcar.

      -Una habitación…

      El conserje, atildado y serio, miraba su ropa sucia y la barba sin afeitar.

      - ¿El chico es suyo?

      José sintió que renacía la arrogancia.

      - ¡Por supuesto! ¿Sabe a quién le habla? Capitán de fragata de la Armada Española, José Menéndez Iribarne-. Y presentó los papeles que estaban en un pliegue de la valija desde hacía tanto tiempo, tanto como el que estaba en América.

      Le dieron una habitación con vista espléndida a la bahía. En la mañana abrió la ventana y dejó que el paisaje del mar y los cerros de la península entrara con la luz del primer día despejado en mucho tiempo. Se desperezó con fuerza y ganas. Vistió a Maximiliano, que había dormido junto a él en la cama, y bajaron a desayunar.

      Ordenó con jactancia, porque eso también había recuperado. Comió y bebió en abundancia, le dio el biberón a Maximiliano, consciente de que las mujeres de las otras mesas lo observaban con curiosidad, y sentía cómo iba creciendo su orgullo. Los hombres se sonreían, despreciativos, pero ellas no dejaban de mirarlo.

     Luego se levantó, puso al chico en su arnés y comenzó a caminar por la calle hacia el cerro. Preguntó si podía subir, y le dijeron que lo llevarían. Pagó, subió al carro que arrastraban dos negritos, y fue viendo cómo el mundo iba ampliándose a su alrededor a medida que ascendía.

     En la cima se paró a mirar. A un lado la tierra y la selva, y mucho más allá el río y toda la vieja América. Del otro el mar, inmenso, interminable, y hasta imaginó llegar a ver la costa de España. Se rio de sí mismo, y vio que Maximiliano también miraba hacia el mar, y se reía.

     Tenía la cruz en el bolsillo, el único signo que se llevaría de esa tierra que tanto mal le había hecho, y a la que le había ganado lo más inapreciable. España los esperaba para recibirlos con un abrazo tan fuerte como la muerte.






Ilustración: Franz Von Stuck

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