Nada tiene de extraño pues que desde el primer momento esos dos hombres se hayan querido tanto y hayan dejado a la posteridad, afortunadamente para nosotros, un diálogo epistolar, auténtica joya de dos facetas y uno de los más hermosos ejemplos de fraternidad literaria y humana. Hermoso en sus palabras o escritos recíprocos nos emociona también a nosotros por la verdad que de ellos se desprende y hace de esos dos literatos verdaderas naturalezas centrales cuyo símbolo es esa estrella polar que sirve de orientación a los navegantes.
Los dos hombres se relacionarían durante un período de 17 años, aunque los cinco primeros hubieran sido poco fecundos en encuentros e intercambios epistolares. Por una sencilla razón: dos meses después de haber conocido a Flaubert, Turgueniev se instaló en Baden Baden y sólo muy raramente apareció en París: aunque cenara en una ocasión con él en casa de los Husson en 1865, habrá que esperar a 1868 para que sus relaciones se hagan más frecuentes y, por eso mismo, más íntimas. Ese término de intimidad es ambiguo y como tal aparece entre los biógrafos de Flaubert que se ocuparon de analizar sus relaciones con las mujeres, pero también con los hombres. Alphonse Jacobs deshizo equívocos en el primer caso y, en su opinión, entre Flaubert y George Sand no habría habido relación carnal: su amistad espiritual no tiene nada que ver con la amistad amorosa (es decir, en la mayor parte de los casos no platónica) que el ermita de Croisset mantuvo con la señora Brainne, la señora de Tourbey, o la señora Roger des Genettes. En cuanto a sus relaciones con el buen Moscova, puede que a algunos les parezcan equívocas, debido a la vida secreta que llevaron los dos hombres. Personalmente, creemos que fue una amistad pura, fraterna, sin segundas intenciones de ningún tipo.
Esta fraternidad se manifiesta por una confianza mutua y por un sentimiento que es a la vez prenda y síntoma de esa confianza: la inquietud. Pues la inquietud de Flaubert es real, su impaciencia por saber qué le ocurre a su amigo le induce a escribir a la señora Viardot o a mandarle en misiones de exploración, algunas mujeres, como su sobrina Caroline o su amante Juliet Herbert. Por lo demás, está encantado de presentarle a sus amigas: Leonie Brainne, o a la bella señora de Tourdy que tiene abierto un salón, o Marie Regnier cuya carrera literaria favorece. A través suyo, Turgueniev conocerá a personalidades femeninas de otra dimensión muy diferente, como George Sand y la princesa Mathilde.
Es precisamente esa faceta erudita y universal, y a la vez que su aspecto de buena gente, lo que cimentará el afecto entre el Moscova y el Normando, afecto que se mantendría hasta el final.
Flaubert había dicho un día a su amigo, medio en broma, que él situaba la literatura por encima de todo, considerando la música y la pintura como artes inferiores. Sin embargo, a Flaubert le gustaba la ópera, visitaba periódicamente el Salón de París, apreciaba en alto grado los museos de Italia y los monumentos orientales. Las aficiones de Turgueniev eran semejantes y, aparte de Flaubert, no había otra persona que reuniera de forma tan completa las más preciosas e indispensables virtudes para el desarrollo individual y, también, para el progreso de la civilización.
Ambos detestaban la política y los políticos. Hubieran deseado que en todas partes reinara la honestidad, la rectitud, la justicia. Y, a su manera, eran patriotas, ensalzando las cualidades humanas, el sacrificio y la abnegación
Ambos autores aparecen así confundidos, lo que constituye una prueba de su parentesco en el arte de escribir y su emulación en la vía del perfeccionamiento. Los dos llevan a cabo la síntesis de la belleza y el bien realizando la fusión de los ideales del artista y el moralista.
El trabajo casi simultáneo de estos dos maestros artesanos tallando, puliendo, cincelando la piedra bruta que un o presenta al otro tras haberla transformado en objeto de arte, responde a una común preocupación: la realización, a través de la literatura, del ideal humanitario que esos dos hombres cabales riendo, gesticulando, e indignándose al tiempo, persiguieron sin descanso.
Ilustración: Koka Ramishvili
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