El matrimonio Mark Twain embarcó con su hija Clara rumbo a Londres, dando por terminada su jira de conferencias. No pensaba regresar a Norteamérica hasta haber liquidado todas sus deudas. Quedaban ya pagadas en gran parte con los beneficios obtenidos en las conferencias y con el producto de sus artículos;pero Mark Twain había hecho de ello cuestión de honor. Miraba esperanzado el porvenir. Tenía la certeza de que reharía su fortuna, a fuerza de trabajo y de economía. Dispusieron todo para que sus hijas Susan y Jean se trasladasen a Londres, donde ellos calculaban estar para el mes de agosto de 1896. Irían acompañados de su fiel doncella irlandesa, Catalina Leary. No bien desembarcados en Inglaterra, alquilaron los Mark Twain una linda casita en Guildford, en los alrededores de Londres. con el propósito de pasar en ella el verano, reanudando su vida hogareña. Pero cuando esperaban la llegada de las hijas, recibieron cables de Estados Unidos anunciándoles que Susana se hallaba enferma de algún cuidado...
La hija mayor delo matrimonio Clemens tenía entonces veinticuatro años. Era una joven de gran personalidad; parecía haber heredado el temperamento artístico y el talento literario de su padre. A la edad de catorce años escribió una encantadora biografía de éste y, con posterioridad, hizo algunos ensayos literarios. Mark Twain, inflexible en sus normas, no quiso poner en juego su influencia, y animó a su hija a que los enviase a los editores de revistas, sometiéndose a su fallo como cualquier otra principiante. Susan completó su cultura en Europa. Mark Twain estaba muy orgulloso de su hija. Durante una pequeña fiesta a la que asistió en una escuela de jóvenes, dijo en broma a las muchachas que se veía obligado a embarcar para Europa, porque tenía allí estudiando a una hija tan inteligente y que realizaba tales progresos en sus estudios, que si la dejaba por más tiempo, corría el peligro de que supiese muy pronto más que él.
Susan no se conformaba con el orgullo de oírse llamar la hija de Mark Twain. Creía tener alas propias y aspiraba a volar con ellas. Pero había heredado también el espíritu inquieto de su padre; sentíase atraída tan pronto por la literatura como por el canto y el teatro. La inestabilidad de su temperamento se fue acentuando durante le viaje de sus padres por el Asia y Oceanía, y llegó a adquirir caracteres morbosos. Mark Twain procuraba animarla con cartas cariñosas, y le aconsejó que practicase el método de curación mental, puesto en boga por la secta llamada Ciencia Cristiana. Poco antes de la fecha en que Susan y Jean debían embarcar para Inglaterra, cayó Susan gravemente enferma, mostrando síntomas de perturbación mental. La joven, firme en sus doctrinas de la Ciencia Cristiana, se negó a recurrir a médicos. Sólo la terquedad cariñosa de Catalina Leary consiguió que se dejase examinar por el médico de la familia. Este diagnosticó que se trataba de un caso de meningitis cerebroespinal.
El instinto de madre hizo comprender a Olivia, por entre las vaguedades d los cablegramas, el peligro en que se encontraba su hija. Embarcó en Southampton, con Clara, el día 15 de agosto con destino a Nueva York. Mark Twain quedó en Londres, retenido por compromisos insoslayables. Mientras tanto, Susana, ya en pleno delirio, se paseaba por la casa que la familia Clemens tenía en Farmington Avenue, imaginándose tener de compañera a la célebre cantante española la Malibrán. La infección fue avanzando, y Susana perdió la vista. La noche del 18 de agosto, mientras Olivia y Clara navegaban por el Atlántico, Susana murió en brazos de la fiel Catalina.
La muerte de Susan fue un golpe terrible para Mark Twain, hombre todo ternura con su familia, y en especial con su hija Susan. Remontando en los acontecimientos con una lógica extraña, culpábase de la desgracia a sí mismo y se censuraba acerbamente por el supuesto abandono en que había tenido a su hija. Solo en Londres, sin poder desahogar su pena en el corazón de Olivia, desbordábale aquella en cartas en que mezclaba su dolor con los consuelos que su cariño le dictaba pare el dolor de la madre, que no era menor que el suyo. "Tú la verás. ¡Ojalá pudiese verla yo, y ojalá pudiese acariciar su cara insensible, y besar sus labios, que no responderían al beso mío! Pero yo no la devolvería a este mundo aunque pudiese...¡No, no haría eso ni por todas las riquezas de un millar de mundos! Ella ha encontrado el don más generoso que este mundo puede ofrecer; yo no la despojaría de él."
Eso escribía Mark Twain a su esposa, junto con esta otra exclamación de un tremendo patetismo: "¡Me parece estar viéndola en el ataúd!...¡Ojalá se alineasen cinco ataúdes, el uno al lado del otro! Es un deseo que me sale de lo más hondo del corazón..." "Aunque siento mi corazón destrozado, insisto en decir que ella ha tenido suerte; y que no la devolvería a este mundo, aunque pudiese hacerlo...Como, porque así lo deseas tú; sigo viviendo, porque así lo deseas tú; y juego al billar, juego al billar, y sigo jugando al billar, hasta que ya casi no me tengo en pie...Y lo hago para no volverme loco de dolor y de pensamientos rencorosos." Y más adelante: "¡Pobre Susan! Han pasado ya once días...Tras la fiebre azarosa de la vida, ella duerme tranquila. Y ya no volverá a despertarse...¡Qué año de desastres! Hace muy poco tiempo teníamos tres hijas, y hemos perdido ya dos. Susan salió de nuestra vida hacia otra cosa mejor; Clara se dispone salir hacia otra vida distinta y dudosa...,que yo habría impedido si hubiese podido hacerlo." Mark Twain se refería probablemente a los propósitos de estudiar para dedicarse al canto que abrigaba Clara.
La muerte de Susan marcó huella profunda en la producción literaria de Mark Twain. Ciertas tendencias pesimistas que afloraban de cuando en cuando en su obra anterior, por entre sus risas ruidosas y su retozonería constante, toman ahora un impulso súbito y salen al primer plano. El humorismo de Mark Twain pierde gran parte de su timbre cristalino y adquiere un fondo de tristeza, desilusión y rebeldía contra lo absurdo de la vida humana. Lentamente, sin embargo, las aguas vuelven a su cauce, y aquel desborde de pesimismo acaba serenándose y clarificándose.
Ilustración. José Vela Zanetti

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