Durante medio siglo la poesía fue
el paraíso del tonto solemne.
Hasta que vine yo
y me instalé con mi montaña rusa.
Suban, si les parece.
Claro que yo no respondo si bajan
echando sangre por boca y narices.
Ilustración: Ferdinando Hodler
Durante medio siglo la poesía fue
el paraíso del tonto solemne.
Hasta que vine yo
y me instalé con mi montaña rusa.
Suban, si les parece.
Claro que yo no respondo si bajan
echando sangre por boca y narices.
Ilustración: Ferdinando Hodler
Hemos visto cómo, después de la disolución gradual de todas las formas
de sociedad dotadas de una organización de la producción planificada (de
la sociedad comunista originaria, de la economía esclavista, de la
economía servil medieval) surgió la producción mercantil. Luego hemos
visto cómo la economía capitalista de hoy creció a partir de la economía
mercantil simple, es decir de la producción artesanal urbana, a fines de la
Edad Media, de forma completamente mecánica, es decir sin la voluntad y
la conciencia del hombre. Al comienzo planteamos la pregunta: ¿Cómo es
posible la economía capitalista? Es ésta, por lo demás, la pregunta
fundamental de la economía política como ciencia. La ciencia nos
proporciona, al respecto, una respuesta suficiente. Ella nos muestra que la
economía capitalista que, en vista de su total carencia de plan, en vista de
la ausencia de toda organización consciente, es a primera vista una cosa
imposible, un enigma inexplicable, se integra pese a ello en un todo y
puede existir:– mediante el intercambio de mercancías y la economía monetaria, todos
los productores individuales de mercancías, así como las comarcas más
alejadas de la tierra, se ligan unas con otras económicamente, y se impone
la división del trabajo en todo el mundo;– mediante la libre competencia, que asegura el progreso técnico y, a la
vez, transforma constantemente a los pequeños productores en
proletarios, con lo que proporciona al capital fuerza de trabajo comprable;– mediante la ley capitalista del salario que, por un lado, controla
automáticamente que los obreros no se sustraigan nunca a su condición
de proletarios, evadiendo el trabajo bajo las órdenes del capital, y por otro
posibilita una acumulación siempre creciente de trabajo no retribuido,
como capital, y con ello la siempre creciente acumulación y expansión de
los medios de producción;– mediante el ejército industrial de reserva, que permite a la producción
capitalista expandirse ampliamente y adaptarse a las necesidades de la
sociedad; – mediante la nivelación de la tasa de ganancia, que determina el
permanente movimiento del capital de una rama a otra de la producción,
regulando así el equilibrio de la división del trabajo; y finalmente– mediante las oscilaciones de los precios y las crisis, que determinan en
parte día a día, en parte periódicamente, un ajuste de la ciega y caótica
producción con las necesidades de la sociedad.
De este modo existe la economía capitalista, mediante la acción
automática de aquellas leyes económicas que surgieron por sí mismas, sin
que se inmiscuya conscientemente la sociedad. Es decir que, de este
modo, pese a la ausencia de toda ligazón económica organizada entre los
diversos productores, pese a la total carencia de plan en el movimiento
económico de los hombres, se hace posible que avancen la producción
social y su ciclo integrado con el consumo; que la gran masa de la
sociedad sea mantenida en el trabajo, las necesidades de la sociedad
satisfechas mal o bien, y asegurado, como base de todo el progreso de la
cultura, el progreso económico, el desarrollo de la productividad del trabajo
humano.
Éstas son las condiciones fundamentales para la existencia de toda
sociedad humana y, mientras una forma de economía históricamente
surgida satisface estas condiciones, puede subsistir, constituye una
necesidad histórica.
Sin embargo, las relaciones sociales no son formas rígidas, invariables.
Hemos visto cómo, en el curso de los tiempos, experimentaron numerosas
transformaciones, cómo están sometidas a eterno cambio al que abre
camino el propio progreso cultural humano, la evolución. Los largos
milenios de la economía comunista originaria, que conducen a la sociedad
humana desde los primeros comienzos de la existencia todavía medio
animal hasta un grado elevado de desarrollo de la cultura, a la formación
del lenguaje y de la religión, a la cría de ganado y a la agricultura, a la vida
sedentaria y a la constitución de aldeas, sigue la gradual descomposición
del comunismo originario, la formación de la esclavitud antigua que, a su
vez, trae consigo nuevos progresos en la vida de la sociedad para finalizar
luego con el ocaso del mundo antiguo. A partir de la sociedad comunista
de los germanos, se desarrolla en Europa central sobre los escombros del
mundo antiguo, una nueva forma (la economía de la servidumbre), sobre la
cual se basó el feudalismo medieval.
La evolución retoma nuevamente su avance ininterrumpido: en el seno de
la sociedad feudal de la Edad Media, surgen en las ciudades gérmenes de
una forma de economía y de sociedad enteramente nueva, se desarrollan
la artesanía gremial, la producción mercantil y el comercio regular que
finalmente descomponen la sociedad feudal basada en la servidumbre;
ésta se desmorona dejando sitio a la producción capitalista, que ha crecido
de la producción artesanal de mercancías gracias al comercio mundial, al
descubrimiento de América y a la vía marítima hacia India.
El modo de producción capitalista, considerado desde un comienzo desde
la inmensa perspectiva del progreso histórico, no es por su parte
inalterable y eterno, sino que constituye una simple fase de transición, un
escalón de la escala colosal del desarrollo cultural humano, al igual que
cualquier otra de las formas sociales precedentes. Y, en efecto, cuando se
examina cuidadosamente la cuestión, se ve que el desarrollo del
capitalismo mismo lleva a su propio ocaso y a su rebasamiento. Hasta aquí
hemos indagado los vínculos que hacen posible la economía capitalista, de
modo que ya es tiempo de tomar conocimiento de aquellos que la hacen
imposible. Para ello sólo necesitamos seguir las leyes internas de la
dominación del capital en sus efectos ulteriores. Son ellas mismas las que,
en cierto punto del desarrollo, se vuelven contra las condiciones
fundamentales, sin las cuales no puede existir la sociedad humana. Lo que
distingue el modo capitalista de producción de todos los anteriores es,
principalmente, que tiene la tendencia interna a expandirse sobre todo el
globo terrestre, desplazando todo otro orden social anterior.
En tiempos del comunismo originario, todo el mundo accesible a la
investigación histórica se encontraba ocupado por igual por economías
comunistas. Pero entre las diversas comunidades y tribus comunistas no
existían relaciones; o las había, débiles, sólo entre las comunidades
cercanas entre sí. Cada comunidad o tribu vivía, en sí misma, una vida
cerrada y si, por ejemplo, encontramos hechos sorprendentes como aquel
de que la comunidad comunista germana medieval y la del Perú antiguo,
en Sudamérica, tenían prácticamente el mismo nombre, ya que aquélla se
llamaba “mark” y ésta “marca”, esta circunstancia es todavía para nosotros
un enigma inexplicado, si no una simple coincidencia. Igualmente en los
tiempos de la difusión de la esclavitud antigua encontramos similitudes
mayores o menores en la organización y las relaciones reinantes en las
diversas economías o estados esclavistas de la Antigüedad, pero no una
comunidad en su vida económica.
Del mismo modo, se reiteró la historia de la artesanía gremial y de su
liberación, con mayor o menor grado de coincidencia, en la mayoría de las
ciudades medievales de Italia, Alemania, Francia, Holanda, Inglaterra, etc.,
sin embargo, se trataba las más de las veces de la historia de cada ciudad
en sí misma. La producción capitalista se extiende a todos los países, ya
que no sólo los conforma económicamente a todos del mismo modo, sino
que los articula en una única, gran economía capitalista mundial.
Dentro de cada país industrial europeo, la producción capitalista desplaza
incesantemente la producción de pequeña industria, la artesanal y la
pequeña producción campesina. Simultáneamente, incorpora a la economía
mundial a todos los países europeos atrasados y todos a los países de
América, Asia, África, Australia. Esto ocurre por dos vías: a través del
comercio mundial y a través de la conquista colonial. Uno y otra se
iniciaron de la mano; con el descubrimiento de América a fines del siglo
XV, se expandieron más allá en el curso de los siglos siguientes, pero
alcanzaron especialmente en el siglo XIX su máximo auge y continuaron
expandiéndose incesantemente. Ambos (tanto el comercio mundial como
las conquistas coloniales) actúan juntos del siguiente modo. Comienzan
por poner en contacto los países industriales de Europa con todo tipo de
sociedades de otros continentes que se basan en formas de cultura y de
economía más antiguas: economías esclavistas campesinas, economías
feudales de servidumbre, pero preponderantemente con formas comunistas
originarias. El comercio, al que estas economías se ven incorporadas, las
arruina y descompone rápidamente.
Con la fundación de sociedades mercantiles coloniales en territorio
extranjero, o con la conquista directa, la tierra, fundamento más importante
de la producción, así como los rebaños de ganados allí donde los hay,
pasan a manos de estados europeos o de las sociedades comerciales. De
este modo se ven aniquiladas, en todas partes, las relaciones sociales
naturales y el tipo de economía de los aborígenes; pueblos enteros se ven
diezmados y la parte que queda de ellos es proletarizada y puesta, de uno
u otro modo, bajo el mando del capital industrial y comercial, como
esclavos u obreros.
La historia de las décadas de guerras coloniales, que se prolonga durante
todo el siglo XIX; levantamientos contra Francia, Italia, Inglaterra y
Alemania en África; contra Francia, Inglaterra, Holanda y los Estados
Unidos en Asia; contra España y Francia en América, en la larga y tenaz
resistencia de las viejas sociedades autóctonas contra su exterminio y
proletarización a manos del moderno capital, lucha de la que finalmente
surge en todas partes el capital como vencedor.
Esto entraña en primer término una enorme ampliación del ámbito de
dominación del capital, un desarrollo del mercado mundial y de la
economía mundial en la que todos los países habitados de la Tierra son
recíprocamente productores y compradores de productos, trabajan unos
para otros, son participantes de una y la misma economía que abarca todo
el globo.
Pero el otro costado consiste en la pauperización progresiva de porciones
cada vez más amplias de la humanidad, y la creciente inseguridad de su
existencia. Mientras las viejas relaciones, comunistas, campesinas o de
servidumbre, con sus limitadas fuerzas productivas y poco bienestar, pero
con sus condiciones de existencia firmes y aseguradas para todos, se ven
reemplazadas por las relaciones capitalistas coloniales, y junto a la
proletarización y a la esclavitud asalariada, para todos los pueblos
implicados en América, Asia, África, Australia, se alzan amenazantes la
miseria brutal, una carga laboral inusitada e insoportable y, por añadidura,
la completa inseguridad de la existencia.
Después que el fértil y rico Brasil fuera transformado, para satisfacer
necesidades del capitalismo europeo y norteamericano, en un gigantesco
desierto y en una plantación de café ininterrumpida, después que masas
enteras de aborígenes fueron transformados en esclavos asalariados en
las plantaciones, estos esclavos asalariados, por añadidura, se ven
abandonados por largo tiempo, repentinamente, al desempleo y al hambre
a raíz de un fenómeno puramente capitalista: la llamada “crisis del café”.La
rica y enorme India fue sometida por la política colonial inglesa a la
dominación del capital, después de una resistencia desesperada que duró
décadas; y desde entonces las hambrunas y el tifus exantemático, que
arrebatan millones de víctimas cada vez, son huéspedes periódicos de la
comarca del río Ganges. En el interior de África la política colonial inglesa
y alemana ha transformado en esclavos asalariados a pueblos enteros en
los últimos 20 años, y ha aniquilado por hambre a otros dispersando sus
huesos en todas las regiones. Los levantamientos desesperados y las
epidemias de hambre del gigantesco imperio de China son consecuencia
de la pulverización de la antigua economía campesina y artesanal de ese
país por la irrupción del capital europeo.
La irrupción del capitalismo europeo en los Estados Unidos, fue
acompañada inicialmente por el exterminio de los indios aborígenes
norteamericanos y el despojo de sus tierras por los ingleses inmigrantes;
luego por la puesta en marcha, a comienzos del siglo XIX, de una
producción capitalista primaria para la industria inglesa; luego por la
esclavitud de cuatro millones de negros africanos enviados y vendidos en
América por tratantes europeos66, para ser puestos al mando del capital
como fuerza de trabajo en las plantaciones de algodón, azúcar y tabaco.
Así, un continente tras otro y, en cada continente, una región tras otra, una
raza tras otra, caen inevitablemente bajo la dominación del capital, pero
con ello caen, permanentemente, millones de seres humanos en la
proletarización, en la esclavitud, en la inseguridad de la existencia, en
pocas palabras, en la pauperización. La formación de la economía mundial
capitalista trae consigo como contrapartida la difusión de una miseria cada
vez mayor, de una carga insoportable de trabajo y de una creciente
inseguridad de la existencia en todo el globo, que corresponde a la
concentración del capital en pocas manos.
La economía mundial capitalista significa cada vez más el constreñimiento
de toda la humanidad al duro trabajo bajo innumerables privaciones y
dolores, bajo degradación física y espiritual, con la finalidad de la
acumulación de capital. Hemos visto que el modo de producción capitalista
tiene la particularidad de que el consumo humano, que en todas las formas
anteriores de economía era un fin, es para ella un medio que sirve para
alcanzar el verdadero fin: la acumulación de ganancia capitalista. El
crecimiento del capital en sí mismo aparece como comienzo y fin, como
finalidad propia y sentido de toda la producción.
Pero la insensatez de estas relaciones se pone en evidencia cuando la
producción capitalista llega a convertirse en producción mundial. Entonces,
en la escala de la economía mundial, el absurdo de la economía capitalista
alcanza su justa expresión en el cuadro de toda una humanidad que gime,
sometida a terribles dolores bajo el yugo del capital, un poder social ciego,
creado inconscientemente por ella misma.
66 Rosa Luxemburg hace referencia a las estadísticas conocidas en su época, pero más
de un siglo después, podemos hablar de un número mucho mayor de personas (N. a
esta ed.)
La finalidad fundamental de toda forma social de producción, el
sostenimiento de la sociedad por el trabajo, la satisfacción de sus
necesidades, aparece entonces completamente patas arriba, ya que se
convierte en ley en todo el globo, la producción no para el hombre sino
para la ganancia y se convierte en regla el subconsumo, la permanente
inseguridad del consumo y, temporalmente, el no-consumo de la enorme
mayoría de los hombres.
El desarrollo de la economía mundial trae consigo simultáneamente otros
fenómenos importantes, que lo son por cierto, para el propio capital. La
irrupción de la dominación del capital europeo en los países no europeos,
como hemos dicho, atraviesa dos etapas: primeramente la entrada del
comercio y, por este medio, la incorporación de los aborígenes al
intercambio de mercancías, en parte también la transformación de las
formas de producción halladas en aquellos países, en producción
mercantil; luego la expropiación, de un modo u otro, de la tierra de los
aborígenes y, en consecuencia, de sus medios de producción. Estos
medios de producción se convierten, en manos de los europeos, en
capital, mientras los indígenas se transforman en proletarios. A las dos
primeras etapas sigue, sin embargo, por lo general, tarde o temprano, una
tercera: la fundación de una producción capitalista propia en el país
colonial, ya sea por parte de europeos inmigrantes, ya sea por indígenas
enriquecidos.
Los Estados Unidos de Norteamérica, que fueron poblados inicialmente
por ingleses y otros emigrantes europeos, constituyeron en un primer
momento, una vez que hubieron sido exterminados los indígenas pieles
rojas en una larga guerra, un hinterland agrario de la Europa capitalista
que proveía materias primas para la industria inglesa, como algodón y
granos; como contrapartida era comprador de productos industriales
europeos de todo tipo. Pero en la segunda mitad del siglo XIX surge en los
Estados Unidos una industria propia que no sólo desplaza las
importaciones procedentes de Europa sino que pronto opone dura
competencia al capitalismo europeo en la propia Europa y en otros
continentes. En India, igualmente, surgió para el capitalismo inglés un
competidor peligroso consistente en la industria local, textil y de otras
ramas. Australia ha recorrido el mismo camino de desarrollo, de país
colonial a país capitalista industrial.
En Japón se desarrolló una industria propia ya en la primera etapa (a partir
del impulso del comercio mundial), lo que lo preservó de ser repartido
como país colonial europeo.
En China se complica el proceso de desmembramiento y saqueo del país
por el capitalismo europeo con los esfuerzos del país por fundar una
producción capitalista propia con ayuda de Japón para defenderse frente a
la europea, de lo que resultan para la población, por otro lado, sufrimientos
doblemente complejos.
De este modo, no sólo se extienden por todo el mundo la dominación y el
poder del capital mediante la creación de un mercado mundial, sino que se
extiende asimismo, gradualmente, el modo de producción capitalista por
todo el globo. Pero con ello la necesidad de expansión de la producción y
el ámbito en que esta expansión puede tener lugar, es decir la
accesibilidad de mercados de venta, se encuentran en una relación cada
vez más precaria. Como hemos visto, la necesidad más íntima y la ley vital
de la producción capitalista es que no puede mantenerse estacionaria, sino
que tiene que expandirse permanentemente y cada vez más rápidamente,
es decir producir masas de mercancías cada vez más cuantiosas en
empresas cada vez más grandes, con medios técnicos cada vez mejores,
cada vez más velozmente. En sí mismas, estas posibilidades de expansión
de la producción capitalista no conocen límites, pues no tienen límites el
progreso técnico ni, por tanto, las fuerzas productivas de la Tierra. Pero
esta necesidad de expansión choca con límites perfectamente
determinados, particularmente con el interés de ganancia del capital. La
producción y su expansión sólo tienen sentido mientras surge de ellas, al
menos, la ganancia media “normal”. Pero que esto ocurra o no, depende
del mercado, es decir de la relación entre la demanda solvente del lado de
los consumidores y la cantidad de mercancías producidas, así como sus
precios. El interés del capital por la ganancia que, por un lado, exige una
producción cada vez más rápida y cada vez mayor, se crea a sí mismo,
permanentemente, límites de mercado que cierran el paso al fogoso
impulso de la producción hacia la ampliación. De ello resulta, como hemos
visto, el carácter inevitable de las crisis industriales y comerciales que
periódicamente ajustan la proporción entre el impulso de la producción
capitalista, en sí mismo libre e ilimitado, y los límites capitalistas del
consumo, haciendo posible la prolongación de la existencia y el desarrollo
del capital.
Pero cuanto más numerosos son los países que desarrollan una industria
capitalista propia, y mayores la necesidad y posibilidad de expansión de la
producción, tanto más estrechas se vuelven, en relación con ellas, las
posibilidades de ampliación de los límites de mercado. Si se comparan los
saltos con los que la industria inglesa ha progresado en las décadas del
sesenta y del setenta (cuando Inglaterra era todavía el país capitalista
dominante en el mercado mundial) con su crecimiento en los dos últimos
decenios (desde que Alemania y los Estados Unidos la desplazaron en
grado significativo en el mercado mundial) resulta que su crecimiento se ha
hecho mucho más lento con respecto al que tenía lugar anteriormente.
Pero lo que fue en sí el destino de la industria inglesa, lo tienen por delante
inevitablemente la alemana, la norteamericana y, en definitiva, la industria
mundial en conjunto. Irresistiblemente, en cada paso de su propio avance
y desarrollo, la producción capitalista se aproxima al momento en que sólo
podrá expandirse y desarrollarse cada vez más lenta y difícilmente. Claro
está que el desarrollo capitalista tiene por delante todavía un buen trecho
de camino, puesto que el modo de producción capitalista, como tal,
representa todavía la menor proporción de la producción mundial total.
Incluso en los más antiguos países industriales de Europa subsisten
todavía, junto a grandes empresas industriales, numerosos pequeños
establecimientos artesanales y, ante todo, la mayor parte de la producción
agraria (especialmente la de tipo campesino) no se lleva a cabo a la
manera capitalista. Además, en Europa hay países donde la gran industria
apenas se ha desarrollado, donde la producción local presenta predomi
nantemente carácter campesino y artesanal. Y, finalmente, en los restantes
continentes, con la excepción de la parte norte de América, los lugares de
producción capitalista representan sólo pequeños puntos dispersos,
mientras enormes extensiones de tierra no han llegado siquiera, en parte,
a la producción mercantil simple. Cierto es que la vida económica de todas
estas capas y países que no producen ellos mismos a la manera
capitalista, en Europa, como en los países no europeos, también está bajo
la dominación del capitalismo. El campesino europeo, aunque lleve a cabo
él mismo, todavía, la más primitiva de las economías parcelarias, depende
íntegramente de la gran economía capitalista, del mercado mundial, con el
cual lo han puesto en contacto el comercio y la política fiscal de las
potencias capitalistas. Del mismo modo los países no europeos más
primitivos son puestos bajo el dominio del capitalismo europeo y
norteamericano por el comercio mundial así como por la política colonial.
Pero el modo de producción capitalista en sí podría lograr todavía una
poderosa expansión si desplazase en todas partes todas las formas de
producción atrasadas. Por lo demás, como lo hemos mostrado anterior
mente, la evolución se da, en general, en esta dirección. Pero justamente
en esta evolución se atasca el capitalismo en la contradicción fundamental
siguiente: cuanto más reemplaza la producción capitalista producciones
más atrasadas, tanto más estrechos se hacen los límites de mercado,
engendrado por el interés por la ganancia, para las necesidades de
expansión de las empresas capitalistas ya existentes. La cosa se aclara
completamente si nos imaginamos, por un momento, que el desarrollo del
capitalismo ha avanzado tanto que, en toda la Tierra, todo lo que producen
los hombres se produce a la manera capitalista, es decir sólo por
empresarios privados capitalistas en grandes empresas con obreros
asalariados modernos. La imposibilidad del capitalismo se manifiesta
entonces nítidamente.
Ilustración: José María Rodríguez de Losada
Hace muchos, muchos años
en un reino junto al mar
vivió una doncella que tal vez conozcas
llamada Annabel Lee.
Y esta doncella vivía sin otro pensamiento
que amarme y ser amada por mí.
Ambos éramos niños
en este reino junto al mar
pero amábamos con un amor que era más que amor
yo y mi Annabel Lee
con amor que los alados serafines del cielo
nos envidiaban a ella y a mí.
Y por esta razón, hace mucho tiempo,
en este reino junto al mar
de una nube sopló un viento
que heló a mi amada Annabel Lee.
Y sus parientes de alta cuna vinieron
y se la llevaron lejos de mí
para encerrarla en un sepulcro
en este reino junto al mar.
Los ángeles, descontentos en el cielo,
nos envidiaron a ella y a mí.
¡Sí! Por esta razón (como todos saben
en este reino junto al mar)
el viento salió de la nube por la noche
para helar y matar a mi Annabel Lee.
Pero nuestro amor era mucho más fuerte
que el de aquellos mayores
o más sabios que nosotros.
Y ni los ángeles arriba en el cielo
ni los demonios debajo del mar
jamás podrán separar mi alma del alma
de la hermosa Annabel Lee.
Pues la luna nunca resplandece sin traerme sueños
de la hermosa Annabel Lee
y las estrellas nunca brillan sin que yo sienta los ojos radiantes
de la hermosa Annabel Lee
y cuando llega la marea nocturna, me acuesto justo al lado
de mi amada -mi amada- mi vida y mi prometida
en su sepulcro allí junto al mar
en su tumba junto al ruidoso mar.
Ilustración: Ricardo Fernández Ortega
— ¡Sonríes! exclamé tristemente al ver que su rostro se iluminaba, contrastando con el mío, pálido y demudado. ¡No has sufrido nunca como yo, cuando te muestras tan indiferente á mi desgracia! — ¡Bah! dijo Armando. ¿Es eso, acaso, una desgracia? Esa mujer no te ha engañado, no te ha mentido ¿qué más quieres? El tiempo se encargará de curarte, puesto que vas ya en camino de convalecer, gracias á ella. En cuanto á que yo sonría.... no lo tomes á mal; no se trata de tus recientes penas: evoco un recuerdo, y él me hace sonreir. — Perdona; sé que no eres egoista, que me amas; pero, en el estado de espíritu en que estoy, se desea ver el semblante de los demás tan compungido como el nuestro. ¡Una de tantas locuras! Por otra parte, sufro mucho.... á veces temo volverme loco!... — He experimentado esos síntomas, dijo él; he sufrido los mismos dolores, y sin embargo... ¡ya me ves! -tú dices que soy el más alegre de todos tus amigos, y lo decías hace dos años también, cuando, al retirarme, por la noche, en la soledad de mi aposento, me anegaba en lágrimas abrasadoras, y mordía las almohadas en paroxismos de rábia... Porque cada cual tiene su pequeña historia ¿Quién puede decir que no lleva una espina clavada en el corazón? Se detuvo un instante. Se habia puesto sério, y sus ojos brillaban más que de ordinario -Despues continuó: — Déjame que te cuente esa historia: por ella verás que he sufrido más que tú, si el que sufre puede admitir alguna vez que el sufrimiento de los demás sea mayor que el suyo. Escúchame atentamente. Había vuelto á su anterior jovialidad: sonriente me relató esta historia de lágrimas, que yo escuché conmovido. II La locura gobernaba como reina absoluta de la tierra: era Carnaval. Los hombres habían arrojado sus caretas. De esto hace dos años. Recordarás que en aquellos dias me; desconociste: había abandonado yo mi calma proverbial, para entregarme al placer ¡si aquello fué placer! Tú entonces eras un furioso: no había fiesta en donde no se te encontrase, y en donde no fueras el más loco de toda la reunión. Yo solía reconvenirte por ello; de modo que no sin placer me viste abandonar mis antiguas costumbres, para seguir tus huellas, y hasta para llegar á vencerte más de una vez. He observado que los hombres somos así: cuando obramos mal, es para nosotros un grande alívio ver que nos imitan los que teníamos por mejores. ¡La virtud es siempre irritante para el vicio! Aquel cambio radical tenía - como debes comprender - una causa oculta y poderosa. Verás cual era esa causa. Tú sabes que yo quería á Laura con locura. ¡Te lo repetí tantas veces, con esa crueldad del enamorado que hace á sus amigos víctimas de sus confidencias! ¡Tántas veces te hice su verdadero retrato físico, embellecido algo, sin embargo; y su falso retrato moral, disfrazado, sin un ápice de verdad, imposible de reconocer! ¿Lo recuerdas? Con una paciencia digna de objeto más útil, escuchabas mis interminables conversaciones sobre el color de su cabello, las gracias de su fisonomía, lo espiritual de su palabra ... "¡Es un ángel!" exclamé en mas de una ocasión, en un arranque de lirismo. ¡Un ángel! ¡Deja que me ria á carcajadas de semejante sarcasmo!... Quizá lo habrás olvidado: el domingo, primer dia de ese carnaval, me hallaste á las dos de la mañana en el vasto salón de la Ópera, con los ojos brillantes y tambaleándome tomo un ébrio; y no estaba ébrio, te lo juro! no había bebido casi... pero en cambio sufría horriblemente. Desde aquel día no volví á hablarte de Laura, y cuando me preguntabas por ella, mi respuesta era siempre evasiva. Tú debes haberte dicho que la había olvidado. ¡Error! Su recuerdo palpitante laceraba mi corazón, me hacía padecer infernales suplicios que yo soportaba sin quejarme, pero loco de dolor, justamente así, como te encuentras tú ahora, pero con mayor motivo, y mayor intensidad también ... Desde entónces te acompañé á todos tus paseos, á todas tus fiestas, á todas tus bacanales, hasta que, al cabo de un año, fatigado, descontento, enfermo, repugnándome á mí mismo, volví á hacer la vida tranquila que había abandonado, y á reir como ántes. Entonces fué cuando tu corazon despertó, haciéndote también huir, como á mí, de esa desastrada vida en que íbamos, poco á poco, perdiendo la salud del cuerpo conjuntamente con la del espíritu... Entre tanto habian sucedido muchas cosas. III El domingo de carnaval, por la tarde, estuve con Laura. Ya sabes que era huérfana, y que vivía sola! Estúdia todo el peso de la frase. Huérfana: sin apoyo; sin la mirada vigilante de la madre querida; sin ese muro casi inexpugnable, levantado entre el mal y ella. Sola: es decir á merced de todas las pasiones, de todos los apetitos; al alcance de todas las manos! Más: había una circunstancia aún mas terrible: la configuración de su alma... Yo, soñador, joven, lleno de ilusiones, la quería y la veneraba al propio tiempo; la quería como se quiere cuando el alma bien templada no ha tenido contacto con el mundo; la veneraba, como se venera á la mujer que se ama pura, inmensamente... ¡La deseaba como esposa, y hubiera podido poseerla como querida! ... Porque era carne, solo carne, un montón de carne liviana, llena de apetitos, de pasiones odiosas, de deseos nunca saciados ... Pero no me arrepiento: al amarla no la he amado á ella, sino á un ensueño, á una ilusión que se ha desvanecido como un fantasma, después haber dejado una honda herida en mi espíritu... Hoy ella no es para mí más que una imájen entrevista en sueños... En tu caso puedes reflexionar del mismo modo, y creer que Enriqueta es un ser ideal aparecido á tí en horas de fiébre, cuando todo es bello ó todo es horrible... Al entrar en casa de Laura la hallé sentada en su salita de costura ya sabes que ganaba la vida cosiendo) con un libro en la mano. El libro era Pablo y Virginia, una de las obras más casta mente apasionadas que conozco. Al verme, la jóven corrió á mí, dando muestras de la mayor alegría. Charló por los codos, con esa gracia infantil que añadía - tantos encantos á su adorable persona, hasta que yo la interrumpí: — Es hora, Laura, la dije, de que nos ocupemos de asuntos más sérios: necesario es abandonar la broma, para hablar del porvenir. Sabe Vd. cuánto la quiero, y qué feliz soy con su cariño. Comprenderá, así, mi deseo de acelerar mi dicha completa... Además, sola, sin familia, sin amigos casi, Vd. necesita una persona en quién confiar, un apoyo que nunca le falte ... Esta persona no pude ser más que su esposo ... ¿Quiere Vd. que nos unamos?... Palideció, sus ojos se llenaron de lágrimas, y, como por instinto, sus manos adoradas tomaron las mias, mientras que sus lábios murmuraban con pasión esta frase, que tanto dice en su sencillez: — ¡Oh!.. Armando!.. No pude contenerme, y mi boca sedienta depositó un beso en su frente; una ola de fuego subió á su rostro; se estremeció, febríl, y se puso pálida de nuevo, pero con una palidez de mármol.. ¡Oh! no son los cómicos más perfectos los que aplaudimos en el teatro; hay otros mas merecedores de los laureles y de los aplausos que se les tributan!.. IV Pasamos toda aquella tarde contándonos nuestros proyectos para después de la boda, que debía celebrarse á los dos meses. ¡Qué dichoso fui durante aquellas horas! ¡Cuántos risueños cuadros de felicidad se presentaron á mi imaginación! ¡Cuántos castillos en el aire forjé en mi locura, castillos que se desvanecieron bien pronto, como esos portentosos alcázares qué las nubes presentan á nuestra vista, y que luego un ligero soplo disuelve en la atmósfera azul!... Cuando salí de casa de Laura estaba loco: loco de dicha. ¡Así fué de terrible el despertar!... En las calles reinaba un bullicio inusitado. Numerosas máscaras las cruzaban en todas direcciones, esperando la hora de ir á formar parte del corso ... y yo caminaba sin rumbo, embriagado de felicidad, sin oir los gritos de los vendedores de pomos, que atronaban los aires; ni las alegres frases de los enmascarados; ni las cien piezas de música que en otros tantos puntos de la ciudad ejecutaban las bandas y orquestas de las sociedades. La tarde caía, y al acercarse la noche el murmullo iba en crescendo. ¿Te acuerdas? Aquel carnaval fué uno de los más alegres. Buenos Aires todo se había echado á la calle, sacando á relucir sus mas brillantes galas: trajes lujosísimos, carruajes espléndidos, flores en todas partes, brillantes, plumas, luces, hermosuras... La calle de la Florida, con sus numerosisímos arcos de gas, presentaba un aspecto asombroso en cuanto el corso comenzó. En una y otra vereda la multitud apeñuscada miraba curiosamente los carros adornados de cintas, hojas y flores, y llenos de jóvenes ó niñas, cada cual con su correspondiente disfraz, ya ridículo, ya elegante; los coches en que se paseaban hermosas mugeres (cuando eran hermosas), y caballeros vestidos de particular; las sociedades carnavalescas que marchaban á pié, al son de músicas entusiastas; los falsos gauchos con sus descomunales facones de plata, su rico chiripá, su poncho de vicuña, su guitarra encintada, sus hirsutas barbas postizas, su hermoso pingo, cuidadosamente ensillado, con plata en el apero y en las riendas, y en el freno, y en los estribos: una mina entera en cada caballo. Y luego todo lo que la locura humana puede inventar: deformidades ridículas, trajes imposibles , voces ultra terrestres, agitándose en una atmósfera perfumada con mil fragancias distintas... La ciudad, desde su último arrabal hasta el centro, hasta el corazón, lanzaba un grito continuado y formidable, que comenzó en la mañana con un murmullo, y que á esa hora era ya un clamor; el grito de todo un pueblo olvidado de sus penas, en el que hay carcajadas y burlas, frases soeces y bromas espirituales, sarcasmos y exclamaciones crédulas, suspiros de satisfacción, y quizás, quizás algún ¡ay! ahogado entre tantas vociferaciones nunca concluidas... De pronto me encontré en aquel hormiguero humano, y desperté de mi éxtasis cuando cayó sobre mi rostro el agua perfumada de un pomito; iba á demostrar mi enojo de una manera inconveniente, cuando el corso que se habia detenido, continuó, y la autora de mi repentino despertar desapareció en su coche, arrastrado por dos rarísimos caballos blancos. De otro carruaje que marchaba inmediatamente detrás, partió entonces la voz de un amigo que me invitaba á acompañarle: — Ando solo, me dijo, y me aburro soberanamente ¿Quieres tomar asiento á mi lado? No me pude negar á ello, y subi al carruaje. De estos dos nimios sucesos depende el drama que ha ido desarrollándose en mi espíritu durante el año más largo de mi vida: el agua del pomito, y mi paseo en carruaje por el corso. Me preocupé de mirar de atrás á la mujer que me habia mojado. Iba disfrazada, y la acompañaba un joven, disfrazado también, que se entregaba á la alegría más bulliciosa. — ¿Quiénes son esos? pregunté á mi amigo. — Sin duda ella es una de tantas, y él... uno de tantos tambien: una mujer alegre y un calavera. La máscara llevaba un dominó adornado con camelias blancas, y en toda la noche -nota el detalle- no encontré otro traje igual; él vestía un dominó blanco, adornado con camelias artificiales, negras, traje único también. Ambos iban elegantísimos, y parecían haberse disfrazado el uno para el otro, en ese contraste de los dominós. — Me aburre esto, dijo mi compañero al cabo de un rato. — A mí me sucede lo mismo, repliqué, lleno de dicha por otra parte, á causa de mi feliz entrevista con Laura, y de la reciente resolución de casamiento. — ¿Vámonos? Asentí al punto, tanto más cuanto que mi estómago, con esa importunidad de la materia, me gritaba que, en mi dicha, me había olvidado de comer. Las nueve y media de la noche acababan de sonar en el Cabildo, y el corso estaba en todo su esplendor; sin embargo lo abandonamos sin pesar. —¿Dónde te dirijes ahora? preguntó mi acompañante. —Me voy á comer, le contesté. Por la tarde no tuve apetito, (no queria revelarle mi romántico olvido), y he esperado á la noche para hacerlo. Acompáñame y charlaremos un rato. Fuimos á Filip, y hablando de todo un poco -de todo menos de lo que para mi era el todo- pasó el tiempo sin sentirlo casi. Necesario es advertirte que yo jamás iba de noche á casa de Laura. ¿Por qué? La razón es sencilla: celoso de su honra, no quería que fuese el tema de las conversaciones de todo el barrio... ¡Hay dias en que me arrepiento de haber sido tan caballero!.. Tan tonto, como hubieras dicho tú hace dos años... Cuando salimos del café era más de las once. Los bailes de máscaras comenzaban; mi amigo me tentó y -sólo por contemplar el magnífico golpe de vista que presentan los teatros en las noches de Carnaval- no me negué á acompañarle al de la Ópera, que tenía fama de ser el más concurrido. Allí fué donde me encontraste á las dos de la mañana, con los ojos brillantes y tambaleándome como un ébrio. V ¿Para qué describirte el aspecto del teatro? Tu has asistido á aquel baile, que terminó con una cuadrilla bastante exajerada, y en el que no se perdió ocasión de reir, sobre todo á costa de los demás; viste el salón lleno de una multitud compacta, bulliciosa, enloquecida; escuchaste esas conversaciones banales y venales, que se oyen en casos así, y tomaste parte en la locura general. Yo también, pero ¡de cuán diferente manera!.. En medio del tumulto perdí mi acompañante, que no resistió al contagio de movimiento, lanzándose con una pareja cualquiera en los giros vertiginosos de un wals; é iba á retirarme, cuando la máscara de dominó negro con camelias blancas llamó mi atención: bailaba alegremente con el joven que paseaba en el corso con ella. Si me preguntas por qué traté de colocarme cerca de ambos, no te sabré contestar: hay acciones que se llevan á cabo sin premeditación, sin causa aparente; la causa, sin embargo, tiene que existir, existe. ¿Cuál es? La respuesta se presenta fácil: el instinto, cierto don de clarovidencia que tiene el hombre en general -la intuición de las desgracias ó de las dichas... El hecho es que yo me acerqué á ellos ... Ya habrás adivinado tú, desde el momento en que subí en el carruaje -como entonces lo adiviné yo, aunque con menos claridad que aquella mujer era Laura. ¡Laura!... Pero yo no me daba aún cuenta exacta de ello... . Terminó el wals, y ambos fueron á sentarse á pocos pasos de donde yo estaba. Ella encontrábase fatigada: se conocía en la agitación de su pecho; él la hablaba en voz baja, suavemente, con el rostro tan cerca del suyo, que sus alientos debían confundirse. De pronto la joven, sofocada, se quitó la careta de raso ... Ya te he dicho que yo adiviné quien era, que yo lo sabia desde que la ví en el corso... Sin embargo, el efecto que me produjo el reconocimiento definitivo, es imposible de describir. Ruégote, pues, que cierres los ojos, que te abstraigas un instante, y que reproduzcas la escena creyéndote tú el protagonista: es el medio mejor de que te formes una idea de los mil encontrados sentimientos que experimenté en ese punto; es, por otra parte, el sistema que adoptan algunos escritores para narrar lo que han imaginado, dándole tintes de verdad. En cuanto á mí, me abstengo de decir una palabra á ese respecto; perdería el tiempo sin tener resultado alguno, y te fastidiaría á fuerza de ser pesado. Lo que sí te diré, es que estuve á punto de arrojarme sobre·ambos, con la intención de matarles. ¿Qué me detuvo? No he llegado á esplicármelo jamás... Quedé, pues, clavado en mi sítio, hasta que -¡admírame!- en un instante en que el joven del dominó blanco se apartó de Laura, me acerqué á ella y la invité á bailar. Disfrazando la voz, segura de no ser conocida -se había puesto ya la careta- aceptó y se apoyó en mi brazo, que un segundo ántes temblaba. Sin duda, al acercarme á ella, vió en mis ojos, en la expresión general de mi fisonomía, un destello, un relámpago fugitivo, que la puso en guárdia, y no quiso negarse á bailar conmigo, por no acrecentar mis sospechas. Ponía en práctica -sin saberlo quizá- el procedimiento empleado por un personaje de La Carta Robada de Poe: se mostraba, para que no diesen con ella... Yo estaba ya en aparente serenidad absoluta. La orquesta comenzó á tocar una habanera, la música más incitante y voluptuosa. ¡Cómo la bailó Laura!.. Hubiera sido capaz de enloquecer al hombre más indiferente; pero yo era de hielo. Cuando la pieza terminó, vi que los ojos de la joven brillaban entre los inmóviles párpados de la careta. — Voy á invitarte á cenar, la dije reposadamente; pero con una condición: me has ilusionado, y, aunque no trato de ofenderte, debo decir que puede que seas vieja y fea; no me agradan esos , y quiero creer que eres un portento de hermosura. Así, pues, mi condición es que no te saques la careta. ¿Aceptas? Ella vió en eso una tabla de salvación; la propuesta no había sido hecha sin habilidad. — No sé si soy fea, pero te aseguro que no soy vieja, exclamó riendo. Sin embargo, estoy convencida de que no te agradaría verme. Excitaba mi curiosidad, siguiendo el mismo peligroso método adoptado. — Es lo que yo supongo, contesté sonriendo tambien, aunque esa sonrisa me costaba un esfuerzo sobrehumano. Pero no importa. ¿Vienes ó nó á cenar conmigo? — Tengo compañero, dijo. — ¡Bah! exclamé. Yo tambien tengo compañera... aunque no aquí. Es una muchacha á quien he hecho creer que me voy á casar con ella. Sin embargo, eso no signitica que por las noches no reciba á otros galanes, según se me ha dicho por el barrio, y que no me engañe ... muy hábilmente ... como lo hago yo, por otra parte. La alusión era demasiado personal; sentí, por su brazo, que se estremecía toda; pero pronto consiguió sobreponerse á su emoción. — Así, pues, repuse, un engaño á tu compañero no será el primero ni el último en el mundo. Acepta, máscara, y nos divertiremos. — ¡Acepto! exclamó con audacia, jugando el todo por el todo. Y juntos salimos del baile, abandonando al joven del dominó blanco. VI Permíteme una nueva digresión; quiero que comprendas toda la importancia de algunos de los sucesos que acabo de relatarte y que has oido con indiferencia, creyéndolos, quizá inútiles para el desarrollo de mi historia, cuando son de la más alta necesidad. Laura habíaseme presentado esa tarde como una niña candorosa, inocente, pura: cuando la hablé de casamiento contestó turbada, cubierto el rostro de rubor; estudia bien esa apariencia, y dime si tú no te hubieras engañado como yo, si no hubieras creido que Laura era una mujer angelical, si no hubieras jurado que era incapaz de pecar, no solo de obra, sinó tambien de pensamiento... Observa todos los detalles de esa entrevista, y dime si pudo Laura desempeñar su papel mejor de lo que lo hizo; por mi parte la admiro de corazón en ese punto, porque supo engañarme por completo, mostrándoseme como el ángel entrevisto en mis ensueños. Luego -ya lo habrás advertido- ella fué quien, con cinismo extraño, llamó mi atención cuando paseaba disfrazada por el corso, volviéndome á la vida real, merced al agua de un pomito; ella fué quien, de esa manera, precipitó la catástrofe. Y digo precipitó, porque los hombres todos, cuando sabemos de un peligro, cualquiera que sea, estamos seguros de que hubiéramos escapado á él, aun en desemejantes circunstancias. Cuestión de fatuidad, mezclada con un poco de fatalismo oriental. Despues, al ser encontrada por mí en el baile, Laura no trató de huirme; se entregó en los brazos del destino, y quiso arriesgar el todo por el todo, como el jugador que, estando en pérdida, pone su último billete á una carta, corriendo el más dudoso albúr. Peligraba que yo la descubriese, pero suponía que no llegaría á conocerla; aun más: estuvo convencida de ello. Mostrábase á medias, para que no la adivinara por completo. Me decía, sin que su voz temblase: "Estoy convencida de que no te agradada verme", como diciendo: "¿Sabes? Yo soy Laura" Por otra parte, aceptando mi cena, ponia todas las probabilidades en su contra, aunque quizá pensara hacerme creer en una broma preparada de antemano ... Fíjate en estas acciones, y verás cuán antitéticos son los caracteres con los que te he presentado á Laura, y con los que también se presentó á mis ojos. Inocente -viciosa; tímida- cínica; pura-carnal. ¡Era como para enloquecerme!.. El golpe había sido rudo para mí; pero la herida estaba caliente aun, y yo no sentía los dolores; esto te esplicará mi actitud en las escenas siguientes, en las que me he mostrado todo un hombre, tengo el orgullo de decirlo. Por eso yo, que hasta entonces no me había puesto careta en ninguna ocasión, logré aquella noche desempeñar mi papel á las mil maravillas; -actor infortunado que en cada frase añadía nuevos dolores á los que ya me destrozaban...; logre tambien conocer hasta lo más recóndito del alma de Laura; logré, ocultando mis sentimientos, comprender los suyos, sin engañarme esta vez. Nadie sabe esta historia; creo que si la supieran me llamarían héroe, me creerían un personaje inverosímil; porque si Scévola metió la mano en un brasero; si Leona, la legendaria y animosa amiga de Harmodio y Aristogitón, se cortó la lengua con los dientes; si Juan Valjean, el eterno forzado, se aplicó al brazo un hierro enrojecido, - yo he dejado que mi corazón fuese quemándose á fuego lento durante una hora para mí más larga que toda una eternidad. Escucha cómo. VI Frente á la Opera hay un café, hoy ya refaccionado - el café de Repetto, si no lo recuerdo mal; —en ese café, á la izquierda, habia un saloncito particular, uno solo, cuya única puerta daba al patio donde en las noches de estío se sentaban los parroquianos á beber y á tomar el fresco. A aquel saloncito nos dirigimos Laura y yo. Hice que nos sirvieran todo de una vez, y que nos dejarán solos para poder hablar libremente, sin temer interrupciones. En un principio cambiamos pocas palabras, sin importancia alguna. Ambos temíamos, aunque de diferente manera, la situación en que íbamos á encontrarnos á los pocos instantes: yo, estando cierto de quién era ella; Laura sospechando que yo la hubiese conocido, temiendo que llegara á conocerla, si no fuese así, y diciéndose, para infundirse valor, el Alea jacta est: la suerte está echada! ... La cena estaba por terrminar. Laura no se había quitado la careta de raso negro, como quedó convenido; comía levantando la parte inferior que, siendo flexible, no presentó inconveniente para ello. Yo conservaba mi máscara de serenidad absoluta: comprendía toda la importanda de lo que iba á pasar de allí a poco y no quería poner en guardia á mi adversario , alarmándolo, ya por medio de mis palabras, ya por dejar traslucir mi agitación interior. Cuando entré en materia, lo hice decididamente. — Habrás creido que soy un extravagante, -dije sonriendo,- al escuchar mi súplica de que no te descubrieras el rostro; pero te has equivocado: yo te conozco, y no quería aparecer ante tí como cómplice de tus calaveradas; esa es la causa de mi extraño pedido. — ¡Que me conoces! exclamó lanzando una carcajada homérica. ¡No seas loco, y no digas tonterías! Nunca me has visto. — ¿Y si te dijera tu nombre? Se turbó un instante, pero luego reaccionando, creyendo sin duda que la confundía con otra: — ¡Dilo! contestó, como desafiándome. — Te llamas... Laura, pronuncié tranquilo , recalcando cada letra, mientras llenaba de champagne su copa y la mia. La ví palidecer detrás de la careta; se estremeció toda... Luego, viéndome tan tranquilo, hizo un sobrehumano esfuerzo, logró reponerse, y su primera acción fué descubrirse el rostro; yo la miré impasible. Estaba muy pálida, sus lábios temblaban, aunque casi imperceptiblemente, y sus ojos lanzaban rayos. — Sí, soy Laura, murmuró. Incliné la cabeza, como diciendo que ya estaba convencido de ello. Despues, un silencio de un minuto reinó en el saloncito particular. — Bebamos, dije con cierta indiferencia, levantando mi copa de champagne para romper las hostilidades. Ella tomó la copa del espumante vino, y llevándola á los lábios: — Bebamos... y hablemos, contestó. Hízose otra pausa, que ella misma terminó con estas palabras: — ¿Cuándo me has conocido? — Cuando te ví en el corso. Sabía que ibas á ir á él, y luego al baile, y me he propuesto encontrarte... Ya ves que lo he conseguido. Laura quería dar á aquella conversación un aspecto de frivolidad que yo tambien estaba interesado en conservar. Temía, sin duda, encarar decididamente las sérias cuestiones que estaban en tela de juicio. Al oir aquella frase enrojeció levemente, pues de seguro la avergonzaba que yo conociera su falta, ó quizás temía por el porvenir, al ver que nuestro casamiento debía romperse, aun antes que de que se hubiera realizado... — Si, lo has conseguido, murmuró. — Al querer encontrarte me guiaba un objeto de importancia; y como en estas fiestas es cuando se dice la verdad, sin ambajes ni rodeos, la ocasión ha sido bien elejida y mejor hallada... Se trata de hacerte una pregunta... Me interrumpí, sabiendo que de esa manera el golpe sería mas rudo. Ella, ansiosa, respirando agitadamente, sintiéndose algo mareada por tantas emociones, esperó, clavando en mí sus ojos, tímidamente, quizá con cierta vergüenza, y no sin algún temor. Yo proseguí, lentamente: — Sabes que no puedo casarme contigo; que eso sería absurdo, insensato... Sin embargo, hay un medio de que ese grande amor que siento por tí, y que me retribuyes, obtenga su recompensa en este mundo... A tí no te importa el qué dirán; sé que eres indiferente á la crítica, y que te muestras impávida ante todos, aunque conozcan tus costumbres... Volví á interrumpirme, añadiendo luego bruscamente: — ¿Quiéres ser mi querida?... Al pronunciar esa frase comprendí todo su alcance. Ninguna mujer, por más abyecta que sea, puede escuchar impasible esas palabras, del mismo que poco antes la juraba amor tierno, puro, sublime. ¡La mujer, eterno niño, derrama siempre lágrimas por el desvanecimiento de sus sueños!... Aquello era una puñalada, y una puñalada á traición. Para los homicidios morales no hay leyes en la tierra, y uno debe hacerse justicia por su mano. Yo, -víctima de homicidio moral- me convertía en juez y en ejecutor: sentenciaba al reo, y llevaba á cabo la sentencia. Era una venganza; por lo tanto no diré que obraba bien.... ni tú lo creerás tampoco. En cuanto á Laura, se había levantado de su asiento, ríjida y mortalmente pálida; pero volvió á sentarse, sin pronunciar una sola palabra, aturdida por el rudo golpe recibido... — ¿Quieres ó nó? la pregunté de nuevo, sonriendo implacablemente. -Supongo que no extrañas mi proposición... Permaneció un instante en silencio, pero comprendí que quería hablar; así, pues, aguardé á que dominara su emoción. — Vd, Armando, dijo por fin, tiene razón al insultarme de esa manera. (Nota que ya no me hablaba de tú). Yo lo he engañado, y eso nunca se perdona; le he hecho creer en mi inocencia que no existía, sin arrepentirme hasta ahora, en que comprendo cuánto sufre trás esa máscara indiferente... — ¡Que yo sufro! exclamé con una carcajada. ¡Mal me conoces, Laurita! — Si, Vd. sufre; no trate de hacerme creer lo contrario, dijo ella. — ¡Déjate de bromas, y vamos á lo importante. ¿Quieres ser mi querida?. Se puso aun más pálida. — ¡Oh calle Vd.! No aumente sus padecimientos... y los mios. Está Vd. sudoroso, sus ojos brillan, sus manos tiemblan, y si sonríen sus labios es gracias á un esfuerzo que denota la grandeza de su alma!... Pero si Vd. sufre, la culpa no es mia. -Escuche mi vindicación: por naturaleza, por temperamento, por instinto- no se asombre Vd. al oírme hablar así: estoy acostumbrada á decirlo todo-busco el placer en cualquier parte, hasta que le hallo; me he entregado siempre al primer hombre que me solicitaba; es una enfermedad terrible, pero es una enfermedad en la que no soy culpable... Así, por esa causa, hace dos años, desde que tenía quince, mi vida es una sucesión de amores, correspondidos siempre por mí!... Sin embargo, nunca sentí lo que he sentido por Vd.; nunca latió mi corazón como esta tarde, cuando me habló Vd. de nuestro casamiento... ¡que ya no se llevará á cabo!... De veras! me creí buena! ¡olvidé lo pasado! ¡escuché arrobada sus palabras!... Y cuando Vd. me dió un beso en la frente, ví presentarse ante mis ojos un mundo nuevo, lleno de encantos, lleno de felicidad... el mundo en que soñaba cuando mi madre posaba sus labios en esta misma frente, hoy manchada! ... Por que yo le amo... le amo... Lancé una carcajada. — ¡Oh! ¡si! continuó casi llorando. ¡Es lo que merezco! ¡Desprécieme Vd...! pero yo le amo.... Es un vicio de mi organismo, una infamia de la naturaleza hácia mí, lo que me hizo pecar antes de ahora, lo que me ha arrojado en los brazos de ese hombre que abandoné en el baile. ¡No me culpe Vd. á mí! ¡Yo soy inocente! ¡Hay una fuerza superior que me empuja; esa fuerza es la única culpable! Estaba abatida y había palidecido horriblemente! Yo, sin poder dominarme más, veía el instante en que iba á estallar en sollozos. Aquella escena me estaba matando. Sin embargo, tuve aún fuerzas para reir con sarcasmo, mientras decía: — Y hasta ahora no has contestado á mi pregunta, que es lo que más me interesa ¿quieres ó nó, ser mi querida? Dejó caer su bella cabeza sobre el pecho y permaneció silenciosa algunos instantes; luego, al levantarla, ví que su palidez había desaparecido. El rostro de Laura, cubierto de rubor, mostraba sobre su tez de terciopelo las huellas de una lágrima.... — Es Vd. cruel, muy cruel, murmuró sollozante. Pero es Vd. cruel con cierta justícia... Yo lo he engañado, me he burlado de su amor, haciéndole esperar la felicidad, cuando al lado mío solo hallaría un cúmulo de pesares... Al parecer, he tratado de mostrarme como no era, vestida con galas que no me pertenecían: con la inocencia, el pudor, la ignorancia del mal, la pureza de alma y cuerpo... Y sin embagro, no he mentido: á través de todas mis liviandades, de todas mis pasiones, he pasado sin mancharme el ropaje blanco y puro... ¡Mi alma se conserva como el primer dia, límpia de todo pecado; mi cuerpo desfalleciente, ha rodado muchas veces por el fango, pero mi espíritu es todavía digno de elevarse al cielo!... Hizo una larga pausa; luego prosiguió: — Me cuento en esa raza maldecida de mujeres que, empujadas por el instinto, por la fuerza de la carne, pertenecen á todos, ruedan en el mundo empujadas por todas sus pasiones, y caen por fin para no levantarse más, en los centros que la civilización ha creado para saciar sus apetitos, centros vilipendiados después por los mismos que cooperan á formarlos!... Una enfermedad, un defecto de organización, me lleva hácia ese extremo... Creí encontrar en Vd. una tabla de salvación, á la que me aferré desesperada, soñando con la costa apetecida... ¡Rodemos hasta su fondo, en fin!... Pero sepa Vd. que, al despreciarme, desprecia al Dios que me hizo defectuosa, como se desprecia al artífice ó al artista que no ha sabido ejecutar perfecta su obra!... ¡Que mi caida continúe!... Quizás Vd. se arrepienta alguna vez de haberme abandonado en la pendiente!.... Yo sentía cierto temor al escucharla. Hablaba, como presa de la fiebre, con acentos de inspirada. Sin embargo, llegué á dominar esa extraña emoción, volviendo á darle el golpe que tanto la hería. — ¡Vamos! ¡vamos! dije. Abandona el lirismo de una vez para siempre. ¿Es imposible pedirte una contestación categórica sin que te niegues á darla? ¡Una eternidad hace que te dirijo la misma pregunta! ¿Quieres ser mi querida? Desde aquel instante enmudeció. Ví que sus ojos se llenaban de lágrimas. Llamé al mozo que nos había servido y pagué la cena. Luego, ofreciendo el brazo á Laura: — Vamos, la dije. Te acompañare hasta tu casa; luego me contestarás. Bajó la vista, tomó mi brazo sin mirarme, y salimos. VIII Te he contado muy rápidamente esa escena, en la que apuré todos los tormentos imajinables. ¡Aún hoy me duele recordarla; tanto sufrí aquella noche!... Y con razón: había asistido al derrumbe de todas mis ilusiones, con el rostro alegre y el corazón henchido de lágrimas; había, por placer, ido rompiendo una á una las fibras de mi pecho; había revuelto con mi propia mano el filoso puñal, en la herida horrible y sangrienta... Estas grandes pruebas retemplan el espíritu, es verdad; pero hacen sufrir demasiado... y luego ¡tardan tanto en producir sus frutos! .... Desde aquella noche en que por primera vez me puse la careta, la he conservado cubriéndome el rostro durante un año entero. ¡Aquel año de locura en que juntos rodamos por el lodo, entre mujeres infames y hombres abyectos, respirando una atmósfera saturada por el hálito de todos los viciosos, de todos los seres débiles y desgraciados que esperan hallar alivio á sus pesares en medio de la degradación!.... ¡Eso es lo que nunca perdonare á Laura; eso es lo que nunca me perdonaré á mi mismo! ..... ¡Noche terrible fué aquella! Escuchaste de mi boca las palabras de esa mujer. Estúdialas, y dime si puede llegar á más alto grado el cinismo en una joven que apenas ha pisado los umbrales de la vida, cuyo corazón debía haberse apenas abierto á las pasiones, ¡Y ya abyecta, ya cínica! .... Tú te dices desgraciado, porque Enriqueta te niega su cariño. ¡Y yo, que habia visto en Laura todo lo contrario de lo que soñaba, que la quería con toda el alma, que iba á hacerla mi esposa, y me hallaba de pronto con una mujer prostituida, donde creí encontrar un ángel puro y casto, con un mónstruo, donde creí encontrar un portento de bondad y de pureza! .... Porque aquella vindicación de que me hablaba, era un nuevo escárnio hecho á mi corazón herido .... ¡Oh! Puede ser que su alma haya sido pura, que sea verdad que su organismo la impelía al vicio. ¿Pero acaso podía yo creerlo? ¿Acaso podía perdonarla? ¡Por que siempre la impureza del cuerpo trae consigo la impureza del espíritu!... ¡Que me importa que fuera enferma!... Cuando tomamos una fruta hermosa y bien sazonada al parecer, y al partirla encontramos su carne roida por los asquerosos gusanos ¿nos atrevemos á tomarla, acaso? ¿no la arrojamos con disgusto, sin averiguar la causa de su repugnante estado? Y nadie, nadie, nos echa en cara ese abandono, ni aunque la fruta se haya contaminado con un motivo justo .... ¡Lo propio debía sucederme con aquella mujer! .... Perdona si me exalto demasiado. Apesar de que todo pasó, me parece sufrir aún, como durante aquella noche, la primera de un Carnaval que duró tres dias, y de otro que duró un año... Después... ¡puede tanto la imaginación! ... IX Pocos pasos habíamos dado desde que salimos del café. Laura se había repuesto de su sobre exitación, y caminaba erguida, sin dirijirme una palabra... Comprendía que ya no le era posible convencerme, y no lo pretendió. De pronto el joven del dominó blanco, que salía de la Opera, reconoció á Laura y se colocó delante de nosotros. — ¡Detengase Vd! me gritó con enojo. — ¿Con qué objeto? pregunté. — Con el de que me entregue esa mujer, si no quiere... y no terminó su amenaza con la voz sino con el ademán. — Esta no es mujer, dije, impasible. Creyó que le oponía resistencia, y sacó un revólver, con el que me apuntó al pecho. Numerosas personas nos rodeaban. — ¡Devuélvame mi compañera, ó hago fuego! grito furioso. Sin inmutarme abandoné el brazo de Laura. -Él creyó que se la cedía, y dióme tiempo para que yo sacara mi revólver antes de que se apercibiese de ello. Y apuntándole también: — Cuide Vd. de no errar el tiro, dije friamente, porque sinó le anuncio que mi pulso estará demasiado certero, para que Vd. repita estas indignas escenas. Algunas de las personas que nos rodeaban se interpusieron. — En cuanto á esa, que llama Vd. mujer, añadí, puede, Vd. llevarla; se la cedo de buen grado; nunca lo hubiese hecho por fuerza... Por otra parte... no le arriendo la ganancia... ¡Divertirse!... Era el último bofetón; mi venganza estaba completa. Ignoro qué efecto produjo en Laura. Permanecía de pié, apoyada en la pared, temblando como una epiléptica, y horriblemente pálida; la luz de los faroles de la Ópera daba tintes extraños á su rostro. Lo que sigue ya lo sabes. Entré de nuevo en el vasto salon del baile, donde me hallaste á las dos de la mañana, con los ojos brillantes y tambaleándome como un ébrio. Pero - repetiré mis anteriores palabras - no estaba beodo porque no había bebido casi ... ¡en cambio sufría horriblemente!... En la bacanal busqué el olvido, que encontré á veces. Después el recuerdo de Laura se borró para siempre, sin que haya vuelto á evocarlo hasta ahora, para demostrarte que aún esos inmensos dolores se acaban con el tiempo. Si no quieres creerlo, vuelve á verme dentro de un año; para entonces ya te habrás convencido. No quiero hablarte de mis padecimientos, porque me sería imposible retratarlos con fidelidad. Cierra los ojos -como te he dicho ya una vez - suponte que te hallas en las mismas circunstancias, y tu imajinación te pintará, mejor de lo que yo puedo hacerlo, el estado de mi espíritu después de tan terrible golpe y durante el año más largo de mi vida ... X Armando permanecía silencioso. — ¿Y no te arrepentiste, como ella te lo anunciaba? pregunté. — Nunca. — ¿Volviste á verla? — Sí: ayer la encontré en la calle. — ¿Qué efecto te produjo su vista? — Repugnancia. — ¿Solo eso? Reflexionó un instante, diciendo por fin: — Solo eso, te aseguro. ¿Y sabes por qué? Porque con su falsía me hizo dudar de la muger, que es el ángel que nos consuela en los pesares de la vida. ¡Miserables seres que son una calumnia viviente de su sexo!... Hicimos una pausa; ambos reflexionábamos en lo mismo quizá. De pronto, como sacando una conclusión de mis pensamientos: — Sin embargo, yo no la olvidaré; dije. — ¿Por qué? me preguntó sonriente, y como si esperase mi contestación. — ¡Por que ella es digna de ser amada! murmuré suspirando.
Ilustración: Will McBride
Porque el primero en partir
funda la casa
de la infancia
y uno a uno
la vuelven a habitar:
las tías, los abuelos,
el oro de la madre,
el rojo sangre del padre,
los hermanos.
Y cuando parte el hombre
amado,
llega a su propia
casa de la infancia,
y se abraza a los suyos
a ese espacio donde
soñó/besó/vibró
pudo llorar.
Por eso, con paciencia,
ella espera que la mano del amor
tome la suya cuando
suene la hora de partir.
Para esa cita se prepara
se prueba flores
estrellas
en el pelo
ensaya el esplendor
de la hermosura.
Ilustración: Jacob Collins
El tiempo de la vida humana, un punto; su sustancia, fluyente; su sensación, turbia; la composición del conjunto del cuerpo, fácilmente corruptible; su alma, una peonza; su fortuna, difícil de predecir; su fama, indeterminada. En resumen: todo lo del cuerpo, un río; lo del alma, sueño y humo; la vida, una guerra y un exilio. ¿Qué puede, pues, servirnos de guía? Una sola y única cosa: la filosofía.
Ilustración: Kees Van Dongen
Una mujer joven alta sin sombrero
y en delantal
Detenida en la calle con el pelo
hacia atrás
La punta del pie enfundada en su
media rozando la acera
Y el zapato en la mano. Examina
atenta su interior
Y saca la plantilla de papel
para buscar el clavo
Que la lastimaba
Ilustración: Stanislav Grocholski
Han existido mujeres serenas de ojos claros,
infinitas y silenciosas como esa llanura
que atraviesa un río de agua pura.
Han existido mujeres con visos de oro,
rivales del estío y del fuego, semejantes a
trigales lascivos que no hieren la hoz
con sus dientes pero arden por dentro
con fuego sideral ante el cielo despojado.
Han existido mujeres tan leves
que una sola palabra, una sola,
las convirtió en esclavas. Y existieron otras,
de manos rojizas, que al tocar una frente
suavemente disiparon ideas terribles.
Y otras cuyas manos exangües y elásticas,
con giros lentos aparentaban insinuarse
creando una urdimbre rara y fina
en que las venas simulaban
hilos de vibración ultramarina.
Mujeres pálidas, marchitas, devastadas,
ardidas en el fuego amoroso
hasta lo más profundo de sí mismas,
consumido el rostro ardiente,
con la nariz agitada por el impulso
de inquietas aletas, con los labios abiertos
como yendo hacia las palabras pronunciadas,
con los párpados lívidos
como las corolas de las violetas.
Y todavía han existido otras y,
maravillosamente, yo las he conocido.
Ilustración: Svetlana Yartavoska
Se presenta un buen año de frutos silvestres: acerolas, uvas y zarzamoras. No es
que podamos vivir de ellos, pero son un encanto en medio de la tupida vegetación y
una alegría para los ojos.
Y muchas veces se anima uno al encontrarlos, cuando tiene sed y hambre.
En eso pensaba ayer tarde.
Ya sé que los tardíos frutos del otoño no madurarán antes de dos o tres meses.
Pero el campo da otras alegrías que los frutos. En primavera y en verano, los frutos
no son aún más que flores. Pero hay campánulas azules y tréboles puntiagudos,
bosques frondosos donde el viento no penetra, olor de árboles, calma. Desciende del
cielo un murmullo como de río lejano. Es el sonido más prolongado que existe para
medir el tiempo y la eternidad. A veces canta un zorzal. ¡Cómo se eleva su voz, Dios
mío! Al llegar a lo alto del agudo, hace de pronto un quiebro en su melodía, tan claro
y tan puro, que parece tallado en diamante.
A lo largo de las playas también existe la vida: el guillemote brincotea, y el
ostrero y la golondrina de mar. La aguzanieves va de caza y busca su alimento: con
el pico puntiagudo, distinguida y oscilante, se mueve a sacudidas; después se posa en
una rama, y también canta. Cuando el sol se ponga, acaso el somormujo entone sus
melancólicos hurras desde un apartado lago de la montaña. Es el final. Ya no queda
más que el grillo. No tiene ningún interés: se oculta a la vista y no sirve para nada.
Diríase que hace rechinar la resina.
Pensando en todo esto, saco en consecuencia que el verano tiene tantos encantos
para el vagabundo, que no hay razón para esperar el otoño.
Pero se me ocurre pensar que me refiero a estas cosas apacibles con palabras
serenas… como si nunca tuviera que llegar a sucesos violentos y peligrosos. Es una
habilidad que me enseñó un hombre en el hemisferio austral: Rug, el mexicano.
Alrededor de su inmenso sombrero refulgían diminutas lentejuelas de cobre.
Nunca lo olvidaré Pero lo que mejor recuerdo es la calma con que contó su primer
asesinato. «Tenía yo una buena amiga, llamada María —contaba Rug con aire
resignado—, y hay que decir, para que se comprenda mejor lo sucedido, que ella no
había cumplido aún los dieciséis años ni yo los diecinueve. Sus manitas eran tan
pequeñas que, cuando me tendía la diestra para saludarme o agradecerme algo, temía
se quedara deshecha entre mis dedos. Así era ella. El amo la recogió una noche en el
campo y la llevó a su casa para que le hiciera un zurcido. No había manera de
impedírselo. Por otra parte, apenas pasaba día sin que él la fuera a buscar al campo
para que cosiera en su casa. Así pasaron varias semanas; luego, todo se acabó. Siete
meses después murió María y la enterraron, y sus manitas chiquitinas también fueron
enterradas. Fui a encontrar a su hermano Inez, y le dije: “Mañana por la mañana, a las
seis, el amo parte para la ciudad a caballo y va solo”. “Lo sé —me contestó—;
podrías prestarme el rifle para matarle mañana”. “Lo utilizaré yo”, contesté. La
conversación giró en torno a otras cosas: a la cosecha y un gran pozo que acabábamos
de abrir. Al salir, descolgué el rifle y me lo llevé. Apenas había llegado al bosque,
Inez, que venía siguiéndome, me gritó que le esperase. Tras un rato de porfía, Inez
me quitó el rifle y volvió a su casa. Al día siguiente, por la mañana temprano yo
estaba en la barrera para abrir al amo. Inez también estaba allí, oculto entre la maleza.
Entonces le dije: “Empieza por largarte de aquí; no vayamos dos contra uno”. “Lleva
pistolas al cinto. Y tú ¿qué llevas?”, preguntó Inez. “¡Oh, nada! —contesté—. Una
plomada, que no hace ruido”. Inez contempló la plomada, reflexionó un instante, y
moviendo la cabeza, regresó a su casa. Entonces llegó el amo a caballo. Era canoso y
estaba muy envejecido: sesenta años, por lo menos. “¡Abre la barrera!”, ordenó. Pero
yo no abrí la barrera. Quizá creyendo que me había vuelto loco de repente. Me
descargó un latigazo. Fingí no darme por enterado y le obligué a echar pie a tierra y a
que abriese él mismo la barrera. Entonces le di el primer golpe que le alcanzó cerca
del ojo y le abrió un boquete. “¡Oh!”, exclamó, y se desplomó boca arriba. Le
descargué otros golpes hasta que lo rematé. Llevaba mucho dinero encima; tomé una
pequeña parte para las necesidades personales de mi viaje, monté a caballo y partí.
Inez estaba en pie junto a la puerta de su casa, cuando llegué. “En tres días y medio
estás en la frontera”, me dijo».
Así me contó Rug aquel suceso y, mientras lo contaba, me miraba a los ojos con
toda tranquilidad. No son asesinatos lo que propongo relatar, sino alegrías, y penas, y
amor. Y el amor es tan violento y peligroso como la pasión homicida. Esta mañana, al
vestirme, pensaba: «Ya verdean todos los bosques. Ya la nieve se funde en las
montañas; los rebaños encerrados en los establos quieren salir y en las casas de los
hombres las ventanas se abren de par en par». Entreabro yo mi camisa y dejo que el
viento acaricie mi piel y siento que el influjo de las estrellas y una turbulencia
desenfrenada se adueñan de mi alma. Es un momento como yo he vivido otros hace
muchos años, cuando era joven y más fogoso que hoy. Acaso exista en el Este o en el
Oeste, he pensado hoy, un bosque en que un viejo pueda sentirse tan feliz como un
joven. Hacia allí voy.
Alternan lluvia, sol y viento; he caminado ya durante muchos días; hace aún
demasiado frío para acostarse al aire libre durante la noche; pero encuentro
fácilmente refugio en las granjas. Alguien se asombra de que yo camine y camine sin
objeto; debe de tomarme por un personaje disfrazado que pretende ser original, como
Wergeland. Ese tal ignora mis proyectos, mi deseo de llegar a ciertos lugares
conocidos donde hay personas que quiero volver a ver. Pero no le falta sentido
común, y moviendo la cabeza, le doy a entender que no está del todo equivocado.
¡Una de las tonterías más corrientes en los hombres es la satisfacción de que alguien
nos tome por más de lo que somos! Pero la mujer y la hija salen en mi defensa y lo
acorralan con su charla cordial y vulgar: «No ha pedido limosna y ha pagado su
comida». Entonces me acobardo y apelo a la astucia: no contesto y dejo que el
hombre descargue contra mí nuevas acusaciones a las que tampoco replico. Y los tres,
almas sencillas, triunfamos del sentido común del hombre, que se ve obligado a
confesar que bromeaba. ¡Ya sabíamos que bromeaba! Permanecí en la granja un día y
una noche, engrasé mis zapatos con desusado esmero y repasé mi traje.
Pero el hombre concibió de pronto nuevas sospechas: «Al despedirte, darás a mi
hija una buena propina», dijo. Fingí que aquello no era cosa de mi incumbencia, y
pregunté riendo: «¿Usted cree?».
«Sí —me contestó—, y así nos convenceremos de que eres un personaje».
¡Qué antipático me era! Pero me hice el sordo a sus burlas y le pedí trabajo. «Me
gusta mucho el lugar —le dije—, y ya que me necesita, puede emplearme en lo que
quiera en esta época de trabajos penosos». «Lo que yo quiero es verte lejos —me
contestó—. Eres un loco».
Sin duda me había tomado ojeriza, y en aquel momento ninguna de las mujeres de
la granja estaba presente para defenderme. Lo miré de pies a cabeza, sin comprender
su conducta. Su mirada era firme, y tuve de pronto la impresión de no haber visto
jamás unos ojos tan inteligentes. Pero exageró su malquerencia, superándose a sí
mismo. «¿Cómo diremos que te llamas?», me preguntó. «No tienes por qué hablar de
mí», le contesté. «¿Un Eiber Sunt ambulante?», agregó él. Le seguí el humor y
contesté. «Sí, eso es». Pero el hombre se moría por sonsacarme algo y la lengua se le
desataba por momentos. «¡Qué lástima me da la señora Sunt!», exclamó. «Te
equivocas. No tengo señora». Y, sin más, me alejé; pero él, con una acometividad
afectada, gritó a mis espaldas:
«Eres tú quien se equivoca. Quise decir la madre que te echó al mundo».
Abajo, en la carretera, me volví y vi que el hombre era alcanzado y reconducido
por su mujer y por su hija.
Y pensé para mis adentros:
«No, no siempre camina sobre rosas el vagabundo».
En la granja vecina me dijeron que aquel hombre era un antiguo sargento furriel
que estuvo recluido algún tiempo en un manicomio, a causa de un pleito perdido ante
el Tribunal Supremo. En aquella primavera, la enfermedad volvió a apoderarse de él
y acaso mi llegada fue el último empujón que le hizo caer por la borda. ¡Pero, Dios
mío, qué muestras de lucidez, precisamente cuando la locura se cebaba en él! Lo
recuerdo de vez en cuando como una lección; es difícil conocer a los hombres y saber
quién está loco y quién está cuerdo.
¡Dios nos libre de ser adivinos!
Aquel día pasé por delante de una casa, en cuyo umbral se sentaba un joven
tocando la armónica. Nada tenía de músico; pero debía de ser un temperamento
alegre, puesto que tocaba para sí. Le saludé en silencio, llevándome la mano al gorro,
para no distraerle, y me detuve lejos. Sin hacerme el menor caso, siguió tocando la
armónica, y, cuando la apartó de sus labios para descansar, aproveché la ocasión para
toser.
—¿Eres tú, Ingeborg? —preguntó.
Creí que hablaba a una mujer que estaría detrás de él en la casa, y no contesté.
—¿Qué haces ahí parada?
Pregunté desconcertado:
—¿Yo? ¿No me ves, pues?
No contestó.
Hizo algunos movimientos tanteando a su alrededor, y comprendí que era ciego.
—Sigue tranquilamente sentado. No te asustes por mí —le dije.
Y me senté a su lado.
Hablamos de muchas cosas. Tenía dieciocho años, estaba ciego desde los catorce,
era corpulento y fuerte, y sombreaba su rostro una barba incipiente. «A Dios gracias
—dijo—, tenía buena salud». «Pero ¿y la vista? —le pregunté—. ¿Se acordaba aún
del aspecto que tenía el mundo?». «¡Oh, por aquella época!». En resumen, estaba
satisfecho y alegre. Aquella misma primavera iría a casa de un profesor de Cristianía
para que le operasen; recobraría la vista; en todo caso, lo necesario para poder andar.
Esto sería fácil. Sus facultades eran muy limitadas; debía de consumir mucho
alimento, a juzgar por su gordura y su vigor bestial. Pero diríase que había en él algo
de malsano, algo de idiota; la resignación con su suerte parecía demasiado absurda.
«Tal plenitud de esperanza presupone cierta tontería —pensaba yo—. Hay que ser
algo imbécil para estar siempre satisfecho de la vida y esperar por añadidura algo
bueno y nuevo».
Pero yo estaba dispuesto a aprender un poco de todo en mis peregrinaciones: aun
aquel desgraciado, sentado ante el umbral, me iluminó respecto de una particularidad
al parecer insignificante.
¿Cómo pudo confundirme con Ingeborg, la mujer a quien llamó? Debí de llegar
muy silenciosamente, me había olvidado de conducirme como lo que era, y además
mis zapatos eran demasiado ligeros.
Estaba echado a perder por las prácticas delicadas a que me había entregado
durante tantos años; tenía que ejercitarme en los trabajos duros si quería volver a ser
un campesino.
Faltaban tres días para llegar a donde mi curiosidad se había propuesto: a
Oevreboe, a casa del capitán Falkenberg. Era el momento oportuno para pedir
trabajo: se trataba de una gran propiedad y en tiempo de primavera no faltaban
trabajos que realizar.
Seis años hacía que estuve allí, y varias semanas que me dejaba crecer la barba
para que nadie me reconociese.
Estábamos a mitad de semana y quería llegar el sábado por la noche.
Así me permitiría el capitán pasar provisionalmente el domingo y reflexionar
sobre mi petición: el lunes me diría sí o no.
Lo curioso era que no experimentaba impaciencia alguna ante lo que me
esperaba. No, ninguna inquietud.
Iba paseando muy despacio, de granja en granja, entre bosques y prados. Pensaba
en mi interior: «¡Y, sin embargo, en ese mismo Oevreboe viví en otro tiempo algunas
semanas ricas de emociones; allí llegué a estar enamorado de la señora, de la señora
Luisa!». ¡Sí, lo estuve! Sus cabellos eran rubios y sus ojos de un gris oscuro; parecía
una muchacha. Hace seis años de esto, ¡cuánto tiempo! ¿Habrá cambiado mucho? A
mí el tiempo me ha consumido, me ha vuelto tonto, indolente e indiferente: ahora
miro a una mujer como si fuese literatura. Es el fin. Bueno, ¿y qué? Todo ha de tener
su fin. Al principio de esta frase, experimentaba el sentimiento de haber perdido algo;
como si me hubiera pasado rozando un carterista.
Y me puse a examinar si podría soportarme a mí mismo después de esto, si
realmente podía sostenerme.
¡Oh, sí! Ya no era como antes. Todo había pasado sin ruido, tranquila, pero
seguramente. Todo ha de tener su fin.
En la vejez, no se vive la vida; sólo nos mantenemos de pie por los recuerdos.
Somos como cartas que se han expedido: no estamos ya en circulación, hemos
llegado al destinatario. Queda por saber si nuestro contenido ha desencadenado
tempestades de alegrías y de penas o si no hemos dejado impresión alguna. ¡Gracias a
la existencia que se vivió alegremente!
La mujer es tal como la han descrito todos los sabios: infinitamente mediocre en
sus facultades, pero rica en irresponsabilidad, en vanidad, en ligereza.
Tiene mucho del niño, excepto la inocencia.
Me detengo cerca del poste donde se bifurca el camino para subir a Oevreboe. No
me agita ninguna emoción.
La claridad del día se extiende por prados y por bosques, acá y allá, en los
campos, se ara la tierra y se rastrilla; todo se hace suavemente, casi sin moverse; es
cerca del mediodía, y el sol quema.
Voy más allá del poste, para ganar algo de tiempo antes de llegar a la granja.
Cerca de una hora me entretengo por el bosque y vago un poco entre los arbustos en
flor y aspiro el perfume de las tiernas hojas verdes. Bandadas de zorzales persiguen
por el cielo a una corneja y hacen un ruido del demonio; es como una cencerrada
de castañuelas que tocasen a destiempo. Me tiendo boca arriba, con el saco bajo la
cabeza y me duermo.
Al cabo de un rato, me despierto y me dirijo al labrador más próximo: deseo
informarme un poco de los Falkenberg, en Oevreboe; si viven aún, si todo marcha
bien en la hacienda. Me encuentro ante un hombre que me da respuestas
circunspectas.
Allí está, lleno de astucia, con los ojos pequeños, y dice: «Falta saber si el capitán
está en casa». «¿Suele ausentarse?». «No, debe de estar en casa». «¿Ha hecho ya las
labores de primavera?». El hombre sonríe. «¡Oh, no! No debe de haberlas hecho».
«¿Tiene bastante gente?». «Esto sí que no lo sé. ¡Oh! Sin duda. Y las labores están
hechas. Por lo menos, el estiércol está acarreado. Sí, ya lo creo».
Después el hombre arrea los caballos dando un chasquido con la lengua y
continúa arando y yo le sigo. No puede sacarse de él gran partido. Apenas se paran
los caballos para respirar, le arranco hábilmente nuevas contradicciones sobre la
gente de Oevreboe: el capitán pasaba casi todos los veranos en el campo de
instrucción, y la señora se quedaba sola. ¡Oh! Tenía siempre forasteros en casa, claro;
pero el capitán estaba ausente.
Sin duda, se encontraba mejor en casa, desde luego; pero tenía la obligación de ir
al campo de instrucción. No, no tenían hijos todavía, y no parecía que ella hubiera de
tenerlos. «Pero ¿qué digo? Aún puede tener muchos hijos, un montón, ya lo creo.
¡Arre, caballo!».
Labramos y respiramos de nuevo. No quería llegar a Oevreboe como un
aguafiestas, y pregunté al hombre si había aquel día reunión de forasteros en casa del
capitán. Creía que no. Sin embargo, podría suceder que hubiese reunión. Y música, y
pianos, e invitados; en aquella época, siempre los había; pero… Los Capitanes eran
gente «chic», no tenían dificultades, les sobraban recursos, con la riqueza y el
esplendor que había en su casa.
Aquel labrador era un suplicio. Quise entonces saber algo referente al otro
Falkenberg, mi antiguo compañero en la tala de árboles, aquel que afinaba los pianos
en un periquete. Lars Falkenberg. Los informes fueron en este caso más precisos.
¿Lars?
Sí, estaba allí.
Podía creer que conocía a Lars.
Había dejado de servir en Oevreboe, pero el capitán le había cedido un pedazo de
tierra labrantía que le producía lo bastante para vivir; se había casado con Emma, la
criada, y tenía dos hijos. Era gente activa y laboriosa, que mantenía ya dos vacas en
su pequeña propiedad.
Al llegar aquí, acabó el surco y el hombre hizo dar la vuelta a sus caballos.
Entonces me despedí, y me alejé. En el patio de Oevreboe reconocí todas las
dependencias; pero la pintura estaba muy gastada.
El asta de la bandera que ayudé a levantar seis años antes, aún estaba en su
puesto; pero observé que no tenía cuerda y que la bola de arriba se había
resquebrajado.
Había llegado al punto de destino. Eran las cuatro de la tarde del 26 de abril.
Los viejos conservan el recuerdo de las fechas.
Ilustración: Guy Pene du Bois
12
Mendoza miraba
la costa, tierra adentro, adonde se habían llevado a Altea más de una semana
antes. El cabo Domínguez lo había perseguido con la mirada los dos primeros
días, luego había estado dando vueltas alrededor cuando lo veía desocupado,
alternando un saludo con algún comentario trivial. Después, se presentó una
tarde en su despacho y le había preguntado cuándo zarparían para continuar con
los compromisos comerciales. El capitán le había dicho:
- ¿A usted le parece que puedo seguir
viaje antes de que vuelva la señora Altea?
Domínguez no hizo más que callarse la
boca. ¿Quién era ese cabo, se preguntó muchas veces Mendoza, detrás de la
humilde sumisión con que se protegía? Lo había visto observar a la tripulación
y al barco como si tomara notas con los ojos, y escribiera de memoria en su
camarote en algún cuaderno ajado que escondía bajo el uniforme. Lo había visto
leer los libros que Natacha le traía, lo escuchó hablar de historia y de
política, y en alguna ocasión lo oyó enzarzarse en una discusión con Iribarne
sobre España y sus colonias. Fue la única vez cuando lo vio levantar la voz y
acalorarse. Observó el gesto de satisfacción de Iribarne al provocarlo, y la
admiración que había producido en Natacha. Hasta el chico Ruiz se había sentado
durante todo el tiempo que duró la discusión atenta a cada palabra y gesto del
cabo.
Domínguez sacó un papel del bolsillo y lo
extendió al capitán. Era un telegrama del gobernador. Ya sabía que el cabo era
un esbirro de Farías, pero no esperaba que se mantuvieran tan cuidadosamente
comunicados.
- ¿Y para qué me muestra esto? Con
decirme que Farías manda esto o aquello…-La ironía nunca caía bien en el gesto
de Mendoza, pero siguió porque necesitaba desahogarse - ¿No será usted algún
pariente del gobernador, porque me parece raro que en sus filas tenga a alguien
tan…cómo podría decirle…tan culto, tal vez? Es usted un hombre educado, cabo, y
si continúa en ese rango no es porque no lo hayan querido ascender, sino porque
sirve más de esta forma.
Domínguez lo observaba a los ojos mientras
la sombra velada del atardecer aparecía desde atrás de los muebles y las
cortinas. El rostro del cabo era ahora severo, y parecía un escritor de esos
cuyos grabados se ven al principio de los libros de filosofía o historia del
siglo 17 o 18.
-En realidad, capitán, soy un protegido
del gobernador. Nací prácticamente huérfano en Posadas. Mi madre murió de
puérpera unos días después de mi alumbramiento, y mi padre, quién sabe, dicen
por ahí que fue un jesuita, de los pocos que quedaban por acá. A lo mejor, ya
ni siquiera era un cura porque la orden había sido prohibida en todo el mundo,
como ya sabe. Era un hombre, solamente, y mi madre, quién sabe…El gobernador
dijo que era medio india, pero una vieja dice haberla conocido y me contó que
era uruguaya, de una familia acomodada, qué sé yo, durante el sitio de
Montevideo. El señor gobernador me mandó a estudiar a Córdoba, leyes y
teología. Estuve en Buenos Aires recibiendo clases de Gutiérrez sobre historia
y literatura. Cuando me vine de vuelta a Posadas, el gobernador me agarró de
los hombros y me dijo: “Muchacho, no te puedo tener a mi servicio, ya sos
demasiado inteligente para servirme”.
El capitán Mendoza no pudo evitar una sonrisa.
- ¿Y
por qué le sirve de espía, entonces?
- ¡Qué
sé yo! A lo mejor mientras más se sabe más se duda. Una cosa es saber y otra
aprender. Ya me di cuenta de que se aprende en la vida y no en los claustros.
- ¿Y está dispuesto a arrestarme, o hasta
ejecutarme, como dice acá, si me resisto? Disculpemé, cabo, pero no lo veo a
usted como un militar muy avezado. Y es raro que Farías lo haya mandado con una
orden tan terminante.
-Mi trabajo era mantenerlo a usted dentro
del río, capitán. Un disparo es una advertencia. Tengo experiencia de caza,
capitán, y ya le demostré mi puntería cuando pasó lo de Iribarne.
- ¿Pero está dispuesto a ejecutarme? No
es lo que los Oro o los Funes le enseñaron…
Domínguez
se rio.
- ¿De
qué se ríe, cabo? - Mendoza quería aparentar enojado para ocultar su inquietud.
-Es que, bueno, capitán, se dice desde hace
tiempo que Funes fue uno de los que traicionó a Liniers y a los otros que
fusilaron en Córdoba.
El cabo tomó su arma que hasta entonces
tenía en bandolera y presentó armas frente al capitán Mendoza, quien intentaba
escrutar en cada acto de ese hombre que era una mezcla de muchos hombres, el
cura sabiondo y el militar corrompido, especialmente. Pero a la vez no era
ninguno de los dos. Había dicho, un momento antes, que se aprende en la vida, y
el cabo, además de observar, actuaba.
Se despidieron esa tarde, casi anochecida,
en una despedida de silencio que implicaba conformidad. El capitán en su barco,
el barco en el río, y el río que continuaba ya no como el Paraná, sino como Paranaiba.
Hacia el este estaba la confluencia del Río Grande, pero los negocios que había
contratado estaban del otro lado, el oeste más oculto y propicio para los
tratos de Farías, que parecía extender su influencia cada vez más. Y había
demostrado una inteligencia mayor a la que cualquiera esperara al conocerlo, al
no mandar asesinos o ejércitos sino hombres diestros. Un abogado con aires de
santurrón y un fusil en las manos le era más útil, sin duda. ¿Estaba él
dispuesto a obedecerlo, o a arriesgarse a ser fusilado sin que nadie lo
extrañara ni reclamase por su muerte?
Pero antes de la de visita del cabo, lo
había mantenido en un estado de irritación la presencia constante de Iribarne.
Iba y venía por la cubierta con el chico en brazos. Aún no le había puesto
nombre porque se esperaba que lo hiciera la madre cuando regresara. Pero José
no demostraba impaciencia por Altea, sino por algo que parecía llamarlo desde
el norte, hacia donde llevaba su mirada cuando estaba distraído y con el bebé
en brazos. Por más que fuese su sobrino, se dijo Mendoza, no comprendía esa
ansiedad que le veía en la cara, en los gestos del cuerpo cuando sostenía al
chico, y en los movimientos de las manos cuando lo mecían o le daba leche de
cabra con una tetina de tela.
-El tiempo está espléndido por esta zona-
dijo Iribarne una tarde, sentado en la mecedora que había estado en la
habitación de Altea y que sacó para dormir al bebé al calor de la siesta.
Natacha y Carmen habían reclamado el cuidado del recién nacido, pero más allá
de cambiarle los pañales o bañarlo, Iribarne se había apropiado casi todo el
tiempo de él. De noche dormía en su camarote, en una cuna junto a la cama. Carmen
se encargó de que todos supieran que lo había escuchado hablarle al chico, a
veces canciones de cuna, otras oraciones católicas en latín, otras, quién
sabe…Todo le parecía raro, y había desistido de entrometerse. Por esos mismos
días había ya tomado la decisión de dejar el barco.
-Capitán, si ya no me necesitan, quiero
irme…
- ¿Y va
a volver a las suyas?
Carmen se rio, y la carne que escondía bajo el
vestido y que tanto había dado que hablar tiempo antes, se agitó con su risa.
- ¡Ya estoy vieja para eso, y muchas pestes me
pesqué de ustedes, dicho de paso! Me refiero a los hombres en general, capitán...
-Desvió la mirada, y alguien que no la conociera podría haber visto algo de
rubor en sus mejillas.
-Es que tengo primas y primos por acá en
Brasil. Es cuestión de buscarlos, y mientras, ya me arreglaré.
-Es usted libre, Carmen.
Quiso
continuar, y como no podía la mujer lo ayudó.
-Nada de eso, capitán, nada de
sentimentalismos. Necesito sentirme útil, sino siento que se me acaba la vida.
Incluso siendo una puta…ya sabe lo que quiero decir…la sonrisa de un hombre en
esos momentos es algo difícil de olvidar. Lo que ustedes nos dicen casi siempre
son pavadas, y lo que hacen y construyen es admirable, porque lo hacen con el
sentimiento transformado. Son ingenieros del cielo, ustedes, y cuando lo ven
realizado, tienen una mirada de éxtasis absoluto. Convierten el sentimiento en
pensamiento, y ese pensamiento entonces es casi celestial.
En eso pensaba cuando se encontró con
Iribarne una tarde sobre cubierta. Tenían la vista puesta sobre el noreste,
sobre el Paranaiba.
- ¿Cuándo cree que retomemos camino,
capitán?
-Ya le dije que cuando Altea regrese.
José estaba seguro de que no regresaría,
y probablemente Mara tampoco. Tenía que volver a España, y en estas latitudes
era más práctico llegar lo más que pudiese al norte y la costa del Atlántico.
Se levantó de la mecedora y se acercó al capitán, que miraba la costa con los
brazos apoyados en la baranda, una bota metida entre las maderas, y fumando una
pipa que tal vez había pertenecido a su padre o alguno de los otros famosos
Hurtado de Mendoza.
-No veo el motivo de que se comporte como
un marido preocupado, capitán. Usted ya tiene una mujer, y Altea no es su
esposa, ni este chico es suyo.
Mendoza tranquilamente vació la pipa
haciéndola percutir en la baranda, la metió en su estuche y guardó éste en un
bolsillo.
-Yo creo que tampoco suyo.
Iribarne sostenía al bebé dormido con
ambas manos, pero desprendió una para secarse el sudor de la frente y se limpió
en los pantalones. Ahora sonreía con sorna.
-No me haga hablar, capitán, porque nos
iremos a las manos.
-Si se escuda con un bebé seguramente que
no…
Iribarne se dio vuelta para dejar al chico
en la mecedora.
-Ahora nada se interpone...-Apenas lo
dijo, Mendoza le dio un puñetazo que lo derribó al piso. Hacía mucho tiempo que
tenía ganas de hacerlo. Algunos hombres habían visto pero no se acercaron.
Iribarne se secó la sangre del labio e
intentó parase con dificultad, todavía le dolía la pierna. Cuando estuvo de
pie, dijo, levantando las manos:
-Está bien, usted gana la pelea, pero
déjeme hacerle saber que en ese chico corre sangre mía, capitán. Ese chico me
pertenece por derecho, y sin su madre…
Mendoza lo agarró de la ropa.
- ¿Y usted qué sabe?
-Lo mismo que usted, querido, si tuviese
tanto valor de mirarse a sí mismo como el que tiene al enfrentarme.
Mendoza lo soltó y vio al cabo observando
todo desde lejos, casi desde la otra punta del barco. El chico Ruiz estaba con
él, y el perro Max.
Finalmente, los dos, Domínguez e Iribarne
lo convencieron a retomar el camino hacia el Paranaiba. Mientras daba la orden,
no sabía si eran su boca y su voz las que pronunciaban las palabras, sino algo
más que llamaría fatalidad si no fuese católico, o culpa si seguía las
creencias en las que había sido formado. En el norte está el principio, y en el
principio las causas. Buscando los motivos de las cosas, exploramos hacia la
profundidad, pero no es el sur adonde llegamos, sino al norte: el hueco oscuro
del cráneo lleno de anfractuosidades, como lo había visto en los libros de
anatomía en la biblioteca de Aurora Valverde. Le había hablado de grietas y
canales por donde pasan nervios y arterias, de fracturas que parecían haber
estado desde el inicio del hombre, como si el cerebro humano fuese un mar
sometido a inagotables torbellinos de viento, formando esas playas de huesos
como rocas deformes. Y entre todos ellos el os
sphenoidale igual a un pájaro de alas petrificadas que ha encontrado una
única manera de levantar vuelo: creando un espacio vacío por donde hacer pasar
todo lo creado. Y con ese fermento, emprender el vuelo hacia las zonas
profundas donde ya no haya huesos ni sangre, sino el sepulcro del olvido.
*
El Paranaiba era
estrecho, y era muy probable que encallaran. Sin embargo, luego de mantener la
guardia las veinticuatro horas, comprobaron que el cauce era suficientemente
profundo para el “Juan Manuel”. Durante varias noches, mientras acompañaba la
vigilia de sus hombres, y esperando sentir en cualquier momento el roce de una
roca o el sordo freno de un banco de arena, o quizá el detritus de troncos y
ramas que se acumulaban en todo río de corrientes lentas, pensaba si valía la
pena lo que estaba haciendo. ¿Pero acaso era ese viaje una obligación contraída
por la extorsión de Farías, o no era ya su objetivo desde que había comprado el
barco? Había sabido, desde Buenos Aires, que la empresa no sería fácil, que
encontraría escollos en cada kilómetro del recorrido, que no podría conocer la
realidad del río antes de haber hecho el recorrido completo, que encontraría
desastres naturales, que habría negocios que no podría cumplir. Y allí estaba,
en Brasil, con el barco casi intacto. No eran el dinero ni el éxito de los
negocios lo que lo había impulsado, esas eran excusas.
El barco ascendía hacia el norte a lo
largo de uno de los ríos más extensos del mundo, lleno de infructuosidades, de
recovecos, de múltiples climas, costas, pueblos y gente. Pero el capitán y su
barco estaban intactos, por lo menos a la vista de aquellos que los veían pasar
desde las riberas empobrecidas. Un velero francés con una gran chimenea a
vapor, una especie de monstruo que no pertenecía a ninguna época, sino a una
peculiar transición, como el otoño que recientemente habían dejado atrás. Y el
invierno al que habían entrado era más caluroso que aquel. El sol refulgía en
los metales de las escotillas y la chimenea, y la madera de cubierta lucía
pulcramente brillante y limpia. Los hombres habían aprendido, por fin, lo que
él deseaba, y ellos deseaban, ahora, lo mismo. Sin mujeres, ellos eran los
dueños de casa. El barco era únicamente suyo. Con excepción de la mujer del
capitán, que se había eclipsado, encerrada en su camarote, dedicada a su culto
por el hijo muerto, o a rezar a los fantasmas que veía en los rincones del
barco.
Mendoza extendió los mapas sobre el
escritorio frente al timonel. Aníbal Molina había crecido en estatura y
experiencia. El cargo que ocupaba desde la muerte de Márquez no le había
quedado grande. De pronto, luego de vacilar al principio varios días, se había
vuelto inquieto y atento a todo lo que pasaba. Ahora tenía los ojos puestos en
la guardia de proa, los oídos desdoblados para sorprender cualquier ruido bajo
quilla o cualquier indicación del capitán, que a sus espaldas consultaba la
cartografía que él recién estaba comenzando a entender.
Era de noche, pero la luna era grande y
la luminosidad dejaba ver cualquier escollo que pudiera interponerse en el
camino. La luz de la luna penetraba las aguas y se perdía hasta morir. Y fue
esa noche cuando escucharon los primeros cañoneos. Ambos levantaron las cabezas
y miraron a los guardias, que señalaban hacia la costa del Brasil. Destellos de
luz aparecían unos segundos antes de escucharse el cañoneo. Era una
conversación monótona: disparaban de un lado, desde el sudeste, y respondían
desde el noroeste luego de un rato. Parecían dos enemigos que cumplían una
rutina, o dos amigos que se contestaban con pereza.
Apareció Domínguez con el rifle bajo el
brazo.
- ¿Sabe algo de eso, cabo? -preguntó
Mendoza.
-Son los rebeldes, no se rinden desde la
asunción de la República.
El capitán agarró los binoculares y
exploró la costa.
-Se ven soldados a la luz de la pólvora,
parecen republicanos.
- ¿Muchos?
Mendoza notó preocupación en la voz del
cabo.
-No puedo saberlo desde acá, pero se
mueven con rapidez hacia el sudeste.
Fue recorriendo la costa, sentía la
ansiedad de Domínguez para que le cediera los binoculares. Tal vez pudiera
utilizar esa ansiedad para sonsacarle más de lo que ya había dicho. El cabo era
una cebolla con incontables capas. O una caja de Pandora.
Cuando dejó los binoculares, Domínguez
estaba mirando el mapa y señalaba un recorrido con un dedo a lo largo del río.
Tenía un lápiz y marcaba un itinerario que no representaba más de cinco
kilómetros.
- ¿Hay algún negocio del que no esté enterado?
-preguntó Mendoza.
-A estas latitudes, capitán, ya se habrá
dado cuenta que no podemos avanzar más. El río termina, o nace en realidad, en
grandes lagunas que cambian todos los años. Usted no conoce mucho por estos
pagos, pero yo conozco todo esto desde que era chico.
- ¿Y para qué me obligó a venir hasta acá
a riesgo de encallar? Si era por el dinero, mire que todavía tenemos que
encontrarnos con unos negreros de Bom Jesús. - Pensó en Tomasa, y era mejor que
se hubiera muerto antes de escucharlo ahora.
-Porque en realidad no es necesario que
lleguemos a la ciudad. En la costa podemos encontrarnos con los pasajeros.
- ¿Pasajeros a dónde?
-A seis kilómetros sobre la costa
brasileña nos espera un bote con una pasajera. Es una misión diplomática,
capitán, aunque no oficial.
Otra capa descubierta, se dijo Mendoza.
Farías y su hermano en Buenos Aires eran partidarios del imperio, eso decían en
todas partes. Y aunque era seguro que el gobierno de Buenos Aires los apoyaba,
no podía aprobarlo oficialmente. Las tramoyas con el Imperio durante y después
de la guerra eran más complejas que un juego de ajedrez, y los argentinos
siempre reclamaban la honra después de perder la dignidad.
-Así que esa siempre fue su misión al
acompañarnos-dijo Mendoza-. Rescatar a algún miembro de la familia de Don
Pedro, ¿no es cierto?
-Lo que ellos hagan no nos interesa, sólo
son favores diplomáticos que se devuelven.
- ¡Pero la puta madre que lo parió,
Domínguez! ¡Hable sin rodeos de una buena vez!
La
voz del capitán había sonado tan fuerte como el golpe sobre la mesa. Los
guardias miraron desde la proa, Molina escuchaba sin dejar de vigilar la
superficie del río.
-La quieren ayudar a recuperar el trono,
a Isabel, la hija mayor. Dicen que no está segura y quieren llevara a Portugal.
Desde allá, quién sabe…
- ¿Y debemos llevarla a Buenos Aires?
-Eso es, capitán. Pero nadie debe saberlo,
por supuesto.
-Bueno, supongo que el Imperio es
suficientemente rico como para pagarnos este favor. ¿O yo sigo con el yugo al
cuello y debo convertir a mi barco gratuitamente en una carroza imperial?
-Nada es gratuito, capitán. Lo que dijo el
gobernador sigue en pie. No hace falta que entregue nada de lo que ganó, pero
debe llevarnos a Buenos Aires.
Los
cañonazos volvieron a sonar durante el resto de la noche. A veces más fuertes y
seguidos, otras como toses de perros.
Al amanecer todos seguían en sus puestos.
Mendoza estaba parado con los brazos cruzados, pero los ojos se le cerraban.
Molina, como atado al timón, no relajaba su voluntad. Su cuerpo se había hecho
tan resistente como ella. Se había dejado la barba más larga, porque lo hacía
sentirse más capitán que timonel, se había sacado la camisa y exponía su pecho
y los músculos de sus brazos porque así se sentía más seguro de sí mismo. Sus ojos,
sin embargo, estaban cansados. Los guardias eran otros ya al comenzar la
mañana.
Les llevaron la comida del mediodía. Apartaron
las cartas, los compases y brújulas. Pusieron los platos sobre la mesa y se
sentaron en cajones. Comieron en silencio hasta que apareció Iribarne con
Bernardo. Habían intentado que el chico no estuviera todo el tiempo con ellos,
pero qué otra cosa podía hacer. No había más niños y a veces se cansaba de
jugar con el perro, o Max lo dejaba y se acostaba en un rincón sin hacerle
caso.
- ¿Son esos lo putos brasileños que se
pelean entre ellos? -preguntó José.
Mendoza asintió con la cabeza.
-
¿Tenemos negocios con los monárquicos, no es cierto?
Como
no le respondieron, se dio por afirmado.
-Me imaginaba. ¿Y cuál será nuestro rumbo,
capitán? ¿Volver a Buenos Aires? Yo me bajo en el próximo puerto, le aviso.
-Mejor para todos, Iribarne-dijo Mendoza.
- ¿Y qué va a hacer? -. La pregunta de
Domínguez, como siempre, parecía casual.
-No sé qué le puede importar a usted,
querido-dijo Iribarne, señalándose la pierna. Pero no podía dejar de jactarse
frente al tipo que lo había disparado, y siguió diciendo: - Tengo muchos
conocidos, negociantes en todos los ramos, ya ustedes saben, me imagino. Tal
vez puede sacar unos cuantos reales.
-Con su labia tal vez les venda a unos
los que les compró a los otros. De negocios sabemos todos, Iribarne, desde el
Gobierno hasta el último peón.
Mendoza
hablaba sin soltar el tenedor, moviendo la mano en cada énfasis. Mirando luego
a Domínguez, le dijo:
-No se preocupe, cabo, este hombre es un
camaleón. Para él tomar partido es ponerse una cuerda al cuello. Pero el señor
se mueve como un elefante en una cristalería, nadie lo escucha ni nota nada.
-Gracias por el cumplido, capitán. Es lo
mejor que me han dicho en mucho tiempo. De todos modos, no se preocupe, cabo,
no voy a arruinar sus planes, tengo otros negocios menos lucrativos, pero
más…cómo diría, sentimentales y duraderos en vista. ¡Bueno! -dijo frotándose
las manos y con una gran sonrisa. -Iré diciéndole a la señora Natacha que
prepare las cosas del niño.
Mendoza miró a Bernardo, pero comprendió
enseguida su error, y se levantó.
-No pensará llevarse al hijo de Altea,
¿no?
-Me llevaré a mi sobrino, capitán, se lo
recuerdo una vez más, y no veo que nadie en este barco tengo más derecho que
yo.
Mendoza entendía, por supuesto. El
presentimiento ya no lo era, pero decirlo en voz alta habría sido como decir al
viento que él era un asesino, que era un infiel, que era un cobarde. Era todo
eso, y aún seguía siendo un hombre. Eso que lo molestaba no podía decirse en
voz alta: la hipocresía que echaba en cara a Domínguez e Iribarne, a él le
nacía desde el fondo de su alma.
-Mandaremos una esquela a la estancia de los
Ansaldi, preguntaremos por Altea. - Su voz era calma y razonable.
-Usted está mal de la cabeza, capitán. Lo
comprendo, la culpa…-dijo, golpeando una mano sobre el pecho. -Si Manuel
viviera, habría sabido qué versículo citarle, pero yo sólo me acuerdo de esa
frase que decía: propter culpam mean, tres
veces.
Sonaron tres cañonazos, sin intervalo. Y
la iniquidad que adivinaban en ese número se confirmó cuando otros muchos
respondieron. Miraron hacia la costa del Brasil, que en pocas horas se había
transformado en un campo de batalla muy cerca del río.
Donde antes había sol, ahora estaba
encapotado por nubes que no eran nubes, sino humo de chozas y bosques
incendiados, y sobre todo del cañoneo constante de los cuales no se veían más
que chispas en la humareda densa que avanzaba sobre el río.
Los guardias de proa habían desaparecido
de su puesto y corrieron a esperar órdenes.
- ¡Nos están disparando capitán!
Mendoza exploró con los binoculares una
vez más. Esperaba estar seguro de lo que sus hombres le decían. Hasta ahora no
habían recibido ningún daño y el agua estaba tranquila.
- ¿Qué espera para responder, capitán? -dijo
Iribarne.
- ¿Cree que con rifles y pistolas vamos a
vencer a esos cañones?
- ¿Y para qué tiene esas antiguallas
abajo?
-Están desensamblados, Iribarne. ¿Usted
cree, Domínguez, que van a atacarnos?
-El aspecto del barco es confuso,
capitán. Es un barco francés y con todo el aspecto monárquico. Los republicanos
parecen estar ganando allí en la costa. Arríe la bandera argentina.
Sí, debió haberlo hecho en cuanto
entraron en zonas de fronteras, Mendoza lo sabía. Mandó a uno de los hombres, a
uno de los más viejos, Antúnez, pero ya era tarde. Antúnez cayó sobre cubierta
casi partido en dos por las esquirlas del primer disparo certero desde la
costa. Todos los hombres corrieron a refugiarse, con rifles en las manos,
disparando sin esperar órdenes de capitán. No eran soldados, y muchos ni
siquiera marineros. Mendoza y los otros se tiraron al piso. Se miraron,
confundidos, porque bien sabían que no podían hacer nada. De todos modos, mandó
preparar los botes.
Los hombres fueron en grupos de tres o
cuatro. Desde su puesto, Mendoza veía que antes de desanudar las cuerdas y
bajar los botes nuevos cañonazos destruían todo. El bombardeo era incesante y
el humo no dejaba ver poco más que los escombros de los mástiles inútiles.
Escuchó un estruendo de metal que se venía abajo, y luego los gritos. La
chimenea cayó sobre cubierta y se hundió hasta el segundo subsuelo. La caldera
había estallado y ahora el humo y el fuego se sumaban a la violencia de los
cañones.
Mendoza, Domínguez y Molina buscaron uno
tras otro los botes de cubierta que aún estaban sanos. El cabo llevaba a
Bernardo en brazos.
- ¡Iribarne, vaya a buscar a Natacha y al
chico y póngalos en este bote! Nosotros los bajaremos, pero tenemos que
preparar el otro-dijo Mendoza.
José Iribarne corrió bajo cubierta, pero
de pronto un nuevo cañonazo estalló a su lado y lo vieron hundirse junto con
todo el piso.
Natacha estaba junto a la cuna. Escuchó
los cañones y los estallidos. Por la ventana entraron esquirlas. Las paredes
del casco resistían, pero por la ventana entraba agua. Era el primer subsuelo
bajo cubierta, y pronto se inundaría. Luego fue el estruendo, como si el cielo
se estuviese viniendo abajo. El techo se quebró sobre ella y parte de la
chimenea se hundió en el camarote. Natacha se tiró al piso, y miró hacia el
inmenso edificio de hierro que estaba a sus espaldas. Vio la cuna, con las patas
rotas y la madera humeante. El chico aún sin nombre, sin embargo, seguía vivo y
lloraba a gritos. Primero intentó arrastrarse bajo el hierro para alcanzarlo,
pero entonces vio que desde el mueble donde estaban sus reliquias, una luz se
movía entra el polvo y el humo. Vio la sombra de Ariel una vez más. ¿Él la
salvaría, o vendría a buscarlo? Ojalá fuese lo último. De pronto se dio cuenta
que su apego a la vida no era más que la inercia del deber, o la tenebrosa
amenaza que le había dado la tía Clotilde sobre la condenación del suicidio. Se
sintió aliviada. El edificio de hierro que había caído como del cielo era el
símbolo más adecuado para todo aquello en lo que había creído: Dios era una
construcción tan perfecta que únicamente el fuego podría dañarla, y sólo un
poco. Nunca el fuego sería tan intenso como para llegar al punto de fusión que
convirtiese las moléculas de Dios en un líquido parecido a la lava, que corría
sobre el mundo y quemaba todo lo que encontrase en su camino.
Sintió el olor de lo quemado. El fuego de
la caldera desde el fondo del barco, el hierro ardiente sobre ella.
Vio la figura de Ariel como el ángel al
que siempre lo había comparado, un ángel incompleto porque le faltaban las alas
y la espada. Y una mano.
Se quedó quieta, esperando la sentencia,
que imaginaba de mil formas según lo había leído en tantos libros. Esperó que
un ángel de hierro la tocase, ese ángel tan parecido a su padre, de cabello y
barba rubia, pero ya estaba segura que no era hierro lo que sentiría en su
mano, sino el oro.
Ariel se acercó al mueble roto, agarró la
mano muerta, seca como una momia, y se la colocó en su muñón. Entonces apareció
la espada en esa mano, pero no hubo alas. Y vio cómo lloraba el ángel que nunca
podría serlo. Lloraba y la miraba. Y el agua de las lágrimas fue tanta, que fue
como verla entrar por las grietas de las paredes, cubriendo el piso, subiendo y
subiendo.
Natacha no podía levantarse sin lastimar
su espalda contra el hierro. El chico seguía gritando. Volvió a intentar llegar
a él cuando vio que al agua empezaba a taparlo, pero de pronto pensó que, si
las lágrimas de Ariel habían creado ese mar, ¿por qué ella debía evitarlo? Si
su hijo sufría aún en la muerte, no había motivo para que el hijo de Altea no
lo hiciese. Ambos eran bastardos, esa palabra que los hombres habían inventado
para oscurecer lo que no querían ver. Y sin embargo estabas los hombres como
Mendoza o Manuel, que aceptaban hijos ajenos. ¿Pero eso era un mérito, o
simplemente un remedo de la culpa?
Ella no se movería. El hierro de Dios no
la atemorizaba, ya bastante había soportado y construido en su alma un edificio
lo suficientemente fuerte para contrarrestarlo. Sabía, sin embargo, que en
algún lado había un hueco, y en ese espacio estaba el oro de Ariel, que tal vez
no fuese más que el color de las espigas de trigo, tan débiles que irían a deshacerse
con cualquier viento fuerte. Y el polvo del trigo simularía el polvo de oro. El
mismo polvo que bañaba los cristos indios que tanto la atraían, esos cristos de
miembros flacos, cuerpos tullidos y caras leprosas.
Ahora la cuna flotaba sobre el agua, y
Natacha, protegida aún por el espacio estrecho en donde el hierro evitaba que
el agua la ahogase, vio que el perro iba hacia la cuna. Max medio nadaba y
medio caminaba cuando sus patas llegaban a tocar el piso. El colchón ya estaba
empapado y empezaba a hundirse. Max agarró con la boca las sábanas y se llevó
al chico hacia la única la vieja puerta que aún estaba intacta, por la que nada
salía ni entraba más que el agua y el ruido de los cañones.
Vieron salir a Max desde los restos de la
escalera de escotilla. Arrastraba un bulto hecho de sábanas mojadas.
Mendoza agarró al perro y a punto estuvo
de abandonar los trapos, cuando escuchó el llanto. Vio al chico que gritaba con
gemidos entrecortados, gris de ceniza mojada pegada a la piel.
- ¡Cabo, llévelo con Bernardo y baje en
cuanto el bote esté seguro!
Iba a agarrar a Max. El perro estaba
quieto. Tantos de sus perros de crianza habían visto de la misma manera. Le
acarició el lomo, sólo un poco. Apoyó la mano sobre el cráneo, cerrándole los
párpados.
Vio que el agua subía por la escotilla, y
el barco se inclinaba. Los cañoneos eran menos frecuentes y solamente sacudían
en agua del río. Iría a en busca de su esposa, como aquella vez en Polonia
cuando la había rescatado del fuego de las armas de los cosacos.
Natacha escuchó los chapoteos y la voz de
Iribarne llamándola. José estaba en la puerta, tratando de buscar en la
humareda la cuna del chico.
- ¡Natacha!
Entonces la vio casi tapada por el agua,
del otro lado de varios hierros retorcidos. Se agachó y estiró los brazos para
agarrarla. Ella lo miraba, pero no intentaba salir.
- ¡¿Qué le pasa, mierda?! ¡Agárreme
fuerte las manos!
Pero ella no le hacía caso. No tuvo más
alternativa que sujetarle las muñecas y arrastrarla como peso muerto. Cuando
estuvieron cerca de la puerta la apoyó en sus rodillas y le despejó la cara del
cabello mojado.
- ¿Dónde está el chico? -preguntaba,
mirando alrededor sin poder ver más que humo, hierro y agua. El olor a quemado
era intenso, pero al agua iba enfriando el hierro. Creyó sentir el olor de la
carne quemada.
- ¡¿Dónde está el chico?!-volvió a
preguntar, esta vez gritando desesperado, apretando la cara de Natacha entre
sus manos y sacudiéndola. Los ojos de Natacha tenían la inteligencia de
siempre, pero había indiferencia.
José ahora estaba seguro de lo peor que
imaginaba. El chico que él había creado debía estar muerto. Por primera vez lo
veía con tal claridad, que se preguntó qué se lo había impedido tanto tiempo.
Lo había creado como un símbolo de Manuel: si no podía tener a uno, tendría al
otro. Y debía nacer de la mujer de su hermano. La Santísima Trinidad era tan
clara como si ahora estuviese en una Catedral hecha de hierro y madera, el
fuego del incienso siempre encendido y el agua bendita desbordando. Recordó los
pesebres vivos que armaban en Cádiz cada navidad. José y Manuel Menéndez
Iribarne participaban como un personaje igual o distinto según iban creciendo.
Manuel había sido el niño Jesús, aunque José apenas lo recordaba. Luego fueron
pastores, y ya de grande José había sido José el esposo de María, pero se
sentía incómodo, y al año siguiente fue el Espíritu Santo que en forma de llama
había engendrado al niño. Y Manuel no había tenido más opción que ocupar el
papel de José carpintero.
Iribarne sintió un dolor intenso en el
pecho al recordar todo eso. La cara de Manuel, joven y vestido con ropa de
pastor y carpintero, la cara casi lampiña. Ya no lo vería más. Pensó en el
chico, seguramente muerto. Uno enterrado en un cementerio perdido, sin cruz ni
señal. Otro quemado, tal vez, en expiación de su culpa.
La culpa de José.
Sintió el aleteo de los murciélagos, y
mirando el humo blanco a su alrededor, vio sombras negras alargadas que iban y
venían.
Pero ya no lo asustaban. El miedo y a la
ira se habían unido engendrando la amargura.
Levantó a Natacha y caminó por los
pasillos hasta encontrar una escalera sana.
Mendoza no podía bajar por donde había subido el
perro, así que corrió hasta la escotilla de estribor. Vio las caras de sus
hombres, que esperaban en los botes. Lo llamaban, pero no les hizo caso. Bajó
la escalera y en la oscuridad chocó con Iribarne y ambos cayeron al suelo.
Natacha se quejó y gritó. Ambos habían caído sobre ella y tenía un brazo
quebrado.
- ¡Buena la hicimos! -dijo Mendoza
entablillando a su mujer e intentando calmarla. Entonces se dio cuenta que José
Iribarne había salvado la vida de su esposa. El otro estaba extrañamente
callado y con la mirada perdida.
Levantó a Natacha y la subió por la
escalera. Iribarne los seguía con lentitud. Cuando ya estaban en el bote, le
gritó:
- ¡Rápido carajo, que esto se hunde de un
momento a otro! ¡Vamos!
Pero José Iribarne caminaba cojeando, no de la
pierna herida, como si su mente enturbiada por visiones y recuerdos confundiera
deliberadamente a su cuerpo. Una mente extraviada que se regocijaba en volver
locos a quienes dependían de ella: los ojos que veían murciélagos por todas
partes, surgiendo del humo que encapotaba el cielo, de las maderas rotas, del
hierro retorcido, del agua que se elevaba en olas con cada cañoneo. Y el ritmo
de los cañones se iba acomodando al ritmo de los aleteos, regulares, monótonos
y obsesivos.
Desde el bote lo vieron alzar los brazos
y sacudirse presencias que ellos no veían. Natacha alzó la cabeza y dijo algo.
- ¿Cómo, querida? -le preguntó Mendoza,
como antes, como en Europa. Miraba a Iribarne y no se atrevía a dar la orden de
bajar el bote.
-No lo apures, Máximo. Hace lo que puede
con tanto peso. Es por el chico.
Mendoza volvió a ver otra vez a José, que
se acercaba espantando fantasmas. Pero antes de poder gritarle que el chico
estaba vivo, de pronto un nuevo cañonazo destruyó el puente de mando y el humo
envolvió a Iribarne.
- ¡Vámonos! -ordenó el capitán.
Cuando
estaba ya por descender, Natacha lo agarró del brazo con su mano sana, y señaló
a cubierta.
Iribarne había aparecido una vez más, como una
figura insistente y obstinada, con la misma obstinación de los que no desean vivir,
pero tienen miedo de matarse. La contradicción de los cobardes, tal vez, tan
parecida a la suya. Ahora José tenía un brazo levantado apoyando la mano en la
nuca, y el otro brazo en la espalda. ¿Levaba una carga? ¿Había encontrado a
alguno de los hombres?
Entonces vio que en la espalda tenía un
tablón chamuscado que aún despedía humo y debía estar quemándole.
- ¡Qué hermoso! - escuchó decir a Natacha.
Mendoza fue a buscarlo. José lo miró con
la expresión de quien ha transformado su desesperación en un lago muerto donde
flotan los cuerpos de hombres y perros, y las moscas vuelan en enjambres como
tormentas. En sus ojos se habían formado dos grandes lagos.
Lo agarró de los hombros, sacudiéndolo,
intentando desprenderse de toda la ira que antes le había provocado, diciendo:
- ¡El chico está vivo!
José lo miró, y las moscas atormentaron el
aire, despedidas por el viento. El olor a podredumbre se esparció por todo el
río porque los murciélagos ahora volvían raudos a cumplir con su papel.
Pero José Iribarne abrazó a Mendoza; y
lloraba, como si intentase secar el agua estancada de sus grandes lagos
muertos.
Durante medio siglo la poesía fue el paraíso del tonto solemne. Hasta que vine yo y me instalé con mi montaña rusa. Suban, si les parece. Cl...