Hemos visto cómo, después de la disolución gradual de todas las formas
de sociedad dotadas de una organización de la producción planificada (de
la sociedad comunista originaria, de la economía esclavista, de la
economía servil medieval) surgió la producción mercantil. Luego hemos
visto cómo la economía capitalista de hoy creció a partir de la economía
mercantil simple, es decir de la producción artesanal urbana, a fines de la
Edad Media, de forma completamente mecánica, es decir sin la voluntad y
la conciencia del hombre. Al comienzo planteamos la pregunta: ¿Cómo es
posible la economía capitalista? Es ésta, por lo demás, la pregunta
fundamental de la economía política como ciencia. La ciencia nos
proporciona, al respecto, una respuesta suficiente. Ella nos muestra que la
economía capitalista que, en vista de su total carencia de plan, en vista de
la ausencia de toda organización consciente, es a primera vista una cosa
imposible, un enigma inexplicable, se integra pese a ello en un todo y
puede existir:– mediante el intercambio de mercancías y la economía monetaria, todos
los productores individuales de mercancías, así como las comarcas más
alejadas de la tierra, se ligan unas con otras económicamente, y se impone
la división del trabajo en todo el mundo;– mediante la libre competencia, que asegura el progreso técnico y, a la
vez, transforma constantemente a los pequeños productores en
proletarios, con lo que proporciona al capital fuerza de trabajo comprable;– mediante la ley capitalista del salario que, por un lado, controla
automáticamente que los obreros no se sustraigan nunca a su condición
de proletarios, evadiendo el trabajo bajo las órdenes del capital, y por otro
posibilita una acumulación siempre creciente de trabajo no retribuido,
como capital, y con ello la siempre creciente acumulación y expansión de
los medios de producción;– mediante el ejército industrial de reserva, que permite a la producción
capitalista expandirse ampliamente y adaptarse a las necesidades de la
sociedad; – mediante la nivelación de la tasa de ganancia, que determina el
permanente movimiento del capital de una rama a otra de la producción,
regulando así el equilibrio de la división del trabajo; y finalmente– mediante las oscilaciones de los precios y las crisis, que determinan en
parte día a día, en parte periódicamente, un ajuste de la ciega y caótica
producción con las necesidades de la sociedad.
De este modo existe la economía capitalista, mediante la acción
automática de aquellas leyes económicas que surgieron por sí mismas, sin
que se inmiscuya conscientemente la sociedad. Es decir que, de este
modo, pese a la ausencia de toda ligazón económica organizada entre los
diversos productores, pese a la total carencia de plan en el movimiento
económico de los hombres, se hace posible que avancen la producción
social y su ciclo integrado con el consumo; que la gran masa de la
sociedad sea mantenida en el trabajo, las necesidades de la sociedad
satisfechas mal o bien, y asegurado, como base de todo el progreso de la
cultura, el progreso económico, el desarrollo de la productividad del trabajo
humano.
Éstas son las condiciones fundamentales para la existencia de toda
sociedad humana y, mientras una forma de economía históricamente
surgida satisface estas condiciones, puede subsistir, constituye una
necesidad histórica.
Sin embargo, las relaciones sociales no son formas rígidas, invariables.
Hemos visto cómo, en el curso de los tiempos, experimentaron numerosas
transformaciones, cómo están sometidas a eterno cambio al que abre
camino el propio progreso cultural humano, la evolución. Los largos
milenios de la economía comunista originaria, que conducen a la sociedad
humana desde los primeros comienzos de la existencia todavía medio
animal hasta un grado elevado de desarrollo de la cultura, a la formación
del lenguaje y de la religión, a la cría de ganado y a la agricultura, a la vida
sedentaria y a la constitución de aldeas, sigue la gradual descomposición
del comunismo originario, la formación de la esclavitud antigua que, a su
vez, trae consigo nuevos progresos en la vida de la sociedad para finalizar
luego con el ocaso del mundo antiguo. A partir de la sociedad comunista
de los germanos, se desarrolla en Europa central sobre los escombros del
mundo antiguo, una nueva forma (la economía de la servidumbre), sobre la
cual se basó el feudalismo medieval.
La evolución retoma nuevamente su avance ininterrumpido: en el seno de
la sociedad feudal de la Edad Media, surgen en las ciudades gérmenes de
una forma de economía y de sociedad enteramente nueva, se desarrollan
la artesanía gremial, la producción mercantil y el comercio regular que
finalmente descomponen la sociedad feudal basada en la servidumbre;
ésta se desmorona dejando sitio a la producción capitalista, que ha crecido
de la producción artesanal de mercancías gracias al comercio mundial, al
descubrimiento de América y a la vía marítima hacia India.
El modo de producción capitalista, considerado desde un comienzo desde
la inmensa perspectiva del progreso histórico, no es por su parte
inalterable y eterno, sino que constituye una simple fase de transición, un
escalón de la escala colosal del desarrollo cultural humano, al igual que
cualquier otra de las formas sociales precedentes. Y, en efecto, cuando se
examina cuidadosamente la cuestión, se ve que el desarrollo del
capitalismo mismo lleva a su propio ocaso y a su rebasamiento. Hasta aquí
hemos indagado los vínculos que hacen posible la economía capitalista, de
modo que ya es tiempo de tomar conocimiento de aquellos que la hacen
imposible. Para ello sólo necesitamos seguir las leyes internas de la
dominación del capital en sus efectos ulteriores. Son ellas mismas las que,
en cierto punto del desarrollo, se vuelven contra las condiciones
fundamentales, sin las cuales no puede existir la sociedad humana. Lo que
distingue el modo capitalista de producción de todos los anteriores es,
principalmente, que tiene la tendencia interna a expandirse sobre todo el
globo terrestre, desplazando todo otro orden social anterior.
En tiempos del comunismo originario, todo el mundo accesible a la
investigación histórica se encontraba ocupado por igual por economías
comunistas. Pero entre las diversas comunidades y tribus comunistas no
existían relaciones; o las había, débiles, sólo entre las comunidades
cercanas entre sí. Cada comunidad o tribu vivía, en sí misma, una vida
cerrada y si, por ejemplo, encontramos hechos sorprendentes como aquel
de que la comunidad comunista germana medieval y la del Perú antiguo,
en Sudamérica, tenían prácticamente el mismo nombre, ya que aquélla se
llamaba “mark” y ésta “marca”, esta circunstancia es todavía para nosotros
un enigma inexplicado, si no una simple coincidencia. Igualmente en los
tiempos de la difusión de la esclavitud antigua encontramos similitudes
mayores o menores en la organización y las relaciones reinantes en las
diversas economías o estados esclavistas de la Antigüedad, pero no una
comunidad en su vida económica.
Del mismo modo, se reiteró la historia de la artesanía gremial y de su
liberación, con mayor o menor grado de coincidencia, en la mayoría de las
ciudades medievales de Italia, Alemania, Francia, Holanda, Inglaterra, etc.,
sin embargo, se trataba las más de las veces de la historia de cada ciudad
en sí misma. La producción capitalista se extiende a todos los países, ya
que no sólo los conforma económicamente a todos del mismo modo, sino
que los articula en una única, gran economía capitalista mundial.
Dentro de cada país industrial europeo, la producción capitalista desplaza
incesantemente la producción de pequeña industria, la artesanal y la
pequeña producción campesina. Simultáneamente, incorpora a la economía
mundial a todos los países europeos atrasados y todos a los países de
América, Asia, África, Australia. Esto ocurre por dos vías: a través del
comercio mundial y a través de la conquista colonial. Uno y otra se
iniciaron de la mano; con el descubrimiento de América a fines del siglo
XV, se expandieron más allá en el curso de los siglos siguientes, pero
alcanzaron especialmente en el siglo XIX su máximo auge y continuaron
expandiéndose incesantemente. Ambos (tanto el comercio mundial como
las conquistas coloniales) actúan juntos del siguiente modo. Comienzan
por poner en contacto los países industriales de Europa con todo tipo de
sociedades de otros continentes que se basan en formas de cultura y de
economía más antiguas: economías esclavistas campesinas, economías
feudales de servidumbre, pero preponderantemente con formas comunistas
originarias. El comercio, al que estas economías se ven incorporadas, las
arruina y descompone rápidamente.
Con la fundación de sociedades mercantiles coloniales en territorio
extranjero, o con la conquista directa, la tierra, fundamento más importante
de la producción, así como los rebaños de ganados allí donde los hay,
pasan a manos de estados europeos o de las sociedades comerciales. De
este modo se ven aniquiladas, en todas partes, las relaciones sociales
naturales y el tipo de economía de los aborígenes; pueblos enteros se ven
diezmados y la parte que queda de ellos es proletarizada y puesta, de uno
u otro modo, bajo el mando del capital industrial y comercial, como
esclavos u obreros.
La historia de las décadas de guerras coloniales, que se prolonga durante
todo el siglo XIX; levantamientos contra Francia, Italia, Inglaterra y
Alemania en África; contra Francia, Inglaterra, Holanda y los Estados
Unidos en Asia; contra España y Francia en América, en la larga y tenaz
resistencia de las viejas sociedades autóctonas contra su exterminio y
proletarización a manos del moderno capital, lucha de la que finalmente
surge en todas partes el capital como vencedor.
Esto entraña en primer término una enorme ampliación del ámbito de
dominación del capital, un desarrollo del mercado mundial y de la
economía mundial en la que todos los países habitados de la Tierra son
recíprocamente productores y compradores de productos, trabajan unos
para otros, son participantes de una y la misma economía que abarca todo
el globo.
Pero el otro costado consiste en la pauperización progresiva de porciones
cada vez más amplias de la humanidad, y la creciente inseguridad de su
existencia. Mientras las viejas relaciones, comunistas, campesinas o de
servidumbre, con sus limitadas fuerzas productivas y poco bienestar, pero
con sus condiciones de existencia firmes y aseguradas para todos, se ven
reemplazadas por las relaciones capitalistas coloniales, y junto a la
proletarización y a la esclavitud asalariada, para todos los pueblos
implicados en América, Asia, África, Australia, se alzan amenazantes la
miseria brutal, una carga laboral inusitada e insoportable y, por añadidura,
la completa inseguridad de la existencia.
Después que el fértil y rico Brasil fuera transformado, para satisfacer
necesidades del capitalismo europeo y norteamericano, en un gigantesco
desierto y en una plantación de café ininterrumpida, después que masas
enteras de aborígenes fueron transformados en esclavos asalariados en
las plantaciones, estos esclavos asalariados, por añadidura, se ven
abandonados por largo tiempo, repentinamente, al desempleo y al hambre
a raíz de un fenómeno puramente capitalista: la llamada “crisis del café”.La
rica y enorme India fue sometida por la política colonial inglesa a la
dominación del capital, después de una resistencia desesperada que duró
décadas; y desde entonces las hambrunas y el tifus exantemático, que
arrebatan millones de víctimas cada vez, son huéspedes periódicos de la
comarca del río Ganges. En el interior de África la política colonial inglesa
y alemana ha transformado en esclavos asalariados a pueblos enteros en
los últimos 20 años, y ha aniquilado por hambre a otros dispersando sus
huesos en todas las regiones. Los levantamientos desesperados y las
epidemias de hambre del gigantesco imperio de China son consecuencia
de la pulverización de la antigua economía campesina y artesanal de ese
país por la irrupción del capital europeo.
La irrupción del capitalismo europeo en los Estados Unidos, fue
acompañada inicialmente por el exterminio de los indios aborígenes
norteamericanos y el despojo de sus tierras por los ingleses inmigrantes;
luego por la puesta en marcha, a comienzos del siglo XIX, de una
producción capitalista primaria para la industria inglesa; luego por la
esclavitud de cuatro millones de negros africanos enviados y vendidos en
América por tratantes europeos66, para ser puestos al mando del capital
como fuerza de trabajo en las plantaciones de algodón, azúcar y tabaco.
Así, un continente tras otro y, en cada continente, una región tras otra, una
raza tras otra, caen inevitablemente bajo la dominación del capital, pero
con ello caen, permanentemente, millones de seres humanos en la
proletarización, en la esclavitud, en la inseguridad de la existencia, en
pocas palabras, en la pauperización. La formación de la economía mundial
capitalista trae consigo como contrapartida la difusión de una miseria cada
vez mayor, de una carga insoportable de trabajo y de una creciente
inseguridad de la existencia en todo el globo, que corresponde a la
concentración del capital en pocas manos.
La economía mundial capitalista significa cada vez más el constreñimiento
de toda la humanidad al duro trabajo bajo innumerables privaciones y
dolores, bajo degradación física y espiritual, con la finalidad de la
acumulación de capital. Hemos visto que el modo de producción capitalista
tiene la particularidad de que el consumo humano, que en todas las formas
anteriores de economía era un fin, es para ella un medio que sirve para
alcanzar el verdadero fin: la acumulación de ganancia capitalista. El
crecimiento del capital en sí mismo aparece como comienzo y fin, como
finalidad propia y sentido de toda la producción.
Pero la insensatez de estas relaciones se pone en evidencia cuando la
producción capitalista llega a convertirse en producción mundial. Entonces,
en la escala de la economía mundial, el absurdo de la economía capitalista
alcanza su justa expresión en el cuadro de toda una humanidad que gime,
sometida a terribles dolores bajo el yugo del capital, un poder social ciego,
creado inconscientemente por ella misma.
66 Rosa Luxemburg hace referencia a las estadísticas conocidas en su época, pero más
de un siglo después, podemos hablar de un número mucho mayor de personas (N. a
esta ed.)
La finalidad fundamental de toda forma social de producción, el
sostenimiento de la sociedad por el trabajo, la satisfacción de sus
necesidades, aparece entonces completamente patas arriba, ya que se
convierte en ley en todo el globo, la producción no para el hombre sino
para la ganancia y se convierte en regla el subconsumo, la permanente
inseguridad del consumo y, temporalmente, el no-consumo de la enorme
mayoría de los hombres.
El desarrollo de la economía mundial trae consigo simultáneamente otros
fenómenos importantes, que lo son por cierto, para el propio capital. La
irrupción de la dominación del capital europeo en los países no europeos,
como hemos dicho, atraviesa dos etapas: primeramente la entrada del
comercio y, por este medio, la incorporación de los aborígenes al
intercambio de mercancías, en parte también la transformación de las
formas de producción halladas en aquellos países, en producción
mercantil; luego la expropiación, de un modo u otro, de la tierra de los
aborígenes y, en consecuencia, de sus medios de producción. Estos
medios de producción se convierten, en manos de los europeos, en
capital, mientras los indígenas se transforman en proletarios. A las dos
primeras etapas sigue, sin embargo, por lo general, tarde o temprano, una
tercera: la fundación de una producción capitalista propia en el país
colonial, ya sea por parte de europeos inmigrantes, ya sea por indígenas
enriquecidos.
Los Estados Unidos de Norteamérica, que fueron poblados inicialmente
por ingleses y otros emigrantes europeos, constituyeron en un primer
momento, una vez que hubieron sido exterminados los indígenas pieles
rojas en una larga guerra, un hinterland agrario de la Europa capitalista
que proveía materias primas para la industria inglesa, como algodón y
granos; como contrapartida era comprador de productos industriales
europeos de todo tipo. Pero en la segunda mitad del siglo XIX surge en los
Estados Unidos una industria propia que no sólo desplaza las
importaciones procedentes de Europa sino que pronto opone dura
competencia al capitalismo europeo en la propia Europa y en otros
continentes. En India, igualmente, surgió para el capitalismo inglés un
competidor peligroso consistente en la industria local, textil y de otras
ramas. Australia ha recorrido el mismo camino de desarrollo, de país
colonial a país capitalista industrial.
En Japón se desarrolló una industria propia ya en la primera etapa (a partir
del impulso del comercio mundial), lo que lo preservó de ser repartido
como país colonial europeo.
En China se complica el proceso de desmembramiento y saqueo del país
por el capitalismo europeo con los esfuerzos del país por fundar una
producción capitalista propia con ayuda de Japón para defenderse frente a
la europea, de lo que resultan para la población, por otro lado, sufrimientos
doblemente complejos.
De este modo, no sólo se extienden por todo el mundo la dominación y el
poder del capital mediante la creación de un mercado mundial, sino que se
extiende asimismo, gradualmente, el modo de producción capitalista por
todo el globo. Pero con ello la necesidad de expansión de la producción y
el ámbito en que esta expansión puede tener lugar, es decir la
accesibilidad de mercados de venta, se encuentran en una relación cada
vez más precaria. Como hemos visto, la necesidad más íntima y la ley vital
de la producción capitalista es que no puede mantenerse estacionaria, sino
que tiene que expandirse permanentemente y cada vez más rápidamente,
es decir producir masas de mercancías cada vez más cuantiosas en
empresas cada vez más grandes, con medios técnicos cada vez mejores,
cada vez más velozmente. En sí mismas, estas posibilidades de expansión
de la producción capitalista no conocen límites, pues no tienen límites el
progreso técnico ni, por tanto, las fuerzas productivas de la Tierra. Pero
esta necesidad de expansión choca con límites perfectamente
determinados, particularmente con el interés de ganancia del capital. La
producción y su expansión sólo tienen sentido mientras surge de ellas, al
menos, la ganancia media “normal”. Pero que esto ocurra o no, depende
del mercado, es decir de la relación entre la demanda solvente del lado de
los consumidores y la cantidad de mercancías producidas, así como sus
precios. El interés del capital por la ganancia que, por un lado, exige una
producción cada vez más rápida y cada vez mayor, se crea a sí mismo,
permanentemente, límites de mercado que cierran el paso al fogoso
impulso de la producción hacia la ampliación. De ello resulta, como hemos
visto, el carácter inevitable de las crisis industriales y comerciales que
periódicamente ajustan la proporción entre el impulso de la producción
capitalista, en sí mismo libre e ilimitado, y los límites capitalistas del
consumo, haciendo posible la prolongación de la existencia y el desarrollo
del capital.
Pero cuanto más numerosos son los países que desarrollan una industria
capitalista propia, y mayores la necesidad y posibilidad de expansión de la
producción, tanto más estrechas se vuelven, en relación con ellas, las
posibilidades de ampliación de los límites de mercado. Si se comparan los
saltos con los que la industria inglesa ha progresado en las décadas del
sesenta y del setenta (cuando Inglaterra era todavía el país capitalista
dominante en el mercado mundial) con su crecimiento en los dos últimos
decenios (desde que Alemania y los Estados Unidos la desplazaron en
grado significativo en el mercado mundial) resulta que su crecimiento se ha
hecho mucho más lento con respecto al que tenía lugar anteriormente.
Pero lo que fue en sí el destino de la industria inglesa, lo tienen por delante
inevitablemente la alemana, la norteamericana y, en definitiva, la industria
mundial en conjunto. Irresistiblemente, en cada paso de su propio avance
y desarrollo, la producción capitalista se aproxima al momento en que sólo
podrá expandirse y desarrollarse cada vez más lenta y difícilmente. Claro
está que el desarrollo capitalista tiene por delante todavía un buen trecho
de camino, puesto que el modo de producción capitalista, como tal,
representa todavía la menor proporción de la producción mundial total.
Incluso en los más antiguos países industriales de Europa subsisten
todavía, junto a grandes empresas industriales, numerosos pequeños
establecimientos artesanales y, ante todo, la mayor parte de la producción
agraria (especialmente la de tipo campesino) no se lleva a cabo a la
manera capitalista. Además, en Europa hay países donde la gran industria
apenas se ha desarrollado, donde la producción local presenta predomi
nantemente carácter campesino y artesanal. Y, finalmente, en los restantes
continentes, con la excepción de la parte norte de América, los lugares de
producción capitalista representan sólo pequeños puntos dispersos,
mientras enormes extensiones de tierra no han llegado siquiera, en parte,
a la producción mercantil simple. Cierto es que la vida económica de todas
estas capas y países que no producen ellos mismos a la manera
capitalista, en Europa, como en los países no europeos, también está bajo
la dominación del capitalismo. El campesino europeo, aunque lleve a cabo
él mismo, todavía, la más primitiva de las economías parcelarias, depende
íntegramente de la gran economía capitalista, del mercado mundial, con el
cual lo han puesto en contacto el comercio y la política fiscal de las
potencias capitalistas. Del mismo modo los países no europeos más
primitivos son puestos bajo el dominio del capitalismo europeo y
norteamericano por el comercio mundial así como por la política colonial.
Pero el modo de producción capitalista en sí podría lograr todavía una
poderosa expansión si desplazase en todas partes todas las formas de
producción atrasadas. Por lo demás, como lo hemos mostrado anterior
mente, la evolución se da, en general, en esta dirección. Pero justamente
en esta evolución se atasca el capitalismo en la contradicción fundamental
siguiente: cuanto más reemplaza la producción capitalista producciones
más atrasadas, tanto más estrechos se hacen los límites de mercado,
engendrado por el interés por la ganancia, para las necesidades de
expansión de las empresas capitalistas ya existentes. La cosa se aclara
completamente si nos imaginamos, por un momento, que el desarrollo del
capitalismo ha avanzado tanto que, en toda la Tierra, todo lo que producen
los hombres se produce a la manera capitalista, es decir sólo por
empresarios privados capitalistas en grandes empresas con obreros
asalariados modernos. La imposibilidad del capitalismo se manifiesta
entonces nítidamente.
Ilustración: José María Rodríguez de Losada
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