domingo, 22 de marzo de 2026

Las tendencias de la economía capitalista (Rosa Luxemburg)

 








Hemos visto cómo, después de la disolución gradual de todas las formas

 de sociedad dotadas de una organización de la producción planificada (de

 la sociedad comunista originaria, de la economía esclavista, de la

 economía servil medieval) surgió la producción mercantil. Luego hemos

 visto cómo la economía capitalista de hoy creció a partir de la economía

 mercantil simple, es decir de la producción artesanal urbana, a fines de la

 Edad Media, de forma completamente mecánica, es decir sin la voluntad y

 la conciencia del hombre. Al comienzo planteamos la pregunta: ¿Cómo es

 posible la economía capitalista? Es ésta, por lo demás, la pregunta

 fundamental de la economía política como ciencia. La ciencia nos

 proporciona, al respecto, una respuesta suficiente. Ella nos muestra que la

 economía capitalista que, en vista de su total carencia de plan, en vista de

 la ausencia de toda organización consciente, es a primera vista una cosa

 imposible, un enigma inexplicable, se integra pese a ello en un todo y

 puede existir:– mediante el intercambio de mercancías y la economía monetaria, todos

 los productores individuales de mercancías, así como las comarcas más

 alejadas de la tierra, se ligan unas con otras económicamente, y se impone

 la división del trabajo en todo el mundo;– mediante la libre competencia, que asegura el progreso técnico y, a la

 vez, transforma constantemente a los pequeños productores en

 proletarios, con lo que proporciona al capital fuerza de trabajo comprable;– mediante la ley capitalista del salario que, por un lado, controla

 automáticamente que los obreros no se sustraigan nunca a su condición

 de proletarios, evadiendo el trabajo bajo las órdenes del capital, y por otro

 posibilita una acumulación siempre creciente de trabajo no retribuido,

 como capital, y con ello la siempre creciente acumulación y expansión de

 los medios de producción;– mediante el ejército industrial de reserva, que permite a la producción

 capitalista expandirse ampliamente y adaptarse a las necesidades de la

 sociedad; – mediante la nivelación de la tasa de ganancia, que determina el

 permanente movimiento del capital de una rama a otra de la producción,

 regulando así el equilibrio de la división del trabajo; y finalmente– mediante las oscilaciones de los precios y las crisis, que determinan en

 parte día a día, en parte periódicamente, un ajuste de la ciega y caótica

 producción con las necesidades de la sociedad.

 De este modo existe la economía capitalista, mediante la acción

 automática de aquellas leyes económicas que surgieron por sí mismas, sin

 que se inmiscuya conscientemente la sociedad. Es decir que, de este

 modo, pese a la ausencia de toda ligazón económica organizada entre los

 diversos productores, pese a la total carencia de plan en el movimiento

 económico de los hombres, se hace posible que avancen la producción

 social y su ciclo integrado con el consumo; que la gran masa de la

 sociedad sea mantenida en el trabajo, las necesidades de la sociedad

 satisfechas mal o bien, y asegurado, como base de todo el progreso de la

 cultura, el progreso económico, el desarrollo de la productividad del trabajo

 humano.

 Éstas son las condiciones fundamentales para la existencia de toda

 sociedad humana y, mientras una forma de economía históricamente

 surgida satisface estas condiciones, puede subsistir, constituye una

 necesidad histórica.

 Sin embargo, las relaciones sociales no son formas rígidas, invariables.

 Hemos visto cómo, en el curso de los tiempos, experimentaron numerosas

 transformaciones, cómo están sometidas a eterno cambio al que abre

 camino el propio progreso cultural humano, la evolución. Los largos

 milenios de la economía comunista originaria, que conducen a la sociedad

 humana desde los primeros comienzos de la existencia todavía medio

 animal hasta un grado elevado de desarrollo de la cultura, a la formación

 del lenguaje y de la religión, a la cría de ganado y a la agricultura, a la vida

 sedentaria y a la constitución de aldeas, sigue la gradual descomposición

 del comunismo originario, la formación de la esclavitud antigua que, a su

 vez, trae consigo nuevos progresos en la vida de la sociedad para finalizar

 luego con el ocaso del mundo antiguo. A partir de la sociedad comunista

 de los germanos, se desarrolla en Europa central sobre los escombros del

 mundo antiguo, una nueva forma (la economía de la servidumbre), sobre la

 cual se basó el feudalismo medieval.


 La evolución retoma nuevamente su avance ininterrumpido: en el seno de

 la sociedad feudal de la Edad Media, surgen en las ciudades gérmenes de

 una forma de economía y de sociedad enteramente nueva, se desarrollan

 la artesanía gremial, la producción mercantil y el comercio regular que

 finalmente descomponen la sociedad feudal basada en la servidumbre;

 ésta se desmorona dejando sitio a la producción capitalista, que ha crecido

 de la producción artesanal de mercancías gracias al comercio mundial, al

 descubrimiento de América y a la vía marítima hacia India.

 El modo de producción capitalista, considerado desde un comienzo desde

 la inmensa perspectiva del progreso histórico, no es por su parte

 inalterable y eterno, sino que constituye una simple fase de transición, un

 escalón de la escala colosal del desarrollo cultural humano, al igual que

 cualquier otra de las formas sociales precedentes. Y, en efecto, cuando se

 examina cuidadosamente la cuestión, se ve que el desarrollo del

 capitalismo mismo lleva a su propio ocaso y a su rebasamiento. Hasta aquí

 hemos indagado los vínculos que hacen posible la economía capitalista, de

 modo que ya es tiempo de tomar conocimiento de aquellos que la hacen

 imposible. Para ello sólo necesitamos seguir las leyes internas de la

 dominación del capital en sus efectos ulteriores. Son ellas mismas las que,

 en cierto punto del desarrollo, se vuelven contra las condiciones

 fundamentales, sin las cuales no puede existir la sociedad humana. Lo que

 distingue el modo capitalista de producción de todos los anteriores es,

 principalmente, que tiene la tendencia interna a expandirse sobre todo el

 globo terrestre, desplazando todo otro orden social anterior. 

En tiempos del comunismo originario, todo el mundo accesible a la

 investigación histórica se encontraba ocupado por igual por economías

 comunistas. Pero entre las diversas comunidades y tribus comunistas no

 existían relaciones; o las había, débiles, sólo entre las comunidades

 cercanas entre sí. Cada comunidad o tribu vivía, en sí misma, una vida

 cerrada y si, por ejemplo, encontramos hechos sorprendentes como aquel

 de que la comunidad comunista germana medieval y la del Perú antiguo,

 en Sudamérica, tenían prácticamente el mismo nombre, ya que aquélla se

 llamaba “mark” y ésta “marca”, esta circunstancia es todavía para nosotros

 un enigma inexplicado, si no una simple coincidencia. Igualmente en los

 tiempos de la difusión de la esclavitud antigua encontramos similitudes

 mayores o menores en la organización y las relaciones reinantes en las

 diversas economías o estados esclavistas de la Antigüedad, pero no una

 comunidad en su vida económica. 


 Del mismo modo, se reiteró la historia de la artesanía gremial y de su

 liberación, con mayor o menor grado de coincidencia, en la mayoría de las

 ciudades medievales de Italia, Alemania, Francia, Holanda, Inglaterra, etc.,

 sin embargo, se trataba las más de las veces de la historia de cada ciudad

 en sí misma. La producción capitalista se extiende a todos los países, ya

 que no sólo los conforma económicamente a todos del mismo modo, sino

 que los articula en una única, gran economía capitalista mundial.

 Dentro de cada país industrial europeo, la producción capitalista desplaza

 incesantemente la producción de pequeña industria, la artesanal y la

 pequeña producción campesina. Simultáneamente, incorpora a la economía

 mundial a todos los países europeos atrasados y todos a los países de

 América, Asia, África, Australia. Esto ocurre por dos vías: a través del

 comercio mundial y a través de la conquista colonial. Uno y otra se

 iniciaron de la mano; con el descubrimiento de América a fines del siglo

 XV, se expandieron más allá en el curso de los siglos siguientes, pero

 alcanzaron especialmente en el siglo XIX su máximo auge y continuaron

 expandiéndose incesantemente. Ambos (tanto el comercio mundial como

 las conquistas coloniales) actúan juntos del siguiente modo. Comienzan

 por poner en contacto los países industriales de Europa con todo tipo de

 sociedades de otros continentes que se basan en formas de cultura y de

 economía más antiguas: economías esclavistas campesinas, economías

 feudales de servidumbre, pero preponderantemente con formas comunistas

 originarias. El comercio, al que estas economías se ven incorporadas, las

 arruina y descompone rápidamente. 

Con la fundación de sociedades mercantiles coloniales en territorio

 extranjero, o con la conquista directa, la tierra, fundamento más importante

 de la producción, así como los rebaños de ganados allí donde los hay,

 pasan a manos de estados europeos o de las sociedades comerciales. De

 este modo se ven aniquiladas, en todas partes, las relaciones sociales

 naturales y el tipo de economía de los aborígenes; pueblos enteros se ven

 diezmados y la parte que queda de ellos es proletarizada y puesta, de uno

 u otro modo, bajo el mando del capital industrial y comercial, como

 esclavos u obreros. 

La historia de las décadas de guerras coloniales, que se prolonga durante

 todo el siglo XIX; levantamientos contra Francia, Italia, Inglaterra y

 Alemania en África; contra Francia, Inglaterra, Holanda y los Estados

 Unidos en Asia; contra España y Francia en América, en la larga y tenaz

 resistencia de las viejas sociedades autóctonas contra su exterminio y

 proletarización a manos del moderno capital, lucha de la que finalmente

 surge en todas partes el capital como vencedor.

 Esto entraña en primer término una enorme ampliación del ámbito de

 dominación del capital, un desarrollo del mercado mundial y de la

 economía mundial en la que todos los países habitados de la Tierra son

 recíprocamente productores y compradores de productos, trabajan unos

 para otros, son participantes de una y la misma economía que abarca todo

 el globo.

 Pero el otro costado consiste en la pauperización progresiva de porciones

 cada vez más amplias de la humanidad, y la creciente inseguridad de su

 existencia. Mientras las viejas relaciones, comunistas, campesinas o de

 servidumbre, con sus limitadas fuerzas productivas y poco bienestar, pero

 con sus condiciones de existencia firmes y aseguradas para todos, se ven

 reemplazadas por las relaciones capitalistas coloniales, y junto a la

 proletarización y a la esclavitud asalariada, para todos los pueblos

 implicados en América, Asia, África, Australia, se alzan amenazantes la

 miseria brutal, una carga laboral inusitada e insoportable y, por añadidura,

 la completa inseguridad de la existencia. 

Después que el fértil y rico Brasil fuera transformado, para satisfacer

 necesidades del capitalismo europeo y norteamericano, en un gigantesco

 desierto y en una plantación de café ininterrumpida, después que masas

 enteras de aborígenes fueron transformados en esclavos asalariados en

 las plantaciones, estos esclavos asalariados, por añadidura, se ven

 abandonados por largo tiempo, repentinamente, al desempleo y al hambre

 a raíz de un fenómeno puramente capitalista: la llamada “crisis del café”.La

 rica y enorme India fue sometida por la política colonial inglesa a la

 dominación del capital, después de una resistencia desesperada que duró

 décadas; y desde entonces las hambrunas y el tifus exantemático, que

 arrebatan millones de víctimas cada vez, son huéspedes periódicos de la

 comarca del río Ganges. En el interior de África la política colonial inglesa

 y alemana ha transformado en esclavos asalariados a pueblos enteros en

 los últimos 20 años, y ha aniquilado por hambre a otros dispersando sus

 huesos en todas las regiones. Los levantamientos desesperados y las

 epidemias de hambre del gigantesco imperio de China son consecuencia

 de la pulverización de la antigua economía campesina y artesanal de ese

 país por la irrupción del capital europeo. 


 La irrupción del capitalismo europeo en los Estados Unidos, fue

 acompañada inicialmente por el exterminio de los indios aborígenes

 norteamericanos y el despojo de sus tierras por los ingleses inmigrantes;

 luego por la puesta en marcha, a comienzos del siglo XIX, de una

 producción capitalista primaria para la industria inglesa; luego por la

 esclavitud de cuatro millones de negros africanos enviados y vendidos en

 América por tratantes europeos66, para ser puestos al mando del capital

 como fuerza de trabajo en las plantaciones de algodón, azúcar y tabaco.

 Así, un continente tras otro y, en cada continente, una región tras otra, una

 raza tras otra, caen inevitablemente bajo la dominación del capital, pero

 con ello caen, permanentemente, millones de seres humanos en la

 proletarización, en la esclavitud, en la inseguridad de la existencia, en

 pocas palabras, en la pauperización. La formación de la economía mundial

 capitalista trae consigo como contrapartida la difusión de una miseria cada

 vez mayor, de una carga insoportable de trabajo y de una creciente

 inseguridad de la existencia en todo el globo, que corresponde a la

 concentración del capital en pocas manos. 

La economía mundial capitalista significa cada vez más el constreñimiento

 de toda la humanidad al duro trabajo bajo innumerables privaciones y

 dolores, bajo degradación física y espiritual, con la finalidad de la

 acumulación de capital. Hemos visto que el modo de producción capitalista

 tiene la particularidad de que el consumo humano, que en todas las formas

 anteriores de economía era un fin, es para ella un medio que sirve para

 alcanzar el verdadero fin: la acumulación de ganancia capitalista. El

 crecimiento del capital en sí mismo aparece como comienzo y fin, como

 finalidad propia y sentido de toda la producción. 

Pero la insensatez de estas relaciones se pone en evidencia cuando la

 producción capitalista llega a convertirse en producción mundial. Entonces,

 en la escala de la economía mundial, el absurdo de la economía capitalista

 alcanza su justa expresión en el cuadro de toda una humanidad que gime,

 sometida a terribles dolores bajo el yugo del capital, un poder social ciego,

 creado inconscientemente por ella misma. 

66 Rosa Luxemburg hace referencia a las estadísticas conocidas en su época, pero más

 de un siglo después, podemos hablar de un número mucho mayor de personas (N. a

 esta ed.)


 La finalidad fundamental de toda forma social de producción, el

 sostenimiento de la sociedad por el trabajo, la satisfacción de sus

 necesidades, aparece entonces completamente patas arriba, ya que se

 convierte en ley en todo el globo, la producción no para el hombre sino

 para la ganancia y se convierte en regla el subconsumo, la permanente

 inseguridad del consumo y, temporalmente, el no-consumo de la enorme

 mayoría de los hombres.

 El desarrollo de la economía mundial trae consigo simultáneamente otros

 fenómenos importantes, que lo son por cierto, para el propio capital. La

 irrupción de la dominación del capital europeo en los países no europeos,

 como hemos dicho, atraviesa dos etapas: primeramente la entrada del

 comercio y, por este medio, la incorporación de los aborígenes al

 intercambio de mercancías, en parte también la transformación de las

 formas de producción halladas en aquellos países, en producción

 mercantil; luego la expropiación, de un modo u otro, de la tierra de los

 aborígenes y, en consecuencia, de sus medios de producción. Estos

 medios de producción se convierten, en manos de los europeos, en

 capital, mientras los indígenas se transforman en proletarios. A las dos

 primeras etapas sigue, sin embargo, por lo general, tarde o temprano, una

 tercera: la fundación de una producción capitalista propia en el país

 colonial, ya sea por parte de europeos inmigrantes, ya sea por indígenas

 enriquecidos.

 Los Estados Unidos de Norteamérica, que fueron poblados inicialmente

 por ingleses y otros emigrantes europeos, constituyeron en un primer

 momento, una vez que hubieron sido exterminados los indígenas pieles

 rojas en una larga guerra, un hinterland agrario de la Europa capitalista

 que proveía materias primas para la industria inglesa, como algodón y

 granos; como contrapartida era comprador de productos industriales

 europeos de todo tipo. Pero en la segunda mitad del siglo XIX surge en los

 Estados Unidos una industria propia que no sólo desplaza las

 importaciones procedentes de Europa sino que pronto opone dura

 competencia al capitalismo europeo en la propia Europa y en otros

 continentes. En India, igualmente, surgió para el capitalismo inglés un

 competidor peligroso consistente en la industria local, textil y de otras

 ramas. Australia ha recorrido el mismo camino de desarrollo, de país

 colonial a país capitalista industrial. 


 En Japón se desarrolló una industria propia ya en la primera etapa (a partir

 del impulso del comercio mundial), lo que lo preservó de ser repartido

 como país colonial europeo. 

En China se complica el proceso de desmembramiento y saqueo del país

 por el capitalismo europeo con los esfuerzos del país por fundar una

 producción capitalista propia con ayuda de Japón para defenderse frente a

 la europea, de lo que resultan para la población, por otro lado, sufrimientos

 doblemente complejos. 

De este modo, no sólo se extienden por todo el mundo la dominación y el

 poder del capital mediante la creación de un mercado mundial, sino que se

 extiende asimismo, gradualmente, el modo de producción capitalista por

 todo el globo. Pero con ello la necesidad de expansión de la producción y

 el ámbito en que esta expansión puede tener lugar, es decir la

 accesibilidad de mercados de venta, se encuentran en una relación cada

 vez más precaria. Como hemos visto, la necesidad más íntima y la ley vital

 de la producción capitalista es que no puede mantenerse estacionaria, sino

 que tiene que expandirse permanentemente y cada vez más rápidamente,

 es decir producir masas de mercancías cada vez más cuantiosas en

 empresas cada vez más grandes, con medios técnicos cada vez mejores,

 cada vez más velozmente. En sí mismas, estas posibilidades de expansión

 de la producción capitalista no conocen límites, pues no tienen límites el

 progreso técnico ni, por tanto, las fuerzas productivas de la Tierra. Pero

 esta necesidad de expansión choca con límites perfectamente

 determinados, particularmente con el interés de ganancia del capital. La

 producción y su expansión sólo tienen sentido mientras surge de ellas, al

 menos, la ganancia media “normal”. Pero que esto ocurra o no, depende

 del mercado, es decir de la relación entre la demanda solvente del lado de

 los consumidores y la cantidad de mercancías producidas, así como sus

 precios. El interés del capital por la ganancia que, por un lado, exige una

 producción cada vez más rápida y cada vez mayor, se crea a sí mismo,

 permanentemente, límites de mercado que cierran el paso al fogoso

 impulso de la producción hacia la ampliación. De ello resulta, como hemos

 visto, el carácter inevitable de las crisis industriales y comerciales que

 periódicamente ajustan la proporción entre el impulso de la producción

 capitalista, en sí mismo libre e ilimitado, y los límites capitalistas del

 consumo, haciendo posible la prolongación de la existencia y el desarrollo

 del capital.


 Pero cuanto más numerosos son los países que desarrollan una industria

 capitalista propia, y mayores la necesidad y posibilidad de expansión de la

 producción, tanto más estrechas se vuelven, en relación con ellas, las

 posibilidades de ampliación de los límites de mercado. Si se comparan los

 saltos con los que la industria inglesa ha progresado en las décadas del

 sesenta y del setenta (cuando Inglaterra era todavía el país capitalista

 dominante en el mercado mundial) con su crecimiento en los dos últimos

 decenios (desde que Alemania y los Estados Unidos la desplazaron en

 grado significativo en el mercado mundial) resulta que su crecimiento se ha

 hecho mucho más lento con respecto al que tenía lugar anteriormente.

 Pero lo que fue en sí el destino de la industria inglesa, lo tienen por delante

 inevitablemente la alemana, la norteamericana y, en definitiva, la industria

 mundial en conjunto. Irresistiblemente, en cada paso de su propio avance

 y desarrollo, la producción capitalista se aproxima al momento en que sólo

 podrá expandirse y desarrollarse cada vez más lenta y difícilmente. Claro

 está que el desarrollo capitalista tiene por delante todavía un buen trecho

 de camino, puesto que el modo de producción capitalista, como tal,

 representa todavía la menor proporción de la producción mundial total.

 Incluso en los más antiguos países industriales de Europa subsisten

 todavía, junto a grandes empresas industriales, numerosos pequeños

 establecimientos artesanales y, ante todo, la mayor parte de la producción

 agraria (especialmente la de tipo campesino) no se lleva a cabo a la

 manera capitalista. Además, en Europa hay países donde la gran industria

 apenas se ha desarrollado, donde la producción local presenta predomi

nantemente carácter campesino y artesanal. Y, finalmente, en los restantes

 continentes, con la excepción de la parte norte de América, los lugares de

 producción capitalista representan sólo pequeños puntos dispersos,

 mientras enormes extensiones de tierra no han llegado siquiera, en parte,

 a la producción mercantil simple. Cierto es que la vida económica de todas

 estas capas y países que no producen ellos mismos a la manera

 capitalista, en Europa, como en los países no europeos, también está bajo

 la dominación del capitalismo. El campesino europeo, aunque lleve a cabo

 él mismo, todavía, la más primitiva de las economías parcelarias, depende

 íntegramente de la gran economía capitalista, del mercado mundial, con el

 cual lo han puesto en contacto el comercio y la política fiscal de las

 potencias capitalistas. Del mismo modo los países no europeos más

 primitivos son puestos bajo el dominio del capitalismo europeo y

 norteamericano por el comercio mundial así como por la política colonial. 


 Pero el modo de producción capitalista en sí podría lograr todavía una

 poderosa expansión si desplazase en todas partes todas las formas de

 producción atrasadas. Por lo demás, como lo hemos mostrado anterior

mente, la evolución se da, en general, en esta dirección. Pero justamente

 en esta evolución se atasca el capitalismo en la contradicción fundamental

 siguiente: cuanto más reemplaza la producción capitalista producciones

 más atrasadas, tanto más estrechos se hacen los límites de mercado,

 engendrado por el interés por la ganancia, para las necesidades de

 expansión de las empresas capitalistas ya existentes. La cosa se aclara

 completamente si nos imaginamos, por un momento, que el desarrollo del

 capitalismo ha avanzado tanto que, en toda la Tierra, todo lo que producen

 los hombres se produce a la manera capitalista, es decir sólo por

 empresarios privados capitalistas en grandes empresas con obreros

 asalariados modernos. La imposibilidad del capitalismo se manifiesta

 entonces nítidamente.




Ilustración: José María Rodríguez de Losada



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