martes, 3 de febrero de 2026

La universidad nueva (Alfredo L. Palacios)






Hace algunos años escuché en el Instituto Popular de Confe- 

rencias la palabra vigorosa y sabia del profesor Ortega y Gasset, 

quien considera a la Universidad como instrumento incomparable pa- 

ra la labranza de los pueblos. Decía, sin embargo, el maestro, con. 

amargura, que este vocablo “Universidad ”” suscita, al ser oído, imáge- 

nes sórdidas e inelegantes de aulas tristes y prosaicas, de dómines 

solemnes y cejijuntos, de palabras frígidas y pedantes... 


Bien se ve que el filósofo hablaba en nuestro país, antes de 

la reforma universitaria, implantada por una juventud pujante, de 

espíritu inquieto y expansivo, que hoy la defiende ahincadamente —, 

de la reforma universitaria, que después del caos, consecuencia ine- 

vitable de toda gran conmoción, se ha concretado, debido a la in- 

gerencia estudiantil, que es la garantía, en estos dos postulados, 

enunciados por mí, en distintas oportunidades: Primero: Renova- 

ción de métodos en el sentido de que éstos se basen en la observa- 

ción y el experimento, e impidan así, el cultivo de la vulgaridad, la 

elorificación del lugar común y el verbalismo. Segundo: La afir- 

mación y el propósito firme de seguir el ritmo de los problemas so- 

ciales, adaptando las universidades a las nuevas ideas y haciendo 

que las verdades puedan servir para aumentar el bienestar de los 

hombres. 


- Tenía razón Ortega y Gasset, cuando todavía nuestras univer- 

sidades no habían sido renovadas. 


La asistencia obligatoria y el monólogo, a veces elocuente, ca- 

si siempre vacío e inútil, del magister pedante, entristecían las au- 

las, ““porque apagaban la lámpara del alma””. | 


Pero la reforma trajo la asistencia libre, y obligó así a los 

“maestros” a que estudiaran, pues, de lo contrario, corrían el ries- 

go de no tener discípulos; permitió el contralor de los estudiantes, 

fuerza sana y sincera, que era indispensable porque había profe- 

sores ““elocuentes””, pero casi analfabetos, aleunos de los cuales, 

por desgracia, aún quedan en las casas de estudio. 


Es verdad que los jóvenes, en ciertas ocasiones, se excedieron; 

permitiendo, en otras, que penetrara en sus filas la política subalter- 

na; pero, en gran parte, eso se debe a la actitud repudiable de algu-. 

nos profesores, que desorientaron deliberadamente a la juventud. En 

cambio, realizó ésta, una eran obra. Puso un contenido social en 

la reforma y se acercó al pueblo. Las universidades eran, antes, 

claustros cerrados. La reforma las convirtió en organismos abiertos, 

expansivos, sociales. Así, en más de una ocasión hemos visto a los es- 

tudiantes fraternizando con los obreros, en defensa de ideales comunes. 

Es éste un hecho que todavía no han podido comprender los reaeccio- 

narios. Cuando la masa popular irrumpió en las calles, exteriorizando 

sus simpatías por la juventud renovadora, se habló de indisciplina 

anarquizante y se pretendió desprestigiar el movimiento. Hubo una 

verdadera conspiración contra la libertad de las almas; se invocó la 

tradición, para laminar el espíritu, y también la disciplina, en su peor 

sentido de regimentación, la disciplina enemiga, tiranía contra la cual 

Carlos Wagner, amigo generoso de la juventud, quería levantar todos 

los estandartes de todas las rebeliones. 



La juventud, para quien la evolución implica la incesante re- 

novación de ideales, luchó, con éxito, primero contra la indiferen- 

cia, después contra la incomprensión, el más erande de los obs- 

táculos, demostrando que Schiller no tuvo razón cuando afirmó que 

contra ella hasta los dioses luchan en vano. 


Y así, ha echado las bases de la universidad nueva que realiza 

el proceso científico, laboratorio de experiencias, que aspira a la 

Implantación de una cultura original, que se adapta a la nueva 

ideología y que sugiere ideales, 




La Universidad de La Plata, cuyo ilustre fundador era un 

hombre ““nuevo””, había realizado, antes de la reforma, progresos 

extraordinarios con relación a las viejas casas de estudio. Siguió 

después el ritmo de los acontecimientos, al producirse la reforma, 

pero el espíritu científico renovador, no penetró en la Facultad de 

Ciencias Jurídicas y Sociales, no obstante los esfuerzos realizados 

por los hombres eminentes que ocuparon el decanato antes que yo. 


Es que el empirismo y la metafísica, arrojados de todas las 

demás ciencias físicas y naturales, propiamente dichas, se han re- 

fugiado Y atrincherado — lo dijo ya De Greef — en esa última y 

formidable ciudadela, donde están los juristas, los legistas, los po- 

líticos, fortaleza que no caerá sino cuando todas las ciencias socia- 

les, comprendidos naturalmente, el derecho y la política, hayan ad- 

quirido de las ciencias antecedentes, las armas, es decir, los méto- 

dos positivos que dieron la victoria a sus “hermanas mayores?”. 


Por eso, en ninguna parte se ha resistido tanto a la reforma, co- 

mo en las Facultades de Derecho. Aun después del esfuerzo de la 

juventud, en Buenos Aires y en Córdoba sólo se ha implantado en 

lo que se refiere a sus aspectos externos. 


Lo mismo sucedió en La Plata hasta que la acción mancomuna- 


da de todas las fuerzas vivas de la Universidad efectuó una labor 

de juventud; renovando métodos e intensificando estudios. En la 

Universidad de La Plata, para completar la obra, tuvimos la ven- 

taja de no estar amarrados a la tradición; no torturaba nuestro 

espíritu la filosofía de la sutileza; no fué menester que rodaran 

aquí por el suelo a impulsos de la insolencia juvenil, bulas de pon- 

tífices ni cédulas de reyes; los Píos, los Urbanos, los Carlos y los 

Felipes, que para algunos son ““preeclara estirpe””, no podían im- 

ponernos ningún respeio. Nada teníamos de común con la Univer- 

sidad colonial, vivero de clérigos que retardó la evolución, como 

he de probarlo. 

- Hemos tomado la ““fortaleza””, y hoy en la Facultad de Cien- 

cias Jurídicas y Sociales se investiga con eriterio experimental y 

científico, realizando el esfuerzo para encontrar la verdad, Recl- 

bimos el concurso del pasado, ya que hay una elaboración sucesiva 

de las ideas, pero sólo del pasado en que se ineubaron ideas. 


Conversando cierto día con el doctor Eleodoro Lobos, eminen- 

te decano de la Facultad de Ciencias Económicas de Buenos Altres, 

especto de mis investigaciones de laboratorio, que determinaron 


mi libro “La fatiga y sus proyecciones sociales”, editado por esa 

casa de estudios, expresé, al referirme a los métodos nuevos, la 

continuidad del pensamiento argentino en las distintas épocas, que 

hov eulmina con el reconocimiento de la justicia social; y siento 

placer al recordar que el doctor Lobos, de acuerdo con mis ideas, 

me dijo que ampliaría esa opinión desde la tribuna universita- 

ria, lo que hizo al poco tiempo en uno de sus mejores discursos, con 

estas palabras: “Las enseñanzas de Dafinur y de Alcorta, en lo 

filosófico, como la tesis optimista de Belgrano y de Moreno en lo: 

económico, en la primera época de nuestra Universidad, han con- 

certado con las ideas y necesidades de la segunda, representadas 

por Alberdi, Vélez, Mitre y López, en un ambiente nacional menos ru- 

dimentario, y del acuerdo común, ha surgido la reforma lenta, 

pero efectiva, de los últimos tiempos, en que, a la armonía espon- 

tánea de los intereses de la escuela individualista y liberal, que 

tardaba en demostrar su eficacia, ha seguido la intervención que se 

inicia, del Estado, de la asociación, de la solidaridad, de las fuer- 

zas industriales y de la justicia social, en el régimen del trabajo y 



de la propiedad””. 



En la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales que dirijo, se 

investiga con criterio experimental y científico, en un ambiente 

de trabajo que hace honor a la Universidad; en Seminarios y La- 

boratorios, de los que me ocuparé con detenimiento, en otros Ca- 

pítulos, no en su faz teórica, sino en su funcionamiento, en su ad- 

mirable dinamismo.


Estos centros de investigación personal disciplinan la volun- 

tad, permiten que cada joven sea el “escultor de su propio cere- 

bro””, y que hasta los peor dotados, según lo afirma el maestro Ra- 

món y Cajal, sean susceptibles al modo de las tierras pobres, pero 

bien cultivadas y abonadas, de rendir copiosa mies. 


Se trata de centros de impulsión intelectual, donde la juven- 


tud agitada por una honda inquietud, investiga, realizando el es- 

fuerzo del espíritu, y sintiendo la alegría de conocer, la alegría de 

comprobar. 

- La transformación operada en los métodos de estudio de nues- 

tra Facultad, tiene una importancia nacional. Sus resultados se ha- 

rán sentir ventajosamente cuando se discutan los problemas socia- 

les que afectan directa e intensamente a los intereses del país. 


Este acontecimiento universitario es de mayor importancia que 

cualquiera de los acontecimientos políticos producidos en la mis- 

ma época. 


No exagero, Los asuntos relativos a la cultura tienen una tras- 

- cendencia que, desgraciadamente, no es apreciada en su verdadero 

valor, sino por espíritus superiores. 


Recuerdo que la cátedra de Economía Política en el Departa- 

mento de Jurisprudencia de Buenos Aires, aun cuando formaba 

parte del plan general de estudios adoptado por la Universidad, no 

fué dictada, según lo hace notar Juan María Gutiérrez en su li- 

bro Origen y desarrollo de la enseñanza pública superior, por fal- 

ta de profesor, hasta 1823, en que el Gobierno nombró al doe- 

tor Pedro José Agrelo. En el mensaje de 3 de mayo de 1824, Ri- 

vadavia y Manuel José García, ministros encargados del Poder 

Ejecutivo, al abrir las sesiones de la Legislatura de la provincia de 

Buenos Aires, señalaban el acontecimiento: “La juventud — de- 

cían esos estadistas — adquiere nuevos medios de adelantar en las 

ciencias morales y naturales; ella, ciertamente, no dejará infrue- 

tuosos los esfuerzos del Gobierno ni el celo de sus maestros. La eco- 

nomía política ha empezado a enseñarse en este año, y sus luces 

difundidas, procurarán a nuestra patria administradores inteli- 

gentes””. 


Hace algún tiempo — era el año 1909 — cuando en la Facul- 

tad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, por iniciativa 

del doctor Antonio Dellepiane, nobilísimo espíritu, se crearon los 

cursos intensivos que permitirían efectuar investigaciones persona- 

les, el autor del proyecto sancionado, decía, en su discurso pronun- 

ciado en la colación de grados, que el acontecimiento culminante 

no era de carácter político, sino universitario: el voto unánime 

dado por el Consejo Directivo al proyecto, que transformaba, se- 

gún él, la Facultad en un alto centro de investigación científica, 

en un instituto superior de estudios jurídicos y sociales, el primero, 

decía el doctor Dellepiane, con explicable y sano optimismo, entre 

los establecimientos hispanoamericanos que cultivan estas disei- 

plinas.

Creyó Dellepiane que esa medida importaba la liberación del 

profesor de la Facultad, amarrado hasta entonces al duro banco 

de la galera universitaria, condenado a trabajos forzados, obligado 

a redecir todos los años las mismas generalidades, a abocetar gro- 

seramente el cuadro de su asignatura, a realizar una obra rutina- 

ria, sin horizontes, sin ambiciones, sin ese vigoroso acicate de la 

libertad, que es la primera y gran condición del trabajo humano y 

de la labor científica. 


Con un entusiasmo mal controlado, creyó el maestro que la 

enseñanza implantada en la Facultad de Buenos Aires se aplicaría 

a encontrar fórmulas concretas de solución de todos nuestros pro- 

blemas sociales, suprimiendo el verbalismo y las fórmulas hue- 

cas. 


Dellepiane exageraba la importancia de los cursos Intensivos, 

que fracasaron estruendosamente, porque la casa de estudio, foco 

reaccionario, necesitaba, antes, una transformación de su más ín- 

tima estruetura. Aún después de la gran agitación estudiantil de 

1918, la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Alres 

carece de Seminarios de investigación personal, y en ella son ha- 

bituales, según lo acaban de afirmar sus alumnos, los cursos in- 

completos, así como los profesores que glosan en las cátedras, el 

contenido insubstancial de textos elementales. | 


Reivindico para la Universidad de La Plata el honor de haber 

realizado 'el gran acontecimiento universitario de renovación de 

métodos en las aulas que parecían consagradas al verbalismo, per- 

mitiendo así que, con los cursos de investigación, en los cuales 

alumnos y profesores se familiarizan con los métodos elentíficos, 

edifiguemos el instituto superior de estudios Jurídicos y sociales, 

que es parte de la universidad científica, experimental, creada pa- 

ra fines de la vida moderna, y que ha aparecido sin reatos histó- 

ricos. 





Ilustración: Juan de Valdés Leal



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