El armario


Laura se desabrochó el segundo botón de la blusa al ver a Tomás, que bajaba del colectivo en la esquina de la plaza. Tenía el traje azul de todos los días, gastado en las rodillas y con dos pitucones en los codos. Llevaba abierto el cuello de la camisa blanca, y el diario enrollado bajo su brazo izquierdo. Esta vez venía sin esa sonrisa que siempre estaba en sus labios al ir a visitarla. Sus ojos brillaban al pensar en Laura. Pero ahora no era así, había algo diferente en su rostro, muy parecido quizá a una expresión de irreflotable hundimiento.

Al entrar fue directamente hacia ella, rodeado por el aroma del pan y las facturas. La campanilla de la puerta se apagó con serenidad.

-Duque se murió ayer a la noche.- Dijo en ese silencio abrupto de las cinco de la tarde.

-¡Por Dios, querido!- Contestó Laura, abrazándolo por encima del mostrador. La blusa de seda se agitaba con su respirar entrecortado, apretada contra el pecho de Tomás, mojándole el cuello con sus lágrimas.

-¿Cuántos años tenía, trece, catorce...?

-Diecisiete años. Fue mi mejor amigo todo ese tiempo.

Decidieron ir al bar a conversar.

-¡Papá, salgo!- Gritó Laura hacia la cocina, y su padre debió escucharla pero no contestó.

En la confitería se sentaron cerca de la ventana, tomándose de las manos. El mozo puso dos cafés entre los brazos temblorosos.

Ella había visto a Duque tres días antes. Aquel perro viejo sí que era grande. Un mestizo ovejero alemán que aún saltaba y le lamía la cara al verla. Parándose en dos patas, le impedía abrirse paso por el pasillo estrecho de la casa de Tomás. Vivía solo con su perro, en esos cuartos pequeños y cerrados todo el día, con la humedad y el polvo cubriendo los muebles, y un olor a putrefacta acidez que surgía de alguna parte.

-Como afuera, no tengo ganas de cocinar cuando vuelvo del laburo.- Había dicho él alguna vez.

Entonces fue cuando ella se ofreció a cocinarle. Iba casi todas las noches a hacerle algo simple y caliente. Luego le preparaba la cama, las sábanas limpias en la que se acostaban juntos. Siempre se sentía vigilada por Duque, quieto y silencioso hasta que Tomás regresaba a las nueve de la noche. Al llegar le abría la puerta del jardín, mientras Laura los observaba jugar, sentada bajo el roble, con las luces de la ciudad ascendiendo hacia el cielo del crepúsculo. La luna pálida iba creciendo, y Duque aullaba.

-Le ladra a la luna todas las noches desde que lo conozco. Si no está afuera se desespera rasguñando las puertas, como cuando se sienta al lado del armario y no puedo sacarlo de ahí.- Se quejaba Laura muchas veces.

Tomás entonces la miraba con recelo.

-Es su armario, Laura. Allí Duque tiene sus cosas.

A menudo ella había revisado el mueble buscando algo, pero siempre cuando el perro estaba lejos. De lo contrario se le ponía delante, alerta, con un gruñido expectante, sigiloso y protector, vigilando las puertas de madera barnizada y lustrosa. Las patas de estilo veneciano y la fachada antigua contrastaban con la simpleza del pasillo. Porque el armario estaba allí, en medio del paso, estorbando de manera que había que estrecharse contra la otra pared para pasar.

-¿Por qué no lo ponemos en tu habitación?- Le preguntó.

-No, no quiero que toques nada.

Ella se quedaba mirando largo rato ese armario enorme, imposible de mover. Lleno de cosas viejas, de las fuentes que Tomás usaba para alimentar a Duque, las toallas para bañarlo, el jabón, las correas de cuando era cachorro, y las zapatillas carcomidas por sus dientes precoces.

-Se murió sin molestarme, pobre viejo Duque.- Dijo él en la tarde húmeda del bar, mientras miraban pasar por la vereda a los chicos que salían de la escuela.- Cuando se quedó tieso sobre la alfombra, recordé su fuerza, sus mandíbulas feroces de algún tiempo atrás. Te conté cómo me defendió, ¿no?

En realidad Laura estaba cansada ya de escuchar aquella historia. Todos en el barrio sabían cómo Duque lo protegió el día en que sus padres discutieron, y la forma en que la vieja se cayó golpeándose la cabeza. Decían que el viejo la empujó, y después quiso hacer lo mismo con Tomás. Él entonces era un chico de doce años. Un niño apático y triste que se escondía de los otros, huyendo con su perro de las discusiones de los padres.

-Nos íbamos hasta las vías del tren, y ahí nos quedábamos hasta las nueve de la noche, cuando papá se iba al trabajo de sereno en la fábrica. Yo contaba los trenes uno por uno, esperando aquel que se lo llevaría lejos hasta el día siguiente.

Tomás, sentado sobre las vías, se entretenía mirando a Duque, que ladraba a las locomotoras, lentas como mastodontes. Para el perro quizá eran monstruos, animales primitivos o bestias salvajes.

Empezó a rozar las piernas de Laura con sus zapatos debajo de la mesa. Ella miró alrededor, sonrojada.

-Vamos a casa, Laura. Estoy cansado y solo.

Ella aceptó y salieron a las calles de La Plata, cubiertas por las sombras de las casas en el atardecer. Eran casi las siete.

Al llegar encendieron las luces, pero no hubo quien los recibiera esta vez, ni ladridos, ni saltos alegres ni patas sucias de barro. Sólo el aroma de Duque persistía, su olor a pelo mojado y pasto fresco. Su olor en todas partes, y ese armario siempre allí, molestando. Siendo un obstáculo absurdo ahora.

Laura hizo el gesto inicial de intentar empujarlo, y Tomás gritó.

-¡No, no!- Se detuvo un instante al darse cuenta de su reacción.- Son sus cosas y no quiero sacarlas por unos días.

Laura le preguntó dónde lo había enterrado, y él la llevó al jardín para mostrarle el montículo de tierra removida.

Comieron poco, unos huevos fritos cuyo aceite ayudó a ocultar el aroma fantasma. Pero Tomás extrañaba las migas de pan que le daba al perro, sentado a su lado, mirándolo como un mendigo.

A las nueve Tomás dijo escuchar algo, pero ella sólo oía la bocina del tren a lo lejos. Él insistió en que aquel sonido venía desde el jardín, retumbando en los techos altos de la casa, ocultos en la sombra.

-Es el aullido de Duque, estoy seguro.

Tomás siempre contaba cómo Duque se abalanzó sobre su padre esa última noche. Estaba por irse a trabajar cuando a la madre se le ocurrió fastidiarlo pidiéndole plata.

-Las peleas eran siempre por lo mismo. Parecían socios irreconciliables de un negocio en bancarrota.

No recordaba exactamente cómo pasó, pero comenzaron a golpearse y ella se desplomó sobre el suelo de la cocina. El piso, de pronto, estaba cubierto de sangre, y el viejo se veía desesperado. Agarró a Tomás muy fuerte, tanto que el chico creyó que iba a matarlo.

-Tal vez, tal vez sólo me abrazaba muy fuerte, no lo sé.

Entonces Duque se tiró encima del viejo y lo mordió hasta desfigurarlo. Recién meses después se supo que al hombre lo habían llevado a prisión. Tomás así lo dijo, y todos lo aceptaron. El viejo jamás fue visto desde esa vez.

En la mañana Laura lo acompañó hasta la parada del colectivo. Hacía frío, ella llevaba un chal celeste y él un sobretodo. Cuando lo vio alejarse, regresó a la panadería de su padre. El próximo fin de semana era Pascua, y los huevos de chocolate lucían bellos en las vidrieras decoradas con figuras europeas. El aroma salía por la puerta, un olor amargo y caliente.

-Papá.- Se le ocurrió preguntar.- ¿Sabés de algún vecino que tenga cachorros para regalar?

Y con esa idea en mente buscó toda la tarde por el barrio. Hasta que en el baldío de la casa de las Cortéz halló dos perros pequeños y recién nacidos. Agarró uno y lo llevó a la casa de Tomás. Aún era temprano. Hizo la cena y dejó que el perro correteara por todos lados. Le abrió la puerta del jardín, apartándolo de la tumba de Duque. No sabía cómo llamarlo, eso iba a dejárselo a él.

-¡Perro, perro, entrá!- El cachorro la obedeció con rapidez.

Tropezaron en el pasillo con el armario, siempre en el medio del paso. Laura lo revisó, viendo qué podía sacar para moverlo. Sólo frazadas viejas, latas de conserva y las cosas tontas de Duque, sus correas y el bozal. El cachorro olisqueaba el mueble con una curiosidad intensa, se metía debajo y raspaba la pared.

Eran las ocho y media, y Tomás no llegaba. No sabía qué hacer y tenía hambre. Se puso a pensar dónde poner el armario. El cachorro seguía raspando la pared.

“Hace tanto que no limpia, que debe haber ratas muertas”, pensó Laura, y se decidió a vaciarlo. Sacó todo, incluso los estantes para hacerlo más liviano. Hizo fuerza y de a poco fue cediendo. Las marcas de las patas habían hecho un hoyo en el piso de flexiplast, y vio dos rayas a cada lado, como si alguien hubiese movido el mueble regularmente.

Corriéndolo despacio centímetro a centímetro, con mucho esfuerzo, y entre los ladridos del perro que saltaba entusiasmado a su alrededor, descubrió una puerta simple y despintada. El cachorro ladraba cada vez más enloquecido, y empujó la puerta que, sin llave, se fue abriendo con un rechinar de bisagras. Un abrupto olor a suciedad y fermentos le revolvió el estómago y se tapó la boca. Al principio la oscuridad le ocultaba las formas, pero luego vio la cama y las paredes sin aberturas. La única ventana estaba cubierta por ladrillos.

Había alguien allí. Se podía oír su respiración débil pero ronca, y el aliento ácido que inundaba el aire. Era un hombre deforme de gordura, rodeado de sábanas sucias, y había varios platos amontonados a un costado de la cama. Laura se fue acercando sin saber en realidad si lo que sentía era miedo o quizá un leve temor teñido de piedad. El perro, sin embargo, esta vez se quedó en la puerta. La bocina del tren de las nueve se oyó lejana y atenuada por aquellas paredes.

El hombre dijo algo ininteligible, como si no hubiese hablado en muchos años y no supiese si aún tenía voz. Su cuello estaba deformado por las cicatrices, el rostro era indefinido, y a Laura le pareció que una de las cuencas de los ojos estaba vacía.

El perro seguía ladrando, y la voz quejumbrosa del viejo abandonado renació, ahora más clara pero vacilante.

-Otro... perro.- Murmuraba, extrañando quizá el ladrido de su carcelero muerto.

Un luz iluminó, de pronto, la habitación desde el pasillo. Vio a Tomás que corría hacia el patio, y fue tras él. La bocina del tren de las nueve se escuchaba otra vez, húmeda y pesada, como el sonido de un cuerno de caza a través del rocío nocturno. Entonces Laura se detuvo en la puerta de la cocina, asustada, mirándolo desprenderse de la camisa bruscamente, y con una pala brillante a la luz de la luna, cavar en la tumba de su perro.


La historia de este cuento es especial. Hacia 1994 venía asistiendo a talleres literarios desde casi seis años antes, y luego de pasar por varias etapas donde intentaba encontrar un estilo, una temática propia, surgió un cuento que agradó mucho a los demás miembros del taller. Antes yo escribía ciencia ficción, historias fantásticas, luego relatos muy cortos, intimistas y herméticos, incluso poesía influenciado por el ambiente del taller literario. Me decían que yo escribía bien, incluso muy bien, pero hubo diferencia con el nuevo relato. Principalmente me dijeron que había creado una situación creíble con un final rotundo y compacto. Ese cuento llevaba el título de "El empleo en lo de Casas", y estaba narrado por un aprendiz de panadero que hace los mandados en el barrio. El lugar ya es el suburbio de La Plata que conocemos por los demás cuentos, los personajes de Laura, Casas su padre, Tomás y el perro, también, sólo desaparece el narrador testigo. El cuento, entonces, fue publicado en la revista Otras puertas, de mi maestro y amigo Alberto Ramponelli. Más tarde, el relato no me conformó del todo, creo que la razón fue porque comenzaron a surgir otros cuentos relacionados con el mismo barrio y los mismos personajes. Fue recién cuando ellos decidieron contarme sus historias, cuando apareció la necesidad de seguir contando y completando circunstancias, cada una con sus misterios y oscuridades, con sus revelaciones y tragedias, que la primera historia de este ciclo necesitaba ser modificada, adaptada a su posterior evolución. Fabián Vique dijo muy bien en el prólogo a mi tercer libro, "El rostro de los monos", que nada es definitivo, ni siquiera el pasado. Por eso, uno como narrador de historias y por ende creador de mundos, tiene el privilegio, casi como una especie de dios menos, de modificar las historias de sus criaturas. Pero también hay algo, como dije antes, más importante y más cierto, estas historias nos son contadas, incluso a su autor, por sus mismos personajes, unos van llamando a otros, amigos, vecinos, familiares. Pasado y futuro se hacen presente mientras nosotros viajamos con ellos en el tiempo, testigos de sus nacimientos, sus tragedias y sus días, sus muertes. La historia de la primer versión del cuento era más bien inconclusa, demasiado abierta. El narrador testigo, un adolescente enamorado de la hija del panadero y celoso de Tomás, espía a éste y lo encuentra desenterrando a su perro. En la nueva versión, los protagonistas ganan en personalidad, en detalles que los caracterizan, como en la escena inicial el diario bajo el brazo de Tomás mientras camina hacia la panadería luego de bajar del colectivo, o el acto Laura de desabrocharse un botón de la blusa al verlo llegar. La historia de los padres de Tomás se concreta, así como la participación del perro, todo esto aderezado con pistas sobre el olor de la casa de Tomás, el extraño armario que oculta una puerta condenada, la insistencia del cachorro en husmear bajo ese armario. Laura y Tomás se me vuelven personajes entrañables, uno apesadumbrado y fracasado, la otra joven, compasiva y bella, acostumbrada a su contanto con compañeros varones en la exploración de ciertos misterios del barrio, como la casona de las Cortéz, en "El patio de los perros", y con sus propias tragedias personales, como la muerte de su madre en "la mujer de Casas". De Casas padre ya tuvimos noticias desde el inicio de la saga, un inicio que fue tomando forma después de esta primera semilla fundadora, como si la primera célula de este mundo nuevo no fuese la más primitiva sino una más, sí más rudimentaria, a la espera de las otras más fundamentales, que la alimentarían para hacerla crecer. El mundo del cual los Casas fueron el punto clave, la primera puerta, quizá la puerta escondida tras el armario de mi propia conciencia.


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