Los depredadores


Mamá estaba postrada en su silla de ruedas, silenciosa, mirando por la ventana el tráfico febril del mediodía. Alguien se acercó a la puerta y sonó el timbre.

-Es el cartero, mamá.- Le dije, y empecé a leer el telegrama en voz alta, pero me callé al ver de qué se trataba.

“Intimo a usted a abandonar la propiedad en un plazo de dos meses si no se me abonan los alquileres de los últimos cincos años”.

Di un pequeño gemido de sorpresa, y ella se dio cuenta.

-Nos echan, mamá, sabía que teníamos que hablar antes con este tipo.

-Van a demoler la casona y vender el terreno, ¿no es cierto?

La miré sin sorprenderme, porque ella solía adivinar esas cosas. Me di cuenta de la inquietud de sus ojos oscuros y siempre nerviosos. Ahora la echaban de la casa que había habitado por treinta años, el lugar que se había adaptado a ella como un molde perfecto. La oscuridad de los cuartos, el ruido de la madera, la humedad insoportable, y el aspecto sucio del jardín, siempre ocupado por perros vagabundos, nos marcaron como una familia extraña en el barrio. Nos llamaban “la bruja Cortez y su hija”, la adivina que hablaba del futuro, de las tragedias venideras gritadas a los cuatro vientos aunque nadie quisiera oírla.

-Escucháme, Lidia.-Me dijo Eduardo cuando le conté todo esto. Estábamos en el bar, al final de nuestro primer año de noviazgo.-Después de vivir tanto tiempo sin pagar rentas, y conociendo a tu vieja, cinco años de compensación por el aguante no es mucho. No te preocupés, yo me encargo de todo.

Cuando volví a casa, mamá había dejado la comida intacta sobre la mesita del dormitorio. Seguía mirando por la ventana, y murmuraba un rezo extraño que era cada vez más inaudible. Después, los perros del barrio comenzaron a ladrar todos juntos, como si ella fuese capaz de conectarse con el mundo instintivo.

-No quiero que traigás más a ese tipo.-Dijo de pronto.

-Nos vamos a casar, mamá. Va a salvar la casa.

-Te lo prohíbo.- Contestó.-No voy a dejar esta casa en manos de mis enemigos.

Eduardo se mudó un mes después. Sé que pagó la deuda o por lo menos llegó a un acuerdo con el propietario. Tomamos el cuarto que fue de mis padres porque allí estaba la única cama de dos plazas. Tenía un balcón a la calle, con una vista hermosa del barrio y la imagen de la catedral a lo lejos.

Los pasos fuertes y rápidos de Eduardo reinaban sobre la madera que cubría toda la construcción. Eran nuevos sonidos para la sombría vida cotidiana que llevábamos con mamá. Pero ella decidió no hablarle, ni se dignaba siquiera a mirarlo por diez segundos seguidos.

-No importa.-Decía él, pero sé que entonces recordaba la época en que con sus amigos me seguían hasta la casa, y se quedaban en la vereda de enfrente gritando: “¡Bruja!”. Desafiaban a mi madre por su extraña capacidad de adivinar o quizá determinar el futuro. Hasta pensé alguna vez que era así, que el mundo y sus tragedias se creaban a su alrededor. Esa indecible capacidad para que todos le temieran con sólo esto, saber, o decir saber el futuro de los hombres.

Por eso Eduardo también le temía. Cada mañana en el desayuno, él me hablaba, y yo a mi madre, y ella pocas veces a mí. Pero ambos no se dirigían más que miradas cortantes y sospechosas de ira contenida.

-Te casaste con el enemigo, sus padres y las familias como las de él nos odiaban. Esa época era como una caza de brujas.-Dijo mi vieja una vez delante suyo, a las nueve de la mañana de un día de sol radiante, y Eduardo se fue golpeando la puerta. Quise matarla en ese momento. Aprovechar su invalidez para asestarle un golpe que nadie iba a reprocharme.

-Debería estar agradecida.-Me dijo Eduardo a la noche en nuestra cama, ocupando el sitio exacto en que mi padre había dormido alguna vez. Puso las manos detrás de la nuca, mirando por la ventana abierta la noche de verano. Yo lo consolaba entonces para aplacar su bronca, aquel odio ancestral y casi mítico de su infancia.

La noche que fuimos a cenar afuera, tres meses después de casarnos, vimos cómo la gente nos rehuía y evitaba. Yo estaba acostumbrada desde chica, en la época en que Eduardo era uno de ellos. Pero ahora él también sentía aquel rechazo. Durante las dos horas que estuvimos allí, los mozos nos servían silenciosos, mirándonos de reojo. Entraron sus antiguos amigos, los mismos con los que se había burlado de nosotras y escrito obscenidades en las paredes de la casa. Salvo que él, entre todos ellos, se había fijado en mí.

“La belleza extraña, la delgada y tenue belleza de Lidia Cortéz”, escribió en el cuaderno de clases de la escuela, y yo lo supe. Pero eso se convirtió en una marca, en un estigma en su frente que todos los demás en el barrio empezaron a ver claramente. Porque, de un día para otro, ya no lo invitaron a asediar la casa con sus gritos, ni a poner crucifijos en nuestra puerta.

-Volvamos.- Pidió él. Sus amigos ni siquiera lo habían mirado.

Estaba nervioso mientras regresábamos. La luz del hall de entrada estaba encendida. La silueta de la casa se veía rodeada por el cielo oscuro y nublado. Luego percibimos un aroma peculiar e impreciso. Al entrar, vimos a mi madre al lado de una cortina en llamas, avivándolas, como si estuviese creando el primer fuego del mundo.

Eduardo corrió hacia la tela, y la tiró al suelo, pisándola desesperado. Traje un balde con agua de la cocina, y fui y volví varias veces hasta que el fuego se extinguió.

-¡Voy a ver el resto!-Dijo él, subiendo las escaleras. Se escuchaban sus pasos atronadores al abrir y cerrar las puertas.

Yo miré enfurecida e impotente a mi madre, que ahora estaba llorando. Sus ojos brillaban, y la frente blanca y amplia se frunció interminables veces. Así supe, en medio del humo y la ceniza cubriendo la sala, con la furia de Eduardo corriendo como un loco por las habitaciones, que mamá deseaba volver atrás, al tiempo no mágico de su vida. A la época en que aún no escuchaba voces extrañas y la casa no existía; cuando era todavía una niña y nadie escapaba de ella. Aquel tiempo en que aún no soñaba ni temía que una multitud viniese a buscarla con sus antorchas, para colgarla del primer árbol que encontrara.

-Maldita vieja de mierda.- Gritó Eduardo al bajar, casi tropezando. -¡Vieja desgraciada! ¿Sabe que gasté todos mis ahorros en pagar sus deudas? Ahora estoy atrapado.- Me acerqué para calmarlo, pero me empujó. Esa noche no dormimos juntos. “Estoy atrapado”, lo escuché gritar entre sueños desde el otro cuarto.

A la mañana siguiente estaba silencioso y con el rostro demacrado.

-Tu madre se metió en mis sueños anoche.- Fue lo único que me dijo.

Desde entonces mamá intentó quemar la casa muchas veces, en ocasiones aún con nosotros adentro, y ya no podíamos dejarla sola. Pensamos en llevarla a un asilo, pero entonces se agitaba tanto que teníamos que llamar al doctor Ruiz. Él no encontraba nada grave, y sin embargo ella sabía intimidarnos. Levantaba la mirada, girando los ojos como enloquecida.

Eduardo optaba entonces por salir muy temprano, aunque todas las mañanas los gritos de mamá lo perseguían hasta la puerta de calle.

-¡Fuego y carne chamuscada!-Deliraba ella.-¡Vendrán a quemarme, pero yo lo voy a hacer antes!

Me fui quedando sola de a poco, como cuando a los diez años, los chicos me insultaban por ser la hija de la bruja.

Después, Eduardo comenzó a adelgazar sin motivo. Comía todas las noches con nosotras, pero apenas, y se iba a acostar enseguida. Yo notaba cómo temía la mirada penetrante de mamá, que lo observaba con los párpados fruncidos y murmurando ininteligiblemente una maldición. Comenzó a dormir mal y daba vueltas en la cama, inquieto, sudando hasta dejar las sábanas húmedas y frías. Cada mañana me contaba la misma pesadilla.

-Soñé que me atacaban pájaros y murciélagos, y cada uno tenía la cara de tu vieja...No me deja dormir, va a terminar matándome.

Un día ya no quiso levantarse. Se quedó en cama, y decía sentirse demasiado débil. Su voz era quejumbrosa, la piel de la cara estaba tan blanca que ya parecía transparente. Supe con certeza, sin necesidad de ningún médico, que se estaba muriendo.

Me pregunté entonces si yo tenía también la misma capacidad de mi madre. Esa lúcida intuición tal vez llevada al extremo de la superstición. Esforzándome, estuve días enteros encerrada, agotando mi mente.

-Mamá.- Le pregunté un día.- ¿Pude haber heredado tus poderes?

Ella me miró como quien descubre a un rival.

-No vas a ganarme. ¿Es que no te das cuenta que nuestros enemigos están ahí afuera dispuestos a cazarnos?

Sin contestarle, agarré la silla.

-Vamos a acostarte, mamá.-La llevé a la habitación a las ocho de la noche. No destendí la cama ni encendí la luz. La dejé en medio de su pequeño cuarto, el más estrecho de la casa. Cerré con llave. Esa noche fue la primera en que no le di de comer, pero no protestó.

En lugar de cenar sola en la cocina, le llevé a Eduardo una fuente de sopa al dormitorio, y comimos juntos. Él me miraba sin preguntarme por ella, y una tenue y sutil sonrisa regresó a su rostro. Fue suficiente para recompensarme. Para estar segura de lo que debía hacer.

Durante la semana siguiente la vieja gritaba casi todo el día, aunque sus gritos se atenuaron de a poco. Eran ocultados por el bullicio estival de la calle, por los colectivos y las voces de los chicos de la colonia. Las campanas de la misa abortaban los gemidos de mamá. Hasta que casi no los escuchamos. Después oímos los golpes en la puerta, las cosas cayendo al piso y las ruedas de la silla girando de una pared a otra. Lentamente, Eduardo iba recuperando el color de sus mejillas.

Los perros del barrio comenzaron luego a acercarse al jardín, reclamando la vitalidad perdida de quien ellos parecían llamar su dueña. Los vecinos venían a buscarlos, pero se iban asustados ante los gritos de la vieja. Los animales entonces se quedaron todos juntos en el jardín de pasto espeso y alto. Gruñendo y rechazando el agua y la comida.

Un sábado, un hermoso sábado a la mañana, los gritos cesaron. Me vestí con mi mejor ropa. Una blusa blanca de seda, con los dos botones superiores abiertos, y una pollera azul. Bajé a la cocina y me hice un café, escuchando el sonido de la ducha mientras Eduardo se bañaba.

Estuve quince minutos allí, acompañada por el sonido de los animales afuera. Limpié la taza y miré por la ventana. Los perros se habían acercado y estaban saltando contra la puerta. Intenté forzar mi mente, como veía a mi madre hacerlo, y les hablé sin voz, mirándolos a los ojos. Luego los dejé entrar.

Doce perros atravesaron la sala como una horda salvaje en busca de su presa, y corrieron hacia la habitación de mamá. Se quedaron esperando en la puerta, y me abrieron paso sin tocarme. La blusa blanca quedó intacta, mi pollera azul no se cubrió con un solo pelo.

Al abrir se abalanzaron sobre el cuerpo de la vieja, tendido en el piso. Lo destrozaron con sus dientes ensangrentados y las bocas cebadas. La ropa, al desgarrarse, parecía hacer más ruido que la carne y los huesos. Arrastraron el cuerpo hacia el jardín, tan semejante ahora a una pradera africana. Yo me crucé de brazos, tranquila, contemplando la cacería bajo el sol.


Este relato forma parte del primer libro de cuentos, y constituye un eslabón más del ciclo que tiene como protagonista al barrio suburbano en la ciudad de La Plata. A su vez, este ciclo y sus personajes tienen extensión y proyección en otros relatos de los siguientes dos libros de cuentos, pero atengámonos por ahora a este cuento en particular. Aquí se retoman los personajes del principio del libro: la casona de "La construcción", y los personajes que aparecen en "Los fugitivos", "El patio de los perros" y "El tren a Buenos Aires". Conocemos, entonces, el final trágico de la bruja Cortéz, acorde con el tono - místico más que práctica- de su vida. Sabemos, también, que su capacidad no se perderá, pasando a la persona de su hija. En este cuento las protagonistas son casi exclusivamente mujeres, y el único varón tiene un papel más bien secundario, casi instrumento para ambas mujeres, víctima expiatoria en realidad para el sentimiento contradictoria de ambas. Puede tomarse, por supuesto, como una alegoría cuasi humorística de la relación de un marido entre su esposa y su suegra, pero el trasfondo intenta mostrar algo más oscuro, desde el punto de vista de la naturaleza humana, y más íntimo, desde lo particular y sentimental. Aquí se aborda el tema de los seres diferentes, de la tolerancia hacia lo que no entendemos, una de las ramas solamente de un mismo árbol cuyo tronco unifica y dispersa algo más profundo y tenebroso, más inquietante, que sólo unos pocos seres humanos más intuitivos que los demás pueden percibir, y muchas veces utilizar, para el bien o para el mal. Este tronco enraizado puede llamarse maldad, o simple poder emanado de una fuente más poderosa que la que presuponemos, trátese del alma humana o del místico poder de una deidad o entidad superior. En suma, el cuento nos plantea sólo una situación cotidiana y corriente de un barrio suburbano, sentimientos cruzados entre personas obligadas a una convivencia forzada. Los prejuicios, los rencores, forman parte de esta situación, hayan como hayan comenzado, no importa. Desde siempre los sentimientos son fuerzas más que instrumentos, son causas que abren caminos tortuosos o senderos apacibles. La fuerza proviene de otra fuente, y no está en el objetivo de este relato el explicar, sino insinuar a través de las grietas y las simas de lo cotidiano.

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