1
Soledad vino, como todas las
tardes, a cambiarme las vendas. Es la única enfermera a la que Bernardo confía el
cuidado de la herida, hasta el día que me operen. Me dio charla para distraerme
del dolor que me provocaba el cambio de gasas sobre las úlceras. Me habló de sus
cosas, de la relación con Ibáñez, constante y clandestina. Por más que Mateo ya
sea viudo, el hijo enfermo lo condena al insoportable del recuerdo de la esposa
que lo abandonó -porque cuando la gente se muera ¿acaso no nos abandona? - con
ese despojo de humano que entra y sale del hospital. Pero, así como Mateo no se
dará por vencido hasta que el chico llegue a la adultez, Bernardo se pone encima
de los hombros la cruz de mi cuerpo.
Regresé del trabajo en La Plata con la
pierna ya inservible y a punto de morirse, amenazando con arrastrar el resto
del cuerpo. Fiebre y escalofríos fueron los síntomas, la angustia su
consecuencia. Me internó en el Rivadavia en espera fecha de la cirugía. Vienen
a visitarme los amigos que quedan, unos del periódico, los otros apenas
conocidos a instancias de Bernardo. No debo quedarme sola en ningún momento,
recomendó a todos, a mis espaldas. Sé por qué lo dice. Yo hablo en sueños, tal
vez, o quizá haya leído los desprolijos manuscritos en mi escritorio. No
importa, ya son suyos, es mi pago a sus cuidados, porque el amor ya se lo devolví
muchas veces, si es que es necesario tal cosa. La ley de las compensaciones no
exceptúa a los sentimientos, me parece, mi madre me inculcó esa idea del deber
y la justicia. Bernardo no hizo más que ajustar los tornillos que sostienen esa
estructura en mi mente. Él, pobre y querido niño culposo, con el martillo de
carpintero que su padre le puso en la mano, destruye lo que intenta reparar.
Soledad siempre me sonríe cuando me lava
la herida. Yo le pregunto por el mundo de la calle. Ella sabe de política
además de medicina, sabe que el mundo está enfermo y que no tiene salvación. De
vez en cuando se masacran poblaciones enteras, así como se amputa un miembro
del cuerpo. Y el olor, Dios mío, que
viene de la pierna infectada, que nada puede ocultar. La he visto fruncir las
cejas sobre el barbijo que oculta su mueca de pena y lástima. Por más que esté
acostumbrada, no es lo mismo cuando de un ser querido se trata. El dolor está
implícito en los afectos. Es un olor que todos fingen no sentir, pero que vive
en el aire. Y esa tarde, mientras ella hablaba, yo no escuchaba más que el roce
de la piel de mis recuerdos. La imaginación es salvadora muchas veces, y la
memoria no es más que una de sus múltiples variaciones. Por eso el dulce amargor
de la gangrena me trajo el recuerdo de los cadáveres del Maldonado, cuando yo
tenía doce años, creo.
Mamá se había casado hacía poco con papá
Taboada, y como ya estaba más aliviada por nuestro futuro económico, que tanto
la había amargado durante la larga y penosa enfermedad de mi padre, había
retomado sus reuniones con los correligionarios y compañeros de militancia.
Primero la escuché hablar por teléfono largo y tendido por las noches, cuando
volvía de la escuela. Es que en la escuela nocturna donde daba clases a adultos
se encontró con gente de sus tiempos de militancia socialista. Pero los tiempos
habían cambiado, el socialismo democrático había tomado las armas y desplazado
hacia una izquierda intransigente. Los acontecimientos del país requerían,
según ellos, procedimientos más determinantes. Tal vez querían decir agresivos,
pero no se animaban a decirlo en voz alta. Sus gritos en las plazas reclamaban
libertad y justicia social, y escondían las manos que manoteaban las armas.
Así conoció a los hombres y sus mujeres
que iban a la escuela para aprender lo que no habían podido cuando eran chicos,
por pobreza o negligencia de los padres. Venían de barrios pobres del conurbano
y trabajaban en fábricas o en la construcción. Las mujeres habían querido
seducirla para que se uniera a los mítines, pero mamá no necesitaba esas
tramitaciones que llamaba, despectivamente, mujeriles. Allí, al frente de un
aula, había visto que su clase estaba llena de hombres forzudos o débiles que
cruzaban el Riachuelo para sentarse en bancos incómodos y apretados, con
cuadernos de espiral y lápices que se rompían cada dos por tres. Todos, sin
embargo, con la mirada atenta y de algún modo ensoñadora, porque veían en las
palabras que ella les enseñaba y escribía en el pizarrón nuevos motivos de
vida. Palabras que se sumaban a los engranajes con que cada mañana al
levantarse temprano hacían funcionar los motores con que movían las piernas que
los llevaban a las paradas de los colectivos y movían los brazos con que
levantaban las bolsas de cemento. A ella
no le interesaban las mujeres que trabajaban de sirvientas y se lamentaban de
que cuando llegaban a sus casas debían hacer el mismo trabajo y encima soportar
el violento malhumor de los maridos. Mi madre era feminista, por supuesto, pero
no se congraciaba con las estrategias que las mujeres habían utilizado siempre
para sobrevivir. Ser víctima no era el remedio, decía.
Y fue así como nunca fue víctima más que de sí
misma. Por eso, cuando llegó el golpe de Onganía, ella ya no regresaba a casa
sino a las dos de la mañana, no ocultaba nada a Renato. Le hablaba de las
reuniones clandestinas de comité en las casas de los alumnos, todos liderados
por otros militantes que ella había conocido y algunos nuevos. Yo la escuchaba
desde mi habitación, y a veces me levantaba y me escondía en el pasillo junto a
la puerta, oyéndola contar a Renato lo que pensaba de cada uno, intentando
calmar la preocupación de su esposo que se manifestaba en breves ofuscaciones
luego de muchos y razonables motivos en contra.
-No te preocupés-le decía ella, probablemente
acariciándolo, aunque yo no los veía. - Siempre supe cuidarme.
Y fue así, hasta aquel mitin en Plaza de
Mayo al día siguiente del golpe de estado. Ya se venía sabiendo sobre el golpe
desde varios meses antes, el gobierno de Illia no daba para más. Por eso las
militancias de izquierda ya estaban organizadas cuando se formalizó, todos
salieron a las calles y, resistiendo a los tiros y bombas de las fuerzas armadas,
llegaron a la Plaza por Rivadavia y Juan B. Justo principalmente, a los que se
sumarían las columnas que llegaban desde la Costanera, la avenida Centenera,
Díaz Vélez y Álvarez Jonte. Caballito era un tumulto a la altura de Primera
Junta, y la avenida General Paz estaba cortada. Los móviles de la prensa y de
la televisión parecían autos de delincuentes por que se escapaban de las
hostilidades mientras filmaban. Me pregunto cuántas de esas horas de
grabaciones pudieron sobrevivir no solo a la censura, sino a la destrucción que
llegó en la década siguiente.
Mamá estaba en una de las columnas
principales, y la habían hecho su líder porque era aguerrida y batalladora. Su
cuerpo era delgado, pero libraba una energía que muchas mujeres y hombres le
envidiaban, la voz para gritar que nunca se cansaba, los brazos en alto, sin
armas, pero sacudidos en gestos de permanente lucha. Ese día la levantaron
entre dos hombres que habían asistido a su escuela y la pusieron sobre el
entarimado improvisado en una esquina. Eran cajones de verdulería y tablas saqueadas
a las obras donde ellos trabajaban. Sólo tenía un megáfono para hacerse
escuchar fuerte y a la distancia, si el vocerío de la multitud y las sirenas de
la policía o las ambulancias lo permitían, incluso las bombas que repercutían
desde varias calles hacia el sur. Por Balcarce y desde la casa de Gobierno, se
decía que llegaban varios pelotones al frente de tres tanques.
Nada
de eso importába por el momento. La tarde avanzaba, lluviosa e impregnada de
desesperación, pero no de aquella que paraliza, sino que punza y no puede echarse
atrás, que a veces es seguida de una lamentación, pero que no suele estar en algunos
temperamentos. Mi madre era uno de ellos. Habló y gritó contra la dictadura
casi llorando, pero no lo hizo porque el llanto estaba en su voz y en la
construcción de las frases que elegía. Fue el canto del cisne, me imagino,
porque luego del tiempo de espera en que se había dedicado a cuidarnos,
sembrando su mente las semillas que brotarían ese día, la dictadura segó de plano
los cultivos crecidos esa larga tarde en la Plaza. No hubo cosecha, sino una
gran hoguera en los silos del país.
A veces descubría en la mirada de Renato una
serie sucesiva de emociones contradictorias que luchaban por esconderse tras
los anteojos y la barba, pero mamá elegía abstraerse del reproche implícito
mientras seguía armando el bolso y daba los últimos retoques a las pancartas
que los muchachos del partido vendrían a recoger con la camioneta. Entonces
Renato y yo, sentados a la mesa de la cocina, él corrigiendo los exámenes de
sus alumnos y yo haciendo la tarea de la escuela, la vimos salir esa última tarde
y subirse a la camioneta como un hombre más. Ya no era maestra, no era madre ni
esposa, sino un obrero comprometido por el futuro de su país, o por lo menos
eso es lo que todos ellos decían. Dejaron la puerta abierta, por lo cual
pudimos ver alejarse la camioneta desvencijada repleta de hombres que agitaban
los brazos y sacudían banderines y levantaban pancartas, gritando y cantando
una mezcla de canciones patrióticas con otras de partido llenas de
obscenidades. Cuando dieron la vuelta la esquina y la camioneta desapreció de
nuestra vista, me levanté y cerré la puerta. Renato volvió a sus papeles y lo
escuché tararear con los labios cerrados una especie de marcha.
- ¿A qué hora vuelve mamá? -le pregunté.
-Quién
sabe-me dijo.
No volvió en toda la noche. Lo escuché dar
vueltas por la casa, mover las sillas de la cocina, abrir y cerrar la heladera,
hablar por teléfono con varias personas. En la mañana me desperté, pero cuando
salí del dormitorio con el guardapolvo puesto para que me llevara a la escuela,
lo vi con los puños apoyados en la mesita del teléfono, y me pareció que
lloraba. Me miró, se restregó los ojos y se ocultó tras los anteojos de carey.
-Hoy no hay escuela-dijo. -Hubo lío en la
plaza, Ceci. Arrestaron a tu mamá.
Claro que yo entendía, por supuesto, lo
que eso significaba, pero como era tan nuevo para mí, mis sentimientos eran
distintos a los suyos. Yo estaba emocionada por la exaltación de lo
desconocido, de lo que rompía la rutina y otorgaba otros colores al día. Él,
sin embargo, contenía su ira y su angustia sólo por mí. Me agarró de la mano,
firmemente, pero sentí el temblor bajo la piel. Subimos al auto y recorrimos
las calles y las avenidas llenas de militares por todas partes. Había autos
abandonados con las puertas abiertas y el empedrado lleno de basura. Pocos
civiles se animaban a salir, sólo algunas viejas a las que no les importaba lo
que pasaba y golpeaban con sus bolsas de compras a los soldados que se burlaban
cuando intentaban detenerlas. Escuché tiros de vez en cuando, pero cuando me
daba vuelta no había más que grupos dispersos de chicos que corrían a
esconderse en los baldíos.
- ¿Adónde vamos? -le pregunté a Renato.
-A
la comisaría, parece que se la llevaron a la seccional. ¿Tenés miedo?
Empezaba a deshacerse la aparente
incongruencia en los caracteres de ambos que yo creía haber descubierto en esos
años que fueron el comienzo de mi adolescencia. La vida de mi madre era un sube
y baja de exaltación y reserva, y ahora Renato me estaba mostrando una faz de
su carácter que estaba escondido tras la fachada del profesor. Era cínico por
desencanto, pero sobre todo lo descubrí capaz de una fuerza que no se destacaba
por su agresividad si no por la inabarcable tolerancia que absorbía todo
aquello que le hacía daño y lo digería hasta convertirlo en parte de sí mismo.
Sabiendo lo que mamá estaba pasando, él sólo atinó en ir a ayudarla, como
pudiese, y si no podía hacer nada, por lo menos se quedaría aguardando en la
puerta de la comisaría, soportando, tal vez, los empujones y los golpes con que
intentarían sacarlo.
-No tengas miedo-me dijo, sin apartar la
mirada del parabrisas. -Te traje porque es la única forma de que nos dejen
verla. Necesito saber que está bien, ¿entendés?, que no le hicieron nada, y si
los milicos te ven, y si los periodistas sacan fotos, tenemos por los menos las
mínimas garantías de que no van a tocarla.
Fue
ese mediodía cuando empecé a entender la utilidad de las fachadas que los
periodistas construimos y que todos creen tan innecesarias, o hasta
perjudiciales. Los políticos siempre lo han sabido, pero los cerebros
castrenses han tardado mucho en aprender la lección, aunque finalmente lo
hicieron, aplicándola mejor que muchos de los que se han jactado de maestros.
Las dictaduras latinoamericanas son eso, precisamente, galpones tortuosos
construidos tras escenarios de teatro o de grandes películas. Dicen, también,
que el fútbol será la próxima mano maestra de la dictadura, y no me extraña
viendo a los hombres de cráneos vacíos corriendo tras la redonda quimera con la
que intentan rellenar la ausencia de sus cerebros, que algunos nunca tuvieron,
y otros lo han perdido con alguna herida en una fábrica mal iluminada.
Sucedió tal como Renato lo esperaba. Los
empujones y el apretujamiento de cuerpos entre los que me sentí sofocada y aplastada
mientras él me tironeaba del brazo como una bolsa que no soltaría por nada del
mundo. Y de repente estábamos en la comisaría de Monserrat, en un viejo
edificio del casco histórico de Buenos Aires en el cual se adivinaban las
entradas a los túneles que él me había contado comunicaban con la Iglesia, el
convento, el leprosario y las riberas del puerto. Yo no entendía nada de las voces
y los reclamos, sólo los tiros en la calle y los megáfonos que vociferaban
gritos como de dinosaurios moribundos. Renato me tenía agarrada de la mano
hasta casi lastimarme, pero tenía el brazo casi insensible después de tanto
golpe y apretujamiento. Creí recorrer un largo pasillo, pero fueron simplemente
unos metros hasta un alto mostrador lleno de papelería en pinches de metal y
máquinas de escribir obstinadas en hacerse oír con la insobornable insistencia
de los dedos de los policías de escritorio.
Renato
dio nombres, números de documentos y afiliaciones. Finalmente nos dejaron pasar
al pasillo largo que conducía a los calabozos. Quisieron evitar que yo pasara,
pero él se obstinó en llevarme. Los militares parpadearon ante el flash de una
cámara que nadie supo cómo se había infiltrado, ni dónde estaba. ¿Los estrechos
ventiletes en lo alto de los muros gruesos eran traidores que nadie había
tenido en cuenta? Hubo órdenes que llegarían tarde, seguramente, pero el daño
estaba hecho, o el bien, quizá, para nosotros. Nos llevaron frente a la celda
donde estaba mamá. La vimos agarrada a los barrotes, ansiosa. Los vi mirarse a
los ojos: ella reprochándolo por haberme traído, él soportando la mirada y
tragándose el reproche.
Y yo,
el incierto salvoconducto de ambos, vi el amor naciendo entre el rencor y la
amargura. Un amor endeble y flacucho como un sietemesino, pero aun así
sobreviviría más que la hija de carne y hueso.
Unos días después habían soltado a la gran
mayoría, pero mamá y muchos otros, sobre todo militantes de izquierda y
radicales seguían presos. Papá iba y venía de la comisaría, pero ya no me
llevaba. Me encerraba en casa porque la escuela estaba cerrada desde que habían
puesto bombas en colegios de Mataderos y Barracas. Yo preparaba la comida como
la había visto hacer a mamá cuando lo esperaba volver de las clases del turno
tarde. Al escuchar el auto que estacionaba de culata sobre la vereda y veía
apagarse las luces, y luego la llave en la cerradura, mi corazón se agitaba de
contento y alegría. Renato era sólo mío, me decía entonces. Fui consciente por primera
vez de los celos que sentía de mi madre. Ella, tan inteligente, tan segura de
sí misma, tan inalcanzable, ya estaba fuera de mi horizonte. Pero cuando él
entraba y lo notaba agobiado, tirándose en el sofá viejo, abandonando las
llaves en la mesita baja, desanudándose la corbata y sacándose los zapatos que
quedaban como perros muertos en la alfombra, yo me decía que no me quería, que
no era su verdadera hija, que la otra mujer, mi madre, seguía compitiendo y
ganando desde la cárcel. Y porque estaba en la cárcel era que ganaba terreno en
el corazón de Renato.
Yo
no tenía la sabiduría de mamá, por supuesto. Era una adolescente caprichosa interesada
sólo por sus intereses. Le servía la comida en la mesita improvisada, le traía
los cigarrillos, le encendía el televisor para que se distrajera con la serie western
que le gustaba, creo que era Gunsmoke, demasiado intelectual para el
gusto medio de la época. Se terminó el churrasco con ensalada sin bajar la
vista de Matt Dillon, o de las chicas de la cantina del pueblo, quizá. Sin
anteojos, la barba descuidada y el olor a tabaco y transpiración, el olor de la
calle ensombrecido por el encierro del auto en el camino a casa, fueron los
verdaderos atisbos de la masculinidad que descubrí en esa época.
- ¿Te dijeron algo? -le pregunté mientras
sonaban la música de los títulos finales desde la televisión, que nos iluminaba
como lo único verdadero en ese mundo que se nos estaba cayendo encima Y yo
recién ahora me estaba dando cuenta.
-Nada, Ceci. La tienen catalogada como
peronista de la vieja escuela, por lo de ese día, ya sabés. Por más que les
explique, no quieren saber nada.
- ¿La viste? ¿Está bien? ¿Le llevaste
ropa?
-Sí, ¿qué querés que te diga? No sé si se
la entregan. Está flaca, y me preocupa.
Trataba de no llorar, el pobre, mirando el
programa de preguntas y respuestas que recién empezaba.
- ¿Y el abogado, papá?
Me miró como cuando miraba a mamá, con
admiración. Yo tenía doce años, no era una nena estúpida, pero él a lo mejor me
seguía viendo como una chiquita.
-Tan inteligente como tu madre-me dijo,
tirándome del pelo con cariño. - Pero la realidad no es como en la televisión,
Ceci. El país no tiene abogados, sino francotiradores y verdugos. De esos está
lleno ahí afuera-. Con el pulgar señalaba a sus espaldas, donde estaba la
puerta de calle. -Vos qudáte acá y no salgas.
Esa noche, sentados en el sofá frente al
televisor, minutos antes del cierre de transmisión, sonó el timbre. Renato se
puso el dedo sobre los labios ordenándome silencio. Eran caso las doce de la
noche. Se levantó sin hacer ruido y miró por la mirilla de la puerta. Abrió y entró el doctor Sebastiano Farías, uno
más de la conocida familia de abogados y médicos que siempre salían en la radio
y en los diarios, que ocupaban puestos oficiales o asientos en las cámaras del
Congreso. Pero Sebastiano era un alma extraña, según había dicho mamá, porque
era el único amigo de Renato en quien confiaba. Entró como un mensajero de la
noche con su traje negro sobre el cuerpo esbelto donde únicamente brillaba el
reloj de cadena en su chaleco. Dejó el sombrero negro sobre la mesa con los
platos.
-Ceci, por favor…
-Dejá,
querida…-dijo, regañando a Renato.
-Es
que no quiero…
-Lo
que vine a decirte es algo que a ella le incumbe-dijo, sacando del bolsillo del
traje una hoja de diario doblado en cuatro. Las desplegó sobre la mesa. La
grasa de la carne se había endurecido sobre el plato y dos o tres moscas
rondaban como vigilantes. Vi la foto en extremo derecho la segunda página de la
edición de esa noche de La Prensa, en la que aparecíamos mi padre y yo captados
en pleno movimiento en los pasillos de la comisaría. Era una foto oscura, pero
nuestras caras se veían perfectamente, y sobre todo el gesto de mamá tras los
barrotes.
Entonces papá Renato se puso a llorar y el
doctor Sebastiano lo abrazó. Mirándome, me guiñó un ojo.
El bálsamo de la noche había entrado.
Me levanté para llevar los platos sucios a
la cocina.
2
Habían pasado quince días,
poco más o poco menos, no importaba, porque el hecho es que mamá seguía
detenida. La foto en el diario había servido para que se esparciera por el
ámbito político un caso trivial, donde los protagonistas éramos desconocidos
que de la noche a la mañana obtenían una mala fama ten efímera como la duración
de las tiradas de la prensa. Sin embargo, aquello mismo en lo que Renato y el
doctor Farías confiaban para que no lastimaran a mamá y finalmente la liberaran,
era precisamente lo que había generado el resabio de resentimiento político
desde el medio castrense, o más bien fue la excusa para algo más que
seguramente nunca conoceríamos.
Los antecedentes militantes de mamá, el
confuso y absurdo episodio de la visita de Perón, el obrerismo de papá Tejada
cuya sumisión y desinterés se fue tornando con el tiempo y las interpretaciones,
en una escuela de resistencia que el grupo que sucedió a mi vieja utilizó como
arma para las nuevas fuerzas de rebelión que Onganía no había hecho más que
alimentar con su golpe de estado. Les había abierto las puertas, por más que no
quisiera, o tal vez precisamente por ese motivo, como quien usa un cebo para
sacar a la fiera de su cueva con engaños, y matarla.
Pero mis padres eran una maestra de
escuela que usaba sus últimos recursos y artimañas de vieja y apoltronada
sindicalista de izquierda, según los medios oficiales cantaban todos los días a
través de la verborragia retórica de los periodistas de turno, y el otro un
obrero del matadero que había perdido su mano y luego su vida a causa de la
corrupción política, y a quien llamaron líder sindicalista en lucha permanente
y mortal por los derechos de los explotados.
Así,
mis padres fueron convertidos en mártires, a quienes sólo les faltaban las
icónicas estampitas que toda ama de casa de barrio bajo llevaba en su corpiño
al ir de compras al almacén, y todo hombre de pelo en pecho conservaba en un
bolsillo de su mameluco mientras trabajaba en la fábrica. Imágenes sucias y
desgastadas por el toqueteo y el ir y venir por todo el barrio, consumidas por
la mugre de los pantalones y la humedad de la transpiración de aquellos que
trabajan bajo el sol de las calles o encerrados en galpones donde el polvo
contiene los invisibles elementos de la muerte.
Renato
suplicaba en los tribunales, pero en la antesala de la Casa de Gobierno, donde
lo hacían esperar horas y horas para despedirlo a empujones a media tarde,
conservaba el orgullo. ¿No debía haber hecho al revés? La justicia no se
implora, y “al rey” se acude para la absolución. Pero él, fiel conocedor de las
verdades contradictorias y de las mentiras legalizadas, sabía que hiciera lo
que hiciera, siempre erraría el camino. Para tener éxito, su mente tenía que
estar estructurada de la misma manera de quienes tenías a su mujer en una
celda, y eso no podía cambiarlo. El color y la forma con que veía las cosas
estaban más acá de lo que los otros podían entender, y esos otros vivían en el
horizonte de un oasis, siempre lejano e inalcanzable, incongruente con la
razón, hecho de fantasías imaginadas con el fusil al hombro como una flor de
lirio esbelta y firme. En ese oasis no había agua, sino arena con grandes
corpúsculos de piedra, y las palmeras eran muros de acero formadas por cañones
amenazando al cielo. Y como todo lo que sube debe bajar, la muerte no estalla
en el cielo, sino en la tierra con la que se alimenta.
Todo
esto imaginaba Renato en sus noches insomnes, tirado en el sofá frente al
televisor encendido y con la pantalla intermitente de una transmisión muerta,
dormida o quizá interrumpida por los caprichos de los bufones: los que mecanografían
en máquinas de escribir o los que encienden las máquinas que envían las ondas
televisivas o radiofónicas, donde las voces de Yorick, de Falstaff y de Shylock
se ponen finalmente de acuerdo para matar a Hamlet, y luego repartirse los
beneficios de las tajadas de su carne.
Era enero, y hacía calor, demasiado.
Habían trasladado a mamá a las barracas
de El Palomar, así que Renato se pasaba el día por el oeste. Tomaba el tren,
dos colectivos, esperaba con otros familiares de detenidos dando vueltas por
los alrededores de la estación y volvía a casa casi a los doce de la noche. Las
múltiples instancias que Sebastiano Farías había presentado se quedaron
estancadas nadie sabía bien en dónde. Mientras tanto, yo lo acompañaba a papá
para que alguno de los dos por lo menos hablara con ella, ya que a él no lo
dejaban pasar. Los milicos le tenían encono, así que los guardias apenas lo veían
llegar no podían hacer otra cosa más que oponerle los fusiles en cruz y
cortarle el camino.
-Otro día será, viejo…-le decía uno.
-Dejá de romper las pelotas con tu mujer,
se las tiene bien merecidas…-le decía otro.
-Andá buscarte otra, amigazo…-le cantaba
otro de más allá de la fila. - ¿No ves que no quiere saber nada con vos? Ya
tiene bastante con nosotros...
Esto no me lo contó él, sino lo escuché yo
misma el último día de enero cuando lo acompañé. Cuando iba con él, ellos se
callaban la boca y me dejaban pasar, pero esa vez yo me había quedado atrás
levantando la bolsa de galletitas que se me había caído. Escuché las risas, y
luego su interrupción inmediata cuando me vieron. Me abrieron paso, a esta
adolescente esmirriada y con pocos atractivos que pasaba por en medio del
pasillo de gendarmes, con la bolsa de ropa limpia y restos de galletitas rotas,
de esas que le gustaban a mamá.
Cuando se cerró la puerta de la barraca,
escuché el tumulto afuera. Tuve miedo por Renato, por sus anteojos de carey que
podrían llegan a romperse si se peleaba con los guardias, pero sobre todo
destrozarían su orgullo, lo único que le quedaba sano en su interior
fragmentado desde que su mujer no estaba. Pero yo no podía perder el tiempo,
eran pocas las oportunidades de ver a mamá, de saber cómo estaba. Hablamos a
través de las rejas, con una mujer policía espiando y escuchando allí parada
junto a nosotros, como un búho diurno, y tan fea como uno.
En
esas ocasiones nos tocábamos las manos, fuertemente, ya que no permitían besos.
Me preguntaba por qué las demás reclusas podían recibir visitas de cualquier
familiar en sus celdas, y abrazarse y besarse. Mi madre, en cambio, era
especial. La trataban bien, pero dejándola enflaquecer, manteniendo la celda higienizada,
pero obligándola al silencio, permitiéndole ver a su hija de vez en cuando,
pero sin poder sentir el aroma del pelo de la pequeña Cecilia que crecía para
ser alguna vez una mujer que tuviera todo eso en la mente: la cárcel, la ira y
la vergüenza. Tres brujas que nunca se llevaban de acuerdo y que se pelaban
constantemente, desde los gritos al silencio, en un sube y baja que agotaba el
corazón hasta matarlo.
- ¿Cómo está? - me preguntaba, sentada en el
banquito de la celda, los codos en las rodillas y restregándose las manos.
Me encogía de hombros. Ella ya sabía porque lo
imaginaba.
-Hacé lo que puedas-me dijo.
Dejé las cosas en el piso.
-Ya
me voy-dije, en cada ocasión más apurada, más consciente de lo inútil de esas
visitas. Cuando ya me iba, me acordé de lo más importante. Ella tenía ese
efecto en mí, cuando los sentimientos se domesticaban, lo social, o lo que ella
llamaba la sociedad del hombre, surgía como lo esencial.
-Hay algo que tengo que decirte, papá no
quiere dejarte, pero yo quiero ir.
- ¿A
dónde?
-Anoche llamó la tía Martins. Los papás de
Leti se murieron ayer a la tarde.
Le
conté lo que nos habían dicho por teléfono, a Renato, por supuesto. Él me lo
contó a mí, después, diciendo que, aunque no conocía a la familia de mi madre,
mi prima Leticia me necesitaba.
-Dicen
que las avispas los atacaron en la playa. Leti se salvó. Mañana es el velorio,
pero papá no quiere dejarte…
-Decile que te lleve, acá tengo para largo.
Leticia te necesita, querida. Sos la única prima que tiene.
Cuando salí, Renato me agarró de la mano.
Caminamos hacia el portón de salida, noté sus dedos lastimados y con moretones
y un lente de los anteojos estaba roto. Sentí que esta vez era yo quien lo
llevaba de la mano y lo apartaba, por lo menos durante un tiempo, de los que lo
habían golpeado.
La madre de Leticia era Manuela Tejada,
única hermana de mi padre. En los últimos años la vi muy poco, lo mismo que a
mi tío Eber, su esposo. Pero cuando papá Tejada aún vivía, íbamos a su quinta
de Haedo una vez por mes, y pasábamos las fiestas en la casona de ellos, grande
y llena de árboles. Ella era muy hermosa, de piel de color cetrino y ojos
rasgados, casi una Sofía Loren criolla, y en parte por eso el tío, un hombre
rubio y regordete se había enamorado de ella casi sin esperanza de ser
correspondido. Pero para su sorpresa, ella lo amaba. Eber Martins venía de una
familia con dinero, y él mismo trabajaba con mucho esfuerzo en la empresa, que
nunca supe bien a qué se dedicaba. Una empresa de servicios contestaba él
cuando le preguntaban, y como todo era cuchicheos y misterios en esa época de
persecuciones sociales, todos pensaban que estaba metido en empresas turbias y
clandestinas con protección de los militares. De eso surgió una cierta verdad
que no viene al caso contar en este momento, tal vez más adelante.
La
cuestión es que los tíos murieron de una forma horrible. Estaban en la costa,
un mediodía cualquiera en la playa. Parece que un enjambre de avispas llegó y
ellos no alcanzaron a protegerse, por más que se metieron en el auto, y allí
dentro se vieron atrapados sin poder escapar. Mi prima Leticia era su única
hija, y tenía apenas un año más que yo. Estaba con ellos, pero las avispas no
la atacaron. La pregunta estaba implícita en el aire, pero nadie la pronunció
en voz alta. Daba vueltas en las miradas de la gente que la rodeó e intentó
consolarla, la tía Eriberta Martins, los policías, las enfermeras, los mismos
forenses que hicieron la autopsia de los cuerpos que sacaron del auto,
hinchados y supurando veneno por los piquetes que eran como pequeños cráteres
dilatados por el calor de ese verano.
La tarde que regresamos a Barracas
después de la visita a mamá, Renato me preguntó, una vez más, si realmente
quería ir.
-Si apenas los conocías-me dijo, buscando
excusas para evitar la culpa de dejar a su mujer sin visita durante los
siguientes días.
-Conozco a Leti-le contesté.
Debió
imaginarse a esa nena de mi edad, de cabello oscuro y ojos verdes como los de
la madre, parada en la playa, rodeada de avispas que la evitaban, observando a
sus padres que se morían en gesticulaciones de terror detrás de los cristales
del auto.
Al día siguiente nos levantamos a eso de
la siete de la mañana. Desayunamos a las apuradas porque ya estaba el auto del
doctor Farías tocando la bocina. No era la primera vez que subía al Fairline,
pero esta vez sentí que estaba siendo transportada en un coche fúnebre, por más
que no fuera negro sino de un color verde oscuro, con paragolpes y espejos
retrovisores policromados. Era el acostumbrado automóvil de los muertos, y a
una situación parecida nos dirigíamos. Renato probablemente pensó lo mismo.
- ¿No
tuviste mejor idea que usar este justo hoy? ¿No tenés el Fiat, querido?
Sebastiano,
de traje gris con pequeños cuadriculados en la tela que quizá era de hilo
porque parecía fresca de acuerdo con la temporada, dio un respingo que fue un
insulto al que Renato estaba acostumbrado, el mismo que daba en la cámara
cuando discurseaba contra alguna ley que le convenía o no votar o vetar.
La General Paz era entonces un camino
estrecho de dos carriles que circunvalaba la ciudad. Llegamos a Rivadavia y
tomamos la avenida hacia el oeste. La estación de Liniers estaba llena de gente
haciendo cola para el tren y en las veredas esperando los colectivos. Entrar a
la provincia era un trámite arriesgado en ese tiempo. Los puestos policiales
abundaban, y pedían papeles y miraban con desconfianza el asiento trasero. Dos
hombres y una nena en un auto de alta gama resultaban moralmente sospechoso, pero
la moral cambia según el color con que se mire. Lo bien puesto, la buena
apariencia a veces es suficiente para diluir los resquemores y permitir que los
probables pliegues que conducen a los lugares oscuros del alma pasen
desapercibidos.
Llegamos a Haedo y empecé a reconocer lugares
que hacía mucho no visitaba, la curva donde confluyen dos ramales de la línea
Sarmiento, la vieja imprenta en la esquina donde empiezan los talleres
ferroviarios y luego las largas cuadras de los galpones por donde se ven
asomarse vagones viejos y en desuso, o destrozados por choques, o los
incendiados por la recientes manifestaciones y paros. Desde todo ese lugar
llegaba el olor a óxido y metal quemado que se mezclaba con el pastizal crecido
hasta la cerca sobre las veredas.
Doblamos en Rawson y cruzamos el paso a
nivel, ancho como un río por donde pasan las incontables vías paralelas o
cruzadas en un laberinto que en esa época me asombraba y me confundía. Ya
estábamos cerca de la quinta de Leticia. Allí nomás estaba La Cantábrica, que
para mí era nada más que un enorme predio con algunos edificios bajos que se
parecían a sectores de una fábrica rodeados de enormes patios de baldosas, pastos
altos, rejas y cercas de alambre, y un par de chimeneas altas y estériles. Era,
en realidad, la frontera entre Haedo y Morón, y la quinta estaba sobre
Lamadrid.
Renato bajó la ventanilla y se asomó a
mirar hacia la fábrica frente a la que pasábamos.
- ¿Están de huelga?
-Desde hace seis meses-contestó Farías. -Todo
empezó con los despidos, después se mezclaron los del gremio y la cagaron
porque se pelearon entre ellos. Estaban los moderados, que como siempre esperan
y esperan hasta que se mueren o vuelven a trabajar por la misma miseria. Los
zurdos se metieron y empezaron a meter bala a los milicos de la guardia.
-Ya me enteré de eso, ¿pero y ahora dónde
están?
Sebastiano
paró el auto y señaló hacia uno de los portones que daba a una esquina.
- ¿Ves esa garita? La levantaron los milicos y
desde allí vigilan a los que están adentro.
- ¿Están
sitiados?
-Algo
así, son cincuenta, dicen, otros que cien tipos con sus familias. Las mujeres
se metieron un día, incluso con chicos. Los dueños de la fábrica se lavaron las
manos y transaron con los milicos.
Había varios hombres de civil y ropa de
trabajo dando vueltas por la vereda.
-Esos deben ser desempleados…
-Sí, pero de los que buscan el empleo de
los otros. No hay vuelta atrás, o vuelven o los matan.
Renato dio un chasquido con la boca
descartando esa posibilidad. Farías dijo:
-Que nada te asuste, querido. Tu alma de
poeta ya debería conocer el corazón humano.
Se rieron. Yo no entendía, pensando únicamente
en Leticia. ¿Qué estaría pensando? No podía, sin embargo, imaginarla llorando.
La quinta no era propiamente eso, sino
una gran casa de una planta, extensa, con techos de tejas españolas en varias aguas,
un jardín de invierno repleto de plantas, y un parque inmenso que incluía
arbustos, árboles frutales, pinos y dos cipreses solitarios, acompañándose uno
al otro. De muy chica jugábamos con Leticia en las hamacas que colgaban de las
ramas del roble añejo, las cadenas chirriaban de óxido y la tabla amenazaba con
romperse, pero siempre aguantaron, mientras comíamos los higos maduros que
arrancábamos de la higuera antes de empezar a hamacarnos. Nos gustaba el
vértigo y luego la náusea que nos provocaba el vaivén continuo y articulado,
con ese ruido de bisagras rotas que armonizaba con el caos de nuestro estómago
e intestinos revueltos. Y nuestra apuesta era cuál de nosotras aguantaba más
antes de vomitar. É ramos dos nenas con la cara manchada de morado mirando al
cielo tras las ramas del roble, el cielo que se acercaba o se alejaba, y cuando
estábamos en el punto más alto del arco del columpio, veíamos las puntas de los
cipreses, como dioses impertérritos, esperándonos.
En el auto rememoré el sabor de la pulpa
de higo, y vi el color morado que de pronto cubrió el cielo al llenarse de
nubes imprevistas, imprimiendo al sucesivo dorado, un tono de rojo claro y
luego oscuro sobre el predio de la fábrica. Los charcos de las cunetas junto a
los cordones de la calle tomaron un tinte parecido.
-Tormenta de verano-dijo Farías, estacionando
sobre la vereda, junto a varios otros autos, probablemente de la familia que yo
no recordaba y que Renato no conocía. Éramos como tres extraños en un funeral,
cosa que en ese momento me resultó curiosa frente a lo que descubrí más tarde,
esa aparente ambivalencia de los funerales, donde los desconocidos del muerto
son más frecuentes que los otros.
Nos recibió la tía Eriberta. Al principio
no la reconocí, estaba gorda y había perdido la elegancia en unos pocos años.
Tenía el pelo teñido de un negro azabache, los labios bien rojos y rímel en
exceso. Cuando me abrazó, llorando, sentí el olor del vino en el vestido negro.
Oprimida por sus brazos, vi que Renato hablaba con Farías.
- ¡Qué grande y hermosa a está, Cecilia!
¡Qué suerte que vinieras, querida! Leti está inconsolable, y es la única nena
en medio de tantos adultos.
Luego saludó a Renato y Sebastiano.
-Gracias
por traerla.
-No es nada, señora. Mi mujer…
-No me hable de ella, por favor, porque no quiero
ser irrespetuosa en estos momentos, y menos frente a la hija. -Había bajado la
voz, pero chillona como era, no le sirvió de nada. Juntó las manos sobre la
falda negra, nerviosa, sin evitar decir lo que había querido evitar: -El único
hermano de Manuela….
-Pero
ella está…
- ¿Cree que no me enteré? Si se hubiera
olvidado de todas esas pavadas, ahora podría estar donde le corresponde. En
fin, vamos adentro. Están muchos de la familia.
Entramos en la casa, fresca a pasar del
verano, las salas amplias llenas de muebles antiguos, pisos de mosaicos
formando grandes estampas y techos con vigas de madera y arañas coloniales.
Muchos hombres y mujeres se acercaron a nosotros y la tía hizo las
presentaciones. A mí me elogiaban por mi crecimiento, ellos apretándome las
mejillas, ellas frotándolas para borrar el lápiz de labio que habían dejado al
besarme con fuerza. A Renato prácticamente lo ignoraban, a Farías le mostraban
respeto. Sebastiano parecía calar la calidad de cada uno de los que saludaba, y
ellos se daban cuenta. Era un diputado conocido, y nadie sabía con certeza de
qué lado estaba. Tal vez por ese equilibrio se salvaba, como casi todos en su
familia. La política de la salud era hermana de la judicial, una curaba a la
otra, y la otra la protegía.
Había dos salas mortuorias, una para cada
uno de los cónyuges, las habitaciones donde habían dormido por separado,
probablemente, luego del nacimiento de Leticia. Una sala para que cada familia
hiciera el responso correspondiente y se despidiera casi a solas de ese miembro
que había desaparecido. Los cuerpos, por su deformidad, estaban siendo velado a
cajón cerrado. Pero lo que me llamó la atención fue el olor a podredumbre. Miré
las flores y las corona: eran nuevas e intentaban ocultar infructuosamente el
aroma que todos fingían no sentir. Imaginé, dentro de cada ataúd, el pus que
seguí manando de los cuerpos, como si las larvas de las avispas se hubiesen
desarrollado y estuviesen esperando que alguien abriera las tapas.
Me sobresalté cuando sentí la mano de Leticia
en mi mano derecha. Nos abrazamos, mientras todos se nos quedaron mirando. Unos
con ojos de trivial sentimentalismo, pero en otros vi una especie de
reconocimiento, o se sapiencia, tal vez. Los Tejada tenían sus ritos domésticos:
la cruz y los rezos, las ropas simples de pantalones y polleras de tela barata
en cuyos bolsillos escondían los rosarios que a los Martins no les caía bien.
Éstos, tenían la costumbre de obviar los ritos católicos y aplicar sus propias
usanzas, que eran nada más que austeridad y un silencio de simulacro que
pretendía esconder los misteriosos designios que cuchicheaban entre ellos. Palabras
obscenas, probablemente, en portugués y en inglés, una mezcla extraña. Eber
Martins había sido un representante no demasiado inteligente de ese lado, y
Manuela Tejada había sido el alma y la mente de esa familia. El padre era el
fundamento económico, la tierra trabajada por ese dinero. La fábrica, lo supe
después, era uno de los principales trabajos de Martins. Su nombre se escondía
tras los múltiples papeles que se arrumbaban en los estantes burocráticos del
Ministerio de Economía, y éste no era más que una delegación de las
multinacionales que siempre fueron las que movían los hilos de nuestro país.
Más allá de eso, los nombres de los particulares, no podía averiguarse, espacio
reservado a las conjeturas y las teorías de conspiraciones que siempre
terminaron por hundir en la fantasía las catástrofes de la realidad.
Cuando ella se dio cuenta de que nos miraban,
me agarró de la mano y me arrastró fuera de la casa. Salimos al parque y
seguimos corriendo por el camino de lajas. Ella adelante, corriendo ansiosa con
su vestido negro y mangas de encaje que se había arremangado por el calor, y yo
detrás, preguntándole en jadeos adonde íbamos. Se detuvo en el vivero. Un
hombre barbudo y con el torso desnudo lleno de vello oscuro nos paró ante la
puerta.
- ¿Qué hacen aquí?
Leticia se apartó de él como asustada.
- ¡No lo toques! -me dijo al oído.
El hombre, que debía ser el jardinero,
dijo:
-Está bien, hagan lo que quieran-. Se dio
vuelta, agarró una camisa y salió para perderse entre los árboles.
Entramos y nos sentamos en un banco junto a
unas macetas vacías.
-Acá está más fresco-dijo ella. -Pero él
duerme acá en un colchón allá al fondo, y no siempre puedo venir.
Pensé en la frescura del interior de la
casa, sentí la pegajosa humedad entre las plantas, y supe a qué se refería. El
olor desde los cajones ella lo sentía más que cualquiera, siempre había sido
así. Sabía las cosas antes de tiempo.
- ¿Por qué me dijiste que no lo tocara?
-Qué sé yo, ya me conocés. Ese hombre es
malo…
- ¿Te hizo algo?
-Nada. Pero es por lo que va a hacer.
-No te entiendo.
-Ni yo me entiendo, Ceci. Yo sabía lo que
les iba a pasar a ellos.
- ¿A tus papás?
-Sí.
- Pero ¿cómo ibas a saber de las avispas?
¿Y cómo ibas a pararlas?
Le sonreí con la excusa del absurdo. Ella
no lloraba.
-Ya te dije hace mucho, ¿no te acordás,
cuando se murió tu papá?
Ahora me acordaba, ella me había llevado
al galpón, que aún debía estar en algún rincón del parque, todavía el vivero no
había sido construido. No metimos entre las herramientas y me mostró las
hachas. Me había preguntado si eso era lo que usaba papá para cortar a las
vacas. Entonces me pidió que le dijera que tuviera cuidado. Esa vez no le hice
caso, ¿cómo advertirle del peligro a un hombre que ha trabajado con esas
herramientas casi toda su vida?
- ¿Vos pudiste evitar que se cortara la
mano? Sabemos, Ceci, pero no las cosas hacen lo que quieren.
Por eso no llora, me dije. Ya ha llorado
antes de que ocurriesen, y luego ya ni siquiera eso, porque la experiencia le
había enseñado que las lágrimas son inútiles por lo inevitable. Luego, mucho
más adelante, meditando en todo esto, filosofando de una manera que Leticia no
hacía porque ella sabía las cosas sin necesidad de meditarlas, me di cuenta de
que ya no lloraría por nada, porque todas las cosas del mundo estaban
concatenadas de una forma en la que cada una era causa y consecuencia de la
otra. Quien supiera todas aquellas relaciones -y las mujeres como Leticia eran
capaces de construir universos arquitectónicos de asociaciones, y aun así, no
abarcarlas todas- no necesitaba llorar la pérdida de ninguna, a lo sumo
lamentarla, tal vez. Todo se pierde, y lo nuevo no posee siquiera la leve
semejanza de lo muerto.
Las
consolaciones no existen.
El único consuelo es la frialdad del
conocimiento como tal, y la aceptación es una forma más de la sapiencia. No
hablo de sabiduría, no. Ésta implica una metafísica del alma.
Escuchamos llamados desde la casa. Era la
voz de la tía Eriberta. Nos encontró sentadas en silencio.
- ¿Qué hacen acá? Vamos.
Nos agarró de una mano y nos llevó de
vuelta a la casa.
- ¡Estas chicas son caso perdido! -dijo a
quien quería escucharla mientras nos sentaba en la sala principal para recibir
los pésames que desfilarían antes del cierre del velorio. Pero volvimos a escabullirnos
cunado ella dejó de vigilarnos. Como se encargaba de la organización, iba y
venía de la cocina con vasos y bebidas, entremeses discretos, y de vez en
cuando encargando cosas a la chica que trabajaba en la limpieza, o atendiendo
el teléfono que a cada timbrazo la hacía sobresaltar en el silencio ficticio
del cuchicheo y las conversaciones a media voz.
Nos fuimos a una sala que Leticia llamaba
de juegos, pero que era la biblioteca y el despacho del padre. Había decenas de
carpetas de trabajo sobre dos escritorios separados por dos sofás. Sobre los
escritorios, calesitas de sellos, portalápices, máquinas sacapuntas, veladores
de mesa, papeles secantes y tinteros, cosas viejas y nuevas en un ensamble a la
vez caótico y armonioso.
Entonces escuchamos los disparos. Leticia
fue corriendo a destapar el televisor que estaba escondido tras las puertas de
uno de los muebles. Cuando lo encendió, un noticiero transmitía las imágenes de
lo que estaba ocurriendo a pocos metros de la casa. Los obreros acantonados en La
Cantábrica estaban siendo acribillados a medida que salían. El ruido de los
disparos nos llegó por las ventanas, después de atravesar el follaje del
parque, como cazadores que se iban acercando.
3
Leticia corrió a la ventana y
yo me quedé frente al televisor. Le contaba lo que decían los periodistas y
ella me avisaba si alcanzaba a ver algo entre los troncos y la cerca. No creía
que pudiese ver algo desde tan lejos, pero era evidente que cada vez descubría
algo nuevo en ella, como si nunca la hubiese conocido en realidad.
- ¿Escuchás algo? Acá dicen que algunos
obreros salieron a buscar agua del tanque y los soldados les dispararon.
-Ya sé, Ceci, ya lo veo. Están tirados en
el piso del patio, al pie de la torre del tanque.
- Pero ¿cómo podés verlos desde acá?
Era la voz de Renato, que había llegado
para ver si estábamos bien. Leticia se dio vuelta, asustada. Por la puerta
aprecieron la tía Eriberta y el doctor Farías.
-Renato,
me voy a ver qué pasa-dijo éste.
-Te acompaño. Chicas, no salgan de acá ni se
asomen a la ventana.
-Pero señor…
-Nada, siempre hay balas perdidas…
Los dos salieron y la tía entró y se sentó
frente al televisor, temblando. No nos hizo caso, ni siquiera cuando Leticia
volvió a abrir la ventana y empezó a contarme lo que pasaba.
Los
periodistas iban de un sitio a otro del predio, intentando avanzar. La cámara
se sacudía interrumpiendo la transmisión cuando el cameraman probablemente
trastabillaba en el empedrado de la vereda.
-Se tropieza con los cuerpo-dijo Leticia.
Estaba sentada con la espalda contra el
marco.
-Tu papá y el doctor salieron a la calle,
ya los veo. Los soldados les impiden seguir, pero ellos discuten, sobre todo el
doctor. Está sacando documentos del bolsillo y se los muestra. Los soldados encañonan
a tu papá. Él les dice algo, “Palomar”, me parece.
La
tía no sacaba la vista del televisor, se restregaba las manos y se lamentaba de
que estuviese pasando justo hoy todo eso. Los demás aguardaban en las salas o
en la cocina. Se escuchaban sus voces, las mujeres hablando alto, los hombres
instándolas a callarse, pero ellos también hablaban en voz alta y caminaban por
el patio, ávidos de ver lo que sucedía.
-Los tíos Tejada quieren salir… pero los
Martins están fumando y no se mueven de los sillones.
- ¡Ey, Leti, metete y cerrá la centana!
Era la voz del tío abuelo Baldomero que le
gritaba desde el jardín, un Martins, pero un cero a la izquierda, según escuché
esa tarde. La hermana se encargaba de los servicios fúnebres, o más bien
dirigía toda la empresa que habían heredado junto con otras socias.
Leticia
no le hizo caso, y se rio. El viejo volvió a sentarse para seguir fumando su
habano con tranquilidad. Los tiros no lo afectaban, tal vez ni siquiera los
escuchaba en su avanzada sordera. Debían ser apenas silbidos como los de los
pájaros de la selva ecuatoriana en la que decían había vivido.
La televisión había mostrado los
cadáveres, pero sólo un segundo. Los periodistas no alcanzaban a llegar donde
estaba la mayoría, y de muchos cuerpos no podían asegurar que fuesen muertos,
sino simplemente hombres agazapados que, escondidos, apuntaban hacia los
soldados: ¿eran eso los brazos alzados, como en derrota?, y los ojos tapados
con la culata de un fusil ¿qué representaban: el pronto disparo o el golpe en
la cara?
La cámara de pronto pareció morirse, y la
reemplazaron las rayas intermitentes de una transmisión interrumpida, con
imprecisos sonidos de fondo, mientras el locutor desde el canal pedía disculpas
a la audiencia a la vez que pronunciaba frases ininteligibles que se filtraron
cuando se suponía que estaban fuera del aire. Pero entre tanta confusión, los
micrófonos debían seguir abiertos y los gritos llegaron desde el televisor, y
también por la ventana.
Miré a Leticia, que se había parado en el
borde. La tía se había ido cerrando la puerta con llave. Mi prima espiaba con
los pies en punta, como si observara por encima de los árboles. Lo único que yo
alcanzaba a ver era la torre del tanque y el par de chimeneas. Se escucharon
alaridos, y de pronto el ruido de las maquinarias de la fábrica.
- ¿Qué pasa? -le pregunté.
-Encendieron las máquinas, siempre las escuché
desde acá. Me hacían dormir, ¿sabés, Ceci? Eran como un coro…
-Pero ¿qué está pasando? ¿Lo ves a mi papá?
-Está con el doctor, hablando con uno de
los dueños. Es el primo de papá, creo que es el tío Guillermo, sí, el mandamás
de la fábrica.
- ¿Pero tu papá también era dueño?
-Supongo que sí, como todos los Martins.
Empezó a contarme, mientras no dejaba de
atisbar en la distancia, para mí invisible, que la vieja familia había llegado
de Galicia casi cien años antes. Que le pusieron el nombre a la fábrica por las
montañas. Eran mineros y sabían cómo arrancar el metal de las rocas. Pero eso
fue al principio, el padre de Leticia y el resto de sus socios habían explotado
la industria después.
- ¿Pero entonces qué pasó?
-Papá dijo que todo se estropeó cuando
vino Perón. Los obreros empezaron a creerse más de lo que son.
- ¿Y
qué son? -le pregunté, adivinando la respuesta intelectual, como ella era capaz
de adivinar el futuro metafísico. Porque eso era lo que hacía. Lo que me
contaba era una mezcla del presente con el futuro inmediato. Ya lo había notado
cuando me relataba cosas que inmediatamente sucedían en la televisión antes de
la interrupción de las imágenes. Probablemente ella no distinguía esas leves
diferencias, que eran simplemente lo más rudimentario de su capacidad. Lo que
comenzaría a molestarle muy pronto, eran los grandes hechos que se estaban
engendrando en lo recodos de la realidad. La vuelta de una esquina que no
existe hasta que se llega a ella.
Pensé en mamá, tan cerca de nosotros en
esa zona del oeste bonaerense. Renato debía estar no solo pensando en su mujer,
sino hablándole de ella al primo Martins, porque sin duda debían estar
acusándola de complicidad con todo el resto de la resistencia obrera.
-Tu papá está discutiendo con mi tío, el
doctor los separa.
De pronto, otros disparos la interrumpen.
Ella también se ha sobresaltado. Las maquinarias continúan en funcionamiento, y
llega el sonido del metal, crudo a veces, chirriante casi siempre.
-Pero ¿por qué empezaron a trabajar ahora?
-Yo qué sé…
La televisión retomó su voz. Ahora
transmitían desde la casa de gobierno. La Casa Rosada estaba rodeada de gente y
desde el balcón salía Onganía con un círculo de guardias y asistentes. Frente a la cámara apareció un periodista con
micrófono en mano, estaba agitado y miraba a los costados mientras hablaba.
-Han
ordenado el reinicio de las actividades en la fábrica de Morón, las maquinarias
han sido puestas en funcionamiento después de seis meses de paro. El gobierno
de la nación está satisfecho del resultado de este conflicto que se inició con la
infausta corrupción del gobierno anterior.
Después de la tarde, volvió Renato. Me
abrazó y nos sentamos frente al televisor. Leticia se desprendía de los brazos
de tía Eriberta cada vez que intentaba llevarla a la sala con los otros. Los
ruidos y los movimientos en la fábrica continuaban como una salmodia: voces de
altoparlantes que ordenaban el trabajo, sirenas de ambulancias que se fueron
apagando a medida que llegaba la noche, y los pasos de los soldados en una
guardia permanente alrededor del predio.
Escuché
a Renato y a Farías hablar en voz baja sentados en el sillón, mirando de
costado hacia la pantalla. Los cuerpos de las salas mortuorias seguían
aguardando que las calles cortadas fuesen abiertas para dejar entrar los cuches
fúnebres. No había anda definido aún, ni hora ni acontecimientos. Leticia se
había sentado a mi lado en una butaca de piano, con la espalda encorvada y una porción
de pasta frola me masticaba lentamente, ensimismada, en apariencia, en lo que
pasaba en la pantalla. Desde que ellos entraron, la ventana había sido cerrada
con cerrojo y las pesadas cortinas oscuras habían ensombrecido la
biblioteca. A las ocho de ese verano,
cuando afuera seguía luminoso, en el interior del estudio la penumbra peleaba
con el televisor. A la luz difusa e intermitente, las caras de todos me
resultaron irreales. El traje de Farías se había convertido en una especie de
uniforme de tonos oscuros o plateados, los lentes de Renato despedían reflejos
o destellos que lo asemejaban a un personaje de historieta para adultos. Pero
el que más me sobresaltó, hasta el punto de apartarme unos centímetros de su
lado, fue el rostro de Leticia. Era una mujer, ahora, de cabello entrecano y
largo, y vestida con ropa vieja, como de indigente. Y sentí el aroma del mar en
esa ropa.
Entonces Leticia escuchó lo mismo que yo.
La conversación de los hombres en la sombra del sillón. El aroma de los
cigarrillos y del whisky, y el desarticulado olor ahumado de la carne. ¿Quién
lo había traído consigo, impregnado en la ropa o en las manos?
-No tenías que hacer eso-dijo la voz de
Sebastiano Farías, tierna como cuando me hablaba, porque le estaba hablando a
su mejor amigo.
- ¿Qué querés? Si me hablaba de ella como
de una extremista.
- ¿Y no lo es?
-Ya sabés, como una delincuente…
- ¿Y no lo es?
- ¿De qué parte estás vos?
-De la de los amigos, por supuesto, pero
la ley es la ley.
-Que cambia según el color de las cortinas
de la casa de gobierno.
Farías se rio. La lucecita del cigarrillo
se apagó en un cenicero.
-Convengamos, amigo mío, en que Martins
puede hacer lo que quiere, es su fábrica desde hace cien años.
-Pero los hombres no son suyos.
-Son de quien les paga. ¿Sino preguntále a
los obreros?
-No puedo si están muertos.
Yo tosí.
- ¿Qué estás comiendo, Ceci? -preguntó
Renato.
-Unas masitas, nomás.
-Si son de las secas que nos sirvió la
vieja… hacélas pasar con agua-. La voz de Sebastiano era amable y me reconfortaba.
Pero
yo sabía que no eran las masitas secas ni la pasta frola las que me habían
hecho toser, sino el recuerdo de esa tarde, antes de que ellos regresaran.
Leticia estaba sentada en la ventana, llorando. Creí que, por fin, lo hacía por
sus padres. Me había acercado a consolarla.
-Tranquila,
Leti…
Me miró, enojada.
- ¿Cómo
me voy a quedar tranquila si los veo allí tirados?
- ¿A quiénes?
-A los
hombres de la fábrica, tarada.
No había salido en toda la tarde de la
habitación, y ni siquiera vio las fugaces imágenes en la televisión. No habían
dado el número de heridos, porque no los hubo, sólo muertos, y esto fue después.
-Sesenta y uno. Los conté, ¿sabés? Se
murieron a la una de la tarde, todos contra las columnas del tanque. Los ataron
cuando ellos salieron a buscar agua. Como en las ciudades sitiadas que nos
enseñan en historia en la escuela.
- ¿Me querés decir qué tenía que hacer
yo…-la voz de Renato continuaba, ensamblándose a la vieja voz de Leticia
guardada en las paredes desde unas horas antes? -…si me hablaba de ella como de
la responsable de la resistencia que salía a la luz luego del oscurantismo para
rehabilitar la lucha de su marido muerto?
- ¿Pero era necesario que te metieras ahí?
-Un
hombre caminó por encima de ellos, y les levantó las cabezas para mirarles las
caras, como si los conociera. Me pareció que trataba de retenerlos en la
memoria como si pretendiera describirlos después. Le vi la cara con anteojos,
de mano finas, y tiznadas.
La tiza, tal vez, con la que intentaría
escribir los nombres de los muertos en algún pizarrón mucho más tarde. O quizá
la mancha que se impregna en la piel cuando tocamos la carne quemada por las
balas.
-Ya sé que pareció todo muy teatral, y me
avergüenzo. Pero así me sale cuando estoy encabronado. No podía dejar de
identificarlos…
- ¿Cómo si fueras alguno de su familia?
Vamos, Renato, eso es hacer literatura…
- ¿Y qué? Lo que se escribe dura más que
la carne, ¿no?
Escuché el sonido que hizo al aspirar, y
supe que se estaba llevando las manos a la cara en ese momento. Él era el que
había traído el aroma de los muertos a la biblioteca, a la sala de juegos, a la
oficina de trabajo de Eber Martins.
-Y decime, ¿qué ganaste con eso? Si yo
no los convenzo, te llevan preso, ¿y qué es de Ceci, entonces?
-Ya lo sé, ¿creés que no te agradezco?
Pero por lo menos me saqué las ganas de demostrarle a Martins que sabemos lo
que su hermano o su primo o qué mierda sea hicieron con los obreros.
- ¿Te pensás que les importa algún
carajo? Sos un idealista de pacotilla, Renato. Por lo menos tu mujer es más
práctica. Pelea cuando sabe que tiene posibilidades de ganar.
-Está en la cárcel…
-Precisamente eso es pelear y ganar. En
estos gobiernos, los que están afuera no la comen ni la beben, son peleles que
cambian según la dirección del viento.
- ¡Como vos, Sebastiano!
-No digás pelotudeces. Yo soy un barco,
querido, que se salva de los naufragios.
-A eso se llama la nave del estado, ¿no?,
donde se suben los hombres como Martins, que entregan a los hombres para sacar
ventaja. Los que no laburan, ¡pum! Y las máquinas funcionan otra vez, ¿y sabés
lo que las hace funcionar? El miedo, Sebastiano.
- ¡Qué descubrimiento, che! Te merecés el
premio Nobel, querido.
Y Renato siguió hablando en voz baja hasta
después de medianoche. La televisión apagada ya no tenía nada que contar. El
país estaba en orden. Pero él contaba en números, hasta sesenta y uno, y luego
empezaba otra vez. Pronunciaba el nombre de mi madre luego de cada decena, y
comenzaba nuevamente con el uno, aislado y solitario. Renato lloriqueaba por
efecto de la desazón y de la borrachera del whisky, en medio de la noche.
Cuando eran las tres de la mañana, Sebastiano otra vez lo tenía abrazado
intentando consolarlo.
Leticia, acostada en la alfombra al pie del
escritorio sobre el que las carpetas con nombres de empresas y hombres
importantes amenazaban con caérsele encima, sabía que yo escuchaba también ese
largo soliloquio entre dos hombres que escarnecían el mundo en que vivían.
4
Me desperté a las siete de la
mañana, creo. Los hombres ya no estaban, ni tampoco Leticia. Sola, encendí el
televisor. Todavía no había empezado la transmisión. Abrí la cortina y el sol
entró de lleno echando abajo las construcciones de la oscuridad, y el ruido de
las maquinarias de la fábrica parecían reconstruir el mundo de la habitación:
los edificios de libros, las llanuras del living, las estaciones de los
escritorios. Tenía hambre, y me sentía transpirada y sucia. El día prometía
tanto o más calor que el anterior.
Salí y recorrí el pasillo hacia la cocina.
Me recibió la cocinera con un “buenos días, señorita”.
- ¿Dónde están todos? -pregunté.
-Discutiendo, ¿no se enteró todavía?
- ¿De qué?
-No abren las calles en varios días, es
orden del gobierno. No nos dejan salir ni entrar. ¡Y nosotros con los muertos
adentro!
Entonces escuché las voces que discutían
en la entrada al parque. Todos hablaban al mismo tiempo y rodeaban a un hombre
de traje con la típica pinta de un funcionario de turno. Afuera, del lado de la
vereda, había soldados con fusiles. Leticia se me acercó corriendo desde ahí.
- ¿Qué
pasa?
-Que cierran las calles y no puede entrar el
servicio de la cochería. Pero todos estos se las van a arreglar para irse.
Para
la tarde ya no quedaban solamente los familiares más cercanos. Diez en total.
Renato dijo que había que aguantarse hasta que permitieran el acceso. Por la noche nos reunimos en la sala
principal, una gran estancia de varios sillones y mesas bajas. Algunos leían,
otros jugaban a los dados. La tía Eriberta parecía feliz de organizar esa
pequeña tertulia, que habría sido perfecta de no ser por el tufo a flores
muertas, que pronto fueron arrojadas a la vereda. Pero al día siguiente el
aroma a podrido continuaba, y todos sabíamos de dónde venía. De las salas con
los ataúdes por supuesto, pero incluso en el parque se olía aún más fuerte. A
mí no me molestaba demasiado, no sé la causa, tal vez el olor dulzón de la
carne en descomposición fuese algo innato en mi cuerpo, como la memoria de los
huesos, o tal vez la memoria de los músculos. La peculiaridad de Leticia estaba
en su conocimiento intelectual de las cosas del tiempo y del mundo, su cuerpo
era sano, bien lo demostró durante mucho tiempo más adelante, y por eso era capaz
de sufrir y metabolizar las consecuencias de ese conocimiento que pocos toleraban.
Sin embargo, yo no era capaz de ver más allá de mi presente, mi cuerpo me
limitaba a eso, y precisamente era esta circunstancia la que convertía mi
cuerpo en una red que atrapaba la tragedia y la convertía en enfermedad. Y el
dolor, entonces, se recuerda a sí mismo como un viejo familiar que nos visita
de vez en cuando, hasta que un día ya no quiere irse.
El olor llegaba desde la fábrica,
atravesando la calle y venciendo la humedad del follaje del parque y el olor a
gasolina de los autos que a pocas cuadras continuaban haciendo su vida
habitual. Me encerraba en el vivero, y Leticia me acompañaba toda la tarde,
recorriendo los senderos entre las plantas, y bajo la mirada del jardinero que
intentaba desnudarnos con los ojos.
-Vinieron las grúas-dijo él, mientras
destrozaba unas azaleas en el intento por trasplantarlas.
Intentamos evitarlo, pero no había caso.
Tuvimos que preguntar.
-Para levantar a los muertos, ¿para qué va a
hacer?
Era verdad. Fuimos hasta la entrada y nos
asomamos por la reja. Una topadora trabaja en el predio de la fábrica y
depositaba el contenido que levantaba en grandes contenedores. Era tierra, aparentemente,
piedras y trozos de mampostería. Pero el olor volaba, iba y venía, secundado
por las moscas.
Pasaron cuatro días. Las barreras que
cortaban Lamadrid, entre Azcuénaga y Rawson fueron levantadas. Tía Eriberta
atendió el teléfono.
-Mañana llegan temprano.
Eran las diez de la noche. La partida de
ajedrez entre Farías y Renato se vio interrumpida por el anuncio. El tío abuelo
se despertó, sobresaltado, y aunque no hubiese escuchado, era evidente que lo
había soñado.
En la mañana llegaron los coches fúnebres.
Cargaron los ataúdes. Detrás, tres o cuatro autos más con las coronas. Y luego
la caravana, ya corta, de los familiares.
- ¿A dónde vamos? -pregunté a Renato, que
estaba a mi lado y Leticia al otro. Hasta
entonces daba por sentado que iríamos al cementerio de Morón.
-A Flores, Ceci, al cementero de San José
de Flores. Ahí está el panteón de la familia.
- ¿Panteón? Ah, sí, perdón.
-No
importa, Ceci. Es como una gran casa para los cuerpos.
Farías, que estaba a mi lado me dijo:
-Y
donde todos hacen un silencio envidiable, menos las cucarachas que hablan de
Dios.
Ambos hablaban sin cuidado de lastimar los
sentimientos de Leticia. Al parecer, carecía de ellos. Nadie la había visto
llorar por los padres, y las lágrimas que había derramado por los obreros luego
de unas horas parecían simplemente un llanto teatral de quien se sabe vista por
considerarse especial. Ya me estaba encolerizando esa diferencia que ella
explotaba a su favor: la condescendencia de la tía Eriberta, y los silencios de
papá y Farías que intentaban hacer para ocultar lo que al fin de cuentas a ella
no parecía afectarle: los negocios del padre y sus consecuencias en los hombres
de su fábrica. Esa noche la había observado atentamente en la oscuridad,
acostada en la alfombra que había sido pisada por los zapatos de Eber Martins,
casi acariciándola con su mejilla y como si escuchase la voz del padre dando la
orden de reprimir fuese como fuese a los obreros y reemplazarlos por los que
quisieran trabajar. Yo también escuché el relato de Sebastiano Farías, que
había comenzado en la oscuridad del estudio esa noche, interrumpido por el
sueño de Renato y retomado en el auto que avanzaba con lentitud por la avenida
Rivadavia.
-Como te dije, Renato, Eber hizo lo que
pudo para vencer la resistencia de sus hombres. Sometió al despido a los
primeros, pero cuando éstos no quisieron irse y tomaron la fábrica, trajo los
que trabajarían a destajo, y no se sorprendió demasiado cuando éstos también se
revelaron, porque había muchos infiltrados de la izquierda. Entonces los
sometió al hambre, prácticamente, evitando que las mujeres y los hijos entraran
en contacto con ellos. Cortó las líneas telefónicas y prohibió con soldados en
las puertas la entrada de cualquier abastecimiento. Después intentó la
diplomacia cuartelaría y más tarde la de los medios, recurriendo a la
televisión para convencer a lo que él llamaba el pueblo que los obreros
atrincherados eran comunistas asesinos. Y casi, casi, con ese método
blandengue, pudo ganar. Pero entonces vino el verano, ¿y a él qué se le
ocurrió?, llevar a su familia de vacaciones como si nada pasara. Era parte de
la estrategia, por supuesto, pero la pifió, como dicen ahora. La treintena de
hombres eran ya más de cincuenta. Tenían hambre y sed, y algunas mujeres habían
entrado para convencer a sus hombres que cedieran.
- ¿Pero ellos sabían que Martins ya estaba
muerto?
- ¡Qué sé yo! Quiero creer que no, porque
entonces no habrían salido a buscar agua al tanque. Muerto el perro, se acabó
la rabia, eso era lo primero que tendrían que haber pensado de saber de
Martins, y entonces habrían aguantado un poco más. Lo que no era ninguna
garantía, por supuesto, pero para ellos habría significado mucho.
-No pasaron muchas horas desde que llegó
las noticias desde la costa.
-Pero las radios a pila ya debían estar
agotadas, y no tenían electricidad. Para mí que no se enteraron. Fue el calor,
estoy seguro. Los que salieron estaban casi desnudos y muy flacos.
-Fue
un verdadero sitio, como en los viejos tiempos.
-Sí, querido, como en los principios de la
civilización, ¿no?
El sarcasmo era un filo, frío y certero
en medio del auto. Leticia escuchaba en silencio, con la vista fija tras las
ventanillas cerradas del Fairlane, mirando, aparentemente, los negocios a lo
largo de la avenida: Haedo, Ramos Mejía, Ciudadela. Cuando llegamos a Liniers,
cruzamos la General Paz y el auto se desvió en dirección a Juan B. Justo. Y en
ese preciso momento, ella empezó a gritar.
Pero me adelanto, olvidando pistas previas
en esta narración cuya esencia es precisamente el tiempo, porque tal era el don
de mi prima Leticia. Sin el tiempo, ella no era nada. Su mente era un laberinto
donde la bestia del Minotauro iba y venía como si fueran muchas a la vez, y
Leticia persiguiéndola para esquematizar el diagrama del tiempo, donde el
espacio era nada más que uno de los múltiples planos de los esquemas que
pretendía esbozar. Y como todo esbozo, se borraba y volvía a ser dibujado para
tener una efímera vida propia.
Un rato
antes, cuando íbamos por el centro de Rivadavia, ella preguntó:
- ¿Por
debajo está el Maldonado?
La
miramos con curiosidad, menos el chofer del servicio, que la observó con sorna.
¿Tal vez también olía algo? Porque Leticia husmeó, literalmente, el aire a su
alrededor. Íbamos detrás, por supuesto, del coche con los ataúdes, pero los
olores de la calle habían tapado aquel olor al que ya tan acostumbrados
llegamos a estar durante la estadía en la casa. Hicimos lo mismo que ella, pero
no sentimos nada.
-Sí, más o menos- le dijo Renato. -El
Maldonado nace por San Justo, y por esta zona está intubado hace mucho tiempo.
- ¿Y
hasta dónde llega?
-En
la capital corre debajo de Juan B. Justo, y drena en el río. ¿Por qué?
-Es un olor tan fuerte que sale de las
alcantarillas.
Ella abrió la ventanilla y señaló los desagües
en las cunetas a ambos lados de la avenida. Entonces se tapó la nariz y sus
ojos lloraban por el tufo. Nosotros no sentíamos nada.
-Cerrá, querida-dijo le chofer.
Fue al tomar Juan B. Justo cuando ella
empezó a gritar. Primero fue un alarido que creímos le rompería las cuerdas
vocales, pero la subestimamos. Con los sucesivos gritos que cada vez fueron más
fuertes, empezó a patalear. Farías intentaba sujetarla, pero por más que le agarrara
los brazos ella pateaba el asiento delantero. El chofer se detuvo y bajó del
auto. Abrió la puerta trasera y le dio una bofetada a mi prima. Renato y Farías
se encabronaron. Hubo insultos de uno y otro lado, entonces reconocí al chofer:
era el jardinero de la casa de los Martins.
Se dio cuenta que yo lo había reconocido,
pero como si fuera algo habitual en eso tiempos que los hombres tuvieran dos o
más trabajos, ninguno dijo nada, si es que también lo conocían. Leticia se
calló la boca luego de la bofetada, y se puso a mirarlo con cólera.
-Vas a terminar como ellos-le dijo.
- ¿Usted cómo se llama? - preguntó Farías,
sacando una libreta, amenazador y pulcro como sólo él podía serlo.
-Oscar Méndez, señor…- dijo, insultando
con el “señor” como si hubiese dicho una mal palabra.
Los otros autos de la caravana se habían
detenido a un costado de la avenida, con las balizas encendidas mientras el
tráfico alrededor tocando bocina. los conductores insultaban o simplemente
hacían la señal de cruz. Otro chofer había llegado y preguntado qué pasaba. Le
explicaron. Luego hablaron alejados, en la vereda, apoyados en una pared
mientras los peatones se detenían a observar.
-Yo seguiré el servicio-dijo el recién
llegado. Méndez fue al otro auto.
Cuando íbamos a subir, Leticia se acercó a
una boca de agua en el cordón, se puso en cuatro patas y acercó la cara a la
alcantarilla.
- ¡Leti! -le grité.
- ¡Están ahí, Ceci! Hay muchos, muchos,
Ceci. Quieren salir.
Todos
la escuchamos, incluso Méndez había vuelto a acercarse. La relación entre ellos
iba más allá del simple encono, algo había pasado, y aunque no me animaba a
reconocerlo, más adelante estaría segura.
Habían pasado sólo unas cuantas horas
desde los disparos y el fin de la revuelta en la fábrica. Las noticias de la
radio, ahora encendida en el auto, decían que los rebeldes estaban encarcelados
en Ezeiza en espera del dictamen de un juez. Cada uno de ellos tendría un
juicio justo, decía la voz de la periodista de turno, con voz melosa, como
tantas de las modelos de pasarela que tomaban la posta de las noticias en esa
época, confusa, propia del cambalache que tantos cantaban y que nadie comprendía.
¿Cómo entender los principios tergiversados, si hasta los simples y
tradicionales roles estaban cambiados?
De la familia, sólo la tía Eriberta llegaba
ahora luego de caminar los doscientos metros desde donde el otro auto se había
detenido. Agarró a Leticia de un brazo y empezó a arrastrarla. Ya estaba harta
de esos caprichos, dijo.
-Déjela, señora, por favor-. La tía cedió
ante la única voz que aparentaba respetar. Farías se acuclilló junto a Leticia
y le acarició la cara y le secó las lágrimas.
- ¿Qué
te pasa? -le preguntó.
-Los
hombres, señor Farías, están ahí abajo. Todos los de la fábrica. Yo los
conozco, me saludaban desde la puerta cuando entraban y salían. Las mujeres
venían con los nenes cuando terminaban el turno. Me saludaban, y yo no sabía
cómo se llamaban, pero les conozco la voz. Y los escucho ahora, gritan mientras
flotan boca arriba en ese rio profundo allá abajo.
Señaló la alcantarilla con el brazo
extendido, y los dedos le temblaban.
-Me están llamando.
Se acostó en el empedrado y apoyó un oído
en el suelo.
-Escuche, señor Farías.
El diputado, joven y ya prometedor
político de la nación, se postró sobre los adoquines y apoyó el oído. Entre las
grietas tal vez escuchaba algo, pero nunca supo decir si fue su imaginación o
la sugestión de lo que después ocurrió. Otra vez el tiempo que confunde esta
narración como lo confunde todo.
-No
escucho nada-le dijo a Leticia, si fue mentira o verdad, no importa, su
respuesta fue el resultado de la incertidumbre por el dolor de esa nena de doce
años, ¿o de la mujer?, que no se calmaría nunca.
Ella lo miró, angustiada.
- ¿Ni el olor? Es tremendo, doctor…-. El
rostro se le deformó en una mueca de asco. - Tratan de nadar en medio de las
aguas podridas.
Leticia vomitó en plena calle. No había comido
nada, y tomado sólo un té con leche esa mañana. El vómito, sin embargo, era
abundante y de un olor acre e insoportable que hizo que todos a su alrededor
nos tapáramos las narices.
Era el típico olor de la carroña.
Le limpiaron la cara, le dieron agua
mineral de la botella que llevábamos en el auto durante esa tarde de calor
agobiante. El chofer dijo:
- ¿Vamos, señores? - era, sin duda, un
Gonçalvez, un peón de Gamaliel, el pomposo y sobre todo enigmático nombre de la
funeraria que estaba organizando toda la ceremonia de uno de los miembros de su
extensa familia. Pero todo era en honor de los Martins, por supuesto, y no de
los Tejada. Con el tiempo me fui enterando que cada una de las letras
corresponde al apellido de las familias fundadoras, la “m” hace referencia a
los Martins, claro, una de las familias que sobrevivían, junto a los Arriaga,
por ejemplo, de Entre Ríos y Santa Fe, los Aranguren en el centro oeste de la
provincia de Buenos Aires, los Larriere en el medio este, y los Gonçalvez, por
supuesto, que son como una plaga en todas partes, Brasil y Uruguay
especialmente. Eso fue lo que escuché cuando retomamos el camino hacia el
cementerio de Flores. El trayecto por la Juan B. Justo fue corto, pero
suficientemente ilustrativo, trágicamente ilustrativo, debo decir.
El
doctor Farías había levantado a Leticia en brazos y la llevó al auto. Durante
media hora ella durmió en sus brazos, como si fuera la hija que nunca tuvo, o
por lo menos que él reconociera, porque se sabía que don Sebastiano era un
mujeriego impenitente pero demasiado discreto, demasiado atractivo y educado,
una mente que desbordaba cultura en cada palabra y en cada gesto de sus manos,
para que las mujeres que fueran sus víctimas pudiesen ser tan diferentes a él
como para calumniarlo reclamándole algo que él mismo no se hubiera impuesto
antes el deber de cumplir. Si tenía hijos, eran suyos sin necesidad de que el
mundo lo supiera, simplemente con verlos, tal vez, alguno se diese cuenta, en
el atractivo del rostro, la estampa del cuerpo o la educación de sus modales.
Leticia y yo, entonces, nos apoyamos cada una en los hombres que nos
acompañaban. No eran nuestros verdaderos padres, pero merecían el nombre.
La siniestra escenografía del cementerio
de San José de Flores en esa tarde que fue encapotándose de nubes grises y
condensando la humedad más terrible que yo hubiese sentido hasta ese momento,
no nos dio motivos para salir del auto. Pero los cajones fueron bajados de los
otros coches, y si los muertos se animaban a exponerse a ese clima que
aceleraría su descomposición, ¿por qué no nosotros, si estábamos vivos y
chorreando sudor por cada poro de nuestra piel pegajosa?
Un
funeral en verano es lo más abstruso que puede experimentarse.
Las moscas son las únicas invitadas de honor,
las que organizan la coreografía de las manos inquietas de los familiares de
los difuntos, las que otorgan el ritmo de las palmadas sobre la piel en
golpecitos de furor, y las que zumban como un deletéreo coro gregoriano como
fondo de los murmullos y los responsos, inagotables.
El funeral de Eber Martins y Manuela
Tejada fue una comedia vestida de tragedia. Ninguno de los presentes pudo
tragar las palabras del cura, extraídas del Antiguo Testamento, dicotomía que
yo no comprendí ni di la necesaria relevancia en ese momento, y que son
elementos para otra historia que no me corresponde contar. Mi protagonista es mi prima Leticia, que
estaba allí parada junto a los féretros de sus padres, de la mano del doctor
Farías. Ese hombre de traje pulcro que nunca olía mal, cuyo cuerpo era una
especie de amalgama destruida y reconstruida a cada instante, y por eso no
acumulaba olor ni transpiración. Tantas veces lo vi llevarse la mano al
estómago flaco que yo adivinaba bajo el chaleco con la cadena del reloj
cruzándolo no como un ornamento, sino como si lo apresara. Para que algo,
dentro o debajo, no se escapara.
Eso fue lo que pensé, por primera vez,
mientras lo veía allí parado, enhiesto, único hombre que comprendía
verdaderamente el don, si así puedo llamarlo, de Leticia. El único que le creyó
antes de ver y corroborar lo que ella había vaticinado. Y el olor flotaba en el
aire formando imágenes de humo y guerra.
Escuchamos, gracias a que el cura se había
callado, las noticias de la radio de uno de los autos, puesta a todo volumen,
como si Oscar Méndez estuviese sordo, el jardinero-chofer y presumiblemente
capaz de otras profesiones de incierto y dudable valor. Las noticias que
anunciaban la masiva manifestación de obreros que iban desde el centro porteño
hacia las salidas de la capital hacia el oeste, a protestar por los trágicos sucesos
no aclarados todavía. Iban caminado por Juan B. Justo, que en gran parte era el
techo del Maldonado, y todos ellos sordos a los gritos que Leticia aseguraba
había escuchado dar a los muertos.
5
Cuando regresamos a la casona
después del funeral, le dije a papá Renato que no podíamos dejar a Leticia así
nomás. Él estaba ansioso por retomar las visitas a mamá, pero me dijo que yo
tenía razón. Como estábamos cerca de El Palomar, iría esa tarde. Si mamá estaba
bien, nos quedaríamos unos días más, qué sé yo, lo necesario para ver si mi
prima se reponía. Farías la había llevado en brazos, dormida y agotada, hasta
el dormitorio y la acostó. La tía Eriberta y otras le dijeron que se
encargarían, pero Leticia protestaba y chillaba cuando ellas la tocaban. Sólo
se serenaba con las manos del doctor.
Sebastiano Farías debía tener no más de
cuarenta años. Estaba, en lo que se suele decir, el apogeo de su masculinidad.
Rezumaba parsimonia y fuerza por las manos y la cara cuidadosamente rasurada, incluso
las patillas cortas invitaban a que cualquiera quisiera tocarlas, suaves y
sirviendo de preámbulo al cabello apenas largo que se escondía tras las orejas.
El olor del tabaco fino lo acompañaba siempre, envolviendo sus hombros y sus
piernas con un andar aparentemente lento que no era más que seguridad y
certeza. Sin embargo, cuando escuchaba a los demás, las expresiones de su
rostro denotaban interés y dudas al mismo tiempo, como si estuviese no solo
compartiendo las inquietudes del otro, sino intentando darles una solución
satisfactoria. Si la hallaba, la exponía como un comentario más para no
ofender, si no, se callaba la boca o decía: “muy interesante, déjeme que lo
piense un poco”.
No era extraño que la breve relación de
Leticia con él se convirtiese en una especie de complejo de Edipo, así me había
pasado con Renato. Sebastiano era el padre que debía haber tenido Leticia, y el
marido que nunca tendría.
La tía Eriberta, celosa, le decía, sentada
al pie de la cama de mi prima mientras la veía dormir:
-Usted es un hombre muy ocupado, doctor,
deje que las mujeres nos encarguemos de la chica.
Farías, encendiendo un cigarrillo junto a
la ventana, por donde entraba el nuevamente habitual sonido de las maquinarias,
le dijo con el tono de quien no intenta ofender a nadie:
-A veces, las mujeres necesitan de los
hombres, señora.
Tuve miedo, yo, que estaba también en la
habitación, agarrando la mano de Leticia, la única mujer que no rechazaba.
Pensé en Méndez, tal vez oyendo a la distancia desde el parque, acostumbrado a
mirar ese ventanal por el que Farías ahora escuchaba la sirena de las seis de
la tarde anunciando el fin de la jornada y la próxima salida de los obreros. En
veinticuatro horas había vuelto a la rutina lo que durante seis meses había
estado alterado. Los muros de la fábrica no eran ciegos, sólo los hombres que pasaban
por delante y apenas asomaban la cabeza por encima del muro, temerosos de ver
lo que no querían, porque lo que no se ve no se sabe, y la suma ignorancia es
el último bastión, tal vez el más inexpugnable, de la ignominia.
En la noche, como en las siguientes
mientras nos quedamos, dormí en la misma cama con Leticia, pero aún estábamos
cenando en la habitación. Ella no quiso terminar su plato y se había dormido
otra vez. Un médico de la familia, creo que era uno de los primos de Farías, la
había revisado, asegurando que estaba simplemente angustiada, que la dejáramos
en paz. “Los chicos son más fuertes de los que pensamos”, dijo, y Sebastiano le
agradeció tan sutil diagnóstico. Como no se llevaban bien, el médico salió sin
saludarlo.
Estábamos casi a oscuras a pesar del
velador de noche junto a la cama.
- ¿Usted cree que ella sabe?
Me miró desde el sillón, con un libro
abierto en las manos, simulando leer, creo, aunque su mente vibraba en
diferentes planos a la vez.
-La ignorancia premeditada es la peor de
todas, Cecilia. No puede ser vencida. Es más inquebrantable que la muerte.
Leticia no conoce los límites. Podrá ver brumas, pero en algún momento siempre
se aclaran. Es una carga muy pesada para una nena.
-Las nenas crecemos, doctor.
-Ya lo sé, por suerte es así. Hechas
mujeres, nos sobreviven.
- ¿Mamá va a salir, no es cierto? ¿Usted
la va a sacar?
-Por supuesto. Tu mamá es un pedazo de
roca, pertenece a esta tierra urbana, obstinada y pueril, ignorante y mala. A
ella le gusta pelear contra el concreto, por ejemplo, de los muros de esta
fábrica que ahora duerme su sueño de hierro. Pero Leti está por encima, ve todo
y no puede bajar e ignorar como los demás a ras de tierra. Ella es de agua, a
lo mejor, o es aire.
- ¿Y no son lo mismo?
-Exacto, Cecilia. Nosotros somos el
carbono que está en nuestros huesos, ella es oxígeno y el hidrógeno. Nosotros
somos opacos, ella es transparente, pero me refiero de adentro hacia afuera.
Nosotros vivimos en una cueva con paredes que nunca o muy pocas veces se
fracturan, ella es una copa de cristal que se quiebra o que resuena.
¿Quién era el diputado Sebastiano Farías?
¿Un político? ¿Un librepensador? La suma de sus talentos era únicamente
apreciable luego de mucho tiempo de conocerlo y penetrar las múltiples capas de
sus discursos.
Renato había vuelto contento, si así puede
decirse, de la visita a mamá. Me contó que ella estaba muy orgullosa de mí, de
cómo cuidaba y me preocupara por mi prima. Y que postergara mis preocupaciones
por ella, que en la cárcel se sentía a gusto con todos esos presos políticos a
cuya clase pertenecía. Renato me lo repitió textualmente, sabiendo que me haría
el efecto contrario a lo que las palabras profesaban, y que era precisamente la
intención de mamá. Así fue que heredé esa forma de pensar tan cercana al
sarcasmo, tan rebelde a lo bien pensante, pero en mí esas arquitecturas del
pensamiento intelectual siempre se vieron debilitadas por las aguas del
pesimismo, o más bien de la amargura, que pudre los cimientos.
Farías dijo, dos días después, que debía
volver al Congreso para cumplir con un quorom
imprescindible a su partido, y por otras causas pendientes. Leticia ya
estaba mejor, comía y salía al parque, pero tenía una ojeras oscuras y
profundas, donde los ojos parecían querer abismarse. Extraña sensación fue la
de sentirme tentada a imaginar una escena propia de una mala película de
terror, metiendo mis brazos en las cuencas vacías para rescatar los ojos de
esos hondos aljibes.
¿Leticia estaba loca o era verdad lo que
decía ver? Ese es, al fin de cuentas, el tema principal de esta larga
narración. Ya mucho tiempo después, me dije que su don no era única y completamente
ver el futuro, sino ver lo que los demás no podemos ver, imágenes que podrían
haber sido el pasado o ser el futuro, pero que están latentes en el presente.
Ése es el material con el que las personas como Leticia trabajan, solamente en
el presente está todo, porque es lo único que existe, y ni siquiera puede ser
palpado o atrapado.
¿Cuánto dura un instante?
Había
empezado febrero. La familia ya se había ido, sólo quedaba la tía Eriberta con
sus eternas protestas y Méndez, que daba vueltas por el parque con sus tijeras
de podar y las pisadas duras de sus botas sobre las hojas secas. Renato y yo
éramos huéspedes transitorios que molestaban la obsesión de propiedad de la
tía. Sé que hablaba diariamente con el abuelo Martins, informándole de los pormenores
de la casa, bajando la voz cuando hablaba de nosotros. El teléfono, durante
esos días, no dejaba de sonar o de ser utilizado, tanto por ella como por
Renato, que hablaba con Sebastiano todas las noches. La tía pasaba por al lado
y echaba una mirada desaprobadora, pensando en la cuenta del teléfono, lo que
sin duda era nada más que una excusa para su mezquindad natural.
Una noche, al terminar de hablar, Renato fue a
saludarnos antes de irse a dormir. Volvía de hablar con Farías, y se notaba
preocupado.
- ¿Pasó algo con mamá?
-Nada, Ceci, todo va viento en popa sobre
eso.
- ¿Entonces qué te pasa?
-Sebastiano se escuchaba mal, como cansado.
Hasta creí, o me pareció, que estaba por ponerse a llorar. Son esos nudos que
se forman en la garganta, ¿viste?
-Sí, papá, entiendo.
Renato se sacó los anteojos y me observó
con esos ojos azules que parecían encresparse como olas de dos mares
embravecidos de furia cuando se sentía impotente ante lo que perturbaba la tranquilidad
de su mundo. En ese momento no era mi padre adoptivo, sino el esposo de mi
madre, y quise abrazarlo y mecer su cabeza sobre mi pecho para darle el permiso
de llorar. Sin embargo, ni él ni yo teníamos el permiso de hacer lo que
deseábamos.
6
En julio, todo parecía haber
vuelto a la normalidad, si es que a eso puedo llamar al endeble estado de
entreguerras civiles. El gobierno de Onganía sobrevivía a expensas de su propia
impotencia por medio de la arrogancia. Algunos decían que Perón volvería al
poder muy pronto, ya se venía preparando el ambiente político para su regreso.
Mientras tanto las revueltas continuaban en las universidades, y los gremios y
sindicatos se pelaban unos contra otros.
Los obreros de La Cantábrica seguían
trabajando y no daban de qué hablar. Nadie los conocía, y ellos no hablaban a
la prensa. ¿Quiénes eran?, vociferaban las letras mudas de algunos panfletos de
izquierda que nunca podían ser destruidos del todo, siempre aparecían en alguna
esquina, por más que horas más tarde amaneciesen todos quemados en un 12CV
también carbonizado. De los cadáveres no se hablaba, nunca existieron para las
versiones oficiales de los acontecimientos de ese verano. Éstas decían que los participantes
de la revuelta habían sido reincorporados, y pocos otros despedidos, sin saber
nadie el paradero. Pero todos sabían que no eran los mismos hombres, y el
número sesenta y uno fue tomando un cariz de propaganda subversiva, a la vez
que se teñía con un estrafalario color quinielero: el 61 era “la escopeta”.
Así, ambos caracteres se acoplaban ingeniosamente, lo popular se aunaba con lo
rebelde. Eso era lo que al gobierno le desagradaba.
Farías había estado ausente durante
febrero, por vacaciones les había dicho a mis padres. Mamá había sido liberada
el 14 de febrero. Su legajo estaba limpio, dijo Farías, y le había costado
mucho deshacerse de esas carpetas. Lamentablemente, los hombres que se
acordaban de ella todavía estaban en el poder, y contra eso no podía hacer
nada. Ella le agradeció todo el esfuerzo, por supuesto, en realidad no tenía
palabras que ofrecerle más que las mismas de siempre. Habría querido abrazarlo,
probablemente, pero a pesar de todo, seguían en diferentes lados de un mismo
sistema. Cuando se encontraban, surgía un inevitable chispazo de conflictos
ideológicos; sin embargo, ella, la guerrera, condescendía, y él, el intelectual,
se acomodaba. Ambos inteligentes para sobrevivir a una guerra que nunca iba a
terminar. Eso era el gobierno argentino, fuese quien fuese el que ejercía el
poder temporalmente, un terreno de guerra donde la estupidez mandaba y la
estulticia era ley.
-La ley es un anacronismo -le dijo una
vez a mamá, poco después de que ella regresó a casa. - Levantamos caudillos y
tiramos abajo las paredes de la ley.
-Y construimos autopistas…
-Sí, son imponentes, y lo mejor es que
nadie ve dónde terminan, puede ser a mil kilómetros o a dos cuadras, cuando
unen desiertos.
-Usted, amigo mío, querido amigo-le dijo,
apretándole las manos con las suyas, agradecidas-. Usted no dice eso en sus
discursos.
Él se rio.
-Claro que no, ¿o me quiere muerto? ¿Cree
que no saben de mis visitas a esta casa? Me lo toleran porque soy un sepulcro.
Tengo una familia que me protege, pero que también me obliga. A veces….
-A
veces desearía aniquilarse, ¿no es cierto?
Fue
la primera vez que escuché a mamá hablar de algo parecido al suicidio. Ella,
que era tan fuerte, también sabía de lo fútil de su constante pelea.
Luego, Sebastiano Farías desapareció de
nuestras vidas por unos meses. Lo escuchábamos por radio en sus discursos,
leíamos noticias sobre él, muy esporádicamente. En mayo se empezó a hablar de
que estaba al frente de una comisión encargada por el gobierno para poner en
orden varias revueltas estudiantiles y de obreros. Apareció en las noticias de
la televisión, mezclado con muchos colaboradores de civil y rodeado por otros
tantos soldados que lo custodiaban cuando entraba en las fábricas hostiles. De vez
en cuando llamaba por teléfono, porque no quería que Renato ni mamá lo
llamaran, por si las líneas estaban vigiladas. Él estaba más allá del bien y
del mal, como le gustaba decir. “Me muevo cómodo tanto en el cielo como en el
infierno”, esa frase se quedó grabada en mi memoria, dicha un día cualquiera de
aquel verano funesto. Y en esas llamadas él hablaba en códigos que Renato me
develó mucho más tarde. Usaban palabras coloquiales y domésticas que sin
embargo se referían a personas del gobierno o a hechos determinados.
Un día de junio, el 20, creo, cuando yo
había vuelto del acto escolar, encontré a Renato parado al lado del teléfono
colgado. Le pregunté qué pasaba. No me hizo caso, pero respondió a la misma
pregunta de mamá. Contestó en voz alta, como ensimismado a la vez.
-Se metió a revolver el tema de La
Cantábrica.
Hizo una pausa.
-Es demasiado tentador para él tener esos
archivos tan cerca y no espiarlos, ¿no te parece?”. Eso me dijo.
-No te preocupes, es un camaleón…-dijo
mamá.
No puse evitar reírme, imaginando a un
camaleón erguido en su cola, de la altura del doctor Farías, de traje y
fumando, como en una película de Disney (el Disney antes de prostituirse). Me
miraron.
-Creo que te equivocás-dijo Renato. -Sebastiano
es como una cucaracha. Se mete en los peores lugares y siempre sale indemne.
El feriado nueve de julio tocaron el
timbre a medianoche. Escuché las pantuflas de mamá en el piso del comedor y el
rechinar de la puerta, tan poco discreto. Enseguida, el ruido de los goznes al cerrar
y el gemido de un hombre y el grito apagado de mi madre. Me levanté y corrí, ya
estaba Renato con ellos. Sebastiano estaba abrazado a ella, pero después me di
cuenta de que en realidad lo sostenía para que no se cayera. Entre ambos lo
sentaron en el sofá, le levantaron las piernas y le preguntaron una y otra vez
qué le había pasado.
Tenía
uno de sus trajes habituales, pero con los codos rotos, el chaleco abierto y
sin corbata. Mamá le sacó los zapatos llenos de barro, y entonces me di cuenta
del olor. No era solamente barro, sino mierda, y todo su cuerpo estaba manchado
de eso y otras cosas. Un olor a cosas podridas, largamente hechas pedazos y comidas
por las ratas, y las ratas por los gatos de la avenida Juan B. Justo, que eran
los mismos que habitaban las veredas por la noche, y se metían en las casas o
los departamentos como si fuesen señores del barrio.
Renato lo levantó.
-Yo me encargo, vos prepará algo para que
coma. Está tan flaco…-La voz se le quebraba.
Lo
llevó al baño y entrecerró la puerta. Yo escuchaba el ruido de la ducha, y las
palabras consoladoras de Renato a los gemidos y lloriqueos de Farías. Los vi
claramente por una de las hojas del espejo del botiquín sobre el lavatorio.
Farías tenía la cara manchada de mugre y la barba crecida, apenas abría los
ojos, y la cabeza se movía en péndulo como si los músculos del cuello no la
sostuvieran. Renato le fue sacando la ropa con cuidado, porque sabía el valor
que su amigo daba a sus prendas, por más que ya no sirvieran. Sólo alcancé a
verlo desnudo de espaldas mientras Renato lo ayudaba a meterse bajo la ducha.
No teníamos bañera, así que tuvo que meterse y sujetarlo mientras lo fregaba
con una esponja con jabón. En un momento escuché un ruido fuerte, ambos se
habían caído. Pregunté si estaban bien. Sí, me contestó Renato, y me pidió que
buscara toallas y las dejara en el piso junto a la puerta.
Un rato después, ambos salían. Farías con una
bata de Renato, y éste con el piyama mojado. Fueron al cuarto que servía de escritorio
y lo acostó en el sillón que también servía de cama a veces. Mamá trajo una
sopa cuyo olor no pudo vencer la putrefacción que había invadido la casa. El
olor estaba aún en los zapatos y la ropa, en el piso con las huellas de las
medias sucias, en la tela del sofá del comedor. Era el mismo aroma que yo
sentiría a lo largo de los años cada vez que me sentara, sintiendo vergüenza de
que los invitaron olieran lo mismo. Pero no lo hacían, o fingían no sentirlo.
Mamá le daba la sopa en cucharas, y Renato le frotaba la espalda para hacerlo
entrar en calor. Era julio, como dije, y la estufa calentaba sólo un par de
metros cuadrados, y no teníamos más que una para el dormitorio. Farías
templaba, pero poco a poco la sopa hizo su efecto.
-Le puse un calmante fuerte-dijo mamá, en voz
baja.
Cuando
se durmió, ellos se fueron a acostar. Yo los seguí, pero me quedé pensando en
mi cama, en la oscuridad. El olor de las cloacas era fuerte, y nunca había imaginado
que lo fuera tanto simplemente porque sólo olía el que salía por las
alcantarillas del baño o de la calle. Otra cosa era estar en medio de las
cloacas. Eso es lo que había hecho Farías, no había otra explicación. Había
bajado, tal vez, a los túneles del Maldonado, ¿para qué? Recordé a Leticia,
acostada en el adoquinado y mirando la boca oscura del desagüe en el cordón de
la vereda. Había olido exactamente lo que yo percibía ahora, con toda la
intensidad que en ese momento nosotros no sentíamos, tal vez porque ni siquiera
estaba todavía.
El único que le había creído fue el doctor
Farías, el leguleyo que leía poesía y fantaseaba con tragedias no ocurridas, el
que mientras hablaba de la realidad, también la construía a su antojo. Era
semejante a un arquitecto capaz de construir un teatro de ópera, pero que había
sido contratado para diseñar las villas miserias que poblarían el país.
Por debajo del canto, el chapoteo del
barro.
Necesitaba verlo de nuevo, saber si
necesitaba algo. Algo del enamoramiento de Leticia se me había pegado. Ella ya
se había olvidado, encerrada en su casa de Haedo, planeando lo que mucho más
adelante haría: irse a la casa de la costa, despojarse de todo y expiar las
culpas, (¿las suyas?, ¿las de sus padres?). Yo había desplazado mi extraño
anhelo de Renato a este hombre capaz de meterse en el infierno con tal de
comprobar lo que una nena de doce años le había dicho que encontraría por
debajo de las calles, muchos meses antes.
Fui hasta el cuarto y vi su sombra en la
oscuridad. Encendí el velador, lúgubre como todas las lamparitas que teníamos
en casa para gastar poca electricidad. Seguía dormido. Tenía los labios
hinchados y lastimados. La bata abierta mostraba el pecho hirsuto de pelo
claro. No tenía calzoncillos, claro, pero no miré lo que no tenía que mirar, o
quizá lo hubiese hecho de no llamarme la atención otra cosa. El abdomen de
Sebastiano Farías estaba lleno de cicatrices. ¿Operaciones? Me acerqué. No eran
cicatrices, sino heridas abiertas. Me dije que se las habría hecho esa noche,
en donde hubiese estado, hasta quizá fuesen mordeduras de ratas. Pero eran
largas y limpias, y los bordes estaban engrosados como luego de mucho tiempo de
no haber sido cerradas. Entonces vi que algo se movía en el fondo de las
heridas. No era sangre ni secreciones infectadas. Yo las conocía muy bien luego
de haber curado tantas veces a papá Tejada.
Eran los intestinos debajo de una capa transparente
llena de redes de venas. Los intestinos, que se movían como víboras inquietas.
7
Farías se quedó en casa toda
la semana, la mayor parte del tiempo acostado. No leía, sólo fumaba un
cigarrillo tras otro y miraba la televisión, únicamente noticieros, levantándose
continuamente para cambiar el dial, buscando el canal que anunciara algo en
especial. El escritorio permanecía con las ventanas y las persianas cerradas
porque decía que la luz lo lastimaba. Seguía con la misma bata, que ni siquiera
se cerraba cuando salía del cuarto e iba al baño al fondo del pasillo. Las
vacaciones de invierno habían terminado, y mamá y Renato habían retomado sus
respectivos turnos, así que no estaban en casi todo el día. Yo volvía de la
escuela, ventilaba un poco los cuartos llenos de humo, abriendo las ventanas, y
luego preparaba el almuerzo para él y para mí. Entonces se levantaba, se ataba
la bata y se sentaba a comer a la mesa. Era la única consideración hacia
nosotros en esos días, y lo hacía solamente por mí, según dijo. Yo lo veía
cortar la carne con el tenedor, como un viejo perdido en la senilidad, y me
daba tanta lástima el verlo así cambiado. Me pregunté si volvería a ser el de
antes.
Esa noche mamá y Renato discutieron. Ella
sabía la deuda en la que estaba con Farías, pero la dejadez en la que estaba no
era buena para mí, según dijo. Yo habría querido intervenir, pero habría sido
levantar la voz y discutir. Renato asentía, pero es mi amigo, decía, el único
que tengo, en realidad. Yo supe que esa noche terminaría toda aquella lacrimosa
pasión en la que Farías parecía regodearse.
A las doce, más o menos, escuché a Renato entrar
al escritorio, luego el ruido de la trasmisión intermitente de la televisión y
el abrupto “clic” de la perilla al apagarlo. Sin duda, hablarían.
Me levanté, automáticamente, como si fuese
algo obvio mi presencia en ese cuarto. Al fin de cuentas yo lo había cuidado
durante la mayor parte del día de toda aquella semana. Cuando fui a golpear la
puerta, entreabierta, me detuve. Los dos hombres estaban sentados en el sofá.
Farías aún recostado, pero con los pies en el suelo, y Renato sin apoyarse en
el respaldo. Yo había cumplido trece años, ¿era una nena o una mujer? Sin saber
con exactitud, supe con certeza que mi lugar no estaba en ser testigo de su
conversación. Sin embargo, necesitaba escuchar, y las primeras palabras que
Farías pronunció se convirtieron en garras de curiosidad que lentamente fueron
construyendo mi pertenencia a esos hechos. Hay lugares donde nunca hemos
estado, y los recordamos, hay eventos que nunca presenciamos, pero existe el deja vu implacable. Hay, también cosas
que nunca nos serán extrañas, cosas del pasado o del presente que aparentemente
no nos pertenecen, pero que de pronto, en un determinado e incierto día, son la
esencia de nuestra vida. ¿Cómo es que transforman de esa manera su filiación?
Un día son de otro, no nos conmueven, no apesadumbran. Luego, son nuestras, las
hemos vivido y sentido, y constituyen, inesperadamente, la arquitectura de
nuestra memoria.
Lo que empecé a escuchar fue eso, y todo
comenzó con la mención de un nombre que para mí no significaba nada.
-Me tienen, fichado, Renato. Desde hace
meses, años tal vez. Ya lo sabés, este ir y venir de tu casa puso la gota que
rebalsó el vaso. Por eso me nombraron presidente de la comisión, y todo fue
idea del coronel Ansaldi, ése de La Plata, un hijo de puta que serruchó el piso
de muchos de sus amigos para ascender a coronel a los veintiocho años, para
figurar en los anales del ejército sin ninguna duda. Me querían seguro,
agarrado de las pelotas, ahogándome de dolor si podían, mucho mejor. Al
principio todo era muy lindo y muy correcto, estadísticas, nombres de fábricas
y empleados, todo un archivo al que recurrir como futuras listas negras. Todo
un despilfarro burocrático y nada más. Pero yo los conozco desde siempre,
pronto aparecerían los chanchullos, económicos, por supuesto, arreglos con los
dueños de las fábricas y los gremialistas. Gobierno, empresas y sindicatos,
lindo trío del que nunca se cansará nadie que tenga la más mínima imaginación.
Farías se levantó, fue a buscar el encendedor
de plata en el escritorio, no lo encontró ni palpando la superficie con las
manos en la semi penumbra de la luz del velador. Volvió al sofá, suspiró,
agotado, y finalmente lo halló en el bolsillo de la bata.
-En
ese trabajo de ratón de biblioteca, encontré el archivo con el informe sobre La
Cantábrica, el oficial, por supuesto. En resumen, todo el procedimiento había
sido completamente reglamentario, tanto la intervención del gobierno como el
modo en que se reincorporaron los obreros rebeldes. No hubo muertos, sí hubo
disparos de advertencia, cuando algunos amotinados parecieron resistirse, pero
a la vista de las mujeres y los hijos, habían cedido. ¿Qué fue, entonces, lo
que nosotros vimos desde la casa de Haedo?
-Vos sabés lo que vimos.
- ¿Estás
seguro?
-A veces los ojos mienten, Sebastiano, pero yo
tengo todavía la sensación de los cuerpos en la planta de los pies, mientras
caminaba sobre ellos.
-Una sensación privilegiada, honorífica,
digna de un soldado, como en los memorables campos de batalla. Pero yo soy
abogado, miembro de la cámara de diputados en representación del partido del
gobierno, por más que todo eso sea fachada y maquillage. Les soy demasiado útil, o lo era, así que necesitaban
garantizar mi lealtad. En realidad, lo hacen con todos. No hay colaborador del
que no se dude. Todos tienen sus sobornos, unos de guita, otros de secretos. En
fin, ahí estaba ese informe que yo no necesitaba realizar durante meses de
investigación y entrevistas, ni siquiera redactar. Ya estaba hecho, listo para
firmar y dar libre camino a los archivos oficiales de la Nación. Hasta que yo
no firmara, no era más que un borrador, lo mismo que mi vida. Lo vi claramente
esa tarde a las dos, después de almorzar en la Confitería del Molino. Pedí que
me dejaran solo en mi despacho. Estuve hasta las cinco…no, hasta las siete,
porque ya había oscurecido. Miré la Plaza desde mi ventana, la fuente y el
monumento a los Dos Congresos. Dirás que fue un rasgo de sentimentalismo
incongruente con mi forma de ser. Es verdad, pero cuando de la vida se trata,
todo es rosa o es negro.
Sebastiano apoyó la mano en una rodilla de
Renato.
-Querido amigo, vos sos el único que nunca
me pidió nada, por eso te entregué todo.
- ¿Qué querés decir? No digás pavadas…
Renato sabía, por supuesto, pero aborrecía
el sentimentalismo. No era únicamente la vida de Farías la que estaba en juego.
-Firmé, y te cuento cómo fue: parado
frente a la ventana, mirando a esa mujer de mármol alta y resistente a todos
los elementos en la plaza. Estampé mi firma sin mirar la hoja, como tantas
veces, pero ahora mi mente miraba el horizonte mientras mi mano se ocupaba de
revolver el barro.
A las siete y pico salí y me fui
caminando por Combate de los Pozos. El frío me hacía bien porque me castigaba.
Me bajé el cuello del sobretodo y sentí el fresco de la noche creciente. Había
dejado el auto cerca del Congreso, pero yo quería caminar. Llegué a Rivadavia y
seguí por la vereda impar, mirando las vidrieras y los colectivos que levantaban
gente que volvía a sus casas. Agarré Díaz Vélez y San Martín, hasta Juan B.
Justo. Eran ya las nueve y pico de la noche. Me senté a la mesa de un bar y
pedí uno de lomo y un vaso de vino. Cualquiera, como ves, no me importaba nada.
No hice más que recordar la tarde del funeral, y a esa nena huérfana que
lloriqueaba con el desconsuelo más atroz que vi en mi vida. No lloraba por los
padres, esa era la cuestión, lo que yo no entendía o no quería entender porque
desvencijaba los últimos cuartos ordenados de mi mente. Lloraba por esos
hombres asesinados, que todavía no existían, o que estaban siendo llevados a la
muerte durante esa misma tarde o después, quién sabe. Ese día me dije que
Leticia era una desquiciada, ¿pero yo no lo era haciendo ese trayecto por
avenidas y calles muchos meses después? Porque debí reconocer que esa larga
caminata era para desafiar ingenuamente algo que yo no podía combatir. Ya que
tuve que firmar, quería por lo menos permitirme el gesto quijotesco de
corroborar la verdad, y si no lo era, Dios se apiadase de mi alma perjura y de
mi mente desquiciada. Pero esta última posibilidad era un sueño construido
sobre un sueño que no deja más que polvo de pirita, un día brilla y al
siguiente es nada más que tierra apelmazada.
Acostumbrado, entonces, a la decepción,
retomé el camino por Juan B. Justo, con lentitud deliberada, mirando los
colectivos con pocos pasajeros, los perros rompiendo las bolsas de basura en
las esquinas, los carteles de los negocios cerrados. Acá una ferretería, allá
una mueblería, y de tanto un tanto un kiosco de cigarrillos y caramelos cuyo
dueño exhumaba su hastío con bostezos y cara de crápula.
Llegué a Warnes, donde sabía la existencia
de una entrada a los túneles del Maldonado. Era como la boca de un subte que
nadie usaba más que los empleados de Aguas Sanitarias, y eso muy de vez en
cuando. Bajé la escalera llena de mierda y orina de los pordioseros que dormían
allí. Hoy no había ninguno. La reja estaba cerrada con un pasador asegurado con
varias vueltas de cadena, pero no había ningún candado. La cadena sonó entre
los bastidores de la calle, oculta por los autos y los camiones, lo mismo que
el rechinar de la reja oxidada. Dentro, lo primero que vi fue la oscuridad que
se fue diluyendo en una penumbra cuya claridad nacía de a poco, a medida que
las cosas aparecían. Pero lo primero de todo fue el olor de las aguas sucias, y
el rumor de la corriente lenta y constante sobre el cauce de concreto. Las
columnas a ambos lados del entubado parecían formaban largas filas llenas de
moho y excrecencias de todos colores. Había lámparas muy débiles en el techo, de
tanto en tanto, pero la luminosidad principal venía por las alcantarillas. Por
todos lados me tropecé con basura traída por las lluvias, neumáticos, cables de
teléfono o de luz ya en desuso tirados y formando círculos concéntricos que yo debía
saltar para no caerme. Sólo me faltaba Virgilio, me dije, para guiar a este
Dante criollo por los nuevos círculos del infierno.
Fueron muchas cuadras, tal vez tantas como
las que se necesita para llegar al sitio donde los cuches fúnebres se
detuvieron aquella tarde. Pero no podía estar seguro, por supuesto. Alla abajo
todo es muy diferente, el tiempo no existe o transcurre tan lentamente que
parece imperceptible, porque lo que le otorga verosimilitud a su paso son el
espacio y sus cambios. Allá abajo, sin embargo, todo era igual, o por lo menos
una repetición constante de una misma escenografía. ¿Una obra de teatro, quizá,
donde todos los actos transcurren en el mismo sitio? Si así fuese, no sería extraño
que también los personajes y los diálogos fuesen iguales, con las mínimas
variaciones de palabras o de gestos para asegurar que la repetición no es un
automatismo impersonal, sino la deliberada y exasperante monotonía de una mente
tortuosa. La misma exasperación que puede llevar al suicido.
Pero esta palabra fue con jurada por la
realidad.
Había una montaña oscura que ocupaba todo
el espacio entre el cauce del arroyo, la pared y el techo, tapaba las columnas
y tendía a obstruir parte de la corriente. Y ese era el aroma del que Leticia
había hablado, no podía tratarse de otro. Algo tan podrido y tan obsceno al
mismo tiempo que había afectado tanto su cuerpo como su sensibilidad.
Lo nauseabundo unido a lo acre.
No tengo manera de definirlo para que
puedas entenderlo, Renato, siquiera acercarte a la mínima distancia de lo que
es ess olor.
-Lo trajiste con vos, Sebastiano.
-Una parte, sí, pero solamente una
exquisita muestra como en un frasquito con algún ejemplar de Dior. En fin, era una montaña con mantos de cuero
que intentaban ocultarla, aumentando la humedad que fue consumiendo y a la vez
retardando la descomposición de todos esos cadáveres. No los conté, no pude hacerlo,
aunque quise intentarlo, pero todos estaban tan podridos que la carne y la piel
de cada uno se había convertido en una masa putrefacta que se mezclaba con la
de los demás. Era como si sus cuerpos estuviesen unidos en la muerte de una
manera en la que nunca pudieron estarlo en vida. Curioso, ¿no? Patético, ¿no?
- ¿Querés decir…? ¡Pero qué te pregunto!
-Preguntá nomás, preguntá, pero que no
sea algo a lo que ya conocés la respuesta. Para hablar al cohete, ya hay
muchos, allá en el gobierno, y en las cámaras representativas, y en los
tribunales. Y en ese monstruo de millones de lenguas que se llama radio, y en
esa otra, subrepticia como una sombra que introduce la maravillosa caja de
imágenes en cada habitación humana, y que apagaste al entrar. La sombra
luminosa que oculta lo mismo que ilumina, porque es demasiado torpe, demasiado
estúpida, gorda inconmovible que no se mueve de su rincón, y que siempre espera
que vuelvan a ella, porque siempre volvemos.
Eran los muertos de Leticia. Los muertos
del Maldonado. Tantos, que cuando la corriente del arroyo crecía era inevitable
que subiera hasta el borde y arrastrara unos cuantos hacia el río. Por eso el
olor que a veces invadía Buenos Aires. Porque no puedo creer que fuesen
únicamente los sesenta y un obreros de la fábrica, sino muchos de los otros que
ese verano salieron de la capital hacia la provincia para manifestar y
protestar. Los que no volvieron ni fueron apresados.
- ¿Y vos creés que Leticia ya lo sabía?
-Por supuesto, y mucho más que eso. ¿Pero
cómo una nena como ella, aún con ese don, podía expresar toda la inmensidad de
la tragedia? Ella veía el futuro, pero sólo podía mostrar, explicar, una
pequeña parte. El resto lo explicitó su cuerpo, claramente, con el vómito y la
enfermedad. Y ni siquiera, imagino, fue suficiente. ¿Vos te pensás que cuando un
sistema aplica esos métodos es para unos pocos, unos cuantos, y se acabó? Lo
que sirve una vez, sirve siempre, y jamás se termina. Los números sin infinitos,
¿no es cierto, maestro de escuela, profesor egresado del Carlos Pellegrini,
benemérita medalla de honor de su promoción?
¿Por qué hería a su amigo?, me pregunté.
No lo hacía, en realidad, apelaba simplemente al sarcasmo habitual, pero esta
vez sonaba como una cuchillada de reproche. Renato así lo entendió.
-Nadie te lo pidió…
-Así es, nadie más que yo y mi estupidez,
y mi ego, también. Jugar a dos manos es lo más parecido a sentirse realmente
poderoso. Los que detentan el poder, son arbitrarios, la duda los carcome y la
arbitrariedad los destruye. Nosotros, en cambio, somos árbitros. ¿Cuántas veces
habrás puteado a un árbitro de fútbol? Sí, ya sé que no te gusta, que te parece
una estupidez que once tipos persigan una pelota durante casi dos horas y se
maten por eso. Pero pensálo un poco, ¿qué son entonces los partidos políticos?
Un puñado de jugadores que persiguen la pelota para quedársela.
Hizo silencio, por lo menos fue lo que
escuché desde el pasillo en la oscuridad, sentada en el piso, abrazándome a mis
rodillas y escondiendo la cara entre ellas, pero con los oídos atentos.
- ¿Y qué hiciste? -preguntó Renato.
- ¡Y qué querés que hiciera? No me puse a
llorar ni emití alaridos como en una película de terror. Me limité a acercarme
tapándome la nariz con un brazo, y con el otro destapar un poco los cueros. Vi cráneos,
manos, piernas, asomándose como pordioseros pidiendo limosna. Entonces alguien
me habló: “¿Qué hace acá?”. Me di vuelta y era el jardinero de los Martins, y
el chofer del coche fúnebre, ¿te acordás? Oscar Méndez, se llama. Se me quedó
grabado cuando vi ese cruce de miradas entre Leticia y él en la calle. Un mal
tipo, una bestia para quien quisiera utilizarla, un hijo de puta de los más
estrafalario que vi en mi vida. Es de esos que vos podés decir que no tiene
alma, porque corazón… ¡qué! ... una víscera nada más que les hacer circular la
sangre obscena que llevan dentro. “¿Qué hace usted acá, Méndez?”, le retruqué.
Se encogió de hombros. “Trabajando, doctor, ¿qué le parece?, de sereno en el
Maldonado, ida y vuelta por en medio de la mierda, pero de vez en cuando uno se
encuentra una joya, como usted doctor, con esa pilcha tan pituca, aunque ahora,
la verdad, se le ha ensuciado un poco”.
No iba a contestarle, miré hacia la reja
y la escalera de salida, lejos, lejos ahora. Emprendí el camino, pero me
detuvo. “No puedo dejarlo salir, doctor”. Me desprendí de las manos que me agarraron.
Volvió a sujetarme. “No sea pelotudo, doctor, usted mejor que nadie…” “Soltáme”,
le dije, pero me hizo una zancadilla y me tiró al suelo, con la cara contra el
piso lleno de mierda. Esperé un momento para recuperarme de la sorpresa, y yo
confiaba en que no aguardaba ninguna nueva resistencia de mi parte. Por eso me
di vuelta cuando me aflojó, y lo nockeé. Salí corriendo hacia la única
dirección que podía, la montaña de los muertos. Dios mío, me dije, cuando me
encontré que no podía seguir avanzando a menos que me tirara al agua. Recuperé,
una vez más, la estupidez del sentido común que no se lleva bien con la
realidad. No me voy a escapar de ese tipo, de ese animal, me dije. No tuve
tiempo de enfrentarlo, ya me había empujado al suelo y me restregaba la cara
contra los huesos de los cadáveres. Sentí todo el peso de Méndez encima. Me iba
a matar, estaba seguro. Me había agarrado nuevamente tan de sorpresa que ya no
tuve fuerza de moverme. Sus piernas estaban sobre las mías, sus manos apretándome
los brazos contra el suelo. Era fuerte, ya lo sabía. Más fornido que yo, más
entrenado en todo tipo de trabajo. Sus brazos eran como columnas y mi cuerpo
estaba atrapado. Pero no imaginé, te juro por Dios y por lo que más quieras,
por Ceci te lo juro, Renato…
Su voz se hundió de pronto, justo cuando
pronunció mi nombre. Escuché su
respiración agitada, intentando retomar el relato, pero era como cuando se nos
forma un nudo en la garganta y nos cuesta continuar.
-No
imaginé lo que iba a pasar, lo que hizo…
-Pero
Sebastiano, por favor, tranquilizáte. - Renato decía tonterías, y se daba
cuenta, pero ¿qué decir cuando no sabemos qué decir, y más cuando la opción del
silencio roza, sin querer, la indiferencia?
-Me sometió, Renato.
Sebastiano Farías lloraba con sollozos
quedos, tapados por sus manos sobre la cara. Sus hombros se movían, agitados, y
la espalda era una tierra conmovida por una catástrofe.
Me asomé un poco. Farías estaba abrazado
a Renato, que lo mecía como a un chico, acariciándole la cabeza, palmeándole la
espalda.
No hablaron más esa noche. Me quedé
esperando a que alguno se moviera para irme a la cama, pero se quedaron en el
sillón, tal como estaban, hasta que amaneció. Pero antes de eso, en medio del
silencio, vi la sombra de mamá en la puerta del baño. Sabía que yo había
escuchado todo, lo mismo que ella. No podía retarme, por supuesto. Éramos cómplices.
Mucho después fui armando cabos de lo que
sucedió más tarde. Méndez lo dejó tirado ahí, porque no tenía más plan que la
que su propia bestialidad le dictaba. Desapareció, a lo mejor viviendo en esos
túneles en donde a nadie le interesaba buscar, y sobre todo cuando poco tiempo
después comenzó a extenderse la red de subterráneos, que de un modo u otro
tenía conexiones por el reducto bajo la Juan B. Justo. Podía estar escondido
como un vagabundo, como podía estar trabajando como un obrero más en las obras
de los nuevos túneles.
Sebastiano se levantó varias horas
después, probablemente. Caminó apoyado en las paredes hasta la reja de salida.
Ya era de día, había mucha gente en la calle que podía ayudarlo, pero él tenía vergüenza
de su aspecto. Sucio, herido y humillado. Se quedó todo el día donde estaba,
sin comer ni tomar nada. El tránsito fue muriendo al mismo tiempo que la noche
regresaba. Entonces salió y caminó hacia nuestra casa, y tocó el timbre. Era un
cuerpo, nada más, cuando mamá lo vio en la puerta, apoyándose en el marco.
Lentamente, con los días, fue recuperando una cierta dignidad. Así la llamaba
él, cuando el domingo se despidió de nosotros, bien vestido con el traje que
Renato había ido a buscar al departamento de Palermo, y el olor ya no se sentía
tanto con el perfume que acostumbraba a usar. Aun así, no podía evitar hacer un
leve gesto pronto detenido por su bien aprendida urbanidad, de oler el aire a
su alrededor. Me dio un beso cariñoso en la mejilla, abrazó a mi madre, o más
bien ella lo abrazó tanto que no parecía querer soltarlo. Luego, ya con la
puerta abierta, abrazó a Renato un largo rato. Se murmuraron algo mutuamente al
oído, se dieron palmadas que sonaron como golpes de ira y de amor. Los anteojos
de Renato se torcieron, y se los sacó. Mientras los limpiaba, ya no pudo ver
bien al amigo que se iba por la calle de Barracas, por última vez.
Comenzó la nueva década, o más bien
estábamos a sus puertas. Nuevas revoluciones a la vista, pobreza y descalabro
económico, lo de siempre. Lo nuevo para nosotros era conocer las noticias que
se daban del doctor Farías. En agosto había renunciado a su banca de diputado,
se decía que se retiraba para dedicarse a su bufete. Defendió a un par de
hombres acusados de asesinatos privados, que perdió muy fácilmente, tanto que
fue como si colaborara con el fiscal. Después de eso, renunció también al
bufete. Tenía mucha plata, por supuesto. La casona en Palermo no era grande en
realidad, pero sí para aun hombre solo. De fachada angosta y señorial, rodeada
de árboles, era como una casa quinta estrecha donde podría haber vivido
tranquilamente una vieja duquesa venida a menos. Casi no salía, sólo cenaba los
sábados a la noche con unos pocos amigos de la Cámara en el restaurante del Palacio
Barolo en Avenida de Mayo. Luego regresaba caminando a su casa, ya no usaba el
auto, no temía a los asaltos. Quien lo
veía, contemplaba a un hombre prematuramente encorvado, fumando cigarrillo tras
cigarrillo a lo largo de las calles, subiendo y bajando cordones sanos o rotos,
deteniéndose de tanto en tanto ante algún bar para ver a los pequeños hombres
de los que él tanto había hablado en sus discursos. ¿Había valido la pena? Sin
responderse, seguía caminando.
Un día, a fines de diciembre, entre Noche Buena
y Año Nuevo, salió de su casa. Era martes, probablemente, último día laboral
antes del feriado. Llevaba en una canasta al gato que era su único compañero en
la casa. Era viejo ya, y lo llevó al veterinario que lo conocía desde hacía
muchos años. Pagó la cuenta y salió, sin ver cómo lo dormían.
Esperó un rato el colectivo, y tuvo que
preguntar a una señora en el extremo de la fila si era el que lo llevaría al
Hotel Castelar. La mujer se le quedó mirando, como ofendida. Habría interpretado
mal. Pidió perdón. Incongruencias como esas suelen abundar en los espíritus que
de pronto cambian de usos y costumbres, y la desubicación se hace la norma.
Llegó
a media tarde. Recién se abriría la sauna del Hotel Castelar en Avenida de
Mayo, donde iba todos los martes, donde hablaba y cerraba acuerdos, donde se
peleaba y se reanudaban alianzas. Era, también, el día en que iba el coronel
Ansaldi.
En el vestuario se desnudó y se colocó una
toalla alrededor de la cintura, y otra envolviendo el brazo izquierdo. Entró al
sauna seco. Estaba vacío, aún, era temprano. Los políticos y hombres de
negocios iban después de la seis o siete de la tarde.
Pero el coronel Ansaldi iba más temprano,
ya lo había cruzado otras veces, muchas de las cuales conformaron el acuerdo de
ese año. Al coronel no le gustaba estar rodeado de mucha gente, para eso ya
tenía sus oficinas en el Edificio Libertador.
Farías aguardó una hora, tal vez. Entonces
lo vio entrar. Se saludaron con un gesto de la cabeza. El coronel, no demasiado
alto pero musculoso e hirsuto, tenía un bigote que transpiraba más que el resto
de su cuerpo. Era gracioso verlo sudar como lluvia que cayera de un
alero. Pero no se podían reír de él. El coronel permanecía serio mientras se
secaba una y otra vez el sudor.
Ambos se observaron en silencio, cada uno
sabiendo lo que había pasado en esos meses. Sebastiano se levantó y se le puso
enfrente. Ansaldi lo miró primero con curiosidad, después con sorna, y dijo:
- ¿Me
está buscando, doctor?
Entonces Farías dejó caer la toalla que
cubría su mano izquierda, y le descerrajó un tiro a quemarropa en el pecho. Casi
no se escuchó nada, pero no podía arriesgarse a que alguien entrara. Se metió
el cañón del revólver en la boca y disparó.
Ilustración: Gerard Sekoto

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