martes, 24 de marzo de 2026

Los muertos del Maldonado

 


 

 

1

 

 

Soledad vino, como todas las tardes, a cambiarme las vendas. Es la única enfermera a la que Bernardo confía el cuidado de la herida, hasta el día que me operen. Me dio charla para distraerme del dolor que me provocaba el cambio de gasas sobre las úlceras. Me habló de sus cosas, de la relación con Ibáñez, constante y clandestina. Por más que Mateo ya sea viudo, el hijo enfermo lo condena al insoportable del recuerdo de la esposa que lo abandonó -porque cuando la gente se muera ¿acaso no nos abandona? - con ese despojo de humano que entra y sale del hospital. Pero, así como Mateo no se dará por vencido hasta que el chico llegue a la adultez, Bernardo se pone encima de los hombros la cruz de mi cuerpo.

     Regresé del trabajo en La Plata con la pierna ya inservible y a punto de morirse, amenazando con arrastrar el resto del cuerpo. Fiebre y escalofríos fueron los síntomas, la angustia su consecuencia. Me internó en el Rivadavia en espera fecha de la cirugía. Vienen a visitarme los amigos que quedan, unos del periódico, los otros apenas conocidos a instancias de Bernardo. No debo quedarme sola en ningún momento, recomendó a todos, a mis espaldas. Sé por qué lo dice. Yo hablo en sueños, tal vez, o quizá haya leído los desprolijos manuscritos en mi escritorio. No importa, ya son suyos, es mi pago a sus cuidados, porque el amor ya se lo devolví muchas veces, si es que es necesario tal cosa. La ley de las compensaciones no exceptúa a los sentimientos, me parece, mi madre me inculcó esa idea del deber y la justicia. Bernardo no hizo más que ajustar los tornillos que sostienen esa estructura en mi mente. Él, pobre y querido niño culposo, con el martillo de carpintero que su padre le puso en la mano, destruye lo que intenta reparar.

     Soledad siempre me sonríe cuando me lava la herida. Yo le pregunto por el mundo de la calle. Ella sabe de política además de medicina, sabe que el mundo está enfermo y que no tiene salvación. De vez en cuando se masacran poblaciones enteras, así como se amputa un miembro del cuerpo.  Y el olor, Dios mío, que viene de la pierna infectada, que nada puede ocultar. La he visto fruncir las cejas sobre el barbijo que oculta su mueca de pena y lástima. Por más que esté acostumbrada, no es lo mismo cuando de un ser querido se trata. El dolor está implícito en los afectos. Es un olor que todos fingen no sentir, pero que vive en el aire. Y esa tarde, mientras ella hablaba, yo no escuchaba más que el roce de la piel de mis recuerdos. La imaginación es salvadora muchas veces, y la memoria no es más que una de sus múltiples variaciones. Por eso el dulce amargor de la gangrena me trajo el recuerdo de los cadáveres del Maldonado, cuando yo tenía doce años, creo.

 

     Mamá se había casado hacía poco con papá Taboada, y como ya estaba más aliviada por nuestro futuro económico, que tanto la había amargado durante la larga y penosa enfermedad de mi padre, había retomado sus reuniones con los correligionarios y compañeros de militancia. Primero la escuché hablar por teléfono largo y tendido por las noches, cuando volvía de la escuela. Es que en la escuela nocturna donde daba clases a adultos se encontró con gente de sus tiempos de militancia socialista. Pero los tiempos habían cambiado, el socialismo democrático había tomado las armas y desplazado hacia una izquierda intransigente. Los acontecimientos del país requerían, según ellos, procedimientos más determinantes. Tal vez querían decir agresivos, pero no se animaban a decirlo en voz alta. Sus gritos en las plazas reclamaban libertad y justicia social, y escondían las manos que manoteaban las armas.

      Así conoció a los hombres y sus mujeres que iban a la escuela para aprender lo que no habían podido cuando eran chicos, por pobreza o negligencia de los padres. Venían de barrios pobres del conurbano y trabajaban en fábricas o en la construcción. Las mujeres habían querido seducirla para que se uniera a los mítines, pero mamá no necesitaba esas tramitaciones que llamaba, despectivamente, mujeriles. Allí, al frente de un aula, había visto que su clase estaba llena de hombres forzudos o débiles que cruzaban el Riachuelo para sentarse en bancos incómodos y apretados, con cuadernos de espiral y lápices que se rompían cada dos por tres. Todos, sin embargo, con la mirada atenta y de algún modo ensoñadora, porque veían en las palabras que ella les enseñaba y escribía en el pizarrón nuevos motivos de vida. Palabras que se sumaban a los engranajes con que cada mañana al levantarse temprano hacían funcionar los motores con que movían las piernas que los llevaban a las paradas de los colectivos y movían los brazos con que levantaban las bolsas de cemento.  A ella no le interesaban las mujeres que trabajaban de sirvientas y se lamentaban de que cuando llegaban a sus casas debían hacer el mismo trabajo y encima soportar el violento malhumor de los maridos. Mi madre era feminista, por supuesto, pero no se congraciaba con las estrategias que las mujeres habían utilizado siempre para sobrevivir. Ser víctima no era el remedio, decía. 

      Y fue así como nunca fue víctima más que de sí misma. Por eso, cuando llegó el golpe de Onganía, ella ya no regresaba a casa sino a las dos de la mañana, no ocultaba nada a Renato. Le hablaba de las reuniones clandestinas de comité en las casas de los alumnos, todos liderados por otros militantes que ella había conocido y algunos nuevos. Yo la escuchaba desde mi habitación, y a veces me levantaba y me escondía en el pasillo junto a la puerta, oyéndola contar a Renato lo que pensaba de cada uno, intentando calmar la preocupación de su esposo que se manifestaba en breves ofuscaciones luego de muchos y razonables motivos en contra.

     -No te preocupés-le decía ella, probablemente acariciándolo, aunque yo no los veía. - Siempre supe cuidarme.

    Y fue así, hasta aquel mitin en Plaza de Mayo al día siguiente del golpe de estado. Ya se venía sabiendo sobre el golpe desde varios meses antes, el gobierno de Illia no daba para más. Por eso las militancias de izquierda ya estaban organizadas cuando se formalizó, todos salieron a las calles y, resistiendo a los tiros y bombas de las fuerzas armadas, llegaron a la Plaza por Rivadavia y Juan B. Justo principalmente, a los que se sumarían las columnas que llegaban desde la Costanera, la avenida Centenera, Díaz Vélez y Álvarez Jonte. Caballito era un tumulto a la altura de Primera Junta, y la avenida General Paz estaba cortada. Los móviles de la prensa y de la televisión parecían autos de delincuentes por que se escapaban de las hostilidades mientras filmaban. Me pregunto cuántas de esas horas de grabaciones pudieron sobrevivir no solo a la censura, sino a la destrucción que llegó en la década siguiente.

     Mamá estaba en una de las columnas principales, y la habían hecho su líder porque era aguerrida y batalladora. Su cuerpo era delgado, pero libraba una energía que muchas mujeres y hombres le envidiaban, la voz para gritar que nunca se cansaba, los brazos en alto, sin armas, pero sacudidos en gestos de permanente lucha. Ese día la levantaron entre dos hombres que habían asistido a su escuela y la pusieron sobre el entarimado improvisado en una esquina. Eran cajones de verdulería y tablas saqueadas a las obras donde ellos trabajaban. Sólo tenía un megáfono para hacerse escuchar fuerte y a la distancia, si el vocerío de la multitud y las sirenas de la policía o las ambulancias lo permitían, incluso las bombas que repercutían desde varias calles hacia el sur. Por Balcarce y desde la casa de Gobierno, se decía que llegaban varios pelotones al frente de tres tanques. 

     Nada de eso importába por el momento. La tarde avanzaba, lluviosa e impregnada de desesperación, pero no de aquella que paraliza, sino que punza y no puede echarse atrás, que a veces es seguida de una lamentación, pero que no suele estar en algunos temperamentos. Mi madre era uno de ellos. Habló y gritó contra la dictadura casi llorando, pero no lo hizo porque el llanto estaba en su voz y en la construcción de las frases que elegía. Fue el canto del cisne, me imagino, porque luego del tiempo de espera en que se había dedicado a cuidarnos, sembrando su mente las semillas que brotarían ese día, la dictadura segó de plano los cultivos crecidos esa larga tarde en la Plaza. No hubo cosecha, sino una gran hoguera en los silos del país.

      A veces descubría en la mirada de Renato una serie sucesiva de emociones contradictorias que luchaban por esconderse tras los anteojos y la barba, pero mamá elegía abstraerse del reproche implícito mientras seguía armando el bolso y daba los últimos retoques a las pancartas que los muchachos del partido vendrían a recoger con la camioneta. Entonces Renato y yo, sentados a la mesa de la cocina, él corrigiendo los exámenes de sus alumnos y yo haciendo la tarea de la escuela, la vimos salir esa última tarde y subirse a la camioneta como un hombre más. Ya no era maestra, no era madre ni esposa, sino un obrero comprometido por el futuro de su país, o por lo menos eso es lo que todos ellos decían. Dejaron la puerta abierta, por lo cual pudimos ver alejarse la camioneta desvencijada repleta de hombres que agitaban los brazos y sacudían banderines y levantaban pancartas, gritando y cantando una mezcla de canciones patrióticas con otras de partido llenas de obscenidades. Cuando dieron la vuelta la esquina y la camioneta desapreció de nuestra vista, me levanté y cerré la puerta. Renato volvió a sus papeles y lo escuché tararear con los labios cerrados una especie de marcha.

     - ¿A qué hora vuelve mamá? -le pregunté.

     -Quién sabe-me dijo.

      No volvió en toda la noche. Lo escuché dar vueltas por la casa, mover las sillas de la cocina, abrir y cerrar la heladera, hablar por teléfono con varias personas. En la mañana me desperté, pero cuando salí del dormitorio con el guardapolvo puesto para que me llevara a la escuela, lo vi con los puños apoyados en la mesita del teléfono, y me pareció que lloraba. Me miró, se restregó los ojos y se ocultó tras los anteojos de carey.

     -Hoy no hay escuela-dijo. -Hubo lío en la plaza, Ceci. Arrestaron a tu mamá.

     Claro que yo entendía, por supuesto, lo que eso significaba, pero como era tan nuevo para mí, mis sentimientos eran distintos a los suyos. Yo estaba emocionada por la exaltación de lo desconocido, de lo que rompía la rutina y otorgaba otros colores al día. Él, sin embargo, contenía su ira y su angustia sólo por mí. Me agarró de la mano, firmemente, pero sentí el temblor bajo la piel. Subimos al auto y recorrimos las calles y las avenidas llenas de militares por todas partes. Había autos abandonados con las puertas abiertas y el empedrado lleno de basura. Pocos civiles se animaban a salir, sólo algunas viejas a las que no les importaba lo que pasaba y golpeaban con sus bolsas de compras a los soldados que se burlaban cuando intentaban detenerlas. Escuché tiros de vez en cuando, pero cuando me daba vuelta no había más que grupos dispersos de chicos que corrían a esconderse en los baldíos.

      - ¿Adónde vamos? -le pregunté a Renato.

      -A la comisaría, parece que se la llevaron a la seccional. ¿Tenés miedo?

      Empezaba a deshacerse la aparente incongruencia en los caracteres de ambos que yo creía haber descubierto en esos años que fueron el comienzo de mi adolescencia. La vida de mi madre era un sube y baja de exaltación y reserva, y ahora Renato me estaba mostrando una faz de su carácter que estaba escondido tras la fachada del profesor. Era cínico por desencanto, pero sobre todo lo descubrí capaz de una fuerza que no se destacaba por su agresividad si no por la inabarcable tolerancia que absorbía todo aquello que le hacía daño y lo digería hasta convertirlo en parte de sí mismo. Sabiendo lo que mamá estaba pasando, él sólo atinó en ir a ayudarla, como pudiese, y si no podía hacer nada, por lo menos se quedaría aguardando en la puerta de la comisaría, soportando, tal vez, los empujones y los golpes con que intentarían sacarlo.

     -No tengas miedo-me dijo, sin apartar la mirada del parabrisas. -Te traje porque es la única forma de que nos dejen verla. Necesito saber que está bien, ¿entendés?, que no le hicieron nada, y si los milicos te ven, y si los periodistas sacan fotos, tenemos por los menos las mínimas garantías de que no van a tocarla.

     Fue ese mediodía cuando empecé a entender la utilidad de las fachadas que los periodistas construimos y que todos creen tan innecesarias, o hasta perjudiciales. Los políticos siempre lo han sabido, pero los cerebros castrenses han tardado mucho en aprender la lección, aunque finalmente lo hicieron, aplicándola mejor que muchos de los que se han jactado de maestros. Las dictaduras latinoamericanas son eso, precisamente, galpones tortuosos construidos tras escenarios de teatro o de grandes películas. Dicen, también, que el fútbol será la próxima mano maestra de la dictadura, y no me extraña viendo a los hombres de cráneos vacíos corriendo tras la redonda quimera con la que intentan rellenar la ausencia de sus cerebros, que algunos nunca tuvieron, y otros lo han perdido con alguna herida en una fábrica mal iluminada.

      Sucedió tal como Renato lo esperaba. Los empujones y el apretujamiento de cuerpos entre los que me sentí sofocada y aplastada mientras él me tironeaba del brazo como una bolsa que no soltaría por nada del mundo. Y de repente estábamos en la comisaría de Monserrat, en un viejo edificio del casco histórico de Buenos Aires en el cual se adivinaban las entradas a los túneles que él me había contado comunicaban con la Iglesia, el convento, el leprosario y las riberas del puerto. Yo no entendía nada de las voces y los reclamos, sólo los tiros en la calle y los megáfonos que vociferaban gritos como de dinosaurios moribundos. Renato me tenía agarrada de la mano hasta casi lastimarme, pero tenía el brazo casi insensible después de tanto golpe y apretujamiento. Creí recorrer un largo pasillo, pero fueron simplemente unos metros hasta un alto mostrador lleno de papelería en pinches de metal y máquinas de escribir obstinadas en hacerse oír con la insobornable insistencia de los dedos de los policías de escritorio.

     Renato dio nombres, números de documentos y afiliaciones. Finalmente nos dejaron pasar al pasillo largo que conducía a los calabozos. Quisieron evitar que yo pasara, pero él se obstinó en llevarme. Los militares parpadearon ante el flash de una cámara que nadie supo cómo se había infiltrado, ni dónde estaba. ¿Los estrechos ventiletes en lo alto de los muros gruesos eran traidores que nadie había tenido en cuenta? Hubo órdenes que llegarían tarde, seguramente, pero el daño estaba hecho, o el bien, quizá, para nosotros. Nos llevaron frente a la celda donde estaba mamá. La vimos agarrada a los barrotes, ansiosa. Los vi mirarse a los ojos: ella reprochándolo por haberme traído, él soportando la mirada y tragándose el reproche.

    Y yo, el incierto salvoconducto de ambos, vi el amor naciendo entre el rencor y la amargura. Un amor endeble y flacucho como un sietemesino, pero aun así sobreviviría más que la hija de carne y hueso.

 

     Unos días después habían soltado a la gran mayoría, pero mamá y muchos otros, sobre todo militantes de izquierda y radicales seguían presos. Papá iba y venía de la comisaría, pero ya no me llevaba. Me encerraba en casa porque la escuela estaba cerrada desde que habían puesto bombas en colegios de Mataderos y Barracas. Yo preparaba la comida como la había visto hacer a mamá cuando lo esperaba volver de las clases del turno tarde. Al escuchar el auto que estacionaba de culata sobre la vereda y veía apagarse las luces, y luego la llave en la cerradura, mi corazón se agitaba de contento y alegría. Renato era sólo mío, me decía entonces. Fui consciente por primera vez de los celos que sentía de mi madre. Ella, tan inteligente, tan segura de sí misma, tan inalcanzable, ya estaba fuera de mi horizonte. Pero cuando él entraba y lo notaba agobiado, tirándose en el sofá viejo, abandonando las llaves en la mesita baja, desanudándose la corbata y sacándose los zapatos que quedaban como perros muertos en la alfombra, yo me decía que no me quería, que no era su verdadera hija, que la otra mujer, mi madre, seguía compitiendo y ganando desde la cárcel. Y porque estaba en la cárcel era que ganaba terreno en el corazón de Renato.

     Yo no tenía la sabiduría de mamá, por supuesto. Era una adolescente caprichosa interesada sólo por sus intereses. Le servía la comida en la mesita improvisada, le traía los cigarrillos, le encendía el televisor para que se distrajera con la serie western que le gustaba, creo que era Gunsmoke, demasiado intelectual para el gusto medio de la época. Se terminó el churrasco con ensalada sin bajar la vista de Matt Dillon, o de las chicas de la cantina del pueblo, quizá. Sin anteojos, la barba descuidada y el olor a tabaco y transpiración, el olor de la calle ensombrecido por el encierro del auto en el camino a casa, fueron los verdaderos atisbos de la masculinidad que descubrí en esa época.

     - ¿Te dijeron algo? -le pregunté mientras sonaban la música de los títulos finales desde la televisión, que nos iluminaba como lo único verdadero en ese mundo que se nos estaba cayendo encima Y yo recién ahora me estaba dando cuenta.

      -Nada, Ceci. La tienen catalogada como peronista de la vieja escuela, por lo de ese día, ya sabés. Por más que les explique, no quieren saber nada.

     - ¿La viste? ¿Está bien? ¿Le llevaste ropa?

     -Sí, ¿qué querés que te diga? No sé si se la entregan. Está flaca, y me preocupa.

     Trataba de no llorar, el pobre, mirando el programa de preguntas y respuestas que recién empezaba.

    - ¿Y el abogado, papá?

     Me miró como cuando miraba a mamá, con admiración. Yo tenía doce años, no era una nena estúpida, pero él a lo mejor me seguía viendo como una chiquita.

     -Tan inteligente como tu madre-me dijo, tirándome del pelo con cariño. - Pero la realidad no es como en la televisión, Ceci. El país no tiene abogados, sino francotiradores y verdugos. De esos está lleno ahí afuera-. Con el pulgar señalaba a sus espaldas, donde estaba la puerta de calle. -Vos qudáte acá y no salgas.

      Esa noche, sentados en el sofá frente al televisor, minutos antes del cierre de transmisión, sonó el timbre. Renato se puso el dedo sobre los labios ordenándome silencio. Eran caso las doce de la noche. Se levantó sin hacer ruido y miró por la mirilla de la puerta.  Abrió y entró el doctor Sebastiano Farías, uno más de la conocida familia de abogados y médicos que siempre salían en la radio y en los diarios, que ocupaban puestos oficiales o asientos en las cámaras del Congreso. Pero Sebastiano era un alma extraña, según había dicho mamá, porque era el único amigo de Renato en quien confiaba. Entró como un mensajero de la noche con su traje negro sobre el cuerpo esbelto donde únicamente brillaba el reloj de cadena en su chaleco. Dejó el sombrero negro sobre la mesa con los platos.

     -Ceci, por favor…

     -Dejá, querida…-dijo, regañando a Renato.

     -Es que no quiero…

     -Lo que vine a decirte es algo que a ella le incumbe-dijo, sacando del bolsillo del traje una hoja de diario doblado en cuatro. Las desplegó sobre la mesa. La grasa de la carne se había endurecido sobre el plato y dos o tres moscas rondaban como vigilantes. Vi la foto en extremo derecho la segunda página de la edición de esa noche de La Prensa, en la que aparecíamos mi padre y yo captados en pleno movimiento en los pasillos de la comisaría. Era una foto oscura, pero nuestras caras se veían perfectamente, y sobre todo el gesto de mamá tras los barrotes.

     Entonces papá Renato se puso a llorar y el doctor Sebastiano lo abrazó. Mirándome, me guiñó un ojo.

     El bálsamo de la noche había entrado.

    Me levanté para llevar los platos sucios a la cocina.

 

 

 

2

 

 

Habían pasado quince días, poco más o poco menos, no importaba, porque el hecho es que mamá seguía detenida. La foto en el diario había servido para que se esparciera por el ámbito político un caso trivial, donde los protagonistas éramos desconocidos que de la noche a la mañana obtenían una mala fama ten efímera como la duración de las tiradas de la prensa. Sin embargo, aquello mismo en lo que Renato y el doctor Farías confiaban para que no lastimaran a mamá y finalmente la liberaran, era precisamente lo que había generado el resabio de resentimiento político desde el medio castrense, o más bien fue la excusa para algo más que seguramente nunca conoceríamos.

      Los antecedentes militantes de mamá, el confuso y absurdo episodio de la visita de Perón, el obrerismo de papá Tejada cuya sumisión y desinterés se fue tornando con el tiempo y las interpretaciones, en una escuela de resistencia que el grupo que sucedió a mi vieja utilizó como arma para las nuevas fuerzas de rebelión que Onganía no había hecho más que alimentar con su golpe de estado. Les había abierto las puertas, por más que no quisiera, o tal vez precisamente por ese motivo, como quien usa un cebo para sacar a la fiera de su cueva con engaños, y matarla.

     Pero mis padres eran una maestra de escuela que usaba sus últimos recursos y artimañas de vieja y apoltronada sindicalista de izquierda, según los medios oficiales cantaban todos los días a través de la verborragia retórica de los periodistas de turno, y el otro un obrero del matadero que había perdido su mano y luego su vida a causa de la corrupción política, y a quien llamaron líder sindicalista en lucha permanente y mortal por los derechos de los explotados.

      Así, mis padres fueron convertidos en mártires, a quienes sólo les faltaban las icónicas estampitas que toda ama de casa de barrio bajo llevaba en su corpiño al ir de compras al almacén, y todo hombre de pelo en pecho conservaba en un bolsillo de su mameluco mientras trabajaba en la fábrica. Imágenes sucias y desgastadas por el toqueteo y el ir y venir por todo el barrio, consumidas por la mugre de los pantalones y la humedad de la transpiración de aquellos que trabajan bajo el sol de las calles o encerrados en galpones donde el polvo contiene los invisibles elementos de la muerte.

      Renato suplicaba en los tribunales, pero en la antesala de la Casa de Gobierno, donde lo hacían esperar horas y horas para despedirlo a empujones a media tarde, conservaba el orgullo. ¿No debía haber hecho al revés? La justicia no se implora, y “al rey” se acude para la absolución. Pero él, fiel conocedor de las verdades contradictorias y de las mentiras legalizadas, sabía que hiciera lo que hiciera, siempre erraría el camino. Para tener éxito, su mente tenía que estar estructurada de la misma manera de quienes tenías a su mujer en una celda, y eso no podía cambiarlo. El color y la forma con que veía las cosas estaban más acá de lo que los otros podían entender, y esos otros vivían en el horizonte de un oasis, siempre lejano e inalcanzable, incongruente con la razón, hecho de fantasías imaginadas con el fusil al hombro como una flor de lirio esbelta y firme. En ese oasis no había agua, sino arena con grandes corpúsculos de piedra, y las palmeras eran muros de acero formadas por cañones amenazando al cielo. Y como todo lo que sube debe bajar, la muerte no estalla en el cielo, sino en la tierra con la que se alimenta.

     Todo esto imaginaba Renato en sus noches insomnes, tirado en el sofá frente al televisor encendido y con la pantalla intermitente de una transmisión muerta, dormida o quizá interrumpida por los caprichos de los bufones: los que mecanografían en máquinas de escribir o los que encienden las máquinas que envían las ondas televisivas o radiofónicas, donde las voces de Yorick, de Falstaff y de Shylock se ponen finalmente de acuerdo para matar a Hamlet, y luego repartirse los beneficios de las tajadas de su carne.

      Era enero, y hacía calor, demasiado.

      Habían trasladado a mamá a las barracas de El Palomar, así que Renato se pasaba el día por el oeste. Tomaba el tren, dos colectivos, esperaba con otros familiares de detenidos dando vueltas por los alrededores de la estación y volvía a casa casi a los doce de la noche. Las múltiples instancias que Sebastiano Farías había presentado se quedaron estancadas nadie sabía bien en dónde. Mientras tanto, yo lo acompañaba a papá para que alguno de los dos por lo menos hablara con ella, ya que a él no lo dejaban pasar. Los milicos le tenían encono, así que los guardias apenas lo veían llegar no podían hacer otra cosa más que oponerle los fusiles en cruz y cortarle el camino.

    -Otro día será, viejo…-le decía uno.

    -Dejá de romper las pelotas con tu mujer, se las tiene bien merecidas…-le decía otro.

    -Andá buscarte otra, amigazo…-le cantaba otro de más allá de la fila. - ¿No ves que no quiere saber nada con vos? Ya tiene bastante con nosotros...

     Esto no me lo contó él, sino lo escuché yo misma el último día de enero cuando lo acompañé. Cuando iba con él, ellos se callaban la boca y me dejaban pasar, pero esa vez yo me había quedado atrás levantando la bolsa de galletitas que se me había caído. Escuché las risas, y luego su interrupción inmediata cuando me vieron. Me abrieron paso, a esta adolescente esmirriada y con pocos atractivos que pasaba por en medio del pasillo de gendarmes, con la bolsa de ropa limpia y restos de galletitas rotas, de esas que le gustaban a mamá.

     Cuando se cerró la puerta de la barraca, escuché el tumulto afuera. Tuve miedo por Renato, por sus anteojos de carey que podrían llegan a romperse si se peleaba con los guardias, pero sobre todo destrozarían su orgullo, lo único que le quedaba sano en su interior fragmentado desde que su mujer no estaba. Pero yo no podía perder el tiempo, eran pocas las oportunidades de ver a mamá, de saber cómo estaba. Hablamos a través de las rejas, con una mujer policía espiando y escuchando allí parada junto a nosotros, como un búho diurno, y tan fea como uno.

     En esas ocasiones nos tocábamos las manos, fuertemente, ya que no permitían besos. Me preguntaba por qué las demás reclusas podían recibir visitas de cualquier familiar en sus celdas, y abrazarse y besarse. Mi madre, en cambio, era especial. La trataban bien, pero dejándola enflaquecer, manteniendo la celda higienizada, pero obligándola al silencio, permitiéndole ver a su hija de vez en cuando, pero sin poder sentir el aroma del pelo de la pequeña Cecilia que crecía para ser alguna vez una mujer que tuviera todo eso en la mente: la cárcel, la ira y la vergüenza. Tres brujas que nunca se llevaban de acuerdo y que se pelaban constantemente, desde los gritos al silencio, en un sube y baja que agotaba el corazón hasta matarlo.

     - ¿Cómo está? - me preguntaba, sentada en el banquito de la celda, los codos en las rodillas y restregándose las manos.

     Me encogía de hombros. Ella ya sabía porque lo imaginaba.

     -Hacé lo que puedas-me dijo.

     Dejé las cosas en el piso.

     -Ya me voy-dije, en cada ocasión más apurada, más consciente de lo inútil de esas visitas. Cuando ya me iba, me acordé de lo más importante. Ella tenía ese efecto en mí, cuando los sentimientos se domesticaban, lo social, o lo que ella llamaba la sociedad del hombre, surgía como lo esencial.

     -Hay algo que tengo que decirte, papá no quiere dejarte, pero yo quiero ir.

     - ¿A dónde?

     -Anoche llamó la tía Martins. Los papás de Leti se murieron ayer a la tarde.

     Le conté lo que nos habían dicho por teléfono, a Renato, por supuesto. Él me lo contó a mí, después, diciendo que, aunque no conocía a la familia de mi madre, mi prima Leticia me necesitaba.           

     -Dicen que las avispas los atacaron en la playa. Leti se salvó. Mañana es el velorio, pero papá no quiere dejarte…

     -Decile que te lleve, acá tengo para largo. Leticia te necesita, querida. Sos la única prima que tiene.

     Cuando salí, Renato me agarró de la mano. Caminamos hacia el portón de salida, noté sus dedos lastimados y con moretones y un lente de los anteojos estaba roto. Sentí que esta vez era yo quien lo llevaba de la mano y lo apartaba, por lo menos durante un tiempo, de los que lo habían golpeado.

     

     La madre de Leticia era Manuela Tejada, única hermana de mi padre. En los últimos años la vi muy poco, lo mismo que a mi tío Eber, su esposo. Pero cuando papá Tejada aún vivía, íbamos a su quinta de Haedo una vez por mes, y pasábamos las fiestas en la casona de ellos, grande y llena de árboles. Ella era muy hermosa, de piel de color cetrino y ojos rasgados, casi una Sofía Loren criolla, y en parte por eso el tío, un hombre rubio y regordete se había enamorado de ella casi sin esperanza de ser correspondido. Pero para su sorpresa, ella lo amaba. Eber Martins venía de una familia con dinero, y él mismo trabajaba con mucho esfuerzo en la empresa, que nunca supe bien a qué se dedicaba. Una empresa de servicios contestaba él cuando le preguntaban, y como todo era cuchicheos y misterios en esa época de persecuciones sociales, todos pensaban que estaba metido en empresas turbias y clandestinas con protección de los militares. De eso surgió una cierta verdad que no viene al caso contar en este momento, tal vez más adelante.

     La cuestión es que los tíos murieron de una forma horrible. Estaban en la costa, un mediodía cualquiera en la playa. Parece que un enjambre de avispas llegó y ellos no alcanzaron a protegerse, por más que se metieron en el auto, y allí dentro se vieron atrapados sin poder escapar. Mi prima Leticia era su única hija, y tenía apenas un año más que yo. Estaba con ellos, pero las avispas no la atacaron. La pregunta estaba implícita en el aire, pero nadie la pronunció en voz alta. Daba vueltas en las miradas de la gente que la rodeó e intentó consolarla, la tía Eriberta Martins, los policías, las enfermeras, los mismos forenses que hicieron la autopsia de los cuerpos que sacaron del auto, hinchados y supurando veneno por los piquetes que eran como pequeños cráteres dilatados por el calor de ese verano.

      La tarde que regresamos a Barracas después de la visita a mamá, Renato me preguntó, una vez más, si realmente quería ir.

     -Si apenas los conocías-me dijo, buscando excusas para evitar la culpa de dejar a su mujer sin visita durante los siguientes días.

     -Conozco a Leti-le contesté.

     Debió imaginarse a esa nena de mi edad, de cabello oscuro y ojos verdes como los de la madre, parada en la playa, rodeada de avispas que la evitaban, observando a sus padres que se morían en gesticulaciones de terror detrás de los cristales del auto.

     Al día siguiente nos levantamos a eso de la siete de la mañana. Desayunamos a las apuradas porque ya estaba el auto del doctor Farías tocando la bocina. No era la primera vez que subía al Fairline, pero esta vez sentí que estaba siendo transportada en un coche fúnebre, por más que no fuera negro sino de un color verde oscuro, con paragolpes y espejos retrovisores policromados. Era el acostumbrado automóvil de los muertos, y a una situación parecida nos dirigíamos. Renato probablemente pensó lo mismo.

     - ¿No tuviste mejor idea que usar este justo hoy? ¿No tenés el Fiat, querido?

     Sebastiano, de traje gris con pequeños cuadriculados en la tela que quizá era de hilo porque parecía fresca de acuerdo con la temporada, dio un respingo que fue un insulto al que Renato estaba acostumbrado, el mismo que daba en la cámara cuando discurseaba contra alguna ley que le convenía o no votar o vetar.

     La General Paz era entonces un camino estrecho de dos carriles que circunvalaba la ciudad. Llegamos a Rivadavia y tomamos la avenida hacia el oeste. La estación de Liniers estaba llena de gente haciendo cola para el tren y en las veredas esperando los colectivos. Entrar a la provincia era un trámite arriesgado en ese tiempo. Los puestos policiales abundaban, y pedían papeles y miraban con desconfianza el asiento trasero. Dos hombres y una nena en un auto de alta gama resultaban moralmente sospechoso, pero la moral cambia según el color con que se mire. Lo bien puesto, la buena apariencia a veces es suficiente para diluir los resquemores y permitir que los probables pliegues que conducen a los lugares oscuros del alma pasen desapercibidos.

     Llegamos a Haedo y empecé a reconocer lugares que hacía mucho no visitaba, la curva donde confluyen dos ramales de la línea Sarmiento, la vieja imprenta en la esquina donde empiezan los talleres ferroviarios y luego las largas cuadras de los galpones por donde se ven asomarse vagones viejos y en desuso, o destrozados por choques, o los incendiados por la recientes manifestaciones y paros. Desde todo ese lugar llegaba el olor a óxido y metal quemado que se mezclaba con el pastizal crecido hasta la cerca sobre las veredas.

      Doblamos en Rawson y cruzamos el paso a nivel, ancho como un río por donde pasan las incontables vías paralelas o cruzadas en un laberinto que en esa época me asombraba y me confundía. Ya estábamos cerca de la quinta de Leticia. Allí nomás estaba La Cantábrica, que para mí era nada más que un enorme predio con algunos edificios bajos que se parecían a sectores de una fábrica rodeados de enormes patios de baldosas, pastos altos, rejas y cercas de alambre, y un par de chimeneas altas y estériles. Era, en realidad, la frontera entre Haedo y Morón, y la quinta estaba sobre Lamadrid.

      Renato bajó la ventanilla y se asomó a mirar hacia la fábrica frente a la que pasábamos.

     - ¿Están de huelga?

     -Desde hace seis meses-contestó Farías. -Todo empezó con los despidos, después se mezclaron los del gremio y la cagaron porque se pelearon entre ellos. Estaban los moderados, que como siempre esperan y esperan hasta que se mueren o vuelven a trabajar por la misma miseria. Los zurdos se metieron y empezaron a meter bala a los milicos de la guardia.

     -Ya me enteré de eso, ¿pero y ahora dónde están?

     Sebastiano paró el auto y señaló hacia uno de los portones que daba a una esquina.

     - ¿Ves esa garita? La levantaron los milicos y desde allí vigilan a los que están adentro.

     - ¿Están sitiados?

     -Algo así, son cincuenta, dicen, otros que cien tipos con sus familias. Las mujeres se metieron un día, incluso con chicos. Los dueños de la fábrica se lavaron las manos y transaron con los milicos.

     Había varios hombres de civil y ropa de trabajo dando vueltas por la vereda.

     -Esos deben ser desempleados…

     -Sí, pero de los que buscan el empleo de los otros. No hay vuelta atrás, o vuelven o los matan.

     Renato dio un chasquido con la boca descartando esa posibilidad. Farías dijo:

     -Que nada te asuste, querido. Tu alma de poeta ya debería conocer el corazón humano.

     Se rieron. Yo no entendía, pensando únicamente en Leticia. ¿Qué estaría pensando? No podía, sin embargo, imaginarla llorando.

      La quinta no era propiamente eso, sino una gran casa de una planta, extensa, con techos de tejas españolas en varias aguas, un jardín de invierno repleto de plantas, y un parque inmenso que incluía arbustos, árboles frutales, pinos y dos cipreses solitarios, acompañándose uno al otro. De muy chica jugábamos con Leticia en las hamacas que colgaban de las ramas del roble añejo, las cadenas chirriaban de óxido y la tabla amenazaba con romperse, pero siempre aguantaron, mientras comíamos los higos maduros que arrancábamos de la higuera antes de empezar a hamacarnos. Nos gustaba el vértigo y luego la náusea que nos provocaba el vaivén continuo y articulado, con ese ruido de bisagras rotas que armonizaba con el caos de nuestro estómago e intestinos revueltos. Y nuestra apuesta era cuál de nosotras aguantaba más antes de vomitar. É ramos dos nenas con la cara manchada de morado mirando al cielo tras las ramas del roble, el cielo que se acercaba o se alejaba, y cuando estábamos en el punto más alto del arco del columpio, veíamos las puntas de los cipreses, como dioses impertérritos, esperándonos.

     En el auto rememoré el sabor de la pulpa de higo, y vi el color morado que de pronto cubrió el cielo al llenarse de nubes imprevistas, imprimiendo al sucesivo dorado, un tono de rojo claro y luego oscuro sobre el predio de la fábrica. Los charcos de las cunetas junto a los cordones de la calle tomaron un tinte parecido.

     -Tormenta de verano-dijo Farías, estacionando sobre la vereda, junto a varios otros autos, probablemente de la familia que yo no recordaba y que Renato no conocía. Éramos como tres extraños en un funeral, cosa que en ese momento me resultó curiosa frente a lo que descubrí más tarde, esa aparente ambivalencia de los funerales, donde los desconocidos del muerto son más frecuentes que los otros.

     Nos recibió la tía Eriberta. Al principio no la reconocí, estaba gorda y había perdido la elegancia en unos pocos años. Tenía el pelo teñido de un negro azabache, los labios bien rojos y rímel en exceso. Cuando me abrazó, llorando, sentí el olor del vino en el vestido negro. Oprimida por sus brazos, vi que Renato hablaba con Farías.

     - ¡Qué grande y hermosa a está, Cecilia! ¡Qué suerte que vinieras, querida! Leti está inconsolable, y es la única nena en medio de tantos adultos.

     Luego saludó a Renato y Sebastiano.

     -Gracias por traerla.

     -No es nada, señora. Mi mujer…

     -No me hable de ella, por favor, porque no quiero ser irrespetuosa en estos momentos, y menos frente a la hija. -Había bajado la voz, pero chillona como era, no le sirvió de nada. Juntó las manos sobre la falda negra, nerviosa, sin evitar decir lo que había querido evitar: -El único hermano de Manuela….

     -Pero ella está…

     - ¿Cree que no me enteré? Si se hubiera olvidado de todas esas pavadas, ahora podría estar donde le corresponde. En fin, vamos adentro. Están muchos de la familia.

     Entramos en la casa, fresca a pasar del verano, las salas amplias llenas de muebles antiguos, pisos de mosaicos formando grandes estampas y techos con vigas de madera y arañas coloniales. Muchos hombres y mujeres se acercaron a nosotros y la tía hizo las presentaciones. A mí me elogiaban por mi crecimiento, ellos apretándome las mejillas, ellas frotándolas para borrar el lápiz de labio que habían dejado al besarme con fuerza. A Renato prácticamente lo ignoraban, a Farías le mostraban respeto. Sebastiano parecía calar la calidad de cada uno de los que saludaba, y ellos se daban cuenta. Era un diputado conocido, y nadie sabía con certeza de qué lado estaba. Tal vez por ese equilibrio se salvaba, como casi todos en su familia. La política de la salud era hermana de la judicial, una curaba a la otra, y la otra la protegía.

     Había dos salas mortuorias, una para cada uno de los cónyuges, las habitaciones donde habían dormido por separado, probablemente, luego del nacimiento de Leticia. Una sala para que cada familia hiciera el responso correspondiente y se despidiera casi a solas de ese miembro que había desaparecido. Los cuerpos, por su deformidad, estaban siendo velado a cajón cerrado. Pero lo que me llamó la atención fue el olor a podredumbre. Miré las flores y las corona: eran nuevas e intentaban ocultar infructuosamente el aroma que todos fingían no sentir. Imaginé, dentro de cada ataúd, el pus que seguí manando de los cuerpos, como si las larvas de las avispas se hubiesen desarrollado y estuviesen esperando que alguien abriera las tapas.

     Me sobresalté cuando sentí la mano de Leticia en mi mano derecha. Nos abrazamos, mientras todos se nos quedaron mirando. Unos con ojos de trivial sentimentalismo, pero en otros vi una especie de reconocimiento, o se sapiencia, tal vez. Los Tejada tenían sus ritos domésticos: la cruz y los rezos, las ropas simples de pantalones y polleras de tela barata en cuyos bolsillos escondían los rosarios que a los Martins no les caía bien. Éstos, tenían la costumbre de obviar los ritos católicos y aplicar sus propias usanzas, que eran nada más que austeridad y un silencio de simulacro que pretendía esconder los misteriosos designios que cuchicheaban entre ellos. Palabras obscenas, probablemente, en portugués y en inglés, una mezcla extraña. Eber Martins había sido un representante no demasiado inteligente de ese lado, y Manuela Tejada había sido el alma y la mente de esa familia. El padre era el fundamento económico, la tierra trabajada por ese dinero. La fábrica, lo supe después, era uno de los principales trabajos de Martins. Su nombre se escondía tras los múltiples papeles que se arrumbaban en los estantes burocráticos del Ministerio de Economía, y éste no era más que una delegación de las multinacionales que siempre fueron las que movían los hilos de nuestro país. Más allá de eso, los nombres de los particulares, no podía averiguarse, espacio reservado a las conjeturas y las teorías de conspiraciones que siempre terminaron por hundir en la fantasía las catástrofes de la realidad.

     Cuando ella se dio cuenta de que nos miraban, me agarró de la mano y me arrastró fuera de la casa. Salimos al parque y seguimos corriendo por el camino de lajas. Ella adelante, corriendo ansiosa con su vestido negro y mangas de encaje que se había arremangado por el calor, y yo detrás, preguntándole en jadeos adonde íbamos. Se detuvo en el vivero. Un hombre barbudo y con el torso desnudo lleno de vello oscuro nos paró ante la puerta.

    - ¿Qué hacen aquí?

    Leticia se apartó de él como asustada.

    - ¡No lo toques! -me dijo al oído.

    El hombre, que debía ser el jardinero, dijo:

    -Está bien, hagan lo que quieran-. Se dio vuelta, agarró una camisa y salió para perderse entre los árboles.

    Entramos y nos sentamos en un banco junto a unas macetas vacías.

    -Acá está más fresco-dijo ella. -Pero él duerme acá en un colchón allá al fondo, y no siempre puedo venir.

    Pensé en la frescura del interior de la casa, sentí la pegajosa humedad entre las plantas, y supe a qué se refería. El olor desde los cajones ella lo sentía más que cualquiera, siempre había sido así. Sabía las cosas antes de tiempo.

     - ¿Por qué me dijiste que no lo tocara?

     -Qué sé yo, ya me conocés. Ese hombre es malo…

     - ¿Te hizo algo?

     -Nada. Pero es por lo que va a hacer.

     -No te entiendo.

     -Ni yo me entiendo, Ceci. Yo sabía lo que les iba a pasar a ellos.

     - ¿A tus papás?

     -Sí.

     - Pero ¿cómo ibas a saber de las avispas? ¿Y cómo ibas a pararlas?

     Le sonreí con la excusa del absurdo. Ella no lloraba.

     -Ya te dije hace mucho, ¿no te acordás, cuando se murió tu papá?

     Ahora me acordaba, ella me había llevado al galpón, que aún debía estar en algún rincón del parque, todavía el vivero no había sido construido. No metimos entre las herramientas y me mostró las hachas. Me había preguntado si eso era lo que usaba papá para cortar a las vacas. Entonces me pidió que le dijera que tuviera cuidado. Esa vez no le hice caso, ¿cómo advertirle del peligro a un hombre que ha trabajado con esas herramientas casi toda su vida?

     - ¿Vos pudiste evitar que se cortara la mano? Sabemos, Ceci, pero no las cosas hacen lo que quieren.

     Por eso no llora, me dije. Ya ha llorado antes de que ocurriesen, y luego ya ni siquiera eso, porque la experiencia le había enseñado que las lágrimas son inútiles por lo inevitable. Luego, mucho más adelante, meditando en todo esto, filosofando de una manera que Leticia no hacía porque ella sabía las cosas sin necesidad de meditarlas, me di cuenta de que ya no lloraría por nada, porque todas las cosas del mundo estaban concatenadas de una forma en la que cada una era causa y consecuencia de la otra. Quien supiera todas aquellas relaciones -y las mujeres como Leticia eran capaces de construir universos arquitectónicos de asociaciones, y aun así, no abarcarlas todas- no necesitaba llorar la pérdida de ninguna, a lo sumo lamentarla, tal vez. Todo se pierde, y lo nuevo no posee siquiera la leve semejanza de lo muerto.

      Las consolaciones no existen.

      El único consuelo es la frialdad del conocimiento como tal, y la aceptación es una forma más de la sapiencia. No hablo de sabiduría, no. Ésta implica una metafísica del alma.

     Escuchamos llamados desde la casa. Era la voz de la tía Eriberta. Nos encontró sentadas en silencio.

    - ¿Qué hacen acá? Vamos.

    Nos agarró de una mano y nos llevó de vuelta a la casa.

    - ¡Estas chicas son caso perdido! -dijo a quien quería escucharla mientras nos sentaba en la sala principal para recibir los pésames que desfilarían antes del cierre del velorio. Pero volvimos a escabullirnos cunado ella dejó de vigilarnos. Como se encargaba de la organización, iba y venía de la cocina con vasos y bebidas, entremeses discretos, y de vez en cuando encargando cosas a la chica que trabajaba en la limpieza, o atendiendo el teléfono que a cada timbrazo la hacía sobresaltar en el silencio ficticio del cuchicheo y las conversaciones a media voz.

      Nos fuimos a una sala que Leticia llamaba de juegos, pero que era la biblioteca y el despacho del padre. Había decenas de carpetas de trabajo sobre dos escritorios separados por dos sofás. Sobre los escritorios, calesitas de sellos, portalápices, máquinas sacapuntas, veladores de mesa, papeles secantes y tinteros, cosas viejas y nuevas en un ensamble a la vez caótico y armonioso.

      Entonces escuchamos los disparos. Leticia fue corriendo a destapar el televisor que estaba escondido tras las puertas de uno de los muebles. Cuando lo encendió, un noticiero transmitía las imágenes de lo que estaba ocurriendo a pocos metros de la casa. Los obreros acantonados en La Cantábrica estaban siendo acribillados a medida que salían. El ruido de los disparos nos llegó por las ventanas, después de atravesar el follaje del parque, como cazadores que se iban acercando.

 

 

 

3

 

 

Leticia corrió a la ventana y yo me quedé frente al televisor. Le contaba lo que decían los periodistas y ella me avisaba si alcanzaba a ver algo entre los troncos y la cerca. No creía que pudiese ver algo desde tan lejos, pero era evidente que cada vez descubría algo nuevo en ella, como si nunca la hubiese conocido en realidad.

    - ¿Escuchás algo? Acá dicen que algunos obreros salieron a buscar agua del tanque y los soldados les dispararon.

     -Ya sé, Ceci, ya lo veo. Están tirados en el piso del patio, al pie de la torre del tanque.

     - Pero ¿cómo podés verlos desde acá?

     Era la voz de Renato, que había llegado para ver si estábamos bien. Leticia se dio vuelta, asustada. Por la puerta aprecieron la tía Eriberta y el doctor Farías.

     -Renato, me voy a ver qué pasa-dijo éste.

     -Te acompaño. Chicas, no salgan de acá ni se asomen a la ventana.

     -Pero señor…

     -Nada, siempre hay balas perdidas…

      Los dos salieron y la tía entró y se sentó frente al televisor, temblando. No nos hizo caso, ni siquiera cuando Leticia volvió a abrir la ventana y empezó a contarme lo que pasaba.

      Los periodistas iban de un sitio a otro del predio, intentando avanzar. La cámara se sacudía interrumpiendo la transmisión cuando el cameraman probablemente trastabillaba en el empedrado de la vereda.

     -Se tropieza con los cuerpo-dijo Leticia.

     Estaba sentada con la espalda contra el marco.

     -Tu papá y el doctor salieron a la calle, ya los veo. Los soldados les impiden seguir, pero ellos discuten, sobre todo el doctor. Está sacando documentos del bolsillo y se los muestra. Los soldados encañonan a tu papá. Él les dice algo, “Palomar”, me parece.

      La tía no sacaba la vista del televisor, se restregaba las manos y se lamentaba de que estuviese pasando justo hoy todo eso. Los demás aguardaban en las salas o en la cocina. Se escuchaban sus voces, las mujeres hablando alto, los hombres instándolas a callarse, pero ellos también hablaban en voz alta y caminaban por el patio, ávidos de ver lo que sucedía.

     -Los tíos Tejada quieren salir… pero los Martins están fumando y no se mueven de los sillones.

     - ¡Ey, Leti, metete y cerrá la centana!

      Era la voz del tío abuelo Baldomero que le gritaba desde el jardín, un Martins, pero un cero a la izquierda, según escuché esa tarde. La hermana se encargaba de los servicios fúnebres, o más bien dirigía toda la empresa que habían heredado junto con otras socias.

     Leticia no le hizo caso, y se rio. El viejo volvió a sentarse para seguir fumando su habano con tranquilidad. Los tiros no lo afectaban, tal vez ni siquiera los escuchaba en su avanzada sordera. Debían ser apenas silbidos como los de los pájaros de la selva ecuatoriana en la que decían había vivido.

      La televisión había mostrado los cadáveres, pero sólo un segundo. Los periodistas no alcanzaban a llegar donde estaba la mayoría, y de muchos cuerpos no podían asegurar que fuesen muertos, sino simplemente hombres agazapados que, escondidos, apuntaban hacia los soldados: ¿eran eso los brazos alzados, como en derrota?, y los ojos tapados con la culata de un fusil ¿qué representaban: el pronto disparo o el golpe en la cara?

      La cámara de pronto pareció morirse, y la reemplazaron las rayas intermitentes de una transmisión interrumpida, con imprecisos sonidos de fondo, mientras el locutor desde el canal pedía disculpas a la audiencia a la vez que pronunciaba frases ininteligibles que se filtraron cuando se suponía que estaban fuera del aire. Pero entre tanta confusión, los micrófonos debían seguir abiertos y los gritos llegaron desde el televisor, y también por la ventana.

     Miré a Leticia, que se había parado en el borde. La tía se había ido cerrando la puerta con llave. Mi prima espiaba con los pies en punta, como si observara por encima de los árboles. Lo único que yo alcanzaba a ver era la torre del tanque y el par de chimeneas. Se escucharon alaridos, y de pronto el ruido de las maquinarias de la fábrica.

    - ¿Qué pasa? -le pregunté.

    -Encendieron las máquinas, siempre las escuché desde acá. Me hacían dormir, ¿sabés, Ceci? Eran como un coro…

    -Pero ¿qué está pasando? ¿Lo ves a mi papá?

    -Está con el doctor, hablando con uno de los dueños. Es el primo de papá, creo que es el tío Guillermo, sí, el mandamás de la fábrica.

    - ¿Pero tu papá también era dueño?

     -Supongo que sí, como todos los Martins.

    Empezó a contarme, mientras no dejaba de atisbar en la distancia, para mí invisible, que la vieja familia había llegado de Galicia casi cien años antes. Que le pusieron el nombre a la fábrica por las montañas. Eran mineros y sabían cómo arrancar el metal de las rocas. Pero eso fue al principio, el padre de Leticia y el resto de sus socios habían explotado la industria después.

      - ¿Pero entonces qué pasó?

      -Papá dijo que todo se estropeó cuando vino Perón. Los obreros empezaron a creerse más de lo que son.

      - ¿Y qué son? -le pregunté, adivinando la respuesta intelectual, como ella era capaz de adivinar el futuro metafísico. Porque eso era lo que hacía. Lo que me contaba era una mezcla del presente con el futuro inmediato. Ya lo había notado cuando me relataba cosas que inmediatamente sucedían en la televisión antes de la interrupción de las imágenes. Probablemente ella no distinguía esas leves diferencias, que eran simplemente lo más rudimentario de su capacidad. Lo que comenzaría a molestarle muy pronto, eran los grandes hechos que se estaban engendrando en lo recodos de la realidad. La vuelta de una esquina que no existe hasta que se llega a ella.

      Pensé en mamá, tan cerca de nosotros en esa zona del oeste bonaerense. Renato debía estar no solo pensando en su mujer, sino hablándole de ella al primo Martins, porque sin duda debían estar acusándola de complicidad con todo el resto de la resistencia obrera.

     -Tu papá está discutiendo con mi tío, el doctor los separa.

    De pronto, otros disparos la interrumpen. Ella también se ha sobresaltado. Las maquinarias continúan en funcionamiento, y llega el sonido del metal, crudo a veces, chirriante casi siempre.

    -Pero ¿por qué empezaron a trabajar ahora?

     -Yo qué sé…

     La televisión retomó su voz. Ahora transmitían desde la casa de gobierno. La Casa Rosada estaba rodeada de gente y desde el balcón salía Onganía con un círculo de guardias y asistentes.  Frente a la cámara apareció un periodista con micrófono en mano, estaba agitado y miraba a los costados mientras hablaba.

    -Han ordenado el reinicio de las actividades en la fábrica de Morón, las maquinarias han sido puestas en funcionamiento después de seis meses de paro. El gobierno de la nación está satisfecho del resultado de este conflicto que se inició con la infausta corrupción del gobierno anterior.

   

     Después de la tarde, volvió Renato. Me abrazó y nos sentamos frente al televisor. Leticia se desprendía de los brazos de tía Eriberta cada vez que intentaba llevarla a la sala con los otros. Los ruidos y los movimientos en la fábrica continuaban como una salmodia: voces de altoparlantes que ordenaban el trabajo, sirenas de ambulancias que se fueron apagando a medida que llegaba la noche, y los pasos de los soldados en una guardia permanente alrededor del predio.

     Escuché a Renato y a Farías hablar en voz baja sentados en el sillón, mirando de costado hacia la pantalla. Los cuerpos de las salas mortuorias seguían aguardando que las calles cortadas fuesen abiertas para dejar entrar los cuches fúnebres. No había anda definido aún, ni hora ni acontecimientos. Leticia se había sentado a mi lado en una butaca de piano, con la espalda encorvada y una porción de pasta frola me masticaba lentamente, ensimismada, en apariencia, en lo que pasaba en la pantalla. Desde que ellos entraron, la ventana había sido cerrada con cerrojo y las pesadas cortinas oscuras habían ensombrecido la biblioteca.  A las ocho de ese verano, cuando afuera seguía luminoso, en el interior del estudio la penumbra peleaba con el televisor. A la luz difusa e intermitente, las caras de todos me resultaron irreales. El traje de Farías se había convertido en una especie de uniforme de tonos oscuros o plateados, los lentes de Renato despedían reflejos o destellos que lo asemejaban a un personaje de historieta para adultos. Pero el que más me sobresaltó, hasta el punto de apartarme unos centímetros de su lado, fue el rostro de Leticia. Era una mujer, ahora, de cabello entrecano y largo, y vestida con ropa vieja, como de indigente. Y sentí el aroma del mar en esa ropa.

      Entonces Leticia escuchó lo mismo que yo. La conversación de los hombres en la sombra del sillón. El aroma de los cigarrillos y del whisky, y el desarticulado olor ahumado de la carne. ¿Quién lo había traído consigo, impregnado en la ropa o en las manos?

     -No tenías que hacer eso-dijo la voz de Sebastiano Farías, tierna como cuando me hablaba, porque le estaba hablando a su mejor amigo.

     - ¿Qué querés? Si me hablaba de ella como de una extremista.

     - ¿Y no lo es?

     -Ya sabés, como una delincuente…

     - ¿Y no lo es?

     - ¿De qué parte estás vos?

     -De la de los amigos, por supuesto, pero la ley es la ley.

     -Que cambia según el color de las cortinas de la casa de gobierno.

     Farías se rio. La lucecita del cigarrillo se apagó en un cenicero.

     -Convengamos, amigo mío, en que Martins puede hacer lo que quiere, es su fábrica desde hace cien años.

     -Pero los hombres no son suyos.

     -Son de quien les paga. ¿Sino preguntále a los obreros?

     -No puedo si están muertos.

      Yo tosí.

     - ¿Qué estás comiendo, Ceci? -preguntó Renato.

     -Unas masitas, nomás.

     -Si son de las secas que nos sirvió la vieja… hacélas pasar con agua-. La voz de Sebastiano era amable y me reconfortaba.

     Pero yo sabía que no eran las masitas secas ni la pasta frola las que me habían hecho toser, sino el recuerdo de esa tarde, antes de que ellos regresaran. Leticia estaba sentada en la ventana, llorando. Creí que, por fin, lo hacía por sus padres. Me había acercado a consolarla.

     -Tranquila, Leti…

     Me miró, enojada.

     - ¿Cómo me voy a quedar tranquila si los veo allí tirados?

     - ¿A quiénes?

     -A los hombres de la fábrica, tarada.

      No había salido en toda la tarde de la habitación, y ni siquiera vio las fugaces imágenes en la televisión. No habían dado el número de heridos, porque no los hubo, sólo muertos, y esto fue después.

      -Sesenta y uno. Los conté, ¿sabés? Se murieron a la una de la tarde, todos contra las columnas del tanque. Los ataron cuando ellos salieron a buscar agua. Como en las ciudades sitiadas que nos enseñan en historia en la escuela.

      - ¿Me querés decir qué tenía que hacer yo…-la voz de Renato continuaba, ensamblándose a la vieja voz de Leticia guardada en las paredes desde unas horas antes? -…si me hablaba de ella como de la responsable de la resistencia que salía a la luz luego del oscurantismo para rehabilitar la lucha de su marido muerto?

     - ¿Pero era necesario que te metieras ahí?

      -Un hombre caminó por encima de ellos, y les levantó las cabezas para mirarles las caras, como si los conociera. Me pareció que trataba de retenerlos en la memoria como si pretendiera describirlos después. Le vi la cara con anteojos, de mano finas, y tiznadas.

      La tiza, tal vez, con la que intentaría escribir los nombres de los muertos en algún pizarrón mucho más tarde. O quizá la mancha que se impregna en la piel cuando tocamos la carne quemada por las balas.

      -Ya sé que pareció todo muy teatral, y me avergüenzo. Pero así me sale cuando estoy encabronado. No podía dejar de identificarlos…

     - ¿Cómo si fueras alguno de su familia? Vamos, Renato, eso es hacer literatura…

     - ¿Y qué? Lo que se escribe dura más que la carne, ¿no?

     Escuché el sonido que hizo al aspirar, y supe que se estaba llevando las manos a la cara en ese momento. Él era el que había traído el aroma de los muertos a la biblioteca, a la sala de juegos, a la oficina de trabajo de Eber Martins.

       -Y decime, ¿qué ganaste con eso? Si yo no los convenzo, te llevan preso, ¿y qué es de Ceci, entonces?

       -Ya lo sé, ¿creés que no te agradezco? Pero por lo menos me saqué las ganas de demostrarle a Martins que sabemos lo que su hermano o su primo o qué mierda sea hicieron con los obreros.

      - ¿Te pensás que les importa algún carajo? Sos un idealista de pacotilla, Renato. Por lo menos tu mujer es más práctica. Pelea cuando sabe que tiene posibilidades de ganar.

      -Está en la cárcel…

      -Precisamente eso es pelear y ganar. En estos gobiernos, los que están afuera no la comen ni la beben, son peleles que cambian según la dirección del viento.

     - ¡Como vos, Sebastiano!

     -No digás pelotudeces. Yo soy un barco, querido, que se salva de los naufragios.

     -A eso se llama la nave del estado, ¿no?, donde se suben los hombres como Martins, que entregan a los hombres para sacar ventaja. Los que no laburan, ¡pum! Y las máquinas funcionan otra vez, ¿y sabés lo que las hace funcionar? El miedo, Sebastiano.

    - ¡Qué descubrimiento, che! Te merecés el premio Nobel, querido.

     Y Renato siguió hablando en voz baja hasta después de medianoche. La televisión apagada ya no tenía nada que contar. El país estaba en orden. Pero él contaba en números, hasta sesenta y uno, y luego empezaba otra vez. Pronunciaba el nombre de mi madre luego de cada decena, y comenzaba nuevamente con el uno, aislado y solitario. Renato lloriqueaba por efecto de la desazón y de la borrachera del whisky, en medio de la noche. Cuando eran las tres de la mañana, Sebastiano otra vez lo tenía abrazado intentando consolarlo.

     Leticia, acostada en la alfombra al pie del escritorio sobre el que las carpetas con nombres de empresas y hombres importantes amenazaban con caérsele encima, sabía que yo escuchaba también ese largo soliloquio entre dos hombres que escarnecían el mundo en que vivían.

 

 

 

4

 

 

Me desperté a las siete de la mañana, creo. Los hombres ya no estaban, ni tampoco Leticia. Sola, encendí el televisor. Todavía no había empezado la transmisión. Abrí la cortina y el sol entró de lleno echando abajo las construcciones de la oscuridad, y el ruido de las maquinarias de la fábrica parecían reconstruir el mundo de la habitación: los edificios de libros, las llanuras del living, las estaciones de los escritorios. Tenía hambre, y me sentía transpirada y sucia. El día prometía tanto o más calor que el anterior.

    Salí y recorrí el pasillo hacia la cocina. Me recibió la cocinera con un “buenos días, señorita”.

    - ¿Dónde están todos? -pregunté.

    -Discutiendo, ¿no se enteró todavía?

    - ¿De qué?

    -No abren las calles en varios días, es orden del gobierno. No nos dejan salir ni entrar. ¡Y nosotros con los muertos adentro!

     Entonces escuché las voces que discutían en la entrada al parque. Todos hablaban al mismo tiempo y rodeaban a un hombre de traje con la típica pinta de un funcionario de turno. Afuera, del lado de la vereda, había soldados con fusiles. Leticia se me acercó corriendo desde ahí.

     - ¿Qué pasa?

     -Que cierran las calles y no puede entrar el servicio de la cochería. Pero todos estos se las van a arreglar para irse.

     Para la tarde ya no quedaban solamente los familiares más cercanos. Diez en total. Renato dijo que había que aguantarse hasta que permitieran el acceso.  Por la noche nos reunimos en la sala principal, una gran estancia de varios sillones y mesas bajas. Algunos leían, otros jugaban a los dados. La tía Eriberta parecía feliz de organizar esa pequeña tertulia, que habría sido perfecta de no ser por el tufo a flores muertas, que pronto fueron arrojadas a la vereda. Pero al día siguiente el aroma a podrido continuaba, y todos sabíamos de dónde venía. De las salas con los ataúdes por supuesto, pero incluso en el parque se olía aún más fuerte. A mí no me molestaba demasiado, no sé la causa, tal vez el olor dulzón de la carne en descomposición fuese algo innato en mi cuerpo, como la memoria de los huesos, o tal vez la memoria de los músculos. La peculiaridad de Leticia estaba en su conocimiento intelectual de las cosas del tiempo y del mundo, su cuerpo era sano, bien lo demostró durante mucho tiempo más adelante, y por eso era capaz de sufrir y metabolizar las consecuencias de ese conocimiento que pocos toleraban. Sin embargo, yo no era capaz de ver más allá de mi presente, mi cuerpo me limitaba a eso, y precisamente era esta circunstancia la que convertía mi cuerpo en una red que atrapaba la tragedia y la convertía en enfermedad. Y el dolor, entonces, se recuerda a sí mismo como un viejo familiar que nos visita de vez en cuando, hasta que un día ya no quiere irse.

     El olor llegaba desde la fábrica, atravesando la calle y venciendo la humedad del follaje del parque y el olor a gasolina de los autos que a pocas cuadras continuaban haciendo su vida habitual. Me encerraba en el vivero, y Leticia me acompañaba toda la tarde, recorriendo los senderos entre las plantas, y bajo la mirada del jardinero que intentaba desnudarnos con los ojos.

     -Vinieron las grúas-dijo él, mientras destrozaba unas azaleas en el intento por trasplantarlas.

     Intentamos evitarlo, pero no había caso. Tuvimos que preguntar.

     -Para levantar a los muertos, ¿para qué va a hacer?

    Era verdad. Fuimos hasta la entrada y nos asomamos por la reja. Una topadora trabaja en el predio de la fábrica y depositaba el contenido que levantaba en grandes contenedores. Era tierra, aparentemente, piedras y trozos de mampostería. Pero el olor volaba, iba y venía, secundado por las moscas.

     Pasaron cuatro días. Las barreras que cortaban Lamadrid, entre Azcuénaga y Rawson fueron levantadas. Tía Eriberta atendió el teléfono.

     -Mañana llegan temprano.

     Eran las diez de la noche. La partida de ajedrez entre Farías y Renato se vio interrumpida por el anuncio. El tío abuelo se despertó, sobresaltado, y aunque no hubiese escuchado, era evidente que lo había soñado.

  

     En la mañana llegaron los coches fúnebres. Cargaron los ataúdes. Detrás, tres o cuatro autos más con las coronas. Y luego la caravana, ya corta, de los familiares.

     - ¿A dónde vamos? -pregunté a Renato, que estaba a mi lado y Leticia al otro.  Hasta entonces daba por sentado que iríamos al cementerio de Morón.

     -A Flores, Ceci, al cementero de San José de Flores. Ahí está el panteón de la familia.

     - ¿Panteón? Ah, sí, perdón.

     -No importa, Ceci. Es como una gran casa para los cuerpos.

      Farías, que estaba a mi lado me dijo:

     -Y donde todos hacen un silencio envidiable, menos las cucarachas que hablan de Dios.

     Ambos hablaban sin cuidado de lastimar los sentimientos de Leticia. Al parecer, carecía de ellos. Nadie la había visto llorar por los padres, y las lágrimas que había derramado por los obreros luego de unas horas parecían simplemente un llanto teatral de quien se sabe vista por considerarse especial. Ya me estaba encolerizando esa diferencia que ella explotaba a su favor: la condescendencia de la tía Eriberta, y los silencios de papá y Farías que intentaban hacer para ocultar lo que al fin de cuentas a ella no parecía afectarle: los negocios del padre y sus consecuencias en los hombres de su fábrica. Esa noche la había observado atentamente en la oscuridad, acostada en la alfombra que había sido pisada por los zapatos de Eber Martins, casi acariciándola con su mejilla y como si escuchase la voz del padre dando la orden de reprimir fuese como fuese a los obreros y reemplazarlos por los que quisieran trabajar. Yo también escuché el relato de Sebastiano Farías, que había comenzado en la oscuridad del estudio esa noche, interrumpido por el sueño de Renato y retomado en el auto que avanzaba con lentitud por la avenida Rivadavia.

      -Como te dije, Renato, Eber hizo lo que pudo para vencer la resistencia de sus hombres. Sometió al despido a los primeros, pero cuando éstos no quisieron irse y tomaron la fábrica, trajo los que trabajarían a destajo, y no se sorprendió demasiado cuando éstos también se revelaron, porque había muchos infiltrados de la izquierda. Entonces los sometió al hambre, prácticamente, evitando que las mujeres y los hijos entraran en contacto con ellos. Cortó las líneas telefónicas y prohibió con soldados en las puertas la entrada de cualquier abastecimiento. Después intentó la diplomacia cuartelaría y más tarde la de los medios, recurriendo a la televisión para convencer a lo que él llamaba el pueblo que los obreros atrincherados eran comunistas asesinos. Y casi, casi, con ese método blandengue, pudo ganar. Pero entonces vino el verano, ¿y a él qué se le ocurrió?, llevar a su familia de vacaciones como si nada pasara. Era parte de la estrategia, por supuesto, pero la pifió, como dicen ahora. La treintena de hombres eran ya más de cincuenta. Tenían hambre y sed, y algunas mujeres habían entrado para convencer a sus hombres que cedieran.

     - ¿Pero ellos sabían que Martins ya estaba muerto?

     - ¡Qué sé yo! Quiero creer que no, porque entonces no habrían salido a buscar agua al tanque. Muerto el perro, se acabó la rabia, eso era lo primero que tendrían que haber pensado de saber de Martins, y entonces habrían aguantado un poco más. Lo que no era ninguna garantía, por supuesto, pero para ellos habría significado mucho.

     -No pasaron muchas horas desde que llegó las noticias desde la costa.

     -Pero las radios a pila ya debían estar agotadas, y no tenían electricidad. Para mí que no se enteraron. Fue el calor, estoy seguro. Los que salieron estaban casi desnudos y muy flacos.

     -Fue un verdadero sitio, como en los viejos tiempos.

     -Sí, querido, como en los principios de la civilización, ¿no?

      El sarcasmo era un filo, frío y certero en medio del auto. Leticia escuchaba en silencio, con la vista fija tras las ventanillas cerradas del Fairlane, mirando, aparentemente, los negocios a lo largo de la avenida: Haedo, Ramos Mejía, Ciudadela. Cuando llegamos a Liniers, cruzamos la General Paz y el auto se desvió en dirección a Juan B. Justo. Y en ese preciso momento, ella empezó a gritar.

     Pero me adelanto, olvidando pistas previas en esta narración cuya esencia es precisamente el tiempo, porque tal era el don de mi prima Leticia. Sin el tiempo, ella no era nada. Su mente era un laberinto donde la bestia del Minotauro iba y venía como si fueran muchas a la vez, y Leticia persiguiéndola para esquematizar el diagrama del tiempo, donde el espacio era nada más que uno de los múltiples planos de los esquemas que pretendía esbozar. Y como todo esbozo, se borraba y volvía a ser dibujado para tener una efímera vida propia.

      Un rato antes, cuando íbamos por el centro de Rivadavia, ella preguntó:

      - ¿Por debajo está el Maldonado?

      La miramos con curiosidad, menos el chofer del servicio, que la observó con sorna. ¿Tal vez también olía algo? Porque Leticia husmeó, literalmente, el aire a su alrededor. Íbamos detrás, por supuesto, del coche con los ataúdes, pero los olores de la calle habían tapado aquel olor al que ya tan acostumbrados llegamos a estar durante la estadía en la casa. Hicimos lo mismo que ella, pero no sentimos nada.

    -Sí, más o menos- le dijo Renato. -El Maldonado nace por San Justo, y por esta zona está intubado hace mucho tiempo.

    - ¿Y hasta dónde llega?

    -En la capital corre debajo de Juan B. Justo, y drena en el río. ¿Por qué?

    -Es un olor tan fuerte que sale de las alcantarillas.

    Ella abrió la ventanilla y señaló los desagües en las cunetas a ambos lados de la avenida. Entonces se tapó la nariz y sus ojos lloraban por el tufo. Nosotros no sentíamos nada.

    -Cerrá, querida-dijo le chofer.

     Fue al tomar Juan B. Justo cuando ella empezó a gritar. Primero fue un alarido que creímos le rompería las cuerdas vocales, pero la subestimamos. Con los sucesivos gritos que cada vez fueron más fuertes, empezó a patalear. Farías intentaba sujetarla, pero por más que le agarrara los brazos ella pateaba el asiento delantero. El chofer se detuvo y bajó del auto. Abrió la puerta trasera y le dio una bofetada a mi prima. Renato y Farías se encabronaron. Hubo insultos de uno y otro lado, entonces reconocí al chofer: era el jardinero de la casa de los Martins.

    Se dio cuenta que yo lo había reconocido, pero como si fuera algo habitual en eso tiempos que los hombres tuvieran dos o más trabajos, ninguno dijo nada, si es que también lo conocían. Leticia se calló la boca luego de la bofetada, y se puso a mirarlo con cólera.

    -Vas a terminar como ellos-le dijo.

    - ¿Usted cómo se llama? - preguntó Farías, sacando una libreta, amenazador y pulcro como sólo él podía serlo.

     -Oscar Méndez, señor…- dijo, insultando con el “señor” como si hubiese dicho una mal palabra.

     Los otros autos de la caravana se habían detenido a un costado de la avenida, con las balizas encendidas mientras el tráfico alrededor tocando bocina. los conductores insultaban o simplemente hacían la señal de cruz. Otro chofer había llegado y preguntado qué pasaba. Le explicaron. Luego hablaron alejados, en la vereda, apoyados en una pared mientras los peatones se detenían a observar.

    -Yo seguiré el servicio-dijo el recién llegado. Méndez fue al otro auto.

     Cuando íbamos a subir, Leticia se acercó a una boca de agua en el cordón, se puso en cuatro patas y acercó la cara a la alcantarilla.

    - ¡Leti! -le grité.

    - ¡Están ahí, Ceci! Hay muchos, muchos, Ceci. Quieren salir.

     Todos la escuchamos, incluso Méndez había vuelto a acercarse. La relación entre ellos iba más allá del simple encono, algo había pasado, y aunque no me animaba a reconocerlo, más adelante estaría segura.

     Habían pasado sólo unas cuantas horas desde los disparos y el fin de la revuelta en la fábrica. Las noticias de la radio, ahora encendida en el auto, decían que los rebeldes estaban encarcelados en Ezeiza en espera del dictamen de un juez. Cada uno de ellos tendría un juicio justo, decía la voz de la periodista de turno, con voz melosa, como tantas de las modelos de pasarela que tomaban la posta de las noticias en esa época, confusa, propia del cambalache que tantos cantaban y que nadie comprendía. ¿Cómo entender los principios tergiversados, si hasta los simples y tradicionales roles estaban cambiados?

     De la familia, sólo la tía Eriberta llegaba ahora luego de caminar los doscientos metros desde donde el otro auto se había detenido. Agarró a Leticia de un brazo y empezó a arrastrarla. Ya estaba harta de esos caprichos, dijo.

     -Déjela, señora, por favor-. La tía cedió ante la única voz que aparentaba respetar. Farías se acuclilló junto a Leticia y le acarició la cara y le secó las lágrimas.

     - ¿Qué te pasa? -le preguntó.

     -Los hombres, señor Farías, están ahí abajo. Todos los de la fábrica. Yo los conozco, me saludaban desde la puerta cuando entraban y salían. Las mujeres venían con los nenes cuando terminaban el turno. Me saludaban, y yo no sabía cómo se llamaban, pero les conozco la voz. Y los escucho ahora, gritan mientras flotan boca arriba en ese rio profundo allá abajo.

     Señaló la alcantarilla con el brazo extendido, y los dedos le temblaban.

     -Me están llamando.

     Se acostó en el empedrado y apoyó un oído en el suelo.

     -Escuche, señor Farías.  

     El diputado, joven y ya prometedor político de la nación, se postró sobre los adoquines y apoyó el oído. Entre las grietas tal vez escuchaba algo, pero nunca supo decir si fue su imaginación o la sugestión de lo que después ocurrió. Otra vez el tiempo que confunde esta narración como lo confunde todo.

    -No escucho nada-le dijo a Leticia, si fue mentira o verdad, no importa, su respuesta fue el resultado de la incertidumbre por el dolor de esa nena de doce años, ¿o de la mujer?, que no se calmaría nunca.

    Ella lo miró, angustiada.

    - ¿Ni el olor? Es tremendo, doctor…-. El rostro se le deformó en una mueca de asco. - Tratan de nadar en medio de las aguas podridas.

     Leticia vomitó en plena calle. No había comido nada, y tomado sólo un té con leche esa mañana. El vómito, sin embargo, era abundante y de un olor acre e insoportable que hizo que todos a su alrededor nos tapáramos las narices.

     Era el típico olor de la carroña.

     Le limpiaron la cara, le dieron agua mineral de la botella que llevábamos en el auto durante esa tarde de calor agobiante. El chofer dijo:

     - ¿Vamos, señores? - era, sin duda, un Gonçalvez, un peón de Gamaliel, el pomposo y sobre todo enigmático nombre de la funeraria que estaba organizando toda la ceremonia de uno de los miembros de su extensa familia. Pero todo era en honor de los Martins, por supuesto, y no de los Tejada. Con el tiempo me fui enterando que cada una de las letras corresponde al apellido de las familias fundadoras, la “m” hace referencia a los Martins, claro, una de las familias que sobrevivían, junto a los Arriaga, por ejemplo, de Entre Ríos y Santa Fe, los Aranguren en el centro oeste de la provincia de Buenos Aires, los Larriere en el medio este, y los Gonçalvez, por supuesto, que son como una plaga en todas partes, Brasil y Uruguay especialmente. Eso fue lo que escuché cuando retomamos el camino hacia el cementerio de Flores. El trayecto por la Juan B. Justo fue corto, pero suficientemente ilustrativo, trágicamente ilustrativo, debo decir.

      El doctor Farías había levantado a Leticia en brazos y la llevó al auto. Durante media hora ella durmió en sus brazos, como si fuera la hija que nunca tuvo, o por lo menos que él reconociera, porque se sabía que don Sebastiano era un mujeriego impenitente pero demasiado discreto, demasiado atractivo y educado, una mente que desbordaba cultura en cada palabra y en cada gesto de sus manos, para que las mujeres que fueran sus víctimas pudiesen ser tan diferentes a él como para calumniarlo reclamándole algo que él mismo no se hubiera impuesto antes el deber de cumplir. Si tenía hijos, eran suyos sin necesidad de que el mundo lo supiera, simplemente con verlos, tal vez, alguno se diese cuenta, en el atractivo del rostro, la estampa del cuerpo o la educación de sus modales. Leticia y yo, entonces, nos apoyamos cada una en los hombres que nos acompañaban. No eran nuestros verdaderos padres, pero merecían el nombre.

      La siniestra escenografía del cementerio de San José de Flores en esa tarde que fue encapotándose de nubes grises y condensando la humedad más terrible que yo hubiese sentido hasta ese momento, no nos dio motivos para salir del auto. Pero los cajones fueron bajados de los otros coches, y si los muertos se animaban a exponerse a ese clima que aceleraría su descomposición, ¿por qué no nosotros, si estábamos vivos y chorreando sudor por cada poro de nuestra piel pegajosa?

     Un funeral en verano es lo más abstruso que puede experimentarse.

     Las moscas son las únicas invitadas de honor, las que organizan la coreografía de las manos inquietas de los familiares de los difuntos, las que otorgan el ritmo de las palmadas sobre la piel en golpecitos de furor, y las que zumban como un deletéreo coro gregoriano como fondo de los murmullos y los responsos, inagotables.

     El funeral de Eber Martins y Manuela Tejada fue una comedia vestida de tragedia. Ninguno de los presentes pudo tragar las palabras del cura, extraídas del Antiguo Testamento, dicotomía que yo no comprendí ni di la necesaria relevancia en ese momento, y que son elementos para otra historia que no me corresponde contar.  Mi protagonista es mi prima Leticia, que estaba allí parada junto a los féretros de sus padres, de la mano del doctor Farías. Ese hombre de traje pulcro que nunca olía mal, cuyo cuerpo era una especie de amalgama destruida y reconstruida a cada instante, y por eso no acumulaba olor ni transpiración. Tantas veces lo vi llevarse la mano al estómago flaco que yo adivinaba bajo el chaleco con la cadena del reloj cruzándolo no como un ornamento, sino como si lo apresara. Para que algo, dentro o debajo, no se escapara.

     Eso fue lo que pensé, por primera vez, mientras lo veía allí parado, enhiesto, único hombre que comprendía verdaderamente el don, si así puedo llamarlo, de Leticia. El único que le creyó antes de ver y corroborar lo que ella había vaticinado. Y el olor flotaba en el aire formando imágenes de humo y guerra.

     Escuchamos, gracias a que el cura se había callado, las noticias de la radio de uno de los autos, puesta a todo volumen, como si Oscar Méndez estuviese sordo, el jardinero-chofer y presumiblemente capaz de otras profesiones de incierto y dudable valor. Las noticias que anunciaban la masiva manifestación de obreros que iban desde el centro porteño hacia las salidas de la capital hacia el oeste, a protestar por los trágicos sucesos no aclarados todavía. Iban caminado por Juan B. Justo, que en gran parte era el techo del Maldonado, y todos ellos sordos a los gritos que Leticia aseguraba había escuchado dar a los muertos.

 

 

 

5

 

 

Cuando regresamos a la casona después del funeral, le dije a papá Renato que no podíamos dejar a Leticia así nomás. Él estaba ansioso por retomar las visitas a mamá, pero me dijo que yo tenía razón. Como estábamos cerca de El Palomar, iría esa tarde. Si mamá estaba bien, nos quedaríamos unos días más, qué sé yo, lo necesario para ver si mi prima se reponía. Farías la había llevado en brazos, dormida y agotada, hasta el dormitorio y la acostó. La tía Eriberta y otras le dijeron que se encargarían, pero Leticia protestaba y chillaba cuando ellas la tocaban. Sólo se serenaba con las manos del doctor.

     Sebastiano Farías debía tener no más de cuarenta años. Estaba, en lo que se suele decir, el apogeo de su masculinidad. Rezumaba parsimonia y fuerza por las manos y la cara cuidadosamente rasurada, incluso las patillas cortas invitaban a que cualquiera quisiera tocarlas, suaves y sirviendo de preámbulo al cabello apenas largo que se escondía tras las orejas. El olor del tabaco fino lo acompañaba siempre, envolviendo sus hombros y sus piernas con un andar aparentemente lento que no era más que seguridad y certeza. Sin embargo, cuando escuchaba a los demás, las expresiones de su rostro denotaban interés y dudas al mismo tiempo, como si estuviese no solo compartiendo las inquietudes del otro, sino intentando darles una solución satisfactoria. Si la hallaba, la exponía como un comentario más para no ofender, si no, se callaba la boca o decía: “muy interesante, déjeme que lo piense un poco”.

       No era extraño que la breve relación de Leticia con él se convirtiese en una especie de complejo de Edipo, así me había pasado con Renato. Sebastiano era el padre que debía haber tenido Leticia, y el marido que nunca tendría.

     La tía Eriberta, celosa, le decía, sentada al pie de la cama de mi prima mientras la veía dormir:

    -Usted es un hombre muy ocupado, doctor, deje que las mujeres nos encarguemos de la chica.

    Farías, encendiendo un cigarrillo junto a la ventana, por donde entraba el nuevamente habitual sonido de las maquinarias, le dijo con el tono de quien no intenta ofender a nadie:

     -A veces, las mujeres necesitan de los hombres, señora.

     Tuve miedo, yo, que estaba también en la habitación, agarrando la mano de Leticia, la única mujer que no rechazaba. Pensé en Méndez, tal vez oyendo a la distancia desde el parque, acostumbrado a mirar ese ventanal por el que Farías ahora escuchaba la sirena de las seis de la tarde anunciando el fin de la jornada y la próxima salida de los obreros. En veinticuatro horas había vuelto a la rutina lo que durante seis meses había estado alterado. Los muros de la fábrica no eran ciegos, sólo los hombres que pasaban por delante y apenas asomaban la cabeza por encima del muro, temerosos de ver lo que no querían, porque lo que no se ve no se sabe, y la suma ignorancia es el último bastión, tal vez el más inexpugnable, de la ignominia.

     En la noche, como en las siguientes mientras nos quedamos, dormí en la misma cama con Leticia, pero aún estábamos cenando en la habitación. Ella no quiso terminar su plato y se había dormido otra vez. Un médico de la familia, creo que era uno de los primos de Farías, la había revisado, asegurando que estaba simplemente angustiada, que la dejáramos en paz. “Los chicos son más fuertes de los que pensamos”, dijo, y Sebastiano le agradeció tan sutil diagnóstico. Como no se llevaban bien, el médico salió sin saludarlo.

     Estábamos casi a oscuras a pesar del velador de noche junto a la cama.

     - ¿Usted cree que ella sabe?

     Me miró desde el sillón, con un libro abierto en las manos, simulando leer, creo, aunque su mente vibraba en diferentes planos a la vez.

      -La ignorancia premeditada es la peor de todas, Cecilia. No puede ser vencida. Es más inquebrantable que la muerte. Leticia no conoce los límites. Podrá ver brumas, pero en algún momento siempre se aclaran. Es una carga muy pesada para una nena.

      -Las nenas crecemos, doctor.

      -Ya lo sé, por suerte es así. Hechas mujeres, nos sobreviven.

      - ¿Mamá va a salir, no es cierto? ¿Usted la va a sacar?

      -Por supuesto. Tu mamá es un pedazo de roca, pertenece a esta tierra urbana, obstinada y pueril, ignorante y mala. A ella le gusta pelear contra el concreto, por ejemplo, de los muros de esta fábrica que ahora duerme su sueño de hierro. Pero Leti está por encima, ve todo y no puede bajar e ignorar como los demás a ras de tierra. Ella es de agua, a lo mejor, o es aire.

     - ¿Y no son lo mismo?

     -Exacto, Cecilia. Nosotros somos el carbono que está en nuestros huesos, ella es oxígeno y el hidrógeno. Nosotros somos opacos, ella es transparente, pero me refiero de adentro hacia afuera. Nosotros vivimos en una cueva con paredes que nunca o muy pocas veces se fracturan, ella es una copa de cristal que se quiebra o que resuena.

      ¿Quién era el diputado Sebastiano Farías? ¿Un político? ¿Un librepensador? La suma de sus talentos era únicamente apreciable luego de mucho tiempo de conocerlo y penetrar las múltiples capas de sus discursos.

 

     Renato había vuelto contento, si así puede decirse, de la visita a mamá. Me contó que ella estaba muy orgullosa de mí, de cómo cuidaba y me preocupara por mi prima. Y que postergara mis preocupaciones por ella, que en la cárcel se sentía a gusto con todos esos presos políticos a cuya clase pertenecía. Renato me lo repitió textualmente, sabiendo que me haría el efecto contrario a lo que las palabras profesaban, y que era precisamente la intención de mamá. Así fue que heredé esa forma de pensar tan cercana al sarcasmo, tan rebelde a lo bien pensante, pero en mí esas arquitecturas del pensamiento intelectual siempre se vieron debilitadas por las aguas del pesimismo, o más bien de la amargura, que pudre los cimientos.

     Farías dijo, dos días después, que debía volver al Congreso para cumplir con un quorom imprescindible a su partido, y por otras causas pendientes. Leticia ya estaba mejor, comía y salía al parque, pero tenía una ojeras oscuras y profundas, donde los ojos parecían querer abismarse. Extraña sensación fue la de sentirme tentada a imaginar una escena propia de una mala película de terror, metiendo mis brazos en las cuencas vacías para rescatar los ojos de esos hondos aljibes.

     ¿Leticia estaba loca o era verdad lo que decía ver? Ese es, al fin de cuentas, el tema principal de esta larga narración. Ya mucho tiempo después, me dije que su don no era única y completamente ver el futuro, sino ver lo que los demás no podemos ver, imágenes que podrían haber sido el pasado o ser el futuro, pero que están latentes en el presente. Ése es el material con el que las personas como Leticia trabajan, solamente en el presente está todo, porque es lo único que existe, y ni siquiera puede ser palpado o atrapado.

     ¿Cuánto dura un instante?

     Había empezado febrero. La familia ya se había ido, sólo quedaba la tía Eriberta con sus eternas protestas y Méndez, que daba vueltas por el parque con sus tijeras de podar y las pisadas duras de sus botas sobre las hojas secas. Renato y yo éramos huéspedes transitorios que molestaban la obsesión de propiedad de la tía. Sé que hablaba diariamente con el abuelo Martins, informándole de los pormenores de la casa, bajando la voz cuando hablaba de nosotros. El teléfono, durante esos días, no dejaba de sonar o de ser utilizado, tanto por ella como por Renato, que hablaba con Sebastiano todas las noches. La tía pasaba por al lado y echaba una mirada desaprobadora, pensando en la cuenta del teléfono, lo que sin duda era nada más que una excusa para su mezquindad natural.

     Una noche, al terminar de hablar, Renato fue a saludarnos antes de irse a dormir. Volvía de hablar con Farías, y se notaba preocupado.

     - ¿Pasó algo con mamá?

     -Nada, Ceci, todo va viento en popa sobre eso.

     - ¿Entonces qué te pasa?

     -Sebastiano se escuchaba mal, como cansado. Hasta creí, o me pareció, que estaba por ponerse a llorar. Son esos nudos que se forman en la garganta, ¿viste?   

     -Sí, papá, entiendo.

     Renato se sacó los anteojos y me observó con esos ojos azules que parecían encresparse como olas de dos mares embravecidos de furia cuando se sentía impotente ante lo que perturbaba la tranquilidad de su mundo. En ese momento no era mi padre adoptivo, sino el esposo de mi madre, y quise abrazarlo y mecer su cabeza sobre mi pecho para darle el permiso de llorar. Sin embargo, ni él ni yo teníamos el permiso de hacer lo que deseábamos.

 

 

 

6

 

 

En julio, todo parecía haber vuelto a la normalidad, si es que a eso puedo llamar al endeble estado de entreguerras civiles. El gobierno de Onganía sobrevivía a expensas de su propia impotencia por medio de la arrogancia. Algunos decían que Perón volvería al poder muy pronto, ya se venía preparando el ambiente político para su regreso. Mientras tanto las revueltas continuaban en las universidades, y los gremios y sindicatos se pelaban unos contra otros.

      Los obreros de La Cantábrica seguían trabajando y no daban de qué hablar. Nadie los conocía, y ellos no hablaban a la prensa. ¿Quiénes eran?, vociferaban las letras mudas de algunos panfletos de izquierda que nunca podían ser destruidos del todo, siempre aparecían en alguna esquina, por más que horas más tarde amaneciesen todos quemados en un 12CV también carbonizado. De los cadáveres no se hablaba, nunca existieron para las versiones oficiales de los acontecimientos de ese verano. Éstas decían que los participantes de la revuelta habían sido reincorporados, y pocos otros despedidos, sin saber nadie el paradero. Pero todos sabían que no eran los mismos hombres, y el número sesenta y uno fue tomando un cariz de propaganda subversiva, a la vez que se teñía con un estrafalario color quinielero: el 61 era “la escopeta”. Así, ambos caracteres se acoplaban ingeniosamente, lo popular se aunaba con lo rebelde. Eso era lo que al gobierno le desagradaba.

     Farías había estado ausente durante febrero, por vacaciones les había dicho a mis padres. Mamá había sido liberada el 14 de febrero. Su legajo estaba limpio, dijo Farías, y le había costado mucho deshacerse de esas carpetas. Lamentablemente, los hombres que se acordaban de ella todavía estaban en el poder, y contra eso no podía hacer nada. Ella le agradeció todo el esfuerzo, por supuesto, en realidad no tenía palabras que ofrecerle más que las mismas de siempre. Habría querido abrazarlo, probablemente, pero a pesar de todo, seguían en diferentes lados de un mismo sistema. Cuando se encontraban, surgía un inevitable chispazo de conflictos ideológicos; sin embargo, ella, la guerrera, condescendía, y él, el intelectual, se acomodaba. Ambos inteligentes para sobrevivir a una guerra que nunca iba a terminar. Eso era el gobierno argentino, fuese quien fuese el que ejercía el poder temporalmente, un terreno de guerra donde la estupidez mandaba y la estulticia era ley.

      -La ley es un anacronismo -le dijo una vez a mamá, poco después de que ella regresó a casa. - Levantamos caudillos y tiramos abajo las paredes de la ley.

     -Y construimos autopistas…

     -Sí, son imponentes, y lo mejor es que nadie ve dónde terminan, puede ser a mil kilómetros o a dos cuadras, cuando unen desiertos.

      -Usted, amigo mío, querido amigo-le dijo, apretándole las manos con las suyas, agradecidas-. Usted no dice eso en sus discursos.

      Él se rio.

     -Claro que no, ¿o me quiere muerto? ¿Cree que no saben de mis visitas a esta casa? Me lo toleran porque soy un sepulcro. Tengo una familia que me protege, pero que también me obliga. A veces….

      -A veces desearía aniquilarse, ¿no es cierto?

      Fue la primera vez que escuché a mamá hablar de algo parecido al suicidio. Ella, que era tan fuerte, también sabía de lo fútil de su constante pelea.

      Luego, Sebastiano Farías desapareció de nuestras vidas por unos meses. Lo escuchábamos por radio en sus discursos, leíamos noticias sobre él, muy esporádicamente. En mayo se empezó a hablar de que estaba al frente de una comisión encargada por el gobierno para poner en orden varias revueltas estudiantiles y de obreros. Apareció en las noticias de la televisión, mezclado con muchos colaboradores de civil y rodeado por otros tantos soldados que lo custodiaban cuando entraba en las fábricas hostiles. De vez en cuando llamaba por teléfono, porque no quería que Renato ni mamá lo llamaran, por si las líneas estaban vigiladas. Él estaba más allá del bien y del mal, como le gustaba decir. “Me muevo cómodo tanto en el cielo como en el infierno”, esa frase se quedó grabada en mi memoria, dicha un día cualquiera de aquel verano funesto. Y en esas llamadas él hablaba en códigos que Renato me develó mucho más tarde. Usaban palabras coloquiales y domésticas que sin embargo se referían a personas del gobierno o a hechos determinados.

     Un día de junio, el 20, creo, cuando yo había vuelto del acto escolar, encontré a Renato parado al lado del teléfono colgado. Le pregunté qué pasaba. No me hizo caso, pero respondió a la misma pregunta de mamá. Contestó en voz alta, como ensimismado a la vez.

      -Se metió a revolver el tema de La Cantábrica.   

      Hizo una pausa.

      -Es demasiado tentador para él tener esos archivos tan cerca y no espiarlos, ¿no te parece?”. Eso me dijo.

      -No te preocupes, es un camaleón…-dijo mamá.

      No puse evitar reírme, imaginando a un camaleón erguido en su cola, de la altura del doctor Farías, de traje y fumando, como en una película de Disney (el Disney antes de prostituirse). Me miraron.

     -Creo que te equivocás-dijo Renato. -Sebastiano es como una cucaracha. Se mete en los peores lugares y siempre sale indemne.

 

     El feriado nueve de julio tocaron el timbre a medianoche. Escuché las pantuflas de mamá en el piso del comedor y el rechinar de la puerta, tan poco discreto. Enseguida, el ruido de los goznes al cerrar y el gemido de un hombre y el grito apagado de mi madre. Me levanté y corrí, ya estaba Renato con ellos. Sebastiano estaba abrazado a ella, pero después me di cuenta de que en realidad lo sostenía para que no se cayera. Entre ambos lo sentaron en el sofá, le levantaron las piernas y le preguntaron una y otra vez qué le había pasado.

     Tenía uno de sus trajes habituales, pero con los codos rotos, el chaleco abierto y sin corbata. Mamá le sacó los zapatos llenos de barro, y entonces me di cuenta del olor. No era solamente barro, sino mierda, y todo su cuerpo estaba manchado de eso y otras cosas. Un olor a cosas podridas, largamente hechas pedazos y comidas por las ratas, y las ratas por los gatos de la avenida Juan B. Justo, que eran los mismos que habitaban las veredas por la noche, y se metían en las casas o los departamentos como si fuesen señores del barrio.

     Renato lo levantó.

     -Yo me encargo, vos prepará algo para que coma. Está tan flaco…-La voz se le quebraba.

     Lo llevó al baño y entrecerró la puerta. Yo escuchaba el ruido de la ducha, y las palabras consoladoras de Renato a los gemidos y lloriqueos de Farías. Los vi claramente por una de las hojas del espejo del botiquín sobre el lavatorio. Farías tenía la cara manchada de mugre y la barba crecida, apenas abría los ojos, y la cabeza se movía en péndulo como si los músculos del cuello no la sostuvieran. Renato le fue sacando la ropa con cuidado, porque sabía el valor que su amigo daba a sus prendas, por más que ya no sirvieran. Sólo alcancé a verlo desnudo de espaldas mientras Renato lo ayudaba a meterse bajo la ducha. No teníamos bañera, así que tuvo que meterse y sujetarlo mientras lo fregaba con una esponja con jabón. En un momento escuché un ruido fuerte, ambos se habían caído. Pregunté si estaban bien. Sí, me contestó Renato, y me pidió que buscara toallas y las dejara en el piso junto a la puerta.

      Un rato después, ambos salían. Farías con una bata de Renato, y éste con el piyama mojado. Fueron al cuarto que servía de escritorio y lo acostó en el sillón que también servía de cama a veces. Mamá trajo una sopa cuyo olor no pudo vencer la putrefacción que había invadido la casa. El olor estaba aún en los zapatos y la ropa, en el piso con las huellas de las medias sucias, en la tela del sofá del comedor. Era el mismo aroma que yo sentiría a lo largo de los años cada vez que me sentara, sintiendo vergüenza de que los invitaron olieran lo mismo. Pero no lo hacían, o fingían no sentirlo. Mamá le daba la sopa en cucharas, y Renato le frotaba la espalda para hacerlo entrar en calor. Era julio, como dije, y la estufa calentaba sólo un par de metros cuadrados, y no teníamos más que una para el dormitorio. Farías templaba, pero poco a poco la sopa hizo su efecto.

     -Le puse un calmante fuerte-dijo mamá, en voz baja.

     Cuando se durmió, ellos se fueron a acostar. Yo los seguí, pero me quedé pensando en mi cama, en la oscuridad. El olor de las cloacas era fuerte, y nunca había imaginado que lo fuera tanto simplemente porque sólo olía el que salía por las alcantarillas del baño o de la calle. Otra cosa era estar en medio de las cloacas. Eso es lo que había hecho Farías, no había otra explicación. Había bajado, tal vez, a los túneles del Maldonado, ¿para qué? Recordé a Leticia, acostada en el adoquinado y mirando la boca oscura del desagüe en el cordón de la vereda. Había olido exactamente lo que yo percibía ahora, con toda la intensidad que en ese momento nosotros no sentíamos, tal vez porque ni siquiera estaba todavía.

     El único que le había creído fue el doctor Farías, el leguleyo que leía poesía y fantaseaba con tragedias no ocurridas, el que mientras hablaba de la realidad, también la construía a su antojo. Era semejante a un arquitecto capaz de construir un teatro de ópera, pero que había sido contratado para diseñar las villas miserias que poblarían el país.

     Por debajo del canto, el chapoteo del barro.

     Necesitaba verlo de nuevo, saber si necesitaba algo. Algo del enamoramiento de Leticia se me había pegado. Ella ya se había olvidado, encerrada en su casa de Haedo, planeando lo que mucho más adelante haría: irse a la casa de la costa, despojarse de todo y expiar las culpas, (¿las suyas?, ¿las de sus padres?). Yo había desplazado mi extraño anhelo de Renato a este hombre capaz de meterse en el infierno con tal de comprobar lo que una nena de doce años le había dicho que encontraría por debajo de las calles, muchos meses antes.

     Fui hasta el cuarto y vi su sombra en la oscuridad. Encendí el velador, lúgubre como todas las lamparitas que teníamos en casa para gastar poca electricidad. Seguía dormido. Tenía los labios hinchados y lastimados. La bata abierta mostraba el pecho hirsuto de pelo claro. No tenía calzoncillos, claro, pero no miré lo que no tenía que mirar, o quizá lo hubiese hecho de no llamarme la atención otra cosa. El abdomen de Sebastiano Farías estaba lleno de cicatrices. ¿Operaciones? Me acerqué. No eran cicatrices, sino heridas abiertas. Me dije que se las habría hecho esa noche, en donde hubiese estado, hasta quizá fuesen mordeduras de ratas. Pero eran largas y limpias, y los bordes estaban engrosados como luego de mucho tiempo de no haber sido cerradas. Entonces vi que algo se movía en el fondo de las heridas. No era sangre ni secreciones infectadas. Yo las conocía muy bien luego de haber curado tantas veces a papá Tejada.

     Eran los intestinos debajo de una capa transparente llena de redes de venas. Los intestinos, que se movían como víboras inquietas.

 

 

 

7

 

 

Farías se quedó en casa toda la semana, la mayor parte del tiempo acostado. No leía, sólo fumaba un cigarrillo tras otro y miraba la televisión, únicamente noticieros, levantándose continuamente para cambiar el dial, buscando el canal que anunciara algo en especial. El escritorio permanecía con las ventanas y las persianas cerradas porque decía que la luz lo lastimaba. Seguía con la misma bata, que ni siquiera se cerraba cuando salía del cuarto e iba al baño al fondo del pasillo. Las vacaciones de invierno habían terminado, y mamá y Renato habían retomado sus respectivos turnos, así que no estaban en casi todo el día. Yo volvía de la escuela, ventilaba un poco los cuartos llenos de humo, abriendo las ventanas, y luego preparaba el almuerzo para él y para mí. Entonces se levantaba, se ataba la bata y se sentaba a comer a la mesa. Era la única consideración hacia nosotros en esos días, y lo hacía solamente por mí, según dijo. Yo lo veía cortar la carne con el tenedor, como un viejo perdido en la senilidad, y me daba tanta lástima el verlo así cambiado. Me pregunté si volvería a ser el de antes.

      Esa noche mamá y Renato discutieron. Ella sabía la deuda en la que estaba con Farías, pero la dejadez en la que estaba no era buena para mí, según dijo. Yo habría querido intervenir, pero habría sido levantar la voz y discutir. Renato asentía, pero es mi amigo, decía, el único que tengo, en realidad. Yo supe que esa noche terminaría toda aquella lacrimosa pasión en la que Farías parecía regodearse.

     A las doce, más o menos, escuché a Renato entrar al escritorio, luego el ruido de la trasmisión intermitente de la televisión y el abrupto “clic” de la perilla al apagarlo. Sin duda, hablarían.

     Me levanté, automáticamente, como si fuese algo obvio mi presencia en ese cuarto. Al fin de cuentas yo lo había cuidado durante la mayor parte del día de toda aquella semana. Cuando fui a golpear la puerta, entreabierta, me detuve. Los dos hombres estaban sentados en el sofá. Farías aún recostado, pero con los pies en el suelo, y Renato sin apoyarse en el respaldo. Yo había cumplido trece años, ¿era una nena o una mujer? Sin saber con exactitud, supe con certeza que mi lugar no estaba en ser testigo de su conversación. Sin embargo, necesitaba escuchar, y las primeras palabras que Farías pronunció se convirtieron en garras de curiosidad que lentamente fueron construyendo mi pertenencia a esos hechos. Hay lugares donde nunca hemos estado, y los recordamos, hay eventos que nunca presenciamos, pero existe el deja vu implacable. Hay, también cosas que nunca nos serán extrañas, cosas del pasado o del presente que aparentemente no nos pertenecen, pero que de pronto, en un determinado e incierto día, son la esencia de nuestra vida. ¿Cómo es que transforman de esa manera su filiación? Un día son de otro, no nos conmueven, no apesadumbran. Luego, son nuestras, las hemos vivido y sentido, y constituyen, inesperadamente, la arquitectura de nuestra memoria.

      Lo que empecé a escuchar fue eso, y todo comenzó con la mención de un nombre que para mí no significaba nada.

      -Me tienen, fichado, Renato. Desde hace meses, años tal vez. Ya lo sabés, este ir y venir de tu casa puso la gota que rebalsó el vaso. Por eso me nombraron presidente de la comisión, y todo fue idea del coronel Ansaldi, ése de La Plata, un hijo de puta que serruchó el piso de muchos de sus amigos para ascender a coronel a los veintiocho años, para figurar en los anales del ejército sin ninguna duda. Me querían seguro, agarrado de las pelotas, ahogándome de dolor si podían, mucho mejor. Al principio todo era muy lindo y muy correcto, estadísticas, nombres de fábricas y empleados, todo un archivo al que recurrir como futuras listas negras. Todo un despilfarro burocrático y nada más. Pero yo los conozco desde siempre, pronto aparecerían los chanchullos, económicos, por supuesto, arreglos con los dueños de las fábricas y los gremialistas. Gobierno, empresas y sindicatos, lindo trío del que nunca se cansará nadie que tenga la más mínima imaginación.

     Farías se levantó, fue a buscar el encendedor de plata en el escritorio, no lo encontró ni palpando la superficie con las manos en la semi penumbra de la luz del velador. Volvió al sofá, suspiró, agotado, y finalmente lo halló en el bolsillo de la bata.

      -En ese trabajo de ratón de biblioteca, encontré el archivo con el informe sobre La Cantábrica, el oficial, por supuesto. En resumen, todo el procedimiento había sido completamente reglamentario, tanto la intervención del gobierno como el modo en que se reincorporaron los obreros rebeldes. No hubo muertos, sí hubo disparos de advertencia, cuando algunos amotinados parecieron resistirse, pero a la vista de las mujeres y los hijos, habían cedido. ¿Qué fue, entonces, lo que nosotros vimos desde la casa de Haedo?

      -Vos sabés lo que vimos.

      - ¿Estás seguro?

      -A veces los ojos mienten, Sebastiano, pero yo tengo todavía la sensación de los cuerpos en la planta de los pies, mientras caminaba sobre ellos.

      -Una sensación privilegiada, honorífica, digna de un soldado, como en los memorables campos de batalla. Pero yo soy abogado, miembro de la cámara de diputados en representación del partido del gobierno, por más que todo eso sea fachada y maquillage. Les soy demasiado útil, o lo era, así que necesitaban garantizar mi lealtad. En realidad, lo hacen con todos. No hay colaborador del que no se dude. Todos tienen sus sobornos, unos de guita, otros de secretos. En fin, ahí estaba ese informe que yo no necesitaba realizar durante meses de investigación y entrevistas, ni siquiera redactar. Ya estaba hecho, listo para firmar y dar libre camino a los archivos oficiales de la Nación. Hasta que yo no firmara, no era más que un borrador, lo mismo que mi vida. Lo vi claramente esa tarde a las dos, después de almorzar en la Confitería del Molino. Pedí que me dejaran solo en mi despacho. Estuve hasta las cinco…no, hasta las siete, porque ya había oscurecido. Miré la Plaza desde mi ventana, la fuente y el monumento a los Dos Congresos. Dirás que fue un rasgo de sentimentalismo incongruente con mi forma de ser. Es verdad, pero cuando de la vida se trata, todo es rosa o es negro.

     Sebastiano apoyó la mano en una rodilla de Renato.

     -Querido amigo, vos sos el único que nunca me pidió nada, por eso te entregué todo.

     - ¿Qué querés decir? No digás pavadas…

     Renato sabía, por supuesto, pero aborrecía el sentimentalismo. No era únicamente la vida de Farías la que estaba en juego.

      -Firmé, y te cuento cómo fue: parado frente a la ventana, mirando a esa mujer de mármol alta y resistente a todos los elementos en la plaza. Estampé mi firma sin mirar la hoja, como tantas veces, pero ahora mi mente miraba el horizonte mientras mi mano se ocupaba de revolver el barro.

      A las siete y pico salí y me fui caminando por Combate de los Pozos. El frío me hacía bien porque me castigaba. Me bajé el cuello del sobretodo y sentí el fresco de la noche creciente. Había dejado el auto cerca del Congreso, pero yo quería caminar. Llegué a Rivadavia y seguí por la vereda impar, mirando las vidrieras y los colectivos que levantaban gente que volvía a sus casas. Agarré Díaz Vélez y San Martín, hasta Juan B. Justo. Eran ya las nueve y pico de la noche. Me senté a la mesa de un bar y pedí uno de lomo y un vaso de vino. Cualquiera, como ves, no me importaba nada. No hice más que recordar la tarde del funeral, y a esa nena huérfana que lloriqueaba con el desconsuelo más atroz que vi en mi vida. No lloraba por los padres, esa era la cuestión, lo que yo no entendía o no quería entender porque desvencijaba los últimos cuartos ordenados de mi mente. Lloraba por esos hombres asesinados, que todavía no existían, o que estaban siendo llevados a la muerte durante esa misma tarde o después, quién sabe. Ese día me dije que Leticia era una desquiciada, ¿pero yo no lo era haciendo ese trayecto por avenidas y calles muchos meses después? Porque debí reconocer que esa larga caminata era para desafiar ingenuamente algo que yo no podía combatir. Ya que tuve que firmar, quería por lo menos permitirme el gesto quijotesco de corroborar la verdad, y si no lo era, Dios se apiadase de mi alma perjura y de mi mente desquiciada. Pero esta última posibilidad era un sueño construido sobre un sueño que no deja más que polvo de pirita, un día brilla y al siguiente es nada más que tierra apelmazada.

     Acostumbrado, entonces, a la decepción, retomé el camino por Juan B. Justo, con lentitud deliberada, mirando los colectivos con pocos pasajeros, los perros rompiendo las bolsas de basura en las esquinas, los carteles de los negocios cerrados. Acá una ferretería, allá una mueblería, y de tanto un tanto un kiosco de cigarrillos y caramelos cuyo dueño exhumaba su hastío con bostezos y cara de crápula.

     Llegué a Warnes, donde sabía la existencia de una entrada a los túneles del Maldonado. Era como la boca de un subte que nadie usaba más que los empleados de Aguas Sanitarias, y eso muy de vez en cuando. Bajé la escalera llena de mierda y orina de los pordioseros que dormían allí. Hoy no había ninguno. La reja estaba cerrada con un pasador asegurado con varias vueltas de cadena, pero no había ningún candado. La cadena sonó entre los bastidores de la calle, oculta por los autos y los camiones, lo mismo que el rechinar de la reja oxidada. Dentro, lo primero que vi fue la oscuridad que se fue diluyendo en una penumbra cuya claridad nacía de a poco, a medida que las cosas aparecían. Pero lo primero de todo fue el olor de las aguas sucias, y el rumor de la corriente lenta y constante sobre el cauce de concreto. Las columnas a ambos lados del entubado parecían formaban largas filas llenas de moho y excrecencias de todos colores. Había lámparas muy débiles en el techo, de tanto en tanto, pero la luminosidad principal venía por las alcantarillas. Por todos lados me tropecé con basura traída por las lluvias, neumáticos, cables de teléfono o de luz ya en desuso tirados y formando círculos concéntricos que yo debía saltar para no caerme. Sólo me faltaba Virgilio, me dije, para guiar a este Dante criollo por los nuevos círculos del infierno.

     Fueron muchas cuadras, tal vez tantas como las que se necesita para llegar al sitio donde los cuches fúnebres se detuvieron aquella tarde. Pero no podía estar seguro, por supuesto. Alla abajo todo es muy diferente, el tiempo no existe o transcurre tan lentamente que parece imperceptible, porque lo que le otorga verosimilitud a su paso son el espacio y sus cambios. Allá abajo, sin embargo, todo era igual, o por lo menos una repetición constante de una misma escenografía. ¿Una obra de teatro, quizá, donde todos los actos transcurren en el mismo sitio? Si así fuese, no sería extraño que también los personajes y los diálogos fuesen iguales, con las mínimas variaciones de palabras o de gestos para asegurar que la repetición no es un automatismo impersonal, sino la deliberada y exasperante monotonía de una mente tortuosa. La misma exasperación que puede llevar al suicido.

     Pero esta palabra fue con jurada por la realidad.

     Había una montaña oscura que ocupaba todo el espacio entre el cauce del arroyo, la pared y el techo, tapaba las columnas y tendía a obstruir parte de la corriente. Y ese era el aroma del que Leticia había hablado, no podía tratarse de otro. Algo tan podrido y tan obsceno al mismo tiempo que había afectado tanto su cuerpo como su sensibilidad.

     Lo nauseabundo unido a lo acre.

     No tengo manera de definirlo para que puedas entenderlo, Renato, siquiera acercarte a la mínima distancia de lo que es ess olor.

     -Lo trajiste con vos, Sebastiano.

     -Una parte, sí, pero solamente una exquisita muestra como en un frasquito con algún ejemplar de Dior.  En fin, era una montaña con mantos de cuero que intentaban ocultarla, aumentando la humedad que fue consumiendo y a la vez retardando la descomposición de todos esos cadáveres. No los conté, no pude hacerlo, aunque quise intentarlo, pero todos estaban tan podridos que la carne y la piel de cada uno se había convertido en una masa putrefacta que se mezclaba con la de los demás. Era como si sus cuerpos estuviesen unidos en la muerte de una manera en la que nunca pudieron estarlo en vida. Curioso, ¿no? Patético, ¿no?

      - ¿Querés decir…? ¡Pero qué te pregunto!

      -Preguntá nomás, preguntá, pero que no sea algo a lo que ya conocés la respuesta. Para hablar al cohete, ya hay muchos, allá en el gobierno, y en las cámaras representativas, y en los tribunales. Y en ese monstruo de millones de lenguas que se llama radio, y en esa otra, subrepticia como una sombra que introduce la maravillosa caja de imágenes en cada habitación humana, y que apagaste al entrar. La sombra luminosa que oculta lo mismo que ilumina, porque es demasiado torpe, demasiado estúpida, gorda inconmovible que no se mueve de su rincón, y que siempre espera que vuelvan a ella, porque siempre volvemos.

      Eran los muertos de Leticia. Los muertos del Maldonado. Tantos, que cuando la corriente del arroyo crecía era inevitable que subiera hasta el borde y arrastrara unos cuantos hacia el río. Por eso el olor que a veces invadía Buenos Aires. Porque no puedo creer que fuesen únicamente los sesenta y un obreros de la fábrica, sino muchos de los otros que ese verano salieron de la capital hacia la provincia para manifestar y protestar. Los que no volvieron ni fueron apresados.

     - ¿Y vos creés que Leticia ya lo sabía?

     -Por supuesto, y mucho más que eso. ¿Pero cómo una nena como ella, aún con ese don, podía expresar toda la inmensidad de la tragedia? Ella veía el futuro, pero sólo podía mostrar, explicar, una pequeña parte. El resto lo explicitó su cuerpo, claramente, con el vómito y la enfermedad. Y ni siquiera, imagino, fue suficiente. ¿Vos te pensás que cuando un sistema aplica esos métodos es para unos pocos, unos cuantos, y se acabó? Lo que sirve una vez, sirve siempre, y jamás se termina. Los números sin infinitos, ¿no es cierto, maestro de escuela, profesor egresado del Carlos Pellegrini, benemérita medalla de honor de su promoción?

       ¿Por qué hería a su amigo?, me pregunté. No lo hacía, en realidad, apelaba simplemente al sarcasmo habitual, pero esta vez sonaba como una cuchillada de reproche. Renato así lo entendió.

      -Nadie te lo pidió…

      -Así es, nadie más que yo y mi estupidez, y mi ego, también. Jugar a dos manos es lo más parecido a sentirse realmente poderoso. Los que detentan el poder, son arbitrarios, la duda los carcome y la arbitrariedad los destruye. Nosotros, en cambio, somos árbitros. ¿Cuántas veces habrás puteado a un árbitro de fútbol? Sí, ya sé que no te gusta, que te parece una estupidez que once tipos persigan una pelota durante casi dos horas y se maten por eso. Pero pensálo un poco, ¿qué son entonces los partidos políticos? Un puñado de jugadores que persiguen la pelota para quedársela.

     Hizo silencio, por lo menos fue lo que escuché desde el pasillo en la oscuridad, sentada en el piso, abrazándome a mis rodillas y escondiendo la cara entre ellas, pero con los oídos atentos.

     - ¿Y qué hiciste? -preguntó Renato.

     - ¡Y qué querés que hiciera? No me puse a llorar ni emití alaridos como en una película de terror. Me limité a acercarme tapándome la nariz con un brazo, y con el otro destapar un poco los cueros. Vi cráneos, manos, piernas, asomándose como pordioseros pidiendo limosna. Entonces alguien me habló: “¿Qué hace acá?”. Me di vuelta y era el jardinero de los Martins, y el chofer del coche fúnebre, ¿te acordás? Oscar Méndez, se llama. Se me quedó grabado cuando vi ese cruce de miradas entre Leticia y él en la calle. Un mal tipo, una bestia para quien quisiera utilizarla, un hijo de puta de los más estrafalario que vi en mi vida. Es de esos que vos podés decir que no tiene alma, porque corazón… ¡qué! ... una víscera nada más que les hacer circular la sangre obscena que llevan dentro. “¿Qué hace usted acá, Méndez?”, le retruqué. Se encogió de hombros. “Trabajando, doctor, ¿qué le parece?, de sereno en el Maldonado, ida y vuelta por en medio de la mierda, pero de vez en cuando uno se encuentra una joya, como usted doctor, con esa pilcha tan pituca, aunque ahora, la verdad, se le ha ensuciado un poco”.

      No iba a contestarle, miré hacia la reja y la escalera de salida, lejos, lejos ahora. Emprendí el camino, pero me detuvo. “No puedo dejarlo salir, doctor”. Me desprendí de las manos que me agarraron. Volvió a sujetarme. “No sea pelotudo, doctor, usted mejor que nadie…” “Soltáme”, le dije, pero me hizo una zancadilla y me tiró al suelo, con la cara contra el piso lleno de mierda. Esperé un momento para recuperarme de la sorpresa, y yo confiaba en que no aguardaba ninguna nueva resistencia de mi parte. Por eso me di vuelta cuando me aflojó, y lo nockeé. Salí corriendo hacia la única dirección que podía, la montaña de los muertos. Dios mío, me dije, cuando me encontré que no podía seguir avanzando a menos que me tirara al agua. Recuperé, una vez más, la estupidez del sentido común que no se lleva bien con la realidad. No me voy a escapar de ese tipo, de ese animal, me dije. No tuve tiempo de enfrentarlo, ya me había empujado al suelo y me restregaba la cara contra los huesos de los cadáveres. Sentí todo el peso de Méndez encima. Me iba a matar, estaba seguro. Me había agarrado nuevamente tan de sorpresa que ya no tuve fuerza de moverme. Sus piernas estaban sobre las mías, sus manos apretándome los brazos contra el suelo. Era fuerte, ya lo sabía. Más fornido que yo, más entrenado en todo tipo de trabajo. Sus brazos eran como columnas y mi cuerpo estaba atrapado. Pero no imaginé, te juro por Dios y por lo que más quieras, por Ceci te lo juro, Renato…

     Su voz se hundió de pronto, justo cuando pronunció mi nombre.  Escuché su respiración agitada, intentando retomar el relato, pero era como cuando se nos forma un nudo en la garganta y nos cuesta continuar.

     -No imaginé lo que iba a pasar, lo que hizo…

     -Pero Sebastiano, por favor, tranquilizáte. - Renato decía tonterías, y se daba cuenta, pero ¿qué decir cuando no sabemos qué decir, y más cuando la opción del silencio roza, sin querer, la indiferencia?

     -Me sometió, Renato.

     Sebastiano Farías lloraba con sollozos quedos, tapados por sus manos sobre la cara. Sus hombros se movían, agitados, y la espalda era una tierra conmovida por una catástrofe.

      Me asomé un poco. Farías estaba abrazado a Renato, que lo mecía como a un chico, acariciándole la cabeza, palmeándole la espalda.

      No hablaron más esa noche. Me quedé esperando a que alguno se moviera para irme a la cama, pero se quedaron en el sillón, tal como estaban, hasta que amaneció. Pero antes de eso, en medio del silencio, vi la sombra de mamá en la puerta del baño. Sabía que yo había escuchado todo, lo mismo que ella. No podía retarme, por supuesto. Éramos cómplices.

 

      Mucho después fui armando cabos de lo que sucedió más tarde. Méndez lo dejó tirado ahí, porque no tenía más plan que la que su propia bestialidad le dictaba. Desapareció, a lo mejor viviendo en esos túneles en donde a nadie le interesaba buscar, y sobre todo cuando poco tiempo después comenzó a extenderse la red de subterráneos, que de un modo u otro tenía conexiones por el reducto bajo la Juan B. Justo. Podía estar escondido como un vagabundo, como podía estar trabajando como un obrero más en las obras de los nuevos túneles.

     Sebastiano se levantó varias horas después, probablemente. Caminó apoyado en las paredes hasta la reja de salida. Ya era de día, había mucha gente en la calle que podía ayudarlo, pero él tenía vergüenza de su aspecto. Sucio, herido y humillado. Se quedó todo el día donde estaba, sin comer ni tomar nada. El tránsito fue muriendo al mismo tiempo que la noche regresaba. Entonces salió y caminó hacia nuestra casa, y tocó el timbre. Era un cuerpo, nada más, cuando mamá lo vio en la puerta, apoyándose en el marco. Lentamente, con los días, fue recuperando una cierta dignidad. Así la llamaba él, cuando el domingo se despidió de nosotros, bien vestido con el traje que Renato había ido a buscar al departamento de Palermo, y el olor ya no se sentía tanto con el perfume que acostumbraba a usar. Aun así, no podía evitar hacer un leve gesto pronto detenido por su bien aprendida urbanidad, de oler el aire a su alrededor. Me dio un beso cariñoso en la mejilla, abrazó a mi madre, o más bien ella lo abrazó tanto que no parecía querer soltarlo. Luego, ya con la puerta abierta, abrazó a Renato un largo rato. Se murmuraron algo mutuamente al oído, se dieron palmadas que sonaron como golpes de ira y de amor. Los anteojos de Renato se torcieron, y se los sacó. Mientras los limpiaba, ya no pudo ver bien al amigo que se iba por la calle de Barracas, por última vez.

    

     Comenzó la nueva década, o más bien estábamos a sus puertas. Nuevas revoluciones a la vista, pobreza y descalabro económico, lo de siempre. Lo nuevo para nosotros era conocer las noticias que se daban del doctor Farías. En agosto había renunciado a su banca de diputado, se decía que se retiraba para dedicarse a su bufete. Defendió a un par de hombres acusados de asesinatos privados, que perdió muy fácilmente, tanto que fue como si colaborara con el fiscal. Después de eso, renunció también al bufete. Tenía mucha plata, por supuesto. La casona en Palermo no era grande en realidad, pero sí para aun hombre solo. De fachada angosta y señorial, rodeada de árboles, era como una casa quinta estrecha donde podría haber vivido tranquilamente una vieja duquesa venida a menos. Casi no salía, sólo cenaba los sábados a la noche con unos pocos amigos de la Cámara en el restaurante del Palacio Barolo en Avenida de Mayo. Luego regresaba caminando a su casa, ya no usaba el auto, no temía a los asaltos.  Quien lo veía, contemplaba a un hombre prematuramente encorvado, fumando cigarrillo tras cigarrillo a lo largo de las calles, subiendo y bajando cordones sanos o rotos, deteniéndose de tanto en tanto ante algún bar para ver a los pequeños hombres de los que él tanto había hablado en sus discursos. ¿Había valido la pena? Sin responderse, seguía caminando.

     Un día, a fines de diciembre, entre Noche Buena y Año Nuevo, salió de su casa. Era martes, probablemente, último día laboral antes del feriado. Llevaba en una canasta al gato que era su único compañero en la casa. Era viejo ya, y lo llevó al veterinario que lo conocía desde hacía muchos años. Pagó la cuenta y salió, sin ver cómo lo dormían.

      Esperó un rato el colectivo, y tuvo que preguntar a una señora en el extremo de la fila si era el que lo llevaría al Hotel Castelar. La mujer se le quedó mirando, como ofendida. Habría interpretado mal. Pidió perdón. Incongruencias como esas suelen abundar en los espíritus que de pronto cambian de usos y costumbres, y la desubicación se hace la norma.

     Llegó a media tarde. Recién se abriría la sauna del Hotel Castelar en Avenida de Mayo, donde iba todos los martes, donde hablaba y cerraba acuerdos, donde se peleaba y se reanudaban alianzas. Era, también, el día en que iba el coronel Ansaldi.

     En el vestuario se desnudó y se colocó una toalla alrededor de la cintura, y otra envolviendo el brazo izquierdo. Entró al sauna seco. Estaba vacío, aún, era temprano. Los políticos y hombres de negocios iban después de la seis o siete de la tarde.

     Pero el coronel Ansaldi iba más temprano, ya lo había cruzado otras veces, muchas de las cuales conformaron el acuerdo de ese año. Al coronel no le gustaba estar rodeado de mucha gente, para eso ya tenía sus oficinas en el Edificio Libertador.

     Farías aguardó una hora, tal vez. Entonces lo vio entrar. Se saludaron con un gesto de la cabeza. El coronel, no demasiado alto pero musculoso e hirsuto, tenía un bigote que transpiraba más que el resto de su cuerpo. Era gracioso verlo sudar como lluvia que cayera de un alero. Pero no se podían reír de él. El coronel permanecía serio mientras se secaba una y otra vez el sudor.

      Ambos se observaron en silencio, cada uno sabiendo lo que había pasado en esos meses. Sebastiano se levantó y se le puso enfrente. Ansaldi lo miró primero con curiosidad, después con sorna, y dijo:

     - ¿Me está buscando, doctor?

     Entonces Farías dejó caer la toalla que cubría su mano izquierda, y le descerrajó un tiro a quemarropa en el pecho. Casi no se escuchó nada, pero no podía arriesgarse a que alguien entrara. Se metió el cañón del revólver en la boca y disparó.





Ilustración: Gerard Sekoto

    

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Los muertos del Maldonado

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