viernes, 7 de octubre de 2016

EL ROSTRO DE LOS MONOS




APUNTES SOBRE El rostro de los monos


El lector de novelas tiene paciencia, es condescendiente con el camino largo, espera la epifanía como quien bebe a sorbos espaciados un café, va recorriendo un laberinto lleno de vericuetos con mayor o menor grado de afinidad. El lector de poesía penetra los textos, se detiene en un pronombre, se deja conmover por una palabra, una línea, una imagen. Es factible y hasta esperable que el lector de poemas y el de novelas sienta empatía con una obra apenas la saben creada por un autor. Un personaje, una voz, un lenguaje, actúan como puentes de un encuentro incondicional, parecido al amor pasión o al amor materno.
El lector de cuentos es de otra condición. Es un individuo que no espera, ni deja pasar, ni se enamora con tanta facilidad. No lo endulza la voz, no se zambulle al texto por cualquier puerta. El lector de cuentos piensa más en el singular del cuento que en los cuentos de un libro, mucho menos de un autor. Hace su propia antología, la modifica día a día. Visto de afuera es arbitrario, visto de adentro es riguroso. Si hay amor entre un lector de cuentos y un cuento es un amor condicional, exigente. La empatía con un buen cuento termina cuando acaba el cuento, no se extiende al siguiente. El siguiente es un nuevo inicio, un nuevo universo. Tendrá que valerse por sí mismo.
Y si hay lectores de cuentos con el paladar educado a fuerza de goce lector y entrenamiento, hay también hacedores de cuentos. No me refiero los escritores que, entre otras cosas, producen cuentos, muchos de ellos inolvidables, preciosos; sino a aquellos que antes que escritores son cuentistas: cuentistas natos,  de raza. Gente que tiene incorporado el cuento en el adn. Que escudriña la realidad con mirada cuentística. El cuentista de raza puede merodear otros géneros, pero en su intimidad sabe que se trata de excursiones, de ejercicios, su universo es cuentístico.
Ricardo Curci pertenece a esta raza. Su mirada literaria es siempre cuentística. En cada nuevo texto se plantea el desafío primordial: crear, a partir de contados elementos, un mundo único que tiene su arquitectura particular, sus puntos cardinales, sus propias leyes, sus talismanes.
Entre 1994 y 2005 Curci escribió, simultáneamente, Los Casas, Los seres intermedios y El rostro de los monos. Entre los textos de los tres volúmenes se establecen redes: personajes que vuelven a aparecer, lugares compartidos, atmósferas recurrentes; como si hubiese, además de lo que cada cuento descubre, una trama transcuentística que podemos entrever. En esas alusiones y revisiones alcanza la plenitud el recurso de la intertextualidad, que no es un juego de referencias sino una afirmación del carácter provisorio de los acontecimientos. Nada es definitivo, ni siquiera el pasado, nos dicen las inter-tramas de los relatos.
Pero hay también un hilo invisible que los conecta. En todos ellos algo acecha a uno o a varios personajes. A veces una tragedia se presenta como inminente, el lector siente que en cualquier momento puede desencadenarse.  
Lo notable es la economía con la que Curci constituye un mundo. Son textos esencialmente metonímicos. Cada cuento está construido alrededor de un mínimo de elementos que se cargan de sentido con su presencia apenas delineada. El blanco de los textos, representación de lo que no se dice por imaginable o a veces por inimaginable y hasta por indecible, juega un rol fundamental. Son los espacios en los que el lector conjetura, se involucra, busca desentrañar.
Esos elementos que activan el recorrido del lector pueden ser un objeto, una imagen, un simple gesto. En “El asilo”, por ejemplo, el cementerio inundado expresa un pasado oculto (ocultado) y grave. El mar, en el cuento del mismo título, no es un factor decorativo, ni paisaje, ni decorado: el mar esconde algo ominoso que se irá desvelando en el devenir de la trama. Una obra literaria clásica es un señuelo en “El libro”, el Nocturno de Asunción Silva se conjuga con la noche aciaga en la que se descubren los personajes. “El estuche de la tuba” es un título y un objeto que esconde el horror: donde se espera música se presenta la calamidad. En “La patria del sábado” el oprobio individual es reflejo del que perpetra la guerra de Malvinas referida, como al descuido, por una transmisión radial. En “El colchonero” son los colchones nunca recogidos por clientes ya muertos, los que esconden un secreto terrible, más oscuro que el destino de los propios dueños. En “La memoria” la culpa se materializa en huesos. La cobardía, en “Gloria”, se encierra en una redacción periodística. En “El dibujo” el peor de los crímenes se conjuga con la obsesión de componer un dibujo descomunal y trascendente. La redención que se plantean algunos personajes recorre territorios inverosímiles. La confesión es el talismán que salva al narrador de “La fiesta de cumpleaños”. En “Comentarios para Andrés” los personajes recrean, borgeanamente, la anécdota de Crimen y Castigo. En “El flaco”, el nombre adquiere los atributos de la persona. En “El rostro de los monos”, el encuentro con la verdad no es la mejor noticia. Como artefacto escueto y esencial, cada trama establece una certeza implacable.
Los cuentos de este libro son despojados y contundentes, son inesperados y abrumadoramente lógicos, traman historias oscuras límpidamente, con pulcritud. Son objetos únicos y a su vez vinculados. No permiten una lectura pasatista. Son, para decirlo con un adjetivo preciso, inquietantes.
Algo late detrás de todos ellos. Algo se impone, se quiere desvelar, pero las minuciosas tramas nos llevan sólo hasta las puertas de la otredad. De alguna manera proponen, como aquella novela de Celine, un viaje hacia el fin de la noche que encarnamos en tanto lectores. Hacia allí van, o parece que van los cuentos de este libro.
Porque es sabido que hay que atravesar la oscuridad para encontrar la luz del día.  

Fabián Vique







 DEDICATORIA                                                                   



   Para Amado Renato Giaccaglia
   (1900-1991)





EPIGRAFE


“Hay caras que no son caras, son campos de batalla.”

                                                      Abelardo Castillo





EL MAR



Sé que a mi derecha está el mar, más allá de los médanos y la playa. El mar donde se pierden las luces de mercurio y los faros de los autos. Pero sólo veo la ruta con su línea de rayas blancas, dividiendo al mundo como los cuerpos dividen a los hombres. Eso fue lo que le dije a Jessica ayer.
     -Hace diez años que convivimos, y sin embargo no nos conocemos.
     Me miró igual que siempre lo hacía mientras yo manejaba, sin mover la cabeza, como si me ignorase. Sin responderme, comenzó a protestar por el mismo y viejo tema de cada uno de nuestros viajes.
     -¿Cuándo vas a arreglar el escape de nafta? Sabés que me duele la cabeza.
     Abrió entonces la ventanilla de su lado y luego la de Diego atrás. Mi hijo tenía la nariz pegada al vidrio mientras miraba pasar las dunas.
     -¿Falta mucho?-preguntó él, despegando su naricita del vidrio como un insecto aplastado en el parabrisas.
     -Te enfriaste la nariz- dijo ella, y le sonrió de esa manera especial que guardaba para los hombres pequeños, para los jóvenes. Me había sonreído así alguna vez, diez años antes.
     Jessica se frotó los ojos lastimados por el combustible. Yo sabía cómo la irritaba ese olor en las estaciones de servicio, en los talleres que a mí tanto me atraían. Ella se quedaba encerrada en el auto, con las ventanillas herméticamente clausuradas por su enojo. No me ama, pensaba en esas ocasiones, mirándola desde el borde del foso mientras yo charlaba con el mecánico. Ella se ponía a tocar la bocina para que me apresurara, y me sentía avergonzado como un chico.
     Habría querido matarla en esos momentos. Volver al auto, romper el vidrio y tomarla del cuello, sacudirla hasta obligarla a cambiar ese rostro que no era el de ella, el que yo había conocido alguna vez. Pero entonces me daba cuenta que nada iba a sacarle tal máscara porque era la esencia de su alma.
     Estamos ciegos, todos estamos ciegos y sordos. En la oscuridad reflejada en el parabrisas, en esta noche en que viajo hacia la que me parece la última playa, veo mi cara recortada en el cielo estrellado, y el brillo opaco del pavimento como diminutos diamantes puestos allí para guiarme.
     Deben ser casi las dos de la madrugada. Esta vez viajo solo, o no tan solo, si mejor lo pienso. Si por lo menos ella hubiese sabido cuándo callar. Pero Jessica no conocía el silencio, el mismo que me rodea como una sombra, un tejido de alambres de púa que ella siempre insistió en atravesar, aun sabiendo que iba a lastimarse irremediablemente.
     Las luces crecen con el zumbido de los motores. Los autos pasan y queda el silencio de la ruta, el sonido de mi auto y el rugido del mar a la derecha. El viento entre las dunas, doblando los arbustos.
         
     Mi hijo saltó entusiasmado al asiento delantero, volcando un vasito de plástico con café que Jessica había puesto sobre la guantera. Pero ella no dijo nada, porque se trataba de Diego, de su hijo, no de mí. Hice sentar al niño en mis piernas y apoyé sus manitos en el volante, bajo las mías.
     -Estás manejando, hijo.
      Mi cara y labios estaban pegados a su nuca y su mejilla, al aroma suave de sus cabellos a pesar del sudor.
     -Tu abuelo Christian manejaba un colectivo cuando vivíamos acá-le dije.-Después, se compró un auto y me enseñó a conducir corriendo por las playas a toda velocidad.
     Y yo sentí, aún antes de escucharla, que ella me miraba. Su mirada recelosa, su ofuscación. Su ira. Porque ahora Diego no era solamente su hijo, sino también el hijo de su esposo.
     -No necesita de tus recuerdos.
     Fueron exactamente esas sus palabras, y de la boca salió un hedor que inundó el interior del auto. Huelo, todavía hoy, el aroma de su putrefacción. Me volteé a mirarla, y fue entonces que se me ocurrió la idea que más tarde concretaría. Vislumbré su futuro: las arrugas en la hosca cara de vieja.
     Le haré un favor, me convencí.
     Pero ya no pude seguir contemplándola. Frené y estacioné en la cuneta. El polvo del camino que se levantó con la frenada entró al abrir la puerta. Vomité al borde del asfalto.
     -¿Y ahora qué te pasa?
     Su voz era otra. Ronca, horrible. Pero si me dedicaba a mirarla, volvería a verla bella, estaba seguro de eso. Su silencio era siempre hermoso. Sus labios sin cigarrillos, finos como de diosa boreal. De allí venía ella, de los pueblos del norte, de los pueblos fríos que adoran solamente en la intimidad y se funden con la luz del sol.
     Se deforman como cera.
     El vómito había manchado una manga de Diego, y él se rió. Para Jessica fue la excusa para desatar la bronca que había estado juntando desde que salimos de casa. Estábamos a dos kilómetros de la playa en la que había pasado mi infancia. Podía oler el aroma que llegaba del mar, ver las largas hojas de los juncos creciendo en las dunas, escuchar la voz de mi padre que me llamaba, deformándose en el viento hasta que ya era nada más que una figura lejana en la playa con los brazos en alto bajo el sol refulgente.
     Allí estaba mi padre, y debía mostrarle a Diego al abuelo que había muerto un mes después de haber nacido él. Su cuerpo perdido entre las olas, deliberadamente, y luego devuelto como un rastrojo que el mar no se había dignado aceptar. Tantas veces me pregunté el motivo de su acto, que ya había dejado de tener sentido como interrogante para transformarse en respuesta. La pregunta era el mar, el resultado era el agua que había quedado en sus pulmones, cálida y con su olor, el de mi viejo, el mismo aroma que Diego llevaba en sus cabellos. El olor de los arbustos y la arena que el viento arrastraba a ras del suelo, picándonos la piel mojada por el agua del mar.
     Levanté a Diego en brazos y caminé con firmeza hacia la playa. Había un sendero estrecho entre los pastizales. Jessica me gritó:
     -¡¿A dónde vas?!
     No le hice caso. La estaba desafiando, lo sabía, y a pesar de sentirme obligado a celebrar tal desafío, sólo tenía pensamientos para la playa que me aguardaba.
     Las imágenes llegaron desde la infancia. Me veía salir del agua con la piel bronceada y la sonrisa que recordaba de mis fotos. Uno no recuerda sus propias sonrisas, lamentablemente. Mi madre me esperaba recostada, y al verme llegar me traía la toalla mientras yo temblaba con escalofríos bajo el sol. Y mi padre me frotaba la cabeza, ofreciéndome la taza de té con leche de la merienda.
     La misma playa pero otros médanos, como otros eran los hombres que por allí pasarían mañana, como otro era yo después de tantos años. La voz de Jessica, diciendo algo ininteligible, logró despertarme. Escuché la puerta del auto al cerrarse y luego sus pasos tras nosotros. Había decidido acompañarnos, tal vez nada más que para ver qué hacía o le decía a nuestro hijo.
     Remonté los médanos que ocultaban el mar, llegué a la cima y me detuve.
     La playa se extendía enorme y vacía, azotada por el viento de la primavera. Las olas, grises, perladas, caían una sobre otra rompiendo en la playa, lamiendo la arena para luego regresar y fundirse en las nuevas olas continuamente engendradas. Las figuras del verano aparecieron en mis ojos como si volvieran de la muerte para decirme algo, para ordenarme algo. Entonces lloré, y Diego comenzó a observarme fijo.
     -¿Pá?-dijo él, y con su manito derecha me secó las lágrimas, después señaló hacia el agua.
     -¿Qué?-pregunté, aunque no creía que hubiese motivo para hablar en ese momento. Sentí, supe con certeza en realidad, que tenía a mi padre en brazos, que yo lo había engendrado como el agua creaba aquellas olas.
     Y la muerte se redime en algunas personas, las usa como mensajeros. Son los cristos de las sombras, llevan espinas invisibles en el cráneo.
     Mi mujer era una de ellas.
     -¡No seas ridículo!-me gritó al verme llorar.
     Me estaba mirando con ojos furiosos, que el gris de la tarde fundía y atenuaba con las tonalidades de la pena. Ella era la pena y el dolor. Era la necesaria muerte y el cuchillo con que me atenazaba para despertarme. Pero en lugar de lastimarme la piel, me arrancaba una mano, una pierna, porque eso estaba haciendo al tratar de quitarme a Diego de los brazos.
     -Dame al nene. Me vuelvo a la ruta y espero el colectivo. No aguanto más.
     -Pero no seas tarada…
     No me contestó. Me quedé con la boca abierta, llena de viento. Yo no era nada ni merecía una respuesta porque quizá ni siquiera podrían verme. Mi ropa y mi rostro eran blancos como las nubes, mi pelo castaño como los tallos mecidos por el viento. 
     Mientras mis pies se hundían en la arena, los miré alejarse.

     Hace frío dentro del auto. Los burletes de las puertas y ventanillas están rotos, cortajeados igual que los asientos. Siento el olor del cuero y la espuma de goma sucia que se escapa de las costuras, el olor de los neumáticos. Pero me siento protegido de la intemperie que me abruma. El techo del auto me protege de Dios, del frío de su cara. Nadie me acompaña en el asiento de al lado, nadie en el asiento de atrás. Sólo un poco más allá está quien me persigue. Imagino la cara de Dios, y tiene las facciones de Jessica. Dios me sigue caminando sobre el asfalto, atado quizá al paragolpes trasero, deslizándose suave y silenciosamente.
     Prendo la radio. El concierto del sábado a la noche en Radio Nacional. Mi padre siempre encendía la radio después de cenar. Nos sentábamos en el sofá junto al fuego de la chimenea, con un libro en las manos, cuya lectura en voz alta acompañaba la música con palabras que siempre eran acordes. Hoy suena esta melodía de Sibelius. La música penetra en la noche, sigue los pasos de los faros del auto al abrir la oscuridad. El cisne blanco que flota mansamente sobre las aguas del río de la muerte.
     Mi auto un cisne.
     Cuando llegué a casa esta tarde, la misma casa en la que mi viejo había vivido cuando yo era chico, mi mujer estaba preparando las valijas, la suya y la de Diego. Mi hijo había salido a andar en bicicleta.
     -Me vuelvo a Buenos Aires-dijo ella.
     -Vas a dejar a Diego conmigo, hay cosas que quiero compartir con él este verano.
     -No quiero que le hables más de muertos, torturas o desaparecidos, como tu padre hacía con vos. Te estás volviendo loco igual que él.
     -Mi viejo no estaba loco-dije yo, en voz baja, apretando los dientes y los puños para retener la ira. Nadie en mi familia se había atrevido a llamar a mi padre con ese nombre, que siempre fue sólo pensamiento y jamás palabra. Pero ya no pude seguir hablando.
     Uno logra vivir muchos años con alguien a quien no se ama, pero no con quien tiene odio en los ojos. En las pupilas de Jessica vi mis ojos reflejados, y acercándome a ella, a mí mismo, cerré las manos que temblaban alrededor de su cuello. Y la besé desesperadamente, le mordí los labios mientras ella hacía esfuerzos por gritar. Sin embargo, su voz se hizo nula atrapada en la garganta que mis dedos resguardaban como centinelas, cancerberos del infierno de esa boca que me quemaba.
     La furia llega cuando es imposible detener la injusticia. Pero entonces ya no tiene nombre, y es eco de fuerzas ancestrales, es río de sonidos y de miedos.
     Cuando algo ya se ha dicho, sólo queda el olvido o la fuerza, y la fuerza es más rápida, siempre. Por eso sacudí sus hombros, su cuerpo para ver si de una vez por todas lograba hacer salir a la mujer que yo había amado. Su cabeza golpeó varias veces contra los bordes de la cama, y ella quedó inmóvil, fláccida la cintura de su cuello.
     Callada, por fin.
     La cargué en brazos, mirando el cuarto en el que pasé todos los veranos de mi infancia. El techo con manchas de humedad, la chimenea vacía, los muebles llenos de polvo. No había más música desde muchos años antes. Me di vuelta y me miré al espejo.
     Yo, un hombre a quien no reconocía, llevaba en brazos el cadáver de su mujer. Me puse a llorar  por segunda vez en ese día, mientras dejaba a Jessica en la bañera.
      Me lavé la cara y salí al patio de atrás. Un vecino me saludó, pero bajé la cabeza, como si prestase atención a los caracoles sobre el sendero de baldosas. Volví a la cocina a buscar el salero, y estuve cinco minutos viendo cómo los caracoles morían bajo el montoncito de sal.
     Del galpón traje la bolsa de arpillera. La llevé al baño y cerré la puerta. Metí el cuerpo de Jessica en la bolsa y la cargué hasta el baúl del auto. Oscurecía.
     La voz de Diego sonó fuerte, alegre, al abrir la puerta de calle.
     -¡Pá!- gritó al verme, justo cuando cerraba yo el baúl, y se subió a mis brazos.
     -Mamá se fue a casa de una amiga. No vuelve hasta mañana-le dije.
     Pasé el resto de la tarde jugando con mi hijo en medio de la sala. Apartamos la mesa del comedor e hicimos correr los autos de juguete en una pista improvisada sobre el piso.
     En la noche, acosté a Diego y apagué las luces. Antes de cerrar la puerta de su cuarto, lo miré dormir. Su carita bronceada y soñolienta. Su respirar sereno.
     Empujé el auto hasta la esquina para que Diego no me oyera. Luego encendí el motor y tomé el camino hacia la ruta, a la playa en que mi padre había ido a morir.

     Las letras del cartel de señalamiento surgen blancas a la luz de los faros. Unos matorrales azulados, ocres por momentos, se hunden en los estrechos senderos que conducen a la playa. Me meto en la banquina y sigo el muro de arbustos hasta la bajada a la playa. La arena húmeda de la noche deja que el auto se deslice sin esfuerzo.
     Freno. No porque haya visto algo, sino porque nada veo. Las estrellas han desaparecido, lo mismo que la luna. No hay más que oscuridad, en la cual las luces del auto son menos que débiles velas sometidas al viento. Sólo escucho el ruido del mar al apagar la radio. No alcanzo siquiera a descubrir si estoy cerca de la orilla o aún lejos. Supongo que la marea ha subido como todas las noches, y no quiero avanzar más.
     Abro la puerta, saco la llave del encendido y voy hasta el baúl. Hago esto con la cabeza gacha, no me atrevo a mirar adelante. Me siento como un niño avergonzado que teme las miradas de los otros. Pero quién, me pregunto, puede estar mirándome. Si en algún lugar es posible estar solo en este mundo donde los hombres de las ciudades nacen y mueren rodeados de seres que lo miran y no entienden, es éste. Es el cielo, sin embargo, a lo que temo. Es el miedo que siempre tuve a la inmensa oscuridad de las playas en la noche. Al mar apenas vislumbrado por la espuma blanca de las olas. Y cuando hay luna, ella alumbra un sector insuficiente de las aguas, donde olas doradas y negras forman figuras que no me atrevo a imaginar.
     Apoyo las rodillas en el paragolpes. El auto, su proximidad, su tibieza, me protegerá. El olor de la sangre sale del baúl. Levanto la bolsa y la dejo en la arena. Me saco las zapatillas, arrastro la bolsa hasta el agua. El mar no está tan frío como imaginé. Mis ojos se acostumbran a la oscuridad, pero mi corazón tiembla. El agua es una amiga, pero no la penumbra que sobre ella se ha acostado. No me animo a levantar la vista más allá del largo de mis brazos.
     Arrojo la bolsa a unos metros, pero las olas la traen de regreso. Vuelvo a empujarla con los pies, me adentro para llevarla más lejos y profundo. Recuerdo cuando pescaba con mi padre en las tardes de verano. El agua es cálida porque de ahí venimos, me decía, y luego en la noche me leía pasajes del libro de Darwin que siempre reposaba en su mesa de luz. Devuelvo el polvo a las aguas, pienso ahora.
     Regreso a la playa, y tropiezo con alguien.
     -¿Pescando?-pregunta. Pero no es ironía, no puede siquiera haber visto algo claramente como para sospechar.
     -Paseando, nada más. Me deshago de pescados podridos.
      Permanece parado al borde de las olas que no llegan a mojarlo. Ha encendido una linterna, y enfoca el haz hacia la bolsa que flota y se aleja lentamente.
     -Dicen que siempre vuelven.
     -¿Cómo?
     -Todo lo que se arroja, el mar lo trae de vuelta más tarde o más temprano. Dicen algunos que el corazón de los hombres no se hunde.
     Le arranco la linterna de las manos y le alumbro la cara. Es un hombre de mediana edad, un vagabundo cuyo aliento huele a vino y suciedad. Paso el haz de luz por sus ropas rotas, manchadas. No tiene calzado.
     -¿Quién es usted?
     -No se preocupe, no soy un ladrón. Vivo en la playa, pero de día me escondo de los turistas porque se asustan de mí.
     No sé qué hacer, no sé qué ha visto.
     -Me voy a quedar a dormir acá.
     -Hace bien, la noche es fresca.-Se detiene un rato a pensar. -¿Sabe usted decirme algo? Me contaron que tampoco el corazón de los hombres se quema cuando a uno lo incineran.
     Lo miro, intento leer en su cara lo que sabe, pero la batería de la linterna se está agotando. No hay para mí, de aquí en más, lugar para las dudas. Lanzo la linterna al agua y lo sujeto de los hombros. Se sobresalta por un instante pero no se resiste. Lo golpeo en la cara y lo arrastro del cabello hasta la orilla. Hundo su cabeza en el agua.
     Grita, se ahoga, sigue agitándose por varios segundos. Luego, al fin queda inmóvil.
     Lo levanto y vuelvo a llevarlo ahora hacia las olas grandes, hasta más allá de la rompiente. Me sumerjo con él hasta sentirlo flotar y asegurarme que el cuerpo se aleja.
     Espero. El agua ya no está fría. El cuerpo va desapareciendo en la oscuridad.
     Me doy vuelta para regresar a la orilla. Casi estoy llegando, pero cuando las olas son ya pequeñas y no tocan sino mis talones, con el agua llegan dos manos que me aprietan los tobillos con fuerza. Me arrastran hacia atrás. Tropiezo, trato de levantarme y caigo una y otra vez.
     La inquebrantable voluntad de esos dedos es mayor que la fuerza de mi cuerpo. Tienen la firmeza de un hombre sabio, triste como la cara de mi padre en sus fotografías. Sé dónde he visto esa cara esta noche, y sé también de quién son las manos que me arrastran a lo profundo.






 LA MEMORIA



Mira la hora en su muñeca izquierda. Los pasajeros le hacen sombra. Busca la luz pálida de la bombilla que se asoma, precaria y sucia, del techo del vagón. Son las cinco y media de la mañana. Hace mucho que no se levanta tan temprano. Desde los tiempos en que iba a la facultad, o después aún, cuando se despertaba ya sin necesidad del reloj, casi a las cuatro y media, para llegar a la guardia del hospital.
     Pero ahora los medicamentos no lo dejan dormir antes de las dos o tres de la madrugada, descansa una hora y vuelve a despertarse, seguro de que no volverá a dormir otra vez. Sabe que hubo un tiempo en que dormía diez, doce, veinte horas al día, en algún lugar que no recuerda, pero tal vez sus sueños lo confunden al darle tanta impresión de realidad.
     La gente va a trabajar. El tren no está muy lleno. Viajan pocos hacia Moreno a esa hora. Blas vive en Buenos Aires y no trabaja, por lo menos hasta que su situación se arregle. Una situación que nadie más que él conoce, porque si los demás llegasen a enterarse, no podría estar como está ahora, libre, en un vagón de tren, y sin que nadie le reproche los sonoros bostezos, la barba desprolija, el cabello un poco sucio.
     Blas parece un vagabundo. Sin embargo, nunca se lo reconocería a sí mismo, jamás imaginó que llegaría a verse así alguna vez. Los recuerdos vienen, fragmentados, como si fuesen de otros hombres, de otros tiempos o lugares remotos, y al cerrar los párpados se apoderan de él. Entonces se frota la cara y saca del bolsillo del sobretodo el diario del día anterior.
     Lee un artículo de cinco líneas, perdido entre titulares de letras gruesas. En Mariano Acosta comenzará hoy, a las siete y media de la mañana, la excavación para comenzar los cimientos del nuevo edificio municipal. Y Blas debe estar allí, sabe que tiene que llegar antes que ellos y comprobar lo que se levantará del polvo.

     Hacía cerca de un año que trabajaba en esa guardia. Era una salita de auxilios con algunos consultorios a quince cuadras de la estación de Mariano Acosta. Al llegar por primera vez, casi no prestó atención a las miradas de los vecinos, a los chicos que lo miraban pasar desde las ventanas de la escuela. Llevaba un traje gris con chaleco, la corbata roja, el guardapolvo pendiendo del antebrazo y el maletín en la otra mano. Recién se dio cuenta del contraste de su ropa con la precariedad del barrio cuando las calles de tierra le mancharon el pantalón y los zapatos con barro.
     -¡Buenos días, doctor!- lo saludó la enfermera de la mañana.- ¡Pero cómo se vino tan elegante!
     Él no contestó. Se quedó boquiabierto, como si estuviese escuchando el reproche de su madre. Luego, su voz sonó gangosa, y sus ojeras coincidieron más con esa voz que con el hecho de haberse levantado tan temprano. Se había vestido sin pensar adónde iba, mientras desayunaba con las tres cápsulas matutinas. Los medicamentos que le enseñaron a tomar todos los días en un lugar que no recuerda, igual de lejano e impreciso que el tiempo anterior a su nacimiento. Drogas que tal vez habían sido creadas para eso: olvidar, y sin embargo, la mente se revelaba, fluía por un colador de acero opaco y negro como los recuerdos que se ocultaban detrás.
     La enfermera lo ayudó a cambiarse. Le mostró el box de guardia, el instrumental para urgencias y la camilla ginecológica, que estaba rota.
    -La doctora anterior se animaba a atender los partos hasta que llegaba la ambulancia para derivarlos al hospital-dijo ella, y sonrió. Ese gesto despejó el temor que Blas había estado incubando durante toda la mañana. Cómo un hombre de treinta y ocho años podía tener miedo de tomar una guardia de atención mínima. Los conocimientos no los había olvidado, los medicamentos no pudieron con eso. Aquella parte de su mente permanecía indemne, pero, sin poder evitarlo, tenía miedo.
     Al día siguiente, reemplazó el traje por un guardapolvos y un pantalón blanco. Ahora los chicos lo seguían por la calle, pegándose a sus piernas. Él les acariciaba la cabeza y saludaba a las mujeres asomadas a las puertas.
      -¡Hoy llevo al nene para la vacuna, doctor!
      Blas asentía en silencio. La barba crecida pero limpia, el cabello corto, la sonrisa dispuesta a cualquier niño que se le acercara.
     -Usted debió haber sido pediatra, doctor, se lleva muy bien con los chicos. ¿Dónde trabajó antes?
     Miró a la enfermera por un instante, e hizo como que no había escuchado.
     -Hay que hacer pedidos de guantes y poner estas pinzas a esterilizar, por favor.
     -Sí, doctor.- Ella no  volvió a insistir.
     En una noche de julio, la enfermera se había sentido mal y se fue a casa. Blas se quedó solo en la guardia. La luz en la entrada de la salita brillaba como una estrella en medio de la desolación de la calle. De vez en cuando sonaba un ruido de cadenas de bicicleta. Eran los hombres que volvían tarde del trabajo. Los perros ladraban, y sus voces se convertían en aullidos perdidos en el viento. No solía llegar gente después de las doce, y no temía a los asaltos. Blas sabía que su ropa de médico era tan fuerte como una armadura, imponía respeto y admiración. Lo dejaban en paz.
     Mirando desde la ventana empañada por su aliento, otra vez sintió miedo. Pensó en las pastillas, pero no las tomaría más tarde. Había decidido abandonarlas.
     Golpearon a la puerta con impaciencia. Fue a abrir. Una chica que no debía tener más de dieciocho años, se abalanzó hacia él y lo abrazó. Las ropas frías, mojadas, lo rodearon como si el mismo invierno hubiese entrado para atraparlo y llevarlo hacia un lugar sin regreso.
     Le preguntó qué sucedía. Ella no levantó la vista. Lloraba con la cara pegada al pecho de Blas. Él hizo un gesto de fastidio. Cerró la puerta y acarició la cabeza de cabellos castaños y lacios de la chica. Lentamente, ella se fue abandonando, y dejó caer todo su peso en los brazos de Blas.
     La levantó y la acostó en la camilla. Entonces se dio cuenta de que estaba embarazada, tal vez a punto de dar a luz en esos días. Ella volvió a despertar con un grito, y se sujetó a él mientras lo miraba.
     -¡Al fin te encontré!- balbuceó.
     Blas le preguntó si acaso la conocía.
     -¡No seas hijo de puta! ¡Sabía que me ibas a negar! ¡Pero no vas a negar el hijo que me hiciste!
     Blas retrocedió. La chica estaba loca o probablemente drogada.
     -Mirá...-le dijo.-...primero vamos a ver qué pasa con las contracciones y después hablamos. ¿Vivís por acá?
     -¡Pero si te estuve buscando por meses! Me escapé cuando supe que estaba embarazada y empecé a buscarte. No me vengás con la historia de que no me conocés…- La voz de la chica era brutal, oscura, gastada por algo más profundo que un resfrío o la gripe.
     Le tocó la frente. Ardía. Le puso el termómetro y comenzó a auscultarla.
     -Tenés una bronquitis tremenda.
      Dejó el estetoscopio y fue al teléfono.
     -Llamo al hospital para que te internen.
     -¡No! Quiero quedarme acá.
     Otra contracción la hizo gritar .
     -Dejáme revisarte, por favor.
     La chica tenía una gran dilatación, y el trabajo de parto era inminente. Puta la suerte que me tocó, pensó él. Pero ella lo había escuchado. Cómo pudo haber oído su pensamiento, a menos que lo hubiese murmurado sin darse cuenta, a veces le pasaba.
     -Nunca me llamaste puta, me dijiste que fui tu mejor consuelo en mucho tiempo. Me acuerdo cómo lloraste después, parecías liberado.
     Blas había terminado de poner la vía y el suero. Llamó al hospital y pidió una ambulancia con urgencia. No tenían ninguna en ese momento, le dijeron, pero en cuanto dispusieran de una, la enviarían. Volvió al lado de la camilla. Le sacó las ropas húmedas y la cubrió con frazadas que había entibiado sobre la estufa.
     La chica se tranquilizó por un rato, pero no dejaba de mirarlo con ojos afiebrados. Se hizo un tenso silencio que sólo algunos ladridos interrumpieron desde la calle. Blas no podía soportar esa mirada, no lograba sostenerla sin que sus propios ojos huyeran, buscando esconderse, pero en realidad no había dónde.
     -Escuchame. Creeme que te confundís. Tengo casi el doble de edad que vos, ni siquiera te conozco, ni es posible que nos cruzáramos alguna vez. Pensálo bien, pensá en tu novio y decíme si se parece a mí.
     -Me conocés, Blas.- Ella sacó la mano de abajo de las mantas y le acarició la mejilla, la oreja, y apoyó su dedo índice en la nariz de Blas.
     -Tu nombre me convenció, tan suave. Me parecías un hombre triste, pero seguro, fuerte, no como los chicos de mi edad. Decíme si no te acordás de esto, si casi nueve meses son suficientes para hacerte olvidarlo.- Y le mostró las muñecas, una cicatriz transversal cruzaba cada una.- Te conté esa misma noche por qué me habían internado, y me entendiste, fuiste el único que realmente...tu voz me convenció, en la oscuridad de la sala, aunque los otros nos escucharan, para mí estabas sólo vos...- Ella se extravió en el delirio, gotas de sudor hicieron brillar su cara bajo la luz de los tubos fluorescentes.
     Le tomó la presión. Si continuaba descendiendo la perdería. Pero no iba a practicar una cesárea allí, sin ayuda, sin material. Se secó la frente con la manga. Hizo memoria de lo aprendido muchos años antes. Sí, lo esencial lo recordaba, pero cómo era posible que esa chica le hablara con tanta seguridad, cuando él no tenía memoria de nada referente a ella. Sabía su nombre sin que él se lo hubiese mencionado, aunque podía haberlo averiguado también por los vecinos del barrio. Quería meterlo en una trampa, sacar ventaja de su situación con algún abogado de por medio.
     Ella volvió a despertar.
     -Estábamos juntos esa noche de noviembre, ¿te acordás? Me tocaste y dijiste que no habías estado con ninguna mujer como yo. Tu aliento era parecido al mío, ese olor a remedios que hundía los pasillos del hospital. Todo olía a lo mismo, siempre.
     Blas no recordaba haber estado internado jamás.
     -Te voy a confesar algo, mientras esperamos, para que te tranquilices. A veces me deprimo, tuve un período de mi vida en que no resistí más, ¿entendés?, y me hundí como esos pasillos de los que hablás. Uno se hunde sin darse cuenta. Tomé remedios, todavía lo hago. Me ayudaron a pasar el tiempo, a no pensar. Te borran cosas, te anulan hasta que ya no sentís más. Y esa es una manera de vivir, de pasar los días como si todos fuesen un domingo nublado a las dos de la tarde, indefinidamente.
     La chica volvió a dormirse. Le tomó el pulso. Decrecía. Ya no tenía contracciones, pero la dilatación era la misma. El bebé iba a morir antes de nacer. Volvió a llamar al hospital, esta vez daban ocupadas todas las líneas.
     Basta, se dijo. Preparó la caja esterilizada, los campos quirúrgicos. Limpió el cuerpo con yodo y tomó el bisturí. La incisión le salió perfecta, como si no hubiesen transcurrido algunos años.

     Era el único varón en el servicio de pediatría, y las madres lo elegían por diversas razones. Tal vez fuese el atractivo que ejercía su presencia entre tantos gritos y voceríos femeninos. Después de tres años de residencia y cinco de trabajo arduo, había obtenido más la simpatía de los pacientes que de las autoridades del hospital.
     La noche que llegó la niña de tres años, no había camas vacías. Decidió dejarla en la camilla de la guardia para observarla y hacerle estudios. Los padres lo miraron con desconfianza mientras la revisaba.
     -Vamos a internarla en cuanto haya cama, no se preocupen.
    Blas se oyó llamar por el altavoz, y fue a atender a otros pacientes. Media hora después, vio un revuelo en el box donde había dejado a la niña. Corrió. La pequeña convulsionaba, vomitando sangre y manchando las sábanas y la ropa. De pronto, los temblores se detuvieron. Una pediatra había comenzado con las maniobras de reanimación, pero dos, tres, cinco minutos después todo fue inútil. La niña no se movía. La madre la levantó en brazos como a un fardo envuelto en telas sucias.  
     El padre empezó a amenazar a Blas sacudiendo los puños frente a su cara puños. Lograron apartarlo, pero el hombre siguió llamándolo asesino, y esa palabra repercutió en toda la guardia. La gente lo miraba, y tal vez nada pensaran en particular; sin embargo, él ya no podía ver más que esa mirada de acusación.
     Meses después lo demandaron, y su seguro no cubrió el monto. El padre de Blas era un forense reconocido en la ciudad, al que todos llamaban simplemente Dr. Ibáñez, pero no quiso pedirle ayuda. Blas estaba seguro de lo que pensaría su padre cuando se enterase.
     Vendió la casa y se llevó a su esposa e hijo a un departamento del barrio de Once. Intentó seguir trabajando, pero al atender a un paciente dudaba del diagnóstico y de la droga recetada. Hacía volver a los enfermos casi todos los días, y éstos se cansaban y lo abandonaron. Ya no quiso trabajar. Fue ésa la época en que dejó de dormir, dando vueltas en la cama toda la noche. Su mujer le dijo un día:
     -Hay píldoras para dormir, Blas, deberías saberlo.
     Y esa voz dura tenía razón. Pero luego las pastillas ya no le sirvieron. Se quedaba todo el día encerrado, comiendo, mirando televisión. No hablaba. Luego, un día, apagó el televisor y ya no se levantó del sofá. Escuchaba voces a su alrededor. La de su esposa, la del hijo, y otras desconocidas. Un día alguien vino a buscarlo, hablándole suavemente. Desde entonces nada recordaba.

     El bebé estaba muerto y la placenta se había desprendido cubierta de sangre coagulada. Puso el cuerpo del niño en una bolsa y se dedicó a cerrar la herida. Miró el pecho de la chica, le pareció que respiraba más débilmente. Le tomó el pulso. No existía. Quizá había muerto desde varios minutos antes y no se había dado cuenta. Él, médico, no se había dado cuenta. Esta vez, ya no se sorprendió de sí mismo, y esto lo dejó más perplejo aún. Tantos niños que había salvado, tantos, y uno que se perdía, se iba, traicionándolo, le había quitado el sentido a todo, absolutamente.
     Blas acarició la cara muerta con sus guantes sucios de sangre. No recordaba qué había pasado ese año perdido en su memoria, ni cómo los medicamentos lo habían hecho actuar. ¿Era posible que él la conociera y la hubiese seducido? No, no recordaba, pero quizá sí sabía.
     Miró a su alrededor. Se vio solo, con dos muertos, y rodeado por los rastros de una cirugía que cualquiera habría rechazado realizar. Pero más que nada estaban Blas y su pasado, sus antecedentes marcados en rojo.
     Blas y la zona del tiempo fuera de su memoria.
     Los demás sí recordarían, seguramente, todo estaba asentado en historias clínicas de curso irreversible, como manifiestos escritos por el mismo Dios en el principio de los tiempos. Y después, tal vez, aparecerían los testigos, que siempre surgen de las zonas de penumbra.
     ¿Y si el hijo era suyo? Los hombres dioses podían determinar, con su sangre y un cabello del niño, si lo era. Entonces qué iba a responder.
     Cerró la bolsa roja con el cadáver del bebé. La puso contra la puerta de entrada. Fue a buscar una bolsa negra. Levantó en brazos el cuerpo de la chica y, doblándole las piernas, la cintura y la cabeza, lo hizo entrar. No era grande, no era robusta. Era delgada y frágil ahora.
     Abrió la puerta. Nadie había afuera. Debían ser las tres de la mañana. Sonó el teléfono, y pensó de pronto en la ambulancia. Fue a atender.
     -Ya la derivé. No, ya no la necesito, gracias.
     Colgó. Volvió a la puerta y cargó la bolsa pequeña en su hombro y arrastró la otra. Comenzó a caminar oculto por la sombra de la pared, lejos de los focos de la calle. Siguió caminando por el sendero de tierra que atravesaba el descampado detrás de la sala de auxilios.
     No veía nada, sólo sentía el pasto crecido. Había un arroyo a cinco kilómetros, después de las vías abandonadas, donde una serie de árboles formaba un pequeño bosque. La gente ni siquiera tiraba basura allí por estar tan lejos y oscuro.
     La sombra de los árboles se movía frente al cielo nublado y tormentoso. El viento mecía las copas con un estruendo de ramas entrechocadas que dominaba la noche. El mundo y la ciudad parecían haber dejado de existir. Todo era viento, olor a pasto húmedo y tierra. Y la sangre venía a unirse a ellos. Blas se dijo que las cosas, a veces, concuerdan, se buscan una a la otra.
     Con la pala que había traído del depósito, cavó una sola fosa. Arrojó las bolsas, y devolvió la tierra a su lugar. Si esa noche llovía, el barro emparejaría la superficie removida.
     Regresó a la sala. Se lavó las botas, puso la pala, ya limpia, en su rincón. Limpió todo el interior. Lavó los instrumentos y los esterilizó otra vez. Nada quedaba de lo que había sucedido, y faltaban dos horas aún para que la enfermera de la mañana llegase.

     En Merlo, baja del tren y espera la salida del empalme hacia Mariano Acosta.
     Son ya las seis y media. El tren sale, esta vez lleno de gente, y debe viajar parado. Las estaciones se suceden entre empujones de los que bajan y suben. Está amaneciendo. Un rayo de sol entra por la ventanilla y cae justo sobre sus ojos, cegándolo. A pesar del frío, siente calor. El cuello del sobretodo se humedece con el sudor y despide un olor que lo avergüenza. Pero él no desvía la vista de la ventanilla. Mira el sol que se asoma detrás de las casas pobres de la ciudad.
     Tantos soles ha visto, tanto que recuerda, menos aquel año anterior al que le ofrecieran el trabajo en Mariano Acosta. Era una guardia general, no importaba. Todos estaban al tanto de que no ejercería nunca más la pediatría. Sin mujer ni hijo, debía enfrentar la realidad de mantenerse a sí mismo. Pero quién lo había mantenido hasta entonces, no se acordaba.
     El tren se detiene en la estación. Desciende. Se para un instante en el andén, pensando en que apenas dos meses antes había dejado la guardia por otro puesto mejor remunerado. Así se lo había explicado al médico amigo que trabajaba en la secretaría de Salud del municipio. Se despidió de las enfermeras y de los vecinos del barrio. Nadie le preguntó por la chica que lo había visitado una noche varios meses antes. Dejando pasar el tiempo, enterrando la idea como se entierran los cuerpos, nadie preguntó, nadie extrañaba a alguien que quizá nunca había existido. Eso lo tranquilizaba. Pero no podía dejar pasar más tiempo, no podía correr el riesgo. Mientras antes se fuese, antes lo olvidarían.
    Cuando dejó la salita de auxilios, ya no tuvo adónde ir. Se fue de la pensión y algunos amigos lo cobijaron por semanas. Pero al verlo abandonarse a la suciedad y a una dejadez que rozaba el desquiciamiento, lo pedían que se fuera. Él, sin embargo, no podía huir de la ciudad, como una mosca que no es capaz de apartarse más allá de unos cuantos metros de un basural.
     Vio el artículo por casualidad en un diario olvidado sobre la mesa del bar, y se puso a leerlo lentamente, para que cada palabra durase una hora y el sueño llegase más pronto que el hambre. Iban a excavar en el terreno lindante al arroyo. No podía ser otro el lugar, porque reconoció la descripción de los árboles, del pasto y el sendero del descampado. Tengo que ir, se dijo entonces.
     -Maestro- le dijo al mozo.- Un sobrecito de azúcar, por favor, me bajó la presión.
     El mozo iba a echarlo, no quería vagabundos en el local, pero la entonación cuidada de Blas, la palidez casi tenebrosa de su cara, lo hicieron abandonar sus reticencias. Blas abrió el sobrecito y lo vertió bajo la lengua. Rápidamente se recuperó y se fue, escondiendo el diario en el sobretodo. Se acostó en el umbral de un edificio, junto a un perro que le había ganado de mano, y trató de dormir.

     Camina por las calles sin que nadie reconozca en el oscuro vagabundo al médico que los había atendido alguna vez. Pasa frente a la sala de auxilios. Alguien, un hombre de blanco, piensa, debe palpando a otro hombre, y los dos participan voluntariamente del destino que los ha unido para siempre. Pero no mira por la ventana, sigue de largo.
     Ve el descampado. Las topadoras mueven sus brazos mecánicos entre la bruma de la mañana. Unos obreros colocan cintas con rayas rojas alrededor de la zona. Blas camina con lentitud hacia allí, escondido por los arbustos altos y la niebla. Parece un tronco negro, quemado, que se desplaza cuando nadie lo mira.
     Llega hasta la primera cinta. Escucha las voces de los obreros y los arquitectos. Los motores de las máquinas se están calentando. Las ramas de los árboles se sacuden con el impulso de las topadoras, y las hojas caen como lluvia.
     Allí abajo están ellos. Esperando.
     Pasa bajo la cinta y continúa. Nadie lo detiene. Hay mucha gente que parece desconocerse entre sí. Administrativos, periodistas locales, policías, constructores, políticos. Todos dan indicaciones en voz más o menos alta. Pero nadie lo ve, ni nota tampoco lo que ha brotado entre las raíces del árbol que están arrancando.
     -¡Tiren!
     Los cables de acero tiran del árbol, y entre las raíces surgen los huesos, asomándose por los orificios de las bolsas rotas.
     -¡No!- grita él.
     Todos se dan vuelta para mirarlo. Los de la máquina no han escuchado y continúan tirando del tronco. Blas corre y empuja a los que, más con asombro que ofuscación, se interponen en el camino de ese hombre cuyo sobretodo se agita como un personaje salido de viejas películas.
      Logra llegar a los árboles y se detiene bajo el que está siendo arrancado.
     -¡Cuidado!- le gritan, pero él no hace caso. Se arrodilla y entierra las piernas en el barro removido. Las raíces se levantan como brazos de la tierra. Se pone a buscar las bolsas, los huesos. Pero los ha perdido de vista. Entonces se cubre la cara con las manos sucias.
     Alguien se le acerca, lo ayuda a levantarse. Blas se da cuenta que esa persona, sea quien sea, le hace a alguien, más lejos, el signo mudo del que señala a un loco.
     -Estaban acá, se lo juro- insiste él, pero ya no puede ahora contener el llanto. El brazo del hombre lo aprieta un poco, consolándolo, es el primero que lo hace después de mucho tiempo.
     -No importa si perdió algo, ya lo vamos a encontrar- lo consuela el hombre, mientras se alejan. Blas lo mira y se seca las lágrimas con el pañuelo que le ha ofrecido. Siente, por un breve, un sublime instante, que está a punto de salir indemne.
     Pero alguien grita, detrás de ellos:
     -¡Dios santo! ¡Miren ahí, al lado del árbol!


    


EL BALNEARIO




Walter tenía veinticinco años cuando diseñó el proyecto para Playa del Sur. Elegido entre una veintena de arquitectos de mayor experiencia que él. Fue el primer trabajo importante que le habían encargado. Pero cuatro semanas después, los inversionistas decidieron suspender la obra, cuando el terreno estaba preparado y los obreros y los materiales listos para comenzar la construcción.
     Ahora, mirando la playa desde el muelle, piensa en su idea original. Le han anunciado hace dos días la decisión de retomar el proyecto, cuarenta años después de haber firmado los primeros planos. Hubo muchas obras después de eso, varios premios y una cantidad imprecisa de dinero. Pero casi todo ha desaparecido, excepto las construcciones en posesión de quienes pagaron por ellas, y el resto tomado la abstracta figura del prestigio.
     Tiene sesenta y cinco años, y ni siquiera los honores que recibe de sus amigos y colegas son suficiente aliento para sacarlo de su melancolía constante. Está acostumbrado a salir y entrar de esos períodos de pensamientos tristes, que a su psicólogo le gusta llamar depresión.
     Sube al muelle abandonado desde que las olas tiraron algunas de las columnas de madera. Siente el sonido persistente del mar entre los pilares. Se asoma por la baranda mohosa, e imagina estar arrojando las redes a esas olas inquietantes, como cuando era joven y pescaba con sus hermanos. De eso ha pasado tanto tiempo, que sólo parece posible la resignación. Trajo a dos perros para acompañarlo, dos ovejeros aún cachorros, que corren a su alrededor saltando las ranuras de los tablones y las astillas. Los acaricia mientras les da galletas que lleva en los bolsillos.
     Hace dos días recibió el llamado en su casa de Buenos Aires, y poco después se puso en viaje a la costa para encontrarse con los constructores, llevando el rollo de los planos originales sobre el asiento trasero del auto. Buscó esas hojas, ahora amarillas y quebradizas, con mucho esfuerzo en el sótano de su casa invadido por la humedad. Cuando abrió los rollos sobre la mesa de dibujo, se sorprendió de no necesitar los lentes para ver los bosquejos hechos por su mano tan joven, de pulso y trazos tan firmes. Entonces sonrió casi imperceptiblemente, y su mujer le dijo que había algo diferente brillando en sus ojos.
     Mientras él salía del garaje con el auto, ella le aconsejó a último momento:
     -Llevá los anteojos, y cuidáte la vista, cuando vuelvas tenés que operarte. Y no te olvidés de las pastillas para el ánimo.
          Su mujer tenía una intensa mirada de preocupación, como si todo lo que pudiese hacer para detenerlo no fuese más que frotarse las manos nerviosamente y darle una y otra vez los mismos consejos. Él se abstuvo de recriminarle algo o llamarla vieja sorda por no haber escuchado el teléfono. Si él no hubiese estado en la habitación, no habría recibido esa buena noticia. De algún modo, el teléfono siempre había sido un mensajero de hechos primordiales, puntos de giro en su vida.
     Aquel viejo día de su juventud cuando le avisaron que la obra se suspendería, se sintió terriblemente desilusionado. Le habían dicho que las empresas que patrocinarían el proyecto no aprobaban el presupuesto. Después de todo, era su primer trabajo formal, y aún era muy joven. Eso fue lo que pensó en aquella época. Más adelante se enteró que consideraban su idea como demasiado futurista e impracticable. Pero la decepción había echado raíces en esos días, y sintió cómo los primeros síntomas de su manía depresiva se iban formando en los cielos de aquel tiempo. Después sucedió la muerte de Juan Carlos, y poco recordaba de las semanas que siguieron a eso.
      Hoy, cuarenta años más tarde, no preguntó la razón de que resucitaran el proyecto. Intentó hacerlo hace dos días en el teléfono. Trató de averiguar el origen de esa llamada que al principio le pareció broma de mal gusto.
     La voz del hombre que hablaba le resultó inquisidora y brusca, como si nada de lo que Walter pudiese oponer fuese suficiente para desbaratar los planes. De pronto, del otro lado del teléfono se puso a hablar con otro, murmurando, y no alcanzó a entender lo que decían; la línea se interrumpió momentáneamente, y reapareció la secretaria.
     -¿Arquitecto? Lo comunico otra vez con el gerente...
     Pero la voz que ahora había tomado el teléfono no era la misma, estaba seguro. A Walter ese nuevo tono le resultaba familiar, como una voz que no había escuchado en muchos años.
     -¿Juan Carlos, sos vos?
     No supo por qué hizo esa pregunta tan impulsivamente, su viejo amigo estaba muerto desde hacía cuarenta años.
     La secretaria siguió hablando detrás de una intermitencia ensordecedora. Luego la comunicación se hizo limpia, y Walter escuchó que la voz conocida y antigua regresaba.
     -Walter, tu proyecto es magnífico, es el futuro hecho obra.
     Entonces colgó.
     Un rato después su mujer lo despertó haciéndole oler un pañuelo embebido con una fuerte agua de colonia.

     Vuelve a mirar a los perros, y luego hacia el mar. Se cierra el piloto que usa durante el invierno, pero que este año necesitó también desde principios del otoño. Descubre un asiento mimetizado con el color herrumbroso del muelle. Se sienta de espaldas al mar, enfrentando el lado norte de la playa. El cielo está despejado, sin embargo la luminosidad ha decrecido. Recuerda los edificios ideados hace tantos años, algo austeros en sus formas, aunque era así como él imaginaba el futuro del mundo. Los planos vuelven en detalle a su memoria. Deberían hacerse muchos cambios, pero lo esencial de la ciudad ya estaba creado. Puede verla con claridad frente a sus ojos, ahí en la playa. Porque como entonces, piensa que ese lugar necesita una ciudad.
     La mañana en que él y Juan Carlos viajaron juntos a esa playa por última vez, habían hablado precisamente de eso.
     -Este sitio es un vacío inútil. Debe haber gente y edificios, ¿me entendés?
     Su amigo no le contestó, él siguió hablando.
    -El sol quema y el viento reseca la piel. La humanidad no está preparada para soportar la intemperie y los caprichos del clima.
     Fue así que esa misma tarde, sentado en la arena, de espaldas al mar, hizo correcciones en los dibujos iniciales de la ciudad. Como un espejismo, los edificios surgieron de los médanos azotados por el viento. Los autos corrieron por las futuras calles de la playa. Era un nuevo mundo organizado, cubierto por los techos protectores de las casas y las luces casi eternas de los tubos fluorescentes.
     Juan Carlos se había sacado la camisa y estaba acostado en la arena boca abajo, con la cabeza apoyada en las manos. Por un instante, Walter vio cómo el viento movía el pelo y rozaba el vello de la espalda de su amigo. Siguió dibujando, más seguro esta vez de lo que debía hacer, porque la espalda del otro necesitaba protección frente al clima áspero del mar, frente a la sal que todo lo carcome como una herramienta del tiempo que no conoce la piedad. Sus manos bosquejaban y tocaban el papel, apretaban el lápiz y su mente pensaba excitada y febril en lo que haría de no estar haciendo eso: creando un refugio para ellos. Porque al fin de cuentas, no creamos para el mundo, se dice él, sino para la supervivencia. Sus obras siempre le habían parecido necesarias de un modo u otro. Pero ahora esto le resulta absurdo. La playa continúa viva aún sin esa ciudad que él alguna vez creyó imprescindible.
     Juan Carlos abrió los ojos y lo sorprendió mirándolo. No dijo nada, pero Walter sintió vergüenza.
     -¿Estás enojado?
     -No... Fue un concurso, nada más. Ya habrá otros.
     Luego se acostó a su lado, apoyando un codo en la arena, mientras con la otra mano rozaba la espalda de su amigo con la punta de los dedos. Juan Carlos lo seguía mirando, como buscando en sus ojos una respuesta que quizá no se atrevía a escuchar. Estiró una mano y la apoyó sobre el pecho de Walter.
     -¿Vas a casarte?
     Y antes de que tuviese tiempo de responder, ya sabía que Juan Carlos conocía la respuesta. Su voz era oscura, era fría como el agua del mar al anochecer, cuando el sol cae y una brisa fresca e inamistosa nos dice que no entremos, que nos vayamos porque el mar se está encerrando en sí mismo. El mar se calla y hace silencio, y no quiere hablar con los humanos. Algo más grande está llegando cuando anochece, otra vida llega o surge desde algún lugar y nos expele con escalofríos y una incierta inquietud. Todo puede pasar entonces, la playa se está vaciando de gente, y el mar se ha convertido en un inhospitalario huésped que siembra piedras y crea dientes bajo el agua.
     Por eso no necesitó responder, Juan Carlos conocía la respuesta, así que ambos dejaron la playa y regresaron a Buenos Aires.

     Muchos años después, en ese mismo lugar que en nada parece haber cambiado, oye el motor de un auto, y ve detenerse al Jeep del guarda vidas, que ha comenzado a caminar hacia el muelle y agita los brazos para saludarlo. Walter le responde, y de pronto, su mano se congela en el aire, asombrado por lo que ve.
      Es Juan Carlos, piensa. Su cuerpo fornido y alto, el cabello corto y el rostro esmeradamente rasurado. Se le acerca a paso lento, con el fondo vacío de los médanos y la arena volando a su alrededor. Lleva una campera y un par de shorts. Es su amigo, está seguro. Entonces busca los anteojos, revuelve en los bolsillos y se da cuenta de que los ha olvidado en el auto.
     La figura de aquel hombre está a diez metros y lo saluda otra vez.
     -Arquitecto, ¿cómo está?
     Le estrecha la mano, y siente sus brazos fuertes, demasiado jóvenes. Entrecierra los párpados para ver distinguirlo mejor.
     -¿Juan, sos vos?
     -¿No se acuerda de mí? Mire la ciudad, observe su ciudad levantada a orillas del mar. Contemple este muelle destruido y a punto de caerse. Lo dejamos en su honor. Es un museo viviente. ¿Quiere ver la avenida principal? Le pusimos su nombre, ¿sabe?
     Walter observa con detenimiento, y no ve nada. Frunce las cejas y sus ojos sufren con el esfuerzo, y cree entrever lo que su amigo le dice. Porque sin duda es Juan Carlos el que le está hablando, la ironía de su voz lo delata. La bronca sutilmente contenida se ha transformado en halagos.
     Walter cree que debe iniciar una disculpa, un intento de justificación.
     Pero el otro no lo escucha y se aleja. Tiene el aroma de la arena húmeda entremezclado en el vello de las piernas. Las sandalias repiquetean sobre las tablas, y camina hacia la zona prohibida del muelle, la región a punto de derrumbarse por el golpe de las olas. Intenta advertirle, pero la voz no sale de su garganta. Juan se arroja al mar.
     Walter corre a asomarse al abismo, y entre las olas que golpean el cuerpo contra los pilares, surge una presencia que no alcanza a descubrir del todo. Como si un monstruo invisible habitara la superficie del agua y ese sitio fuese la fuente de todo el miedo. Sin embargo, él está calmo. Son sus perros los que tiemblan. Son las olas que aumentan el temor animal. Es la oscuridad naciente al final del muelle, capaz de resistir cualquier luz artificial, y la presencia sorda del mar, que siempre está hablando y nada más que haciéndose escuchar. Tal vez fue ahí donde la creación de sus obras creció como un desprendimiento del espanto.
     Los perros, frenéticos, corren ida y vuelta hasta el extremo del muelle. Vuelve a la playa para avisarle a alguien, pero descubre que el jeep continúa allí. Ahora, ya muy de cerca, se da cuenta de que el auto es igual al que Juan se había comprado. Todo lo obtenía a crédito en esa época, se había endeudado con una infundada confianza de ganar el concurso.           
     -Arquitecto, debemos informarle el deceso de su colega...
     Cuando quiso ir al funeral se lo prohibieron, la familia no quería que viese el cuerpo destrozado de Juan.
     Se resbaló, fue un accidente infortunado, le dijeron en las reuniones de la Asociación de Arquitectos, y así salió informado en la gacetilla semanal. Los viejos colegas le palmearon la espalda para consolarlo.
     -No piense más en los muertos y disfrute de su premio.

     El reloj señala las siete de la tarde. El viento ha aumentado su intensidad y el frío su crudeza. Uno de los perros aúlla, y cuando el otro se dispone a acompañarlo, Walter les grita. Entonces se agachan contra el suelo y se acuestan a sus pies. Intenta ver la ciudad, pero a pesar del esfuerzo no lo logra.
     Recuerda que Ibáñez tiene una casa en la playa a diez kilómetros de allí. Sube al auto y cierra la puerta después de que los perros se han acomodado atrás. La playa está casi a oscuras. Sólo una línea amarilla atraviesa el horizonte, la línea muerta del sol sobre los médanos. Prende la radio porque tiene miedo de escuchar voces extrañas, cuya llegada presiente. Sabe que se está volviendo loco, o quizá la palabra sea senil, como su padre lo fue alguna vez. Locura y senilidad, qué estrecho espacio hay entre ellas, piensa. Entonces arranca, toma la costanera y se dirige hacia la casa de Ibáñez.
     Cuando llega ya ha oscurecido del todo. Ve la luz en la ventana del frente y golpea la puerta. El doctor Ibáñez le abre vestido con una bata y un cigarrillo en la boca. Está ojeroso, con manchas de tinta en las manos y la mirada todavía ausente, perdida en los papeles que están sobre el escritorio.
    -Hola, Mateo-dice él.
    -¡Pero si es mi viejo amigo Walter…! -responde el otro, que de pronto parece despertarse para abrazarlo con afecto.
     Lo hace pasar y sentarse en el sofá que mira hacia la playa, oscurecida e imperturbable del otro lado del ventanal. El doctor va a buscar café, y una botella de ron. El ruido de los vasos y la botella despejan el recuerdo que llega del mar, apenas a unos metros, y la voz de Juan Carlos que lo llama.
     -¿Qué te pasa?
     Pero es la voz del doctor que llega desde la cocina.
     -Creo me he vuelto senil, Mateo. Veo y recuerdo cosas que creía enterradas o que quizá nunca pasaron.
     Ibáñez regresa y se sienta junto a él. El cuerpo delgado de Walter contrasta con la esbelta y obesa contextura de Ibáñez. Lo mira a los ojos, luego vislumbra el vello entrecano del pecho de su amigo bajo la bata. Aparta esos pensamientos.
     -Vos conociste a Juan Carlos. Firmaste el certificado de defunción. ¿No fue un accidente, no es cierto? Él se mató.
     Ibáñez lo mira confundido al principio. No parece comprender cómo han surgido esos recuerdos después de tanto tiempo.
     -Me llamaron hace unos días para decirme que recomienzan el proyecto, entonces vine y me han pasado cosas que parecen absurdas.
     Ibáñez pone una mano en el hombro de su amigo, cuyo cuerpo tiembla levemente sujetando la taza de café. Walter siente que el cabello de la nuca se le ha erizado con un escalofrío.
     -Esperá. ¿Qué es eso de retomar el proyecto? Yo conozco esta zona. Los dueños murieron hace mucho tiempo y los terrenos están en sucesión. No se puede vender ni construir nada.
     -Pero me llamaron, Mateo, sonó el teléfono y si no hubiera estado cerca ni siquiera lo habría escuchado...
     Ibáñez se acomodó un poco mejor en el sofá. Apoyó un brazo en el respaldo y con la otra mano tocó la frente de Walter.
     -Tenés fiebre.
     Se levantó, fue hasta la cocina y trajo un vaso de agua y una aspirina.
     -Tu mujer no quiso decirte la verdad porque los inversores tenían miedo que tuvieras otro ataque de depresión. Te acordás del primero, ¿no es cierto? Quince semanas internado después de la muerte de tu viejo. Bueno, la cuestión es que ella me pidió que tampoco te dijera nada, y vos nunca preguntaste los detalles del accidente de Juan. Ella me dijo que vos le tenías un cariño especial. Ella, cómo decirte..., vio en tus ojos lo que sentías por él.
     -Pero no…
     -Sólo falta, amigo mío, que vos mismo veas claro. A veces, la falta de anteojos nos hace ver otras cosas más allá de lo que está al alcance de las manos. Viejos y seniles, quizá oímos y vemos mejor.
     Como un niño con culpa, Walter se levanta y camina hacia la ventana. Está llorando, pero sin gemidos. No recuerda haberlo hecho realmente nunca antes. Antes era desesperación y pánico, era tristeza irreconciliable con la vida. El día en que murió su padre, había visto el cuerpo carcomido por la enfermedad, y su aspecto era el de un objeto expuesto a la intemperie por largo tiempo, igual que los pilares del viejo muelle endurecidos y astillados, enmohecidos por el aire y la lluvia. Cómo protegerlo, se había preguntado, cómo construir paredes y un techo a su alrededor. Habría deseado abrazarlo como cuando era pequeño, era una necesidad tan grande que él sabía ya entonces que nunca desaparecería si no la cumplía, y nunca lo hizo.
     Como un niño de sesenta y cinco años, se da vuelta y sale dejando la puerta abierta. El doctor Ibáñez lo ve alejarse en la oscuridad en la dirección por donde ha venido, seguido por los ladridos perdidos de los perros que corren tras el auto.

     Descubre algunas luces en la costanera y detiene el auto. Hay unas parejas reunidas en la playa, parecen gritar y asustarse porque alguien ha estado a punto de ahogarse. Pero a él sólo le queda una cosa por hacer. Va hasta el teléfono público bajo una luz de mercurio en la esquina justo sobre la bajada a la playa.
     -¡Querida, soy yo!
     -¿Qué pasó?-dice ella, asustada.
     -Escucháme por favor, y no me interrumpas. ¿Juan Carlos se suicidó?
     Su mujer no contesta, se escucha un sollozo por el parlante.
     -Decímelo, no tengas miedo.
     La voz de su esposa se quiebra por instantes.
     -No te lo dijimos porque no hubieras tenido consuelo, querido...y la empresa tenía tanta plata invertida en vos...
     Ahora está seguro de recordar una escena con todos sus detalles, aunque nunca estuvo allí. Juan Carlos regresando a la costa poco después del casamiento de Walter. Subiendo al muelle con pasos y movimientos indecisos, ese mismo hombre que sabía crear estructuras capaces de soportar el peso de cientos. Eran las cinco de la mañana de un domingo de enero, y los escasos pescadores que lo vieron arrojarse desde la última tabla, desde el último pilar hacia la ola más grande que iba a presentarse aquel día, dirían más tarde que parecía un dios del mar regresando a su hogar. El nadador experto que se había criado en esas mismas playas. Por eso sus proyectos eran como ciudades submarinas, etéreas y endebles como el agua y el aire. En cambio, para Walter los edificios eran un refugio, cáscaras sólidas donde protegerse de la inclemencia y la incertidumbre de la muerte.
     Cuelga el tubo. Regresa junto al muelle, pero no sube. Con una linterna busca algunas ramas y enciende un fuego débil al principio. Las olas son apenas líneas de espuma blanca que se acercan al fuego sin alcanzarlo. Se sienta y pasa casi una hora mirando la fogata.
     Contempla luego el cielo oscuro y limpio, tan inmenso y sin tiempo. Su edad, su propio tiempo de vida es incluso mucho más pequeño aún que cualquier grano de toda aquella arena a sus pies. Escarba mientras piensa, y algo surge de pronto. No del pozo, sino de su cabeza, como agua con sal de la arena profunda. Son los ladridos de los perros que se acercan. Lo han seguido esos kilómetros corriendo tras el auto. Cuando llegan se le tiran encima con caricias y lamidos. Pero pronto los animales se detienen y miran alrededor, temblando. Siente un extraño contraste entre él y el miedo de los perros a la noche. El temor está alimentando la fuerza que surge en ellos.
     Vuelve al auto. Tan grande es su calma ahora que ya no se parece a lo que solía llamar con el nombre de vida. Saca del asiento trasero los planos de la ciudad que debió sucumbir antes de nacer, y los arroja al fuego.
     Las llamas crecen de inmediato e iluminan el contorno, parecen abarcar todo el horizonte. No se explican tales llamaradas más que pensando en el muelle, en la madera lista para la combustión. Ve que se está quemando completamente, y las chispas de los cables eléctricos que lo unen con las luces de la ruta, destellan como relámpagos.
     Los pilares se derrumban y caen al agua con un estrépito continuador del crepitar con que se han consumido. El fuego invade el mar antes oscuro, y ambos conviven sin matarse uno al otro. El muelle es un sol abrasador iluminando la noche.



  CECILIA



Caminé entre las mesas, entre los hombres y mujeres que almorzaban rápidamente antes de volver a sus oficinas. Vi a Cecilia en un extremo del salón, junto a la última ventana. Tenía el cabello corto, como cuando cursábamos el bachiller y empezamos a salir juntos. No habían transcurrido aún diez años, y desde entonces no nos habíamos visto más que dos veces.
     Terminaba su café y leía el diario abierto sobre la mesa, con los restos de una ensalada y un pollo en el plato apartado a su derecha. El humo de los cigarrillos atenuaba un poco el olor a grasa desde la cocina. Un mozo, después de cobrarle la cuenta, le alcanzó las muletas.
     Entonces me acordé de todo. A veces un solo objeto es suficiente para darnos el perfil completo de alguien conocido. La enfermedad de Cecilia no era parte de su persona, sino ella misma.
     Al acercarme, me miró con sorpresa al principio. Luego, sonriendo, me dio un beso, y puso las muletas de nuevo contra la pared. Se veía delgada y pálida. Apoyó los codos sobre el mantel, preguntándome qué estaba haciendo por aquel lugar.
     -Hace un tiempo largo que vendo repuestos y herramientas acá en el centro. Almuerzo cuando puedo en diferentes bares. ¿Y vos venís siempre?
     Quiso decir que sí, estoy seguro, pero se arrepintió como si de pronto recordara que desde ese día ya no iba a hacerlo.
     -Generalmente...salgo de la oficina a las doce y media, y entro a la una y media.- Miró hacia la calle, y parecía no querer hablarme de su trabajo.- ¿Está lloviendo, no?
     -Un poco. ¿Siempre con la empresa de heladeras? Eras secretaria, creo...
     Vi otra vez esa mirada esquiva e introvertida que me daba cada vez que escondía algo. Así había pasado diez años antes, al separarnos. Éramos novios, hasta me acuerdo haber ido a su casa para presentarme con sus viejos. Teníamos dieciocho años. Sé que salí con ella más por no quedarme sin pareja para la fiesta de graduación que por otro motivo. Me gustaba, pero nunca me sentí enamorado. Si ella lo estuvo, no lo sé. Antes que pudiera averiguarlo, cortó nuestra relación en apenas dos meses, justo antes de graduarnos. Esa noche en la fiesta me quedé solo, esperando verla para hacerle pasar vergüenza delante de sus amigas. Pero no fue. Tampoco quise bailar con alguien más, necesitaba comerme la bronca acumulada pensando en Cecilia.

     -¿Y vos, qué tal están tus cosas?- le pregunté señalando las muletas.
     Fue una crueldad, lo reconozco, pero cada vez que la encontraba le hacía la misma pregunta. Como si un pequeño resto de aquel adolescente rencoroso surgiera al verla.
     -Aquí estoy, Leandro. Me sigo deteriorando de a poco.
     Lo dijo con una sonrisa hermosa, tan patéticamente bella como sólo un rostro melancólico puede hacerlo. La misma expresión que puso el día de mi cumpleaños, en el patio de casa, mientras mis amigos nos miraban, al decirme que no quería salir más conmigo. Había intentado abrazarla, pero se apartó con brusquedad. Dijo que estaba enferma y no nos convenía seguir saliendo por temor a sus ataques. Quise saber más, pero se negó a contarme. Todo esto lo dijo delante de los otros, y me sentí como un niño castigado. Ella lo hacía sentir así a uno.
     Al año siguiente me enteré que la habían internado pocos días antes de la fecha de la graduación. Ella había insistido en que no me lo dijeran. Yo empezaba a  trabajar de cadete, y por casualidad, un compañero de la escuela al que me crucé un día, me lo contó. La imaginé sola en su cuarto de hospital, con sus padres silenciosos a su lado, y ya no pude dejar de recordarla con frecuencia.
   
     “Me estoy deteriorando” resonó en mi cabeza, y hasta creí escucharlo en todo el salón del restaurante, y que la gente también lo había oído. No fue así, pero esas palabras eran demasiado duras para ser pronunciadas por una mujer de veintisiete años. Sus ojos ahora estaban turbios, algo empañados y distraídos.
     -¿Qué hora es?
     -La una- respondí mirando el reloj en mi muñeca.
     Hizo un gesto exagerado de inquietud, e insistió en que en media hora tenía que irse al trabajo.
     -¿Vos te casaste?- preguntó.
     -No. Ya salgo muy poco con mujeres. Vuelvo de la calle y no tengo ganas de hablar con nadie. Pienso en ellas, esos sí.
     -¿En quién pensás?
     El mozo nos interrumpió para traernos la jarra de cerveza que yo había pedido. Cecilia sonrió sin repetirme la pregunta. No le conté que pensaba en ella desde la primera vez que nos encontramos después de separarnos.
     Fue a la salida de un cine de Lavalle, en una función de trasnoche. Eran las tres de la madrugada, me parece. Salí soñoliento de ver una película mediocre, entonces la encontré en la pizzería de enfrente. Verla con aquel aspecto, el cabello largo, anteojos y un impermeable gastado, me resultó atrayente. Estaba más linda, lejana pero al mismo tiempo seductora. Dijo que escribía para una revista, y le gustaba ir al bar para sentirse tranquila.
     -Mis padres se están poniendo viejos y me hacen la vida imposible.
     Después me contó lo que le habían hecho en el hospital: le amputaron dos dedos del pie derecho. Le pedí que me perdonara, y me hizo callar con una voz tan dulce que podría haber hecho que la amara desde ese momento definitivamente.
     Bebimos dos botellas de vino. Ya estaba algo ebria cuando sacó un paquete de cigarrillos, ofreciéndome algunos armados.
     -Son de los buenos- murmuró al encenderlos.
     Le acepté uno, y saboreé en la garganta el humo de la marihuana, pero traté de no aspirar para mantenerme lúcido. Sabía que ella se perdería, lo estaba viendo ya en sus ojos vidriosos, y desde el mostrador empezaron a mirarnos. Le dije a Cecilia que era tiempo de que nos fuéramos. Ella guardó la cajetilla en su cartera, junto a las ampollas de insulina. Eran las cinco de la mañana, nos despedimos en la vereda del bar e intercambiamos los números de teléfono.
     No sé qué pasó después. La llamé, charlamos un rato, pero no pudimos hacer una cita. Ya no volvimos a hablarnos. Me reintegré al vértigo ciego de mi trabajo, esa inexplicable inercia que me empujó, a los veintidós años, a conseguir algo, no importaba lo que fuese.

     -Pero ya no me caliento por la guita- le dije mientras el reloj marcaba la una y cuarto, esperando que ella olvidase su obligación y se quedara conmigo. Insistió en que era tarde, y cuando me levanté para alcanzarle las muletas, me gritó que no lo hiciera. La gente esta vez sí se dio vuelta para mirarnos. Cecilia se puso a llorar, y me pidió que me sentara otra vez.
     -Te mentí. Me despidieron de la empresa hace una semana- murmuró entre lágrimas.
     Tenía la misma expresión que el día en que nos encontramos luego de aquella noche en la pizzería, tres años más tarde. Estaba sentada en un banco del Parque Lezama, medio oculta entre los arbustos espesos, rodeada de hojas secas. Yo iba caminando solo, común en mí desde hacía algún tiempo. La verdad es que las mujeres me resultaban demasiado complicadas y confusas, extremadamente extenuantes. Me habían desilusionado cada una de ellas. Excepto Cecilia, y lo de ella no era amor, o por lo menos no lo que uno imagina que debe ser y en realidad tal vez ni siquiera exista.
     Llevaba el mismo impermeable -por alguna razón, siempre nos vimos en otoño-, su cabello estaba desprolijo y los lentes eran un poco más gruesos. Esa fue la primera vez que la vi con muletas, apoyadas sobre el respaldo del asiento. Al verme, intentó levantarse, pero después hizo un gesto de transparente tristeza, de irremediable resignación.
     -Hola.
     Me invitó a sentarme a su lado, y hablamos mucho tiempo. Ya no trabajaba en la revista, me contó, la habían echado después de la internación.
     Eran las seis de la tarde y estaba nublado, entonces ella me mostró su zapato ortopédico. Le habían quitado la mitad del pie. La enfermedad avanzaba muy rápido, y fui su testigo. El único hombre al que le hablaría de todo eso.
    
     El reloj del restaurante marcaba las dos.
     -Ahora me despidieron de nuevo, pero creéme que lo lamento sólo por el sueldo. Siempre quise hacer otras cosas. La empresa me salvó por un tiempo, pero era un aburrimiento...Si pudiera entrar otra vez a la editorial...Todavía tengo una carpeta de notas y apuntes inéditos. Si querés te muestro mis artículos, algunos son tan viejos...
     Acepté, y cuando llamamos al mozo se puso nerviosa. Le acerqué las muletas, corrió la silla y el  mantel se movió. De pronto, sentí que mis músculos se adormecían o insensibilizaban, como cuando uno está a punto de desmayarse. Porque hay cosas que asombran por más se las espere desde largo tiempo antes. Ver a Cecilia con una sola pierna fue algo que difícilmente pueda comparar con otro recuerdo de mi vida.
     -Todavía no me entregaron la prótesis- dijo, y el labio inferior le temblaba.
     Me quedé en silencio mientras la ayudaba a subir al taxi, y durante todo el viaje hasta su departamento en un edificio del barrio del Abasto. Ya no vivía con sus padres. El portero la saludó con sorpresa y a mí con desconfianza. Cuando llegamos al cuarto piso, entramos a ese único ambiente dividido por un armario. De un lado había una cocina y una mesa, del otro una cama y dos sillas.
     -Me cambio mientras se hace el café, ¿sí?- Dejó sobre la mesa una pila de seis o siete carpetas encuadernadas.- Andá hojeándolas si querés.
     Me puse a leer sus notas y artículos de diversos años. Eran opiniones y estudios acerca de todas las cosas del mundo, hechos o personajes conocidos o extraños e insignificantes. Cada imagen cotidiana parecía haberle arrancado algún pensamiento, y lo curioso era la fluidez de aquella vida intelectual, tan contrastante con su otra vida externa.
     La impresión final de esos escritos me resultó abrumadora, porque llegaban a la misma conclusión una y otra vez. Para Cecilia, el hombre y su cuerpo eran eternos servidores uno del otro.
     -Estoy convencida- me comentó cuando nos sentamos a tomar el café.- La ciencia y la filosofía de alguna manera también lo dicen con sus eternos fracasos. Es una esclavitud que se acaba en el momento de la muerte.
     -¿Y el alma?- le pregunté.
     -No lo sé. Este cuerpo me ha ocupado demasiado tiempo como para dedicarme a pensar en algo tan abstracto como el alma. Es hora de mi inyección.- Y se fue a buscar su cajita de primeros auxilios.
     Mientras esperaba, encontré entre los papeles dos cuadernos con poesías, algunas largas como poemas épicos. Cómo podía una mujer como ella, me pregunté, emparentar su pobre vida con una epopeya. Como una reina que aleja a sus pretendientes apartándose en su propia y solitaria celda de castigo. Sin importarle lo que deja atrás, sin mirar a quien lastima. Porque quizá su dolor sea tan fuerte como el sonido del mar en una tormenta. Entonces sentí el sabor de la ira segregando en mi lengua. Tuve que levantarme de la silla.
     -Nunca te casaste-le pregunté.
     -No, Leandro. Viví con un hombre un poco mayor que yo por un tiempo, pero no resultó.
     Hasta eso me había ocultado. Como si fuese un chico todavía, alguien no lo suficiente mente maduro como para tomarlo en serio.
     Sobre el televisor había un hueso seco. Parecía la cabeza de un animal pequeño.
     -¿Qué es este hueso?
     -¿Ah, eso? Me lo regaló mi prima Leticia cuando éramos chicas. Es parte de la cabeza de un perro. Me gusta mirarla de vez en cuando. Me hace acordar lo fútiles que somos todos.
     Del otro lado del armario, la escuché abrir la ducha. Me acerqué al mueble, y a través de las rendijas de las puertas, observé cómo se iba quitando la blusa, hasta quedarse con aquel corpiño negro que ocultaba sus senos blancos, apenas más grandes que mis puños. No tuve vergüenza de desear tocarla, de poseerla realmente por primera vez. Creo que al descubrir ese aspecto de irrefutable superioridad de su mente y la exquisita lucidez de su pensamiento, surgió en mí el escondido rencor adolescente. Y sé que en ese momento era yo un chico caprichoso que si no lograba obtener lo que quería, habría sido capaz de destruirlo.
     Fui hasta el otro lado del cuarto, y la tomé de los hombros con una energía que no me atreví a disminuir por temor a arrepentirme. Le hablé al oído, oliendo su perfume extraño, ese aroma a colonia y medicamentos mezclados en la piel. Recuerdo la débil resistencia que me ofreció, y eso fue casi desilusionante, porque yo tenía la necesidad de tomarla de los brazos y sacudirla hasta hacerla mirarme a los ojos, que viese más allá de su cuerpo y sintiese la fuerza de alguien más que no fuese la mordida silenciosa y constante de su enfermedad.
    
     Al despertar, la luz de la mañana entraba por una ventana cerca del techo del baño. Decidí levantarme para ir al trabajo, y pisé la aguja que ella había dejado caer la noche anterior. Di un grito al sentir el pinchazo, pero Cecilia no despertó.
     La extraña quietud de su cuerpo me hizo sentir mal por un instante, y la sacudí de los hombros varias veces. Pero sus brazos se movieron fláccidos, inertes. Uno de ellos colgó como un péndulo del borde de la cama.
     Sobre la mesita de luz había una fila interminable de remedios y ampollas. En las etiquetas se leía “insulina”, sin embargo estaban vacíos excepto por dos, llenas de un polvo blanco. Probé el contenido con la punta de la lengua, y entonces rompí el resto contra el piso, enfurecido. Pero sobre todo asustado. El polvo se esparció por el suelo, la sustancia que había sustituido a la otra en los frascos, esa otra alquimia superior, o tal vez menos execrable.
     Separé las sábanas de su cuerpo, lleno de piquetazos y moretones que no había podido ver en la oscuridad de la habitación cerrada. Me puse a llorar como un chico sobre el cadáver de Cecilia.





EL ASILO



La vieja ruta que conduce desde la ciudad en la que vivo al pueblo en que nací, es un solitario camino inhospitalario y pedregoso. Sin embargo, lo prefiero al nuevo, porque es tan peculiar como mi pueblo. Allí hay una plaza y escasos negocios a su alrededor, y ya sólo ancianos lo habitan, excepto por el asilo de locos y el cementerio.
     El asilo está en el centro del pueblo, como si el resto hubiese nacido de ese edificio de hombres alienados y deformes. El cementerio, en cambio, fue construido entre la última calle habitada y la playa, sobre una explanada de arena y montículos de cemento que se pierden a la vista del mar siempre creciente.
     Recorrí este camino el último domingo de cada mes desde que me mudé a la ciudad y dejé a Damián en el asilo. Mi hermano, el encefalítico, no podía hablar y casi no era capaz de moverse. Nunca supe si me reconocía, o si por lo menos le agradaba verme. Al principio lo visité por compromiso, por un sentido de culpa del que me deshacía durante un mes. Pero al acercarse el día treinta, iba surgiendo en mí un ánimo inclasificable de piedad y deseo. Manejé incansablemente ida y vuelta todos aquellos años. Me levantaba muy temprano y regresaba a la ciudad al anochecer. Me fui acostumbrando a la vieja ruta, y cuando construyeron el camino nuevo, continué utilizando el otro.
     Una noche viajé antes del amanecer, y llegué a la entrada del pueblo justo cuando el sol se levantaba. Entonces vi que el mar crecido inundaba el cementerio. Todo el terreno era una laguna de escaso oleaje, con lápidas sobresaliendo como rocas en una playa. Las ruedas del auto hacían olas a mi paso, movían la tierra y la arena de las tumbas a pocos metros del camino. Me sorprendió ver concretada una amenaza latente desde que era un niño, cuando cada verano observaba cómo la playa se reducía un poco más.
     Esa tarde estuve con Damián, como todos los domingos, en el jardín del asilo, rodeados del tumulto cuchicheado de los locos.
     -¿No te parece absurdo que lo construyeran justo ahí? Debían saber que las mareas iban a inundarlo tarde o temprano.- Así le hablaba, de cosas que se me ocurrían en el momento, o me quedaba callado, mirando su extraña belleza, una hermosura que rozaba el límite de la beatitud. Una leve desviación en el lado izquierdo de su cara era casi imperceptible. Después de mirarlo unos pocos minutos, cualquiera podría haber dicho que era normal. Pero no lo era. Eso es lo que Gonçalves dijo la primera vez que lo vio cuando éramos chicos.
     -Se ve de lejos que es un retardado.
     Cada fin de mes en la oficina, al llegar el viernes, también me repetía lo mismo.
      -¿Qué tenés que hacer en ese pueblo? Bueno, visitá a tu hermano si querés, pero vas a terminar tan enfermo como él.
     Gonçalves era de mi edad, la misma de Damián. Tenía la barba oscura, que se tocaba constantemente, como si no pudiese mantener sus manos quietas. Siempre se reía de todo, y su gestualidad era coincidente con esa necesidad de actuar a cada instante, de decir algo o simplemente de no quedarse quieto. Aquella actividad febril me exasperaba.
     -Gonçalves me lo hizo otra vez- le comenté a Damián un día.- Dijo que me reservaba el puesto de subgerente, y se lo dio a otro. Es un hijo de puta y yo le sigo creyendo.
     Mi hermano me miró fijo. Por primera vez en toda la tarde, movió los ojos y se rascó la cabeza con su brazo sano. El sol del mediodía lo alumbraba como un aura, y parecía querer decirme algo.
     -No hagás esfuerzos- le insistí, porque su deseo de moverse o de hablar transformaba sus rasgos en gestos horribles, comunes quizá, pero violadores de su extraña y bella pasividad.
     Al irme, me agarró de la mano y fue difícil desprenderme de esa fuerza que su cuerpo no demostraba.
     -Sabés que voy a volver, nos vemos el mes que viene.- Le besé la frente y él lloró, mojando su rostro enrojecido, el cabello largo y rubio que había heredado de nuestro padre.
     Durante el viaje de vuelta, encontré el viejo camino cubierto de arena y barro, y en medio de esa mezcla, los restos de huesos que el agua había arrastrado desde el cementerio. Aún estaba claro el día, así que era fácil ver los cráneos de hombres muertos hacía incontables años. Me detuve y bajé del auto chapoteando sobre el agua salada. Delante estaban las lápidas, y el mar fundido con el gris del cielo, que comenzaba a morir en esa tarde de domingo.
     Caminé varios metros, un poco asustado, pero también con una especie de fascinación. Eso fue lo único que hice, caminar pateando los huesos largos que se quebraban con mis pisadas. Luego creí comprender por qué los constructores había dispuesto el cementerio tan cerca del mar, y se lo dije a Damián cuando regresé al mes siguiente.
     -Sabían que la marea llegaría a inundarlo, así que lo hicieron para que algún día los muertos fuesen desenterrados y mostrasen la futilidad de la vida.
     Mi hermano me miró sereno, con su envidiable y aparente despreocupación. Creo que si  hubiese podido hablarme, sus palabras serían, de un modo incierto pero fundamental, extremadamente reveladoras. Porque sus ojos lo eran, esa hermosa quietud de su mirada inocente, misericordiosa quizá.
     -Gonçalves no lo entendió. Perdóname por no habértelo dicho antes que a él, pero es que todo este mes estuve ansioso por decirle a alquien lo que vi. Es que nos conocemos desde hace demasiado tiempo, aunque me haya superado y ahora sea mi jefe. Pero lo único que me contestó fue: “¿Me lo decís en serio o es una de esas historias que inventás? Dejate de pavadas y andá a laburar.”
    Es cierto que a veces le inventaba cuentos, episodios con los que sazonaba mi vida opaca e irreparable. Después de descubrir mis mentiras, Gonçalves solía castigarme con tareas extra. Ponía los expedientes sobre mi escritorio, y me miraba esos ojos oscuros debajo de cejas tupidas y negras, tocándose la barba, tratando de entenderme, quizá, de atraparme o abolir mi rebelde sumisión. Sabía, sin embargo, que yo me escapaba igual. Aún estando allí sentado, mi mente permanecía en el pueblo con Damián.
    
     Durante los siguientes meses, regresé a la ciudad a la hora en que sabía iba a encontrar la marea baja. Los huesos allí estaban, renovados y removidos por las olas. Pensé en mi madre, tal vez su esqueleto estuviese entre esos restos, la estrecha pelvis que apenas había sido capaz de concebirnos a Damián y a mí simultáneamente. Cómo fue que nacimos vivos, no lo sé. A veces pienso que uno de los dos debió morir, y no quedar así, con este desequilibrado estado de las cosas.
     -Después apareció Gonçalves, ¿te acordás?-le decía a mi hermano al recordar los viejos tiempos.-Tenía once o doce años, y era vecino nuestro. Su familia es extraña, especialmente su madre, que administra una funeraria, pero en ese entonces él me agradaba porque era sólo un niño como nosotros. Iba a casa para la merienda, y jugaba con la silla de ruedas de Damián, haciéndose el payaso. Sus gestos, sin embargo, ya en esa época eran vitales e impredecibles, la cara de pronto se le iluminaba con un gesto de ira y nos gritaba: “¡Váyanse a la mierda vos y tu hermano el retardado!”.
     Cuando murió la vieja y nos quedamos solos, me ofreció viajar con él a Buenos Aires. No tuve más remedio que desprenderme de Damián y abandonarlo. Me hizo conocer el centro de la ciudad, la parte húmeda y desgastada de un piso de oficinas muy alto sobre la avenida Alem. Y allí me dejó, controlándome, subordinado a él, siendo casi su mano derecha, pero siempre debajo suyo.

     La nueva ruta estaba terminada, y el viejo camino seguía cubierto de huesos limpios, porque el mar los lavaba en cada una de sus incursiones. Al volver del asilo, estacionaba el auto a un costado, sentándome a contemplar el paisaje desolador de los restos sobre el camino, y el océano a lo lejos, con su sonido imperturbable ocultando las voces imaginadas de los muertos. Me quedaba dormido, y al despertar una gripe me había hecho su presa. Luego iba directamente a la oficina, sucio y cansado. Gonçalves me gritaba.
     -Estás loco, viejo. Te traje para que no te murieras de hambre en ese pueblo de mierda. ¿Y me pagás así? Olvidate de tu hermano o te largás de la oficina, ¿entendés?
     Con los puños aferrados a mi camisa, se me acercó hasta que sus labios me rozaron la cara. La cercanía era para él una forma de llegar a entenderme.
     -Tenés los ojos de Damián- me dijo después.- Son como piedras, y las piedras son inútiles.
     Volvió a su trabajo, siempre con ese pulover negro que se ponía cada mañana, rodeado por sus secretarias estériles y sin embargo sensuales. El vertiginoso movimiento que lo rodeaba desde el inicio de su vida.
     Me castigó con trabajo para los siete días de esa semana. Y lo hice. El resto del personal me miraba como a un pobre tipo, con la curiosidad de quien observa un fenómeno extraño. Me quedaba hasta después de hora para estar solo, para evitar esas miradas que durante ocho horas me desesperaban.
     -A veces estoy tranquilo, trabajando en mi escritorio, y de repente cualquier cosa me provoca un sobresalto. Insulto a todo el mundo, doy golpes en la mesa, y mis compañeros se dan vuelta para mirarme. Ahora discuto con Gonçalves, me enfrento a él, y creéme que ya no se atreve a despedirme.
     Damián me observó con una especie de desalentadora desaprobación al terminar de contarle. Pero él, en su extrema beatitud, no comprendía la pasión arrebatadora de la fuerza y la violencia contenidas.
     Cuando llegó el sábado, me llamaron desde el asilo. Mi hermano había muerto serenamente en su silla de ruedas.
     -Tengo que viajar mañana- le dije a Gonçalves.
     -El domingo te quedás, hay trabajo. Ese hermano tuyo te está enfermando. Qué es eso de visitar asilos y cementerios.
     Mientras lo escuchaba, una furia iba creciendo con un ruido que parecía venir desde todas partes. Un sonido semejante a los motores de los autos que pasaban por la calle, al tronar de las olas que avanzaban.
     -Ahora estás acá, tenés un futuro. ¿Acaso creés que Damián podría ocupar mi lugar alguna vez?
     Y se rió. Dios santo, ¿por qué lo hizo? ¿Por qué lo dijo con aquella risa? Entonces yo no habría agarrado el cortapapeles del escritorio, ni mi mano lo hubiese hecho penetrar en su cuerpo con esa furia que no fui capaz de detener.
     Estaba demasiado cerca. Como siempre, me sacudía de la camisa y de los hombros para dominarme. Su aliento fue lo último que percibí de él, el aroma a cigarrillos caros que aprendió a fumar a los doce años, y que un día había obligado a mi hermano a probar. Damián casi se ahogó y habría muerto con su propio vómito si mi madre no hubiese llegado en ese momento. Fue esa la primera vez que quise matar a Gonçalves.
     Ahora se desplomaba sobre la mesa con un grito que nadie más escuchó. Eran las diez de la noche del sábado. Las bocinas de los autos en la avenida y el bullicio de la gente ocultaron los demás sonidos. En ese último piso del edificio de oficinas, tan cerca del silencioso cielo, comencé a arrastrar el cuerpo hasta el ascensor de servicio. Lo envolví en una frazada negra, pero no limpié nada.
     Manejé toda la noche hasta el pueblo, con Gonçalves en el baúl, sintiendo cómo el cuerpo se mecía con cada sacudida del coche. El camino viejo recién comenzaba a ser iluminado por el amanecer. El mar ya no era el mismo. Me detuve en una banquina pedregosa. Sentí el frío como un cortapapeles al abrir la puerta. El cielo nublado era una mancha de tinta suspendida sobre el pueblo y el mar, salpicado de ojos violetas por donde se filtraba el amanecer.
     Abrí el baúl y arrojé el cadáver muy cerca de los otros huesos. Simulaba una roca, una piedra inerte en medio del camino. Quieto, sereno e inmutable por primera vez. Al alejarme, por el espejo retrovisor vi que la marea empezaba a cubrir la ruta. El bulto negro, sin embargo, no se movía. Estaba más muerto que los huesos centenarios flotando a su alrededor.
     A las ocho de la mañana llegué al asilo. Hicimos los arreglos y me entregaron a mi hermano.
     -Quiero enterrarlo en la ciudad- les dije.- El velorio será en la oficina de mi jefe.
     Lo llevaron en el auto de la cochería hasta Buenos Aires.
     A las cuatro de la tarde del domingo, el ataúd fue subido hasta el último piso. El portero me dio su pésame, y pidió que le avisara si necesitaba algo. Les pagué a los funebreros, los soborné para que me dejaran solo.
     Saqué el cuerpo de Damián del cajón, ese cuerpo tan parecido al mío, pero con los brazos torcidos y la cabeza deforme. Su cabello rubio estaba seco y gris, en unas pocas horas la muerte había comenzado a destruir su belleza.
     El cuerpo pesaba, pero pude llevarlo hasta la silla de Gonçalves. Y allí quedó, quieto como siempre, sobre el asiento de pana roja, con una mano en el regazo, la otra colgando a un costado, y la cabeza grande apoyada con una leve inclinación sobre el respaldo.
     Me senté a esperar. Cuando una de las secretarias entró a la oficina en la mañana, se tapó la boca ahogando un grito. Entonces le dije que no se preocupara, allí estaba quien había venido para reconciliarnos a todos.  





EL LIBRO



Bajó del tren con su bolso de piel de cordero y el cabello revuelto por los remolinos del andén. El incesante movimiento que había visto al llegar a Buenos Aires desde General Lavalle cuando era niña, la había asustado, y esta vez no era distinto. Se sintió ahogada al verse envuelta en el calor de la multitud , sin posibilidad de liberarse, como si estuviese obligada a formar parte para siempre de la ciudad.
     Pensó en Arturo, era curioso que lo hiciera hoy, como aquella vez. En ese entonces había estado enamorada de su primo, un adolescente apenas tres años mayor que ella, y que sólo prestaba atención a sus estudios. A nadie le sorprendió que al terminar la escuela dejase el pueblo para estudiar Letras en la Capital, pero ella ya había dejado de adorarlo, y Franco estaba allí presente, siempre más fuerte, cuya voz y cuerpo ella admiraba más que la inteligencia de su primo.
     Recorrió los andenes buscando la cara de Franco entre otros cientos de rostros que cambiaban de un momento a otro. Los molinetes apenas daban abasto para dar paso a la gente, y su metálico sonido era sólo apagado por el ronroneo incesante de las pisadas y la voz cascada de los altoparlantes. Ella había escuchado mucho sobre Buenos Aires, su jactancia, su húmeda insalubridad bosquejando agrias muecas en los rostros de la gente, pero las cartas que Franco le enviaba desde allí eran alentadoras. Mi amor, el trabajo es rentable, así que en unos meses te venís y vemos de instalarnos.
    Una semana antes, había recibido una esquela que la sorprendió un poco, aunque las palabras de su marido resonaban en su imaginación fuertes y cálidas. Arturo tiene vacaciones en la facultad, aprovechemos para reunirnos los tres. No te olvides el libro de Asunción Silva, lo necesita para el próximo curso. 
     Miró la hora en el gran reloj del hall central, pero estaba detenido en una perenne medianoche, quizá mediodía. Se sentía preocupada porque él le había anunciado que iba a esperarla en la fila de los molinetes, y hacía rato que buscaba sin hallarlo. Su bolso se movía con los empujones de los que pasaban. Se puso a un lado, murmurando un “perdón” que nadie escuchó. Los guardas la observaban.
    -Espero a mi marido- dijo ella, y la dejaron tranquila.
     Afuera, el sol de la tarde iba cayendo, arrastrando su luz por los pisos del hall. Los quioscos de revistas seguían abiertos, y fue a entretenerse hojeando ejemplares, mirando hacia las puertas por si él aparecía. Nunca había sido tan impuntual, pero el tráfico o  el trabajo, tal vez, fueran las causas de su retraso.
     Entonces recordó el libro que él le había pedido para Arturo. La última carta de su primo le hablaba de sus progresos en la facultad, de la especialización en poesía, y de que iba a hacer la tesis sobre la obra de Asunción Silva. Los mismos versos que ella había escuchado de sus labios el día que él se fue del pueblo. Y mientras miraba el tren alejarse, Mercedes había llorado en silencio en el andén, con esos versos resonando por encima del jadeo cada vez más distante de la máquina.
     Recordaba haberle confesado una vez a Franco aquel deseo aún frustrado, el de ser la mujer que inspirase un nuevo poema. Pero él se había limitado a hablar de otras cosas, cambiando de tema. No, no lograría nunca que Franco le recitase un verso. Luego tuvo aquella sorpresa, cuando él le regaló el libro. Y ahora, el apuro por prestárselo. Ellos, tan celosos uno de otro desde que se habían peleado por ella, de pronto eran amigos. Soy una tonta presumida, debería alegrarme de ya no ser una muñeca tironeada de los brazos.
     Se sentó en un banco, que se fue ocupando de familias, hombres solitarios, vagabundos, bolsas y cajas que desaparecieron a medida que los trenes partían. Sólo quedaron migas de pan sobre la madera, y algunas palomas descendieron desde los altos techos encerrados en la oscuridad.
     Sacó el libro del bolso y comenzó a hojearlo. Lo había leído dos o tres veces. Los poemas eran tristes, especialmente los Nocturnos subrayados por Franco.
     Eran ya las ocho y cuarto. Hacía tres horas que esperaba, pero no quería moverse. Leyó de nuevo la esquela, pero él se había olvidado de anotar la dirección de la nueva pensión. Si de algo se sentía segura, era de que él iba a venir, tarde o temprano.
     Se le ocurrió preguntar en la delegación del correo de la estación, pero estaba cerrada. Averiguó en las oficinas del ferrocarril si habían recibido algún recado, pero le contestaron que no con malhumor y caras de cansancio.
     Regresó al asiento, y apenas levantó la vista, un hombre se había parado a su lado.
     -¿Puedo ayudarla?
     -Espero a mi marido. Está retrasado y me preocupa, pero debe estar por llegar.
     El hombre se quedó mirándola un momento en silencio.
     -¿Puedo esperar aquí¿ ¿El asiento no está ocupado, no es cierto?- preguntó ella con aire ingenuo.
     El otro sonrió, mientras se daba pequeños golpecitos en los muslos, como siguiendo el ritmo de una música. Tenía un traje negro y una camisa blanca, sin corbata.
     -Por supuesto. Salgo de trabajar en esa oficina de allá, ¿la ve? Dígame si puedo guiarla, me parece que usted no es de acá. A lo mejor entendió mal las indicaciones de su marido.- Y se sentó junto a ella.
     Mercedes se asombró un poco, pero también se sentió acompañada por primera vez en toda la tarde.
     -El lugar se llena de gente rara cuando oscurece. Siempre son vagabundos que vienen a dormir, pero algunos buscan gente sola y desprevenida-le dijo el hombre.
     Ella le mostró la esquela de Franco. Él la miró rápidamente, sin prestarle atención.
     -¿Está segura de que no le dio un número de teléfono, o una dirección?
    -Me envió este libro para mi cumpleaños, con la dedicatoria.-Mercedes se sonrojó cuando las líneas en lápiz de Franco subrayando los versos, brillaron con la luz de los tubos fluorescentes.
     -No se preocupe entonces, su marido parece un romántico, y son lo que nunca defraudan a una mujer.
     Mercedes veía ahora a un amigo en ese hombre.
     -Es que por eso me inquieta, puede haberle pasado algo.
     El otro se había puesto a mirar hacia un grupo de jóvenes que bebían de una botella envuelta en papel. Ella le preguntó:
     -¿Son conocidos?
     -Se la pasan tomando y duermen toda la noche, otros venden drogas. Hay algunos que se aprovechan de mujeres solas. Me voy quedar a protegerla.
     -No, por favor, no se moleste por mí.
     Pero él no le hizo caso. Se pasó la mano por el cabello oscuro, levemente encrespado, abundante. La barba había crecido desde esa mañana en que debió afeitarse, y Mercedes pudo sentir su aspereza aunque ni siquiera lo había tocado. Parece un buen hombre, solitario, tal vez soltero.
     -¿Lee mucho?-le preguntó ella al notar que miraba la tapa del libro sobre su falda.
     -Cuando tengo tiempo. Me gustan los versos, pero a mis compañeros no se lo puedo contar porque se burlarían.
     -Déjeme leerle algunos.- Entonces leyó en voz alta dos poemas, los dos primeros Nocturnos.
     -Cementerios- dijo él, y Mercedes no había acabado todavía el último verso.
     -¿Cómo?
     -Nada. Quiero decir, la obsesión por los cementerios es evidente.
     -O por la muerte, o el amor. Pero mi primo, que es escritor, diría que son lo mismo.-Y mientras le mostraba la página que había leído, él se arrimó y puso un dedo sobre las palabras marcadas por Franco. Ella sintió el aliento a tabaco, y cerró los ojos por un instante. Por eso tardó en reaccionar cuando vio que el libro ya no estaba entre sus manos, y el hombre, que había rozado su hombro durante casi media hora, estaba huyendo. Creyó primero que perseguía a alguien, pero de pronto se dio cuenta de lo que había pasado, y reprochándose ser tan estúpida, se puso a llorar. Ya no tenía el libro, y eso era lo que más lamentaba. Sin saber por qué, sólo atinó a correr tras él, que había disminuido su fuga frente un contingente de monjas. Mercedes logró sujetarlo de una manga, pero él la golpeó con un puño en la cara. Un desvanecimiento fugaz la hizo caer al suelo, mientras lo veía desaparecer finalmente por las puertas que llevaban a la calle.
     Tenía la mejilla izquierda hinchada. No sangraba, pero apenas podía tocarse.
     -¡El bolso!- gimió. La gente agrupada a su alrededor, y las monjas que querían ayudarla, de repente se apartaron ante el paso de otro hombre que se le acercaba con el bolso en la mano.
     -¡Mecha! Vi al tipo, pero no alcancé a agarrarlo, por lo menos tiró el bolso. Fijate si falta algo.
     Ella reconoció la voz, aunque no pudiese verle bien la cara entre los párpados entumecidos.
     -¿Arturo? ¿Pero qué hacés acá?
     -Franco me mandó venir a buscarte. Después te explico.- La ayudó a levantarse, mientras ella se protegía la mejilla de la mirada de la gente.
     -¡Qué vergüenza!
     -No seas tonta.
     -Pero me dejé engañar como una nena.
     Arturo la miró, condescendiente. Ella no pudo evitar sonreír al cruzarse sus miradas, pero la cara le dolía intensamente. La llevó hasta el bar de la estación, pidió dos cafés y una bolsa de hielo para el moretón.
     -¿Tenemos que hacer la denuncia? Encargate vos, por favor, yo no sé manejarme bien con estos trámites.
     -No, dejá la cosas como están, y olvidate, no vale la pena. Si no te robó nada.
     -No...pero sí, se llevó el libro que era para vos. No entiendo nada.-Tomó dos sorbos de café y volvió a ponerse el hielo sobre la mejilla.-Me parece estar metida en un sueño, veo todo nublado. ¿Pero un ladrón que me roba un libro? Nadie me lo va a creer...
     Arturo miraba alrededor, a las otras mesas. Algunos los observaban.
     -Bajá la voz, Mecha. A lo mejor creía que tenías plata escondida, mucha gente hace eso, especialmente los que vienen del interior.
     Mercedes ahora podía ver a su primo más claramente. Arturo estaba nervioso, había puesto cuatro cucharitas de azúcar al café, y revuelto tantas veces que ya estaba frío. Cuando ella mencionó lo del libro y la esquela, él echó vistazos rápidos alrededor, y le repitió que bajara la voz, aunque ella apenas podía hablar con la mejilla hinchada.
     -Decime una cosa, ¿cómo se llamaba el libro, Franco te mandó algo más?
    -Vos se lo pediste para tu curso, ¿no te acordás?, así me dijo él, los poemas de Asunción Silva.
     -Pero Mecha, lo que quiero saber es si había algo marcado en las páginas, algo que al chorro ése le sirviera de indicación.- Lo que Arturo decía no tenía sentido, y cada vez se veía más nervioso. Volcó el café en el plato y se dedicó a secarlo con servilletas de papel. Ella lo ayudó, mirándolo tan extraño, tan distante como cuando era un adolescente pálido y distraído, el mismo del que se había enamorado alguna vez. Por eso le tuvo lástima cuando notó el temblor en sus manos.
     -¿Qué te pasa?
     -Nada, es que me olvidé de tomar la pastilla para los nervios hoy, y los exámenes de mitad de año me tienen mal. Mirá, Mecha, voy a decirte la verdad, porque sino no acabamos más. Franco está vendiendo merca… en la construcción no se gana nada. Y yo, de refilón, me enganché para pagarme los estudios.
     Ella lo miraba como si le estuviesen contando una película.
     -Nos manejamos con plata chica, nos quedamos en la sombra, y la cana mira para otro lado cuando le pasan unos billetes. El tipo ese era uno de la competencia, que está buscando a Franco.
    Mercedes miró por la ventana del bar. La estación lucía todo su esplendor de pilares altísimos y portones ornamentados, y los arcos de acero, más que un cielo protector de las lluvias y tormentas, formaban una jaula, cuya puerta se abría solamente para dejar salir a las bestias de hierro que transportaban diminutos seres al exilio. Quería ponerse a llorar, pero no lograba sentir más que bronca.
     -¿Y qué tengo que hacer yo, más que volverme a casa? Decile a mi marido...
     Arturo la agarró de las muñecas con fuerza.
     -No importás vos ahora, Mecha, sino él. El otro tipo va a matarlo si lo encuentra, y vos le dejaste saber dónde está.
     -¡¿Pero cómo supo que era yo?!
     -¡El libro, la puta que te parió, cuántas mujeres esperan horas en el andén con un libro en la falda! Perdoname, pero mientras hablamos tu marido puede estar muerto.-A Arturo le temblaron aún más las manos, pero sobre todo tenía una mirada desesperada.
     Mercedes trató de pensar. Cómo se había enterado el otro que ella llegaría, se preguntó, pero tuvo miedo de hacer tal pregunta en voz alta. La respuesta, lo presentía, iba a serle tan desagradable como descubrir que Arturo no era lo que parecía. Mientras más tranquila intentaba permanecer, más blanca se ponía su memoria. Tomó el resto del café frío.
     -Había notas de Franco, garabateadas, versos subrayados, en los Nocturnos. Cuando se lo mostré al tipo, lo primero que dijo fue: Cementerios.
     Los ojos de Arturo parecieron centellar.
     -¡En la Chacarita, allí está! ¡Vamos!- Se levantó, tirando unos billetes que se mancharon al caer sobre la taza de café, y agarró a Mercedes de la mano. Ella apenas tuvo tiempo de dejar el hielo y tomar el bolso.
     El aire frío calmó la hinchazón de su mejilla, pero sentía escalofríos en las piernas. Cruzaron miradas con dos o tres vigilantes, que no les hicieron caso. Varios niños vagabundos se estaban drogando en los umbrales de las oficinas y bajo las ventanillas de las boleterías. En la calle, las luces de los autos y semáforos la enceguecieron y enturbiaron sus ojos.
     -¿Tenés plata para un taxi?
     -No, si Franco iba a venir a buscarme.
     La agarró del brazo, apretándolo fuerte, y sintió ella otra vez ese temblor, que ahora era impaciencia. Caminaron hasta la parada de un colectivo. Había dos o tres personas antes, pero Arturo se adelantó. Lo insultaron y retrocedió, ocultando una expresión de vergüenza en la sombra del cabello lacio que le caía de costado.
     -Está bien- lo consoló ella. No supo si él le había prestado atención, pero el tono su voz debió ser suficiente porque él dejó de presionarle el brazo y la tomó de la mano.   
     En el colectivo, el sudor corría por la frente y el cuello de su primo, a pesar del frío. Recordó cosas que había leído en las revistas femeninas, informes médicos que hablaban de los síndromes de abstención. Lejos habían estado siempre esas cosas de su vida anterior, de sus padres, de la pequeña parroquia, de la época en que Arturo y Franco eran niños que jugaban a la pelota en los jardines de sus casas y venían a buscarla los domingos a la tarde para andar en bicicleta.
     Puso su mano sobre la rodilla de Arturo, él la miró y dejó de temblar.
     -¿Por qué la Chacarita?, no es el único cementerio en Buenos Aires que yo sepa.
     -Ahí hacemos ventas de tanto en tanto, Mecha.
     Miró el reloj de Arturo, eran ya casi las diez y media de la noche. El tránsito disminuía, lentamente, y las luces de mercurio iluminaban los silencios de los perros que escarbaban en las bolsas de basura.
     Los muros del cementerio no eran muy altos. Desde afuera se veían algunas cruces y árboles. Bajaron del colectivo en la esquina, caminaron junto a la pared hasta llegar a una puerta auxiliar para el personal. Una lámpara pendía del friso de la entrada, que titiló cuando Arturo comenzó a forcejear.
     -Tengo miedo- dijo ella.
     -No podés quedarte acá, es más peligroso para todos si pasa un policía.
     -Ni pienso, quiero ver a Franco.- Y justo al pronunciar su nombre, la puerta se abrió y Arturo la empujó adentro.
     Al principio no vio nada más que oscuridad. Luego, las plateadas callejuelas entre las tumbas, mojadas de rocío, formaron el cuadrillado por el que anduvieron casi diez minutos. Los muros de la calle habían quedado lejos. La luna brillaba en cuarto menguante, alumbrando las cruces, los tejados de las capillas y bóvedas, los reflejos de las placas de bronce. El aire estaba saturado de flores nuevas, y también de viejas flores llenas de insectos. El olor del agua podrida en los floreros de porcelana. El olor de los muertos.
     Más adelante, los campos de cruces mostraban las sepulturas en tierra, con la luna casi acostada, dormida sobre los senderos desolados. Ahora era Mercedes quien temblaba, y sentía la mano de Arturo tranquila, controlada.
     Oyó un estallido, y aunque nunca había escuchado uno antes, supo que era un disparo.
     -¡Arturo...!-comenzó a decir cuando el cuerpo de su primo la empujó con él hasta el suelo. Le tocó la cara, la palpó en la oscuridad, pero no él no respondió. Alguien más entonces la arrastró hacia otro lado, aplastando el césped hasta dejarla junto a una lápida, mientras con una mano le tapaba la boca para que no gritara. Ella sólo alcanzó a ver la silueta de un ángel de cemento recortado contra el cielo violeta.
     -¡Calláte, Mecha!
     -¡Franco!-Su voz apenas se oía bajo la palma de su esposo.
     -Te suelto si prometés no gritar.
     Ella accedió, y respiró profundo cuando él la soltó.
     -Dios mío, Franco, algo le pasó a Arturo...
     -Ya lo sé.
     Pero la mano de Mercedes tropezó con el revólver cuando quiso abrazarlo, y estaba tan caliente que quemaba. Se llevó la mano a la boca para abortar el grito.
     -¿Vos...?
     Franco vigilaba alrededor, y la miró un rato sin verla en realidad, oculta por la sombra del ángel. Pero los ojos de Franco sí brillaban y la buscaban.
     -No entendés. No sé qué te habrá contado, pero era un enfermo. El último día que hablamos estaba tan desesperado que amenazó con delatarme a la competencia.
     -Pero Franco...- Mercedes tartamudeó, y no pudo continuar. Ya no sabía siquiera qué era lo que deseaba decir.-...era Arturo, Dios mío.
     Él no contestó. Sólo la tomó de los hombros y la apretó contra su cuerpo. El arma, en sus manos, entibiaba la espalda de Mercedes.
     -Siempre se metía entre nosotros. Aún en nuestra cama, sabía que pensabas en él. Te escuchaba hablar dormida, Mecha, recitando esos versos. Entonces se me ocurrió que los versos son como el alimento que sirve de carnada a los peces.
     Pero Mercedes ya no lo escuchaba. Ella se abría paso en la oscuridad como un pozo que siempre había estado a su lado y unca había visto. Como si hasta el día antes hubiese estado viviendo en otro barrio y otra época, rodeada del amor de sus padres, de los verdes jardines y los caminos de arena. Senderos que recorría pensando en los dos hombres que se peleaban por ella y la adoraban. Se sintió tan estúpida, que no fue capaz de culpar a nadie más que a sí misma.
     Ella había traído el libro. Ella conducía a la gente a la muerte.
     Quiso apartarse de Franco.
     -Dejame...-gritó entre sus brazos, desgarrando los botones y la camisa de su esposo.
     Pero él no la soltaba, quizá ésa fuese la única manera de tenerla para sí, por fin.
     -Me hiciste traerlo, me usaste, hijo de puta.- Y el llanto se ahogó en la camisa abierta.
     Las caricias de Franco se detuvieron. Algo llamaba su atención.
     -Dejála que se vaya- lo oyó decir, y fue lo último que recordaría de él. Muchas veces, sola en casa, fantaseaba en cuál de los dos moriría primero, en qué diría cada uno para que el otro lo recordara. Y ese ruego de Franco fue mejor que todas las frases imaginadas.
     Adivinaba a quien le estaba hablando. El hombre de la estación. Sintió la necesidad de serle fiel a Franco una vez más, tenía que decirle que Arturo lo había delatado, pero las evidencias llegaban siempre tarde, haciendo inútil el arrepentimiento. Cuando levantó la vista, él ya la estaba empujando a un lado, y vio el relámpago de un disparo al estallar sobre la cabeza de Franco. El cuerpo cayó a su lado, húmedo y tibio con el calor de la sangre.
     Y de pronto surgió, a unos pasos, el brillo de un metal reflejando el fulgor de la luna. Escuchó las pisadas sobre los cantos rodados entre las sepulturas, y reconoció aquellos golpecitos suaves de las palmas sobre los pantalones.
     Ella sabía que era el hombre de la estación, otra vez. Olió de nuevo ese aroma a tabaco, que vencía los olores del cementerio, dominándolo todo con su segura y penetrante firmeza.
     El hombre encendió una linterna y alumbró a Mercedes. Ella se cubrió la cara con las manos, sin levantarse. Luego el haz de luz se replegó. Entonces ella trató de refugiarse buscando a Franco en la oscuridad.
     -No busqués vida entre los muertos-le dijo el otro.
     Mercedes no pudo reprimir el llanto, y creía que ya no podría dejar de llorar nunca, ella, que tanto había reído siempre.
     La luz volvió a encenderse, esta vez sobre el rostro del hombre. Tenía el libro abierto entre sus manos, casi frente a la cara.
     -“Las sombras de los cuerpos que se unen a las sombras de las almas, forman una sola sombra larga”-recitó con el tono de quien en realidad lee un salmo.
     Mercedes repitió los versos casi sin pensar en lo que decía. La linterna se fue acercando a ella, hasta rozar sus labios con un beso antes de apagarse.

      
    
    

 EL DIBUJO



Un día casi toda la ciudad habló de Hugo Hollander, no de su nombre, que descubrimos recién dos años después, sino de lo que había hecho. Cuando encontraron el pie izquierdo de la mujer entre unas bolsas de basura del barrio de Once, la ciudad se convulsionó y ya nadie pudo arrancar de la memoria colectiva algo que volvería a repetirse varias veces en un radio de cincuenta cuadras. Cada hallazgo sumó un poco más de especulación y de papel prensa a la vida cotidiana, completando a la vez un cadáver que así fue tomando su forma original.
     Tanto los pies como las manos habían sido quemados, y deben ustedes también comprender el diferente estado en que estaban los restos. La cabeza fue encontrada seis meses después del asesinato, que según los peritos debió ocurrir dos días antes del primer hallazgo.
     Recién dieron a conocer a la prensa un año después la peculiar distribución que el asesino había elegido para repartir los fragmentos del cuerpo. Pero el día que fui a la comisaría a ver si recavaba informes, vi un mapa colgado de la pared y lleno de alfileres con cabezas de colores formando el dibujo de un niño en posición fetal. Entonces unos policías me miraron desconfiados y me fui, pero yo había alcanzado a copiar el dibujo en mi libreta.
     Llegado a este punto, debo hablar de Hugo Hollander. Si a él se le adjudica el asesinato, no ha sido por mérito de la investigación, sino a su propia confesión. Dos años después de ocurrido el crimen, quiso decirnos la verdad.
     Hollander trabajaba en la morgue judicial, y los exámenes psiquiátricos laborarles no demostraron ninguna peculiaridad fuera de lo común en su carácter. Un día tomó licencia por dos semanas, y según consta en declaraciones de sus compañeros, su hijo de seis meses había muerto. Los vecinos lo corroboraron, y pudimos comprobar la tumba del bebé en un cementerio de la provincia. Nadie supo responder la razón de que no lo sepultaran en la capital. Sólo los empleados del cementerio dijeron algo interesante: que vieron a Hollander discutir con su mujer por esta causa el mismo día del funeral.
     Durante sus seis meses de vida, el niño estuvo internado tres veces. La historia clínica fue secuestrada en dos ocasiones, y los peritos confirmaron el diagnóstico de traumas físicos severos. No sabemos si Hollander maltrataba al chico o fue su esposa. Al principio la policía se inclinó por la hipótesis de que el bebé y su madre habían sido víctimas del mismo hombre perturbado, y aún persiste de manera oficial. Planteé mis dudas al doctor Ibáñez, un médico legista que me recibió en su despacho con mucha impaciencia. Le dije que un hombre golpeador en general actúa con furia y abruptamente, en cambio este crimen había sido premeditado, como lo demostraba el cuidadoso descuartizamiento. El doctor estuvo de acuerdo conmigo. Dijo que no son las mentes más brillantes las que salen impunes de sus crímenes, sino los hombres que saben callar. Los que tienen un torbellino incesante en sus cabezas, y aún así sus rostros muestran paz. Después, me despidió recomendándome algunos textos que ya conocía.
     Sólo nos queda recurrir a la confesión de Hollander. Un hombre de treinta años, hijo de inmigrantes polacos, que nunca salió de los límites de la ciudad más que para enterrar a su hijo. Era callado e introvertido, le gustaba recorrer las confiterías de Buenos Aires en su tiempo libre. Su rostro era delgado, de ojos infantiles, bajo de estatura, y no sugería más que veinticuatro o veinticinco años. Lo imagino observando el cuerpo durante un largo rato después del crimen -tal vez la estrangulara-, y yendo luego a buscar el hacha. Sabemos por la pericia que se hallaron marcas de tinta en la piel, así que primero debió desnudarla, dibujando entonces, como una pintura, las líneas precisas sobre el cadáver. Dividió los brazos y las piernas en tres fragmentos, separó la cabeza y el tórax del abdomen. Tuvo que ser un hacha sin duda, porque los bordes irregulares de algunos restos indicaban haber sido arrancados.
     No era un hombre fuerte, sino un tipo sedentario que no hacía deportes. Pero si hizo todo esto no fue por la incomodidad de la carga, sino con un objetivo preciso: la figura trazada en las calles. Puedo ahora sí verlo cargar los fragmentos en bolsas separadas, llevándolas en su camioneta para repartirlas. Quizá ni siquiera necesitara un mapa. La ciudad estaba en su cabeza desde su nacimiento, y utilizó ese mismo barrio para expresarse.
     Todos nos preguntamos qué quiso decirnos con ese dibujo. Sin duda algo relacionado con la muerte de su hijo. El crimen fue cometido luego del fallecimiento del niño. Su mujer no trabajaba, así que los vecinos la vieron quedarse en casa y gritar como una loca hasta que alguien llamaba al marido al trabajo. Pero también lo hacía desde antes de morir el chico. Cuando la ambulancia llegaba para atender al bebé, se protegían el uno al otro ante las preguntas de los médicos. Lo cierto es que su hijo murió en la tercera internación, con una fractura en el cráneo.
     Hollander confesó haber matado a su esposa, y sólo tenemos el testimonio de González, su compañero más cercano. No hay otras pruebas. Tampoco su mujer fue encontrada. La gente participó involuntariamente de la búsqueda, descubriendo sin querer y con un grito de espanto, cada fragmento humano. Sin saberlo, caminaba entre las líneas del dibujo, hilos invisibles que unían puntos, formando la figura de ese niño encogido que el asesino utilizó por algún motivo.
     Se preguntarán la razón de que Hollander haya decidido confesar dos años más tarde. Según él, volvió a ver el cuerpo de su esposa. La noche anterior había recibido el cadáver de una mujer ahogada en el río, y dijo que era el mismo cuerpo que él había destrozado. Pero estaba de nuevo completo en una camilla de la morgue. Ya no dejó de decir, entonces, que ella había regresado para vengarse.
     La policía adjudicó todo esto al delirio. Sabemos que los cuerpos desmembrados no vuelven a reunirse por sí solos, ni que los muertos regresan a la vida para morir nuevamente. Por lo menos eso pensamos.

     Ahora que los canas dejaron de molestarme de una vez por todas, el juez me manda esta nueva citación para declarar lo mismo que le dije en mil ocasiones. No sé por qué jodida suerte tuve que ser yo el que acompañara a Hugo esa noche. A lo mejor por la misma causa que me hizo conocerlo el día que entró a laburar, cuando él recién tenía veinte años.
     En ese entonces empezó en mantenimiento, pero después lo ascendieron. Yo tenía casi cinco años más que él, y como era el único joven en esa sala, nos hicimos amigos. No hablaba mucho, y las pocas veces que decía algo era porque una bronca estaba creciendo dentro suyo, despacio, hasta hacerlo contar finalmente lo que lo molestaba. Eso fue lo que pasó en los últimos meses.
     Poco después de conocernos, tomamos la costumbre de ir a un café al salir del trabajo. Más adelante, frecuentamos a dos minas. El día que salimos por primera vez los cuatro, le hice un mal juego. Me encontré con ellas un rato antes, y noté algo raro en la chica que había venido con mi amiga. No era fea, tenía un buenas tetas que compensaban su mirada de estúpida, pero no me cayó bien, como si detrás de esa superficial torpeza hubiese algo de planeada crueldad. Los tres esperamos en el bar, y cuando Hugo apareció, no me resistí y me cambié de asiento. Así fue que me quedé con la que más me gustaba, y él salió con la que tenía ojos raros. Sé que fue una jugada tramposa de mi parte, pero Hugo también entró como un ratón en las manos de esa mina.    
     Al poco tiempo se casaron, y los problemas ya habían empezado desde antes. Ella tenía la lamentable costumbre de ponerse a gritar por cualquier cosa que no le gustara. Sus caprichos eran siempre tan desproporcionados con la situación, que al final no tuve dudas de que estaba loca. Un tipo de locura diferente a la que Hugo demostró después. Porque me parece que es tiempo de decir las cosas como realmente fueron, aunque la policía y el periodista que me entrevistó no estén de acuerdo. La locura de ella era de esas que hacen brotar la de los demás. De pronto despierta en uno, sin saber cómo ni dónde estaba escondida.
     La cuestión es que aguantó su histeria mucho tiempo, y no era fácil hacerlo. A veces le daba por enojarse en medio de la calle, y él permanecía callado siguiéndole la corriente. Se me ocurrió que luego los dos se desquitaban en la cama y todo volvía a ser como antes. Pero déjenme decirles que lo que está en la cabeza no se quita con nada, ni siquiera con la muerte. Si pudiera preguntarle, Hugo me daría la razón.
     Después ella quedó embarazada, y les juro que nunca vi a un tipo tan entusiasmado con el chico como mi amigo. Fui a visitarlos al hospital el día siguiente al parto, y me dio la impresión de que ella no estaba contenta. Al salir del cuarto, escuché de nuevo sus protestas y sus gritos. Sin embargo, Hugo sólo miraba al bebé en su cuna, repitiendo lo hermoso que era. Lo llamaron Tony.
     A partir de entonces, las cosas sucedieron muy rápido, solamente seis meses, y no puedo creer que todo eso estuviese trabajando en la mente de Hugo. Me refiero a lo que hizo después. Supe sobre las internaciones del chico a través del diario, cuando ya todo terminó. Nunca me había dicho nada, sólo faltaba al laburo algunos días aislados y sin avisar. Cuando empezó a hablarme más seguido, me di cuenta de que algo grave lo estaba calentando por dentro. Al enterarnos de la muerte de Tony, no me salieron palabras. No quiso que asistiera al funeral, y sólo me dijo que iba a ser en la provincia.
     Me contaron, unos días más tarde, que los vieron discutir en la puerta del cementerio, porque no quería que ella estuviese en la ceremonia. Le pregunté sobre la causa de la muerte de Tony, y no me contestó. Por eso insisto en que no hay otra explicación posible: ella estaba matando al hijo. No sé si era consciente, pero con golpes o descuidos le quitaba la salud a ese cuerpecito que imaginé llorar como un marrano todo el día, hasta que Hugo llegaba del trabajo. Entonces seguro que lo levantaba en brazos con más cuidado que si fuese un miembro más de su propio cuerpo, porque yo lo vi hacerlo. Me consta que era capaz de matarse por el chico. Me equivoco, iba a matar por Tony. Esto es lo que le dije a Beltrame, el periodista. Ella lo despertó a Hugo, sacudiendo su locura hasta hacerla salir.
     La última noche que trabajé con él, me confesó su verdad. Unas horas antes lo noté ponerse pálido ante el cadáver que acababan de traer a la una de la mañana. Comenzó a sudar, sentándose y agarrándose la cabeza entre las manos. Cuando faltaba poco para que terminara mi turno, me lo dijo todo. Lo mismo que repetí al juez hasta el cansancio. Hugo iba y venía desde la camilla donde estaba el cuerpo, revisándolo como si fuese un forense. Miraba las axilas, las rodillas y las manos. El vello de los brazos se le había erizado como el de un gato, y temblaba. No le creí al principio, no era un tipo fuerte capaz de destrozar un cadáver de la manera en que me contó. Me parece que además de la fuerza debió necesitar también la resistencia para hacerlo una y otra vez, hasta poner el último fragmento en la camioneta.
     Pero, desde hace ya un tiempo largo, creo que es verdad, especialmente cuando pienso en las ocasiones en que algo dentro de nosotros se levanta de un profundo letargo, y ya no podemos detenerlo.
    
     Hace cinco horas que ella llegó. Los muchachos la dejaron sobre la camilla. Al verla, sentí que iba a desmayarme, porque a pesar de haber tenido siempre en el pecho un agudo dolor desesperado, nunca había experimentado antes este miedo. Caminé hacia ella, tratando de ocultar mi temblor, aunque sé que González se dio cuenta. En los escasos momentos que pude estar solo, me puse a observarla. Miré su rostro indemne, sus pechos blancos y mojados por el agua sucia del río. Y leí en su cara que lo hizo para vengarse, revivió para matarse nuevamente y hacerme sentir culpable. Piensa engañar a los forenses y a la policía simulando un suicidio. Ha venido a destruir estos dos años de olvido, porque sabe que es el único estado que me permite vivir.
     La quise, es cierto, pero nunca tanto como a Tony. Al volver a casa y encontrarlo llorando, amoratado y tenso, ese dolor en mi pecho crecía de pronto. Ella, con su cabello rubio y sus ojos bellos, escondía una furia muy parecida a la que yo tuve más tarde.
     No la vi golpearlo, nunca lo hizo en mi presencia. Esperaba que me fuera al trabajo para hacerlo de inmediato o más tarde, no lo sé. El llanto de Tony y sus necesidades tal vez la exasperaban, como antes de casarnos le pasaba con las cosas más triviales. Dos o tres veces le pegué, o aún más, creo, cuando entraba al departamento y veía al niño en un estado tan cercano a la muerte, que no sabía de qué otra manera reaccionar. En el hospital los médicos me pedían explicaciones, y nunca pude decirles la verdad. Prefería que pensaran lo que quisieran, antes de verme obligado a contarles. En esos momentos imaginaba lo que mis padres habrían pensado si me hubiesen visto.
     Recordaba a papá sentado a la cabecera de la mesa, hablando en ese idioma en el que sólo ponía cuatro o cinco palabras castellanas, pero lo suficientemente acentuadas como para que yo entendiese. Él siempre nos enseñó que nada debía filtrarse fuera de nuestra casa. Una familia resuelve sus problemas sola, decía él. Mi madre también era así, aunque su voz sonaba hacia adentro, de ella aprendí a callarme. Entonces me di cuenta que no existían problemas en casa. Papá tuvo razón en eso, los había espantado con su voz gastada, hasta que la vida se fue conformando en dos planos. El inmediato y el otro, el que sobrevolaba encima de nuestros cuerpos, sórdido, como un pájaro negro dando vueltas bajo el cielo raso, y al que nunca me atreví a mirar.
     Mi dolor empezó así, muy suave primero, casi como un pinchazo leve. Mi mujer lo convirtió en un sacudimiento. Ver a Tony en el estado en que lo dejaba, fue mi despertar definitivo.
     Seis meses después, me llamó para decirme que fuera al hospital lo más rápido posible. Esta vez me esperaba en la sala de urgencias, y no en la cafetería como otras veces. Me contó de la muerte de Tony. Sentí que el dolor regresaba agudo e insoportable, pero me contuve y permanecí callado. La escuchaba decirles a los médicos que el bebé se había caído, y la gente a nuestro alrededor nos miraba con desconfianza. Empecé a sudar bajo las luces intensas del pasillo, parecidas a un sol nocturno que de algún modo me reveló lo que debía hacer.
     No sé cuánto tiempo pasó desde esa noche, ya he dicho que el olvido ha sido mi salvador. Sin embargo, lo único que pude rescatar de mi memoria fue a Tony, y que para traerlo de vuelta a mi lado tenía que realizar aquel dibujo.
     Acabo de confesárselo a González, pero no me cree cuando le digo que una de la siguientes noches, mientras estábamos solos, decidí que era el momento adecuado. Dos horas tardé en desmembrar su cuerpo. Al final, estaba agotado y cubierto de sangre y transpiración. Me di una ducha y después cargué la camioneta con los restos envueltos en bolsas negras que robé de la morgue. Eran las seis de la mañana, y como un repartidor distribuí mi mercadería en el barrio, formando la figura de mi hijo. Un dibujo lo bastante grande para que él lo viese desde allá arriba y me respondiera.
     Nunca contestó.
     Hace dos años que lo espero, y utilizo mis fuerzas para lograr el olvido completo, sólo por él. Ahora mi mujer ha regresado para decirme que los muertos permanecen en sus fosas, no importa lo que suceda. Sólo despiertan los infelices, y por eso viene a deshacer mi trabajo de toda aquella noche. A convertir mi desvelado esfuerzo en una inútil sentencia de muerte.
     La examino buscando las marcas, los cortes en los brazos y en el cuello, y únicamente encuentro un cuerpo sucio. Pero es el mismo rostro, el mismo sexo tan hermoso de donde nació mi hijo. Estoy seguro de que cuando la identifiquen me condenarán, y aunque vuelva a destrozarla, ella va a encontrar la forma de molestarme una vez más.
     Son las cinco y media de la mañana, y el sol está saliendo por detrás de la ciudad. González se despide con cierta preocupación en la mirada. Ya estoy solo.
     Y cuando voy a cubrir el rostro de mi esposa con una sábana, la escucho decir que no lo haga, que quiere verme, y que use la tela para sujetarme. Entonces miro hacia el techo, y sé que por esta vez, por ésta única vez, estamos de acuerdo. Una viga, el trozo de tela y la silla bajo mis pies serán suficientes para llevarme a la oscuridad en la que no ya habrá miedo, porque mi hijo estará conmigo.





LA PATRIA DEL SÁBADO



Claudia despertó. El sol del sábado a la mañana atravesaba las rendijas de la persiana hasta caer directamente en sus ojos soñolientos. Se restregó los párpados, se dio vuelta en la cama y vio el cuerpo del hombre dormido. Su lucidez, apenas despejada, se dejó sorprender por un momento, pero enseguida recordó. Qué hace todavía acá. Apoyó un codo en la almohada y la cabeza en la mano, se cubrió con la sábana porque abril traía ya los primeros fríos del otoño. Las líneas de luz dibujaban cortes en la espalda del hombre. Todos se van a las dos o tres de la mañana, por qué se queda. Es un tonto si piensa que me voy a enamorar. Pero no fue tan tonto anoche, se ve que tiene experiencia. Lo más probable es que quiera tomarse una taza de café con leche o un mate, y de paso evitarse el frío y la humedad del viernes a la noche. 
     No voy a ceder, voy a preparar una sola taza. Se quedó un rato más observando las manchas de vello oscuro y rizado en los omóplatos y en la baja espalda. Iba a acariciarlo, pero se detuvo a tiempo. Justo cuando su mano estaba por tocarlo él se movió, aunque sin despertar todavía. El reloj marcaba las ocho y media. Prendió la radio y elevó el volumen. A ver si se despierta y se va de una vez. Radio Nacional y la marcha militar por centésima ocasión en los últimos dos días. 
     “...más de dos mil personas reunidas en la histórica Plaza de Mayo para festejar la recuperación...”
     Se levantó, aturdida por el estridente sonido monoural y el vocerío de la multitud, que sonaba como un coro desafinado sin palabras tronando desde un lugar más lejano o más profundo quizá que el de la plaza. Si no se despierta con esto. Se puso la bata de toalla verde, una salida de baño en realidad, que le llegaba hasta la mitad de los muslos. Una corriente de aire le dio escalofríos. Se levantó y abrió la persiana. La mañana estaba bellamente dorada por el cielo, la ciudad se veía envuelta en blanquecinas nubes semejantes a alas de ángeles. Las bocinas se escuchaban débiles por la altura del departamento y las ventanas cerradas. Tuvo la tentación de abrirlas y dejar que el frío y el ruido despertaran al hombre, pero un resto de piedad se lo impidió.
     Abrió las puertas del armario que separaba el cuarto de la pequeña cocina que había detrás. Encima del ropero, las valijas descansaban desde dos años antes, y el polvo se había acumulado. No pensé que me quedaría tanto. 
     -La inquilina anterior, una chica llamada Cecilia, murió de sobredosis-le había contado la dueña, casualmente, pero mirándola con superioridad, como si así le advirtiera que debía portarse bien. 
     Pero pronto empezó a gustarle el cuarto, y ya llevaba viviendo allí cuatro años. Entonces recordó la advertencia que le habían hecho hacía ya una semana. Los rumores sobre ella provocaban quejas en las reuniones de consorcio. La vieja del departamento de enfrente le dijo a los vecinos que había visto entrar hombres diferentes todos los fines de semana al departamento. Pero qué iba a hacer Claudia si los hombres la engatusaban y no podía decir que no, era una mujer al fin de cuentas. Así como hay tipos que llevan mujeres a sus cuartos todas la noches, por qué yo no voy a hacerlo si ellos me gustan, si tengo ganas de no dormir sola, si necesito que me hagan sentir viva en medio de la noche, cuando creo estar hundiéndome a través de cada piso de este maldito edificio. Si unos brazos y un aliento eran capaces de rescatarla, ella no dudaba. Nunca pensó en el peligro que podrían traer los desconocidos, ella los miraba a los ojos, y confiaba.
     Todos se iban a las dos de la mañana, o si eso no pasaba, ella encendía la luz y la radio. El otro entonces se levantaba y se vestía, despidiéndose luego con un beso y un saludo en voz baja. No, jamás les cobraría; aunque muchos hacían el ademán de llevar la mano al bolsillo, apenas la miraban a los ojos sabían la respuesta. No era eso lo que Claudia necesitaba, y la fría, impávida expresión de los hombres parecía transparentarse en un recuerdo, un agradecimiento, como si ya la conocieran de mucho antes.
     Mañana voy a buscar a Diego a la casa de mamá. Prendió la hornalla y puso el jarrito con el agua. Sacó de la alacena un tarro de galletitas. El sonido de la lata resonó entre las cuatro paredes, pero el vocerío de la radio lo ocultó eficazmente, así como el chocar de la taza, el plato y la cucharita. La tapa de la azucarera cayó y rodó, sin romperse, sobre el aluminio de la mesada. Ruidos precarios ante la embestida de la radio. Sonidos personales que parecían inocentes perros frente a los ejércitos que invadían islas y la multitud que iba tras ellos, vitoreándolos.
     “....hace décadas que no vemos algo como esto, la gente aplaude y agita pancartas ante esta demostración de coraje del gobierno...”
     Si me echan, quiero estar preparada. Tengo plata para mantener a Diego por unos meses, y mamá me va a ayudar hasta que consiga trabajo. Diego ya tiene cuatro años. Tanto tiempo perdido, tan pocas veces que lo vio. Pero no podía mantenerlo, no era así como lo quería criar: en un departamento de mierda, durmiendo en su misma cama por falta de espacio, dejándolo con extraños mientras ella trabajaba de sirvienta. Por lo menos la abuela era la abuela, y mal que mal no iba a descuidarlo. Al final, Claudia resultó ser la extraña cuando lo visitaba, y una opresión le estrujaba el pecho cuando el chico se apartaba llorando y apretándose a las piernas de la abuela. 
     Eso se terminó, mañana voy a buscarlo y lo llevo a otro lugar donde vivir. Escuchó el rechinar del colchón y después un carraspeo de fumador desde el baño, por sobre el ruido del agua. El hijo de puta se va a bañar sin pedirme permiso, sin avisarme. Golpeó la taza con fuerza contra el plato, el agua ahora hervía en la hornalla. Fue hasta la puerta, y cuando iba a llamarlo, se dio cuenta de que no se acordaba del nombre. Él le había mencionado que era jugador de rugby, pero no sabía nada más. No quería, sin embargo, parecer una bruja, qué voy a decirle, flaco, quién te dio permiso para usar la ducha. Después de todo no era para tanto. Tal vez el tipo realmente se había hecho la idea de que podían llegar a algo serio, a veces pasa y se encuentran hombres buenos.
     Volvió a la cocina, pero antes bajó un poco la radio, diciendo, en tono maternal:
     -¡Hay toallas limpias abajo del lavatorio!
     Por qué lo dijo, aún en contra de todo lo decidido. Siempre la misma tarada, vos, no aprendés más. Tomó su café, sin azúcar esta vez, sólo le quedaba medio tarro y quería llegar a fin de mes.
     La radio hizo intermitencia y el ruido le lastimó los oídos. Fue a bajar un poco más el volumen, cuando oyó ahora claramente la voz gangosa, ronca, del presidente. Podía imaginarlo en el balcón de la Casa de Gobierno, con los brazos alzados abarcando a la muchedumbre que lo escuchaba en silencio. Ni un sonido interrumpía la voz nacida de la profunda oscuridad de los pulmones de un hombre que producía temor con sólo oírlo. Entonces la voz pareció surgir del baño, de un cuerpo escurriendo agua mientras cantaba algo semejante a la marcha de San Lorenzo, distorsionada, retaceados sus acordes gloriosos por otros más afines a la urdimbre débil de los hombres contemporáneos.
     -¡Son pegadizas estas marchas, ¿no es cierto?!- Y la voz no venía de la radio, sino del baño.- ¡La letra no se te borra de la cabeza por más que pase el tiempo!
     Claudia imaginaba al tipo desnudo, secándose con alguna de sus toallas, con los brazos alzados para frotarse la espalda. Después la puerta se abrió, y lo vio salir con una toalla alrededor de la cintura. 
     -Buenos días, Clau.
     Esa familiaridad. Se sintió indefensa, en desventaja porque él conocía su nombre y ella no el suyo. Sonrió apenas y le dio la espalda para regresar junto a la hornalla que le daba calor. Dejó la taza en la pileta, se frotó las manos cerca de la llama. Los pies descalzos del hombre se le acercaron por detrás. Sintió sus manos meterse por debajo de la bata, tocarle los glúteos y subir hasta la cintura. Le besaba el cuello, mientras le decía:
     -¿Qué te parece? Les rompimos el culo a los ingleses, ¿no?
     Ella miró al techo, suspirando, y aguantó el frío de las manos húmedas en su cuerpo. Las manchas de las moscas, que formaban un mapa cada vez más poblado, la llevaban a pensar en viajes. A olvidar el olor a mugre y smog de la ciudad, el aroma de las frituras y la orina de los niños de los departamentos vecinos. Mañana será el último día, aguantá.
     Se dio vuelta e intentó separarse.
     -Tengo que salir, querido. Vestite y si querés, esperáme, que bajamos juntos.
     Pero él no quería soltarla. La estaba mirando con fijeza.
     -¡Qué es eso de querido¡ ¿Y mi nombre que gritabas con tanto placer anoche? ... no te acordás, es verdad, no te acordás...- Se empezó a reír, satisfecho, abrazándola más todavía.
     Ahora ya no podía preguntar, en la cara de él estaba dibujada una idea, una libertad de acción, una impunidad que el anonimato le otorgaba gratuitamente. Sólo la cara lo individualizaba, y las caras, ella lo sabía, se confunden siempre, se pierden en la memoria con otras miles. Como los rostros de los soldados.
     “...nuestros jóvenes héroes han convertido este hecho en un hito de la historia del país...”
     La marcha volvió a sonar, de fondo, mientras el locutor describía el saludo de los ministros al presidente. Claudia hasta pudo imaginar el impecable uniforme y el tintineo de las medallas balanceándose sobre los pechos de los hombres fuertes. 
     -¡Soltáme!
     Logró separarse, pero él volvió a alcanzarla y le desprendió la bata.
     -¡Pero qué te pasa, puta de mierda!
     La empujó a la cama y se tiró sobre ella. Con la boca contra las sábanas, Claudia exhaló un grito apagado al sentir que la penetraba. Pero esta vez no fue como en la noche. La suavidad se convirtió en un roce de lijas, los besos en el cuello en picotazos de pájaro. Las lágrimas corrían, y sus labios bebían esas lágrimas. Sin embargo, no iba a gritar, para qué, para que lo vecinos llamaran a la policía, para verse echada un día antes sin poder ir en busca de Diego. No digas el nombre de tu hijo en este momento, no lo manches, estúpida, si arruinaste tu vida no hagás lo mismo con la de él.
     El hombre parecía decidido a retardar su placer, a someter la llegada del fin a reglas especificadas en su mente desde tal vez muchos días antes. Buscaría una mujer sola, la engañaría con su timidez fingida, o quizá no hubiese planeado nada, y la oportunidad despertara deseos que él quizá ni siquiera conocía.
     Claudia sintió un desgarro. La estaba lastimando. 
     -¡Basta!- dijo, pero él no le hizo caso. Las voces de la plaza en la radio continuaban tronando altivas, orgullosas, y las bocinas de los autos se elevaban al cielo de la ciudad.
     “...hay miles de cintas blancas y celestes cayendo de las ventanas, todos están ansiosos por mostrar el orgullo del sentir nacional...”
     Luego, el grito de gozo del hombre se dejó oír fuerte como un grito de guerra, triunfal e irrevocable. Se quedó apoyado sobre Claudia un largo rato, agitado pero quieto.
     -Dejáme que estoy sangrando-murmuró ella.
     Él no se movió. Las sábanas estaban mojadas. Lagrimas, saliva, sangre. Ella no veía porque sus ojos estaban turbios. Giró la cabeza a un costado. El departamento seguía luminoso, increíblemente limpio ahora. La luz se burlaba de Claudia. Siempre tan sucio, y ahora, tan brillante. Brillaba como los refulgentes relampagueos del sol en las alas de plata de las gorras y uniformes, en los bronces de la banda que tocaba en el viejo disco de la radio.
     El hombre sin nombre se levantó. Ella no quiso mirarlo. Esperó, sólo esperó el golpe certero que acabaría con su vida, y que hasta llegó a desear, porque no quería vivir más en ese departamento limpio y frío como el bronce. Lo oyó vestirse. El pantalón, la hebilla del cinto, el cierre, el roce de los dedos en los botones de la camisa. Él no dijo nada, quizá ni siquiera la estaba mirando. Después, Claudia escuchó la puerta que se abría y cerraba.        
     Se tocó el bajo vientre. Estaba herida, pero no era nada que no pudiera solucionar ella misma con unos días de reposo. Fue hasta el baño, encogida por el dolor, y se metió en la bañera con el olor que el otro había dejado. Permaneció quieta, pensando, mientras el vapor enturbiaba el espejo del botiquín. No lloró. El dolor se coagulaba como la sangre, y la hemorragia de las lágrimas al fin se detendría alguna vez, sin dejar rastros.
     La radio continuaba transmitiendo el acontecimiento central del año. Qué maravillosa proeza, pensó, qué valentía la de esos chicos que peleaban tan al sur, y pensó en el frío que debían estar pasando. Seguro que muy pocos habían sufrido heridas, los partes militares así lo informaban. Pero qué frío, pobrecitos.
     Sólo volvió a permitirse unas lágrimas al pensar en Diego. Debía estar aún en la cama, seguramente, mientras la abuela calentaba la leche del desayuno. El aroma de la leche hervida, qué hermoso olor, qué tibio aroma para los que, lejos, guerreaban y extrañaban.
     Ya no iría en busca de su hijo mañana. Ya no tenía sentido cambiar el ritmo de su vida, ni el inútil intento de verse mejor frente a la opinión de los demás. La imagen se había puesto en armonía con el interior, casi en perfecto equilibrio. Podía estar tranquila, aunque no del todo.
     Entonces comenzó a tararear la marcha de la radio. Hacía años que no la cantaba. Primero muy suavemente, indecisa, dudando de cómo sonaría su voz. Luego se animó a elevar el tono, porque nadie la escuchaba, y si lo hacían, dirían que por fin estaba al tanto de los acontecimientos y no se abstraía a ellos. 
     Su vida por fin iba adoptando el ritmo de la realidad. Esa brillante y enceguecedora estridencia de las fuerzas que no se detienen ante nada.





EL ROSTRO DE LOS MONOS




La mujer se resiste con fuerza. Su cuerpo pesado se escurre de los brazos de Charly, y un puñetazo lo alcanza en la boca. Pero él no protesta. Sujeta el puño que lo golpeó y lo retuerce junto a la otra mano en la espalda de la mujer. Ella grita, sigue luchando contra el pañuelo que le oprime la boca y la nariz. Pero el cloroformo comienza a adormecerla y cae sobre la camilla. Charly emite un suspiro de alivio, es la segunda vez que ella despierta. Decide mantenerla sedada con algo más fuerte.
     Ata las manos de la mujer con cordones. Palpa el vientre crecido y comprueba si aún hay movimientos, pero no los encuentra. Sus dedos no necesitan mucho tiempo para darse cuenta. Han sido, junto con sus ojos, el único sistema comunicante con el mundo.
     Va hasta la heladera, prepara la jeringa y regresa junto a la camilla. La inyecta en el brazo. Atrasará el parto, lo sabe, sin embargo es imprescindible atarla bien antes que despierte otra vez. Ella tiene que estar consciente todo el tiempo para que el parto sea normal. Lo ha sido en las últimas cuatro ocasiones, con las últimas cuatro mujeres.
     Rosa, la partera que atendió a su madre al nacer él, siempre había elogiado sus manos. Decía que eran pequeñas y sensibles para palpar a los bebés. Por eso, desde que él tuvo diez años, le había enseñado a poner sus dedos como pinzas en la carne húmeda de las embarazadas para hallar el feto y estimularlo.
     Charly recuerda cómo era la casa de La Boca cuando ella vivía. Una habitación con dos camas, la cocina y un baño agregado a un costado, al que se llegaba desde el patio. Sólo dos elementos de su trabajo gozaron siempre de un especial cuidado: la heladera donde guardaba los remedios, y un armario con el instrumental para las urgencias. Las mujeres llegaban gritando a cualquier hora, y Rosa las atendía aunque fuese de noche o cortaran la luz en el barrio.
     El comentario sobre sus manos fue lo único bueno que escuchó de ella. El resto se parecía a lo que una vez le oyó decir:
     -Menos mal que tu vieja se murió al nacer vos, imagináte cómo habría sufrido al verte así...
     Se mira al espejo en la misma habitación donde vive solo desde que Rosa murió hace dos años. No sabe quién lo llamó Charly, pero fue el nombre que menos lo avergonzó de todos los que le dieron. Se mira las manos, pequeñas para su edad, y las pone sobre la cara, sin alcanzar a cubrir del todo su rostro deformado. La mandíbula parece escaparse, los huesos sobresalen con aspecto simiesco. Así lo llamaban a veces, sobre todo en la escuela a la que lo habían enviado al principio. Luego había tenido que abandonarla, y fue a una especial, donde otros niños tan extraños como él se miraban entre sí todo el tiempo, sin comprenderse.

     Son las seis de la tarde. Mira por la ventana, el barrio está tranquilo, las luces del circo se están encendiendo en la otra cuadra y dos carros con animales pasan por la calle. Los observa un rato, incluso puede olerlos. Hay mucha menos gente que algunos años antes. Rosa murió cuando sus servicios se reducían a un parto cada dos o tres meses. Las personas ahora asisten a los hospitales. Pero él había conocido la buena época, cuando ella trabajaba todos los días y parte de la noche. La ayudaba hasta que se caía de sueño o sentía ganas de vomitar, y sólo era capaz  de pensar en el líquido pegajoso, la sangre y los pelos de pubis que tocarían sus manos antes de saberse vencido del todo por esa noche. Porque en realidad es lo único que recuerda con nitidez. Ya casi ha olvidado las caras de los niños que ayudó a nacer.
     La primera vez que Rosa lo hizo acompañarla, lo puso frente a una de las tantas mujeres que pasaron por esa casa.
     -Es ésto o el circo, en algo tenés que trabajar…-le dijo ella.
     Entonces aprendió observándola. Rosa le daba instrucciones y él obedecía. Ninguna de las mujeres se asustaba al verlo, porque el de Charly había sido siempre un rostro conocido y mudo en el barrio. A veces él pensaba en la razón de su silencio obligado, pasando largas horas de la noche en un infructuoso intento por emitir sonidos con la lengua entre los dientes. Más tarde, llegó a darse cuenta de que su lengua era un rudimentario ejemplo de músculos muertos con una cicatriz inalterable.

      Sigue mirándose la boca abierta en el espejo. Hay mucha luz en la habitación, y sin embargo, no hace más que evocar la oscuridad de las noches agitadas, cuando sujetaba los instrumentos con las manos húmedas. Los mismos que guarda en el viejo armario. Desde la muerte de Rosa los ha utilizado solamente para otros cuatro niños.
     La mujer despierta otra vez, pero está tan sedada que mueve nada más que sus ojos. Lo mira con atención y frunce las cejas.
     Las burlas de los chicos del barrio habían comenzado un día a hacerse insoportables, y desde entonces no quiso salir. Rosa escuchaba los insultos desde la calle, pero no se atrevía a criticarlos.
     -Quedáte acá y ayudáme, pronto se van a olvidar de vos si no te ven- le decía ella, mirándolo con sus ojos claros, antiguos, en medio de esa cara de piel oscura y curtida. Se encargó de enseñarle a leer con los manuales que conseguía prestados en el barrio, y después con las recetas y los prospectos que la gente les llevaba.
     El cabello de Charly es negro, lacio, y lo peina hacia atrás. Tanta semejanza con un simio debe ser deliberada, piensa. A Rosa le agradaba decirle eso mientras lo peinaba, aplastándole el cabello hacia atrás. Él supo desde entonces que así iba a ser para siempre.
    
     La mujer se agita y quiere gritar. Dirige una mirada hacia la ventana, pero se da por vencida. Son las diez de la noche. Observa a Charly, a su simiesca máscara colocada tan apropiadamente. Porque el cuerpo, aunque no tuviese deformidad, había crecido bajo la autoritaria idea que aquella extraña cabeza proclamaba. Ella lo mira caminar desde la heladera hasta el armario. Una luz se enciende sobre la camilla. Él tiene puesto un guardapolvo gris, debajo del que escapan las manos velludas y el pecho hirsuto. No hay posibilidad de duda para quien lo ve por primera vez, aunque cueste creer en la transformación humana de un animal, y en realidad no fuese más que el hecho inverso.
     Él sabe que deberá inducir el parto, así que prepara la solución que Rosa utilizó en los últimos años, cuando ya estaba cansada de las horas expectantes. Siempre había oído decir a los vecinos que los métodos que ella usaba eran peligrosos. Pero eso ahora ya no importa, lo único imprescindible en esta hora once, de esta quinta vez, es sacar al niño para que sea semejante a los otros cuatro.
     Rosa agonizaba cuando lo llamó a su lado. Unas radiografías del cráneo cayeron al piso cuando él se sentó en su cama. Charly agarró una, pero no pudo entender la mancha blanca que ocupaba la mitad de la cabeza de Rosa. La imagen gritaba la evidencia, pero él no comprendía. Vio a la partera levantarse torpemente, casi desnuda, con los pechos fláccidos y oscuros que temblaron al caminar hasta al armario para sacar el fórceps de un cajón. El instrumento era tan viejo, tan moldeado por sus dedos, que parecía haberse convertido en una extensión de sus propias manos. Colocó entonces una de las piezas sobre la cabeza de Charly, luego la otra en el lado contrario, y las unió, formando una pinza que presionaba la mandíbula y la frente. No traccionó, pero fue suficiente para que el rostro recordara su origen. Rosa apoyó las manos sobre él, intentando detener la imaginaria hemorragia en la boca de Charly, así como lo había hecho veintidós años antes. Él apartó la cabeza, temblando. Ella acarició el mentón saliente, los labios inflamados, y se detuvo. Los ojos de Charly tenían el brillo de las brasas.
     Al día siguiente, Rosa había muerto. Charly se vistió con el saco negro y largo, de cuello ancho que levantaba hasta cubrirse las orejas, se colocó un gorro, y caminó hasta la casa del hermano de Rosa para pedir el dinero que ella había ahorrado. Se lo entregaron con temor, su aspecto era el de un hombre alto, oscuro, silencioso. Vivió con ese dinero, sin preocuparle conseguir más, acostumbrado a la austeridad, a la arraigada idea de pobreza que Rosa siempre le había inculcado.
     Pasó los siguientes dos años intentando deshacerse de aquel dolor creciente, como si en esa última noche ella hubiese abierto la compuerta de una hoguera. Sabía que ya no formaba parte del mundo, y que éste no podía dañarlo más. Lo único que le quedaba por hacer, era lo que siempre había hecho mejor: sacar niños del vientre de sus madres. A la primera mujer había tenido que vigilarla durante casi todo el embarazo, y aún después de raptarla debió aguardar para el nacimiento. Pero después calculó el tiempo exacto, y el secuestro, el parto, la venganza y el abandono se sucedieron sin requerir tiempo de espera.
    
     Son las doce y media de la noche. Hay función en el circo, la música de la banda viaja suave y asordinada. Charly cree que ya es tiempo de empezar. Saca otra jeringa de la heladera, y la inyecta por debajo del ombligo. Ella grita, atenuada su voz por la mordaza. Hasta la calle sólo llegan gemidos disfrazados. Retira la aguja y ve llorar a la mujer, que mira hacia la lámpara. Todas hacen lo mismo, piensa él, las mujeres siempre lloran, incluso Rosa. Le es difícil entender el llanto, aunque nunca le resultó extraño el de los niños. También debió haber llorado él, e imagina su nacimiento. Entonces aquel viejo dolor en su pecho empieza a ser más fuerte, y el pelo se le eriza en los brazos, en la espalda. Da vueltas alrededor de la camilla, esperando el efecto de la droga.
     Ha pasado media hora, y las contracciones son muy intensas. Ella sigue gimiendo. Charly va hasta el armario y busca las ramas del fórceps. Vuelve y empuja un balde con los pies, pero la mujer rompe la bolsa y el agua cae al mismo piso que tanto líquido humano ha soportado antes. El abdomen se contrae rápidamente, la cabeza del niño se asoma. Charly no aguarda, ése es el instante preciso. Pone una de las palancas en la frente y otra sobre la mandíbula. Nota que el feto tiene un color oscuro muy peculiar, casi no se mueve. Une las ramas del fórceps y gira el tornillo de cierre. Continúa apretando. Sigue comprimiendo.
     Tracciona.
     La cabeza del feto se desprende del cuerpo, y queda entre las piezas del fórceps. Charly la mira sin entender. No oye llantos, esta vez. Sólo ve una cabeza de ojos cerrados, y los hombros estrechos asomándose entre las piernas de la mujer.
     El color morado, piensa, y se da cuenta que el niño hace mucho tiempo que no tiene vida.
     El niño al que iba a dar un nuevo rostro, se desliza de sus dedos. Sabe que no habrá manera de seguir con el plan. Ya no es necesario ir con el cuerpo de la mujer hasta el río, ni abandonar al bebé con el nuevo rostro en una calle transitada para que alguien lo encuentre.
     Esa ansiada entrega al mundo de su quinto monstruo.
     Otro simio enfurecido como él entre los hombres.
     Un aroma a fetidez flota en la habitación, pero una ausencia mayor aún lo asusta y lo hace temblar, la del llanto estridente y vital. El dolor comienza nuevamente. El fuego inapagable debe dejarse avanzar, piensa Charly. La puerta que detiene el fuego ahora abierta hasta el fin de sus bisagras. Entonces se desprende el guardapolvo pegado a la piel por el sudor, y huye de la casa.
     Las luces nocturnas de la calle lo iluminan mientras corre, como si saltara sobre brasas. Se está quemando. Da largos pasos, la fuerza que aplica a sus piernas parece desarticularlo. Charly llega al borde del muelle y se tira al río. El agua espesa y sucia se balancea, y dos barcos anclados comienzan a juntarse lentamente en el lugar donde se ha hundido.
     Son casi las cinco de la mañana. La gente está reunida en una orilla del puerto, alrededor del cuerpo rescatado del agua. Ha venido un forense a investigar, y pregunta lo sucedido.
     -No sé bien cómo pasó, Doctor Ibáñez-contesta el policía, con cara cansada y ojos que no ocultan su confusión.-Hace unas horas me pareció ver la sombra de un animal corriendo torpemente, erguido en las patas traseras, y pensé que era un mono escapado del circo.




EL FLACO



La ruta estaba más transitada que lo habitual. Había coches con valijas y bicicletas sobre los portaequipajes. Pedro sabía que viajaban hacia la costa, coincidiendo con el comienzo del verano. Le agradaba verlos pasar. En ocasiones, hasta creía escuchar las voces de los niños desde los autos.
     Siempre caminando, sin detenerse, se dijo que con mucha suerte llegaría a la ciudad antes del anochecer. Observó el campo a ambos lados del camino, interrumpido por algunas fábricas, las torres que sostenían los cables de alta tensión con la delicadeza de una araña, los puestos de frutas y las parrillas que iban cerrando a medida que oscurecía. Algunos talleres dejaban ver las caras de los mecánicos entre cámaras y llantas en desuso. Miró de costado el destacamento de la prefectura, pero sin fijar la mirada mucho tiempo ni darse vuelta. Los patrulleros descansaban tranquilos bajo el polvo y el sol de la tarde.
     Una caravana de tres camiones levantó polvo a su alrededor. Se cubrió la cara con el cuello de la camisa sucia y tosió. El sol disminuía su calidez, ocultándose detrás de las luces de la ciudad aún lejana, empalideciendo frente a la enorme luna cuadrada de edificios y tubos fluorescentes. Con más atención que otras veces, observó a los perros muertos en las banquinas. Tenía la costumbre de contarlos para entretenerse mientras caminaba; a veces, poner la mente en blanco le era imposible, y los pensamientos repetidos llegaban a volverlo loco. Por eso comenzó a contarlos, incluso podía estimar los días que llevaban muertos. Era más fácil si conservaban cierta tibieza en la piel, si al acariciarlos se sentía aún la sedosa electricidad de los músculos.
     Hacía frío y se puso la campera. El naranja del crepúsculo cedió espacio a la penumbra de la ruta, interrumpida por los faros de los coches. Estaba cansado, e hizo dedo para llegar más pronto a la ciudad. Un viejo Valiant se detuvo. Las puertas tenían manchas de diferentes talleres de chapistas.
     -¿A dónde va?- preguntó el que manejaba. El aspecto del hombre le resultaba familiar, la tez oscura, el cabello lacio caído hacia un costado, y supuso que lo conocía de vista de algún pueblo cercano. Pedro abrió la puerta metiendo la mano por la ventanilla sin cristales, no había manija externa.
     -Hasta General Lavalle...-contestó-… puede dejarme en el arco de la entrada, nomás...si es que el auto llega hasta ahí.
     -No se preocupe, así como lo ve, este auto mató a una maestra en La Plata hace unos años, me dijeron. Me llamo Beto- y le ofreció la mano. Pedro le contestó estrechándola con ánimo.    
     Mantuvieron un breve silencio. Pero su compañero empezó a hablar y ya no dejó de hacerlo en todo el camino. En las pausas, Pedro pudo contarle sobre su trabajo y la familia, aunque en realidad no quería hablar. Pensaba en María, a la que necesitaba ver lo antes posible. Dos semanas eran demasiado para la ansiedad encerrada en sus pantalones. Con Dominga no intimaban desde hacía mucho tiempo. Había dejado de pensar en ella de ese modo, y después del cuarto hijo se rehusó a ceder. Esta noche, sin embargo, regresaría al cuerpo de María, que lo aguardaba. Sus manos empezaron a sudar cuando recobró el entusiasmo que nacía en él al recordarla. La voz del hombre a su lado le devolvió, de pronto, los recuerdos de su hermano.
     -Me ayudaba mucho cuando me iba mal con alguna cosecha, siempre me hacía la gauchada con cualquier cosa...- Pedro se quedó pensativo, con la vista fija en los faros de los autos. Casi era capaz de palpar las luces, de tocar con sus dedos las blancas formas de la cara de su hermano dibujada en el cielo de mercurio.
     -¿Qué pasa?- le decía el otro al verlo distraído.
     -Es que se murió hace dos días. Si lo hubieras visto ahí tirado, con la cara tan tranquila que parecía haberse quedado dormido.   
      Desde ese momento sólo hicieron comentarios vanos, breves. Ya de noche, atravesaron el arco de la ciudad. No estaba seguro del todo, pero su compañero había mirado con desconfianza a los policías estacionados junto al mojón de la entrada. El labio inferior de Pedro también temblaba, pero quizá fuese solamente el frío nocturno. Observó las estaciones de servicio y los edificios a medio construir, los esqueletos ensombrecidos donde los pordioseros pasaban la noche. El auto se detuvo en una esquina.
     -Aquí te dejo, porque tengo que girar.
     -No te preocupés, estoy a unas cuadras nomás. Gracias, viejo, hasta luego.
     -Hasta luego, entonces.
     Esperó un rato mientras el auto, con esfuerzo, tomaba velocidad y se perdía entre otras luces iguales. Ya de noche, se encaminó enumerando las calles que lo separaban de María. De vez en cuando los vagabundos estiraban una mano desde las sombras, brazos delgados con mangas raídas, rojas algunas por el escozor de los piojos. La extensión del campo inundó de pronto sus ojos, sin aviso, tapándole la vista como un ladrón, un paño rojo que le cubría los ojos, y la serena soledad del cuerpo de su hermano le pareció inalcanzable.
     Una vez había recorrido las mismas calles con Raúl, que pensaba llevar a esa gente al campo para trabajar en la siembra, pero él se había reído de esa insensatez.
     -¡Mirálos!-le decía.- Están acabados, van a morirse como los perros de la ruta. Mañana se los van a llevar en un camión al cementerio.
     Raúl entonces se puso a observarlo con los ojos entornados.
     -No me mirés así, es la verdad- se defendió Pedro.- ¿Acaso tenemos plata para mantener a nuestras familias por lo menos?
     Siguieron caminando, ofendidos uno con el otro, reconciliados más tarde en los mediodías al sol, cosechando, o en las reuniones junto al fuego y sus mujeres.

     Llegó después de la cena. María no pudo ocultar su alegría al verlo, y le preparó un sitio limpio en la mesa. Pedro se puso a hojear el diario. Una noticia al pie de la página pareció llamar su atención, pero María lo distrajo al sentarse a su lado para contarle todo lo que había hecho en su ausencia.
     Cuando se acostaron, Pedro se desnudó lentamente, hablándole de los planes que iban armando juntos desde algún tiempo antes. Boca arriba, fijó la mirada en las vigas del techo y los ladrillos sin revocar. Se dio vuelta para acariciar los pechos de María y besarla. Quería olvidar el derrumbamiento de aquellos planes. Ella lo rechazó con disimulo. Empezó a explicarle que le había conseguido un trabajo, y debían ir temprano a la fábrica. Sólo era cuestión de intentar, se dijeron, y apagaron la luz. Pedro se quedó pensando en los uniformes azules mientras él corría por el campo llano, hacia la ruta.
     De a poco, acostado en la cama de María, sintió cómo sus músculos se iban relajando con extrema lentitud luego de la larga caminata, hasta quedarse dormido. Soñó, como otras veces, con el fuego. Una gran fogata que abarcaba toda la extensión de los edificios en construcción, quemando los cuerpos de los hombres débiles parecidos a ratas en sus cuevas de cemento. Llamas nacidas de un único y gran fogonazo de escopeta, repartiendo perdigones hacia todas partes. El disparo inicial que había dado vida al sol sobre los campos que él sembraba para alimentar a sus hijos.
     Despertó sobresaltado por el timbrazo fuerte del despertador de María. Ella se estaba vistiendo y le recriminaba su pereza. Llegaron a la fábrica cuando el sol ya se había asomado detrás de las rejas del predio. Ella lo guió dentro del edificio, entre el ruido de las máquinas, y se puso a hablar con uno de los empleados, pero Pedro no entendió el diálogo, lo aturdía el rugido de los motores. Las voces de los hombres se iban haciendo semejantes una a la otra. Había tonos, palabras, sílabas que se parecían a la voz de Raúl. Intentó deshacerse de esa idea, y siguió a María hasta la oficina del jefe de personal.
     El hombre era cordial. Le dijo que entraría como reemplazo hasta que sus papeles estuviesen listos. Pedro salió de la oficina pensando en el diario del día anterior que había visto apoyado sobre el escritorio, absorbiendo las manchas del café derramado.
     -¿Cómo te fue?-le preguntó María, que lo esperaba sentada un costado de la puerta.
     -Empiezo hoy.-Pero al verla tan feliz, le molestó que ese ánimo contrastara tanto con el suyo. Se despidieron con rapidez cuando un empleado llegó para indicarle el puesto. Durante todo el resto del día creyó oír la voz de su hermano en el interior de la máquina. Lo escuchaba hablar de sus planes para la chacra.

     -Contraté gente de la ciudad, Pedro. Un tipo va a venir esta tarde para ayudarme-le había dicho un día
    Él lo miró entonces con resignación, cansado de recriminarle su estupidez.
     -Te va joder, acordate lo que te digo, no me gusta la gente extraña…
     Pero Raúl no le hizo caso. El tipo llegó y se puso a trabajar enseguida. Cavó las zanjas para los postes del alambrado nuevo, y luego ayudó Raúl a sembrar. En ese entonces todavía tenían el viejo tractor, y cada media hora paraban para que se enfriara. En la espera, se ponían a hablar de mujeres y de trabajo. Pedro, al pasar por el campo de su hermano todas las tardes, los hallaba trabajando o charlando amistosamente. Desde lejos los veía reír como si fuesen hermanos de sangre. Ellos lo saludaban agitando los gorros, y él les contestaba, pero una incierta bronca le crecía en el pecho sin comprenderla del todo.
     -Ya terminé con el abono. ¿Querés que te ayude? -preguntó, secándose el sudor de la frente bajo el sol de una mañana de verano.
     -No, Pedro, gracias, el “flaco” va a ayudarme.
     Le llamaban así porque apenas tenía los músculos de un chico de quince años. Pero era alto, los hombros anchos compensaban la apariencia débil de sus brazos. Aquella rápida confianza con Raúl le había caído a Pedro como un baldazo de agua fría. Nunca se había llevado demasiado de acuerdo con su hermano mayor, pero siempre necesitó de su aprobación. Sólo Raúl podía darle la tranquilidad de un proyecto aceptado, de una idea compartida.
     -Esta noche comemos en tu casa- dijo Pedro, sin esperar respuesta, como si deseara echarle en cara al extraño que los escuchaba, la confianza y el privilegio que éste aún no poseía del todo. Pero Raúl contestó:
     -Bueno. El “flaco” va a hacer un asado de espectáculo.
     Y ambos se rieron, sin mirar a Pedro.
     -Pero...- empezó a decir él. Entonces se calló la boca.

     Cuando el trabajo terminó, los hombres salieron de la fábrica como hormigas de un hormiguero aplastado, dejando atrás el zumbido de las máquinas. Las rejas se abrieron y los grupos se fueron dispersando hacia las paradas de los colectivos. A Pedro le pareció ver un rostro conocido. En la larga fila de espera, dos personas delante, estaba el tipo que lo había traído en el auto. No vestía el mameluco de la fábrica.
     -Hola- dijo Pedro. -¿Te acordás de mí?
     -¡Sí! ¿Qué me contás?
     La luz del crepúsculo les llegaba como recortada por las rejas.
     -Acá andamos, en mi primer día de trabajo. ¿Y tu auto?
    El hombre salió de la fila y se le acercó para murmurarle algo al oído.
     -No era mío…
    Así que pasamos por destacamentos de la policía en un auto robado, pensó Pedro, y esa idea lo divirtió. Una sonrisa cómplice abarcó su rostro por primera vez en toda la tarde, que ya empezaba a terminar mientras el sol caía deshecho en jirones rojizos detrás de las chimeneas.
     -Me alegro de ver a alguien conocido, te lo juro. Me estaba volviendo loco encerrado ahí dentro. Vamos a tomar algo.
    Caminaron por el centro, buscando un bar.
     -El más barato que tenga, jefe- pidió el Beto, cuando se sentaron a la mesa de un boliche con olor a humedad. Una aroma a orina llegaba desde el baño del fondo. La vidriera tenía la suciedad de por lo menos cinco años, según los almanaques que colgaban, amarillos, de la pared tras el mostrador. Un mozo les trajo un tinto del color de la sangre coagulada. Eso fue lo que pensó Pedro al levantar el vaso, deteniéndose para ver el líquido que bailaba bajo su nariz.
     
     Con Raúl, a veces competían por quién tomaba más sin embriagarse, pero desde que se habían casado pocas ocasiones tuvieron de volver a hacerlo. Aquella noche que cenaron en su casa, el asado del “flaco” entusiasmó a todos a beber de más, incluso a sus mujeres.
     -Ahora...a hablar de negocios-había anunciado Raúl golpeando la mesa con los puños. La Dominga trajo la damajuana y les sirvió.
     -Escucháme, hermanito, el banco me pide garantías en terreno para el préstamo. Quiero expandirme y para eso necesito un tractor nuevo. Sabés lo que cuesta, y el flaco tuvo la idea de que me cedas la mitad de tus tierras, solamente en los papeles, con un escribano que él conoce.
    Pedro miró al flaco, y con los ojos le decía que no iba a dejarlo salirse con la suya.
     -¡Desgraciado hijo de mil putas!
     Se tiró sobre el “flaco” dispuesto a matarlo. Su hermano lo separó con empujones y amenazas. Las mujeres intervinieron. La Dominga comenzó a recriminarle su falta de ambición. Raúl lo llamó cobarde por no animarse a algo tan fácil.
     -¡No te das cuenta que quiere joderte, te va a sacar la guita!- insistió Pedro con los ojos llenos de furia. El vino derramado le había manchado la ropa. La mesa estaba volteada, y sus hijos lo miraban con miedo.
     Regresaron caminando a oscuras bajo la luna en cuarto menguante. Sintió la mirada de su mujer que lo acusaba de cobarde y mal hermano y padre. Pero él pensaba en María, en su cuerpo bajo esa misma luna, en que podría haberla amado allí mismo sobre el pasto.
    
     -¿Otra vez soñando, viejo?
     La voz del Beto lo trajo de vuelta a la ciudad. El vino pasó finalmente por su garganta, no sin dificultad al principio. Bebieron vaso tras vaso, varias botellas, convenciendo al dueño de que les fiara. El viejo alzó los hombros con resignación.
     El Beto se tambaleaba en la silla, mientras acompañaba la melodía de una propaganda de la radio que vendía un fijador para el pelo.
     -Decime una cosa, si uno se pone eso... - preguntó señalándose la entrepierna.- ... se pone más dura, ¿no?
     Los dos se rieron a carcajadas, y Pedro se acordó de pronto que María lo esperaba en casa. No tenía ganas de irse aún. Ni siquiera le quedaba la excusa de haberse emborrachado, porque a pesar de todo lo bebido, no había logrado embriagarse. Hasta eso era imposible sin su hermano. El Beto se levantó y dio vueltas por el local vacío, mientras el mozo ponía las sillas sobre las mesas y barría el piso. Las luces se apagaron hasta lo mínimo imprescindible, los faros de los colectivos al pasar alumbraban el interior por la puerta abierta.
     Una voz en la radio anunciaba las noticias locales. Habían matado a un hombre cerca de allí. Pedro apretó los puños sobre la mesa, el mantel de hule se frunció con su fuerza. Creyó escuchar las sirenas, el llanto de Dominga perdiéndose en la distancia, y hasta vio de nuevo sus propias manos apoyadas sobre el pasto nocturno al tropezar.
     -Voy a proponerte algo, viejo, ¡ ...y escúchame atento, boludo!- gritó, agarrando al Beto del brazo. -Tengo un campo bastante grande, y me da mucho laburo. Pero se está al sol y tenés tu propio horario. Te propongo venir conmigo para ayudarme. Si querés te doy un salario o un porcentaje de la cosecha, según lo que resulte. ¿Qué te parece?
     No era él quien estaba hablando, no era su voz. Pero sí, allí estaba el mismo Pedro de siempre, en un bar de General Lavalle, a las once o doce de la noche, hablándole a un borracho. Era su cuerpo, su cara con una barba de tres días, sus manos callosas. Sin embargo, una sombra cruzó por delante de las bombillas que luchaban contra la viscosa oscuridad del lugar, un parpadeo con la forma de un cañón de escopeta.
    
     Desde la discusión en el asado, la Dominga y él ya no se hablaban. La vio volver de la casa de su hermano varias veces, y supuso que se pasaban chismes con la cuñada. Pensó en los planes con María, en la casa de la ciudad que iba a protegerlo del mundo.
     No había vuelto a ver a Raúl, salvo de lejos, trabajando en el campo. Le dolía no poder hablarle, acercarse a él por causa del orgullo. Al fin de cuentas era su hermano. Pero no iba a ceder, a dejar que un ratero de la ciudad los embaucara como a dos estúpidos.
     El “flaco” lo seguía ayudando, y los veía compartir las tardes y las bromas, las botellas de agua y la comida, el calor del sol haciéndolos sudar por igual, como a un solo hombre. Pedro podría haber estado allí, ocupando el lugar del otro, era ése el derecho de su sangre.
     Una mañana escuchó un motor muy fuerte, y toda la familia salió en pleno amanecer para ver el tractor nuevo de Raúl. Cómo hizo, se preguntó Pedro, descalzo y en calzoncillos, mirando el brillo relampagueante de la máquina. Su hermano estaba encima, domándola como el nuevo jefe de la zona, rodeado de la familia que lo vitoreaba como el héroe más grande de la llanura. Era Raúl quien brillaba, no el metal del tractor, sino sus ojos. Hombre y máquina era un solo y un único triunfo. Los niños se habían subido para tocarlo, Dominga lo abrazaba con el cabello suelto y una bata raída que dibujaba el perfil de sus senos.
     No había siquiera nubes, ni una sola que pudiese cubrir por un instante la deslumbradora imagen de su hermano sobre el tractor. Raúl había logrado poseer ambas cosas: la admiración y la máquina. Y Pedro, casi desnudo en medio del polvo, parado junto a la pobreza de su casa, lo miraba, derribado en su orgullo, pero erguido por la ira.
     -Viene a jactarse, después de todo viene a refregarme la mierda en la cara.
     Era su voz más tenue y lúgubre la que hablaba, no porque temiera que su hermano lo escuchase, sino por temor del sol que nacía.
     Se dio la vuelta y entró.
     Al volver a salir, llevaba entre las manos la escopeta que el padre le había regalado a su otro hermano, Nicanor, y que éste dejó abandonada bajo la cama cuando se fue de casa. El arma, a pesar de la espesa capa de polvo, brilló con la luz que el sol parecía estarle dedicando especialmente. El cañón se elevó, firme, hasta la altura de sus ojos.
     Los párpados de Pedro temblaron. Luego de unos segundos, logró cerrar uno y poner la vista en la mira. Buscó el cuerpo sobre el tractor, pero las formas de su mujer y sus hijos se interponían.
     -¡Raúl!- gritó.
     Todos se voltearon a mirar. Hubo un solo grito de niños, un solo grito de mujer, y la silueta pálida del hermano se dibujó clara y solitaria sobre la bella máquina de la tierra.
     Pronto ya no existió más que una gran mancha de sangre en el cuerpo colgando boca abajo, con una bota enganchada en un pedal.

     -Parecía dormido, te lo juro, sereno como si no se hubiera levantado esa mañana de la cama.- Pero el Beto estaba tan ebrio que no debía haber escuchado nada de lo que había contado.- ¿Así que vas a venir o no?
     -¡Sí, hermano!-le contestó con su tonada de beodo.
     Pedro sintió un sabor amargo en la garganta, pero no dijo nada. Ayudó al otro a levantarse y salieron del bar hasta la vereda húmeda de rocío. La puerta se cerró, y la figura del mozo se perdió en la oscuridad del interior. Se resignaron, entre hipadas y suspiros, a volver caminando, para que el aire fresco les despejara la cabeza. Su andar fue un zigzagueo en medio de la calle. Las pisadas se borraban del pavimento, pero otras detrás persistían dejando huellas en la humedad, formándose y muriendo al mismo ritmo que sus pasos. Como si una sombra familiar tomase cuerpo sobre la calle.
     Pedro se sintió, de pronto, atrapado por dos hombres en medio de la calle abierta, uno que casi no conocía, y el otro al que presentía conocer demasiado. Sin embargo, no había nadie más que el Beto y él. Pero la voz del Beto lo lastimó entonces con una entonación que no le era propia, como si alguien con la suficiente fuerza para estar detrás y a su lado al mismo tiempo, hablara por su boca. Alguien que no quería abandonarlo.
     -Si vamos a ser socios tenés que llamarme como mis amigos-le estaba diciendo.
    -Está bien, compañero, ¿y cómo te llaman?-preguntó Pedro.
    -Me dicen el “flaco”.




 LA BIBLIOTECA



El día que Leandro Suárez cumplió treinta y ocho años, salió del trabajo en la ferretería de la calle Riobamba y caminó, como todas las tardes, hasta la esquina de la avenida Córdoba. Dobló a la derecha, sin cruzar, la biblioteca estaba a tres cuadras en la misma vereda.
     Era invierno, pero él no recordaría esa tarde por los negros, violentos nubarrones que hacían descender ráfagas heladas sobre la ciudad, ni siquiera porque fuese su cumpleaños. Iba a recordarla por la mirada y la primera sonrisa que recibió de la bibliotecaria.
     La había visto entrar a la biblioteca un año antes, en reemplazo de otra que se había jubilado. Al principio, ella iba y venía por el pasillo que separaba la recepción de la sala de lectura, recogiendo libros de las mesas. Usaba pantalones de fina tela y color ambarino o verde, según la luminosidad de las tardes y las luces de la sala. Los cabellos negros formaban rizos de suave apariencia, y cada vez que ella se agachaba, le cubrían la frente y acariciaban sus hombros apenas esbozados bajo la blusa de seda. Nunca le había dirigido más que una mirada fugaz, como si Leandro fuese sólo uno de los tantos objetos que se cruzaban en su camino.
     Pero hacía dos meses le habían designado un puesto en la recepción, y desde entonces, él notó el enrojecimiento de las mejillas con el ajetreo que provocaban los chicos y estudiantes cuando venían al salir del colegio de la otra cuadra.
     Leandro pedía los textos que había planeado retirar desde la noche anterior, acostado en su cama sin poder dormir. Pero cuando ella lo miraba y le daba las buenas tardes, con las cejas arqueadas, de pronto olvidaba qué venía a hacer. Cuando realmente le gustaba una mujer se sentía  torpe y desconfiado.
     -¿Perdón?- decía, recién después de sentirse liberado por sus ojos, que lo habían atrapado como ganchos de signos de interrogación.
     Ella, sin embargo, le devolvía una mirada altiva, y él bajaba la cabeza o sonreía como un estúpido. Le habría gustado hablarle, saber su nombre. Le habría gustado, por sobre todas las cosas, tocar esos rizos negros que adivinaba impecablemente suaves al tacto.
     La tarde de su cumpleaños, al entrar, el viento golpeó la puerta contra la pared. Todos se dieron vuelta, las hojas de los libros abiertos se agitaron, lo mismo que el calendario en la pared y las polleras de las viejas. Se apresuró a cerrar. Pero no prestó atención a las miradas recriminatorias, sino a la sonrisa velada, la risa oculta entre los dedos con que ella se tapaba la boca, el brillo de los ojos que mostraban no la burla, sino el aprecio. Entonces él le sonrió por primera vez sin vergüenza, aunque no dijo nada. Simplemente se acercó al mostrador, y ella, dejando de atender a los demás, le extendió una mano.
     Leandro vio venir esa mano blanca como si la estuviese observando en cámara lenta, mientras su corazón se aceleraba, y temía que los otros escuchasen los latidos. Sintió los dedos sobre su cabello, y habría cerrado los ojos un largo rato con aquella caricia, como un perro dormido o un niño ahora a salvo del frío del invierno. Pero esa mano, con dos hojas secas que había encontrado entre sus cabellos, ya se estaba apartando.
     -Disculpe mi entrada-dijo él.
     No sabía cuántos años tendría ella, no más de veinticinco tal vez. Decidió no tutearla al recordar la frialdad que le había dedicado hasta entonces.
     -No importa, si supiera a cuántos les pasó lo mismo hoy. ¿Qué necesita?
     -¿Eh?-Otra vez le pasaba lo mismo, pero no iba a dejar que se arruinara esa tarde.- Busco un libro de Hawthorne.-Y le entregó el papel con las referencias.
     La vio alejarse en la velada luminosidad de los muros de la biblioteca. Llevaba unos pantalones de pana gris, y uno tacos bajos que resonaban en la madera del piso. Un hombre, acodado sobre el mostrador junto a él, lo miraba y sonreía, levantando una ceja hacia la figura de la bibliotecaria. Era casi calvo, con una corona de cabello castaño, algo bajo y levemente gordo.
      Leandro nada le contestó, así como tampoco respondía a sus compañeros de trabajo cuando le hablaban de mujeres. El silencio, se decía, daba paz, lo alejaba de la ira que muchas veces había sentido atenazándolo, punzando su pecho. Se zambullía entonces en la lectura, y era ése un obligado silencio, que a pesar de los gritos y el estruendo de la ciudad, lo apartaba en un mundo de hombres y mujeres que construía a su voluntad.
     Ella volvió con el libro.
     -“Historias dos veces contadas”. Sírvase firmar y dejar el documento.
     Él ya sabía el procedimiento, pero hizo un gesto de duda antes de registrarse.
     -¿Qué fecha es hoy?-preguntó.
     Ella abrió la boca casi de oreja a oreja. Jamás la había visto sonreír así.
     -No me va decir que no se acuerda del día de su cumpleaños.
     Leandro la miró asombrado.
     -¿Cómo sabe?
     -Está en su ficha de socio, Leandro.
     Él se sintió feliz. Sabía que sus mejillas se habían enrojecido, la estufa también lo acaloraba y lo hacía transpirar.
     -¿Cuál…?
     -Geraldine.
     -Gracias.- Sin animarse a decir más, a romper el hechizo de esa tarde agrisada y fría en la que había hallado un refugio cálido junto al fuego que manaba de los libros y de la boca de esa mujer, se retiró rápido, con el libro bajo el brazo, hacia la sala de lectura.
     Pero ya no pudo concentrarse. Leía pero su mente divagaba. Media hora después se levantó y fue hasta el mostrador.
     -Me lo llevo a casa.
     -Cómo no. Fírmeme aquí.
     Sus manos se tocaron cuando le devolvió la birome. Su piel le confirmaba que ella lo había estado esperando todo ese tiempo, pero por qué se lo había ocultado hasta ahora, por qué había fingido frialdad. Por la misma razón que vos, se decía Leandro, nunca se sabe lo que el otro piensa o siente en realidad con respecto a uno. Y salió dichoso de la biblioteca esa noche, pensando en lo que saben las mujeres, en el mundo que esconden y dejan entrever sólo cuando ellas quieren.

     Ella no volvió a tratarlo fríamente. Cada vez que lo veía entrar, abandonaba sus tareas a los demás empleados y lo atendía. Llevaba desde una semana antes el cabello trenzado y recogido en la nuca. Sus ojos marrones, intensos y brillantes a la luz de los tubos fluorescentes, parecían ser más grandes que el estrecho y oscuro recinto de la biblioteca. A veces, lo acompañaba hasta el patio trasero, donde un banco y un árbol brindaban un sitio de serenidad en medio de la ciudad. Allí comentaban libros o lugares que habían visitado.
     Un día Leandro se dedicó a mirarla mientras ella trabajaba, fijando los ojos en el sweter verde, apenas abultado sobre sus pequeños pechos. Al volver la vista al libro, se cruzó con la mirada del hombre que había visto en el mostrador. Parecía querer decirle algo, pero no le hizo caso y se levantó.
     -Ese tipo es un molesto-le dijo a Geraldine en la recepción.
     Ella miró por encima de los hombros de Leandro.
     -Sí, siempre viene a dormir la siesta, es un solitario…-Su voz se quebró, las mejillas se sonrojaron, y se dio cuenta que eso hacía más lamentable aún la situación.
     Leandro no respondió. Oh, el silencio, pensaba él, como si leyese en las páginas que había memorizado alguna vez. Y fue así que se decidió a hablar, por fin, pasando por alto si ella tenía novio, si podía llegar a sentir siquiera interés por un hombre diez años mayor. Habló, no como tantas veces que lo había planeado, sino como quien se aferra a un bote después de un naufragio.
     -Geraldine, me gustaría ir a tomar un café con vos cuando salgas del trabajo.
     -Esta noche no puedo, tengo que clasificar unos libros.
     Leandro la siguió mirando por un rato, sabiendo que si apenas parpadeaba delataría su desilusión.
     -Pero mañana sí, me gustaría mucho-dijo ella un segundo después.
     Y ambos sonrieron. Después él regresó a la sala de lectura, pero el hombre de enfrente se había erguido un poco sobre la mesa para hablarle en voz baja.
     -Ya la tiene, ¿no es cierto?
     -Mmm…-le contestó, dispuesto a cortar la conversación antes de que comenzara.
     -Cuídese, amigo, se lo digo porque parece usted poco experimentado. Cuídese de las mujeres en general, y de las bibliotecarias en particular.
     Leandro cerró el libro de tapas duras con un golpe que resonó en toda la sala, y salió rápido de la biblioteca. Sintió, sin embargo, los ojos de ella siguiéndolo hasta que desapareció por la puerta de calle.

     Fueron al café de la esquina de Callao y Córdoba. Conocía a los mozos y el ambiente le era familiar, cómodo. El tráfico que doblaba en la esquina al abrirse el semáforo llenaría el vacío del silencio en caso de presentarse. Pero no hubo ocasión para esto. Hablaron todo el tiempo, pisándose los finales de frase uno al otro con tal de contarse cosas.
     -Hay un cuento de Hawthorne, se llama “El joven Goodman Brown”-dijo Leandro.- Me parece una alegoría del mundo, de lo aparencial de lo que nos rodea.
     -No estoy de acuerdo en dar interpretaciones a la ficción, lo mejor es tomar las historias como son, con el misterio que tienen.- Ella jugaba con un sobrecito de azúcar entre sus dedos.
     -Pero hay cuentos que toman sentido al interpretarlos, son como música, se meten en uno para recrearlos. Fijáte, en ese cuento el protagonista crece viendo a la gente de una  manera, luego, en el bosque, descubre que son otras, como una iniciación.
     -Como al perder la virginidad- agregó ella.
     -Sí, ahí está la interpretación, ¿ves?
    -Pero no me gusta, trivializa la historia, me resulta más interesante pensar que hay una verdadera transformación, entonces el mundo se abre y brinda otra luz.
     -Una luz negra, en este caso-dijo él, y ella asintió con la cabeza, como vencida pero no convencida.
     Afuera, las luces de los autos alumbraban la esquina, las bufandas de los peatones se sacudían con el viento, los alientos manaban humo blanco en esa noche fría.
     Leandro la tomó de las manos. Ella no se resistió, pero tal vez se sintiera lastimada, porque, de pronto, las retiró.
     -Bueno, ya es tarde-dijo, mirando el reloj.
     Siempre se apartan, pensó él, siempre esta barrera.
     -Te acompaño hasta tu casa.
     Ella dejó que lo hiciera a pesar de rogarle una y otra vez que no tenía por qué alejarse tanto del barrio. Necesitar, esa era la palabra que ella no parecía comprender del todo. Él necesitaba acompañarla. Cuando llegaron a la puerta del edificio en Palermo, Leandro se acercó para besarla. Ella giró un poco la cabeza y ofreció sólo la mejilla derecha.
     -¿Por qué?-le preguntó él al oído, sintiéndose un estúpido por hacer tal pregunta.
     Ella se hizo la desentendida. Le dio las buenas noches y entró. Las puertas de vidrio los separaban más que todos aquellos meses en que se habían visto en la biblioteca.
     Pero era un ingenuo. Por qué ella, se preguntó, iba a apresurase si tal vez ni siquiera estaba segura de sus sentimientos. Con esa idea se encaminó aliviado a buscar un taxi, y entonces se le ocurrió ver la ventana del departamento. Le había dicho que era el segundo piso, justo en la esquina. Cruzó la calle.
     La luz estaba encendida. Una sombra iba y venía de un sitio a otro del cuarto, desaparecía por un largo rato, para aparecer de nuevo. Era ella, adivinaba su rostro en la silueta, sus pechos pequeños bajo un corpiño blanco. La figura creció, como si se acercase a la ventana para correr las cortinas. Leandro se escondió detrás de un auto estacionado. Pero no era una sola persona la que se asomaba a la ventana. La silueta se había desdoblado al dejar de ser sombra, aunque los cuerpos no llegaban a ser dos todavía. Leandro creyó que el cansancio de sus ojos desdibujaba las formas ya de por sí engañosas de la noche. Un rostro y otro parecían plegarse y separarse tras las cortinas. Luego, la persiana hizo morir la luz del interior.
     Toda la noche intentó explicarse lo que había visto, pero interpretar llevaba a la locura. Ella se lo había dicho: hay que aceptar las historias como son. Ni siquiera le había preguntado si vivía con alguien. La próxima vez iba a hacerlo, o quizá fuese mejor continuar con el silencio y no saber.

     A la tarde siguiente, apenas entró, se dio cuenta de la ansiedad con que había esperado ver, tras el mostrador, lo que había visto en la ventana. Pero Geraldine era la de siempre. El cabello suelto, la blusa rosa y la cadenita dorada alrededor del cuello.
     -¿Qué vas a sacar hoy, Leandro?-le preguntó, distraída, como si hubiese olvidado lo de anoche.
     -El mismo cuento-respondió.- Voy a leer otra vez ese cuento, me parece haber perdido algo entrelíneas.
     Ella alzó los hombros, como diciendo “allá usted”. Volvió con el libro, y antes de entregárselo, puso un papel entre las hojas. Leandro se sentó ante una mesa y lo abrió. El papel decía: “Te espero esta noche en el bar de siempre”. Esta vez, sin embargo, su corazón no se aceleró. Levantando la vista hacia ella, sólo logró cruzarse con el hombre que parecía insistir en declararse su protector. El tipo le guiñó un ojo, y él volvió a sumergirse en un libro.
     A las dos horas, la estaba esperando en el bar. Ella llegó y se sentó, cansada.
     -Hoy casi me peleo con la directora, me tiene harta. ¿Cómo te llevás vos con tu jefe?-preguntó a la vez que pedía un té y tostadas.
     -No me peleo, dejo pasar los problemas. Antes me hacía líos, me preocupaba y perdía trabajos, ahora me callo.
     Ninguno habló por cinco minutos. Después él dijo:
     -Mirá, Geraldine, si vivís con alguien, no quiero meterte en problemas…
     -¿Con quién voy a vivir? Mis padres son de Córdoba, mi hermano se fue al exterior. Vivo sola. Si no te dejé pasar anoche es porque quiero conocerte más.
     -No, no es por eso, es…-Pero no podía contarle lo que había visto sin delatar que la había estado espiando.
     Se quedaron hasta más tarde que la noche anterior. Eran casi las dos de la mañana y encontraron un taxi perdido en una esquina a dos calles del bar.
     -No te bajés- le pidió ella, y lo besó en los labios. La vio desaparecer tras las puertas de vidrio. El taxi arrancó, pero tres cuadras después le dijo al chofer que regresara adonde ella había bajado. El auto se detuvo de nuevo frente al edificio.
     -Apague las luces.
     El taxista lo miró por el espejo retrovisor con el ceño fruncido, pero obedeció. Leandro se dedicó entonces a observar la ventana del segundo piso. Suponía lo que el chofer debía estar pensando, pudo ver por un segundo su sonrisa obscena por el espejito.
     La luz se encendió. Casi la misma rutina de movimientos volvió a repetirse. Después todo quedó a oscuras, la persiana sin bajar. Iba a ordenar al taxista que arrancara, pero entonces, en el hall de entrada se abrió la puerta del ascensor. Geraldine salió a la calle con la misma ropa con que había subido, y se puso a caminar por la vereda hacia el sur.
     Leandro pagó y salió del auto sin golpear la puerta. Sabía que el taxi haría ruido al arrancar, y se escondió en un umbral. Pero ella ni siquiera se dio vuelta al oír el motor.
      La siguió por quince cuadras. Debían ser casi la una de la mañana cuando la vio entrar a un edificio viejo, con bolsas de basura que parecían vagabundos dormidos en la vereda. Ella desapareció tras la puerta. Ya no podría seguirla, ni saber más por esa noche. De lo que estaba seguro únicamente era de sí  mismo, de la frustración y de los pozos de donde surgía su dolor.
    
     Faltó a la biblioteca durante dos días. Como en las tardes en que había poco trabajo, se dedicó a hacer inventarios y tirar repuestos viejos.
     -¿Qué te pasa?-le preguntaron los muchachos al verlo más callado que de costumbre. Él se encogió de hombros, sin mirarlos.
     -Debe ser una mujer-dijo uno de ellos, guiñándoles un ojo a los otros.-Las mujeres no valen la pena el sufrimiento, ya deberías saberlo.-Le palmearon la espalda, mientras se reían, y lo dejaron solo.
     Encontró una vez más, como siempre que hacía inventario, esa vieja pistola en el último estante de la pared del fondo. El jefe le había contado que el dueño anterior del local la había dejado, tal vez, olvidada, y como la mayoría de las cosas que estaban allí, tornillos oxidados, herramientas rotas y alambres, había quedado abandonada por muchos años. Ahora estaba cubierta de herrumbre, pero el gatillo funcionaba. Muchas veces la tomó entre sus dedos y la miró con interés, pero pronto volvía a dejarla en el estante y regresaba a su trabajo. Pero esta vez a agarró y comenzó a observarla detenidamente. Se puso a limpiarla primero con una lija fina, luego buscó un cepillo para remover el polvo y las costras de aceite del cañón y el tambor de las balas. Miró el calibre y el número de serie, los anotó en un papel.
     Esa noche, al regresar a casa, desenvolvió el paquete de papel de diario donde la había escondido y la guardó en el cajón de la mesa de luz, junto a una tira de aspirinas viejas y el libro.
    
     Al tercer día, volvió a la biblioteca.
     -Le devuelvo el libro- le dijo a Geraldine.- Y quiero regalarte esto.
     Ella tomó el señalador que él le entregaba y leyó en el reverso.
     -Pero por Dios, Leandro, no puedo aceptarlo. Es un autógrafo de Marechal. No, no, ni hablar.
     -Quiero que lo aceptes, lo encontré con las cosas de mi viejo cuando murió hace unos meses.
     -Pero no puede deshacerse de este tesoro.
     -Es un regalo, no me deshago de él.
     Ella aceptó y le dio un beso en la mejilla, mientras le decía oído:
     -Esta noche.
     Se encontraron en el bar, pero no se quedaron mucho tiempo. Esta vez él atravesó con ella las puertas de vidrio del edificio, y subieron al departamento. La luminosidad que había visto desde afuera era diferente ahora, más homogénea y menos extraña. Los muebles eran simples, cubiertos de libros, fotografías y reproducciones de pinturas. Geraldine se desenvolvía con la misma escrupulosidad que en la biblioteca. Esmerada, precavida, prolija. Fue hasta su habitación y volvió con la misma ropa pero descalza.
     -Los zapatos me matan.-Y fue a la cocina a preparar algo. -¿Querés comer?
     -No tengo hambre-dijo él, mientras miraba los lomos de los libros. Eran tratados de filosofía e historia. Él había planeado cientos de veces en su cabeza la siguiente escena: la recriminación, la revelación y el desenlace, y podría haber escrito un libro con esa historia.
     Geraldine trajo dos copas y una botella de vino.
     -Es lo mejor que tengo en la heladera hoy.
     Al ver esa cálida sonrisa de disculpa, él ya no se atrevió a hablar. Se sentaron en el sofá, bebieron en silencio un sorbo cada uno. Hizo que ella dejase la copa en la mesa junto a la suya. Entonces sus manos se tocaron, y le agarró la muñeca, luego el brazo. Puso sus manos alrededor de la cabeza de Geraldine, los pulgares apoyados sobre las mejillas. La besó.
     No podía preguntar aún, estaba seguro de eso. No esa noche, por lo menos, no con esos labios abandonándose su cuerpo desnudo sobre el sofá, ni tampoco más tarde en la cama.     
     Únicamente al amanecer, en esa hora incierta, desolada, cuando aparece el sol pero el timbre del despertador todavía no ha sonado, él lograría hablar.
     Y cuando esa hora llegó, le dijo:
     -Tengo que preguntarte algo.
     -¿Qué pasa?
     Estaba soñolienta, con las piernas fuera de las sábanas y una mano buscando calor entre los muslos.
     -Hace unos días había un hombre en este cuarto, y otra noche te vi salir para encontrarte con otro, seguramente, en un edificio de mala muerte en dirección al Once.
     Ella lo observó durante unos segundos, como si no comprendiera lo que había escuchado.
     -Pero…pero qué decís, no te entiendo. ¿Me lo decís en serio? Vos no sos de mentir ni de bromas. Pero…por qué me lastimás así, justo hoy …-Se había levantado y caminaba de una pared a otra, envuelta en la sábana, balbuceando explicaciones para sí misma.
     -Yo soy el que te pregunta por qué me lastimás así. Me diste esperanzas, y por eso sos peor que una puta.
     -¿Pero cómo me decís eso? ¿Porque te sonreí y supe la fecha de tu cumpleaños te creés que estuve planeando esto? Me gustabas, hasta hoy me gustabas, eras distinto…-Y se puso a llorar.
     Leandro suspiró.
     -¿Entonces no me lo negás?
     -Es que no tengo por qué explicarte, cómo vas a creerme si me estuviste siguiendo.
     Leandro no creía haber cometido un error, las lágrimas de ella parecían sacadas de una película sentimental. Cómo puedo saber, se preguntaba, cómo penetrar en su alma como lo hice en su sexo. Entonces comenzó a contar, sin haberlo premeditado, acostado y aún y cubriéndose los muslos con la almohada.
     -Una vez conocí a una mujer, pero hasta que ella murió, mis ojos no vieron el verdadero rostro tras su cara.
     Se acercó al oído izquierdo de ella, que había vuelto a sentarse en la cama, dándole la espalda.
     -¿Qué hay detrás de tu cara?-le preguntó.
     Gerladine giró el cuerpo y lo observó con los ojos llorosos y enojados.

     A las siete de la tarde, Leandro llegó a la biblioteca. Notó en la expresión de Geraldine que no esperaba verlo otra vez, pero debió haber adivinado ella que ese edificio y su contenido tenía más fuerza que ninguna otra cosa en el mundo. Había algo más, sin embargo, en el rostro de Leandro, que llamó su atención. Ella arqueó las cejas, y se puso pálida.
     -¿Qué pasa?-quiso saber su compañera.
     -Nada.
     Ella siguió llenando una ficha, pero al verlo acercarse se cambió de lugar. Leandro la vio dirigirse hacia el hombre calvo, el entrometido de siempre, acodado ahora sobre el  mostrador. Ambos hablaban en voz baja, mirando hacia él de vez en cuando. Y, a veces, se reían.
     Se quedó diez minutos en la recepción, su corazón acelerado por la bronca de ver aquella burla. Esperaba que se separaran de una vez, pero seguían juntos. Entonces estuvo ya definitivamente seguro de que ambos se habían estado burlando de él todo ese tiempo.
     Dejó la birome a un lado, húmeda por sus manos sudadas, y se acercó a ellos.
     -¡Puta de mierda!-dijo, directamente a Geraldine. Ella abrió los ojos llenos de asombro, luego abrumados de vergüenza, y le dio una bofetada. Se fue corriendo a la oficina y la compañera la siguió.
     Todos en la biblioteca, los niños con sus caritas apenas asomadas al mostrador y las maestras, lo estaban mirando. El otro tipo no se había movido, pero movía la cabeza de un lado a otro. Luego dijo, en voz baja:
     -Sabía que usted era un inexperto. Acostarse con ellas nunca es suficiente.- Pasó un brazo sobre los hombros de Leandro y lo hizo acompañarlo hasta el patio del fondo.
     Leandro sintió los ojos de la gente sobre él mientras caminaban. Se cubrió la cara con las manos, y se dejó llevar. Tropezó con una silla, con el marco de una puerta.
     -Mire-comenzó a decirle el hombre, apoyando una mano sobre el muslo de Leandro, acariciándolo.- Ella es mi amiga, a veces voy a visitarla, pero usted entenderá que no podemos ser más que eso…y me dijo que se enamoró de usted, hasta una noche fue a contarme lo feliz que se sentía, ni siquiera podía esperar a la mañana, no tiene teléfono, eso lo sabe, me imagino…
     Leandro se quedó pensando un rato, con una expresión ya no entristecida, sino, desesperada .
     -No podré volver nunca más…-murmuró.
     -¿Cómo dijo?
     -No podré mirarlos a la cara. Siempre tuve miedo de lo que piensa la gente.
     -Vamos, nadie se va a acordar en unos días…
     -Pero ella sí, y mientras esté trabajando acá, no podré pisar esta biblioteca otra vez.
     Él estaba pensando, sin embargo, en que nunca había deseado la verdad. Ver el alma de una mujer es ver el reverso de su rostro. La certeza, le había dicho ella una vez, es igual que la pérdida de la virginidad.
     -Extrañaré la biblioteca-dijo- y no sé si podré soportarlo.
     El hombre quiso detenerlo reteniéndolo de una mano, pero él se desprendió y corrió al baño. Se miró en el espejo, la mejilla aún estaba enrojecida por el golpe. Salió de la biblioteca con una mano a un costado de la cara, para ocultarse.

     Durante tres días, pasó por delante de la puerta. Vislumbró la luz de la sala, el movimiento de la gente, y de pronto se dio cuenta cómo envidiaba a esos privilegiados que vivían allí dentro como en mundos ideales creados por ellos mismos.
     Era por una mujer que no podría volver a entrar allí.
     Sintió otra vez la vieja ira, como si ésta se hubiese mirado a un espejo y decidido que disfrazarse de compasión no valía la pena. Por eso iba a dejarle un recuerdo a Geraldine. No un señalador esta vez, ni nada que pudiese extraerse de los libros, y no porque no estuviera escrito en cualquiera de ellos, sino porque no necesitaba abrir ninguno para realizarlo.
     Siguió derecho hasta la calle Esmeralda, donde le habían dicho que estaban las mejores armerías de Buenos Aires. Llevaba en el bolsillo el papel con los números que había copiado del revolver.
     A la tarde siguiente, aguardó en el bar a que oscureciera un poco, y se encaminó hacia la biblioteca. El cielo se había nublado, la llovizna lastimó su cara con pequeños piquetazos.
     Entró. Tenía el impermeable abierto, la camisa arrugada, la corbata floja. Parecía no haberse afeitado y haber dormido vestido. Sus manos, antes siempre ocupadas por un libro, se balanceaban vacías a los costados del cuerpo. El hombre calvo lo siguió con los ojos a lo largo del pasillo, como queriendo adivinar el propósito de esa entrada inesperada.
     Pero Leandro pasó por delante de la recepción sin mirar a nadie. Llegó casi al fondo de la sala de lectura, donde solía sentarse, y se detuvo en un espacio en sombra bajo una lámpara quemada. Se dio vuelta. Estaba solo en ese sector, unos pocos lo miraban desde adelante.
     Geraldine se había asomado al pasillo; parecía asustada, y comenzaba a cercarse a él con pasos lentos e indecisos.
     Él metió una mano en un bolsillo del impermeable y sacó el revólver. Sería un recuerdo que ella no olvidaría, como un grito dolorido en una playa una noche sin luna. Entonces ella se llevó las manos a la boca, pero nunca podría cubrirse la marca imborrable, la palidez del relámpago sembrada para siempre.
     -¡No!-la escuchó gritar, mientras corría hacia él, demasiado despacio para llegar a tiempo.
     Ya había liberado el seguro y tenía el cañón apoyado en su sien derecha. El estallido resonó entre los libros.
                                                                                                               
                                                                                                                  



EL ESTUCHE DE LA TUBA



Bien, doctor Ibáñez. Usted quiere que le hable de Molina y de lo que vi en la vereda del teatro. Pero creo que debo empezar a contarle desde el día en que se mudó a nuestro barrio.
       Lo hizo en una camioneta fleteada, trayendo sus escasos muebles, cuatro sillas de madera y lona, una mesa de comedor, un armario antiguo y una caja con vajilla y cacerolas. Lo demás ya estaba en la casa que había alquilado a mitad de cuadra. El chofer lo ayudó a bajar las cosas y volvieron a irse.
     Dos horas más tarde regresaron, y esta vez no quiso que el tipo le diera una mano.
     -¡No, no! ¡Déjeme a mí!- le oí decir con voz profunda, muy parecida al sonido de su instrumento de música. Entonces lo vi sacar de atrás de la camioneta un estuche grande con  forma de campana.
     -Una tuba o un trompa- comentó mi mujer mientras mirábamos por la ventana, ella había estudiado algo de música antes de conocernos.
     -Así que tenemos un músico en el barrio- dije yo, y en ese momento vimos a Molina bajar cajas de cartón con discos de vinilo. No sé cuántos eran, quizá veinte o treinta cajas de long-plays. Entraba y salía cargando una tras otra, solo, sin dejar que el fletero lo ayudara. Entonces la camioneta se fue, y él siguió entrando las cajas que quedaban en la vereda. En el último viaje, se tropezó con una baldosa y cayó al suelo. Los discos se esparcieron como naipes.
     -Andá a ayudarlo- pidió mi esposa.
     -¿No ves que no deja a nadie que lo haga?
     Pero no sé por qué lo dije. Si hubiese sido otro, no habría dudado. Sin embargo, su extraño, sutil amaneramiento me caía mal.
     -¿No te parece algo afeminado?
     Ella me miró como si estuviese diciendo tonterías. El tipo era atractivo, y mis hijas empezaron a suspirar por ese hombre que juntaba sus discos con exagerado esmero. No tuve más remedio que salir y ofrecerle mi ayuda.
     -Vecino, bienvenido al barrio. Permítame...
     Me observó por unos segundos, levantándose con las rodillas sucias. Me di cuenta que todas las grabaciones eran de autores clásicos.
     -Cuánto daría yo por escuchar un poco de su música- le comenté.
     -¿Le gusta?
     -No sé mucho, pero mis hijas ya me cansaron con sus grupos de siempre. Es que no hay variación para ellas...
     Terminamos de acomodar la caja y se la llevó adentro. Desde la puerta me invitó a mostrarme la casa.
     -Venga cuando quiera a escuchar lo que le guste. A propósito, Molina, Victor Hugo... – dijo estrechándome la mano.
     -Mucho gusto, me llamo Ariel y vivo a dos casas de la suya.
     Era un tipo apenas más bajo que yo, de cabello oscuro y corto, con la prolijamente afeitada. No sé por qué lo imaginaba frente al espejo del baño, rasurándose despacio y de manera delicada, hasta que ni un pelo o una herida arruinaran su rostro. Estuvimos hablando casi toda la tarde, y me dio la suficiente confianza como para preguntarle si vivía solo.
     -Sí, aunque tengo una mina que me ayuda a pasar las noches, ¿sabés? Una especie de novia ocasional y fiel a lo largo de los años. A veces es mejor eso, ¿no te parece?
     No le contesté. Le hice notar mi curiosidad por el instrumento que permanecía sobre la mesa desde que entramos.
     -Toco la tuba en la orquesta del teatro, al Colón me refiero. Mi viejo también era miembro de la Filarmónica.
     Me quedé un rato esperando que mencionara algo más, o que por lo menos abriera el  estuche.
     -Nunca vi uno, es que no conozco la diferencia entre la tuba, el corno o éste que tocás.
     -Bueno, son muy diferentes. Dejame mostrarte unos esquemas.
     En las contratapas de los discos me señaló la forma de cada uno, y escuchamos ejemplos. Pero nunca abrió el estuche.
     A la mierda con él, si no se da cuenta que quiero oírlo tocar, pensé.
     -Me tengo que ir, Molina, gusto en conocerte, y ya sabés, si necesitás algo...
      Debí saber en ese momento que jamás iba a pedirnos nada. Era un hombre solitario, casi oculto la mayor parte del tiempo. Durante la semana salía al amanecer camino al teatro, y regresaba a la noche. Los sábados practicaba en su casa todo el día, hasta la hora que tenía función. Los domingos se levantaba tarde, y después cortaba el pasto si no tenía función vespertina. Era verano, así que lo veíamos podando los arbustos y barriendo la vereda, con la remera sudada que mostraba su espalda ancha y el pecho hirsuto.
     Un domingo al mediodía, nos encontramos.
     -Hola, vecino- me  saludó sonriendo.
     -Te vemos muy poco. ¿Cuándo nos vas a dar un recital?
     De pronto, dejó de sonreír y encendió el motor de la cortadora otra vez.
     -No les gustaría- dijo después de un rato.- Los ensayos son aburridos y a veces dan una impresión equivocada. Por qué no van a verme vos y tu mujer el próximo sábado. Es una ópera un poco larga, pero en fin... Mañana les traigo las entradas.
     En ese momento apareció, cruzando la calle, una mujer joven, aunque de rostro avejentado. Tenía el cabello largo y desteñido, atado con una cinta rosa, y llevaba un vestido corto y provocativo. Debió ser hermosa alguna vez, me dije. Ahora era sólo algo atrayente, casi brutalmente atractiva. Se le acercó, prendiéndose uno al otro sin que fuese posible pasar una hoja de papel entre los cuerpos. Ella entró a la casa sin saludarme.
     -La que te dije- me susurró al oído, y la siguió, olvidando la cortadora de césped en la vereda.

     -¡Gratis al Colón!- gritó mi esposa con euforia, al ver los boletos que Molina había puesto en el buzón a la mañana siguiente.
     El sábado hice lavar la combi para que luciera por lo menos digna de estacionarla cerca del teatro, nos vestimos con lo mejor que teníamos y dejé a las chicas con mi hermana. Es que ver ópera o siquiera salir un sábado a la noche, después de toda la semana de vender enciclopedias, era ya una costumbre que habíamos decidido olvidar. Por eso mi mujer me tomó del brazo de una manera en que no lo había hecho por mucho tiempo, y me sentí feliz.
     La ubicación era excelente, dos asientos solitarios en un palco a la derecha del escenario. Y entonces nos dimos cuenta de algo en lo que no habíamos pensado en nuestro entusiasmo: la orquesta permanecía en el foso durante las representaciones de ópera. Molina me tomó por pelotudo, me dije. Prestamos atención al sonido de la tuba, ya que según mi mujer, era fácil de identificar y no tenía muchas ocasiones de lucimiento como solista. Así que cuando sonaba lo buscamos con los binoculares. Pero las figuras de los instrumentistas estaban iluminadas muy débilmente por la luz de los atriles.
     Al final de la función, esperamos en la puerta por casi dos horas. Fuimos a una confitería de enfrente y vigilamos la salida de los músicos. Sin embargo, no apareció. Cuando estábamos por irnos-eran casi las tres de la madrugada- dos hombres con estuches de violín subieron a un taxi y de repente miraron hacia atrás, como sorprendidos. Vimos entonces a Molina, que los saludaba, cargando el estuche de la tuba.
     -¡Hasta el lunes!- les gritó aún desde en interior de la confitería, pero ellos no le respondieron. Después cruzó la calle y entró. Saludándonos con entusiasmo, preguntó si habíamos disfrutado de la función.
     -Si te hubiéramos visto, nos habría gustado más- le contesté con bronca.
     -¿Pero por qué esa cara?- dijo al sentarse, mirándonos con recelo.
     -Es que mi marido insiste en verte soplar la tuba, y hasta que no lo hagas no va a creerte- dijo mi esposa, yo la miré asombrado, sin saber si estaba bromeando o leyéndome el pensamiento.
     -No le hagás caso- me adelanté a decirle a Molina, que se había puesto pálido. -¿Cuánto pesa esta cosa?
     Agarré el estuche, y pesaba mucho, es verdad, pero era más parecido a algo macizo que un instrumento hueco y de metal. Entonces me lo quitó con brusquedad, y con mi mujer nos miramos sorprendidos.
     -¿Pedimos algo, una pizza? Me muero de hambre.- Llamó al mozo y no volvió a hablar del asunto.
     Un rato más tarde, mi mujer había ido a arreglarse el maquillaje y Molina se me acercó.
     -Ahora viene la mina que te mencioné, así que andá yendo con tu esposa si querés. No creo que a ella le guste encontrársela. Son diferentes, ¿entendés?
     Al salir, nos cruzamos con ella. Mi esposa fue a buscar el auto y me quedé observándolos un rato desde la vereda del local. La rubia, con su aspecto tan grotesco, parecía buscar deliberadamente asemejarse a una puta, y quizá lo fuese en realidad.

     Casi tres meses más tarde, la misma mujer comenzó a visitarlo dos o tres veces por semana. Dormían juntos y le cocinaba comidas simples. Era intensa, tal vez demasiado, me contó él un día, la forma en que ella se le había apegado. Amor o no, esa rutina era una renovación o prolongación de otra que ya habían tenido antes de la mudanza.
     A veces ella se mostraba distinta, más simple, sin artificios ni sobreactuaciones, como si olvidara que debía fingir u ocultarse. Por momentos era una mina hermosa, en especial al verla en el jardín acompañándolo mientras cortaba el pasto. Permanecía en silencio con los brazos cruzados sobre los senos pequeños, vistiendo un solero rosa pálido y el cabello recogido en la nuca. En esos instantes escasos, no sé por qué, se parecía un poco, sólo un poco a Molina.
     -Es una zorra- me decía él.- Una zorra en el cuerpo de una gacela.
     -¿No será al revés?- le pregunté, y se rió por obligación.
     Un tiempo después los escuchamos discutir cada vez más seguido. Oímos gritos a toda hora, llantos desesperados de ella, que luego salía con la cartera y un bolso en medio de la noche. El sonido de sus tacones se alejaba, retrocedía y volvía a irse cuatro o cinco veces hasta morir finalmente en el asfalto. Desde la casa resonaba la música de una tuba.
     Una noche, después de escucharlos discutir, me levanté porque estaba preocupado. Me puse la bata, salí y me asomé a su ventana, pero no alcancé a ver ni oír nada. De pronto, ella salió.
     -¿Qué quiere, Ariel? Nunca va a verlo tocar, olvídese de eso. - Y se fue, dejando la puerta abierta.
     Entré a la casa, donde el tocadiscos llenaba el ambiente con un concierto. Asomándome a cada una de las habitaciones, lo encontré sentado en la cama, en calzoncillos y con un cuchillo de cocina en la mano. Me miró asustado, realmente avergonzado de que lo descubriera así. Puso el cuchillo bajo la cama, fue al baño, orinó, y después de lavarse la cara, me habló mientras se ponía el pijama.
     -Mañana salgo de gira, ¿sabés?, y no se banca que la deje por tres meses. Que se busque otro tipo, le dije. No la necesito. Vení, tomate una cerveza.
     Lo acompañé hasta la cocina. La heladera estaba vacía. Después fue hacia la puerta de calle, creo que pensando en su amante, buscándola en la oscuridad de la noche.
     -Mirá esto.- Me mostró una foto de carnet arrancada de algún documento. Era ella hacía unos años, y el parecido entre ambos me dejó sin palabras.
     -Dios santo- dijo, gimiendo como un niño, arrodillándose a mis pies y mojándome la bata con lágrimas y saliva.- La quiero tanto...
     Esa noche me quedé con él. Tenía miedo de que hiciera alguna locura. Mi esposa vino a buscarme a las siete y media para ir al trabajo, pero no le conté lo que sabía. Molina se fue sin despedirse a eso del mediodía. Dicen mis hijas que lo vieron llevarse una valija y el estuche. La mujer había regresado a eso de las once, pero él se fue solo. Al parecer, debieron reconciliarse y ella se había quedado a cuidar la casa, porque no la vieron salir.
     Cuando volví del trabajo, fui a hablar con ella. Golpeé la puerta, como nadie me contestó, entré. Todo estaba desordenado, y sobre la mesa había piedras. Al levantarlas, recordé la noche en que sopesé el estuche de la tuba.

     Una semana después, nos cruzamos en la cuadra del teatro. Más tarde, pensando en ese instante en que nuestras vidas se cruzaron por última vez, me pregunté si es el azar, el destino o qué otra maldita cosa la que nos hace desbarrancarnos ineludiblemente.
     Era un mediodía de domingo. El sol caía a pleno sobre la vereda, la calle estaba extrañamente desierta, y la luz de los semáforos iba cambiando sin que nadie lo notase.
     Mi esposa y yo habíamos salido a pasear al centro y nos sentamos en la plaza frente al teatro. Justo cuando estábamos por irnos, lo vi en las escaleras de la entrada principal, subiendo y bajando como si no supiese adónde ir, ni qué hacer con el estuche que colgaba de su mano derecha.
     -¡Mirá, si es Molina!- le dije a mi mujer, y le pedí que me esperase. Crucé la calle, pero él se asustó al verme, se puso nervioso y hasta hizo el estúpido intento de escapar. Lo retuve del brazo, el que sostenía el estuche, que se balanceó con brusquedad. Un olor a agua de colonia rancia apestaba a su alrededor, sin embargo no se había afeitado y la barba le daba el aspecto de un vagabundo.
     Estábamos a pleno sol y ni una sombra nos protegía del calor. Por eso, pocos minutos fueron suficientes para que un olor diferente prevaleciera. El aroma intenso de algo fermentado.
     -Te creí de gira- le dije con ironía, como cuando se recrimina a un amigo.
     No me contestó. Quise vencer su negativa, que confesara su fingimiento. Trató de librarse de mí, pero seguí reteniéndolo del brazo. El estuche se sacudió con un sonido de agua fangosa y atascada.
     -Volvió, ¿sabés?-comenzó a contarme con algo parecido al espanto en la voz.-Volvió como tantas otras veces, amenazando con decirle a mamá la verdad si yo no la dejaba libre. Pero vi en su cara que esta vez estaba dispuesta a hacerlo.-Molina se derrumbó llorando en la vereda.
     El estuche cayó al suelo con un golpe fuerte y la tapa se aflojó, sin abrirse del todo. De los bordes empezó a salir un líquido nauseabundo, que se fue esparciendo sobre las baldosas. Pero no me atreví a abrirlo, eso se lo dejé a usted, doctor Ibáñez, y a sus hombres aficionados a la muerte.                                         
  



EL VIEJO DAVID



Nunca podré olvidar la cara del viejo David cuando me acerqué para arrestarlo, en esa esquina de Viamonte y Pasteur, donde tenía su sastrería desde hacía más de cuarenta años. Después de un tiempo en la seccional de La Boca, me designaron al centro cuando el atentado a la Embajada obligó a aumentar la vigilancia en toda la ciudad.
     Llegué una mañana de invierno, poco antes de que él levantara las persianas de metal, en las que había un cartel anunciando el cierre temporario por duelo. El viejo, que debía tener sesenta y cinco años más o menos, salió con su impecable traje negro a barrer la vereda, espantando a los perros acostados en el umbral. Lo saludé, y me respondió con un gesto apenas perceptible.
     Recién algunas semanas después, al encontrarlo junto a la puerta, intenté acercarme. Me puse a mirar las vidrieras, los maniquíes vestidos con los trajes que él diseñaba y que me habría gustado probarme por lo menos una vez. En ocasiones me detenía a observar con atención a sus empleados, que cortaban las telas extendidas sobre enormes mesas. Hombres de cuerpos delgados y anteojos de lentes gruesos, de camisa y corbata, con las tijeras en las manos y un lápiz apoyado detrás de una oreja, mientas otros trabajaban con viejas planchas olvidadas por el tiempo.
     Esto era lo característico de su negocio, la intención de mantener allí el ambiente de una época en la que Buenos Aires había sido muy diferente.
     -¿Quiere probarse algo?- me dijo un día. Tuve en ese momento la sensación equivocada de que se estaba burlando.
     -Desde que entré a la policía, casi la única ropa que conozco es la que llevo puesta- le contesté.
     -Cuando termine el servicio venga a verme para conversar. Aunque esté cerrado, golpee.
     Así fue cómo hablamos por primera vez. Pero durante mucho tiempo nunca mencionó directamente lo que le había sucedido a su familia. La noche que entré al local y charlamos, dio por sentado que yo estaba al tanto de todo aquello.
     -Mi mujer sigue enferma en cama, usted me entiende, parece que no quiere mejorarse.
     No me dijo nada del día que llevó en el auto a su hija y a su nieto a la Embajada. Al alejarse dos o tres cuadras, escuchó la explosión. Fue como si la vida se detuviera de pronto en un radio de doscientos metros, y luego el tiempo retomase su curso. Eso fue lo que pasó, me dijeron los vecinos, aquel invierno de mil novecientos noventa y dos.
     -Un día por semana cierra el negocio y va al cementerio, es la única vez que su esposa deja la cama- me contaron más tarde.
     La noche que lo visité, quiso que eligiera alguna tela, pero me negué. Fuimos a la cocina detrás del local, y tomamos algo. Luego de un rato en que parecía indeciso, se me acercó al oído y percibí su aliento rancio, una mezcla imprecisa de especias y alcohol.
     -Si estuviese seguro de lo que vi ese día, si por lo menos recordara la cara de ese tipo con seguridad- murmuró, pero en ese momento no entendí a lo que se refería.
     Desde entonces me mantuve distante. Es difícil acercarse a alguien que no habla de lo que único que uno espera escuchar. No volví a visitarlo después del horario de cierre durante los siguientes dos años.

        Debió transcurrir todo ese tiempo para darme cuenta de que hay cosas que no pueden contarse, hechos simplemente imposibles de relatar o transmitirse con eficacia. El problema es lo que sobrevive y lo estremece a uno con cada nueva embestida, en cada repetición de la tragedia. Lo aprendí una mañana de junio de mil novecientos noventa y cuatro, cuando escuchamos el estallido, y un centelleo de cristales se esparció en el aire, cayendo sobre las veredas como lluvia. Vi los vidrios de casi todas las ventanas caer en pedazos alrededor de la gente que pasaba, y vi sus caras lastimadas por fragmentos de cristales o hierros. Me abrí paso entre los que corrían, asustados, entre los heridos, hacia la columna de humo a media cuadra. Una enorme polvareda que se alzaba desde los restos del edificio de la Mutual. Entonces tuve miedo, pero el temor me dejó caminar sobre los escombros, a pesar del vértigo, de sentirme casi desmayar por la desesperación. Y sin embargo, continué, alzando mi voz por encima de los gritos, y mis brazos trabajaron con más fuerza que la que harían el resto de mi vida. Durante toda la tarde y la noche, mis manos separaron, como si yo fuese una especie de dios elemental y doméstico, a los vivos de los muertos.
     No recuerdo con detalle lo que ocurrió después, ni el tiempo transcurrido hasta el día que consideramos todo terminado y detuvimos la búsqueda. A nosotros, los que participamos de los grupos de rescate, nos dieron varios días de licencia. Pero no pude quedarme en casa sin hacer nada, y volví al barrio. El negocio de David tenía las vidrieras rotas y las cortinas de metal abolladas. Otro cartel, como el de dos años antes, había sido pegado en las persianas levantadas hasta la mitad. Los vecinos me contaron que nada le había ocurrido a él o a su mujer. Ese día conocí a su yerno. Ambos hablaban en la vereda, y después entraron. Las camionetas de la morgue continuaban pasando de vez en cuando, y el olor a quemado era vencido lentamente por el aroma de la putrefacción.
     Cuando retomé el servicio, ya estaban reparadas las vidrieras de toda la cuadra, y vi a David llamarme desde la puerta.
     -Señor ¿cómo está? ¿Sufrió muchos daños?
     -La misma mierda de siempre, pero eso no importa ahora, tengo que decirle algo...
     Pasó un brazo sobre mis hombros y me hizo caminar entre los empleados hasta el escritorio al fondo del local. En la pared posterior había estantes y cajones de todo tamaño. Ese lugar era tan viejo, tan cercano a una familiar y entrañable calidez, que me dejé llevar por sus palabras. Me habló por primera vez del día en que su hija y su nieto habían muerto. Bajando la voz, dijo que al dejarlos en la entrada de la Embajada vio la camioneta de la que más tarde hablaron los noticieros de la televisión.
     -La combi estaba estacionada justo delante de mí, a no más de veinte centímetros de donde estacioné para que bajaran del coche.
     Al escucharlo, me puse a pensar que sólo unos miserables segundos de más o de menos pudieron haber salvado a su familia o matado a él también. Siguió hablando con creciente inquietud, refregándose las manos, siempre sentado en la semioscuridad. El enorme mueble, como una criatura extraña, vigilante, parecía estarme amenazando si no creía en el relato del viejo.
     -Le juro que volví a verlo, era el mismo tipo que ese día manejaba la combi.
     Se me acercó aún más, hasta casi rozarme la cara con sus labios.
     -Unos cinco minutos antes de que la Mutual estallara... -siguió contando -  ... lo vi pasar delante del negocio con una camioneta igual a la otra. Se paró frente al semáforo, y al verle la cara supe que era el mismo. No sé cómo no me dio un infarto en ese momento. Cuando entré para avisarle a mi mujer, oí la explosión, y las vidrieras se derrumbaron.
     David se había agitado mucho e hizo una pausa para calmarse.
     -Usted sabe, para mí es imposible no mirar con atención cada camioneta blanca que pasa por esta calle.
     Si pensó en lo insensato de su declaración, no lo sabía ni se lo pregunté. Sólo hice que se tranquilizara con palabras algo frías de mi parte, frases oficiales que evitaban el compromiso, porque después de todo muchas personas allí nos estaban mirando.
     No creo que se lo hubiese mencionado a alguien más, por lo menos no a ningún otro policía de mi seccional, en los siguientes meses. Volvió a ser el de antes cuando el barrio comenzó a normalizarse, excepto por esa obsesión con que observaba cada auto que se detenía en su cuadra. Siguió usando aquellos trajes invariablemente oscuros, y los anteojos redondos y pequeños. Su mujer no salía ahora, solamente el médico iba de vez en cuando a visitarla.

     Pasaron dos años antes de que volviera a insistir con su idea. Esta vez no me llamó. Fui a verlo al terminar mi turno porque quería hacerme un traje para el bautismo de mi hijo. Era noviembre, y empezaba a hacer calor aún a esa hora. Encendió las luces de la puerta de calle y nos fuimos hasta su oficina. Trajo un maniquí al que colocó telas diferentes y de tanta calidad que no supe cómo explicarle mi imposibilidad de pagarlas. Creo que me entendió porque me hizo un gesto de indiferencia.
     Lo noté más entusiasmado que en los últimos meses. Me tomó medidas de los brazos y el ancho de espalda, pero sus manos temblaban. Dejó los alfileres sobre la mesa, y al acercarse, sentí su aliento a tabaco inundándome los sentidos como una droga.
     -Hay un hombre de ojos oscuros y barba en una camioneta blanca, que se estaciona todos los días en la esquina. Llega a las siete y media de la mañana, puedo verlo siempre desde mi habitación. Hace dos semanas que no duermo...
     -Pero no puede sospechar de cada persona...-Traté de convencerlo, pero siguió hablando, cada vez más agitado.
     -Escúcheme, este tipo se queda ahí casi una hora, después sale y camina con cajas grandes hasta la avenida. Cuatro horas después vuelve solo y espera otra media hora, hasta que una mujer sube con él y se van a las dos de la tarde.
      Tomó aire y tosió, le di algunas palmadas en la espalda y le rogué que se calmara.
     -Nos está vigilando, ¿no lo entiende? Ya han pasado dos años de la última vez. ¿No se da cuenta de eso? ¡Cada dos años, hijo, estamos condenados!
     El miedo le movía los ojos. Miraba de un lado a otro del cuarto, buscando a alguien oculto.
     -Yo me voy a ocupar del problema- le dije, y no sé por qué. El negocio y él eran tan viejos, que sentí lástima tal vez.
     Lo peor de todo es que a la mañana siguiente, vi la camioneta y el hombre del que me había hablado. Como si de pronto sus palabras hubiesen tomado una categoría de probable verdad, me acerqué a interrogarlo.
     -Vendemos libros con mi mujer, oficial. Acá atrás está la mercadería, ¿ve?-dijo señalando la parte trasera de la combi, llena de diccionarios y enciclopedias. Nada había de raro o sospechoso. Los documentos decían que se llamaba Ariel Márquez, y los papeles de la camioneta también estaban en orden.
     Durante dos semanas la camioneta continuó viniendo, y el viejo David me llamaba todos los días para preguntarme si tenía novedades, si había podido averiguar algo sobre el asunto. No supe cómo convencerlo de lo contrario sin tratarlo de loco. Quizá debí actuar de otro modo, más duramente. Yo era muy joven entonces, no tenía aún veinticinco años, y sin darme cuenta, llegué a tenerle un respeto especial. Terminó enojándose conmigo por no creerle, dejó de llamarme y no quiso hacerme el traje.
     Esto duró casi un mes, y me sirvió para distanciarme de su afecto. Pero al mismo tiempo me impidió controlar su creciente desesperación, y juro que nunca pensé que podría llegar a ser tan grande.
     La mañana del primero de marzo de mil novecientos noventa y seis, con una lluvia intensa que había persistido durante la noche, a las siete y media me detuve en la esquina. La camioneta se estacionó como siempre, saludé al hombre y fui a dar la vuelta a la manzana. A las siete y cuarenta escuché el disparo. Corrí de vuelta bajo la lluvia, tropezando con las baldosas rotas. Vi a alguien detrás del vehículo con un revólver en la mano, arrojando libros a la vereda. La tinta se borraba y teñía los desagües de negro. Entonces reconocí al viejo David, con su espalda encorvada y los anteojos resbalándole por la nariz. Gritaba como un loco, pidiendo que lo ayudaran a buscar la bomba.
     -¡Tiene que estar aquí!
     El agua caía desde la cabina del conductor, y era roja. Descubrí el cuerpo del tipo colgando del asiento, con la mano todavía atrapada en la manija de la puerta, y la cabeza destrozada por el estallido de una bala.





LOS NIÑOS DE LA PLAZA



Abrió la ventana y una ráfaga de viento frío le secó el sudor de la cara. Aspiró profundo aquel viento que soplaba los cabellos lacios y algo largos para su edad.
     -¡Jefe!- gritó Fernández desde su escritorio, a dos pasos de la ventana. Entonces se dio cuenta que los papeles de la última venta en Chile, llegados por fax, volaban hacia el techo de la oficina como águilas de la cordillera.
     -Perdón- dijo él, con la habitual seriedad de siempre, la austeridad en las palabras y gestos. Notó, sin embargo, que lo observaban de reojo, cruzándose miradas de inteligencia, sonrisas disimuladas por los bigotes oscuros o la sombra de los ventiladores que luchaban contra la humedad de ese lunes otoñal y lluvioso.
     Solamente el flaco Bermúdez se atrevió a acercarse a él con toda deferencia.
     -¿No tiene frío, jefe, no quiere que apague los ventiladores si va a dejar la ventana abierta?- Sostenía la taza de café instantáneo de las dos de la tarde, batido con un poco de agua caliente durante diez minutos, hasta que la espuma bullía al verter el resto.
     Él no necesitaba entonces mirar el reloj de la máquina de tarjetas de asistencia. El día se dividía en el antes y el después de ese café preparado en la estrecha cocina a un lado del balcón que casi nunca abrían. Levantó la taza, sin dejar de mirar hacia el parque. Allí estaban los chicos jugando a la pelota, las niñas que iban y venían simulando los quehaceres domésticos que mucho más adelante las esperarían igual que manos afiladas por el tiempo.
     Pensó en el balcón, sólo abierto un fin de año que decidieron festejar todos juntos después de cerrar la oficina. Pero como cada vez que había intentado ser como los demás, unirse a ellos mostrándose como realmente creía ser, la idea se derrumbó antes de que llegasen las doce de la noche. Junto a las caras largas y el aburrimiento que veía en los empleados y sus mujeres obligados a complacer a su jefe, se fijó por primera vez en los niños que tiraban petardos en la plaza de enfrente.
     Eso fue, quizá, dos años antes, y se asombraba ahora de cuántas cosas habían pasado desde entonces. La pequeña Griselda, con el pelo rubio brillando como espigas de maíz. La bonita Sara, con los ojos oscuros que lo miraban tan fijamente, hasta casi leer sus pensamientos, la sombra de sus ideas tan lejanas al sol sobre la plaza.
     Aquel fin de año, mientras las estrellitas luminosas morían entre las manos de las niñas, supo lo que debía hacer, tal vez mañana, o el primer día hábil del año, para deshacerse del acalorado deseo, de la inquietud que llevaba en su cuerpo mucho más tiempo que la vida de los fuegos de artificio.
     Los vestidos de las niñas se balanceaban, y los labios que sus madres les había dejado pintarse por esa noche parecían cerezas con crema, blanca crema en las caras pálidas bajo los relámpagos de las bengalas o los cirios.
     Se quedó mirando como un estúpido la plaza iluminada, con la copa de sidra en la mano, mientras uno de sus empleados le tocó el brazo para despertarlo y hacerlo brindar. Las campanas de la iglesia sonaron las doce, y él volvió a la realidad, apenas sonriendo, apenas sonrojado, y brindó con ellos. Sabía que algo estaba comenzando, no el Año Nuevo, sino el canal, el cauce abierto a fuerza de puños suaves como las mejillas de los niños que jugaban.
    
     Y como todas las tardes a las dos, excepto por esta única tarde en que abrió la ventana en pleno otoño, el café de Bermúdez esparcía su aroma a juventud perdida, a irremediable  consuelo. El café era el recreo, la serenidad con que observaba las sonrisas, las complacencias que sus empleados le brindaban para congraciarse con él.
     Un murmullo venía de los escritorios arrinconados en cada esquina. Las camisas blancas arremangadas, las corbatas negras, flojas, agitadas por el viento que golpeaba los pechos transpirados. Alguno tosió.    
     La sombra de una inmensa nube cubrió la ciudad, la plaza, y entró a la oficina, y ya no pudo verlos bien. Sólo adivinar sus presencias. Pero Bermúdez, metiéndose entre él y la serenidad de su espíritu, entre él y el futuro de la sombra a la que anhelaba llegar para descansar por fin, encendió las luces. Entonces su rostro debió sorprenderlos, porque lo miraron como asustados.
     -¿Está bien, jefe?- Y no fue el marica de Bermúdez el que preguntó, sino la voz acongojada de Fernández.
     -Sí, gracias.- Pero su mano temblaba, y se dio vuelta hacia la ventana. Los niños seguían jugando, las niñas abrían sus paraguas para cubrir los cochecitos con los bebés de juguete. Debía protegerlas, salvar esas sonrisas, esas muecas de teatro para siempre, preservarlas para la eternidad que el cielo anunciaba en las nubes formadas y destruidas cada minuto, en el sol que hacía crecer espigas doradas en los cabellos de las niñas.
     Cerró la ventana. Las cortinas, grises por los gases de los autos, dejaron de balancearse. Las corbatas también se aquietaron, y los dedos de los hombres volvieron a repiquetear sobre las teclas de las máquinas de escribir y sumar. Bermúdez le alcanzó una carpeta con los números de las ventas de ese año en Chile. Se sentó, con la cabeza apoyada en su mano izquierda, y la mano derecha sobre el papel. Pero los números eran blancos como la nieve de la cordillera que había sobrevolado cuando fue a jugar por el campeonato continental de rugby. Otros tiempos, pensó, o quizá murmuró en voz baja, pero ninguno lo escuchó. Aún sentía, bajo aquel traje, su cuerpo fuerte a pesar de los cuarenta y nueve años recién cumplidos, los brazos anchos, la espalda erguida.
     Se levantó y fue al baño. Mientras orinaba, se miró en el espejo sobre el lavatorio. Estaba seguro que todavía podía seducir a cualquier mujer que encontrara, no sólo a las que pagaba para complacerlo cada quince días. A éstas no podía abrazarlas ya, no podía besarlas sin sentir el aroma de otros hombres. Eran nada más que órganos sin caras, sin huesos, sexo sin olor siquiera.
     Volvió al escritorio, pero no a los números. Miró a través de la ventana el tenue brillo del sol sobre las aceras, en las baldosas acanaladas de la plaza, en la tierra apisonada donde los niños pateaban la pelota hacia imaginarios arcos.
     -Señores- se oyó decir, de pronto, sin planearlo-me retiro más temprano, no me siento bien.- Se pasó una mano por la frente cubierta de gotas de sudor, y salió sin esperar que alguien le preguntase algo.
      Cuando llegó a la planta baja, el portero lo saludó con respeto, pero por el espejo del pasillo lo vio hacer una mueca de burla mientras él se alejaba. Antes de salir, se levantó el cuello del piloto, lo abrochó concienzudamente y se arregló la corbata en el espejo. Sí, se dijo, era atractivo, y todas las mujeres que lo habían conocido debieron pensar lo mismo. Pero ellas se inhibían, y toda posible relación se estropeaba en el silencio, en las pocas frases dichas antes de apartarse para siempre. Por eso iba con las putas, y les pagaba para que le dijeran te amo. Y aún así algunas se negaban, como esa Claudia que había conocido en abril, por más que él estuviese dispuesto a doblar el precio. Eran palabras que no se vendían, contestaban ellas.
     Miró hacia la plaza. El viento había decrecido. Los niños jugaban mientras las madres hablaban en el círculo de bancos de cemento bajo la pérgola. Cruzó la calle a mitad de cuadra. Un vigilante, parado en la esquina de la escuela, apenas se veía entre las madres, entretenido al parecer en hablar con las mujeres y contemplar las caderas que se mecían bajo los vestidos.
     Él, que tanto las había mirado y llorado por ellas, ahora tenía la vista fija en las niñas, las únicas que nunca lo defraudaron, las que obedecían ciegamente, las que jamás sospechaban porque aún no habían despertado al lado oscuro de la vida.
     Se sentó en el borde de un cantero. Unas hormigas se le subían al piloto. Se sacudió bruscamente, y fue entonces que escuchó la risa, antes de verla siquiera. Fue como si viniese del cielo, de los rayos escasos que caían alumbrando la plaza de tanto en tanto. Levantó la vista y allí estaba ella, la pequeña de tal vez seis o siete años, pecosa, de cabello rojizo, sonriendo como un ángel recién encarnado.
     -¿Le hacen cosquillas?-dijo ella, riendo, retorciéndose las manos delante de su vestido azul, sucio de barro por haber jugado después de la lluvia.
     -No, pero si las dejo meterse en los bolsillos, me las voy a llevar a casa- contestó él. Ambos rieron.- ¿Cómo te llamás?
     -Sofía.
     Las piernas de la niña también tenían pecas. Las zapatillas habían dejado huellas de barro en las baldosas.
     -Sacáte las zapatillas para que se sequen al sol. Mirá, ahora se asoma.- Miraron juntos el cielo, y parpadearon ante el brillo que los cegaba. Ella se sentó a su lado y comenzó a desatarse los cordones.
     -Va a tener que ayudarme a atarme después, porque todavía no aprendí. Mi mamá me enseña, pero siempre me olvido.
     -No te preocupés, yo tengo un método especial que nunca te vas a olvidar.- Entonces pasó su brazo por encima de los hombros de la pequeña. Se palpaban puntiagudos, flacos pero suaves como tallos verdes.
     Ella buscó en los bolsillos, y sacó unos caramelos.
     -¿Quiere?- Él aceptó. Comieron, y los envoltorios cayeron en los charcos de agua.
     -¡Mire! Son como barquitos.- Y la las puntas de la cabellera roja se deslizaron hacia el suelo, tocando el agua.
     -Te vas a mojar. ¿Dónde está tu mamá?
     -Tiene reunión de madres en la escuela de mi hermano mayor.
     -¿Pero te dejó sola?
     Ella lo miró por un rato, seria, y se le acercó al oído. Sus manos le cruzaron el cuello. Él sintió el olor suave de la niñez, el aroma perfecto del pelo de la niña. Creyó perderse, de pronto, en un abismo del que jamás regresaría, el viaje a los cielos y al infierno al mismo tiempo, el gran salto del que nunca iba a recuperarse o redimirse.
     -Me dejó con los otros chicos, y me escapé para jugar en el tobogán, pero están ocupados todavía- le murmuró ella, y al soltarlo, le pidió guardar el secreto. Él asintió, poniendo su dedo sobre la boca.
     -Shhh...- dijo, y la niña volvió a sonreír.
     Los chicos estaban saliendo y obstruían la vereda angosta y la calle. Las madres se acercaron, buscando entre las cabezas, oscuras o rubias, a sus hijos. El policía se perdió en la muchedumbre, y no volvió a verse.
     Los dos miraron hacia la escuela, pero nada les interesó, y empezaron a jugar con unas figuritas que él sacó de un bolsillo y tenía atadas con una banda elástica.
     -¡Mirá, ésta es la más difícil de todas!-gritó ella.-¿Me la prestás?
     -Pero la vas a ensuciar con tus manos. Dejáme que la guardo hasta que te vayas.- Ella vio desaparecer la figurita entre sus palmas gruesas, ásperas, y luego en la oscuridad del bolsillo interior del traje, protegida para siempre de todo peligro.
     Pasó media hora y Sofía se había cansado de las figuritas. Ahora caminaba sobre el borde del cantero como por la cuerda floja de un circo.
     -Me parece que tu mamá se olvidó de vos. Esperame acá que voy a ver.- Él se levantó y empezó a caminar hacia la escuela, pero al pasar la fuente del centro de la plaza, se escondió detrás de una estatua. Aguardó cinco minutos. Observaba a la niña, que no se movía de su lugar, hablando sola con su imaginación. Después volvió a su lado.
     -Tu mamá me dijo que te llevara con ella. Vení, dame la mano.
     Sofía se agarró de él, casi colgándose de su brazo, contenta.
     -¿Cómo se llama, señor?
     Él dudó antes de contestar, pero no era algo que no hubiese previsto desde mucho tiempo antes. Desde que vio a Griselda, la de los rizos rubios. Le había hecho la misma pregunta apenas hablaron. Y esa vez contestó como ahora lo hacía.
     -Jesús. Me llamo Jesús Méndez.
     -¡Pero te llamás como el niñito del pesebre!- Los ojos de Sofía brillaban, bellos, curiosos, llenos de expectación.
     -No te cuelgues que estoy viejo para arrastrarte. Vamos, vamos con tu mamá.
     Caminaron hacia la vereda. La gente los miraba por un segundo apenas, sonriendo a aquella pareja de padre e hija, o de abuelo joven y nieta. Él respondía a las miradas con un saludo, Sofía les sacaba la lengua a los extraños. Se dio cuenta de que nadie hablaba detrás de él, no fingían amabilidad, ni resultaba un extraño y aislado ser en medio de la corriente humana. La niña estaba ahí para protegerlo, y él le devolvería el favor, pronto.
     Después, se volteó por un instante hacia la ventana de la oficina. Estaba abierta, y unas cabezas se ocultaron rápidamente. Lo estaban mirando. No tenía que haber salido antes de tiempo, y se preguntó, por primera vez en toda la tarde, por qué lo había hecho. Sabía que todo podría terminarse por ese solo error, y tal idea le trajo, sin embargo, una extraña sensación de alivio. Pero su rostro se ensombreció, tenía miedo al dolor del fin, y apretó con fuerza la mano de Sofía.
     -¡Ay, me duele!
     -Perdoname- dijo él, aflojó la mano y la niña volvió a cantar mientras caminaban.
     Apresuró el paso y llegaron al auto. Abrió la puerta.
     -Subí que te llevo con mamá.
     -Pero mi mamá está del otro lado...- Ella miró alrededor, dudando, la plaza era grande y mucha gente había pasado, transformando el lugar una y otra vez desde que estaban allí. Se llevó los dedos a la boca y se mordió las uñas. - Creo que era para allá, pero no sé...
     -No te preocupés.
     Trató de empujarla hacia el asiento, con suavidad. Ella también se resistió con suavidad, como si estuviese mal dudar de ese señor tan amable que se llamaba como Dios. Las manos de Jesús la habían tomado de los brazos y la levantaban del suelo para sentarla en el auto.
     -¡La figurita!- gritó, acordándose de pronto.
     -Te la devuelvocuando lleguemos.- Pero ella miraba el bolsillo donde él la había guardado, y aquel pensamiento pareció dominarla desde entonces.
     Cerró la puerta, encendió el motor y dio un último vistazo a la ventana de la oficina. Estaba cerrada, o tal vez la neblina del fin de la tarde la hacía lucir así. Eran las cinco y media, ya todos debían estar bajando las escaleras. Miró a la niña, que observaba de reojo el bolsillo, seria, quizá desconfiada de hallarse en ese auto con un olor tan raro.
     -¡Qué olor feo!
     -Cigarrillos, Sofía. ¿Tus papás no fuman?
     -Mamá sí.
     Las mamás fuman, pensaba él, las que dicen te amo sin venderse. Arrancó. Recorrieron calle tras calle, dieron vueltas muchas esquinas que la niña miraba absorta y siempre arrodillada en el asiento, con las manos apoyadas sobre la ventanilla.
     -Estamos lejos de casa, Jesús-Ella lo estaba mirando y los labios le temblaban, a punto de ponerse a llorar. Esta vez él no respondió. Sólo después de un rato, al verla lagrimear en silencio, le dijo:
     -Ya llegamos.
     La luz del día se hizo penumbra al entrar a la oscuridad del garage. El guarda estaba hablando por teléfono en su cabina y apenas lo saludó. El auto ascendió en espiral dos, tres, cuatro pisos, y Sofía se sujetó fuerte a su brazo, unida a él otra vez por el miedo. En la entrada del último piso, una cinta iba de pared a pared. Los obreros que remodelaban el piso ya se habían ido. El auto rompió la cinta y se estacionó en una de los lugares del fondo.
     Detuvo el motor. Pasó su brazo derecho por sobre el respaldo de Sofía, y se quedó mirándola.
     -No entiendo, dejáme salir, ¿dónde está mamá?
     La tomó de los hombros, y por más que ella intentó apartarse, llorando, la acercó a su cuerpo. Jesús se puso a tararear una canción infantil que había aprendido de niño. Nunca supo si ellas, las inocentes, la reconocían, nunca en realidad pudo averiguarlo. Pero la canción lo calmaba. Lo hacía recordar las tardes en que dormía en la cama de su madre.
     Retuvo a Sofía con sus manos duras como rocas. Luego apoyó su boca sobre la de ella,  haciéndola callar. Los gritos cesaron, el garage volvió al silencio del a nafta derramada. Los labios de Sofía gritaban ahora hacia dentro de él, y la oía en su interior, en su pecho. Pronto sería parte de él para siempre. Ella seguí intentando gritar, pero se ahogaba. Sus brazos lo golpearon, pero nada pudieron hacerle.
     Y Jesús lloró al comprobar que esos labios finos y para siempre pálidos, ya nunca pronunciarían palabras de desmérito ni lastimarían a nadie.
     Con una mano sujetó la cabeza, con la otra el cuerpo. Entonces comenzó a mecerla, tarareando la melodía de su infancia, la canción de cuna que habla de los niños solos y perdidos en las sombras que avanzan al caer la tarde.

    
    
    
  
 COMENTARIOS PARA ANDRÉS



Te veo llorar sobre la cama, mientras el sol del mediodía permanece detrás de las persianas, y pienso que fue apenas esta mañana cuando nos encontramos en el café. Querías volver con Sonia, y esperabas llamarla al salir del trabajo esta tarde. Me hablaste de su dedicación hacia vos durante todos estos años, a pesar de las peleas y desencuentros. Nunca encontrarías a otra mejor, dijiste. Pero tampoco olvido la manera en que empezaste a mirar a la chica de la otra mesa.
     Era muy temprano todavía. Después de casi un año sin vernos, querías charlar antes de ir a la oficina para contarme tu decisión. Recién ahora, Andrés, te diste cuenta del tiempo, como si de pronto hubieses visto algunas canas en tu barba al afeitarte, más de las que el miedo te permitió tolerar. O quizá te encontraste hablando solo con el espejo, en el baño en desorden y sin recibir respuesta.
   Pero Sonia fue perdiendo importancia en tus palabras, mientras yo miraba por la ventana el movimiento de la calle. El olor a humedad de aquel bar me traía recuerdos de la casa de tus viejos. Nunca supe de dónde nacía exactamente, si del piso de madera, hundido en los rincones, o de las paredes. Cuando me quedaba a comer, observaba los bajorrelieves de la araña del comedor, las manchas de humedad formando figuras en el techo. Pero vos y tus padres no parecían preocuparse. Hablaban como si las cáscaras de pintura que caían en la mesa no existiesen.
     Al volver tu viejo del trabajo, mientras jugábamos a la pelota en el patio, lo oíamos golpear la puerta del baño.
     -¡Dame una toalla limpia!- le decía a tu mamá. Después entraba al comedor con un perfume a colonia rancia. Hablaban, sí, pero ya sabés lo que quiero decir. Intercambiaban palabras sin responderse en realidad uno al otro. Yo levantaba los ojos de mi plato esperando descubrir el único instante en que sus miradas coincidirían. Pero antes de eso, tu vieja traía la fuente de fruta, y él comenzaba a pelar un durazno hasta casi deshacerlo entre los dedos, embebiéndolo en su vaso de vino. La barba se le manchaba de rojo, entonces ella cambiaba de repente. De su sumisa actitud, de atenderlo casi como una sirvienta, se le acercaba para secarle la cara. Primero con una mano, luego con la palma abierta, abarcando las mejillas y el mentón, frotándolo con una ternura que aumentaba con imperceptible intensidad. Sus ojos, en ese momento, se encontraban por primera vez en todo el día. Vos, de pronto, me decías:
     -¡Vamos!- Nos íbamos a jugar a tu cuarto. Cerrabas la puerta, y la escena del comedor quedaba siempre trunca en mi imaginación.
     En casa, mis viejos discutían siempre, así que no lograba entender tu recelo, si es que así puedo llamarlo. Tus padres, aunque raros en ciertas cosas, parecían quererse.
     -Nunca voy a casarme- dijiste una vez, mientras escuchábamos discos. Tus labios pronunciaron esas palabras por debajo del sonido de la música, y no me atreví a responderte, simplemente no sabía qué decir.
    
     Las mesas se fueron ocupando de a poco. Eran casi las nueve de la mañana y tenía que entrar a la oficina. Cuando quise hablarte de mi mujer, pusiste la mano sobre mi brazo, mirando hacia esa chica. Es verdad, era hermosa. De alguna manera todas las mujeres que vi con vos se parecían, incluso Sonia. Por eso necesitaba hablarte de ella antes de que intentaras llamarla, pero tu boca llena de jactancia volvió a cohibirme. Te levantaste, y me molestó ese gesto de hastío cuando quise detenerte, como si dijeras que yo también te estorbaba. Tu manera de seducir a una completa extraña me hizo pensar en mi torpeza. Miré al mozo, y supe por su sonrisa que ya te conocía.         
     Me acuerdo de la noche en que los cuatro cenamos en tu casa. Lo habíamos pasado bien, y luego ocurrió aquello. Yo no entendía nada, hasta que mi esposa te gritó:
     -¡Cerdo, hijo de puta!
     Nunca la había oído hablar así. Vi tu mano apartándose de ella y supe lo que había pasado. Vos estabas borracho, pero en ese momento no me importó. Recibiste el golpe seco de mi puño con verdadero orgullo, pude verlo en tu cara. Me pediste disculpas, mientras yo intentaba sostenerte. Tus labios sangraban, manchándome la camisa. No sé qué pensarían ellas al vernos, pero no pude soltarte. Te llevé hasta el sofá y te limpié la boca con el pañuelo. Es que siempre estuve dispuesto a perdonarte porque envidiaba tu forma de ser con las mujeres, ese desafío entre ingenuo y arrogante que nunca tuve.
     Toda la noche hablamos apoyados en el marco de la puerta de calle.
     -No sé si quiero a Sonia- me confesaste. Tampoco estabas seguro de haber sentido el más mínimo afecto por todas las mujeres con quienes te habías acostado. Pensé en los rostros de las que llegué a conocer, y sentí vergüenza. Después lloraste, me resigné entonces a aguantar tus lágrimas hasta que estuvieses sobrio. Desde el dormitorio venían las palabras irritadas, furiosas de tu mujer y la mía, mientras preparaban las valijas de tu Sonia. Te apoyaste entonces contra mí diciendo, con irremediable seguridad, que no eras capaz de amar.
     Una vez, de chicos, te vi tan asustado como esa noche. Yo había llegado tarde a tu casa. Desde el fondo llegaban unos ruidos raros. El zaguán era largo, y en la oscuridad que una lámpara antigua nunca logró vencer, se escuchaba el sonido de animales gimiendo, y sentí más curiosidad que miedo.
     -¿Qué pasa? ¿Son los vecinos?
     Mi pregunta fue inocente, te lo juro. No quise sonar sarcástico. Vos, en cambio, interpretaste lo que no quise decir. Unas semanas antes, en la escuela, nos habían dado una clase de educación sexual, en la que nos reímos dándonos codazos al mirar las ilustraciones. No hubo después otro tema de conversación fuera de la escuela. Todos festejábamos las ocurrencias de Bermúdez, que imitaba los gritos de una hembra en celo con su voz aflautada. Cómo no recordarlo ahora, cómo evitar recordarlo esa tarde.
     Me empujaste y cerraste la puerta. Me quedé en la vereda, oliendo la humedad que brotaba de tu casa, de la puerta pesada, alta. Iba a insistir, pero al pensar en tu cara no me atreví.

     Mientras revisaba expedientes en mi escritorio, a las once y media recibí el llamado. Tu voz sonaba muy mal, como la de la noche de la separación. Hablé con el jefe, le inventé una excusa sobre un problema familiar y me dejó salir. Encontré el hotel, este albergue de mala muerte, con frisos carcomidos por la humedad y la lluvia y dos ventanas balcón cerradas, como siempre deben estarlo. Condenadas las habitaciones a la oscuridad acorde a los encuentros entre quienes no desean tanto verse, sino sentir ese olor humano fragmentado, dividido por cosméticos, cigarrillos y el aroma del tiempo en las paredes viejas. Una construcción muy parecida a la casa de tus padres. Por esa razón la elegiste, pienso. Si te conoceré, viejo amigo.
     Entré preguntando por el cuarto, el conserje me dijo lo que había pasado antes y después de ver al hombre que huyó del hotel. Cuando lo dejé ya estaba levantando el tubo del teléfono. Recorrí el pasillo y unas putas se escondieron al verme. Vi la puerta abierta. Te encontré en la cama, casi desnudo, pero no pude hallar rastros de alcohol en tu mirada. Temblabas y te cubrí con las sábanas.
     -No me expliqués nada.
     Tenías, sin embargo, la necesidad de hacerlo. Entonces vi el cuerpo de la chica en el suelo, del otro lado de la cama, seguramente con el cuello roto.
     -Llegamos, todo estaba bien. Nos sacamos la ropa, nos tiramos en la cama. Después apareció el tipo, no sé de dónde...estaba esperando aquí....
     -Llorá, desahogate- te dije con las mínimas palabras, tibias, de un amigo.
     -El tipo me agarró de los brazos mientras ella me sacaba la billetera y el reloj. Y se reían, ¿me entendés?, se reían...
     Te palmeé las mejillas con suavidad. El pelo desprolijo, la cara sucia de lágrimas. Tan parecido al pequeño Andrés que me recibió una tarde con la expresión más desprotegida que vi en mi vida. Aún tenés esa cara, después de tantos años, la misma que yo no volveré a tener aunque me mire al espejo durante horas, buscando algún rasgo del que fui. Por eso te odié, ya sin sentir que se me revolvía el estómago al pensar que eras mi amigo, que yo era tu mejor amigo, y sin embargo te odiaba.
     -Les aguanté las bromas por un rato, pero no se iban. El tipo no me soltaba y ella decía boludeces para ponerme nervioso. Cuando la mina le dijo que me atara y él me aflojó por un segundo, me tiré encima de ella.
     Te miraste las manos como si no fuesen tuyas, manchadas con sangre seca sobre el vello del dorso. Sólo se me ocurrió entonces apretarlas entre mis palmas, como lo hice cuando éramos chicos, te acordás. Fue al día siguiente de aquella tarde, o después quizá. Salimos de la escuela, pero no recorrimos la vereda de tu casa. Caminamos hasta el parque, mientras algunos chicos se sacaban los guardapolvos y daban el primer pelotazo del partido. Vos, sin mirarlos, empezaste a hablar.
     Y mientras tanto, yo imaginaba cada paso que dabas en esa casa cuyos rincones no conocía del todo, aunque sí el ambiente, el olor que ofrecía a cada sector sombrío de mis recuerdos un escenario definido, adecuado. Vi tu casa a las doce de la noche. Una lámpara de pie al fondo del living. El comedor a oscuras, sólo habitado por la silueta negra de la mesa, las sillas apartadas, los platos sin levantar. Más allá de la luz, el pasillo que conducía a los dormitorios. Al final, la puerta del patio trasero, con su vidrio esmerilado que dibujaba las sombras de los árboles al mecerse con el viento. Te vi caminar sobre los eternos restos de pintura caídos del techo, recorrer las habitaciones en tu obligado insomnio. Esperando que se acallasen los ruidos, los insoportables gemidos junto a tu cuarto. Tenías un pijama grande, las mangas sobrepasaban el largo de tus brazos, el pantalón se te resbalaba de las caderas. Pero ya no podías estar más en la cocina, ni sentado en la oscuridad del comedor. Los ojos se te cerraban, y cada grito, cada llamado te abría los párpados como si hubiese un dedo invisible delante.
     -¡Andrés!
     Te buscaban. Al perder la esperanza de que esta vez no lo hicieran, te sumiste, como todas la noches, en la desesperación que te sembraba la cara. Luego ibas, obedecías, porque no hacerlo era esperar el castigo de la mañana siguiente. Veías la luz, pálida, amarilla, saliendo por la puerta entornada del dormitorio de tus padres. Y aunque supieras qué encontrarías, te asomabas con la tonta idea de que esa noche sería diferente. Pero la sombra de la mano de tu madre sobre la pared, como una araña enorme, se movía en señal de llamado. Ella estaba desnuda sobre el cuerpo de tu padre, y el brazo de él también se movía, reclamándote. Vos, con la transpiración recorriéndote el cuerpo, te secaste las manos en el pijama.
     Entonces el pantalón se aflojó y cayó sobre tus pies. No te diste cuenta. Tus ojos, grandes, asustados, miraban y no veían. Únicamente lo descubriste al oír sus risas. Tu viejo no podía contenerse, y ella le decía algo así como “pobrecito, no tiene la culpa”, entre risas. Él la animaba, “pero si ya es un hombre”, y te pedía que te acercaras a la luz. Vos ya no los miraste, sino que bajaste la vista a tus calzoncillos, tensos y mojados por algo que no era orina.

     El conserje ya debe haber hecho lo que le pedí, y antes de que la policía atraviese la puerta, voy a contarte lo que no pude mencionar esta mañana. Lo que te habría dicho si no te hubieras dejado enredar por ese cuerpo de mina indiferente, de mina engañosa, como todas. Para darte mis noticias de la mejor forma posible, evitándote esto que ya hiciste, esta muerte que está junto a nosotros.
     Puedo ya decirte que mi esposa me dejó. Después de la noche de la pelea, insistí en defenderte, te lo dije antes, y me abandonó meses después. No te llamé porque me estaba pareciendo demasiado a vos. Ebrio y estúpido en mi soledad. Pero no tenés que preocuparte más, ni siquiera en llamar a Sonia para que te espere a que salgas de prisión.
     Yo me ocupo de ella ahora.                                             





GLORIA



No la amo, y sin embargo hace diez meses que la estoy buscando. Es el imperioso deseo de retenerla a mi lado lo que me hace seguirle los pasos. Como cuando vivíamos juntos, y en la vieja cama del departamento de Almagro me contaba los problemas en los que se había involucrado. Debo convencerme de que no es amor, aunque se le parezca terriblemente, esta necesidad de extrañarla que siente mi memoria. Más aún en este momento que creo haberla hallado por fin en la pequeña casa de enfrente, en este barrio apartado de Lomas de Zamora, entre cercas de alambres y perros sucios ladrando a los chicos que juegan a la pelota en la calle. Estoy aquí sentado hace horas, e intento no llamar la atención de los vecinos, pero es inútil. La gente mira el auto con curiosidad, las mujeres con sus bolsas de compras, los niños con los guardapolvos abiertos. En cada uno espero ver a Gloria, su inalterable belleza destacándose en medio de los desbordados signos de la pobreza. Nunca pudo convencerme cuando decía que su lugar estaba entre esta gente.
     Diez meses antes me abandonó, dejando todo lo que había traído: las cortinas, las sábanas nuevas y los manteles tejidos sobre las mesitas de luz, la taza de café todavía con la marca de sus labios. Cosas que sólo trajo para sentirse tranquila con el mandato inevitable de domesticidad, aunque siempre fue distinta a las otras mujeres. Recuerdo la primera vez que me confesó haber participado de las manifestaciones, describiéndome a los heridos en las calles y los fusilamientos contra las paredes de la calle Defensa. Me habló de la futura caída del gobierno de facto como si recitara un poema épico, hermoso e improbable.
     Posiblemente me crucé con ella mucho antes de conocerla, entre los tiroteos, esquivando balas y gases lacrimógenos, rodeados del tumulto. Ella perseguida, violenta y asustada. Yo, con el grabador en mis manos temblorosas, corriendo de una vereda a otra cerca del Congreso o la Casa de Gobierno. Cruzándonos sin saberlo, sin imaginar que un tiempo después estaríamos en la misma cama llamándonos amantes, y sospechosamente felices. Había transcurrido casi un año del golpe de estado, cada vez pasaba más horas en sus reuniones del partido en algún sitio oculto de La Boca. Nunca quiso contarme nada en detalle, era por mi protección, me aseguraba.

     Un mes después de que ella me abandonara, golpeé la puerta del editor para exigir la cobertura del atentado. Porque esa mañana había escuchado en la radio la noticia de la explosión en la casa de un jefe militar, y recordé lo que Gloria me había dicho al irse: que estaban por hacer algo importante y no quería comprometerme, que nuestras formas de vida eran incompatibles. Lo hizo con esa emoción habitual en ella, aquel gesto de melodramático compromiso. Se fue vestida como al conocerla, con sus pantalones levemente ajustados, la blusa blanca desabrochada hasta un poco más allá del nacimiento de los senos, sin pintura ni collares, sólo el armonioso movimiento de su cabello castaño cayéndole en los hombros. Ahora la casa del militar estaba destruida, y la bomba parecía haber gritado el nombre de Gloria al estallar.
     El editor finalmente me dio el permiso, pero antes debí venderla. Tuve que decirle que ella estaba en mis manos. Me hizo contarle la forma en que nos conocimos en la última asamblea previa al golpe, la manera en que nos enamoramos y descubrí lo que hacía. Le inventé una historia de cómo había averiguado sus planes con sólo llevarla a la cama y hacerle el amor hasta obligarla a contármelo todo.
     -Traicionar y prostituirse es la misma e inefable virtud de las mujeres- le dije a mi jefe.
     Entonces, igual que un niño que miente por primera vez, me di cuenta que ya no podía echarme atrás. Había vendido su nombre, la imagen de la líder violenta y subversiva que en realidad nunca llegué a conocer. Por eso necesitaba buscar a la otra Gloria, la que se sentía protegida por el solo hecho de estar conmigo.
    
     A la semana siguiente, publiqué una columna completa dedicada al grupo guerrillero al que se adjudicaba el atentado. Al principio fueron datos que los demás diarios ya tenían; a la segunda semana decidí entregar mi entrevista con la madre de una amiga de Gloria. Visité a la señora Fay en Belgrano, en una casona que debió ejercer el efecto contrario que esta mujer deseaba para su hija Cristina, a la que Gloria mencionó escasas veces. Es extraña la forma en que todos ellos, los activistas, pueden ocultar sus pensamientos, o dividir su mente en dos vidas paralelas. Ser amantes y al mismo tiempo unos desconocidos. Únicamente los hombres como yo, los que tenemos un solo pensamiento, somos simples y tan planos como cualquier cosa inútil puede serlo.
     La señora Fay habló de su hija de manera despectiva.
     -Desde que tenía dieciocho años empezó a meterse con esos grupos. Yo la veía volver de la calle con pancartas y esa actitud de desprecio hacia todo lo que le dimos, la educación, la posición, usted me entiende. Pero ningún gobierno les viene bien.
     -¿Usted conoció a sus amigos?- le pregunté.
     -Varias veces hizo reuniones en esta casa, mientras yo no estaba, por supuesto. Cuando me enteré y le dije que se fuera, se me rió en la cara.
     Hizo una pausa para buscar en el escritorio un papel que entregó en mis manos. Me dijo que aceptaba esa entrevista sólo para que la ayudase a saber algo de su hija.
     -Tome, ésta es la última dirección que tengo de ella.
     Noté que estaba algo conmovida por primera vez desde que empezamos a hablar, y me preguntó qué sabía sobre la gente desaparecida en los arrestos. Yo pensé, sin decírselo, que la tierra se los tragaba.
   
     La dirección que me dio la madre de Cristina era un sitio en General Rodríguez, y antes de salir, pasé por la redacción. El jefe se me acercó al oído y murmuró:
     -Deme el manuscrito, Beltrame. De arriba me presionan y tengo la soga al cuello.
     Entonces me quedé tranquilo, supongo que fue tranquilidad esa sensación de estar haciendo algo que todos consideran correcto excepto uno, por lo menos la más pequeña parte de uno mismo.
     Cuando llegué a la ciudad el domingo a la tarde, había una quietud extrema en las calles. Algunos perros ladraban y cruzaban de vereda, interrumpiendo el silencio instalado. Me detuve en una estación de servicio y pregunté por la calle que buscaba. La casa resultó estar ubicada al fondo de una serie de departamentos dispuestos en fila. Golpeé a la puerta.
     -Soy amigo de Gloria- le dije a la mujer que me abrió.- ¿Usted es Cristina Fay?-Detuve la puerta con el pie antes de que me cerrara.-Necesito hablar con ella, fui su pareja y la extraño.
     Y al oír mi propia voz, fue como escuchar a otro hombre fingir. Le estaba hablando como un amante que se siente solo, pero yo seguía pensando en mi artículo que en ese instante se imprimía en Buenos Aires.
     Cuando la convencí, me hizo entrar a una sala pequeña y vacía, como esos lugares que van a habitarse por poco tiempo. Continué hablándole y observando sus ojos bellos, aunque no tanto como los de Gloria. Sin embargo, su desconfianza no cedía, como si ella también pudiese escuchar los ruidos de las máquinas impresoras en mi cabeza. Acercándome a su oído, le hablé casi llorando.
     -No te imaginás cómo la extraño, tanto que desde su huida no he dormido con nadie más.
     Entonces le besé la oreja suavemente, puse una mano sobre su muslo, y ya no opuso resistencia. Ni siquiera ese precavido silencio, que fue desapareciendo con suspiros frecuentes. Fue como derribar la barrera frágil de su cuerpo de una sola vez. Mis manos empezaron a tocar sus pechos, desnudándolos. Sacándole ese vestido que era más un disfraz de ama de casa que de una combatiente por la liberación. Su cuerpo era muy delgado, casi desnutrido en las caderas huesudas, en los muslos fláccidos, surcados por quemaduras y marcas de picana. 
     Pero mi mente seguía siempre alejada, pensando en las palabras de mi próxima nota, y el rostro de Gloria se me apareció de pronto. En ese momento acabamos, y me aparté. Cristina estaba extenuada, y por su mirada perdida supe que quizá no volvería a levantarse de esa cama. Mis brazos, pensé, mi cuerpo, habían sido el último remedio, el éxtasis y la electricidad que cura y daña al mismo tiempo.
     Mientras me vestía, ella miró hacia la ventana varias veces, como buscando algo, pero no le hice caso. Después giró la vista hacia mí por un instante, y comenzó a revolver entre unas carpetas en el suelo junto a la cama.
-Pase lo que pase, nunca le mencione lo nuestro- me dijo al entregarme un papel.
     Salí de allí con el papel arrugado en mi mano derecha, una hoja de agenda con la dirección de Gloria. Ella era su amiga quizá más íntima, y con la que creía haber cometido una traición personal, pequeña y pueril, tal vez, pero que iba a compensar devolviéndole a su amante.
    
     Al volver a Buenos Aires, la señora Fay me acosó con sus llamadas.
     -No es lo que convinimos, ha distorsionado todo lo que le dije- reclamaba ella desde el teléfono, advirtiéndome que me haría huir del país.
     Busqué el diario de la mañana y leí un fragmento irreconocible de mi nota. Los leves destellos de humanidad con que quise teñir a la familia Fay, habían desaparecido. No sirvió de nada entrar puteando a la oficina del jefe. Levantándose de la silla, me apuntó con el dedo como un arma.
     -Esto es lo que iban a hacerle a usted y a mí si no la cambiaba.- Su voz se convirtió en un murmullo.-Mientras usted jodía con esa mina en Rodríguez, lo estaban siguiendo, y después se la llevaron. Hasta secuestraron una agenda que como un boludo no fue capaz de ver.
     Me senté, aflojándome la corbata, y un sudor frío empezó a correrme por la espalda.
     -Ayer mismo volvieron a llamarme de arriba. Me encajaron toda una lista de gente a la que hay que cagar, ¿me entiende?- Y se puso a repetir, frotándose el rostro una y otra vez: -Estamos jodidos, jodidos...
     Volví a mi escritorio y cerré la puerta con llave. Las paredes me parecían cuatro hombres y ocho ojos imperturbables. Cualquier paso en falso me involucraba, y tuve tanto miedo por mi vida, que fui capaz de un único acto. Esta maldita reacción que finalmente ha sido la responsable de mi supervivencia. Regresé a la máquina de escribir y me puse a teclear como un verdugo.
    
     Dudé mucho tiempo en seguir buscando a Gloria. Sabía que su dirección ya no estaba en la agenda de Cristina, así que ir hacia ella significaba enterrarnos a los dos. Cada semana prolongué mi vida entregando mi ración de nuevos nombres al periódico. Hombres o mujeres sospechosos de militancia subversiva eran mencionados en mi columna, y si algo sucedía con ellos, no deseaba saberlo. Pero en la redacción mis colegas se encargaron de dejarme informes sobre mi escritorio, notas de muertes inexplicables, de desaparecidos, de allanamientos y secuestros que al ser publicados cambiarían sus nombres por otros más acordes a la voluntad imperante de tranquilizar al pueblo. Dejaban notas anónimas en el parabrisas de mi auto, y me trataron de manera distante, rencorosa pero temerosamente, y conocí una nueva clase de respeto. La tensión de cada mañana al enfrentarme con la máquina de escribir me hacía sentirme enfermo. Tal vez mi cuerpo se estaba flagelando por las culpas de mi mente. Estuve tres semanas en cama, con fiebre y una meningitis que me dejó muy débil. Sólo Gloria podría salvarme de la caída que se me ocurrió inevitable. 

     Por eso vine a Lomas de Zamora a buscar su casa. Hace horas que aguardo frente la puerta, soportando el frío de la mañana y la lluvia sorpresiva de la tarde. Pero no la he visto. Me bajo del auto y me confundo entre la gente, por si me vigilan.
     Desde una esquina finalmente la veo salir, tan hermosa como siempre. Se me ocurre que ella, con su sola presencia, es capaz de redimir a cualquier hombre en el mundo. Mira hacia todos lados, y corre hacia la otra esquina alzando un brazo para detener al colectivo. Sé que no tengo tiempo de buscar el auto. El colectivo se detiene y ella sube, corro y lo alcanzo. Empuja a los que están delante, ellos protestan y veo que Gloria se da vuelta.
      Me ha visto. Y por su mirada me doy cuenta que huye de mí como si un criminal la persiguiera.
     -¡Esperá, por favor!- le grito.
     Quizá una palabra suya sea suficiente para sentirme diferente. No amado, ni siquiera perdonado, sino distinto, otro que no sea yo ni el hombre en el que me he convertido.
     El colectivo está repleto de gente. Intento abrirme paso. Ella se escabulle entre los pasajeros. Alguien se interpone en su camino, y así logro alcanzarla extendiendo un brazo. Estoy a punto de hacerlo, puedo rozar con los dedos el tapado azul que yo le regalé en su último cumpleaños. Aún lo conserva, y es una señal consoladora de que no puede olvidarme.
     Entonces me observa una vez más. Sólo espero escuchar su voz. Pero lo único que obtengo es una mirada de temor. Solamente miedo. Si me odiara, si en esos ojos hubiese por lo menos un indescriptible desprecio, tal vez eso sería suficiente para justificarme.
     El colectivo se detiene en un semáforo, y ella se baja corriendo. La sigo, pero la puerta se me cierra en la cara. Ahora está mirándome desde la vereda, y de pronto dos Falcon frenan a su lado.
     -¡Abra!- le grito al chofer, pero no me hace caso.
     Dos hombres descienden de los coches, agarran a Gloria de los brazos y le tapan la boca. Ella se resiste, patalea como un animal. La gente mira por la ventanilla y murmura.
     Ya han subido a Gloria a uno de los autos. Arrancan y pasan junto al colectivo con el chirrido de neumáticos en el asfalto, cruzando las luces rojas. Me quedo quieto, rodeado de la gente que me está observando y nada dice, envuelto por ese olor humano tan insoportablemente acusador.
    




 LA FIESTA DE CUMPLEAÑOS



Lucas cumplió hoy ocho años.
     Llegué a casa de Lucila a media tarde. La fiesta no iba a empezar hasta las seis o siete, pero querían tenerme cerca para comprar cosas de último momento en el almacén, cargar bolsas y cajas de gaseosas, o entretener a los chicos cuando mi hermana y las otras madres se sentaran a descansar.
     -Para eso estoy yo- le dije.- Como si no tuviera nada que hacer.
     -¿Y qué tenés que hacer?- me contestó ella.
     Matarme, le habría dicho, preparar el plan para morir en mi décimo noveno cumpleaños. Pero me quedé callado, y en sus ojos duros, inflexibles como los de mamá, vi, por un momento, apenas un sesgo de piedad. Como siempre, para no discutir, cambiamos de tema, o en realidad cada uno se ocupó de lo suyo. Así fue cómo aprendimos a convivir después de la muerte de papá. El viejo me protegía. Era mi coraza, mi escudo contra los embates verbales y teñidos de afecto de mamá y Lucila. Los hombres nos defendíamos entre nosotros, y esa fue mi manera de crecer.
     Pero mi mente y mi memoria son una cosa, mi cuerpo otra. Eso dijo uno de los tantos médicos que vi en los últimos ocho años y de los cuales ya no recuerdo nombres ni caras. Yo sé, sin embargo, que hay recuerdos grabados en el cuerpo.
    
     Como el de aquel día que llegué corriendo del baldío de la otra cuadra, y abrí la puerta de casa. El gato se escapó hacia la cocina. Papá se asomó desde allí y entonces ahogué mis palabras, me las tragué con saliva y con el sudor que me caía de la frente. Porque descubrí, aunque la cara de mi viejo fuese la de siempre cuando discutía con mamá, esa expresión de amarga paciencia, que ya nada era igual.
     El maullido había sido como la campana que anuncia un nuevo round, o la tijera que desgarra la tela, y en ambas cosas no hay marcha atrás. El olor de las frituras, el televisor encendido, la mesa preparada con el mantel de hule y la botella de Coca estaban allí como todos los días. Escuché la voz de mamá al pasar sin detenerme frente a la puerta de la cocina. Su voz y las protestas de siempre. A los once años, ya conocía el carácter de mi vieja. Pero esta vez sentí que algo era diferente.
     Cuando me senté, ella se acercó para poner el pan sobre la mesa. Entonces me di cuenta que lloraba con lágrimas silenciosas, raro en ella. Al ver que me había dado cuenta, se secó la cara con el delantal y me miró. Era la primera vez que veía el miedo en la cara de mi madre.
     Iba a decir algo, no sé qué, pero papá apareció y me rogó con la mirada que me callara la boca. Se la llevó de vuelta a la cocina, abrazándola de los hombros, mientras ella apoyaba la cabeza sobre su pecho, arrugando la camisa sudada y de puños arremangados. Gemía, aunque yo no escuchara el llanto, y papá también lloraba.
     -¡Pá!- grité.
     Él alzó la mano para que volviera a sentarme. Parecía un gran olmo dirigiendo el crecimiento de los seres que lo rodeaban con sus grandes ramas extendidas.
     Pero el olmo tembló, y fue el viento que vino del teléfono el que lo hizo. Mamá se desprendió de los brazos de su hombre, que nunca más sería otra cosa que su marido. Las manos fuertes de mi vieja, las manos que criaron dos hijos sin aceptar ayuda, levantaron el tubo. Papá la siguió y acercó el oído al auricular.
     El cómico de la televisión seguía contando chistes, supongo, pero ya nadie lo escuchaba. Las frituras se estaban quemando, pero nadie olía. No pude entender lo que mamá estaba diciendo, la mayor parte del tiempo que estuvo al teléfono sólo parecía estar escuchando. Después volvió a llorar y soltó el tubo. Papá se puso al habla, preguntó por Lucila.
     -¿Dónde…?
     Y sentí, por primera vez en toda mi vida, que mi hermana no era solamente la chica que me molestaba, la insoportable hermana mayor que se ponía de parte de mamá para hacerme la vida imposible. Su cuerpo también era de carne y hueso, también podía romperse.
     -¿Qué pasó?- pregunté.
     Mamá fue hasta el dormitorio. Papá me sacudió el pelo, con la cara más triste que le había visto hasta entonces.
     -¡Sabía que iba a pasar tarde o temprano!- dijo finalmente, con la bronca que se iba abriendo paso en su cara llena de miedo.- ¡Vamos al hospital, hijo! Tu hermana está enferma.
     Yo sabía que Lucila estaba embarazada, no enferma. Se había casado con Marco, después de pelear cientos de veces con mis viejos, porque ellos decían que era un mal tipo. Durante un tiempo Lucila lo trajo a casa todos los días. Era simpático, entrador, hablaba de fútbol, me acompañaba al metegol o la cancha a veces, pero con mamá no se soportaban. Cuando se iba, mis viejos discutían, y al final él le daba la razón.
     -No sé qué tiene que no me da confianza- comentaba papá, con su tono lento y pensativo de siempre. Pero ella sí sabía. No podía darle un nombre, ni verse a simple vista como un defecto físico. Era algo en la forma de hablar, en el chasquido de la lengua, en el color de los dientes, quizá.
     -¡Que sé yo! ¡Pero no voy a dejar que se casen!
     Se casaron y se fueron a vivir a la casa de la madre de Marco. Pero la mujer murió cinco meses después. En ese tiempo, Lucila vino a casa muy pocas veces. Cuando mamá la llamaba, la voz de mi hermana sonaba como la de una garganta irritada por el llanto.
     Pero ahora, casi a punto de dar a luz, mi hermana estaba en el hospital, golpeada, dijeron los médicos. Sin embargo no hablaron del bebé ni mencionaron cuán fuertes habían sido los golpes.

     Los chicos llegaron y comenzaron a jugar en el patio con mi sobrino. Lucila preparaba la mesa con sus amigas, y se dio vuelta para mirarme. Yo observaba a los chicos jugar, pero ella, como siempre, no podía verme tranquilo. Acá viene de nuevo, me dije.
     -¿Qué tal el nuevo doctor?- preguntó, y ése era un modo de investigarme, de vigilar mi mente. Nadie, desde hacía ocho años, había permitido que me quedara quieto por un momento. Como si dejarme divagar fuera peligroso.
     -Como todos. ¿Pero acaso me vas a controlar vos ahora?
     Papá te dejó hacer lo que querías, y mirate, no trabajás ni estudiás, te la pasás dando vueltas sin ningún provecho.
     -Pero dejame de joder, vos y mamá no me dejan en paz, cuentan cada respiración y palabra que digo. Parece que tuvieran miedo de dejarme crecer. Ya crecí, si no te diste cuenta, hice cosas que vos nunca podrías hacer.
     Lucila se limitó a echarme una mirada tensa, aunque no sé si enfurecida o compasiva. Ella, como mi vieja, tenía la peculiaridad de amar pero sin demostrarlo más que con rigidez. Las mujeres, me decía papá, tienen tanto amor desbordando que no saben controlarlo y se ponen nerviosas.
     Después armamos las cajas para el escenario de los títeres. Había venido un titiritero, pero su compañero estaba enfermo, dijo él, así que Lucila, rápidamente, me pidió que yo lo ayudase.
     -Está bien, hermanita, a tus órdenes.- Ella sonrió con condescendencia, sus labios parecían dos filos que quisieran cortar el aire que yo respiraba.
     Con el tipo nos paramos detrás del telón y empezamos a inventar una historia. Me sorprendió un poco que los chicos se rieran de ese cuento que me parecía tan ridículamente falso y alegre: dos cazadores que no lograban matar nada por sus torpezas. Cuando iba mediando el relato, pensé que era tiempo de aderezarlo con algo de emoción, y agarré un cuchillo del suelo, con el que habíamos cortado las sogas que habían atado el escenario al llegar.
     -No podemos volver a casa sin nada para comer- dijo mi personaje.
     El titiritero me miró tras bambalinas.
     -Pero no hay nada que cazar, amiguito. ¿No te dan lástima los pobres animalitos del bosque?
     Entonces levanté el cuchillo con las manos de trapo de mi muñeco.
     -¡No!
     La voz de Lucila fue la que gritó, tan extraña en medio de la fiesta, como si un asesino hubiese irrumpido sembrando sangre alrededor de los niños.

     En el auto, papá me explicó que habían recibido el llamado de los vecinos de mi hermana, apenas una hora antes de que yo volviera del partido. No sabían a qué clínica u hospital la habían llevado, porque Gustavo había huido dejándola en casa, encerrada y con dolores en el vientre.
     Las luces de la ciudad, a las diez de la noche, se sucedían y pronto quedaron atrás. Fue la primera vez que me sentí parte de la familia, un miembro que sabía que otra parte de ese mismo cuerpo iba a desprenderse tarde o temprano.
     En la guardia, se oían los gritos de mi hermana desde uno de los consultorios. Nos prohibieron pasar, sin decirnos más de lo que ya sabíamos. Había llegado con golpes en el vientre, sangrando a mares, esa fue la expresión de la vecina que la acompañó en la ambulancia. A mares, me dije, y mientras esperaba, imaginé un mar de sangre lamiendo las playas con olas rojas, olas como los cabellos de Lucila moviéndose en el viento.
     Observé el movimiento del personal de la guardia con sus guardapolvos blancos, yendo de un lado a otro como espuma desplazada por aquel enorme mar de sangre. Entonces mi viejo me miró, compadeciéndome a pesar de la preocupación que debía estar sintiendo por su hija.
     -Andá a comprarte una Coca en el bar, estás medio pálido.- Me dio unas monedas. Mamá ni siquiera me miró, estaba con la vista fija en la puerta que conducía al consultorio de Lucila.
     Un rato después volví a la sala de espera. Un médico hablaba con papá y mamá.
     -La llevan a quirófano- me dijeron luego. No había más que seguir esperando.
     -Tomate un taxi a casa y dormí un poco, mañana a la mañana te cuento qué pasó.
     -No quiero, pa. No tengo sueño.
     -Hacé lo que te dije-insistió, pero entonces escuchamos un griterío desde la puerta de vidrio de la entrada, luego un estallido de vidrios y nuevas voces y golpes. La gente de seguridad corrió hacia el mostrador, donde un hombre gritaba:
     -¡Mi mujer! ¡¿Qué le están haciendo a mi mujer?!
     Pero no necesité mirar a papá para saber que él también se había dado cuenta de quién era. Gustavo luchaba por desprenderse de los guardias. Por un momento, tuve lástima de él. Bronca y después pena por ese chico de diecinueve años que no parecía darse cuenta de lo que hacía.
     -Está drogado- dijo papá, y sus puños temblaban, como si en cualquier momento fuesen a golpear a su yerno. Pero se quedó quieto, lagrimeando, y mi vieja se mantenía aparte, mirando el ascensor que llevaba al quirófano.
     Sabíamos desde hacía tiempo que Gustavo se drogaba. Lucila lo había ocultado durante todo el noviazgo. Después de casarse, había empezado rehabilitaciones que nunca terminó.
     Los guardias pasaron con él, agarrado de los brazos, junto a nosotros. Gustavo nos miró con odio. Tenía la mirada brillante y un olor extraño impregnado en la ropa. Le miré los brazos, llenos de piquetes infectados. Papá se levantó finalmente y lo agarró de la camisa. Los guardias lo separaron, pero mi viejo logró manotearle la cara y darle un puñetazo casi suave, y después un salivazo que le cayó en un ojo. Pero Gustavo no parecía sentir nada.
     -¡Vengo a buscar a mi mujer!- siguió gritando. Entonces aprovechó que los guardias lo habían aflojado un poco y se soltó. Sacó una navaja del cinto y comenzó a amenazar a todos como un animal acorralado que busca a su hembra. La gente que se había acercado a mirar, se alejó formando un semicírculo vacío a su alrededor.
     Era la una de la mañana, pocos médicos quedaban rondando los consultorios. Las luces fluorescentes formaban aureolas centellantes sobre nosotros. Mis padres y yo estábamos cansados, queríamos regresar a casa y despertar a la mañana siguiente sabiendo que esto había sido nada más que un mal sueño.
     Pero la realidad de las luces era cruel. El filo de la navaja brillaba como nuestros ojos soñolientos. Vi venir a Gustavo como una figura brillante que me sorprendió con su fulgor, y desperté al contacto de sus manos. Mi ensoñación duró, quizá, treinta segundos, pero ya era tarde cuando me agarró de un brazo y apoyó la punta de la navaja en mi espalda. Yo tenía mi cara apretada contra él, y aunque quise darme vuelta, me retenía la cabeza con su otra mano.
     -¡Lo mato!- gritaba, yendo de un lado a otro de la sala de espera, sin decidirse, sin saber adónde ir. Cuando él se daba vuelta para buscar una salida, yo veía las caras espantadas de los que nos rodeaban. En el rostro de mi viejo había una expresión de furia que jamás volvería a ver. No era la cara de mi padre, sino la de ese hombre que nunca había conocido antes, porque había estado dormido desde el día en que conoció a mi madre.
     Gustavo abrió la puerta de la enfermería, y sin soltarme nos apoyamos contra una mesada. Mientras los demás le hablaban para convencerlo de rendirse, vi una caja de cirugía usada al lado de la pileta. Había también una hoja de bisturí con su mango, asomando claramente entre pinzas y agujas, hilos de sutura y gasas con sangre.
     Me miré las manos.
     Me pregunté si era posible que mis manos estuviesen libres, y no me hubiese todavía valido de ellas para defenderme.
     Y mientras oía las voces que gritaban, agarré el bisturí y lo clavé en la espalda de Gustavo. No me pregunté si necesitaría mucha fuerza, si el cuerpo humano era tan duro como una piedra o blando como una hoja. Cuando el bisturí penetró, sentí el olor, el dulce aroma y la caliente tibieza de la sangre salpicándome un costado de la cara. Gustavo se retorció y caímos juntos al suelo. Yo tenía su sangre en los labios, en la boca, y comencé a vomitar.
     Mi viejo corrió a buscarme mientras los guardias sujetaban a Gustavo y lo ataban a una camilla. Se lo llevaron al quirófano por el mismo camino por donde había desparecido Lucila. Ahora estarían juntos otra vez, pensé.

     Mi hermana se salvó, y su bebé nació por cesárea antes de término, pero sano.
     Fui y volví de la comisaría varias veces, haciendo declaraciones que mi viejo corroboró, así como todos los testigos. Mamá no se movía de la habitación de Lucila o de la nursery. Papá, en cambio, me acompañaba todos los días a terapia intensiva, donde estaba Gustavo.
     Lo habían operado, pero dijeron que desmejoraba. Seguía con fiebre y la herida no dejaba de supurar. Volvieron a operarlo y le extirparon el riñón izquierdo, había quedado dentro el extremo romo y roto del bisturí.
     Gustavo no tenía más familia que nosotros. Yo lo miraba desde la puerta de la sala. Temía que al despertar me viese. Y cómo iba a soportar sus ojos, me preguntaba. Con mis once años, me sabía más lúcido que él la noche en que lo herí. Él era un animal que deseaba sobrevivir, yo era, en cambio, un hombre que había planeado su escapatoria.
     -Si se muere, qué hago…-le pregunté a mi padre.
     -Ya lo hablamos...
     Asentí, pero hay cosas que no pueden transmitirse, que quedan y crecen en uno.
     Hasta que finalmente murió una noche en terapia. Escuché a mi viejo contarle a mi madre, cuando regresó tarde a casa, cómo habían desconectado los cables, retirado los tubos, cubriendo el cuerpo con una sábana limpia y blanca.
     -Lo maté-dije yo, sin mirarlos. Lo repetí una y otra vez, pero no lloré.
     Cuando Lucila y el bebé salieron del hospital, los acompañé en el auto. A ella le habían contado lo sucedido. Nada dijo. Se veía cansada, triste, y me miró con una sonrisa de complacencia. Estaba sola con un hijo, no tenía más tiempo para mí ni para mis supuestas penas.
     Pero con el tiempo comenzó a dedicarme tiempo y esfuerzos. Yo crecí, atravesando la adolescencia entre terapeutas, y ella me guió con dureza, apañada por mamá, que sólo tenía ojos para Lucila. Más tarde papá murió, y la mañana que salimos de la funeraria después del velatorio, ante las figuras férreas de ellas dos bajo el sol del otoño, me sentí caer en un gran pozo nacido en la vereda.
     Y en ese pozo, tragándome, señalándome, estaba Gustavo.
    
     -¡Matar! ¡Morir! ¡Quebrantar la vida!- gritaba mi cazador de tela con ojos de botones, y los niños miraban, asombrados.
     Lucila pasó detrás del escenario de cartón y me sujetó la muñeca. Ambos recordamos. La fuerza de su mano retrocedió en el tiempo, y supe entonces, definitivamente, que su mano no habría dudado jamás en detener la mía esa noche en el hospital. Por eso, frente a los niños que esperaban con suspenso el remate de la historia de horror que habíamos elegido para entretenerlos, me vi libre de la mitad de mi peso.
     -¡Vivamos en paz, cazador!- dijo el titiritero, y mi pequeño personaje soltó el cuchillo. Los niños aplaudieron y corrieron hacia la mesa con la torta.
     -¡Esperen, hay que apagar la velitas!-dijo Lucila antes de que se abalanzaran sobre la torta de cumpleaños. 
     Las velitas fueron encendidas. Las luces se apagaron. La cara de mi sobrino se iluminó con una sonrisa tímida, que lucía aún más avergonzada contra esa luz pálida. En ese momento era muy parecido a su padre.
     Antes de soplar, me sacudió de la manga, y me preguntó algo al oído.
     -Sí- le contesté.- Podés pedir en voz alta.
     Sabía que Lucila me estaba mirando, desconfiada, aunque no alcanzaba a verla bien. 
     -Quiero que mi papá vuelva- dijo Lucas en voz alta y con los ojos cerrados.
     El silencio de la oscuridad se hizo más intenso aún. Hasta los niños, que sabían de la orfandad de su amigo, murmuraron.
     Mi hermana no tuvo tiempo de decirme nada, besó a su hijo y le preguntó por qué pedía eso. Ella nunca le había hablado del padre, ni tampoco se había preocupado hasta hoy por saber el motivo de que el niño jamás preguntase por él. Pero ya no podía postergar la respuesta. Sin haber apagado todavía las velas, alguien encendió las luces. Los niños se sentaron y parecieron olvidar. Lucila se veía enfadada, presionada a dar una respuesta. Entonces Lucas bajó la vista al suelo. Pero luego volvió a mirarme, y dijo:
     -¿Dónde está mi papá?
     Ocho años, Dios mío, en ocho años había visto cientos de chicos con sus padres, y recién hoy preguntaba. Nadie podía culparlo, sin embargo. Yo había tardado ese tiempo en hallar una respuesta. La muerte me esperaba la próxima semana, cuando cumpliera diecinueve.
     Y sintiendo todavía el resto del peso que había estado cargando, le dije a mi sobrino, con serena, triste y fingida voz dolorosa:
     -Yo lo maté.
     Nada pesaba ya sobre mi alma. Le diría a mi doctor, la próxima vez, que no me quitaría la vida. Ante los ojos de un niño marcados para siempre, yo había encontrado mi anhelada paz.
    




 EL COLCHONERO



Una calle cortada, junto a  la estación de Villa Luro, no tenía nombre. No era más larga que cincuenta metros, nacía en la avenida Rivadavia para morir en las vías. En el barrio todos la llamaban “la cortada del colchonero”, porque en la esquina estaba el negocio de don Álvaro, el mismo que había sido de sus padres y que él había vuelto a abrir luego de muchos años de ausencia.
     Era un hombre de cuarenta y cinco años, bajo de estatura, delgado, con brazos en apariencia cortos y no muy fuertes. Sin embargo, era capaz de cargar los pesados colchones de resortes desde las camionetas en los que los vecinos los traían hasta el interior del local. Después los vehículos se iban, y cuando el humo de los caños de escape se despejaba, se veía a Álvaro a través de las vidrieras, revisando la superficie del colchón y escribiendo en un cuaderno de espiral. Siempre tenía un lápiz apoyado sobre una oreja, al que sacaba punta con un cortaplumas que llevaba en su delantal azul. En invierno vestía una polera gruesa, porque nunca podía dejar cerrada la puerta más de quince minutos. Los vecinos entraban a saludarlo a toda hora, aunque nada tuviesen para encargarle. Se acodaban en la vitrina del mostrador, donde sucias muestras de telas habían permanecido durante años sin renovarse. De las paredes colgaban fragmentos de almanaques viejos.
     En la cortada se juntaban por la noche los jóvenes del barrio. Eran hijos de familias con dinero y elegantes casas que se levantaban del otro lado de la avenida, hijos de abogados y de médicos. Fumaban, se cambiaban direcciones de prostíbulos, y de tanto en tanto abandonaban la cortada para ir a uno de tales sitios. Álvaro levantaba la vista de su trabajo al escuchar las y risas apenas alumbradas por las luces del interior del local. A veces, los hermanos pequeños llegaban con mensajes de los padres para que volviesen a cenar a casa.
     Álvaro trabajaba hasta tarde todas las noches, pero como casi siempre lo hacía solo, se retrasaba en sus entregas y los colchones se acumulaban en el fondo del taller. Nunca se lo recriminaron. Él sabía refaccionar los colchones como nadie más en varios barrios de los alrededores.    
     -Los resortes ya no rechinan- decían los hombres.
     -Duermo como en las nubes- comentaban las mujeres.
     Entonces él asentía con la cabeza, porque era corto de palabras. Su calva incipiente dejaba entrever el cabello castaño que había tenido de joven. Por el cuello de la camisa y las mangas levantadas, sobresalía el vello rizado.
     Pero sus clientes más constantes eran los de la clínica de la otra cuadra, los únicos con quienes cumplía con regularidad porque le pagaban sin atrasos. Y sin embargo, eran también los únicos a quienes él atendía con desenfado y hoscamente, como si sus clientes más redituables fuesen a la vez los menos deseados.

      Un día, uno de los jóvenes entró al negocio.
      -Don Álvaro- le dijo-mis amigos y yo nos preguntamos…ya que usted es soltero y macanudo…no sé si me entiende…si le gustaría acompañarnos a un aguantadero que hay en Caballito, no nos dejan entrar si no es con un mayor. Le juro que no vamos a contar nada a nuestros viejos.
     Álvaro lo miró durante casi un minuto a los ojos, y el chico creyó que no lo había escuchado. Después alzó los hombros, como si no le importara hacerles aquel favor.
     -¿Vos sos de los Saravia, no?
     -Sí, don. Usted conoció a mi abuelo en la clínica, me dijeron.-No había malicia ni ironía en la voz del chico, pero era la primera vez que alguien mencionaba el pasado. El día que Álvaro regresó al barrio, había esperado que la gente lo reconociese, pero nadie se había dado cuenta. Sólo los más viejos le preguntaron más tarde por sus padres. Ninguno, sin embargo, le habló alguna vez de la clínica durante cinco años, y eso lo ofendía. Cómo no se acuerdan de mi cara y de mi hermano, se había dicho él al principio. Si había regresado era sólo por que ya tenía cuarenta años y ningún negocio próspero del cual vivir. En el barrio estaba el local deshabitado, aún a nombre de sus padres ya muertos. Y al fin de cuentas ése era su barrio, allí había dejado a su hermano.
     Pero enseguida cambió de conversación.
     -Decile a tus viejos que el colchón está listo, y que tu hermanito venga a ayudarme  la semana que viene.
     El muchacho sonrió, balanceando nervioso su cuerpo largo de adolescente, mientras se despedía.
     El sábado a la noche lo vinieron a buscar. Tomaron el tren, caminaron las ocho cuadras hasta la casa de citas, y entraron. Álvaro se quedó en la sala, dejándose acariciar por una de las mujeres, somnolienta y ebria, mientras los chicos entraban y salían de las habitaciones a lo largo del pasillo oscuro.
    
     Al lunes siguiente, en la mañana del primer día de sus vacaciones de invierno, un chico de diez años entraba como ayudante del colchonero. Los padres mandaban a sus hijos cada verano e invierno durante las vacaciones. Los niños volvían contentos del negocio del colchonero, contando lo que habían aprendido, los hilos y agujas que habían manejado. Álvaro necesitaba a veces manos pequeñas para coser rincones que sus manos callosas no podían siquiera palpar.
     -Los hilos delgados ya no los siento-les decía a los vecinos, y éstos se lamentaban de ver esas manos duras como cuero seco, contrastando con el rostro aún joven, pero siempre levemente ofuscado.
     -Álvaro necesita una novia- comentaba la gente.-El pobre se siente solo.
     Muchos de los niños que habían pasado por su negocio eran los adolescentes que ahora se juntaban en la esquina. Todos guardaban recuerdos de los días junto a Álvaro, acodados sobre los colchones mientras lo observaban coser bajo las lámparas débiles que pendían de los altos cielorrasos. Ninguno, en cambio, regresaba en las vacaciones siguientes, aunque sus manos no hubiesen crecido tanto como para no ser útiles al colchonero. Ellos decían que no les interesaba, como si hubiese algo dispuesto de antemano entre Álvaro y los niños, un lazo, un contrato verbal y quizá nunca pronunciado en realidad, que estipulaba que únicamente los niños trabajarían para él. Estaba en los ojos claros pero fríos de Álvaro, en sus manos de dedos más fuertes de lo que aparentaban, en su voz austera, seca y dolorida al pedir algo en el silencio interrumpido por el paso de los trenes.
     -Buenas, muchacho-dijo él.
     -Buenas, don Álvaro-contestó Ignacio.- Mi hermano insistió que viniera hoy sin falta.- Miró con ojos tímidos al hombre detrás del mostrador, que había levantado la vista por encima de los anteojos con un vidrio trizado y marcos de carey.
     -Acercate, no tengas miedo que no te voy a comer. ¿No tenías ganas de venir, no es cierto?
     Ignacio levantó los hombros y bajó la mirada. El niño vestía bien, pero él sabía que los padres ya no eran tan prósperos como cuando la clínica tenía renombre. En los últimos años habían cerrado servicios y echado a varios médicos. Decían en el barrio que estaban a punto de quebrar. El abuelo había muerto, y el padre ya no era director de la clínica.
     -Tu hermano te obligó, eso es más correcto, me imagino.
     El chico asintió. Álvaro se sacó los lentes y se puso a observarlo con aire divertido, como burlándose del niño.
     -Sos flaco y de manos chicas, me vas a resultar perfecto para el laburo. Vení que te muestro.-Y lo hizo pasar del otro lado del mostrador, apoyando una mano en la nuca de Ignacio. Le explicó para qué servían las herramientas, mientras recorrían las mesas con telas y caminaban hacia el fondo, donde los colchones se amontonaban desde hacía años. Colchones abandonados y nunca recogidos por sus dueños, cuyas boletas también se acumulaban en un cajón del escritorio.
     -Los considero como muertos. Los colchones han quedado acá y los dueños ahora están en sus tumbas, pero mucho menos cómodos.
     Ignacio lo escuchaba sin prestar demasiada atención. Le atraía el aire enrarecido y sin embargo no del todo desagradable del lugar, las luces pálidas que se perdían en el fondo, dominadas por las pilas de colchones, bolsas de esparadrapo, y el olor penetrante de la cola de pegar.
     A las siete de la tarde, el chico bostezó.
     -¿Suficiente para el primer día?
     -Me duele un poco la cabeza, don. Es…
     -¿Qué?
     -…el olor de los colchones, el olor de la gente, me parece, no me siento bien.
     -Ya te vas a acostumbrar en unos días. Desde hace años les arreglo los colchones a la clínica. No sabés el olor a meo que tengo que aguantarme, las manchas de sangre impregnada. Yo los dejo como nuevos, pero tres meses después, otra vez igual. Rotos, hundidos, sucios. Hay un olor distinto en ocasiones…
     Ignacio se quedó esperando a que terminara, pero Alvaro siguió trabajando como si tal fuese el término natural de la frase.
     -Bueno, don, hasta mañana entonces.
     -Hasta mañana, pibe.-Y lo saludó levantando la mano con la aguja, así que no podía saberse si era un saludo o el ir y venir rutinario de su mano en la tarea.

     En la mañana, Ignacio entró bostezando. La puerta, que solía estar medio inclinada y se trababa con la otra hoja, hizo un chirrido al abrirse.
     -¿Se digna a aparecer a estas horas, señor gerente? Mire el reloj.
     -Perdón.
     Ignacio bajó la mirada y en seguida se puso a ordenar los carreteles enredados.
     Mientras almorzaban, Álvaro permaneció en silencio. Era sólo cuando trabajaba que sus pensamientos se traducían en palabras, hablando casi sin mirar a los demás. Tal vez era eso, debía pensar Ignacio, lo que en realidad necesitaba Álvaro, alguien con quien hablar en su trabajo. Una sonrisa de satisfacción apareció en el rostro del chico, como si de pronto comprendiese cosas que antes estaban fuera de su alcance, y el comprenderlas lo hiciese mayor y quedasen menos pasos hacia la madurez.
     -¿Qué pasa?-Álvaro lo había sorprendido en plena sonrisa.
     -Nada, me acordaba de algo. Pero mire…-dijo, de pronto, sorprendido de haber hallado algo metido dentro de un colchón.
     Álvaro asintió.
     -Papeles de caramelos, pedazos de plástico carcomido, de todo mete la gente en las costuras rotas por no levantarse a tirarlas en un tacho.
     Rieron, y esta vez fue Álvaro el que se quedó con la risa pegada en la boca. Como Ignacio lo observaba, explicó:
     -Si te contara cada cosa que encontré en estos años. ¿Te hablé de la clínica, no? Tenía fama hace muchos años. La había fundado tu abuelo, y venía gente del centro y del oeste. A mí se me inflamó el apéndice un verano, tenía doce años entonces, y como mi hermano era mi gemelo, los médicos recomendaron que nos operáramos al mismo tiempo. Germán se llamaba mi hermano, y a él no le daba ninguna gracia que lo operaran para prevenir, como decían los médicos en esa época, y para aprovechar, como dijo mi padre. Pero al final mi hermano se dejó arrastrar hasta la clínica con la promesa de que faltaría a la escuela por dos semanas.-Álvaro se quedó otra vez en silencio, pero la sonrisa no se le borraba. Después repitió varias veces:- Mi hermano, qué chico más bueno era…-Y sacudía la cabeza como quien recuerda cosas que jamás han cambiado porque están fijas, repetidas y muertas en la memoria.
    
     El tercer día pasó casi inadvertido. Los mismos clientes, los mismos pedidos. Sólo el olor de la grasa mientras lubricaban los resortes tiñó ciertas palabras, puteadas que Álvaro murmuraba cuando algo le salía mal.
     A la tarde siguiente, un largo rato de silencio había precedido a las interminables recomendaciones que la vieja de la casa de enfrente le hizo a Álvaro.
     -Bien mullido, y que no rechine.
     Don Álvaro la miró salir, pensando en que esa misma voz le había gritado a él y a su familia, muchos años antes, los insultos que obligaron a sus padres a irse del barrio.
     -Bien mullido las pelotas, si no tiene con quien acostarse-murmuró él, y cuando sus ojos se encontraron con los de Ignacio, le guiñó un ojo.
     -¿Y los operaron?-preguntó el chico.
     Álvaro lo miró sin sonreír.
     -Nos operaron, sí. Un miércoles a las dos de la tarde. Mi hermano tenía un miedo de locos, se había orinado encima dos veces, a pesar de que estábamos en ayunas desde la noche anterior. Yo, no sé por qué, estaba tranquilo. Debió ser por eso que dice la gente que tenemos los gemelos, una relación especial, algo que nos une como esos tacos de madera que usan los psiquiatras. Cuerpos complementarios.
     Álvaro miró el reloj de pared. Eran las seis de la tarde. Oscurecía. En esa esquina no había semáforos ni vigilantes, así que los autos pasaban sin detenerse. Las luces de mercurio recién se habían encendido, y la luminosidad de la tarde que moría era como un filtro, un colador por el cual el rocío de la noche de invierno iba condensándose en las veredas, en las paredes con las formas de la humedad y la vejez.
     Cerró la puerta, entreabierta por el temblor de los trenes. Volvió a una de las mesas del fondo. Prendió las luces grandes, despejando hacia el techo las sombras de los colchones, como fantasmas que hubiesen estado durmiendo hasta ese momento.
     -Cuando uno despierta de la anestesia, se siente de la peor manera posible. A mí me tocó despertar a las doce, a la una de la madrugada quizá. Sólo recuerdo que una enfermera me miraba, y otras dos cabezas aparecían y desaparecían. Me abrían la boca para darme pastillas, pero yo no sentía nada. La lengua era como una pasta de menta sin sabor, por lo seca y fría, digo. Algo hablaban, pero yo seguía llorando. La luz del cuarto era muy suave, aunque tenía la sensación de que me daba de lleno en la cara, y la gente iba y venía de un lado a otro. De una cama a la otra. Después, apagaron las luces y quedamos en sombras, mi hermano y yo. Se escuchaba el rechinar de las camillas en los pasillos.
     “Germán”, murmuré. No me contestó al principio.
     “Germán”, volví a decir. Entonces me respondió un gemido. Yo creí que recién se habían apagado las luces, pero el tic-tac del reloj de la mesita me hizo darme cuenta de la hora avanzada. Mi hermano intentaba hablar, lo presentía. Entonces fue cuando sentí por primera vez en mi vida ese olor. Un aroma a metal ácido, amargo. Podía sentirlo en la nariz, podía verlo frente a mis ojos aún en la oscuridad. Y mis oídos percibieron el goteo que todavía no alcanzaba a ver.
    “¡Mamá!”, grité. Enseguida la puerta se abrió y las luces revelaron el color de aquel perfume que me pareció más antiguo que la historia que nos enseñaban en la escuela. Una enfermera se agachó, absurdamente, para recoger la sangre que caía de la cama de mi hermano. Un médico entró corriendo. Otras enfermeras llegaron con jeringas, mientras las órdenes y los comentarios se sucedían sin que yo los comprendiese. Me erguí un poco, pero la garganta y el pecho me dolían. Vi que inyectaban algo en el frasco que llevaba suero a las venas de Germán. No sé por qué seguí el camino de la ampolla ya vacía, arrojada en el recipiente de metal que la enfermera llevaba entre sus manos, un poco separada de la falda como si cargase un bebé muerto. Apagaron la luz principal y encendieron la del baño. No habían pasado más de diez minutos cuando el cuerpo de mi hermano empezó a jadear, y se puso rojo, con la cara hinchada. Me di cuenta de que no podía respirar. Una enfermera se me acercó y me abrazó. Sentí sus pechos contra la cara. Y me fui adormeciendo mientras alguien ponía algo en mi sangre.
     Alvaro tenía ahora lágrimas en las mejillas. Bajó la cabeza contra la tela que estaba cosiendo, se secó y volvió a levantar la vista.
     -Desperté en la mañana, y aunque esperaba que todo hubiese sido un mal sueño, sabía que no lo era. La luz entraba clara por las cortinas blancas de esa elegante clínica de la avenida Rivadavia. Las ventanas abiertas refrescaban el cuarto con el aire de la madrugada. Yo sentía el olor de la sangre en el colchón a mi lado. Estaba seguro que si estiraba la mano, podría tocarla, aún húmeda. Pero la cama estaba vacía y el colchón desnudo.
     Ignacio miró el reloj. Eran las nueve de la noche. Nunca se había quedado hasta tan tarde.
     -Andá a casa a comer-le ordenó Álvaro.
     El chico no parecía saber qué decir. Álvaro no estaba seguro de cuánto podría haber comprendido el niño de todo eso, pero él no había podido detenerse. Era la primera vez que relataba aquello con tanta exactitud. Tal vez viese en la cara de Ignacio, tan parecido al abuelo, el rostro del médico que lo había operado.
     Pero antes de cerrar la puerta y salir, el chico murmuró una palabra que Álvaro no entendió, aunque había sonado como un insulto dicho al azar, voceado a la brisa fría que inundaba el barrio y cubría las casas. Allí donde la gente vivía y condenaba a los otros.

     Durante dos días trabajaron sin volver a hablar de eso. Ignacio llegaba temprano y se iba a la hora de siempre, después de mirar a Álvaro con una mezcla de vergüenza y tristeza a la vez. Pero Álvaro trabajaba ensimismado en su tarea, comentando de vez en cuando algo intrascendente.
     Cuando el chico entró el sábado siguiente, se saludaron como de costumbre. Toda la mañana estuvieron ocupados. Álvaro recibió encargos y descargó los colchones. Algunos vecinos vinieron a buscar los ya arreglados, e Ignacio se trepó a las pilas en busca de la etiqueta de papel madera atada a la tela con un hilo.
     Almorzaron, y fue al final de la comida cuando Álvaro volvió a hablarle. Habían cerrado, pero se quedarían trabajando hasta las cinco.
     -¿Avisaste en tu casa?
     -Sí, don Álvaro.
     -Sabés que hoy te pago la primera semana.
     -Gracias, don Álvaro.
     -Siempre contestando con monosílabos, me hacés acordar a mi hermano.
     Levantó los platos de la mesa, marcada por cortes de trincheta y grumos secos, duros de pegamento.
     -¿No conocés la expresión shock anafiláctico, no? Yo tampoco cuando tenía tu edad, pero la aprendí enseguida porque eso fue lo que tuvo mi hermano según los médicos. Le dieron corticoides para la inflamación, y parece que eso lo mató. Dijeron que no se lo explicaban, que incluso yo, su gemelo, había reaccionado bien. Se armó un escándalo. Salimos en los diarios por unos días, pero entonces la prensa no hacía tanto sensacionalismo como ahora. Se hicieron peritajes y los médicos fueron absueltos. La gente del barrio, los mismos que acostumbraban hablar pestes contra los médicos, se habían reunido frente a la clínica para congraciarse con ellos, porque al fin de cuentas la clínica daba prestigio al barrio. Y a nosotros empezaron a mirarnos como si fuésemos Judas. El negocio de papá empezó a arruinarse, y tuvimos que irnos. Nunca nos recuperamos. Ahora son sus hijos y sus nietos los que habitan las casas. Me miran y no se acuerdan ya de nada de lo que pasó, o quizá ni siquiera lo saben. Yo sí recuerdo la bronca de mis padres. ¿Sabés lo que es ver el odio en los ojos de tus viejos? Mi hermano estaba muerto, y ni siquiera necesitaba que lo operaran. Yo sabía que de algún modo ellos me culpaban, por más que no lo dijeran.
     Terminó de secar los platos, los guardó en el armario y calentó agua.
    -Te hago una chocolatada, ¿querés?
     Ignacio miró a la calle. La tarde del sábado a la hora de la siesta era una de sus horas favoritas. Las veredas estaban casi desiertas, hasta el tránsito de la avenida había decrecido. Volvió la atención a Álvaro, cuya voz parecía fascinarlo, ansioso por escuchar esa versión distinta de la historia del barrio.
     -Cuando terminé la escuela, entré a trabajar en un taller textil. Al encontrarme con telas iguales a las del colchón de la clínica, sentía náuseas. Corría al baño y vomitaba. Me lavaba la cara. Pero en el espejo, ojeroso y pálido, no era mi imagen la que se reflejaba, sino la de mi hermano Germán, con la misma cara que el día que se murió. Y el fondo del espejo era del color de su colchón. Entonces decidí estudiar medicina, pero mis viejos no querían. Así que junté mis ahorros de la fábrica y logré mantenerme casi un año estudiando al salir del trabajo. Compartía una pensión con un amigo y mis viejos no se enteraron. En la morgue, los cuerpos siempre me resultaban parecidos a Germán, y la sangre tenía siempre el olor de esa noche. Aprendí a disecar y explorar los cuerpos. Pero un día mis padres lo supieron y me obligaron a dejar la facultad, vi en sus caras el antiguo reproche. Volví a laburar al taller, y el resto, como te imaginás, ya es historia conocida.
     Dejó la taza de chocolate sobre la mesa.
     -Esta tarde tenemos que ponernos al día-dijo después, y buscó en las pilas del fondo los colchones de la clínica, que esperaban arreglo desde veinte días antes. Trajo la escalera e hizo subir al chico primero.
     -Fijate en las etiquetas. ¿Las ves? Entonces dejáme subir que quiero ver si no están tan apolillados que no se puedan componer.
     Subió la escalera y se arrodilló sobre el colchón junto a Ignacio. Palpó las telas, y apenas tiraba un poco se desgarraban. El relleno estaba apelmazado y olía a excrementos. Hizo un gesto de asco y el chico se puso a reír.
     -Hijos de puta-dijo Álvaro.- Todos esconden la mierda de sus almas en los colchones al levantarse, y cuando se van a dormir se restriegan de vuelta en ella.
     No había signos de broma en su voz esta vez, sino un hosco, áspero sentimiento cortante como cuchillo.
     -Cuando desperté esa mañana…-empezó a recordar mientras arrancaba las telas.-…en las ventanas estaba pegado el hollín de los autos y el polvo de la calle. Habían sacado el cuerpo de Germán del cuarto, pero habían ordenado a las mucamas que limpiaran más tarde. El colchón manchado y las ventanas sucias: un hermoso paisaje al despertar. Entonces, en el polvo de las ventanas, vi unas letras dibujadas. Eran de Germán. Debió hacerlo mientras agonizaba a la luz escasa de la luz del baño, porque durante el día anterior las ventanas estaban limpias.
     Miró a Ignacio fijamente.
     -¿A qué no adivinás que decían?
     El chico se quedó pensando, tan ensimismado como si esa fuese la tarea más importante por la cual había entrado a trabajar.
     -Una puteada…, un pedido de ayuda…, no, me parece que no.
     -Vas bien encaminado, hijo, mucho mejor que tantos otros que pasaron por aquí. Por eso voy a ayudarte un poco. ¿Qué le dirías a tu hermano, la única persona que amás en el mundo, aunque sea ese vago que te usa de chico de los mandados, en un momento como ése?
     -Le diría…- Ignacio pensaba, restregándose el pelo con una mano.
     -Una palabra que empieza con “v”…-lo ayudó Álvaro.
     -¡Venganza!-gritó Ignacio, con una ancha sonrisa como si hubiese ganado el premio mayor, pero enseguida bajó los ojos, avergonzado. Al volver a levantarlos, vio que dos lágrimas corrían por las mejillas de Álvaro, entre la barba sin afeitar del sábado.
     Álvaro tomó entre sus manos la cara de Ignacio y lo besó en la mejilla derecha. Temblaba, pero no parecía poder controlarse. El chico hizo esfuerzos por desprenderse.
     -Ya está bien, don, suélteme un poco…
     -No puedo…hijo…-Y siguió llorando mientras levantaba al niño sujetándolo de la cabeza.
     -¡Me duele!-gimoteaba Ignacio, mientras Álvaro lo levantaba.
     Al erguirse, su cabeza casi tocó el techo, y los pies se hundieron en el colchón que rechinaba. El eco repercutió por el local, pero ni un chirrido llegaría a filtrarse hacia la silenciosa siesta del barrio. Por qué irían a sospechar de un sonido de resortes en el local del colchonero.
     Los pies del niño pendían y se balanceaban en el aire. Álvaro, a pesar de su aparente debilidad, lo levantaba como lo hacía con uno de sus colchones, mucho más pesados que ese cuerpo. Luego tiró sobre el colchón y le tapó la boca. Sus manos duras ni siquiera sintieron los dientes de Ignacio, que lo lastimaban tanto como los frágiles colmillos de un cachorro. Agarró otro colchón con su mano libre, cubrió al chico y se acostó encima, con los brazos extendidos y las piernas abiertas.
     Esperó.
     Sintió los movimientos. Oyó los gritos apagados. La voz que le llegaba a través de centímetros de tela y goma, como si recorriese kilómetros de distancia y de tiempo, como si llegase de años atrás y pidiese la ayuda que nunca habría de recibir.
     Después retiró el colchón. Observó la cara, la piel morada alrededor de los ojos. La boca abierta en el grito interrumpido. La cabeza de costado, como dormido. Los puños cerrados. Trató de abrirle las manos que sangraban. Las uñas tenían pequeños fragmentos de tela. Las piernas estaban quietas. Le palpó el cuello buscando el pulso que no existía. Le sacó la ropa, la remera gris y el pantalón. Volvió a cubrirlo.
     Apagó las luces. Corroboró que los colchones sucios no se veían desde adelante. Se cambió y quemó las ropas manchadas junto a las del niño. Miró el reloj, eran las cuatro y media. Desde la persiana semicerrada apenas entraba la luz de la tarde. En el vidrio, sucio de polvo, alguien de la calle había escrito algo, una obscenidad, tal vez, pero él recordó las letras en la ventana de la clínica.

       A las cinco, aparecieron varios muchachos en la esquina. Levantó las persianas y miró a los lados. Cuando vio a alguien a una cuadra del otro lado de la calle, abrió la puerta. Lo saludaron cuando salió. Entonces Álvaro alzó la mano y gritó:
     -¡Ignacio!
     Dio algunos pasos por la vereda. Los muchachos lo estaban observando, y él llamó al que los demás relegaban porque era tímido y llevaba anteojos.
     -¿Qué pasa don Álvaro?
     -Es este Ignacio, que se olvidó el sueldo de la semana. ¿Lo ves allá?
     Señaló a un niño que doblaba la esquina en ese momento, de remera blanca, casi del mismo color que la que vestía Ignacio ese sábado. El chico se acomodó los lentes y dudó por un instante.
     -Voy a ver si lo alcanzo-dijo, y salió corriendo. Pero cuando llegó a la esquina, el niño ya no estaba. Al regresar, le devolvió el dinero.
     -Haceme el favor, decile al hermano que venga a buscar la plata-le pidió Álvaro.
    -Cómo no, don.
     Media hora después, el hermano de Ignacio estaba en la puerta, golpeando con los nudillos.
     -Permiso.
     -Pasá.
     -¿Está mi hermano?
      -Pero si se fue a las cinco, y se olvidó la plata. Acá tenés.
      -Todavía no llegó.
      -Uno de tus amigos lo vio salir. Preguntale a él.
     -Sí, ya me dijo. Bueno, a lo mejor ya debe haber llegado mientras venía para acá. Gracias, don Álvaro.
     Álvaro se encogió de hombros y saludó como haciendo una venia. Mientras la puerta se cerraba, miró por las ventanas. El barrio seguía igual de tranquilo. La gente había despertado de la siesta y comenzaba los preparativos para la noche del sábado. Cerró la puerta con llave y bajó las persianas hasta la mitad. Siempre lo habían visto hacer lo mismo, porque siempre trabajaba hasta tarde los sábados. La luz del negocio alumbraba la esquina para los muchachos, y desde adentro él escuchaba los gritos o los murmullos, y las botellas vacías que rodaban por las baldosas.
     Apenas se distraía un momento de su tarea para tomar una taza de café que postergara un poco más su trabajo nocturno. Cualquiera que hubiese tenido la curiosidad de ver qué estaba haciendo, podría haberlo visto encorvado, cociendo, reparando resortes. Pero nadie se molestaría en espiar por debajo de las persianas. Álvaro trabajaba para ellos, tranquilo, en un autoimpuesto aislamiento que a ninguno molestaba. El silencio, la correcta cortesía de Álvaro, su eficaz labor, lo habían exceptuado de los comentarios o chismes habituales.
     Eran las ocho cuando golpearon a la puerta. Los padres de Ignacio venían a preguntarle si había sabido algo del niño. Vio la cara del médico, avejentado, con ropas que habían sido elegantes pero ya eran viejas. Apenas debía ser un adolescente cuando el padre era dueño de la clínica. Tenía el mismo rostro del viejo cirujano, los mismos modales correctos. Ahora había, sin embargo, un signo de servil domesticidad en su expresión, como si la inminente ruina hubiese atenuado su orgullo y fuesen ellos los que necesitaban de él esta vez.
     -Perdón, don Álvaro, pero estamos preocupados por el nene. Tiene doce años nomás, y puede haberle pasado cualquier cosa.
     -Sí, comprendo. Pero no sé más de los que le dije a su otro hijo. Lo vimos doblar la esquina…
     Los padres miraron al hijo mayor, y éste se dio vuelta hacia la puerta, habituado ya a que le recriminaran haber descuidado a su hermano. Álvaro puso sus manos callosas en los hombros del chico.
     -Vos no tenés la culpa, a lo mejor se escapó por alguna causa, los chicos guardan secretos a esa edad, se sienten aislados aún de sus hermanos mayores.
      -Espero que sea eso…-dijo la madre. Había estado llorando, se notaba en sus ojeras.
     Álvaro les dio un apretón de manos y se mostró cordial, correcto y serio como siempre lo habían conocido.
     La noche se vio interrumpida por reuniones de vecinos, a las que él no pudo dejar de asistir. Cuando todos se fueron dispersando, entró y volvió a bajar las persianas. Las luces grandes ya estaban apagadas, pero dejó encendidas las del fondo. Fue hasta donde guardaba las herramientas, y revisó las trinchetas, detenidamente, pensando. Eligió una.
     Subió la escalera y sacó el colchón de encima del niño. Apoyó la trincheta sobre uno de los  hombros y la hundió hasta el hueso. La sangre fluyó, y era cálida. Manchaba el colchón, pero éste la absorbía con rapidez.
     Siguió la misma línea del corte hasta la mano, como lo había aprendido en la sala de disección de la facultad, el corte que varias veces había practicado con los perros muertos en los terrenos del ferrocarril. Comenzó a separar la carne con una legra. Eran músculos suaves que se desprendían con facilidad. Apenas los tendones le ofrecieron alguna resistencia. Cortó los ligamentos, y los huesos salieron casi limpios y enteros del cuerpo.
     Hizo lo mismo con los otros miembros, lentamente, tomándose todas las horas que restaban de esa noche. En el tórax hundió el filo en el centro del esternón, y abrió las costillas con escoplo y martillo, como si se tratase del esqueleto de un colchón. Sacó los huesos, dejó las vísceras. Dio vuelta el cuerpo. Arrancó las vértebras. Abrió el cuero cabelludo y lo despegó del cráneo.
     Las piernas de Álvaro se hundieron en el colchón, que rebalsaba sangre hacia los de abajo. Se detuvo para descansar. Por las rendijas de las persianas entraba la primera luz del día. Se limpió las manos con un trapo y bajó para mirar por la ventana. El barrio estaba tranquilo, los coches de la avenida pasaban lerdos en la somnolienta mañana de domingo. Nadie, jamás, había llegado para molestarlo un domingo a esa hora.
     Fue a buscar bolsas. Subió y metió en ellas los restos del cuerpo. Bajó las bolsas y las embadurnó con cola de pegar. Las llevó hasta el incinerador donde los sábados, cada quince días, quemaba los fragmentos de telas y esparadrapo inútiles. El olor se desprendió con el aroma habitual, el profundo olor del pegamento al que los vecinos estaban acostumbrados.
     En la tarde, ya había comenzado a cortar los colchones manchados para quemarlos. Una columna de humo salió durante casi todo el día por la ventilación que daba al baldío vecino a las vías. La gente del barrio no le prestó atención. Dos o tres veces golpearon a la puerta. Vio sombras detrás de las ventanas, se acercó a escuchar, oyó voces que luego se alejaron.
     Se quedó pensando un rato mientras contemplaba los huesos esparcidos, y comenzó a romperlos con una gubia. Cuando fueron suficientemente pequeños, se dedicó a machacarlos con un martillo. Los huesos quedaron reducidos a partículas de aserrín. Las colocó en una bolsa, la cerró, y la escondió bajo muchas otras bolsas llenas de cuerpo pesado y crudo.
     Después encendió las luces grandes nuevamente. Echó una mirada al interior del local. Todo estaba limpio, y él muy cansado, pero se sentía protegido por esas mismas viejas paredes que habían albergado a sus padres.

     Un policía pasó a recabar informes el lunes a la mañana. Entró al negocio mirando alrededor, incluso hacia los techos altos apenas iluminados por la luz temprana. Álvaro no dio señal de percatarse. Pensaba, tal vez, en el olor de los colchones quemados, pero el olor de los pensamientos no podía ser percibido por los otros. El policía cerró su libreta y salió, echando antes un rápido y último vistazo mientras cerraba la puerta.
     Esa misma tarde, Álvaro se dedicó a sacar puñados de huesos de la bolsa para colocarlos dentro de los colchones que tenía listos para entregar. Los mezcló entre el esparadrapo y la estructura de los resortes. Después mandó a uno de los chicos que jugaban en la vereda a avisar en la clínica que los colchones ya estaban listos.
     El empleado vino a retirarlos a la mañana siguiente.
     -Se retrasó más quo otras veces, viejo-le recriminó el hombre.
     -Tiene razón, y le pido disculpas- contestó Álvaro.-Pero creo que esta vez va a quedar más conforme con los arreglos.-Y le sonrió.
     El otro, que nunca lo había oído hablar más de dos palabras, se calló la boca y comenzó a cargar los colchones. Regresó dos veces más en los siguientes días a recoger los que faltaban.
     Una semana después, la bolsa había quedado vacía. Sólo un polvillo blanco permanecía en el fondo, y la quemó.

     Buscaron a Ignacio por las vías del tren, los baldíos y los hospitales. Una orden del juzgado ordenó revisar el local.
     -Perdone usted, don Álvaro, es orden del juez, ya sabe, como es el último lugar en que estuvo el chico-le dijo el comisario, que lo conocía desde que había entrado como cabo en esa seccional.
     Él no contestó. Bajó la mirada a su labor sobre el mostrador y dejó hacer a los policías, que luego de media hora, y sin haber hallado nada, se retiraron dándole la mano.
     Los padres del niño entraron un rato después. Se veían aún más demacrados y vencidos. La mujer se mantuvo silenciosa y con la mirada baja, estaba delgada y con la mirada extraviada por acción de los sedantes. El médico se acercó a Álvaro, extendiendo la mano con un leve temblor. Un mechón de pelo canoso y lacio, que no creía haber visto la vez anterior, le caía sobre la frente.
     -Gracias por su condescendencia con la justicia, don Álvaro, le ruego nos perdone por haberlo molestado.
     En lugar de soltarlo, retuvo la mano del colchonero y dejó caer en ella las monedas que habían sido el sueldo de Ignacio.
     -Si no fuera por usted, que les da trabajo a nuestros chicos y los mantiene lejos de los vicios. Esto…-dijo señalando las monedas-…ya no va a necesitarlo mi nene.
     El hombre se secó unas lágrimas y se fue.
     Álvaro suspiró profundo mientras lo miraba salir. Pero no iba a llorar, ni siquiera tuvo deseos de hacerlo.
                                                                 
                                                                    
   Castelar, septiembre 1996- abril 2005


(ISBN 978-987-1692-06-4)
                                                                                                                  



     
   

  

No hay comentarios: