viernes, 7 de octubre de 2016

LOS SERES INTERMEDIOS



PROLOGO
por
Walter Iannelli


Cuando nació mi primera hija, ese día, al salir a la calle, sentí que el mundo colgaba de un hilo. Que era frágil y violentamente pequeño, y que esa fragilidad se ocultaba casi siempre como un cazador al acecho a falta de la luz que en ese momento lo alumbraba. Algunos otros episodios en mi vida me llevaron y me llevarían a repetir la experiencia. El primer libro de Ricardo Curci, y este segundo, por ejemplo. Y no es raro que haya comenzado hablando de mi hija, dado que en este segundo libro en buena parte son los chicos los encargados de alumbrar ese esqueleto último, que a cambio de imaginarse sólido y estable como uno a veces supone a las creaciones divinas, se entrevé en la escritura como mutante pero paradójicamente indefectible.
A mitad de camino entre la tragedia griega y la imposibilidad kafkiana, Ricardo Curci, médico para más datos, acostumbrado seguramente a los humores y a los tumores, a la arbitrariedad del cuerpo en relación con la naturaleza, a lidiar con Dios más de lo que convendría, nos pone en el lugar de sus miedos, pero no los nombra. Está ahí, considero, su arte literario y su ontología para ponerlo en práctica. 
Aquello que no se nombra aparece, como por ejemplo aparece la muerte en nuestra conciencia, y al hacerse real vamos a negarlo como negaremos a la muerte hasta el día en que algo que subyace lo real nos diga que vamos a morir. Por eso aquí en “Los seres intermedios” no hay nada para aceptar, y es así como los centauros, los niños y la muerte se convierten en un vacío que apenas se puede tocar y es tan efímero como la rémora de un sueño. De este modo, es casi imposible contar los argumentos de estos relatos: aquello que los funda está tan entremezclado con las palabras que alterarlo o aliterarlo sería creer que el mundo y la realidad están hechos de palabras; aquello que escribe estos argumentos está tan mezclado con el universo que enunciarlo sería creer que el universo está hecho sólo de acciones. 
Nos queda el hambre, que satisface estéticamente la unidad de estos relatos, pero como el catoblepas, aquel personaje mítico que se come a sí mismo en una novela de Flaubert, este libro nos devorará y se devorará a si mismo y nos quedarán las preguntas que jamás podremos formular con palabras, ni con gestos.                                                                                                             

                                                                                                                       



DEDICATORIA


A Andrés Pascual Curci
(1924-1999)




EPIGRAFE


 "Ciertas cosas son a veces lo que son otras: ese teléfono que llama en un cuarto vacío es el rostro del invierno, o el olor de unos guantes donde hubo manos que hoy muelen su polvo.”

Julio Cortazar








DOS NIÑOS PELEANDO


Al salir de la clínica, sólo sabía que el vértigo de mi vida se había terminado. Subí al auto y aceleré hasta encontrar el primer objeto que se interpuso en mi camino. No sé cómo me rescataron; sí recuerdo, antes de verme en cama, haber tenido un sueño que se repitió más adelante. Era sobre alguien huyendo de una habitación hasta llegar a la puerta de un sanatorio y enfrentarse a la calle. Luego, abrí los ojos, y el cuarto estaba oscuro. Al tocarme, sentí las suturas en la frente y la vía del suero en el brazo.
     En la mañana, no quise mirar a mi mujer. Ella sabía lo que había intentado hacer, por eso se acercó a mi oído mientras aún estaba la enfermera en la habitación, y me insultó como nunca antes lo había hecho. Fue suficiente para darme cuenta de que ella también habría intentado matarse; no por nada era la esposa de un hombre que una vez al año dejaba a su familia y su empleo en el banco para ir de cacería. Entonces pude mirarla ya sin vergüenza, y noté en su cara las secuelas de todos aquellos días pasados en la clínica cuidando a Martín.
     Mi hijo había estado en una cama dos pisos más arriba. Allí pasamos casi tres meses, turnándonos por las noches. Gabriela había perdido peso, y su cabello estaba despeinado la mayor parte del tiempo. Algunas veces la encontraba recostada junto a Martín, tan dormida que nuestro propio hijo pedía silencio a los que entraban. Pero los médicos ya no pudieron hacer nada. Y era esa misma palabra la que pronuncié tantas veces frente al cadáver de una presa junto al río, al empujarla con el cañón del rifle para asegurarme de su muerte. Yo sabía que nada, en todo aquel delta desbordante de vida, la haría revivir.
    Gabriela no quiso ir al funeral. Le rogué que tampoco permaneciera conmigo en la habitación. Durante toda la mañana sentí una quemazón intensa en las piernas. Escuché la voz del médico desde el pasillo, indicando algo para mantenerme sedado. En la tarde, Gabriela no quiso decirme dónde había estado.
     -Caminando por ahí- me contestó.
     Pero noté una renovada actitud protectora en su voz, y desde entonces descubrí cambios en ella. Almorzaba en el comedor del sanatorio, cuando antes no lo hacía por no dejar solo a Martín. En otra ocasión llegó con un peinado nuevo, y más arreglada que de costumbre. Era evidente que se sentía tranquila porque yo estaba mejorando. Juan, en cambio, había sufrido siempre a pesar de haberle rogado una y mil veces, sentados junto a su cama, que no se diera por vencido, que luchara como si tuviese un rifle entre sus manos.
     Ella ahora sonreía al hablarme, y pasaba mucho tiempo conversando con los otros enfermos. A la tarde se iba sola a algún sitio del que no se animaba a contarme. Cuando finalmente lo hizo, la enfermera que estaba en el cuarto se dio vuelta para mirarla, después se fue rápido, como si hubiese oído algo que no debía.
     -No entiendo-le dije a mi mujer.
     -Lo veo todas las tardes en el parque.
     A pesar  de mi incredulidad y mi pena, pensé también que se veía tan hermosa como quince años antes. Llevaba el pelo atado y unos aros de perlas. No se había maquillado, pero así me agradaba.
     -No sé qué decir...
     -No digas nada, Luis.- Se levantó para taparme los labios.- Yo te voy a contar lo que Martín me diga. Te manda un beso.
     
     Durante los días siguientes, me desperté asustado por el mismo sueño que había tenido la primera noche. Alguien corriendo por los pasillos de un lugar diferente a éste, que se detenía en la puerta y se quedaba parado frente a la calle, decidiendo hacia dónde continuar. Entonces reconocí la cara de un niño, pero no era el rostro de Martín.
     Gabriela no dejó de hablarme de nuestro hijo ni una sola tarde. Me contaba que él no podía entrar a verme, aunque no mencionaba el motivo. Le pregunté sobre su aspecto, y me decía que yo iba a verlo muy pronto. Sólo describió su cara algo demacrada. Yo no sabía  qué hacer, pero finalmente no me atreví a destruir aquello a lo que mi mujer se había aferrado.
     Dos días después, noté que una de las enfermeras miraba por la ventana con mucha curiosidad.
     -¿Qué pasa?- le pregunté.
     Ella dudó antes de contestar.
     -No quiero meterme en asuntos de familia, pero me parece que debe saber que su esposa, pobre, se pasea por el jardín con un niño que encontró en la calle. Todos lo comentan y le tienen lástima.
     Se calló, avergonzada, y se fue. Esa semana no tuve deseos de comer y perdí más peso que a causa del choque. Un día los médicos entraron a quitarme los puntos de las suturas. Me sentí como acostado en la hojarasca del delta, mirando el cielo entre los árboles, mientras las bestias me arrancaban la piel con sus dientes de metal. Si hubiese tenido un rifle en ese momento, me habría levantado para defenderme.

     Mi mujer estuvo tan extrañamente despreocupada en los últimos días que pasé en la clínica, que no encontré el valor para exponerle de frente su locura. Ella nunca había intentado convencerme tampoco. Relataba sus reuniones con Martín de una manera sencilla, como si nada peculiar hubiese en esos encuentros, como si no hubiese existido el pasado ni sus hechos.
     Una tarde me dijo que él le había contado sobre nuestros campamentos antes de enfermar. Ella se quedaba en casa, no le gustaban el campo ni las armas, así que no era posible que supiera describirme con tanta precisión lo que habíamos cazado y de qué manera lo habíamos hecho.
     -Martín extraña tus excursiones, Luis, la estrategia que le enseñaste para agarrar desprevenida a las presas. Es por eso que decidió pelear.-Luego sus ojos se fijaron en la luz de la ventana.
     Esa noche entré en mi sueño sin resistencia. Volví a ver al niño, por las calles que ahora reconocí: eran las que llevaban a esta clínica. Él tenía la expresión de alivio de quien descubre un camino familiar después de haberse extraviado.

     Me dieron el alta en la tercera semana. Un enfermero me llevó en silla de ruedas hasta la puerta, donde mi mujer me esperaba en un taxi. Había ido a comprar ropa nueva para Martín, me contó. Cuando llegamos a casa, un niño salió a saludarme. Se abrazó a mis piernas, y levanté su mentón para verle la cara. Tenía una cicatriz reciente en la frente y otra bajo el labio inferior.
      No era mi hijo. Creo que en ese momento sentí que mi cordura regresaba a su sitio, y que mi escepticismo no era infundado. Pero me sentía débil, y dejé que la rutina tomara el orden de la casa hasta que pudiese recuperar mis fuerzas. El chico tenía doce años, uno menos que Martín, y sabía todo sobre nosotros. Me trataba de manera afectuosa a pesar de mostrarme indiferente. La gente que nos veía juntos nada preguntaba; Gabriela les había dicho que lo habíamos adoptado.
     -No entenderían la verdad- dijo. De todos modos, nunca tuvimos amigos en el barrio.
     Cada día que pasaba, el niño me describía un pequeño detalle sobre la vida con Martín, cosas que nadie podría haberle contado, ni siquiera mi mujer, porque nos habían ocurrido en los campamentos.
     Una mañana me levanté para hacer mis ejercicios, el niño estaba en la escuela y Gabriela en el mercado. Recorrí la casa observando las cosas que desde hacía varios meses había descuidado. Encontré el rifle de Martín apoyado en una esquina de su habitación, en la misma posición en la que él lo había dejado antes de ingresar al hospital. Lo tomé entre mis manos. El fresco del delta y el zumbido de los insectos volvieron, como si me encontrara en esos parajes. Pensé en Martín a mi lado, mirándome, ávido por recibir el rifle.
     Recordé la tarde que le enseñé a disparar. Ya sabía cómo manejar el seguro y el percutor con una facilidad que no me sorprendió conociendo su inteligencia, pero él me siguió mirando durante un rato, como si esperase algo más que la técnica. Entonces le hablé de lo único que yo había aprendido en todos esos años además de afinar la puntería.
     -El miedo es debilidad-le dije.-Es el sentimiento que debemos hacer brotar en el otro.
     Recorriendo el cuarto, encontré un cuaderno escolar estaba olvidado sobre el escritorio. En la primera página había un nombre tachado y corregido. Un nombre ahora ilegible, pero a un costado decía: Martín. Entonces recordé lo que Gabriela me había dicho sobre una pelea, e imaginé a mi hijo luchando con otro niño por escribir su nombre.
     Dos intentando controlar la mano que escribía.
    Me sentí confundido y decidí arreglar los papeles de mi trabajo para distraerme. Pensé en mi oficina, en la rutina abandonada por tanto tiempo. Entre diarios viejos encontré el ejemplar del mismo día de la muerte de Martín. Gabriela lo había guardado.
     Un tren había atropellado un micro escolar en un paso a nivel. Cuando no esperaban hallar sobrevivientes, encontraron a un niño al que hicieron maniobras de reanimación. Dos minutos más tarde se había despertado, y lo llevaron al hospital del otro lado de la ciudad. Pero luego el chico se había levantado y huido entre la confusión de padres, policías y periodistas en los pasillos.
     Tal vez fue entonces cuando comenzó a correr hacia mí. Leí la hora del accidente. Era la misma en que mi hijo había iniciado su agonía.
     Me quedé pensando toda la tarde, con el diario en la mano y la vista fija en el cuaderno con su nombre.
     Antes del anochecer, se abrió la puerta de calle y los escuché entrar. Mi mujer se fue a la cocina y él entró a la habitación.
     Creo que al verme no necesitó preguntarme nada. Se me acercó. No puedo decir que lo escuché con mis oídos, sino que las palabras sonaron directamente en mi cerebro. Me pidió que no me extrañase si se veía diferente, su cuerpo ya era inútil después de la enfermedad, y le había costado acostumbrarse a uno nuevo.
     Era la voz de Martín, la misma tibia entonación perdida el día de su muerte. Tenía otros ojos y otra piel, y un año más para vivir de nuevo, pero su voz, ahora me daba cuenta, seguía intacta.
     -Entonces encontré a ese niño- me dijo.-Su cuerpo estaba entero y me servía. Y olí su miedo, papá. Éramos dos, pero yo tenía que vivir.






LA PEREGRINACIÓN


    
La gente se movía como un cuerpo místico a lo largo de la ruta, hacia la plaza principal frente a la catedral, bajo el reflejo incandescente del sol que atravesaba las nubes de tormenta. Un reflejo tan intenso, que enceguecía y agotaba la vista de los peregrinos.
     La mayoría eran jóvenes, cansados pero aún firmes en los pasos finales de su caminata. Los viejos iban lentamente, arrastrando sus bastones sobre el asfalto. Algunos autos intentaban adelantarse tocando bocina con insistencia, como si eso fuese a acelerar el paso de los caminantes.
     -Un paso que ni el mismo Dios podría apurar-comentó Mariela.
     Casi nos daba vergüenza no ser parte de aquellos hombres piadosos, por eso seguí conduciendo por la banquina, despacio para no levantar polvo sobre ellos. Todos parecían inquietos. Habíamos visto varias veces, a lo largo del camino, que los peregrinos se acercaban a los coches y gritaban a los automovilistas una serie de insultos propios de poseídos.
     Los comentarios de la radio también mencionaban esos hechos, pero los adjudicaban a la suma del cansancio y el malestar social de los meses previos. El mismo descontento que había provocado aquella manifestación, más grande que cualquiera de los últimos años.
     -No creo que sea eso-dijo mi cuñado Ariel desde el asiento trasero, entre mis dos hijos.- La gente está fanatizada por una ira no tanto social como religiosa.
     -¿Se dieron cuenta de cómo nos miran?- les hice notar, y cerré las ventanillas. Algunos hombres llevaban piedras en las manos.
     -Tengo miedo- Mariela me tomó del brazo con fuerza, luego puso el inhalador para mi asma en el bolsillo de mi camisa.
     -Nos odian porque tenemos auto…- dijo uno de mis chicos.
     -No, Agustín-lo interrumpió Ariel.- Me parece que nos odian porque no hacemos lo que ellos hacen.
     Estábamos muy lejos aún de la catedral, pero ya se veía la aguja de la torre mayor, que se elevaba hacia el cielo como una flecha destinada a Dios. Los hombres y mujeres de la gran caravana no se apartaban del camino, dirigiendo miradas recelosas a los autos. Parecían ser los dueños de la ruta.
     -Son los dueños de la idea de Dios- comenté.
     -Pero es sólo el concepto lo que amamos- contestó mi cuñado.- La idea, nada más.
     Los periodistas lograban abrirse paso entre los caminantes a fuerza de empujones con los equipos y las cámaras. Hacían de vez en cuando una entrevista breve, que escuchábamos por la radio en directo, pero el tono de las voces y los comentarios de los peregrinos había cambiado durante el día. A la mañana los comentarios eran largos y serenos, llenos de un optimismo idealista, pero el sol brillaba entonces, y la sombra de Dios parecía proteger a la multitud. La caravana había recorrido las calles y los pueblos vecinos hasta llegar al campo, caminando luego por la orilla del río hasta la ruta provincial. Pero en la tarde se produjeron los primeros incidentes. Gritos casi histéricos de las mujeres hacia los periodistas, a los que acusaban de escépticos y propagadores del ateísmo.
    -¡Heresiarcas!- gritaban.
     La gente se llevaba agua y alimentos de los puestos de comida sin pagar. Si alguien se atrevía a detenerlos o siquiera decirles algo, regresaban en grupos y lo golpeaban. Hubo autos atacados con piedras arrojadas desde los pastizales. Los heridos habían sido recogidos por las ambulancias, pero éstas también fueron violentadas.
     -¡Nada de Cruz Roja!- proclamaban los fanáticos.- ¡La cruz de Cristo es la única verdadera!
     -¡Los heridos en la cruzada de Dios son sagrados, deben morir para llegar a Él!-gritaban otros.
     Al principio no sabíamos si creer en lo que decían las noticias. Estábamos acostumbrados a que exageraran los ya habituales signos de violencia que habían comenzado cinco años antes. Mientras avanzábamos entre miradas resentidas de hombres y mujeres que venían de nuestra misma ciudad, vimos un grupo, cincuenta metros adelante, que atacaba a varios periodistas. Las cámaras de televisión se estrellaron en el asfalto, los reporteros cayeron al suelo bajo los palos y las patadas. Cuando la gente se fue dispersando, vimos los cuerpos sobre la línea amarilla de la carretera, inmóviles y con manchas de sangre.
     Ya no pude seguir manejando y detuve el auto. La radio hizo una estridente intermitencia y la transmisión cesó. Mariela quiso sintonizarla de nuevo, pero vi sus torpes intentos por controlar sus dedos al ver que unos hombres se apoyaban sobre el baúl del coche. Me hicieron gestos obscenos cuando me di vuelta, y luego continuaron su camino.
     -¿Todavía querés ir a misa?-preguntó Ariel a su hermana. Intentaba calmar a los chicos con su tono de broma, pero noté el miedo en sus ojos.
     Mariela se veía asustada, aunque no iba a demostrarlo delante de los niños. Los miró, tratando de sonreír, y dijo que estos eran hechos inevitables en las grandes muchedumbres.
     -Los hombres se vuelven animales en la multitud.
     -¡Ahí está el asunto!- la interrumpí.- Esta gente perdió, en algún momento, el razonamiento lógico que le da a la conducta humana la idea de la individualidad.
     -San Agustín dijo eso- intervino Ariel.- Él creía que la doctrina judeocristiana aportó el individualismo, la salvación de cada alma como si fuese la única y más importante. Pero esto trajo una contradicción: los hombres, cuando creen en un solo Dios, unifican también sus mentes.
     Dábamos miradas de soslayo hacia los que nos observaban desde afuera. Los niños tenían las narices pegadas a las ventanillas.
     -Y sabemos que muchas mentes juntas anulan el pensamiento moral de cada una.
     -Pero el individuo del que hablo...-me defendí-...es el que después del primer impulso unificador, se plantea las falencias, los errores. “La razón nos salva”, creo que dijo Kant, y él admiraba a San Agustín, ¿no es cierto?
     Agustín, mi hijo menor, nos miraba con atención. Giraba la vista a  la gente por momentos, preguntándose quizá la razón de tan extraños sucesos. Si allí estaba la catedral, pensaría, por qué tanto retraso para llegar, cuál era la causa de detenerse en el camino a pelear con los peregrinos.
     De pronto, comenzaron a atacarnos con piedras, que resonaron como truenos sobre la chapa del auto. Nos agachamos contra los asientos lo más que pudimos, cubrimos a los niños, que se habían puesto a llorar a gritos. Pero los vidrios estallaron sobre nuestras espaldas.
     Brazos y manos penetraban el auto. Intenté apartarlos, herirlos con la navaja que guardaba en la guantera. Pero las manos no dejaban de entrar, cada vez más numerosas, y empezaron a acariciar con brutalidad la espalda de Mariela. Luego, se dedicaron a golpearnos a Ariel y a mí.
     Después abrieron la puerta.
     Primero trataron de levantar a mi hijo mayor, pero desistieron. No porque yo hubiese podido detenerlos, ya otros me tenían sujeto de los brazos, sino porque al mirarlo supieron, por alguna causa aún desconocida para mí, que no era él a quien buscaban.
     Entonces agarraron a Agustín, que tenía el rostro lleno de pánico y lloraba con toda su fuerza. Se lo llevaron arrastrando. Y antes de que pudiese reaccionar, recordé, como en un sueño, lo que me había parecido raro mientras hablábamos detenidos en la banquina, alumbrados por la luz escasa de las siete de la tarde escabulléndose detrás de la catedral. Recién ahora me daba cuenta de cómo la gente nos había estado observando demasiado atentamente desde que habíamos entrado a la ruta, pero entonces no me llamaron la atención porque hacían lo mismo con los otros autos. Como si buscasen algo. La víctima apropiada, tal vez. El niño cuya sangre virgen era garantía de inocencia.
     Aún a través de los vidrios sucios de un auto lleno del polvo en una carretera provincial, los peregrinos habían descubierto la pureza en los ojos de Agustín, la invaluable ingenuidad necesaria para honrar a los dioses.     
     El pequeño cuerpo de mi hijo fue alzado como un trofeo entre manos viscosas y nerviosas, mientras el resto los seguía, extendiendo los brazos y gritando hacia la presa atesorada.
     Mi mujer lloraba. Ariel se quedó a consolarla, y yo salí corriendo hacia el grupo que escapaba hacia la plaza. Decenas de personas detrás me interrumpieron el paso, mirándome con odio aunque sin tocarme. Había perdido de vista a mi hijo, pero el llanto de Agustín seguía resonando en mis oídos a pesar del bullicio. Lo escuchaba lejano, triste, sin poder alcanzarlo. Lo único que se me ocurrió, desesperado, fue continuar por el mismo camino que conducía a la plaza, donde el altar estaba preparado para la misa.
     Hacía calor. El cielo de tormenta había arrastrado ráfagas que traían más escalofrío que frescor. Un viento sofocante levantaba el polvo de la ruta de tanto en tanto y nos enceguecía. Me quité la camisa y los anteojos, los tiré al suelo. Escuché el crujir de los lentes bajo los pies de los hombres que me seguían, como un ejército de máquinas antiguas.
     Me arremangué los pantalones, me pesaban; los zapatos habían empezado a lastimarme; mi espalda sudaba, como si estuviese cargando rocas. Los otros me miraban, me decían algo que no lograba entender. Tenían también las espaldas encorvadas y arrastraban los pies. Sus torsos estaban desnudos, y una línea ancha les cruzaba la espalda como la marca de un madero.
     Las nubes comenzaron a formar cúmulos indefinidos, a veces monstruosos, sobre la torre de la catedral. El sol se veía intensamente rojo, como sangre coagulada que hubiese sido vertida sobre el fondo del cielo crepuscular.
     Los que estaban delante se fueron deteniendo a medida que llegaban a la plaza. Los periodistas habían desaparecido. Los helicópteros de la policía sobrevolaban la zona. De pronto, se escucharon varios tiros. Alguien había disparado hacia uno de ellos, y salía humo negro del motor. El aparato empezó a girar como un trompo, hasta caer en el campo junto a la ruta en medio de llamaradas y explosiones.
     Pero el altoparlante anunció, con voz calma, el comienzo de la misa.
     -Hermanos, en quince minutos se iniciará la ceremonia.
     No había vestigios de policías, quizá vendrían luego, pensé, con tanques y pelotones armados. Tal vez esperaban vernos a todos juntos y fusilarnos frente al altar. Nunca llegaría a saberlo.
     Sólo me daba cuenta con pavorosa certeza, que la multitud tenía ahora el poder absoluto. Eran los dueños del mundo, por lo menos de aquel instante del mundo, hasta el punto de tener a Dios en sus puños para mostrarlo a quien no quisiera creerles.
     Me abrí paso lentamente, empezaba a serme difícil respirar, pero había perdido el inhalador en el camino. Sentía llevar en la carne el cansancio de muchos años. El sudor y los olores de la gente me daban náuseas. Los hombres parecían bestias paradas en sus patas traseras contemplando el altar.
     ¿Dónde está el obispo?, pensé, porque era uno diferente al que conocíamos el que surgió desde el presbiterio. Me pregunté si el otro estaría amordazado, muerto quizá.
     Entonces noté la blancura del mantel sobre el altar, que resaltaba únicamente por la presencia del cuerpo del niño para el sacrificio.
     Agustín estaba desnudo, abierto de brazos y piernas sobre la tela virgen, el primoroso encaje que las tejedoras de algún convento habían confeccionado como ofrenda para Dios. El reflejo del puñal refulgió y recorrió como una luz, un parpadeo brillante, la muchedumbre en la plaza.
     El puñal iluminó el rostro de mi hijo, balanceándose sobre su cuerpo. Los ojos de Agustín lloraban, pero se mantenían abiertos mirando la mano que descendía hacia él como si viniese del cielo.
     -¡No!- grité.
     Corrí, golpeando a los hombres que intentaron detenerme. Esquivé las piedras que me arrojaron. Pero por sobre todo, intenté vencer la distancia interminable que me separaba del altar.
     Porque el aire era mi enemigo ahora. No los fanáticos, ni las rígidas piedras de la catedral con su impiadosa imagen de inmortalidad. Sino el aire que Dios hacía, y que sin embargo no alcanzaba para que un hombre pudiese salvar a su hijo.                                                          




LA FERIA




Nicolás Dávila llegó con su hijo de la mano, caminando entre los puestos de comida y de juegos. Las hamacas mecánicas sacudían a la gente en las alturas. Los niños corrían entre la multitud, perdidos o simplemente agitados y felices. El suelo, prácticamente cubierto con restos de helados, caramelos y papeles, resplandecía, sin embargo, con el sol justo encima de la montaña rusa.
      La mano del niño se fue desprendiendo de la mano de su padre. Los dedos de ocho años se aflojaron despacio, sin violencia, mientras el niño dirigía su mirada asombrada hacia los puestos de tiro al blanco, los carritos que vendían manzanas acarameladas y la calesita que giraba una y otra vez. Dávila sintió un olor extraño en el ambiente, un aroma a humedad que contrastaba con el clima seco del aquel verano. Quizá fuera el sudor de la gente acumulado durante todos aquellos días. Pero no era eso, se dijo él, sino algo que daba la impresión a viejo, a remotamente antiguo salido de los desvanes de la memoria.
     Recorrieron el sendero estrecho y empedrado que llevaba a la boletería, y el vendedor los sorprendió con un grito jubiloso.
      -¡Felicitaciones!- dijo detrás de la ventanilla enrejada, y un payaso apareció junto a ellos entregándoles un boleto dorado.
     -Ustedes son nuestros clientes aniversario, recibirán muchísimas sorpresas-siguió diciendo el empleado, mientras el payaso levantaba al hijo de Dávila y empezaba a bailar con él en brazos. La gente se acercó, formando un semicírculo a su alrededor. 
     -¿Será para su hijo el boleto sorpresa, señor?
     La voz del vendedor sacó a Dávila de su abstracción. Parecía distraído, pero estaba concentrado, en realidad, en la curiosa y abrupta necesidad de llevarse al chico lo más rápido posible de ese lugar. El imperioso deseo de compensar al niño por la pérdida de su madre, de consolarlo y consentirlo, había sido reemplazado ahora por un miedo incierto.
     Pero Javier estaba riendo como pocas veces lo había hecho antes, y la remera se le salía de los pantalones al dar vueltas entre los brazos del payaso.
     -Sí, por supuesto- contestó Dávila.-¿Qué tenemos que hacer?
     -Nada, señor, las sorpresas irán apareciendo a su debido tiempo. Tienen todos los juegos libres. ¡Absolutamente gratis!
     El niño regresó a su lado, agitado aún y de la mano del payaso.
     -Papi, ¿a dónde vamos primero? Mirá esa carpa, ¿qué es?
     Los tres observaron la tienda de colores estridentes.
     -La carpa de la Bruja, la más mala de toda la provincia-les dijo el payaso.- Tengan cuidado con ella, y nunca la miren a los ojos.
     Dávila recordó el folleto que le habían entregado en la calle unos días antes. La foto de una bruja resaltaba en el papel, cavernosa y triste, pero muy hermosa. Y al mirar la carpa, supo qué era lo que había sentido al ver esa cara: lo mismo que lo hizo detenerse en la calle para observar con atención aquel rostro nuevo y antiguo al mismo tiempo. La cara de una mujer es la cara de todas ellas, pensó él en ese momento.
      En cuanto entraron a la tienda, el bullicio de la multitud se apagó, y la mujer los estaba mirando, sentada frente a una mesa con un mantel de pana roja. Dávila se sintió atraído por los senos blancos que asomaban del escote de la bruja, por el cabello negro que le caía sobre los hombros apenas cubiertos por un chal con encajes. Notó que Javier también la miraba extasiado, sin quitar la vista de los ojos grandes y violetas.
     -Así que éste es el pequeño ganador del boleto de la suerte. Muy bien, caballerito, acérquese a mí.-La voz era más sensual aún que su aspecto, y parecía llegar no de sus labios, sino como un gemido gutural. Dávila la miraba, y a pesar de tener en mente la advertencia del payaso, se dejó llevar por la voz y los ojos de la bruja. No era un hombre, ni siquiera un niño ahora, era un elemento frágil en las manos de ella. Sólo recordaría, después, que la había visto agarrar al niño y sentarlo en su falda.
     -¿Querés saber tu futuro?- había preguntado ella, y Javier asintió con la cabeza.
     -Bueno. Había una vez un chico que llegó a la feria un domingo al mediodía, y fue directamente hasta donde un oso gigante de trapo lo estaba esperando. Era un oso como el que siempre quiso y nunca le regalaron.
     Dávila despertó del ensueño en el que se había sumido, y su hijo ya no estaba. No lo había visto salir de la carpa. Cuando le preguntó a la bruja, ella sólo hizo un gesto de hastío con los ojos.
     -Búsquelo, o se perderá el resto de las sorpresas.
     Salió de la tienda y una pesadumbre lo abrumó igual que el ruido y la luz enceguecedora de la tarde. Había perdido al niño y era su culpa.
     -¡Ay, Dios mío, me robaron la cartera!- gritó una mujer, mientras él intentaba decidir dónde buscar. La gente la rodeaba, mirando hacia el ladrón que huía entre la muchedumbre. Algunos hombres intentaron perseguirlo, pero se dieron por vencidos a los pocos metros.
     -Un chico, ¿podés creerlo?- dijeron dos viejas a su lado.
     Entonces vio, a lo lejos, la figura de un oso sobre el techo de un stand.
     -¡Javier!- gritó, abriéndose paso hasta el oso de juguete, gigante y hermoso, colocado encima del puesto de tiro, y que era el premio principal. Pero la gente amontonada alrededor no lo dejaba avanzar. Se puso en puntas de pie para ver mejor.
     -¿Qué pasa?-preguntó.
     -Un chico está acertando todos los tiros, es increíble- le dijeron.
     Escuchó los disparos, infalibles, certeros, uno tras otro, y los aplausos que los festejaban. Alcanzó a ver, junto al mostrador, un grupo de más de veinte personas rodeando un espacio que parecía vacío, pero del que asomaba una cabeza pelirroja sobre la mira de un rifle. Las manos pecosas de Javier sostenían el arma, y con un dedo en el gatillo disparaba una y otra vez en un alarde de habilidad incomprensible.
     -¡Javier, Javier!
     Pero la gente había vuelto a interponerse y cuando la vista se despejó, el oso ya no estaba. Una mano debió agarrarlo de una pata para entregarlo al niño. Y entonces vio al muñeco tambalearse entre la gente, ocultando la cabeza pelirroja de su hijo. Dávila intentó seguirlo, pero el niño corrió escabulléndose por las piernas de los paseantes.
     Eran las dos de la tarde, el sol continuaba alto, incansable. Recorrió las calles del parque dando vueltas muchas veces por los mismos lugares y puestos. El chico nunca se había comportado así, se dijo él. Sólo aquella vez en el campo, cuando había desaparecido toda una tarde, y lo encontraron dormido junto a un arroyo con el gato muerto sobre su pecho. El animal tenía las entrañas abiertas, y las manos de Javier estaban llenas de sangre. Pero eso había pasado casi dos años antes, y Dávila intentaba olvidarlo.

     Los guardias de seguridad aparecían y desaparecían entre los puestos, buscando quizá al carterista, que había vuelto a actuar durante aquella hora. La gente hablaba de él como si se tratara de diferentes hombres, porque los testigos no coincidían sobre la edad.
     -Disculpe, oficial, busco a mi hijo que se perdió. Tiene ocho años y es así de alto..., a lo mejor lleva un oso de juguete todavía.
     El policía y su compañero se miraron como si sus pensamientos de pronto chocaran y fuesen uno solo.
     -¿Cómo iba vestido?-preguntaron.
     -Con pantalón corto azul y una remera blanca. Tiene el cabello rojo, muy brillante.
     Los agentes volvieron a mirarse.
     -¿De qué edad me dijo?
     Repitió la edad, y dijeron que le avisarían por los altavoces si lo hallaban. Cuando él comenzó a alejarse, vio que los policías lo seguían.
     Pasó por la carpa de la adivina, por si acaso Javier había regresado. La entrada estaba cerrada, e intentó probar en el puesto de tiro al blanco, ya casi vacío.
     -¿Vio volver al chico del oso?- preguntó al hombre del mameluco verde. Pero el otro lo miró con ira.
     -El ladroncito ése no va a venir otra vez, y si lo hace lo agarro de una oreja y se la corto. Pero antes lo hago devolverme el rifle que me robó.
     -Está equivocado, mi hijo no roba-dijo él sin pensar siquiera, como un reflejo natural, defensivo.
     -¿Su hijo?- El tipo lo sujetó del cuello de la camisa.-Tu hijito es un ladrón de mierda, ¿entendés?
     La punta del cañón de un rifle apareció en el espejo del costado. Ambos se dieron vuelta y escucharon el disparo. Vieron el cabello rojo y largo de un muchacho quizá de veinte años. No demasiado alto pero delgado, que vestía una remera blanca. Entonces la gente comenzó a correr hacia el cuerpo que se derrumbaba sobre el polvo y el pasto aplastado alrededor de la quermese. Los policías llegaron y apartaron a la muchedumbre.
     El hombre había soltado a Dávila y corría hacia donde estaban los demás. Él se quedó quieto, mirando el espejo en donde había visto al muchacho que se parecía a su hijo de ocho años.
     -¡Apuntó directamente a la mujer!- decía la gente. Los helados y manzanas caídos al suelo eran pisoteados y se mezclaban con el barro. La música de la calesita siguió sonando discordante y solitaria. Pero sólo Dávila había visto la cara del asesino, que había huido hacia los límites de la feria, rápido y ágil como un atleta.
     Recordó las carreras de Javier en el campo de la escuela. Su hijo siempre ganaba, y los trofeos se fueron acumulando en su habitación hasta saturar los estantes del armario. Ese afán por las carreras comenzó un día cuando el niño tenía seis años, y su madre los había dejado. Antes de irse, ella le regaló aquel gato como obsequio de despedida. Javier corrió detrás del micro que se la llevaba hacia un lugar desde el que jamás recibiría una carta.
     Lo único que conservaba de ella era una foto que había encontrado en un cajón del dormitorio. Cuando Dávila se deshizo de lo que había pertenecido a su esposa, incluso los retratos de la familia de ella, cuyos padres eran tan jóvenes, Dávila creyó desprenderse de todo. Pero el niño a veces mencionaba aquella foto que él no recordaba haber tomado a su mujer.
    -Es en blanco y negro, en un puerto- decía Javier.
    -No puede ser, todas las fotos que le tomé a tu madre son en color. A ver, mostrámela...
    -No, si te la doy la vas a tirar como a las otras, y yo no me acuerdo más cómo era mamá.

     Ahora un asesino andaba suelto por la feria, y debía hallar a su hijo lo más pronto posible. Notó que la policía había dejado de seguirlo. Dos médicos llegaron en una ambulancia y se llevaron el cuerpo en una bolsa negra.
     -Se le solicita al público permanecer en su sitio. Las puertas del parque serán cerradas- anunciaron los altavoces.
     Eran las cinco de la tarde. El sol comenzaba a ocultarse detrás de unas precoces nubes de tormenta.
     Dávila ya no sabía dónde buscar.
     -¿Un chico de ocho años? Déjeme pensar...Lo vi en la calesita a eso de las dos, creo.
     -¿Pelirrojo? Uno así, pero de quince años más o menos me tiró al suelo para robarme la cartera. Eran las cuatro, sí, un rato antes del crimen.
     -¿Quince?-dijo otra mujer- ¡No! El que me atacó era un adulto, y lo vi entrar recién nomás en el salón de los espejos. Estaba desesperado, si hasta me dio lástima. Tenía la cara del que busca su casa.
     Dávila corrió hasta la entrada, pero la mitad de las luces estaban apagadas y no había nadie cuidando el lugar. Atravesó el pasillo cubierto de cristales, y entró al salón de los espejos deformantes. A medida que avanzaba veía su cuerpo hacerse alto o bajo, joven o viejo, con dos cabezas o una sola pierna.
     La imagen de cabellos rojos se le apareció de nuevo, duplicada cientos de veces, pero no logró hallar la figura original en la penumbra. No debía tener más de veinte años, era pecoso, de cabello rojo revuelto, parecido a un niño que ha crecido demasiado rápido. Luego, lo observó moverse unos pasos, y en los espejos su figura se iba transformando. Primero alto y degado, después bajo y gordo. Dos espejos más allá, el rostro del hombre se hizo joven y viejo al mismo tiempo, pero un nuevo espejo volvió a separarlos. Entonces vio la cara y el cuerpo inconfundibles de Javier en el espejo junto al que reflejaba al asesino.
     Dávila gritó:
     -¡Hijo!
     Pero el chico y el hombre huían ahora hacia la puerta, reflejándose en los sucesivos espejos en un absurdo encadenamiento de imágenes de niños y adultos, de inocentes y malvados. Una y otra vez hasta desaparecer del todo en la oscuridad de la noche.
     Dávila salió a la calle, saturada por el perfume que llegaba desde la carpa de la bruja. Después escuchó un disparo, y otros dos unos pocos segundos más tarde. Llegó hasta donde las luces fugaces de las armas habían iluminado la calle.
     Tres policías apuntaban hacia el cuerpo caído sobre el suelo de arena. Tenía los brazos extendidos hacia la carpa de la adivina.
     Entonces se arrodilló junto el asesino muerto. La cara era de su hijo, pero la expresión era la de un hombre hundido. Y mientras Dávila lloraba, vio un papel que sobresalía del bolsillo del pantalón azul. Era la foto que Javier había encontrado entre las cosas de su madre. El retrato de la abuela tomada en su juventud en el puerto un día domingo. Tan parecida a su hija, que muchos otros antes habían llegado a confundirlas.






LA GUARDIANA



A Leticia le gustaba cazar insectos en la playa. Todos los veranos morían entre sus dedos las hormigas, mariposas o escarabajos que alcanzaba a atrapar. Pero eran las libélulas, que ella llamaba aeroplanos de cuatro alas, a las que ofrecía su especial atención.      
     Aguardando en la orilla, cuando las nubes oscuras se formaban hacia el sur sobre el mar y la playa, las veía llegar huyendo de la tormenta para resguardarse entre los arbustos. Entonces dejaba que las libélulas le rozaran la cara con sus suaves alas, y luego las perseguía hasta los médanos para cazarlas.
    Las atrapaba de la cola, contemplando su inútil esfuerzo por escapar, y las ponía en frascos con otros insectos, porque le agradaba ver cómo se devoraban entre ellos. Pero si aún seguían vivos, en su casa los pinchaba con un alfiler sobre una lámina de corcho, y contemplaba su muerte, la agitación de las alas o el suave crepitar de la costra que los recubría.
     Pero hubo un verano sin ni sola tarde de lluvia. Leticia y sus padres habían pasado diez días en la playa con un sol inconmovible sobre sus cabezas, y una mañana decidieron alejarse de las zonas concurridas. La avenida costanera era un camino estrecho en esa zona, abierto entre los médanos, por donde apenas pasaba un colectivo tres veces por día. El calor era propicio para que los insectos salieran de sus escondites. Leticia había visto grandes colmenas colgando de las ramas de los pinos a los costados del camino.
     La calidez del sol penetraba entre las plantas, atravesaba la tela de la sombrilla y los gorros. Se habían recostado a la sombra del auto. Leticia sacó su colección de tortugas marinas y las liberó sobre la arena. Con una piedra rompió los caparazones, dejando los cuerpos desnudos, y los cubrió con sal para verlos hincharse mientras supuraban una espuma que se iba secando hasta dejar los restos encogidos.
     El padre la miraba desde la reposera. Leticia sabía que él iba a retarla como lo había hecho en el auto, cuando ella jugaba con la ventanilla rompiendo los caracoles que había encontrado el día anterior. Los vidrios estaban sucios con hilillos de un líquido espeso y verde. Su padre había detenido el auto, y después de bajarse se paró frente a la puerta de atrás, pero sin decir nada, porque ya muchas veces antes había comprobado la inutilidad de las palabras cuando ella hacía tales cosas.      Leticia lo miró con odio, esperando que su madre saliera a defenderla, pero ella no lo hizo. Entonces no pudo aguantar más los ojos del padre, y empezó a gritar, subiendo y bajando la ventanilla hasta que la manija finalmente se había roto.
    
     -Ponete la gorra…-le dijo su madre en la playa. Pero esta vez no parecía atenta al juego de su hija con las tortugas muertas, sino que miraba hacia el sur, con una mano en la frente protegiéndose del sol.
     Una gran nube negra se acercaba. Leticia también miró hacia allí, y pensó: libélulas, y fue corriendo hacia la orilla.
     -¡Leti, tené cuidado!- gritó la madre, pero ella no le hizo caso y continuó hasta detenerse al borde del agua, viendo cómo la nube se aproximaba con una rapidez inusitada.
     El creciente zumbido superaba el sonido del mar. La gran nube era cada vez más grande, hasta que cubrió la silueta del sol, y todo el cielo se convirtió en una sombra tornasolada sobre la playa.
     Leticia escuchó que su madre la llamaba con un tono asustado en la voz. Se dio vuelta y vio su expresión llena de pánico.
     -¡Avispas! ¡Escondete, Leti, metete en el agua!
     Miró otra vez hacia allí. Una montaña negra viajaba por el aire, sostenida por hilos invisibles. El zumbido se había hecho ensordecedor, se tapó los oídos y corrió hasta el agua. Se hundió hasta por debajo de la nariz, pero no quiso cerrar lo ojos al ver el enjambre que pasaba por encima de ella. La nube de avispas, compacta y negra, comenzó a cubrir el auto de sus padres.
     Ellos habían entrado, pero en vano intentaron cerrar todas las ventanillas. Leticia recordó que esa mañana había roto una de las manijas. Las manos y los brazos de sus padres se agitaban dentro.
     Gritaban, ella pudo escucharlos, y escondió la cabeza en el agua.
     Después se disolvió la lánguida luminosidad y volvió la clara estridencia del sol. Se asomó a la superficie. Esperó un largo rato, hasta asegurarse que no había un solo insecto. El mar estaba sucio, miles de avispas muertas enturbiaban el agua como negras manchas que cambiaban de forma.
     Caminó hacia el auto con lentitud, tiritando. El aire se había enrarecido, un olor a polvo y humedad estaba estancado en la playa.
     Había más avispas muertas en la arena, y otras aún vivas que levantaron vuelo al verla llegar. Apoyó la frente en el parabrisas. La ropa de sus padres estaba cubierta de pequeñas manchas de sangre. La madre tenía la cara enrojecida e hinchada. Varias aguijones permanecían clavados aún en el centro de cada picadura. Las manos de su padre rodeaban el cuerpo de su mujer, cubiertas de ampollas, destilando un líquido purulento. Pero las manos todavía se movían con irregulares espasmos, y sus ojos se abrieron, de pronto.
     ¿Me está mirando?, se preguntó Leticia, pero los párpados volvieron a caer definitivamente. Sus padres habían muerto, pensó en ese instante, de la misma forma que los insectos encerrados en sus frascos.
     Miró alrededor. Ni un poco de brisa aliviaba el insoportable calor. Sólo el rumor de las olas, como un residuo de la plaga. Y comenzó a gritar. Y en medio de su grito escuchó un motor, un signo de vida artificial en esa playa solitaria. El colectivo de las cinco de la tarde, el último que pasaría por allí ese día, se acercaba.
     Leticia corrió hacia la calle a través de los médanos ardientes que le quemaban los pies. El colectivo venía demasiado rápido, levantando el polvo y la arena por encima de los arbustos igual que la cola de un cometa.
     Llegó casi sofocada y agitando los brazos. El colectivo frenó justo frente a ella. Se abrió la puerta y Leticia se puso a llorar recostada en el estribo.
     -¿Por Dios, hija, que te pasó?- preguntó el chofer.
     Pero ella siguió llorando, con su piel indemne, sana, como una sobreviviente.

     A los veinte años, Leticia dejó la casa de su abuela para mudarse a la costa.
     -Allá está el asesino-le dijo a la vieja.-Es tiempo de que vuelva para advertir a la gente de su presencia.-Y se fue con una valija casi vacía de ropa, pero llena de recortes de periódicos que comentaban la plaga de avispas que había azotado la costa más de diez años antes.
     Su abuela no le dijo nada, sabía que era inútil retenerla cuando Leticia se había propuesto algo. Todos aquellos años de portarse como una adolescente obediente habían sido un remanso, una transición, quizá. La vio partir con su cuaderno de recortes bajo el brazo, como si fuese un libro de actos en donde asentar las buenas y malas acciones. El resultado estaba en rojo, le había dicho su nieta muchas veces.
     Durante los inviernos permanecía en su casa pequeña, de paredes musgosas, con las persianas siempre cerradas. Los meses y su frío llegaban y se iban sin que casi asomara el rostro por la puerta.
     Era rubia, tenía el pelo largo y revuelto. A veces los vecinos la veían sentarse bajo un árbol en el jardín oscuro, sometida al viento y las agujas de pino que caían en sus hombros. Se adentraba en los bosques de la zona con su ropa ancha y algo sucia, siempre buscando nidos de avispas.
     En los veranos iba a la playa, pero lejos de los turistas, apartada entre las dunas, sin desvestirse jamás, transpirando bajo el sol. A las cinco de la tarde tomaba el colectivo, con el mismo chofer que la había rescatado, ahora en un vehículo más nuevo.
     Pero un día otro era el hombre que lo conducía.
     -¿Dónde está Raúl?- preguntó ella.
     -Murió la semana pasada. De una gripe fuerte, creo, además, estaba enfermo.-Y el hombre se tocó el pecho.   
      Leticia se ubicó en el primer asiento, el de siempre, y no habló durante un largo rato hasta que preguntó el nombre al nuevo chofer.
     -Cristian-dijo él.-Me contaron de usted en la empresa, dicen que me acostumbre a verla...
     -¡Si vivo aquí!- le contestó, enojada. No era habitual aquel tono descortés, pero la muerte de su amigo la había sobresaltado. -Raúl me salvó la vida, ¿sabe?
     -Así me dijeron- asintió el muchacho, sin apartar la mirada del camino.
     El mar se asomaba en cada una de las esquinas, por las entradas a la playa. Las nubes crecían rápidamente, y las libélulas se cruzaban frente al colectivo y morían contra el parabrisas.
     -¡Pobrecitas! Ellas son inofensivas. Trate de no matarlas, por favor.
     El chofer la miró, sin ocultar la burla en sus ojos.
     -No tiene que ser insolente- dijo Leticia. Ella se había labrado una reputación que cuidar, y una tarea que cumplir. Una y otra eran parte de la misma misión. Todos la creían una loca inofensiva, estaba al tanto de eso, y por tal razón la dejaron en paz a lo largo de todos esos veranos.
     -¿Sabe por que me llaman la “guardiana”?- comenzó a contar. -¿Se acuerda del naufragio del pesquero hace dos años? Yo les advertí que no zarparan esa noche, y no me hicieron caso. El guardacostas después fue a preguntarme cómo lo había sabido, si ni siquiera los meteorólogos pudieron preverlo. Me miraron como a una bruja, y no pude contestarles.
     Durante los siguientes viajes a la terminal de colectivos, Leticia le habló también de la vez que había adivinado dónde hallar el cuerpo de una mujer ahogada, de cuando adelantó el asesinato de una familia en una casita de la playa, y de las tantas veces que advirtió a la gente la llegada de las avispas.
     -Esta ropa me protege de ellas. Es tan gruesa porque la tejí yo misma con un punto muy cerrado que inventé.
     Leticia se daba cuenta de la mirada desinteresada y esquiva del muchacho. Si por lo menos se hubiese reído, lo habría tolerado, pero no esa indiferencia, como si ella no fuese nada y su presencia no cumpliese con la misión que le había sido encomendada. Nunca supo cómo adivinaba tales cosas, pero era algo que había nacido en ella en esa misma playa mucho tiempo antes.
     -Los salvo… -dijo apoyando una mano sobre el hombro del chofer.- Lo que está en el mar estuvo en mí, aún lo está y debo continuar sacándolo, célula por célula, como un quiste que vuelve a crecer con el tiempo. Tiene mil formas, incontables en realidad, y está ahí afuera en la playa. Yo he visto algunos de sus disfraces. Esa sombra negra en el cielo, que vi cuando tenía nueve años, es la que más debe parecerse a su verdadera cara.
     -Ya llegamos, señora- la interrumpió él, apagando el motor.
     -Hasta mañana- saludó ella, y se alejó con los brazos cruzados bajo el chal grueso, mientras el viento revolvía su cabellera rubia.
     Caminó con lentitud a través de las calles pobladas de turistas bronceados, pensando en la familia que había visto llegar dos días antes, y a quienes iba a proteger. Ellos bajaban a la playa a las diez de la mañana, y se quedaban hasta el anochecer. Los chicos corrían incansablemente, y luego se acostaban a la sombra de la carpa durante la siesta. La esposa era muy bella, y el marido un hombre de poco más de treinta años, que a las cinco de la tarde comenzaba a preparar la caña para la pesca. Enterrando el soporte en la arena húmeda, se metía en el mar con el agua hasta el pecho. Lanzaba entonces el anzuelo con el gesto enorme y poderoso de sus brazos, venciendo a las olas turbulentas como si llevara un mástil que un héroe legendario moviese en señal de victoria.
     El hombre regresaba a la playa cediendo la línea, un poco floja primero y más tensa después. Dejaba la caña en el soporte y se sentaba en la arena junto a su mujer, vigilando, pendiente de esa sola tarea, la más importante que debía ocupar en ese instante el universo de su mente.
     Leticia, al principio no sabía por qué se había fijado tanto en aquella familia. Pero al día siguiente de verlos por primera vez, se había cruzado con el hombre en la entrada a la playa, y vio sus ojos, tan parecidos los de su padre. A esa mirada última que él le había ofrecido desde el auto. Entonces ya no pudo evitar seguirlo para observar cada movimiento o gesto de su rostro bajo el sol que lo bronceaba. Si el hombre permanecía quieto o acostado en la arena, ella seguía pendiente de su parpadeo y la expresión de sublime ansiedad con él que vigilaba la caña.
     Leticia estaba decidida a protegerlo de todo lo que pudiese hacerle daño.

     A la tercera tarde, nada había cambiado. Eran las siete, y comenzaba a oscurecer. El hombre y su esposa estaban sentados mirando el mar, mientras los chicos jugaban en la orilla.
     De pronto, la línea se tensó y él comenzó a enrollarla con la pausada calma de un experto. La mujer también se puso de pie mientras lo miraba, y los niños se reunieron con ella. La caña se doblaba mientras el hombre intentaba tirar hacia atrás. Quizá el pez era más grande de lo que esperaba.
     Debe estar pensando en la cena que preparará a sus hijos esta noche, se decía Leticia admirándolo de lejos.
     El hombre había comenzado a adentrarse en el mar. Las olas ya le llegaban al pecho, luego hasta el cuello, mientras alzaba la caña para que las olas no se la arrebatasen. Pero las olas empezaron a cubrirlo por instantes. La cara del hombre giró hacia la playa por una única vez, y en el rostro, antes que una ola lo tapase completamente, Leticia descubrió lo que ella había visto tanto tiempo antes.
     El hombre desapareció bajo el agua, mientras la caña flotaba.
     -¡Papá!-gritaron los niños. La mujer se había quedado quieta, su labio inferior temblaba.
     Pasaron diez, treinta segundos, tal vez un minuto, pero la cabeza no volvió a emerger. Luego unos brazos se movieron con gestos desesperados en la superficie, y Leticia supo que lo mismo que se había llevado a sus padres, se lo estaba llevando al fondo del mar. Ya de nada servirían las advertencias o los presagios, porque estaba de regreso para esquivar las endebles barreras que Leticia había logrado construir en esos años.
      Por eso corrió, sin prestar atención a la mujer y los hijos que la miraban asombrados. Se metió en el agua con aquella ropa gruesa, pesada como un ancla al mojarse. Nadó como pudo, precariamente, tragando y escupiendo la salobre espuma. Los cabellos largos flotaban en las olas, envolviéndole la cara como una trampa de algas, de seda marina.
     Vio los brazos del hombre que continuaban moviéndose, ya débiles. Estaba a pocos metros de él, pero la distancia se acrecentaba con cada ola interpuesta, con el agua que la empujaba hacia atrás, siempre un poco más hacia atrás.
     El cielo se había oscurecido, parecía mojado por las olas. Un grito aislado la estimuló a seguir. Era la voz del hombre, y oyó después el sonido atronador del oleaje profundo. El ruido de una inmensa cantidad de agua que se arremolinaba, como nubes formadas por innumerables columnas de avispas, columnas de agua ascendiendo desde el lecho del mar. Las nubes eran grises como las olas.
     Nada había alrededor. Sólo la playa lejana con personas que los observaban, como si los dos estuviesen metidos en un enorme frasco con agua y aire.
     Una ola empezó a nacer a pocos metros. El agua se estaba levantando y formando un cilindro, un gran rizo de espuma, y un hueco en el centro. Como un puño inmenso de sal y espuma.
     -¡A él no!-gritó Leticia.
     Pero la ola se derrumbó sobre el hombre y su guardiana.                                                                                                





EL INVENTOR



Supe de Gregorio Ansaldi al leer un viejo texto sobre el Renacimiento italiano. Era un hombre importante en Florencia, dueño de un aserradero que abastecía a casi toda la región. Fue constructor y arquitecto, y sus tratados sobre nuevos materiales estuvieron entre los más respetados de la época.
     Cuando le encargaron el diseño de un palazzo en Milán, debía tener alrededor de veinticinco años. Ya en ese entonces poseía una fortuna suficiente para el resto de su vida. Sin embargo, apenas su inteligencia comenzó a ser valorada, se hundió en la vergüenza para permanecer escondida por varios siglos. Y todo se inició a su llegada a la ciudad, cuando conoció a Alicia de Trieste, que lo sedujo con la peculiar belleza de sus diecinueve años.
     Buscando su retrato, hallé una reproducción que la muestra con la mirada hacia la derecha del cuadro, con un vestido rojo aterciopelado, un collar de perlas blancas y negras, y una esmeralda sobre la frente. El cabello recogido en la nuca, de un color castaño claro, y en el rostro una expresión de excitante ternura. La reputación de su hermosura y desapego por las costumbres había llegado a Ansaldi a través de sus amigos. Le habían dicho que era una mujer muy poco común, demasiado inquieta y de hábitos extraños. Se vieron por primera vez, quizá, en alguna fiesta en Milán, y desde entonces no pudieron separarse.
     Pero aquí se me acaban las referencias, y me veo obligado a recurrir a un texto no reconocido, aunque ciertamente alumbrador. Un autor anónimo, en su libro sobre las ciencias en Europa, abre un capítulo extenso sobre Ansaldi. Según este relato, se casó con Alicia pocos meses después de conocerla, y quizá no necesitaran demasiado tiempo para convertirse en el matrimonio más admirado de la ciudad. Una pareja de irresistible atracción que entraba a los salones con los brazos enlazados, recibiendo los saludos reverentes y admirados entre el ruido crepitante de los vestidos amplios y la música monótona del cuarteto de cuerdas.
     Fue en esa misma época cuando comenzaron a esparcirse rumores que los describían como arrebatados y violentos en la cama, dando gritos que los sirvientes no podían dejar de escuchar. Uno de éstos debió iniciar también aquel otro comentario aún más perturbador. Se decía que todas las noches, a las tres de la madrugada, Ansaldi se levantaba luego de los juegos incansables con su mujer, y casi desnudo iba a su taller al fondo de la casa. Invariablemente permanecía allí hasta el mediodía.
     Sus amigos lo visitaban en las tardes, ansiosos por ver los inventos diseñados durante la noche. Planos y maquetas que colgaban de las paredes y el techo, como ideas suspendidas en el espacio.
     -No le va a alcanzar la vida para construir todo esto- le decían, halagadores y escépticos a la vez. Pero para él no era eso lo importante, sino la manera en que las cosas brotaban de su mente como de la nada.
     Los rumores se acrecentaron sin que nadie pudiese precisar dónde o por qué surgían. Se hicieron cada vez más crueles, hasta llegó a comentarse que cuando él trabajaba en su taller, su mujer salía de la casa para encontrarse con sus amantes. La ciudad entonces no dejó pasar un día sin que se relatasen nuevas noticias sobre ellos, y la gente comenzó a perderles el respeto, riéndose a sus espaldas al verlos pasar en su carruaje. Pero cada vez que asistían a una fiesta tomados del brazo, reconciliados real o aparentemente, todos callaban y los miraban con disimulada envidia.
     Una noche los gemidos habituales de sus juegos amorosos se transformaron en gritos parecidos al de animales enfurecidos.
     -¡Bestia enferma!-escucharon gritar a Ansaldi, golpeando la puerta de la habitación y corriendo hacia el taller, donde se encerró el resto de la noche.
     A la mañana siguiente, el médico llegó muy temprano, fue hasta el cuarto de Alicia y salió dos horas más tarde. Ansaldi y el doctor hablaron en el salón bajo llave. Se oyeron golpes y frases entrecortadas.
     -¡Maldita bestia sin alma!- se lo oía gritar a través de la gruesa puerta.
     Cuando el médico se fue esa mañana, los sirvientes estaban seguros de haberlo visto llevar consigo un recipiente con la tapa manchada de sangre.

     Alicia permaneció dos semanas en cama, y para entonces todos en la ciudad sabían que se había contagiado un mal incurable, tal vez alguna enfermedad venérea de la que ella iba a arrepentirse el resto de su vida. Porque el médico regresó frecuentemente, a veces cada dos o tres meses, y más adelante cada semana. Pero esto fue al final.
     Ansaldi siguió trabajando todas las noches. Durante las tardes recibía a sus empleados, controlando la construcción del palazzo que nunca fue terminado. En ocasiones lo vieron salir a la mañana y regresar al final del día con grandes bolsas blancas que despedían, al dejarlas caer, un polvo gris semejante al de huesos deshechos. Cuando los sirvientes le llevaban el almuerzo o la cena, los despedía a gritos exigiendo que lo dejaran en paz.   
     Se acostumbraron a la idea de que su patrón estaba obsesionado o poseído por un trabajo del que no se separaría hasta que estuviese cumplido. Por la ventana del taller se veía la luminosidad de las velas, y a él agachado sobre el escritorio, con la barba crecida y el oscuro cabello sucio, haciendo cálculos indescifrables en sus papeles.
     De este período datan los dibujos que el autor reproduce en el texto. Su nombre figura al pie y la letra concuerda con los archivos de Milán, pero por favor, que se me permita la razonable duda, sin que esto represente subestimar su hallazgo.
     Se tratan de estudios preparatorios para una figura humana. Lo curioso es que detrás de los esbozos hay una serie de números y fórmulas, supongo que medidas para otro dibujo definitivo o para un modelo experimental. Más extraño aún es que desde los brazos y piernas de esta figura, hay puntos trazados siguiendo el posible trayecto a seguir por un hombre en movimiento. Todo esto se halló recién luego de su muerte y fueron archivados sin que nadie los estudiara. La muerte indigna de su esposa tal vez favoreció el olvido, la necesaria dosis de indiferencia y escarnio que era habitual.
     Alicia continuó entrando y saliendo de la convalecencia. Nadie ya los visitaba, la casa se parecía demasiado a un hospital. No se los escuchó discutir nunca más desde aquella noche, pero él la trataba como quien cuida a un animal que se aborrece. La resguardaba del peligro, le concedía sus deseos, pero el rencor iba acrecentándose. Algunas noches él cedía a sus ruegos y se acostaba en el mismo cuarto, porque ella decía tener miedo a morir sola.

     Una mañana salió del taller muy temprano. Había trabajado toda la noche, y cruzó el patio con pasos lentos, la ropa suelta y sudada sobre un cuerpo un poco más gordo, despeinado y con la barba encanecida. Caminaba con dificultad, arrastrando un muñeco hacia la casa. Durante la noche había escuchado a su esposa gritar más de lo habitual, y ni siquiera la llegada del médico con nuevas dosis de opio había podido disminuir su dolor. Entonces Ansaldi decidió que era tiempo de poner en marcha su proyecto. Ahora que su criatura estaba lista se la entregaría a ella, a los restos casi desconocidos de la Alicia de Trieste que había amado en una época ya también irreconocible.
     Colocó el muñeco, pesado, del tamaño y forma de un hombre, de figura esquelética y algo graciosa, frente a la cama. Alicia no pudo contener la risa, porque lo más curioso era que la cabeza del títere se parecía a la de un niño sobre el cuerpo de un hombre.
     -¿De qué está hecho?- le preguntó, incorporándose en la cama por primera vez en muchas semanas. Sin contestarle, él acercó la lámpara de aceite a la espalda del muñeco y vertió el combustible. El títere de rostro infantil comenzó a moverse convulsivamente, después un poco más lento, hasta que sus piernas se desplazaron con armonía alrededor de la cama. Los brazos hicieron gestos de payaso y la cara se contrajo en muecas que provocaron la risa incontenible de Alicia.
     -¡Es una belleza, un juguete maravilloso!- decía ella con ingenuidad renovada.
     Ansaldi permaneció de pie y en silencio. Tal vez pensara en que había logrado lo que esperaba, o sólo el primer paso. No sabemos si fue satisfacción o cierto rencor disimulado. La verdad es que el muñeco de material tan extraño hizo que ella prolongara su vida. El títere danzaba al ritmo de las palmas que Alicia batía con entusiasmo, pero también con debilidad. Cada día ella le rogaba que trajera al muñeco, y él vertía el aceite, sin olvidar ver todas las mañanas que en los depósitos siempre hubiese un resto.
      Echó al médico del cuarto de su esposa, mientras el doctor le advertía que ella no iba a vivir mucho más de una semana. Ella pasó esas noches gritando de dolor, esperando con ansiedad que a la mañana le trajeran al títere. Pero quedó atrás el plazo que las sirvientas habían aguardado con esperanza de alivio.
     Un mes después, Alicia ya no disfrutaba del muñeco al pensar en la agonía que sufriría en su ausencia, así que le pidió a su esposo que lo llevase también de noche. Entonces se quedaba dormida mirando al títere dar vueltas a su alrededor.
     -¡Que baile, que baile!- pedía a cada hora, y él seguía renovando el aceite con la voluntad incansable del que espera algo más.

     Dos o tres meses pasaron luego de aquella semana en que se esperó su muerte.
     Una noche, Ansaldi se había dormido vigilando los movimientos de su criatura en el cuarto de Alicia, y se despertó sobresaltado por el llanto de una de las viejas sirvientas. La vio a dos centímetros de su rostro, insultándolo hasta terminar escupiéndole en la mejilla.
     -¡Déjela en paz, libérela!- la escuchó decir mientras escapaba corriendo de la furia de su patrón. Él cerró la puerta, y maldijo en voz baja a la mujer. Oyó los pasos de la sirvienta al alejarse de la casa por los senderos de hojas secas, seguramente en busca de ayuda. Ya no había tiempo, lo sabía.
     Alicia seguía mirando el movimiento del muñeco, como si consumiese opio por los ojos. Como si en aquella cabeza de niño viese algo que su marido había olvidado decirle.
     Debió ser una noche muy parecida a aquella otra de años atrás, cuando el doctor vino a llevarse al niño deforme que ella había expulsado en la cama ensangrentada; cuando tuvo que escuchar también el patético relato del médico sobre el mal infame de su esposa, la enfermedad costrosa y purulenta que entraba por el sexo destruyendo lo engendrado. Por eso fue inevitable que surgiera la ira nuevamente, el recuerdo intolerable de saber que esa mañana el doctor se había llevado, con exquisita frialdad, el cadáver del niño muerto que era su hijo.
    Después, el sueño y el agotamiento de las horas pasadas despierto los últimos meses lo vencieron, aún contra la necesidad de vigilar al muñeco para que continuara desvelando la tortura punzante de su mujer. En el sueño frágil en el que se fue hundiendo otra vez, pensó quizá en palas y cementerios, en la furia desesperada con que había tenido que cavar en busca del cráneo de su hijo.
     La pequeña cabeza que coronaría su creación.
     El títere siguió bailando mientras él dormitaba. Ansaldi no pudo ver al muñeco agitar los torpes brazos y estirarlos hacia Alicia, como si quisiese acariciarla. Ella, tal vez, haya intentado abrazarlo también, irguiéndose un poco para acercarlo a la cama. Pero Ansaldi continuaba dormido.
     Sólo sabemos con certeza que al despertar, allí estaban el doctor y la sirvienta, que gritaba histérica.
     -¡La mató!-decía, señalando la cama.
     Entonces él descubrió que la criatura había destruido sus planes. Alicia estaba ahora lejos de su furia, con la mitad del cuerpo fuera de la cama, y las manos del muñeco, como pinzas de tres dedos, aún cerradas sobre el cuello.





LOS OSCUROS



Cuando llegué a la casa, un grupo de chicos salía cargando cajas de témperas y carpetas de dibujo. Era una casona vieja en el barrio de Quilmes, con un balcón sobre la arcada de la puerta principal y un tejado muy corto que le daba sombra al pórtico.
     Los niños se alejaron por la vereda, y en el umbral, extremadamente bella mientras el sol del mediodía daba en su cara de tenues pecas, estaba Graciela, sola, mirándome como distraída. Luego pareció recordar para qué me había llamado, y abrió un poco más la puerta. La campanilla sonó con cada uno de sus movimientos indecisos.
     -¿Usted es el colocador de alfombras?- preguntó, tímida.
     -Sí, señorita. Vengo a tomar las medidas.
     Me hizo pasar a un salón pequeño, lleno de objetos y muebles, casi sin espacios libres ni nada que a primera vista pareciera inútil. Pero al habituarme al lugar, fui descubriendo cuántos adornos absurdos ocupaban espacios que habrían gritado de desolación de hallarse vacíos. Muñecos de porcelana y de estopa,  platos y tacitas de cerámica, flores de plástico, antigüedades de madera y bronce, animales de cristal.
     Subimos a la habitación de la planta alta, que tenía el balcón al frente. Era el único cuarto desordenado.
     -Hasta ahora lo uso como depósito para el material de trabajo.
     -¿Usted es pintora?
     -Bueno, soy profesora de dibujo y pintura. Pero quiero decorar este cuarto para poner mis cuadros.
     Tropecé varias veces con maderas, restos de marcos, telas, latas de pintura. Junto al ventanal, había cuadros apoyados sobre la pared. Después la miré a ella, iluminada por el sol del mediodía, y su cabello rojizo parecía una llama a punto de apagarse. No debía tener más de treinta años. Llevaba un solero de verano de color azul, el pelo arreglado con unas trenzas sujetas sobre la nuca.  
     Conversamos un rato de todo un poco, no hablaba demasiado, pero fue venciendo de a poco su desconfianza. Me apoyé de espaldas en el marco del ventanal con los brazos cruzados. Tuve ganas de besarla.
     -Son muy bonitos- me animé a decirle, mirando sus pinturas.- Si quiere puedo colgarlos en cuanto el revestimiento esté listo.
     -Es lo que iba a pedirle...- dijo ella entusiasmada, y parecía más feliz de lo que tal vez había estado en mucho tiempo.

     Al día siguiente traje las alfombras. Graciela mantenía la puerta abierta mientras yo llevaba los rollos desde la camioneta. Esta vez tenía el cabello suelto, y sus cejas rojas brillaban con el sol de la mañana. Los mismos chicos del día anterior entraron haciendo un bullicio al que la casa ya estaba acostumbrada. Un ruido vital de voces que aparecían para desaparecer luego a horas prefijadas.
     Recuerdo que esa fue la primera vez que me di cuenta de que faltaba algo en el saloncito, alguno de los cientos de objetos ya no estaba y hacía diferente la decoración, pero era imposible precisar cuál, y lo pasé por alto. Después de sus clases, subió a acompañarme.
     -¿Necesitás algo, Ricardo?
     -No, gracias.
     -Sí, te preparo un café- insistió.
     Graciela siempre encontraba un trabajo nuevo para encargarme. Tres semanas más tarde, las alfombras habían sido colocadas y el revestimiento casi terminado.
     -Decime cómo querés que ponga los cuadros- le sugerí entonces.
     Eligió la ubicación de cada uno, mientras yo, parado sobre la escalera, los apoyaba sobre la pared. Ella observaba de lejos cómo lucían. Trabajamos en esto una tarde tras otra, y los almuerzos y los cafés se sucedieron con un ritmo que ninguno de los dos se atrevió a detener. Recién después de colgar varios cuadros me di cuenta que un dibujo se repetía en todos ellos.
     -¿Qué quieren decir? Me refiero a estas figuras- le pregunté.
     Miró lo que le señalaba, dudando antes de contestarme.
     -Son los Oscuros. Seres de otro mundo muy lejano. Vienen todas las noches a visitarme, y me contaron que nos vigilan, nos controlan. De alguna manera vivimos gracias a ellos. Si quisieran, podrían matarnos.
     Creí que era una broma o una especie de fantasía artística que utilizaba como inspiración. Tres sombras masculinas se repetían en cada pintura, con fondos o paisajes distintos, pero siempre siluetas oscuras e indescifrables de hombres robustos caminando por el centro del cuadro. Por delante iba la figura principal, detrás y a los lados lo seguían otras dos sombras iguales.
     -Es verdad- siguió diciéndome.- Ellos me visitan. Sos la primera persona a la que se lo cuento, y podrían matarme por eso. Así que no se lo digas a nadie, por favor.
     Sonó el timbre y sus alumnos nos interrumpieron. Durante las horas que estuvo abajo dando sus clases, no dejé de pensar en lo que me había contado. Miré por la ventana, y vi a dos vecinas que me observaban desde la vereda, murmurando.
     Hoy me voy temprano, pensé, y no sé si vuelvo.

     Dos días después, supe que me había llamado al negocio para que fuera a terminar el trabajo. Esperaba con total sinceridad, y casi con desesperación, que me dijera que todo había sido una broma. Pero no era de esa clase de personas. Graciela hablaba siempre en serio, con una seguridad que rozaba la petulancia o la inseguridad extrema, no lo sé.
     -¡Qué te vas a meter con esa loca!- me aconsejaron mis amigos cuando les conté. Tenían razón. Por más hermosa que fuese, no necesitaba complicarme la vida.
     Pero tenía que cumplir con mi trabajo. Cuando volví, no hablamos por un buen rato. Era sábado, y ella se quedó en la cocina, haciendo ruidos con los platos y las cacerolas, golpeando las cosas para mostrarme su resentimiento. Yo le contestaba de la misma manera, dejando caer con brusquedad las herramientas sobre el piso. Luego subió y se puso a mirarme desde la puerta.
     -Los Oscuros estarían orgullosos del cuarto que les tengo preparado.
     No podía creerlo de mí mismo, pero sentí celos.
    -¿Y ellos son mejores amantes que los hombres?
     No me contestó, pero tampoco esperé que lo hiciera. Todas aquellas tardes en que fui incubando un sentimiento indefinido, explotaron en una bronca que parecía nacer de mis pantalones y perturbarme la cabeza hasta volverme loco. Fui hacia ella, tropezando con la escalera, me levanté y la vi riéndose con una risa angelical. La abracé y nos besamos con la desesperación de dos seres que han estado solos e incomunicados por mucho tiempo.

     -Así son los Oscuros- me contó la primera mañana que despertamos juntos.- Seres sombríos y estériles, brutales también. La hacen sentir a una agotada y sin esperanza. Van a terminar con el mundo, ¿sabías? Yo lo sé, aunque digan que no lo harán si somos obedientes. Van a matarme al final de todo.
     Dios mío, pensé, cuánta locura tiene esta mujer. Pero le di la razón y dejé que continuara hablando de ellos.
     Graciela ya no pintaba, sin embargo las imágenes que había plasmado de sus visitantes se fueron prendiendo en mi memoria hasta ya no poder deshacerme de su influencia. Llevamos la cama al cuarto nuevo. La luz de mercurio entrando por el ventanal iluminó las paredes cubiertas por los cuadros de los oscuros. A veces quería que me fuese a dormir a mi casa.
     -Por la independencia de cada uno-decía ella.
     Esas noches iba con mis amigos y les hablaba de todo esto.
     -Escuchen, ¿será posible que también me esté volviendo loco?
     Les conté entonces que la primera noche que dormí con ella, alguien había golpeado la puerta varias veces con un ruido ensordecedor. Cuando me asomé por el balcón, unas sombras desaparecieron con rapidez por la vereda. Tan rápido se fueron, que no estuve seguro de haberlas visto realmente. Pero sí oí los pasos alejándose, como si las sombras usaran zapatos.
     -Los Oscuros, son ellos, y están celosos-la escuché decir, acurrucada entre las sábanas, temblando de miedo.
     -Te lo dije, esa mina va a hacerte terminar mal.-Pero no quise escuchar más a mis amigos. Me fui a casa pensando en esos ruidos de zapatos, y en el chasquido de revólver que también había oído y no me atreví a confesarles.

     Dos meses más tarde, la habitación estaba terminada. No encontramos mucho más con qué adornarla, y fue cuando nos dimos cuenta de la cantidad de objetos que faltaban del saloncito.
     -Ellos se los llevan- me contestó, señalando las figuras de los cuadros, con calma y resignación.
     Nuestra cama quedó finalmente en el centro del cuarto, rodeada de sus pinturas, y de la sombra de los Oscuros. Entramos a esa habitación como a un túnel en el que no veíamos más que aquel sitio de encierro, parecido a un templo preparado para nuestra expiación o nuestra condena.
     Una mañana el noticiero de la televisión anunció que un tren había atropellado a un micro escolar en un paso a nivel, y dos de sus alumnos estaban muertos. Se puso a llorar sobre el mantel, y mientras yo le acariciaba el pelo, sin saber cómo consolarla, comenzó a decir que los Oscuros los habían matado.
     Esa tarde fuimos al velorio, y la vi abrazarse con los padres de los chicos tan desesperadamente como si ella hubiese sido la responsable. Nos despedimos con gestos mudos de pesar y desconsuelo. Había oscurecido, y el fresco de la noche me alivió de la pesada angustia de aquel lugar.
     Graciela temblaba, y me pidió que me quedara. Ella creía que los Oscuros estaban enfurecidos.
Esa noche me asomé al balcón antes de acostarnos. La luz de la calle frente a la casa se había apagado, y la otra, media cuadra más allá, enviaba una luminosidad precaria. Volví a escuchar los pasos que se acercaban, y tres sombras paralelas crecían hacia nosotros. Graciela se levantó y se paró detrás de mí. Sentí sus uñas clavándose en mis hombros al verlos pasar.
     -¡Me van a matar, se van a vengar de mi felicidad con vos!-decía, llorando.
     Las sombras dieron vuelta sus cabezas irreconocibles, pasaron justo frente al balcón, pero protegidos siempre por la penumbra. Su taconeo disminuyó por unos instantes, y continuaron después sin detenerse.
     -Borrachos- dije.- Este barrio está empeorando cada vez más.- E intenté consolarla.   
     -¿No me creés?
     -Creo que la policía debería vigilar más el barrio-le contesté, simplemente.


     Al final de nuestros tres meses juntos, ella estaba nerviosa e irritable. No la dejé sola durante las últimas semanas, y creo que llegó a aborrecerme, a pesar de que me rogaba cada noche que no me fuese. Continuaba insistiendo en su locura, sin perder sin embargo su tibia e ingenua belleza.
     El último día de noviembre tuve que hacer un trabajo lejos de la ciudad, y le dije que dormiría afuera. Pero esa mañana Graciela había leído la noticia de varias mujeres asesinadas en La Boca y arrojadas al Riachuelo, e insistió en que esa noche vendrían los Oscuros a buscarla. Yo no esperé esta vez a que siguiera hablando y me conmoviera con su llanto y sus ojos claros.
     -¡Estás loca!- le grité sin pensar, sin darme cuenta de que nunca antes la había llamado así. Entonces cerró la puerta sin mirarme, como una despedida.
     Estuve todo el día recriminándome mi actitud, y decidí pasar a verla. Regresé a las tres de la mañana. A pocos metros de la entrada vi dos sombras que huían hacia la esquina. Corrí detrás de ese taconeo familiar, pero no los alcancé. Fui hasta la casa gritando el nombre de Graciela. Ella estaba en nuestro cuarto, sentada en el piso con la espalda apoyada contra la cama, alumbrada sólo por la luz que entraba de la calle.
     Tenía la ropa interior desgarrada, sucia de saliva y cenizas de cigarrillos. La piel llena de quemaduras, y el cabello recortado y pegajoso. Gimiendo, con la mano izquierda formó la figura de un revólver encañonado sobre su cabeza.
     -Te matamos, me dijeron, si no te quedás quieta te matamos. Están celosos de vos, querido...- Se limpió la sangre que le caía de la nariz y con la otra mano me acarició una mejilla.
     En ese momento escuché el chasquido de un percutor desde el fondo de la habitación. Algo se movía con pasos muy lentos.
     Sólo dos hombres huyeron, pensé. El tercero aún estaba allí. De pronto, antes siquiera de poder levantarme, sentí un impacto fuerte y suave al mismo tiempo, como sólo un hombre y su sombra podrían hacer simultáneamente, derribándome al suelo junto a la cama. El ventanal del balcón se abrió, y la luz de mercurio se movió de un lado a otro del cuarto interrumpida por la sombra fugitiva. Luego saltó del balcón y las ramas del árbol se sacudieron.
      Cuando me levanté, prendí la luz. Pero no me fijé por mucho tiempo en la habitación, la sangre sobre la cama, el cuerpo de Graciela, su corpiño negro rasgado y sucio, ni en ese panorama desolador tan parecido al de sus pinturas, sino en la gran ausencia.
     De los cuadros faltaban las tres figuras de los Oscuros. En su lugar había un espacio blanco, un vacío incomprensible. Como si alguien las hubiese recortado de la tela.
      Pero la tela estaba intacta.





     
 EL MINISTRO DE SALUD



Farías despertó sobresaltado. Su mujer lo sacudía del hombro. Vio su rostro fruncido y el cuerpo hinchado retorciéndose de dolor. Un sufrimiento especialmente concentrado en el vientre crecido por el embarazo, asomándose por debajo de las sábanas blancas como un monte tembloroso de tierra oscura. No esperaba que sucediera esa noche, justo la madrugada previa al día en que recibiría la confirmación del decreto. Desde tres semanas antes aguardaba la llegada del papel con el sello presidencial.
     Se vistió, tropezando con los pantalones, mientras sus gritos atravesaban la casa para llamar a los custodios. Ella casi no podía moverse, las contracciones eran demasiado frecuentes y dolorosas. La cubrió con un abrigo y la llevó hasta el auto. Los dos hombres de la custodia oficial esperaban con las puertas abiertas y el motor encendido, tenían los ojos somnolientos y un aroma a cigarrillos en los trajes arrugados. Eran las cinco de la mañana, recorrieron las calles desiertas hacia la clínica.
     Se llevaron a su esposa en una camilla, por los pasillos estériles del edificio, bajo la luz blanca de los tubos fluorescentes. Necesitaban tiempo para saber si era o no falsa alarma, le dijeron los médicos. Completó los formularios e hizo algunas llamadas a la oficina.
     -¿Alguna novedad?
     -Lo mismo, señor Ministro, el Secretario viene hoy, seguramente.
     -Está bien, voy en cuanto pueda.
     Fue hasta el kiosco de diarios y buscó con impaciencia la misma noticia que había esperado desde tres semanas atrás. La prensa ya estaba enterada de los rumores sobre el decreto, pero él quería deshacerse de la responsabilidad de anunciarlo públicamente. Le fue imposible evadir el llamado de Casa de Gobierno la tarde anterior, menos aún discutir con aquel servidor insobornable que ni siquiera le dejó hablar con el presidente.
     -Permítame que le envíe al Señor Presidente mis asesores, la situación del ministerio es desesperada y el decreto va a arruinarnos...-había rogado él, sin respuesta.

      A las ocho de la mañana le avisaron que había sido falsa alarma, pero su mujer necesitaba seguir internada. Fue a la habitación a despedirse.
     -¿No podés quedarte un rato más?- le pidió ella.
     -Tengo reunión- contestó, pero se daba cuenta de que en realidad otro tipo de inquietud lo hacía huir de allí.
     Esa clínica le recordaba la vez que entró, cuando tenía doce años, para internar a su padre. La familia completa esperaba en el pasillo, cerca de la puerta de la habitación. Hasta estaba el abuelo paterno, aunque un poco alejado en el hall de entrada, rodeado por empleados del gobierno. El abuelo era un anciano en esa época, pero conservaba a los amigos políticos de su etapa como ministro. La abuela era la única ausente. Nunca los había visto juntos. Estaban separados desde que había nacido su hijo, ese niño extraño que vino al mundo con una herida inexplicable en la piel. Un orificio circular de varios centímetros de diámetro, siempre oculto por la ropa, creciendo persistentemente a lo largo de los años.
     -Ese viejo tiene la culpa...-decía la abuela cada vez que se refería a su ex-esposo.
     El niño, sin embargo, más adelante se casó y tuvo su propio hijo, aunque sólo fuera para darle un heredero político al abuelo.

     Farías ordenó a uno de los custodios que se quedara en la clínica, y el otro lo llevó al Ministerio. En el estacionamiento, su lugar estaba ocupado por los periodistas. Las luces se encendieron y las cámaras rodearon el auto.
     -En cuanto tenga confirmación se los haré saber, señores...por favor, permítanme pasar-les dijo por la ventanilla abierta.
     Todas las mañanas debía decir lo mismo, y los reporteros lo anotaban en sus libretas como la primera vez. Alguien lo golpeó con un micrófono en el labio inferior al salir del auto, sintió un hilillo de sangre en la barbilla. En medio del bullicio hizo torpes intentos por abrirse paso hasta el ascensor. Se cerró la puerta y apareció un nuevo silencio que no le exigía nada más que la inmovilidad y más silencio. La sangre le provocó cosquillas sobre la barba recortada. Le vino a la memoria la imagen breve e ilógica de la herida en la piel de su padre.
     Al llegar al piso de su despacho, siguió caminando por el corredor del viejo edificio tantas veces salvado de la demolición. La oficina estaba al final del pasillo, donde los techos mohosos y la pintura desprendida le daban un aspecto de peculiar tristeza a las tardes, y lo hacía pensar en esos años en que el abuelo la ocupaba. Su padre muy pocas veces había visitado el lugar, y las ocasiones en que lo hizo fue al atardecer, para ver el ocaso del sol sobre las paredes húmedas.
     El día que el abuelo, que había sobrevivido a su propio hijo casi veinte años, le dio a su nieto la bienvenida al partido oficial, se levantó de su silla, corpulento, ya canoso y algo calvo, y puso una de sus inmensas manos sobre sus hombros. Entonces le habló:
     -Tu abuela siempre me ha acusado de la muerte de tu padre. ¿Pero tengo yo la culpa de lo que estoy condenado a hacer desde que nací? Esta forma de vida que a ella no le gusta, está impregnada aquí.-Y llevó una de las manos a un punto más abajo de su pecho.
     No había remordimiento en las palabras, sino una absoluta seguridad en el deber y en su inevitabilidad. Tal vez se refería a aquella época en que se había visto obligado a cerrar casi la mitad de los hospitales públicos, y las obras sociales habían quebrado. Fueron nada más que seis meses, sólo medio año en que la situación del país tuvo que reajustarse, pero para el abuelo fue una condena política, y también el comienzo de su expiación. Porque después de ese tiempo, los opositores  y los reporteros lo asediaron hasta casi llevarlo al suicidio. Aquel mismo año, su esposa tuvo un parto prematuro, y cuando ella vio la herida informe del niño, abandonó a su marido para siempre.

     Farías podía oler aún el aroma del cigarrillo del día anterior, encerrado en el despacho por los revestimientos de roble, la puerta de madera y cristal esfumado. Mientras en el baño se limpiaba el labio herido, sonó el teléfono.
     -Llegó el Secretario Presidencial, señor Ministro.
     No respondió. La voz repitió el mensaje. Él pidió que pasara y colgó. Le sorprendía su torpeza, tan lejana a la calma habitual, a la seguridad que lo había puesto en ese cargo tan joven aún, haciendo siempre lo que su abuelo le había enseñado. Pero ahora algo fallaba, como si ese sitio fuese una concesión, un favor.
     -Buenos días, doctor. Aquí le traigo la confirmación del decreto-le dijo el Secretario.
     -Señor Secretario, con todo respeto le informo mi desacuerdo....
     El hombre lo escuchó pero no parecía prestarle atención.
     -Doctor, sabe que la tragedia de la peregrinación el verano pasado puso al presidente de un humor poco complaciente. El disenso siempre abunda, pero no la obediencia.
     Farías asintió sin responder. Cuando el otro se fue, casi de inmediato los gritos de la calle comenzaron a acrecentarse. Desde la ventana vio a los manifestantes frente a la puerta principal, portando carteles contra el decreto. Había mujeres delgadas, de voces agudas, estridentes, que mostraban los signos inconfundibles de la enfermedad. Reconoció a algunos periodistas de renombre que buscaban a los voceros del grupo. Eran más de cien personas impidiendo la entrada y salida del edificio. Giraban en círculos con los cartelones en alto, gente simple y pasiva en su vida diaria, que ahora se movía torpemente. Sobre todos ellos estaba el cielo limpio e indiferente, imparcial, del viernes a la mañana.
     Justo un viernes, pensó él, todo el fin de semana por delante para pensar. El abuelo decía que no era propio de la familia dudar tanto. Su padre, en cambio, había reflexionado siempre con detenimiento cada acto, hasta el punto de la inacción. Quizá pensara sólo y nada más que en su herida, creciendo con los años, traída desde un lugar incierto de la herencia.
     -Con ese agujero en el cuerpo no se llega a nada-había dicho el abuelo al nacer su hijo, según contaba siempre la abuela.
     Farías recordaba a su padre así, sumiso, subordinado a los deseos del viejo, y muy joven todavía al morir. La abuela había fallecido más de treinta años después, y con ella se fueron también los reproches. El viejo tal vez comenzó a sentirse culpable recién entonces, cuando ya no hubo quien pudiese acusarlo. Como si en ese momento aparecieran los fantasmas de aquellos seis meses en que decenas de enfermos escribieron leyendas obscenas sobre los muros de su casa, amenazándolo y destruyendo sus bienes.
    
     Era la una de la tarde. Llamó a la clínica.
     -Todavía no hay novedades, señor Ministro, su señora está descansando.
     Luego ordenó a la secretaria que preparara la conferencia de prensa para las siete. No tenía deseos de hacer nada hasta esa hora, así que puso la cabeza entre los brazos, apartando la fila de documentos pendientes, y se recostó sobre el escritorio. Mordiéndose el labio herido, recordó el último día que vio a su padre.
      Había sentido el olor de las vendas, un aroma a putrefacción, aún antes de entrar al cuarto.
     -Acercate- le había dicho, tapándose el cuerpo con las sábanas.
      Se veía extremadamente delgado. Los bigotes oscuros resaltaban demasiado en el rostro demacrado. Le pidió que apoyara la cabeza sobre su pecho de vello encrespado. El olor era nauseabundo, pero el pequeño Farías hizo el esfuerzo por aguantar, no quería apartarse.
     Su padre no habló, sólo lo retuvo contra su cuerpo hasta el último gemido.

     La voz de la secretaria lo sobresaltó.
     -No recibiré a nadie hasta la conferencia-respondió con firmeza.
     Lo llamaron varias veces más, pero sólo prestó atención a los gritos de la gente que continuaba manifestando en las calles. Volvió a dormirse. Al despertar, había dos secretarias a su lado.
     -Doctor Farías, ¿cómo se siente?
     -Recuerde su cita con la prensa.
     Miró el reloj. Eran las seis de la tarde. Fue al baño después de ordenar que prepararan todo para salir. En el espejo se notó pálido, despeinado y con la camisa arrugada. Como cada vez que se cambiaba de ropa, la imagen de la herida del padre regresó a su memoria y ya no quiso abandonarlo.
     Cuando llegó a la sala de conferencias, las luces lastimaron sus ojos soñolientos. Luego vio, tras los reflectores, las sombras de los periodistas con los brazos en alto esperando su turno para preguntar. No tenía idea de lo que iba a decir. Todos los años que lo habían conducido a ese instante le parecieron una sucesión de momentos que nunca había controlado, como la caída de una cascada, o quizá la repetición desesperante de los genes humanos. Y sin entender de dónde podía haber surgido, sintió en el aire de aquel salón hastiado de humo de tabaco, un olor familiar y viejo, un aroma ancestral de cuerpos descompuestos.
     -Señores, tengo la desagradable tarea... - no quiero decirlo, por Dios, no quiero hacerlo o me condenaré- ...de anunciarles el decreto que el Señor Presidente ha firmado el día de la fecha. Por medio de este instrumento legal, y por razones presupuestarias, se suspende por tiempo indeterminado la entrega de medicamentos.
     Se levantó sin esperar la respuesta del público. Alguien lo retuvo del brazo, le dijeron al oído que lo habían llamado de la clínica.
     Los grupos de manifestantes furiosos lo esperaban en el estacionamiento. Los hombres de seguridad lo ayudaron a abrirse paso hacia el auto. Farías no quiso esperar al chofer, y arrancó lo más rápido que pudo, pero temblaba, y le era difícil mantener el pie firme sobre el acelerador. Mientras ascendía la rampa hacia la calle, escuchó los últimos gritos y los golpes de las piedras sobre la chapa del auto.
     Cuando llegó a la clínica, el custodio lo recibió en la puerta. Recorrieron los pasillos hasta la sala de maternidad. Un médico los detuvo.
     -Señor Ministro, hay algo que debe saber antes...
     Pero no le hizo caso, y siguió hasta pararse frente a la nursery. Los niños descansaban en sus cunas blancas, colocados en fila como objetos numerados. El médico señaló una incubadora solitaria en el fondo de la habitación, donde un bebé, demasiado silencioso junto al llanto vital de los otros niños, estaba rodeado de cables y sondas. El pequeño cuerpo carecía de piel, y los intestinos brillaban, como víboras inquietas.




LA PALOMA ELÉCTRICA



Papá y yo vimos la última bandada de palomas un día de verano de hace muchos años. No puedo olvidarlo porque en ese momento, lo sabría más tarde, se decidió su destino, si no es que el fin de cada uno no está escrito ya desde el principio del mundo. Fuimos con el auto a las afueras de la ciudad por la autopista del noroeste, hacia unos campos inundados la mayor parte del año, excepto en verano. Los caminos eran casi inservibles y sólo se pisaba lodo. Habíamos tratado de vender esos terrenos sin resultado, y ahora papá iba a intentarlo nuevamente.
     Nos estacionamos a varios metros del bosque vecino, que esta vez nos pareció más frondoso e impenetrable; en el invierno anterior había llovido tanto como en los últimos cinco años. El camino de lodo continuaba hasta allí y detuvimos el auto. Clavamos el cartel de venta en la tierra blanda. Me puse a chapotear en los charcos, yo aún tenía diez años, y recuerdo la sonrisa de mi padre al mirarme. Cuando encendió el motor para irnos, vimos a las palomas salir espantadas desde el bosque, volando hasta perderse de vista hacia el norte.
     -Ya quedan pocas- dijo él, y me comentó la innumerable cantidad que podía verse tan sólo diez años antes.
     En ese momento debió nacer su idea, aunque creo que recién fue conciente de ella al leer el artículo en el diario un año después, donde anunciaban que el último centenar de palomas se había extinguido. Entonces nos miramos, y pensé que pocas veces algo une tanto a los hombres como los recuerdos comunes que llegan en el instante exacto.
      Papá trabajaba vendiendo herramientas, y acostumbraba quedarse con muestras para su propio taller. En su época de recién casado, había empezado a inventar cosas imitando objetos conocidos, lámparas o armazones para relojes de pared. Años más tarde, ya había alcanzado a darle movimiento a sus trabajos, y así fabricó lavarropas, máquinas de relojería para sus marcos inertes hasta entonces, ventiladores y muchas otras cosas. No es que no tuviésemos nada de todo esto, sino que desarmaba los comprados, ponía los restos en el sótano y los reemplazaba por los suyos. Al principio eran desprolijos, pero algún tiempo después había aprendido a pulir el exterior de cada aparato, y no pudimos entonces, mi madre y yo, encontrar alguna diferencia.
     Más adelante empezó a construir sus propias ideas. Primero las dibujaba en un papel cualquiera, a veces mientras cenábamos, apartando una servilleta para escribir con el lápiz que siempre llevaba encima. No sé en cuántas ocasiones vi surgir ese lápiz del bolsillo de la camisa, abultado por las llaves, los cigarrillos o papeles doblados. Recuerdo el acto inconfundible de la mano derecha tanteando el pecho, mientras su mirada permanecía fija sobre el papel en blanco.
     Mi madre a veces discutía con él, porque no entendía bien todo eso. Las herramientas se amontonaban en el depósito sin venderse, y las cosas que construía resultaban inútiles después de un tiempo. Pero finalmente ya él no necesitó convencerla; un día ella se encontró rodeada de objetos extraños, algunos inservibles pero fascinantes en su originalidad. Descubrí en mi madre a partir de ese día una mirada nueva, como la que tienen las mujeres cuando reconocen algo que las asombra.
     Una tarde al volver de la escuela, escuché ruidos desde el galpón, y al entrar al patio vi a mi padre arrastrando una lámina de metal. Sobre la pared había apoyadas muchas más. Dijo que las había comprado para un nuevo proyecto, pero no me contó cuál, creo que se consideraba incapaz de describirme con exactitud la imagen que tenía en mente. Era como distorsionarla si intentaba ponerla en palabras. Por eso me senté a su lado, en la silla en la que desde mis primeros años me sentaba para observarlo trabajar, y me pidió que le fuese alcanzando las herramientas que colgaban de las paredes del taller. También había objetos desparramados por el piso, cosas sin forma o inventos a medio fabricar, que a él le gustaba llamar fracasos transitorios.
     Muchos en su familia habían inventado cosas. Decía que nosotros los Ansaldi veníamos de familia de inventores, que el abuelo de su abuelo había creado el primer autómata de que se tuviera noticia. Entonces yo imaginaba aquellos tiempos, mientras lo observaba cortar las delgadas láminas de acero, brillantes y recalentadas por el sol de la tarde. Cada una tenía cuatro metros de lado, y él las reducía a fragmentos de treinta centímetros. Su rostro estaba detrás de la máscara de metal, las chispas de la sierra eléctrica saltaban alrededor. Luego escuché ladrar a Brown, y mamá nos llamó para cenar.
     Al día siguiente, se dedicó a un trabajo más delicado. Desenrolló los planos y los puso sobre el escritorio. Intenté acercarme varias veces, pero me pedía una herramienta tras otra y yo no dejaba de ir y venir del galpón. Cuando después de algunas horas el diminuto motor estuvo listo, me acerqué al escritorio. Allí estaba, finalmente, la paloma eléctrica.

     La tarde del primer vuelo, cinco meses después, papá se veía nervioso. Había construido veinticinco palomas. Tuve la oportunidad de sujetarlas entre mis dedos cuando aún carecían de vida, y también fui el primero en presionar el control remoto para otorgársela. Entonces, una tarde de no sé cuánto tiempo luego de aquella en la que vimos las palomas de la última bandada, nosotros hicimos volar el primer grupo de palomas eléctricas. Las colocamos en el suelo enlodado de nuestros campos, a escasos centímetros una de otra y nos alejamos hacia el auto, donde mamá nos esperaba. Al darme vuelta, ya habían remontado vuelo, girando en un círculo amplio. Eran más hermosas de lo que habíamos imaginado. Mi madre había pulido el metal color de plata. Cuando un día ella entró al taller y las vio por primera vez, se quedó quieta y temimos su desaprobación, pero sólo dijo que eran feas y opacas. Un día después supimos que las había limpiado durante la noche.
     Con el largavistas comprobamos el movimiento de sus alas, sólo un artificio estético que en nada participaba de su funcionamiento, pero las hacía más bellas. En el lugar de los ojos colocamos vidrios de botellas de varios colores. Estábamos sentados sobre el baúl del auto, observándolas, y noté que papá no estaba tan contento como pocos minutos antes.
     -Las reemplazamos- le dije con entusiasmo.
     -No- me contestó.- Creamos otra cosa diferente, sólo un objeto curioso.
     Dos horas estuvimos en el lugar. Muchas personas se habían acercado desde el camino, y a pedido de ellos hicimos volar a las palomas sobre el bosque, el sitio más peligroso por la altura de los árboles. Los motores se recalentaron, chocaron con las ramas y cayeron con un sonido hueco entre los troncos.
      En el viaje de regreso papá no habló más que de su fracaso. Pero a la noche, mientras cenábamos, se puso a hablar de nuevas ideas para mejorar a las palomas, y nos resignamos a la certeza de que hasta no resolver ese problema, no se sentiría tranquilo. Una venda parecía taparle los ojos cada vez que proyectaba algo, y se apartaba como un animal asustado para instalarse en la sombra. Cuando regresaba de esos sitios oscuros de su mente y volvía a prestarnos atención, una parte de él había desaparecido, un gesto, una actitud o una palabra que jamás usaba nuevamente. Era de aquellos hombres que pasan su vida, a simple vista, sin hacer nada más que sobrevivir. Pero había otro hombre dentro suyo, o muchos otros, muy parecidos a un dolor o a una tristeza, no estoy seguro.

     Una semana después del primer vuelo, empezó a trabajar con un motor grande, y me di cuenta que era el de nuestro auto. Afuera estaba el esqueleto del coche, y no se me ocurrió otra palabra más que “muerto” para nombrarlo. Brown se había sentado al lado, aullando igual que cuando mi abuelo falleció y no habíamos podido apartarlo del lado de la cama.
     A la noche, escuché discutir a mis padres. Él decía que lo del auto era temporal, una simple prueba para su proyecto. Sé que mamá estaba cansada; mi padre cada vez perdía más clientes y el dinero que ganaba era insuficiente. Entonces fue cuando presentí que él proyectaba algo mucho más importante, porque a pesar de tanta ensoñación siempre había tenido sus límites prácticos, y este desprenderse de todo poco a poco parecía una señal de partida irreversible.
     El motor fue sólo un modelo de la primera de las tres máquinas. Construyó todas con repuestos que iba consiguiendo de viejos compañeros de trabajo. Sus invenciones anteriores habían sido siempre una transformación de otros objetos, pero esta vez había creado algo nuevo, así como uno imagina que Dios hizo el mundo.
     Una mañana entré al galpón y vi los motores casi terminados. Él tenía esa sonrisa tan bella que desde entonces nunca me atreví a olvidar. Era la de un hombre que ha unido a todos sus hombres internos en uno solo. El cielo despejado dejaba entrar la luz por el portón abierto, tiñendo el aire en el que bailaban partículas de polvo y aserrín. Papá se lavó las manos y fuimos a buscar a la ciudad nuevas láminas de acero. Nos habían suspendido el teléfono, pero mamá ya ni siquiera se mostraba preocupada ahora. El tiempo nos había puesto en equilibrio, pienso. Como un triángulo, como un número tres.
     Mi padre era un genio, la gente lo dijo cuando su trabajo estuvo terminado. Los vecinos, los antiguos clientes y amigos vinieron a visitarnos para ver las máquinas. Lo atractivo era el exterior de las palomas gigantes. Tres aves de un tamaño cincuenta veces mayor al de una normal, suficiente para transportar el tamaño y el peso de un hombre. Las láminas metálicas eran livianas pero resistentes, hechas con una aleación recién salida al mercado que había acabado con nuestros ahorros. La única solución, nos aconsejaron, era registrar el invento, y no dudamos del éxito.
     -Imaginen el día…- les decía papá a sus amigos, mientras acariciaba el metal brillante de las palomas. -…en que cada uno pueda ir de un lugar a otro sin verse limitado a un solo plano geométrico. La superficie terrestre será liberada de tanto caos.
     Las máquinas eran cortas, no mayores a tres metros, y eso les daba el aspecto de seres gordos, como los antiguos dirigibles. A la noche, mientras cenábamos, supe que su obsesión se había borrado por fin, porque el objetivo estaba concretado en esos aparatos en el patio de casa. Fue como si se quitara la venda que le cubría los ojos y nos mirara atentamente luego de mucho tiempo.
     Después, como un presagio, esa misma noche perdimos a Brown. Oímos sus ladridos desde afuera, pero nunca le abríamos hasta terminar la cena. Media hora más tarde ya no ladraba, y escuchamos un auto frenar con estridencia en la calle. Al salir, vimos el cuerpo cubierto de sangre, y con dos quejidos finales expiró. El conductor nos ofreció disculpas que no supimos responder. Mientras enterrábamos a Brown, papá perdió su entusiasmo y dijo que nunca se llega invicto al lugar que elegimos, si es que entramos allí alguna vez. Yo sólo pude pensar en qué mundo tan extraño, tan desconocido iba a ser éste sin mi perro.
 
     Alquilamos el aeródromo por una tarde con el dinero que nos habían prestado. Cargamos una de las máquinas en el camión y fuimos hasta allí. Había un grupo de diez o quince personas entre amigos y curiosos. Papá llevaba puesto el equipo que mamá le había confeccionado para esa ocasión, un diseño festivo y clásico. Botas altas y pantalones anchos, una campera de cuero, una bufanda de seda y un gorro negro. Luego, se colocó las antiparras y subió al aparato.
     Le saqué fotos desde todos los ángulos posibles. Sentí que no podía detenerme, que tenía la necesidad de retrasar la salida de alguna manera. El brazo de mamá me apartó de la pista, y me dijo al oído que teníamos que dejarlo ir. La paloma casi no hacía ruido, sólo un suave sonido mientras daba vueltas por la pista. Resultaba graciosa su figura corta y abultada, la cabeza en alto, justo delante de la cabina del piloto. Papá sonreía y nos saludaba agitando un brazo mientras levantaba vuelo.
     Tal vez mi viejo era también un ave en ese momento. Se veía pequeño en la altura, silencioso en su camino al punto enceguecedor del sol. Pasó por encima de nosotros, y volvió a girar dos o tres veces. Lo observé con el largavistas y lo sorprendí riendo mientras parecía contemplar el cielo que lo rodeaba. Pensé en los instantes inesperados y escasos en que somos como dioses, en los que los hombres son dioses porque ríen.
     Quince minutos después, vimos la columna de humo saliendo del motor. Una franja negra envolvía a la paloma, ocultándola. Cuando resurgió de la nube oscura, estaba cayendo a tierra. Papá intentó planear, las alas comenzaron a moverse inútilmente. No quise mirar más, aunque podría haberlo hecho muchas veces antes del fin. Es extraño cómo se prolonga el tiempo en el último segundo, es curiosa la crueldad, o quizá la piedad, con que el tiempo retarda la muerte anunciada. Cayó en unos campos despoblados, muy parecidos a los terrenos donde vimos las últimas palomas casi dos años antes. Lo que quedó del cuerpo de mi padre tuvo que aguardar en la funeraria el entierro del día siguiente.
     Regresamos a casa y mamá se acostó llorando. Nunca fui bueno en dar consuelos, papá sí lo era. Soy la mitad de lo que él fue.
     Salí al patio, donde esperaban las otras dos palomas, las que había diseñado para mamá y para mí. Las acaricié, temblando, y el metal me dio escalofríos. El mundo que me aguardaba, de pronto se me ocurrió rígido y helado como el material de esas máquinas. Tan semejante a éste en el que ahora vivo, que no me parece extraño pensar, a veces, que los niños también son profetas.




LOS SERES INTERMEDIOS



Practicaba la medicina desde hacía largo tiempo, y su nombre había llegado hasta cada pueblo. Pero cuando ya no pudo ir a todos los lugares de donde lo llamaban, comenzó a enviar a sus alumnos. Ellos se habían hecho tan sabios como su maestro, y se dispersaron para ejercer su arte fundando templos hospitales por el mundo hasta entonces explorado.
     Si le preguntaban por su origen, él respondía que jamás había conocido a sus verdaderos padres. Los dioses lo abandonaron al cuidado de una pareja humana. Tuvo luego como maestro al centauro Quirón, a quien le debía su sabiduría.
     De niño iba hasta el lago a esperarlo, aún antes de que amaneciera. Y mientras la oscuridad y la niebla se despejaban, Quirón aparecía atravesando las aguas desde la orilla opuesta. La gente del  pueblo pensaba que no vivía solo, pero nunca nadie pudo saber con quién. Pasaba su vida en los bosques, en busca de las plantas medicinales. No había hombre o animal en esa época que conociese mejor las enfermedades o los remedios que el bosque guardaba.
     Se vieron por primera vez, una mañana en que el centauro recorría las praderas alrededor del lago. Como todos los seres intermedios entre los dioses y los hombres, Quirón se enfurecía fácilmente cuando un humano se atrevía a hablarle sin que le concediese antes la palabra. Pero cuando vio al joven, tímido, mirándolo con ansiedad entre los árboles, le permitió acercarse. El niño empezó a contar lo que sus padres le habían relatado sobre sus ancestros. Aunque al principio se mostró incrédulo, el centauro se dio cuenta que el joven era diferente a los otros humanos. Los hábitos vulgares lo deslucían, pero eran parte inevitable de su convivencia con los hombres. Desde aquel día decidió tomarlo como aprendiz y enseñarle los secretos de la medicina.
     El niño llegaba temprano a la playa del lago para repasar las lecciones del día anterior. Su maestro emergía  de la niebla con el torso humano descubierto, el pelo encrespado en la espalda y el pecho, espeso y confundido con el pelaje equino, intensamente negro, siempre mojado. Él notaba que Quirón lo miraba con lástima al verlo tan delgado y descalzo, con esa túnica blanca y sucia que su madre le había hecho. Pero como él se esforzaba por aprender, sintió que iba ganándose su afecto.
      El centauro le hizo pasar cada vez más tiempo a su lado, y él se fue alejando de la casa paterna casi sin darse cuenta. Cada año vivía menos tiempo allí, a veces sólo durante el verano, hasta que un día sus padres murieron y se encontró frente a sus cuerpos rígidos. Seres ordinarios e irreconocibles como los cadáveres que hallaba al caminar en los bosques.
     Luego salió al campo a cavar las fosas, y mientras lo hacía, miraba la tierra cultivada y ahora solitaria a su alrededor. Tuvo la sensación de que ese lugar ya no le pertenecía, un lugar del que se había alejado y al que ya no amaba. Envolvió los cuerpos en sus mortajas, y los enterró, devolviendo la tierra excavada a las tumbas. No estaba seguro si era su deber llorar.
     Abandonó el campo y regresó al lago. El pensamiento de que la enfermedad de sus padres quizá podría haber sido curada, lo atormentó todo el camino. Quirón le había dicho una vez que la vida tenía su curso natural. Nada era capaz de impedir el deterioro progresivo. Sólo era necesario curar los males que la apartaban de ese camino, los que detenían las tareas humanas o llevaban a la muerte precoz. Al reunirse con su maestro le contó lo sucedido, y Quirón estuvo de acuerdo en que los enterrara lejos del lago.
     -Ellos son podredumbre-le dijo.-En vida te alimentaron, pero nada más hicieron.     
     Él creyó en su maestro y puso a un lado el recuerdo de sus padres.

     Años después se hizo alto, una barba rojiza cubría su rostro de mirada reflexiva. Fue ganando renombre entre los humanos, y Quirón parecía sentirse satisfecho. El maestro seguía sin revelarle nada sobre su vida, por eso él fue preguntando en cada casa que visitaba. Le contaron que siglos antes Quirón había sido el favorito de los dioses, pero luego se había apartado para permanecer solo en el bosque. Todos pensaban que debía serle imposible soportar la soledad, y el orgullo por su pasado estaba creciendo otra vez en él. Pero esto ya lo sabía, en los últimos tiempos era fácil ver el cambio brusco de su ánimo, como si una indefinible impaciencia lo estuviese dominando.
      Quirón lo interrogaba sobre sus progresos, pero sobre todo pretendía saber si los hombres eran agradecidos para con los dioses. En escasas ocasiones le hablaba de cuando era parte del Olimpo y había conocido los favores divinos. Doblaba el torso para acercarse al oído de su alumno, y con el pelo erizado, relataba historias libidinosas. Luego, su mirada parecía perderse en el recuerdo, y se quedaba en silencio hasta la llegada de la noche.

     Era ya un hombre que había entrado en la segunda mitad de su vida, y enseñaba a sus propios alumnos. Un día le hablaron de un hombre cuya existencia no se aseguraba con certeza, pero que muchos afirmaban haber visto. Fue hacia la isla donde supuestamente vivía, porque si era verdad, se trataba de un ser excepcional. Debió recorrer también varias montañas, desde cuya altura alcanzaba a ver el mar y la costa continental de la que había partido.
     El hombre que buscaba se le apareció detrás de un árbol, casi desnudo excepto por una tela oscura envolviendo su pelvis flaca, con los puntiagudos huesos que parecían querer escaparse del cuerpo.
     -¿Qué busca?-le preguntó, con una voz débil, semejante a la brisa que barría la montaña.
     Conversaron hasta el anochecer y durante todo el día siguiente, y antes de partir, sintió en la boca y la nariz un sabor, un olor extraño, como la sensación de estar hablando con un muerto. Porque alguien de más de trescientos años de edad debía haber vuelto de la muerte para justificar su presencia. Pero no había sido así. El anciano contaba hechos ocurridos hacía mucho tiempo, anécdotas que nadie más podría conocer de no haberlas presenciado. Había realizado todo tipo de trabajos, formado una familia de diez hijos y sobrevivido a ellos y sus descendientes. Tenía la piel bronceada con intensidad, las plantas de sus pies duras como rocas. Cuando las manos del maestro palparon aquel cuerpo tres veces centenario, no encontró nada malo en el viejo, sólo dolores leves y esperables a su edad. Luego se despidieron, mientras el sol calcinante seguía alumbrando la cima desprotegida.
     Al abandonar la isla, pensó en las palabras que el viejo le había dicho cuando él quiso saber  cómo sobrevivir al cansancio mortal del trabajo diario, a las enfermedades cotidianas, tan frecuentes que era imposible expulsarlas, como visitas indeseadas más fuertes que nosotros. El anciano no supo responderle, solamente se dejaba llevar, le dijo, por el impulso desconocido de la vida. 
     Por eso iba preguntárselo a Quirón.
     Cuando el centauro escuchó todo esto, comenzó a correr y corcovear de un lado a otro de la playa, furioso. Nunca lo había visto así, menos aún en los últimos tiempos, inmerso en un estado de íntima melancolía. Se protegió entre las plantas mientras lo escuchaba gritar en el idioma de los centauros. Después, Quirón se detuvo ante él, agitado todavía, gritando con ira que la vida de ese anciano era inconcebible. Así como una vez le había dicho que era su deber combatir los males que apartaban a la vida de su curso natural, también era imprescindible hacerlo con los que la prolongaban innecesariamente.
     -Les está prohibido a los hombres imitar a los inmortales-dijo finalmente.
     El joven había aprendido esto al morir sus padres, pero ahora se daba cuenta de lo que desde entonces lo inquietaba: la idea de que aún podrían estar vivos si él los hubiese cuidado con su conocimiento. Pero ya nada era posible hacer, y le resultaba doloroso.
     Le habló a Quirón como jamás se había atrevido a hacerlo antes.
     -Si es un mal acercarse a la inmortalidad, también lo es para los semidioses. Ustedes no son dioses, ni hombres, ni animales, sino una parte de cada uno.
     Quirón escuchó el desafío de su discípulo, pero nada contestó. Se dio vuelta para regresar al lago, y se hundió en las aguas hacia la orilla oscura del bosque.

     Los seres intermedios estaban extinguiéndose. Los hombres tampoco tenían confianza ya en el poder divino. Eran tiempos diferentes a los de la época dorada. Él sabía que a pesar de los beneficios de su arte, los hombres habían dejado de adorar a los dioses. Vivían atentos a su propia vida, y se aislaban con sus familias luego de ser curados. Eran agradecidos con él y sus alumnos, pero rara vez iban a los templos.
     Algún tiempo después, durante el que no volvió a ver a Quirón, lo llamaron desde la isla del anciano. Los mensajeros le dijeron que el viejo estaba muy enfermo y lo mandaba buscar. Cuando llegó, lo encontró con una herida en el pecho.
      -Se me va el alma por este hueco en el cuerpo- gimió el anciano cuando él llegó. Apoyó la cabeza en su brazo y dijo que Quirón lo había herido. Por la lealtad que unía al médico con el centauro, había querido decírselo él mismo.
     Quirón subió una noche a la montaña, con el lomo cubierto de sudor y una mirada de odio. Se había erguido en sus patas traseras, desbocado y gritando con un aire inconfundible de ira exacerbada. Luego sacó un puñal que llevaba atado a la espalda, y lo arrojó contra el anciano. El viejo aseguró no haber sentido dolor al principio, mientras veía la expresión desolada del centauro, y escuchándolo decir, antes de irse, que nadie podía desafiar a los inmortales.
     -Parece tener la necesidad de recuperar el favor divino desesperadamente-dijo el viejo, justo antes de morir.
     Aunque intentó curar la herida, con todos los métodos que conocía, ese cuerpo, a pesar de sus  incontables años, había resultado también ser mortal.
  
     Dejó que sus ayudantes se encargaran del anciano y regresó al valle. Estaba anocheciendo, y fue directamente hacia el bosque donde vivía el centauro. La niebla se había hecho densa a la mitad del lago, pero siguió remando sin temblor hasta llegar a la otra orilla. Nunca había estado allí. El bosque parecía más impenetrable cuando la luna se ocultaba. Había ojos centelleantes en las sombras, una helada brisa movía las hojas y rozaba su cuello. Mirando hacia arriba en busca de la luna, pudo verla filtrándose entre las ramas altas.
      Poco después descubrió la choza. Le resultó extraño que Quirón viviese en una construcción humana, en la que podía verse luz de cebo y percibirse el aroma de la comida reciente. Acercándose con precaución, se asomó a una de las ventanas.
     No tuvo tiempo de preguntarse qué era lo que estaba viendo antes de sentir los brazos del centauro alrededor del cuello. Creyó perder el sentido por un instante, pero en seguida se vio liberado. Quirón no gritaba ni parecía enfurecido. Solamente fijó su mirada condenatoria en él, preguntando la causa de que estuviese en sus dominios sin permiso.
     El maestro le dijo con aspereza que el anciano había muerto. Entonces el centauro, como única respuesta, miró hacia la ventana, y otra vez la antigua expresión de tristeza ensombreció su rostro. Las patas delanteras comenzaron a cojear, y su torso humano se dobló sobre el cuerpo equino. La cola se escondía entre las ancas, el pelo brillaba con la luz de la luna.
     -Hice todo por complacer a los Dioses, pero no me han devuelto a la que yo más deseaba.
     Su voz se deshizo como el viento contra los árboles. Hizo sentar a su discípulo sobre una roca, y comenzó a hablarle de su amante, de su belleza, de cómo ella, en los lejanos tiempos, lo acompañaba en el bosque buscando especias. Entre ambos habían curado las enfermedades de los seres inferiores. Los dioses se habían mostrado satisfechos al verse más adorados por los humanos. Pero fue en esa época cuando hallaron una sustancia extraña en la savia de viejos árboles extintos en otros bosques, que tenía un efecto reversible sobre la muerte. Había logrado que algunos hombres volviesen a la vida. Cuando los dioses lo supieron, destruyeron los antiguos árboles y mataron a su amante para castigar el desafío de Quirón. La ahogaron en el lago, de donde él rescató su cuerpo.
     Y aún entonces no pudo hacer otra cosa más que continuar desafiándolos.
     -Ellos le quitaron la vida- dijo Quirón.-Pero yo interrumpí el proceso de su muerte.  
     Durante días intentó reanimarla, y cuando finalmente ella comenzó a moverse, el cuerpo se detuvo para repetir los mismos gestos una y otra vez. Pero nada nuevo había aprendido ella desde aquel día, algo diferente que por lo menos le ofreciese a él la sensación de que no todo estaba acabado. Esto era lo único que Quirón seguía esperando.
     El viejo centauro entró a la choza. Él miró por la ventana una última vez, y vio el cadáver de una humana, carcomido por insectos que zumbaban a su alrededor, llevando entre sus manos de hueso una fuente de frutas frescas para Quirón.






MARA EN LA PLAZA



Mara abre la ventanilla. Ve correr a su hijo detrás del micro durante tres cuadras, casi al mismo ritmo porque el tráfico del centro y los semáforos demoran la salida de la ciudad.
     Está fumando, nerviosa. La mujer a su lado la observa con una mirada escrutadora. Ella se da vuelta para evitarla. Ve de nuevo al niño, que ahora se va rezagando en el camino. Por fin ha quedado atrás, y Mara se siente aliviada.
     Los problemas la persiguen siempre, piensa, mientras más rápido escapa la buscan hasta alcanzarla. Así había pasado cuando conoció a Nicolás. Un día supo que estaba embarazada, y no deseaba eso, aborrecía el hecho de verse atada a alguien por el resto de su vida. A su novio iba a dejarlo pronto. El problema era el bebé, y todos se habían enterado. Su familia había comenzado a vigilarla día y noche, mientras ella seguía pensando, sin decidirse, qué hacer.
     -Conozco a un médico…-le había dicho una amiga.-Si no te apurás, va a ser muy tarde.-Y Mara fue a verlo.
     Cuando llegó a esa casa en las afueras de la ciudad, tuvo miedo. Era una casita baja, con tejas sobre el alero cubriendo la puerta de madera despintada, con un jardín repleto de cosas viejas.
     El médico abrió la puerta.
     -Vos sos Mara, ¿no es cierto? Me dieron tu mensaje. Pasá.
     Tenía barba, el pelo un poco largo y sus manos-Dios mío, pensó ella al verlas-tenían pequeñas manchas de sangre seca.
     Dos chicas más esperaban en una salita. Se sentó junto a ellas, pero ni siquiera la miraron. El techo tenía goteras en las esquinas, de las paredes colgaban fotos de paisajes, ya amarillentas y rasgadas. En el aire había un olor a medicinas, alcohol y fermentos. El aroma de la sangre, Mara lo sabía. Aunque si escapaba ahora, su futuro no iba a ser mejor. De esa forma intentó consolarse, juntando fuerzas para quedarse junto a las otras pobres tontas que habían cometido el mismo error. Por lo menos no estaba sola.
     El hombre apareció de nuevo desde la habitación del fondo acompañando a otra chica, que salía con las manos sobre el bajo vientre y una expresión de dolor en los ojos. Después entró la siguiente.
     Mara esperó casi dos horas, y no recordaría después cómo había podido soportar todo ese tiempo. En una ocasión se levantó y fue hasta la puerta, intentó abrirla pero estaba cerrada con llave. Oyó un gritito suave que venía del cuarto.
     Podré aguantarlo, se dijo, soy más valiente que las otras.
     Entonces le tocó entrar a ella. La habitación era simple. Una camilla alta, como la del ginecólogo de su madre, pero vieja, con hierros oxidados y tornillos flojos. Se acostó y abrió las piernas.
     -Va ser un poco más doloroso para vos, ya tenés casi dos meses, pero no te preocupés-le decía el médico mientras colocaba sus manos desnudas sobre ella.
     Sintió el frío del instrumental. Un frío que le llegó a los huesos, brutal, rápido. Después, un leve desvanecimiento que le alivió el dolor. Fue ésa la primera vez que tuvo aquel sueño que ya no la abandonaría. Veía una calesita dando vueltas muy lentamente, como si le costara arrancar, en medio de una plaza vacía y envuelta por la bruma.
     Cuando despertó, la cara oscura del hombre estaba junto a ella.
     -Ya está- le dijo.
     Mara se levantó con su ayuda, y un torrente de sangre pareció caerle de pronto desde la cabeza hasta los pies. Pero ella estaba seca. Se puso los pantalones y salió. Sus manos rozaron los dedos de él al darle el dinero. Había tocado muchos objetos en esa casa, pero aquellos dedos fueron lo único que le produjeron náuseas.
     
     Mara se revisa las manos. La derecha sostiene el cigarrillo casi apagado, la otra está cubierta por un guante de lana. Pasaron casi seis años, piensa, mientras mira por la ventanilla las casas pobres al costado de la ruta. Sitios parecidos al que ella había ido para deshacerse de su hijo.
     Y dos horas después de haber abandonado esa casa, se había acostado en su habitación.
     -No estoy bien, mamá-dijo al regresar. Pero no quiso que nadie entrara a verla, ni siquiera José, que había vuelto varias veces durante la tarde preguntando por ella.
     El calor la sofocaba. Si levantaba un poco la cabeza, el vértigo la hundía en el abismo abierto junto a la cama. Se miró las manos pálidas, sin sangre casi, y de pronto descubrió que su cuerpo estaba deforme, hinchado como a punto de estallar. Se estaba muriendo, lo sabía, y gritó.
     Tuvo que quedarse tres semanas en el hospital, en medio de la fiebre que no quería ceder y soportando inyecciones todos los días. A su alrededor pasaban sombras, escuchaba los cuchicheos de su familia comentando que la policía había hecho preguntas. Mara recordó en sueños el discurso del ministro Farías por televisión condenando los abortos. Pero ella estaba libre de todo eso ahora, lo presentía, porque algo continuaba creciendo dentro de ella. Esa misma pesadilla, la de la calesita que daba vueltas y vueltas hasta marearla, entre la bruma de la plaza dispersándose de a poco. Nadie habitaba, sin embargo, aquel sitio de su sueño.
     Nicolás estaba a su lado en la habitación, agarrándola de la mano mientras ella, dormida, tarareaba la melodía de la calesita. 
     -Andate, no quiero verte, vos tenés la culpa-le dijo al despertar. Pero él no se fue.
     Cuando la llevaron a casa, vio un pasacalle justo frente a la puerta. Ellos tenían todo preparado. La boda iba a ser un mes después, y había que darle un apellido al niño, que después de todo había logrado sobrevivir.

     -¿Se siente bien?-le pregunta la mujer de al lado.-Está tan distraída que se va a olvidar de bajarse en su pueblo.
     -No se preocupe- contesta.
     El chofer anuncia la llegada a Junín. Mara agarra su valija y desciende sobre el barro de la estación de ómnibus. El sol ya ha salido después de la lluvia nocturna.
     Recuerda a Javier corriendo detrás del micro. Basta, se dice, ahora soy libre. El chico la había atado fuertemente, al fin de cuentas, y por eso lo detesta. Y él también a ella, había podido verlo cientos de veces en esos ojos pequeños y oscuros como los del padre. Cada vez que la abrazaba, era como si le pusiera cadenas alrededor del cuello.
     La ciudad parece tranquila. Pocos autos, edificios bajos en veredas amplias. A lo lejos se escucha el repiqueteo del tren; el aroma del campo cercano, poblado de eucaliptos, le produce un delicioso ardor en la nariz.
     Respira profundo y se dispone a buscar la peluquería que va a contratarla.
     -¿Conoce este lugar?- pregunta a alguien en la calle, mostrando el papel con la dirección. Una anciana le indica el sitio. La voz de la mujer se le pega a los oídos como una promesa de bienestar incondicional. Se siente otra, una desconocida sin ataduras ni pasado, en medio de esa tarde dormida. El sol cae sobre los almacenes y la plaza. Mara oye un tintineo, igual que en sus sueños.
     Sabe ahora que en la plaza cercana hay una calesita, y debe evitarla. En los últimos cuatro años el sueño la había preocupado. La calesita había adquirido detalles cada vez más perfectos. Las figuras de los caballos e hipocampos con su propia y peculiar distinción de formas y colores, subiendo y bajando al ritmo de la música tintineante, desentonada, dando vueltas en el vacío. Pero nunca hubo niños en la calesita de sus pesadillas.
     Por eso jamás quiso llevar a Javier al parque de diversiones.
     -¡No!- le decía, y terminaba la discusión con una bofetada en la mejilla del chico. Él no lloraba. En el rostro enrojecido por el golpe, parecía crecer un odio que a ella le aliviaba la vieja culpa.
    
     Mala suerte, piensa. La peluquería está frente a la plaza. La música entra con ella al abrir la puerta.
     -Buen día- saluda.- Hablé con usted desde Buenos Aires.
     -Sí, me acuerdo- contesta el dueño con tono levemente afeminado.- Sentate, en un ratito hablamos.- Y sigue atendiendo a una clienta.
     El sitio es lindo, piensa ella. Mira los espejos, las plantas artificiales y los objetos de tocador en los estantes. Voy a ser feliz acá por un tiempo, si no me canso antes, insiste en convencerse. Mira de soslayo hacia la calle, a la plaza que esconde, entre bancos y árboles, el objeto del sueño.
     -A mis clientas les gustan las chicas rubias y bien peinadas- le dice su jefe un rato después.-Así que te voy a teñir un poco, si me permitís.
     -No hay problema, me gusta cambiar.
     Al día siguiente se para en la puerta de la peluquería, con su nuevo color en el cabello lacio, recogido en una trenza sobre el hombro derecho, y un delantal blanco con el rótulo de “Coiffeur”. Se siente contenta, y como es de mañana ni siquiera recuerda que existe una calesita en la plaza. Los niños van a la escuela, pero no les hace caso al verlos caminar por la vereda. Intencionalmente evita mirarlos.
     A Javier lo llevaba el padre al jardín de infantes, pero ella una vez tuvo que ir a buscarlo. El bullicio de los niños y las madres la mareaba. No podía evitarlo, era su cuerpo el que rechazaba esas cosas. Aquel día tomó a Javier de la mano y se lo llevó bruscamente, para salir lo más pronto posible de la escuela. Odiaba las miradas descalificadoras de las otras madres.
     Ahora, sin embargo, mujeres como aquellas- esas madres perfectas-dejan a los chicos en la plaza y entran a peinarse. Ella debe atenderlas sin recelos, escuchar sus conversaciones sobre pañales y problemas escolares sin inmutarse.
     -¿Tenés chicos?- le preguntan, y se siente amenazada. Pero una vieja la salva de contestar.
     -¡Qué va a tener, si es una nena todavía!-Mara sonríe angelicalmente, como si sus pensamientos nunca hubiesen existido.
     Escuchándolas hora tras hora, viendo sus ojos alegres en medio de la desilusión cotidiana, siente que la culpan. Lo saben, estoy segura. Las mujeres lo adivinamos todo sobre las demás. Le dan ganas de cortarles el pelo hasta la raíz, estropearles la cabeza por un tiempo a esas engreídas, pero se contiene. Tonterías como ésa fueron las que tantos problemas le han causado.
     Al abrirse la puerta, oye la música de la calesita.
     -¡Mamá, dame plata!- gritan los chicos, mientras entran corriendo al salón. Las mujeres buscan monedas en sus carteras y se ríen.
     -No gasten en golosinas-les gritan cuando ellos salen.
     Dejan la puerta abierta. La música sigue haciendo doler los oídos de Mara. Ella recuerda su sueño. Intenta imaginar una calesita llena de niños. Tal vez así formada, completa, la imagen llegaría a desaparecer. Pero no puede. Se da vuelta para mirar afuera.
     El mediodía ya ha pasado. El sol de la tarde brilla espléndido. Sigue con la mirada las carreras de los niños que cruzan la calle hasta más allá de los arbustos. Ve únicamente el techo de la calesita. Sabe que esa tarde irá a la plaza.

     A las siete y media se despide y deja la peluquería. Cruza la calle. Las luces de los faroles se han encendido, iluminando los juegos y los carritos de golosinas. La gente pasea con sus hijos y camina bajo las guirnaldas de papel crepé. La música suena estridente desde los altoparlantes. Los vendedores ambulantes gritan sus ofertas.
     Mara se sienta en un banco, sobresaltada por su valentía, asombrada quizá de no sentir las típicas náuseas. La calesita arranca. Está llena de niños alegres corriendo encima y alrededor de la casi eterna rueda giratoria. Todos ansiosos por robar la sortija al hombre que la sujeta como un tesoro invalorable en manos débiles.
     La luz de la tarde ya ha dejado paso a la luminosidad artificial y centelleante de la calesita. Es ésta la que parece dar sentido a la plaza. El centro sobre el que rigen sus vidas los niños y sus madres, los abuelos con las manos detrás de la espalda, los padres saludando a sus hijos, los vendedores y los cuidadores de la plaza. Todo confluye en esa música envolvente que balancea el alma de los habitantes como un vals.
     Ve a una mujer cargando a un niño con un brazo y las bolsas del almacén con el otro, aparentemente cansada pero con una expresión de inefable satisfacción. Detesto esa suficiencia, piensa Mara. Ojalá se le borrara de pronto esa sonrisa.
     Mara tararea, y se queda dormida sobre el banco. Ha sido un día cansador, el primero en su trabajo. La calesita gira sin detenerse, sin embargo esta vez hay niños. El tiempo pasa, las vueltas siguen, y ella se hunde más profundamente.
     Un niño agarra la sortija, pero se escapa de sus manos y rueda por el suelo hasta debajo de la plataforma. El chico asoma el cuerpo y estira el brazo para recogerla.
    -¡No!- grita la mujer con las bolsas, que se rompen al dejarlas caer. Otras mujeres también gritan y van hacia ella.
     El niño ha puesto su brazo bajo la rueda, entre el piso de cemento y el hierro. La fuerza de una cadena, quizá una soga atrapada en el mecanismo interno lo arrastra hacia su centro. Al corazón de la máquina que nadie más que algunos hombres de rostros engrasados conocen a fondo. Son ellos los que ahora corren, los que gritan.
     -¡Paren la máquina!
     Los padres se les unen, algunas mujeres se quedan quietas y estallan en llantos. La calesita sigue girando.
     -¡Se trabó, el cuerpo se metió entre los rieles!- dicen los mecánicos.
     La madre del niño ha escuchado.
     La calesita se estremece un poco en su estructura. Luego vence el obstáculo, se oye el crujir de la madera, de los huesos, y un grito apagado.
     La música tampoco se detiene. Es el fondo musical de la pesadilla de Mara.
     La calesita sigue girando con los niños encima. Algunos saltan, y al caer, el impulso y la inercia de los giros los hace rodar hacia el mismo hueco por el que el otro ha desaparecido. La calesita da bruscos saltos, descarrila y se incrusta en el suelo.
     Mara despierta. Pero se pregunta si ha despertado en realidad, porque todo sigue igual. La máquina inclinada y los niños yaciendo inmóviles alrededor. Las madres que corren y pasan de largo junto a ella, sin mirarla. Las madres que levantan los cuerpos y lloran.
    
   


     

EL DESPRENDIMIENTO



Marcos entró a trabajar en el banco a comienzos del año, y fue acercándose a nosotros no con timidez, sino con indiferencia. Cuando vio que éramos un grupo tranquilo y melancólico, nos acompañó más frecuentemente al bar de la esquina de Paraguay y Esmeralda. Un día decidimos invitarlo a una salida de pesca en la costa.
     Era alto, muy delgado, con el cabello canoso y bigotes como manchas de ceniza. Tenía tal vez cuarenta años o un poco menos. Nos contó que era soltero, y que había manejado un taxi por casi diez años para ganarse la vida, hasta aquel accidente con un camión que lo chocó de frente. Estuvo varios meses en el hospital, con las costillas rotas y un respirador artificial. Nos describió el estado del auto después del impacto, reducido a la mitad, contraído como una araña muerta, y él adentro, incrustado en el asiento con el volante metido en el pecho. Resultaba difícil creer en su supervivencia, aún viéndolo algo encorvado y con fuertes y frecuentes accesos de tos. Pero nunca encontré señales de tristeza en su rostro, sólo una serena, inclaudicable confianza en sus gestos, sus palabras, en ese cuerpo que parecía haber desafiado las leyes de la lógica.

     Manejaba por General Paz después de llevar a un pasajero. Estaba anocheciendo. De repente un camión bajó del puente a más de ochenta kilómetros por hora, y al entrar en el cruce de caminos dobló en la dirección contraria, justo hacia mí. El chofer agitaba los brazos y me di cuenta de que el freno ni el volante le respondían. Todo pasó en un instante. El dolor vino más tarde, al despertar en el hospital. Fue recién ahí donde sentí mis huesos rotos. Los médicos me rodeaban con caras nerviosas. Entonces levanté la cabeza y vi la sangre, las costillas salientes en mi pecho, y un enorme agujero que parecía conducir a un abismo.

     Teníamos que encontrarnos en lo de Marcos a las nueve de la noche del viernes. Cuando llegamos, estaba colocando las cañas en el portaequipajes, y vimos salir de la casa a un niño de alrededor de cinco años. Al acercarse a las luces del auto, noté que era exactamente igual a Marcos. Un parecido que me sorprendió al principio, porque me daba la sensación de estar viendo a la misma persona. El niño, sin embargo, tenía unos ojos más oscuros, de mirada temerosa. Creo que me impresionó sobre todo su apariencia delgada y pálida, casi lúgubre, quizá irreal. Le pregunté a Marcos por qué había ocultado a su hijo todo ese tiempo.
     -No me lo preguntaron- dijo riéndose. Tan simple y ofensiva fue su respuesta, que me sentí burlado, pero al mirarlo de frente tuve miedo de sus ojos.
     Se ubicó frente al volante y puso al chico en el asiento entre él y yo. Atrás estaban Nicolás y Luis, con mantas y ropa suelta sobre las rodillas, ambos habían perdido a sus hijos y no les molestó llevar al niño. Marcos quiso tomar el primer turno para conducir.

     Cuando desperté, no tenía idea del tiempo que había pasado. Estaba envuelto en vendas, dolorido, obnubilado. Me habían puesto una mascarilla de oxígeno conectada a un tubo parado al lado de la cama como un guardia de metal. Las enfermeras me pinchaban los brazos cada dos días, buscando las venas que aún tenía sanas. No podía hablar, y no me atrevía a intentarlo por temor a destruir los parches que me habían cosido en el pecho y alrededor de la boca. Siempre tuve la certidumbre de que la voz es vida, y escucharme habría sido como reconocerme vivo. Por eso no hablé. Aquel estado de semi-muerte me conformaba. Y fue entonces que vi al niño en una silla en el rincón junto a la puerta. Me dijeron que había estado ahí desde el primer día.
     -No se quiso separar de usted desde que llegó- me contó una enfermera.- No sé cómo se enteró, porque en su casa nadie contestaba el teléfono.
     Lo miré con tanta curiosidad y confusión, que sentí mi cara lastimada contraerse de dolor por las suturas. Pero no fui capaz de decirles que era un error, una equivocación lamentable.

     Llevábamos dos horas de viaje cuando el niño se pasó al asiento trasero. Las luces de la ruta y los faros de los autos nos encandilaban. Marcos conducía bien, aunque rápido en las curvas y se adelantaba con mucho riesgo. Le dije que tuviera cuidado.
     -Sos un cagón, Ricardo- me respondió, sin dejar de reírse al verme asustado.
     Cuando ya me estaba acostumbrando a su destreza, vimos que un camión a más o menos cincuenta metros entraba en nuestro carril. Los faros me enceguecieron y desvié la vista, sentí que doblábamos a la derecha y de pronto todo quedó a oscuras. Nos salimos del camino, el barro y el agua de la banquina salpicaron el parabrisas, y atravesamos el pastizal que desaparecía bajo el paso del coche. Creo haber dicho Dios mío y varias puteadas hasta que nos detuvimos. Entonces Marcos, mirando al camión que se esfumaba en la neblina, salió del auto e hizo un gesto obsceno del que no pudimos evitar reírnos durante un largo rato como locos. Era preferible eso, pensé, dejarse llevar por los nervios y no por la muerte.
     Nadie se había acordado del chico, y recién pensamos en él cuando escuchamos, entre el canto de los grillos que se habían metido al auto, un gemido. El niño estaba llorando con la cara en las rodillas y las piernas encogidas, con un temblor que no cesó sino hasta media hora después. Para ese momento, ya habíamos retomado el viaje, sin convencer a Marcos de que nos dejara conducir y lo calmara.
     -Dejá de llorar de una vez, no seás maricón- fue lo único que le dijo, y nosotros lo cuidamos el resto de la noche.
     Está mal que yo lo diga, lo sé, pero Marcos se veía feliz, como si aquel episodio hubiese sido una especie de revancha para él. Su risa extraña, casi incontrolable durante las siguientes horas del viaje, me resultó irritante. Llegamos a la ruta interbalnearia y contemplamos el reflejo del mar en el cielo recién nacido de ese sábado. Me pidió que despertara al niño por si quería orinar. Lo dijo con una expresión menos sarcástica que la de esa noche; lo que había surgido en él, parecía haberse aplacado.
     El chico aún seguía durmiendo. Con la luz de la mañana pude ver mejor su rostro delgado y la nariz enrojecida. Era un niño como cualquier otro, excepto por el hecho de no haber dicho una palabra ni sonreído en toda la noche. Sólo lloró, como si su cuerpo estuviese constituido por un irrevocable estado de ánimo.

     Venían a curarme las heridas una vez al día. Sacaban al chico del cuarto y retiraban las vendas. Un día les pedí que me dejaran ver la herida. Creo que ninguna palabra limpia salió de mi boca desde entonces. Intentaron calmarme, dijeron que era necesario enfrentar los hechos con serenidad porque no deseaban mantenerme siempre sedado.
     El volante se había incrustado en mi tórax y partido el esternón en tantos pedazos que había resultado imposible reconstruirlo. Iban a operarme para colocar una prótesis, pero yo no los escuchaba. Mi mente sólo tenía ojos para el hueco en el que una membrana roja y gris se movía con el ritmo del corazón. Volvieron a taparme y salieron del cuarto. Entonces sentí una furia que necesitaba depositar en algo o en alguien. El chico abrió la puerta y se acercó.
     -No podés perderte al fenómeno de circo-le dije, y despegué otra vez las vendas. Se puso a llorar y quiso escaparse, pero lo retuve del brazo, lo hice oler las heridas recién desinfectadas, casi bellas de tan extrañas. Cuando lo solté, no huyó. Se quedó a mi lado agarrándome de la mano, como si ya se hubiese acostumbrado, y contemplaba mi pecho con algo de nostalgia, quizá.

     La casa de Nicolás estaba en Aguas Verdes. Llegamos a las seis de la mañana y nos acostamos. A eso de las doce del mediodía comimos algo y fuimos a pasar la tarde en la playa casi desierta. El niño se mostró más confiado esa tarde, pero con Marcos siempre se comportaba tímido y miedoso. Lo raro era que muy pocas veces se separaba de él.
     Cuando el sol comenzó a ocultarse detrás de los médanos, teníamos los ojos enrojecidos por tantas horas de calor. Miré hacia el agua, Marcos se daba una zambullida. Su torso desnudo parecía una cicatriz única, la espalda estaba encorvada, cubierta por una piel blanca y lechosa que resaltaba las costillas con bordes irregulares, como huesos anómalamente soldados. En el frente, tenía una prótesis adherida o suturada no mucho tiempo antes, se notaban todavía las rugosidades de las suturas. Sentí lástima, pero también desconcierto, porque esa tarde se había quitado la camisa sin siquiera mirarnos para ver si lo observábamos. Como si su cuerpo fuese igual al de cualquiera y la deformidad estuviese sólo en nuestra mirada.
     Comenzó a llegar más gente. Leticia, la extraña loca a quien veíamos todos los años, saludó de lejos y se fue. Nos acercamos a un par de mujeres solas, hermosas pero tristemente antipáticas. Yo estaba harto de las mujeres distantes después de mi experiencia con mi novia, así que nos apartamos para preparar nuestro campamento. Algunos otros pescadores llegaron con sus redes y se instalaron lejos. El niño había estado casi toda la tarde en el agua o revolcándose en la arena. Le cambiamos los calzoncillos dos o tres veces, y la mayor parte del tiempo Marcos o Luis lo cuidaban. Nunca lo vi jugar con entusiasmo, sino con una extraña lentitud en sus movimientos. Hablaba solo, y cuando alguien intentaba acercarse se callaba. El viento arrastró algunas nubes sobre el mar al final de la tarde, tan calmo como una criatura enferma que nos estaba mirando.

     Se sentaba a mi lado con la misma expresión que siempre enterneció a las enfermeras. Cuando estábamos solos, le hacía preguntas que jamás se dignó a responder a pesar de mis muchos y vanos intentos. Verlo era como observarme en un espejo, casi como una parte de mí mismo que ahora estaba allí enfrente, contemplándome.
     -Tiene que hacer algo con su hijo- me pidió el médico.- Viene a la mañana temprano, se queda todo el día acá y se pone a llorar. ¿No tiene a alguien más que lo cuide? ¿Vive solo?
     -No, doctor, en realidad...- Intenté ensayar una explicación, saber por qué decía eso si yo veía al chico todas las noches en el mismo rincón del cuarto. Una parte de mí decía que debía deshacerme de ese niño. Pero la misma molestia que me producía verlo siempre triste, me llenaba el pecho de una extraña satisfacción.
     Durante todo ese tiempo en el hospital no me aburrí, porque Ramiro, así lo llamé cuando dijo que no tenía nombre, me entretuvo con su miedo. Por ejemplo, el temor que tenía a las manos de los médicos, a mis accesos de tos o a la idea de mi posible muerte. Entonces yo me sentía liberado y comenzaba a hablar como nunca antes lo había hecho. Dije obscenidades a las enfermeras mientras las manoseaba, e insulté a todos con los que había hecho amistad en el hospital. Ya no quisieron hablarme más que para lo estrictamente necesario, y me trataron con temeroso respeto.

     Los peces picaron esa noche, y tuve que meterme al agua fría para arrojar de nuevo los anzuelos. Los demás prepararon el fuego y una gran jarra de café. Regresé a la playa y puse los pescados en la canasta. Me abrigué con la campera de cuero. Cerca nuestro apareció una luz de linterna y vimos a las mujeres de esa misma tarde. Tenían frío, nos dijeron, y las invitamos a acercarse. Eran las once de la noche. Los seis estábamos hablando y contando chistes cuando vi a Ramiro jugar en la arena un poco más lejos del círculo de luz de la fogata. Le advertí que no se alejara demasiado. Me resultaba grotesco ver en el niño la absoluta carencia de esa parte, tan indefinible como humana, que hace de los hombres un fragmento del tiempo. En la cara de Ramiro no pude hallar ni un solo rasgo de herencia de mujer.
     Tuvimos que insistir varias veces en que no se apartara del grupo. Pero cada vez lo veía más cerca de la orilla, prácticamente indistinguible en medio de la oscuridad. Marcos iba a buscarlo y lo traía agarrándolo de un brazo, sin que los temblorosos pies del chico tocaran la arena. Ellas se reían, pero evitaban acercarse a Marcos desde que habían visto su cuerpo deforme al bañarse esa tarde. Él, sin embargo, se sentó con el niño sobre las piernas, indiferente a sus miradas.
     Después fui yo el que tuvo que buscar al chico, y traté de retenerlo hablándole de cualquier cosa. Sin contestarme, él miraba la oscuridad del mar con insistencia. Cuando era más de medianoche, Marcos se sentó a mi lado a tomar café frente al fuego, y se puso a contarme, en voz baja, la historia del accidente.

     Unos meses más tarde me operaron. Ahora soy mitad hombre y mitad muñeco. Como esos juguetes de trapo que teníamos de niños. Recuerdo haber perdido el mío un día en que me metí en el mar y la corriente me arrastró hacia lo profundo.
     Las olas me cubrieron una tras otra, sin darme tiempo a respirar. Yo me hundía, el agua me inundaba la nariz y la boca. Entonces pensé en mi vida, en que ya no vería más todo lo que amaba: mi casa, mi habitación, la cara de mi padre. El mundo estaba tan lejos que parecía un punto oscuro esfumándose en el fondo del agua. Supe que no podría desprenderme jamás de aquella opresión en el pecho. Porque a pesar del brazo salvador de mi padre al rescatarme, no dejé de sentir ese peso hasta el día en que choqué.
     Cuando me dieron el alta, tuve que llevarme a Ramiro. Cómo iba a explicarles a todos que ese niño no era mi hijo.

     Al principio la historia me pareció absurda, casi una broma de mal gusto.
     -Tenemos que cuidarlo- me dijo al terminar su relato, tan serio como nunca lo había visto.-Creo que quiere volver.
     -¿A dónde?- le pregunté.
     Fue entonces cuando me di cuenta de que Ramiro ya no estaba, y lo vi en el agua, demasiado lejos para llamarlo. Grité a los demás, mientras trataba de distinguir al chico en la oscuridad entre las olas. Marcos corrió enseguida hacia él, y lo seguí. Me costó avanzar contra la marea, las piernas se me endurecieron y por un momento dejé de sentirlas. Tuve frío y una enorme desolación al verme arrastrado por la negra masa de agua que ni siquiera podía ver, bajo ese cielo nublado y oscuro.
     Por momentos alcanzaba a verlos a ambos. Sus cabezas sobresalían de la superficie, o quizá fuese solamente la espuma de las olas. Pero luego sí pude a ver a Marcos acercarse al chico, y hasta creo que logró sostenerlo de los brazos por un instante. Después, los gestos desesperados del niño se hundieron y no volví a verlo surgir. La oscuridad se hizo completa al ocultarse otra vez la luna. No podría decir cuánto tiempo pasó. Ya me estaba dando vuelta para regresar a la playa, cuando Marcos me agarró de un brazo.
     Nadamos unos metros, sin soltarnos. Cuando hicimos pie, tuvieron que ayudarnos el resto del camino hasta la arena. Las mujeres nos esperaban, nerviosas, con las toallas. Yo temblaba de frío, pero Marcos tenía un temblor diferente. En su cara había miedo otra vez.
     Intentó taparse el cuerpo con la ropa mojada, pero cuando quise consolarlo y acercarme, vi al niño bajo la camisa abierta. Me estaba mirando desde el pecho hueco de su padre.





LA MEDIDA DEL ALMA



Creo que fue Herófilo quien dijo que el alma está contenida en algún sitio del cerebro, un área tal vez inaccesible para cualquier técnica de trepanación. Esto lo leí cuando tenía doce años en un libro de anatomía en la biblioteca de mi padre, y ya no pude olvidarlo.
     A la edad de quince, comprobé aquella hipótesis: pude ver la liberación del alma. La ruptura de los muros biológicos que la retienen y oprimen. Y todo sucedió en aquel verano, en una ruta solitaria, junto a un paraje de comidas y estación de servicio. Llegamos allí a las tres de la tarde de un sábado, en nuestro Fiat rural del sesenta y dos.
     Era un restaurante empobrecido, donde las parrillas enormes sólo se usaban los fines de semana. Mis padres y yo terminábamos de comer el asado hecho por el tipo amable del comedor.
      -¿Un cafecito, patrones?- nos ofreció su esposa, una viejita de acento norteño, muy oscura y de cabello trenzado, largo y blanco.
     Después nos fuimos a sentar bajo la sombra de un ombú centenario. Dormitamos, y al salir aún nos sentíamos somnolientos. Fue eso y el sol traicionero de la tarde. El silencio engañador de la desolada ruta. El sonido de los pájaros y del surtidor de nafta. Ruidos inocentes y de magistral y pacífica belleza.
     Luego, el motor prendiéndose, el embrague y la primera marcha.
     Sé que mi viejo llevaba todavía el aroma de la cerveza rondándole la sangre en un interminable círculo de sol y paz. Entramos al camino, y el micro, salido de ninguna parte, de una curva inexistente u olvidada, a cien o ciento veinte kilómetros por hora, ya no importa, embistió primero la trompa del auto. Después empezamos a girar y la parte trasera golpeó al micro, que comenzaba a detenerse. Seguimos girando dos o tres veces más, y casi volcamos. Caímos en la banquina, el coche hecho un bollo horrible de hierro caliente y cuero destrozado. Yo tenía vidrios entre el pelo y la ropa, y las puertas estaban pegadas a mis brazos. Escuché la voz de mamá y sentí alivio.
     Papá, pensé después.
     -Pa...pá- le dije, tartamudeando por primera vez en mi vida, a la sombra de su cabeza delante de mí, a su remera celeste manchada de sangre. La puerta se le había clavado en el vientre, y él estaba recostado sobre el volante. La cabeza, más allá del parabrisas, sobre la tapa del motor. Su cráneo hecho añicos y astillas, abierto como un libro de conocimientos varios.
     Entonces vi su alma, si eso era aquella luz, o niebla, o bruma indócil y perturbadora que salió de su cabeza mientras la sangre corría sobre la chapa del auto. Un algo impreciso e intocable que se condensaba en el aire hasta evadir el techo por las ventanillas.
     Desde ese día el alma tuvo para mí la forma y el tamaño de un auto, de una rural verde, vieja y entrañable.

     Fue Herófilo quien creyó descubrir el centro del alma en la base del cráneo, cercano a la salida de la médula. Una región cuadrangular, o romboidal más precisamente. Un lugar bañado por el líquido de la vida, los efluvios desbordantes de la excitación o la serenidad.
     A los dieciocho años la obsesión por comprobar el origen del alma me apartó de todos. De mi madre, del mundo, y me sumergió en los libros más antiguos que llegaron a mis manos. Por eso la única profesión que debía llevarme a ese sitio era la medicina, y estudié hasta ser aborrecido por los que me conocían. Porque al que habla sólo de lo esencial, nadie puede llegar a comprenderlo.
     Me quedaba hasta muy tarde en la sala de disecciones de la facultad. La luz etérea de los focos sobre la mesa de mármol dañó mis ojos de un modo irreparable. El contacto con el formol creó asperezas en mis dedos, pero su aroma funesto ya no me molestaba.
     El celador nocturno permanecía conmigo para conversar, y juntos mirábamos por los ventanales el tráfico de la calle. Aquella otra vida diferente que transcurría paralela a nuestro trato cotidiano con los muertos, con los especimenes fragmentados de seres que ahora eran únicamente eso, pedazos de anatomía humana. Luego se iba y me dejaba solo. En ocasiones me dormía sobre las mesas; el cuidador de la mañana me despertaba enojado.
     -Doctor, dejó las puertas abiertas toda la noche...- Pero yo no le contestaba.
     Llegué a disecar casi doscientos cráneos en aquellos años, conservé apenas veinticinco. No sé si aún los guardan en el museo de la facultad. Únicamente dos de ellos me interesaron, me enorgullecieron porque fueron pasos imborrables en mi acercamiento a la teoría del maestro.
     En esa región romboidal encontré un órgano muy pequeño, casi un corpúsculo de grasa. Lo abrí y estaba vacío. Hueco como si hubiese contenido líquido. Se sabe que los espacios virtuales no existen como tales, entonces me pregunté qué elemento interno mantenía su forma exterior de un diminuto globo inflado.
     En el segundo cadáver vi algo parecido, pero abierto de manera semejante a lo que sucede luego de un estallido. Las paredes del órgano eran elásticas y débiles, los bordes de la abertura estaban rotos. En ambos casos eran hombres ancianos. El primero había muerto por causas naturales, el segundo se había suicidado. Me planteé entonces la hipótesis de que solamente las muertes violentas, las almas arrancadas destrozaban los límites de su espacio.
     La lógica evolución de mis estudios me incentivó a continuar, pero nunca logré hallar el alma como aquella primera vez. Me di cuenta de que estaba en un campo de estudio erróneo, porque a los muertos el alma ya los había abandonado.

     Herófilo habló de la ubicación del alma, sin embargo fue Levi-Strauss quien nos enseñó sobre el trabajo de campo. Por eso decidí comprobar mi teoría en la calle, en la vida de los hombres que simplemente viven.
     Tenía treinta años cuando dejé mi trabajo y me puse a observar los accidentes. Busqué la terraza de un edificio bajo, desde el que pudiese ver con claridad las seis esquinas en las que se cruzaban dos calles y una diagonal peligrosas. “La esquina mortal”, la llamaban los vecinos.
     Todas las mañanas llevaba comida para el día, y a veces el portero venía a visitarme.
      -Debe ser un laburo interesante el suyo, doctor- me dijo una mañana.
     -Sí, un trabajo para el ministerio- fue lo que inventé. Todo aquel equipo instalado en la terraza, cámaras y trípodes, carpetas de apuntes, rollos de películas y un paraguas para dar sombra, debieron impresionarlo.
     Al tercer día tomó más confianza, estaba amable y le pedí si era posible dejar el equipo también durante la noche.
     -Sí doctor, Dios me valga. En este edificio de mierda es lo primero importante que nos pasa.
     Me apoyé contra la baranda y le convidé mis sandwiches.
     -¿Ja…jamón o salame?- le ofrecí, y se puso a reír.
     -Sí que viene preparado. Si me permite preguntarle, ¿por qué tartamudea?
     Me quedé mirándolo. Era la primera vez en mucho tiempo que me pasaba y no me había dado cuenta.
     -La gente me pone nerviosa. Este trabajo me gusta porque estoy solo.
     El tipo masticaba casi babeándose, después se puso medio pensativo. Al verlo allí, con su camisa de trabajo marrón y las manos sucias, tuve una sensación muy similar a la que me producían los muertos.
     -Así como me ve, vivo solo- comenzó a contarme.-Pero la gente del edificio me mantiene ocupado. Mi mujer se murió de cáncer, ¿sabe?, de pecho le dicen. Y para qué le voy a mentir, yo tenía miedo de hacer alguna locura, ¿me entiende? Agarrar la pistola y pegarme un tiro.

     A las dos semanas tuve suficiente material fotográfico para catalogar. Dos accidentes graves y quince insignificantes. Hubo un solo muerto y no vi nada de lo que esperaba. Presencié la llegada de la ambulancia, el rescate de los heridos.
     -Mire- me dijo el portero señalando la camilla de la ambulancia. Los enfermeros se habían detenido porque una mujer estaba sufriendo convulsiones, pero luego se quedó quieta abruptamente. Un médico le golpeó el tórax para reanimarla. Fueron minutos de esfuerzos inútiles. La mujer murió ante mi vista, y nada sucedió. Ni una sombra o luz que me revelara la liberación del alma. Las cámaras tampoco captaron nada.
     A la otra mañana, el portero me habló de un accidente en un paso a nivel. Habían muerto varios niños, me contó, sacando el diario enrollado bajo el brazo. Leí la noticia y vi las fotos del micro escolar destrozado y los cuerpos esparcidos alrededor, pero no pensé más que en lamentarme por no haber estado ahí.

     Dos días más tarde volví a la terraza. Mi lugar estaba limpio y pintado.
     -Sabía que iba a volver, doctor- Mientras me saludaba efusivamente, carraspeó aclarándose la garganta.- ¿Le molesta una pregunta? Me hicieron una radiografía, me sacaron sangre, y bueno...- Se rascó la cabeza, como dudando en contarme todo-...me dicen que tengo cáncer, hasta los huesos están tomados. ¿Puede ser, doc? Justo después de lo de mi mujer...
     Sus ojos y la forma de hablar se parecían mucho a los que imaginé que mi viejo tendría si hubiese llegado a esa edad.
     -Su alma...-murmuré sin pensar.
     -¿Mi alma?, se va al infierno. Sería demasiado pedir que se fuera con la buena de mi señora. Si quiere le traigo los estudios. Pero prepare sus cosas. Mire, ¿le gusta el lugarcito que le hice?
     Me instalé en el sitio ahora ordenado y prolijo cuando me dejó solo. Puse la cámara a grabar, recostándome en el piso, viendo el cielo despejado y los otros edificios con sus balcones llenos de plantas. La terraza no era grande, apenas entraban el foso de la escalera, las antenas de televisión, la salida del incinerador y las sogas para la ropa. Abajo, los autos continuaban chocando o siendo salvados por el toque impredecible de la providencia.
     Seguí pensando en el portero y su alma, y tuve el mismo desbordante entusiasmo de varios años antes. La obsesión por descubrir otra vez aquella luz al liberarse. Caminé sobre las baldosas gastadas de una baranda a otra, intentando resistirme a lo que sabía iba a terminar haciendo tarde o temprano.
     El portero subió al anochecer. Me trajo un sobre con los análisis.
     -Después los revisa- me dijo.- Primero tómese unos vasitos de esto. Lo hizo mi finada un día antes de morirse, enferma como estaba y todo...
     Era una vieja botella de Coca-Cola rellena con licor casero. Sirvió dos vasos y tomamos. Él bebía dos por cada uno de los míos. La noche se nos vino encima, fresca, rodeados por las luces de la ciudad y las bocinas de los autos. El repiquetear del tren a lo lejos llegaba como una vibración intermitente. Él estaba algo ebrio y levantó la voz, abrazándome.
     -¡Mi doctorcito!- decía. El pobre tipo debía sentirse demasiado solo, se puso a llorar. Después se abrió la camisa y me mostró el revolver.
     -¿Sabe para qué lo traje? Pensaba matarme esta misma noche si usted me confirmaba lo que dijeron los otros médicos. Pero no se preocupe, no voy a hacerlo porque hoy estoy feliz.- Se sentó sobre el muro, dando la espalda al vacío.
     Pensé entonces en mi teoría. Ésta era la única y excepcional oportunidad de corroborarla.
     Él tenía la mirada puesta en su botellita de licor, y lo empujé con movimiento rápido, pero el viejo agitó los brazos para mantener el equilibrio y logró sujetarse de mi camisa.
     Transpiraba mientras hacía esfuerzos por no caer. Olí el aroma del sudor, el mismo que había brotado de la piel de mi padre bajo el sol de la ruta. Pero la tela se rompió, y cayó con los puños aún cerrados hacia el asfalto impiadoso.
     Cinco pisos y un solo grito ahogado.
     Miré, no debía olvidar hacerlo porque ése era el objetivo de mi estudio. La investigación que me llevó toda la vida.
     Un retumbar fue lo primero que escuché.
     Luego vi la sombra, naciendo desde la vereda trizada por el peso del cuerpo hasta abarcar todas las esquinas. La vi entrar por las puertas y ventanas, por las rendijas más pequeñas del edificio. Tomó la forma exacta de la construcción, como un monstruo que crecía cada vez más alto.
     Y cuando la sombra llegó a la terraza por la fosa de la escalera, se detuvo ante mí, como si estuviese esperando algo, una respuesta quizá. Pero yo miré hacia atrás, y de pronto las luces de la calle me parecieron tan blancas, tan hermosas, que tuve que ir hacia ellas.





LA PLAYA



Era invierno. El sol entibiaba la brisa que llegaba del mar. Cristian había cumplido la mitad de su recorrido, y a esa hora, las cinco de la tarde, los chicos de la escuela eran mayoría en el colectivo. El bullicio de sus voces le daba a la tarde una acariciadora y tenue placidez.
      La costanera dejaba ver en cada equina la salida a la playa, solitaria en esa época del año. Las aguas frías únicamente eran toleradas por los pescadores y los turistas de fin de semana.
     -Hasta mañana- les dijo, y los niños bajaron.
     Pero esta vez él no arrancó. Su pie derecho seguía pisando el acelerador, sin haber hecho el cambio, y el colectivo parecía bufar como un buey. Los pasajeros comenzaron a mirar alrededor, donde sólo había arena volando con el viento, libélulas y moscas entre los arbustos.
     Cristian miraba atento hacia la playa. Sus cejas se fruncieron, y abruptamente se levantó, tan rápido como si su alma estuviese en peligro. Lo vieron bajar del vehículo, gritando:
     -¡Un ahogado!
     Todos se asomaron por las ventanillas. Cristian corrió hasta la playa. Estaba casi desierta, con excepción de un hombre que jugaba con un perro al que llamaba Max. Al llegar adonde había visto el cuerpo, no pudo hallarlo. Caminó varios metros con las manos en la frente para cubrirse del sol.
Lo había visto, estaba casi seguro. Siempre se jactaba ante sus compañeros de haber obtenido el mejor puntaje de visión en los exámenes. Por eso le había sido fácil descubrir  el cuerpo sacudido por las pequeñas olas de la orilla.
     La gente lo estaba llamando desde el colectivo.
     -¡Ya voy!- gritó.
     No sabiendo dónde buscar, decidió volver. Tal vez el mar se lo había llevado en algún instante entre su corrida desde la calle, aunque estaba seguro de no haberlo perdido de vista.
     -Me equivoqué- les dijo a los pasajeros.- Creo que era un montón de ramas secas.
     Al llegar a la terminal, entró al galpón para entregar la recaudación. Saludó y se fue caminando a casa. Eran casi las nueve de la noche. Probablemente Roxana ya se había acostado, sin olvidar dejarle antes la comida caliente en el horno. Ella se levantaba muy temprano para ir a la escuela. El nuevo puesto de maestra la tenía entusiasmada.
     Todo iba tan bien, pensaba Cristian, caminando bajo las luces de mercurio. Pateaba de vez en cuando los montoncitos de arena acumulada en las veredas de los baldíos.
     -Y ahora esto-murmuró en voz baja.
     Buscó la carta en el bolsillo del jean.
     Hacía frío, el chaleco de la empresa no le abrigaba lo suficiente, y sintió temblar sus manos al sacarlas de los bolsillos. Pero la carta lo llamaba. Era una molestia rozándole el muslo, haciéndole cosquillas. Volvió a leerla, como lo había hecho esa mañana al salir del correo.
     Fijó la vista sobre el papel blanco con logos y tipografía de máquina eléctrica, tan seria y formal, tan gubernamental, que le daba una irremediable certeza al contenido. Nada decía en concreto, al fin de cuentas, sólo postulaba conjeturas y la muy remota posibilidad de hallar a sus padres.
     Cuando llegó a casa, se puso a comer, mirando distraído la televisión. Eran casi las diez y media. Roxi debía estar dormida. Fue al cuarto y se desvistió. La carta se cayó del pantalón, y al querer levantarla, golpeó una pata de la cama con un pie. Su mujer, al despertar, lo vio con el papel en la mano.
     -¿Qué es eso?- preguntó, con los ojos medio cerrados.
     -Carta de la Comisión.
      Se metió entre las sábanas, apoyó la almohada sobre el respaldo de la cama, y comenzó a releerla como si hallase una palabra nueva cada vez, una frase que antes no estaba allí. Ella lo seguía mirando, en silencio.
     -Encontraron una fosa común en Madariaga, Roxi. Dicen que a lo mejor allí están los cuerpos de mis viejos.
     Roxana lo agarró del brazo, apretándose a él, y siguió callada. Lo conocía bien. Una sola palabra de más habría sido suficiente para destruir aquella armonía casi perfecta que él había logrado durante todo el día, y hacerlo llorar.
     -Apagá la luz-le dijo solamente.
      Cristian dejó la carta sobre la mesita del velador.
    
     Al mediodía, los empleados del banco poblaron las calles camino a los restaurantes o pizzerías. La gente, al subir al colectivo, saludaba a Cristian como a un viejo y entrañable conocido.
     -¿Qué tal el ahogado?- le preguntaron, y él decidió reírse también. Pero cuando estaban acercándose al mismo lugar y miró hacia los pinos que separaban el bosque y la playa, le pareció ver entre los troncos otro cuerpo arrojado por las olas a la arena húmeda. Sintió que se sonrojaba, que el corazón le latía más rápido, y se dijo que era una estupidez comportarse así.
     Ya estaba muy cerca de la siguiente bajada cuando vio el cuerpo con claridad. Era una mujer rubia, de cabello largo pegado a los hombros por el agua. Su cuerpo se sacudía con el vaivén de las olas que morían en la costa.
     Se detuvo sin decir nada, simulando un desperfecto. Levantó la tapa del motor y demoró algunos minutos por si los pasajeros se daban cuenta, pero ellos conversaban tranquilamente sin mirar la playa. Otro error, pensó. Subió al colectivo y continuó el recorrido.
    Esa noche, sin embargo, mientras miraba a Roxana ponerse el camisón y acostarse, recordó de pronto a la mujer de la playa. No habría sabido decir qué lo impulsó a dejar la cama en medio de la noche y salir sin dar explicaciones. Ni siquiera le hizo caso a su mujer, que lo llamó dos, tres veces, para luego darse por vencida.
     El cielo había comenzado a nublarse esa tarde, y ahora era una noche sin luna ni estrellas. La playa lucía como un páramo oscuro. Sólo tenía una linterna pequeña, con la que apenas alcanzaba a distinguir la espuma de las olas. Se sacó los zapatos, el contacto con la arena lo hacía sentirse un poco más seguro. Qué esperaba descubrir, se preguntó, y se recriminó la forma en que había dejado a Roxana.
     Tropezó con algo. Eran ropas viejas, sueltas, y se puso a revisarlas. Al lado vio una larga cabellera negra. El cuerpo de la mujer debía estar a escasos centímetros, pero después de buscar inútilmente por dos horas, la batería se había agotado y tuvo que regresar a casa.

     Al día siguiente, vio el cuerpo de un niño tendido en la arena y golpeado por las olas. Tenía la piel desgarrada, quizá por la sal y los peces.
     Cristian detuvo el colectivo, vacío, deliberadamente había ignorado a la gente en las paradas. Sabía que ese día iba a encontrar algo, y no quería obstáculos esta vez. Ya no había sol esa tarde, sólo una espesa masa de nubes cubriendo el mar gris.
     Corrió hacia la playa. Estaba a cinco metros, a un metro, luego a escasos veinte centímetros, y el cadáver del niño desapareció. Literalmente se esfumó frente a sus ojos. El resto del mundo allí seguía en pie, el mar y la arena, el cielo lluvioso, el frío, los árboles y su colectivo aún aguardándolo con el motor encendido. Entonces se puso de cuclillas y comenzó a arrojar puñados de arena hacia el agua

     -Me estoy volviendo loco- les dijo a sus amigos en el bar en que se reunían los viernes a la noche.
     Todos se rieron, y se dio cuenta de que ninguno lo había tomado en serio. Roxana entró a buscarlo, y se fueron juntos. Caminaron del brazo, y ella le entregó otra carta.
     -La tengo desde esta mañana, pero no quise que te preocuparas en el trabajo.
     Cristian la abrió, apoyado en un semáforo.
     -Otra puta citación para el tribunal.- Y la arrojó a la calle.- ¿Sabés que hoy vi a un chico ahogado en la playa? Desapareció de repente, ni siquiera alcancé a tocarlo. Me quedé llorando como un estúpido.
     Roxana lo miró asustada.
     -¿Estás seguro de que no querés ver al doctor de la obra social?- le preguntó.
     Cristian se rehusó a mirarla o a responderle.

     Lo castigaron con una semana de suspensión. Sabía que no podía permitirse arriesgar su trabajo, pero se dio cuenta que ya no le importaba demasiado.
      Se levantó tarde, y sin desayunar se fue a la playa después de ver a Roxana salir hacia la escuela.
     -¿Qué tal, Cristian?- lo saludaron los hombres que venían del muelle con baldes llenos de pescados.
     Esos peces muertos se parecían a sus visiones. Así las llamó, ilusiones de un hombre que estaba pasando por una crisis. No era tanto, pensaba, para alguien cuyos padres habían sido secuestrados y desaparecidos cuando él tenía doce años.
     Podía permitirse ese gesto, esos arrebatos algunas veces. Como cuando una noche se enfrentó a un policía a la salida de un baile, y casi se había hecho matar. Pero ahora eran visones, y a nadie lastimaban más que a él.
     La playa estaba vacía. El cielo y el agua estaban grises, confundidos en el horizonte. Algunas gaviotas planeaban sobre la superficie del mar, otras descendían a la playa y revoloteaban sobre unos bultos en la arena. Y vio que eran los cuerpos de dos hombres y una niña. El cadáver pequeño se balanceaba con las olas de la orilla, hasta que finalmente se detenía por el peso del agua en la ropa. Los tres llevaban telas antiguas, elegantes, a pesar de estar sucias y rasgadas. No se acercó a verlos mejor, temía que desaparecieran. Esperó varias horas, pero los cuerpos permanecieron allí.
     A las dos de la tarde los cadáveres de una pareja de ancianos aparecieron entre las olas. Rodaron a merced de la marea una y otra vez, hasta que se quedaron quietos.
      Las nubes continuaban su lento peregrinaje desde el sudoeste.
     Al caer la tarde, una mujer vieja se sumó al grupo. Los brazos parecían moverse, pesados por las anchas mangas de un vestido de encajes delicados y ahora rotos. Luego, quedó boca abajo, con los brazos doblados junto a la cabeza.
     Cristian no los tocó. Se dio vuelta y salió de la playa, dejando que la oscuridad los cubriera.
     En casa soportó la recriminación y el llanto de su esposa. Pero él solamente podía pensar en sus muertos abandonados sobre la arena.
    
     Dos días después, su mujer le trajo otra carta.
     -La semana que viene tenés que ir la Capital-le dijo con sequedad.- Parece que tienen los resultados de la identificación dental.
     Cristian se acercó a Roxana, y le habló al oído con una voz que logró desarmar su enojo.
     -Tengo miedo, Roxi. ¿Y si no son ellos?
     Durante toda la semana regresó a la playa. Los cadáveres del día anterior siempre desaparecían. El mar los traía al bajar la marea y se los volvía a llevar por la noche. Vio, arrojados en la arena, cuerpos de náufragos, de mujeres suicidas, de ancianos con marcas en las caras. Niños robados por el agua. Deformes.
     Cuerpos muy viejos, como si el mar estuviese contabilizando los muertos de todos los siglos, y esa playa fuese el registro final. La playa de Cristian parecía un baile de disfraces, un gran salón donde los muertos bailaban sobre la arena y la espuma.
     Y el domingo anterior al lunes en que debía viajar a Buenos Aires, los cadáveres  no desaparecieron como era su costumbre. Allí seguían en la tarde, y Cristian estaba seguro que esta vez iba a tocarlos. Si su vista, siempre tan certera, había sido engañada, no permitiría que sucediera lo mismo con su tacto.
     Los pulpejos de sus dedos eran los únicos capaces de distinguir la verdad, la más sensible arma de verosimilitud. Se fue acercando a pasos indecisos, hasta que estuvo a una distancia no mayor que el largo de sus brazos.
     Los tocó.
     Un escalofrío le recorrió la espalda al palpar las ropas mojadas, la piel helada. Apartó los cabellos de los rostros morados. Levantó los cuerpos para separarlos unos de otros, alineándolos, arreglando sus ropas, el pelo, y cubrió a los que estaban desnudos. Cerró los párpados de los que habían muerto mirando la cara del agua. La lluvia caía ahora sobre todos ellos, suavemente, considerada, piadosa.
     Cristian volvió a la casa y tomó una pala. De regreso en la playa, se apoyó en el mango y se puso a mirar el mar. Esperando como un sepulturero que aguarda su trabajo.
   



GREGORIO EL MAGO



Lorenzo creía que su arte estaba en decadencia. La obra que había escrito para aquel compositor mediocre no era digna de su talento. Pero había tenido éxito, el teatro se llenaba desde hacía semanas. Él, sin embargo, seguía soñando en los viejos tiempos, cuando estrenaba  óperas para el Emperador y su corte. Recordaba las noches en que el teatro se cubría de aplausos y de júbilo, con la música y las letras resonando en las mentes de los nobles; las fiestas en los salones del palacio imperial, donde las faldas de las damas danzaban a la luz de las velas.
     Ahora el público era vulgar, se contentaba con escenas burdas y explícitamente obscenas. Ése era el nuevo dogma del teatro, por eso Lorenzo Pintos escribía tan poco últimamente. Sólo cuando la historia a contar valía la pena, les decía a sus amigos en las noches que jugaban a los naipes, bajo las luces amarillentas de las velas y el rapé sobrevolando las narices empolvadas. Pero todos sabían que eran obras mediocres que pagaban las noches como ésa, y las mujeres.
     A sus reuniones a veces llegaba gente que Lorenzo apenas conocía, y que a la mañana siguiente ya no recordaba. Los jóvenes venían a pedirle ayuda, buscaban nombres y manos que estrechar en aquellas veladas donde los artistas excelsos se reunían. Lorenzo escuchaba sus halagos, pero luego raramente hacía algo por ellos. Se sentía viejo, y no veía muy lejos el tiempo en que sería apartado como un libro pasado de moda, para quedarse solo en su cuarto junto al fuego, esperando morir. Y todo porque no había dedicado tiempo a buscar otra cosa más que sueños, rechazando la realidad que nunca sería tan bella como los mundos que él imaginaba.
     Después de recitar fragmentos de nuevas obras, se sentaba a recibir las alabanzas en labios que disimulaban la sorna. Pero aún si hubiese tenido que verse expuesto a la miseria, el recuerdo de los viejos tiempos y aquellas palabras lo habría alimentado como la frugal cena de cualquiera de esas veladas.
     Una noche, un extraño lo llevó aparte, lejos del cuarteto de cuerdas que tocaba un scherzo.
     -No he escuchado palabras más hermosas en más de cuarenta años de teatro, maestro.
     -¿Y quién es usted?- preguntó Lorenzo.
     -Gregorio Ansaldi, maestro Pintos. Decorador y escenografista.-Y le extendió su mano.- Esta nueva obra suya me deja perplejo. Es magia pura. ¿Cómo ha planeado presentarla?
     En realidad, Lorenzo no había pensado en eso. La nueva historia lo entusiasmaba más que las últimas que había escrito, pero no se sentía seguro de haber logrado lo que buscaba: la representación de un sueño dentro del teatro mismo, que expiara las culpas de los hombres que viven apartados de la realidad. Pero aquel desconocido parecía extasiado con la historia, por el fluir de los protagonistas hacia un estado de misticismo redentor.
     -Mis personajes-explicó Lorenzo- son condenados por buscar la felicidad en falacias, en panaceas imposibles, y son redimidos recién al final de la vida, cuando ya no pueden disfrutarla
     -Sublime y triste- dijo Ansaldi.- Creo que conozco la manera de hacerlo. Sus personajes prueban todo tipo de magias, y están en un continuo estado onírico. Usted necesita que el público imagine más de lo que podemos ofrecerle. El manejo de las luces es lo mejor para eso.
     Mientras hablaba, movía sus manos grandes como abanicos desplegados. Era corpulento, de barba espesa y vestía despreocupadamente. Contrastaba mucho con la exquisita levedad de las camisas, los volados de seda de los otros invitados. Sobre todo aquella pesada capa oscura que no se quitaba de encima, parecía contener un cuerpo que de ser dejado libre, inundaría el salón.

     Desde esa noche, Lorenzo comenzó a venir a cualquier hora del día o de la noche. La delgada palidez de Pintos se acentuaba bajo la luz escasa y el efecto etéreo del rapé sobre sus movimientos. Leía una y otra vez cada fragmento, porque Gregorio necesitaba oír los tonos desgarrados y las inflexiones de su voz para imaginar lo que los personajes estaban viviendo.
     -¡Ya lo tengo!- gritaba entonces, y se ponía a hacer nuevos bocetos, varios de ellos para cada escena. Hasta que fueron cientos los dibujos esparcidos por toda la casa de Lorenzo.
     -¡Quiero más carne!- exigía Ansaldi, y la sirvienta y la cocinera de Pintos seguían complaciéndolo, resignadas a ver a su maestro gastando el dinero en aquel hombre extraño.
     Gregorio engordaba cada vez un poco más con el tiempo. Por lo menos así parecía cuando se aflojaba la capa, liberando parte de su cuerpo robusto y el olor a sudor de la ropa vieja.
Pero los dibujos eran magistrales. Su imaginación exaltada creaba escenas que Lorenzo había juzgado inconcebibles, eventos donde lo mágico armaba fantasías más hermosas o más horrendas a cada nuevo esbozo.
     -¿Pero cómo haremos para que el teatro nos financie todo esto?-se lamentaba.
     -Usted los convencerá, maestro, estoy seguro- contestaba Gregorio, mientras seguía creando imágenes.
      El viejo deseo de gloria de Lorenzo se acrecentaba, su hambre por lograr la obra más perfecta. Pero en otras ocasiones se sentía incrédulo. Se daba cuenta de la vulgaridad exasperante de las obras en cartel, de la tendencia de los empresarios teatrales por la diversión obscena y fútil. Recorriendo las calles de la ciudad, pensaba que ni en cien años podría convencerlos de financiar su obra.
     -Debe darme una muestra de su arte, Gregorio, una muestra de lo que me prometió- le rogó un día.
   
      Entonces alquilaron la sala de la Comedia por una noche. Gregorio salió tres horas antes para instalar sus aparatos. Cuando llegó Lorenzo, la sala estaba casi a oscuras y preparada para el ensayo. Le pareció extraño ver que los dibujos no habían sido pintados sobre los telones. Sólo había un cortinado extendido en el fondo, con poleas y sogas colgando descuidadamente. Había también muchas cajas de madera de diversos tamaños, con tapas que se abrían y mostraban ruedas dentadas que giraban a diferentes velocidades. Un olor peculiar llegaba del extraño mobiliario. Entonces Gregorio salió de la oscuridad tras las cajas, y pareció entender la pregunta en el rostro de Pintos.
     -Es aceite para el engranaje, lo fabrican los indígenas de Sudamérica con una planta semejante al caucho- le dijo Ansaldi. Era un aroma dulce, no desagradable, pero al acercarse lo sentía penetrar en su cabeza como pequeñas agujas punzando las membranas del olfato. Un dolor, al principio muy tenue, fue creciendo en el lado derecho de su cerebro.
     Ansaldi acercó una vela a la mecha principal de los instrumentos, y una llama se extendió a lo largo del aparato. Dos minutos más tarde, el engranaje comenzó a elevar una serie de espejos sobre diferentes paneles. La luz ya no era una sola, sino multicolor, creando al confluir sobre el telón blanco una imagen limpia y clara. Luego pasó sus dibujos, transcriptos sobre un papel transparente, por delante de las luces. Cada hoja caía de un panel a otro a una velocidad mayor a la que la vista de Lorenzo podía seguir. Los personajes allí estaban, moviéndose sin ayuda de actores, sin sus caprichos y cuerpos infectos de vanidad, sólo sus voces se escucharían después recitando el texto. Personajes en estado puro, viviendo los extraños sueños que Pintos había imaginado para ellos.
     Estaba tan asombrado, que olvidó por un momento el dolor que aún lo aquejaba.
     -¿Qué le ha parecido, maestro?- preguntó Ansaldi.
     -Divino, como si estuviera en el cielo presenciando los actos de los ángeles.-No pudo evitar llevarse luego las manos a la cabeza.- Pero este dolor me está matando.
     -Es que cuesta acostumbrarse a este aceite- le dijo Gregorio mientras desamblaba sus aparatos.
      Lorenzo se sentó en una butaca, tratando de concentrarse en la entrevista con el director del teatro al día siguiente.
      -Le daremos una muestra mañana.
     -No, maestro. Esta demostración fue para usted solamente. Nadie lo verá hasta el estreno. Me han robado tantas veces mis invenciones, que no voy a permitirlo esta vez.-El rostro de Ansaldi se ensombreció, y con la peculiar agilidad de su pesado cuerpo siguió desarmando y guardando en las cajas las diversas partes de su juguete mágico.

     A la tarde siguiente, Lorenzo salió de las oficinas del teatro pensando cómo iba a decirle a su amigo que había fracasado.
     -Su obra no nos interesa, Pintos-le había dicho el director.-Es pura fantasía imposible de representar. No sé quién le puso en la cabeza esas ideas.
     -Pero Gregorio Ansaldi tiene una máquina especial...
     -Ese hombre es un farsante, y cuídese de él. Desde que volvió de Sudamérica no ha dejado de dar problemas. Varios hombres murieron en los ensayos de sus obras. Nadie quiere contratarlo.-Y acercándose al oído de Pintos, dijo: -Dicen que mató a su mujer hace algunos años y por eso huyó.
     Pintos hizo un gesto de ofendida superioridad.
     -¡No necesito de ustedes! ¡Haremos la función en las plazas públicas!- dijo gritando desde la puerta del despacho.
     La verdad era que no sentía deseos de convertirse en un artista callejero. Pero la idea le fue agradando mientras recorría las calles hacia la casa, mirando a los niños y a las mujeres simples sentadas en los bancos de las plazas. Si logro que mi espectáculo tenga éxito, habré obtenido el favor del pueblo que hasta ahora me faltaba, se dijo.
     -Seremos un gran teatro ambulante, Gregorio- le anunció al llegar, desbordado por su pasión nueva.- Sin paredes, la grandeza de nuestra compañía será inabarcable. Tendremos al mundo rogando que lo entretengamos.- Y lo abrazó con un entusiasmo que pocas veces había mostrado antes.
     Ansaldi se apartó de él bruscamente, como protegiendo su capa y su cuerpo.
     -¿Y yo que obtengo de todo esto?-se limitó a preguntar.
     -Dinero, amigo mío, y mucha gente a tus pies. Sobre todo mi eterno agradecimiento.
      -Es curioso que lo diga, maestro. Oí de una costumbre en mi visita a los indios, que dice que una deuda jamás termina de pagarse del todo, porque entonces ya no habría sentido para esa relación.   
     Lorenzo estaba demasiado exaltado como para pensar en las extrañas ideas de aquel hombre. El tipo era así, un excéntrico. Cerrado y apático siempre, a veces impulsivo o violento.
     Al otro día comenzaron los ensayos en la plaza. Ansaldi protegió sus cajas de luces con un celoso pudor, pero decidió acompañar a Lorenzo y su grupo a repartir los carteles anunciadores de la primera función en las calles y negocios.

     La noche del estreno, Lorenzo corrió de un lado a otro dando indicaciones, subiendo escaleras y plataformas, organizando al público. Hasta último momento la gente llegaba con sus familias completas, ubicándose en los pocos lugares que quedaban vacíos. Después, las luces de apagaron, y como la luna estaba oculta por las nubes, la oscuridad se hizo casi completa.
     Una chispa estalló, y la llama del aparato mágico comenzó a arder. Las voces de los actores recitaron el preámbulo. Los espejos salieron de sus cajas y reflejaron la llama original en múltiples luces que confluyeron sobre el escenario.
     El olor del aceite se hizo más fuerte. El dolor de cabeza de Lorenzo fue creciendo otra vez, lentamente, hasta que ya no pudo seguir los diálogos de la obra.
     -¿Y la gente, ellos no lo sienten?-preguntó en voz baja al oído de Ansaldi.
     -Sus propios cuerpos son aún más nauseabundos, amigo mío- le contestó riendo.- Allá en América, los nativos dicen que los que van a morir lo sienten con más intensidad, se dejan llevar por el aroma y no luchan.
     -¡Pero ya no puedo más, no puedo aguantarlo!- Lorenzo se agarró la cabeza entre la manos.
     La obra continuaba representándose con la música que la orquesta tocaba con estridentes sonidos de bronce, imitando los agudos gritos de los personajes. Estaban sufriendo el último de sus castigos.
     La orquesta luego comenzó a tocar marcialmente. Los dibujos de Ansaldi flotaban en el aire como los demonios que atormentaban a los protagonistas de la obra.
     -Calma, maestro. Usted, que tanto ha buscado la perfección y la grandeza en su arte, que ha sufrido como sus personajes en busca de utopías y mundos de ficción, disfrute del éxito. Los tenemos en nuestras manos, los manejamos como títeres.
     Pintos lo miraba, pero no parecía escucharlo. Un zumbido ensordecedor había invadido su mente. Sólo podía observar a las mujeres llorando, a los niños del público hundidos en el llanto y la tristeza. Los hombres se levantaban de sus asientos, nerviosos, dispuestos a salvar a esos pobres seres de ficción.
     Nunca una obra suya había logrado tanta adhesión, tal compromiso de la gente. No parecía una función de teatro, sino la vida sobrenatural transportada al mundo cotidiano. Como si las personas viesen en el escenario los fantasmas que habían estado vigilando sus sueños toda la vida.
     Lorenzo sintió de pronto que algo se rompía en su cabeza. El aroma ahora atravesaba libre las membranas y las venas de su cerebro agotado. Algo se desprendía de él, quizá su vida, no estaba seguro. Un muro transparente se iba formando con lentitud a su alrededor. Se sentía aislado y flotando en el vaho incandescente del aceite nauseabundo.
     Gritó, pero nadie parecía prestarle atención. Su propio cuerpo ya no tenía peso, y estaba girando sobre el escenario. Abrió la boca para gritar, pero sus gritos fueron inaudibles. Su rostro se deformaba en un clamor de ayuda. Pudo ver su propio cuerpo aún sentado frente al escenario, agarrándose la cabeza con desesperación. Pero no era él, sino la otra parte de su alma  que exhalaba vanidad. Su mente ya no le pertenecía, era menos que papel y tinta, menos que música perdida en el viento, era sólo aire encerrado en cápsulas de gas.
     Miró a Ansaldi.
     Pero el rostro de Gregorio el mago era sólo una máscara rígida.





LOS DIRIGIBLES



Me quedé parado un largo rato mirando la flota de dirigibles. Cubrían el cielo hasta más allá de lo que la vista podía alcanzar, viajando a una velocidad muy lenta, casi imperceptible. De noche formaban columnas sin fin de luces blancas, parecidos a enormes escarabajos voladores. Y entre ellos volaban las palomas eléctricas, naves individuales entre esos inmensos conglomerados de hidrógeno y helio, cargando a la gente que huía hacia regiones seguras.
     Debajo, inundándome los pies, estaba el agua. Líquidos herrumbrosos que fluían de los desagües saturados. Ésta era la amenaza de la que huíamos, el anunciado fin de la ciudad. Diez centímetros de agua nauseabunda ocupaban las calles más altas, porque las otras ya no existían.
     Caminé hasta la esquina, chapoteando, acostumbrado a la humedad incesante. La sombra de los dirigibles ocultaba aún más el sol, que podría haber amortiguado un poco el dolor de cuerpos con reumatismo.
     Miré, desde la esquina, el final de la fila para conseguir asientos en las naves. Siempre habían sido caros, pero ahora los precios habían aumentado a una cifra inaccesible. Las peleas por conseguir boletos eran rutina de todos los días, y varias muertes interrumpían las largas filas por muchas horas, hasta que el proceso policial finalizaba.
     Mi padre había decidido hacer la fila a pesar de no tener dinero.
     -No pueden dejarnos- decía él.- Moriremos con el agua en las narices si no nos vamos, así que están obligados a llevarnos.
     Pero nunca supimos que alguien viajara gratis. La gente colmaba los aeropuertos, invadía las pistas buscando un lugar en las máquinas, y entonces los soldados aparecían con su trote rápido y las armas para reprimirlos. Las naves despegaban día y noche hacia tierras más altas. Los que se quedaban, las veían ascender con una mirada rencorosa que parecía crecer en proporción a la altura que iban tomando al elevarse.
     Papá me saludó desde su puesto, del que nadie habría podido convencerlo de salir ni por un instante.
     -Mamá te manda esto-le dije, entregándole el paquete con comida.- ¿Por qué no vas a casa por unas horas?
     -Si tomás mi lugar...
     -Ya te dije que no voy a rogarles.
     Tuve vergüenza, como siempre que me encontraba con mi padre. Vergüenza de sentirme joven y dejar que el viejo se humillase por tres pasajes. Me quedé a su lado algunos minutos, con las manos en los bolsillos mientras lo observaba masticar con lentitud. Era tan diferente a cómo lo recordaba de joven, con su cuerpo fuerte y alto, caminando siempre erguido con su paso elegante, que me gustaba comparar, o imaginar, con el de un centauro. Ahora estaba delgado, los músculos de los brazos fláccidos, y cada vez más encorvado.
     -Mamá sigue preparando las valijas.
     Pero él me miró sin decir nada. Ella hacía lo mismo todos los fines de semana, y volvía a desarmarlas dos días después. Ésta era su rutina, la tarea necesaria para salvarla de la ansiedad que nos llevaba a todos, en la ciudad inundada, a la locura o el suicidio.
     La había visto muchas veces asomada a la ventana, contemplando los dirigibles, pronunciando una palabra obscena para los que tenían la suerte de irse.
     -Si te escucharan...-le dije un día, riéndome.
     Ella me miró con dureza.
     -Andá a conseguir boletos, en lugar de estar vagando...
     Trabajo no había en ninguna parte, tampoco dinero. El papel moneda se iba con la gente en los dirigibles. Y aunque hubiese conseguido trabajo, no sé si a esa altura de las circunstancias me habría tomado el esfuerzo de esperar tantos meses el primer sueldo. El mundo conocido estaba desapareciendo bajo el agua, y qué podía haber más allá de las murallas. Sólo el cementerio de la playa, después el mar, y muy lejos las tierras de las montañas.
     Escuché que mis amigos me llamaban. Me despedí del viejo.
     -Te tenemos un negocio- me dijeron. Nos juntamos en una esquina y comenzamos a dibujar con carbones húmedos sobre una pared. Hicimos varios planes, abortados algunos y otros que nacieron para morir más tarde. Hasta que por encima del polvo de granito desprendido, apareció el proyecto definitivo.
     -Cada uno hace lo suyo, así distraemos a la policía con asaltos menores, después nos encontramos en esta esquina.
     Éramos cuatro amigos que habíamos crecido en el mismo barrio, mirando a las mismas mujeres, rodeados por los límites insobornables de la ciudad. Bajo ese cielo que, como una cárcel, nos aplastaba sobre el pavimento, y parecía querer meternos la cabeza en el agua hasta ahogarnos. El peso y la sombra de los dirigibles nos abrumaba.
     -Éste es el futuro que imaginamos- escuché decir a mi madre una vez.
     Ella era así, resignada y apocalíptica. Demasiado áspera en sus conclusiones. Y pensando en mi madre regresé a casa y fui a mi cuarto a preparar las cosas. Mamá me miraba desde la cocina. Puse el revólver sujeto al cinto, ese día no iba aburrirme caminando por las calles hasta el hartazgo.
     -Nos vemos a la noche-me despedí, sin mirarla. No me contestó, o tal vez sí. El ruido de las máquinas allá arriba era un zumbido que nos había vuelto casi sordos.

     -¿Creen que vamos a morir ahogados?- les pregunté a mis amigos al reunirnos en la plaza.
     Nos sentábamos en el muro para mirar la ciudad que se iba hundiendo de a poco, los árboles y los monumentos carcomidos por los ácidos cloacales, y las ruinas del viejo asilo asomándose como mástiles de un barco hundido. El cielo siempre oscuro nos daba la respuesta.
     -Se van, nos abandonan. Eso es lo que tu padre no quiere entender, y tu vieja sabe demasiado bien-me dijo un amigo.
     No le contesté, no le hablé del miedo que tenía al momento en que las naves se agotaran, y el único sonido perceptible fuese el rumor del agua brotando a borbotones desde la entrañas de la ciudad.
     Después nos separamos y corrí hasta el depósito de víveres. El dueño había puesto las latas en los estantes más altos, casi tocando el techo. Bolsas de harina y hormas de jamones colgaban de los ganchos. Tomé mi pistola y apunté.
    -¡No dispare!- me rogó el dueño.
    -¡La plata o te mato!
     El tipo abrió la caja con una lentitud exasperante, y se resignó a entregarme los escasos y humedecidos billetes. Luego huí corriendo, mientras escuchaba las sirenas de los patrulleros que levantaban olas sobre las aceras y las fachadas de las casas. Me encontré con los demás en la esquina. La sombra de los dirigibles seguía pasando, era fría y húmeda, y sentí un escozor en la piel mientras pensaba en el plano ya borrado sobre la pared.
     Entonces uno de mis amigos se metió entre dos muros, donde habitualmente arrojaban basura y perros  muertos. Sacó la chapa que cubría la entrada y salió un vaho nauseabundo a cadáveres. Lo vimos desaparecer por un minuto, y tapamos la abertura con nuestros cuerpos. Después salió con la carabina envuelta en su estuche de cuero. Formamos un círculo, prendimos cigarrillos uno tras otro para ocultar nuestros rostros con el humo, hicimos ruido con botellas rotas y algunos gritos que distrajeron la atención de los que pasaban. Sólo un patrullero cruzó la avenida, ese arroyo ancho que los autos transitaban como botes, pero iba directo hacia uno de los negocios asaltados.
     Mi amigo sacó el arma, dejó caer el envoltorio, arrastrado luego por la corriente. Preparó el percutor, unas balas cayeron con un chapoteo en el agua. Luego alzó la carabina y la apoyó en su hombro. El humo de los cigarrillos ocultó como una niebla el cañón del arma. Pero de pronto vi alzarse el angosto y largo cañón de la carabina con la mira circular en en el extremo, proyectándose hacia el cielo, directo a los dirigibles.
      -Yo me encargo-dije, sin pensarlo siquiera, seguro de mi puntería de ex soldado, de la sangre fría que me habían enseñado durante la instrucción militar. Los demás me miraron desconfiados.
     -Yo me encargo-repetí, pensando en mi viejo en alguna parte de esas calles, haciendo una larga fila por salvar su vida y la nuestra. Siempre sin concesiones en su honradez, orgulloso y severo como un centauro.
      Apreté el gatillo. Tal vez mis dedos tuviesen un pequeño cerebro y un alma propia que de pronto sintieron miedo. Porque nunca recordé el momento exacto de la decisión, el reflexivo pensamiento que supuse siempre debía tenerse al matar. El cielo pareció estallar de pronto, caerse como un pedazo del sol caería de ser posible. El agua de las calles se cubrió de pedazos de tela quemada, de hierros que seguían cayendo cuando por fin levanté los ojos al cielo. Dos aparatos estaban muriendo, desinflándose en llamas, oblicuamente e inclinándose cada vez más hacia la vertical, hasta tocar el suelo de la ciudad más allá de donde estábamos. Primero uno, después el otro se derrumbaron con un ruido ensordecedor que se unió a los gritos y las sirenas.
     Mi amigos me miraron, más bien nuestros ojos se cruzaron mientras me agarraban del brazo para hacerme huir. Yo estaba vivo, me dije, los míos estaban vivos también. Me escondí en una calle cortada y me agaché para lavarme las manos en el agua, la misma que ocultaba otros crímenes o simples muertes de hombres abandonados. Como mi padre, parado en la fila a muchas cuadras, rogando por un pasaje hacia el futuro.
     El agua tenía el olor de los cuerpos quemados que habían caído. La policía y los médicos asistían al desastre, que mis amigos y yo presenciábamos muy de lejos, casi sin verlo en realidad, salvo las columnas de humo, las luces rojas confundidas con las llamas, y los restos muertos de los dirigibles que yacían clavados en las calles, sobre las casas aplastadas. Los chorros de agua de los bomberos estaban casi secos, las fuentes de agua a presión habían sido descomprimidas luego de la inundación. La gente corría, vimos a varios de los pasajeros todavía vivos pasar con la ropa y la cara chamuscada.
     Pero yo tenía el dinero en mis manos para comprar boletos para mi familia. Fue lo único que pensé en ese momento. Regresé a casa y encontré a mamá asomada a la ventana, contemplando la gran semiesfera de los dos aparatos caídos.
      -¡Prepará las valijas!-le dije.- Tengo la plata, nos vamos mañana.
      No esperé respuesta. Salí corriendo en busca de papá. Lo encontré sentado en la vereda, con los párpados cerrados. La gente, que sin salir de su lugar en la fila, miraba extasiada hacia la zona del desastre, volvió la atención a nosotros y me hicieron callar.
     -Está muy cansado.Tu mamá vino hoy a molestarlo con no sé que tontería.
     No les presté atención, y lo sacudí de los hombros.
     -¡Papá, papá! Tengo el dinero-le murmuré al oído.- Tengo la plata para los boletos. Vamos...
     Lo ayudé a levantarse. No sé si comprendió, parecía dormido y con los ojos llorosos. Lo saqué de allí. Todos nos miraban.
     -Perderá el lugar...- decía la gente.
     Lo agarré de un brazo y caminamos hacia la boletería. Yo tenía la necesidad de mostrarles mi dinero y pagarles el triple o diez veces el valor del pasaje si era necesario. Pero papá se detuvo de repente y me preguntó qué sucedía. Le mostré mi billetera.
     -¿De dónde lo sacaste?
     -No importa. ¿No te das cuenta de que ya no somos perdedores? No vamos a quedarnos en esta ciudad para morir.
     -¿Pero de dónde los sacaste?- insistió.
     -¡Basta, viejo!
     -Si no querés decirme, no importa.
     Mirando por un segundo el cielo, como si quisiese comprobar que los dirigibles no habían desaparecido, volvió nuevamente a la fila. Pasó de largo su lugar, la gente lo llamaba, pero él quiso comenzar desde el último puesto una vez más.
     -No, no. Salí de mi sitio y perdí el derecho. No quiero privilegios.
     -Por Dios, papá...-Le apreté la muñeca, muy fuerte, y me miró con dolor en los ojos. Me di cuenta que mis manos temblaban, y sentí en mis dedos el calor de la carabina. Tenía las palmas negras y quemadas. Aflojé un poco, sin soltarlo, mientras lo obligaba a acompañarme.
     Caminamos lentamente a través de las calles, hundiendo las botas en el agua sucia. En el fondo, me pareció ver, por un momento, pedazos de cuerpos que se dispersaban a mi paso, mientras las pequeñas olas golpeaban las paredes de las casas. Llegamos a las murallas de la ciudad y nos sentamos sobre el borde. Desde allí podía ver mejor los esqueletos de los dirigibles muertos. Se alzaban como dos grandes edificios a medio construir, abandonados mucho tiempo antes. Y por las decenas de arroyos que ocupaban las calles, alrededor de los muros caídos, estaban los que debían haber estado ya lejos, en regiones seguras más allá del alto cielo, si no hubiese sido por mis manos.
     Mi padre se veía desconsolado, abatido por esa vejez obstinada y particular. Esa bella testarudez de las almas limpias e inmaculadas. Débil como estaba, pasó su brazo sobre mi espalda, y comenzó a hablarme del futuro.
     Me señaló el cementerio con sus cruces y lápidas bajo el agua. El mar a lo lejos, siempre creciendo hasta inundar los túneles, y que tarde o temprano también desbordaría las murallas. Me señaló el vuelo inconmovible de los dirigibles que continuaban pasando por encima de nuestras cabezas, ignorándonos. El tránsito sin fin de las antiguas máquinas.
     -¿Creés que encontrarán algo, que allá no se matarán?-me preguntó.
     Entonces lo miré. Siempre supo en lo que yo había convertido mi vida, pero esta vez en sus ojos estaban las caras de los que había visto pasar, ciegos y en silencio. Y deseé, con desesperación, como si así salvara mi alma, como si de esa forma él me rescatara del fondo del agua, que mi padre levantase su mano contra mí por primera y única vez.
     Pero se limitó a decir, con su dulce voz de anciano en su cara de piedra:
     -Tu mamá vino a verme a la fila, asustada, porque te vio llevarte el revólver de casa. Después oí las sirenas, el desastre. Y me senté a esperarte.
     Fue en ese momento cuando decidí quedarme. Abandonarme, en realidad, a la crueldad del clima y el hundimiento de la ciudad. Agarré la mano de mi padre, y me puse a llorar con la cabeza sobre sus piernas.

    
    


 EL BARBLE



La primera vez que Nicanor Espinoza vio claramente al animal, fue el día en que su mujer abandonó la casa para irse con otro hombre.
     -¡Andá al carajo!- le gritó él, después de empujarla y arrojar las valijas al patio delantero. Entonces la agarró del pelo, y la tuvo así sujeta un rato que le pareció tan largo como todos los años en que habían vivido juntos, porque en ese momento vio a la bestia entre los otros animales del corral.
     Pequeño aún, tenía la cabeza parecida a la de un conejo, las patas cortas, y un largo hocico que se movía al olfatear el estiércol del chiquero. Las orejas se balanceaban como veletas en una tormenta. El cuerpo era flaco, casi con la forma de un perro, lo mismo que la cola sin pelo. Era todo blanco, y sorprendentemente limpio en aquel desierto de polvo y  barro fundiéndose en una sola masa sobre sus tierras.
     Él, que estaba castigando a su mujer por el desparpajo con que se había atrevido a engañarlo, la soltó de una vez sobre el suelo, mientras ella lo insultaba. Una mujer engañar a Nicanor, pensó con desprecio, como si no la hubiese atendido todos esos años como a una reina. Si hasta no había olvidado traerle flores de cuando en cuando, aún después de que Gonzalo muriera.
     Después de llorar por tres meses la muerte de su hijo, una noche le regaló los primeros claveles que a ella le gustaban tanto, y se pusieron a lloriquear juntos, con los codos sobre el mantel de hule cuadriculado de azul y blanco. No recordaba haber llorado nunca antes de esa manera, excepto cuando él y sus hermanos enterraron a su padre. Pero la noche era confusa, la luna salía y se ocultaba con el paso enloquecido de nubes sumisas al capricho de la sudestada. Estaba frío afuera. La sombra del roble se mecía como una amenaza latente sobre el techo de la casa. El polvo se levantaba del camino formando una cortina opaca. La ruta, mucho más lejos, se veía desierta de luces y autos.  
    Fue esa noche que creyó ver, porque no estaba seguro de nada entre la polvareda y la oscuridad, un movimiento blanco. Un gesto de la tierra, o de la noche, que en sí mismo implicaba un color. Algo que surgió para desaparecer al instante. Pero aún sin verlo, Nicanor sabía que ese algo no era común. Si abandonar la ventana, le había dicho a su mujer:
     -¡Mirá, mirá!- Sin embargo, no podía atinar a señalar nada con certeza.
    
     Ahora,  ella estaba con las manos apoyadas sobre la tierra frente a la entrada, la espalda torcida, y mirándolo con compasión.
     -No te va a devolver a tu hijo el tratarme así.
     -Y vos no tenés vergüenza- gritó él, adelantando un pie para patearla, pero se arrepintió.
     -Yo ya no tengo marido hace más de un año, así que no me vengás a contar de culpas. Sabés muy bien lo que hiciste...
     Y estas palabras le clavaron a Nicanor un cuchillo. Pero el dolor se alivió al contemplar al animal aparecido a pleno día, tan tranquilo como si siempre hubiese estado allí. Se movía entre los demás con serenidad. Iba de un lado a otro, del corral de los cerdos a la charca de los patos o al gallinero. Ninguno parecía temerle, ni darse cuenta de su presencia.
     Se quedó observándolo, parado bajo el sol del mediodía, que daba de lleno sobre el umbral. Los camiones pasaban por la ruta, dejando su cola de polvo y gas en el aire.
     -¿Qué te pasa? Ayudame a levantarme-le dijo su mujer.
    Pero no le hizo caso, dejó que ella levantara sola su cuerpo débil. El vestido rosa que se había comprado para gustarle más a él o al otro, estaba roto en las mangas. Pero luego agarró las valijas y la ayudó a llevarlas a la ruta, silencioso, dándose vuelta para mirar el patio a cada rato.
     -No viste al animal nuevo, ¿no?
     -¿Cuál nuevo? No me digás que te trajiste otro del pueblo, porque ya no me importa.
     Sabía que ella estaba cansada de cuidar tantos animales que él y Gonzalo criaban. Nicanor había transmitido a su hijo esa misma pasión, y hasta que el chico murió, esa afinidad se había ido acrecentando con el tiempo. A veces, el chico les hablaba a los animales, y lo curioso era que ellos lo obedecían silenciosa y fielmente.
     El colectivo llegó diez  minutos después, la mujer subió con esfuerzo al estribo, y desapareció entre los pasajeros. Se llevaba una parte de la vida de Nicanor, también, aunque no el recuerdo de Gonzalo.
     Volvió a la casa. La criatura seguía allí. Esa tarde no fue a trabajar al campo. Sacó una silla al patio, preparó una mesa, y puso a calentar agua para el mate. Nada había dejado ella en el horno, pero no tenía hambre.
     El animal se movía dejando pequeñas huellas, sin inquietarle el sol fuerte de las dos de la tarde. Nicanor se levantó para acercarse. El bicho lo miró fijo por primera vez.
     Esos ojos, pensó, no son los de una bestia. Cuando estaba a menos de treinta centímetros- si lo agarro, me lo llevo al pueblo y me hago famoso, se decía- el animal saltó sobre su cara. Nicanor se llevó las manos a los ojos, asustado. Los párpados le ardieron, pero sólo tenía  algunos rasguños. La criatura se había alejado hasta la orilla de la laguna, y estaba persiguiendo serpientes en los pastizales. Nicanor la siguió. Los dientes del animal brillaban con el sol, y se dio cuenta de que eran demasiado grandes para el tamaño del cuerpo. Devoraba a las serpientes con más facilidad que cualquier ave de rapiña que él hubiese visto alguna vez. Entonces regresó al patio y se lavó las heridas en una palangana.
     Al final del día, los rasguños todavía eran dolorosos, y la cara continuaba hinchada. El animal no se detuvo más a mirarlo, y siguió con su rutinaria tarea de olfateo y reconocimiento del lugar. Al salir la luna, se ocultó en un gallinero vacío, y Nicanor se quedó dormido en una silla, en el patio, bajo las estrellas.

     -¡Nicanor, despertá, viejo!
     -Era Gonzalo…- dijo entre sueños. Cuando abrió los ojos, vio al vecino que lo venía a buscar para el trabajo.
     -Ya voy-contestó. Metió la cabeza en la pileta de agua fría, tomó unos mates tibios y se fueron juntos en la camioneta. Él había tenido un vehículo como ese antes del accidente, y mejor aún, porque era más nuevo, y hasta con una radio. Cada vez que su amigo lo pasaba a buscar, le venía a la memoria el día en que Gonzalo y él salieron para el pueblo a recoger la heladera.
     Nicanor había visto los avisos en las revistas en el consultorio del médico o en los carteles a los lados de la ruta: “Heladeras Frigidaire”, y pensaba en las ventajas de tener comida fresca y bebidas frías todo el año. Ahora que tenían electricidad en la zona, no era posible que vivieran sin una heladera. Entonces se había decidido a gastar los ahorros de casi seis meses, y el aparato ya estaba en el pueblo, esperándolos. Gonzalo saltó entusiasmado al enterarse, corriendo una y otra vez desde la puerta de casa a la camioneta. A cada salto decía:
     -¡Vamos, pá, vamos!
     Hasta su mujer, tan fiel en ese entonces, los había despedido con un beso y una sonrisa que jamás volvió a tener, como una joya irrepetible.
     La sensación de las ruedas sobre el camino de tierra era la misma que hoy. Un dejarse andar sobre nubes de polvo hacia la luminosa era de la modernidad.

     -¡Che! ¿Qué te pasa?- le preguntó su amigo.
     -La mandé a la mierda, ¿sabés? Y estoy solo.
     Pasó casi todo el día trabajando en el campo, y pensando en el animal. Con el cuerpo sudado, regresó a casa al final de la tarde. Al cruzar el patio notó que había demasiado silencio para esa hora, cuando el gallo siempre cantaba y los patos chapoteaban en la laguna. Los perros fueron los únicos que se acercaron a recibirlo, pero se veían cansados. A lo lejos, el silencio de la laguna lo angustió. Un olor a sangre llegaba del gallinero. Entonces, al entrar, vio las gallinas y los patos carcomidos o destrozados.
     La criatura seguía en un rincón del establo. Más grande y más alta. Con la boca y el  hocico cubiertos de sangre, la lengua relamiéndose el pelaje sucio. Los ojos lo miraban, y él salió, atrancando la puerta.
     Fue a la casa, agarró la escopeta y regresó en busca del animal. Buscó por todos los rincones, pero ya no estaba, había muchas ratoneras y aberturas entre las tablas de las paredes. Se resignó a desistir, esperando que se hubiese ido para siempre. Comenzó a palear y amontonar los cuerpos. El olor de la sangre había exacerbado el ánimo de los perros y caballos. Pronto iban a llegar los zorros de la región, si no los enterraba rápido, y cavó una fosa.
     A la noche, un estruendo de gritos y ladridos lo despertó. Los perros ladraban hacia el corral del chiquero. Nicanor se colocó los pantalones a prisa, y salió descalzo. Apuntó la escopeta hacia la sombra blanca en que la bestia parecía convertirse durante la noche. Pero aquella sombra le cubrió la cara, sintiendo otra vez brevemente el calor de su pelaje extraño sobre los párpados.
      El arma cayó al fango, y se arrodilló a buscarla. No era sólo barro lo que tocaba, sino fango mezclado con sangre. Los puercos que le había costado tanto criar, listos y gordos para la venta, estaban tirados con las entrañas abiertas.
     -¡Voy a matarte, hijo de puta, te lo juro!- murmuró Nicanor entre dientes.

     Dos días después, pasó por el consultorio del veterinario antes de volver a casa. Era un francés que se había instalado en el pueblo casi veinte años antes. Nadie supo nunca si estaba titulado o no. Desde la mañana que había llegado de Buenos Aires, se había puesto a curar animales, y a partir de entonces todos lo consultaban.
     -Hay una bestia, doc, que me está matando a los otros-le dijo Nicanor.
     -Me contaron…- Y puso sus manos sobre los hombros de Nicanor, como consolándolo.- Pero también sé por experiencia, que a veces nosotros, los hombres, nos enojamos mucho cuando una mujer nos abandona...
     -Nada de eso. La bestia ronda la casa, y cada vez es más grande.
     -Vamos- dijo el francés, mientras cerraba su consultorio.-Le  invito algo en el bar.
     Salieron a la calle, y el veterinario tomó de un brazo a Nicanor. En el bar, se encontraron con el joven Valverde, que sabía de animales extraños, según contaban.
     -Sabés-empezó a decir el francés- en mi país tenemos leyendas de bestias con las que asustamos a los niños. Algunos dicen que son almas errabundas, con el aspecto verdadero que todos tenemos una vez despojados del cuerpo.
     -Acá también- intervino Valverde. -Tenemos al Yaracusá, una especie de víbora con cara de lechuza, y al Curasán, un perro mitad hombre, pero ésta es una leyenda que trajeron del Brasil.
     El doctor asintió, bebió otro vaso de vino, y siguió contando.
     -Se les da muchos nombres según el pueblo. En mi ciudad lo llamábamos “le Barble”. En las vísperas del día de los muertos, salíamos en su busca, gritando: “¡Barble, Barble!”
     La voz del doctor resonó en el bar como si llegara desde kilómetros de distancia, en medio de la llanura desolada en una noche sin luna.
     -¿Y cómo es?- preguntó Valverde.
     -Tiene patas de chivo, cola y cuerpo de perro, cabeza de conejo. Pero qué importa. En lo único que todos coinciden es que los ojos son humanos...
     El francés se quedó callado. Nicanor estaba abstraído en sus propios pensamientos. Luego se despidió, oyendo que el doctor le decía:
     -Límpiese esas heridas.
    Nicanor estaba borracho, pero con una tenue, lánguida sensación de felicidad. Pensaba dormir bien esa noche en su cama caliente.  Al llegar a casa, el caballo comenzó a corcovear sin poder contenerlo. Mientras más lo sujetaba de las riendas, más intentaba correr. Tuvo que bajarse para evitar que lo tirase.
     -Acá pasa algo- se dijo.
     Fue al establo, y descubrió al otro caballo muerto y masticado por los dientes inconfundibles de la bestia. El caballo de Gonzalo, el potrillo que él le había regalado y crecido con el niño. Recordó la alegría de su hijo cuando se lo trajo, saltando de contento igual que cuando fueron en la camioneta a buscar la heladera.

     Habían dejado a su madre ya lejos, mientras recorrían el camino de tierra hacia la carretera principal. Cuando llegaron al río, vieron que el torrente estaba agitado y arrastraba montículos de barro duro y raíces enlazadas. Conocía la profundidad por haberlo cruzado cientos de veces, la mayoría siempre seco o sirviendo de lecho a un angosto hilo de agua. Sentados en la camioneta sin saber qué hacer, miraban cómo el agua sucia formaba torbellinos en los bordes.
     -¡A la mierda, vamos a cruzar!- dijo Nicanor, decidido. Sabían que tendrían que esperar tres meses más para recibir la heladera en el siguiente pedido, y el verano ya habría pasado. Se sentía demasiado feliz, demasiado hombre frente a su hijo como para asustarse por el río que lo había traicionado poniéndole aquel obstáculo.
     Arrancó, y las ruedas se metieron en el agua a toda velocidad. Mientras más rápido, mejor, pensó. Pero la camioneta se atascó a mitad de camino. El agua golpeaba la puerta, mientras el paso de las piedras resonaba bajo el chasis.
     -Yo me bajo a empujar, vos agarrá el volante y mantenelo firme-le indicó a Gonzalo.   
     El agua era más fuerte de lo que parecía. Alrededor de la camioneta se había formado un torbellino envolvente, y le resultó difícil avanzar para ubicarse detrás y empujar. Pero la camioneta no se movió. Tal vez, si hacía girar las ruedas delanteras, el barro en que estaban enterradas cedería.
     -¡Girá el volante!- gritó a su hijo.
     El vehículo empezó a desplazarse un poco, pero de pronto oyó un estruendo, un estallido opaco de chapas bajo el agua, y vio que un tronco a la deriva había golpeado la delantera de la camioneta hasta hacerla torcer en la dirección de la correntada.
    -¡Pará, frená!- Pero se daba cuenta que era absurdo que los frenos sirvieran de algo. El agua siguió golpeando el costado de la camioneta, y comenzaba a arrastrarla. Nicanor se agarró del paragolpes, pero las manos le sangraron con múltiples cortes de la chapa, y sin querer se había soltado. Lo último que vio, mientras se sujetaba a las largas raíces de los juncos, fue la cara de su hijo asomándose por la ventanilla, su mirada desgarrada clamando por auxilio.
     -Yo lo maté- murmuró en el funeral muchas veces a todo el que se acercaba a darle el pésame, hasta que esta muletilla se repitió por meses.

     Nicanor lloraba ahora, un año después, sobre el cuerpo del caballo de su hijo, que la bestia había destrozado. A la mañana siguiente, lo despertaron los gritos de su vecino.
     -¡La siembra está destruida!- le decía.
     Nicanor abrió los ojos como si hubiese despertado de una pesadilla. Antes de darse cuenta, ya estaban camino al campo. Y a medida que se acercaban, pudo ver el color gris del maíz seco, percibir el olor nauseabundo a saliva y excrementos. Los tallos estaban cortados desde la raíz.
     -Las langostas, viejo, mala suerte-le dijo el hombre.
     -No. Fue él, el animal que me está persiguiendo. Va a destruirlo todo.
     Desde entonces esparció en el pueblo la advertencia sobre la bestia, que nadie había visto, y lo creyeron loco. Las viejas chismosas comenzaron a hablar en el almacén sobre Nicanor y su delirio. Lo vieron recorrer de noche las calles, anunciando la invasión de aquel animal desconcertante. Cuando le preguntaban cómo era, la descripción de su forma extraña e inverosímil provocaba las risas de sus vecinos.
    -Pobre Nicanor- le decían, palmeándole la espalda.
     Entonces él regresaba a casa. Ya sin animales, porque todos estaban enterrados, incluso sus perros.
     El Barble, así había decidido llamarlo, era ahora del tamaño y la altura de un hombre. De noche escuchaba los pasos de sus pezuñas sobre la tierra, merodeando la casa y acechándolo.
    
     Una mañana lo despertó el crujido de la madera. El sol apenas se asomaba. Al levantarse de la cama, alcanzó a ver por la ventana la silueta de la bestia destruyendo la vegetación alrededor de la casa. Todos los arbustos y el pasto hasta la ruta habían desaparecido. El animal estaba devorando con ahínco el último árbol que daba sombra al patio, el mismo bajo el que su familia y él habían descansado, y de cuyas ramas pendía la hamaca en que Gonzalo se columpiaba todas las tardes. El árbol cayó con un estruendo sobre los restos del corral vacío. La mirada de la bestia se dirigió a Nicanor.
     Los ojos del Barble eran tan parecidos a los suyos, que creyó estar viendo algo familiar y entrañable. Un fugaz deseo de piedad lo detuvo por un instante, y luego corrió en busca del arma, la escopeta que presentía iba a serle inútil. Disparó muchas veces desde la puerta, recargó el arma otras tantas, hasta que el error y la falla sobre el objetivo le parecieron inconcebibles. El Barble esquivaba los tiros, y parecía reírse de su impotencia.
     Nicanor tiró la escopeta a un lado y agarró un hacha. Fue tras el animal, que escapaba demasiado rápido. Lo persiguió durante casi todo el día, deteniéndose a descansar cuando veía que el Barble también se detenía a beber en la laguna. Ni siquiera esperaba que alguien viniese a ayudarlo, ya pocos lo visitaban.
     Él arrojaba piedras y golpes de hacha, pero el animal se escabullía tras las nubes de polvo que levantaban sus patas. La persecución se interrumpía por momentos para que Nicanor descansara, tomara agua o remojara la cabeza en la laguna, alrededor de la cual el Barble daba vueltas, girando la cabeza de tanto en tanto hacia él, como burlándose.
      Y la noche llegó, sin que Nicanor pudiese dominarlo.
     Se metió en la casa y cerró la puerta. Se recostó en la cama después de una larga, tediosa hora de tregua y silencio. La luna parecía haber calmado al Barble. Se sacó la ropa y la colgó en la silla, tan prolijamente como no lo hacía desde que su mujer se había ido. Tomó un trago para reponer el sudor perdido, y limpiar su garganta reseca por el polvo. Al dejar la botella en la mesa, sintió un dolor en el pecho, como si el Barble lo hubiese atacado en aquel instante, aprovechándose de su descanso. Sin embargo, la casa y la noche estaban vacías. Después sintió un alivio acogedor y sereno, el sueño y la suave piel del murmullo estival entrando por las rendijas de la puerta le acariciaron la cara.
     Y de pronto despertó sobresaltado. No sabía cuánto tiempo había dormido, pero a su alrededor la casa había desaparecido, devorada o destruida por el Barble. El establo y el corral, el árbol y los montones de tierra señalando las tumbas de los animales tampoco existían. El cielo era casi blanco, y su antigua tierra estaba gris y desolada.
     Un gran páramo, un espacio de vacío inquebrantable, lo separaba de la ruta de asfalto. Desde allí, alguien lo saludaba levantando los brazos.
     -¡Gonzalo, esperame!- gritó Nicanor
     Se quiso levantar de la cama rechinante, lo único que le quedaba de su vieja vida. Pero cuando se llevó las manos a la cara, no pudo verlas.





El BOSQUE



-¡No apuntes tus flechas contra los hombres!- dijo Quirón a la Cazadora.
     -No son flechas asesinas, sino justicieras- contestó ella.- Los hombres son crueles, provocan el dolor con cada uno de sus actos.
     Dicen que así comenzó la última y más oscura etapa de su batalla. Durante siglos los hombres temieron acercarse al bosque. Detrás de algún árbol, entre la espesura verdosa o amarronada de los arbustos, escondida bajo la sombra perenne de las ramas secas, se escondía la Cazadora.
     La oscuridad imperturbable a la que el sol no penetraba a través del techo de los árboles frondosos, era su hogar. Ella entonces se convertía en sombra. Su cuerpo ágil y delgado le daba el aspecto de una gacela maliciosa, llevando sobre la espalda el arco y las flechas. Levantaba su brazo derecho como un ave delicada que se toca el lomo con las alas, y elegía una flecha para su futura víctima. Luego se iba corriendo, escabulléndose entre los gritos de los pájaros asustados por otro grito más amargo, el del llanto del hombre herido sobre el colchón de hojas muertas.
     Los más fuertes a veces se arrancaban las puntas envenenadas, pero siempre algún fragmento persistía hasta matarlos poco después. Cuando ni siquiera la pálida luz del sol era capaz de salvarlos, porque la noche llegaba con su soledad y el silencio absoluto. Algunos, sin embargo, eran rescatados por Quirón en sus cabalgatas antes de que los devorasen los animales.
     Quienes lo conocieron, han hablado de la belleza del centauro, del aspecto soberbio con que recorría el bosque en esa época temprana. Su barba rojiza se atenuaba en el cuello, y volvía a crecer sobre el torso desnudo y humano. Luego se hacía de un color más oscuro, apelmazado y liso sobre el lomo equino.
     Al encontrarse con alguna víctima de la Cazadora, la cargaba hasta su choza. Y allí le daba la vida con su medicina redentora. Quirón conocía todas las especias del bosque, el secreto escondido en cada planta de su hogar ancestral. Inundaba la boca del campesino con el líquido salvador, y cubría luego el cuerpo desgastado con el mismo fluido. Hasta que el hombre revivía, y se iba caminando al encuentro de su familia, sin recordar que había estado muerto.
     Así fue cómo los pastores, los campesinos o los hombres del pueblo no volvieron a acercarse al bosque. Mandaban a sus mujeres en busca de lo que necesitaban, porque ellas salían indemnes.
     -La Cazadora protege a las hembras- decía la gente.
     En ocasiones, los niños escapaban hacia el corazón del bosque mientras jugaban, y a ninguno habían visto regresar con vida.
     Pero uno de ellos sí lo hizo.
     La noche en que sucedió, la gente había rodeado los primeros árboles, esperando que  las enviadas volviesen con el cuerpo del niño. Los enterradores aguardaban no muy lejos, con el pequeño cajón abierto junto a ellos. Podían escucharse los llamados de las mujeres que recorrían el bosque, viejas que caminaban lentamente, jóvenes y madres con vestidos sucios, que habían dejado sus quehaceres para ir en busca del niño perdido.
     Los hombres miraban los árboles en silencio, sentados en el suelo, rompiendo ramas delgadas con sus manos para tratar de serenarse. Otros sostenían antorchas que despejaban débilmente la negrura de la noche que caía.
     -¡Hijo!- decían los gritos lejanos.
     -¡Cazadora, que el niño viva!- rogaban las ancianas en su peregrinar intranquilo entre los troncos.
     Entonces los que aguardaban vieron aparecer a un grupo de mujeres rodeando a otra que cargaba algo en sus brazos. Habían encontrado al niño, tembloroso de frío y miedo, pero vivo.
     Al día siguiente, el muchacho ya no tenía signos de pesadumbre ni temor. Se convirtió en el centro de atención de todo el pueblo. Relató su aventura de una manera distinta cada vez, más complicada y adornada de detalles. Y durante los siguientes años se instaló a la entrada del bosque, describiendo su interior escabroso a los hombres que jamás se atreverían a entrar.
     -Fui hasta allí, caminando entre los arbustos un largo rato, y de pronto una flecha me alcanzó en el pecho.- Y se señalaba la cicatriz en el centro del cuerpo.
     -Después casi no recuerdo nada más, sólo el rostro de Quirón cuando desperté. Su sonrisa salvadora, el beso que me dio en la mejilla, y el dulce sabor del líquido que me devolvió la vida.
     -¿Cómo es el Reino de la Muerte?- le preguntaban, pero él no podía recordarlo.
     Tal vez por eso un día, mucho tiempo más tarde, decidió regresar, o quizá fue el miedo perdido para siempre lo que lo impulsó a encontrar algo que lo hiciese temblar otra vez. Nada pudo detenerlo ni hubo alguien que lograse convencerlo desde aquel momento.
     El joven se creía inmortal.

     La tarde que entró nuevamente al bosque, no reconoció nada al principio. Buscaba lugares, sitios o árboles sin hallarlos. Sin saber si existían o él los había imaginado.
     La luz era escasa, la niebla ocultaba los caminos entre los troncos. El canto aislado de un ave nacía para apagarse un rato después. Escuchó el galopar inconfundible de Quirón, y el centauro se detuvo delante de él por un instante, luego desapareció con la misma rapidez.
     -¡No juegues con tu suerte!- lo oyó decir al alejarse.
     Pero el muchacho conoció el arrepentimiento demasiado tarde. Una flecha se clavó en el mismo sitio que cuando era un niño, tan exactamente igual como un peculiar recuerdo físico de lo que había sufrido. La sangre brotaba de nuevo, y supo que la vida se le iba escapando mientras cerraba los ojos.
     Al abrirlos otra vez, estaba en otro lugar, en una choza calentada por el fuego y habitada por un olor animal. Un relincho y unos pasos le llamaron la atención. La sombra larga de Quirón comenzó a cubrirlo.
     -Esta es la segunda vez. No tientes a la Cazadora, los desafíos la enfurecen.
     El joven estaba confundido. Una vaga sensación de pesadumbre lo mantenía somnoliento.
     -La primera vez me sentí feliz-dijo.- Ahora no sé, algo que no recuerdo me angustia.
     El centauro lo miró sin responderle. Fueron juntos hasta la salida del bosque, presintiendo la sombra vigilante de la Cazadora.

     Los sueños comenzaron a molestar al joven años después. Veía rostros y figuras de seres desconocidos, amigos y vecinos de su pueblo, inmóviles y recostados sobre la tierra. Él les contaba todo esto, y empezaron a temerle. Su historia había trascendido en toda la región y llegaba gente desde muy lejos para escucharlo. Pero en cuanto les decía lo único que era capaz de adivinar, se iban irritados, vociferando insultos. El joven sólo podía anunciarles el día en que iban a morir.
     Los padres lo echaron de su hogar y le prohibieron el regreso. Tuvo que irse del pueblo, alejarse a un sitio a medio camino entre el bosque y su aldea natal. El sendero que iba hasta él únicamente se atrevieron a recorrerlo los desesperados, los hombres que deseaban la muerte de sus vecinos, los vengativos.
     El hombre siguió sufriendo durante muchos años. Bajo la lluvia incesante del invierno, con el techo inclemente de un gris triste y profético, su choza se erguía solitaria como el hogar de un brujo. Todas las mañanas se asomaba a la puerta para mirar hacia el bosque, y su regreso se le hacía inevitable.
     La noche en que decidió hacerlo, caminó por el sendero de barro, hasta pasar entre los mismos árboles que la primera vez. Los troncos eran viejos, habían visto la muerte de muchos hombres que ahora, desde la corteza y las hojas, parecían estar observándolo.
     -¡Quirón!- gritó.
     No pudo ver más que la figura fugaz de la Cazadora corriendo entre las ramas. Se dio cuenta de que la había extrañado. Esta vez no sintió dolor, sólo el tacto de una flecha de nuevo clavada en el pecho, y el fluir casi insensible de la sangre. Después todo fue olvido e inconciencia.
     Cuando despertó, Quirón ya lo había cubierto con el aroma empalagoso del líquido de la vida. El hombre sabía que otra vez había traído, desde aquel sitio oscuro y desconocido en que había estado, una sensación de extremo desasosiego. Pero esta vez tomaba la forma de la ira. Se puso de pie.
     La Cazadora estaba frente a la fogata del centauro. Todo del mundo se había hundido en la oscuridad y en el silencio del bosque alrededor del fuego.
     El centauro levantó sus manos en un alto hacia ella. Pero la Cazadora había preparado su arco, y la flecha salió disparada. El hombre cayó muerto una vez más. Los semidioses se miraron con furia, deseosos quizá por destruirse mutuamente. Pero la lucha que venían sosteniendo desde hacía siglos le daba motivos a sus extensas vidas. Terminar el juego era morir.
     Entonces escucharon la voz del hombre. Aunque el hombre seguía muerto.
     -Conocerán la ira que han provocado-lo oyeron decir.
     El muerto se levantó de su lecho junto al fuego. Se fue caminando con el pecho tres veces herido y ensangrentado, tambaleándose desnudo hacia la oscuridad.
     Lo escucharon pronunciar palabras malditas.
     Desde el silencio más allá del centro del bosque, fuera de las llamas consoladoras de la choza del centauro, llegaron sonidos extraños, como quejidos guardados bajo la tierra. Vieron luces centelleantes, puntos pequeños parecidos a ojos que hubiesen esperado mucho tiempo para abrirse de nuevo. Innumerables ojos que continuaban creciendo.
     Las ramas se sacudieron con un viento fuerte que no era viento. Los pájaros nocturnos gritaron con una exhalación de espanto, porque sintieron la presencia de los otros.
     Sombras de figuras humanas. Despojos que se arrastraban entre los árboles.





LAS ANCIANAS                                            



Mi amigo César había decidido cada detalle de su funeral, y quienes lo habíamos conocido estábamos en su casa de Belgrano, a las diez de una fría mañana de mayo.
     Al llegar, atravesé el jardín y saludé al custodio que vigilaba la casa. César nunca tuvo preocupaciones de dinero. Su familia le había dejado el apellido Gonzaga como herencia de  alta y respetada burguesía porteña. Creo que él no salió de aquel barrio más que para pasar sus vacaciones en Europa. Tal vez por eso, o a pesar de ello, un leve toque de excentricidad aparecía de cuando en cuando en sus actitudes. Un gesto o una frase, pero nada más.
     Un día, sin embargo, me llamó por teléfono para decirme:
     -Me estoy muriendo.
     Así, como un comentario banal entre sus discursos sobre teatro o política, me anunció su sentencia de muerte, otorgada por una enfermedad con la que había luchado por casi tres meses, empeorando en las últimas dos semanas. Sólo permitió que lo visitara un médico de la familia de su madre, y no quiso que lo internaran.
     Pocos días antes de su muerte, me había dicho que deseaba algo grande para su velorio. Algo que la gente recordase y supiese cómo era morir a los treinta y nueve años. Más tarde lo olvidé hasta el momento en que vi al grupo de familiares y amigos, todos de riguroso negro, reunidos en el jardín de invierno con vasos de vino blanco o agua mineral en sus manos, conversando.
     En ese instante, mientras el sol brillaba sobre el tejado de la casa, noté bajo la sombra de la galería, un movimiento rápido entre mis pies, sobre las lajas grises del sendero. No le presté mucha atención, aunque me pareció descubrir a un ratón que corría hacia la escalinata de la casa y entraba por la puerta abierta.
     -¡Mario!- me saludaron cuando me acerqué.
     Nos abrazamos con gestos fútiles de un pesar resignado y sereno. Di mi pésame a la madre, una vieja inválida que había permanecido encerrada en el cuarto de arriba desde la enfermedad de su hijo. No sé si me escuchó en su desvariada conciencia. Sólo me miró cuando le di el pésame, y se puso a llorar. La enfermera que la atendía le alcanzó un pañuelo. A ella la había visto varias veces antes, pero con aquel vestido negro en lugar del delantal y la cofia almidonada, parecía más hermosa. Sus ojos me observaron con lástima.
     -La epidemia, Mario. El señor César estuvo en los barrios bajos hace un mes, usted sabe...-me dijo ella.
     No lo sabía en realidad, pero debí imaginar que algún gesto de mundana debilidad iba a surgir en él tarde o temprano.
     -Fue como si una virgen visitara un antro de perdición- le dije. Ella asintió con su mirada. Se me ocurrió en ese momento que tal vez ellos habían sido amantes.
      Dios mío... ¿es que no limpian en esta casa?, pensé al ver otra rata, o tal vez la misma, cruzar rápidamente por debajo de la silla de ruedas. Estaba por llamar a la mucama cuando el custodio anunció la llegada del cortejo.
     Entraron cinco hombres, serios y con rostros más parecidos a una piedra que la piedra misma. Nos pidieron que nos reuniéramos en la biblioteca, donde César había querido que colocaran su ataúd. El hogar estaba encendido, las ventanas cerradas, y las innumerables filas de libros nos rodeaban como amenazando caer sobre el cadáver. El escritorio estaba limpio. César lo había ordenado fría y maquinalmente la noche antes de morir. La enfermera se me acercó, y murmuró a mi oído:
     -Después quiero hablarle, no se olvide.- Y volvió a su rigidez habitual, mirando, como todos nosotros, hacia el cortejo extraño de ancianas que hacía su entrada por la puerta doble de la biblioteca.
     Las cuatro viejas, pequeñas y bajas, enjutas, de cuerpos delgados y pieles trigueñas, entraron en dos filas, formando un cuadro de perfecta armonía en sus movimientos pausados hacia el ataúd. Los pasos eran cortos y estudiados. Vestían trajes largos que les llegaban a los tobillos. Encima llevaban chales con preciosos encajes, los cabellos recogidos en un prolijo rodete. Los ojos, descubiertos, parecían pequeñas bolitas de color gris, parpadeando ligeramente. Sus rostros, la forma y estructura de aquellas fisonomías, me hicieron recordar algo familiar, pero no pude descubrir qué en ese momento.
     Me extasiaba ahora el oscuro ritual que se estaba produciendo. Era difícil pensar que afuera brillaba el sol en pleno mediodía. En aquel cuarto era de noche, y la penumbra propicia para un escenario de cementerio. Me imaginé estar dentro de una bóveda, más aún cuando ellas se acercaron al féretro, y con una fuerza sacada no sé cómo de sus brazos débiles, entre las cuatro colocaron la tapa.
     Volví a sorprenderme, al punto de acercarme para decir lo que había visto, cuando todos de pronto me miraron con ojos desaprobadores. Un ratón se metió en el ataúd antes de cerrarlo, quería avisarles. Pero cómo iba a pronunciar semejante insensatez, me dije. Me equivocaba, el whisky que había bebido anoche al enterarme de la muerte de César me estaba provocando estas visiones. En una casa tan aristocrática no podía haber ratas.
     Los hombres que acompañaban a las ancianas cargaron el féretro sobre sus hombros. Salimos de la casa, el sol nos lastimó los ojos. Las viejas se ubicaron delante del coche fúnebre, comenzando a caminar en dirección al cementerio.
     -No van a caminar todo el trayecto, ¿no?- le pregunté a la enfermera, que había decidido no separarse de mi lado durante aquellos últimos minutos.
     -Creo que sí- me contestó.
     Como eso iba para todo el día, la distancia era de varios kilómetros, subimos a los autos y las seguimos. Después de dos horas, los motores se recalentaron por la lenta velocidad a la que nos veíamos obligados a marchar. La gente nos miraba curiosa y asombrada, los chicos de las escuelas se reían. Pero las viejas continuaron caminando con sus espaldas encorvadas, las manos entrelazadas sobre el pecho, y las miradas bajas pero firmes. Tuvimos que detenernos varias veces en los semáforos, y el espectáculo de aquella caravana extraña en medio de los signos de la modernidad, resultaba patético. Así me sentí, y se lo dije a mi compañera.
     -César nos está haciendo esto para reírse de nosotros, el hijo de puta...
     Ella me miró como reprendiéndome por hablar mal de los muertos. Luego sacó de su bolsillo un recorte de diario. “Cortejos fúnebres con la calidad de los antiguos tiempos”, leí. Sólo una dirección figuraba al pie del anuncio.
     -Así que esto fue lo que atrajo a César. ¿Sabe Mónica? Mañana voy a averiguar un poco sobre estas viejas.
     Me agarró del brazo, y al sentir su calidez, la estreché contra mí. Así continuamos al ritmo lento de una carreta. El sol estaba en lo más alto del cielo. El cuerpo de César comenzaba a descomponerse dentro del ataúd, acompañado quizá por aquel ratón que había visto. En mi auto, Mónica y yo íbamos despreocupados, con la radio encendida pero las ventanillas cerradas, para que los demás no se escandalizaran.

     Dicen que la muerte, o los rituales que la rodean, suele provocar ánimos contradictorios en las personas. En mi caso, una rara alegría de estar vivo me llevó a acostarme con Mónica esa misma noche, en la casa de César, que ya se había ido para siempre. Y no sentí remordimiento.
     Al levantarme, vi el recorte del diario sobre la mesa de luz, puesto allí deliberadamente por ella, acostada desnuda a mi lado. Me vestí y la besé sin despertarla. La madre de César aún dormía en su cuarto del altillo. Encontré a la cocinera preparando el desayuno mientras escuchaba la televisión.
     -El ministro Farías dice que llevará mucho tiempo combatir las ratas- comentó mientras servía el desayuno.-Va a venir más a menudo, ¿no es cierto, señor?- preguntó después, con una sonrisa no exenta de picardía.
     Al salir a la calle, hasta el custodio me saludó con un apretón de manos, como si fuese ahora su nuevo patrón. Afuera el mundo seguía igual, fríamente indiferente, pero lo prefería, no sé por qué, al ambiente tan lleno de empalagosa pomposidad de esa casa.
     La dirección que figuraba en el anuncio era la de un negocio de vidrieras oscuras, con cuatro nombres escritos en letras doradas: “Martins, Gonçalves, Aranguren y Arriaga”.
     Abrí la puerta y una campanilla sonó quedamente. La anciana de la recepción, una de las que habían formado el cortejo, me recibió con sus “buenos días”.
     -Me gustaría informarme sobre sus servicios.- Como no me contestó, supuse que esperaba alguna referencia.- Un amigo recientemente fallecido...
     Entonces la vieja hizo una leve sonrisa, un movimiento casi imperceptible de sus labios sobre la piel apergaminada de la cara.
     -Comprendo. Siéntese, por favor.
     La señorita Martins me mostró un pequeño living detrás del mostrador de caoba, en el que figuraba el apellido del servicio para esa tarde, un tal Casas de La Plata. Sirvió dos tazas de café, y comenzó a hablar.
     -Disculpe si no puedo jactarme de mostrarle folletos, pero ésa no es nuestra filosofía de trabajo. La muerte, señor, es un problema que se resuelve conversando, sin firmas ni papeles de por medio.
     Fue así que comenzó su discurso sobre los fines humanitarios de la empresa que ella lideraba, y me convenció de contratar sus servicios para el día - ojalá muy lejano, se encargó de resaltar- en que yo muriese.
     -Hay que tener todo preparado, y el mundo nos recordará quizá más justicieramente por cómo hemos muerto que cómo vivimos.
     Su voz era tan tenue, que me adormecí por segundos sobre el mullido sofá. El aroma del café irlandés, con un leve sabor a canela y vodka, ayudó a envolverme en un estado de leve embriaguez. En el fondo del cuarto, un ruido percusivo y agudo aumentaba de a ratos. Ella miraba de vez en cuando hacia allí, observando la hora en el reloj de pared, y comenzó a acortar mi visita.
     -Espero que esté conforme con todo, señor...- Su voz, interrumpida por una tos actuada y vergonzosa, se tornó chillona, parecida al sonido que llegaba desde la puerta del fondo.
     Entonces, coincidiendo con aquel tono, el rostro de aquella mujer me recordó lo que no había podido descifrar el día que la vi por primera vez. Los ojos, la forma del cuerpo y la cara tenían la fisonomía de una rata. Se levantó para despedirme. Sus mismos cortos pasos se asemejaban al percutir tenue de patitas pequeñas sobre un piso de madera. Miré hacia el suelo, en los rincones, casi sin querer.
     -¿Perdió algo?- me preguntó.
     -Nada, es que últimamente la epidemia y las ratas en la ciudad me tienen algo paranoico.
     -Así estamos- dijo como quien lamenta el descuido actual del mundo, y me dio la mano.
     Me fui pensando, con sorna, en que detrás de aquel negocio había un laboratorio lleno de ratas de experimentación. Me dejé llevar por la imaginación, es verdad, pero la cara obtusa de aquella vieja me resultaba cómica y adecuada para la burla.
    Con Mónica nos reímos de mi visita a ese lugar.
     -Ojalá te hubiese acompañado- me dijo.

     Me mudé a la casa de César para vivir con Mónica. Tres semanas más tarde, en el estudio del abogado, recibí la noticia de que César me había legado sus propiedades. Empecé a acostumbrarme a esa forma de vida, y fue como si reemplazara a César, o que él me hubiese elegido para hacerlo. Fui feliz durante un tiempo, hasta que volví a ver a las ratas.
     La primera apareció en la cocina, durante el desayuno. La perseguí con una escoba, golpeando las cosas que se interponían en mi camino.
     -¡Basta, Mario!- gritó Mónica al ver la cocina hecha un desastre.
     -¡Voy a matar a la maldita!
     No sé por qué me exalté tanto. Me enrojecí de furia, las manos me temblaban. Dos veces más aquel día vi ratas en el jardín trasero y en la biblioteca. Especialmente aquí, los libros que fueron de mi amigo, y el aroma funesto de las flores marchitas, que Mónica había dejado desde el funeral, me hundían en un desasosiego del que me no me recuperaba hasta salir del cuarto. Por eso nunca tuve fuerzas para perseguirlas hasta allí, y comenzaron a aparecer cada vez más seguido.
     Me mantuve lejos de la biblioteca. Cerraba la puerta con llave, escuchando con inquietud el repiqueteo de las ratas sobre los estantes. Carcomían el tapiz del escritorio y el papel de las paredes, destrozaban los libros y las alfombras.
     -Voy a llamar al exterminador- le dije a Mónica una mañana.-Voy a acabar con ellas.
     Pero al día siguiente debo haberlo olvidado, porque al mediodía fui a la Municipalidad. Le pedí a un amigo informes sobre la habilitación del local de servicios fúnebres. Los papeles estaban en orden, me dijeron. El único hecho que había alterado la sociedad, era la salida de una de las mujeres ese año. La quinta societaria se llamaba Eva Larriere, y recordé que ése era el nombre de la madre de César.
     Busqué más allá en el tiempo, decidí averiguar quiénes eran ellas y sus familias. En la hemeroteca del Congreso hallé los cinco apellidos. Busqué los antepasados de cada uno, hasta ubicarme cerca de comienzos del mil ochocientos. La familia Martins se había mudado de Irlanda a un pueblo pequeño en Francia, vecino a donde vivían los Larriere.
     Aquella aldea era puritana y religiosa en extremo. Un pueblo rústico y campesino con ideas estrechas. Celebraban sus rituales y misas de la misma forma que diez siglos antes. Busqué más libros y documentos, hasta encontrar sólo referencias emparentadas más con la ficción que con la realidad histórica.
     Leí con entusiasmo, en un éxtasis del que mi ánimo no quiso deshacerse, porque era semejante al que sentía al acostarme con Mónica, un capítulo que se refería al cortejo de las ancianas. Fue como si no hubiesen transcurrido casi doscientos años. Según la descripción minuciosa y levemente fantástica de aquel autor, era igual al que yo había presenciado en el funeral de César.
     En los años de la peste bubónica, las ratas caminaban entre el gentío diezmado de las calles. Los hombres caían en las esquinas bajo el peso de la lluvia en sus pulmones. Los perros perseguían a las ratas, y morían dispersando la peste al pudrirse sus cuerpos en las cunetas y desagües.
     Un grupo de viejas comenzó a llevarse a los muertos de cada casa de la aldea, poniendo más respeto en esa tarea que los enterradores a sueldo. El pueblo las conocía de mucho antes por su comportamiento extraño. Decían que las habían visto reunirse todas las noches en el bosque para practicar ritos, rezando en dialectos desconocidos. Por eso las llamaban “brujas”, y se apartaban de su camino al cruzarse con ellas. Sin embargo, fueron, finalmente, las únicas que se atrevieron a exponerse sin miedo a la peste, y las toleraban con un temeroso y servil respeto.
     Llegaban a media mañana para recoger los cuerpos de la noche anterior. Los cargaban en la carreta, cubriéndolos con cal y tierra, y se alejaban en silencio, enfrentando el hálito fétido del viento sobre sus rostros como rocas.
    
     Volví a casa con la mente llena de imágenes del pasado. En todas las calles me parecía ver de nuevo el cortejo de ancianas en el funeral de mi amigo. Tan fascinante me resultó esa sociedad que rescataba rituales antiguos, que le conté a Mónica, cuando nos acostamos, lo que había descubierto.
     -Es una pena que la vieja no pueda hablar para contarme por qué abandonó la empresa.
     Ella se quedó mirándome.
     -No creí que fueras tan curioso- me dijo.- La gente en general es tan perezosa para pensar...
     Un minuto después vi una rata atravesando la habitación. Me levanté y la perseguí con un zapato hasta verla desaparecer bajo la cama. Traté de meterme debajo, levantando el colchón sobre el que Mónica continuaba impávida.
     -No vas a matarla nunca, ni vos ni ningún exterminador- dijo, y fue la primera vez que escuché algo horrible en su tono. La lucha contra las ratas había llegado a convertirse en un asunto obsesivo para mí; por eso, cuando presentí por primera vez en su voz que ella tenía razón, sentí deseos de llorar.
     -¡Andá a mirar la biblioteca!-le grité.-¡Nos van a matar!
     Pero una parte de mí, la aún sensata, me decía que me estaba volviendo loco. El deseo de la supervivencia me decía que luchase, pero Mónica no parecía apoyarme en nada.

     Unos días después, fui al despacho del abogado de César. Le pregunté sobre la madre y esa sociedad a la que había pertenecido en forma casi secreta.
     -Mire, Mario. Cuando César supo que estaba enfermo, la madre dejó el negocio el mismo día. Es fácil suponer que no quería saber nada con la muerte, teniendo a su hijo con una enfermedad terminal.
     Razonable, pensé. Eso lo explicaba, pero no estaba del todo convencido. Regresé a la biblioteca pública y seguí buscando. Los empleados, los porteros, la gente en la calle se aparecía a mis ojos con los rasgos de pequeñas ratitas fisgonas, y mi mal humor se acrecentaba.
     Los siguientes hallazgos fueron en libros sobre asuntos policiales de la época. Alguien había abierto un día los establos junto a la casa de las viejas. Allí encontraron cientos de ratas encerradas en jaulas, y otras libres corriendo por las paredes y los techos. El que abrió la puerta por primera vez debió ser aplastado por una avalancha de animales infectados, que se dispersaron por la ciudad. Sólo quedaron en los galpones los huesos de los cadáveres que habían recogido, desnudos y secos. Las ancianas no regresaron por largo tiempo, pero la epidemia fue cediendo lentamente. Algunos aseguraron haberlas visto pocos meses después en pueblos vecinos, cuando la peste se trasladó hacia esas zonas.
    
     -María-le pregunté a la vieja cocinera que trabajaba en la casa desde antes que naciera César.- ¿Sé acuerda cuándo empezaron a aparecer ratas aquí?
     -Usted venía muy de vez en cuando, señor, por eso no las vio, pero las hubo por lo menos desde que el señor César se enfermó.
     La gente del barrio me negó haber hallado alguna en sus casas.
     -Debió ser cuando los camioneros entraron-me dijo una de las vecinas.-Usted no estaba, pero un día un camión se estacionó en la puerta todo el día, y me pareció raro en este barrio. Pensé que eran los recolectores de residuos, pero César les abrió la puerta como si los conociera, y le dieron una bolsa negra. Me acuerdo bien porque ese día César volvió borracho escandalizando a todos con sus gritos.
     El día en que se enteró de su enfermedad, me dije.
     -¿De qué empresa era el camión?- pregunté.
     -¡Por Dios, cómo me voy a acordar! Pero sí, déjeme pensar...era un nombre portugués...de eso me acuerdo.
     -¿Gonçalvez?
     -Sí, puede ser, pero no puedo asegurarlo- contestó.
     Pensé en las viejas de la antigua historia. En sus pasos vacilantes al llevar los cuerpos a su desvencijada carreta, mientras sus cabellos blancos atados en la nuca se soltaban con el viento y el esfuerzo. Las flacas manos arrastrando los cadáveres, las mismas manos que daban de comer a las ratas al descargar los cuerpos y dejarlos caer en el interior del viejo establo. Y las puertas seguían abriéndose cada tanto, y las ratas repartiendo la peste de casa en casa.         
     -Mensajeras-murmuré. Me di cuenta de la razón de la ira de la madre de César. Sus propias compañeras habían condenado a su hijo.
     Me quedé mirando las bolsas negras junto a los árboles, frente a cada puerta. Estaba anocheciendo. La luz decrecía y el sol formaba reflejos sobre la superficie de las bolsas. Creí  ver que se movían, pero nunca tendría el valor suficiente para tocarlas.
     Mónica abrió la puerta de nuestra casa en ese momento.
     -¿Ya lo averiguaste, querido?-me dijo, asomándose. Todo su cuerpo delgado se parecía a una enorme rata que me miraba con ojos ávidos.
     -Lo sabías desde el principio…
     -Soy la sobrina-nieta de la señorita Martins, mi amor.- Y puso su mano sobre mi brazo.- Pensá en nosotros ahora, en nuestra fuerza, querido. Acordate de la biblioteca.
     Entramos. La puerta de la habitación ya no era suficiente para detener el ruido de las ratas. Miré a Mónica y asintió con la cabeza.
     -No me hagas hacerlo, por favor- le rogué. Pero vi en su rostro tanta antigüedad, las marcas del cansancio de la rutinaria tarea de entregar y recoger alientos muertos, que aparté los ojos otra vez hacia la puerta.
     Apenas la entreabrí, sentí el intenso olor nauseabundo de las ratas. Los cientos de criaturas cubrían cada sector de la biblioteca, procreándose y luchando por un espacio, unas sobre otras hasta formar montones que se desplazaban como dunas con el viento. Pero no era viento, sino el olor y la fuerza de la peste.
     Cerré de golpe, y la puerta comenzó a moverse desde adentro, empujada por la avalancha de las ratas que habían descubierto la salida.
     Miré de nuevo a Mónica, que me observaba con ansiedad, con un brillo que hasta entonces nunca había visto.  En sus ojos leí no un pedido ni un ruego, sino una orden que no concebía la desobediencia.
     Entonces volví a abrir la puerta de la habitación.






LAS TORRES



Alejandro miró los campos de pastoreo a los lados de la ruta, casi secos por el sol ardiente del verano. Sólo algunas vacas parecían obstinadas en buscar la hierba escasa. Las torres eran aún nada más que eso, estructuras brillantes y aceradas sosteniendo los cables de alta tensión. El viento corría con un hálito sofocante, caluroso.
     Pensaba en los planos de la casa, que pronto iba a estar terminada. Habían sido demasiados viajes por esas rutas de provincia, destruidas, a veces inconclusas. Al principio, cuando Mara iba con él, conversaban y la noche los detenía en algún hotel. Pero cuando ella de pronto regresó a Buenos Aires, como si estuviese enferma o hubiera descubierto que él lo estaba, se vio dueño único de aquella casa a medio construir en San Juan, alejada de todo pueblo, rodeada por el desierto e invadida de ese olor que el viento seco traía del oeste.
     La razón de la partida de Mara nunca fue clara, sólo tal vez predecible si recordaba ciertos signos. Como la manera en que ella lo había seducido en la clase de Historia Antigua a la que ambos asistían. Siendo aún una extraña, lo había llevado en poco tiempo de las charlas en los cafés a su departamento y a su cama. Era la primera mujer que así lo arrastraba de un sitio a otro, mudando sentimientos abruptamente y sin compromisos con el pasado inmediato, que a ella no le agradaba mencionar. No olvidaba tampoco su propia vida somnolienta antes de conocerla, como si los que lo rodearan hasta entonces lo hubiesen tenido sujeto al mundo circundante, oscuro y rutinario. Al encontrar a Mara, había comenzado a imaginar otras vidas más temerarias, y surgía entonces otro hombre más parecido a la vitalidad de la carne que a la infértil mente que siempre había estado alimentando.
     Pero en uno de los últimos viajes a la obra, Mara estaba nerviosa, mirando hacia el campo. Luego había cerrado la ventanilla de su lado y se puso a fumar, porque dijo que ya no aguantaba el olor nauseabundo que había en toda esa zona. Alejandro sólo alcanzaba a oler la nafta y el aroma de los neumáticos recalentados en el asfalto, por eso se rió de ella con una jactancia que no había pretendido demostrar. Esa fue la primera ocasión que Mara lo miró asombrada.
     -Rey...- dijo ella en voz alta, y en su mirada había un estremecimiento, un miedo a estar cerca suyo, como si viese en su cara algo que él no creía estar expresando. Quizá era aquel brillo retórico y despectivo de sus ojos que a veces no podía evitar. Ella lo comparó entonces con los rostros de los jefes de hordas brutales que habían azotado los desiertos asiáticos veinte siglos antes. Mara huyó al día siguiente, con esas palabras que ambos consideraron fugaces, pero que perduraron en su mente casi con un sentido de eternidad.
     Cuando llegó a la construcción, los peones ya se habían ido y la noche recién empezaba. Fue a la terraza y observó las torres a lo largo de la ruta, iluminadas, brillantes por la humedad del rocío nocturno. Desde hacía algunas semanas apenas lograba liquidar las deudas de la obra, y hasta había tenido que escribirle a Mara para agradecerle que renunciara a su parte de la inversión. Era extraño todo esto, más aún cuando recordaba el entusiasmo que ella había tenido por esa casa y su vida juntos, y se sintió convencido de que su abandono era en realidad una huida.
     Alejandro se quedó en la terraza, acostado entre el polvo y las baldosas a medio colocar.


     El sábado al mediodía, el calor se levantaba del asfalto y parecía hacer que las torres languidecieran. Sin embargo, ellas resistían. Un aroma rancio inundaba la zona. Supuso que había animales muertos en las banquinas profundas. Se detuvo en la hostería en la que acostumbraba almorzar antes de seguir camino. Le preguntó al mozo de dónde llegaba ese olor. El muchacho dudó antes de contestar.
     -El perro del patrón se cayó al viejo aljibe, hace tres noches. Los chicos le tiran piedras para taparlo.
    Un niño apareció corriendo y se acercó al joven. Cuando ambos se alejaron de la mesa, Alejandro vio que el muchacho manoseaba al chico junto al mostrador. No dijo nada, sólo se dedicó a observar con más atención desde entonces.
     El olor continuó durante toda la tarde y a kilómetros de aquel lugar. Entonces recordó que Mara una vez le había hablado de ese mismo olor, como si hubiese tenido la capacidad de adelantarse a los hechos y huir.
    Aún después de llegar a la casa podía sentirlo, y los techos inconclusos, así como daban paso a la oscuridad naciente del cielo, eran incapaces de detener el olor. Recostado en la terraza, calculaba que al terminar los cielorrasos, la casa estaría lista para ser habitada. Sin Mara, era verdad, pero ya no la extrañaba demasiado. Se había acostumbrado a la sensación de tranquila soledad de la misma manera en que ahora se habituaba al vaho nauseabundo y creciente.

     Una semana después, ya casi no lo fastidiaba, cansado además de que otras personas negaran sentirlo cuando les preguntaba de dónde provenía. Por eso el sábado siguiente abrió las ventanillas del auto y las mantuvo así todo el camino. En la hostería, el muchacho de siempre lo recibió vestido con sus habituales botas y pantalones de campo.
     Alejandro quiso comer afuera, a la sombra del alero, donde podía percibir el aroma sin que se mezclara con los olores de la cocina. Necesitaba pensar por qué le resultaba tan familiar.
     -¿Y el perro muerto?- preguntó.
     -Ahí sigue en el pozo. El olor todavía va a durar unos cuantos días. ¿No quiere sentarse en el comedor?
     -No, acá estoy bien-dijo.
     Cuando el chico se había alejado, Alejandro se acercó al aljibe. Las moscas salían y entraban por la abertura. Con un pañuelo se secó el sudor de la nuca y la barba crecida. Miró hacia el fondo, pero no vio más que oscuridad.
     Llegó a la casa más temprano de lo habitual, y dejando el auto en la cochera, buscó los planos. Se puso a recorrer los cuartos, insultando a los obreros, con una voz algo diferente, con el tono de siempre pero gastada y ronca, por los errores que habían cometido. Dos horas después, los hombres se fueron protestando por haber recibido la mitad de su sueldo semanal. Cuando estuvo solo, escuchando las últimas protestas desde la parada del micro nocturno en la ruta, Alejandro dejó los papeles a un lado y les hizo un gesto obsceno a la distancia.
     Ahora más tranquilo, miró la casa desde el exterior. Harían falta otras dos o tres semanas, sin embargo estaba conforme, y pensó en las palabras de Mara antes de irse. Ya no resultaba extraño imaginar ese sitio como un reino, y a la casa como una fortaleza. Era una idea peculiar, dolorosa en cierto modo, pero también consoladora, porque al estar solo, únicamente sintiéndose como un rey, un ser autónomo y poderoso, podría sobrevivir.

     Al otro sábado, mientras manejaba, una picazón en la cabeza le molestó durante todo el viaje. Era la sensación de que algo se posaba en su cabello, e intentó espantarlo como a un insecto. En la hostería, el muchacho sacó la mesa al verlo llegar, saludándolo con un respeto que se asemejaba mucho al miedo. El muchacho sudaba al hablarle, y dirigía la mirada permanentemente hacia el aljibe.
     -¿Cuánto ganás?- preguntó Alejandro.
     -Lo suficiente, señor.
     -¿Te gustaría trabajar para mí como ayudante?
     -Sí, señor. Cuando mande.
     Alejandro empezó a comer la pata de cordero que había pedido apenas cocida.
     Llegó a la obra con las manos y la barba aún sucias con grasa. Volvió a gritar a  los obreros que quedaban, con esa voz ya definitivamente seca, con la mirada furiosa y triste a la vez. Su aliento tenía a olor carne fermentada, y de su boca salía un resoplido como un viento moribundo. Después se dio un baño para quitarse el sudor, pero la molestia en su cabeza continuaba.
     Salió a la terraza en ese sábado de verano. Habían pasado algunos meses desde la ida de Mara. Se sentía excitado y la extrañaba, recordando cuántas veces fue ella quien había tendido que convencerlo para que se acostaran juntos, mientras le relataba historias asombrosas de héroes legendarios.
     Y mientras pensaba en esto, Alejandro descubrió la transformación de la torre, la más cercana a la casa. Siempre estaban iluminadas durante la noche, pero al final de esta tarde, cuando las demás habían encendido sus luces y recortaban su figura en el cielo pálido, la primera torre permaneció a oscuras, y ya no era igual.
     Parecía un cáliz, una copa de tallo ancho con un recipiente nacido en el extremo, como aquellas vasijas de madera de veinte o treinta siglos atrás. Algunos camiones pasaban, pero no se detenían o siquiera disminuían la marcha para mirar. Fue a buscar los binoculares. Apoyó un pie en la baranda. Al ubicar la torre, alzó las cejas con sorpresa, porque vio que ya no sostenía los cables de electricidad. Ahora era de barro y troncos, pero tan alta como las demás. La observó durante toda la noche, parado en la terraza, con los binoculares como una extensión casi infinita de sus ojos.

     Al amanecer, saliendo de la casa entre los montones de arena, cal y ladrillos, caminó hacia la ruta. La mañana estaba deshabitada, con la carretera como una franja de asfalto inútil en el desierto. Mientras se acercaba, notó que no sólo una torre se había transformado en esa especie de copa gigante, sino también las otras. Eran exactamente iguales en forma y altura, pero diferentes en la construcción, la posición de los troncos y los dibujos del barro seco en la superficie. Daba la sensación de que los constructores habían estado allí pocos minutos antes, necesitando solamente de las horas de la noche para reemplazar las viejas por las nuevas. Pero contra esta idea, las torres se empecinaban en sugerir una vejez de siglos. Palpó la aspereza del barro resquebrajado y la madera petrificada.
     El olor había regresado. La fetidez venía del extremo de las torres. Era aquella la razón de que durante todo el camino lo sintiera, aún cuando antes tuviesen otra forma. Tal vez fuese esto lo que Mara había visto el día en que discutieron, cuando observaba hacia el campo con temor.
     Volvió a la casa, mirando los dos o tres kilómetros de torres que se destacaban a lo largo de la ruta bajo la luminosidad estridente del sol. El cielo seguía limpio y el polvo del camino comenzaba a levantarse. No tuvo deseos de regresar a la ciudad, los altos edificios y las calles lo asfixiaban. El auto permaneció en la cochera para ser olvidado.
     En la tarde, contempló la extensión del desierto, e imaginó someterlo a su voluntad. Si las torres se habían transformado a su llegada, si le dieron la bienvenida de esa manera, era obvio que la tierra tenía que ser suya. Este pensamiento parecía estar formado con la misma sustancia de la carne, y querer escaparse con dolor de su cabeza para instalarse en el mundo.

     El lunes controló a los peones todo el día. Los insultaba al verlos cometer el más pequeño error, y dos de los hombres se fueron con amenazas de volver para matarlo. Los demás aceptaron seguir si les aumentaba el sueldo.
     Estaba cansado y decidió pedir ayuda al muchacho de la hostería. El martes a la mañana fue hasta allí muy temprano. Lo encontró adormecido, más delgado y débil, pero sólo era necesario mirar sus ojos para reconocer  esa oscuridad que había descubierto cuando hablaba del aljibe y del perro muerto.
     -Te vengo a buscar para el trabajo.
     -Pero...
     -Vestite y vamos, si no querés que le diga a tu patrón lo que le hacés a su hijo.
     El chico lo miró como quien implora a un dios, y dijo que su nombre era José.
     -¿Y su auto, señor?-preguntó.
     -Desde ahora no habrá autos. Quiero que esta noche vengas a buscar dos caballos.
     Alejandro iba a encender un cigarrillo pero lo arrojó al suelo. Su rostro se veía más grueso, los músculos del cuello se habían endurecido. Estaba bronceado con un tinte cobrizo, y la ropa había comenzado a rasgarse por el trabajo en la construcción.
     José se convirtió en su ayudante personal. Fue además el conciliador entre Alejandro y el furor de los obreros. El miércoles perdieron a otros dos hombres. El polvo que levantaban los autos ocultaba sus figuras al caminar por la banquina. Alejandro no escuchaba los motores, se quedó mirándolos, con las manos en la cintura y desafiándolos con la mirada. Bajo el perfil de las torres y el aroma a muerte en su nariz, ellos eran la presa perfecta. Los habitantes que serían dominados o exterminados.
     Después se dio vuelta y levantó la vista hacia la casa. Miró una vez más los planos. El arquitecto había diseñado un estilo colonial americano, pero allí se levantaba el castillo para refutarlo. Aunque los obreros se hubiesen empecinado en no entender las órdenes e insistieran en que la casa no era lo que Alejandro les decía que iba a ser, la fortaleza finalmente estaba terminada. Tenía contornos cuadrados, con paredes altas y cuatro torres en los extremos. Vio a José que caminaba confundido alrededor de la obra, y supo que también veía el castillo.
     -Pero todavía no veo las torres, señor-le dijo, preocupado. Alejandro apoyó sus manos sobre los hombros del muchacho, consolándolo. Él también aún veía restos del otro mundo, pero pronto iban a desaparecer. Lo sabía porque el dolor en su cabeza continuaba. Construir un reino producía esfuerzos a su mente, a los brazos y piernas de su mente, capaces también de sudar.

     En la noche del viernes, los últimos cinco obreros fueron obligados a quedarse hasta tarde, recibiendo órdenes confusas de dos hombres que parecían locos. Se limitaron a obedecer, pero antes de irse los amenazaron. Esa noche Alejandro se quedó despierto haciendo guardia, mientras José dormía.
     Mirando hacia el desierto oscuro desde la terraza, junto a una fogata, le resultaba curioso pensar que todo había sucedido en un verano. El sol con su excesiva intensidad, el desierto que había levantado más polvo que otros años. Añoraba esas noches con Mara, cuando una parte de él había comenzado a despertar, una a la que no le importaba la discreción ni el intelecto. Le era inevitable extrañar la manera en que ella hacía el amor y luego se acostaba a su lado hablando de la historia y de sus líderes. Admiraba a aquellos hombres antiguos sobre cuya vida leía incansablemente. Le hablaba de los conquistadores asiáticos, y él los imaginaba cabalgar por distancias tan enormes que jamás recorrerían otra vez en el tiempo de sus vidas. Todo por la insobornable necesidad de la conquista, el imperioso fin que justificaba su venida al mundo.
     Podría haber sido mi reina, pensó Alejandro.
     A la medianoche, los peones llegaron. José se levantó para preparar la trampa. En los planos no figuraba, y tampoco los hombres recordaban haberlo construido, pero el foso allí estaba, rodeando el castillo. Los hombres caminaron en la oscuridad guiados por el fuego de la chimenea, seguro de que iban hacia la sala donde Alejandro dormía. Pero cayeron en el foso y sobre las estacas clavadas en el fondo. Sus gritos se escucharon como un eco en medio del desierto. Sus gemidos persistieron confundidos con el aullido de los perros lejanos.
     Cuando José se acercó al borde con la antorcha, cayó de rodillas, y las llamas se agitaron. Miró hacia el camino. Luego se acercó a Alejandro y le besó los pies.
     Él también podía ver ahora, le dijo, las torres de madera y barro.

     Cargaron los cadáveres al amanecer. José trepó a las torres. Ataron a los muertos y los subieron con sogas hasta depositarlos en los cálices de barro. El sol se veía diferente, como si hubiese rejuvenecido veinte siglos. Se alejaron de las torres silenciosas, mirando hacia la cima. Los cuervos habían comenzado a llegar, posándose uno después del otro en los bordes de las torres. Luego oyeron el crepitar del tejido muerto entre los picos, el sonido de los huesos al quebrarse, y el sordo burbujeo de la sangre bajo el sol ardiente.                                                                                                                     
      La memoria de Alejandro tuvo breves recuerdos extraños de una ruta, de una hostería que ya no era posible hallar, y ni siquiera estaba seguro de que estos nombres significaran algo. Sólo podía ver, a lo lejos, más allá de la sabana de polvo y arena, la pálida franja de un ancho río, de donde llegaba el bullicio de un pueblo lavando sus ropas en las orillas.

   





Castelar, diciembre 1995- diciembre 2004



(ISBN 978-987-23656-0-8)                                                                                                        
    












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