viernes, 7 de octubre de 2016

LOS CASAS



PALABRAS LIMINARES

El buen lector lee por la razón más plausible, antigua y justificada: disfrutar de lo que lee, dijo en cierta ocasión Jaime Rest. Quien se entrega a ese disfrute suele ser un lector sensible e inteligente a la vez. Un lector exigente, sin duda, que al abrir un libro de narraciones abriga el íntimo deseo de encontrarse, primero, con historias que merezcan ser contadas; y segundo, construidas del modo que mejor convenga a dichas historias. El escritor de ficciones debe, por lo tanto, responder a esta doble exigencia. Si es que quiere aspirar a lectores inteligentes y sensibles, claro.
     Este conjunto de relatos de Ricardo Curci delata esta aspiración.
     En ellos se combinan la buena tradición narrativa y una voz personal, con acentos propios. Las sucesivas historias nos introducen en un mundo extraño, habitado por personajes singulares cuyos propósitos frecuentemente asedian la desmesura, moviéndose en una atmósfera densa, casi siempre alucinatoria. Dije “un mundo”, dije “una atmósfera”, porque si bien los relatos son varios constituyen en realidad una saga, anticipada desde el título del volumen. Los ambientes se reiteran, reaparecen los personajes, aunque con las inevitables modificaciones que el paso del tiempo conlleva. Lo que no se modifica, lo que perdura en el cambio y le otorga unidad al conjunto, es ese rasgo sobresaliente de anormalidad que denotan los personajes centrales, protagónicos. Esta anormalidad se manifiesta a través de proyectos delirantes, en algunos casos sórdidos o siniestros, llevados a cabo contra toda cordura, toda lógica, toda moral, incluso afrontando el riesgo de perder la propia vida o sacrificar la de algún inocente en el afán por consumarlos. Desde esta perspectiva, nos encontramos ante una sorprendente colección de conductas donde parece subyacer el intento desmedido de equiparar la voluntad humana con algún poder sobrenatural, sea de origen divino o diabólico. Intento desde luego condenado a fracasar una y otra vez, con funestas e irreparables consecuencias, que paradojalmente ponen de manifiesto la pequeñez del hombre, lo irrisorio de su desmesura. Este componente hace que un cierto viento trágico corra por entre los resquicios y vericuetos de este mundo construido con mano solvente a partir de cada una de las historias que lo plasman.
     Veamos algunos de esos proyectos delirantes: Walter, un arquitecto, quiere construir una casa como una catedral, y le dice a su mujer: “Soy un dios, Griselda, soy el dios de este barrio”. Gustavo Valverde, en un rudimentario laboratorio junto a un río, cruza animales del agua buscando un ser superior. Ya de chico, tenía fama de brujo en su pueblo. El almacenero Costa intenta preservar el fantasma de su hijo muerto. Los gemelos Benítez intercambian identidades para cumplir un propósito siniestro. El mismo Valverde, devenido farmacéutico, colecciona fetos en frascos de formol y pretende detener los efectos de la muerte.
     En otros casos las propósitos de los personajes se rebajan a intentos menos desmesurados pero no por eso menos sórdidos o inquietantes: varios amigos urden un artero plan para humillar a una mujer que les es esquiva. Un viejo político, decadente y turbio, opera maquinaciones y engaños para mantener su posición. Dos hermanos mellizos dirimen la enfermiza competencia que los enfrenta desde el mismo vientre materno mediante el hijo de uno de ellos.
     Hay relatos, además, donde la anormalidad se traslada a las relaciones que establecen ciertos personajes con objetos o animales, relaciones marcadas por la huella de lo siniestro o diabólico.
     Creo suficiente este rápido y parcial recorrido para destacar el vuelo imaginativo puesto en juego por el autor. Con respecto al modo de narrar, también en este plano Curci despliega variados recursos. Alterna, por ejemplo, un narrador externo, en tercera persona, con voces interiores provenientes de personajes protagonistas o testigos, tanto en singular como en plural (en este caso, el “nosotros” articula una voz anónima y grupal). Esta variedad de los puntos de vista narrativos enriquece con matices pero no rompe el clima de unidad que anuda estos relatos.
     Según Borges, el prólogo linda, en la triste mayoría de los casos, con la oratoria de sobremesa y resulta una forma subalterna del brindis. Yo me voy a atrever a contradecir al gran maestro, yo quisiera en este prólogo brindar por el éxito del libro que antecede; pienso que reúne las condiciones indispensables para merecerlo. Cuando digo éxito, me refiero a dar con ese lector sensible e inteligente que sepa apreciarlo. Si esto sucede, satisfecha estará la vieja pasión, renovada siempre y siempre la misma, de contar historias para el regocijo de quien cuenta y quien escucha o lee.

                                                                                                        Alberto Ramponelli





 EPIGRAFE

       
“Por qué razón, me pregunto, ppr qué causa, si no tenemos más que esta precaria vida, un grupo de extraños aparece como habiéndola ocupado más  que nosotros mismos.”


                                                                                                            Eduardo Mallea








LA CONSTRUCCIÓN



Walter le dijo a su mujer que se acercara, y le extendió la mano mientras sus ojos seguían fijos en un punto lejano e impreciso. Griselda miraba hacia todos lados buscando el objeto que lo atraía, algo muy alto a juzgar por su mirada, absorta, clavada en el cielo.
     Ella saltó la cerca con cuidado; el embarazo le provocaba náuseas repentinas. Walter la tomó de los hombros y le acarició la nuca de cabellos rojos. El frío de ese otoño ya se había asentado definitivamente a las seis de la tarde, y la luz iba decreciendo.
     -¡Mirá, mirá allá!- Dijo él de pronto, señalando hacia arriba, detrás de las casas bajas, los edificios de tres pisos y los árboles frondosos. La brisa movía las ramas y las hojas volaban hasta aquel terreno. El lote enorme y desierto, un baldío desolado vecino al almacén de Costa.
     -¿Qué ves?- Preguntó ella.
     -La catedral. Ponete en puntas de pie.
     Entonces Griselda se apoyó en los hombros de su esposo y él la alzó de la cintura.
     -¡Qué vista, por Dios!- Dijo sonriendo extasiado, con una alegría que ella había visto pocas veces.-¿No es hermosa? El triunfo de la arquitectura, la fusión perfecta de arte y técnica.
     Ella le golpeó el pecho con suavidad, golpecitos bruscos e inocentes que siempre le daba cuando no quería soltarla.
     -Bajame, que estoy mareada. ¿Mañana vienen los obreros?
     Walter los esperaba con ansia, ya no podía perder más tiempo. La construcción de la casa iba a llevarle por lo menos seis meses. Hablaron de los planos aún inconclusos, de cuántos cuartos iban a tener, del color que ella refería las paredes, de qué árboles plantarían en el jardín. A veces Griselda se callaba, abrumada o sobrepasada por el ímpetu y los conocimientos de su esposo.
     Salieron del terreno cubierto por pasto espeso, tréboles y arbustos salvajes crecidos en el abandono. Era de noche y en toda la cuadra había sólo una casa, el local del “Nuevo almacén”, con su farol iluminando la esquina, balanceándose en la brisa nocturna.
     Se acostaron al llegar al departamento, pero Walter no durmió. Las ideas llegaban sin pausa, su mente no era capaz de detenerse. Algo o alguien le enviaba esas imágenes, esos planos que sí o sí tenía que dibujar. Por eso se levantaba todas las noches para sentarse frente al tablero y hacer, bajo una lámpara débil, aquellos bosquejos indescifrables, caóticos, que muchas veces lo habían asombrado al verlos con la exquisita crueldad de la luz de la mañana.
     Esa noche revisó los planos, comparando los distintos esbozos hechos meses antes, y vio que las medidas y proporciones no coincidían. Era necesario utilizar el patrón universal propuesto por Le Corbusier hacía mucho tiempo.
     Eran las seis de la mañana. Abrió las cortinas pensando en el camión que en ese momento debía salir del corralón de materiales.
     -¡Griselda, levantate!- Gritó desde el baño. El sonido del agua, del cepillo de dientes y el rechinar de la puerta la despertaron.
     -Haceme un café, tengo mil cosas que preparar antes de irme.- Después de abrocharse la camisa y el pantalón, enrolló los planos. Se calzó los mocasines escondidos bajo la cama y fue a la cocina.
     Griselda servía las tazas con los ojos entrecerrados y una lentitud exasperante.
     -¡El plexo solar, mi amor, el plexo solar!- Decía él mientras tomaba su café con leche.
     Después agarró las cosas con mucho apuro y salió de la casa con expresión de euforia, como un nuevo Arquímedes en el umbral de la gran revelación.
     -¿Pero qué es eso, querido?- Le preguntó ella desde la puerta, mientras lo veía subir al coche.
     -La mitad de la altura de un hombre con los brazos extendidos.- Y se paró bajo el sol de la mañana estirando los brazos al cielo, el casco en la cabeza, los anteojos ocultando el color de sus ojos, y una barba que lo protegía del frío.

     -¿Me entiende?- Le preguntó más tarde al capataz, tratando de explicarle las nuevas normas para la construcción.
     -Diga, nomás, y nosotros lo hacemos. La casa la paga usted.- Contestó el hombre.
     Así fue cómo se inició la jornada en que comenzaron a fijar los cimientos en el foso. La máquina excavadora cortó el tránsito por dos horas, demoliendo la cerca que separaba la vereda del baldío. Los vecinos observaron toda la tarde, y los chicos, al volver de la escuela, se sentaron a mirar el trabajo de la topadora.
     Cuando Griselda llegó a las cuatro, vio a Walter conduciendo la máquina. Ignoraba, como tantas otras cosas que había descubierto últimamente, que él era capaz de manejarla. La saludó agitando un brazo, sonriendo emocionado como un niño al volante. Se había quitado el casco; el cabello encrespado estaba revuelto y sucio. Se detuvo y bajó de la máquina. Tenía olor a sudor en la camisa, un olor a tierra seca y a cal.
     -Soy un dios, Griselda, soy el dios de este barrio.- Los planos se les cayeron de las manos.

     Una semana después los pilares y el piso estaban terminados. Era un sábado. La mitad de los albañiles tenía franco. A las once de la mañana la gente rodeaba el perímetro de la construcción. Los obreros parecían hombres-máquinas creando un mundo nuevo, que Walter dirigía desde la cima. Ahora que la obra avanzaba, ya podía ver la catedral sin esforzarse para levantar la mirada.
     -¿Cómo va todo?- Le preguntó Costa, el almacenero, una tarde, cuando ya se habían ido casi todos. Tenía una mano sobre la frente a manera de visera, y con la otra sujetaba del brazo a su hijo de seis años.
     -¡Perfectamente!- Contestó Walter.
     -¡Parece Hércules, amigo mío! ¡Hércules en el Olimpo!- Gritó Costa.
     Walter se arremangó la camisa mostrando sus músculos, y entonces algo ocurrió. Nadie supo cómo se inició, ninguno estaba prestando atención. Todavía brillaba el sol, y nada parecía anunciar preocupación o desgracia. De pronto, la plataforma se vino abajo. El piso nuevo y cuatro pilares se derrumbaron, destruyendo el sótano. Una polvareda se levantó junto al estruendo ensordecedor y los gritos. Los vecinos se dispersaron con espanto. Algunos se atrevieron a entrar al terreno, mientras otros apartaban a los niños hacia la vereda de enfrente. Un hormiguero de gente nueva salió de sus casas. El polvo seguía subiendo, hasta detenerse en una nube suspendida, que fue asentándose otra vez con mucha lentitud. Sólo el rumor de gritos aislados pudo escucharse durante un largo rato. Los bomberos llegaron, la policía y las ambulancias empezaron a rodear lo que hasta ese instante había sido la cuadra más apacible de la ciudad.
     Entre los escombros oyeron un llamado, la voz del arquitecto hablándoles a los bomberos como salvadores del infierno.
     -¡Rápido, puedo verlos desde acá, debajo de esta columna!- Decía Walter con un gemido débil.
     Griselda lo encontró en el hospital con una pierna enyesada y una sonrisa extraña. Se abrazaron estrechamente, sin decirse nada.

      La construcción se había retrasado casi tres meses, y decidió abandonar el hospital sin permiso.
     -He sobrevivido.- Fue lo único que le dijo a su mujer y a los médicos.
      Al regresar a la obra, revisó los destrozos y pidió lápiz y papel para hacer nuevos bosquejos. En la mañana vinieron los albañiles, y fue con cada uno a todos los sectores de la obra, para explicarles en detalle el retiro de los escombros y las modificaciones.
     -Hola Costa, aquí estoy de nuevo.- Le dijo al ver a su vecino que abría el negocio a las nueve de la mañana. Los chicos de la escuela cruzaron la calle, asustados por el recuerdo del desastre.
     -Está loco, Walter. Arquitecto o no, está loco al seguir con esto.
     -Puede ser, pero los dioses deben estarlo para ser dioses. Sino, nada podría ser creado.- Costa le hizo entonces un gesto obsceno, y Walter se rió.
     Cuando habían ya pasado dos meses más y la planta baja y el primer piso estaban casi terminados, Griselda fue a ver la obra, caminando entre los montones de ladrillos y maderas.
     -Subí, mirá la vista desde acá.
     -Ya voy, Walter.- Pero a ella le costaba subir la escalera estrecha y frágil, aunque los andamios no le causaban temor, como si la voluntad vertiginosa de su marido se le hubiese contagiado.
     -Somos dos creadores, mi amor. Vos tenés al niño, lo estás haciendo día a día. ¿Y yo? Mirá esto.
     Puso los planos contra el sol del atardecer, frente a la pared aún inconclusa del primer piso abierta a la calle y los tejados de las otras cuadras. El papel se transparentó, y ella pudo ver la forma de la casona que su marido se había propuesto construir. Siguió con la mirada la mano de Walter, que señalaba al sol, su halo rojizo ocultándose detrás del mundo, y vio la catedral. Escuchó las piedras de la iglesia, olió el incienso, saboreando el aroma en su garganta como una hostia.
     -Estirá los brazos.- Le dijo, y cuando lo hizo, él se arrodilló, para medir el alto de su cuerpo desde el piso hasta por debajo de sus pechos.
     -La medida exacta. La casa estará construida con la medida de tu cuerpo.

     Dos días después, se sintió preocupado por extraños sueños, sin relación alguna con sus proyectos. Había visto dos pequeñas alas, y se le ocurrió que la casa necesitaba dos salones simétricos a cada lado. El primer lunes hizo derribar las paredes externas. El capataz se opuso al principio a aquellos cambios.
     -Esto no es la catedral de La Plata, arquitecto.
     Entonces Walter lo golpeó. No supo por qué lo hizo. El tipo era viejo y habría cedido fácilmente con dos palabras amables. Pero le dio un puñetazo que lo derribó aturdido, mientras Walter lo miraba sereno y omnipotente. Los pilares del segundo piso se alzaban a su lado como espigas florecientes, rodeados por las bocinas de los autos y el frío del invierno. Ya nadie se atrevió a negarle algo.
     -Tiren las paredes. Vamos a construir las alas periféricas.- Ordenó.
     A partir de aquella mañana, el martilleo pudo escucharse cada día por todo el barrio, hasta casi las diez de la noche. Retumbaba por las calles desde aquel centro iluminado por lámparas lúgubres, ese esqueleto que cada vez que se movía provocaba el pánico. Y una noche, a las nueve y cincuenta minutos, se oyó un nuevo estruendo que trajo a la memoria el anterior, como un recuerdo recreándose en la realidad. Por eso algunos no se asustaron enseguida. Luego, al ver la polvareda rojiza en el aire de la noche, el olor a cal y ladrillos inundando la calle y las ventanas de las casas, salieron a maldecir al arquitecto, creador de ese monstruo que él llamaba su futuro hogar.
     A las nueve y cuarenta y ocho, el hijo de Costa había salido con su bicicleta. Un minuto después, atravesaba el baldío que siempre le evitó hacer dos cuadras de más. El derrumbe de los costados de la casa no tomó en cuenta la corrida del niño, el hijo de seis años del almacenero de la esquina. Las paredes cayeron sin piedad sobre todo lo que estaba en su camino.
     Una sirena sonó de pronto, pero las ambulancias llegaron tarde. Los vecinos, como sombras en piyamas, poblaron la calle con palabras de castigo y deshonor. Los focos del autobomba iluminaron la zona. Por todas partes había polvo rojo y blanco, obstruyendo la boca y la nariz de la gente. Buscaron a Walter y a los cinco obreros.
     Costa apareció en la puerta del negocio en calzoncillos, agitado, sujetándose al marco como si lo necesitase para mantenerse en pie. El pecho hirsuto se balanceaba como el de un asmático en el límite de la vida.
     -¡Guille!- Gritó, corriendo por la vereda, mientras miraba el desastre y la casona iluminada por los faroles de los autos.
     -¡Acá hay otro!- Se avisaban los bomberos unos a otros, y cada diez o quince minutos rescataban a un hombre. Pero no hallaron a Walter.
     -Estaba en el otro lado del edificio.- Dijeron los que creían haberlo visto correr en el último instante hacia ese sector sin motivo. Entonces fueron hasta el ala izquierda, la más cercana al almacén.
     -¡Guille!- Costa entró al terreno, al escenario del derrumbe y la sangre de cuerpos mutilados. La gente lo miraba ir de un lado a otro como loco.
     Los escombros fueron retirados ladrillo por ladrillo durante toda la noche. Las últimas vigas fueron removidas cerca de las seis de la mañana, cuando el sol comenzó a asomarse lenta y vergonzosamente. Griselda esperaba en la vereda, rodeada de miradas de extrema pena y rencor. A las cinco y media tuvieron que llevarla al hospital, el bebé parecía haberse adelantado.
     A las seis y cinco encontraron a Walter. Tenía aplastada la misma pierna que la vez anterior, pero estaba vivo y lúcido, aunque silencioso. Al subirlo a la ambulancia sólo dijo:
     -El chico, el hijo de Costa...lo vi pasar y quise avisarle, gritarle...
     Cerraron la puerta. Costa se detuvo sudoroso y desesperado frente a la ambulancia. Intentaron detenerlo, pero golpeó con impotente furia sobre la chapa del vehículo. Al abrir se arrodilló junto a la camilla.
     -¡Arquitecto! ¿Dónde vio a mi hijo?
     -Le grité.- Contestó Walter.- Le advertí que no pasara, y de repente, por Dios, diez segundos antes, se lo juro, vi las alas de mi sueño. Las alas de un ángel en la espalda del chico.  







LAS CRIATURAS



Gustavo se esconde donde puede, entre los matorrales verdes y espinosos, esquivando las ciénagas y los arroyuelos. Huye hacia la choza para protegerla. No está seguro de quién lo denunció. La vieja tal vez, o don Anselmo su vecino, el de la chacra a dos kilómetros de la suya. Pero en esta noche de luna llena, cuando los grillos chirrían como espantados, se escucha el borboteo del agua que parece hervir desde el lecho del río. De allí viene todo, él lo sabe. Y también lo sabe el campo, que oye el ruido de sus criaturas.
     -¿Dónde nació el primer animal, pa?- Preguntó una vez cinco años atrás, mientras con su padre dragaban la laguna. Oscurecía y se quedaron trabajando hasta tarde. El sol se ocultaba detrás de los álamos y sus reflejos dorados espejeaban en el agua. Con cada palada, miles de pequeños seres salían a la superficie, y Gustavo los observaba absorto e intrigado.
     -Del agua.- Le dijo el padre después de un rato.- Así dicen los que saben. Del agua nació todo.- Y siguió paleando, con la espalda vencida y las manos duras.
     Fue entonces cuando escuchó su grito bajo y ronco, de dolor contenido. Enseguida se miraron, y el viejo cayó sobre la orilla agarrándose la mano herida. Gustavo corrió hacia él, pero no tuvo tiempo de ver al otro alacrán que ya estaba sobre su propio pie. Muy pronto iba a ponerse tan rojo como la mano de su padre. Sin embargo, no se atrevió a decirle nada. El viejo tenía el rostro desgarrado.
     -Buscá el cuchillo, por ahí está. Después me vas a cortar justo aquí, ¿entendés?- Le explicaba pausadamente, transpirando, mojado por las débiles olas frías que lo golpeaban.
     Casi no había luz, y en la penumbra empezó a tantear sobre el pasto. Con las manos en el barro, separó los montones de juncos arrancados, y se metió en el agua barriendo el fondo con los brazos. Pero no pudo hallarlo.
     -¡Papá, no lo encuentro! ¿Qué hago?- Dijo, gimiendo. No recibió respuesta. Su padre era sólo una sombra que se confundía con la marea creciente. Todo era un abismo, oscuridad sin fondo. Y Gustavo se quedó allí hasta la mañana, aferrado a ese cuerpo inmóvil como un ancla.

     Hay gritos por todas partes, llantos que no distingue si vienen de la espesura o de su choza. Debe ser casi la medianoche, así que sigue corriendo para acortar la distancia que lo separa de sus criaturas.
     -¡Por aquí!- Oye decir a los gendarmes, y acelera los pasos. El pie izquierdo le duele, el mismo que cinco años antes creyó perder.
     Cuando vinieron a buscarlos, el sol de la mañana recién salía, y vio a la madre y a sus hermanos acercarse hacia donde estaba sentado, con el cuerpo del viejo sobre las piernas.
     -¡El pie, Gustavo!- Gritó ella, mirando la pierna enrojecida e hinchada como una masa informe. Pero él no sentía nada.
     -El alacrán.- Repitió una y otra vez.- El alacrán escapó, el asesino...
     Estuvo siete días delirando, y al octavo amaneció sin fiebre, aunque débil. El pie no tenía rastros de enfermedad, sólo una mancha puntiforme de color rojo. El médico no pudo explicarse lo que había ocurrido. Los vecinos, que sabían cómo la gente moría por aquella picadura, empezaron a temerle.
     -Ese chico es un brujo.- Dijeron las viejas en el almacén del pueblo.
     Desde entonces Gustavo ya no tuvo miedo. De noche se adentraba entre los juncos del delta, hundiéndose hasta el cuello en el agua, desafiando a serpientes o arañas. Veía a los murciélagos colgados de las ramas de los sauces, a las lechuzas con los ojos abiertos como dos lunas verdes en mitad de la noche ventosa. Fue así que del agua nació también su idea primordial: la creación de un mundo propio.
     -Soy la prueba de que uno puede hacerse inmune a los elementos y a los venenos.- Dijo una tarde desde su asiento en el salón de clase, vociferando su inmortalidad. Todos se rieron de él, y Gustavo escapó llorando hacia el río.
     Todos se rieron menos Rosa, recuerda Gustavo, mientras el dolor del pie lo ataca, como siempre ocurre en noches de esfuerzo y humedad. Rosa siempre le creyó, aunque nunca pudo decidirse a mostrarle sus proyectos. Iban siempre a pasear hasta el muelle, mientras los mosquitos volaban sobre el sereno rostro de ella.
     -¿No te hacen nada a vos?- Se quejaba, entre el ruido de palmas golpeadas para aplastarlos.
     -Los animales son mis amigos, un día te voy a mostrar.- Pero hacerlo fue un error, piensa ahora.

     Está llegando por fin, casi choca contra la puerta por culpa de la oscuridad. Abre, y los gritos desde el interior se acrecientan y lo aturden.
     -¡Basta, soy yo!- Grita, y todos los animales se callan. No enciende las luces. Sólo cierra y se agacha bajo la ventana, esperando. Pisa los excrementos de sus criaturas y vocifera obscenidades.
     De los restos de animales, de sus cadáveres frescos rescatados del agua, creó los primeros especimenes. Buscó recipientes donde poner agua de la laguna, y allí proliferaron miles de parásitos informes que se fueron devorando unos a otros para dar lugar a criaturas más fuertes. Sus hermanos los llamaron monstruos al verlos, y su madre solamente gritó golpeando las peceras con la escoba hasta destruirlas. Gustavo tenía dieciocho años, y parecía un niño que lloraba sobre sus mascotas muertas.
     -¡Sos raro, hijo, muy raro!- Le recriminaba ella desde la cocina. Gustavo levantó a las criaturas, escuchando el ruido de las ollas entremezclado con los llantos de su madre, parecidos a gritos de una mujer en trabajo de parto. De pronto, tuvo una nueva idea: iba a utilizar la vieja choza del monte como un laboratorio, una ancestral cocina de la creación.

     El brillo tenue de la luna le permite ver las mesas usadas para los experimentos, el armario y la antigua pileta. Las criaturas se mueven lentamente a su alrededor, presienten algo pero aún no están asustadas. Sus sombras se escabullen entre otras sombras, se proyectan en el techo de madera. Hace demasiado calor.
     Hubo un verano en que finalmente tuvo éxito. En la farmacia compró el material que figuraba en un catálogo. Después fue al consultorio del médico.
     -¿Doctor, los animales pueden cruzarse con otras razas?
     El médico lo miró extrañado; recordaba haberlo atendido dos años antes por aquella picadura de alacrán.
     -No hay compatibilidad entre las secreciones.- Contestó.- Se rechazarían.
     -Me parece que puedo evitar eso.
     El doctor se rió, y siguió riendo mientras Gustavo salía del consultorio con los brazos cargados de libros.
     Limpió la choza y construyó los muebles necesarios. Rosa creía que lo hacía para ellos.
     -Dejame ver cómo está quedando.
     -Todavía no.- Le contestó. Ambos estaban tendidos sobre el pasto, mirando hacia el cielo tormentoso, rodeados por el vuelo de las libélulas.
     -Son hermosas, tan perfectas.
     -A mí me parecen bichos feos.- Y entonces Gustavo dejó de acariciarla, apartando las manos de los muslos tibios.
     Durante tres meses, Gustavo se encerró en la choza. Le llevaban comida cuando veían luz en la noche, y si no él se procuraba alimentos. De la chimenea salía humo sin olor y de diversos colores, y la gente del pueblo empezó a evitar el camino que conducía allí. Las chacras cercanas comenzaron a ser saqueadas por ladrones nocturnos, que robaba cerdos y conejos. En el delta se escucharon tiros aislados, y los animales salvajes de pronto enmudecieron por siete noches seguidas. Como si todos hubiesen desaparecido o se hubiesen puesto de acuerdo para vivir en un absoluto silencio.
     A fines de octubre llegaron los primeros días cálidos. Las noches eran despejadas y claras. La mañana a orillas del río empezó a tomar un matiz exactamente opuesto a las semanas anteriores. Un bullicio creciente inundó la zona; los animales parecían haberse reproducido con inusual fecundidad. El sonido del despertar de las bestias abrió la maleza, esparciéndose entre los arroyos y el cielo límpido.
     El último domingo del mes, Gustavo salió de la choza, protegiéndose los ojos del sol, y se desperezó tras tantas noches sin descanso. Después de zambullirse en la laguna, se afeitó con la navaja y lavó su ropa. Cuando estuvo seca al fin de la tarde, se vistió y se puso una flor blanca sobre la camisa. Entonces, luego de entrar de nuevo a la cabaña, salió con una correa en cuyo extremo había un animal, uno de los tantos que permanecían encerrados.
     Comenzó a recorrer el sendero que llevaba al pueblo, paseando con aquella criatura. No era un perro ni un conejo. Ni siquiera un pariente cercano a una comadreja o un hurón; tenía la forma pero no la marcha, la cara pero no el pelaje. Saltaba, chillando débilmente. La cola le servía de impulso, una cola pelada y larga de roedor. Era extraño, algo que el pueblo nunca había visto. Gustavo Valverde caminaba orgulloso, limpio y afeitado, con esos ojos verdes que muchas veces dio que hablar a las viejas chismosas.
     -Los ojos de un búho, eso son, y mirá qué bicho tan raro lleva.- Dijeron ellas, asomadas a las ventanas y las puertas, mientras él iba directo hacia la casa de su novia.
     Lo vieron llegar por la calle, rodeado de chicos que corrían alrededor del animal. El bullicio los precedía, y Rosa salió al verlos.
     -¿Gustavo, qué es esto?- Y al extender la mano para acariciar a la bestia, sintió la mordedura.
     -¡La mordió, la mordió!- Gritaba la gente. La voz se esparció por las calles, las tomó como propias hasta hacerse calle y voz, una sola cosa de alma independiente e incontrolable.
     Rosa había sangrado, y Gustavo le revisaba la mano diciendo que no había peligro, que tuvo la precaución de vacunarlos a todos.
     -¿Pero cuántos tenés ?- Preguntó ella, y entraron, alejándose de la multitud de chicos que se agolpaba a su puerta.
     -Cuando los veas me vas a entender. Creé seres distintos, libres de enfermedades, inmunes como yo a los venenos.
     Rosa lo miraba asombrada y nerviosa por la herida que cada vez le dolía más. Entonces ella pateó al animal y la bestia lloró.
     -¡No!- Gritó Valverde.
     Salió enojado de la casa de su novia, abriéndose paso entre la gente. Lo siguieron, pero él corrió. Un olor a orina salía del pelaje del animal, que temblaba asustado, aferrándose con las garras a su ropa.
     Fue de un sitio a otro durante toda la tarde, sin animarse a volver a la choza. Luego se oyó un disparo, muy cerca, y el animal saltó de sus brazos sin que pudiese detenerlo.
     -¡Valverde!- Llamaba una voz a través del follaje.- Hay denuncias contra vos, muchacho, solamente queremos ver qué estuviste haciendo.
     Gustavo huyó, con la sombra de la noche pisándole los talones. Con el peso del tiempo deteniéndolo a cada metro que avanzaba.
     “Cerrar la puerta e impedir la invasión”, se repetía una y otra vez. Y así, corriendo, llegó a la cabaña para defender a sus criaturas.

     Pisadas, sí, son pisadas y los animales levantan las cabezas. Los golpes en la puerta insisten sin interrupción, con puños y armas sobre la madera. Las bestias gritan y gimen, los golpes se atenúan un instante, pero se renuevan, insistentes.
     Los animales se acercan a Gustavo, lo rodean, corren a la puerta y saltan enfurecidos. El movimiento de sus colas levanta el aroma a suciedad, a polvo y a humedad. Todo es escándalo y llanto, gritos desesperados de cada lado de la puerta. Gustavo sabe que la derribarán.
     -¡Abrí, queremos saber qué hacés!
     Y la puerta se derrumba. Las linternas son un sol particular, un pequeño sol dispuesto a develar a los monstruos. Los animales saltan y se agazapan contra las paredes. La gente que rodea a los soldados grita de asombro. Se han quedado quietos un largo rato, observando, paseando la luz por los ojos brillantes de esos seres.
     Los animales no atacan, no se defienden, sólo corren a reunirse con Valverde. Las linternas lo iluminan y la gente ve su espalda encorvada, lo ve arrodillado, cubierto por sus criaturas. Ellas lo protegen, cubriéndolo como una coraza, mirando a los intrusos con ojos furiosos y las garras preparadas. Dispuestos a todo para preservar del peligro a su padre.






LOS VIENTOS



Rodrigo Casas llegó a la ciudad cuando tenía dieciséis años. Recorriendo el barrio, lo primero que atrajo su mirada de ojos marrones fue el local antiguo, casi prismático y solitario del almacén. Ocupaba la esquina con sus frisos esmeradamente moldeados, el alero de tejas, las ventanas abiertas a cada una de las calles, y la puerta enorme de dos hojas de hierro y vidrio. Desde las baldosas subía por la pared una capa verde de moho.
     Sobre el umbral había un perro con signos inconfundibles de sarna, y a su lado un hombre de cuarenta y pico de años, sentado con la cara entre las manos. La cortina de flecos se balanceaba con la brisa de aquel mediodía.
     -Busco habitación, señor. ¿Sabe donde hay alguna disponible?- Le preguntó.
     El otro se puso a mirarlo antes de contestar. Rodrigo notó la barba abundante y canosa, el cabello escaso y encrespado. El abdomen le ajustaba el delantal. Había un cartel en la puerta, encima del perro acurrucado y dormido.
     “Se necesita ayudante”, decía. Y arriba de todo leyó: “Nuevo almacén, de Francisco Costa.”
     -Si querés, te doy un cuarto y un laburo. ¿De dónde venís?
     -De Tandil, señor Costa.
     -Entrá que te muestro el negocio.
     Rodrigo iba a tocar al perro, pero un “¡no!”  ronco del hombre lo asustó.
     -Mejor no lo toqués, solamente le vas a dar de comer. Otra cosa... -le dijo señalando la vieja construcción al lado del local. - ... no entrés allí, se va a venir abajo en cualquier momento.
     Entonces el chico miró aquella casona sin terminar, construida hasta el primer piso y con los pilares del segundo apuntando al cielo.
     El negocio adentro estaba oscuro. Tenía dos hileras de mostradores dispuestos en forma de ele. Detrás había estantes llenos de cajas de galletas, latas de aceite y bolsas de harina.
     -Necesito a alguien que me reemplace cuando voy al mayorista o hago trámites. También para la reposición. ¿Entendés? Vas a ser mi mano derecha. Vení que te llevo a tu habitación. Aquí está el baño, ése es mi dormitorio y éste el tuyo.
     El cuarto parecía haber sido habitado por un niño. Había una cama bajo la ventana y un armario con ropa vieja y apolillada. El olor a naftalina y a humedad era casi irrespirable. En un rincón, había un baúl con tantos juguetes como los que podrían acumularse durante toda una infancia. Costa se quedó parado mientras Rodrigo exploraba su nueva habitación.
     -Para mañana voy a sacar estas cosas. Eran de mi hijo, ¿sabés? Ahora tendría tu edad.- Después cerró la puerta, y Rodrigo se desnudó para descansar un rato.
     No supo cuánto tiempo estuvo dormido, pero el aullido del perro lo despertó lentamente. Estaba oscuro ya, y debían ser casi las nueve de la noche. Salió al pasillo, se lavó la cara en el baño y, viendo la puerta abierta del dormitorio de Costa, se decidió a entrar. La ventana daba al terreno vecino, donde el perro aullaba subido a una montaña de escombros, con el hocico y la mirada ciega dirigida hacia las ruinas de la casona.
     Luego vio a Costa entrando a ese lugar, aun contra su propio consejo, hasta situarse junto al perro. Hombre y perro caminaron juntos hacia las paredes derruidas, penetrando en la oscuridad, y todo pareció hundirse en el silencio.
     Rodrigo se puso a buscar algo de comer en la cocina. La heladera guardaba dos botellas de vino, un poco de jamón y dos trozos de carne. Cocinó la carne, preparando todo para cuando volviera su patrón. A las doce de la noche se había adormecido, con los brazos apoyados sobre la mesa. De pronto sintió que el perro le tocaba una pierna para despertarlo, apenas rozándolo, precavido y sumiso, como si conociera su enfermedad y temiera contagiarlo. Costa llegó después y le acarició la cabeza.
     -A la cama, viejo. Mi querido niño.- Rodrigo estaba soñoliento, y más tarde no pudo recordar si había escuchado realmente aquella frase o si sólo la había soñado.

     El trabajo no era demasiado duro. Los vecinos comenzaron a conocerlo, a tratarlo de una manera tan amistosa que al principio lo sorprendió. Era verdad que cumplía con su trabajo, se levantaba temprano y era educado con la gente. Pero aquella amabilidad rozaba casi en la melancolía, como si todos lo conocieran de antes.
     -La gente te quiere.- Le decía Costa.- Aprecia a los buenos pibes. El mío era así, todos lo querían. Iba en bicicleta a todas partes, y los vecinos lo saludaban a los gritos. Su madre se murió cuando él era un bebé todavía, y creo que por eso le tenían lástima.
     -¿Qué le pasó a su hijo?- Preguntó, mientras volcaba la harina en un frasco, y el polvillo se quedó congelado en el aire, suspendido, esperando también una respuesta que no llegó.
     El perro se puso a aullar a la misma hora de todas las noches. Los dos miraron afuera. La luz de las nueve era escasa. Costa, apurado, se fue a la calle. Rodrigo decidió seguirlo. Durante todo un mes lo había visto hacer lo mismo, y ya no pudo resistir la curiosidad.
     La silueta oscurecida y algo encorvada de Costa entró a través de los restos de la pared de la casa, seguido por el animal. El chico fue tras ellos lo más sigilosamente posible,  tropezando sin embargo con las maderas y los ladrillos amontonados por años. Entró por la misma abertura y vio la escalera que llevaba al primer piso, donde el otro, llorando, le hablaba a una sombra proyectada en la pared. Una figura de forma imprecisa, que podía venir de cualquier puerta, ventana o resto de esa casa que había perdido su forma original, o que jamás la había tenido. La luz de la calle o de la luna cayendo sobre las ruinas era impredecible y caprichosa. La figura de la pared no se movía. Sólo Costa y sus labios lo hicieron, hablando sin parar durante media hora. El perro gemía muy bajo, como si no quisiera interrumpir a su dueño.
     Rodrigo supo después, preguntando a los clientes, a las viejas vecinas del barrio que conocían toda la vida de sus habitantes, que el animal había sido la mascota del hijo de Costa. Ambos recorrían las calles del barrio bajo el sol del verano, mientras el padre, joven aún, sin barba y más delgado, los observaba desde la puerta del almacén. Hasta aquella noche en que la casona se derrumbó aplastando al niño, que con sus cortas piernas había intentado escapar inútilmente en su bicicleta.

     Una mañana, muy temprano, Rodrigo escuchó unos ruidos. Era Costa, duchándose y afeitándose antes de la hora habitual.
     -Te necesito temprano hoy. Encargáte del negocio, tengo que recibir a los albañiles.
     A las siete y media llegó el camión con el material al terreno de al lado. Durante los siguientes días, Rodrigo se escabulló en cada momento libre para mirar la construcción, en realidad la conclusión de la casa. No sabía que Costa era su dueño.
     -Compró el terreno hace cinco años en un remate judicial.- Le dijo la vecina de enfrente.
     -¿Y por qué quiere terminarla?- Preguntó el muchacho mientras cortaba la horma de jamón sobre un celofán y lo envolvía con papel madera.
     -Si no lo sabés vos, querido... - Le contestó la vieja.-¿Veinte centavos, no?- Y mientras ella le pagaba, él se quedó pensando.
     Durante las siguientes noches, la vitalidad y el ruido de los días contrastaba de una forma extraña con el silencio abrupto de la oscuridad. Ambos lo sabían. Comiendo con lentitud, esperaban la hora en que el perro aullara para ir a la casa.
     -¿Querés acompañarme?- Lo invitó Costa una noche.
     Dejaron las luces de la cocina encendidas y la puerta abierta. La vereda solitaria ocultó sus pasos hasta el terreno. El animal los seguía débil, con un gemido asmático. Subieron la escalera de madera, y Costa apoyó su brazo derecho sobre los hombros del chico. En el descanso del primer piso vieron otra vez aquella sombra quieta e informe. El perro aullaba más fuerte. El polvo de cal y el aserrín de los trabajos del día no se habían asentado del todo, flotando en la luz escasa que entraba de la calle. Pero la sombra seguía silenciosa, y Costa murmuró.
     -Escuchá, ¿entendés lo que dice?
     Rodrigo no esuchaba nada, por más que forzara su atención. Un minuto después la sombra comenzó a girar sin detenerse. A veces rápido y otras con más lentitud.
     -¡Está dando vueltas en la bicicleta alrededor de la casa!- Gritó Costa, agarrando a Rodrigo del brazo, casi arrastrándolo hacia una ventana.
     -¿Lo ves?- Y lo que vieron fue una sombra girando por el terreno. Algo o alguien dando vueltas al ritmo del viento, que se había levantado pocos minutos antes.
     -Vive acá, y por eso le construyo la casa.
     Rodrigo le creyó, espantado y con el alma asomándole por la garganta.
     A la mañana siguiente, habló con Costa.
     -Tengo miedo, esto no me gusta.
     -Quedate hasta que termine la casa. Unos meses. Te prometo conseguirte el local para la panadería que querés instalar.
     Accedió porque lo trataba como a un niño, y le gustó volver a sentirse un bebé o un chico que disfrutaba del mundo. Desde ese día hablaron poco, y Costa ya no permanecía allí más que para dormir. El joven Casas, como empezaron a llamarlo los clientes, sustituyó a su patrón en todas sus tareas. Se encargó del negocio y hasta pudo compensar las pérdidas generadas por la construcción. Sin embargo, todos preguntaban por Costa, a pesar de verlo cada día en el terreno, escuchándolo hablar con los obreros en una voz férrea pero cansada.

     La obra se terminó en cinco meses, y finalmente todo el barrio pudo ver la casona levantándose con sus dos pisos hacia el cielo, como queriendo alcanzarlo.
     Y eso fue lo que les dijo a los vecinos, cuando los albañiles se fueron y la cerca de madera ya estaba construida alrededor del jardín. La gente, asombrada, cruzaba la calle para observarla desde enfrente: Los ventanales y balcones, las terminaciones de madera tallada, los tejados complejos. Le preguntaban qué iba a hacer él solo con esa casa.
     -Para Guille.- Contestó.- Para que guarde su bicicleta y descanse.
     La gente se retiró en silencio. Algunos murmuraron, y alguna antigua vecina le palmeó la espalda, como consolándolo. Pero para Rodrigo no había espacio ni necesidad de consuelo. El rostro de Costa mostraba felicidad, sin esa melancólica sonrisa con que lo había conocido.
     Desde la puerta del almacén, desde esa esquina ahora calcinada por el sol del mediodía, con un pantalón gris, sin camisa y el delantal que su patrón le había regalado, Rodrigo caminó hasta la vereda. El perro seguía acostado en la puerta del negocio.
     -Hermosa, tanto como una mujer bella, ¿no es cierto?
     Costa se rió.
     -Es verdad.- Y se quedaron contemplando la casa, la misma que iba a ser habitada por un niño muerto.
     -Me creen loco, me parece.- Dijo después.
     Sintieron que algo los cegaba, intermitentemente, una luz intensa que daba vueltas en el cielo a pleno día. Se restregaron los ojos, cubriéndose la vista del sol con las manos. Pero aquel reflejo siguió molestándolos. De pronto, Costa corrió hacia el jardín, y parecía buscar algo por todos lados, como si esperase ver al niño apareciendo desde algún rincón con su bicicleta. Y por un instante también Rodrigo lo esperó. Por lo menos hasta descubrir la veleta que giraba con la brisa, la oxidada rosa de los vientos empotrada diez años antes en una esquina del segundo piso,  y olvidada desde entonces.
     Rodrigo no lo pensó más, simplemente lo hizo porque la figura ridícula de Costa, allí aguardando desesperado, le resultaba insoportable. Agarró un cascote de los tantos desparramados en el suelo y lo arrojó hacia la casa. La piedra le pegó a la veleta, que de tan vieja cayó dócilmente en el jardín.
      El reflejo desapareció. Costa ya no tenía aquel brillo, aquel pedazo de sol girándole en la cara, y se quedó mirando al molinete inerte sobre el pasto.






SUSTITUTOS



Cuando los gemelos Benítez se subieron al Valiant de su padre el día que cumplieron diecisiete años, nadie pudo ver cuál de los dos se sentó frente al volante. Se levantaron más temprano. Pero en lugar de ir caminando a la escuela, entraron al garage con mucho sigilo, en la fría oscuridad de las seis y media de esa mañana de invierno. No pasaron a buscarme como todos los días, sino que tomaron el auto, esperaron a que se calentara el motor, y salieron directamente hacia el colegio.
     La escarcha se deshacía lentamente sobre el parabrisas. Estoy seguro de que adentro se congelaban también, aun con sus bufandas tejidas a mano y los abrigos caros que sus viejos les trajeron del extranjero. Fumaban, y el humo se confundía con el vapor de sus alientos cálidos en contacto con el frío insoportable de aquel día. El olor a nafta impregnaba el aire hasta casi ahogarlos en su  agitado estupor, en aquella ansia que debían sentir antes del crimen.
     Entonces vieron a la señorita Inés, la directora de la escuela, que los había hecho repetir dos veces el mismo curso del bachillerato.
     -Se la agarró con nosotros, nos tiene entre ceja y ceja.-Le había dicho Jorge a sus padres una vez. Daniel aseguraba que era una vieja solterona y resentida que no podía controlar ya a nadie en el colegio, y que por eso descargaba su bronca contra ellos. Muchas veces, los padres de los Benítez estuvieron a punto de cambiarlos de escuela, pero los chicos se habían negado. Era una guerra que querían ganar a toda costa.
     Dos años antes la señorita Inés había recibido la más dura balacera de tizas de su vida. Como una condenada a muerte se quedó frente al pizarrón, de espaldas a la clase, pero la habíamos herido, lo sé. Cuando nos cansamos, los gemelos Benítez continuaron sin detenerse hasta que sonó el timbre del recreo. La señorita, alta, de cara flaca y muslos grandes, con el pelo teñido de rojo y dos aritos de perlas, no lloró. Se dio vuelta, mirándonos con una expresión que mezclaba furia y tristeza. Ese rostro me hizo recordar lo que decían los otros maestros, el rumor que casi era una leyenda en el colegio. Se comentaba que, cuando era joven, la había engañado un hombre. El tipo era casado y le estuvo mintiendo durante dos años. Una vez escuché decir a una de las maestras que él vino a buscarla a la escuela algunas veces, durante ese tiempo. “Hacía un ruido horrible con la suela de los zapatos, era imposible no reconocerlo”, contaba ella, como si fuese lo único importante.
    Como yo estaba parado en mi pupitre después del lío que hicimos aquel día en el aula, la señorita Inés me gritó.
     -¡Julián Santos, está amonestado! ¡Usted y los Benítez vayan a Dirección de inmediato!- Su voz se quebró, se hundió en un abismo del que no saldría sino hasta dos horas después, en el despacho de la que entonces era la directora.
     -Señorita Inés-Le dijo ésta.-Son rebeldes, los jóvenes son rebeldes por naturaleza. Perdónelos por esta vez.
     Nosotros pusimos caras de inocentes. Los Benítez, tan iguales, Dios mío, tan exactos como dos gotas de agua, se rieron a escondidas, y vi la impotencia de ambas mujeres por retarlos. “Jorge”, iban a decir, “Daniel”, se corregían; y ante la posible injusticia de castigar a uno por causa del otro, se abstenían.

     A las siete y cuarto la vieron bajar del colectivo. Caminaba con dificultad desde varios meses antes. Las caderas le dolían, se quejaba siempre. Permanecía sentada en su despacho casi todo el tiempo, y los maestros y alumnos iban hasta su escritorio como ante un trono. Porque comenzó a mandar desde allí como una déspota. Ya no iba a las aulas ni al patio de recreos. Una secretaria senil le pasaba los informes de cada ínfimo detalle ocurrido en la escuela, y ella decidía y ordenaba. “¿Qué hicieron hoy los Benítez?”, preguntaba todas las mañanas, y su rostro no parecía calmarse hasta que no los veía correr en el patio.
     Su pelo rojo ahora estaba desteñido y entrecano, y unos lentes gruesos le ocultaban los ojos.
     -Vas a ver lo que le que te va a pasar, vieja de mierda.- Amenazó Daniel en un murmullo.
     -Le llegó la hora.-Dijo Jorge.
     Y uno de ellos aceleró. Me gustaría saber cuál, pero creo que no importa ya. Ambos eran uno, actuaban como uno solo.
     La señorita Inés cruzó la calle. Seguramente vio con la luz del amanecer, con el sol asomándose por la bocacalle y sobre el empedrado húmedo de rocío, aquel auto de luces encendidas y motor quejumbroso. Pero ella no le hizo caso.
     De pronto, tenía la máquina encima. El paragolpes tocaba sus piernas y el  temblor del cuerpo le retumbaba hasta la nuca. Luego debió sentir el olvido al mirar el cielo, que daba vueltas. Los edificios giraban a su alrededor, y su cabeza parecía aplastada contra la chapa del auto blanco y grande. Un olor a sangre y barro inundó la calle.
     Tal vez en ese instante se acordó de los gemelos Benítez. Estoy seguro que a través del parabrisas descubrió sus rostros satisfechos, y aquella sonrisa que los caracterizaba.
     Hasta  los catorce años, Jorge era más pequeño y bajo, tímido en comparación con su hermano. En esa época ambos eran bruscos, violentos. A veces extremadamente vivos y sutiles. Formaban un mundo aparte en la clase, se rodeaban de escasos amigos y hacían destrozos en todos lados. Se peleaban entre ellos, competían discutiendo y agarrándose a trompadas. Sin embargo, luego de repetir aquellos dos cursos, después de las batallas casi cruentas con la señorita Inés, de las que salían con una bronca cada vez mayor y más contenida, un día comenzaron a cambiar.
     Jorge creció, su cuerpo aumentó en robustez, y Daniel se acopló a él disminuyendo su fortaleza y el liderazgo que tenía hasta entonces. Sus diferencias desaparecieron.

     La señorita Inés sobrevivió. La internaron en la misma clínica donde Jorge fue llevado por su pierna fracturada contra el tablero del auto. A Daniel lo condujeron a la comisaría, pero no quiso contestar cuál de ellos estaba manejando.
     -Fue un accidente, oficial, no vamos a acusarnos mutuamente.-Dijeron los dos al ser interrogados por separado.
     Las huellas en el volante eran de ambos, las manchas de barro en el pedal venían de las zapatillas de los dos hermanos. No había rastros de sudor en el volante. Los testigos se contradecían sin poder asegurar si uno u otro había subido al asiento del conductor. No había tampoco sangre en la abolladura del tablero.
     -Por última vez, muchachos, ¿quién manejaba? Si la vieja muere se van derechito al reformatorio de menores.-Los amenazó el comisario acomodándose la gorra y transpirando.-Me van a volver loco ustedes y sus abogados de mierda.
     Así pasaron dos semanas. Jorge estaba internado dos pisos debajo del cuarto de la señorita Inés. Daniel salió bajo fianza y un abogado de su padre lo aconsejaba día y noche. A la tarde iba a visitar a su hermano, que tenía la pierna derecha enyesada.
     Yo iba a verlos regularmente y los encontraba conversando en secreto, con los rostros tan cerca que parecían fundirse uno en el otro. Sus barbas incipientes crecían como un torbellino arrasando toda expresión piadosa. En aquel momento, más que nunca, los gemelos se habían encerrado en un círculo al que nadie podía ingresar.
     -Daniel, acá tenés el analgésico, querido.-Dijo la enfermera entrando al cuarto. Yo la miré confundido, porque primero pensé que se había equivocado. Pero ellos no la corrigieron.
     -¿Qué broma le están haciendo a la mina?-Les pregunté.
     -Ninguna. No digás nada, pero yo soy el que está fracturado, no Jorge.-Me contestó Daniel desde la cama.
     -Entonces el que manejaba...
     -No importa quién, la fractura está aquí.-Contestó, tocándose el yeso.
     Me daban miedo. Porque no era simplemente una tonta o pueril venganza lo que descubrí en su expresión, sino la subrepticia sospecha de que ellos eran un instrumento o un medio para algo más.
     En los días siguientes, fui el único al que decidieron contar sus visitas al cuarto de la señorita Inés.
      Jorge fue el primero en subir a ver a la maestra.
     -¡Daniel Benítez!-Dijo ella, pensando que era Jorge quien estaba en cama.- ¿Me preguntaba cuánto tiempo ibas a tardar en venir a verme?
     -Fue un accidente, señorita, probábamos el auto de papá por primera vez. -Quiso justificarse el chico.
     Ella entonces intentó serenarse.
     -Está bien, ya pasó. Ahora que pienso de la que me salvé...
     Comenzaron a hablar de los chicos de la escuela primaria y los compañeros que ya no estaban.
     -Vos siempre fuiste el líder, Daniel, y ahora veo que al no lastimarte seguís siendo el más fuerte.-Mientras le acariciaba el cabello se puso a pensar, como si recordara haber visto ese rostro en algún otro tiempo o lugar.
     Las visitas se hicieron cada día más tarde. A veces iba a visitarla después de cenar, cuando cambiaba el turno de las enfermeras.
     Una noche la maestra vio entrar al que tenía el yeso.
     -Jorge, por dios, ¿cómo subiste?-Gritó ella .
     -Soy Daniel, señorita.
     -Vamos..., basta de bromas.
     -Soy Daniel, se lo juro. Mi hermano se hizo pasar por mí unos días. Si supiera cuántas veces los engañamos a todos.
     La maestra no podía creerle.
     -Pero no a los médicos, la fractura existe, ¿no es cierto?
     -Sí, es verdad, pero soy Daniel. - Conversaron, repitiendo los mismos recuerdos. La señorita Inés rememoraba con añoranza su entrañable época de maestra joven.

     -Era otra época, querido, y una sola vez me enamoré.-Le dijo al Benítez que entró la noche siguiente.
     -Soy Jorge, señorita, Daniel le estuvo haciendo una broma. Le pagó a un enfermero para que le hiciera un yeso.
     -¡Me están tomando el pelo! ¡Fuera! - Y mandó venir a los médicos, exigiendo ver las radiografías.
     -Es imposible que el chico suba con este yeso.-Le dijeron.-A lo mejor está teniendo pesadillas.
     Daniel juró que no había visto a la maestra desde el accidente, y que nunca la visitó de noche. Las enfermeras de la sala confirmaron que no había dejado la habitación. Los padres decidieron vigilarlos y se turnaban para quedarse en el cuarto. Pero la señorita Inés seguía despertándose angustiada cada mañana, diciendo que los chicos la visitaban.
     En la que iba a ser su última mañana, contó lo que le había preguntado uno de ellos esa noche. Ya no se atrevía a llamarlos por su nombre.
     -¿Se acuerda cómo se llamaba su novio?
     -¿Mi novio? No lo recuerdo, es curioso. Tenía pelo largo y barba suave, era zurdo, de eso sí me acuerdo. Muy alto y delgado. De cara se parecía tanto a ustedes, que cada vez que los veía en la escuela me acordaba de él.- Luego lo acarició, llorando. - El día que descubrí que era casado tuve la idea de ir a buscar el cuchillo de la cocina y matarlo.
     El chico se fue del cuarto, y vino  el otro. El que tenía un yeso y golpeaba firmemente  los peldaños de la escalera. La maestra comenzó a temblar sin saber bien por qué. Los pasos sonaban cada vez más fuertes sobre la escalera de mosaico. La clínica estaba casi a oscuras, y el otro Benítez había apagado la luz del cuarto al salir. Los pasos siguieron resonando y ya estaban en el umbral. Hacían un ruido muy parecido a la suela de los zapatos de alguien que había conocido, pero que estaba muerto desde muchos años antes.
     -¡Estoy segura, Dios santo, estoy segura que no respiraba...! – Dijo en voz alta, y se tapó la boca temiendo que alguien la hubiese escuchado. 
      La puerta se abrió, y contra la luz del pasillo se recortó una figura humana, una sombra solamente, pero que llevaba puesta un yeso en la pierna derecha y una muleta en el mismo lado. “¿Los Benitez?”, se preguntó.
     -¿Quién es, Jorge, Daniel?- Dijo en voz baja, tratando de ver en la oscuridad. Sin embargo, aquella sombra tenía una gran talla.
     La sombra se quedó quieta un instante que a la señorita Inés debió resultarle infinito, porque la duda fácilmente se estaba convirtiendo en miedo.
     -No, no son ellos... pero sí, veo el yeso, y son capaces de cualquier cosa para engañarme.
      Por un segundo se sintió tranquila, aliviada, hasta que lo vio acercarse, arrastrando la pierna. El ruido de los pasos se escuchaba atronador entre las paredes del cuarto, y un reflejo metálico iluminó la cara de la señorita Inés, que entonces vio con claridad el arma filosa y larga en la mano del visitante.
     La maestra gritó con un alarido de insoportable espanto, y su llanto se oyó esta vez en todas partes. La madre de los Benítez se despertó sobresaltada, y al comprobar que su hijo dormía, corrió hasta el pasillo. Los médicos de guardia subieron aprisa. Ella los siguió y se detuvo ante la puerta de la habitación. La vieja gritaba dando saltos convulsivos sobre la cama. Dos hombres la retenían para inyectarle un sedante. A medida que se calmaba, logró contar lo que vio esa noche. De pronto, pareció sufrir un ataque cardíaco. La madre de los Benítez nos contó las cosas que había dicho la señorita Inés antes de morir.
     -Fue un infarto, me parece, porque trajeron un aparato y le hicieron shock eléctrico. Pero fue inútil. La pobre se derrumbó en la cama con cara de pánico. Tenía un brazo sobre el cuello y el otro extendido hacia delante con el puño apretado, como si quisiera protegerse de algo invisible.
     Con la muerte natural de la maestra, los cargos contra los gemelos fueron desechados, pero nunca supimos quién manejó aquel auto blanco.
     Sólo nos quedan las palabras de la señorita Inés gritándole a la sombra en medio de la noche. A esa figura que, según ella, llevaba un yeso y una muleta, y en su mano izquierda un arma muy parecida a una guadaña.





LA INVASIÓN




Rosa y Gustavo estaban nerviosos, el guarda del tren ya había pasado tres veces mirándolos amenazante. De la bolsa de lona escondida bajo el asiento, salía un chillido agudo y estridente.
     -Falta poco.- Murmuró Gustavo mientras el tren abandonaba la última estación antes de La Plata. Un gorro tejido a mano le cubría las orejas, como si el frío matinal del campo le sobreviviese en el cuerpo. Tiritaba,  y el movimiento de la bolsa pasó a sus piernas para estremecerlo aún más.
     Con los brazos cruzados, Rosa se ajustó el abrigo sobre el pecho. Pero la mano derecha, siempre vendada desde que un animal la había mordido meses antes, comenzaba a dolerle con el frío, sin saber ya cómo protegerla. Una llaga constante se incrementaba con el tiempo, junto a la supuración transparente que la volvía loca con su olor penetrante.
     -Tus remedios ya no me sirven. Vamos a la ciudad a ver si me curan.-Le pidió ella muchas veces.
      Entonces debió resignarse a esa verdad, a que no podía o no sabía cómo detener la úlcera en la mano de Rosa. Él, que estudió tanto y curaba a sus vecinos en el pueblo, tuvo que aceptarlo, y decidieron mudarse a la ciudad. Llevaba en el bolsillo el contrato de alquiler para instalar una farmacia en los suburbios.
      Desde lejos vieron los hangares de la estación central, un enorme monumento de hierro que los deslumbró mientras entraban al andén. La gente comenzó a levantarse, a recoger las valijas y acercarse a las puertas. El repiqueteo del tren fue cesando, y el ruido de la muchedumbre crecía.
     -Debiste sedarlo más.- Protestó Rosa.
     -Cómo iba a saber que nos retrasaríamos tanto.- Dijo él, y agarró la bolsa que se agitaba incesantemente. Ya casi no había manera de disimular la presencia de la criatura. La gente los miraba mientras recorrían los pasillos del vagón. El tren se detuvo al fin, y a pesar del ruido de la estación, los gritos del animal sobresalieron, parecidos al jubiloso gemido del que despierta luego de un sueño de varias horas.
     Gustavo quiso abrir la bolsa.
     -Se va a ahogar con esta agitación.- Murmuró al oído de su mujer.
     -¿Estás loco?- Le dijo ella, reteniéndole la mano que estaba a punto de desatar el nudo.-Después, cuando hayamos llegado al negocio. - Pero él metió la mano en la bolsa para acariciar a la criatura y calmarla, mientras el animal jugaba con sus dedos mordiéndolos con suavidad.
     Al descender, el andén era una masa compacta de personas caminando con lentitud hacia los molinetes de salida, tan despacio que ambos comenzaron a sudar bajo los abrigos. Y la bestia, desesperada, terminó de deshacer el nudo y escapó de la bolsa.
     Él intentó detenerla agarrándola de la cola, pero oyó su chillido y la vio huir entre la gente, asombrada de aquel animal raro que pasaba fugazmente a su lado. Rosa se quedó quieta, sin saber qué hacer.
     -Dios santo.- Murmuró.-¿Y ahora cómo me van a curar?
     Traerla fue idea de ella, aunque él no quería. Rosa pensaba que si los médicos estudiaban al animal descubrirían qué gérmenes la infectaban. Gustavo, impotente para negarse, accedió. Le aplicó al animal varias dosis de sedantes, y lo puso en una bolsa con orificios. Sabía que la extraña criatura no iba a ser aceptada en el furgón para animales comunes.
      Al salir de la estación, se encontraron perdidos, y aguardaron a que se disipara un poco la multitud.
     -¿Vieron a un animal suelto?- Le preguntaban a la gente en la calle.
     -¿Un perro? Sí...
     -No, no, es como un conejo, pero con orejas cortas, pelo corto, es... - Y no sabían cómo describirlo.
     Decidieron ir al local y descansar. El negocio ya estaba armado, la farmacia que iban a atender ya estaba preparada para abrir. Durante una semana se turnaron para buscar por los baldíos y parques de los alrededores. Los vecinos le traían cachorros abandonados del mismo color de su criatura, pero los esposos Valverde los rechazaban con paciencia.
     Gustavo comenzó a ser conocido y respetado por sus recetas magistrales. Atendía las urgencias y los partos con más frecuencia que el médico del barrio.  Su mujer se quedaba encerrada en la habitación de atrás, sólo salía de vez en cuando a caminar cerca de la estación, con su mano vendada.
     -Me dieron medicamentos.- Dijo ella un día al volver del hospital.- Preguntaron qué animal me mordió. “Uno muy raro”, les contesté y me puse a llorar, porque voy a perder la mano, Gustavo, ellos me lo dijeron.

     Dos meses más tarde, Rosa comenzó a sufrir una fiebre persistente. Se pasaba todo el día en cama, y a la noche salía sudando a la calle para respirar aire fresco. El olor de su mano envolvía la cama y la casa. Gustavo le curaba la úlcera todas las mañanas, pero aquella mano ya no era sino una masa informe y casi líquida. Quitaba las larvas que se reproducían durante la noche, y las guardaba en un frasco con alcohol.
      Un tiempo después una vecina le dijo:
      -¿Sabe, Valverde? El otro día me encontré un bicho de lo más raro en mi jardín. Se estaba comiendo las plantas, y le di un palazo que lo dejé muerto ahí mismo.
     Anécdotas semejantes se esparcieron por toda la zona. Los vecinos hablaban sobre los extraños animales que aparecían a la madrugada en las calles y jardines. La noticia trascendió en la radio y la televisión local. Los diarios advirtieron sobre el peligro potencial de un grupo de bestias exóticas que salía de los desagües para alimentarse. Los periodistas hicieron entrevistas a la gente del barrio, y todos respondían relatando sus hazañas contra la invasión.
      -¿Estaba preñada?- Le preguntó Rosa una tarde, mientras escuchaban las noticias en la radio, desde la cama. -¿Por qué no me lo dijiste?
      -¿Acaso podíamos hacer otra cosa?
     Prestaron atención a las nuevas medidas contra la plaga. “El gobierno municipal recibirá apoyo para combatir...” Días después empezaron a escucharse tiros durante la noche, o frenadas de automóviles que en la mañana dejaban el cadáver de un animal aplastado contra el asfalto. Gustavo observaba cómo sus criaturas eran exterminadas, pero no podía permitirse emociones.
     Una vez, salió del negocio al oír el chirrido de uos frenos. Poca gente se acercó a mirar lo que ya había dejado de ser una sorpresa. Valverde reconoció el cuerpo de la criatura que había traído del campo, que tal vez volvía en busca su antiguo dueño, entre las laberínticas diagonales de la ciudad. Le acarició el pelaje suave, el hocico que tantas veces había rozado su rostro y sus manos. Puso luego una tela encima de ella, y levantándola se la llevó a la farmacia, hasta el laboratorio armado en el cuarto del fondo.
     Los antibióticos ya no eran eficaces, y Rosa empezó a padecer delirios constantes. Gustavo continuó atendiendo la farmacia con el pensamiento fijo en cómo salvar a sus criaturas. Se levantaba cada mañana con un poco más de desprecio por su mujer, sin poder evitarlo. Por culpa de ella habían llevado al animal hasta la ciudad, adonde no pertenecía, y la pobre bestia huyera asustada entre la multitud.
     En el hospital recomendaron la amputación de la mano de Rosa. Era la única forma de salvarle la vida, dijeron los médicos. Pero Gustavo se negó y no volvieron.

     Una semana más tarde, el aire de la casa comenzó a cambiar. Había desaparecido aquel olor a carne descompuesta, el empalagoso y repulsivo olor naciendo de la mano infecta. Ahora lo reemplazaba un aroma a almendras.
      La gente iba a visitarla más seguido y sintieron aquel nuevo perfume como un síntoma clave de mejoría. Lo felicitaban por haber logrado aquella cura, y cuando se iban, Gustavo volvía a abrir las puertas del armario que ocultaban los frascos de cianuro sobre los estantes, disimulados con la forma de las ampollas de antibióticos. Al quedarse solo con Rosa, vertía parte del contenido en un vaso con agua, en la comida, en el té que ella tomaba todas las noches. Una gota apenas, pero suficiente para que el aliento de su mujer cambiara de una febril putrefacción a la renovada frescura de una fruta. Ella ya no se quejaba y las noches fueron menos dolorosas.
     Los camiones de fumigación recorrían las calles del barrio dos veces por día, repartiendo un humo blanco y sin olor, imperceptible al olfato humano pero mortal para la plaga. Las criaturas entonces salían de los escondites.
     Las calles tuvieron que ser cerradas por una hora cada mañana para retirar los cuerpos. Gustavo se quedaba parado en la esquina, observando cómo las palas mecánicas arrastraban los cadáveres blancos bajo el cielo nublado del invierno. La constante y lastimosa llovizna no lo perturbaba. Ya no sentía frío como antes, se estaba acostumbrando al clima de la ciudad.
     Una mañana se levantó antes del amanecer, mientras ella aún dormía. Abrió la farmacia, y fue a contemplar el retiro matutino de los cuerpos. Pensando en Rosa, resolvió entrar para despertarla. La llamó desde el local, asomándose al pasillo que conducía a su cuarto, pero ella no le contestó. En la habitación, la halló aún acostada, pero inmóvil para siempre, con la mano enferma reposando sobre la cama. Ahogó un suspiro. Después cubrió el cuerpo con una sábana y envolvió la mano con varios paños.
       Luego de cargarla hasta el laboratorio, la sumergió en la pileta de formol. El cadáver de la bestia recogida en la calle días atrás se hundió, volviendo a ascender junto al cuerpo de Rosa. Ambos quedaron flotando boca abajo.
     Al mediodía, una montaña de animales apareció en la esquina, lista para ser removida por las topadoras, expuestas a la inclemencia de la lluvia y el frío. Valverde fue a mirar y se quedó un largo rato reprimiendo el deseo de extender sus manos hacia el montón de cadáveres, como si quisiera rescatarlos a todos. Pero las escondió en los bolsillos al escuchar que alguien le hablaba.
     -Se está mojando.- Le dijo una vecina, que se había acercado a mirar junto a él.
     -No importa.- Contestó.
     -¿Y su mujer, cómo está hoy?
     -Se fue de viaje esta mañana.-Dijo sin abandonar su mirada absorta en la calle.-Regresó al campo, ¿sabe? Ella no puede vivir sin sus animales.






EL JUEGO




Clara ha regresado para casarse conmigo. Como si la humillación o el rencor hubiesen desaparecido, y lo único que quedara fuese algo más parecido al remordimiento que al amor. Lo cierto es que apenas nos vimos, ninguno quiso recordar la tarde en que todo comenzó.
     Era cerca de fin de año. Los chicos de la escuela salían a la cinco de la tarde. Con mis amigos Santos y Valverde nos juntábamos en la puerta del taller mecánico del padre de Aníbal. Éramos tres comerciantes prósperos, creo que vergonzosamente prósperos para aquella época. Fumábamos sentados sobre el baúl de algún auto, mirando a las maestras recién salidas del liceo, tímidas y serias, que caminaban hacia la parada del colectivo para volver a sus casas. Una de ellas en especial se llevó nuestras miradas durante más de un año: Clara Palacios. De a poco fue perdiendo su medida indiferencia. Cada tarde nos saludaba con una mirada extraña y bella. Porque era la más hermosa de todas las maestras del colegio, nosotros debíamos tenerla, poseerla de cualquier forma.
     Creo que entonces debió surgir el germen de aquella otra idea, aunque no nos diésemos cuenta, al verla caminar con su taconeo preciso y rítmico, con el movimiento suave del cabello castaño sobre el guardapolvo. El embriagante perfume a eucalipto que dejaba su rastro en la vereda nos sedujo hasta el punto de volvernos locos. Y todo puede resumirse en eso, me parece, locura y perdición.
     Intentamos conquistarla cada uno por separado, pero chocamos rotundamente con su negativa.
     -No puedo cenar con usted, Gustavo.- Le dijo a Valverde esa tarde, sosteniendo los libros con los brazos sobre el pecho, mientras el sol se ocultaba temprano detrás de la ciudad. Mi amigo la miró alejarse hasta la parada del colectivo, resentido, sabiéndose atractivo y sin embargo rechazado por primera vez. Regresó murmurando palabras a las que entonces no presté atención, y resultaron proféticas.
     -Ya va a ver lo que le espera.- Amenazó con un golpe de puño sobre la chapa del auto. Lo llevamos al bar de Santos para calmarlo.
     Unos días después, Santos nos dijo:
     -Esta vez lo intento yo.- Se sacó el delantal azul, y abrió un poco la camisa para mostrar el vello del pecho. Alisándose el bigote, se puso a esperar en la puerta.
     Desde la confitería vimos pasar a las maestras rodeadas de niños, distraídas en su mundo particular, separadas del nuestro como si existiese un abismo entre la vereda y el bar. Valverde y yo nos servimos cervezas y maní salado mientras mirábamos a Santos.
     A las cinco en punto pasó Clara. Iba sola. La saludó y conversaron. Ella hacía el mismo movimiento de siempre. Un gesto negativo con su cabeza perfecta, su rostro parecido al de una ninfa o una diosa. Unos chicos pasaron riéndose a escondidas. Clara se fue.
     Nuestro amigo se quedó un rato parado en el umbral, detrás de la ventana con el nombre del negocio. Entró acomodándose la camisa dentro del pantalón, y suspirando.
     -No sé para qué nos molestamos tanto.- Dijo con bronca contenida.- Es una maestrita de lo más común.
     -Vení, viejo. Sentate y olvidala.- Lo invitamos a tomarnos sus propias bebidas hasta hartarnos. Gritando obscenidades y confundidos, inconfesadamente perplejos.
     Una noche fuimos al taller, y Aníbal, que estaba cursando el último año del nacional, nos ofreció una rifa para la fiesta de fin de curso.
     -Sorteamos una cena en Buenos Aires, con visita guiada a toda la ciudad.
     -Andá a la mierda...- Dijimos los tres, pero después le compramos varios números cada uno. Entonces la semilla de aquella idea primigenia brotó allí, esa noche, entre autos desarmados, el olor a nafta, las herramientas y los naipes sucios. Todos miramos, sin planearlo, sin pensar por qué, la foto del almanaque en la pared. Esa chica desnuda e inaccesible nos empujó hacia el barranco del que ya no saldríamos. Valverde dijo de pronto: “Se me ocurrió un plan”, y no fue suyo exclusivamente, sino una expresión colectiva de cuatro cuerpos excitados y sin consuelo.
     -Antes tomábamos a las mujeres sin preguntas.- Siguió diciendo.- Las arrastrábamos hacia la oscuridad sin saber qué pasaba antes o después. ¿Y qué mal hay en eso? Tengo una teoría: los hombres somos animales, y las mujeres son humanos. Por eso nuestra voracidad debe superar a su inteligencia.
     Así Valverde fijó una posición irrevocable, y fue el mentor del juego que inventamos.

     Una semana después, mi encuentro con Clara no fue planeado. La vi aparecer por la puerta de la panadería con su trajecito gris y la blusa color salmón, cruzando sus rodillas con cada rítmico paso, en un vaivén que daba gusto contemplar. Me habría quedado allí, acodado sobre el mostrador, sin que el tiempo pasara, admirando su belleza eterna como la de una esfinge.
     -Buen día, Casas.- Me dijo, y se puso a buscar detrás de mí con la mirada.
     -¿Qué necesita, Clara?
     -Facturas, esta tarde llevo a los chicos a la plaza.
     Entonces le hablé sin pensar, me lancé al encuentro de lo fortuito sin planes ni estrategias.
     -¿Me deja acompañarlos?
     Me observó con curiosidad, ni molesta ni asustada. Su cabello bailaba con el aire del ventilador del techo, mientras miraba las cestas con el pan recién horneado. El aroma de la levadura se filtró por su nariz, y estiró una mano para tomar un dulce del frasco de caramelos.
     -Todos los que quiera, Clara.- La invité, separando la tapa. Nuestras manos se cruzaron, se tocaron como si la piel no fuese piel, sino un camino sin regreso.
     Esa tarde no tuvimos testigos más que los chicos de su clase, y los niños no ven si no sospechan. Por eso mis amigos no supieron de nuestro encuentro, ni de los que lo siguieron durante seis semanas hasta diciembre. Ella llegaba a la panadería media hora antes de entrar al colegio. Yo la iba a buscar cuando ya todos se habían ido, y se quedaba en el aula vacía, esperándome.
     -Perdoname.- Le decía entonces.- Tuve mucho laburo hoy.
     Después nos íbamos conversando lejos, donde el barrio fuese otro, y la gente casi desconocida. Creo que comencé a ocultarla en ese momento, cuando las cosas se hicieron irreversibles.
     Una vez nos cruzamos con Aníbal. Nos saludó con una mirada preocupada.
     -Buenas, señorita Clara, señor Casas.
     -¿Cómo van las rifas?- Le preguntó ella.
     Él y yo nos miramos callados, pensando que el silencio era una pared que podría protegernos de la culpa.
     -Bien, se venden bien.- Contestó, y se fue corriendo en dirección a la farmacia de Valverde.

     El diez de diciembre fue la fiesta de fin de año. Era una cena anual donde los chicos cantaban sobre el escenario, y una pequeña banda contratada interpretaba tangos para que los padres bailaran. A las doce de la noche se hacía el sorteo.
     Fuimos todos, el barrio completo. Los niños disfrazados repasaban sus actos, y los que no actuarían iban a robar comida de mesa en mesa, para escabullirse después hasta donde brillaba el fuego de la parrilla. El humo del asado se levantaba frente a las luces de mercurio de la calle.
     Era una noche espléndida y cálida. Varias veces le dije a Clara, antes de salir, que tenía cosas que hacer, que no me sentía bien, que no iba a ir. Pero ella insistió.
     Sus ojos, por Dios, sus ojos de inmensa belleza me conmovieron, me instaron a enfrentar lo que sabía iba a condenarme. Me puse el traje guardado con naftalina en el armario. Ella me abrazó sin importarle aquel olor, sonriendo, y me sentí como un ángel caído, un demonio bajo la piel de un panadero.
     -Estoy embarazada.- Me dijo justo antes de entrar por la puerta del colegio, y mirándome de reojo me tapó la boca. Se metió en el bullicio de la fiesta sin darme oportunidad de hablarle. Habíamos llegado juntos, no tomados de la mano, pero juntos como dos que diez minutos antes hubiesen estado acostados en la misma cama. Sin embargo todos parecían ciegos. Cuando sus compañeras nos rodearon, sólo la miraban a ella.
     -¡Qué hermosa, Clara, qué linda estás!- Y se la llevaron a su grupo.
     Me fui con mis amigos, que comían como animales. El aroma del vino rancio se elevaba desde las docenas de botellas esparcidas en un rincón del patio. Los niños nos pisotearon a cada rato en sus corridas, y la música sonaba estridente por los altoparlantes gastados.
     -A esa mina vamos a bajarle los aires de superioridad.- Me dijo Santos, borracho y con la barba sucia de grasa.
     Valverde observaba todo tranquilamente, controlado, como un vivisector que regula su tarea con minuciosidad. Los hombres, mis amigos y otros desconocidos, me guiñaron los ojos al mirarme. “La complicidad es tal vez el vínculo más indestructible del mundo”, pensé en voz alta, pero no me escucharon.
     La música, de pronto, se detuvo. La directora subió al entarimado y le pidió a una niña que la ayudara a sortear los premios. De una bolsa roja sacaron los números ganadores de las mesas servidas y al final el del viaje. Esto duró casi media hora; la gente miraba hacia todos lados con cada número cantado. Pero yo sentía la ansiedad, la expectativa que, como un fantasma, sobrevolaba el ambiente hastiado de calor y humo.
     Entonces Valverde subió al escenario. Algunos no sabían de qué se trataba, e hicieron silencio. Clara miró hacia allí, sin sorpresa, sin sospecha alguna. Agarré a Valverde de la punta del pantalón.
     -¡No!.- Le dije.- ¡No!.- Pero se desprendió y ya no pude detenerlo.
     -Ahora el sorteo final, con una gran sorpresa. Por favor, Clara, hacenos el favor de venir al escenario.- Y extendió su mano hacia donde ella estaba. La miramos, callados, mientras subía  intrigada.
     Los que nos sabían, al principio no entendieron. Los niños continuaban jugando sin hacer caso. Aníbal se fue corriendo, a esconderse, creo. Algunas voces hablaron tímidamente.
     -Éste es el premio más esperado.- Dijo Valverde.- La maestra más linda de la escuela.    
     Durante treinta segundos todo fue confusión. Luego Clara comenzó a llorar sin gemidos, sin ruidos, en un silencio parecido al llanto de un muerto. Y yo tan lejos, tan mudo ahora, me callé la boca y no detuve el drama.
     -¡Cuarenta!- Gritó Valverde. Era mi número. Aquel papel rosado del talonario me picaba en el bolsillo del traje. Lo busqué, quise destruirlo, tragármelo, deshacerme de la prueba del crimen. Necesitaba que la lluvia o la luna lo destruyeran ahí mismo con su magia legendaria. Escuché mi nombre.
     -¡Rodrigo Casas es el ganador! - Todos me observaron. Yo sudaba, y sin mirarla, supe lo que Clara hacía en aquel instante.
     Dio un grito pequeño, apenas audible, como una implosión que consume el alma. Sus ojos giraron desorbitados de un sitio a otro, sin detenerse. El pecho jadeaba con movimientos entrecortados. Luego se bajó, y se fue corriendo hacia la oscuridad, más allá de los reflectores, donde la luz de la fiesta no podía alcanzarla.
     Pero no la seguí. Sabía que estaba atada a mí de un modo inconfesable, y que un día iba a regresar. Vi su cabello prolijo balancearse en la noche, la cadena de oro en su cuello, y los zapatos bajos sonando atronadores sobre las baldosas, como el martilleo sentencioso de un juez.





LOS FUGITIVOS



La casa ya era vieja cuando Pablo y María Cortéz se mudaron. Habían dejado el departamento de Mar de Ajó poco tiempo antes, al final de ese verano en que ella quedó embarazada. En la ciudad les dijeron que el dueño de la panadería alquilaba una casa abandonada, y recorrieron el barrio con el viejo Rambler. Al hallarla, caminaron por el único sendero que conducía a la puerta principal. Tenía un estilo europeo indefinido, con enormes ventanales que daban al frente, y musgo en las paredes.
     -¿Te parece bien, María?- Le preguntó Pablo.
     -Sí.- Respondió ella solamente, porque sobre todas las cosas quería dejar de huir. No importaba el aspecto de la casa, lo único imprescindible era detenerse y ocultarse.
     María lo esperó en la puerta con las valijas, mientras él cerraba el auto. Al entrar lo primero que notaron fue la madera cubriendo todo el interior. El piso deslustrado, las escaleras y barandas astilladas, el techo carcomido por los insectos. Ella dejó el equipaje en el vestíbulo sin animarse a seguir, él vio su mirada de triste desilusión y tuvo que tomarla del brazo y empujarla suavemente.
     -¿No pudiste verla en tus sueños?- Le preguntó. Pero sabía que, si hubiese descubierto algo malo, se lo habría dicho enseguida.
     Subieron a la planta alta, desde donde contemplaron toda la extensión del barrio, tranquilo, dormido en esa tarde de domingo, y que más allá, cerca de la catedral, estaba despertando de la siesta. El piso de la habitación resonó estridente bajo sus pasos, así que permanecieron en el balcón, pensando en la playa. María era la que más extrañaba, allí había vivido desde su nacimiento. Pero al poco tiempo de conocer a Pablo se hizo necesario escapar; él conservaba aún demasiado vivo el recuerdo de sus dos años en la cárcel.
     -Éste es el único lugar en el que estoy libre.- Le había dicho muchas veces, en la playa. Pero después de un tiempo comenzó a tener la nueva sensación de que el mar se había convertido en un muro más de su prisión. A pesar de tanto recambio de agua, solía decir, de tanta muerte y resurrección, el resultado era la absoluta inmovilidad. Las olas parecían hacerle la advertencia de que el camino del mundo ahí terminaba.
     Escucharon las campanas de la última misa del día. Pablo subió las valijas con el crujir de las escaleras, mientras ella arreglaba la cocina. El horno era inservible, el agua tenía un color herrumbroso, y no se atrevieron a bañarse. Se acostaron en el piso, sin hablar casi, y María tuvo uno de sus sueños. Ella los llamaba así porque de alguna manera tuvo que nombrarlos, pero no ocurrían necesariamente de noche o cuando estaba dormida. A veces eran presagios de hechos que tarde o temprano sucedían. Sonidos y voces que nadie más escuchaba. 
     Esa noche oyó los gritos por primera vez. No supo si eran de alegría o llanto, de dónde o de quién provenían. Miró a Pablo a su lado, dando vueltas sin dormir, escuchando, no las voces, sino los ruidos de la casa, como si la construcción se estuviese acomodando al peso que ellos habían traído. “Debe estar pensando en el mar que lo persigue”, se dijo ella. Esas fueron las palabras de Pablo usó el día que decidieron huir. Ni siquiera en la costa, tan anónimos como eran, estarían seguros. El sueldo ya no les alcanzaba, y aunque había intentado conectarse con sus amigos para obtener parte del dinero robado, no había podido conseguirlo. Separado de ellos cuando lo apresaron, nunca volvió a verlos. Todo esto se lo había contado cuando la conoció en la costa, intentando ocultarse de la policía. Vivieron juntos dos meses, y  en esa época ella tuvo los primeros sueños sobre Pablo. Había oído las sirenas de la policía, y le advirtió. Él le fue el primero en creerle, y acostumbrada como estaba a que la llamaran loca, María se sintió más feliz que nunca.

     Cuando despertó en la mañana, revisó una de las valijas. De una caja, junto al revolver de Pablo, levantó un puñado de arena para olerla, como cuando era niña y se sentaba en la orilla mirando hacia el mar. En esos años oyó las primeras voces de las que tenía memoria, y aunque buscara por todos lados nunca había logrado descubrir de dónde llegaban. Simplemente, seguían sonando en sus oídos.
     Fue a la cocina, y como no quedaban más que restos de la comida del viaje, se vistió y fue a la calle. Los negocios comenzaban a abrir sus puertas con aromas de verduras y de pan. Entró a la panadería “La colonial” y conversó con el dueño, que le hablaba con un aire de sutil seducción. El embarazo aún no se notaba, y su cabello castaño, cayéndole sobre los hombros estrechos, le ofrecía un aspecto delicado e indefenso. Le dijo que su marido había trabajado una vez en una pizzería, y preguntó si necesitaba un ayudante.
     -Que venga esta tarde y hablamos.- Le contestó el panadero.
     María regresó entusiasmada, y justo antes de llegar a la casa escuchó los disparos. Venían de la calle, pero todo era normal a esa hora, los chicos caminaban a la escuela y los camiones repartidores se detenían en la esquina. Sin embargo, habían sido demasiado intensos para provenir de uno de sus sueños. Luego vio a Pablo leyendo el diario en la cocina, a medio vestir y distraído.
     -¿Escuchaste algo?
     -No, ¿por qué?- Le dijo él.
     Pero ella no quiso preocuparlo, esa mañana se veía tranquilo después de mucho tiempo. Comenzaba a creer que podrían establecerse y quedarse allí para siempre.

     Pablo comenzó a trabajar en la panadería, y al primer mes pidió un préstamo para comprar muebles. Cuando los cargadores trajeron la mesa del comedor y la cama, un estrépito resonó en las tablas del piso. Todos lo oyeron, aunque María al mismo tiempo percibió un grito breve que apenas había sobrepasado al ruido anterior. Sintió curiosidad, no miedo, porque de alguna forma los sonidos viejos y estériles de la casa parecían haber estimulado la percepción de otros más sutiles e indefinibles.
     La siguiente vez ocurrió esa misma tarde, y miró por la ventana para cerciorarse de que lo voz no llegaba desde la calle. Durante el resto del día se sentó en una silla en medio del cuarto, como formando o siendo ella misma una parte del mobiliario, y se puso a escuchar con extrema atención. Entonces pudo distinguir dos voces superpuestas, voces masculinas que gritaban de pánico.
     Cuando se lo dijo a Pablo, se arrepintió de haberlo hecho. Una mirada de preocupación  invadió el rostro de su esposo, que salió al balcón a fumar. Seguro pensaría en una nueva forma de huir, de abandonar la casa que ella empezaba a sentir como propia. No se decidió, sin embargo, a contarle también sobre los disparos, que se repitieron con mayor frecuencia en los siguientes días.
     Más adelante tuvo miedo de quedarse sola, e iba a la panadería cuando el sonido de las armas, ininterrumpido, se le hacía insoportable. Al alejarse, la fuerza de los disparos disminuía, y se daba vuelta observando el perfil de la casona solitaria en la cuadra, sucia y triste bajo el cielo nublado del otoño. Como a veces no quería molestarlos en el negocio, visitaba a alguna vecina o permanecía encerrada en el baño, donde los ruidos se atenuaban. Un día él la buscó por todas partes al volver del trabajo, y María salió del cuarto en el que se había encerrado, abrazándose a su cuello, llorando.
     -¿Qué escuchaste? Decime.- Le preguntaba Pablo, consolándola con cálidas caricias sobre las mejillas húmedas.
     Estuvo a punto de contarle sobre las sirenas y los gritos, pero aquella era su casa ahora, y no estaba dispuesta a dejarla. Por eso no le dijo nada. Pablo se acostó mirándola preocupado. Ella conocía esa expresión amarga, con la mente obsesionada por las sirenas de los autos que un día vendrían a buscarlo. Se le acercó para hacerle una caricia, y él se apartó bruscamente, fastidiado, como si se viese atrapado.

     Dos meses después, compraron más muebles usados. Habían gastado todo el préstamo, pero ya no les era posible ser cuidadosos.  Pensaban que tal vez, llenando la casa con mayor peso, desaparecería su quejido insistente. Los eligieron por una única razón, no su utilidad o su belleza, sino por el peso. Buscaron madera maciza, lo más muerta e inmóvil posible. Los obreros distribuyeron los muebles, y el crujir de la casa volvió a resonar. Pablo comenzaba a ponerse un poco más nervioso a cada minuto, tratando a los obreros con órdenes cortantes y gritos furiosos.
     Entonces ella oyó de nuevo las voces, más aún cuando los hombres terminaron y el sonido de las tablas se detuvo. Vio a Pablo discutir con ellos por el pago del transporte, y al escucharlo hablar en ese tono las voces se mezclaron. María se sintió mareada, un griterío de hombres furiosos la estaba rodeando. Y no era capaz de distinguir las voces reales de las de sus sueños. Después una sola persistió, la de Pablo. La suya era la única semejante al dúo original de gritos que la habían perturbado desde su llegada.
     En la siguiente semana, el embarazo ocupó sus pensamientos, y ella decidió olvidar todo lo demás. La casa parecía responderle atenuando el sonido de la madera, y Pablo ahora estaba más tranquilo y entusiasmado por su trabajo en el negocio.

     Al final del invierno, la fuente de los gritos resurgió. Intentaron pasar separados la mayor parte del tiempo, sin poderse explicar esa necesidad de súbito rechazo. Los fines de semana ella permanecía en cama, y él iba de una habitación a otra con clavos y un martillo. Reparaba las tablas sueltas y las que no lo estaban, con la obsesiva idea de que así podría disminuir el quejido de la casa.
     En octubre, María comenzó a sentir los dolores del parto y esperó a que Pablo regresara para ir en busca del médico que vivía enfrente. Media hora después el bebé había nacido y el doctor lo limpiaba, arrullándolo con un murmullo. María, con la mirada asustada, levantó la vista hacia el médico. Los dolores ya habían pasado, pero aquel arrullo, en lugar de tranquilizarla, inquietó su ánimo, porque reconoció la voz, la misma que junto a la de Pablo, gritaba de miedo.
     Luego surgió el sonido de las sirenas, aunque esta vez estaba segura de que no era su imaginación. Los dos hombres corrieron hacia la ventana, y ella, desde su cama, pudo ver a los patrulleros frente a la puerta, incendiando el barrio con sus luces rojas. Pablo buscó el revólver del armario, y sujetando al médico del cuello abrió la puerta de calle. Los policías lo iluminaron con sus faros y apuntaron hacia él.
     -¡Si no se van, lo mato!- Gritó.
     Al cerrar, lo ató a una  silla y fue a apagar todas las luces. Después se quedó un rato junto a su mujer.
     -Me voy solo.- Le dijo a María, mientras acariciaba a su hija.
     María se puso a llorar, quería acompañarlo y prevenirlo del peligro, era la única que podía hacerlo. Pero él se rehusó.
     -No pudiste prevenirme esta vez, mi amor, a lo mejor perdiste tu don.- Ella quiso decir algo, pero sabía que era inútil.
     Pablo se iría antes del amanecer si lograba evadir a los policías, así que cerró todas las puertas y los postigos de la casa. Cuando terminó, ya le resultaba difícil respirar. Tocándose el pecho descubierto, agitado y sudoroso, recorría la habitación con un silbido involuntario de su garganta estrecha. Fue de una ventana a otra en busca de una rendija de aire fresco. Ella notó la expresión de irremediable desconsuelo en los ojos de su esposo, en ese rostro donde la oscuridad y el ahogo eran cada vez más parecidos al encierro de la prisión. La vieja casa había sido, desde su llegada, una nueva cárcel para él.
     Antes de que amaneciera el médico logró desprenderse la mordaza, y dio un grito de auxilio. Pablo despertó asustado del ligero sueño en el que estaba sumido, y sin pensarlo, como un reflejo, le disparó en el cuello. El cuerpo se movió convulsivamente unos segundos y luego se detuvo. María se levantó para detener la sangre con sus sábanas, y empezó a llorar.
     -¡Ya lo sabía, ya lo sabía!- Dijo gimiendo desesperada, y cuando se dio cuenta de sus palabras ya era tarde.
     Pablo la miraba ahora con incomprensible terror, como si ella se hubiese transformado en un objeto o un lugar, en algo más parecido a un sitio de inevitable encierro que a una mujer. Entonces hizo un gesto de ahogo extremo y corrió hacia la puerta. Al abrir, se oyeron los disparos que lo mataron.




 LAS MANCHAS




Casas estaba frente al espejo del baño en la mañana de un lunes de otoño. Su mujer embarazada aún dormía en el cuarto.
     -¡Clara!- Llamó. -¡Son las seis!
     Mirándose el rostro recién afeitado, vio las pecas que habían vuelto a nacerle desde la última vez que se dejó la barba.
     -Se me fueron cuando crecí, y ahora las tengo otra vez.-Le dijo a su esposa, y ella le mostró su propia mancha, una que había brotado justo en el centro de su vientre desde el comienzo del embarazo. Un círculo blanco y opaco, con el color y la forma de un pétalo de jazmín.  A veces, Casas recostaba su cabeza sobre ella, intentando escuchar el crecimiento de su hijo a través de esa ventana blanca, y podía oler también el perfume. No el de la piel de su esposa, sino el aroma del jardín de la abuela.
     Rodrigo miraba a su abuela con una indiscreta insistencia cada vez que iba a visitarla cuando era niño. Le era inevitable observar su cabeza detenidamente hasta el instante en que debía irse, como si en realidad viese algo más que ese cráneo sin más cabello que dos mechones canosos en la nuca. Creía ver dibujos coherentes en las formas extrañas de los lunares en la piel de la vieja, diferentes colores que nunca pudo clasificar. El cuerpo estaba ya vencido, pero su voz era especial. Cuando la escuchaba, Rodrigo sentía un temor desconocido.

     Durante toda la tarde en la panadería, Casas pensó en qué iba a hacer con Costa. El  viejo lo había ayudado mucho, era verdad, pero quería el local grande frente a la plaza.
     -Estoy enfermo, pibe, necesito la plata como el pan de cada día.- Le decía el viejo.
     "Pero si te estás muriendo", pensaba Casas, resentido, ansioso como nunca antes lo había estado.
     -Baje el anticipo un poco y le prometo pagarle el resto en cuotas.- Insistía Casas.
     Sin embargo, no pudo convencerlo. El tipo deliraba en su enfermedad, parecía negarse al estado real de su cuerpo. Por eso aquella noche iba por fin a desafiarlo. Ya había otro interesado, alguien que no necesitaba del local, que hasta quizá se lo alquilaría para transformarlo en un deudor de por vida.
     Mirando el reloj de pared, se apresuró a terminar el trabajo. Salió del antiguo garaje en el que ahora funcionaba el negocio y se dijo que esa sería la última vez.
     -Voy a tener un hijo, viejo, quiero mi propio negocio. Mi  panadería va a ser la mejor del barrio, ¿entiende? Clara va a decorar las vidrieras,  y cada uno que pase por la vereda podrá oler el aroma del pan recién horneado.
     Costa estaba en cama, en su endeble cama de metal rechinante. Una lámpara débil hundía el lado derecho de su rostro en una agónica luminosidad.
     -Mañana viene el comprador, me ofreció un efectivo que no puedo rechazar. ¿Sabés, pibe? Mi tratamiento es caro.
     Casas lo agarró del piyama con sus puños, y la fugaz idea de que podía matarlo allí mismo sin que nadie jamás lo supiera, lo asustó.
     -Hace diez años que me lo viene prometiendo. ¿Para qué mierda me deslomé laburando para usted, viejo avaro?
     Entonces Costa tuvo un espasmo, su pecho se movió convulsivamente, y por un instante abrió más los ojos, sólo un impreciso lapso de tiempo en el que esperó la llegada de la muerte. Luego se quedaron quietos para siempre, igual que cuando la abuela de Casas murió.
     El hogar de la abuela tenía el aroma de la lluvia en sus paredes. Muros cubiertos de musgo y plantas. El olor de los perros inundaba los ambientes y las camas. Ese perfume  permanecía en su nariz toda la semana,  hasta el momento en que volvía a fijar su mirada asombrada en la cabeza casi muerta de la vieja.
     -¡Qué mirás!- Le gritaba ella, y Rodrigo, aguantando el llanto, huía de su lado.
     Nadie le habló nunca de su enfermedad sino hasta que fue grande. Sólo supo ella que iba al hospital de la capital cada tres meses, y regresaba en silencio. Las manchas de la cabeza fueron tomando su carácter, una forma indescifrable para él. Si hubiese podido acercarse más y tomar el cráneo entre sus manos, lo habría estudiado como un globo terráqueo en busca de mares y tierras.

     Casas sujetó la cabeza de Costa entre sus palmas y cerró los párpados con los pulgares. Estuvo allí sentado diez minutos quizá, inmóvil, y después revolvió los papeles del escritorio. Había docenas de documentos viejos, y su sorpresa no conoció límites al hallar los títulos de propiedad de la casona vecina al almacén y de todos los lotes de esa manzana. De pronto se vio dueño de todo aquello; él  y Clara y su hijo serían la familia más rica y respetada del barrio.  Desesperado, echó  una mirada a cada rato al cadáver, como si fuese a despertar y descubrirlo, como si no estuviese seguro de la eficacia de la muerte.
     Entonces agarró el contrato de venta del local, lo puso sobre la mesa y prendió las luces grandes. Algo se esfumó en ese instante, la sombra tal vez, que de tan pesada se había hecho cuerpo en esa habitación. Lo cierto es que al sentarse frente a la máquina de escribir, algo más condujo sus manos al agregar las otras propiedades en el documento. Luego puso su firma y la del viejo. Le salió tan parecida,  que todos dirían al verla que la hizo Costa en el último segundo de su vida.
     Mirando el cadáver,  guardó el contrato en el cajón de la mesita de luz. Fue al baño y se lavó la cara. Un prurito intenso lo estaba fastidiando otra vez. Buscó en el botiquín y sólo encontró una vieja lavanda que apestaba. En el espejo, lleno de pequeños puntos de óxido, le costó mirarse las pecas, las renovadas manchas.
     Tomó el teléfono y llamó a su amigo.
     -Sellame  el documento y después arreglamos con la guita.- Al colgar se quedó pensando en  cuánto le daría al escribano.
     Una vez había mirado a su abuela un largo rato. Ella se le acercó y le dijo, con un dedo señalando su propio cráneo: "Te van a crecer manchas como las mías por tanto mirar". Luego se había sentada sin decir más, y toda la familia observó a Rodrigo, haciéndole señas para que no llorara. Varios meses después ella murió, y el funeral se vio invadido por gente extraña. Los parientes viejos comentaban que la abuela los había frecuentado durante los últimos veinte años. Eran casi  todas mujeres con vestidos extravagantes, joyas plateadas y llenas de símbolos curiosos. Algunas se acercaron al ataúd haciendo movimientos extraños con sus manos, como si formaran figuras esféricas en el aire, y el humo espiralado del tabaco brotaba de sus labios enrareciendo aún más el ambiente viciado de flores e incienso. 
     Rodrigo se abrió paso entre ellas, hasta llegar al cadáver de la abuela. Las manchas continuaban ahí, más informes aún, y decidió tocarla. No pudo pensarlo demasiado, no quiso en realidad, y al hacerlo notó la suavidad de la carne blanquecina, el olor a flores que llevaba en el cuerpo. Las mujeres la habían cubierto con pétalos de jazmín. Esa noche, al mirarse en el espejo luego del entierro, se descubrió las pecas en las manos y la cara. Pecas muy pequeñas, color té con leche. Manchas casi bellas si no fuese por el espanto que sintió al verlas. Estuvo enfermo dos semanas después de esto, y el  médico no encontró la causa.

     Casas se quedó en el cuarto de Costa toda la noche. En la mañana puso un cartel de duelo en la puerta y llamó a Clara por teléfono.
     -El viejo murió anoche, tengo que preparar las cosas del velorio.
     -No me siento bien hoy.-Dijo ella.-Mejor me quedo en casa.
     A las diez de la mañana apareció el comprador. El hombre se quedó conforme con el último deseo de Costa, y se fue sin decir nada más. Casas era ahora el nuevo dueño de toda la manzana. Tendría un negocio de puertas anchas frente a la plaza, con doble vidriera y la cocina más grande de todo el barrio.
     Vinieron a buscar el cuerpo a las doce, a pleno sol, y Casas cerró el almacén para siempre. Los perros de la gran casa vecina aullaron.
     El coche fúnebre pasó frente al nuevo local. Casas sonreía, y su mente planeaba  el armazón inconmovible del futuro.
     Estuvo hasta muy tarde en el velorio, pero pocos pasaron a despedirse del viejo. Pronto, el cajón y la puerta de la cochería estuvieron cerrados.
     -Mañana a las ocho en el cementerio.-Le dijeron los empleados, y se despidió de ellos.
     Cuando llegó a casa, Clara ya estaba acostada y no quiso despertarla. Se desnudó y se metió entre las sábanas, sintiendo de nuevo aquel prurito en la cara. Tardó en dormirse, pero soñó con Costa. Con su cara de muerto, cuya voz venía de otra parte o de otro mundo. Y él se defendía dando golpes hacia todos lados.
      Se despertó agitado, la cama estaba revuelta y Rodrigo tenía el brazo de Clara aferrado a su hombro.
     -Tantos golpes que diste, querido, casi me matás.- Dijo ella con los ojos entrecerrados, jadeando agitada. Clara sudaba y ardía en fiebre.
     La acarició para calmarla, pero comenzó a sentir un olor peculiar, un aroma fresco y amargo. El perfume a jazmín regresaba desde el tiempo o la distancia.
     Casas corrió hacia la ventana y la luz de la mañana iluminó los gemidos de su mujer, el llanto y las sábanas que se movían igual que las dunas de una playa. Entonces, separando las mantas con un movimiento brutal,  descubrió aquel enorme agujero rojo de sangre inundando el camisón y la cama, como un pozo grávido por el que los niños muertos se van para siempre.




 EL PATIO DE LOS PERROS




Una tarde nos reunimos en la esquina de la casona de madera y ladrillo, ya vieja y arruinada desde antes de que naciéramos. Dos mujeres de apellido Cortez vivían allí. La madre era adivina o vidente, o simplemente bruja como la llamábamos; y la hija, apenas un año mayor que nosotros, era callada y enfermiza, pero tenía sin embargo una belleza extraña. Santiago y yo la seguíamos al salir de la escuela, hasta la puerta donde la vieja la esperaba para preparar el salón de sesiones.
     En ese entonces no teníamos más que once o doce años. Durante el verano, con Santiago y Laura nos sentábamos en la vereda de la farmacia o la panadería, y después íbamos a la casa para observar a los perros. Tenían doce, un número invariable de animales que ladraban a cualquiera que se acercarse al jardín sucio de las dueñas. Durante la noche, sus aullidos se oían en todo el barrio, tan lastimosos y desesperados como si no los hubiesen alimentado en semanas. A la mañana ellas salían cargando platos de comida nauseabunda, y los perros saltaban a su alrededor gruñéndose uno al otro. Al gritarles, hacían silencio y se agachaban contra el piso, miedosos y sumisos sólo ante las voces de las mujeres.
     Pero a la noche siempre volvía a repetirse el rito de los aullidos, y esto se convirtió en un misterio más fascinante aún que la forma peculiar en que la vieja se ganaba la vida.
     -Hagámoslo rápido.- Murmuró Santiago, todavía con el uniforme del colegio, el cabello engominado, y la caja de cartón entre sus manos. Mantenía la tapa cerrada fuertemente con la mano derecha, mientras Laura se sacaba del pelo la hebilla que le habíamos pedido.
     Creo que aquella mañana en la escuela, ninguno de los tres pensó más que en lo que planeábamos hacer esa tarde. No sentimos miedo, conocíamos la total impotencia de la vieja para otra cosa que no fuese insultarnos desde la puerta de la casa. En realidad nunca la molestamos hasta ese día, y si lo hicimos fue porque comenzaron a decirse cosas extrañas sobre ellas. Rumores y fábulas en relación con sus perros. Entonces nosotros, por una curiosidad ingobernable, decidimos vigilar.
     Le dimos el primer turno a Laura, que después iba a sus lecciones de piano. Santiago tomó el segundo, hasta las seis de la tarde, cuando yo lo reemplazaba. Mantuvimos la vigilancia durante varios meses, hasta descubrir que los doce perros nunca eran los mismos. Lo más curioso era que jamás los vimos escapar o morir. Cuando alguno desaparecía, a la mañana siguiente otro había tomado su lugar.
     Las sesiones de la bruja Cortez comenzaban a las dos de la tarde, así que nos escondimos detrás del almacén. La caja temblaba en manos de Santiago, y la cubrimos para ocultarla, como si su contenido pudiese ser visto a través del cartón. Laura fue corriendo hasta cerca de la entrada y los perros ladraron.
     -Les están dando de comer.- Nos dijo al regresar. Desde lejos observamos las fuentes cuyo olor inundaba el barrio hasta la noche, y vimos cómo los animales se abalanzaban  sobre los platos.
     Media hora después, un auto se detuvo enfrente, y bajaron dos ancianas gordas, de cabellos rojizos y cubiertas de collares plateados. Escuchamos ladridos, la voz de la hija haciéndoles callar, y luego el saludo estridente con que la adivina daba la bienvenida a sus clientas. La vieja se veía mayor a su edad. La pintura exagerada en el rostro, el pelo teñido y el  marco de triste decrepitud de la casa le daban ese aspecto. Ella levantó su mano en un gesto de gran solemnidad y las invitó a entrar.
     Después caminamos hacia allí. Los ladridos recomenzaron, mientras corríamos por el sendero que llevaba al jardín posterior y al galpón. Era una especie de entrada para autos, separada del resto de la casa por una pared muy baja. Los perros nunca la saltaron, ni tampoco la cerca que los separaba de la vereda. Nos hizo pensar muchas veces que no querían irse; tal vez deseaban morir protegidos por la sombra extensa del edificio, entre el olor a incienso que salía por las ventanas. Eran animales comunes, mestizos, casi una raza de perros bastardos.
     Me ladraron a diez centímetros de distancia a lo largo de todo el muro, mostrándome sus dientes amenazadores pero sin atreverse a saltar. En las semanas previas habíamos descubierto que las hembras embarazadas desaparecían antes de dar a luz, y fue esto lo que decidió a Laura, finalmente, a acompañarnos. Santiago y yo, en cambio, lo hicimos por curiosidad, y quizá también por un débil sentido de justicia hacia esos animales.
     Llegamos a la puerta trasera. Estaba cerrada, así que Laura tomó su hebilla, abrió la cerradura y se fue corriendo hacia la calle. Ahora sólo un panel mosquitero nos separaba de la cocina. Yo fui primero, y si quise hacerlo fue porque sentí que le estaba ganando algo a aquellas mujeres, esa lucha inconsciente que librábamos contra su deliberado hermetismo.
     -¡Dale, dame la caja!.- Le grité a Santiago.
     Abrí la puerta de alambre y arrojé la caja. Despedido como una bala, el gato blanco se desprendió del cartón y fue directamente hacia la sala de visitas. Escuché interrumpirse las frases extrañas que la vieja pronunciaba sobre la bola de cristal, y a través de la cocina vi levantarse su silueta enfurecida.
     -¡Listo Eduardo, corré!- Gritaba mi amigo, y luego vi su sombra abriendo la cerca.
    Los perros habían sido liberados, y persiguieron al gato hasta la sala, donde las mujeres saltaron de las sillas gritando como locas. Los animales daban vueltas por toda la habitación, destruyendo los platos de porcelana, y de pronto la bola de cristal cayó de la mesa. Al estallar, sus incontables fragmentos parecían fuegos artificiales. Entonces, la vieja se derrumbó inconsciente sobre el piso de la sala.
     Huí  un segundo más tarde, riendo y llorando a la vez, con la imagen de su rostro contra el suelo y el cráneo ensangrentado. El gato huyó, creo. Pero los perros se quedaron. No se atrevieron a salir más allá de los límites de la casa. Permanecieron encerrados en ese espacio libre del patio, fatídicamente sumisos.

     -¿Cómo está ella?.- Preguntamos algunos días después, intentando parecer simples curiosos, para que la culpa no nos delatara. Así supimos que le había estallado una arteria en la cabeza luego del golpe, y medio cuerpo estaba paralizado. La hija se ocupó de la casa desde ese día.
     Con mis amigos no me reuní en mucho tiempo. Sin embargo tuve que pasar por la vereda de la casona cada mañana para ir a la escuela, y empecé a notar que la chica alimentaba a los perros con menos frecuencia. Ellos golpeaban la puerta, aullando sin recibir respuesta. Presencié la muerte de cada uno a lo largo de varias semanas. Vi cómo, caídos con las patas vencidas, morían serenamente, casi sintiéndose culpables. Una tarde un camión municipal vino a recoger los cuerpos.
     -¿Quién llamó?.- Quiso saber el tipo que parecía un inspector.
     -Fui yo.- Dijo una de las vecinas reunidas en la vereda, con el gesto desafiante y un dedo moviéndose acusador frente a la cara del hombre.- Y si me permite que lo diga, acá todos sabemos que la bruja los coimeaba para que le consiguieran animales.
     -No puede probarlo, señora, no puede... - Se defendía el hombre, alejándose con una expresión indignada.
     Se llevaron a todos los perros, excepto al que permanecía vivo y escondido detrás de unos tablones. No les dije nada y esperé a que se fueran. Era el último, el más pequeño de todos. Rasgó la puerta de madera, y la chica se puso a mirarlo desde la ventana. Dando un grito lo ahuyentó, y el animal corrió hacia el patio de atrás. Decidí buscarlo, y por eso me oculté hasta que ella cerró las cortinas.
     Un rato después caminé agachado junto al muro, hasta un poco más allá adonde llegué la vez anterior. Mis zapatillas resbalaban en el barro, y sentí un crujido bajo los pies. Al perder el equilibrio caí sobre un montón de huesos frágiles y húmedos, amontonados contra la pared, ocultos por la sombra de la casa. Eran huesos cortos y  pequeños, como los esqueletos de los perros. Tuve náuseas y me alejé hacia el galpón del fondo, del que me llegaba el calor de las llamas de la caldera. Asomándome por la puerta, vi una silla de madera y paja, y más huesos repartidos por el suelo a su alrededor.
     -¡Fuera, fuera!- Escuché que alguien me decía con tono de desprecio.
     La vieja, a la que no vi antes por la oscuridad, me gritaba  histérica. Con una mano atizaba el fuego, y con la otra, muerta para siempre a un costado del cuerpo, se esforzaba inútilmente por agarrar algún trozo de carne y masticarlo. Pero ya no podía.
      Salí corriendo a la calle, y el perro sobreviviente huyó conmigo.





DOMINGOS




Después de tocar el timbre, acaricié la vieja puerta de la casa de mis padres. La madera también estaba sudando por la humedad de ese domingo. Desde su muerte, mi hermano y su familia la ocupaban. Al día  siguiente del funeral de mamá se mudaron sin  previo aviso. Trajeron los muebles en un camión, y el barrio los vio descargar sus cosas como si la casa les hubiese pertenecido desde siempre. 
     -¿Qué te parece? - me había preguntado Daniel cuando fui a ver las refacciones, pero preferí callarme, como otras tantas veces. Desde entonces, ya sólo me quedó visitarlos los fines de semana para llevar a mi sobrino a la cancha. Se convirtió en un ritual esperado con ansia cada domingo.
     Ese día estaban almorzando en la cocina. El chico, apenas me vio, fue corriendo a su habitación para cambiarse.
     -Voy a vender la casa, nos mudamos a Buenos Aires.- Dijo Daniel leyendo el diario, sin mirarme, ajeno a mi rostro lleno de pánico, de extremo vértigo nublándome los ojos.
     Lo primero que pensé entonces fue en que iba a perder a Gabriel. Si se mudaban no lo vería más que esporádicamente. Ni siquiera sería ya el segundo padre, el reemplazo de los domingos, el auxiliar que salía al campo de juego en los últimos quince minutos del partido. Así pasaba con nosotros desde chicos. En el club, Daniel siempre era el titular, el capitán del equipo, el que planeaba las jugadas. Una vez el entrenador me dijo:
     -Entrás vos, pibe.
     Cuando Daniel salió del campo,  me murmuró al oído:
     -No cagués el juego.
      La voz de mi cuñada me despertó de mis recuerdos.
     -No le comprés helado, hoy está con dolor de garganta.
     -Está bien, Alicia.- Contesté.
      Gabriel regresó corriendo, vestido con un jean y  la camiseta del equipo. Daniel  ya no nos acompañaba a la cancha desde mucho tiempo antes. Estaba cansado, decía, y me relegó esa tarea. Se lo agradecí como si hubiese obtenido por fin su aprobación. Pero esta vez insistió en venir con nosotros.
     Nos llevamos al auto las últimas porciones de pizza del almuerzo. Gabriel se asomó por el techo corredizo del Torino y el padre lo retuvo del cinturón. Hablamos un  rato del campeonato, pero yo necesitaba hablar de la casa.
     -¿Estás seguro de venderla? Mirá que me gustaría quedarme allí. Se me vence el alquiler del departamento a fin de año, y...
     -¿Y qué vas a hacer con esa jodida casa vos solo?
     Entonces recordé aquella sensación de vacío abrupto que tenía cada vez que Daniel me ganaba. Eso era lo que había ocurrido en el vientre de mamá. el alimento y la sangre que nos correspondía a ambos. Me empujaba y absorbía el líquido vital, me quitaba fuerzas deliberadamente. Así  mi hermano se había convertido en el heredero natural. El primogénito por dos minutos, pero el primero al fin.
     Gabriel nos miraba con atención desde el asiento trasero, como si estuviese estudiando la diferencia física entre ambos. Nuestro cabello era rizado y castaño, largo en la nuca, con la barba rojiza cortada al ras de la piel. Esta vez, sin planearlo, nos habíamos vestido casi igual, como cuando éramos chicos y confundíamos a la gente.
     -¿A cuántos engañaron, papá?- Preguntó, y los dos reímos.
     Estuvimos unidos tan sólo un instante por esa risa semejante a un aura, a un regalo celestial concedido y robado al segundo siguiente. Nada más que una remera blanca con estampado distinto nos diferenciaba.
     Detuve el coche en una esquina, y escuché a Gabriel preguntarme cosas que nunca había pensado contarle.
     -¿Por qué no te casaste, tío?
     Me reí casi sin darme cuenta.
     -No sé, viejo. La verdad es que las mujeres son complicadas, o soy yo el que las entiende cada día menos.
     De pronto, la voz de Daniel surgió como si fuese un eco de aquel gemido que oía ya en el útero materno. Las paredes del órgano eran una caverna.
     -Es que tu tío es un egoísta de mierda.- Dijo.
     Y di un golpe sobre el volante con el puño derecho, mientras con la izquierda seguía conduciendo. Pero mi hermano se reía,  y entonces a Gabriel se le fue rápido la cara de sorpresa. En sólo un minuto el aire se tensó para relajarse de inmediato, poniéndose a prueba de esa forma la cuerda elemental que nos unía desde siempre. Fue en ese momento cuando supe lo que debía hacer para vencer a mi hermano de una vez por todas. Ya que era más fuerte que yo, tenía que tomarlo desprevenido.
     En el estacionamiento Gabriel corrió para adelantarse, y cerrando el auto, repasé mentalmente una y  otra vez los pasos de mi plan. Daniel ahora caminaba a mi lado erguido y orgulloso, sin ver  ni sospechar siquiera la oscuridad que se estaba formando a su alrededor. Una sombra parecida a la que habité hasta nacer. Porque estaba seguro que Daniel, al quitarme el alimento, había esperado que muriese sin ver jamás la luz.
     El estadio estaba cubierto por un estruendo de voces roncas. Nos ubicamos quince minutos antes de comenzar el partido. El clima desmejoró muy rápido,  y una lluvia suave estaba empezando a caer cuando se inició el juego. El olor a sudor crecía, rodeándonos. Los hombres cantaban saltando sobre las gradas. Banderas y papeles se agitaban en el aire denso del domingo. Parecían empastarse,  hacerse fango suspendido.
      Nos quitamos las remeras y nos secamos el sudor.
     -¿Te acordás de la pelea que tuvimos antes de nacer?¿No tuviste nunca la sensación de haber nacido agotado después del esfuerzo que hiciste por ganarme?- Le pregunté a Daniel.
     -¿De qué estás hablando?
     -Vamos, viejo, no vas a decirme que nunca tuviste la idea de matarme.
     -¡Andá a la mierda!- Me dijo con aquel gesto de insoportable superioridad que yo odiaba.
     En medio de la estridencia, apoyé la cara entre las manos, y esos segundos que marcaron la invencible ventaja de mi hermano, se esfumaron por un rato.
     Esperé un gol. Aguardé con un ansia infinita, como si en ese punto, en esa jugada elegida al azar quizá por el mismo Dios o la providencia, pusiese la eternidad de mi alma. Los hombres a mi alrededor sufrían, se agarraban al alambrado enloquecidos y ansiosos. Yo permanecí sentado, esperando.
     Y cuando se produjo,  el estadio pareció venirse abajo. Un grupo incontrolable comenzó a caer en avalancha desde las gradas más altas. Era una masa de golpes y gritos ensordecedores. Daniel estaba allí, listo  para recibir el impacto y  pagar su parte del destino que le tenía preparado.
     Entonces lo noqueé con un golpe directo, frío, que cualquiera de aquellos tipos pudo haberle dado, y del que esperaba, desesperadamente, jamás volviese a despertar. Vi un cascote grande junto a mis pies, y algo me hizo extender la mano para agarrarlo. Pero los tipos a mi alrededor empezaron a observarme. Me apuré a sacarle la remera atada al cinto, y me la puse.
     Encontré a Gabriel a varios metros, saltando y gritando de alegría,  oculto entre la masa informe de cuerpos que se movía al ritmo de una ola . Me acerqué a él hablando como Daniel. No sabía en realidad dónde estaba mi conciencia cuando lo hice. Fue simplemente como si otra persona se apoderara de mí.
     El partido estaba terminando.
     -¡Tío,  nos vamos!- Gritó Gabriel mirando a todos lados. También empecé a llamar con el acento y los tonos de mi hermano.
     -Se debe haber ido con alguna mina. No te preocupés.
     Salimos del estadio y abrí el auto.
     -¿Te dio las llaves, papá?
     Mis manos temblaron por un segundo.
     -No. Siempre tengo unas copias del auto del tío.
     Ahora ya tenía al hijo de mi hermano, y en pocos minutos sería dueño de su mujer y de su casa. Como un cazador furtivo, le había robado la vida. Sin embargo, mis manos continuaban temblorosas sobre el volante.
     Los hombres siguieron saliendo en grupos por las puertas del estadio. Torsos desnudos y sucios, banderas y cartelones rojos como sangre. De pronto, la barba rojiza de Daniel se asomó entre los brazos en alto y las voces de los hinchas fanáticos. Y su cuerpo molido y recuperado, llegó al auto y golpeó la puerta una y otra vez.
     -¡Tío!- Decía Gabriel al hombre que nos atacaba desde la calle. 
     Una de las ventanillas se astilló con un puñetazo desde afuera, y los vidrios lastimaron la frente del chico. Varios hilos de sangre le corrían por la cara.
     Entonces todo pareció esfumarse. El aire cálido y maternal del auto, el sonido del motor tan parecido a la voz  monótona de mi madre, los cristales mojados por la lluvia simulando la fluidez opalescente del líquido vitelino, todo esto ahora se estaba expandiendo para salir de su claustro  y liberarse.                                                                                     
      La puerta se abrió y un brazo fuerte, más sin duda que los míos, me arrojó al suelo, al pavimento cubierto de saliva y basura. Mi hermano subió al auto junto a Gabriel.
     -¡¿Tío, qué pasa?!
     -¡Yo soy tu viejo!- Gritaba Daniel, agarrándolo de los hombros.
     -¡ Papá, ayudame!- Me rogaba el chico- ¡Tengo miedo del tío!
     Y  yo, allí sentado sobre el fango, débil y sucio, me puse a reír como un loco.





 LA MUJER DE CASAS




Algunos vecinos decían que Clara comenzó a frecuentar a mi tío Antonio poco después de saber que estaba enferma. Otros que lo hacía desde antes. Lo cierto es que ella, una noche de hace diez años, encontró al desvestirse una mancha roja y húmeda en su corpiño, y tuvo miedo.
     Recuerdo el día que regresó con Laura del hospital. Yo trabajaba en el negocio en ese entonces, y las vi entrar. Laura, alegre y despreocupada, con su cabello rubio, miraba con curiosidad el aspecto lívido de su madre. Clara en cambio, estaba pálida y muda, tanto que olvidó saludarme, dejó a su hija conmigo y se fue a la cocina. Se la veía muy blanca, con el pelo despeinado por el viento precoz de aquel otoño, y el tapado abierto dejando ver el vestido gris.
     Si le dijo algo a su esposo sobre la enfermedad, no lo sé. Es de suponer que así fue, porque Casas salió de la cocina dos horas después, y me dijo que iban a cerrar temprano.
     A la mañana siguiente vi a Clara detrás del mostrador, pálida aún de miedo, pero con una sonrisa que, aunque dibujada, era imborrable. 
     -Justo a vos, pobrecita- Intentaban consolarla las vecinas al enterarse, porque sabían de la dedicación que había puesto durante años en juntar dinero para las mujeres que llegaban a pedirle ayuda.
      Las enfermas venían de todas partes de la ciudad con sus senos tomados por el cáncer, y algunas ya mutiladas o sin esperanza. Los Casas se habían convertido en la familia más influyente de la zona, y  Clara tuvo la idea de recolectar plata para ayudarlas en su tratamiento. Organizaba ferias y quermeses, espectáculos y obras populares en la calle a beneficio de su pequeña fundación barrial.
     Desde aquel día, el matrimonio continuó trabajando sin demostrar inquietud. Él, con su delantal enharinado, se asomaba de vez en cuando por la puerta de la cocina para saludar a alguien. Ella seguía sonriendo beatíficamente, como cuando alguna de sus protegidas venía a quejarse de los dolores o a anunciarle su muerte. A Laura, sin embargo, nunca le dijeron nada, y a mí sólo me advirtieron:
     -Si Laurita te pregunta algo... -Murmuró Clara a mi oído.- Vos no sabés nada, ¿entendés?
     Entonces me limité a observar.
     Al mediodía vi a Laura parada en la vereda de enfrente. A esa hora salía de la escuela con su uniforme azul y los libros abrazados contra el pecho. Miraba con atención hacia la esquina, donde mi tío Antonio se veía inquieto, intentando tal vez mirar de lejos el interior del negocio. Después los dos entraron casi al mismo tiempo, pero él, siempre con su impecable traje negro, se adelantó para abrirle la puerta a Laura.
     -Gracias.- Dijo ella.
     “La estaba esperando, quería saber si mamá atendía hoy, estoy segura”,  me contó algunos días después, cuando su sospecha era ya casi una certeza.
     Cuando entraron, me sorprendió que Clara, de pronto, se diera vuelta para mirarse al espejo detrás de la máquina registradora. Se arregló el cabello y el vestido, y recién después saludó a mi tío.
     -Antonio, buenos días. ¿Cuándo abre la barbería ?
     -En un mes, Clarita.
     Eso me molestó, aquella confianza inesperada, obtenida quién sabía cuándo y de qué modo. También Laura lo escuchó, y enseguida debió pensar en su padre. Se quedó allí  parada, mirando abstraída los estantes con el pan recién horneado, pero con la mente dando vueltas alrededor de la figura de Casas.
     “Papá estaba tan cerca”, me dijo luego, “a pocos metros de su esposa, pero no la conocía realmente”.
     Desde aquella mañana las visitas de mi tío se hicieron más frecuentes. La gente del barrio comenzó a murmurar. Laura rehuía a las mujeres reunidas en la vereda, que la miraban siempre con una expresión de insoportable lástima.
     Mi tío Antonio era un hombre extraño. Yo casi no lo había visto en toda mi infancia, mientras él participaba en política y en sus reuniones de comité y viajes de campaña. Hasta que llegó a concejal cinco años antes, y  se hizo ya inaccesible. Rodeado de hombres altos y gordos, de trajes impecables y bigotes siempre sucios, llevaba bajo el brazo izquierdo su memorable revolver del año cuarenta y dos. Aquella reliquia que limpiaba todos los días, como a una joya cuya pérdida representara el extravío de su propia alma. Siempre decía que había matado a dos hombres con ella.
     -Quien me insulta no vive para contarlo.-Vociferaba en todos lados, en el comité, en el bar, en la calle o en la peluquería de damas, donde las mujeres reclamaban su presencia para escuchar las anécdotas y los chismes sobre las esposas de los políticos.
     En mi casa escuché que estaba empobrecido, después de perder su dinero en malas inversiones. Ahora, de regreso para abrir la barbería a dos cuadras del local de los Casas, pero nadie pudo decir de dónde había sacado el dinero. Tomó la costumbre de visitarnos antes de oscurecer, en una época en que las lluvias decrecieron y el frío se hizo más intenso. Laura lo veía llegar con su sobretodo negro y el mismo traje viejo.
     -Me van a enterrar con esta ropa.- Bromeaba al encontrarse con Casas, y luego se ponían a conversar.
     Laura concentraba su atención en percibir el más leve signo de agresividad, cualquier palabra, acto o gesto que fuese el germen de una discusión. Pero especialmente quería poner en evidencia la tensa expresión en la cara de su madre cuando los dos hombres se encontraban. Fue entonces cuando notó que la apariencia de Clara era diferente. Había adelgazado mucho y se quejaba de no tener hambre.
     Yo en cambio observaba a mi tío, a su  traje abultado bajo la axila por la masa metálica,  como un cáncer latente en el lado izquierdo. Aquella arma me intrigaba y le temía a la vez.

     Por varias semanas nada sucedió. Clara iba al médico todas las tardes, y a veces Laura la acompañaba sin entrar al consultorio.
     -Todo está bien, querida.-Le decía al salir, dejando atrás el aroma penetrante del hospital para tomar un helado antes de regresar a casa.
     Una tarde, sin embargo, Clara estaba más apurada que lo habitual al salir del consultorio. No había cerrado la puerta, y Laura vio la cara preocupada del médico.
     -Tu padre nos espera en el negocio.- Dijo Clara muy ansiosa, agarrándola de la mano sin detenerse ni hablar. Cuando regresaron, yo estaba de turno y les avisé que Casas había salido a encargar mercadería.
     -Quedáte entonces a ayudar a Oscar.- Le pidió a Laura. Tengo que preparar la cena antes que vuelva tu padre.
     Estaba nerviosa, y recogió su bolso con torpeza. “Hizo lo mismo en el hospital”,  me dijo Laura, “... tardó varios minutos en ordenar los papeles de la obra social, y enseguida escondió la receta del médico en la cartera.”
     Laura se quedó en el negocio pensando que algo muy malo estaba sucediendo. Frente a la registradora, jugaba con las teclas. Llegaron algunos clientes y los atendió distraída. Oscureció sobre la plaza y los niños la abandonaron pronto. Fue a encender las luces del frente, y vio a Antonio que cruzaba la calle. Él miró desde la vereda, buscando a Clara seguramente. Cuando se fue, Laura tuvo la certeza de que iba a verla. Se puso pálida, y su blancura aumentó al enfrentar el frío de la calle.
     -¡Salgo!- Me avisó, y se fue detrás de él.
     Debía estar pensando en su padre, en el hombre silencioso y a veces indiferente que era Casas la mayor parte del tiempo, y no dudó que su lealtad estaba con él. Las luces de mercurio ya habían sido encendidas. Antonio entró a la casa, ella lo hizo dos minutos después. Percibió el aroma a frituras de la cocina, vio el delantal rayado sobre la falda de su madre. Los brazos de mi tío rodeaban sus hombros.
     No me quiso contar lo que pasó más tarde. Laura estaba perturbada, su mente iba de un pensamiento a otro y estuvo distraída durante toda una semana. Faltaba a la escuela sin avisar y no quería dar explicaciones a nadie. Dejó de hablarle a su madre, y hasta se enojó conmigo.
     -Vos sos el sobrino, ayudáme a terminar con esto.
     -Mi tío no me agrada mucho, Laura, ¿pero qué vamos a hacer nosotros?- Sin embargo, supe al mirar sus ojos, que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa.

     El día en que se inauguró la barbería hubo música, comida y mucho de beber. La gente bailaba tangos al ritmo de un  viejo tocadiscos, las guirnaldas colgaban del techo y de los ventiladores. Un cartel de bienvenida estaba pegado con cintas al gran espejo de la pared principal. El local había sido remodelado completamente, y escuché cómo la gente murmuraba a espaldas de Antonio,  preguntándose cómo había obtenido el dinero.
      Fuimos todos esa noche: amigos y enemigos de mi tío, vecinos y contrincantes políticos. La familia Casas también estaba. Laura se había puesto un vestido de falda corta y el cabello suelto. Sonreía de una manera similar a su madre, a la expresión oscura e inaccesible que Clara tenía en ocasiones, cuando escondía algo. Habían pasado casi tres horas y algunos estaban ebrios y otros ya se iban a dormir.
     Entonces la puerta se abrió de pronto, y todos miramos a los policías que entraron empujando las mesas y derribando las botellas de sidra,  los vasos y los platos vacíos de copetines, que  estallaron sobre el piso. Las mujeres gritaban y algunos chicos escaparon.
     -Hay denuncias contra usted.-Dijo uno de los tipos.
     -Tengo todos los papeles en orden, señores.-Y Antonio desparramó sus documentos sobre la mesa sucia por los restos de tortas, con el aroma de la cerveza y la sidra envolviendo nuestras narices en un vaho nauseabundo.
     Enseguida se formaron dos grupos, uno alrededor de la mesa con los policías, mi tío y sus amigos; otro con el resto de los vecinos que cuchicheaban entre ellos, y las viejas que buscaban sillas para recuperarse del susto. Clara iba de un lado a otro del salón, arreglando las mesas con simulada pero nerviosa indiferencia. Laura la seguía con la mirada propia de una mujer vengativa, que contrastaba con su rostro de quinceañera. Se me ocurrió que tal vez había sido ella quien hizo la llamada anónima a la policía, que ya de mucho antes vigilaba a mi tío por sus antecedentes, esperando sólo una excusa para registrarlo. Pero ella jamás me lo confesó ni quiso reconocerlo.
     Escuché a mi lado la palabra “fraude”, apenas insinuada y murmurada por los labios silenciosos de la gente en aquel local lleno de humo, en medio del clima moribundo de una fiesta interrumpida. “Blanqueo”, dijeron otros. Dinero desviado, incontables sumas, definiciones y términos demasiado imprecisos para mi mente de adolescente.
     -¿Nombre de la sociedad?- Preguntó uno de los tipos.
     -Peluquería “El concejal”.
     -Socios...
     Mi tío no contestó.
     -Socios, señor, por favor.- Insistió.
     Antonio murmuró, casi deletreando, las únicas palabras necesarias.
     -Clara Palacios de Casas- Dijo, tan suavemente que no pudo escucharse más allá de unos centímetros de su boca. Pero el aire del cuarto lo anunció, condensándose como una figura de hielo entre las guirnaldas de la fiesta.
     -Esta señora tiene una fundación para minusválidas, ¿ no es cierto?
     -Sin fines de lucro.- Interrumpió una voz desde el grupo alejado, firme aunque no muy convencida.
     El inspector buscó el origen de aquella voz entre la gente, se sacó los lentes y exploró la tensión, la mirada ofuscada de todos los presentes. Entonces Clara dio un paso adelante. Algunos quisieron defenderla, pero los policías la separaron del grupo.
      Después de un rato en que interrogaron a ambos, el inspector se llevó a sus secretarios, y los policías se fueron. Todos nos quedamos en silencio. Casas permaneció en un rincón, absorto en sus pensamientos y destrozando un vaso de plástico entre sus manos, ahora aislado definitivamente de su mujer.
      Laura había pasado del estado de éxtasis vengativo al del trágico asombro, mientras observaba los movimientos indecisos de su madre en medio de aquella multitud acusadora. Porque la gente ya empezaba a irse sin saludarla, evitando la mirada casi implorante de la mujer de Casas. Entonces, cuando ya nadie la estaba mirando, Clara corrió hacia Antonio. Con toda la madura belleza que la había distinguido entre las demás mujeres del barrio, su cabello entrecano y la antes erguida espalda, se abalanzó sobre él y metió la mano entre su saco y la camisa. De inmediato oímos el disparo.
     Clara quedó inmóvil sobre el cuerpo de mi tío, que la retenía entre sus brazos. Vimos brotar la sangre lentamente, manchando el vestido como un papel secante. Y la mancha se hizo más amplia que la herida, pero no tan grande ni tan profunda como el dolor en los ojos de Laura.




EL FARMACÉUTICO




La farmacia de Gustavo Valverde estaba en una esquina frente a la plaza. Mi familia vivía a su lado, sólo separada por un baldío, así que fue inevitable que atendiera a mi madre el día que nací. Muchos años después enfermé durante varios meses, y él venía a aplicarme inyecciones todas las semanas. Su voz amable hizo que nunca sintiese dolor a los pinchazos, y llegué a tomarle afecto. Crecí viendo los pequeños frascos de colores oscuros de las medicinas, y me era imposible no asociar su figura con aquel aroma tan peculiar. Me gustaba verlo trabajar, moviéndose de un sitio a otro detrás de las vitrinas y del mostrador, siempre con su guardapolvo celeste. Ningún certificado colgaba de las paredes acreditando su profesión, pero nadie en el barrio dudó jamás de sus conocimientos.
     Cuando entré a la farmacia dos semanas antes de su ida definitiva, estaba discutiendo con la dueña del local. Él vivió allí por treinta años, era muy joven cuando abrió su negocio por primera vez, pero el edificio nunca fue suyo. La dueña venía cada dos meses para cobrar el alquiler. Me sorprendió ver los ojos de Valverde muy abiertos y llorosos, como si nunca en su vida le hubiesen hablado de esa manera. Alcancé a escuchar que la mujer iba a vender el local y quería que se fuera antes de fin de mes.
     Me hice a un lado para que ella saliera. Escuché las campanillas de la puerta, mientras él permanecía quieto por algunos segundos. Al verme dijo que me acercara, pero no mencionó nada de lo ocurrido. Yo miraba sus ojos verdes, pensando en cómo sería con las mujeres. Sabía que había estado casado alguna vez, sin embargo nunca me habló de eso. Era alto, de cabello castaño peinado hacia atrás, y creo que aún resultaba atractivo para las señoras del barrio, por lo menos eso decían al reunirse en la peluquería.
     -¿Todavía estás seguro de lo que vas a hacer, Santiago?- Preguntó de pronto, y me sonrojé.
     -Sí, señor. Se lo pido a usted porque es el único con quien puedo hablar de esto. Mis amigos...ya sabe. Si paso otro año sin acostarme con una chica voy a convertirme en el tonto de la escuela. ¿Entiende, no?
     -Sí, no te preocupés. Pero, ¿y ella?
     -Ya lo sabe. No está segura pero espero quitarle las dudas esta noche.
     En ese entonces, lo veía tan serio que deseaba ser como él cuando tuviera su edad. La manera en que Valverde influyó en mi vida fue algo que recién en esta época, la de mi descubrimiento de cosas nuevas, se me hizo conciente. Sacó las llaves de un cajón, y me las entregó con la advertencia de que sólo abriera su habitación. Dudó un poco antes de soltarlas. Tiré de ellas con suavidad, y cuando las dejó en mis manos, repitió que sería únicamente por una noche.
     Escondí las llaves en mi bolsillo, y sentí cómo mi pecho se agitaba de entusiasmo. Más tarde encontré a Lidia. Fuimos a tomar un café y hablamos. Estaba nerviosa e irritable, así que la agarré de la mano en silencio, esperando que ella no sintiese mi temblor. Entonces mis pensamientos regresaron al señor Valverde, porque su recuerdo me ofrecía siempre la única seguridad en momentos como esos.
     Lo mismo le sucedía a la gente del barrio que confiaba en él. No era médico ni químico, pero hallaba una respuesta para todas las situaciones. Hubo un episodio que se comentó durante muchos años. El doctor Ruiz, nuestro médico, estaba cansado de que Valverde modificara sus recetas. Un día fue a la farmacia y ambos discutieron a los gritos, conmocionando a toda la cuadra. Luego de una hora, varios vecinos vieron salir al doctor llevando un catálogo con las recetas de Valverde.
     Mamá me dijo una vez que se había instalado en la ciudad con su mujer, al llegar de su pueblo natal. Según mi madre, era hermosa, pero no tan atractiva como Valverde. La chica no hablaba mucho, permaneciendo la mayor parte del tiempo en su cuarto. El matrimonio duró pocos meses. Ella se fue un día a su pueblo y no regresó. Algún tiempo después se supo que había muerto en esa misma época, pero él nunca lo comentó hasta que alguien pudo hacerlo hablar de sí mismo. Entonces dijo lo que más adelante repetiría con cierta frecuencia cuando iba al bar los sábados a la noche.
     -La única forma de salvar la vida es detenerla un instante antes de la muerte, antes de la descomposición.- Y su aliento no tenía el aroma del alcohol, aunque hubiese bebido, sino el rancio olor de las flores viejas en los cementerios.
     No pudo saberse mucho más de su parte. Mis padres recordaban que la mujer parecía estar enferma antes de irse, porque la oyeron vomitar frecuentemente desde el baño de la casa cuando iban a comprar algo a la farmacia. Valverde hacía entonces un gesto de triste resignación, mientras despachaba sus pedidos. Pero desde el pasillo de atrás del mostrador, un penetrante aroma semejante al de las frutas secas inundaba el aire entre las paredes llenas de estantes y vitrinas.

     A la noche pasé a buscar a Lidia por su casa. Cuando eran las diez y veinte pasó el colectivo, con su regularidad habitual. Las luces de la plaza iluminaban las veredas, y abrían espacios en la oscuridad. Nos detuvimos en una esquina, mientras yo jugaba con las llaves en mi bolsillo. Entramos a la farmacia y cerré la puerta. Atravesamos el local hasta el fondo, donde un pasaje estrecho llevaba hacia las habitaciones. Vi el cuarto de Valverde y más allá una cocina pequeña. Lidia me pidió que esperara algunos minutos en el pasillo antes de entrar. Recorrí el resto de la casa mientras tanto, y descubrí una habitación contigua a la anterior y otra más al final del corredor. Fui hasta allí, pero estaba cerrada. Intenté luego con la anterior, y al abrirla ya no pude volverme atrás.
      Un escritorio ocupaba el centro, cubierto de papeles y libros de lomos gruesos. Hacia un costado vi una pileta común pero sucia y llena de tijeras curvas, pinzas de diferentes tamaños y hojas de bisturí. Algunos frascos alrededor de las canillas olían a detergentes y antisépticos. Fui descubriendo todo esto de a poco, a medida que me recobraba del asombro y mis ojos se habituaron a la penumbra. En las paredes había cuadros con dibujos de figuras humanas que parecían vivas y muertas a la vez, mostrando sus músculos desprendidos en un caminar sereno e imposible. Tropecé con el otro costado de la habitación, donde la pared estaba ocupada por estantes repletos de frascos. La mayoría  contenía fetos sumergidos en formol. Algunos estaban intactos, otros destrozados o disecados, pero en ningún recipiente figuraba la fecha o el nombre. Me quedé mirando varios minutos aquella escalofriante exposición de niños muertos, sus caras informes y los cuerpos hinchados.
     Por accidente golpeé una fuente de chapa, y el ruido me hizo despertar de mi abstracción. Recordé a Lidia y regresé al cuarto de al lado. Hicimos lo que fue nuestra intención desde el principio. Ella estaba molesta y asustada, y yo me sentí demasiado torpe, porque no dejaba de pensar en lo que había descubierto.

     Una semana después encontré a Lidia cerca de su casa. No habíamos vuelto a citarnos por común acuerdo. Charlamos un rato, estaba más tranquila, y prometimos hablarnos por teléfono. Fui a ver al señor Valverde, a quien tampoco vi desde aquella noche. Al día siguiente de usar su casa, dejé las llaves en el buzón muy temprano en la mañana. No sabía cómo hablarle, ya no era para mí el mismo tipo de antes.
      Al verme no quiso saludarme. Al principio, comenzó a hablar con lentitud, como reteniendo su ira, hasta estallar después de un rato en una cólera que lamento haber provocado.
     -¡Me voy en unas semanas, y solamente se te ocurre tirarme las llaves como a un extraño!
     -Es que sentí vergüenza, no sabía qué decirle...
     Él dejó lo que estaba haciendo, y apoyándose en el mostrador me sonrió de una forma que sugería la pregunta más obscena.
     -Salió todo bien... - Fue lo único que me atreví a contestarle, e intenté cambiar de tema.-Vi sus frascos, señor Valverde.- Lo mencioné sin pensar. Él cerró los párpados con fuerza, como si intentase controlar su ira. No le hablé de los fetos, sino de los libros de medicina y le pregunté cómo aprendió a hacer todos esos experimentos, pero no quería escucharme.
     -¿No te dije que abrieras nada más que mi habitación?- Me dijo con un contenido tono de furia.
     Sentí cómo la sangre me enrojecía la cara, y mis manos sudaban. Le pregunté sobre el alquiler, para cambiar de tema. No me hizo caso y siguió hablando de los frascos. Mencionó a los doctores que había conocido, y me habló de su afición a la investigación. Dijo también, con una expresión de enorme tristeza, como si el fracaso de la humanidad recayese sobre él, que ya nada de todo ese conocimiento le servía ahora. Lo único que había podido comprobar a lo largo de todos esos años era una descomposición más lenta, pero inevitable, del cuerpo.
     Entonces hablé, cometiendo el último y más grave error.
     -¿No le revuelve el estómago hacer eso?
     Valverde miró hacia la puerta, luego a mí, y con una rapidez ante la que no pude reaccionar  tomó la palma de mi mano derecha e hizo un corte de un extremo al otro. No sé de dónde salió el cuchillo, sólo vi su reflejo cuando ya era tarde y el dolor apareció varios segundos después. Yo gritaba como un loco, pero nadie entró por aquella puerta. Mis padres estaban trabajando y los vecinos dormían su imperturbable siesta. Él mismo después me cubrió con unas vendas que enrojecieron rápidamente, y volvió a cambiarlas. Vi una mezcla de sangre y carne informe en mi palma, y antes de vendarme de nuevo dijo:
     -Esto es lo único que somos.
     Fue lo último que escuché de él.
     La semana siguiente  permanecí en casa sin salir. El doctor Ruiz hizo lo posible por mi mano, y decidí no decir la verdad. Tuve miedo de Valverde. Vivía a su lado, y temí todas las noches escuchar sus amenazas desde el cuarto oliendo a formol.

     Exactamente siete días después encontré a Lidia, que se mostró atenta y preocupada por mi herida. Cuando íbamos de regreso a casa vimos un camión y un auto de la policía. Supuse que venían a desalojar a Valverde y quise cruzar para desviarnos del lugar. Lidia estaba emocionada al ver el patrullero e insistió en quedarse. Escuchamos un grito de mujer desde adentro de la farmacia, y la vieja dueña salió corriendo. Se apoyó en un árbol de la vereda, y lloraba agitada mientras otras mujeres se acercaron para ayudarla.
     En ese momento vi a Valverde salir con las esposas puestas, custodiado por dos oficiales que lo subieron al auto. La gente murmuraba con asombro.
     El patrullero se fue y de inmediato empezaron a sacar los frascos, ocultos por fundas blancas. Mis padres también estaban allí. Mamá entró, curiosa, al local, y yo la seguí. Logró esquivar a un policía que quiso detenerla, y la vi tropezar con dos hombres que venían del fondo llevando una camilla. No tuve tiempo de preguntarme qué era aquello, porque papá agarró a mi madre del brazo y ella, asustada, destapó una parte de la sábana que cubría al cuerpo. El cadáver - disecado impecablemente, sumergido hasta minutos antes en el formol que chorreaba ahora sobre los mosaicos negros y blancos - de la mujer de Valverde.
     Recordé el cuarto cerrado al fondo del pasillo, y lo que me habían contado sobre los que mueren intoxicados por cianuro con el perfume de almendras amargas en la boca.
     Vi a Lidia sacudiéndose los brazos y el vestido, y me miró con desprecio sin dejar de limpiarse la suciedad que sólo ella podía ver. Luego huyó corriendo.
     Me quedé parado en la puerta de la farmacia que visité casi todos los días de mi vida, cruzada desde entonces por una faja judicial. Miré mi mano lastimada, inútil para siempre, con los tendones cortados que el doctor Ruiz ya no pudo unir. Mi mano muerta.






MAX



No sé qué estaba pensando en ese momento, tal vez en el viaje que iba a hacer dos semanas después. Lo cierto es que crucé la calle a mitad de cuadra, y no vi el camión. El sol del mediodía luego de almorzar me adormeció, quizá también la fugaz conciencia de mi felicidad.
     Pero escuché el motor justo un instante antes de verlo a mi lado, y luego sentí el empujón desde la espalda. Un golpe no del acero, sino de otro cuerpo que me arrojó a la vereda de enfrente, salvándome de la muerte.
     Recuerdo haber oído ladridos, aullidos casi histéricos desde el patio de aquella casa vieja en la que siempre había perros abandonados. Sin embargo, era tan habitual verlos allí que esa mañana no les hice caso.
     Acostado sobre la vereda fría, con las palmas enrojecidas por el golpe contra las baldosas y el labio inferior ensangrentado, sentí las caricias del perro. El mismo que me había advertido del peligro con sus ladridos, y saltó la cerca arrojándose sobre mí justo antes de que el camión me aplastara.
     Era un animal mestizo, grande de tamaño pero aún con aspecto y hábitos de cachorro. Parecido a un doberman, tenía pelo corto y muy negro.
     -¡Dios mío, Gabriel!- Gritó Juana, que vino corriendo desde la esquina en la que íbamos a encontrarnos.
     Juana Santos era la hija del dueño del bar y mi novia desde la infancia. El día que cumplí dieciocho años, papá me dejó usar el Torino de mi tío Jorge, que había muerto unos meses antes. Entonces ella tuvo la idea del viaje, y como siempre que se le ocurrían aquellos planes, se colgaba de mi cuello insistiendo hasta convencerme.
     Ahora hacía lo mismo, pero sentada en la vereda, abrazándome y manchándose con la sangre de mi cara. El chofer del camión se bajó y quiso ayudarme.
     -¡Uy, Dios mío, perdoname pibe, perdoname!- Decía con las manos nerviosas.
     La gente se juntó a nuestro alrededor, formando un grupo compacto dentro del cual el perro era un claro, un espacio libre que todos respetaban, como si fuese una bestia a venerar. Un animal salvaje y noble a la vez.
     -Ese perro me salvó.- Murmuré luego de que el espanto me abandonara, cuando por fin pude hablar.   
    Todos lo miraron de nuevo con más atención, y Juana lo sujetó de la correa vieja que alguien le había puesto alguna vez. Después el animal vino a lamerme la cara, y lo abracé a él y a Juana, con los brazos todavía temblando.
     -Lo vamos a llamar Max.- Dijo ella, y más tarde me contó una leyenda inglesa que una vez había leído en su clase de historia. No sabía por qué se sintió tan emocionada al oírla, relatada por el profesor, ni la razón por la que durante meses después se dedicó a buscarla en todos los libros y bibliotecas. Ahora, esta leyenda volvía a su memoria.
     Un rey medieval tenía un perro que lo acompañaba en todas las batallas. Era un animal enorme, feroz con los extraños y dueño de unos ojos tan negros que el mismo demonio parecía apoderarse de él al salir al campo de batalla. Un día el rey perdió su espada en medio de una contienda, y un enemigo comenzó a cabalgar hacia él para atravesarlo con la suya. Entonces el perro saltó hacia el otro y le arrancó la mano.
     -Aquel galgo se llamaba Maximilian.- Terminó de contarme Juana.
     -Vení, Max.- Lo llamé, y respondió levantando la mirada, con las orejas bajas. Se puso a correr alrededor como si volviese a escuchar su nombre luego de muchos siglos.
     Después de esto no tuvimos más alternativa que llevarlo en nuestro viaje. Confirmamos el alquiler de la casita en la playa, y a la mañana siguiente subimos las valijas al auto. En el asiento trasero iba Max, y Juana sentada a mi lado. Ese día noté que ambos se profesaban un mutuo resquemor, todavía leve y sutil. Ella se esforzaba por agradarle, acariciándolo y dándole de comer en la boca. Pero Max se comportaba cada vez más extrañamente. En especial cuando ella se recostaba sobre mi hombro y me servía café apoyando el termo sobre la guantera. Se daba vuelta para mirarlo y él le gruñía mostrando los dientes, siempre sentado como una estatua imperturbable.
     -¿Tengo que soportar los celos de un perro?-Decía irritada, pero un instante después nos reíamos juntos, una risa fresca en medio del calor de la ruta.
     “¿Qué más puedo pedir?”, pensé, abriendo el techo corredizo para que la brisa marina y el olor de la arena de los primeros médanos renovara el aire dentro del auto. “Tengo una chica hermosa, un buen auto y un gran perro.” Luego puse mi brazo derecho sobre los hombros de Juana, que se fue adormeciendo mientras miraba al sol ocultarse detrás de las dunas.

     Al otro día estábamos en la playa, recostados sobre la arena. Juana y yo uno al lado del otro, y Max sentado mirando hacia todos lados, expectante. Husmeaba olores indiscernibles para nosotros, apuntando el hocico hacia el norte o el sur, como si el viento trajese signos de amenazas inimaginables. Se me ocurrió que aquel perro de la leyenda debía tener la misma y ancestral astucia de percibir los sonidos y los olores lejanos de los enemigos, que cabalgaban entre el polvo levantado por los caballos, con los estandartes verdes de su heráldica y sus espadas en alto. Imaginé un grupo enorme de caballeros armados viniendo hacia nosotros por la playa, mientras las huellas de los caballos sobre la arena húmeda eran borradas por las olas.
     Noté que ella también estaba atenta a lo que hacía Max. El sol bronceaba maravillosamente el cuerpo de Juana, cubierto sólo por una bikini de color verde. Le gustaba  mucho este color, sus vestidos, sus blusas y zapatos siempre tenían un toque aunque sea pequeño de algún tono de verde.
     -Contame más sobre esa leyenda.-Le pedí.
     Comenzó a relatarme que Maximilian era descendiente de la más fina casta de perros criados por la nobleza de aquella época.
     -Por eso vivía con los reyes, y dormía en el mismo cuarto.-Siguió contándome.- La reina estaba embarazada en el período de la batalla en la que el perro salvó la vida del rey. Los protegía mejor que cualquier ejército. Era capaz de percibir el peligro a kilómetros de distancia. Una vez, según dicen, un tornado atravesó la región, y Maximilian estuvo inquieto durante tres días antes que la tormenta llegara. Después nació el príncipe...- Juana se interrumpió.-...El sol te está quemando la espalda...-Me dijo, y se levantó para pasarme bronceador por los hombros.
      No sé qué movimiento hizo, ni cómo reaccionó Max. Sólo escuché el grito bajo la luminosidad exacerbada del mediodía, como una reina amenazada por la herida sangrante de su tobillo izquierdo. La alucinante pesadez del sol no me dejaba despertar del todo, y de pronto vi a Max atacando a Juana, mordiéndole el pie mientras ella gritaba.
     -¡Basta!- Le grité, y obedeció de inmediato.
     -Perro hijo de puta.
     -No es muy grave.-Quise consolarla.
     -¿Pero qué le pasa a ese animal?-Insistía ella saltando con un solo pie para volver a casa. Lo miramos quedarse junto a nuestros bolsos, vigilando como un soldado insobornable.
     -Pensó que me estabas lastimando...
     A la tarde fuimos al médico. Curó la herida y le recetó una vacuna y los antibióticos.
     Esa noche se quejó del dolor varias horas, logrando descansar recién después de tomar unos sedantes. Max la miraba desde la alfombra en que dormía junto a nuestra cama. Sus ojos brillaban en la oscuridad, pero ni una sola vez se acercó para consolarla, como lo había hecho conmigo el día del accidente.

     La herida en el tobillo de Juana fue creciendo. Ella creía que el sol y el agua de mar iban a curarla y no quiso ver más al médico. Tomaba los remedios, pero aún sin dolor, la herida se convirtió en una úlcera creciente.
     Una tarde nos alejamos demasiado de la ciudad. Nos fuimos con el auto hasta cerca del faro San Antonio, rodeados por kilómetros de arena de un lado y el mar frío e impiadoso del otro. Una lluvia aún lejana había comenzado a caer sobre el agua. Un barco pesquero estaba encendiendo sus luces.
     -Ya es tarde, Juana. Volvamos a casa.-Me di cuenta de que dormía. Le toqué la mejilla y noté que estaba afiebrada. De pronto, se despertó y dijo había tenido una pesadilla.
     La fiebre reavivó su pequeña obsesión por aquella historia inglesa. Le gustaba repetir lo que su profesor le había enseñado: que la historia no se repite nunca. Sólo persiste a veces un elemento inatrapable a la comprensión, y que suele sobrevivir en los seres irracionales como un estigma.
     -¿Te acordás de la leyenda del rey y su perro? De repente me acordé de cómo terminaba. Parece que cuando la reina dio a luz, su esposo no estaba en el castillo. Los sirvientes la atendieron lo mejor que pudieron, pero el médico tardó demasiado en llegar. El parto se complicó. Mandaron a un sirviente en busca del rey, pero había viajado muy lejos para volver a tiempo. La reina estaba sola y tuvo a su hijo asistida por su doncella adolescente. Las velas alumbraban al bebé en la cuna al lado de su madre. La doncella se sentía tan feliz que apenas lo cubrió con un delantal verde que llevaba encima, y fue a anunciar la nueva noticia a los demás, dejándolos solos. Pero. en medio de la oscuridad, en un rincón de la habitación, estaba Maximilian.
     Juana se desmayó. Me asusté tanto que la levanté en brazos y la llevé hasta el auto de inmediato. Sin embargo, el auto no arrancaba. Esa mañana me olvidé me había olvidado de llenar el tanque de nafta.
     -Vamos Max, hay que caminar hasta que encontremos ayuda.
     Cargué a Juana, que ya despierta seguía delirando y sudando en fiebre. El cielo estaba completamente nublado y tuve escalofríos. Las pisadas de Max sobre la arena eran lentas y firmes, como si quisiera seguirme pero no deseara apresurarse.
     -¡Dale perro hijo de puta! Vos tuviste la culpa de todo esto.
     Entonces corrió hacia mí, y sin lastimarme, mordió el talón de la zapatilla. Intenté patearlo, pero en cuanto se desprendía, tomaba impulso y volvía a sujetarme sin herirme. No sé cuántos metros caminé en esa situación, pero fueron muy pocos. Tenía la piel ardiente y seca por el sol de aquellos días, la brisa del mar me daba escalofríos y no había traído abrigo.
      Max me quitaba fuerzas a cada paso, me agotaba. El cuerpo de mi novia se me iba resbalando de los brazos. Hasta que vi una camioneta a lo lejos, con la insignia del guardavidas en la puerta. Le hice señas y contestó encendiendo las luces delanteras. Cuando vino a buscarme, Max no se le acercó, limitándose a amenazarlo a la distancia, gruñéndole. Dejé a Juana sobre la parte posterior y me acosté a su lado, mientras el tambaleo del jeep sobre las dunas nos mecía como en una insensible muerte. Max nos seguía detrás.
     -Mató al bebé.-Dijo ella en un fugaz instante de lucidez, despertando su conciencia arraigada en el pasado.
     -¿Quién, la reina hizo eso?- Le pregunté.
     -No, no.- Contestó ella.- El que estaba esperando entre las sombras se abalanzó sobre el niño como si fuese el enemigo, una amenaza para el poderío de su rey, y lo devoró.
     Juana estuvo internada tres días, y murió una madrugada. Su padre había venido a verla, pero no me quedé a esperarlo. Esa misma noche huí con Max a la playa.
     -Vení.-Lo llamé.
      Cuando se acercó le di una patada. Sólo aulló. Volví a patearlo en las costillas, y se quedó quieto. Lo apedreé y me fui corriendo, pero me siguió, parecido un demonio y un ángel protector a la vez. Luego, aproximándose dolorido, comenzó a lamerme los pies desnudos.





EL ARMARIO




Laura se desabrochó el segundo botón de la blusa al ver a Tomás, que bajaba del colectivo en la esquina de la plaza. Tenía el traje azul de todos los días, gastado en las rodillas y con dos pitucones en los codos. Llevaba abierto el cuello de la camisa blanca, y el diario enrollado bajo su brazo izquierdo. Esta vez venía sin esa sonrisa que siempre estaba en sus labios al ir a visitarla. Sus ojos brillaban al pensar en Laura. Pero ahora no era así, había algo diferente en su rostro, muy parecido quizá a una expresión de irreflotable hundimiento.
     Al entrar fue directamente hacia ella, rodeado por el aroma del pan y las facturas. La campanilla de la puerta se apagó con serenidad.
     -Duque se murió ayer a la noche.- Dijo en ese silencio abrupto de las cinco de la tarde.
     -¡Por Dios, querido!- Contestó Laura, abrazándolo por encima del mostrador. La blusa de seda se agitaba con su respirar entrecortado, apretada contra el pecho de Tomás, mojándole el cuello con sus lágrimas.
     -¿Cuántos años tenía, trece, catorce...?
     -Diecisiete años. Fue mi mejor amigo todo ese tiempo.
     Decidieron ir al bar a conversar.
     -¡Papá, salgo!- Gritó Laura hacia la cocina, y su padre debió escucharla pero no contestó.
     En la confitería se sentaron cerca de la ventana, tomándose de las manos. El mozo puso dos cafés entre los brazos temblorosos.
     Ella había visto a Duque tres días antes. Aquel perro viejo sí que era grande. Un mestizo ovejero alemán que aún saltaba y le lamía la cara al verla. Parándose en dos patas, le impedía abrirse paso por el pasillo estrecho de la casa de Tomás. Vivía solo con su perro, en esos cuartos pequeños y cerrados todo el día, con la humedad y el polvo cubriendo los muebles, y un olor a putrefacta acidez que surgía de alguna parte.
     -Como afuera, no tengo ganas de cocinar cuando vuelvo del laburo.- Había dicho él alguna vez.
     Entonces fue cuando ella se ofreció a cocinarle. Iba casi todas las noches a hacerle algo simple y caliente. Luego le preparaba la cama, las sábanas limpias en la que se acostaban juntos. Siempre se sentía vigilada por Duque, quieto y silencioso hasta que Tomás regresaba a las nueve de la noche. Al llegar le abría la puerta del jardín, mientras Laura los observaba jugar, sentada bajo el roble, con las luces de la ciudad ascendiendo hacia el cielo del crepúsculo. La luna pálida iba creciendo, y Duque aullaba.
     -Le ladra a la luna todas las noches desde que lo conozco. Si no está afuera se desespera rasguñando las puertas, como cuando se sienta al lado del armario y no puedo sacarlo de ahí.- Se quejaba Laura muchas veces.
     Tomás entonces la miraba con recelo.
     -Es su armario, Laura. Allí Duque tiene sus cosas.
     A menudo ella había revisado el mueble buscando algo, pero siempre cuando el perro estaba lejos. De lo contrario se le ponía delante, alerta, con un gruñido expectante, sigiloso y protector, vigilando las puertas de madera barnizada y lustrosa. Las patas de estilo veneciano y la fachada antigua contrastaban con la simpleza del pasillo. Porque el armario estaba allí, en medio del paso, estorbando de manera que había que estrecharse contra la otra pared para pasar.
     -¿Por qué no lo ponemos en tu habitación?- Le preguntó.
     -No, no quiero que toques nada.
     Ella se quedaba mirando largo rato ese armario enorme, imposible de mover. Lleno de cosas viejas, de las fuentes que Tomás usaba para alimentar a Duque, las toallas para bañarlo, el jabón, las correas de cuando era cachorro, y las zapatillas carcomidas por sus dientes precoces.

     -Se murió sin molestarme, pobre viejo Duque.- Dijo él en la tarde húmeda del bar, mientras miraban pasar por la vereda a los chicos que salían de la escuela.- Cuando se quedó tieso sobre la alfombra, recordé su fuerza, sus mandíbulas feroces de algún tiempo atrás. Te conté cómo me defendió, ¿no?
     En realidad Laura estaba cansada ya de escuchar aquella historia. Todos en el barrio sabían cómo Duque lo protegió el día en que sus padres discutieron, y la forma en que la vieja se cayó golpeándose la cabeza. Decían  que el viejo la empujó, y después quiso hacer lo mismo con Tomás. Él entonces era un chico de doce años. Un niño apático y triste que se escondía de los otros, huyendo con su perro de las discusiones de los padres.
     -Nos íbamos hasta las vías del tren, y ahí nos quedábamos hasta las nueve de la noche, cuando papá se iba al trabajo de sereno en la fábrica. Yo contaba los trenes uno por uno, esperando aquel que se lo llevaría lejos hasta el día siguiente.
     Tomás, sentado sobre las vías, se entretenía mirando a Duque, que ladraba a las locomotoras, lentas como mastodontes. Para el perro quizá eran monstruos, animales primitivos o bestias salvajes.

     Empezó a rozar las piernas de Laura con sus zapatos debajo de la mesa. Ella miró alrededor, sonrojada.
     -Vamos a casa, Laura. Estoy cansado y solo.
     Ella aceptó y salieron a las calles de La Plata, cubiertas por las sombras de las casas en el atardecer. Eran casi las siete.
     Al llegar encendieron las luces, pero no hubo quien los recibiera esta vez, ni ladridos, ni saltos alegres ni patas sucias de barro. Sólo el aroma de Duque persistía, su olor a pelo mojado y pasto fresco. Su olor en todas partes, y ese armario siempre allí, molestando. Siendo un obstáculo absurdo ahora.
     Laura hizo el gesto inicial de intentar empujarlo, y Tomás gritó.
     -¡No, no!- Se detuvo un instante al darse cuenta de su reacción.- Son sus cosas y no quiero sacarlas por unos días.
     Laura le preguntó dónde lo había enterrado, y él la llevó al jardín para mostrarle el montículo de tierra removida.
     Comieron poco, unos huevos fritos cuyo aceite ayudó a ocultar el aroma fantasma. Pero Tomás extrañaba las migas de pan que le daba al perro, sentado a su lado, mirándolo como un mendigo.
     A las nueve Tomás dijo escuchar algo, pero ella sólo oía la bocina del tren a lo lejos. Él insistió en que aquel sonido venía desde el jardín, retumbando en los techos altos de la casa, ocultos en la sombra.
     -Es el aullido de Duque, estoy seguro.
     Tomás siempre contaba cómo Duque se abalanzó sobre su padre esa última noche. Estaba por irse a trabajar cuando a la madre se le ocurrió fastidiarlo pidiéndole plata.
     -Las peleas eran siempre por lo mismo. Parecían socios irreconciliables de un negocio en bancarrota.
      No recordaba exactamente cómo pasó, pero comenzaron a golpearse y ella se desplomó sobre el suelo de la cocina. El piso, de pronto, estaba cubierto de sangre, y el viejo se veía desesperado. Agarró a Tomás muy fuerte, tanto que el chico creyó que iba a matarlo.
     -Tal vez, tal vez sólo me abrazaba muy fuerte, no lo sé.
     Entonces Duque se tiró encima del viejo y lo mordió hasta desfigurarlo. Recién meses después se supo que al hombre lo habían llevado a prisión. Tomás así lo dijo, y todos lo aceptaron. El viejo jamás fue visto desde esa vez.

     En la mañana Laura lo acompañó hasta la parada del colectivo. Hacía frío, ella llevaba un chal celeste y él un sobretodo. Cuando lo vio alejarse, regresó a la panadería de su padre. El próximo fin de semana era Pascua, y los huevos de chocolate lucían bellos en las vidrieras decoradas con figuras europeas. El aroma salía por la puerta, un olor amargo y caliente.
     -Papá.- Se le ocurrió preguntar.- ¿Sabés de algún vecino que tenga cachorros para regalar?
     Y con esa idea en mente buscó  toda la tarde por el barrio. Hasta que en el baldío de la casa de las Cortéz halló dos perros pequeños y recién nacidos. Agarró uno y lo llevó a la casa de Tomás. Aún era temprano. Hizo la cena y dejó que el perro correteara por todos lados. Le abrió la puerta del jardín, apartándolo de la tumba de Duque. No sabía cómo llamarlo, eso iba a dejárselo a él.
     -¡Perro, perro, entrá!- El cachorro la obedeció con rapidez.
     Tropezaron en el pasillo con el armario, siempre en el medio del paso. Laura lo revisó, viendo qué podía sacar para moverlo. Sólo frazadas viejas, latas de conserva y las cosas tontas de Duque, sus correas y el bozal. El cachorro olisqueaba el mueble con una curiosidad intensa, se metía debajo y raspaba la pared.
     Eran las ocho y media, y Tomás no llegaba. No sabía qué hacer y tenía hambre. Se puso a pensar dónde poner el armario. El cachorro seguía raspando la pared.
     “Hace tanto que no limpia, que debe haber ratas muertas”, pensó Laura, y se decidió a vaciarlo. Sacó todo, incluso los estantes para hacerlo más liviano. Hizo fuerza y de a poco fue cediendo. Las marcas de las patas habían hecho un hoyo en el piso de flexiplast, y vio dos rayas a cada lado, como si alguien hubiese movido el mueble regularmente.
     Corriéndolo despacio centímetro a centímetro, con mucho esfuerzo, y entre los ladridos del  perro que saltaba entusiasmado a su alrededor, descubrió una puerta simple y despintada. El cachorro ladraba cada vez más enloquecido, y empujó la puerta que, sin llave, se fue abriendo con un rechinar de bisagras. Un abrupto olor a suciedad y fermentos le revolvió el estómago y se tapó la boca. Al principio la oscuridad le ocultaba las formas, pero luego vio la cama y las paredes sin aberturas. La única ventana estaba cubierta por ladrillos.
     Había alguien allí. Se podía oír su respiración débil pero ronca, y el aliento ácido que inundaba el aire. Era un hombre deforme de gordura, rodeado de sábanas sucias, y había varios platos amontonados a un costado de la cama. Laura se fue acercando sin saber en realidad si lo que sentía era miedo o quizá un leve temor teñido de piedad. El perro, sin embargo, esta vez se quedó en la puerta. La bocina del tren de las nueve se oyó lejana y atenuada por aquellas paredes.
     El hombre dijo algo ininteligible, como si no hubiese hablado en muchos años y no supiese si aún tenía voz. Su cuello estaba deformado por las cicatrices, el rostro era indefinido, y a Laura le pareció que una de las cuencas de los ojos estaba vacía.
     El perro seguía ladrando, y la voz quejumbrosa del viejo abandonado renació, ahora más clara pero vacilante.
     -Otro... perro.- Murmuraba, extrañando quizá el ladrido de su carcelero muerto.
     Un luz iluminó, de pronto, la habitación desde el pasillo. Vio a Tomás que corría hacia el patio, y fue tras él. La bocina del tren de las nueve se escuchaba otra vez, húmeda y pesada, como el sonido de un cuerno de caza a través del rocío nocturno. Entonces Laura se detuvo en la puerta de la cocina, asustada, mirándolo desprenderse de la camisa bruscamente, y con una pala brillante a la luz de la luna, cavar en la tumba de su perro.



    

EL TREN A BUENOS AIRES



El tren abandonó la estación anterior a La Plata, y acomodé las maletas para bajarnos en la siguiente. Juan seguía callado y triste. Pensé hasta ese momento que la causa era la irreconciliable separación de su mujer. En realidad, siempre tuve que imaginar más de lo que él me contaba, y por eso me equivoqué muchas veces sobre el verdadero motivo. Tenía la costumbre de ocultar sus deseos o ánimos hasta el instante exacto en que algo lo llevaba a comunicarlos, entonces ya no era posible contradecirlo. Fue esa la manera en que le pidió a nuestro jefe, casi exigiéndole, que nos asignara esta ciudad. Le pregunté la razón, y dijo que tenía que visitar a alguien. Sus padres habían insistido en alojarnos en su casa, y sin entusiasmarle demasiado la idea, accedió por no discutir.
     Le ofrecí un cigarrillo, pero lo rechazó. Las ventanillas abiertas dejaron al viento recorrer el vagón con indicios del inminente verano, las hojas arrancadas de los árboles cercanos a las vías y el olor de las fábricas, confundido con el aroma de las vías entibiadas por el sol. Decidí cortar el silencio con una anécdota que tal vez lo alegrara un poco.
     -Me parece que nunca te lo mencioné. La primera vez que hice el amor con una chica fue en un tren. -Lo miré de reojo, exhalando el humo hacia el otro lado. Me observó con una penosa sonrisa de complacencia.
     -Pasó en el viaje a Buenos Aires ...-Insistí- ... cuando nos mudamos. A la chica la conocía del barrio, pero fue recién en ese tren cuando me sedujo.
     No había podido sustraerme a ese recuerdo, y tuve la necesidad de contárselo. Sin embargo, parecía estar escuchándome con la indiferencia de quien ya sabe todo de antemano, aunque estaba seguro de no habérselo dicho antes. En ocasiones me exasperaba su manera de ser, y murmuré una mala palabra en su oído enfermo. Fue una forma de deshacerme de aquella triste sensación que me provocaba verlo así.
     Cerré las valijas luego de una rápida inspección a las muestras, y descubrí las brillantes gotas de sudor en la frente de Juan. Llegábamos a la estación, tenía la mirada fija en dos figuras paradas, entre muchas otras, en medio del andén. Los padres no eran tan ancianos como los imaginé al principio, sino más fuertes y de algún modo casi invulnerables. Esa fue la primera palabra que se me ocurrió al verlos por primera vez. Recordé su relato sobre el día que perdió la audición de su lado izquierdo. El padre estaba ebrio y lo golpeó hasta dejarlo sordo. Me dijo, en una de las pocas veces que pude hacerlo hablar largamente, la sangre y el dolor en su cabeza, la corrida al hospital y el resultado inexorable. Tenía ocho o nueve años, y de repente se halló con la obligación abismal de aceptar que habría muchos sonidos en el mundo que jamás iba a percibir.

     La estación no estaba demasiado cambiada a como la conocí algunos años antes. Sólo los letreros, la pintura renovada y las máquinas tragamonedas la modificaron un poco. Cuando descendimos, se saludaron sin muestras de afecto, y la misma introversión que caracterizaba a mi amigo, vivía también en ellos. Era fácil comprobarlo en sus rostros normales a simple vista, pero secos, crudos, incrédulos seguramente. Una vez Juan los describió como niños desilusionados.
     Recorrimos parte del centro en el auto de su padre, mientras ella nos señalaba, desde el asiento delantero, los cambios de la ciudad. Hablé de nuestro trabajo, de que también crecí en ese barrio, y sin embargo, nos conocimos recién mucho tiempo más tarde en Buenos Aires. Juan, con la maleta sobre las piernas, continuaba en silencio, entrelazando las manos con temblor cuando nombraron a su esposa sin mencionar la separación. Me di cuenta de que no les había dicho nada, y noté su mirada de extremo miedo por lo que pensarían al enterarse. Era un hombre de aparente indecisión, pero su vida interna sobrepasaba la de cualquiera de nosotros. Mientras hacía lo que los demás esperaban de él otra idea iba creciendo en su interior al mismo tiempo, para expresarla luego de manera inesperada, como un estallido. Fue así que planeó la separación, me parece. La fue buscando con pequeños y grandes discusiones, hasta conseguirlo. Siempre tenía algo más en mente, que ni siquiera a mí llegaría a revelarme.
     -Le dije a mi hijo cientos de veces que la vida del viajante de comercio pierde las ventajas de una familia estable.- Me contaba la madre con un tono de inocultable reproche, sin mirarlo siquiera, como si Juan no estuviese presente.- Pero insistió en irse de casa, aún después de casarse le gustaba pasar más tiempo afuera que con su mujer.
     -No es eso, mamá. Me gusta viajar, no tiene que ver una cosa con la otra...- Contestó él, con las repetidas palabras de quien intenta excusarse por centésima ocasión. El padre intervino entonces por primera vez en la conversación.
     -Si no se puede hacer todo al mismo tiempo, hay que elegir, sobre todo después de haber encontrado a la mujer correcta, por fin...
     Los tres callaron de pronto, y no quise interrumpir el silencio. Las calles se hicieron  más amplias al alejarnos del centro, acompañados por el sonido monótono de las ruedas sobre el empedrado y los ladridos de los perros desde los patios delanteros. Sé que Juan fue el único que no pudo hacerlo, y pensé en ese mundo extraño en el que vivía. Sonidos parciales, seleccionados arbitrariamente por el único oído que conservaba sano.
     Cuando llegamos a la casa, vimos la carta de su esposa apoyada de canto sobre un florero, con el matasellos de varios días antes. Estaba allí, expuesta con deliberada intención, como si el alma de Juan estuviese al aire, reseca, sobre esa mesa.
     Mientras me llevaban a mi cuarto, observé lo austero de la casa. Las ventanas permanecían cerradas, aún a esa hora del día, manteniendo en sombras a los muebles viejos y escasos. Al prepararme para una ducha, escuché discutir a la familia en el living. Más tarde, hablé con la madre, o más bien ella me hablaba sin parar, guardando a la vez la ropa de Juan en el armario, como si todavía fuese un niño. Su voz altisonante iba de un lado a otro de la habitación sin pausa. La luz artificial de una lamparilla débil sobre su vestido viejo y las canas veteando el cabello castaño oscuro, la hacían pequeña y escurridiza, similar a una ratita ágil e inatrapable. Llamó a su marido varias veces para conversar conmigo. Al recibir respuesta me miró, temiendo que hubiese descubierto lo evidente, que la voz de su esposo sonaba ebria.

     Durante la semana siguiente, nos dividimos los comercios de la zona para empezar el trabajo. Juan regresaba con sus valijas intactas, pero también con una expresión nueva iluminando su rostro. Dejaba las muestras sobre la cama, y nos íbamos a tomar un café o a recorrer las calles. Buscamos los lugares que habíamos conocido por separado en nuestra infancia. Estaba alegre por algo que no se atrevía a contarme, pero no logré sacarle nada de esa cabeza obstinada. Imaginé que se trataba de una mujer.
     Casi diez días después, completamos nuestro recorrido, y como no tenía mucho que hacer le sugerí acompañarlo para agilizar sus ventas. Me rechazó. No lo tomé a mal porque sabía que estaba ocultando a alguien, por eso una tarde decidí ver a dónde iba. Esta vez me sentí reconciliado con Juan, su actitud me resultaba fácil de entender, más cercana al humano pudor que a su habitual reserva y desconfianza.
     Eran las tres de la tarde y el calor mayor al soportable. Lo seguí varias cuadras, saliendo de la zona comercial. Dobló por una diagonal y se detuvo frente a una casa, vecina por un lado a un lote vacío y del otro a varios departamentos en planta baja. La casona era muy vieja, remodelada en algunas partes, de aspecto híbrido y grotesco. Conservaba un jardín delantero con pasto bien cuidado, y Juan atravesó el sendero hasta la puerta de calle.
     El barrio estaba bastante cambiado, aunque aún reconocible y parecido a aquel que abandoné a los quince años. Nadie le abrió la puerta, lo hizo él mismo con una llave que sacó del bolsillo de su saco marrón. Antes de verlo desaparecer, descubrí el brillo de sus anteojos con el reflejo del sol que caía a pleno sobre la casa, y la puerta se cerró. Después hubo solo silencio, algunos colectivos cansados y vacíos cumpliendo su recorrido, y el vaho asfixiante del calor que me rodeaba. Me fui a un bar de la vereda de enfrente a esperar, y entre aquellas mesas de madera revestida de pequeños azulejos marrones, revolviendo el azúcar en mi taza de café, me acordé de lo que creía olvidado. Miré con atención hacia la casa, tan modificada en su fachada por el deterioro, que casi la había confundido con cualquier otra de las varias que quedaban de aquella época. Pero finalmente la reconocí como el objeto permanente de las charlas con mis amigos en los tiempos de la escuela secundaria.
     Lidia era solamente un año mayor que nosotros, y su belleza peculiar nos atraía sin poder evitarlo. A su alrededor se fue tejiendo una sucesión de comentarios ciertos y otros inventados, en los que se mezclaban palabras sucias que pronunciábamos por el único hecho de sentirnos hombres. La veíamos casi todos las tardes al salir de la escuela, y como no nos rehuía, lo consideramos una incitación. Nunca aceleró sus pasos al vernos detrás, aunque muy pocas veces llegamos a hablarle. Su mirada adulta, resignada tal vez, nos fascinaba e inhibía al mismo tiempo. Sabíamos de ella nada más que vivía con su madre, una vieja inválida que alguna vez se ganó la vida adivinando el futuro para una clientela que fue decreciendo con el tiempo. Ahora era Lidia la que prácticamente la mantenía, limpiando casas o cuidando chicos en las tardes. Pero no sé por qué razón, quizá por la absurda necesidad de transformar la vida de los demás, nadie le creyó, y desde entonces dijeron que la vieron salir con hombres, o que incluso los llevaba a su casa.
     Recordé nuestras escapadas para espiarla en las noches, y los sueños que tantas veces me hicieron sudar. Todo eso hasta aquel día en que tomé el tren a Buenos Aires. Me despedí de mis amigos, prometiéndoles escribir, entonces la vi en el mismo vagón. Después de un rato, me senté a su lado y me contó que iba a buscar trabajo.
     -Tuve que dejar la escuela, pero no importa.- Dijo, encogiendo los hombros con encanto.
     Me contó de su vida con un aire de extrema seducción, inevitable en ella. Ese mensaje que nos enviaba a los chicos de la escuela, extraño y atrayente, tan imposible de ignorar como para ella darla a conocer con su cuerpo y su impecable belleza. Entonces ya no pude controlarme, la besé y no me rechazó. Fuimos al vagón sanitario e hicimos el amor, temerosos, asustados de que alguien nos descubriera, y tan rápido como pudimos para volver a nuestros asientos y comportarnos igual que extraños el resto del viaje.
    
     De Lidia no supe nunca más. Ahora tal vez alguien diferente vivía en esa casa, y Juan la visitaba. Estuve varias horas esperando verlo salir, pero me cansé de aguardar. A la noche, habíamos empezado a comer cuando él llegó. La madre servía el té de hierbas que según ella era bueno para la digestión. Me alegré de verlo, de reconocer la nueva sonrisa que renovaba la acre sensación de encierro en aquel comedor de persianas cerradas, de lámparas altas y antiguas, de techos descascarados por la humedad, donde la mesa era tan pesada y grande como la cínica mueca de los viejos.
     Lo miraron con tanta desaprobación, que no se atrevió a sentarse y tuve que volver a mi silla apenas me lavanté para saludarlo.
     -Me imagino que ya cenaste en casa de la puta... –Dijo el padre.
     La vieja se quedó parada junto a su esposo, levantando los platos sucios, con la mirada fija en su hijo, hosca. Un pequeño e irritante bisbiseo salía de sus labios, entre los dientes postizos. Juan se apoyó sobre el respaldo de una de las sillas, talladas con figuras en forma de flores de ébano. Sus anteojos le molestaban, y se los quitó. Los fue limpiando con el pañuelo, pausadamente, mientras hablaba.
     -Eduardo no tiene por qué aguantar nuestros problemas...- Dijo en voz baja, mirándome, pero no me sentí ofendido, sino cubierto por un manto de protección.
     -¡Tu amigo tiene que saber que te separaste para volver con una puta ... y mil veces puta!
     La voz del padre se alzó sobre la mesa como un viento capaz de barrer toda la rígida estructura de la casa. La mujer lo miraba, asustada, sin por eso dejar caer los platos que temblaban en sus manos. La mano del viejo se había elevado con el puño cerrado, pero se detuvo en alto sobre su cabeza. Juan miró al centro del mantel, pero no había ninguna botella de vino. Sabía, sin embargo, que su madre se encargaba de esconderla cuando tenían invitados.
     Escuché el tintinear de los cubiertos y el estallido de los lentes de Juan, aunque no creo que se diese cuenta, ni siquiera al guardar de nuevo el pañuelo con vidrios rotos en su bolsillo. Dejó los anteojos en la mesa y se acercó a su padre. No esperé aquello, no sospeché en ningún momento que él fuese a hacerlo. Lo sujetó del cuello de la camisa, hizo una mueca de asco frente al aroma rancio del aliento del viejo, y sacudiéndolo como un muñeco, lo tiró al piso. No sé si el otro se defendió, parecía fuerte pero quizá decidió actuar su papel de víctima. Sus ojos no estimulaban la piedad.
     Fui hasta mi amigo para detenerlo, pero ya se había arrodillado con el cuerpo del padre entre sus piernas, y seguía sacudiéndolo de la ropa. La madre había desaparecido, para regresar a los pocos minutos con una caja de zapatos, que tiró sobre nosotros. Los papeles, documentos viejos, libretas y fotos, se esparcieron a nuestro alrededor. Cubrieron parte del pecho de su marido, agitado pero sin temor. El bigote del viejo transpiraba, sus labios se movieron varias veces sobre los dientes, sucios por los diminutos restos de la carne de la cena.
     Juan no quería abrir sus puños, ni levantarse de su lado. No le hablaba, sólo lo retenía como si aún faltase mucho para eliminar toda su furia.
     -¡Contále a tu amigo, contále, contále...!- Repetía la madre, con el brazo y la mano extendidos hacia los papeles. Entonces mis ojos se cruzaron con una de las tantas fotos, y reconocí a Lidia. La vieja levantó una libreta, una fotocopia quizá, y me la puso delante de la cara, parecía fascinada por revelar el mundo escabroso de su hijo. Allí estaban escritos los nombres de Juan y de Lidia, diez años antes. Entonces Juan soltó al viejo, y se tapó los oídos, la voz de la madre lo aturdía.
     Ya no pude mirar a Juan de frente, no me atreví hacerlo por temor a que descubriese que la mujer que estaba defendiendo había sido de otros hombres antes, incluso mía.

     Durante toda la noche intenté explicarme por qué quiso volver, forzar los hechos de tal manera. Pensé en Lidia, también. Su foto había hecho revivir en mí el más inocente recuerdo que tenía de ella, antes de que creciéramos, cuando aún escribía en mis cuadernos de clase su nombre, una y otra vez.
     A la mañana siguiente, Juan golpeó a mi puerta. Era muy temprano, y hablamos mientras me afeitaba. Había preparado las valijas para partir, y las dejó junto a la cama. Con las manos en los bolsillos, se apoyó en el marco de la puerta del baño.
     -Nos casó un cura amigo, a los diecisiete años, en una capilla de Pilar. Cuando mis viejos se enteraron, nos obligaron a anular el matrimonio. La amenazaron con echar a la madre del barrio si no lo hacía.
     -Y ahora, cómo está ...- Pregunté.
     -No podemos revivir eso, así que me voy.- Se acercó, puso una mano sobre mi hombro izquierdo.- Vos encargate de ella.- Dijo en voz muy baja.
     No estuve seguro de haber escuchado bien, iba a pedirle que lo repitiera cuando me abrazó. Sin soltarme, murmuró en mi oído que me conocía desde chico, que pocos días después de mi partida, supo de la experiencia en el tren por las cartas a mis amigos, que contaron mi aventura varias veces al salir de la escuela. Juan estaba allí, escuchándolos. Era el niño del primer año del bachiller, que siempre creímos completamente sordo.
     Me desprendí con fuerza de sus brazos, pero no antes de sentir sus dientes que me apretaban la oreja hasta hacerla sangrar.





LA CAMIONETA




Santiago Chávez vio al niño en la siguiente esquina, justo al borde de la vereda, donde un buzón abandonado le hacía sombra. También pudo ver los destellos de la bicicleta bajo la luz soñolienta del mediodía. Por eso sacó el pie del acelerador, pero ya estaba a mitad de cuadra y el freno no respondió.
     No tuvo miedo al principio. Había hecho arreglar el freno apenas una semana antes. Sin embargo, y aunque lo apretó hasta el fondo, la camioneta no le obedecía. Hizo los cambios inútilmente, puso segunda e intentó apagar el motor. El freno de mano tampoco funcionaba. La bocina se había vuelto muda.
     El chico, de seis o siete años, estaba ahora en la mitad de la calle, cruzando en su bicicleta con una lentitud exasperante, mientras miraba a los otros niños en la plaza.
     Santiago ya se veía frente a él, a menos de cinco metros de distancia, y de pronto el volante cedió a su fuerza girando a la izquierda. La bocina comenzó a sonar y las luces se encendieron. El niño se dio vuelta asustado, y al perder el equilibrio cayó sobre el asfalto.
      La camioneta se detuvo justo allí, algo oblicua sobre la cuneta, con las ruedas en el sitio exacto donde el chico había estado unos segundos antes. Santiago se secó el sudor que le corría por el rostro enrojecido.
     -¡Mirá por donde vas, fijate un poco al cruzar...!- Dijo, bajando y acercándose.
     Pero el niño lloraba, con el cabello despeinado y el pantalón roto. Quiso llorar él también, y sin embargo gritó.
     -¡Pará un poco te digo! Casi te mato, ¿te das cuenta? ¿Dónde están tus viejos?- Y con la mirada buscaba el negocio de los Casas.
     La gente de la plaza comenzó a acercarse. Santiago levantó al niño entre sus brazos, que con asombro señalaba hacia la camioneta. Los cajones de frutas y verduras se habían volcado, esparcidos por toda la calle. Un olor a manzanas y uva aplastada invadió el aire enmohecido de esa esquina. La camioneta, extrañamente, encendió las luces dos o tres veces, sola, como si parpadeara.
     Laura apareció y le dijo: “Sí, sí, lo vi desde el negocio, Santiago, él fue el que cruzó mal.”
     -Disculpáme, por favor, no está lastimado, y la bicicleta no se rompió. Ni siquiera alcancé a tocarlo. Por favor, perdoname.
     Ella lo escuchaba pero sólo quería irse a casa con su hijo. Los acompañó hasta la puerta llevando la bicicleta.
     -El freno no me respondió, ¿sabés?, y eso que lo arreglé hace poco. La camioneta ya es vieja.
     Era mala suerte o tal vez peor aún, pensó, que esto sucediera justo un mes después de comprarla. Estuvo abandonada cinco años en aquel baldío al lado del taller mecánico de Aníbal. Expuesta al paso inclemente del tiempo, a los golpes y abusos de los chicos que jugaban a la pelota en el terreno. Santiago no sabía cuántas veces la había visto allí al salir de la escuela, aquella camioneta Dodge relegada al olvido voluntario de su dueño, o castigada quizá. Cada vez que entró al taller para preguntarle si se la vendía, se negaba.
     -No, pibe, ¿cuántos años tenés, quince, dieciséis? Esperá a comprarte una nueva.
     Algunas tardes Santiago se sacaba el uniforme de la escuela, y en magas de camisa se ponía a ayudarlo. Entonces aprovechaba para convencerlo, pero Aníbal seguía trabajando sin prestarle atención. De vez en cuando echaba una mirada al fondo del taller, donde yacía la figura raquítica y torcida de su hijo de nueve años.
     Escondido en la sombra en su silla de ruedas, al lado de la mesa de herramientas, el niño tenía la mirada perdida, absolutamente extraviada para siempre, sobre el fondo negro de la fosa. No quería apartarse de ahí. Si alguien separaba la silla de ese lugar antes de la hora de comer, se ponía a gritar hasta que todos en la cuadra lo escuchaban. A veces, los clientes se iban asustados, sin saber qué decir. Aníbal entonces se quedaba con él, ahogando los gritos contra su pecho, sosteniendo lo mejor posible los brazos y piernas deformes, con la ropa sudada y sucia del vómito incontrolable de su hijo. Después salía a la vereda casi agotado, secándose la cara con un trapo sucio, y mirando a la camioneta estacionada.

     Santiago siguió pasando por el mismo lugar durante los siguientes años. Los chicos jugaban allí y de vez en cuando algún vidrio se rompía, pero nadie robó nada. Ni un neumático, un farol o un accesorio. Ella, la camioneta, sabía defenderse. Hasta se dijo que cuando los albañiles del edificio de la otra cuadra llevaban a alguna mujer, las luces se encendían de repente iluminando todo el baldío. Para él esas eran tonterías, rumores a los que ya no iba a hacerles caso: había llegado el tiempo de terminar el secundario, y supo que su novia estaba embarazada.
     -Una verdulería, eso es lo que vamos a hacer. Le pido a mi viejo guita para alquilar el almacén de Costa.- Dijo decidido.- Pero necesito la camioneta de Aníbal para traer la mercadería.
     De esta forma iba a recordarlo casi seis meses después, como una sucesión ininterrumpida, ordenada y lógica de hechos comunes. Por lo menos hasta esa vez en que saliendo del mercado con la camioneta repleta de sandías, se encontró de nuevo con los destellos inconfundibles de una bicicleta reluciente.  
     Aún estaba lejos, a más de cien metros. Podía asegurar sin embargo que un chico de cabello largo y enrulado daba vueltas alrededor de un árbol.
     “Seis meses, por Dios, tantos chicos vi desde entonces, por qué tiene que pasarme de vuelta”, pensó en voz alta, sin saber la razón de estarle hablando a la camioneta. “Portate bien, y no vas a sentir nunca más el frío ni te voy a abandonar.”
     No desaceleró, confiado en ella. Con la mano derecha acariciaba el asiento contiguo como si una mujer estuviese ahí presente. Algunos ya lo habían visto hacerlo, y también hablar solo mientras cargaba los cajones.
     -¿Qué te pasa, pibe?- Le decían con una palmada en el hombro.
     -Nada, qué va a pasar.- Y parecía que realmente Santiago no se daba cuenta de lo que hacía.
     A cincuenta metros la bicicleta bajó de la vereda llevando al niño de pelo enrulado hacia el abismo adoquinado de la calle. Entonces Santiago apretó el freno y nada sucedió. Luego el freno de mano, que tampoco respondió. Los cambios, el motor, el volante, ninguno obedecía. La bocina funcionaba, pero dando gritos semejantes al de una mujer enloquecida de dolor. El chico empezó a pedalear con todas las fuerzas de sus piernas cortas.
      La camioneta, incontrolable, directa en su objetivo, iba hacia el niño. Santiago lloraba.
     -¡Maldita máquina, maldita seas, no me arruinés la vida! ¡Te dije que iba a protegerte! - Y con la mano libre golpeaba el tablero. La aguja del velocímetro se movió con la sacudida, y era como si ella respondiese. Esta vez el paragolpes logró derribar a la bicicleta. La máquina se había detenido justo a tiempo, arrepentida, pero el cuerpo del niño saltó despedido hacia delante, sin piedad.
     Santiago gemía con los dientes apretados, golpeándose la cabeza contra el volante.
      -¡Dios, santo Dios!
     La bicicleta seguía aplastada bajo las ruedas, y a más de diez metros estaba el chico, que rengueaba y huía asustado a su casa. La gente, asomada a las ventanas, lo observaba como si fuese algo más que un hombre de veinte años, parado al lado de una camioneta vieja, con las sandías destrozadas a su alrededor, tiñendo la calle de un color rojo sangre. Era un hombre que ahora lloraba y tenía la barba humedecida y pegoteada. Tal vez le tuvieran miedo, porque en cuanto lo vieron sacar la bicicleta de abajo del vehículo, con esa brusquedad y el inexplicable diálogo que tenía con alguien inexistente, todos cerraron las puertas y se escondieron. Entonces se quedó solo a la una de la tarde, en medio de la calle muerta durante la hora de la siesta. Una brisa leve sacudía las ramas de los árboles. Levantó la bicicleta aplastada y retorcida, y la puso en la cajuela. La camioneta arrancó sin estridencias, tranquila, se diría que casi satisfecha.
     Una sensación parecida a la que él tuvo el día que entró al taller de Aníbal, decidido a comprársela. Se había puesto la camisa limpia y una corbata nueva para cerrar el trato. La plata para el adelanto abultaba el bolsillo de su pantalón. Con la mano que nunca pudo cerrar bien por esa cicatriz que tenía desde niño, tocaba los billetes a cada instante para asegurarse de no haberlos perdido.
     -Dále, realmente la necesito. El bebé se viene en dos meses y todavía no tengo con qué traer la mercadería al negocio.
     -Conseguite otro auto.
     -Pero la Dodge es ideal, y además no me alcanza la guita para alguno más nuevo.
     Aníbal estaba apoyado con los brazos extendidos sobre un motor, y una pinza se le cayó de las manos.
     -¡La puta! Mirá lo que me hacés hacer, me hablás y hablás. Te voy a mostrar de una buena vez.  
     Lo agarró del brazo para llevarlo hasta donde estaba su hijo.
     -Miralo.¿Ves? Esto es lo que ella le hizo.
     El niño torcido seguía mirando el fondo de la fosa. Después salieron a la calle, entraron al baldío, y abrió la puerta de la camioneta abandonada.
     -¿Ves esa mancha en el asiento? Es su sangre. Después del accidente dejé la bicicleta en el suelo y lo cargué en la camioneta, para ir al hospital, pero la maldita se detuvo en una esquina y no quiso arrancar más. Él perdió tanta sangre, que cuando llegamos ya no se pudo hacer nada. Media hora, viejo. Media hora estuvimos parados acá con el nene en mis brazos, desangrándose. Y esta puta máquina que se negó a arrancar...
     Pero Santiago recién hizo el trato al día siguiente, cuando Aníbal lo llamó.
     -Después de que te fuiste ayer, volví a entrar y encontré a mi pibe al borde de la fosa. ¿Te lo imaginás? Se había bajado de la silla, y se arrastró hasta ahí. Lo levanté otra vez, es liviano como una pluma. Entonces pensé: “Se quiere morir, no puede hablarme pero sabe lo que le pasa, y se quiere morir.”
     Esa noche Santiago le entregó el dinero que tenía para el primer pago, pero Aníbal nunca volvió a reclamarle el resto. Al mes siguiente, y luego al otro y así siempre, se hizo el desentendido y no aceptó que le pagara.

     Cuatro años más tarde, la mujer de Santiago recordó la oferta que le habían hecho por la camioneta.
     -No sé.- Dijo él.- La Dodge siempre funcionó al pelo en todo este tiempo.- Y bajó la voz, como si temiera que alguien más escuchara lo que iba a decir.- A lo mejor me convencen de venderla, al fin de cuenta.
     Fue hasta el garaje de la casa, donde la camioneta estaba protegida del frío de las noches de aquel invierno crudo. Los domingos la lavaba y la hacía relucir con lustres y aerosoles. Sabía que ya era la única forma de mantenerla tranquila, satisfecha, conforme. Como si él fuese un servil ayudante temeroso de la furia de su dueña.
     Al subir notó por primera vez en mucho tiempo, la mancha roja en el asiento. Estaba seca y oscura como siempre, penetrada en el cuero, pero esta vez parecía distinta, un poco más brillante. Ya desde antes de prender el motor percibió también la intranquilidad que dominaba a la camioneta. Los limpiaparabrisas funcionaron solos, y las agujas del tablero se movieron con nerviosa intermitencia.
     -¿Qué pasa? Calma.¿Acaso te hace falta algo más?
     La máquina se encendió sin permiso, furiosa y reluciente en su renovado aspecto de maliciosa ironía.
     -Está bien, basta, no voy a venderte, ¿me creés? Tenés que creerme.
     Desde la casa, su esposa lo miraba hablar solo, y con un suspiro de irremediable lamento, soltó al hijo que cargaba en brazos. El niño se escapó de su lado, y cruzando el umbral de la puerta de calle, se subió a la bicicleta para seguir a su padre.
     -¡Papá, papá!- Llamaba con voz aguda.
     Santiago no alcanzó a escucharlo; el motor estaba en marcha y las ventanillas cerradas. Cuando vio la sombra, esa pequeña sombra de brazos agitados, fue demasiado tarde para detenerla. Ella, la máquina, se lanzó contra el niño con una furia inapelable. El cuerpo desapareció bajo la camioneta, y gritos desconocidos comenzaron a escucharse desde todos lados.
     Se bajó a buscar bajo el vehículo, tirando de las manos de su hijo. Al levantarlo, el cuerpo parecía quebrado en dos, inerte, inútilmente vestido con su guardapolvos de cuadros azules del jardín de infantes. No sabía cómo ni qué estaba haciendo con exactitud. Sólo veía que su mujer se le colgaba del brazo, gritando. Subió a la camioneta y puso al niño en el asiento de al lado, sobre la rediviva mancha de sangre. Cerró la puerta sin hacer caso a los ruegos de su esposa. Pensó en el hospital, en el médico más cercano.
     Pero, esta vez, el motor no quiso encenderse.




LOS DEPREDADORES




Mamá estaba postrada en su silla de ruedas, silenciosa, mirando por la ventana el tráfico febril del mediodía. Alguien se acercó a la puerta y sonó el timbre.
     -Es el cartero, mamá.- Le dije, y empecé a leer el telegrama en voz alta, pero me callé al ver de qué se trataba.
     “Intimo a usted a abandonar la propiedad en un plazo de dos meses si no se me abonan los alquileres de los últimos cincos años”.
     Di un pequeño gemido de sorpresa, y ella se dio cuenta.
     -Nos echan, mamá, sabía que teníamos que hablar antes con este tipo.
     -Van a demoler la casona y vender el terreno, ¿no es cierto?
     La miré sin sorprenderme, porque ella solía adivinar esas cosas. Me di cuenta de la inquietud de sus ojos oscuros y siempre nerviosos. Ahora la echaban de la casa que había habitado por treinta años, el lugar que se había adaptado a ella como un molde perfecto. La oscuridad de los cuartos, el ruido de la madera, la humedad insoportable, y el aspecto sucio del jardín, siempre ocupado por perros vagabundos, nos marcaron como una familia extraña en el barrio. Nos llamaban “la bruja Cortez y su hija”, la adivina que hablaba del futuro, de las tragedias venideras gritadas a los cuatro vientos aunque nadie quisiera oírla.
     -Escucháme, Lidia.-Me dijo Eduardo cuando le conté todo esto. Estábamos en el bar, al final de nuestro primer año de noviazgo.-Después de vivir tanto tiempo sin pagar rentas, y conociendo a tu vieja, cinco años de compensación por el aguante no es mucho. No te preocupés, yo me encargo de todo.
     Cuando volví a casa, mamá había dejado la comida intacta sobre la mesita del dormitorio. Seguía mirando por la ventana, y murmuraba un rezo extraño que era cada vez más inaudible. Después, los perros del barrio comenzaron a ladrar todos juntos, como si ella fuese capaz de conectarse con el mundo instintivo.
     -No quiero que traigás más a ese tipo.-Dijo de pronto.
     -Nos vamos a casar, mamá. Va a salvar la casa.
     -Te lo prohíbo.- Contestó.-No voy a dejar esta casa en manos de mis enemigos.
     Eduardo se mudó un mes después. Sé que pagó la deuda o por lo menos llegó a un acuerdo con el propietario. Tomamos el cuarto que fue de mis padres porque allí estaba la única cama de dos plazas. Tenía un balcón a la calle, con una vista hermosa del barrio y la imagen de la catedral a lo lejos.
     Los pasos fuertes y rápidos de Eduardo reinaban sobre la madera que cubría toda la construcción. Eran nuevos sonidos para la sombría vida cotidiana que llevábamos con mamá. Pero ella decidió no hablarle, ni se dignaba siquiera a mirarlo por diez segundos seguidos.
     -No importa.-Decía él, pero sé que entonces recordaba la época en que con sus amigos me seguían hasta la casa, y se quedaban en la vereda de enfrente gritando: “¡Bruja!”. Desafiaban a mi madre por su extraña capacidad de adivinar o quizá determinar el futuro. Hasta pensé alguna vez que era así, que el mundo y sus tragedias se creaban a su alrededor. Esa indecible capacidad para que todos le temieran con sólo esto, saber, o decir saber el futuro de los hombres.
     Por eso Eduardo también le temía. Cada mañana en el desayuno, él me hablaba, y yo a mi madre, y ella pocas veces a mí. Pero ambos no se dirigían más que miradas cortantes y sospechosas de ira contenida.
     -Te casaste con el enemigo, sus padres y las familias como las de él nos odiaban. Esa época era como una caza de brujas.-Dijo mi vieja una vez delante suyo, a las nueve de la mañana de un día de sol radiante, y  Eduardo se fue golpeando la puerta. Quise matarla en ese momento. Aprovechar su invalidez para asestarle un golpe que nadie iba a reprocharme.
     -Debería estar agradecida.-Me dijo Eduardo a la noche en nuestra cama, ocupando el sitio exacto en que mi padre había dormido alguna vez. Puso las manos detrás de la nuca, mirando por la ventana abierta la noche de verano. Yo lo consolaba entonces para aplacar su bronca, aquel odio ancestral y casi mítico de su infancia.

     La noche que fuimos a cenar afuera, tres meses después de casarnos, vimos cómo la gente nos rehuía y evitaba. Yo estaba acostumbrada desde chica, en la época en que Eduardo era uno de ellos. Pero ahora él también sentía aquel rechazo. Durante las dos horas que estuvimos allí, los mozos nos servían silenciosos, mirándonos de reojo. Entraron sus antiguos amigos, los mismos con los que se había burlado de nosotras y escrito obscenidades en las paredes de la casa. Salvo que él, entre todos ellos, se había fijado en mí.
     “La belleza extraña, la delgada y tenue belleza de Lidia Cortéz”, escribió en el cuaderno de clases de la escuela, y yo lo supe. Pero eso se convirtió en una marca, en un estigma en su frente que todos los demás en el barrio empezaron a ver claramente. Porque, de un día para otro, ya no lo invitaron a asediar la casa con sus gritos, ni a poner crucifijos en nuestra puerta.
     -Volvamos.- Pidió él. Sus amigos ni siquiera lo habían mirado.
     Estaba nervioso mientras regresábamos. La luz del hall de entrada estaba encendida. La silueta de la casa se veía rodeada por el cielo oscuro y nublado. Luego percibimos un aroma peculiar e impreciso. Al entrar, vimos a mi madre al lado de una cortina en llamas, avivándolas, como si estuviese creando el primer fuego del mundo.
     Eduardo corrió hacia la tela, y la tiró al suelo, pisándola desesperado. Traje un balde con agua de la cocina, y fui y volví varias veces hasta que el fuego se extinguió.
     -¡Voy a ver el resto!-Dijo él, subiendo las escaleras. Se escuchaban sus pasos atronadores al abrir y cerrar las puertas.
     Yo miré enfurecida e impotente a mi madre, que ahora estaba llorando. Sus ojos brillaban, y la frente blanca y amplia se frunció interminables veces. Así supe, en medio del humo y la ceniza cubriendo la sala, con la furia de Eduardo corriendo como un loco por las habitaciones, que mamá deseaba volver atrás, al tiempo no mágico de su vida. A la época en que aún no escuchaba voces extrañas y la casa no existía; cuando era todavía una niña y nadie escapaba de ella. Aquel tiempo en que aún no soñaba ni temía que una multitud viniese a buscarla con sus antorchas, para colgarla del primer árbol que encontrara.
     -Maldita vieja de mierda.- Gritó Eduardo al bajar, casi tropezando. -¡Vieja desgraciada! ¿Sabe que gasté todos mis ahorros en pagar sus deudas? Ahora estoy atrapado.- Me acerqué para calmarlo, pero me empujó. Esa noche no dormimos juntos. “Estoy atrapado”, lo escuché gritar entre sueños desde el otro cuarto.
     A la mañana siguiente estaba silencioso y con el rostro demacrado.
     -Tu madre se metió en mis sueños anoche.- Fue lo único que me dijo.
     Desde entonces mamá intentó quemar la casa muchas veces, en ocasiones aún con nosotros adentro, y ya no podíamos dejarla sola. Pensamos en llevarla a un asilo, pero entonces se agitaba tanto que teníamos que llamar al doctor Ruiz. Él no encontraba nada grave, y sin embargo ella sabía intimidarnos. Levantaba la mirada, girando los ojos como enloquecida.
     Eduardo optaba entonces por salir muy temprano, aunque todas las mañanas los gritos de mamá lo perseguían hasta la puerta de calle.
     -¡Fuego y carne chamuscada!-Deliraba ella.-¡Vendrán a quemarme, pero yo lo voy a hacer antes!
     Me fui quedando sola de a poco, como cuando a los diez años, los chicos me insultaban por ser la hija de la bruja.

     Después, Eduardo comenzó a adelgazar sin motivo. Comía todas las noches con nosotras, pero apenas, y se iba a acostar enseguida. Yo notaba cómo temía la mirada penetrante de mamá, que lo observaba con los párpados fruncidos y murmurando ininteligiblemente una maldición. Comenzó a dormir mal y daba vueltas en la cama, inquieto, sudando hasta dejar las sábanas húmedas y frías. Cada mañana me contaba la misma pesadilla.
     -Soñé que me atacaban pájaros y murciélagos,  y cada uno tenía la cara de tu vieja...No me deja dormir, va a terminar matándome.
     Un día ya no quiso levantarse. Se quedó en cama, y decía sentirse demasiado débil. Su voz era quejumbrosa, la piel de la cara estaba tan blanca que ya parecía transparente. Supe con certeza, sin necesidad de ningún médico, que se estaba muriendo.
     Me pregunté entonces si yo tenía también la misma capacidad de mi madre. Esa lúcida intuición tal vez llevada al extremo de la superstición. Esforzándome, estuve días enteros encerrada, agotando mi mente.
     -Mamá.- Le pregunté un día.- ¿Pude haber heredado tus poderes?
     Ella me miró como quien descubre a un rival.
     -No vas a ganarme. ¿Es que no te das cuenta que nuestros enemigos están ahí afuera dispuestos a cazarnos?
     Sin contestarle, agarré la silla.
     -Vamos a acostarte, mamá.-La llevé a la habitación a las ocho de la noche. No destendí la cama ni encendí la luz. La dejé en medio de su pequeño cuarto, el más estrecho de la casa. Cerré con llave. Esa noche fue la primera en que no le di de comer, pero no protestó.
     En lugar de cenar sola en la cocina, le llevé a Eduardo una fuente de sopa al dormitorio, y comimos juntos. Él me miraba sin preguntarme por ella, y una tenue y sutil sonrisa regresó a su rostro. Fue suficiente para recompensarme. Para estar segura de lo que debía hacer.

     Durante la semana siguiente la vieja gritaba casi todo el día, aunque sus gritos se atenuaron de a poco. Eran ocultados por el bullicio estival de la calle, por los colectivos y las voces de los chicos de la colonia. Las campanas de la misa abortaban los gemidos de mamá. Hasta que casi no los escuchamos. Después oímos los golpes en la puerta, las cosas cayendo al piso y las ruedas de la silla girando de una pared a otra. Lentamente, Eduardo iba recuperando el color de sus mejillas.
      Los perros del barrio comenzaron  luego a acercarse al jardín, reclamando la vitalidad perdida de quien ellos parecían llamar su dueña. Los vecinos venían a buscarlos, pero se iban asustados ante los gritos de la vieja. Los animales entonces se quedaron todos juntos en el jardín de pasto espeso y alto. Gruñendo y rechazando el agua y la comida.
     Un sábado, un hermoso sábado a la mañana, los gritos cesaron. Me vestí con mi mejor ropa. Una blusa blanca de seda, con los dos botones superiores abiertos, y una pollera azul. Bajé a la cocina y me hice un café, escuchando el sonido de la ducha mientras Eduardo se bañaba.
      Estuve quince  minutos allí, acompañada por el sonido de los animales afuera. Limpié la taza y miré por la ventana. Los perros se habían acercado y estaban saltando contra la puerta. Intenté forzar mi mente, como veía a mi madre hacerlo, y les hablé sin voz, mirándolos a los ojos. Luego los dejé entrar.
     Doce perros atravesaron la sala como una horda salvaje en busca de su presa, y corrieron hacia la habitación de mamá. Se quedaron esperando en la puerta, y me abrieron paso sin tocarme. La blusa blanca quedó intacta, mi pollera azul no se cubrió con un solo pelo.
     Al abrir se abalanzaron sobre el cuerpo de la vieja, tendido en el piso. Lo destrozaron con sus dientes ensangrentados y las bocas cebadas. La ropa, al desgarrarse, parecía hacer más ruido que la carne y los huesos. Arrastraron el cuerpo hacia el jardín, tan semejante ahora a una pradera africana. Yo me crucé de brazos, tranquila, contemplando la cacería bajo el sol.






LA BARBERÍA



Aquel día la calle sobre la que estaba la peluquería de mi abuelo Antonio -mi tío abuelo, en realidad-, modificó su habitual estado de ánimo. En ese tiempo aún había árboles en las veredas y el ruido de los autos era fuerte y rítmico. Recuerdo haber llegado esa mañana en el coche de papá, descubriendo cómo eran las cosas a la hora en que normalmente estaba en la escuela. El aire seguía frío, y el sol iba revelándose de a poco. Saludé a mi padre y le devolví el portafolio con el que me había puesto a jugar en el asiento trasero. Él no bajó.
     -Te paso a buscar a las dos de la tarde.-Me dijo.
     Las cortinas de la puerta del negocio tenían pequeñas láminas de madera unidas por hilos delgados, y al moverse sonaban como campanillas. Encontré a mi abuelo frente al espejo intentando borrar las manchas de óxido del vidrio, y era como contemplar un cielo estrellado de soles marrones. Aquellas manchas en el cristal cada vez eran más grandes, de un color terracota, y parecían nacer desde atrás del espejo. Nunca había habido humedad en la pared a pesar de que lindaba con un baldío, pero desde el primer día que lo instaló, aparecieron las manchas oscuras.
     -Lo trajimos con los tipos del camión de mudanza desde la capital.- Me contó.-El mejor cristal, mi querido Oscarcito, el más caro.
     La tarde en que entraron al local y lo pusieron sobre los soportes de la pared, el espejo se partió. Una grieta oblicua de arriba hacia abajo se abrió sin romperse del todo, pero era palpable al contacto con los dedos. Después se sucedieron las manchas una tras otra, muy despacio a lo largo de los años. Fuimos a revisar la pared desde el lado del terreno vacío muchas veces, metiéndonos entre el pastizal y los arbustos espinosos. Observamos el muro cuidadosamente. Sin embargo, además del musgo que cubría el revoque, no se veían grietas en esa pared de treinta centímetros de espesor.

     Con el guardapolvo celeste abierto sobre el abdomen, se puso a preparar el lavatorio en un rincón del local, y mientras arreglaba los peines y otras cosas, entraron algunos vecinos. Todos sabíamos que ese día era una ocasión especial en su vida, y fue por eso que pedí permiso para no ir a la escuela.                                     
     -El concejal Domínguez me llamó esta mañana, dice que va a venir sin falta.-Comentó un viejo amigo del barrio. Miré a mi abuelo, que se alisaba el cabello con una mano como siempre que algo lo inquietaba.
     Media hora después llegaron más personas. Las mujeres conversaban, algunas acariciándome y desviando luego sus miradas hacia el espejo para arreglarse el cabello. Sentí que mis mejillas se sonrojaban con tantas manos encima. Me entretuve tocando los trofeos sobre la repisa. Una colección enorme de los tiempos en que el abuelo había sido presidente del club del barrio. De aquella época papá siempre me contaba, porque jugó para el equipo de fútbol cuando era chico.
     Salí a la vereda, y me senté en el umbral de ese lugar que parecía haberse detenido en el tiempo. Un cartel descolorido sobre la puerta anunciaba “Barbería El Concejal”. La gente seguía entrando y se juntaba en un estrecho espacio del negocio, ya que  el otro sector había sido reservado para la visita. Pero mi abuelo no dejaba de trabajar. El sonido de las tijeras era incesante.
     Aunque estaba viejo, era un hombre robusto, que no aparentaba sus sesenta y ocho años. De rostro cortante y nariz aguileña, tenía un cabello escaso pero largo y enrulado en la nuca. Cada año que pasaba era más terminante y frío en su trato con las personas, por eso la gente comenzó a tenerle miedo y a evitarlo. Como si en lugar de ablandarse, de acercarse a la tímida reserva y lentitud de los viejos, se endureciera. Un año antes había perdido las elecciones para concejales frente a su opositor de los últimos veinte años. Mi abuelo y Domínguez habían estado peleando desde que eran jóvenes, en los tiempos en que se disputaban la presidencia del club.
     -Fue una guerra que duró veinte años... -Le decían sus amigos.-... y se terminó, viejo.

      Ahora el abuelo Antonio estaba concentrado en la búsqueda de ideas en medio del cabello que cortaba. Tal vez del entrechocar de las tijeras salieran frases comprensibles para él, como armas.
     -Desde aquí podés ver el mundo.-Me murmuró al oído pocas semanas antes, mientras lo miraba trabajar, sentado en la butaca de al lado.- ¿Sabés que a veces veo el alma de mis clientes?
     Y mirando hacia el espejo noté, esa tarde, que una franja había nacido a cada lado de la grieta, oscureciendo el reflejo del cristal. Tenía dos centímetros quizá, a lo mejor más aún, no lo sé. Las manchas de óxido ya no tenían forma, y le daban al negocio un aspecto arcaico.
     Fue el lunes anterior cuando comenzó a correr el rumor de que Domínguez vendría a ofrecerle un puesto vitalicio en el Concejo  vecinal.
     -Si quiere venir, que venga.-Contestó simplemente, pero su cabeza planeaba algo. Vi su mirada estallando como un relámpago.
     Ese mismo lunes pasé por el negocio, y noté que la grieta en el vidrio estaba más oscura, con un halo o un aura marrón que se confundía con la luminosidad del atardecer. Mi abuelo ya cerraba las cortinas y me propuso buscar rajaduras en el muro.
     -El espejo no va a aguantar mucho más la humedad.-Repetía.
     Por centésima vez revisamos la pared desde el lado del baldío, golpeándola hasta que cayó la pintura reseca. Pero hallamos la misma solidez de siempre, la inviolable impermeabilidad que protegía al muro de la muerte prematura. Sin embargo la grieta del espejo estaba allí, y cuando regresamos al local vimos larvas emergiendo de las aristas del espejo. Gusanos negros que caminaban hacia el techo. El abuelo se subió a una silla y  comenzó a arrojarles veneno. Se fueron paralizando lentamente.
     -¿Y las larvas?-Le pregunté a la mañana siguiente.
     -Creo que están muertas, querido.

     El reloj sobre la puerta marcó las doce y media. Muchos de los vecinos fueron a almorzar a sus casas o al bar de Santos. Las cortinas metálicas bajaron, empezando el intermedio silencioso de la siesta. El dibujo del mosaico de la peluquería se aclaró cuando la gente se fue retirando. Entonces Domínguez apareció en la puerta. Se saludaron con el mudo y mutuo acuerdo de evitar la formalidad. Todos nos mantuvimos callados, pero después los vecinos dieron  una exclamación de desaliento al ser invitados a irse.
     -Por favor, señoras, por favor, no puede haber tanta gente aquí.-Decía mi abuelo empujando suavemente a las mujeres y a los viejos hacia la vereda, y cerró con llave.
     Aproveché aquellos segundos de desorden para esconderme en el baño. Me apoyé contra los azulejos y los espié con la puerta entreabierta. El abuelo paseó su mirada buscándome, y al pensar que ya me había ido, invitó a Domínguez a sentarse. Luego comenzó a ponerle la crema de afeitar.
     -Mirá, Antonio, ya sabemos para qué estaban todas estas personas acá. Nos conocen desde hace mucho.
     El abuelo seguía cubriéndole la mitad de la cara con esa crema tan blanca como las camisas que siempre usaba.
     -No hay nada de raro que un tipo me pida que lo afeite. Pero sí que se aparezca ofreciéndome el puesto que debí tener desde el principio.
     Después escuché a Domínguez diciendo algo diferente a lo esperado. Le oí hablar de amenazas, y de partidarios que intentaban matarlo.
     -Me metí con la pesada, ¿me entendés? Me siguen. Ya no sé en quién confiar. Por eso vine a vos. “Antonio va a protegerte”, me decían.
    Mi abuelo continuó afeitándolo. Hasta ese momento se habían hablado a través del espejo, pero como las manchas ocultaban ahora casi toda la visión, Domínguez se dio vuelta. La navaja se deslizó por accidente, y un poco de sangre brotó sin que se diese cuenta. Hablaba como un desesperado y pedía protección. Antonio limpió la navaja frente al espejo, una gota minúscula de sangre salpicó en el vidrio cerca de la grieta. Silencioso, mi abuelo escuchaba aquel pedido, pero no hizo otro gesto más que mover sus labios, como si lo insultara en voz muy baja. Luego habló.
     -¿Te acordás de mis chicos, a quienes mandaste a asesinar?
     Entonces recordé lo que me habían contado sobre  los tres pibes que trabajaban en el comité del barrio. Los encontraron muertos en el baldío unos meses antes de las primeras elecciones en que ambos habían competido. Llevaban afiches que iban a pegar en las paredes durante la noche. Decían que fue una maestra quien los halló, a las siete de la mañana, mientras iba a la escuela. La mujer había visto unos cabellos rubios en medio del pastizal, y avisó a la policía.
     Los tres cuerpos tenían varios orificios de bala en la cabeza y el pecho. Estaban escondidos entre los arbustos y los gatos muertos, apoyados contra el muro de la barbería. Nunca supimos quién lo había hecho, ni se pudo comprobar que fuesen víctimas del partido opositor. Los tres habían sido fusilados contra la pared y la sangre quedó impregnada en el muro, a pesar de que la lluvia y el sol blanquearon el revoque.
      Antonio le secó el resto de crema de la cara con una toalla, y le puso algo de lavanda. Domínguez supo entonces que nunca iba a recibir ayuda. Empezó a levantarse y vio la navaja en la mano derecha del abuelo, quien con la otra lo retenía en el sillón hasta darlo vuelta enfrentando de nuevo al espejo. Mirándose mutuamente a través del cristal opaco, uno observó cómo el otro le atravesaba la garganta con el corte prolijo de una navaja bien afilada. La sangre brotó como un chorro por unos segundos, y el cuerpo de Domínguez se puso blanco. No me atreví ni a respirar, me paralicé más allá de mi voluntad.
     El abuelo bajó las cortinas de metal inmediatamente después. No sabía que yo aún estaba dentro. Temblaba, y se tranquilizó al sentarse un rato. Prendió un cigarrillo, con la vista fija en el espejo ahora oscuro, tapado por las manchas de terracota nacidas de la grieta. Algunas larvas habían empezado a salir por la abertura, brotando también de los bordes del espejo. Un cuarto de hora después eran tantas, que cubrían toda la pared, y se esparcieron por el suelo. Al poco rato ya estaban subidas al cuerpo de Domínguez. Cuando cubrieron cada resquicio, comenzaron a devorarlo.




EL ARCÁNGEL



Se llamaba Gabriel Benítez. Era rubio, de cabello lacio, alto, corpulento, y tenía una cicatriz en la frente. Nadie sabía exactamente cómo se la había hecho, ni siquiera mis padres que lo conocían desde chico. Años después instaló su propio negocio, y desde entonces comenzó su mito, el de la carnicería que Benítez había decidido bautizar “El arcángel”.
     A veces nos escapábamos de la escuela para ir a verlo. Su casi absoluto mutismo nos resultaba incomprensible y fascinante. Sabíamos que las mujeres de la zona lo visitaban por lo menos una vez por consejo de sus amigas, y todas terminaron por reconocer el extraño atractivo de ese hombre de treinta y cuatro años. Nunca le conocimos novia alguna, y se negaba voluntariamente a las insinuaciones de las chicas del barrio. Como si no fuese capaz de hablarles o decirles una sola palabra de aprecio. Por eso los hombres que se reunían en el bar murmuraban que a Benítez no le gustaban las mujeres. Sin embargo, otros aseguraron haberlo visto varias veces con prostitutas.
     Era precisamente este rasgo lo que nos atraía de él, esa peculiar virilidad que no necesitaba ser demostrada de otra manera. Íbamos al negocio y nos acodábamos sobre el mostrador viéndolo trabajar, repartir las fetas de carne sobre las fuentes, o poner las medias reses colgando de los ganchos. Su gorro blanco le ocultaba el pelo, pero no la cicatriz que parecía llamarnos a cada instante. Él nos miraba entonces con rabia, con un furor que nunca vi antes o después de conocerlo.
     -Max.- Decía en voz muy tenue, y de pronto el perro que había recogido de la calle muchos años antes, aparecía a un costado del mostrador desde algún sitio oculto del local, mirándonos con expresión furibunda. Estaba siempre a su lado, adorándolo casi. Ese perro, ahora estoy seguro, era una extensión de Benítez, la máscara invariable y hosca con la que ocultaba al mundo una parte de su persona que nunca conocimos del todo. El animal se parecía a un doberman, con mezcla de razas indefinidas. Era grande y fuerte a pesar de su edad avanzada, y completamente negro.
     A la mañana, antes de las ocho, abría el negocio y dejaba salir a Max. El perro se quedaba en la calle media hora, oliendo la vereda y ladrando con un quejido de extrema angustia. Pude oírlo todas las mañanas en mi camino a la escuela, y hasta me pareció algunas veces que ese aullido era una forma de comunicación con algo que estaba más allá de nuestros sentidos.
     Las únicas ocasiones en que escuchamos a Gabriel fue en sus borracheras contenidas, los sábados a la noche en el bar. A Santos no le caía bien ninguno de los dos, en especial le tenía bronca al perro. Max se sentaba debajo de la mesa, mientras Benítez bebía sus invariables de copitas de ginebra. Esas veces nos habló de su infancia, de la forma en que las personas influyeron en su vida. Pero lo que nos inquietaba más era que siempre sus palabras sonaban como una sentencia de muerte.
     -Mis viejos me llamaron Gabriel para que fuese bueno como un ángel, pero si me vieran ahora, sin duda se arrepentirían. ¿Quieren saber cómo me hice esto?- Nos preguntó señalándose la cicatriz.- Fue un castigo adelantado por lo que yo iba a hacer después.
     -Sos un tipo raro.-Le decía alguien de vez en cuando.
     -Es que solamente Max me entiende.
     Entonces el perro aullaba. Ninguno de nosotros se atrevió jamás a hacerlo callar. La voz del carnicero era el sonido triste y desilusionado de ese animal. Santos luego le sacaba el vaso de la manos con brusquedad, y ésa era la señal para que se fuera. Era el único a quien Benítez le autorizaba aquel trato, como si todavía fuese un niño malcriado al que había que obligar a volver a casa. A las tres de la mañana se iba caminando solo hacia el barrio de los prostíbulos.
     Una noche se me ocurrió seguirlo. Yo andaba por mis dieciséis años, y ese hombre era como mi necesario nexo con las mujeres. Caminé detrás de él unos metros hasta que el perro se dio vuelta.
     -¿Qué te pasa?- Me preguntó, mientras Max me miraba con recelo.
     -Nada, quería saber si me dejabas entrar con vos para ver a las putas.
     Vi reír a Benítez por primera vez, y tuve vergüenza. Después me tomó del brazo y me tuvo agarrado durante dos cuadras, hasta que empezaron a aparecer las mujeres en las esquinas, como arañas que surgían desde sus habitaciones lúgubres, desde los umbrales con luces pálidamente rojas. Caminaban dando vueltas sobre sus propios pasos, con las carteras rotosas y los labios púrpuras.
     Nos acercamos a una de ellas, y Benítez le preguntó:
     -¿Tenés alguna chica para mi amigo?
    Los tres entramos a la vieja casa, donde el calor de las estufas permanecía virgen y protegido del húmedo aire del invierno. En un sofá de pana verde, estaban sentadas tres o cuatro mujeres de edad indescifrable, con las piernas cruzadas y descalzas. Sus ojos oscuros y asombrosamente maquillados me deslumbraron. Sentí el leve empujón que él me dio para que me animara. No sé a cuál elegí, ni siquiera recuerdo su cara porque todas me parecieron iguales en ese momento. Nos fuimos a un cuarto a lo largo de un pasillo demasiado semejante al de mi casa, y sentí remordimientos. Lo último que miré antes de encerrarme con aquella mujer, con esa extraña, fue a Benítez entrando a otro cuarto, y a Max sentándose a esperar en el pasillo sobre una alfombra.
     Cuando salí, Gabriel me aguardaba en el sofá, solo, en ropa interior y fumando.
     -Las chicas duermen a esta hora.- Dijo.
     Desde la ventana entraba la luz de las seis de la mañana. El sol había empezado a iluminar las calles que iban a llevarme a la escuela. El mismo camino que me devolvería a mi infancia y a la virginidad ya irremediablemente perdida.
     Estuvimos allí un rato, y sé que no estaba ebrio cuando me habló, cuando me dijo lo que tal vez nunca le contaría a nadie más.
     -Una vez tuve una novia, ¿sabés? Era la hija de Santos, el del bar.- Entonces se me acercó al oído.- Yo la maté.- Murmuró.- Maté a mi novia sin querer...
     -No te creo. Si te deja ir todos los sábados...
     -Para emborracharme y hacerme hablar. Me humilla, ¿no te das cuenta? Lo único que lo retiene de matarme es Max, él me protege.
     Esa mañana desayuné intentando ocultar el sueño y las ojeras de mi vigilia. Me pregunté si mis viejos podrían percibir ese aroma traidor que creía estar llevando. No quise volver al negocio, me sentía confundido y fui a ver a Santos.
     El viejo limpiaba las mesas con un trapo húmedo y vaciaba los ceniceros.
     -Hola.- Me dijo, y de pronto miró hacia la calle. Me di vuelta y ahí estaban Gabriel y  el perro sentados en el umbral de la carnicería.
     -Ese perro es muy especial.-Comenté.
     -Deberían haberlo matado hace muchos años... -Murmuró él sin terminar la frase, y siguió limpiando las mesas, con esa mirada triste que tenía siempre.
     Mi madre me dijo después que la hija de Santos había sido atacada por Max, y que había muerto unos días más tarde. Me lo comentó justo cuando pasábamos frente a la carnicería, y Gabriel estaba en la puerta.
     -Buen día.- Lo saludó ella.
     -Buenas, Laura.- Luego me miró y dijo:-  ¿Qué hacías la otra noche por el barrio de las putas?
     Me quedé parado sin saber dónde meterme. Mamá lo miró sorprendida, y agarrándome del brazo nos alejamos. Al darme vuelta noté que me sonreía mientras acariciaba al perro.
     -Mamá, no le creas.- Pero no hubo caso, resulté sermoneado por una semana. Me encerré en mi habitación tratando de idear un plan, una venganza para el hijo de puta de Benítez.

     Cinco días después, durante la noche, salí de casa sin hacer ruidos. En el auto de mi viejo me senté dos horas sin decidirme. A las siete y media de la mañana los párpados se me cerraban, y decidí que si ése no era el momento, no lo haría jamás. Al fin de cuentas Benítez lo estaba pidiendo, su mismo acto de traición parecía un ruego para que alguien terminara con lo que él no era capaz.
     Al llegar a la esquina del negocio, esperé hasta que el colectivo que me llevaba a la escuela todas las mañanas pasara esta vez sin mí. Sentado y nervioso frente al volante, vi salir a Benítez con su remera blanca y el delantal ensangrentado. Levantó la cortina de metal mientras Max corría hacia la vereda. Entonces encendí el motor y aceleré, escuchando el chirrido de los neumáticos sobre el asfalto.
     Creo que el perro bajó el cordón de la vereda sólo un segundo antes que yo pasara. Sentí el golpe en las ruedas, el paso vertiginoso e irreparable sobre el lomo del animal. Fueron dos sacudidas consecutivas. Luego perdí el control del auto y choqué contra un cesto de basura en la esquina siguiente. Pero únicamente después de juntar fuerzas me atreví a darme vuelta.
     Cuando las campanas de la catedral daban las ocho bajo la luminosidad del sol de agosto, los vecinos comenzaron a acercarse. Benítez estaba ahora arrodillado sobre el pavimento junto a su perro.
    Levantándole la cabeza, besó su hocico frío y manchado de tierra y sangre, y me di cuenta de que lloraba. Su rostro se fruncía, lagrimeando como un chico lleno de terror. Cargó piadosamente el cadáver de Max sobre sus brazos. Fue hasta la vereda caminando entre la gente, altivo y triste. La mirada se le había transfigurado, todo su cuerpo adquirió de pronto contornos suaves, movimientos inocentes. Juro que por un instante vi a un ángel guerrero en su lugar, al mismo hombre de siempre pero con alas y una espada en la mano derecha, en procesión de homenaje al animal muerto. Fue sólo un momento, una imagen fugaz y extraña. Después Gabriel cerró la puerta del local.
     Como no volvimos a verlo en varios días, entramos a buscarlo. Ni él ni sus cosas estaban ya. Sólo hallamos el cuerpo de Max sobre el mostrador, tieso y nauseabundo. 

Castelar, Enero 1994- Marzo 2003


(ISBN 987-21169-0-3)


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