El inventor

Supe de Gregorio Ansaldo al leer un viejo texto sobre el Renacimiento italiano. Era un hombre importante en Flrencia, dueño de un aserradero que abastecía a casi toda la región. Fue constructor y arquitecto, y sus tratados sobre nuevos materiales estuvieron entre los más respetados de la época.

Cuando le encargaron el diseño de un palazzo en Milán, debía tener alrededor de veinticinco años. Ya en ese entonces poseía una fortuna suficiente para el resto de su vida. Sin embargo, apenas su inteligencia comenzó a ser valorada, se hundió en la vergüenza para permanecer escondida por varios siglos. Y todo se inició a su llegada a la ciudad, cuando conoció a Alicia de Trieste, que lo sedujo con la peculiar belleza de sus diecinueve años.

Buscando su retrato, hallé una reproducción que la muestra con la mirada hacia la derecha del cuadro, con un vestido rojo aterciopelado, un collar de perlas blancas y negras, y una esmeralda sobre la frente. El cabello recogido en la nuca, de un color castaño claro, y en el rostro una expresión de excitante ternura. La reputación de su hermosura y desapego por las costumbres había llegado a Ansaldi a través de sus amigos. Le habían dicho que era una mujer muy poco común, demasiado inquieta y de hábitos extraños. Se vieron por primera vez, quizá, en alguna fiesta en Milán, y desde entonces no pudieron separarse.

Pero aquí se me acaban las referencias, y me veo obligado a recurrir a un texto no reconocido, aunque ciertamente alumbrador. Un autor anónimo, en su libro sobre las ciencias en Europa, abre un capítulo extenso sobre Ansaldi. Según este relato, se casó con Alicia pocos meses después de conocerla, y quizá no necesitaran demasiado tiempo para convertirse en el matrimonio más admirado de la ciudad. Una pareja de irresistible atracción que entraba a los salones con los brazos enlazados, recibiendo los saludos reverentes y admirados entre el ruido crepitante de los vestidos amplios y la música monótona del cuarteto de cuerdas.

Fue en esa misma época cuando comenzaron a esparcirse rumores que los describían como arrebatados y violentos en la cama, dando gritos que los sirvientes no podían dejar de escuchar. Uno de éstos debió iniciar también aquel otro comentario aún más perturbador. Se decía que todas las noches, a las tres de la madrugada, Ansaldi se levantaba luego de los juegos incansables con su mujer, y casi desnudo iba a su taller al fondo de la casa. Invariablemente permanecía allí hasta el mediodía.

Sus amigos lo visitaban en las tardes, ansiosos por ver los inventos diseñados durante la noche. Planos y maquetas que colgaban de las paredes y el techo, como ideas suspendidas en el espacio.

-No le va a alcanzar la vida para construir todo esto- le decían, halagadores y escépticos a la vez. Pero para él no era eso lo importante, sino la manera en que las cosas brotaban de su mente como de la nada.

Los rumores se acrecentaron sin que nadie pudiese precisar dónde o por qué surgían. Se hicieron cada vez más crueles, hasta llegó a comentarse que cuando él trabajaba en su taller, su mujer salía de la casa para encontrarse con sus amantes. La ciudad entonces no dejó pasar un día sin que se relatasen nuevas noticias sobre ellos, y la gente comenzó a perderles el respeto, riéndose a sus espaldas al verlos pasar en su carruaje. Pero cada vez que asistían a una fiesta tomados del brazo, reconciliados real o aparentemente, todos callaban y los miraban con disimulada envidia.

Una noche los gemidos habituales de sus juegos amorosos se transformaron en gritos parecidos al de animales enfurecidos.

-¡Bestia enferma!-escucharon gritar a Ansaldi, golpeando la puerta de la habitación y corriendo hacia el taller, donde se encerró el resto de la noche.

A la mañana siguiente, el médico llegó muy temprano, fue hasta el cuarto de Alicia y salió dos horas más tarde. Ansaldi y el doctor hablaron en el salón bajo llave. Se oyeron golpes y frases entrecortadas.

-¡Maldita bestia sin alma!- se lo oía gritar a través de la gruesa puerta.

Cuando el médico se fue esa mañana, los sirvientes estaban seguros de haberlo visto llevar consigo un recipiente con la tapa manchada de sangre

Alicia permaneció dos semanas en cama, y para entonces todos en la ciudad sabían que se había contagiado un mal incurable, tal vez alguna enfermedad venérea de la que ella iba a arrepentirse el resto de su vida. Porque el médico regresó frecuentemente, a veces cada dos o tres meses, y más adelante cada semana. Pero esto fue al final.

Ansaldi siguió trabajando todas las noches. Durante las tardes recibía a sus empleados, controlando la construcción del palazzo que nunca fue terminado. En ocasiones lo vieron salir a la mañana y regresar al final del día con grandes bolsas blancas que despedían, al dejarlas caer, un polvo gris semejante al de huesos deshechos. Cuando los sirvientes le llevaban el almuerzo o la cena, los despedía a gritos exigiendo que lo dejaran en paz.

Se acostumbraron a la idea de que su patrón estaba obsesionado o poseído por un trabajo del que no se separaría hasta que estuviese cumplido. Por la ventana del taller se veía la luminosidad de las velas, y a él agachado sobre el escritorio, con la barba crecida y el oscuro cabello sucio, haciendo cálculos indescifrables en sus papeles.

De este período datan los dibujos que el autor reproduce en el texto. Su nombre figura al pie y la letra concuerda con los archivos de Milán, pero por favor, que se me permita la razonable duda, sin que esto represente subestimar su hallazgo.

Se tratan de estudios preparatorios para una figura humana. Lo curioso es que detrás de los esbozos hay una serie de números y fórmulas, supongo que medidas para otro dibujo definitivo o para un modelo experimental. Más extraño aún es que desde los brazos y piernas de esta figura, hay puntos trazados siguiendo el posible trayecto a seguir por un hombre en movimiento. Todo esto se halló recién luego de su muerte y fueron archivados sin que nadie los estudiara. La muerte indigna de su esposa tal vez favoreció el olvido, la necesaria dosis de indiferencia y escarnio que era habitual.

Alicia continuó entrando y saliendo de la convalecencia. Nadie ya los visitaba, la casa se parecía demasiado a un hospital. No se los escuchó discutir nunca más desde aquella noche, pero él la trataba como quien cuida a un animal que se aborrece. La resguardaba del peligro, le concedía sus deseos, pero el rencor iba acrecentándose. Algunas noches él cedía a sus ruegos y se acostaba en el mismo cuarto, porque ella decía tener miedo a morir sola.

Una mañana salió del taller muy temprano. Había trabajado toda la noche, y cruzó el patio con pasos lentos, la ropa suelta y sudada sobre un cuerpo un poco más gordo, despeinado y con la barba encanecida. Caminaba con dificultad, arrastrando un muñeco hacia la casa. Durante la noche había escuchado a su esposa gritar más de lo habitual, y ni siquiera la llegada del médico con nuevas dosis de opio había podido disminuir su dolor. Entonces Ansaldi decidió que era tiempo de poner en marcha su proyecto. Ahora que su criatura estaba lista se la entregaría a ella, a los restos casi desconocidos de la Alicia de Trieste que había amado en una época ya también irreconocible.

Colocó el muñeco, pesado, del tamaño y forma de un hombre, de figura esquelética y algo graciosa, frente a la cama. Alicia no pudo contener la risa, porque lo más curioso era que la cabeza del títere se parecía a la de un niño sobre el cuerpo de un hombre.

-¿De qué está hecho?- le preguntó, incorporándose en la cama por primera vez en muchas semanas. Sin contestarle, él acercó la lámpara de aceite a la espalda del muñeco y vertió el combustible. El títere de rostro infantil comenzó a moverse convulsivamente, después un poco más lento, hasta que sus piernas se desplazaron con armonía alrededor de la cama. Los brazos hicieron gestos de payaso y la cara se contrajo en muecas que provocaron la risa incontenible de Alicia.

-¡Es una belleza, un juguete maravilloso!- decía ella con ingenuidad renovada.

Ansaldi permaneció de pie y en silencio. Tal vez pensara en que había logrado lo que esperaba, o sólo el primer paso. No sabemos si fue satisfacción o cierto rencor disimulado. La verdad es que el muñeco de material tan extraño hizo que ella prolongara su vida. El títere danzaba al ritmo de las palmas que Alicia batía con entusiasmo, pero también con debilidad. Cada día ella le rogaba que trajera al muñeco, y él vertía el aceite, sin olvidar ver todas las mañanas que en los depósitos siempre hubiese un resto.

Echó al médico del cuarto de su esposa, mientras el doctor le advertía que ella no iba a vivir mucho más de una semana. Ella pasó esas noches gritando de dolor, esperando con ansiedad que a la mañana le trajeran al títere. Pero quedó atrás el plazo que las sirvientas habían aguardado con esperanza de alivio.

Un mes después, Alicia ya no disfrutaba del muñeco al pensar en la agonía que sufriría en su ausencia, así que le pidió a su esposo que lo llevase también de noche. Entonces se quedaba dormida mirando al títere dar vueltas a su alrededor.

-¡Que baile, que baile!- pedía a cada hora, y él seguía renovando el aceite con la voluntad incansable del que espera algo más.

Dos o tres meses pasaron luego de aquella semana en que se esperó su muerte.

Una noche, Ansaldi se había dormido vigilando los movimientos de su criatura en el cuarto de Alicia, y se despertó sobresaltado por el llanto de una de las viejas sirvientas. La vio a dos centímetros de su rostro, insultándolo hasta terminar escupiéndole en la mejilla.

-¡Déjela en paz, libérela!- la escuchó decir mientras escapaba corriendo de la furia de su patrón. Él cerró la puerta, y maldijo en voz baja a la mujer. Oyó los pasos de la sirvienta al alejarse de la casa por los senderos de hojas secas, seguramente en busca de ayuda. Ya no había tiempo, lo sabía.

Alicia seguía mirando el movimiento del muñeco, como si consumiese opio por los ojos. Como si en aquella cabeza de niño viese algo que su marido había olvidado decirle.

Debió ser una noche muy parecida a aquella otra de años atrás, cuando el doctor vino a llevarse al niño deforme que ella había expulsado en la cama ensangrentada; cuando tuvo que escuchar también el patético relato del médico sobre el mal infame de su esposa, la enfermedad costrosa y purulenta que entraba por el sexo destruyendo lo engendrado. Por eso fue inevitable que surgiera la ira nuevamente, el recuerdo intolerable de saber que esa mañana el doctor se había llevado, con exquisita frialdad, el cadáver del niño muerto que era su hijo.

Después, el sueño y el agotamiento de las horas pasadas despierto los últimos meses lo vencieron, aún contra la necesidad de vigilar al muñeco para que continuara desvelando la tortura punzante de su mujer. En el sueño frágil en el que se fue hundiendo otra vez, pensó quizá en palas y cementerios, en la furia desesperada con que había tenido que cavar en busca del cráneo de su hijo.

La pequeña cabeza que coronaría su creación.

El títere siguió bailando mientras él dormitaba. Ansaldi no pudo ver al muñeco agitar los torpes brazos y estirarlos hacia Alicia, como si quisiese acariciarla. Ella, tal vez, haya intentado abrazarlo también, irguiéndose un poco para acercarlo a la cama. Pero Ansaldi continuaba dormido.

Sólo sabemos con certeza que al despertar, allí estaban el doctor y la sirvienta, que gritaba histérica.

-¡La mató!-decía, señalando la cama.

Entonces él descubrió que la criatura había destruido sus planes. Alicia estaba ahora lejos de su furia, con la mitad del cuerpo fuera de la cama, y las manos del muñeco, como pinzas de tres dedos, aún cerradas sobre el cuello.

De "Los seres intermedios". Este cuento tiene influencia, a mi criterio, de Bradbury y sus autómatas, donde lo importante no es la criatura en sí misma, sino los factores humanos que llevan a su creación, o que se desencadenan por ésta. Pienso que no hay relato de ciencia ficción tecnológica que resista el paso del tiempo si no tiene el elemental factor humano, es decir; lo impredecible del pensamiento y corazón de los hombres. Aquí, un autómata no es creada por efecto del amor ni para prolongar la vida, sino por causa del odio y para acelerar el fin de la vida de alguien que alguna vez hubimos amado.El personaje principal reaparece en otro cuento del libro, y es antepasado de otro creador de aparatos mecánicos (ver "La paloma eléctrica"). En cuanto a ciertos recursos utilizados, la voz en primera personaje de relator testigo intenta dar ambiguedad a la narración que pretende estar basada en hechos reales, es decir, otorgar un tono apócrifo a la historia.

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