El mar


Sé que a mi derecha está el mar, más allá de los médanos y la playa. El mar donde se pierden las luces de mercurio y los faros de los autos. Pero sólo veo la ruta con su línea de rayas blancas, dividiendo al mundo como los cuerpos dividen a los hombres. Eso fue lo que le dije a Jessica ayer.

-Hace diez años que convivimos, y sin embargo no nos conocemos.

Me miró igual que siempre lo hacía mientras yo manejaba, sin mover la cabeza, como si me ignorase. Sin responderme, comenzó a protestar por el mismo y viejo tema de cada uno de nuestros viajes.

-¿Cuándo vas a arreglar el escape de nafta? Sabés que me duele la cabeza.

Abrió entonces la ventanilla de su lado y luego la de Diego atrás. Mi hijo tenía la nariz pegada al vidrio mientras miraba pasar las dunas.

-¿Falta mucho?-preguntó él, despegando su naricita del vidrio como un insecto aplastado en el parabrisas.

-Te enfriaste la nariz- dijo ella, y le sonrió de esa manera especial que guardaba para los hombres pequeños, para los jóvenes. Me había sonreído así alguna vez, diez años antes.

Jessica se frotó los ojos lastimados por el combustible. Yo sabía cómo la irritaba ese olor en las estaciones de servicio, en los talleres que a mí tanto me atraían. Ella se quedaba encerrada en el auto, con las ventanillas herméticamente clausuradas por su enojo. No me ama, pensaba en esas ocasiones, mirándola desde el borde del foso mientras yo charlaba con el mecánico. Ella se ponía a tocar la bocina para que me apresurara, y me sentía avergonzado como un chico.

Habría querido matarla en esos momentos. Volver al auto, romper el vidrio y tomarla del cuello, sacudirla hasta obligarla a cambiar ese rostro que no era el de ella, el que yo había conocido alguna vez. Pero entonces me daba cuenta que nada iba a sacarle tal máscara porque era la esencia de su alma.

Estamos ciegos, todos estamos ciegos y sordos. En la oscuridad reflejada en el parabrisas, en esta noche en que viajo hacia la que me parece la última playa, veo mi cara recortada en el cielo estrellado, y el brillo opaco del pavimento como diminutos diamantes puestos allí para guiarme.

Deben ser casi las dos de la madrugada. Esta vez viajo solo, o no tan solo, si mejor lo pienso. Si por lo menos ella hubiese sabido cuándo callar. Pero Jessica no conocía el silencio, el mismo que me rodea como una sombra, un tejido de alambres de púa que ella siempre insistió en atravesar, aun sabiendo que iba a lastimarse irremediablemente.

Las luces crecen con el zumbido de los motores. Los autos pasan y queda el silencio de la ruta, el sonido de mi auto y el rugido del mar a la derecha. El viento entre las dunas, doblando los arbustos.

Mi hijo saltó entusiasmado al asiento delantero, volcando un vasito de plástico con café que Jessica había puesto sobre la guantera. Pero ella no dijo nada, porque se trataba de Diego, de su hijo, no de mí. Hice sentar al niño en mis piernas y apoyé sus manitos en el volante, bajo las mías.

-Estás manejando, hijo.

Mi cara y labios estaban pegados a su nuca y su mejilla, al aroma suave de sus cabellos a pesar del sudor.

-Tu abuelo Christian manejaba un colectivo cuando vivíamos acá-le dije.-Después, se compró un auto y me enseñó a conducir corriendo por las playas a toda velocidad.

Y yo sentí, aún antes de escucharla, que ella me miraba. Su mirada recelosa, su ofuscación. Su ira. Porque ahora Diego no era solamente su hijo, sino también el hijo de su esposo.

-No necesita de tus recuerdos.

Fueron exactamente esas sus palabras, y de la boca salió un hedor que inundó el interior del auto. Huelo, todavía hoy, el aroma de su putrefacción. Me volteé a mirarla, y fue entonces que se me ocurrió la idea que más tarde concretaría. Vislumbré su futuro: las arrugas en la hosca cara de vieja.

Le haré un favor, me convencí.

Pero ya no pude seguir contemplándola. Frené y estacioné en la cuneta. El polvo del camino que se levantó con la frenada entró al abrir la puerta. Vomité al borde del asfalto.

-¿Y ahora qué te pasa?

Su voz era otra. Ronca, horrible. Pero si me dedicaba a mirarla, volvería a verla bella, estaba seguro de eso. Su silencio era siempre hermoso. Sus labios sin cigarrillos, finos como de diosa boreal. De allí venía ella, de los pueblos del norte, de los pueblos fríos que adoran solamente en la intimidad y se funden con la luz del sol.

Se deforman como cera.

El vómito había manchado una manga de Diego, y él se rió. Para Jessica fue la excusa para desatar la bronca que había estado juntando desde que salimos de casa. Estábamos a dos kilómetros de la playa en la que había pasado mi infancia. Podía oler el aroma que llegaba del mar, ver las largas hojas de los juncos creciendo en las dunas, escuchar la voz de mi padre que me llamaba, deformándose en el viento hasta que ya era nada más que una figura lejana en la playa con los brazos en alto bajo el sol refulgente.

Allí estaba mi padre, y debía mostrarle a Diego al abuelo que había muerto un mes después de haber nacido él. Su cuerpo perdido entre las olas, deliberadamente, y luego devuelto como un rastrojo que el mar no se había dignado aceptar. Tantas veces me pregunté el motivo de su acto, que ya había dejado de tener sentido como interrogante para transformarse en respuesta. La pregunta era el mar, el resultado era el agua que había quedado en sus pulmones, cálida y con su olor, el de mi viejo, el mismo aroma que Diego llevaba en sus cabellos. El olor de los arbustos y la arena que el viento arrastraba a ras del suelo, picándonos la piel mojada por el agua del mar.

Levanté a Diego en brazos y caminé con firmeza hacia la playa. Había un sendero estrecho entre los pastizales. Jessica me gritó:

-¡¿A dónde vas?!

No le hice caso. La estaba desafiando, lo sabía, y a pesar de sentirme obligado a celebrar tal desafío, sólo tenía pensamientos para la playa que me aguardaba.

Las imágenes llegaron desde la infancia. Me veía salir del agua con la piel bronceada y la sonrisa que recordaba de mis fotos. Uno no recuerda sus propias sonrisas, lamentablemente. Mi madre me esperaba recostada, y al verme llegar me traía la toalla mientras yo temblaba con escalofríos bajo el sol. Y mi padre me frotaba la cabeza, ofreciéndome la taza de té con leche de la merienda.

La misma playa pero otros médanos, como otros eran los hombres que por allí pasarían mañana, como otro era yo después de tantos años. La voz de Jessica, diciendo algo ininteligible, logró despertarme. Escuché la puerta del auto al cerrarse y luego sus pasos tras nosotros. Había decidido acompañarnos, tal vez nada más que para ver qué hacía o le decía a nuestro hijo.

Remonté los médanos que ocultaban el mar, llegué a la cima y me detuve.

La playa se extendía enorme y vacía, azotada por el viento de la primavera. Las olas, grises, perladas, caían una sobre otra rompiendo en la playa, lamiendo la arena para luego regresar y fundirse en las nuevas olas continuamente engendradas. Las figuras del verano aparecieron en mis ojos como si volvieran de la muerte para decirme algo, para ordenarme algo. Entonces lloré, y Diego comenzó a observarme fijo.

-¿Pá?-dijo él, y con su manito derecha me secó las lágrimas, después señaló hacia el agua.

-¿Qué?-pregunté, aunque no creía que hubiese motivo para hablar en ese momento. Sentí, supe con certeza en realidad, que tenía a mi padre en brazos, que yo lo había engendrado como el agua creaba aquellas olas.

Y la muerte se redime en algunas personas, las usa como mensajeros. Son los cristos de las sombras, llevan espinas invisibles en el cráneo.

Mi mujer era una de ellas.

-¡No seas ridículo!-me gritó al verme llorar.

Me estaba mirando con ojos furiosos, que el gris de la tarde fundía y atenuaba con las tonalidades de la pena. Ella era la pena y el dolor. Era la necesaria muerte y el cuchillo con que me atenazaba para despertarme. Pero en lugar de lastimarme la piel, me arrancaba una mano, una pierna, porque eso estaba haciendo al tratar de quitarme a Diego de los brazos.

-Dame al nene. Me vuelvo a la ruta y espero el colectivo. No aguanto más.

-Pero no seas tarada…

No me contestó. Me quedé con la boca abierta, llena de viento. Yo no era nada ni merecía una respuesta porque quizá ni siquiera podrían verme. Mi ropa y mi rostro eran blancos como las nubes, mi pelo castaño como los tallos mecidos por el viento.

Mientras mis pies se hundían en la arena, los miré alejarse.

Hace frío dentro del auto. Los burletes de las puertas y ventanillas están rotos, cortajeados igual que los asientos. Siento el olor del cuero y la espuma de goma sucia que se escapa de las costuras, el olor de los neumáticos. Pero me siento protegido de la intemperie que me abruma. El techo del auto me protege de Dios, del frío de su cara. Nadie me acompaña en el asiento de al lado, nadie en el asiento de atrás. Sólo un poco más allá está quien me persigue. Imagino la cara de Dios, y tiene las facciones de Jessica. Dios me sigue caminando sobre el asfalto, atado quizá al paragolpes trasero, deslizándose suave y silenciosamente.

Prendo la radio. El concierto del sábado a la noche en Radio Nacional. Mi padre siempre encendía la radio después de cenar. Nos sentábamos en el sofá junto al fuego de la chimenea, con un libro en las manos, cuya lectura en voz alta acompañaba la música con palabras que siempre eran acordes. Hoy suena esta melodía de Sibelius. La música penetra en la noche, sigue los pasos de los faros del auto al abrir la oscuridad. El cisne blanco que flota mansamente sobre las aguas del río de la muerte.

Mi auto un cisne.

Cuando llegué a casa esta tarde, la misma casa en la que mi viejo había vivido cuando yo era chico, mi mujer estaba preparando las valijas, la suya y la de Diego. Mi hijo había salido a andar en bicicleta.

-Me vuelvo a Buenos Aires-dijo ella.

-Vas a dejar a Diego conmigo, hay cosas que quiero compartir con él este verano.

-No quiero que le hables más de muertos, torturas o desaparecidos, como tu padre hacía con vos. Te estás volviendo loco igual que él.

-Mi viejo no estaba loco-dije yo, en voz baja, apretando los dientes y los puños para retener la ira. Nadie en mi familia se había atrevido a llamar a mi padre con ese nombre, que siempre fue sólo pensamiento y jamás palabra. Pero ya no pude seguir hablando.

Uno logra vivir muchos años con alguien a quien no se ama, pero no con quien tiene odio en los ojos. En las pupilas de Jessica vi mis ojos reflejados, y acercándome a ella, a mí mismo, cerré las manos que temblaban alrededor de su cuello. Y la besé desesperadamente, le mordí los labios mientras ella hacía esfuerzos por gritar. Sin embargo, su voz se hizo nula atrapada en la garganta que mis dedos resguardaban como centinelas, cancerberos del infierno de esa boca que me quemaba.

La furia llega cuando es imposible detener la injusticia. Pero entonces ya no tiene nombre, y es eco de fuerzas ancestrales, es río de sonidos y de miedos.

Cuando algo ya se ha dicho, sólo queda el olvido o la fuerza, y la fuerza es más rápida, siempre. Por eso sacudí sus hombros, su cuerpo para ver si de una vez por todas lograba hacer salir a la mujer que yo había amado. Su cabeza golpeó varias veces contra los bordes de la cama, y ella quedó inmóvil, fláccida la cintura de su cuello.

Callada, por fin.

La cargué en brazos, mirando el cuarto en el que pasé todos los veranos de mi infancia. El techo con manchas de humedad, la chimenea vacía, los muebles llenos de polvo. No había más música desde muchos años antes. Me di vuelta y me miré al espejo.

Yo, un hombre a quien no reconocía, llevaba en brazos el cadáver de su mujer. Me puse a llorar por segunda vez en ese día, mientras dejaba a Jessica en la bañera.

Me lavé la cara y salí al patio de atrás. Un vecino me saludó, pero bajé la cabeza, como si prestase atención a los caracoles sobre el sendero de baldosas. Volví a la cocina a buscar el salero, y estuve cinco minutos viendo cómo los caracoles morían bajo el montoncito de sal.

Del galpón traje la bolsa de arpillera. La llevé al baño y cerré la puerta. Metí el cuerpo de Jessica en la bolsa y la cargué hasta el baúl del auto. Oscurecía.

La voz de Diego sonó fuerte, alegre, al abrir la puerta de calle.

-¡Pá!- gritó al verme, justo cuando cerraba yo el baúl, y se subió a mis brazos.

-Mamá se fue a casa de una amiga. No vuelve hasta mañana-le dije.

Pasé el resto de la tarde jugando con mi hijo en medio de la sala. Apartamos la mesa del comedor e hicimos correr los autos de juguete en una pista improvisada sobre el piso.

En la noche, acosté a Diego y apagué las luces. Antes de cerrar la puerta de su cuarto, lo miré dormir. Su carita bronceada y soñolienta. Su respirar sereno.

Empujé el auto hasta la esquina para que Diego no me oyera. Luego encendí el motor y tomé el camino hacia la ruta, a la playa en que mi padre había ido a morir.

Las letras del cartel de señalamiento surgen blancas a la luz de los faros. Unos matorrales azulados, ocres por momentos, se hunden en los estrechos senderos que conducen a la playa. Me meto en la banquina y sigo el muro de arbustos hasta la bajada a la playa. La arena húmeda de la noche deja que el auto se deslice sin esfuerzo.

Freno. No porque haya visto algo, sino porque nada veo. Las estrellas han desaparecido, lo mismo que la luna. No hay más que oscuridad, en la cual las luces del auto son menos que débiles velas sometidas al viento. Sólo escucho el ruido del mar al apagar la radio. No alcanzo siquiera a descubrir si estoy cerca de la orilla o aún lejos. Supongo que la marea ha subido como todas las noches, y no quiero avanzar más.

Abro la puerta, saco la llave del encendido y voy hasta el baúl. Hago esto con la cabeza gacha, no me atrevo a mirar adelante. Me siento como un niño avergonzado que teme las miradas de los otros. Pero quién, me pregunto, puede estar mirándome. Si en algún lugar es posible estar solo en este mundo donde los hombres de las ciudades nacen y mueren rodeados de seres que lo miran y no entienden, es éste. Es el cielo, sin embargo, a lo que temo. Es el miedo que siempre tuve a la inmensa oscuridad de las playas en la noche. Al mar apenas vislumbrado por la espuma blanca de las olas. Y cuando hay luna, ella alumbra un sector insuficiente de las aguas, donde olas doradas y negras forman figuras que no me atrevo a imaginar.

Apoyo las rodillas en el paragolpes. El auto, su proximidad, su tibieza, me protegerá. El olor de la sangre sale del baúl. Levanto la bolsa y la dejo en la arena. Me saco las zapatillas, arrastro la bolsa hasta el agua. El mar no está tan frío como imaginé. Mis ojos se acostumbran a la oscuridad, pero mi corazón tiembla. El agua es una amiga, pero no la penumbra que sobre ella se ha acostado. No me animo a levantar la vista más allá del largo de mis brazos.

Arrojo la bolsa a unos metros, pero las olas la traen de regreso. Vuelvo a empujarla con los pies, me adentro para llevarla más lejos y profundo. Recuerdo cuando pescaba con mi padre en las tardes de verano. El agua es cálida porque de ahí venimos, me decía, y luego en la noche me leía pasajes del libro de Darwin que siempre reposaba en su mesa de luz. Devuelvo el polvo a las aguas, pienso ahora.

Regreso a la playa, y tropiezo con alguien.

-¿Pescando?-pregunta. Pero no es ironía, no puede siquiera haber visto algo claramente como para sospechar.

-Paseando, nada más. Me deshago de pescados podridos.

Permanece parado al borde de las olas que no llegan a mojarlo. Ha encendido una linterna, y enfoca el haz hacia la bolsa que flota y se aleja lentamente.

-Dicen que siempre vuelven.

-¿Cómo?

-Todo lo que se arroja, el mar lo trae de vuelta más tarde o más temprano. Dicen algunos que el corazón de los hombres no se hunde.

Le arranco la linterna de las manos y le alumbro la cara. Es un hombre de mediana edad, un vagabundo cuyo aliento huele a vino y suciedad. Paso el haz de luz por sus ropas rotas, manchadas. No tiene calzado.

-¿Quién es usted?

-No se preocupe, no soy un ladrón. Vivo en la playa, pero de día me escondo de los turistas porque se asustan de mí.

No sé qué hacer, no sé qué ha visto.

-Me voy a quedar a dormir acá.

-Hace bien, la noche es fresca.-Se detiene un rato a pensar. -¿Sabe usted decirme algo? Me contaron que tampoco el corazón de los hombres se quema cuando a uno lo incineran.

Lo miro, intento leer en su cara lo que sabe, pero la batería de la linterna se está agotando. No hay para mí, de aquí en más, lugar para las dudas. Lanzo la linterna al agua y lo sujeto de los hombros. Se sobresalta por un instante pero no se resiste. Lo golpeo en la cara y lo arrastro del cabello hasta la orilla. Hundo su cabeza en el agua.

Grita, se ahoga, sigue agitándose por varios segundos. Luego, al fin queda inmóvil.

Lo levanto y vuelvo a llevarlo ahora hacia las olas grandes, hasta más allá de la rompiente. Me sumerjo con él hasta sentirlo flotar y asegurarme que el cuerpo se aleja.

Espero. El agua ya no está fría. El cuerpo va desapareciendo en la oscuridad.

Me doy vuelta para regresar a la orilla. Casi estoy llegando, pero cuando las olas son ya pequeñas y no tocan sino mis talones, con el agua llegan dos manos que me aprietan los tobillos con fuerza. Me arrastran hacia atrás. Tropiezo, trato de levantarme y caigo una y otra vez.

La inquebrantable voluntad de esos dedos es mayor que la fuerza de mi cuerpo. Tienen la firmeza de un hombre sabio, triste como la cara de mi padre en sus fotografías. Sé dónde he visto esa cara esta noche, y sé también de quién son las manos que me arrastran a lo profundo.



Este relato forma parte de una tercera colección de cuentos aún inédita. Fue publicado en la Antología de Narradores de Morón en 2006 por la editorial Pluma 'e gallo del municipio, cuya selección y prólogo corrió por cuenta de la escritora María Rosa Lojo. El cuento tiene como protagonista al hijo de un personaje ya conocido en la colección "Los seres intermedios" (ver "La playa" y "La guardiana"). En este relato nos enteramos del destino trágico del padre, cuya obsesión constituía el motivo de conflicto en el primer cuento mencionado: el afán por encontrar los cadáveres de sus padres desaparecidos por la dictadura militar. Aquí el tema no se aparta demasiado. Si bien tiene como argumento la disolución de un matrimonio y la incomunicación entre dos que alguna vez se amaron, el protagonista sólo intenta regresar al lugar donde perdió a su padre, incluso cree reencontrarlo en su propio hijo, y cuando ve que va a perderlo, ya no duda lo que debe hacer. El ambiente del mar se repite, rememorando las situaciones del libro anterior que ocurren en la playa, sólo que esta vez no es a mediodía y a pleno sol, sino de noche, cuando el mar sólo puede escucharse, resultando más amenazador que de costumbre.

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