Las manchas

Casas estaba frente al espejo del baño en la mañana de un lunes de otoño. Su mujer embarazada aún dormía en el cuarto.

-¡Clara!- Llamó. -¡Son las seis!

Mirándose el rostro recién afeitado, vio las pecas que habían vuelto a nacerle desde la última vez que se dejó la barba.

-Se me fueron cuando crecí, y ahora las tengo otra vez.-Le dijo a su esposa, y ella le mostró su propia mancha, una que había brotado justo en el centro de su vientre desde el comienzo del embarazo. Un círculo blanco y opaco, con el color y la forma de un pétalo de jazmín. A veces, Casas recostaba su cabeza sobre ella, intentando escuchar el crecimiento de su hijo a través de esa ventana blanca, y podía oler también el perfume. No el de la piel de su esposa, sino el aroma del jardín de la abuela.

Rodrigo miraba a su abuela con una indiscreta insistencia cada vez que iba a visitarla cuando era niño. Le era inevitable observar su cabeza detenidamente hasta el instante en que debía irse, como si en realidad viese algo más que ese cráneo sin más cabello que dos mechones canosos en la nuca. Creía ver dibujos coherentes en las formas extrañas de los lunares en la piel de la vieja, diferentes colores que nunca pudo clasificar. El cuerpo estaba ya vencido, pero su voz era especial. Cuando la escuchaba, Rodrigo sentía un temor desconocido.

Durante toda la tarde en la panadería, Casas pensó en qué iba a hacer con Costa. El viejo lo había ayudado mucho, era verdad, pero quería el local grande frente a la plaza.

-Estoy enfermo, pibe, necesito la plata como el pan de cada día.- Le decía el viejo.

"Pero si te estás muriendo", pensaba Casas, resentido, ansioso como nunca antes lo había estado.

-Baje el anticipo un poco y le prometo pagarle el resto en cuotas.- Insistía Casas.

Sin embargo, no pudo convencerlo. El tipo deliraba en su enfermedad, parecía negarse al estado real de su cuerpo. Por eso aquella noche iba por fin a desafiarlo. Ya había otro interesado, alguien que no necesitaba del local, que hasta quizá se lo alquilaría para transformarlo en un deudor de por vida.

Mirando el reloj de pared, se apresuró a terminar el trabajo. Salió del antiguo garaje en el que ahora funcionaba el negocio y se dijo que esa sería la última vez.

-Voy a tener un hijo, viejo, quiero mi propio negocio. Mi panadería va a ser la mejor del barrio, ¿entiende? Clara va a decorar las vidrieras, y cada uno que pase por la vereda podrá oler el aroma del pan recién horneado.

Costa estaba en cama, en su endeble cama de metal rechinante. Una lámpara débil hundía el lado derecho de su rostro en una agónica luminosidad.

-Mañana viene el comprador, me ofreció un efectivo que no puedo rechazar. ¿Sabés, pibe? Mi tratamiento es caro.

Casas lo agarró del piyama con sus puños, y la fugaz idea de que podía matarlo allí mismo sin que nadie jamás lo supiera, lo asustó.

-Hace diez años que me lo viene prometiendo. ¿Para qué mierda me deslomé laburando para usted, viejo avaro?

Entonces Costa tuvo un espasmo, su pecho se movió convulsivamente, y por un instante abrió más los ojos, sólo un impreciso lapso de tiempo en el que esperó la llegada de la muerte. Luego se quedaron quietos para siempre, igual que cuando la abuela de Casas murió.

El hogar de la abuela tenía el aroma de la lluvia en sus paredes. Muros cubiertos de musgo y plantas. El olor de los perros inundaba los ambientes y las camas. Ese perfume permanecía en su nariz toda la semana, hasta el momento en que volvía a fijar su mirada asombrada en la cabeza casi muerta de la vieja.

-¡Qué mirás!- Le gritaba ella, y Rodrigo, aguantando el llanto, huía de su lado.

Nadie le habló nunca de su enfermedad sino hasta que fue grande. Sólo supo ella que iba al hospital de la capital cada tres meses, y regresaba en silencio. Las manchas de la cabeza fueron tomando su carácter, una forma indescifrable para él. Si hubiese podido acercarse más y tomar el cráneo entre sus manos, lo habría estudiado como un globo terráqueo en busca de mares y tierras.

Casas sujetó la cabeza de Costa entre sus palmas y cerró los párpados con los pulgares. Estuvo allí sentado diez minutos quizá, inmóvil, y después revolvió los papeles del escritorio. Había docenas de documentos viejos, y su sorpresa no conoció límites al hallar los títulos de propiedad de la casona vecina al almacén y de todos los lotes de esa manzana. De pronto se vio dueño de todo aquello; él y Clara y su hijo serían la familia más rica y respetada del barrio. Desesperado, echó una mirada a cada rato al cadáver, como si fuese a despertar y descubrirlo, como si no estuviese seguro de la eficacia de la muerte.

Entonces agarró el contrato de venta del local, lo puso sobre la mesa y prendió las luces grandes. Algo se esfumó en ese instante, la sombra tal vez, que de tan pesada se había hecho cuerpo en esa habitación. Lo cierto es que al sentarse frente a la máquina de escribir, algo más condujo sus manos al agregar las otras propiedades en el documento. Luego puso su firma y la del viejo. Le salió tan parecida, que todos dirían al verla que la hizo Costa en el último segundo de su vida.

Mirando el cadáver, guardó el contrato en el cajón de la mesita de luz. Fue al baño y se lavó la cara. Un prurito intenso lo estaba fastidiando otra vez. Buscó en el botiquín y sólo encontró una vieja lavanda que apestaba. En el espejo, lleno de pequeños puntos de óxido, le costó mirarse las pecas, las renovadas manchas.

Tomó el teléfono y llamó a su amigo.

-Sellame el documento y después arreglamos con la guita.- Al colgar se quedó pensando en cuánto le daría al escribano.

Una vez había mirado a su abuela un largo rato. Ella se le acercó y le dijo, con un dedo señalando su propio cráneo: "Te van a crecer manchas como las mías por tanto mirar". Luego se había sentada sin decir más, y toda la familia observó a Rodrigo, haciéndole señas para que no llorara. Varios meses después ella murió, y el funeral se vio invadido por gente extraña. Los parientes viejos comentaban que la abuela los había frecuentado durante los últimos veinte años. Eran casi todas mujeres con vestidos extravagantes, joyas plateadas y llenas de símbolos curiosos. Algunas se acercaron al ataúd haciendo movimientos extraños con sus manos, como si formaran figuras esféricas en el aire, y el humo espiralado del tabaco brotaba de sus labios enrareciendo aún más el ambiente viciado de flores e incienso.

Rodrigo se abrió paso entre ellas, hasta llegar al cadáver de la abuela. Las manchas continuaban ahí, más informes aún, y decidió tocarla. No pudo pensarlo demasiado, no quiso en realidad, y al hacerlo notó la suavidad de la carne blanquecina, el olor a flores que llevaba en el cuerpo. Las mujeres la habían cubierto con pétalos de jazmín. Esa noche, al mirarse en el espejo luego del entierro, se descubrió las pecas en las manos y la cara. Pecas muy pequeñas, color té con leche. Manchas casi bellas si no fuese por el espanto que sintió al verlas. Estuvo enfermo dos semanas después de esto, y el médico no encontró la causa.

Casas se quedó en el cuarto de Costa toda la noche. En la mañana puso un cartel de duelo en la puerta y llamó a Clara por teléfono.

-El viejo murió anoche, tengo que preparar las cosas del velorio.

-No me siento bien hoy.-Dijo ella.-Mejor me quedo en casa.

A las diez de la mañana apareció el comprador. El hombre se quedó conforme con el último deseo de Costa, y se fue sin decir nada más. Casas era ahora el nuevo dueño de toda la manzana. Tendría un negocio de puertas anchas frente a la plaza, con doble vidriera y la cocina más grande de todo el barrio.

Vinieron a buscar el cuerpo a las doce, a pleno sol, y Casas cerró el almacén para siempre. Los perros de la gran casa vecina aullaron.

El coche fúnebre pasó frente al nuevo local. Casas sonreía, y su mente planeaba el armazón inconmovible del futuro.

Estuvo hasta muy tarde en el velorio, pero pocos pasaron a despedirse del viejo. Pronto, el cajón y la puerta de la cochería estuvieron cerrados.

-Mañana a las ocho en el cementerio.-Le dijeron los empleados, y se despidió de ellos.

Cuando llegó a casa, Clara ya estaba acostada y no quiso despertarla. Se desnudó y se metió entre las sábanas, sintiendo de nuevo aquel prurito en la cara. Tardó en dormirse, pero soñó con Costa. Con su cara de muerto, cuya voz venía de otra parte o de otro mundo. Y él se defendía dando golpes hacia todos lados.

Se despertó agitado, la cama estaba revuelta y Rodrigo tenía el brazo de Clara aferrado a su hombro.

-Tantos golpes que diste, querido, casi me matás.- Dijo ella con los ojos entrecerrados, jadeando agitada. Clara sudaba y ardía en fiebre.

La acarició para calmarla, pero comenzó a sentir un olor peculiar, un aroma fresco y amargo. El perfume a jazmín regresaba desde el tiempo o la distancia.

Casas corrió hacia la ventana y la luz de la mañana iluminó los gemidos de su mujer, el llanto y las sábanas que se movían igual que las dunas de una playa. Entonces, separando las mantas con un movimiento brutal, descubrió aquel enorme agujero rojo de sangre inundando el camisón y la cama, como un pozo grávido por el que los niños muertos se van para siempre.



Extraído del libro "Los Casas", desarrolla eventos trascendentes en la vida de esta familia. Aquí conocemos algo de la infancia de Rodrigo Casas, en ambiente familiar en que se crió, y las caracterísitica peculiares de una de sus abuelas. Rodeada de gente que Rodrigo no conoce, un áura de extrañeza parece envolverla, acrecentado por la enfermedad terminal que la aqueja. Para Casas la sensación de culpa crece ya en ese entonces, y comenza a creer que puede manifestarse orgánicamente. El final del relato confirmaría su presunción, cuando su primer hijo le es arrebatado antes de nacer.

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