La medida del alma

Creo que fue Herófilo quien dijo que el alma está contenida en algún sitio del cerebro, un área tal vez inaccesible para cualquier técnica de trepanación. Esto lo leí cuando tenía doce años en un libro de anatomía en la biblioteca de mi padre, y ya no pude olvidarlo.

A la edad de quince, comprobé aquella hipótesis: pude ver la liberación del alma. La ruptura de los muros biológicos que la retienen y oprimen. Y todo sucedió en aquel verano, en una ruta solitaria, junto a un paraje de comidas y estación de servicio. Llegamos allí a las tres de la tarde de un sábado, en nuestro Fiat rural del sesenta y dos.

Era un restaurante empobrecido, donde las parrillas enormes sólo se usaban los fines de semana. Mis padres y yo terminábamos de comer el asado hecho por el tipo amable del comedor.

-¿Un cafecito, patrones?- nos ofreció su esposa, una viejita de acento norteño, muy oscura y de cabello trenzado, largo y blanco.

Después nos fuimos a sentar bajo la sombra de un ombú centenario. Dormitamos, y al salir aún nos sentíamos somnolientos. Fue eso y el sol traicionero de la tarde. El silencio engañador de la desolada ruta. El sonido de los pájaros y del surtidor de nafta. Ruidos inocentes y de magistral y pacífica belleza.

Luego, el motor prendiéndose, el embrague y la primera marcha.

Sé que mi viejo llevaba todavía el aroma de la cerveza rondándole la sangre en un interminable círculo de sol y paz. Entramos al camino, y el micro, salido de ninguna parte, de una curva inexistente u olvidada, a cien o ciento veinte kilómetros por hora, ya no importa, embistió primero la trompa del auto. Después empezamos a girar y la parte trasera golpeó al micro, que comenzaba a detenerse. Seguimos girando dos o tres veces más, y casi volcamos. Caímos en la banquina, el coche hecho un bollo horrible de hierro caliente y cuero destrozado. Yo tenía vidrios entre el pelo y la ropa, y las puertas estaban pegadas a mis brazos. Escuché la voz de mamá y sentí alivio.

Papá, pensé después.

-Pa...pá- le dije, tartamudeando por primera vez en mi vida, a la sombra de su cabeza delante de mí, a su remera celeste manchada de sangre. La puerta se le había clavado en el vientre, y él estaba recostado sobre el volante. La cabeza, más allá del parabrisas, sobre la tapa del motor. Su cráneo hecho añicos y astillas, abierto como un libro de conocimientos varios.

Entonces vi su alma, si eso era aquella luz, o niebla, o bruma indócil y perturbadora que salió de su cabeza mientras la sangre corría sobre la chapa del auto. Un algo impreciso e intocable que se condensaba en el aire hasta evadir el techo por las ventanillas.

Desde ese día el alma tuvo para mí la forma y el tamaño de un auto, de una rural verde, vieja y entrañable.

Fue Herófilo quien creyó descubrir el centro del alma en la base del cráneo, cercano a la salida de la médula. Una región cuadrangular, o romboidal más precisamente. Un lugar bañado por el líquido de la vida, los efluvios desbordantes de la excitación o la serenidad.

A los dieciocho años la obsesión por comprobar el origen del alma me apartó de todos. De mi madre, del mundo, y me sumergió en los libros más antiguos que llegaron a mis manos. Por eso la única profesión que debía llevarme a ese sitio era la medicina, y estudié hasta ser aborrecido por los que me conocían. Porque al que habla sólo de lo esencial, nadie puede llegar a comprenderlo.

Me quedaba hasta muy tarde en la sala de disecciones de la facultad. La luz etérea de los focos sobre la mesa de mármol dañó mis ojos de un modo irreparable. El contacto con el formol creó asperezas en mis dedos, pero su aroma funesto ya no me molestaba.

El celador nocturno permanecía conmigo para conversar, y juntos mirábamos por los ventanales el tráfico de la calle. Aquella otra vida diferente que transcurría paralela a nuestro trato cotidiano con los muertos, con los especimenes fragmentados de seres que ahora eran únicamente eso, pedazos de anatomía humana. Luego se iba y me dejaba solo. En ocasiones me dormía sobre las mesas; el cuidador de la mañana me despertaba enojado.

-Doctor, dejó las puertas abiertas toda la noche...- Pero yo no le contestaba.

Llegué a disecar casi doscientos cráneos en aquellos años, conservé apenas veinticinco. No sé si aún los guardan en el museo de la facultad. Únicamente dos de ellos me interesaron, me enorgullecieron porque fueron pasos imborrables en mi acercamiento a la teoría del maestro.

En esa región romboidal encontré un órgano muy pequeño, casi un corpúsculo de grasa. Lo abrí y estaba vacío. Hueco como si hubiese contenido líquido. Se sabe que los espacios virtuales no existen como tales, entonces me pregunté qué elemento interno mantenía su forma exterior de un diminuto globo inflado.

En el segundo cadáver vi algo parecido, pero abierto de manera semejante a lo que sucede luego de un estallido. Las paredes del órgano eran elásticas y débiles, los bordes de la abertura estaban rotos. En ambos casos eran hombres ancianos. El primero había muerto por causas naturales, el segundo se había suicidado. Me planteé entonces la hipótesis de que solamente las muertes violentas, las almas arrancadas destrozaban los límites de su espacio.

La lógica evolución de mis estudios me incentivó a continuar, pero nunca logré hallar el alma como aquella primera vez. Me di cuenta de que estaba en un campo de estudio erróneo, porque a los muertos el alma ya los había abandonado.

Herófilo habló de la ubicación del alma, sin embargo fue Levi-Strauss quien nos enseñó sobre el trabajo de campo. Por eso decidí comprobar mi teoría en la calle, en la vida de los hombres que simplemente viven.

Tenía treinta años cuando dejé mi trabajo y me puse a observar los accidentes. Busqué la terraza de un edificio bajo, desde el que pudiese ver con claridad las seis esquinas en las que se cruzaban dos calles y una diagonal peligrosas. “La esquina mortal”, la llamaban los vecinos.

Todas las mañanas llevaba comida para el día, y a veces el portero venía a visitarme.

-Debe ser un laburo interesante el suyo, doctor- me dijo una mañana.

-Sí, un trabajo para el ministerio- fue lo que inventé. Todo aquel equipo instalado en la terraza, cámaras y trípodes, carpetas de apuntes, rollos de películas y un paraguas para dar sombra, debieron impresionarlo.

Al tercer día tomó más confianza, estaba amable y le pedí si era posible dejar el equipo también durante la noche.

-Sí doctor, Dios me valga. En este edificio de mierda es lo primero importante que nos pasa.

Me apoyé contra la baranda y le convidé mis sandwiches.

-¿Ja…jamón o salame?- le ofrecí, y se puso a reír.

-Sí que viene preparado. Si me permite preguntarle, ¿por qué tartamudea?

Me quedé mirándolo. Era la primera vez en mucho tiempo que me pasaba y no me había dado cuenta.

-La gente me pone nerviosa. Este trabajo me gusta porque estoy solo.

El tipo masticaba casi babeándose, después se puso medio pensativo. Al verlo allí, con su camisa de trabajo marrón y las manos sucias, tuve una sensación muy similar a la que me producían los muertos.

-Así como me ve, vivo solo- comenzó a contarme.-Pero la gente del edificio me mantiene ocupado. Mi mujer se murió de cáncer, ¿sabe?, de pecho le dicen. Y para qué le voy a mentir, yo tenía miedo de hacer alguna locura, ¿me entiende? Agarrar la pistola y pegarme un tiro.

A las dos semanas tuve suficiente material fotográfico para catalogar. Dos accidentes graves y quince insignificantes. Hubo un solo muerto y no vi nada de lo que esperaba. Presencié la llegada de la ambulancia, el rescate de los heridos.

-Mire- me dijo el portero señalando la camilla de la ambulancia. Los enfermeros se habían detenido porque una mujer estaba sufriendo convulsiones, pero luego se quedó quieta abruptamente. Un médico le golpeó el tórax para reanimarla. Fueron minutos de esfuerzos inútiles. La mujer murió ante mi vista, y nada sucedió. Ni una sombra o luz que me revelara la liberación del alma. Las cámaras tampoco captaron nada.

A la otra mañana, el portero me habló de un accidente en un paso a nivel. Habían muerto varios niños, me contó, sacando el diario enrollado bajo el brazo. Leí la noticia y vi las fotos del micro escolar destrozado y los cuerpos esparcidos alrededor, pero no pensé más que en lamentarme por no haber estado ahí.

Dos días más tarde volví a la terraza. Mi lugar estaba limpio y pintado.

-Sabía que iba a volver, doctor- Mientras me saludaba efusivamente, carraspeó aclarándose la garganta.- ¿Le molesta una pregunta? Me hicieron una radiografía, me sacaron sangre, y bueno...- Se rascó la cabeza, como dudando en contarme todo-...me dicen que tengo cáncer, hasta los huesos están tomados. ¿Puede ser, doc? Justo después de lo de mi mujer...

Sus ojos y la forma de hablar se parecían mucho a los que imaginé que mi viejo tendría si hubiese llegado a esa edad.

-Su alma...-murmuré sin pensar.

-¿Mi alma?, se va al infierno. Sería demasiado pedir que se fuera con la buena de mi señora. Si quiere le traigo los estudios. Pero prepare sus cosas. Mire, ¿le gusta el lugarcito que le hice?

Me instalé en el sitio ahora ordenado y prolijo cuando me dejó solo. Puse la cámara a grabar, recostándome en el piso, viendo el cielo despejado y los otros edificios con sus balcones llenos de plantas. La terraza no era grande, apenas entraban el foso de la escalera, las antenas de televisión, la salida del incinerador y las sogas para la ropa. Abajo, los autos continuaban chocando o siendo salvados por el toque impredecible de la providencia.

Seguí pensando en el portero y su alma, y tuve el mismo desbordante entusiasmo de varios años antes. La obsesión por descubrir otra vez aquella luz al liberarse. Caminé sobre las baldosas gastadas de una baranda a otra, intentando resistirme a lo que sabía iba a terminar haciendo tarde o temprano.

El portero subió al anochecer. Me trajo un sobre con los análisis.

-Después los revisa- me dijo.- Primero tómese unos vasitos de esto. Lo hizo mi finada un día antes de morirse, enferma como estaba y todo...

Era una vieja botella de Coca-Cola rellena con licor casero. Sirvió dos vasos y tomamos. Él bebía dos por cada uno de los míos. La noche se nos vino encima, fresca, rodeados por las luces de la ciudad y las bocinas de los autos. El repiquetear del tren a lo lejos llegaba como una vibración intermitente. Él estaba algo ebrio y levantó la voz, abrazándome.

-¡Mi doctorcito!- decía. El pobre tipo debía sentirse demasiado solo, se puso a llorar. Después se abrió la camisa y me mostró el revolver.

-¿Sabe para qué lo traje? Pensaba matarme esta misma noche si usted me confirmaba lo que dijeron los otros médicos. Pero no se preocupe, no voy a hacerlo porque hoy estoy feliz.- Se sentó sobre el muro, dando la espalda al vacío.

Pensé entonces en mi teoría. Ésta era la única y excepcional oportunidad de corroborarla.

Él tenía la mirada puesta en su botellita de licor, y lo empujé con movimiento rápido, pero el viejo agitó los brazos para mantener el equilibrio y logró sujetarse de mi camisa.

Transpiraba mientras hacía esfuerzos por no caer. Olí el aroma del sudor, el mismo que había brotado de la piel de mi padre bajo el sol de la ruta. Pero la tela se rompió, y cayó con los puños aún cerrados hacia el asfalto impiadoso.

Cinco pisos y un solo grito ahogado.

Miré, no debía olvidar hacerlo porque ése era el objetivo de mi estudio. La investigación que me llevó toda la vida.

Un retumbar fue lo primero que escuché.

Luego vi la sombra, naciendo desde la vereda trizada por el peso del cuerpo hasta abarcar todas las esquinas. La vi entrar por las puertas y ventanas, por las rendijas más pequeñas del edificio. Tomó la forma exacta de la construcción, como un monstruo que crecía cada vez más alto.

Y cuando la sombra llegó a la terraza por la fosa de la escalera, se detuvo ante mí, como si estuviese esperando algo, una respuesta quizá. Pero yo miré hacia atrás, y de pronto las luces de la calle me parecieron tan blancas, tan hermosas, que tuve que ir hacia ellas.

Este relato pertenece al libro "Los seres intermedios", publicado en 2007. El tema es la búsqueda de una prueba, no sólo de la existencia de la vida más allá de la muerte, sino de que lo vivido y visto alguna vez, puede volver a ser experimentado. Recuperar el pasado, la infancia como un lugar donde éramos mejores y menos culpables. El conocimiento no siempre trae mayor sabiduría, a veces nos hunde en el aislamiento, y nos hace tan excépticos, que recuperar la sensibilidad por quienes nos rodean es un trabajo que puede volverse imposible. Las situaciones de lugar en la ruta, la facultad de Medicina y el edificio son bastante referenciales a hechos personales del autor, sólo como elementos evocadores y nostálgicos, no argumentales. Especialmente el auto, la ropa del padre y la parada en la ruta, son evocadores y un homenaje a la memoria de mi padre.

Comentarios

Gustavo ha dicho que…
Si yo tambien pienso eso. Que la mejor etapa de la visa es la que va mas o menos desde los 16 hasta los 24/25. Ahora tengo 31 y me siento un viejo choto. Para mi la vida es como una mano. En la palma estan todos juntos en un mismo lugar. Despues una vez que comienzan a transitar los dedos es como que cada uno sigue su camino, se van dividiendo, distanciando hasta no verse nunca mas.
Yo a veces tambien me pregunto que habra mas alla de la muerte, donde iremos a parar. Tambien me pregunto por que nos toco nacer como seres humanos y no como alguna planta, algun animal. pez, etc.
Estuve pispiando tu blog y me parecio interesante. Un abrazo. Chau

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